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MONTEIRO LOBATO

EL BRASIL VISTO VERTICALMENTE


(Fragmentos)
«El Brasil visto verticalmente» es una de las varias colaboraciones que Monteiro
Lobato envió al diario La Prensa de Buenos Aires. Se publicó el 31 de diciembre de
1939.

(...) A raíz del descubrimiento de Colón, las tierras nuevas fueron invadidas por los
europeos. En la parte ocupada por los latinos, se produjo en seguida el
descubrimiento del oro. Pero en la parte ocupada por los ingleses el descubrimiento
del oro vino dos siglos después. Ese simple hecho determinó los destinos de la
América inglesa de la América latina. Españoles y portugueses se lanzaron con la
misma intensidad al cateo del oro superficial y realizaron en las nuevas tierras una
limpieza completa. Pero como esas tierras nuevas aun no se hallaban ferradas, todo
ese oro emigró; pasó en tránsito por España y Portugal para ir a acumularse en el
país que en aquel momento histórico poseía el hierro: Inglaterra. El capital oro que
permitió la exaltación de la Inglaterra imperialista fue el metal extraído de la tierra
americana por los españoles y portugueses. Esas tierras quedaron más pobres que
antes, y las dos metrópolis europeas también, porque ni la uno ni la otra disponían
del hierro que fija el oro. Eran países desferrados.
(...) La tremenda expansión de los Estados Unidos, en contraste con el marasmo de
la América latina, proviene de haber quedado allí todo el capital oro extraído del
oeste, en tanto que de la América latina emigró integralmemte. La grandeza
norteamericana proviene del hecho de que el hierro de Pensilvania ya estaba
movilizado cuando en 1820 Sutter descubrió los placeres auríferos de California.
Esto explica muchas cosas. Y explica, sobre todo, la enorme disparidad en el
desarrollo de dos países de la misma extensión territorial, situados en el mismo
continente, descubiertos en la misma época, poblados con los mismos elementos
humanos (europeo, indio y negro): Estados Unidos y Brasil.(...)
La visión de lo alto
Tuve la visión de eso gracias al avión. En sucesivos viajes sobre el inmenso territorio
del Brasil pude ver mi tierra en una dilatación de perspectivas verticales
extremadamente esclarecedoras.
(...) La visión de lo alto nos permitió ver el Brasil como realmente es: una gran
porción de costra terrestre todavía mal dominada por el hombre. Apenas junto a la
costa atlántica aparecen los líquenes, las pecas de la civilización; pero esa faja es
extremadamente estrecha en comparación con la masa del país. En uno u otro
punto del sur esa faja avanza hacia el interior, como informes monedas: es la obra
del café. Pero el resto, la vasta porción restante, es todavía la verdura nativa. En una
zona bastante central, el verticalino observa un torturado arrugamiento de la tierra
desnuda: son las montañas de hierro de Minas Gerais, la grande, la inmensa riqueza
potencial del Brasil. Duerme allí el futuro. Aturde a la imaginación el figurarse toda
aquella inmensa masa de hierro movilizada, trasformada en los millones de
máquinas en que puede convertirse, a semejanza del rudo bloque de mármol que se
transfigura en un Moisés cuando lo talla un Miguel Ángel.
Sólo entonces, después de la movilización del mineral de hierro, el Brasil entrará en
el mundo, elevado a la categoría de potencia. Entretanto, el hombre, todavía
escasamente diseminado en tan extensa área, apenas toma posesión del territorio, y
espera. El brasileño de hoy puede ser definido como un hombre que va viviendo y
que aguarda; y tal vez su inconsciente o «insouciant» optimismo provenga de la
intuición de lo que realmente representarán en el futuro del mundo sus diez o doce
billones de toneladas de mineral hierro.
(...) Al mal del «drenaje» del capital oro del Brasil, causado por los portugueses, vino
a sumarse otro de funestas consecuencias. Los portugueses trataron al Brasil como
todas las metrópolis tratan a sus colonias: como esponja que se ha de exprimir hasta
el fin. Para eso Portugal sólo y realmente organizó en el Brasil una cosa: el fisco. En
la colonia las entidades eran dos: la esponja abajo y la real hacienda encima, y
como instrumento de ligazón, el torturante torniquete del fisco.
(...) Nada es más difícil que modificar la naturaleza de un árbol plantado en tierra
virgen. En el Brasil, como en toda América latina, el primer árbol plantado fue el
fisco. Vino la independencia política, vino la forma republicana, pero el árbol inicial
no fue nunca arrancado y hoy está hecho un baobab. En los países latinos el pueblo
es siempre la esponja que el fisco exprime. La palabra gobierno no sugiere, como al
americano del norte, la impresión de una emanación consentida y benéfica, sino
más bien la de una fuerza irresponsable y extorsionadora. El pueblo no es el todo y
sí una mera masa tasable. Gobierno es sinónimo de fisco y confiscación.
El fisco es uno de los instrumentos a que recurre el parasitismo humano. Y el
gobierno en él basado es la negación de la democracia jefersoniana. Allá, desde
arriba de un avión, con los ojos puestos en las manchas de líquenes del país que
recorremos, el cuadro se torna comprensible en su conjunto, y vemos que es así.
¡Curioso! Hay aspectos humanos que sólo vemos con claridad cuando ya no vemos
al hombre: sólo el alejamiento vertical suprime todos los detalles y nos permite
percibir el juego de las masas.(...)
¿Y la conclusión vertical?
Sólo puede ser una: que el Brasil es tal vez el mayor campo aun cerrado a la victoria
del hombre, y que se halla dotado de fabulosas posibilidades de desarrollo. Su
subsuelo está intacto; y un subsuelo correspondiente a 8.000.000 y pico de
kilómetros cuadrados de superficie significa una masa de 25.000.000 de kilómetros
cúbicos de posibilidades metalíferas y petrolíferas: hierro y fuego. Como el lector
sabe, el subsuelo es comercialmente explorable hasta tres kilómetros de
profundidad.
(...) El Brasil vive con los millones de máquinas que necesita para dominar la
naturaleza, potencialmente enterradas en su subsuelo. Las posee a su modo, pero
para el futuro. Llegará un día en que las movilice, como lo hicieron los Estados
Unidos, y entonces le llegará su turno.(...)

Selección y traducción: C. A. Pasero