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Gabriel Di Meglio (2003)

LA CONSOLIDACIÓN DE UN ACTOR POLÍTICO: LOS MIEMBROS DE LA PLEBE PORTEÑA Y LOS


CONFLICTOS DE 1820

1820, año de “anarquía”, en el que desapareció el gobierno central creado por la revolución, y en el que Buenos Aires estuvo
jalonado por violentos conflictos. Trabajo que abarca uno de sus aspectos que ha sido poco apreciado: el papel que desempeñaron
varios miembros de la plebe de la ciudad capital. Muchos integrantes de la plebe urbana participaron de la vida política que originó
la revolución de mayo. Aunque intervinieron subordinadamente devinieron en un actor político que se fue desarrollando a lo largo
de la década de guerra independentista. En 1820 eses actor se consolidó como tal y adquirió un lugar inédito en la escena política.
El término plebe era empleado por la elite de Buenos Aires para denominar a los sectores bajos de la sociedad porteña, un conjunto
muy heterogéneo de personas que compartían su condición social subalterna, su lejanía de las áreas de gobierno y sus espacios de
sociabilidad. Un grupo que en ocasiones aparecía englobado con la plebe, y en otras diferenciado, eran los esclavos. El sentido
peyorativo que conlleva plebe muestra claramente la posición subalterna de aquellos que eran incluidos en ella por la elite. Aquí se
recurre a una categoría de la época para analizar un objeto que de otra forma es muy difícil de abordar. Aunque plebe era el
vocabulario más frecuente no era el único usado por la elite para referirse a los sectores subalternos urbanos: también empleaban
bajo pueblo, chusma y populacho. La diferencia entre uno y otros es que el primero parece haber incluido una connotación política,
una referencia al activo papel cumplido por su homónima en la antigua Roma. Una ventaja de usar plebe es que ha sido utilizada
para referirse a los sectores subalternos de las ciudades iberoamericanas de los siglos XVIII-XIX, lo que puede facilitar
comparaciones y estudios globales. La participación de la plebe porteña en la política posrevolucionaria no ha sido un tema central
en la historiografía argentina, un siglo separa a los dos autores que ubicaron a la plebe como un actor destacado en los vaivenes de
1820, Vicente Fidel López y Tulio Halperin Donghi.

Los miembros de la plebe y los conflictos de 1820

Los acontecimientos de 1820 en Buenos Aires constituyen un cúmulo de hechos desatados por la derrota del último Director
Supremo, Rondeau, en la batalla de Cepeda ante los entrerrianos y santafesinos. La consecuencia fue la caída del Directorio, que fue
también la del sector político centralista de Buenos Aires. Sarratea, opositor al grupo directorial, asumió la gobernación y pactó con
los caudillos del litoral; fue brevemente reemplazado por el General Balcarce quien tuvo que devolverle el puesto ante la total falta
de apoyo con que se encontró. Su caída fue producto de la presión que ejerció Miguel Estanislao Soler, general en jefe del ejército
de la capital. Mientras tanto, el antiguo director Carlos de Alvear había llegado a Buenos Aires junto a las tropas litoraleñas;
comenzó a conspirar para reemplazar a Soler en su cargo de jefe militar, logró la adhesión de parte del ejército y se instaló en Retiro
como paso previo a entrar en la capital. El Cabildo convocó a los cívicos, las milicias urbanas, y la ciudad se preparó para la guerra.
La tensión continuó durante varios meses, en los cuales la plebe volvió a ganar la calle. En junio se produjo un nuevo avance de
Alvear, quien llegaba con un ejército santafesino conducido por López. Soler, nombrado gobernador provisorio, salió a enfrentarlos
y fue derrotado. Sin embargo, su popularidad era tan extraordinaria, que la multitud lo aclamaba para que se pusiese a la cabeza del
pueblo y organizase la resistencia. Pero Soler decidió apartarse de la escena, lo cual fue aprovechado por otro oficial, el coronel
Manuel Pagola, para ocupar fugazmente el poder por la fuerza. Durante dos días Pagola aterrorizó a la gente decente, apoyado por
el “populacho que lo seguía”. Finalmente fue controlado y desarmado sin violencia por Manuel Dorrego, que en consecuencia fue
nombrado gobernador y, luego derrotó a la invasión de López y Alvear, persiguiéndolos hasta la frontera de Santa Fe. Enseguida
procuró atacar a López en Santa Fe y fue vencido en el combate del Gamonal. Tras la derrota la Junta de Representantes lo
reemplazó por Martín Rodríguez. El Cabildo y los cívicos recibieron con desagrado esta noticia por tratarse de un integrante de la
facción “directorial” En octubre ese descontento se volvería acción.

El Cabildo de Buenos Aires y los líderes populares

Tres oficiales -Soler, Pagoda y Dorrego- se destacaron como referentes de los sectores bajos en los acontecimientos de 1820. Eran
parte de lo que Halperin Donghi ha llamado la “oposición popular”, formada por militares y publicistas en el segundo lustro de la
revolución para enfrentar la moderación del gobierno de Juan Martín de Pueyrredón. La oposición de estos oficiales a la tibia
política de Pueyrredón para con los enemigos de Buenos Aires los hacia populares. Dorrego, Pagola y Soler se filiaban con esa
tradición guerrera de la primera etapa de la primera etapa de la revolución, tanto en contra de los españoles como del artiguismo y
de la invasión portuguesa a la Banda Oriental, que fue tácitamente avalada por aquel director supremo. En cuento a sus rasgos
personales, los tres eran carismáticos y habían ganado fama de valientes en las campañas en las que habían participado. Los gestos
para atraer a la plebe fueron también decisivos para influir sobre ella. Por lo tanto, pertenecer al ejército era fundamental para lograr

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influencia entre la plebe, pero no bastaba: la actitud política, el carisma y los gestos hacia el “bajo pueblo” desempeñaron también
un papel decisivo. Pero entre esos líderes y sus seguidores plebeyos se ubicaba un sector de dirigentes “intermedios” de gran
ascendencia, como algunos capitanes del segundo tercio cívico que participaron en todos los acontecimientos políticos de 1820. No
eran plebeyos, eran llamados “don” y sabían escribir, pero no estaban en las esferas altas de la sociedad. Ese tipo de individuos
“intermedios”, empleados del Estado algunos, vecinos influyentes otros, o amabas cosas a la vez, parecen haber sido cruciales
articuladores de la participación plebeya y en general de la política porteña decimonónica, aunque han sido poco considerados en la
historiografía. Sin embargo, el papel de estos individuos se percibe con rapidez en todos los movimientos en los que la plebe actuó
políticamente siguiendo a algún sector de la elite. El papel de estos personajes como articuladores de la participación plebeya se
acentuó con la creación de un sistema representativo en 1821 basado en el sufragio ampliado, que necesitaba de movilizadotes
electorales, rasgo que continuó en el período posterior al gobierno de Rosas.
Ahora bien, todos esos liderazgos no alcanzan para hablar de un “partido popular” antes de la caída del Directorio. De hecho, hasta
1820 los tres principales referentes de la plebe en ese año no se encontraban en Buenos Aires. La actuación de los líderes
mencionados y la plebe urbana a lo largo de la década de la revolución es indisoluble de su relación con el Cabildo de Buenos Aires,
el referente legitimo de aquellos oficiales, el receptor de las peticiones y el convocador de los sectores subalternos en todas sus
intervenciones políticas. Para la plebe urbana y para el resto de la sociedad, el ayuntamiento era una autoridad legítima, que se
encargaba también de ella. El Cabildo era la autoridad más inmediata del pueblo, la cabeza, el “padre”. De esta posición de “padre”,
de encargado del “bien común”, provino la lealtad que la plebe mostró al Cabildo mientras éste existió. La novedosa participación
de los plebeyos en una política también nueva, surgida con la revolución, se articuló con una de las instituciones más tradicionales
de Buenos Aires.

El levantamiento de octubre
En octubre de 1820 la plebe se consolidó como actor al combinarse una serie de prácticas y lazos que se habían desarrollado durante
la década revolucionaria de manera paralela. La fidelidad a la autoridad del cabildo, el apoyo a la facción antidirectorial y la
elaboración de “motines autónomos” se entremezclaron durante el levantamiento que siguió en la ciudad al nombramiento de
Martín Rodríguez como gobernador, en detrimento de Dorrego. Otra vez los milicianos fueron la columna vertebral del
levantamiento. El levantamiento estaba conducido por uno de los líderes populares, Pagola, junto a Pedro Agrelo e Hilarión de la
Quintana. Rodríguez optó por marcharse a la campaña y el Cabildo volvió a ejercer una función que no le desagradaba: reasumió el
poder y no reconoció al fugitivo. Los líderes del movimiento y los capitulares buscaban ganar tiempo hasta que Dorrego, a quien los
cívicos querían como gobernador, se hiciera presente con sus tropas y decidiera la situación; eso no ocurriría puesto que aquel acató
las resoluciones de la Junta de Representantes. Mientras tanto Rodríguez organizaba extramuros fuerzas con las que avanzó sobre
Buenos Aires secundado por las tropas que conducía el comandante de milicias Juan Manuel de Rosas. Ante esto los dirigentes del
levantamiento buscaron pactar. Enviaron entonces al coronel Lamadrid, neutral en la contienda, junto al alcalde de primer voto, a
parlamentar con Rodríguez. Lamadrid propuso una retirada de amabas partes, la entrega de las armas por parte de los cívicos y la
promulgación de un indulto general; pero Rodríguez quería que se entregaran en el acto. Finalmente Rodríguez atacó de improviso
con su caballería y los cívicos comenzaron a resistir sin esperar órdenes. El violento combate finalizó con el triunfo de las tropas de
Rodríguez, cuya columna vertebral eran los colorados de Rosas. Hubo entre trescientos y cuatrocientos muertos, una cifra alta para
la población de la ciudad. Concluía así el último episodio violento de 1820; Rodríguez afianzó su autoridad y se le retiró al Cabildo
la conducción de las milicias cívicas.
Esta narración deja aspectos sin dilucidar: el porqué del decidido ataque de los leales al gobernador y la causa de la intransigencia
de la tropa miliciana y del batallón fijo ante la voluntad negociadora de sus jefes. Algunas interpretaciones se han ensayado sobre el
movimiento. Enrique Barba destacó su represión como la gran derrota del federalismo porteño, que nunca más llegaría al poder.
Esta postura fue criticada por Fabián Herrero, para quien ese sector -al que no considera federal sino confederacionista- fue
vencido pero no exterminado. Para ambos autores, el conflicto fue parte del enfrentamiento más largo entre federales o
confederacionistas con la antigua facción centralista. Por su parte Halperin Donghi califica al grupo derrotado como la vieja
“oposición popular”, vencida por al primera intervención directa de los sectores dominantes de la economía porteña en la política de
Buenos Aires, mediante el envío de tropas rurales para reprimir a la plebe urbana. Tres actores de la política posrevolucionaria
fueron derrotados en octubre de 1820: el Cabildo, los líderes populares y la plebe. La unión de distintas prácticas de la década previa
explicitó el papel activo que la plebe había adquirido, por medio de la intransigencia de quienes ocupaban la Plaza de la Victoria, el
lugar central de la vida política porteña, y de la desobediencia a las negociaciones de sus oficiales. Esta resistencia facilitó el
objetivo de los sectores que respaldaban a Rodríguez: desarticular la alianza entre los tres actores antedichos. La plebe era una
molestia en tanto actor político; a ello se sumó en esa ocasión un fogonazo de temor a un desborde social. Sin embargo, la presencia
de un temor social de la elite no debe ocultar la intención principal: disciplinar la política neutralizando a sus actores, entre ellos a
las díscolas milicias, una plebe dispuesta a secundar el Cabildo o a los militares populares en sus intereses. Basada en estos dos
elementos -el objetivo político y la breve histeria de temor social- partió la decisión de un ataque que desembocó en un combate de
llamativa ferocidad, inédito en la ciudad desde las invasiones inglesas y que no volvería a darse durante varios años. La actitud de

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los cívicos de no abandonar sus posiciones frente a las vacilaciones de quines los comandaban también tiene sus raíces en la
experiencia política de la década que terminaba. En el complejo 1820, en el que hubo por momentos vacíos de poder, los miembros
de la plebe que estaban en la milicia compartieron las posiciones políticas de los capitulares y los oficiales de la oposición, y luego
de una experiencia de diez años de prácticas de movilización, llegaron a defenderlas de manera intransigente más allá de la voluntad
de sus dirigentes.
Era la movilización plebeya lo que buscaba destruir la elite. El “partido del orden” fue, entre otras cosas, una solución para ello en
el siguiente lustro.

Conclusiones
La crisis de 1820 dio lugar a la consolidación de la plebe urbana como un actor político, producto de la combinación de dos
prácticas surgidas tras la revolución: su intervención en los conflictos intraelite y la realización de “motines autónomos” en el
ejército y la milicia. El surgimiento en octubre de ese año de una suerte de motín protagonizado por integrantes de los sectores bajos
dentro de un conflicto entre facciones fue consecuencia de la experiencia de esa década de politización de la sociedad porteña. Es
necesario tener en cuenta que los plebeyos que participaron en los conflictos no actuaron defendiendo intereses en tanto plebe. Lo
que los movilizó fueron solidaridades políticas: una tradicional hacia el Cabildo y otras nuevas construidas fundamentalmente en el
ejército y la milicia. Los milicianos no eran soldados de profesión, sino vecinos o avecindados de la ciudad que debían servir; ser
cívico conllevaba una identidad detrás.
¿Qué ocurrió con la participación de la plebe en los años subsiguientes? Tras el levantamiento de octubre, Martín Rodríguez pasó a
dirigir los cívicos y el Cabildo perdió así una de sus mayores prerrogativas, junto a la de convocar al pueblo en caso de emergencia.
La extinción del Cabildo rompió el sólido frente municipal que representaron entre 1810 y 1820 la institución capitular y las
milicias cívicas.
El inicio de la tranquilidad del período rivadaviano en Buenos Aires, el nuevo sistema electoral, los efectos de la represión del
último levantamiento de 1820 y la reforma militar modificaron bastante la forma de intervención de la plebe urbana en la política
porteña.

[Gabriel Di Meglio, “La consolidación de un actor político: los miembros de la plebe porteña y los conflictos de 1820”, en
Sabato Hilda- Lettieri Alberto (comps), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces; FCE, Buenos
Aires, 2003, pp. 173-189]