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INTRODUCCIÓN A ‘DIALÉCTICA DE LA NATURALEZA’

y otros escritos sobre dialéctica

Federico Engels

Fundación Federico Engels

INTRODUCCIÓN A ‘DIALÉCTICA DE LA NATURALEZA’ (y otros escritos sobre dialéctica) Federico Engels

Traducción: Grupo de Traductores de la Fundación Federico Engels

Primera edición: septiembre de 2006

Este libro ha sido editado gracias a la aportación desinteresada de Pepe Blanes y de una colecta realizada en una escuela de formación marxista.

ISBN: 84-96276-15-5 Depósito Legal: M-51424-2006

PRINTED IN SPAIN

Publicado y distribuido por:

Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels C/ Hermanos del Moral 33, bajo B. 28019 Madrid Telf.: 914 283 870 · Fax: 914 283 871 www.engels.org · fundacion_federico@engels.org

ÍNDICE

I.

INTRODUCCIÓN A ‘DIALÉCTICA DE LA NATURALEZA

 

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7

II. EL PAPEL DEL TRABAJO EN LA TRANSFORMACIÓN DEL MONO EN HOMBRE

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III.

Viejo prólogo para el Anti-Dühring

 

SOBRE LA DIALÉCTICA

 

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IV.

Anti-Dühring (primera parte)

 

FILOSOFÍA

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División. Apriorismo

 

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Esquematismo universal Filosofía de la naturaleza

 

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62

 

Tiempo y esapacio

 

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Cosmogonía, física, química El mundo orgánico

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89

El mundo orgánico (final)

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INTRODUCCIÓN A ‘DIALÉCTICA DE LA NATURALEZA’ 1

Las modernas ciencias naturales, las únicas que han alcanzado un desarrollo científico, sistemático y completo, en contraste con las geniales intuiciones filosóficas que los antiguos aventuraron acer- ca de la naturaleza y con los descubrimientos de los árabes, muy importantes pero esporádicos y en la mayoría de los casos perdi- dos sin resultado; las modernas ciencias naturales, como casi toda la nueva historia, datan de la gran época que nosotros, los alema- nes, llamamos la Reforma —según la desgracia nacional que en- tonces nos aconteciera—, los franceses Renaissance y los italianos Cinquecento 2 , si bien ninguna de estas denominaciones refleja con toda plenitud su contenido. Es ésta la época que comienza en la segunda mitad del siglo XV. El poder real, apoyándose en los ha- bitantes de las ciudades, quebrantó el poderío de la nobleza feu- dal y estableció grandes monarquías, basadas esencialmente en el principio nacional y en cuyo seno se desarrollaron las naciones europeas modernas y la moderna sociedad burguesa. Mientras los habitantes de las ciudades y los nobles se hallaban todavía en- zarzados en su lucha, la guerra campesina en Alemania 3 apuntó proféticamente las futuras batallas de clase: en ella no sólo salie- ron a la arena los campesinos insurreccionados (esto no era nada nuevo), sino que tras ellos aparecieron los antecesores del prole- tariado moderno, enarbolando la bandera roja y con la reivindi- cación de la propiedad común de los bienes en sus labios. En los

  • 1. La obra de Engels Dialéctica de la naturaleza constituye una síntesis dialéctico-ma- terialista de los principales avances de las ciencias naturales de mediados del si- glo XIX, desarrolla la dialéctica materialista y critica las concepciones metafísi- cas e idealistas. Esta introducción, denominada en el índice del tercer cuaderno de materiales de Dialéctica de la naturaleza, redactado por Engels, “Vieja intro- ducción” fue escrita en 1875-76.

  • 2. Respectivamente, Renacimiento y “los años quinientos”, denominación italiana de la segunda mitad de su Renacimiento (siglo XVI).

  • 3. La llamada Gran Guerra campesina de 1524-25.

manuscritos salvados tras la caída de Bizancio, en las estatuas an- tiguas excavadas en las ruinas de Roma, un nuevo mundo —la Grecia antigua— se ofreció a los ojos atónitos de Occidente. Los espectros del Medievo se desvanecieron ante aquellas formas lu- minosas; en Italia se produjo un inusitado florecimiento del arte, que vino a ser como un reflejo de la antigüedad clásica y que ja- más volvió a repetirse. En Italia, Francia y Alemania nació una li- teratura nueva, la primera literatura moderna. Poco después lle- garon las épocas clásicas de la literatura en Inglaterra y en Espa- ña. Los límites del viejo orbis terrarum 4 fueron rotos; sólo entonces se descubrió el mundo, en el sentido propio de la palabra, y se sentaron las bases para el subsiguiente comercio mundial y para el paso del artesanado a la manufactura, que a su vez sirvió de punto de partida a la gran industria moderna. Fue abatida la dictadura espiritual de la Iglesia; la mayoría de los pueblos ger- manos se sacudieron su yugo y abrazaron la religión protestan- te, mientras que entre los pueblos románicos una serena liber- tad de pensamiento, heredada de los árabes y nutrida por la fi- losofía griega, de nuevo descubierta, iba echando raíces cada vez más profundas y desbrozando el camino al materialismo del siglo XVIII. Esta fue la mayor revolución progresista que la humanidad había conocido hasta entonces; fue una época que requería ti- tanes y que engendró titanes por la fuerza del pensamiento, por la pasión y el carácter, por la universalidad y la erudición. De los hombres que echaron los cimientos del actual dominio de la burguesía podrá decirse lo que se quiera, pero, en ningún modo, que pecasen de limitación burguesa. Por el contrario: to- dos ellos se hallaban dominados, en mayor o menor medida, por el espíritu de aventuras inherente a la época. Entonces casi no había ni un solo gran hombre que no hubiera realizado leja- nos viajes, no hablara cuatro o cinco idiomas y no brillase en varios campos de la ciencia y la técnica. Leonardo de Vinci no sólo fue un gran pintor, sino un eximio matemático, mecánico e ingeniero al que debemos importantes descubrimientos en las más distintas ramas de la física. Alberto Durero fue pintor,

4. El “círculo de la Tierra”, nombre que los antiguos romanos daban a nuestro planeta.

grabador, escultor, arquitecto y, además, ideó un sistema de fortificación que encerraba pensamientos que mucho después desarrollaría Montalembert 5 y la moderna ciencia alemana de la fortificación. Maquiavelo fue hombre de Estado, historiador, poeta y, por añadidura, el primer escritor militar digno de men- ción de los tiempos modernos. Lutero no sólo limpió los esta- blos de Augías de la Iglesia 6 , sino también los del idioma ale- mán, fue el padre de la prosa alemana contemporánea y compu- so la letra y la música del himno triunfal que llegó a ser La Marsellesa del siglo XVI 7 . Los héroes de aquellos tiempos aún no eran esclavos de la división del trabajo, cuya influencia propor- ciona a la actividad humana, como podemos observar en mu- chos de sus sucesores, un carácter limitado y unilateral. Lo que más caracterizaba a dichos héroes era que casi todos ellos viví- an plenamente los intereses de su tiempo, participaban de ma- nera activa en la lucha práctica, se sumaban a un partido u otro y luchaban, unos con la palabra y la pluma, otros con la espada, y otros con ambas cosas a la vez. De ahí la plenitud y la fuerza de carácter que les daba tanta entereza. Los sabios de gabinete eran en aquel entonces una excepción; eran hombres de segun- da o tercera fila o prudentes filisteos que no deseaban pillarse los dedos. En aquellos tiempos, también las ciencias naturales se desarro- llaban en medio de la revolución general y eran revolucionarias hasta lo más hondo, pues aún debían conquistar el derecho a la existencia. Al lado de los grandes italianos que dieron nacimien- to a la nueva filosofía, las ciencias naturales dieron sus mártires a las hogueras y mazmorras de la Inquisición. Es de resaltar que los

  • 5. Marc René de Montalembert (1714-1800): Ingeniero y general francés considera- do el precursor de la fortificación; propuso el trazado poligonal de las construc- ciones fortificadas.

  • 6. Referencia al quinto de los doce trabajos que, según la mitología, Hércules tuvo que realizar para purgar el asesinato de sus propios hijos. El rey Augías, cuyo ganado, por designio divino, no padecía enfermedades, poseía el rebaño más grande del país, pero los establos nunca habían sido limpiados; Hércules tuvo que hacerlo en un solo día.

  • 7. Engels se refiere al coral de Lutero Ein feste Burg ist unser Gott (“El Señor es nues- tra firme fortaleza”), también llamada Cantata para la fiesta de la Reforma. E. Hei- ne, en su Historia de la religión y la filosofía en Alemania, llamó a este canto “La Marsellesa de la Reforma”.

protestantes aventajaron a los católicos en sus persecuciones con- tra la investigación libre de la naturaleza. Calvino quemó a Ser- vet cuando éste se hallaba ya en el umbral del descubrimiento de la circulación de la sangre y lo tuvo dos horas asándose vivo; la Inquisición, por lo menos, se dio por satisfecha simplemente con quemar a Giordano Bruno. El acto revolucionario con que las ciencias naturales declara- ron su independencia y parecieron repetir la acción de Lutero cuando éste quemó la bula papal fue la publicación de la obra in- mortal en que Copérnico, si bien tímidamente y, por decirlo así, desde su lecho de muerte, arrojó el guante a la autoridad ecle- siástica en las cuestiones de la naturaleza 8 . De ese acto data la emancipación de las ciencias naturales respecto a la teología, aunque la lucha por algunas reclamaciones antagónicas se ha prolongado hasta nuestros días y en ciertas mentes aún hoy dis- ta mucho de haber terminado. Pero a partir de entonces la cien- cia se desarrolló a pasos agigantados, y puede decirse que su desarrollo se ha intensificado proporcionalmente al cuadrado de la distancia (en el tiempo) que lo separa de su punto de partida. Pareció como si hubiera sido necesario demostrar al mundo que, a partir de entonces, para el producto supremo de la materia or- gánica, para el espíritu humano, regía una ley del movimiento que era inversa a la ley del movimiento que regía para la mate- ria inorgánica. La tarea principal en el primer período de las ciencias natura- les, que acababa de empezar, consistió en dominar el material que se tenía a mano. En la mayor parte de las ramas hubo que empezar por lo más elemental. Todo lo que la antigüedad había dejado en herencia eran Euclides y el sistema solar de Ptolomeo, y los árabes, la notación decimal, los rudimentos del álgebra, el sistema numérico moderno y la alquimia; el Medievo cristiano no había dejado nada. En tal situación era inevitable que el primer puesto lo ocuparan las ciencias naturales más elementales: la me- cánica de los cuerpos terrestres y celestes y, al mismo tiempo, como auxiliar de ella, el descubrimiento y el perfeccionamiento

8. Copérnico recibió el primer ejemplar de su libro Sobre las revoluciones de los orbes celestes, en el que exponía el sistema heliocéntrico del mundo, el mismo día de su muerte (24 de mayo de 1543).

de los métodos matemáticos. En este dominio se consiguieron grandes realizaciones. A finales de ese período, caracterizado por Newton y Linneo, vemos que estas ramas de la ciencia han alcanzado un cierto límite. En lo fundamental, se establecieron los métodos matemáticos más importantes: la geometría analíti- ca, principalmente por Descartes, los logaritmos, por Napier, y los cálculos diferencial e integral, por Leibniz y, quizás, por Newton. Lo mismo puede decirse de la mecánica de los cuerpos sólidos, cuyas leyes principales fueron halladas de una vez y para siempre. Finalmente, en la astronomía del sistema solar, Kepler descubrió las leyes del movimiento planetario y Newton las formuló desde el punto de vista de las leyes generales del movimiento de la materia. Las demás ramas de las ciencias na- turales estaban muy lejos de haber alcanzado incluso ese tope preliminar. La mecánica de los cuerpos líquidos y gaseosos sólo fue elaborada con mayor amplitud a finales del período indica- do*. La física propiamente dicha se hallaba aún en pañales, ex- cepción hecha de la óptica, que alcanzó realizaciones extraordi- narias impulsada por las necesidades prácticas de la astronomía. La química acababa de liberarse de la alquimia merced a la teo- ría del flogisto 9 . La geología aún no había salido del estado em- brionario que representaba la mineralogía, y por ello la paleon- tología no podía existir aún. Finalmente, en el campo de la bio- logía, la preocupación principal todavía era la acumulación y clasificación elemental de un inmenso acervo de datos no sólo botánicos y zoológicos, sino también anatómicos y fisiológicos en el sentido propio de la palabra. Casi no podía hablarse aún de la comparación de las distintas formas de vida ni del estudio de su distribución geográfica, condiciones climáticas y demás con- diciones de existencia. Únicamente la botánica y la zoología, gracias a Linneo, alcanzaron una estructuración relativamente acabada.

* Torricelli en conexión con la regulación de los torrentes de los Alpes. (Nota de Engels.)

9. Según los criterios dominantes en la química del siglo XVIII, el proceso de com- bustión estaba condicionado por la existencia en los cuerpos de una sustancia es- pecial, el flogisto, que se segregaba de ellos durante la combustión. El gran quími- co francés Lavoisier demostró la inconsistencia de esta teoría y explicó el proceso como una reacción de combinación de un cuerpo combustible con el oxígeno.

Pero lo que mejor caracteriza este período es la elaboración de una peculiar concepción general del mundo, en la que el punto de vista más importante es la idea de la inmutabilidad absoluta de la naturaleza. Según esta idea, la naturaleza, independientemente de la forma en que hubiese nacido, una vez presente permanecía siempre inmutable, mientras existiera. Los planetas y sus satéli- tes, una vez puestos en movimiento por el misterioso “primer impulso”, seguían eternamente, o por lo menos hasta el fin de to- das las cosas, sus elipses prescritas. Las estrellas permanecían eternamente fijas e inamovibles en sus sitios, manteniéndose unas a otras en ellos en virtud de la “gravitación universal”. La Tierra permanecía inmutable desde su aparición o —según el punto de vista— desde su creación. Las “cinco partes del mun- do” habían existido siempre y siempre habían tenido los mismos montes, valles y ríos, el mismo clima, la misma flora y la misma fauna, excepción hecha de lo cambiado o trasplantado por el hombre. Con su aparición, las especies vegetales y animales ha- bían sido establecidas de una vez para siempre, cada individuo siempre producía otros iguales a él, y Linneo hizo ya una gran concesión al admitir que en algunos lugares, gracias al cruce, po- dían haber surgido nuevas especies. A diferencia de la historia humana, que se desarrolla en el tiempo, a la historia natural se le atribuía exclusivamente el desarrollo en el espacio. Se negaba todo cambio en la naturaleza. Las ciencias naturales, tan revolu- cionarias al principio, se vieron frente a una naturaleza conserva- dora hasta la médula, en la que todo seguía siendo como había sido en el principio y en la que todo debía continuar, hasta el fin del mundo o eternamente, tal y como era desde el principio mis- mo de las cosas. Las ciencias naturales de la primera mitad del siglo XVIII se hallaban tan por encima de la antigüedad griega en cuanto al vo- lumen de sus conocimientos e incluso en cuanto a la sistematiza- ción de los datos, como por debajo en cuanto a la interpretación de los mismos, en cuanto a la concepción general de la naturale- za. Para los filósofos griegos, el mundo era, en esencia, algo sur- gido del caos, algo que se había desarrollado, que había llegado a ser. Para todos los naturalistas del período que estamos estudian- do, el mundo era algo osificado, inmutable, y para la mayoría de ellos algo creado de golpe. La ciencia estaba aún profundamente

empantanada en la teología. En todas partes buscaba y encontra- ba como causa primera un impulso exterior ajeno a la propia na- turaleza. Si la atracción, llamada pomposamente por Newton gravitación universal, se concibe como una propiedad esencial de la materia, ¿de dónde proviene la incomprensible fuerza tangen- cial que dio origen a las órbitas de los planetas? ¿Cómo surgieron las innumerables especies vegetales y animales? ¿Y cómo, en par- ticular, surgió el hombre, respecto al cual se está de acuerdo en que no existe desde siempre? Al responder a estas preguntas, las ciencias naturales se limitaban con harta frecuencia a hacer res- ponsable de todo al creador. Al comienzo de este período, Copér- nico expulsó de la ciencia a la teología; Newton cierra esta época con el postulado del primer impulso divino. La idea general más elevada alcanzada por las ciencias naturales del período conside- rado es la de la congruencia del orden establecido en la naturale- za, la teleología vulgar de Wolff 10 , según la cual los gatos fueron creados para devorar a los ratones; los ratones, para ser devora- dos por los gatos; y toda la naturaleza, para demostrar la sabidu- ría del creador. Hay que señalar los grandes méritos de la filoso- fía de la época que, a pesar de la limitación de las ciencias natu- rales contemporáneas, no se desorientó y —comenzando por Spinoza y acabando por los grandes materialistas franceses— se esforzó tenazmente para explicar el mundo partiendo del propio mundo, dejando la justificación detallada de esta idea a las cien- cias naturales del futuro. Incluyo también en este período a los materialistas del siglo XVIII porque no disponían de otros datos de las ciencias natura- les que los descritos más arriba. No llegaron a conocer la obra de Kant, que posteriormente hizo época, y Laplace apareció mucho después de ellos 11 . No olvidemos que, si bien los progresos de la ciencia abrieron numerosas brechas en esa caduca concepción de la naturaleza, toda la primera mitad del siglo XIX se encontró,

  • 10. La teleología es la doctrina de las causas finales. Christian F. Wolff (1679-1754): Filósofo alemán discípulo de Leibniz.

  • 11. Se trata del libro de Kant Historia general de la naturaleza y teoría del cielo, publi- cado en 1755, donde expuso la hipótesis cosmogónica, según la cual el sistema solar se habría desarrollado a partir de una nebulosa originaria. Laplace expu- so por vez primera su hipótesis acerca de la formación del sistema solar en el último capítulo de su obra Exposición del sistema del mundo (1796).

pese a todo, bajo su influjo*, y en esencia, incluso hoy continúan enseñándola en todas las escuelas 12 . La primera brecha en esta concepción fosilizada de la natura- leza no fue abierta por un naturalista, sino por un filósofo. En 1755 apareció la Historia general de la naturaleza y teoría del cielo de Kant. La cuestión del primer impulso fue eliminada; la Tierra y todo el sistema solar aparecieron como algo que había devenido en el transcurso del tiempo. Si la mayoría aplastante de los natu- ralistas no hubiese sentido hacia el pensamiento la aversión que Newton expresó en la advertencia “¡Física, ten cuidado de la me- tafísica!”, el genial descubrimiento de Kant les hubiese permitido hacer deducciones que habrían puesto fin a su interminable ex- travío por sinuosos vericuetos y ahorrarse el tiempo y el esfuerzo derrochados copiosamente al seguir falsas direcciones, porque el descubrimiento de Kant era el punto de partida para todo avan- ce posterior. Si la Tierra era algo que había devenido, también su estado geológico, geográfico y climático, así como sus plantas y animales, eran algo que había devenido; la Tierra no sólo debía tener una historia de coexistencia en el espacio, sino también de sucesión en el tiempo. Si las ciencias naturales hubieran conti- nuado, sin tardanza y de manera resuelta, las investigaciones en esta dirección, hoy estarían mucho más adelantadas. Pero, ¿qué podría dar de bueno la filosofía? La obra de Kant no proporcionó

* El carácter osificado de la vieja concepción de la naturaleza ofreció el terreno para la síntesis y el balance de las ciencias naturales como un todo íntegro: los enci- clopedistas franceses, lo hicieron de un modo mecánico, lo uno al lado del otro; luego aparecen Saint-Simon y la filosofía alemana de la naturaleza, a la que He- gel dio cima. (Nota de Engels).

12. Referencia al libro de J.H. Mädler Astronomía popular. El arraigo de estas con- cepciones en un hombre cuyos trabajos científicos proporcionaron materiales muy valiosos para superarlas se demuestra en la siguiente frase: “El mecanis- mo entero de nuestro sistema solar tiende, por todo cuanto hemos logrado com- prender, a la preservación de lo que existe, a su existencia prolongada e inmu- table. Del mismo modo que ni un solo animal y ni una sola planta en la Tierra se han hecho más perfectos o, en general, diferentes desde los tiempos más re- motos, del mismo modo que en todos los organismos observamos únicamente estadios de contigüidad, y no de sucesión, del mismo modo que nuestro propio género ha permanecido siempre el mismo corporalmente, la mayor diversidad de los cuerpos celestes coexistentes no nos da derecho a suponer que estas for- mas sean meramente distintas fases del desarrollo; por el contrario, todo lo cre- ado es igualmente perfecto de por sí”.

resultados hasta que, muchos años después, Laplace y Herschel desarrollaron su contenido y la fundamentaron con mayor deta- lle, preparando así, gradualmente, la admisión de la “hipótesis de las nebulosas”. Descubrimientos posteriores dieron, por fin, la victoria a esta teoría; los más importantes fueron el del movi- miento propio de las estrellas fijas, la demostración de que en el espacio cósmico existe un medio resistente y la prueba, suminis- trada por el análisis espectral, de la identidad química de la ma- teria cósmica y la existencia —supuesta por Kant— de masas ne- bulosas incandescentes*. Sin embargo, puede dudarse de que la mayoría de los natu- ralistas hubiera adquirido pronto conciencia de la contradicción entre la idea de una Tierra sujeta a cambios y la teoría de la in- mutabilidad de los organismos que viven en ella, si la naciente concepción de que la naturaleza no existe simplemente, sino que se encuentra en un proceso de devenir y de cambio, no se hubie- ra visto apoyada por otro lado. Nació la geología y no sólo des- cubrió estratos geológicos formados unos después de otros y si- tuados unos sobre otros, sino la presencia en ellos de caparazo- nes, de esqueletos de animales extintos y de troncos, hojas y frutos de plantas que hoy ya no existen. Se imponía reconocer que no sólo la Tierra, tomada en su conjunto, tenía su historia en el tiempo, sino que también la tenían su superficie y los anima- les y plantas en ella existentes. Al principio esto se reconoció de bastante mala gana. La teoría de Cuvier acerca de las revolucio- nes de la Tierra era revolucionaria de palabra y reaccionaria de hecho. Sustituía un único acto de creación divina por una serie de actos de creación, haciendo del milagro una palanca esencial de la naturaleza. Lyell fue el primero que introdujo el sentido co- mún en la geología, sustituyendo las revoluciones repentinas, antojo del creador, por el efecto gradual de una lenta transforma- ción de la Tierra 13 .

* La influencia retardadora de las mareas en la rotación de la Tierra, también su- puesta por Kant, sólo ahora ha sido comprendida. (Nota de Engels.)

13. El defecto de las concepciones de Lyell, al menos en su forma original, consiste en que considera las fuerzas que actúan sobre la Tierra como constantes, tanto cualitativa como cuantitativamente. Para él no existe el enfriamiento de la Tie- rra y ésta no se desarrolla en una dirección determinada, sino que cambia sola- mente de modo casual.

La teoría de Lyell era más incompatible que todas las anterio- res con la admisión de la constancia de las especies orgánicas. La idea de la transformación gradual de la corteza terrestre y de las condiciones de vida en la misma llevaba de modo directo a la te- oría de la transformación gradual de los organismos y de su adaptación al medio cambiante, llevaba a la teoría de la variabili- dad de las especies. Sin embargo, la tradición es una fuerza pode- rosa no sólo en la Iglesia católica, sino también en las ciencias na- turales. Durante largos años, el propio Lyell no advirtió esta con- tradicción, y sus discípulos, mucho menos. Ello se debió a la división del trabajo dominante por entonces en las ciencias natu- rales, en virtud de la cual cada investigador se limitaba, más o menos, a su especialidad, siendo muy contados los que no per- dieron la capacidad de abarcar el todo con su mirada. Mientras tanto, la física había hecho enormes progresos, cuyos resultados fueron resumidos casi simultáneamente por tres perso- nas en 1842, año que hizo época en esta rama de las ciencias natu- rales. Mayer, en Heilbronn, y Joule, en Manchester, demostraron la transformación del calor en fuerza mecánica y de la fuerza me- cánica en calor. La determinación del equivalente mecánico del ca- lor puso fin a todas las dudas al respecto. Mientras tanto, Grove, que no era un naturalista, sino un abogado inglés, demostraba, mediante una simple elaboración de los resultados sueltos ya ob- tenidos por la física, que todas las llamadas fuerzas físicas —la fuerza mecánica, el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo e, incluso, la llamada energía química— se transformaban unas en otras en determinadas condiciones, sin que se produjera la menor pérdida de energía. Grove probó así, una vez más y de acuerdo al método físico, el principio formulado por Descartes de que la can- tidad de movimiento existente en el mundo es siempre la misma. Gracias a este descubrimiento, las distintas fuerzas físicas, esas “especies” inmutables, por así decirlo, de la física, se diferencia- ron en distintas formas del movimiento de la materia, que se transformaban unas en otras siguiendo leyes determinadas. Se desterró de la ciencia la casualidad de la existencia de tal o cual cantidad de fuerzas físicas, pues quedaron demostradas sus inter- conexiones y transiciones. La física, como antes la astronomía, lle- gó a un resultado que apuntaba necesariamente al ciclo eterno de la materia en movimiento como la última conclusión de la ciencia.

El desarrollo maravillosamente rápido de la química desde Lavoisier y, sobre todo, desde Dalton atacó, por otro flanco, las viejas concepciones. La obtención por medios inorgánicos de compuestos que hasta entonces sólo se habían producido en los organismos vivos demostró que las leyes de la química tenían la misma validez para los cuerpos orgánicos que para los inorgáni- cos y salvó en gran parte el supuesto abismo entre la naturaleza inorgánica y la orgánica, abismo que Kant estimó insuperable por los siglos de los siglos. Finalmente, también en la esfera de las investigaciones bioló- gicas, sobre todo los viajes y las expediciones científicas organi- zados de modo sistemático a partir de mediados del siglo pasa- do, el estudio más meticuloso de las colonias europeas en todo el mundo por especialistas que vivían allí y, además, los avances de la paleontología, la anatomía y la fisiología en general, sobre todo desde que empezó a usarse sistemáticamente el microscopio y se descubrió la célula, han acumulado tantos datos, que se ha hecho posible —y necesaria— la aplicación del método comparativo*. De una parte, la geografía física comparada permitió determinar las condiciones de vida de las distintas floras y faunas; de otra parte, se compararon los órganos homólogos de especies distin- tas, y por cierto no sólo en el estado de madurez, sino en todas las fases de su desarrollo. Y cuanto más profunda y exacta era esta investigación, tanto más se esfumaba el rígido sistema que suponía la naturaleza orgánica inmutable y fija. No sólo se iban haciendo más difusas las fronteras entre las distintas especies ve- getales y animales, sino que se descubrieron animales, como el anfioxo y la lepidosirena 14 , que parecían mofarse de toda la clasifi- cación existente hasta entonces**; finalmente, se hallaron organis- mos de los que ni siquiera se puede decir si pertenecen al mundo animal o al vegetal. Las lagunas en los anales de la paleontología

* Embriología. (Nota de Engels.)

14. Anfioxo: Pequeño animal pisciforme marino que es una forma transitoria de los invertebrados a los vertebrados. || Lepidosirena: Pez dipneumónido (con pul- mones y branquias) sudamericano.

** Ceratodus, ditto archeopteryx. (Nota de Engels). Ceratodus: Pez dipneumónido australiano. || Archeopteryx: Ave fósil, una de las más antiguas conocidas, que presenta ciertos caracteres de los reptiles. (Nota de la Editorial.)

se iban llenando una tras otra, lo que obligaba a los más obstina- dos a reconocer el asombroso paralelismo existente entre la histo- ria del desarrollo del mundo orgánico en su conjunto y la histo- ria del desarrollo de cada organismo por separado, ofreciendo el hilo de Ariadna que debía indicar la salida del laberinto en que la botánica y la zoología parecían cada vez más perdidas. Es de no- tar que casi al mismo tiempo que Kant atacaba la doctrina de la eternidad del sistema solar, C. F. Wolff desencadenaba, en 1759, el primer ataque contra la teoría de la constancia de las especies y proclamaba la teoría de la evolución. Pero lo que en él sólo fue una anticipación brillante, tomó una forma concreta en manos de Oken, Lamarck y Baer y fue victoriosamente implantado en la ciencia por Darwin, en 1859, exactamente cien años después. Casi al mismo tiempo quedó establecido que el protoplasma y la célu- la, considerados hasta entonces como los constituyentes morfoló- gicos últimos de todos los organismos, eran también formas or- gánicas inferiores con existencia independiente. Todos estos avances redujeron al mínimo el abismo entre la naturaleza inor- gánica y la orgánica, y eliminaron uno de los principales obstácu- los que se alzaban ante la teoría de la evolución de las especies. La nueva concepción de la naturaleza se hallaba ya trazada en sus rasgos fundamentales: toda rigidez se disolvió, todo lo inerte co- bró movimiento, toda particularidad considerada eterna resultó pasajera, y quedó demostrado que la naturaleza se mueve en un flujo eterno y cíclico.

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Y así hemos vuelto a la concepción del mundo que tenían los grandes fundadores de la filosofía griega, a la concepción de que toda la naturaleza, desde sus partículas más elementales hasta sus cuerpos más gigantescos, desde los granos de arena hasta los so- les, desde los protistas 15 hasta el hombre, se halla en un estado pe- renne de nacimiento y muerte, en flujo constante, sujeto a ince- santes cambios y movimientos. Con la sola diferencia esencial de que lo que para los griegos fue una intuición genial es, en nuestro

15. Reino, establecido en 1866, para los organismos inferiores cuya clasificación como animales o vegetales era controvertida.

caso, el resultado de una estricta investigación científica basada en la experiencia y, por ello, tiene una forma más terminada y más clara. Es cierto que la prueba empírica de este movimiento cíclico no está exenta de lagunas, pero éstas, insignificantes en comparación con lo que ya se ha logrado establecer firmemente, disminuyen cada año. Además, ¿cómo puede estar dicha prueba exenta de lagunas en algunos detalles teniendo en cuenta que las ramas más importantes del saber —la astronomía interplanetaria, la química, la geología— apenas si tienen un siglo, que la fisiolo- gía comparada apenas si tiene cincuenta años y que la forma bá- sica de casi todo desarrollo vital, la célula, fue descubierta hace menos de cuarenta?

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Los innumerables soles y sistemas solares de nuestra isla cósmi- ca, limitada por los anillos estelares extremos de la Vía Láctea, se han desarrollado debido a la contracción y enfriamiento de nebu- losas incandescentes, sujetas a un movimiento en torbellino cu- yas leyes quizá sean descubiertas cuando varios siglos de obser- vación nos proporcionen una idea clara del movimiento propio de las estrellas. Evidentemente, este desarrollo no se ha operado en todas partes con la misma rapidez. La astronomía se ve más y más obligada a reconocer que, además de los planetas, en nues- tro sistema estelar existen cuerpos opacos, soles extintos (Mä- dler); por otra parte (según Secchi), una parte de las manchas ne- bulares gaseosas pertenece a nuestro sistema estelar como soles aún no formados, lo que no excluye la posibilidad de que otras nebulosas, como afirma Mädler, sean distantes islas cósmicas in- dependientes, cuyo estadio relativo de desarrollo debe ser esta- blecido por el espectroscopio. Laplace demostró con todo detalle, y con maestría insuperada hasta la fecha, cómo un sistema solar se desarrolla a partir de una masa nebular independiente; investigaciones posteriores de la ciencia han ido probando su razón cada vez con mayor fuerza. En los cuerpos independientes así formados —tanto los soles como los planetas y sus satélites—, la forma de movimiento de la materia que al principio prevalece es la que hemos denominado calor. No se puede hablar de compuestos de elementos químicos

ni siquiera a la temperatura que tiene actualmente el Sol; obser- vaciones posteriores sobre éste nos demostrarán hasta qué punto el calor se transforma en estas condiciones en electricidad o en magnetismo; ya está casi probado que los movimientos mecáni- cos que se operan en el Sol se deben exclusivamente al conflicto entre el calor y la gravedad. Los cuerpos desgajados de las nebulosas se enfrían más rápi- damente cuanto más pequeños son. Primero se enfrían los saté- lites, los asteroides y los meteoritos, del mismo modo que nues- tra Luna se ha enfriado hace mucho. En los planetas, este proce- so se opera más despacio, y en el astro central, todavía con más lentitud. Paralelamente al enfriamiento progresivo, empieza a manifes- tarse con fuerza creciente la interacción de las formas físicas de movimiento, que se transforman unas en otras hasta que final- mente se llega a un punto en que la afinidad química empieza a dejarse sentir, en que los elementos químicos, antes indiferencia- dos, se diferencian químicamente, adquieren propiedades quími- cas y se combinan entre sí. Estas combinaciones cambian de con- tinuo con la disminución de la temperatura —que influye de un modo distinto no ya sólo en cada elemento, sino en cada combi- nación de elementos—; cambian con el consecuente paso de una parte de la materia gaseosa, primero al estado líquido y después al sólido, y con las nuevas condiciones así creadas. El período en que el planeta adquiere su corteza sólida y apa- recen acumulaciones de agua en su superficie coincide con el pe- ríodo en que la importancia de su calor intrínseco disminuye más y más en comparación con el que recibe del astro central. Su at- mósfera se convierte en teatro de fenómenos meteorológicos en el sentido que damos hoy a esta palabra, y su superficie, en teatro de cambios geológicos en los que los depósitos, resultado de las precipitaciones atmosféricas, van ganando cada vez mayor pre- ponderancia sobre los efectos, lentamente menguantes, del fluido incandescente que constituye su núcleo interior. Finalmente, cuando la temperatura ha descendido hasta tal punto —por lo menos en una parte importante de la superficie— que ya no rebasa los límites en que la albúmina es capaz de vivir, se forma, si se dan las condiciones químicas favorables, el proto- plasma vivo. Hoy aún no sabemos qué condiciones son ésas, cosa

que no debe extrañarnos, ya que hasta la fecha no se ha logrado establecer la fórmula química de la albúmina, ni siquiera conoce- mos cuántos albuminoides químicamente diferentes existen, y sólo hace unos diez años que sabemos que la albúmina completa- mente desprovista de estructura cumple todas las funciones esen- ciales de la vida: digestión, excreción, movimiento, contracción, reacción a los estímulos y reproducción. Seguramente pasaron miles de años antes de que se dieran las condiciones para el siguiente paso adelante y que de la albú- mina informe surgiera la primera célula, merced a la formación del núcleo y la membrana. Pero con la primera célula se obtuvo la base para el desarrollo morfológico de todo el mundo orgáni- co; lo primero que se desarrolló, según podemos colegir toman- do en consideración los datos que suministran los archivos de la paleontología, fueron innumerables especies de protistas celula- res y acelulares —de las cuales sólo ha llegado hasta nosotros el Eozoon canadense 16 — que fueron diferenciándose hasta formar las primeras plantas y los primeros animales. Y de los primeros ani- males se desarrollaron, esencialmente gracias a la diferenciación, incontables clases, órdenes, familias, géneros y especies, hasta llegar a la forma en que el sistema nervioso alcanza su más ple- no desarrollo, a los vertebrados, y finalmente, entre éstos, a un vertebrado en que la naturaleza adquiere conciencia de sí misma:

el ser humano. También el hombre surge por la diferenciación, y no sólo como individuo —desarrollándose a partir de un simple óvulo hasta formar el organismo más complejo que produce la natura- leza—, sino también en el sentido histórico. Cuando por fin, tras una lucha de milenios, la mano se diferenció de los pies y se lle- gó a la actitud erecta, el hombre se hizo distinto del mono y quedó sentada la base para el desarrollo del lenguaje articulado y para el poderoso desarrollo del cerebro, que desde entonces ha abierto un abismo infranqueable entre el hombre y el mono. La especialización de la mano implica la aparición de la herra- mienta, y ésta implica la actividad específicamente humana, la acción recíproca transformadora del hombre sobre la naturaleza,

16. Mineral hallado en Canadá, que se creyó era un fósil. En 1878, el científico ale- mán K. Möbius demostró que no era de origen orgánico.

la producción. También los animales tienen herramientas en el sentido más estrecho de la palabra, pero sólo como miembros de su cuerpo: la hormiga, la abeja, el castor; los animales también producen, pero el efecto de su producción sobre la naturaleza que les rodea es, en relación a ésta, igual a cero. Únicamente el hom- bre ha logrado imprimir su sello a la naturaleza, y no sólo llevan- do plantas y animales de un lugar a otro, sino modificando tam- bién el aspecto y el clima de su hábitat y hasta las propias plantas y animales, hasta el punto de que los resultados de su actividad sólo pueden desaparecer con la extinción general del globo terrá- queo. Y esto lo ha conseguido el hombre, ante todo y sobre todo, valiéndose de la mano. Hasta la máquina de vapor, que es hoy por hoy su herramienta más poderosa para la transformación de la naturaleza, depende a fin de cuentas, como herramienta, de la ac- tividad de las manos. Sin embargo, paralelamente a la mano fue desarrollándose, paso a paso, la cabeza; iba apareciendo la con- ciencia, primero de las condiciones necesarias para obtener cier- tos resultados prácticos útiles; después, sobre la base de esto, na- ció entre los pueblos que se hallaban en una situación más venta- josa la comprensión de las leyes de la naturaleza que determinan dichos resultados útiles. Al mismo tiempo que se desarrollaba rá- pidamente el conocimiento de las leyes de la naturaleza, aumen- taban los medios de acción recíproca sobre ella; la mano sola nun- ca hubiera logrado crear la máquina de vapor si, paralelamente, y en parte gracias a la mano, no se hubiera desarrollado correla- tivamente el cerebro humano. Con el hombre, entramos en la historia. También los animales tienen una historia, la de su origen y desarrollo gradual hasta su estado presente. Pero los animales son objetos pasivos de la his- toria, y su participación en ella ocurre sin su conocimiento o vo- luntad. Los hombres, por el contrario, a medida que se alejan más de los animales en el sentido estrecho de la palabra, en ma- yor grado hacen su historia ellos mismos, conscientemente, y tanto menor es la influencia que ejercen sobre esta historia las cir- cunstancias imprevistas y las fuerzas incontroladas, y tanto más exactamente se corresponde el resultado histórico con los fines establecidos de antemano. Pero si aplicamos este rasero a la his- toria humana, incluso a la historia de los pueblos más desarrolla- dos de nuestro siglo, veremos que incluso aquí existe todavía

una colosal discrepancia entre los objetivos propuestos y los re- sultados obtenidos, veremos que continúan prevaleciendo las in- fluencias imprevistas, que las fuerzas incontroladas son mucho más poderosas que las puestas en movimiento de acuerdo a un plan. Y esto seguirá siendo así mientras la actividad histórica más esencial de los hombres, la que los ha elevado desde el esta- do animal al humano y forma la base material de todas sus de- más actividades —me refiero a la producción de sus medios de subsistencia, es decir, a lo que hoy llamamos producción social—, se vea subordinada a la acción imprevista de fuerzas incontrola- das y mientras el objetivo deseado se alcance sólo excepcional- mente y con mucha más frecuencia se obtengan resultados diame- tralmente opuestos. En los países industriales más adelantados hemos sometido las fuerzas de la naturaleza, poniéndolas al ser- vicio del hombre; gracias a ello hemos aumentado inconmensura- blemente la producción, de modo que hoy un niño produce más que antes cien adultos. Pero, ¿cuáles han sido las consecuencias de este incremento de la producción? El aumento del trabajo ago- tador, una miseria creciente de las masas y un inmenso crac eco- nómico cada diez años. Darwin no sospechaba qué sátira tan amarga escribía de los hombres, y en particular de sus compatrio- tas, cuando demostró que la libre competencia, la lucha por la existencia, que los economistas celebran como el mayor logro his- tórico, era el estado normal del mundo animal. Únicamente una or- ganización consciente de la producción social, en la que la pro- ducción y la distribución obedezcan a un plan, puede elevar so- cialmente a los hombres sobre el resto del mundo animal, del mismo modo que la producción en general les elevó como espe- cie. El desarrollo histórico hace esta organización más necesaria y más posible cada día. A partir de ella se datará la nueva época his- tórica en que los propios hombres, y con ellos todos los campos de su actividad, especialmente las ciencias naturales, alcanzarán éxitos que eclipsarán todo lo conseguido hasta entonces. Pero “todo lo que nace merece perecer” 17 . Quizá pasen antes millones de años, nazcan y bajen a la tumba centenares de miles de generaciones, pero se acerca inexorablemente el tiempo en que el calor decreciente del Sol no podrá ya derretir el hielo procedente

17. Palabras de Mefistófeles en el Fausto de Goethe, parte I, escena III.

de los polos; la humanidad, más y más hacinada en torno al ecua- dor, no encontrará ni siquiera allí el calor necesario para la vida; irá desapareciendo paulatinamente toda huella de vida orgánica, y la Tierra, muerta, convertida en una esfera fría, como la Luna, girará en las tinieblas más profundas, siguiendo órbitas más y más reducidas en torno al Sol, también muerto, sobre el que al fi- nal terminará por caer. Unos planetas correrán esa suerte antes y otros después que la Tierra; y en lugar del luminoso y cálido sis- tema solar, con la armónica disposición de sus componentes, que- dará tan sólo una esfera fría y muerta, que aún seguirá su solita- rio camino por el espacio cósmico. El mismo destino que aguar- da a nuestro sistema solar espera antes o después a todos los demás sistemas de nuestra isla cósmica, incluso a aquellos cuya luz jamás alcanzará la Tierra mientras quede un ser humano ca- paz de percibirla. Pero, ¿qué ocurrirá cuando nuestro sistema solar haya termi- nado su existencia, cuando haya sufrido la suerte de todo lo fini- to, la muerte? ¿Continuará el cadáver del Sol rodando eternamen- te por el espacio infinito y todas las fuerzas de la naturaleza, antes infinitamente diferenciadas, se convertirán en una única forma de movimiento, en la atracción? “¿O —como se pregunta Secchi (pág. 810)— hay en la naturaleza fuerzas capaces de hacer que el siste- ma muerto vuelva a su estado original de nebulosa incandescen- te, capaces de despertarlo a una nueva vida? No lo sabemos”. Sin duda, no lo sabemos en el sentido que sabemos que 2 x 2 = 4 o que la atracción de la materia aumenta y disminuye en razón del cuadrado de la distancia. Pero en las ciencias naturales teóri- cas —que en lo posible unen su concepción de la naturaleza en un todo armónico y sin las cuales en nuestros días no puede hacer nada el empírico más limitado— tenemos que operar a menudo con magnitudes imperfectamente conocidas; y la coherencia lógi- ca del pensamiento ha tenido que suplir, en todos los tiempos, la insuficiencia de nuestros conocimientos. Las ciencias naturales contemporáneas se han visto obligadas a tomar de la filosofía el principio de la indestructibilidad del movimiento; sin este princi- pio, las ciencias naturales ya no pueden existir. Pero el movi- miento de la materia no es únicamente tosco movimiento mecá- nico, mero cambio de lugar; es calor y luz, tensión eléctrica y magnética, combinación química y disociación, vida y, finalmente,

conciencia. Decir que la materia, durante toda su existencia ilimi- tada en el tiempo, solamente una vez —y por un período infinita- mente corto en comparación con su eternidad— ha podido dife- renciar su movimiento y, con ello, desplegar toda la riqueza del mismo, y que antes y después de ello se ha visto limitada eterna- mente a simples cambios de lugar, decir esto equivale a afirmar que la materia es perecedera y el movimiento, pasajero. La indes- tructibilidad del movimiento debe ser comprendida no sólo en el sentido cuantitativo, sino también en el cualitativo. La materia cuyo mero cambio mecánico de lugar incluye la posibilidad de transformación, si se dan condiciones favorables, en calor, electri- cidad, acción química, vida, pero que es incapaz de producir esas condiciones por sí misma, esa materia ha sufrido determinado perjui- cio en su movimiento. El movimiento que ha perdido la capacidad de verse transformado en las distintas formas que le son propias, si bien posee aún dúnamis 18 , no tiene ya energeia 19 , y por ello se ha- lla parcialmente destruido. Pero ambas cosas son inconcebibles. En todo caso, es indudable que hubo un tiempo en que la ma- teria de nuestra isla cósmica convertía en calor una cantidad tan enorme de movimiento —hasta hoy no sabemos de qué género—, que de él pudieron desarrollarse los sistemas solares pertenecien- tes (según Mädler) por lo menos a veinte millones de estrellas y cuya extinción gradual es igualmente indudable. ¿Cómo se ope- ró esta transformación? Sabemos tan poco como sabe el padre Secchi 20 sobre si el futuro caput mortuum 21 de nuestro sistema so- lar se convertirá de nuevo, alguna vez, en materia prima para nuevos sistemas solares. Pero aquí nos vemos obligados a recu- rrir a la ayuda del creador o a concluir que la materia prima in- candescente que dio origen a los sistemas solares de nuestra isla cósmica se produjo de forma natural, por transformaciones del movimiento inherentes por naturaleza a la materia en movimiento y cuyas condiciones deben, por consiguiente, ser reproducidas

  • 18. Posibilidad, potencial.

  • 19. Realidad, acto.

  • 20. Angelo Secchi (1818-78): Sacerdote y astrónomo italiano que estudió la compo- sición del Sol.

  • 21. Literalmente, “cabeza muerta”; en sentido figurado, restos mortales, desechos sobrantes de la calcinación, una reacción química, etc. Aquí hace referencia al Sol apagado con los planetas muertos caídos sobre él.

por la materia, aunque sea después de millones y millones de años, más o menos accidentalmente, pero con la necesidad que es también inherente a la casualidad. Cada vez se admite más la posibilidad de semejante transfor- mación. Se llega a la convicción de que el destino final de los cuerpos celestes es caer unos sobre otros, e incluso se calcula la cantidad de calor que debe desarrollarse en tales colisiones. La aparición repentina de nuevas estrellas y el no menos repentino aumento del brillo de estrellas hace mucho conocidas —de lo cual nos informa la astronomía— pueden fácilmente explicarse por se- mejantes colisiones. Además, debe tenerse en cuenta que no sólo nuestros planetas giran alrededor del Sol y que no sólo nuestro Sol se mueve dentro de nuestra isla cósmica, sino que ésta se mueve en el espacio cósmico en equilibrio temporal relativo con las otras islas cósmicas, pues incluso el equilibrio relativo de los cuerpos que flotan libremente puede existir únicamente allí don- de el movimiento está recíprocamente condicionado; además, al- gunos admiten que la temperatura en el espacio cósmico no es la misma en todas partes. Finalmente, sabemos que, a excepción de una porción infinitesimal, el calor de los innumerables soles de nuestra isla cósmica se desvanece en el espacio cósmico sin elevar su temperatura aunque sólo sea en una millonésima de grado centígrado. ¿Qué ocurre con toda esa ingente cantidad de calor? ¿Se pierde para siempre en su intento de calentar el espacio cós- mico, cesa de existir prácticamente y continúa existiendo sólo te- óricamente en el hecho de que el espacio cósmico se ha calentado en una fracción infinitesimal de grado? Esta suposición niega la indestructibilidad del movimiento; admite la posibilidad de que, por la caída sucesiva de los cuerpos celestes unos sobre otros, todo el movimiento mecánico existente se convertirá en calor irradiado al espacio cósmico, merced a lo cual, a despecho de toda la “indestructibilidad de la fuerza”, cesaría en general todo movimiento. (Por cierto, aquí se ve lo poco acertada de la expre- sión “indestructibilidad de la fuerza”, en lugar de “indestructibi- lidad del movimiento”). Llegamos así a la conclusión de que el calor irradiado al espacio cósmico debe, de un modo u otro —lle- gará un tiempo en que las ciencias naturales se impongan la ta- rea de averiguarlo—, convertirse en otra forma de movimiento en que tenga la posibilidad de volver a concentrarse y funcionar

activamente. Con ello desaparece el principal obstáculo que hoy existe para el reconocimiento de la reconversión de los soles ex- tintos en nebulosas incandescentes. Además, la sucesión eternamente reiterada de los mundos en el tiempo infinito es únicamente un complemento lógico a la coe- xistencia de innumerables mundos en el espacio infinito. Este es un principio cuya necesidad indiscutible se ha visto forzado a re- conocer incluso el cerebro antiteórico del yanqui Draper 22 . Este es el ciclo eterno en que se mueve la materia, un ciclo que únicamente cierra su trayectoria en períodos para los que nuestro año terrestre no puede servir de unidad de medida, un ciclo en el cual el tiempo de máximo desarrollo, el tiempo de la vida orgáni- ca e, incluso, el tiempo de la vida de los seres conscientes de sí mismos y de la naturaleza es tan parcamente medido como el es- pacio en que la vida y la autoconciencia existen; un ciclo en el que cada forma finita de existencia de la materia —lo mismo si es un sol que una nebulosa, un individuo animal o una especie de ani- males, la combinación o la disociación química— es igualmente pasajera y en el que no hay nada eterno de no ser la materia en eterno movimiento y transformación, y las leyes según las cuales se mueve y se transforma. Pero por más frecuente e inexorable- mente que este ciclo se opere en el tiempo y en el espacio, por más millones de soles y tierras que nazcan y mueran, por más que pue- dan tardar en crearse en un sistema solar e incluso en un solo pla- neta las condiciones para la vida orgánica, por más innumerables que sean los seres orgánicos que deban surgir y perecer antes de que se desarrollen animales con un cerebro capaz de pensar y que encuentren por un breve plazo condiciones favorables para su vida, para ser luego también aniquilados sin piedad, tenemos la certeza de que la materia será eternamente la misma en todas sus transformaciones, de que ninguno de sus atributos puede jamás perderse y que por ello, con la misma necesidad férrea con que ha de exterminar en la Tierra su creación superior, la mente pensan- te, ha de volver a crearla en algún otro sitio y en otro tiempo.

22. “La multiplicidad de los mundos en el espacio infinito lleva a la concepción de una sucesión de mundos en el tiempo infinito” (J.W. Draper, History of the Inte- llectual Development of Europe, t. II, p. 325).

EL PAPEL DEL TRABAJO EN LA TRANSFORMACIÓN DEL MONO EN HOMBRE 23

El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en economía política. Y en efecto, lo es, junto con la naturaleza, que provee los materiales que el trabajo convierte en riqueza. Pero el trabajo es muchísimo más, es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto pun- to, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre. Hace muchos centenares de miles de años, en una época, toda- vía no establecida definitivamente, de la era del desarrollo de la Tierra que los geólogos denominan terciaria, probablemente a fi- nales de la misma, vivía en algún lugar de la zona tropical —qui- zás en un extenso continente hoy desaparecido en las profundi- dades del océano Índico 24 — una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada. Darwin nos ha dado una des- cripción aproximada de estos antepasados nuestros: estaban to- talmente cubiertos de pelo, tenían barba, orejas puntiagudas, vi- vían en los árboles y formaban manadas 25 . Es de suponer que, como consecuencia directa de su género de vida, por el que las manos, al trepar, tenían que desempeñar funcio- nes distintas a las de los pies, estos monos se fueron acostumbrando

  • 23. Este trabajo fue inicialmente pensado como introducción a un trabajo más ex- tenso denominado Tres formas fundamentales de esclavitud. Pero, como el proyec- to no avanzaba, Engels le dio el título por el que ahora es conocido. Engels ex- plica el papel decisivo del trabajo, de la producción de instrumentos, en la for- mación del tipo físico del hombre y de la sociedad humana, mostrando que, a partir de un antepasado parecido al mono y a través de un largo proceso evo- lutivo, se desarrolló un ser cualitativamente distinto, el ser humano. Probable- mente fue escrito en junio de 1876. Se publicó por primera vez en la revista Die Neue Zeit, nº 44, 1895-96.

  • 24. Cuando Engels escribió este trabajo, el científico británico Philip Lutley Sclater planteó la teoría de que desde Madagascar hasta Indonesia había existido un continente que se había sumergido bajo el mar.

  • 25. Véase Charles Darwin, El origen del hombre y de la selección con relación al sexo.

a prescindir de ellas al caminar por el suelo y empezaron a adop-

tar más y más una posición erecta. Fue el paso decisivo para la trans- formación del mono en hombre.

Todos los monos antropomorfos que existen en la actualidad pueden permanecer en posición erecta y caminar apoyándose úni- camente en sus pies; pero lo hacen sólo en caso de extrema necesi- dad y, además, con suma torpeza. Caminan habitualmente en acti- tud semierecta, y su marcha incluye el uso de las manos. La mayo- ría de estos monos apoyan en el suelo los nudillos y, encogiendo las piernas, hacen avanzar el cuerpo por entre sus largos brazos, como un cojo que camina con muletas. En general, aún hoy pode- mos observar entre los monos todas las formas de transición entre la marcha cuadrúpeda y la marcha bípeda. Pero para ninguno de ellos esta última ha pasado de ser un recurso circunstancial. Y puesto que, para nuestros peludos antepasados, la posición erecta había de ser primero una norma y luego una necesidad, de aquí se desprende que por aquel entonces las manos tenían que ejecutar funciones cada vez más variadas. Incluso entre los mo- nos existe ya cierta división de funciones entre pies y manos. Como hemos señalado más arriba, al trepar las manos son usadas de distinta manera que los pies. Las manos sirven fundamental- mente para recoger y sostener los alimentos, como hacen algunos mamíferos inferiores con sus patas delanteras. Ciertos monos se ayudan de las manos para construir nidos en los árboles; y algu- nos, como el chimpancé, llegan a construir tejadillos entre las ra- mas, para protegerse de las inclemencias meteorológicas. La mano les sirve para empuñar garrotes con los que se defienden de sus enemigos, o para bombardear a éstos con frutos y piedras. Cuando se encuentran en cautividad, realizan con las manos di- versas operaciones sencillas que copian de los humanos. Pero aquí es precisamente donde se ve la gran distancia que separa la mano primitiva de los monos, incluso la de los antropoides supe- riores, de la mano del hombre, perfeccionada por el trabajo du- rante cientos de miles de años. El número y la disposición gene- ral de los huesos y los músculos son los mismos en el mono y en el hombre, pero la mano del salvaje más primitivo es capaz de ejecutar centenares de operaciones que no pueden ser realizadas por la mano de ningún mono. Ni una sola mano simiesca ha cons- truido jamás un cuchillo de piedra, por tosco que fuese.

Las funciones para las que nuestros antepasados fueron adap- tando poco a poco sus manos durante los muchos miles de años de transición del mono al hombre sólo pudieron ser, en un prin- cipio, funciones sumamente sencillas. Los salvajes más primiti- vos, incluso aquellos en los que puede presumirse el retorno a un estado más próximo a la animalidad, con una degeneración física simultánea, son muy superiores a aquellos seres del período tran- sitorio. Antes de que el primer trozo de sílex hubiese sido conver- tido en cuchillo por la mano humana, debió de pasar un período de tiempo tan largo que, en comparación con él, el período de his- toria conocida por nosotros resulta insignificante. Pero se había dado ya el paso decisivo: la mano era libre y ahora podía adquirir cada vez más destreza y habilidad; y ésta mayor flexibilidad ad- quirida se transmitía por herencia y aumentaba de generación en generación. Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; también es producto de él. La mano humana ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini únicamente por el trabajo, por la adapta- ción a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un período más largo, también por los hue- sos, y por la aplicación siempre renovada de estas habilidades he- redadas a funciones nuevas y cada vez más complejas. Pero la mano no era algo con existencia propia e indepen- diente, sino únicamente un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. Y lo que beneficiaba a la mano beneficia- ba también a todo el cuerpo al que servía; y lo beneficiaba en dos aspectos. Primeramente, en virtud de la ley que Darwin llamó de la co- rrelación del crecimiento. Según esta ley, ciertas formas de las distintas partes de los seres orgánicos siempre están ligadas a de- terminadas formas de otras partes que aparentemente no tienen ninguna relación con las primeras. Así, todos los animales que poseen glóbulos rojos sin núcleo y cuyo occipital está articulado con la primera vértebra por medio de dos cóndilos poseen, sin ex- cepción, glándulas mamarias para la alimentación de sus crías. También, la pezuña hendida de ciertos mamíferos va ligada, por

regla general, a un estómago con varios compartimentos adapta- do a la rumia. Las modificaciones experimentadas por ciertas for- mas provocan cambios en la forma de otras partes del organismo, sin que estemos en condiciones de explicar tal conexión. Los ga- tos totalmente blancos y de ojos azules son siempre o casi siem- pre sordos. El perfeccionamiento gradual de la mano del hombre y la adaptación concomitante de los pies a la marcha en posición erecta repercutieron indudablemente, en virtud de dicha correla- ción, sobre otras partes del organismo. Sin embargo, esta acción todavía está tan poco estudiada que no podemos más que seña- larla en términos generales. Mucho más importante es la influencia directa —y demostra- ble— del desarrollo de la mano sobre el resto del organismo. Como ya hemos dicho, nuestros antepasados simiescos eran ani- males que vivían en manadas; evidentemente, no es posible bus- car el origen del hombre, el más social de los animales, en unos antepasados inmediatos que no fuesen gregarios. Con cada nue- vo progreso, el dominio sobre la naturaleza, que había comenza- do por el desarrollo de la mano con el trabajo, iba ampliando los horizontes del hombre, haciéndole descubrir constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas. Por otra parte, el desarrollo del trabajo, al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividad conjunta, y al mostrar así las venta- jas de esta actividad conjunta para cada individuo, tenía que con- tribuir forzosamente a agrupar todavía más a los miembros de la sociedad. En resumen, los hombres en formación llegaron a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo los unos a los otros. La necesidad creó el órgano: la laringe poco desarrollada del mono se fue transformando, lenta pero firmemente, mediante modulaciones que a su vez producían modulaciones más perfec- tas, mientras los órganos de la boca aprendían poco a poco a pro- nunciar un sonido articulado tras otro. La comparación con los animales nos muestra que esta expli- cación del origen del lenguaje a partir del trabajo y con el trabajo es la única acertada. Lo poco que los animales, incluso los más desarrollados, tienen que comunicarse entre sí puede ser transmi- tido sin el concurso de la palabra articulada. Ningún animal en estado salvaje se siente perjudicado por su incapacidad de hablar o de comprender el lenguaje humano. Pero la situación cambia

por completo cuando el animal ha sido domesticado por el hom- bre. El contacto con el hombre ha desarrollado en el perro y en el caballo un oído tan sensible al lenguaje articulado, que pueden llegar a comprender, dentro del rango de sus representaciones, cualquier idioma. Además, pueden llegar a adquirir sentimientos antes desconocidos por ellos, como son el apego al hombre, la gratitud, etc. Quien conozca bien a estos animales, difícilmente podrá escapar a la convicción de que, en muchos casos, esta in- capacidad de hablar es experimentada ahora por ellos como un defecto. Desgraciadamente, este defecto no tiene remedio, pues sus órganos vocales están demasiado especializados en una de- terminada dirección. Sin embargo, cuando existe un órgano apropiado, esta incapacidad puede ser superada dentro de cier- tos límites. Los órganos bucales de las aves son radicalmente dis- tintos a los del hombre, pero sin embargo las aves son los únicos animales que pueden aprender a hablar; y el ave de voz más re- pulsiva, el loro, es la que mejor habla 26 . Y no importa que se nos objete diciéndonos que el loro no entiende lo que dice. Claro está que por el solo gusto de hablar y por sociabilidad con los hom- bres el loro puede estar repitiendo horas y horas todo su voca- bulario. Pero, dentro del rango de sus representaciones, tam- bién puede llegar a comprender lo que dice. Enseñad a un loro a decir palabrotas, de modo que llegue a tener una idea de su significación (una de las distracciones favoritas de los marineros que regresan de las zonas tropicales), y veréis muy pronto que en cuanto lo irritáis hace uso de esas palabrotas con la misma corrección que cualquier verdulera de Berlín. Y lo mismo ocurre con la petición de golosinas. Primero el trabajo, y después y con él la palabra articulada, fueron los dos principales estímulos bajo cuya influencia el ce- rebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano, que, a pesar de toda su similitud, lo supera considera- blemente en tamaño y perfección. Y a medida que se desarrolla- ba el cerebro, se desarrollaban también sus instrumentos más inmediatos: los órganos de los sentidos. De igual manera que el desarrollo gradual del lenguaje va necesariamente acompañado

26. Actualmente se considera que el ave que mejor imita la voz humana es el miná del Himalaya, de la familia de los estorninos. (Nota del Traductor.)

del correspondiente perfeccionamiento del órgano del oído, así también el desarrollo general del cerebro va ligado al perfeccio- namiento de todos los órganos sensoriales. La vista del águila tie- ne mucho más alcance que la del hombre, pero el ojo humano percibe en las cosas muchos más detalles que el ojo del águila. El perro tiene un olfato mucho más fino que el hombre, pero no pue- de captar ni la centésima parte de los olores que sirven a éste de signos para diferenciar cosas distintas. Y el sentido del tacto, que el mono posee a duras penas en la forma más tosca y primitiva, se ha ido desarrollando únicamente con el desarrollo de la propia mano del hombre, a través del trabajo. El desarrollo del cerebro y de los sentidos a su servicio, la cre- ciente claridad de conciencia, la capacidad de abstracción y de discernimiento cada vez mayores, influyeron a su vez sobre el trabajo y la palabra, estimulando más y más su desarrollo. Cuan- do el hombre se separa definitivamente del mono, este desarrollo no cesa ni mucho menos, sino que continúa, en distinto grado y en distintas direcciones entre los distintos pueblos y en las dife- rentes épocas, interrumpido incluso a veces por regresiones de carácter local o temporal, pero avanzando en su conjunto a gran- des pasos, considerablemente impulsado y, a la vez, orientado en un sentido más preciso por un nuevo elemento surgido con la aparición del hombre totalmente formado: la sociedad. Seguramente tuvieron que pasar cientos de miles de años —que en la historia de la Tierra tienen menos importancia que un se- gundo en la vida de un hombre 27 — antes de que la sociedad hu- mana surgiese de aquellas manadas de monos que trepaban por los árboles. Pero, al fin y al cabo, surgió. ¿Y qué es lo que volve- mos a encontrar como signo distintivo entre la manada de monos y la sociedad humana? Otra vez el trabajo. La manada de monos se contentaba con devorar los alimentos de un área determinada por las condiciones geográficas o la resistencia de las manadas vecinas. Se trasladaba de un lugar a otro y entablaba luchas con otras manadas para conquistar nuevas zonas de alimentación;

27. Sir William Thomson, autoridad de primer orden en la materia, calculó que han debido de transcurrir algo más de cien millones de años desde el momento en que la Tierra se enfrió lo suficiente para que en ella pudieran vivir las plantas y los animales. (Nota de Engels.)

pero era incapaz de extraer de dichas zonas más de lo que la na- turaleza buenamente le ofrecía, si exceptuamos la acción incons- ciente de la manada, al abonar el suelo con sus excrementos. Cuando todas las zonas capaces de proporcionar alimento fue- ron ocupadas, el crecimiento de la población simiesca se tornó imposible; en el mejor de los casos, el número de animales podía mantenerse al mismo nivel. Pero todos los animales son unos grandes despilfarradores de alimentos; además, con frecuencia destruyen el germen de la nueva generación de reservas alimen- ticias. A diferencia del cazador, el lobo no respeta la cabra mon- tesa que habría de proporcionarle cabritos al año siguiente; las cabras de Grecia, que devoran los jóvenes arbustos antes de que puedan desarrollarse, han dejado desnudas todas las montañas del país. Esta “explotación rapaz” llevada a cabo por los anima- les desempeña un gran papel en la transformación gradual de las especies, al obligarlas a adaptarse a unos alimentos que no son los habituales para ellas, con lo que cambia la composición quí- mica de su sangre y se modifica poco a poco toda la constitución física del animal; las especies que no se adaptan desaparecen. No cabe duda de que esta explotación rapaz contribuyó en alto gra- do a la humanización de nuestros antepasados, pues amplió el número de plantas y las partes de éstas utilizadas en la alimenta- ción por aquella raza de monos que superaba con ventaja a todas las demás en inteligencia y capacidad de adaptación. En una pa- labra, la alimentación, cada vez más variada, aportaba al organis- mo nuevas y nuevas sustancias, con lo que se crearon las condi- ciones químicas para la transformación de esos monos en seres humanos. Pero todo esto no era trabajo en el verdadero sentido de la pa- labra. El trabajo comienza con la elaboración de instrumentos. ¿Y cuáles son los instrumentos más antiguos, a juzgar por los restos que nos han llegado del hombre prehistórico, por el género de vida de los pueblos más antiguos que registra la historia, así como por el de los salvajes actuales más primitivos? Son instru- mentos de caza y de pesca; los primeros, utilizados también como armas. Pero la caza y la pesca suponen el tránsito de la ali- mentación exclusivamente vegetal a la alimentación mixta, lo que significa un nuevo paso de suma importancia en la transfor- mación del mono en hombre. El consumo de carne proporcionó al

organismo, en forma casi acabada, los ingredientes más esencia- les para su metabolismo. Con ello acortó el proceso de digestión y otros procesos de la vida vegetativa del organismo (es decir, los procesos análogos a los de la vida vegetal), ganando así tiempo, materiales y estímulos para que pudiera manifestarse activamen- te la vida propiamente animal. Y cuanto más se alejaba el hom- bre en formación del reino vegetal, más se elevaba sobre los ani- males. De la misma manera que el habituarse a la alimentación mixta convirtió al gato y al perro salvajes en servidores del hom- bre, así también el habituarse a combinar la carne con la dieta ve- getal contribuyó poderosamente a dar fuerza física e indepen- dencia al hombre en formación. Pero donde más se manifestó la influencia de la dieta carnívora fue en el cerebro, que recibió así en mucha mayor cantidad que antes las sustancias necesarias para su nutrición y desarrollo, con lo que su perfeccionamiento fue haciéndose mayor y más rápido de generación en generación. Debemos reconocer —y perdonen los señores vegetarianos— que el hombre ha llegado a ser hombre con el consumo de carne; y el hecho de que, en una u otra época de la historia de todos los pueblos conocidos, el empleo de la carne en la alimentación haya llevado al canibalismo (todavía en el siglo X, los antepasados de los berlineses, los velátabos o wilzos, solían devorar a sus proge- nitores) es una cuestión que no tiene hoy para nosotros la menor importancia. El consumo de carne en la alimentación significó dos nuevos avances de importancia decisiva: el uso del fuego y la domestica- ción de animales. El primero redujo aún más el proceso digesti- vo, ya que permitía llevar a la boca comida, como si dijéramos, medio digerida; el segundo multiplicó las reservas de carne, pues ahora había una nueva fuente, además de la caza, para obtenerla más regularmente. La domesticación de animales también pro- porcionó, con la leche y sus derivados, un nuevo alimento, que en cuanto a composición era por lo menos del mismo valor que la carne. Así pues, estos dos avances se convirtieron directamente para el hombre en nuevos medios de emancipación. No podemos detenernos aquí a examinar en detalle sus consecuencias indirec- tas, a pesar de toda la importancia que hayan podido tener para el desarrollo del hombre y de la sociedad, pues tal examen nos apartaría demasiado de nuestro tema.

El hombre, que había aprendido a comer todo lo comestible, aprendió también, de la misma manera, a vivir en cualquier cli- ma. Se extendió por toda la superficie habitable de la Tierra, sien- do el único animal capaz de hacerlo por propia iniciativa. Los de- más animales que se han adaptado a todos los climas —los ani- males domésticos y los insectos parásitos— no lo lograron por sí solos, sino únicamente siguiendo al hombre. Y el paso del clima uniformemente cálido de la patria original a zonas más frías don- de el año se dividía en verano e invierno creó nuevas necesida- des, al obligar al hombre a buscar cobijo y a cubrir su cuerpo para protegerse del frío y la humedad. Así surgieron nuevas esferas de trabajo y, con ellas, nuevas actividades que fueron apartando más y más al hombre de los animales. Gracias a la cooperación de la mano, los órganos del lenguaje y el cerebro, no sólo en cada individuo, sino también en la socie- dad, los hombres fueron aprendiendo a ejecutar operaciones cada vez más complejas, a plantearse y a alcanzar objetivos cada vez más elevados. El trabajo se diversificaba y perfeccionaba de gene- ración en generación, extendiéndose cada vez a nuevas activida- des. A la caza y a la ganadería vino a sumarse la agricultura, y más tarde el hilado y el tejido, la metalurgia, la alfarería y la na- vegación. Junto al comercio y los oficios, aparecieron finalmente las artes y las ciencias. De las tribus salieron las naciones y los Es- tados. Se desarrollaron el derecho y la política, y con ellos el re- flejo fantástico de las cosas humanas en la mente del hombre: la religión. Frente a todas estas creaciones, que se manifestaban en primer término como productos del cerebro y parecían dominar las sociedades humanas, las producciones más modestas, fruto del trabajo de la mano, quedaron relegadas a un segundo plano, tanto más cuanto que, en una fase muy temprana del desarrollo de la sociedad (por ejemplo, ya en la familia primitiva), la cabeza que planeaba el trabajo era ya capaz de obligar a manos ajenas a realizar el trabajo proyectado por ella. El rápido progreso de la ci- vilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo y la actividad del cerebro. Los hombres se acostumbraron a expli- car sus actos por sus pensamientos, en lugar de buscar la explica- ción en sus necesidades (reflejadas, naturalmente, en la cabeza humana, que así cobra conciencia de ellas). Así fue cómo, con el transcurso del tiempo, surgió esa concepción idealista del mundo

que ha dominado el cerebro de los hombres, sobre todo desde la desaparición del mundo antiguo, y que todavía lo sigue domi- nando hasta el punto de que incluso los naturalistas de la escue- la darwiniana más allegados al materialismo son todavía incapa- ces de formarse una idea clara acerca del origen del hombre, pues esa misma influencia idealista les impide ver el papel desempe- ñado por el trabajo. Los animales, como ya hemos indicado de pasada, también modifican con su actividad la naturaleza exterior, aunque no en el mismo grado que el hombre; y estas modificaciones provoca- das por ellos en el medio ambiente repercuten, como hemos vis- to, en sus causantes, modificándolos a su vez. En la naturaleza nada ocurre de forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de esta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples. Ya hemos visto cómo las cabras han impedido la repoblación de los bosques griegos; en Santa Elena, las cabras y los cerdos des- embarcados por los primeros navegantes llegados a la isla arrasa- ron casi por completo la vegetación autóctona, con lo que prepa- raron el suelo para que pudieran multiplicarse las plantas lleva- das más tarde por otros navegantes y colonizadores. Pero la influencia duradera de los animales sobre la naturaleza que los rodea es completamente involuntaria y constituye, por lo que a los animales se refiere, un hecho accidental. Pero cuanto más se alejan los hombres de los animales, más adquiere su influencia sobre la naturaleza el carácter de una acción intencional y plane- ada cuyo fin es lograr objetivos previstos de antemano. Los ani- males destrozan la vegetación del lugar sin darse cuenta de lo que hacen. Los hombres, en cambio, cuando destruyen la vegeta- ción lo hacen con el fin de utilizar la superficie que quede libre para sembrar cereales, plantar árboles o cultivar la vid, conscien- tes de que la cosecha que obtengan superará varias veces lo sem- brado por ellos. El hombre traslada de un país a otro plantas úti- les y animales domésticos, modificando así la flora y la fauna de continentes enteros. Más aún; las plantas y los animales, cultiva- das aquéllas y criados éstos en condiciones artificiales, sufren ta- les modificaciones bajo la influencia de la mano del hombre que se vuelven irreconocibles. Hasta el presente, todavía no han sido

hallados los antepasados silvestres de nuestros cultivos cerealis- tas, ni ha sido resuelta la cuestión de saber qué animal dio origen a nuestros perros actuales, tan distintos unos de otros, o a las ac- tuales razas de caballos, también tan numerosas. Por lo demás, no hace falta decir que no tenemos la intención de negar a los animales la facultad de actuar de un modo plani- ficado. Por el contrario, la acción planificada existe embrionaria- mente dondequiera que el protoplasma —la albúmina viva— exista y reaccione, es decir, realice determinados movimientos, aunque sean los más simples, en respuesta a determinados estí- mulos del exterior. Esta reacción se produce, no digamos ya en la célula nerviosa, sino incluso cuando aún no hay célula de nin- guna clase. También, hasta cierto punto, parece haber algo de planificación en el acto mediante el cual las plantas insectívoras se apoderan de su presa, aunque se realice de un modo total- mente inconsciente. La facultad de realizar actos conscientes y premeditados se desarrolla en los animales en correspondencia con el desarrollo del sistema nervioso, y en los mamíferos alcan- za ya un nivel bastante elevado. Durante la caza inglesa del zorro puede observarse siempre la infalibilidad con que el zorro utiliza su perfecto conocimiento del lugar para ocultarse de sus perse- guidores, y lo bien que conoce y sabe aprovechar todas las venta- jas del terreno para despistarlos. Entre nuestros animales domés- ticos, que han llegado a un grado más alto de desarrollo gracias a su convivencia con el hombre, pueden observarse a diario ac- tos de astucia, equiparables a los de los niños, pues lo mismo que el desarrollo del embrión humano en el seno materno es una repetición abreviada de toda la historia del desarrollo físico seguido a través de millones de años por nuestros antepasados del reino animal, a partir del gusano, así también el desarrollo mental del niño representa una repetición, todavía más abrevia- da, del desarrollo intelectual de esos mismos antepasados, en todo caso de los menos remotos. Pero ni un solo acto planificado de ningún animal ha podido imprimir en la naturaleza el sello de su voluntad. Sólo el hombre ha podido hacerlo. Resumiendo: los animales únicamente usan la naturaleza ex-

terior, modificándola por el mero hecho de su presencia en ella. En cambio, el hombre modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia

esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferen- cia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo*. Sin embargo, no nos dejemos llevar por el entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de esas victorias, la naturaleza se venga. Bien es verdad que las pri- meras consecuencias de esas victorias son las previstas por nos- otros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuen- cias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anu- lan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bos- ques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Cuando los italianos de los Alpes talaron en las laderas meridionales los bos- ques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septen- trionales, no tenían ni idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que estaban dejando sin agua sus fuentes de montaña la mayor parte del año y permitiendo que durante la estación de las lluvias vertieran todavía con más furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrófula 28 . Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien si- tuado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente. De hecho, cada día aprendemos a comprender mejor las leyes de la naturaleza y a conocer tanto los efectos inmediatos como las consecuencias remotas de nuestra intromisión en el curso natural de su desarrollo. Sobre todo después de los grandes progresos lo- grados en este siglo por las ciencias naturales, nos hallamos en condiciones de prever y, por tanto, de controlar cada vez mejor

* Ennoblecimiento. (Nota de Engels.) 28. Enfermedad que suele acompañar a la tuberculosis.

las más remotas consecuencias naturales de al menos nuestras ac- tividades productivas más corrientes. Y cuanto más sea esto una realidad, más sentirán y comprenderán los hombres su unidad con la naturaleza, y más inconcebible será esa idea absurda y an- tinatural de la antítesis entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza, el alma y el cuerpo, idea que empieza a difundirse por Europa a raíz de la decadencia de la antigüedad clásica y que adquiere su máxima elaboración en el cristianismo. Pero si han sido precisos miles de años para que el hombre aprendiera en cierto grado a prever las remotas consecuencias so- bre la naturaleza de sus actos productivos, mucho más le costó aprender a calcular las remotas consecuencias sobre la sociedad de esos mismos actos. Ya hemos hablado más arriba de la patata y de sus consecuencias en cuanto a la difusión de la escrófula, pero ¿qué importancia puede tener la escrófula comparada con los efectos que sobre las condiciones de vida de las masas popu- lares de países enteros ha tenido la reducción de la dieta de los trabajadores a simples patatas, con el hambre que se extendió en 1847 por Irlanda a consecuencia de una enfermedad de este tu- bérculo, y que llevó a la tumba a un millón de irlandeses que se alimentaban exclusivamente o casi exclusivamente de patatas y obligó a emigrar al otro lado del océano a otros dos millones? Cuando los árabes aprendieron a destilar el alcohol, ni siquiera se les ocurrió pensar que habían creado una de las armas principa- les con que habría de ser exterminada la población indígena del continente americano, aún desconocido en aquel entonces. Y cuando Colón descubrió más tarde América, no sabía que a la vez daba nueva vida a la esclavitud, desaparecida desde hacía mucho tiempo en Europa, y sentaba las bases de la trata de negros. Los hombres que en los siglos XVII y XVIII trabajaron para crear la máquina de vapor no sospechaban que estaban creando un ins- trumento que habría de subvertir, más que ningún otro, las con- diciones sociales en todo el mundo, y que, sobre todo en Europa, al concentrar la riqueza en manos de una minoría y al privar de toda propiedad a la inmensa mayoría de la población, habría de, primero, darle a la burguesía el dominio social y político y, des- pués, provocar la lucha de clases entre la burguesía y el proleta- riado, lucha que sólo puede terminar con el derrocamiento de la burguesía y la abolición de todos los antagonismos de clase. Pero

también aquí, aprovechando una experiencia larga y a veces cruel, confrontando y analizando los materiales proporcionados por la historia, vamos aprendiendo poco a poco a conocer las con- secuencias sociales indirectas y más remotas de nuestros actos en la producción, lo que nos permite extender también a estas con- secuencias nuestro dominio y nuestro control. Sin embargo, para llevar a cabo este control se requiere algo más que el simple conocimiento. Hace falta una revolución que transforme por completo el modo de producción existente hasta la actualidad y, con él, el orden social vigente. Todos los modos de producción que han existido hasta el pre- sente sólo buscaban el efecto útil del trabajo en su forma más di- recta e inmediata. No hacían el menor caso de las consecuencias remotas, que sólo aparecen más tarde y cuyo efecto se manifiesta únicamente gracias a un proceso de repetición y acumulación gradual. La primitiva propiedad comunal de la tierra correspon- día, por un lado, a un estadio de desarrollo de los seres humanos en que el horizonte de éstos quedaba limitado, por lo general, a las cosas más inmediatas, y presuponía, por otro lado, cierto ex- cedente de tierras libres que daba algún margen para neutralizar los posibles resultados adversos de esta economía primitiva. Al agotarse el excedente de tierras libres, comenzó la decadencia de la propiedad comunal. Todas las formas más elevadas de produc- ción que vinieron después condujeron a la división de la pobla- ción en clases diferentes y, por tanto, al antagonismo entre las cla- ses dominantes y las clases oprimidas. En consecuencia, los inte- reses de las clases dominantes se convirtieron en el elemento propulsor de la producción, dado que ésta ya no se limitaba a mantener mal que bien la mísera existencia de los oprimidos. Donde esto halla su expresión más acabada es en el modo de pro- ducción capitalista que prevalece hoy en la Europa occidental. Los capitalistas individuales, que dominan la producción y el in- tercambio, sólo pueden ocuparse de la utilidad más inmediata de sus actos. Más aún; incluso esta misma utilidad —por cuanto se trata de la utilidad de la mercancía producida o intercambiada— pasa por completo a segundo plano, apareciendo como único in- centivo la ganancia obtenida en la venta.

* * * * *

La ciencia social de la burguesía, la economía política clásica, sólo se ocupa preferentemente de aquellas consecuencias sociales que constituyen el objetivo inmediato de los actos realizados por los hombres en la producción y el intercambio. Esto corresponde ple- namente al régimen social cuya expresión teórica es esa ciencia. Dado que los capitalistas aislados producen o intercambian con el único fin de obtener beneficios inmediatos, sólo deben ser teni- dos en cuenta, primeramente, los resultados más próximos y más inmediatos. Cuando un industrial o un comerciante venden la mercancía producida o comprada por él y obtiene la ganancia ha- bitual, se da por satisfecho y no le interesa absolutamente nada lo que pueda ocurrir después con esa mercancía y su comprador. Igual ocurre con las consecuencias naturales de esas mismas ac- ciones. Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques de las laderas de las montañas para obtener con la ceni- za un abono que sólo les alcanzaba para fertilizar una generación de cafetos de alto rendimiento, ¡poco les importaba que, privada de la protección de los árboles, las lluvias torrenciales del trópico barriesen la capa vegetal del suelo y dejasen la roca al desnudo! En el actual modo de producción, y tanto en lo que respecta a las consecuencias naturales como a las consecuencias sociales de los actos humanos, lo que interesa preferentemente son sólo los pri- meros resultados, los más palpables. Y luego hasta se manifiesta extrañeza de que las consecuencias remotas de las acciones que persiguen ese fin resulten ser muy distintas y, en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas; de que la armonía en- tre la oferta y la demanda se convierta en su contrario, como nos lo demuestra el curso de cada uno de esos ciclos industriales de diez años, y como han podido convencerse de ello los que con el crac han vivido en Alemania un pequeño preludio 29 ; de que la propiedad privada basada en el trabajo de uno mismo se convier- ta necesariamente, al desarrollarse, en la desposesión de los tra- bajadores de toda propiedad, mientras toda la riqueza se concen- tra más y más en manos de los que no trabajan; de que…*

29. Referencia a la crisis económica mundial de 1873. En Alemania, una gran banca- rrota en mayo fue el preludio de una crisis que duraría hasta el final de la década.

* Aquí se interrumpe el manuscrito. (N. de la Ed.)

Viejo prólogo para el ‘Anti-Dühring’

SOBRE LA DIALÉCTICA

El presente trabajo no es, ni mucho menos, fruto de ningún “im- pulso interior”. Lejos de esto, mi amigo Liebknecht 30 puede ates- tiguar cuánto esfuerzo le costó convencerme de la necesidad de analizar críticamente la novísima teoría socialista del señor Düh- ring. Una vez resuelto a ello, no tenía más remedio que investigar esta teoría, que se presenta a sí misma como el último fruto prác- tico de un nuevo sistema filosófico, analizando por consiguiente, en relación con este sistema, el sistema mismo. Me vi, pues, obli- gado a seguir al señor Dühring por esos anchos campos en que trata de todas las cosas posibles y de unas cuantas más. Y así sur- gieron una serie de artículos que vieron la luz en el Vorwärts 31 de Leipzig desde comienzos del año 1877 y que se recogen, ordena- dos, en este volumen. Dos circunstancias deben excusar el que la crítica de un siste- ma, tan insignificante pese a toda su jactancia, adopte unas pro- porciones tan grandes, impuestas por el tema. Por un lado, esta crítica me brindaba la ocasión para desarrollar de un modo posi- tivo, en los más diversos campos de la ciencia, mis ideas acerca de las cuestiones en litigio que encierran hoy un interés general, científico o práctico. Y aunque esta obra no persigue, ni mucho menos, el designio de oponer un nuevo sistema al sistema del se- ñor Dühring, confío en que la conexión interna entre las ideas ex- puestas por mí, a pesar de la diversidad de las materias tratadas, no escapará a la percepción del lector. Y por otra parte, el señor Dühring, como “creador de siste- ma”, no es un fenómeno aislado en la Alemania actual. Desde

  • 30. Wilhelm Liebknecht, fundador, junto con August Bebel, del SPD alemán. Su hijo Karl fue un dirigente del ala marxista del partido que se destacó en la lu- cha contra la I Guerra Mundial y fundó el Partido Comunista Alemán el 1 de enero de 1919. Catorce días más tarde, él y Rosa Luxemburgo fueron fusilados por orden de un ministro socialdemócrata.

  • 31. Vorwärts (Adelante): Órgano de expresión de la socialdemocracia. Del 3 de ene- ro de 1877 al 7 de julio de 1878 publicó la obra de Engels Anti-Dühring.

hace algún tiempo, brotan por docenas, como las setas después de la lluvia, de la noche a la mañana, los sistemas filosóficos, principalmente los sistemas de filosofía de la naturaleza, por no hablar de los innumerables nuevos sistemas de política, econo- mía política, etc. Al igual que el Estado moderno supone a todo ciudadano capaz de juzgar todos los problemas acerca de los cua- les se le pide el voto, o la economía política supone que todo con- sumidor conoce al dedillo las mercancías que necesita para su sustento, la ciencia también parece asumir este postulado. Todo el mundo puede escribir de todo, y en esto consiste precisamente la “libertad de la ciencia”, en escribir con especial desembarazo de cosas que no se han estudiado, haciéndolo pasar como el úni- co método rigurosamente científico. El señor Dühring es uno de los tipos más representativos de esa ruidosa pseudociencia que por todas partes se coloca hoy en Alemania, a fuerza de codazos, en primera fila y que atruena el espacio con sus estruendoso y su- blime absurdo. Sublime absurdo en poesía, en filosofía, en econo- mía política, en historia; sublime absurdo en la cátedra y en la tri- buna; sublime absurdo por todas partes; sublime absurdo que se arroga una gran superioridad y profundidad de pensamiento, a diferencia del simple, trivial y vulgar absurdo de otros pueblos; sublime absurdo, el producto más característico y abundante de la industria intelectual alemana, barato pero malo, como los de- más artículos alemanes, sólo que, desgraciadamente, no fue exhi- bido con ellos en Filadelfia 32 . Hasta el socialismo alemán, sobre todo desde que el señor Dühring dio ejemplo, ha hecho última- mente grandes progresos en este arte del sublime absurdo; el que, en la práctica, el movimiento socialdemócrata se deje influir tan poco por el confusionismo de ese sublime absurdo es una prueba más de la maravillosa y sana naturaleza de nuestra clase obrera, en un país en el que, a excepción de las ciencias naturales, en la actualidad todo parece estar enfermo. Cuando Nägeli, en el discurso pronunciado en el congreso de naturalistas de Munich, afirmó que el conocimiento humano jamás sería omnisciente, ignoraba evidentemente los logros del señor

32. El 10 de mayo de 1876 se inauguró en Filadelfia (EEUU) la sexta exposición in- dustrial mundial. La exposición evidenció que la industria alemana iba muy a la zaga de la de otros países y que se regía por el principio de “barato y podrido”.

Dühring. Estos logros me han obligado a mí a seguir a su autor por una serie de campos en los que, a lo sumo, sólo he podido moverme en calidad de aficionado. Esto se refiere principalmen- te a las distintas ramas de las ciencias naturales, donde hasta hoy solía considerarse como pecado de arrogancia el que un “profa- no” osase entrometerse con su opinión. Sin embargo, me ha ani- mado en cierto modo el juicio enunciado, también en Munich, por el señor Wirchow 33 , al que nos referimos más detenidamente en otro lugar, de que, fuera del campo de su propia especialidad, todo naturalista es sólo semidocto, es decir, un profano. Y así como tal o cual especialista de vez en cuando se permite, y no tie- ne más remedio que permitirse, pisar un terreno colindante con el suyo, cuyos especialistas le perdonan sus torpezas de expre- sión y sus pequeñas inexactitudes, yo me he tomado también la libertad de citar una serie de fenómenos y leyes naturales como ejemplos demostrativos de mis ideas teóricas generales, y confío en que podré contar con la misma indulgencia*. Los resultados de las modernas ciencias naturales se imponen, a todo el que se ocupe en cuestiones teóricas, con la misma fuerza irresistible con que los naturalistas de hoy se ven arrastrados, quieran o no, a de- ducciones teóricas generales. Y aquí se establece una cierta com- pensación. Pues si los teóricos son semidoctos en el campo de las ciencias naturales, por su parte, los naturalistas actuales no lo son menos en el terreno teórico, en el terreno de lo que hasta aquí ha venido calificándose como filosofía. La investigación empírica de la naturaleza ha acumulado una masa tan enorme de material positivo de conocimiento, que la ne- cesidad de ordenarlo sistemáticamente y por su conexión interna en cada campo de investigación es algo sencillamente imperativo. Y no menos imperativa es la necesidad de establecer la debida co- nexión entre los distintos campos del conocimiento. Sin embargo, con esto las ciencias naturales entran en el campo teórico, donde

33. Engels alude a las intervenciones de Nägeli y Wirchow en el Congreso de Na- turalistas y Médicos Alemanes de septiembre de 1877 y a las declaraciones de Wirchow en el libro Die Freibeit der Wissenschaft im modernen Staat (La libertad de la ciencia en el Estado moderno), Berlín, 1877.

* La parte del manuscrito de este Viejo prólogo que va desde el comienzo hasta aquí está tachada por Engels, por haber sido ya utilizada en el prólogo a la primera edición del Anti-Dühring.

fallan los métodos empíricos y donde sólo el pensamiento teóri- co puede prestar un servicio. Pero el pensamiento teórico sólo es un don natural en lo que a la capacidad se refiere. Esta capacidad ha de ser cultivada y desarrollada, y hasta hoy no existe más re- medio para su cultivo y desarrollo que el estudio de la filosofía anterior. El pensamiento teórico de toda época, incluyendo, por tanto, el de la nuestra, es un producto histórico que en períodos distin- tos reviste formas muy distintas y asume, en consecuencia, un contenido muy distinto. Por consiguiente, y como todas las cien- cias, la ciencia del pensamiento es una ciencia histórica, la ciencia del desarrollo histórico del pensamiento humano. Y esto tiene también su importancia en lo que afecta a la aplicación práctica del pensamiento a los campos empíricos. Porque, primeramente, la teoría de las leyes del pensamiento no es, ni mucho menos, una “verdad eterna” establecida de una vez para siempre, como se imagina el espíritu del filisteo en cuanto oye la palabra “lógica”. La misma lógica formal sigue siendo objeto de enconados deba- tes desde Aristóteles hasta nuestros días. Y por lo que a la dialéc- tica se refiere, hasta hoy sólo ha sido investigada detenidamente por dos pensadores: Aristóteles y Hegel. Y precisamente la dia- léctica es la forma más importante de pensamiento para las mo- dernas ciencias naturales, ya que es la única que nos brinda la analogía y, por tanto, el método para explicar los procesos de desarrollo en la naturaleza, las concatenaciones en sus rasgos ge- nerales y el tránsito de un terreno de investigación a otro. En segundo lugar, el conocimiento del desarrollo histórico del pensamiento humano, de las concepciones que en las diferen- tes épocas se han manifestado acerca de las concatenaciones ge- nerales del mundo exterior, es también una necesidad para las ciencias naturales teóricas porque nos brinda la medida para apreciar las teorías formuladas por éstas. Pero a este respecto se nos revela con harta frecuencia y con colores muy vivos el insu- ficiente conocimiento de la historia de la filosofía. En muchas ocasiones vemos, sostenidas por los naturalistas teorizantes y como si se tratase de los más modernos conocimientos, que has- ta se ponen de moda durante algún tiempo, tesis que la filosofía planteó hace varios siglos y que a menudo han sido ya filosófica- mente refutadas. Indudablemente, es un gran triunfo de la teoría

mecánica del calor haber apoyado con nuevos testimonios y he- cho pasar de nuevo a primer plano la tesis de la conservación de la energía, pero ¿acaso esta tesis hubiera podido proclamarse como algo tan absolutamente nuevo si los señores físicos se hu- bieran acordado de que ya fue formulada, en su tiempo 34 , por Descartes? Desde que la física y la química vuelven a operar casi exclusivamente con moléculas y átomos, necesariamente ha teni- do que aparecer de nuevo en primer plano la filosofía atomística de la antigua Grecia. Pero, ¡qué superficialmente aparece tratada, incluso por los mejores de aquéllos! Así, por ejemplo, Kekulé (Fi- nes y adquisiciones de la química) afirma que procede de Demócri- to, no de Leucipo, y sostiene que Dalton fue el primero que admi- tió la existencia de átomos elementales cualitativamente distin- tos, a los que por primera vez asignó distintos pesos que los caracterizan, cuando en Diógenes Laercio (X, §§ 43-44 y 61) pue- de leerse que ya Epicuro atribuía a los átomos diferencias no sólo de magnitud y de forma, sino también de peso, es decir, que cono- cía ya, a su modo, el peso y el volumen atómicos. El año 1848, que en Alemania no puso remate a nada 35 , sólo impulsó allí un viraje radical en el campo de la filosofía. Al lan- zarse al terreno práctico, dando comienzo, por un lado, a la gran industria y la estafa y, por otro, al enorme auge adquirido desde entonces por las ciencias naturales, iniciado por predicadores errantes y caricaturescos como Vogt, Büchner, etc., la nación rene- gó categóricamente de la vieja filosofía clásica alemana, extravia- da en las arenas del viejo hegelianismo berlinés. El viejo hegelia- nismo berlinés se lo tenía bien merecido. Pero una nación que quiera mantenerse a la altura de la ciencia no puede prescindir del pensamiento teórico. Con el hegelianismo, también se arrojó por la borda la dialéctica —precisamente en el momento en que el carácter dialéctico de los fenómenos naturales se estaba impo- niendo con una fuerza irresistible, en que, por tanto, sólo la dia- léctica de las ciencias naturales podía ayudar a escalar la monta- ña teórica—, para volver a echarse desamparadamente en brazos de la vieja metafísica. Desde entonces tuvieron gran difusión entre el público, por un lado, las vacuas reflexiones de Schopenhauer,

  • 34. Siglo XVII.

  • 35. Referencia a la fallida revolución alemana de marzo de 1848.

cortadas a la medida del filisteo, y más tarde hasta las de un Hart- mann y, por otro lado, el materialismo vulgar de predicadores errantes, de un Vogt y de un Büchner. En las universidades se ha- cían la competencia las más diversas especies del eclecticismo, que sólo coincidían en ser todas una mezcolanza de restos de vie- jas filosofías y en ser todas igual de metafísicas. De los escombros de la filosofía clásica sólo se salvó un cierto neokantismo, cuya úl- tima palabra era la cosa en sí eternamente incognoscible; es decir, precisamente la parte de Kant que menos merecía conservarse. El resultado final de todo esto fue la confusión y algarabía que hoy reinan en el campo del pensamiento teórico. Apenas se puede echar un vistazo a un libro teórico de cien- cias naturales sin tener la impresión de que los propios naturalis- tas se dan cuenta de cómo están dominados por esa algarabía y confusión, y de cómo la llamada filosofía actual no puede ofrecer- les absolutamente ninguna salida. Y, en efecto, no hay otra salida ni más posibilidad de llegar a ver claro en estos campos, que, de una u otra forma, retornar desde el pensamiento metafísico al pensamiento dialéctico. Este retorno puede operarse por distintos caminos. Puede impo- nerse de un modo natural, por la fuerza coactiva de los propios des- cubrimientos de las ciencias naturales, que no quieren seguir deján- dose torturar en el viejo lecho metafísico de Procusto 36 . Pero éste se- ría un proceso lento y penoso, en el que habría que vencer toda una infinidad de rozamientos superfluos. En gran parte, este proceso está ya en marcha, sobre todo en la biología. Pero podría acortarse notablemente si los naturalistas teóricos se decidieran a prestar ma- yor atención a la filosofía dialéctica, en las formas que la historia nos la brinda. Entre estas formas hay singularmente dos que podrían ser muy fructíferas para las modernas ciencias naturales. La primera es la filosofía griega. Aquí, el pensamiento dia- léctico aparece todavía con una sencillez natural, sin que le es- torben aún los cautivantes obstáculos* que se oponía a sí misma la

36. Según la mitología griega, Procusto obligaba a los viajeros a acostarse en una de sus dos camas: a los altos, en la cama corta, y a los bajos, en la larga. A los primeros les cortaba lo que sobresalía y a los segundos los estiraba hasta que al- canzaban la longitud del lecho.

* Expresión tomada del prólogo del ciclo poético de Heine La nueva primavera.

metafísica de los siglos XVII y XVIII (Bacon y Locke en Inglaterra; Wolff en Alemania) y con los que se obstruía el camino que había de llevarla de la comprensión de los detalles a la comprensión del conjunto, a concebir las concatenaciones generales. En los grie- gos, precisamente por no haber avanzado todavía hasta la desin- tegración y el análisis de la naturaleza, ésta se enfoca todavía como un todo, en sus rasgos generales. La conexión general de los fenómenos naturales no se comprueba en detalle, sino que es el resultado de la contemplación inmediata. Aquí es donde estri- ba la insuficiencia de la filosofía griega, que hizo que más tarde hubiese de ceder el paso a otras concepciones. Pero también es aquí donde radica su superioridad respecto a todos sus posterio- res adversarios metafísicos. Si la metafísica tenía razón contra los griegos en el detalle, en cambio, éstos tenían razón contra la me- tafísica en el conjunto. He aquí una de las razones de que, en filo- sofía, como en muchos otros terrenos, con harta frecuencia nos veamos obligados a volver los ojos hacia las hazañas de aquel pe- queño pueblo, cuyo talento, dotes y actividad universales le ase- guraron tal lugar en la historia del desarrollo de la humanidad como ningún otro pueblo puede reivindicar. Pero todavía hay otra razón, y es que las múltiples facetas de la filosofía griega ya contienen en germen, en estado latente, casi todas las concepcio- nes posteriores. Por eso también las ciencias naturales teóricas es- tán obligadas, si quieren trazar la historia de la génesis de sus ac- tuales principios generales, a retrotraerse a los griegos. Y este en- foque va abriéndose camino cada vez más resueltamente. Cada vez hay menos naturalistas que, a la par que operan con aspectos de la filosofía griega —por ejemplo, con el atomismo— como si fuesen verdades eternas, miran a los griegos por encima del hom- bro, con un desprecio baconiano 37 , porque éstos no conocían nin- guna ciencia natural empírica. Lo único que hay que desear es que este enfoque llegue a convertirse en un conocimiento real de la filosofía griega. La segunda forma de la dialéctica, la que más cerca está de los naturalistas alemanes, es la filosofía clásica alemana, desde Kant hasta Hegel. Aquí, ya se ha conseguido algo desde que, además del ya mencionado neokantismo, vuelve a estar de moda el recurrir a

37. Francis Bacon (1561-1626): Filósofo y político inglés.

Kant. Desde que se ha descubierto que Kant es el autor de dos hi- pótesis geniales sin las que las modernas ciencias naturales teóri- cas no podrían dar un paso (la teoría de los orígenes del sistema solar, que antes se atribuía a Laplace, y la teoría de la retardación de la rotación de la tierra a causa de las mareas), este filósofo vol- vió a conquistar merecidos honores entre los naturalistas. Pero querer estudiar la dialéctica en Kant sería un trabajo estérilmente penoso y poco fructífero, dado que las obras de Hegel nos ofre- cen un amplio compendio de dialéctica, aunque desarrollado a partir de un punto de arranque absolutamente falso. Hoy, cuando, por un lado, la reacción contra la “filosofía de la naturaleza”, justificada en gran parte por ese falso punto de parti- da y por el imponente enlodamiento del hegelianismo berlinés, se ha expandido a sus anchas y ha degenerado en simples injurias, y cuando, por otro lado, las ciencias naturales han sido tan notoria- mente traicionadas en sus necesidades teóricas por la metafísica ecléctica al uso, creemos que ya podrá volver a pronunciarse ante los naturalistas el nombre de Hegel, sin provocar con ello ese bai- le de San Vito en que el señor Dühring es tan divertido maestro 38 . Ante todo, conviene puntualizar que no tratamos, ni mucho menos, de defender el punto de vista del que parte Hegel, según el cual el espíritu, el pensamiento, la idea, es lo originario y el mundo real es sólo una copia de la idea. Este punto de vista fue abandonado ya por Feuerbach. Hoy, todos estamos de acuerdo en que toda ciencia, sea natural o histórica, tiene que partir de los hechos dados, y por tanto, en el caso de las ciencias naturales, de las diversas formas objetivas y dinámicas de la materia; en que, por consiguiente, en las ciencias naturales teóricas las concatena- ciones no deben construirse e imponerse a los hechos, sino descu- brirse en éstos y, una vez descubiertas, demostrarse por vía expe- rimental, hasta donde sea posible. Tampoco puede hablarse de mantener en pie el contenido dogmático del sistema de Hegel, tal y como han venido predican- do los hegelianos berlineses, viejos y jóvenes. Con el punto de partida idealista también se viene abajo el sistema construido so- bre él y, por tanto, la filosofía hegeliana de la naturaleza. Recuér- dese que la polémica de los naturalistas contra Hegel, en la medi-

38. El baile de San Vito es una enfermedad compulsiva.

da en que supieron comprenderle acertadamente, sólo versaba sobre estos dos puntos: el punto de partida idealista y la cons- trucción arbitraria de un sistema contrario a los hechos. Descontando todo esto, queda todavía la dialéctica hegeliana. Frente a los “gruñones, petulantes y mediocres epígonos que hoy sientan cátedra en la Alemania culta”, corresponde a Marx el mé- rito de haber sido el primero en poner nuevamente de relieve el olvidado método dialéctico, su entronque con la dialéctica hege- liana y las diferencias que lo separan de ésta, y en paralelo haber aplicado en su El capital este método a los hechos de una ciencia empírica, la economía política. Y lo ha hecho con tanto éxito, que hasta en Alemania la nueva escuela económica sólo acierta a re- montarse por encima del vulgar librecambismo copiando a Marx (no pocas veces falsamente) so pretexto de criticarlo. En la dialéctica hegeliana reina la misma inversión de todas las interconexiones reales que en todas las demás ramificaciones de su sistema. Pero, como dice Marx: “El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una alteración no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y conscien- te sus formas generales de movimiento. Lo que ocurre es que en él la dialéctica aparece cabeza abajo. No hay más que invertirla, y en- seguida se descubre bajo la corteza mística la semilla racional” 39 . Pero en las propias ciencias naturales nos encontramos no po- cas veces con teorías en que las relaciones reales aparecen coloca- das patas arriba, en que las imágenes reflejadas se toman por la for- ma original, y es, por tanto, necesario invertirlas. Con frecuencia, estas teorías son entronizadas durante largo tiempo. Así aconteció, por ejemplo, con el calor, en el que durante casi dos siglos enteros se vio una misteriosa materia especial, y no una forma dinámica de la materia corriente; sólo la teoría mecánica del calor vino a colocar las cosas en su sitio. No obstante, la física, dominada por la teoría del calórico, descubrió una serie de leyes importantísimas del ca- lor, y abrió, gracias sobre todo a Fourier y a Sadi Carnot 40 , el cauce

39. Marx, ‘Palabras finales a la segunda edición alemana del primer tomo de El capital’.

40. Referencia a los libros Teoría analítica del calor y Reflexiones sobre la potencia mo- triz del fuego y sobre las máquinas capaces de desarrollar esta potencia, el primero es- crito por Joseph B. Fourier y el segundo, por Sadi Carnot. La función C que En- gels menciona a continuación figura en una nota del libro de Carnot.

para una concepción exacta, concepción que no tuvo más que in- vertir y traducir a su lenguaje las leyes descubiertas por su pre- decesora 41 . Y lo mismo ocurrió en la química, donde la teoría del flogisto 42 suministró, sólo después de cien años de trabajo expe- rimental, los datos que ayudaron a Lavoisier a descubrir en el oxígeno obtenido por Priestley el verdadero polo contrario del imaginario flogisto, con lo cual echó por tierra toda la teoría flo- gística. Pero con ello no se cancelaron, ni mucho menos, los re- sultados experimentales de la flogística. Nada de eso. Lo único que se hizo fue invertir sus fórmulas, traduciéndolas del lengua- je flogístico a la terminología moderna de la química y conser- vando así su validez. Pues bien, la relación que guarda la teoría del calórico con la teoría mecánica del calor, o la teoría del flogisto con la de Lavoi- sier, es la misma que guarda la dialéctica hegeliana con la dialéc- tica racional.

  • 41. La función C de Carnot fue literalmente transformada en la inversa: 1/C = tem- peratura absoluta. Sin esta inversión, nada se puede hacer con ella.

  • 42. Según los criterios dominantes en la química del siglo XVIII, el proceso de com- bustión estaba condicionado por la existencia en los cuerpos de una sustancia especial, el flogisto, que se segregaba de ellos durante la combustión. El gran químico francés Lavoisier demostró la inconsistencia de esta teoría y explicó el proceso como una reacción de combinación de un cuerpo combustible con el oxígeno.

Anti-Dühring (Primera parte)

FILOSOFÍA

DIVISIÓN. APRIORISMO

La filosofía es, según el señor Dühring, el desarrollo de la forma suprema de la consciencia del mundo y de la vida, y comprende en un amplio sentido los principios de todo saber y todo querer. Siempre que se trata de cualquier serie de conocimientos o móvi- les, o de cualquier grupo de formas de existencia propuesto a la consciencia humana, los principios de esas formaciones tienen que ser un objeto de la filosofía. Estos principios son los elemen- tos sencillos, o hasta el momento supuestos como simples, a par- tir de los cuales puede componerse el múltiple saber y querer. La constitución general de las cosas puede reconducirse a formas y elementos fundamentales como la constitución química de los cuerpos. Estos elementos últimos o principios, una vez adquiri- dos, no valen sólo para lo inmediatamente conocido y accesible, sino también para el mundo que nos es desconocido e inaccesible. Los principios filosóficos constituyen, pues, el complemento úl- timo que necesitan las ciencias para convertirse en un sistema unitario de explicación de la naturaleza y de la vida humana. Aparte de las formas fundamentales de toda existencia, la filoso- fía no tiene más que dos objetos propios de investigación, a saber, la naturaleza y el mundo humano. De ello resultan sin la menor violencia, para la ordenación de nuestra materia, tres grupos, a saber, la esquemática universal general, la doctrina de los prin- cipios naturales y, finalmente, la del hombre. En esta sucesión está además contenido un orden lógico interno, pues los princi- pios formales que valen de todo ser van los primeros, y los terre- nos materiales en los que hay que aplicarlos siguen luego en la gradación de su jerarquía.

Hasta aquí el señor Dühring, y casi literalmente. Se trata, pues para él de principios formales derivados del pensa- miento, no del mundo externo, y que hay que aplicar a la naturaleza

y al reino del hombre, es decir, según los cuales tienen que regir- se la naturaleza y el hombre. Pero ¿de dónde recibe el pensamien- to esos principios? ¿De sí mismo? No, pues el propio señor Düh- ring dice: el terreno puramente ideal se limita a esquemas lógicos y a configuraciones matemáticas (y esto último es además falso, como veremos). Los esquemas lógicos no pueden referirse sino a formas de pensamiento; pero aquí no se trata sino de las formas del ser, del mundo externo, y el pensamiento no puede jamás obtener e inferir esas formas de sí mismo, sino sólo del mundo externo. Con lo que se invierte enteramente la situación: los principios no

son el punto de partida de la investigación, sino su resultado fi- nal, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas; no es la naturaleza ni el reino del hom- bre los que se rigen según los principios, sino que éstos son co- rrectos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia. Esta es la única concepción materialista del asunto, y la opuesta concepción del señor Dühring es idealista, invierte completamente la situación y construye artificialmente el mundo real partiendo del pensamiento, de ciertos esquematismos, es- quemas o categorías que existen en algún lugar antes que el mun-

do y desde la eternidad. Igual que

un Hegel.

... Efectivamente. Pongamos la Enciclopedia de Hegel, con todas sus febriles fantasías, junto a las definitivas verdades de última instancia del señor Dühring. Con el señor Dühring tenemos, pri- mero, la esquemática universal general, que en Hegel se llama Lógica. Luego tenemos en uno y otro la aplicación de esos esque- mas, o categorías lógicas, a la naturaleza: esto es la Filosofía de la Naturaleza; y finalmente tenemos su aplicación al reino del hombre, que es lo que Hegel llama Filosofía del Espíritu. El “or- den lógico interno” de la sucesión temática de Dühring nos lle- va, pues, “sin la menor violencia”, a la Enciclopedia de Hegel, de la que está tomado con una fidelidad que conmoverá hasta las lágrimas al judío eterno de la escuela hegeliana, el profesor Mi- chelet de Berlín. Todo esto pasa cuando se toma tranquilamente y con un cri- terio absolutamente naturalista la “consciencia”, “el pensamien- to”, como algo dado y contrapuesto desde el principio al ser, a la naturaleza. Porque entonces hay que asombrarse por fuerza de que consciencia y naturaleza, pensamiento y ser, leyes del

pensamiento y leyes de la naturaleza coincidan hasta tal pun- to. Mas si se sigue preguntando qué son el pensamiento y la consciencia y de dónde vienen, se halla que son productos del cerebro humano, y que el hombre mismo es un producto de la naturaleza, que se ha desarrollado junto con su medio; con lo que se entiende sin más que los productos del cerebro humano, que son en última instancia precisamente productos de la natu- raleza, no contradigan, sino que correspondan el resto de la co- nexión natural. Pero el señor Dühring no puede permitirse este sencillo trata- miento del problema. No sólo piensa en nombre de la humanidad —lo cual sería ya por sí mismo una cosa muy bonita—, sino, ade- más, en nombre del ser consciente y pensante de todos los cuer- pos cósmicos.

Sería, efectivamente, “una humillación de las formaciones bási- cas de la consciencia y del saber el limitar, o simplemente poner en entredicho, su validez soberana y su pretensión de verdad ab- soluta mediante el epíteto humana”.

Así, pues, para que nadie dé en la sospecha de que en algún otro cuerpo celeste dos por dos son cinco, el señor Dühring se ve imposibilitado de llamar humano al pensamiento, y tiene así que separarlo del único fundamento real que nos importa, a saber, el hombre y la naturaleza; con eso cae torpemente y sin salvación en una ideología que le obliga a aparecer como epígono del “epígo- no” Hegel. Por lo demás, tendremos ocasión de saludar al señor Dühring varias veces en otros planetas. Es obviamente imposible fundar sobre una tal base ideológica ninguna doctrina materialista. Más tarde veremos que el señor Dühring se ve más de una vez obligado a atribuir a la naturaleza acciones conscientes, esto es, a hacer de ella lo que en alemán se llama Dios. Pero nuestro filósofo de la realidad tenía además otros moti- vos para trasladar el fundamento de toda realidad desde el mun- do real hasta el mundo del pensamiento. La ciencia de ese esque- matismo universal general, de esos principios formales del ser, es precisamente el fundamento de la filosofía del señor Dühring. Cuando queremos inferir el tal esquematismo universal no de la cabeza, sino sólo mediante la cabeza, partiendo del mundo real,

y los principios del ser partiendo de lo que es, no necesitamos fi- losofía alguna, sino conocimientos positivos del mundo y de lo que en él ocurre; y lo que entonces resulta no es tampoco una fi- losofía, sino ciencia positiva. Pero entonces el libro del señor Dühring sería trabajos de amor perdidos. Además: si deja de ser necesaria cualquier filosofía, también dejará de serlo cualquier sistema, aunque sea un sistema natural de filosofía. La comprensión de que la totalidad de los procesos naturales se encuentran en una conexión sistemática, mueve a la ciencia a mostrar esa conexión sistemática en todas partes, en el detalle igual que en el conjunto. Pero la correspondiente exposi- ción científica completa de esa conexión, la composición de una reproducción mental exacta del sistema del mundo en que vivi- mos, nos es imposible y sería imposible para todos los tiempos. Si en algún momento de la evolución de la humanidad se com- pusiera un tal sistema definitivo y concluso de las conexiones del mundo físico, espiritual e histórico, quedaría con ello cerra- do el reino del conocimiento humano, y quedaría también corta- da la posterior evolución histórica a partir del momento en que la sociedad se encontrara instituida de acuerdo con aquel siste- ma: todo lo cual es un absurdo y un puro contrasentido. Los hombres se encuentran, pues, situados ante una contradicción:

reconocer, por una parte, el sistema del mundo de un modo completo en su conexión de conjunto, y, por otra parte, no poder resolver jamás completamente esa tarea, tanto por su propia na- turaleza humana cuanto por la naturaleza del sistema del mun- do. Pero esa contradicción no sólo arraiga en la naturaleza de los dos factores —mundo y hombre—, sino que es además la palan- ca capital de todo el progreso intelectual, y se resuelve diariamen- te y constantemente en la evolución progresiva infinita de la hu- manidad, del mismo modo que, por ejemplo, determinados ejer- cicios matemáticos se resuelven en una sucesión infinita o en una fracción continua. De hecho, toda reproducción mental del siste- ma del mundo queda limitada objetivamente por la situación his- tórica, y subjetivamente por la constitución física y espiritual de su autor. Pero el señor Dühring declara desde el primer momen- to que su concepción excluye toda veleidad de concepción del mundo subjetivamente limitada. Hemos visto antes que el señor Dühring es ubicuo y se encuentra en todos los cuerpos celestes.

He aquí ahora que es también omnisciente. El señor Dühring ha resuelto las últimas tareas de la ciencia y cerrado finalmente a cal y canto el futuro de todas las ciencias. El señor Dühring piensa poder sacarse ya lista de la cabeza la entera matemática pura, de un modo apriorístico, es decir, sin utilizar las experiencias que nos ofrece el mundo exterior, exacta- mente igual que las conformaciones básicas del ser.

En la matemática pura, el entendimiento tiene que ocuparse “de sus propias libres creaciones e imaginaciones”; los conceptos de número y figura son “su objeto suficiente, producible por él mis- mo”, y con ello tiene la matemática “una validez independiente de la experiencia particular y del real contenido del mundo”.

Claro que la matemática pura tiene una validez independien- te de la experiencia particular de cada individuo; pero lo mismo puede decirse de todos los hechos establecidos por todas las cien- cias, y hasta de todos los hechos en general. Los polos magnéti- cos, la composición del agua por el oxígeno y el hidrógeno, el he- cho de que Hegel ha muerto y el señor Dühring está vivo, son vá- lidos independientemente de mi experiencia o de la de otras personas, y hasta independientemente de la experiencia del señor Dühring en cuanto que éste se duerma con el sueño del justo. Pero lo que no es verdad es que en la matemática pura el enten- dimiento se ocupe exclusivamente de sus propias creaciones e imaginaciones. Los conceptos de número y figura no han sido to- mados sino del mundo real. Los diez dedos con los cuales los hombres han aprendido a contar, a realizar la primera operación aritmética, no son ni mucho menos una libre creación del enten- dimiento. Para contar hacen falta no sólo objetos contables, sino también la capacidad de prescindir, al considerar esos objetos, de todas sus demás cualidades que no sean el número, y esta capa- cidad es resultado de una larga evolución histórica y de experien- cia. También el concepto de figura, igual que el de número, está tomado exclusivamente del mundo externo, y no ha nacido en la cabeza, del pensamiento puro. Tenía que haber cosas que tuvie- ran figura y cuyas figuras fueran comparadas, antes de que se pu- diera llegar al concepto de figura. La matemática pura tiene como objeto las formas especiales y las relaciones cuantitativas del mundo real, es decir, una materia muy real. El hecho de que esa

materia aparece en la matemática de un modo sumamente abs- tracto no puede ocultar sino superficialmente su origen en el mundo externo. Para poder estudiar esas formas y relaciones en toda su pureza hay, empero, que separarlas totalmente de su con- tenido, poner éste aparte como indiferente; así se consiguen los puntos sin dimensiones, las líneas sin grosor ni anchura, las a y b y las x e y, las constantes y las variables, y se llega al final, efecti- vamente, a las propias y libres creaciones e imaginaciones del en- tendimiento, a saber, a las magnitudes imaginarias. Tampoco la aparente derivación de las magnitudes matemáticas, unas de otras, prueba su origen apriorístico, sino sólo su conexión racio- nal. Antes de que se llegara a la idea de derivar la forma de un ci- lindro de la revolución de un rectángulo alrededor de uno de sus lados ha habido que estudiar gran número de rectángulos y cilin- dros reales, aunque de forma muy imperfecta. Como todas las demás ciencias, la matemática ha nacido de las necesidades de los hombres: de la medición de tierras y capacidades de los recipien- tes, de la medición del tiempo y de la mecánica. Pero, como en to- dos los ámbitos del pensamiento, al llegar a cierto nivel de evolu- ción se separan del mundo real las leyes abstraídas del mismo, se le contraponen como algo independiente, como leyes llegadas de afuera y según las cuales tiene que disponerse el mundo. Así ha ocurrido en la sociedad y en el Estado, y así precisamente se apli- ca luego al mundo la matemática pura, aunque ha sido tomada sencillamente de ese mundo y no representa más que una parte de las formas de conexión del mismo, única razón por la cual es aplicable. Pero el señor Dühring, lo mismo que se imagina deducir de los axiomas matemáticos, los cuales

no pueden tener ni necesitan fundamentación, ni siquiera según la representación lógica pura,

toda la matemática pura sin ningún añadido empírico y lue- go poder aplicarla al mundo, así también se imagina que pue- de engendrar por de pronto en su cabeza las configuraciones básicas del ser, los elementos simples de todo saber, los axio- mas de la filosofía, deducir luego de ellos la filosofía entera, o esquematismo universal, y conceder finalmente por supremo decreto esa constitución a la naturaleza y al mundo humano.

Pero, desgraciadamente, la naturaleza no es en absoluto, y el mundo humano lo es en escasísima medida, como los prusianos de Manteuffel de 1850 43 . Los axiomas matemáticos son expresión de los rudimentarios contenidos de pensamiento que la matemática tiene que pedir a la lógica. Esos contenidos pueden reducirse a dos:

  • 1. El todo es mayor que cada una de sus partes. Esta proposi-

ción es una mera tautología, pues la representación “parte”, con- cebida cuantitativamente, se refiere ya desde su origen de un modo determinado a la representación “todo”, a saber, de tal modo que “parte” significa sin más que el “todo” cuantitativo

consta de varias “partes” cuantitativas. Los llamados axiomas no hacen más que formular eso explícitamente, con lo que no avan- zamos ningún paso. Y hasta es posible probar en cierto sentido esa tautología diciendo: un todo es aquello que consta de varias partes; una parte es aquella entidad que, con otras, constituye un todo; consecuentemente, la parte es menor que el todo; la vacie- dad de la repetición subraya, aun entonces, la vaciedad del con- tenido.

  • 2. Si dos magnitudes son iguales a una tercera, son iguales en-

tre sí. Este enunciado, como mostró ya Hegel, es una inferencia garantizada por la lógica, es decir, un enunciado demostrado, aunque fuera de la matemática pura. Los demás axiomas sobre la igualdad y la desigualdad son meras ampliaciones lógicas de esa inferencia. Estos enunciados tan pobres de contenido no tienen por sí mismos ningún atractivo ni en la matemática ni en ningún otro campo. Para poder avanzar tenemos que añadirles contenidos re- ales, relaciones y formas espaciales tomadas de cuerpos reales. Las representaciones de líneas, superficies, ángulos, polígonos, cubos, esferas, etc., proceden todas de la realidad, y hace falta una buena porción de ingenua ideología para creer la exposición de los matemáticos, según la cual la primera línea ha surgido por el movimiento de un punto en el espacio, la primera superficie

43. Ministro prusiano, uno de los principales promotores de la Carta constitucional reaccionaria otorgada por el rey de Prusia al mismo tiempo que disolvía la Asamblea Nacional. La nación prusiana recibió dócilmente ambas cosas. A esto alude Engels.

por el movimiento de una línea, el primer cuerpo por el movi- miento de una superficie, etc. Ya el lenguaje mismo se subleva contra ese uso. Una figura matemática de tres dimensiones se lla- ma cuerpo, corpus solidum, en latín, es decir, cuerpo tangible: su nombre mismo no procede de la libre imaginación del entendi- miento, sino de la sólida realidad. Pero ¿por qué perder tanto tiempo en esto? Luego de haber cantado con entusiasmo en las páginas 42 y 43 de su obra la inde- pendencia de la matemática pura respecto del mundo de la expe- riencia, de su apriorismo, su dedicación a las libres creaciones e imaginaciones del entendimiento, el señor Dühring dice en la pá- gina 63:

“A menudo se pasa por alto, en efecto, que esos elementos mate- máticos [“número, magnitud, tiempo, espacio y movimiento ge-

ométrico”] no son ideales más que por su forma

...

mientras que

las magnitudes absolutas son algo plenamente empírico, cual-

quiera que sea el género a que pertenecen”

pero “los esquemas

, matemáticos son susceptibles de una caracterización aislada de

...

la experiencia y, sin embargo, suficiente”.

Lo cual, ciertamente, es en mayor o menor medida verdad de toda abstracción, pero no prueba en absoluto que la abstracción no proceda de la realidad. En el esquematismo universal la mate- mática pura nace del pensamiento puro; en la filosofía de la natu- raleza es en cambio algo plenamente empírico, tomado del mun- do externo y luego aislado de él. ¿En qué vamos a quedar?

ESQUEMATISMO UNIVERSAL

El ser que todo lo abarca es único. No tiene, en su autosuficien-

cia, nada junto a sí ni por encima de sí. Añadirle un segundo ser sería convertirle en lo que no es, a saber, en una parte o constituyente de un todo más amplio. Al entender como marco nuestro pensamiento unitario, nada que tenga que insertarse en esa unidad de pensamiento puede conservar en sí una du- plicidad. Ni tampoco puede sustraerse nada a esa unidad de

pensamiento ...

La esencia de todo pensamiento consiste en la

unificación de elementos de la consciencia en una unidad

...

El

pensamiento es el punto de unidad y reunión del que ha nacido el indivisible concepto del mundo y por el cual se conoce el uni- verso, como ya indica su nombre, como algo en lo cual todo se une en una unidad.

Así el señor Dühring. El método es matemático:

Toda cuestión debe decidirse a base de simples configuraciones

básicas y axiomáticamente, como si se tratara de sencillos cipios de la matemática.

...

prin-

Este método se usa por de pronto aquí. “El ser que todo lo abarca es único”. Si tautología significa la simple repetición en el predicado de lo que ya está dicho en el sujeto, y si eso constituye un axioma, entonces tenemos un axio- ma de lo más puro. En el sujeto nos dice el señor Dühring que el ser lo abarca todo, y en el predicado afirma impertérrito que no hay nada fuera del ser. ¡Qué colosal “pensamiento creador de sistema”! Es efectivamente creador de sistema. En menos de seis líneas de su texto, el señor Dühring ha transformado la unicidad del ser, por medio de nuestro unitario pensamiento, en la unidad del ser. Como la esencia de todo pensamiento consiste en la reunión en una unidad, el ser, en cuanto pensado, es pensado unitariamen- te, el concepto del mundo es indivisible; y como el ser pensado, el concepto del mundo, es indivisible, también es el mundo real, el ser real, una unidad indivisible. Y, por tanto,

deja de haber lugar para las trascendencias en cuanto que el es- píritu ha aprendido a concebir el ser en su homogénea univer- salidad.

He aquí una rápida campaña ante la cual palidecen completa- mente Austerlitz y Jena, Koniggratz y Sedán. En unas pocas fra- ses que apenas llenan una página, una vez movilizado el primer axioma, hemos suprimido, eliminado y aniquilado todas las tras- cendencias, Dios, las cohortes celestiales, el cielo, el infierno y el purgatorio junto con la inmortalidad del alma. ¿Cómo pasamos de la unicidad del ser a su unidad? Repre- sentándonoslo, simplemente. En cuanto extendemos en torno suyo, como marco, nuestro unitario pensamiento, el ser único se

convierte en el pensamiento en un ser unitario, en una unidad de pensamiento, pues la esencia de todo pensamiento consiste en la unificación de elementos de la consciencia de una unidad. Este último enunciado es sencillamente falso. En primer lu- gar, el pensamiento consiste tanto en la separación de objetos de consciencia en sus elementos cuanto en la unificación de ele- mentos correspondientes en una unidad. No hay síntesis sin análisis. En segundo lugar, el pensamiento, si no quiere incurrir en arbitrariedades, no puede reunir en una unidad sino aquellos elementos de la consciencia en los cuales —o en cuyos prototi- pos reales— existía ya previamente dicha unidad. Si reúno los ce- pillos de los zapatos bajo la unidad “mamíferos”, no por ello conseguiré que tengan glándulas mamarias. Lo que había que probar era precisamente la unidad del ser desde el punto de vis- ta de la justificación de su concepción como unidad, y cuando el señor Dühring nos asegura que él piensa el ser unitariamente, y no como duplicidad, no pasa de declararnos su nada decisiva opinión. El curso de su pensamiento, si es que interesa exponerlo en su pureza, es como sigue: empiezo con el ser. Por tanto, estoy pen- sando el ser. El pensamiento del ser es unitario. Pero el pensa- miento y el ser tienen que concordar, se corresponden, se “cu- bren”. Por tanto, el ser es unitario también en la realidad. Así, pues, no hay “trascendencias”. Pero si el señor Dühring se hubie- ra expresado así de abiertamente, en vez de declamarnos tan dra- máticamente las anteriores frases de oráculo, la ideología habría sido inmediatamente visible. Pretender probar por la identidad del ser y el pensamiento la realidad de cualquier resultado del pensamiento fue precisamente la más insensata y febril fantasía ... de un Hegel. Pero aunque su argumentación fuera correcta, el señor Dühring no habría aún conquistado con ella a los espiritualistas ni una pulgada de terreno. Pues los espiritualistas pueden contestarle contundentemente: también para nosotros es el mundo simple; la escisión en inmanencia y trascendencia existe sólo desde nues- tro punto de vista específico, terrenal y manchado por el pecado original; pero en sí mismo, es decir, en Dios, todo el ser es algo único. Y los espiritualistas acompañarán al señor Dühring por esos cuerpos celestes a los que es tan aficionado, y le enseñarán

uno o varios en los que no reine el pecado original, ni por tanto exista contraposición entre inmanencia y trascendencia, con lo que la unidad del mundo será un artículo de fe. Lo más gracioso de todo este asunto es que el señor Dühring utiliza la demostración ontológica de la existencia de Dios para probar la inexistencia de Dios a partir del concepto del ser. El ar- gumento ontológico es del siguiente tenor: al pensar a Dios le concebimos como suma de todas las perfecciones. Pero en la suma esencial de todas las perfecciones está ante todo la existen- cia, pues un ser inexistente es necesariamente imperfecto. Por tanto, tenemos que incluir la existencia entre las perfecciones de Dios. Por tanto, Dios tiene que existir. Exactamente igual razona el señor Dühring: al pensar el ser lo pensamos como un concepto. Lo comprendido en un concepto es unitario. El ser no correspon- dería, pues, a su concepto si no fuera unitario. Por tanto, tiene que ser unitario. Luego no hay Dios, etc. Cuando hablamos del ser y meramente del ser, la unidad no puede consistir más que en lo siguiente: que todos los objetos de que se trate son, existen. En la unidad de ese ser están reunidos, y en ninguna otra, y la común afirmación de que todos ellos son no sólo no puede atribuirles ninguna otra propiedad, común o no común, sino que incluso excluye por de pronto de la considera- ción toda otra propiedad. Pues en cuanto que nos apartemos, aunque sólo sea un milímetro, del hecho sencillo y básico de que el ser compete en común a todas esas cosas, en ese mismo mo- mento empiezan las diferencias entre esas cosas a presentarse ante nuestra mirada; y el que esas diferencias consistan, por ejem- plo, en que las unas son blancas y las otras negras, las unas ani- madas y las otras inanimadas, las unas acaso inmanentes y las otras trascendentes, no es nada que podamos decidir en base al hecho de que a todas ellas se atribuye uniformemente la mera existencia. La unidad del mundo no estriba en su ser, aunque su ser es un presupuesto de su unidad, ya que tiene que ser antes de poder ser uno. Pues el ser es una cuestión abierta a partir del límite en el que se interrumpe nuestro horizonte. La real unidad del mundo estri- ba en su materialidad, y ésta no queda probada por unas pocas frases de prestidigitador, sino por un largo y laborioso desarrollo de la filosofía y de la ciencia de la naturaleza.

Sigamos con el texto. El ser del que nos habla el señor Dühring no es

aquel ser puro idéntico a sí mismo, carente de toda determinación particular y que no representa en realidad sino una contrafigura del pensamiento de la nada o de la ausencia de pensamiento.

Mas veremos muy pronto que el mundo del señor Dühring arranca de un ser carente de toda interna diferenciación, de todo movimiento y transformación, y es, por tanto, de hecho una mera contrafigura de la nada mental, es decir, una nada real. A partir de ese ser-nada se desarrolla el actual estado diferenciado del mundo, el cual es cambiante y presenta una evolución, un deve- nir; y sólo después de haber comprendido esto llegamos a “man- tener idéntico a sí mismo el concepto del ser universal”, incluso en esa misma transformación eterna. Tenemos, pues, ahora el concepto del ser a un nivel superior en el cual incluye a la vez la fijeza y la modificación, el ser y el de- venir. Llegados a este punto hallamos que

género y especie, y lo universal y lo particular en general, son los medios de distinción más simples, sin los cuales no puede conce- birse la constitución de las cosas.

Mas esos conceptos son los medios de distinción de la cuali- dad; y luego de estudiar ésta seguimos adelante:

frente a los géneros se encuentra el concepto de magnitud, como el concepto de aquella homogeneidad en la que no tienen ya lu- gar diferencias específicas;

es decir, pasamos de la cualidad a la cantidad, la cual es siem- pre mensurable. Comparemos ahora esa “rigurosa distinción de los esquemas generales de acción” y de su “punto de vista realmente crítico” con las crudezas, groserías y febriles fantasías de un Hegel. Des- cubrimos enseguida que la Lógica de Hegel empieza con el ser, como el señor Dühring; que el ser se presenta luego como la nada, como el señor Dühring; que se pasa de ese ser-nada al de- venir, cuyo resultado es la existencia, es decir, una forma del ser superior y más plena, exactamente igual que en el señor Düh- ring. La existencia lleva a la cualidad, y la cualidad a la cantidad,

exactamente igual que el camino del señor Dühring. Y para que no falte ninguna pieza esencial, el señor Dühring nos cuenta en otra ocasión:

Del reino de la insensibilidad sólo se pasa al de la sensibilidad, a pesar de toda la paulatina continuidad cuantitativa, mediante

un salto cualitativo del que

podemos afirmar que se diferencia

... infinitamente de la mera gradación de una y la misma propiedad.

Esto es simple y totalmente la línea nodal hegeliana de las re- laciones cuantitativas, en la que aumentos o disminuciones mera- mente cuantitativos provocan en determinados puntos nodales un salto cualitativo; como ocurre, por ejemplo, con el agua que se calienta o enfría, en cuyo caso los puntos nodales son el punto de ebullición y el de congelación, en los que tiene lugar el salto cua- litativo, en condiciones de presión normal, hacia un nuevo esta- do de agregación, es decir, en los que tiene lugar el paso de la cantidad a la cualidad. Nuestro estudio ha intentado también alcanzar las raíces, y ha encontrado como raíces de los radicales esquemas básicos de Dühring nada menos que las “febriles fantasías” de un Hegel, las categorías de la Lógica de Hegel (Parte I, Doctrina del ser), y en su “sucesión” más ortodoxamente paleo- hegeliana, y sin apenas in- tentar encubrir el plagio. Pero no contento con sustraer a su predecesor más intensa- mente calumniado toda su esquemática del ser, el señor Dühring, después de tomar incluso el ejemplo recién recordado de la trans- formación brusca de la cantidad en cualidad, tiene la sangre fría de decir de Marx:

¡Qué infinitamente cómica es la apelación [de Marx] a la confu- sa y nebulosa imagen hegeliana de que la cantidad se transforma en cualidad!

Confusa y nebulosa imagen

¿Quién se transforma aquí, se-

... ñor Dühring, y quién resulta cómico? Todas esas lindezas están muy lejos de haber sido “decididas axiomáticamente” según lo prescrito, sino que han sido tomadas sencillamente de fuera, es decir, de la Lógica de Hegel. Y ello de tal modo que en todo el capítulo no hay ni rastro de conexión interna, salvo en la medida en que la toma de Hegel, y que el

conjunto del desarrollo culmina en una fantasmagoría huera so- bre el espacio y el tiempo, la fijeza y la transformación. Hegel pasa del ser a la esencia, a la dialéctica. En ese punto trata de las determinaciones de la reflexión, de sus internas con- traposiciones y contradicciones, como, por ejemplo, lo positivo y lo negativo; pasa luego a la causalidad, o relación de causa y efecto, y termina con la necesidad. Lo mismo hace el señor Dühring. Lo que Hegel llama doctrina de la esencia se encuentra traducido por el señor Dühring como propiedades lógicas del ser. Estas consisten ante todo en el “antagonismo de las fuerzas”, en contra- posiciones. En cambio, el señor Dühring niega radicalmente la contradicción; más tarde volveremos a tocar este tema. Luego pasa a la causalidad y de ésta a la necesidad. Cuando, pues, el señor Dühring dice de sí mismo

Nosotros, que no filosofamos “desde una jaula”,

debe querer decir que está filosofando en una jaula, a saber, la jaula del esquematismo de las categorías de Hegel.

FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA. TIEMPO Y ESPACIO

Llegamos ahora a la filosofía de la naturaleza. También aquí está el señor Dühring cargado de motivos para sentirse descontento de sus predecesores.

La Filosofía de la Naturaleza “cayó tan bajo que dio en una pseu- dopoesía pornográfica grosera y basada en la ignorancia”, hasta “caer en manos de los prostituidos filosofastros del tipo de Sche- lling, individuos que manipulaban con el sacerdocio de lo absolu- to para engañar al público”. El cansancio nos ha salvado de esas “figuras deformes”, pero sólo para dejar el campo libre a la “au- sencia de actitudes”; “y por lo que hace al gran público, es sabido que para él la retirada de un gran charlatán no es a menudo sino ocasión para que un sucesor menor, pero más experimentado, re- pita los trucos del anterior bajo otro rótulo”. Los científicos de la

naturaleza, por su parte, tienen poca “afición a realizar excursio- nes por el reino de las ideas comprehensivas del universo”, y por eso cometen “erradas precipitaciones” en el terreno teorético.

Hay que salvarse urgentemente, y por suerte está aquí dis- puesto el señor Dühring. Para estimar rectamente las siguientes revelaciones acerca del despliegue del mundo en el tiempo y de su limitación en el espa- cio tenemos que apelar de nuevo a algunos pasos del “esquema- tismo universal”. Se atribuye al ser la infinitud, también de acuerdo con Hegel (Enciclopedia, 93) —y precisamente la que Hegel llama mala infini- tud— y entonces se investiga dicha infinitud.

“La forma más precisa de una infinitud pensable sin contradic- ción es la ilimitada acumulación de los números en la serie nu-

mérica

Del mismo modo que siempre podemos añadir a cual-

... quier número otra unidad, sin agotar nunca la posibilidad de se- guir contando, así se añade a cada estado del ser otro estadio más, y la infinitud consiste en la ilimitada producción de esos es- tados. Esta infinitud exactamente pensada no tiene, por eso mis- mo, más que una única forma fundamental y una única direc- ción. Pues aunque para nuestro pensamiento es indiferente pro- yectar una dirección contrapuesta, de acumulación de los estados, la infinitud que progresa hacia atrás no es más que una precipitada construcción de la representación. Pues como en la realidad habría que recorrerla en esa dirección invertida, tendría siempre a la espalda, en cualquiera de sus estados, una serie nu- mérica infinita. Pero con esto se cometería la inadmisible contra- dicción de una serie numérica infinita enumerada, y así resulta absurdo admitir una segunda dirección de la infinitud”.

La primera consecuencia inferida de esta concepción de la in- finitud es que el encadenamiento de causas y efectos en el mun- do tiene que haber tenido algún comienzo:

Un número infinito de causas que se suponen ya seriadas es im- pensable por el hecho de que presupone como contada la infini- tud numérica.

Con eso queda probada una causa primera. La segunda consecuencia es

“la ley de la cantidad discreta determinada: la acumulación de lo idéntico de cualquier género real de entidades independientes no

puede pensarse más que como formación de un número determi- nado”. No sólo el número de cuerpos celestes existentes tienen que ser en cada momento determinado, sino que tiene que serlo incluso el número total de las partes mínimas individuales de la materia que existen en el mundo. Esta última necesidad es el ver- dadero motivo por el cual no puede pensarse composición algu- na sin átomos. Todo estado de división real tiene siempre una de- terminación finita, y tiene que tenerla para que no se produzca la contradicción de la infinitud contada. No sólo tiene que ser, por la misma razón, el número actual de revoluciones de la Tie- rra alrededor del Sol un número determinado, aunque descono- cido, sino que todos los procesos naturales tienen que haber teni- do algún principio, y toda diferenciación y todas las multiplici- dades de la naturaleza que se siguen en el tiempo tienen que arraigar en un estado idéntico consigo mismo. Este sí que puede haber existido sin contradicción desde la eternidad, pero también esta representación debería excluirse si el tiempo mismo consta- ra de partes reales, si no fuera más bien simplemente dividido ar- bitrariamente por nuestro entendimiento con la posición ideal de las posibilidades. Asunto propio es el contenido real y diversifi- cado del tiempo; este real relleno del tiempo con hechos de diver- sa especie, así como las formas de existencia de este ámbito, per- tenecen precisamente, a causa de su diversidad, a lo enumerable. Imaginemos un estado o situación sin transformaciones y que no ofrezca en su auto identidad ninguna diferencia de sucesión: en- tonces el especial concepto de tiempo se convierte en la idea ge- neral del ser. Y no se puede imaginar en qué consistiría la acu- mulación de una duración vacía”.

El propio señor Dühring, cuya exposición hemos reproducido hasta aquí, se siente muy edificado por la importancia de este descubrimiento. Por de pronto se limita a esperar que “por lo me- nos no será considerado como una verdad de poca monta”; pero luego dice:

Recuérdese el modo sumamente sencillo con el cual hemos lleva-

do los conceptos de infinitud y su crítica hasta un alcance hasta

ahora desconocido

los elementos de la concepción universal del

... espacio y del tiempo, tan sencillamente construidos por nuestra

presente agudización y profundización.

Hemos, pues, llevado esos conceptos hasta ese alcance. Y con nueva profundización y agudización. ¿Quién somos ese nosotros y cuándo es ese hasta ahora? ¿Quién profundiza y agudiza?

Tesis. El mundo tuvo un comienzo en el tiempo y está también limitado en cuanto al espacio. —Prueba: supóngase que el mundo no tiene un comienzo temporal, de tal modo que hasta cualquier punto dado del tiempo ha transcurrido una eterni- dad y, por tanto, ha discurrido en el mundo una serie infinita de estados sucesivos de las cosas. Ahora bien: la infinitud de una sucesión consiste precisamente en que nunca puede con- sumarse por síntesis sucesivas. Por tanto, una sucesión uni- versal infinita y al mismo tiempo ya transcurrida es imposible, lo que quiere decir que el comienzo del mundo es condición ne- cesaria de su existencia, que es lo primero que había que de- mostrar. —Por lo que hace a lo segundo, supóngase también, por de pronto, lo contrario: entonces el mundo será un todo in- finito dado de cosas que existen simultáneamente. Ahora bien:

no podemos pensar la magnitud de un quantum que no esté dado dentro de ciertos límites de toda percepción si no es me- diante la síntesis de las partes, ni la totalidad de dicho quantum si no es por la síntesis realizada o por repetido añadido de la unidad a sí misma. Por tanto, para pensar como un todo el mundo que ocupa todos los espacios habría que considerar rea- lizadas las síntesis sucesivas de las partes de un mundo infini- to, lo que quiere decir que habría que considerar transcurrido un tiempo infinito en la enumeración de todas las cosas coexis- tentes, lo cual es imposible. Por tanto, un agregado infinito de cosas reales no puede considerarse como un todo dado, ni, con- siguientemente, como dado simultáneamente. Luego un mun- do no es infinito desde el punto de vista de la extensión en el es- pacio, sino que está contenido en sus límites; y esto era lo se- gundo que había que probar.

Esas frases están literalmente copiadas de un libro muy cono- cido que apareció por vez primera en 1781 y se titula Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant, en el que todo el mundo puede le- erlas, en la primera parte, segunda sección, segundo libro, segun- do apartado, segundo epígrafe: “Primera antinomia de la razón pura”. Al señor Dühring no pertenece en esto más gloria que la

de haber pegado a una idea expuesta por Kant el nombre de ley de la cantidad discreta determinada, así como el haber descubierto que hubo un tiempo en el que no había tiempo, aunque sí había un mundo. Para todo lo demás, es decir, para todo lo que tiene sentido en la exposición del señor Dühring, “nosotros” somos Immanuel Kant, y el “ahora” tiene cincuenta años. Es, desde lue- go, “sumamente sencillo”. Y es también notable el “alcance hasta ahora desconocido”. Pero ocurre que Kant no formula en absoluto esos enunciados como resueltos por su demostración. Antes al contrario: en la pá- gina contrapuesta a ésa afirma y prueba lo contrario, a saber: que el mundo no tiene ningún comienzo en el tiempo ni fin en el es- pacio; y en esto ve precisamente la antinomia, la irresoluble con- tradicción de que lo uno es tan demostrable como lo otro. Gentes de menor calibre habrían quedado tal vez meditabundas al ver que “un Kant” halló aquí una dificultad irresoluble. No es ése el caso de nuestro audaz creador de “resultados y concepciones ra- dicalmente propios”: él escribe impertérrito la parte de la antino- mia kantiana que le sirve y tira el resto. La cosa misma se resuelve con sencillez. Eternidad en el tiem- po, infinitud en el espacio consisten por de pronto, y según el simple sentido de las palabras, en no tener por ningún lado un fi- nal, ni hacia adelante ni hacia atrás, ni hacia arriba ni hacia abajo, ni hacia la derecha ni hacia la izquierda. Esta infinitud es comple- tamente diversa de la de una sucesión infinita, pues ésta empieza siempre con un uno, con un primer miembro. La inaplicabilidad de esa idea de sucesión a nuestro objeto se aprecia enseguida que la aplicamos al espacio. La sucesión infinita traducida a términos espaciales es la de una línea trazada hasta el infinito en determi- nada dirección y desde un punto determinado. Pero ¿queda con eso expresada ni lejanamente la infinitud del espacio? Al contra- rio: hacen falta seis líneas trazadas a partir de ese punto en tres direcciones contrapuestas dos a dos para concebir las dimensio- nes del espacio, con lo que tenemos seis de esas dimensiones. Kant vio esto tan claramente que no proyectó directamente su serie numérica sobre la espacialidad del mundo, sino indirecta- mente y por un rodeo. El señor Dühring, en cambio, nos obliga primero a aceptar seis dimensiones espaciales, y luego no en- cuentra palabras bastantes para expresar su indignación contra

el misticismo matemático de Gauss, que no quiso contentarse con las tres dimensiones corrientes del espacio 44 . Aplicada al tiempo, la línea infinita por ambas partes, la su- cesión de unidades, tiene cierto sentido figurativo. Pero cuando nos imaginamos el tiempo como una línea contada a partir del uno o trazada a partir de un punto determinado, estamos dicien- do ya que el tiempo tiene un comienzo: estamos presuponiendo lo que debemos probar. Damos a la infinitud del tiempo un ca- rácter unilateral y a medias; pero una infinitud unilateral y par- tida es ya una contradicción en sí, lo contrario, precisamente, de

una “infinitud pensada sin contradicción”. No podemos superar esa contradicción sino admitiendo que el uno con el que empe- zamos a contar la sucesión, el punto a partir del cual medimos la línea, son, respectivamente, un uno arbitrario de la sucesión y un punto arbitrario de la línea, siendo la línea o la sucesión indife- rentes a la decisión que tomemos respecto a la fijación de los mismos. Pero ¿qué hay de la contradicción de las “sucesiones numéri- cas infinitas y sin embargo contadas”? Podremos estudiarla me- jor en cuanto que el señor Dühring nos exhiba la habilidad de contarlas. En cuanto que haya conseguido contar de –(menos infinito) hasta cero podrá volver a adoctrinarnos. Está claro que, empiece a contar por donde empiece, dejará a sus espaldas una sucesión infinita, y, con ella, la tarea que tiene que resolver. Que

invierta su propia sucesión infinita 1+2+3+4

e intente contar

... desde el final infinito hasta el uno; se trata obviamente del inten- to de un hombre que no ve de qué se trata. Aún más. Cuando el señor Dühring afirma que la serie infinita del tiempo transcurri- do está contada, afirma con eso que el tiempo tiene un comienzo, pues en otro caso no podría empezar siquiera a “contar”. Por tan- to, está siempre dando como presupuesto lo que tiene que pro- bar. La idea de la sucesión infinita y sin embargo enumerada, o, dicho de otro modo, la ley dühringiana universal de la cantidad discreta determinada, es, pues, una contradictio in adjecto, contie- ne una contradicción en sí misma, y más precisamente una con- tradicción absurda.

44. Es una alusión a los trabajos de Gauss sobre geometría no euclidiana y espacios pluridimensionales.

Está claro que la infinitud que tiene un final, pero no tiene un comienzo, no es ni más ni menos infinita que la que tiene un co- mienzo y no tiene un final. La más modesta comprensión dialéc- tica habría debido decir al señor Dühring que el comienzo y el fi- nal van necesariamente juntos como el Polo Norte y el Polo Sur, y que cuando se prescinde del final el comienzo se convierte en final, es decir, en un final de la sucesión, y a la inversa. Toda esa ilusión sería imposible sin la costumbre matemática de operar con sucesiones infinitas. Como en la matemática hay que partir de lo determinado y finito para llegar a lo indeterminado y des- provisto de final, todas las sucesiones matemáticas, positivas o negativas, tienen que empezar con un uno para poder calcular con ellas. Pero la necesidad ideal del matemático está muy lejos de ser una ley necesaria y constrictiva del mundo real. Por lo demás, el señor Dühring no conseguirá jamás pensar sin contradicciones la infinitud real. La infinitud es una contra- dicción y está llena de contradicciones. Ya es una contradicción el que una infinitud tenga que estar compuesta de honradas finitu- des, y, sin embargo, tal es el caso. La limitación del mundo mate- rial lleva a no menos contradicciones que su ilimitación, y todo intento de eliminar esas contradicciones lleva, como hemos visto, a nuevas y peores contradicciones. Precisamente porque la infini- tud es una contradicción, es infinita, un proceso que se desarrolla sin fin en el espacio y en el tiempo. La superación de la contradic- ción sería el final de la infinitud. Esto lo vio perfectamente Hegel, y por eso trató con el desprecio merecido a los caballeros que se dedican a fantasear sobre esa contradicción. Pero sigamos. Así, pues, el tiempo ha tenido un comienzo. Y ¿qué había antes de ese comienzo? El mundo en un estado idén- tico a sí mismo e inmutable. Y como en ese estado no se siguen transformaciones, el especial concepto de tiempo se transforma en la idea más general del ser. Ante todo, lo que importa en esta cuestión no es en absoluto cuáles son los conceptos que se trans- forman en la cabeza del señor Dühring. No se trata del concepto de tiempo, sino del tiempo real, del que el señor Dühring no conse- guirá liberarse a tan bajo precio. En segundo lugar, por mucho que se transforme el concepto de tiempo en la idea más general del ser, eso no nos hará adelantar nada. Pues las formas funda- mentales de todo ser son el espacio y el tiempo, y un ser situado

fuera del tiempo es un absurdo tan descomunal como un ser fue- ra del espacio. El “ser atemporalmente sido” de Hegel y el “ser inmemorial” neoschellingiano son incluso nociones racionales, comparados con este ser fuera del tiempo. Por eso el señor Düh- ring procede, en efecto, muy cautelosamente: se trata realmente de un tiempo, pero de un tiempo al que en el fondo no debe lla- marse tal, pues naturalmente que el tiempo en sí no consta de partes reales, sino que es nuestro entendimiento el que le divide arbitrariamente; sólo un conjunto de cosas distintas que ocupen el tiempo pertenece a lo enumerable, y no se sabe qué puede sig- nificar la acumulación de una duración vacía. No es aquí del todo indiferente, en efecto, lo que puede significar esa acumulación; lo que se pregunta es si el mundo en el estado presupuesto por el señor Dühring dura, recorre un lapso de tiempo. Sabemos hace mucho tiempo que no puede obtenerse ningún resultado midien- do una duración sin contenido, como tampoco se conseguirá nada haciendo mediciones sin finalidad y sin objetivo en un es- pacio vacío; precisamente por eso, por esa ociosidad del procedi- miento, Hegel llamaba mala a esa infinitud. Según el señor Düh- ring, el tiempo existe exclusivamente por la transformación, no la transformación en y por el tiempo. Y precisamente porque el tiempo es diverso e independiente de la transformación es posi- ble medirle con ayuda de la transformación, pues en el medir es necesario siempre algo diverso de lo que hay que medir. Y el tiempo en el que no se produce ninguna transformación percep- tible está muy lejos de no ser ningún tiempo; es más bien el tiem- po puro, sin afectar por nada ajeno, es decir, el tiempo verdadero, el tiempo como tal. De hecho, cuando queremos concebir el con- cepto de tiempo en toda su pureza, aislado de toda mezcla ajena y heterogénea, nos vemos obligados a poner entre paréntesis to- dos los diversos acontecimientos que se producen simultánea y sucesivamente en el tiempo, para imaginarnos así un tiempo en el que no pasa nada. Con esto no dejamos disolverse el concepto de tiempo en la idea general del ser, sino que llegamos finalmen- te al concepto puro de tiempo. Pero todas esas contradicciones e imposibilidades no son sino juegos de niños al lado de la confusión en que se sume el señor Dühring con su estado inicial e inmutable del mundo. Si el mun- do estuvo una vez en un estadio en el cual no se producía en él

absolutamente ninguna transformación, ¿cómo ha podido pasar de ese estado al de las transformaciones? Lo absolutamente in- alterado, y aún más si se encuentra desde toda la eternidad en ese estado, no puede en modo alguno salir de él por sí mismo para pasar al del movimiento y la alteración. Por tanto, tiene que haber venido de afuera, de fuera del mundo, un primer im- pulso que le pusiera en movimiento. Pero “primer impulso” es, como se sabe, otro nombre de Dios. El Dios y el Más Allá que el señor Dühring pretendía haber eliminado tan lindamente en su esquematismo universal vuelven a introducirse aquí por obra suya, agudizados y profundizados, y en la misma filosofía de la naturaleza. Sigamos. El señor Dühring dice:

Cuando la magnitud afecta a un elemento fijo del ser permanece

sin alterar en su determinación. Esto sale fuerza mecánica.

...

de la materia y de la

La primera proposición, dicho sea de paso, ofrece un delicio- so ejemplo de la grandilocuencia axiomático-tautológica del se- ñor Dühring: cuando la magnitud no cambia, se mantiene inmu- tada. En sustancia, la cantidad de fuerza mecánica presente una vez en el mundo sigue siendo eternamente la misma. Prescinda- mos por de pronto de que, en la medida en que es correcta, esta afirmación ha sido ya sabida y dicha por Descartes en filosofía hace casi trescientos años, y de que en la ciencia de la naturaleza la doctrina de la conservación de la fuerza florece desde hace veinte años; y prescindamos también del hecho de que al limitar- la a la fuerza mecánica el señor Dühring no mejora esa doctrina en absoluto. Pero ¿dónde se encontraba la fuerza mecánica en la época del estado sin alteración? El señor Dühring se niega tenaz- mente a darnos respuesta a esta pregunta. ¿Dónde, señor Dühring, estaba entonces la fuerza mecánica eternamente idéntica a sí misma? ¿Y a qué se dedicaba? Respuesta:

El estado originario del universo, o, por caracterizarlo más precisa- mente, de un ser de la materia desprovisto de alteración y sin ninguna acumulación temporal de alteraciones, es una cuestión que sólo puede rechazar aquel entendimiento que vea en la amputación de su propia fuerza genesíaca el colmo de la sabiduría.

O sea: o aceptáis sin discusión mi estado originario inalterado o yo, el genesíaco Eugen Dühring, os declaro eunucos espiritua- les. Es posible que esta perspectiva asuste a alguien. Pero nos- otros, que hemos visto ya algunos ejemplos de la capacidad gene- síaca del señor Dühring, podemos permitirnos pasar por alto el elegante insulto, al menos por ahora, y volver a preguntar: pero, señor Dühring, por favor, ¿qué hay de lo que preguntábamos so- bre la fuerza mecánica? El señor Dühring se turba entonces:

De hecho, balbucea, “la identidad absoluta de aquel inicial esta- do-límite no ofrece por sí misma ningún principio de transición. Pero recordemos que la misma situación se presenta incluso con el menor nuevo miembro de la cadena de la existencia que ya co- nocemos. Así, pues, el que pretenda suscitar dificultades en este punto capital hará mejor en proponerlas en ocasiones menos apa- rentes. Además, la posibilidad de inserción de estados interme- dios progresivos y graduados queda abierta, y con ella el puente de la continuidad, para proceder hacia atrás hasta la consunción de la interacción. Cierto que desde un punto de vista estricta- mente conceptual esa continuidad no llega a superar el pensa- miento principal, pero ella es para nosotros la forma básica de toda legalidad y de toda otra transición conocida, de tal modo que tenemos cierto derecho a utilizarla como mediación también en- tre aquel equilibrio primero y su perturbación. Pero si pensára- mos el equilibrio por así decirlo [!] inerte según los criterios y conceptos que hoy se admiten, sin especial rigor [!], en nuestra actual mecánica, sería ciertamente imposible indicar cómo ha po- dido llegar la materia al juego de las alteraciones”. Además de la mecánica de las masas hay, según el señor Dühring, una trans- formación del movimiento de masas en el movimiento de partí- culas mínimas, pero “no disponemos hoy de ningún principio general” acerca de cómo se produce esa transformación, “y por eso no puede asombrarnos el que estos procesos discurran hasta cierto punto en la oscuridad”.

Eso es todo lo que tiene que decirnos el señor Dühring. Y efec- tivamente tendríamos que ver el colmo de la sabiduría, no ya en la autoamputación de la fuerza genesíaca, sino en la ciega fe del carbonero, para contentarnos con esas tristes escapadas y vacías

frases. El señor Dühring confiesa que, por sí misma, la absoluta identidad no puede llegar a la alteración. No hay en esa identidad ningún medio por el cual el equilibrio absoluto pueda pasar al mo- vimiento ¿Qué hay entonces? Tres insanas formas de palabrería. Primera: que no es menos difícil mostrar la transición desde el menor miembro de la conocida cadena de la existencia hasta el si- guiente. El señor Dühring parece tomar a sus lectores por niños de pecho. La indicación argumentada de las particulares transi- ciones y conexiones de los mínimos miembros de la cadena de la existencia es precisamente el contenido de la ciencia de la natura- leza, y cuando en el cumplimiento de esa tarea hay algo que no sale, nadie, ni el señor Dühring, piensa en explicar el movimien- to partiendo de la nada, sino siempre por la comunicación, trans- formación o continuación de un movimiento anterior. De lo que se trata, y según confesión de parte, es de hacer surgir el movi- miento de la ausencia de movimiento, es decir, de nada. Segunda: el “puente de la continuidad”. Este puente, como es natural, no nos ayuda, desde un punto de vista puramente con- ceptual, a superar las dificultades, pero tenemos cierto derecho a utilizarlo como mediación entre la ausencia de movimiento y el movimiento. Desgraciadamente, la continuidad de la ausencia de movimiento consiste en no moverse; por tanto, sigue siendo más misterioso que nunca el modo como puede producirse así el mo- vimiento. Y por más que el señor Dühring divida su transición de la nada de movimiento al movimiento universal en partículas pe- queñísimas, y por más que le atribuya una duración larguísima, no habremos progresado ni una diezmilésima de milímetro. Sin acto de creación no podemos pasar de nada a algo, aunque el algo sea tan pequeño como un infinitésimo matemático. El puente de la continuidad no es, pues, ni siquiera un pons asinorum, sino que sólo es transitable para el señor Dühring. Tercera: mientras siga vigente la actual mecánica, que es, se- gún el señor Dühring, una de las palancas más esenciales para la educación del pensamiento, es imposible indicar cómo se pasa de la ausencia de movimiento al movimiento. Pero la teoría mecáni- ca del calor nos muestra que el movimiento de las masas se trans- forma en ciertas circunstancias en movimiento molecular (aun- que también aquí el movimiento procede de otro movimiento, ja- más de la ausencia de movimiento), y esto, indica tímidamente el

señor Dühring, podría ofrecer tal vez un puente entre lo riguro- samente estático (en equilibrio) y lo dinámico (en movimiento). Pero esos procesos tienen lugar “en la oscuridad”. Y en la oscuri- dad nos deja plantados el señor Dühring. A este punto hemos llegado con toda la profundización y la agudización: nos hemos hundido cada vez más profundamente en un absurdo cada vez agudizado, para aterrizar finalmente donde por fuerza teníamos que hacerlo, “en la oscuridad”. Esto, empero, inquieta poco al señor Dühring. Ya en la página siguien- te tiene la tranquilidad de afirmar que ha

podido dotar al concepto de la fijeza idéntica a sí misma, de un modo inmediato, con un contenido real tomado del comporta- miento de la materia y de las fuerzas mecánicas.

Este es el hombre que llama “charlatanes” a otros. Por suerte, en toda esta inerme confusión y extravío “en la os- curidad” nos queda un consuelo que es realmente como para le- vantar los ánimos.

La matemática de los habitantes de otros cuerpos celestes no pue- de basarse en axiomas diversos de los nuestros.

FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA. COSMOGONÍA, FÍSICA, QUÍMICA

Prosiguiendo en el examen de la obra, llegamos a las teorías so- bre el modo como se ha originado el mundo actual. Un estado universal de dispersión de la materia ha sido ya, se- gún nuestro autor, la idea inicial de los filósofos jónicos, pero, es- pecialmente desde Kant, la suposición de una nebulosa primitiva ha desempeñado un nuevo papel, posibilitando la gravitación y la irradiación de calor, la formación paulatina de los cuerpos celes- tes sólidos particulares. La contemporánea teoría mecánica del ca- lor permite formular de un modo mucho más preciso las inferen- cias referentes a los anteriores estados del universo. Pese a todo esto, “el estado gaseoso de dispersión no puede constituir un punto de partida de serias deducciones más que en el caso de que se consiga caracterizar más precisamente el sistema mecánico

dado en él. En otro caso no sólo queda muy nebulosa en la prác- tica la idea, sino que la nebulosa originaria se va haciendo real- mente, en el curso de las deducciones, cada vez más densa e im-

penetrable

...

;

por de pronto se queda todo en una idea vaga, in-

forme e indeterminable”, y así tenemos “con ese universo gaseoso una concepción realmente muy nebulosa”. La teoría kantiana del origen de todos los cuerpos celestes ac- tuales a partir de masas nebulosos en rotación ha sido el mayor progreso conseguido por la astronomía desde Copérnico. Por vez primera se osó atentar contra la idea de que la naturaleza no tie- ne historia alguna en el tiempo. Hasta entonces los cuerpos celes- tes se habían considerado fijos desde el primer momento en órbi- tas y estados siempre idénticos; y aunque los seres vivos se extin- guieran en los cuerpos celestes particulares, los géneros y las especies se consideraban también inmutables. Sin duda la natura- leza se encontraba, de un modo obvio, en constante movimiento, pero ese movimiento parecía la repetición incesante de los mis- mos procesos. Kant abrió la primera brecha en esa representación, tan conforme con el modo metafísico de pensar, y lo hizo de modo tan científico que la mayoría de los argumentos utilizados por él siguen siendo hoy válidos. Cierto que la teoría kantiana si- gue siendo hoy día, hablando con rigor, una hipótesis. Pero tam- poco el sistema copernicano es más que eso hoy día, y tras la prueba espectroscópica de la existencia de tales masas incandes- centes de gases en el espacio, prueba que destruye toda resisten- cia, la oposición científica a la teoría de Kant se ha sumido en el silencio. Tampoco el señor Dühring consigue llevar a cabo su construcción del mundo sin un tal estadio nebular, pero se venga de ello exigiendo que se le muestre el sistema mecánico existente en dicho estado de nebulosa, y cubriendo entonces de despectivos adjetivos la hipótesis de la nebulosa por el hecho de que es impo- sible indicarle dicho sistema mecánico. La ciencia contemporánea no puede, en efecto, caracterizar ese sistema de un modo que sa- tisfaga al señor Dühring. Del mismo modo se encuentra imposi- bilitada de dar respuesta a muchas otras preguntas. Por ejemplo, a la pregunta: ¿por qué no tienen cola los sapos?, tiene que limi- tarse por ahora a contestar: porque la han perdido. Pero si ante esto decidiéramos indignarnos y decir que todo esto se mantiene en la vaguedad y lo informe de una idea de pérdida no precisable

ulteriormente y una concepción sumamente nebulosa, una tal aplicación de la moral a la ciencia de la naturaleza no nos haría avanzar en absoluto. En todo caso es posible formular esas expre- siones poco amables de enfado, y precisamente no suelen aplicar- se a nada y en ningún campo. ¿Quién impide al señor Dühring mismo descubrir el sistema mecánico de la nebulosa originaria? Por suerte descubrimos ahora que la masa nebular kantiana

está muy lejos de coincidir con un estado plenamente idéntico del medio cósmico o, dicho de otro modo, con el estado idéntico a sí mismo de la materia.

Esto es una verdadera suerte para Kant, el cual pudo conten- tarse con la posibilidad de retroceder desde los cuerpos celestes actuales hasta la esfera nebular, sin soñar siquiera en un estado de la materia simpre idéntico consigo mismo. Sea dicho de paso, el que en la actual ciencia de la naturaleza la esfera nebular de Kant se designe como nebulosa originaria debe entenderse, como es obvio, de un modo meramente relativo. Se trata de una niebla originaria, por una parte, como origen de los cuerpos celestes hoy existentes y, por otra parte, como la forma más antigua de la ma- teria a la que hoy podemos retrotraernos. Lo cual no excluye en modo alguno, sino que condiciona más bien la posibilidad de que la materia haya atravesado antes de la nebulosa originaria una se- rie infinita de otras formas diversas. El señor Dühring se da cuenta de que en este punto puede ju- gar con cierta ventaja. En el lugar en que nosotros tenemos que detenernos, con la ciencia, junto a la nebulosa por ahora origina- ria, él puede seguir mucho más allá, con la ayuda de su ciencia de la ciencia, hasta aquel

estado del medio cósmico que no puede concebirse ni como pura- mente estático en el actual sentido de la representación ni como dinámico

—es decir, que no puede concebirse de ninguna manera—.

“La unidad de materia y fuerza mecánica a la que llamamos me-

dio cósmico es, por así decirlo, una fórmula lógico-real, que sirve para indicar el estado, idéntico consigo mismo, de la materia como presupuesto de todos los estadios de desarrollo mensurables”.

Está claro que aún nos falta mucho para liberarnos del estado originario e idéntico a sí mismo de la materia. Aquí se le llama unidad de materia y fuerza mecánica, lo cual es una fórmula ló- gico-real, etc. Así, pues, en cuanto termine la unidad de materia y fuerza mecánica empezará el movimiento. La forma lógico-real no es más que un tímido intento de apro- vechar las categorías hegelianas del en sí y el para sí para la filoso- fía de la realidad. En la primera reside, para Hegel, la identidad primitiva de las contradicciones ocultas y rudimentarias encerra- das en una cosa, en un fenómeno o en un concepto; en la segun- da, esos elementos ocultos empiezan ya a diferenciarse y separar- se y comienza el litigio. Tenemos, pues, que representarnos el in- móvil estado originario como unidad de materia y fuerza mecánica, y la transición al movimiento como separación y con- traposición de una y otra. Lo que con ello hemos ganado no es la prueba de la realidad de aquel estado originario fantástico, sino, simplemente, la posibilidad de concebirlo bajo la categoría hege- liana del en sí, así como la de concebir su no menos fantástico fi- nal bajo la categoría del para sí. ¡Socórrenos, Hegel! La materia, dice el señor Dühring, es la portadora de todo lo real, por lo cual no puede haber fuerza mecánica alguna fuera de la materia. La fuerza mecánica es un estado de la materia. Ahora bien: en el estado originario, en el que nada sucede, la materia y su estado, la fuerza mecánica, eran una sola cosa. Luego, cuando empezó a ocurrir algo, el estado en cuestión tiene evidentemente que haberse diferenciado de la materia. Y con estas místicas fra- ses tenemos que contentarnos, junto con la garantía de que el es- tado idéntico a sí mismo no era estático ni dinámico, no se encon- traba en equilibrio ni en movimiento. Seguimos sin saber dónde estaba la fuerza mecánica en aquel estado, ni cómo vamos a pa- sar de la absoluta inmovilidad al movimiento sin un primer im- pulso externo, es decir, sin Dios. Los materialistas anteriores al señor Dühring hablaban de materia y movimiento. Él reduce el movimiento a la fuerza me- cánica, como supuesta forma fundamental del mismo, y se im- posibilita con eso el entendimiento de la real conexión entre ma- teria y movimiento, la cual, por lo demás, también fue oscura para todos los materialistas anteriores. Y, sin embargo, la cosa es suficientemente clara. El movimiento es el modo de existencia de la

materia. Jamás y en ningún lugar ha habido materia sin movi- miento, ni puede haberla. Movimiento en el espacio cósmico, mo- vimiento mecánico de masas menores en cada cuerpo celeste, vi- braciones moleculares como calor, o como corriente eléctrica o magnética, descomposición y composición químicas, vida orgá- nica: todo átomo de materia del mundo y en cada momento dado se encuentra en una u otra de esas formas de movimiento, o en varias a la vez. Todo reposo, todo equilibrio es exclusivamente relativo, y no tiene sentido más que respecto de tal o cual forma determinada de movimiento. Por ejemplo: un cuerpo puede en- contrarse en la Tierra en equilibrio mecánico, puede estar mecá- nicamente en reposo; pero esto no impide que participe del mo- vimiento de la Tierra y del de todo el sistema solar, del mismo modo que tampoco impide a sus mínimas partículas físicas reali- zar las vibraciones condicionadas por su temperatura, ni a sus átomos atravesar un proceso químico. La materia sin movimien- to es tan impensable como el movimiento sin la materia. El movi- miento es, por tanto, tan increable y tan indestructible como la materia misma; lo cual ha sido formulado por la antigua filosofía (Descartes) diciendo que la cantidad de movimiento presente en el mundo es constante. El movimiento no puede pues, crearse, sino sólo transformarse y transportarse. Cuando el movimiento pasa de un cuerpo a otro, puede sin duda considerársele en la medida en que se transfiere, en que es activo, como la causa del movimiento, y como pasivo cuando es el objeto transferido. Lla- mamos fuerza a ese movimiento activo y manifestación de fuerza al pasivo. Con lo que queda claro como el agua que la fuerza es tan- ta cuanta su manifestación, pues en ambos casos lo que tiene lu- gar es el mismo movimiento. Por todo ello, un estado inmóvil de la materia resulta ser una de las representaciones más vacías y desdibujadas, una pura “fantasía febril”. Para llegar a ella hay que representarse el equi- librio mecánico relativo en el que puede encontrarse un cuerpo en esta Tierra como un reposo absoluto, para generalizarlo luego al conjunto del universo. Esto queda sin duda facilitado por la re- ducción del movimiento universal a mera fuerza mecánica. Y en- tonces esa limitación del movimiento a mera fuerza mecánica ofrece además la ventaja de poder representarse una fuerza como algo en reposo, atado, es decir, ineficiente por el momento. Pues

si la transmisión del movimiento es, como ocurre muy a menudo, un proceso un tanto complicado con diversos eslabones interme- dios, puede entonces diferirse la transmisión real a un momento cualquiera, abandonando simplemente el último eslabón de la ca- dena. Así ocurre, por ejemplo, cuando se carga una escopeta y uno se reserva el momento en el cual, oprimiendo el gatillo, va a tener lugar la descarga, es decir, la transmisión del movimiento liberado por la combustión de la pólvora. Así puede uno imagi- narse que mientras ha durado el estado inmóvil e idéntico consi- go mismo la materia estaba cargada de fuerza, y esto es lo que pa- rece entender el señor Dühring —si realmente entiende algo— por unidad de materia y fuerza mecánica. Esta idea es absurda, porque generaliza en términos absolutos al universo un estado que es por su naturaleza relativo, y al cual, por tanto, no puede estar sometido en un momento dado más que una parte de la ma- teria. Pero, aun prescindiendo de esto, sigue en pie la dificultad:

primero, ¿cómo llegó el mundo a estar cargado de fuerza, siendo así que hoy día las escopetas no se cargan por sí mismas?, y se- gundo: ¿de quién es el dedo que luego apretó el gatillo? Hagamos lo que hagamos, bajo la dirección del señor Dühring llegamos siempre al Dedo de Dios. Nuestro filósofo de la realidad pasa de la astronomía a la me- cánica y la física, y se lamenta de que, una generación después de su descubrimiento, la teoría mecánica del calor no haya hecho ningún progreso esencial y se encuentre en la situación a la que poco a poco la llevó Robert Mayer. Aparte de eso, el asunto mis- mo le parece aún bastante oscuro:

tenemos “que recordar insistentemente que junto con los estados de movimiento de la materia están también dados estados estáti-

cos, y que estos últimos no pueden medirse por el trabajo mecáni-

co

...

;

si antes hemos caracterizado a la naturaleza como una gran

trabajadora y ahora tomamos con rigor esa expresión, tenemos que añadir que los estados idénticos consigo mismos y en reposo no representan ningún trabajo mecánico. Volvemos, pues, a echar de menos el puente de lo estático a lo dinámico, y si el llamado ca- lor latente ha seguido siendo hasta ahora para la teoría una pie- dra de escándalo, tenemos que reconocer también aquí una imper- fección innegable, sobre todo en las aplicaciones al cosmos”.

Todo este discurso de oráculo se reduce de nuevo a una ex- presión de mala consciencia, la cual se da perfectamente cuenta de que ha entrado insalvablemente en un callejón sin salida con su producción del movimiento a partir de la inmovilidad absolu- ta, pero se avergüenza al mismo tiempo de tener que apelar a su único salvador posible, esto es, al Creador del Cielo y de la Tie- rra. Si el puente entre lo estático y lo dinámico, entre el equilibrio y el movimiento, no puede encontrarse ni en la mecánica, inclui- da la del calor, ¿cómo puede obligarse al señor Dühring a encon- trar el puente entre su estado inmóvil y el movimiento? Con esta argumentación se considera nuestro autor felizmente a salvo de esa obligación. En la mecánica común, el puente entre lo estático y lo dinámi- co es, simplemente, el impulso externo. Si se sube una piedra de un quintal de peso a una altura de diez metros y se suspende li- bremente allí, de tal modo que quede colgada en un estado idén- tico consigo mismo y en reposo, habrá que llamar a un público de niños de pecho para poder afirmar sin protestas que la situación actual de ese cuerpo no representa ningún trabajo mecánico, o que su distancia respecto de su anterior posición no puede medir- se con el trabajo mecánico. Todo transeúnte que contemple su obra hará fácilmente comprender al señor Dühring que la piedra no ha llegado por sí misma a sujetarse allá arriba en la soga, y cualquier manual de mecánica puede enseñarle que si deja caer a la piedra esta va a suministrar al caer tanto trabajo mecánico cuanto fue necesario para subirla a aquella altura de diez metros. Hasta el simplicísimo hecho de que la piedra está colgada allí arriba representa trabajo mecánico, pues si se la deja allí el tiem- po suficiente, la soga acabará por romperse en cuanto que, a con- secuencia de la corrosión química, deje de ser capaz de soportar la piedra. Ahora bien: todos los procesos mecánicos pueden redu- cirse a tales configuraciones básicas, por usar el léxico del señor Dühring, y aún está por nacer el ingeniero incapaz de encontrar un puente entre lo estático y lo dinámico si dispone de suficiente impulso externo. Sin duda es hueso duro de roer y píldora verdaderamente amarga para nuestro metafísico el que el movimiento deba encon- trar criterio y medida en su contrario, en el reposo. Se trata de una flagrante contradicción, y toda contradicción es, según el señor

Dühring, un contrasentido. Pese a lo cual es un hecho que la pie- dra colgada representa una determinada cantidad de trabajo me- cánico, utilizable de cualquier modo y precisamente mensurable de varias maneras —por ejemplo, por caída directa, por caída en el plano inclinado, por rotación de un torno—, igual que la esco- peta cargada. Para la concepción dialéctica, el hecho de que el movimiento se exprese en su contrario, el reposo, no ofrece abso- lutamente ninguna dificultad. Toda la contraposición es para ella, como hemos visto, meramente relativa; no hay reposo absoluto ni equilibrio incondicionado. El movimiento individual tiende al equilibrio, y el movimiento total suprime de nuevo el equilibrio. Reposo y equilibrio son, cuando se presentan, resultados de un movimiento limitado, y está claro que ese movimiento es mensu- rable por su resultado, expresable en él, y reproducible de nuevo a partir de él de una forma u otra. Pero el señor Dühring no se permite la tranquilidad de contentarse con tan sencilla exposición de la cosa. Como buen metafísico, empieza por abrir entre el mo- vimiento y el equilibrio un amplio abismo inexistente en la reali- dad, y luego se asombra de no poder encontrar ningún puente que supere ese abismo de fabricación propia. Igual daría que montara en su metafísico Rocinante y se dedicara a perseguir la “cosa en sí” kantiana, pues eso es precisamente lo que se oculta tras este puente inhallable. Pero ¿qué hay de la teoría mecánica del calor y del calor la- tente o ligado que sigue siendo para esa teoría una “piedra de es- cándalo”? Cuando se transforma una libra de hielo a la temperatura del punto de congelación y a presión normal, mediante el calor, en una libra de agua a la misma temperatura, desaparece una canti- dad de calor que sería suficiente para llevar esa misma libra de agua desde 0º a 79,4º centígrados, o para aumentar en un grado la temperatura de 79,4 libras de agua. Si se calienta esa libra de agua hasta los 100º y se la transforma en vapor a 100º, desapare- ce, si se prosigue hasta convertir totalmente el agua en vapor, una cantidad de calor siete veces mayor aproximadamente, sufi- ciente para aumentar en un grado la temperatura de 537,2 libras de agua. Se llama latente a ese calor desaparecido. Si por enfria- miento vuelve a transformarse el vapor en agua y el agua en hie- lo, la misma cantidad de calor antes latente se hace libre, es decir,

perceptible y mensurable como calor. Esta liberación de calor al condensarse vapor y congelarse agua es la causa de que el vapor, aunque se enfríe hasta los 100º, no se transforme en agua sino paulatinamente, y de que una masa de agua a la temperatura del punto de congelación no se transforme en hielo sino muy lenta- mente. Estos son los hechos 45 . La cuestión es: ¿qué es del calor mientras se encuentra latente? La teoría mecánica del calor, según la cual el calor consiste en una vibración de las partículas físicas activas mínimas de los cuer- pos (moléculas), mayor o menor según la temperatura y el estado de agregación, en una vibración, pues, que, en ciertas circunstan- cias, puede transformarse en cualquier otra forma de movimien- to, explica el hecho declarando que el calor desaparecido ha rea- lizado un trabajo, ha sido transformado en trabajo. Al fundirse el hielo se suprime la estrecha y firme conexión de las moléculas en- tre ellas, y se transforma en una laxa acumulación; al evaporarse el agua en el punto de ebullición se produce un estado en el cual las moléculas particulares dejan de ejercer influencias percepti- bles unas en otras, y hasta se dispersan en todas direcciones bajo la influencia del calor. Está claro que las moléculas de un cuerpo en estado gaseoso están dotadas de una energía mucho mayor que la que tuvieran en el estado líquido, y en el líquido mayor que en el sólido. El calor latente no ha desaparecido, por tanto, sino que se ha transformado sencillamente y ha tomado la forma de la fuerza de tensión molecular. En cuanto cese la condición por la cual las moléculas pueden presentar esa libertad absoluta o rela- tiva las unas respecto de las otras, en cuanto que —en nuestro ejemplo— la temperatura descienda por debajo de los 100º y 0º, respectivamente, dicha fuerza entrará en acción y las moléculas se acercarán con la misma fuerza con la que fueron antes separadas; y dicha fuerza desaparecerá, pero sólo para volver a aparecer como calor, y precisamente como la misma cantidad de calor que antes era latente. Esta explicación es, naturalmente, una hipótesis, como toda la teoría mecánica del calor, puesto que nadie ha visto hasta ahora una molécula, por no hablar ya de una molécula en vibración. Sin duda estará, por tanto, llena de defectos, como toda

45. Las cifras dadas por la ciencia de la época y recogidas por Engels en este ejem- plo son algo inferiores a las hoy admitidas.

esta joven teoría; pero puede al menos explicar el proceso sin caer en ningún momento en pugna con la indestructibilidad e increa- bilidad del movimiento, y hasta es capaz de dar exacta cuenta de la conservación del calor en el marco de su transformación. El ca- lor latente o ligado no es, pues, ninguna piedra de escándalo para la teoría mecánica del calor. Antes al contrario, esta teoría aporta por vez primera una explicación racional del hecho, y el único es- cándalo posible consiste en que los físicos siguen llamando “liga- do”, con una expresión anticuada e inadecuada, al calor transfor- mado en otra forma de energía molecular. Así, pues, los estados idénticos consigo mismos, las situacio- nes en reposo de los estados físicos de agregación sólido, líquido y gaseoso, representan efectivamente trabajo mecánico, en cuan- to el trabajo mecánico es medida del calor. Tanto la sólida corte- za terrestre cuanto el agua del océano representan en su actual es- tado de agregación una cantidad perfectamente determinada de calor liberado, el cual corresponde obviamente a una cantidad no menos determinada de fuerza mecánica. En el paso de la esfera gaseosa de la que ha surgido la Tierra al estado líquido y luego al estado en gran parte sólido, se ha irradiado un determinado quan- tum de energía molecular en el espacio, en forma de calor. No existe, pues, la dificultad de la cual tan misteriosamente va murmurando el señor Dühring, y en las mismísimas aplicaciones cósmicas podemos sin duda tropezar con defectos y lagunas, im- putables a nuestros imperfectos medios de conocimiento, pero en ningún lugar con obstáculos teóricamente insuperables. El puen- te entre lo estático y lo dinámico es también aquí el impulso ex- terno: el enfriamiento o el calentamiento, provocados por otros cuerpos y que obran sobre el objeto que se encontraba en equili- brio. Cuanto más profundamente penetramos en esta filosofía dühringiana de la naturaleza, tanto más imposibles resultan to- dos los intentos de explicar el movimiento por la inmovilidad o de encontrar el puente por el cual lo puramente estático y en re- poso pueda llegar, sin más motor que sí mismo, a lo dinámico, al movimiento. A partir de este momento podemos vernos felizmente libres del estado originario idéntico consigo mismo, aunque no sea más que por algún tiempo. Pues el señor Dühring pasa a la quí- mica y aprovecha la ocasión para revelarnos las tres leyes de

inmovilidad de la naturaleza, descubiertas hasta ahora por la fi- losofía de la realidad. A saber:

1ª: la persistencia cuantitativa de la materia general; 2ª: la de los elementos simples (químicos); 3ª: la de la fuerza mecánica; las tres son inmutables.

Así, pues, el único resultado positivo que es capaz de ofrecer- nos el señor Dühring como fruto de su filosofía natural del mun- do inorgánico es la increabilidad y la indestructibilidad de la ma- teria, así como las de sus elementos simples —en la medida en que los tenga— y las del movimiento, o sea tres hechos de anti- guo conocidos y que él formula muy imperfectamente. Son todas ellas cosas sabidas desde antiguo. Pero lo que no sabíamos es que se tratara de “leyes de la inmovilidad” y, como tales, de “propie- dades esquemáticas del sistema de las cosas”. Es el mismo trata- miento al que antes vimos sometido a Kant: el señor Dühring se apodera de cualquier venerable lugar común por todos sabido, le pega una etiqueta dühringiana y llama al resultado

concepciones y resultados radicalmente propios

...

creadores de sistema

...

ciencia radical.

pensamientos

Pero no hay que desesperarse por ello ni mucho menos. Cua- lesquiera que puedan ser los defectos de la ciencia radicalísima y de la mejor organización social, hay algo que el señor Dühring puede afirmar con la mayor resolución:

El oro existente en el universo tiene que haber sido siempre la misma cantidad, y no puede ni aumentar ni disminuir, del mis- mo modo que no puede hacerlo la materia general.

Desgraciadamente, el señor Dühring no nos dice qué pode- mos comprar con ese “oro existente”.

FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA. EL MUNDO ORGÁNICO

Una escala única y unitaria de conexiones se extiende desde la mecánica de la presión y el choque hasta el enlace de las percep- ciones y los pensamientos.

Con esta tajante afirmación se ahorra el señor Dühring el te- ner que decir algo más acerca del origen de la vida, aunque de un pensador que ha seguido la evolución del mundo hasta el es- tado idéntico consigo mismo, y que tan familiarmente se encuen- tra en los demás cuerpos celestes, podía esperarse sin duda que supiera sustanciosos detalles también sobre este punto. Por lo demás, aquella afirmación es sólo a medias correcta, mientras no se complete con la línea nodal hegeliana, ya citada, de relaciones cuantitativas. La transición de una forma de movimiento a otra, por muy gradualmente que se desarrolle, es siempre un salto, una inflexión decisiva. Tal es el caso de la transición entre la me- cánica de los cuerpos celestes y la de las masas menores situadas en uno de ellos; también la transición de la mecánica de las ma- sas a la mecánica de las moléculas, la cual incluye los movimien- tos que estudiamos en lo que suele llamarse propiamente física:

calor, luz, electricidad, magnetismo; así también tiene lugar la transición entre la física de las moléculas y la de los átomos —la química—, con un salto decisivo; y aún más visiblemente es éste el caso en la transición de la acción química común al mundo fí- sico-químico de la albúmina, al que llamamos vida. Dentro de la esfera de la vida los saltos se hacen cada vez más escasos e im- perceptibles. Otra vez es Hegel el que tiene que corregir al señor Dühring. El concepto de fin suministra al señor Dühring la transición conceptual al mundo orgánico. También esto está tomado de He- gel, el cual pasa en la Lógica —en la doctrina del concepto— del mundo físico-químico a la vida con la ayuda de la teleología o doctrina de los fines. Miremos adonde miremos, en la obra del señor Dühring tropezamos siempre con algún “crudo” pensa- miento hegeliano, presentado tranquilamente por nuestro autor como ciencia propia y radical. Nos llevaría demasiado lejos el es- tudiar aquí hasta qué punto está justificado y es oportuno aplicar al mundo orgánico las ideas de fin y medio. En todo caso, hasta la aplicación del “fin interno” hegeliano —es decir, un fin que no procede de un tercero intencionalmente activo, la sabiduría de la Providencia por ejemplo, sino que se encuentra en la necesidad de la cosa misma— da constantemente lugar, en gentes que no están suficientemente educadas desde el punto de vista filosófi- co, a una subrepticia e inconsciente introducción de la acción

conscientemente intencional. El mismo señor Dühring, que tan desmesuradamente se indigna ante la menor manifestación “es- piritista” de otras personas, nos asegura

con resolución que las sensaciones instintivas han sido creadas principalmente por la satisfacción que comporta su juego.

Y nos cuenta que la pobre naturaleza

tiene que mantener constantemente en orden el mundo de los ob- jetos, y aún tiene aparte de ése otros asuntos que resolver “los cuales exigen a la naturaleza más sutileza que la que comúnmen- te se le reconoce”. Pero la naturaleza no sólo sabe por qué ha cre- ado esto y aquello, no sólo tiene que realizar servicios de domés- tica, y no sólo tiene sutileza, lo cual es ya gran cosa incluso en el pensamiento subjetivo consciente, sino que, además, tiene una voluntad: pues el añadido a los instintos, un añadido que consis- te en que, de paso, satisfacen reales condiciones naturales, como la alimentación, la reproducción, etc., “no puede considerarse como hechos directamente queridos, sino sólo como indirecta- mente queridos”.

Con esto hemos llegado a una naturaleza que piensa y obra conscientemente, es decir, que hemos llegado al “puente” que va, no ciertamente de lo estático a lo dinámico, pero sí al menos del panteísmo al deísmo. ¿O es tal vez que ha tentado también al se- ñor Dühring el hacer un poco de semipoesía “filosófico-natural”? Imposible. Todo lo que nuestro filósofo de la realidad sabe de- cirnos acerca de la naturaleza orgánica se reduce a la lucha con- tra la semipoesía filosófico-natural, contra “la charlatanería con sus superficialidades frívolas y sus mistificaciones sedicentemen- te científicas”, contra los “rasgos de mala poesía” del darwinismo. Lo que ante todo reprocha a Darwin es el haber trasladado a la ciencia de la naturaleza la teoría maltusiana de la población, el estar preso en la mentalidad del criador de animales, el hacer se- mipoesía acientífica con la lucha por la existencia y el haber cons- truido con el darwinismo, si se exceptúa lo que ha tomado de La- marck, una pieza de brutalidad dirigida contra la humanidad. Darwin concibió en sus viajes científicos la opinión de que las especies de las plantas y los animales no son fijas, sino que se trans- forman. Para seguir trabajando esa idea en su patria no encontró

mejor campo de estudio que el cultivo de las plantas y la ganade- ría o cría de animales. Inglaterra es precisamente el país clásico de estas actividades; los logros de otros países —de Alemania, por ejemplo— no pueden dar ni de lejos la medida de lo conse- guido en Inglaterra en este campo. Además, los éxitos más sobre- salientes corresponden a los últimos cien años, de tal modo que la comprobación de los hechos resultaba poco difícil. Darwin ha- lló, pues, que este tipo de cultivo y cría había producido en ani- males y plantas de la misma especie diferencias mayores que las que se encuentran entre especies generalmente reconocidas como diversas. La variabilidad de las especies quedaba, pues, probada hasta cierto punto, y, por otra parte, quedaba fundamentada la posibilidad de que organismos que poseen diversos caracteres es- pecíficos tengan antepasados comunes. Darwin se preguntó en- tonces si no existen en la naturaleza causas que —sin la intención consciente del criador o cultivador— tengan que producir a la larga en los organismos vivos alteraciones análogas a las que pro- duce la cría artificial. Halló esas causas en la desproporción entre el gigantesco número de gérmenes creados por la naturaleza y el escaso número de los organismos que realmente llegan a la ma- durez. Y como todo germen tiende a desarrollarse, surge necesa- riamente una lucha por la existencia, que se manifiesta no sólo como directo combate físico o aniquilación y consumo, sino tam- bién, por ejemplo, como lucha por el espacio y por la luz, hasta en las plantas mismas. Y es obvio que en esta lucha tienen las mejo- res perspectivas de llegar a madurez y de reproducirse aquellos individuos que poseen propiedades individuales ventajosas para la lucha por la existencia, por modestas que ellas sean. Estas ca- racterísticas individuales favorables tienen, pues, la tendencia a transmitirse por herencia, y cuando se presentan en varios indi- viduos de la misma especie tienden además a incrementarse, por herencia acumulada, en la dirección inicialmente tomada, mien- tras que los individuos que no poseen esas peculiaridades su- cumben más fácilmente en la lucha por la existencia y desapare- cen paulatinamente. De este modo se transforma una especie por selección natural, por supervivencia de los individuos más aptos. El señor Dühring dice contra esa teoría de Darwin que el ori- gen de la idea de lucha por la existencia se encuentra, como el propio Darwin confiesa, en una generalización de los puntos de

vista del economista y teórico de la población Malthus, y que, por lo tanto, está manchada por todos los defectos propios de las sa- cerdotales concepciones maltusianas sobre la acumulación de la población. Ahora bien: la realidad es que a Darwin no le pasa si- quiera por la mente decir que el origen de la idea de lucha por la existencia se encuentra en Malthus. Lo único que afirma es que su teoría de la lucha por la existencia es la teoría de Malthus aplica- da a todo el mundo animal y vegetal. Por grande que sea la tor- peza de Darwin al aceptar en su ingenuidad la doctrina de Mal- thus tan irreflexivamente, todo el mundo puede apreciar de un solo vistazo que no hacen falta las lentes de Malthus para perci- bir en la naturaleza la lucha por la existencia, la contradicción en- tre el innumerable masa de gérmenes que produce pródigamen- te la naturaleza y el escaso número de los que consiguen llegar a la madurez; contradicción que se resuelve efectivamente en gran parte mediante la lucha por la existencia, a veces sumamente cruel. Y del mismo modo que la ley del salario sigue en pie mu- cho tiempo después de que se arrumbaran las argumentaciones maltusianas en que la basó Ricardo, así también puede tener lu- gar la lucha por la existencia en la naturaleza sin necesidad de in- terpretación maltusiana. Por lo demás, también los organismos de la naturaleza tienen sus leyes de población, prácticamente sin estudiar en absoluto, pero cuyo descubrimiento será de impor- tancia decisiva para la teoría de la evolución de las especies. ¿Y quién ha dado el impulso decisivo en esa dirección? Darwin pre- cisamente. El señor Dühring se guarda muy bien de tocar este aspecto positivo de la cuestión. En vez de eso sigue atacando exclusiva- mente a la lucha por la existencia. Imposible hablar, dice, de lu- cha por la existencia entre plantas inconscientes y pacíficos her- bívoros:

en un sentido exacto y determinado, la lucha por la existencia está ciertamente representada en el seno de la brutalidad, en la medida en que la alimentación tiene lugar mediante la rapiña carnicera.

Y luego de haber reducido el concepto de lucha por la exis- tencia a esos estrechos límites, el señor Dühring puede dar libre curso a su plena indignación por la brutalidad de ese concepto

limitado por él mismo a la brutalidad. Pero esta ética indignación no puede dirigirse sino contra el mismo señor Dühring, que es el único autor de la lucha por la existencia en esta limitación y, por tanto, también el único responsable de la misma. No es, pues, Darwin

el que busca las leyes y el entendimiento de toda acción natural en el dominio de las bestias,

pues Darwin ha incluido precisamente en la lucha toda la na- turaleza orgánica, sino que el autor de ese entuerto es un fantás- tico ogro fabricado por el mismo señor Dühring. El nombre “lu- cha por la existencia” puede por lo demás abandonarse sin perjui- cio en honor de la cólera sublimemente ética del señor Dühring. Toda pradera, todo campo de trigo y todo bosque puede probar- le que la cosa misma existe también entre las plantas, y lo que im- porta no es el nombre, ni si la cosa debe llamarse “lucha por la existencia” o “escasez de condiciones de existencia y efectos me- cánicos”; de lo que se trata es de saber cómo obra en la conserva- ción o la alteración de las especies ese hecho. Sobre este punto se aferra el señor Dühring a un tenaz silencio idéntico consigo mis- mo. La cosa, pues, se queda por ahora en la selección natural.

Pero el darwinismo “produce de la nada sus transformaciones y diferencias”.

Es verdad que al tratar de la selección natural Darwin pres- cinde de las causas que han producido las alteraciones en los in- dividuos particulares, y trata por de pronto del modo como esas desviaciones individuales se convierten progresivamente en ca- racterísticas de una raza, variedad o especie. Para Darwin se tra- ta por de pronto no tanto de descubrir las causas —que hasta ahora son en parte desconocidas del todo, y en parte sólo pueden indicarse muy genéricamente— cuanto de establecer una forma racional según la cual se consolidan sus efectos, cobran impor- tancia duradera. El hecho de que Darwin haya atribuido a su descubrimiento un ámbito de eficacia excesivo, que le haya con- vertido en palanca única de la alteración de las especies y de que haya descuidado las causas de las repetidas alteraciones indivi- duales para atender sólo a la forma de su generalización, todo eso es un defecto que comparte con la mayoría de las personas

que han conseguido un progreso real. Además: si fuera verdad que Darwin produce a partir de la nada las alteraciones de los in- dividuos, y que se limita a aplicar la “sabiduría del ganadero y el cultivador”, entonces el criador mismo debería producir también de la nada sus transformaciones de las formas animales y vegeta- les, las cuales no son nada meramente imaginado, sino algo muy real. Y el que ha dado el impulso para estudiar por qué se produ- cen propiamente esas transformaciones y diferencias es, repita- mos, Darwin. Recientemente, y sobre todo por obra de Haeckel, se ha am- pliado la idea de selección natural y se ha concebido la transfor- mación como resultado de la interacción de adaptación y heren- cia, siendo la adaptación el aspecto activo del proceso y la he- rencia el aspecto conservador. Tampoco esto le gusta al señor Dühring.

Una verdadera adaptación a las condiciones de la vida tal como la naturaleza las ofrece o las sustrae es algo que presupone im- pulsos y actividades determinadas por representaciones. En otro caso la adaptación es mera apariencia, y la causalidad que en ella actúa no está por encima de los bajos niveles de lo físico, lo quí- mico y la fisiología vegetal.

También aquí es el nombre lo que irrita al señor Dühring. Pero llame al hecho como más le guste, la cuestión es si por esos procesos se producen modificaciones en las especies de los orga- nismos. Y el señor Dühring se abstiene también aquí de dar una respuesta.

Si una planta toma en su crecimiento el camino por el cual reci- be la mayor cantidad de luz, este efecto del estímulo no es más que una combinación de fuerzas físicas y actividades químicas, y si se insiste en hablar a propósito de ello de adaptación no en sen- tido metafórico, sino propio, esto tiene que introducir en los con- ceptos una confusión espiritista.

Tan riguroso es con los demás este hombre que sabe precisa- mente por qué finalidad hace la naturaleza esto o aquello, el hom- bre que habla de la sutileza de la naturaleza y hasta de su volun- tad. Hay efectivamente confusión espiritista, pero ¿en quién? ¿En Haeckel o en el señor Dühring?

Y no sólo hay confusión espiritista, sino también confusión ló- gica. Hemos visto que el señor Dühring insiste enérgicamente en dar vara alta al concepto de finalidad en la naturaleza:

La relación entre medio y fin no presupone en absoluto una in- tención consciente.

Mas ¿qué es la adaptación sin intención consciente, sin media- ción de representaciones, contra la que tanto se indigna, sino pre- cisamente una acción teleológica inconsciente? Ni la rana de zar- zal ni los insectos que se alimentan de hojas tienen color verde porque se lo hayan apropiado intencionalmente o según ciertas representaciones; lo mismo vale del color amarillo arenoso de los animales del desierto, y del color predominantemente blanco de los animales terrestres del Polo; antes al contrario, esos colores no pueden explicarse más que por fuerzas físicas y acciones quími- cas. Pero es innegable que con esos colores dichos animales resul- tan adaptados al medio en el que viven, porque resultan menos vi- sibles para sus enemigos. Del mismo modo, los órganos con que ciertas plantas apresan y devoran a los insectos que se posan en ellas están adaptados a esa actividad, y hasta teleológicamente adaptados. Si el señor Dühring insiste en que la adaptación tiene que ser producida por representaciones, lo que hace es decir con otras palabras que la actividad dirigida a un fin tiene que respon- der, por fuerza, mediante representaciones, ser consciente e inten- cionada. Con lo que nos encontramos de nuevo, como es corrien- te en la filosofía de la realidad, con el Creador finalista, con Dios.

En otro tiempo se llamaba deísmo a tal salida, y no se la tenía en mucho aprecio —dice el señor Dühring—; ahora, en cambio, pa- rece que se haya retrocedido también desde este punto de vista.

De la adaptación pasamos a la herencia. También en esto se encuentra el darwinismo, según el señor Dühring, en un callejón sin salida. Todo el mundo orgánico, afirma Darwin según el se- ñor Dühring, procede de un protoser, es, por así decirlo, la polla- da de un ser único. La coordinación independiente de productos naturales análogos o la mediación en la descendencia son, según Darwin, inexistentes, y, por tanto, sus concepciones retrospecti- vas tienen que cortarse enseguida que se le rompa el hilo de la re- producción, del tipo que sea.

La afirmación de que Darwin deriva todos los organismos de un solo ser originario es, por expresarnos cortésmente, una “pro- pia y libre creación e imaginación” del señor Dühring. Darwin dice explícitamente en la penúltima página de Origin of Species, sexta edición, que ve

a todos los seres no como creaciones particulares, sino como des- cendencia, en línea recta, de unos pocos seres.

Y Haeckel va aún bastante más allá y supone

un árbol completamente independiente para el reino vegetal, un se- gundo para el reino animal y, entre ambos, “una serie de troncos independientes de protistos, cada uno de los cuales se ha desarro- llado en completa independencia a partir de una forma propia ar- quígona de mónera” 46 (Historia de la Creación, pág. 397).

El señor Dühring se ha inventado ese ser originario para desa- creditarle poniéndole en paralelo con el judío originario, Adán. En lo cual tiene además el señor Dühring la desgracia de ignorar que los descubrimientos de Smith sobre los asirios han identifica- do al judío originario como semita originario, y que toda la histo- ria bíblica de la Creación y del Diluvio es una pieza del ciclo reli- gioso legendario arcaico y pagano común a los judíos, los babilo- nios, los caldeos y los asirios. Sin duda es duro e irrefutable el reproche hecho por el señor Dühring a Darwin de que su estudio termina en cuanto que se le corta el hilo de la descendencia. Desgraciadamente, ese reproche afecta a toda nuestra ciencia de la naturaleza. En cuanto se le cor- ta el hilo de la descendencia tiene que terminar. Hasta ahora, en efecto, no ha conseguido producir seres orgánicos sino por des- cendencia; ni siquiera ha podido producir sencillo protoplasma u otras proteínas a partir de los elementos químicos. Por eso no puede decirnos sólidamente hasta ahora sobre el origen de la vida sino que tiene que haberse producido por vía química. Pero

46. En la amplia hipótesis del científico y (sobre todo) filósofo de la naturaleza Ernst Haeckel (1834-1919), las móneras eran las formas de vida más simples, in- termedias entre la naturaleza inorgánica y la orgánica. El adjetivo arquígona quiere decir primera en la génesis. Protistos eran para Haeckel seres vivos primi- genios no clasificables ni como vegetales ni como animales. Todos esos concep- tos de Haeckel han sido abandonados hace ya tiempo.

tal vez sea la filosofía de la realidad capaz de ayudarnos en este punto, puesto que ella dispone de productos de la naturaleza co- ordinados y que no están mediados por descendencia unos de otros. ¿Cómo han podido surgir dichas producciones? ¿Por gene- ración espontánea? Pero hasta el momento ni los más audaces re- presentantes de la generación espontánea se han atrevido a en- gendrar de este modo más que bacterias, gérmenes de hongos y otros organismos muy bajos, no insectos, peces, pájaros ni mamí- feros. Si, pues, estos productos de la naturaleza —orgánicos, que son los únicos que nos interesan aquí— son coordinados y no es- tán relacionados por la descendencia, entonces ellos mismos o aquel de sus antepasados que se encuentra en el lugar en que “se corta el hilo de la descendencia” tiene que haber aparecido en el mundo por un particular acto de creación. Ya estamos, pues, otra vez con el Creador y con lo que se llama deísmo. El señor Dühring condena, además, como una gran superfi- cialidad de Darwin el haber hecho

del mero acto de la composición sexual de las cualidades el prin- cipio fundamental del origen de dichas cualidades.

Esto es de nuevo una libre creación e imaginación de nuestro radical filósofo. Darwin explica, por el contrario, muy claramente que la expresión “selección natural” incluye sólo la conservación de las variaciones, no su producción (pág. 63). Esta nueva atribución a Darwin de cosas que él no ha dicho es empero muy útil para lle- varnos a la siguiente muestra de profundidad dühringiana:

Si se hubiera buscado en el esquematismo interno de la genera- ción algún principio de la transformación independiente, esta idea habría sido perfectamente racional; pues es una idea natural la de reunir el principio de la génesis general con el de la repro- ducción sexual en una unidad, y el contemplar la generación es- pontánea, desde un punto de vista superior, no como contraposi- ción absoluta a la reproducción, sino como una producción.

Y el hombre que es capaz de redactar ese galimatías se permi- te reprochar a Hegel su “jerga”. Pero dejemos ya las molestas y contradictorias quejas y mur- muraciones con las que el señor Dühring descarga su enfado por el colosal avance que la ciencia natural debe al impulso de la teoría

darwinista. Ni Darwin ni los científicos que le siguen se proponen empequeñecer en lo más mínimo los méritos de Lamarck; ellos son, por el contrario, los que han resucitado su pensamiento. Pero no debemos olvidar que en tiempos de Lamarck la ciencia no dis- ponía aún, ni mucho menos, de material suficiente para poder dar respuesta a la cuestión del origen de las especies, si no era me- diante una anticipación por así decirlo profética. Aparte del enor- me material que se ha acumulado luego en la botánica y la zoolo- gía descriptivas y anatómicas, han surgido desde los tiempos de Lamarck dos nuevas ciencias cuya importancia es aquí decisiva:

el estudio del desarrollo de los gérmenes animales y vegetales (embriología) y el estudio de los restos orgánicos conservados en las diversas capas de la superficie terrestre (paleontología). Hay, en efecto, una característica coincidencia entre la evolución gra- dual de los embriones hasta el estado de organismo maduro y la sucesión de las plantas y animales que han aparecido sucesiva- mente en la historia de la Tierra. Esta coincidencia es precisamen- te lo que ha dado a la teoría de la evolución su fundamento más sólido. Pero la teoría de la evolución es aún demasiado joven, por lo que es seguro que el ulterior desarrollo de la investigación mo- dificará muy sustancialmente también las concepciones estricta- mente darwinistas del proceso de la evolución de las especies. ¿Qué puede positivamente decirnos la filosofía de la realidad sobre la evolución de la vida orgánica?

“La

variabilidad de las especies es un supuesto aceptable”.

... Pero al lado de eso hay que afirmar “la coordinación indepen- diente de producciones de la naturaleza del mismo nivel, sin re- laciones de descendencia”.

Esto parece querer decir que las producciones de la naturale- za que no son del mismo nivel, es decir, las especies en transfor- mación, proceden unas de otras, mientras que las del mismo ni- vel no proceden unas de otras. Pero tampoco es exactamente esto, pues también en especies heterogéneas

es la mediación por descendencia, al contrario, un acto natural muy secundario.

Hay, pues, descendencia, pero “de segunda clase”. Alegrémo- nos de que la descendencia, a pesar de lo mucho malo y oscuro

que ha dicho el señor Dühring sobre ella, consiga finalmente per- miso para entrar por la puerta trasera. Lo mismo ocurre con la se- lección natural, pues después de toda aquella indignación moral sobre la lucha por la existencia por medio de la cual se realiza la selección natural, leemos de repente:

El fundamento más profundo de la constitución de las formacio- nes debe, pues, buscarse en las condiciones de vida y las relacio- nes cósmicas, mientras que la selección natural subrayada por Darwin no puede tener sino una importancia secundaria.

Tenemos, pues, selección natural, aunque de segunda clase también; y con la selección natural tenemos la lucha por la exis- tencia, y con ella también la acumulación clérico-maltusiana de la población. Y esto es todo; para cualquier otra cosa el señor Dühring nos remite a Lamarck. Por último, nos pone en guardia contra el abuso de las pala- bras “metamorfosis” y “evolución”. Dice que metamorfosis es un concepto poco claro y que el concepto de evolución no es admisi- ble sino en la medida en que pueden probarse realmente leyes de la evolución. En vez de una y otra debemos decir “composición”, con lo que todo queda arreglado. Nos encontramos con la histo- ria de siempre: las cosas se quedan como estaban, y el señor Düh- ring se queda plenamente sastisfecho con que cambiemos el nom- bre. Cuando hablamos de la evolución del polluelo en el huevo estamos creando confusión porque no podemos indicar sino muy deficientemente las leyes de ese desarrollo. Si en cambio habla- mos de su composición, queda todo claro: el polluelo se compo- ne estupendamente y debemos felicitar al señor Dühring por ser no sólo digno de situarse con noble autoestimación al lado del au- tor de El anillo del nibelungo, sino también porque puede hacerlo en calidad de compositor del futuro.

FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA. EL MUNDO ORGÁNICO (FINAL)

Considérese

todo el conocimiento positivo incluido en nuestra

... sección filosófico-natural, con objeto de precisar todos sus presu- puestos científicos. Subyacen a esa sección, por de pronto, todos

los logros esenciales de la matemática, y luego las tesis capitales del saber exacto de la mecánica, la física, la química, así como, en general, los resultados científico-naturales de la fisiología, la zoología y análogos campos de la investigación.

Tan segura y resueltamente se expresa el señor Dühring acer- ca de la erudición matemática y científico-natural del señor Düh- ring. La verdad es que contemplando la flaca sección en cuestión, y aún menos sus pobres resultados, no se ve la radicalidad de co- nocimiento positivo que la subyace. En todo caso, para asimilar- se el oráculo dühringiano sobre física y química basta con saber en física la ecuación que expresa el equivalente mecánico del ca- lor, y, en química, que todos los cuerpos se dividen en elementos y combinaciones de elementos. Y el que además de eso, como hace el señor Dühring en su página 131, decida hablar de “áto- mos en gravitación”, no probará sino que está “en la oscuridad” por lo que hace a la diferencia entre átomo y molécula. Como es sabido, los átomos no existen para la gravitación, ni para ningu- na otra forma de movimiento mecánica o física, sino sólo para la acción química. Y si se lee el capítulo sobre la naturaleza orgáni- ca, es imposible evitar, ante la vacía cháchara contradictoria y sin sentido en el punto decisivo, la impresión de que el señor Düh- ring está hablando de cosas de las que sabe asombrosamente poco. Esta impresión se convierte en certeza cuando se llega a su propuesta de eliminar en la ciencia del ser orgánico (biología) la palabra “evolución” para usar “composición”. La persona capaz de proponer una cosa así prueba que no tiene la menor idea de la formación de los cuerpos orgánicos. Todos los cuerpos orgánicos, con excepción de los que ocupan el más bajo nivel, constan de células, pequeños masas albuminoi- des que no pueden verse sino con muchos aumentos y que pose- en en el interior un núcleo. Por regla general, la célula desarrolla también una membrana externa, y el contenido es más o menos fluido. Los cuerpos celulados más sencillos constan de una célu- la; la gran mayoría de los seres orgánicos es pluricelular, consta de un complejo coherente de muchas células que en los organis- mos inferiores son aún iguales, mientras que en los superiores co- bran formas, agrupaciones y actividades cada vez más diferencia- das. En el cuerpo humano, por ejemplo, los huesos, los músculos,

los nervios, los tendones, los ligamentos, los cartílagos, la piel, en una palabra, todos los tejidos, se componen de células o proceden de ellas. Pero desde la ameba, que es un pequeño conglomerado de albúmina, generalmente sin membrana y con un núcleo en el interior, hasta el hombre, y desde la más pequeña desmidiácea unicelular hasta la planta más desarrollada, es común a todos el modo como se reproducen las células: por división. El núcleo de la célula se estrecha primero por el centro; la faja estrecha que se- para las dos partes del núcleo se va acusando cada vez más; al fi- nal se separan aquellas dos partes y constituyen dos núcleos. El mismo proceso tiene lugar en la célula, y cada uno de los nuevos núcleos se convierte en centro de una acumulación de materia ce- lular aún unida con la otra por una zona cada vez más estrecha, hasta que al final las dos se separan y siguen viviendo como cé- lulas independientes. Mediante esta repetida división celular se desarrolla progresivamente el animal a partir del germen del huevo y una vez ocurrida la fecundación; del mismo modo tiene lugar en el animal adulto la sustitución de los tejidos agotados. Una persona que pretenda llamar a ese proceso una composición y que declare “pura imaginación” la designación del mismo como desarrollo o evolución no puede saber nada de todo esto, por difícil que resulte imaginar hoy un ignorante así, pues el pro- ceso lo es exclusivamente de desarrollo, y en su decurso no se com- pone absolutamente nada. Más adelante tendremos aún algo que decir acerca de lo que el señor Dühring entiende en general por vida. Particularmente piensa en lo siguiente:

También el mundo inorgánico es un sistema de mociones que se actúan a sí mismas; pero sólo puede hablarse estricta y rigurosa- mente de vida propiamente dicha en el momento en que empieza la propia articulación y la mediación de la circulación de las sus- tancias por canales especiales a partir de un punto interno y se- gún un esquema germinal comunicable a una formación menor.

Esta proposición es en sentido riguroso y estricto un sistema de mociones que se actúan a sí mismas (cualesquiera que sean esas mociones) en el absurdo, incluso prescindiendo de la gra- mática insalvablemente confusa. Si la vida empieza realmente donde empieza la verdadera articulación, ya podemos dar por

muerto a todo el reino haeckeliano de los protistos y seguramen- te a muchas cosas más, según como se entienda el concepto de ar- ticulación. Si la vida empieza en el lugar en que esa articulación es transmisible por un esquema germinal, entonces no vive nin- gún organismo inferior, incluidos todos los unicelulares. Y si la característica de la vida es la mediación de la circulación de las sustancias por canales especiales, entonces tenemos que tachar de la lista de los seres vivos, además de a los anteriores, a toda la cla- se de los celentéreos, con la excepción, en todo caso, de las medu- sas, o sea todos los pólipos y demás zoófitos. Mas si lo esencial de la caracterización de la vida es que esa circulación de las sustan- cias por canales especiales tenga lugar a partir de un punto inter- no, entonces hay que declarar muertos a todos los animales que no tienen corazón o que tienen varios. Entre ellos se cuentan, ade- más de todos los citados, todos los gusanos, las estrellas de mar y los rotíferos (Annuloida y Annulosa de la clasificación de Hux- ley), una parte de los crustáceos (cangrejos) y hasta un vertebra- do, el Amphioxus. A los que hay que añadir, naturalmente, todas las plantas. Así, pues, al decidirse a caracterizar la vida propiamente di- cha en sentido riguroso y estricto, el señor Dühring da cuatro ca- racterísticas contradictorias de la vida, una de las cuales condena a la muerte eterna no sólo al reino vegetal entero, sino también a medio reino animal. En verdad que nadie podrá quejarse de que nos haya engañado al prometemos “resultados y concepciones radicalmente propios”. En otro lugar leemos:

También en la naturaleza subyace a todas las organizaciones, desde la más baja hasta la más alta, un tipo simple, y este tipo “puede encontrarse ya en la más modesta moción de la planta más imperfecta, pleno y completo en su ser general”.

También esta afirmación es plena y completamente absurda. El tipo más sencillo que puede encontrarse en toda la naturaleza orgánica es la célula, y sin duda subyace a las organizaciones su- periores. Pero en cambio se encuentran entre los organismos in- feriores muchos que están por debajo de la célula: la protoame- ba, un simple grumo de proteína sin diferenciación, toda una se- rie de otras móneras y todas las sifonadas. La única vinculación

de todos estos seres con los organismos superiores consiste en que su componente esencial es la albúmina y que, consiguiente- mente, realizan las funciones propias de ésta, es decir, que viven y mueren 47 . Nos cuenta también el señor Dühring:

Fisiológicamente la sensación depende de la existencia de un apa- rato nervioso, por sencillo que sea. Por eso es característico de to- das las formaciones animales el ser capaces de sensación, es de- cir, de una concepción subjetiva consciente de su estado. El lími- te preciso entre la planta y el animal se encuentra en el lugar en que se realiza el salto a la sensación. Este límite es imposible de borrar por las conocidas formaciones de transición pues precisa- mente estas formaciones externamente indeterminadas o indeter- minables hacen de esa frontera una necesidad lógica.

Y luego:

En cambio, las plantas carecen totalmente y para siempre del más pálido rastro de sensación, y carecen también de toda dispo- sición para la misma.

Empecemos por recordar que en la Filosofía de la naturaleza (página 351, añadido), Hegel dice que

la sensación es la diferencia específica, lo que caracteriza de un modo absoluto al animal.

He aquí de nuevo una “grosera crudeza” de Hegel que, me- diante la anexión por el señor Dühring, asciende al estamento no- ble de una verdad definitiva de última instancia. En segundo lugar: aquí notamos por vez primera que se ha- bla de formaciones de transición externamente indeterminadas o indeterminables (¡hermoso galimatías!) entre la planta y el ani- mal. Que existan esas formas intermedias, que haya organismos de los que no podemos decir si son plantas o animales, que no podamos, pues, trazar de un modo rotundo la frontera entre la planta y el animal, eso es precisamente para el señor Dühring lo que suministra la necesidad lógica de establecer una característica

47. Esta discusión de Engels se basa en una especulación de Haeckel abandonada por la ciencia.

diferencial de la que en el mismo momento confiesa que no es concluyente. Pero no es necesario que retrocedamos hasta el am- biguo terreno entre las plantas y los animales: ¿realmente no pre- sentan el más pálido rasgo de sensibilidad ni tienen disposición alguna para ella las plantas sensitivas que pliegan las hojas al me- nor contacto, o cierran las flores, o las plantas insectívoras? Ni el señor Dühring puede afirmar esto sin “acientífica semipoesía”. En tercer lugar: también es una libre creación e imaginación del señor Dühring su afirmación de que la receptividad está psi- cológicamente 48 vinculada con la existencia de un aparato nervio- so, por simple que sea. Ni los animales inferiores ni los zoófitos, por lo menos en su gran mayoría, presentan rastro de aparato nervioso. Sólo a partir de los gusanos se encuentra regularmente un tal aparato, y el señor Dühring es el primero en afirmar que aquellos animales no tienen sensibilidad porque no tienen ner- vios. La sensibilidad no está necesariamente vinculada a nervios, aunque sí a ciertos cuerpos proteicos que hasta el momento no ha sido posible precisar. Por lo demás, los conocimientos biológicos del señor Dühring quedan suficientemente caracterizados por la cuestión que se atreve a suscitar, dirigiéndola a Darwin:

¿Es que el animal se ha desarrollado a partir de la planta?

Una pregunta así no puede proceder más que de alguien que no sepa nada ni de animales ni de plantas. Por lo que hace a la vida en general, el señor Dühring se limi- ta a decirnos:

El metabolismo, que tiene lugar por medio de una esquematiza- ción de conformación plástica [¿qué querrá decir esto?], es siem- pre una característica denotativa del proceso vital propiamente dicho.

Esto es todo lo que se nos dice sobre la vida, y tenemos que quedarnos hundidos hasta las rodillas en el absurdo galimatías de la “esquematización de conformación plástica” de la jerga dühringiana. Si queremos saber lo que es la vida, no tendremos más remedio que buscar por nuestra cuenta.

48. Es un lapsus por fisiológicamente.

Desde hace ya treinta años los especialistas de la química fisio- lógica y de la fisiología química han dicho innumerables veces que el metabolismo orgánico es el fenómeno más general y caracterís- tico de la vida; lo único que hace el señor Dühring es traducir eso a su elegante y claro lenguaje. Pero definir la vida como metabo- lismo orgánico equivale a definir la vida diciendo que es la vida, pues metabolismo orgánico, o metabolismo con esquematización plásticamente formadora, es una expresión que requiere a su vez aclaración por la vida misma, aclaración, esto es, mediante la dife- rencia entre lo orgánico y lo inorgánico, entre lo vivo y lo no vivo. Con esta explicación no adelantamos, pues, ni un paso. El intercambio químico tiene también lugar sin vida. Hay toda una serie de procesos en la química que, si llega suficiente sumi- nistro de materias primas, reproducen constantemente sus pro- pias condiciones, y de tal modo que un determinado cuerpo apa- rece como portador del proceso. Así ocurre en la fabricación de ácido sulfúrico por combustión de azufre. Se produce en este pro- ceso dióxido de azufre, SO 2 , y al añadir vapor de agua y ácido ní- trico el dióxido de azufre toma hidrógeno y oxígeno y se convier- te en ácido sulfúrico, SO 4 H 2 . El ácido nítrico pierde oxígeno y da por reducción óxido de nitrógeno; este óxido de nitrógeno toma en seguida oxígeno del aire y se transforma en óxidos superiores del nitrógeno, pero sólo para volver a ceder en seguida ese oxíge- no al dióxido de azufre y repetir de nuevo el proceso, de modo que teóricamente una ínfima cantidad de ácido nítrico bastaría para transformar en ácido sulfúrico una cantidad ilimitada de dióxido de azufre, oxígeno y agua. El intercambio químico tiene también lugar cuando sustancias líquidas atraviesan membranas orgánicas muertas, y hasta membranas inorgánicas, como ocurre con las células artificiales de Traube. Queda, pues, claro que el metabolismo, el intercambio químico, no nos hace avanzar en ab- soluto, pues el intercambio químico específico que debe explicar la vida necesita en realidad ser explicado por la vida. Tenemos, pues, que proceder de otro modo. La vida es el modo de existencia de los cuerpos albuminoideos, y ese modo de existencia consiste esencialmente en la constante auto renovación de los elementos químicos de esos cuerpos. Cuerpos albuminoideos se entiende aquí en el sentido de la quí- mica moderna, la cual reúne con esa expresión a todos los cuerpos

compuestos análogamente a la albúmina común o clara del hue- vo; esos cuerpos se llaman también sustancias proteínicas. El primer nombre es muy poco apropiado, porque la albúmina del huevo desempeña, entre todas las sustancias emparentadas con ella, el papel más muerto y pasivo, pues no es más que sustan- cia alimenticia, junto a la yema del huevo, para el germen en desarrollo. Pero mientras se sepa tan poco sobre la composición química de los cuerpos albuminoideos, el nombre es de todos modos mejor que los demás, porque es más general. Cuando encontramos vida la hallamos siempre vinculada a un cuerpo albuminoideo, y siempre que encontramos un cuerpo albuminoideo que no esté ya en descomposición, hallamos tam- bién sin excepción fenómenos vitales. Sin duda para producir es- peciales diferenciaciones de esos fenómenos vitales es necesaria la presencia de otras combinaciones químicas en un cuerpo vivo; pero no son imprescindibles para la mera vida, salvo en la medi- da en que, habiendo sido absorbidas como alimento, se transfor- man en albúmina. Los seres vivos de nivel más bajo que conoce- mos no son sino simples grumitos de albúmina, y presentan ya todos los fenómenos esenciales de la vida. Mas ¿en qué consisten esos fenómenos vitales siempre presen- tes en igual medida y en todos los seres vivos? Ante todo, en que el cuerpo albuminoideo toma de su medio otras sustancias ade- cuadas y se las asimila, mientras que otras partes viejas del cuer- po se descomponen y se disimilan. Otros cuerpos no vivos se transforman también, se descomponen o se combinan en el curso de las cosas naturales, pero con ello dejan de ser lo que eran. La roca disgregada por los agentes atmosféricos no es ya una roca; el metal oxidado pasa a ser un óxido. En cambio, lo que en los cuer- pos inertes es causa de la desaparición es para la albúmina condi- ción básica de la existencia. A partir del momento en que se inte- rrumpe en el cuerpo albuminoideo esa constante reposición de los elementos, esa permanente alternancia de alimentación y eli- minación, deja de ser el propio cuerpo albuminoideo, se descom- pone, es decir, muere. La vida, el modo de existencia de un cuer- po albuminoideo, consiste, pues, ante todo en que en cada instan- te es él mismo y otro; y esto no a consecuencia de un proceso al que esté sometido desde fuera, como puede ser el caso también en cuerpos inertes. La vida, por el contrario, el intercambio químico

que tiene lugar por la alimentación y la eliminación, es un proce- so que se autorrealiza y es inherente, innato, a su portador, la al- búmina, hasta el punto de que ésta no puede existir sin él. Y de esto se sigue que si alguna vez la química consigue producir arti- ficialmente albúmina, esta albúmina mostrará necesariamente fe- nómenos vitales, por débiles que ellos sean. Quedará, naturalmen- te, la cuestión de si la química será también capaz de descubrir si- multáneamente la alimentación adecuada para esa albúmina. Todos los demás factores simples de la vida se derivan enton- ces de ese intercambio químico mediado por la alimentación y la eliminación, como función esencial de la albúmina, y de su pro- pia plasticidad: la excitabilidad, que se encuentra ya incluida en la interacción entre la albúmina y su alimento; la contractilidad, que se manifiesta ya a un nivel muy bajo en la toma del alimen- to; la posibilidad de crecimiento, que incluye ya en el nivel más bajo la reproducción por división; el movimiento interno, sin el cual no son posibles ni la toma ni la asimilación del alimento. Nuestra definición de la vida es, naturalmente, muy insufi- ciente, pues lejos de incluir todas las manifestaciones de la vida tiene que limitarse a las más generales y sencillas. Todas las de- finiciones son de escaso valor científico. Para saber de un modo verdaderamente completo qué es la vida, tendríamos que reco- rrer todas sus formas de manifestación, desde la más baja hasta la más alta. Pero, desde un punto de vista operativo, esas defini- ciones son muy cómodas y a veces imprescindibles; tampoco pueden perjudicar mientras no se olviden sus inevitables defi- ciencias. Pero volvamos al señor Dühring. Aunque le vaya un tanto mal en el ámbito de la biología terrena, sabe consolarse refugián- dose en su cielo estrellado.

No ya la especial constitución de un órgano sensible, sino todo el mundo objetivo está orientado a la producción de placer y dolor. Por esta razón admitimos que la contraposición de placer y do- lor, y precisamente en la forma que conocemos, es universal y tie- ne que estar representada en los diversos mundos del todo por

sentimientos esencialmente análogos

Esta coincidencia signifi-

Por

... ca no poco, pues es la clave del universo de las sensaciones

... ella el mundo cósmico subjetivo no nos es mucho más ajeno que

108

el objetivo. La constitución de ambos reinos debe concebirse se- gún un tipo concordante, y con esto tenemos los fundamentos de una doctrina de la consciencia que tiene un alcance mayor que el meramente terrestre.

¿Qué suponen unos pocos errores veniales en la ciencia terres- tre de la naturaleza para aquel que tiene en el bolsillo la clave del universo de las sensaciones? Allons donc! 49 .

49. ¡Vamos, hombre! En francés en el original.

109

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