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Bondad Cuento Fuente: www.valores.com.mx Las mazorcas doradas Cada año, en una lejana ciudad, se celebraba un concurso para premiar al agricultor que cultivara las mejores mazorcas de maíz en todo el valle. Cientos de campesinos se preparaban para lograrlo. Algunos pensaban que la clave era la tierra donde se sembraba, otros creían que se trataba de aplicar misteriosos fertilizantes. Ninguno compartía sus secretos, sin embargo, los resultados de sus esfuerzos no eran tan buenos: las mazorcas resultaban pálidas, pequeñas o secas. Pasaron los meses de preparación y llegó el día del concurso, al que arribaron varios agricultores. A todos les sorprendió la participación de un joven campesino, desconocido para ellos, que se presentó como Avediz. Lo que más llamó su atención fue el paquete de mazorcas que llevaba consigo, eran grandes, fuertes, de granos jugosos y dorados: el maíz ideal con el que todos habían soñado. Al hacer su evaluación, los miembros del jurado no dudaron en reconocer que las mazorcas de Avediz eran las mejores y le otorgaron el premio. Éste consistía en una medalla y un diploma. Pero lo más importante es que por haber triunfado, las autoridades de los pueblos del valle se comprometían a comprar sólo las mazorcas de Avediz y evitar las de los otros agricultores. Avediz fue llamado al frente para recibir el premio y se acercó cargando un pesado costal. Mientras tanto, los demás agricultores pensaban, con tristeza, qué harían con su maíz de baja calidad y cómo sobrevivirían en el tiempo por venir. La voz de Avediz los sacó de sus pensamientos. —Por favor formen una fila —les solicitó. Todos creyeron que los haría ver, uno a uno, la calidad de sus mazorcas, y sólo algunos lo obedecieron. Cuando la fila tenía diez o doce personas, Avediz metió la mano al costal y comenzó a sacar pequeñas bolsas que entregaba a cada uno. En ellas había numerosas semillas de esa increíble planta de maíz que daba las mejores mazorcas de la región. Uno de los miembros del jurado se acercó gritando: —¿Te has vuelto loco? Si les das esas semillas todos tendrán un maíz igual al tuyo y perderás un gran negocio —comentó. Avediz explicó por qué actuaba así. —Las plantas crecen gracias al polen que el viento lleva de un lado al otro. Como todos nuestros maizales están en el mismo valle, es muy posible que en mi plantío pronto crezca el maíz de baja calidad que crece en el de todos ustedes. En cambio, si yo les doy estas semillas ustedes tendrán una excelente cosecha y la mía no perderá calidad. En otras palabras, yo sólo puedo estar bien si ustedes están bien. Pasó el tiempo y ese valle cobró fama por su excelente maíz y la excelente calidad de sus habitantes. —Tradición de Hyderabad. ____________________________________________________________ Creatividad Cuento Fuente: www.valores.com.mx El sendero del aguador Hilario, el joven peón de una hacienda, recorría todos los días exactamente el mismo camino del campo para sacar agua de un pozo y llevarla a la casa principal. Para ello se valía de dos grandes cubetas de madera, que colgaba de los extremos de una viga. Luego se colocaba la viga sobre su ancha espalda, en la parte superior de los hombros, y así las iba cargando. Las dos cubetas eran muy semejantes: grandes y profundas, de madera gruesa y bien barnizada para impedir que se hinchara con la humedad. Él las había hecho con sus propias manos y sus herramientas de carpintería. Sin embargo, había una diferencia importante entre ambas. Mientras la primera era perfecta y compacta, la segunda tenía una delgada fisura en la parte inferior que dejaba escapar el agua. De esta forma, cuando Hilario las llenaba y las traía de regreso a la casa una llegaba llena y otra a la mitad. El dueño de la hacienda y los peones lo advirtieron y le dijeron al aguador: —¡Cuidado! Una cubeta está rajada y deja salir el agua. ¿Qué no te has dado cuenta? —Sí, sí, ya lo he visto —dijo Hilario. —¿Y no vas a repararla? —No por ahora. “Este muchacho sí que es tonto” pensaron y lo criticaban al ver que la misma situación se repetía una y otra vez. Pasaron así varios meses y llegó la temporada en que todo el campo se seca, toma un color triste, cenizo y apagado. Hilario debía realizar ahora más viajes que nunca y los demás se reían de él. Con el paso del tiempo se dieron cuenta de un detalle curioso. En el sendero del aguador comenzaron a brotar plantas. En cuestión de semanas éstas dieron flores grandes de vivo color amarillo y morado que destacaban como una colorida línea en el campo. ¿Cómo explicarlo si eran tiempos de sequía? —¡Es un milagro! —decían unos. —¡Es magia! —exclamaban otros. Con curiosidad se acercaron a verlas y preguntaron a Hilario si él conocía la razón. Él se resistió un poco a revelar su secreto pero finalmente lo convencieron. —Ustedes saben lo triste que es ver el campo sin colores brillantes en estos días. Así que hace unos meses decidí plantar unas semillas a lo largo del camino que recorro a diario —aclaró. —Pero si no ha llovido ¿cómo pudieron crecer? —preguntaron sus compañeros. —Todos se han reído de mí porque una de las cubetas que cargo deja escurrir el agua, y les parece raro que no la arregle ¿verdad? —Sí… —respondieron a coro. —La he dejado así a propósito porque todos los días, al ir bajando, con el agua que cae se riegan las semillas y por eso hoy tenemos flores tan hermosas. Cada uno de ustedes podrá llevar unas cuantas a su casa y ponerlas en la mesa donde comen. Basta la imaginación para conseguir milagros y basta el ingenio para convertir una cubeta rota en un objeto mágico. —Tradición oral ............------------------------------------------------------------------------------------El labrador y el águila A media tarde, en lo profundo del bosque, iba caminando Martín el labrador. Solía regresar a casa a esa hora, cansado por el trabajo que desarrollaba en un huerto de duraznos jugosos y aromáticos. Siguiendo el atajo que conocía para llegar a su hogar, escuchó un batir de alas cerca del manantial. Se volvió para ver de qué se trataba. Era un enorme águila de cabeza blanca, negro plumaje y pico amarillo. Alguien la había atrapado y la mantenía sujeta de la pata derecha empleando una cadena fija a un árbol. Daba tristeza ver sometido a un animal tan acostumbrado a las alturas. Además, en el bosque estaba prohibido cazar… Con gran decisión, Martín se acercó al árbol. De su mochila sacó algunos instrumentos que usaba para su trabajo y separó la cadena del tronco. Sin embargo, el águila no podía volar, pues el cepo pesaba mucho. Con cuidado y detenimiento (aun con el riesgo de sufrir un picotazo) el labrador se lo quitó y el ave se elevó en el cielo, libre al fin. El labriego siguió su camino. Comenzó a sentirse fatigado y pensó en hacer un alto. Pasos más adelante encontró la barda de piedra situada al borde de la cañada. Decidió subir y sentarse en la cima para reposar mientras disfrutaba la puesta de sol. Una vez allí vio volar bajo al águila que había rescatado. De repente el ave planeó, se le acercó a unos cuantos centímetros y, con el pico, le quitó de la cabeza el sombrero de piel que portaba. Luego voló y voló. —¡Hey! ¡Dame mi sombrero! —gritó Martín. Cuando vio que el águila no regresaba, bajó de la barda y comenzó a correr tras ella. Poco más allá, donde comienza el sendero que lleva al pueblo, el águila simplemente dejó caer el sombrero. Martín lo recuperó entre las ramas de un árbol y pensó “Vaya con este extraño animal. ¿Por qué habrá actuado así?” Al día siguiente, muy temprano, cuando se dirigía al huerto, Martín notó que la barda de piedra, humedecida por la lluvia de varias semanas, se había venido abajo. El águila le había quitado el sombrero para hacerlo bajar de ella y salvarle la vida. Así recompensaba la amistad de quien la había liberado. - A partir de una fábula de Esopo. --------------------------------------------------------------------- Bondad Cuento Fuente: www.valores.com.mx Dos hermanos Cuando su padre murió, dos hermanos, llamados Jacinto y Rosendo, heredaron sus tierras. Para obrar con prudencia las dividieron en partes iguales y cada uno se dedicó a las tareas de labranza y cultivo del maíz. Pasaron los años. Jacinto se casó y tuvo seis hijos. Rosendo permaneció soltero. A veces no podía dormir pensando algo que le preocupaba. “No es justo que estas tierras estén divididas a la mitad. Jacinto tiene seis hijos que debe alimentar, vestir y educar. Yo no tengo familia. Él necesita más maíz que yo.” De este modo, una madrugada decidió ir a su propio depósito. Tomó cuatro pesados costales y cargándolos, atravesó la colina que separaba su rancho del de Jacinto. Entró a escondidas al depósito de éste y allí los dejó. Rosendo regresó a su casa pensando, feliz, que sus sobrinos estarían mejor. Durmió profundamente. Por aquellos días Jacinto también estaba preocupado: “No es justo que estas tierras estén divididas a la mitad. Rosendo no tiene familia. Cuando yo llegue a viejo mis seis hijos nos cuidarán a mí y a mi esposa. Pero a él ¿quién le dará sustento? Debería tener más maíz que yo para vivir tranquilo en su ancianidad” pensaba. De este modo, en la misma madrugada, pero a una hora distinta, tomó cuatro costales de maíz. Cargándolos, los llevó y los dejó en el depósito de Rosendo. Regresó a su casa pensando, feliz, que su hermano estaría mejor. Durmió profundamente. Al día siguiente uno y otro quedaron sorprendidos al comprobar que tenían la misma cantidad de maíz que la noche anterior. Cada uno, por su lado, pensó: “tal vez no llevé la cantidad que supuse. Esta noche llevaré más.” Y así lo hicieron aquella madrugada. Cuando salió el sol se sintieron más perplejos que antes pues hallaron la misma cantidad de siempre, ni un costal menos. “¿Qué está pasando?” se decía cada uno “¿Acaso lo soñé?”. Decidido a no caer en al misma situación Rosendo llenó un pequeño carro con doce costales. Jacinto hizo lo mismo. Con dificultades, fueron tirando de él por la colina, antes de apuntar el alba. Cada uno subía por su lado de la colina. Cuando Rosendo se hallaba casi en la cima alcanzó a ver una silueta bajo la luz de la Luna, que venía de la otra dirección. A Jacinto le pasó lo mismo ¿De quién podría tratarse? ¿Era, tal vez, un cuatrero? ¿Se trataba, quizás, de un forajido? Cuando los dos hermanos se reconocieron entendieron qué había pasado. Durante las noches anteriores sólo habían estado intercambiando costales de maíz entre un depósito y otro. Sin decir palabra dejaron sus cargas a un lado y se dieron un largo y fuerte abrazo. —Adaptación de un cuento judío -------------------------------------------------------------------------- Autonomía Cuento Fuente: www.valores.com.mx Baula y Tufik En una región de Nepal vivía una vaca, llamada Baula, cuyo dueño le permitía pasear sola, pues siempre regresaba. Baula disfrutaba la naturaleza, comía hierbas, bebía agua en un arroyo y volvía a su hora pues, además, acababa de tener un becerrillo al que amamantaba varias veces al día. Durante un paseo le salió al paso Tufik, un feroz tigre de Bengala listo para atacarla. —Espera, espera. Déjame explicarte —rogó Baula. —Te doy un minuto —respondió, hambriento, Tufik. —No me devores hoy, pues hace tres días parí un becerrito, y tengo que darle de comer. Además, mi amo siempre ha confiado en mí. Si no regreso pensará que los defraudé. —¿Crees que voy a dejarte ir? La ley de los tigres es “devora primero, averigua después” —rugió Tufik. —Como te digo, respeto mis promesas. Si me dejas ir para darle de comer a mi pequeño hasta que sea más fuerte y explicarle a mi amo que no podré volver, regresaré en una semana —ofreció Baula. —Está bien —respondió el felino— pero si no cumples, sé dónde vives e iré por ti — la amenazó. Cuando llegó a casa, Baula explicó lo que había ocurrido. Su dueño le propuso capturar a Tufik, pero ella se resistió: —No puedo traicionar mi palabra. Pasada la semana llegó el día pactado, y la vaca partió para encontrarse con el tigre. Al verla alejarse, su becerrillo corrió tras ella. Pronto vieron al poderoso felino, acompañado de otros tigres igual de grandes. —He sido puntual —dijo Baula. Los tigres que acompañaban a Tufik comenzaron a rugir y le dijeron: —No podemos creer la paciencia que has tenido con ella. Recuerda nuestra ley: “devora primero, averigua después”. Pero Tufik no estaba convencido de atacar a Baula. Al verlo tan pensativo los tigres volvieron a hablar: —Si no la devoras ahora, nunca más podrás andar con nosotros —exigieron. Tufik avanzó lentamente hacia Baula, abrió su poderoso hocico, sacó la lengua… y lamió cariñosamente al becerrillo. —Aunque no pueda volver a estar con ustedes, prefiero olvidar esa tonta ley y respetar a esta vaca que me ha dado más muestras de nobleza que ustedes. ¡Fuera de aquí! Yo me quedo —explicó. Los felinos se alejaron sorprendidos. Desde aquel día Baula, Tufik y el becerrillo formaron una curiosa familia y cuando los demás animales los criticaban ellos sólo se reían. —Adaptación de un relato nepalés. ...................................................................................................... Bondad Cuento Fuente: www.valores.com.mx El ruiseñor Hace miles de años vivió en China un emperador sordo. Como no podía escuchar las voces de los pájaros ordenó que fueran castigados todos aquellos que no tuvieran un hermoso plumaje. Un día, su hija Litay Fo estaba en el jardín y se emocionó mucho al oír a un ruiseñor que cantaba desde las ramas de un durazno. —Querido amigo, no debes estar aquí, pues te aguarda un fuerte castigo —le dijo. —No importa, de cualquier forma con estas noches tan frías no podré vivir demasiado —respondió el ruiseñor. Litay Fo decidió llevarlo consigo a sus aposentos para cuidarlo y gozar con sus trinos. Pero una mañana, sin aviso, el emperador entró a la habitación de la pequeña y descubrió al pájaro. —¡Huye para salvar tu vida! —gritó Litay Fo para proteger a su mascota. El pajarillo la obedeció. Sin embargo, con el paso del tiempo, la pequeña empezó a debilitarse por la tristeza de su ausencia. El emperador hizo traer a un médico. —No podemos hacer nada por ella —afirmó éste. El padre recibió la noticia con gran preocupación pero, aprovechando la visita del doctor, le preguntó por su propia sordera. —Para ésa sí hay una cura: consiste en aplicarle al oído el corazón caliente de un ruiseñor —indicó el médico. —¡Que busquen uno de inmediato! —ordenó el rey. Los hombres que trabajaban con él le llevaron, precisamente, al amado pajarillo de Litay Fo. Éste entró volando a la habitación. —Disponga usted de mi vida. Estoy seguro que su hija se sentirá feliz si usted recupera el oído —ofreció el pajarillo al emperador, a través de uno de los súbditos que escribía el mensaje para que éste lo leyera. Emocionado por la bondad de la pequeña ave, los ojos del emperador se arrasaron de lágrimas. —De ninguna forma. Prefiero seguir siendo sordo que hacerte daño —indicó. El ruiseñor siguió viviendo en el palacio. Litay Fo se recuperó muy pronto de su tristeza y el emperador supo que aquel pajarillo era el más hermoso de todos, no por su canto, ni por su plumaje, sino por el bondadoso corazón que había salvado una vida y siguió latiendo por muchos años. —Adaptación del cuento homónimo de Hans Christian Andersen ........................................................................................................... justicia Cuento Fuente: www.valores.com.mx La campana de la justicia.mp3 Ya puedes oir los cuentos de Justicia en tu Ipod, solo tienes que dar clic derecho y selecciona la opción "Guardar enlance como..." y listo! La campana de la justicia En una remota población de Italia el rey Juan había ordenado que se instalara una campana en el centro del jardín principal. Podía jalar su cordón cualquier persona que hubiera sufrido alguna acción injusta, o se le negara un derecho que le correspondía. Cuando el rey la escuchaba, de inmediato llamaba a sus consejeros para que resolvieran lo que correspondía hacer. Su sonido era frecuente. La usaban las personas que no recibían pago por su trabajo, o los clientes de algún vendedor de fruta que elevaba demasiado los precios de las naranjas y las manzanas. La campana se hallaba en una pequeña torre y, con el paso del tiempo, las ramas de una enredadera que crecía en el jardín fueron subiendo poco a poco hasta que el cordón se enredó con ellas. Había en el pueblo un comerciante que tenía un caballo de carga. Éste había sido un animal fuerte y hermoso que lo ayudó mucho en su negocio. Sin embargo, después de años de trabajo, el animal estaba viejo y cansado. Cuando dejó de resultarle útil el caballero simplemente se desentendió de él. Le soltó las riendas y lo abandonó a su suerte. Triste, el caballo vagaba por el pueblo en busca de refugio y comida. Una tarde llegó al jardín donde estaba la campana. Se acercó a la enredadera y empezó a morder sus hojas, pues no aguantaba el hambre. Al jalar una de las ramas, tiró sin querer el cordón y la campana empezó a sonar. El rey pensó que el caballo estaba pidiendo ayuda y llamó a los jueces. Éstos averiguaron que, cuando tenía fuerza y vigor, el animal había servido a su dueño. Por eso resolvieron que él debía cuidarlo ahora, cuando ya no podía trabajar, y se le ordenó que así lo hiciera. El caballo pasó el resto de su vida en un establo confortable. Cuando tenía hambre salía al patio, tomaba el sol, comía toda la paja que se le antojaba y bebía agua fresca del estanque. A veces el caballero iba a saludarlo. Juntos, recordaban sus aventuras de otros tiempos. -A partir de un cuento italiano incluido en Il Novellino ........................................................................... Solidaridad Cuento Fuente:www.valores.com.mx La abeja reina.mp3 Ya puedes oir los cuentos de Solidaridad en tu Ipod, solo tienes que dar clic derecho y selecciona la opción "Guardar enlance como..." y listo! La abeja reina Tres hermanos habían partido, cada uno por su lado, en busca de fortuna. Los mayores eran apuestos e inteligentes. El menor, llamado Benjamín, no tan guapo y un poco distraído. Meses después se encontraron. Los grandes se rieron de Benjamín y le comentaron: “Si nosotros, con todo nuestro ingenio no hemos podido salir adelante, cómo quieres hacerlo tú, siendo tan bobo?”Andando, llegaron a un hormiguero. Los mayores quisieron revolverlo para divertirse viendo cómo corrÌan los asustados insectos. Pero BenjamÌn intervino: —Déjenlas en paz. No las molesten. Pasos más adelante encontraron un lago con docenas de patos silvestres. Los mayores propusieron apoderarse de un par de ellos para asarlos y comerlos. Pero Benjamín se opuso: —Déjenlos en paz. No los molesten. Por último, en el tronco de un árbol, hallaron una colmena. Producíaa tanta miel que ésta escurríaa por las ramas. Los hermanos mayores planeaban encender una hoguera para hacer un espeso humo, expulsar a las abejas y comerse toda la miel. Pero Benjamín salió en su defensa: —Déjenlas en paz. No las molesten. Cansados de caminar sin rumbo, llegaron finalmente a un pequeño pueblo donde, por efecto de un hechizo, todos los animales y los habitantes se habÌan convertido en figuras de piedra. Entraron al gran palacio. La corte y el rey habían sufrido el encantamiento de otra manera: habáan caído en un sueño profundo. Tras recorrer las galeríaas los tres hermanos llegaron a una habitación donde habÌa un hombrecillo de corta estatura. Al verlos, éste no les dijo nada. Simplemente los tomó del brazo y los condujo a una mesa donde estaban servidos ricos manjares. Cuando terminaron de cenar, sin pronunciar palabra, llevó a cada uno a un confortable dormitorio. Los tres durmieron un sueño reparador, y despertaron llenos de energía al día siguiente. El hombrecillo fue por el hermano mayor y lo llevó a una mesa de piedra para darle de desayunar. Sobre ella estaban escritas las tres pruebas que debía superar para librar al pueblo del encantamiento. La primera era ésta: en el bosque, bajo el musgo, estaban las mil perlas de la princesa. Había que buscarlas todas antes de que el sol se pusiera y traerlas al palacio. Si no las hallaba, él mismo se convertirÌa en piedra. El mayor fue pero, a pesar de su esfuerzo, sólo halló cien, y se convirtió en piedra. Al dÌa siguiente, el segundo hermano realizó la prueba, pero sólo halló doscientas y también se convirtió en piedra. Llegó el turno de Benjamín. Éste llegó temprano y se puso a buscar en el musgo. Casi no encontraba ninguna y se sentó en una piedra a llorar de aflicción. Pero por allÌ andaba el rey del hormiguero que él habÌa salvado. Veníaa acompañado de cinco mil hormigas para ubicar las perlas. En muy poco tiempo habÌan encontrado todas y las juntaron en un montón. Cuando volvió al palacio para entregarlas, BenjamÌn encontó que le esperaba la segunda prueba. La llave de la alcoba de la princesa se habÌa caÌdo al fondo del lago. Era necesario recuperarla. Al llegar a la orilla vió a los patos que había protegido de sus hermanos. Todos se sumergieron bajo el agua y, en cuestión de minutos, uno traía la dorada llave en el pico. La tercera prueba era la más difÌcil. Entre las tres hijas del rey, que estaban dormidas hacÌa meses, había que escoger a la menor, que era la más buena. El problema es que eran muy parecidas. Sólo las diferenciaba un detalle. Las dos mayores habÌan comido un terrón de azúcar, y la menor, una cucharada de miel. "¿Qué haré?” pensó Benjamín muy apurado. Pero entonces, por la ventana entró volando la reina de las abejas y se posó en la boca de la que habÌa comido miel. De este modo, Benjamín reconoció a la más buena. En ese mismo instante se rompió el encantamiento. Los habitantes del palacio despertaron y todas las figuras de piedra recuperaron su forma humana. Benjamín se casó con la princesa más joven y, años después, llegó a ser rey. Sus hermanos, liberados también del hechizo, se casaron con las otras dos hermanas. —Adaptación de La abeja reina de los Hermanos Grimm ................................................................................... Autodominio Cuento Fuente: www.valores.com.mx Un montón de clavos Jaime era un niño bueno y cariñoso, pero muy impulsivo. Cuando se enojaba rompía lo que estaba a su alcance, gritaba y hasta daba patadas contra la pared. Quienes vivían en aquella bonita casa del campo lo sabían e incluso las gallinas salían corriendo cuando lo veían de malas. Sus padres, Martín y Julia, ya no sabían qué hacer. En una ocasión su amigo de rancho cercano fue a buscarlo para que salieran a jugar. Era enero y caía una fina nevisca en el campo. Cuando le pidió permiso a doña Julia ella se lo negó. —No quiero que salgas porque puedes enfermarte. —Ándale mamá, déjame. —Mejor dile a tu amigo que jueguen aquí dentro, así él y tú pueden ponerse a … Doña Julia no acababa de hablar cuando Jaime ya estaba furioso. Correteó a dos becerrillos que saltaron las trancas del corral y rompió tres brillantes jarros aventándolos contra el piso de la cocina. Se encerró en su cuarto y no salió siquiera a comer su rico pan dulce de todas las meriendas, ni su atole de arroz. Esa noche, doña Julia le contó a su esposo. Don Martín se quedó pensando. Ya habían probado todo: no dejarlo montar su caballo favorito ni llevarlo a la feria del pueblo. Pero nada de lo que hacían o decían daba resultado. Al día siguiente informó a su esposa: —No dormí, pero ya se me ocurrió algo. Jaime apareció en la cocina y se sentó como si nada. Al terminar su desayuno Don Martín le dijo: —Ándile, póngase su chamarra y acompáñeme. El pequeño asintió y fueron al patio trasero, donde había muchos pedazos de madera. Don Martín le dio un martillo y un puño de clavos. —Mire mijo, usted es muy bravo y muy valiente, pero le voy a enseñar algo para que se le quite lo enojón. Traiga ese pedazo de madera. Jaime obedeció y su padre le explicó: —Cada que le entren los corajes venga aquí y clave un clavo en esta tarima. El primer día hizo un coraje tremendo porque una mula lo salpicó de lodo. Fue al patio y clavó veinte clavos. En los días que siguieron, el número fue disminuyendo pues le parecía una tontería tener que estar clave y clave por cosas sin importancia. Jaime estaba aprendiendo a dominarse. Dos semanas después hubo un día en que ya no tuvo nada que clavar y lo dijo a su padre. Éste respondió: —No va usted nada mal. Ahora, cada que se aguante los corajes, va a ir sacando un clavo de la tarima— le pidió. Y así lo hizo por casi un mes hasta que el madero quedó limpio. Orgulloso, se lo mostró a sus padres. Don Martín lo felicitó y le dijo que se sentara. —Mire mijo, todos los agujeritos que quedaron en la tarima. —Son rete hartos, papá. —¿Y puede quitarlos? —Pues no… —respondió el pequeño. —Para que vea: cuando se enoje quédese quieto y espere a que se le pase. Al comprender que el enojo pasa, pero las acciones no se borran, Jaime aprendió a aguantar los corajes. Se convirtió en un muchacho simpático, contento y calmado que siempre andaba de buenas. —Adaptación de un relato francés anónimo ................................................................................ EL BURRO Y EL POZO. Un día, el burro de un campesino se cayó en un pozo. El animal lloró fuertemente por horas, mientras el campesino trataba de buscar algo que hacer. Finalmente, el campesino decidió que el burro ya estaba viejo y el pozo ya estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas; que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo. Invitó a todos sus vecinos para que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a tirarle tierra al pozo. El burro se dio cuenta de lo que estaba pasando y lloró horriblemente. Luego, para sorpresa de todos, se aquietó después de unas cuantas paladas de tierra. El campesino finalmente miró al fondo del pozo y se sorprendió de lo que vio… con cada palada de tierra, el burro estaba haciendo algo increíble: Se sacudía la tierra y daba un paso encima de la tierra. Muy pronto todo el mundo vio sorprendido cómo el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando… La vida va a tirarte tierra, todo tipo de tierra… el truco para salir del pozo es sacudírsela y usarla para dar un paso hacia arriba. Cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba.