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Christina Soto van der Plas

Modelos literarios europeos del Siglo XX

Arlt, por una literatura menor

Uno: desterritorialización de la lengua.

Me parece fundamental, en primer lugar, entender a fondo los conceptos que emplea Deleuze en

su análisis de Kafka, que vienen de sus largar reflexiones en torno a lo que llamó, junto con

Guattari, el esquizoanálisis. Para empezar, entonces, un breve análisis del concepto de

“territorialización” y, su anverso necesario, la desterritorialización. La territorialización “no es

solamente la tierra, es todo doblamiento de los signos sobre aquello que puede servir de

territorialidad en relación a ellos” (Deleuze 111). Todo aquello que implique un límite bien

definido, un campo de “dominio” e intensidades reguladas es un territorio. Contra los mapas,

representaciones unidimensionales que abstraen datos para simbolizarlos (“Ud. Está aquí”

representado por una flecha roja), Deleuze opondría una cartografía que se hace recorriendo el

espacio real.

La desterritorialización es, justamente, la ruptura de una territorialidad por medio de

flujos (aquello que chorrea sobre el socius) que atraviesan los códigos axiomáticos y pueden

llegar a desquiciar la máquina. La máquina en el sentido en que las “líneas de fugas maquínicas

son líneas de desterritorialización, y la desterritorialización es como el envés de movimientos o

contra-movimientos de reterritorialización” (Deleuze 80). Ahora bien, entrando en materia de

Arlt, ¿qué elemento funciona como la desterritorialización? Los personajes de Los siete locos y
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los lanzallamas: “¡Qué lista! ¡Qué colección! El capitán, Elsa, Barsut, el Hombre de Cabeza de

Jabalí, el Astrólogo, el Rufián, Ergueta. ¡Qué lista! ¿De dónde habrán salido tantos monstruos?”

(Arlt 1980 94) La denominación “monstruos”, ya determina un tipo de relación con el mundo

narrado. Un monstruo es aquello que a partir del continuo, hace aparecer la diferencia. No porque

es posible pensar la diferencia es que existe, sino que la categoría misma articula sus modos de

representación. Es el afuera (que no es tal) creado por el adentro que no soporta categorías de

representación que lo dinamitan, que lo desterritorializan. Sobre todo Edrosain, el delincuente-

monstruo por antonomasia en Arlt abre la capacidad de categorizar al delincuente, ese ente

fantasmagórico que rompe con los esquemas fabricados artificialmente de lo que llamamos

“cultura”. El malestar en la cultura es el ladrón/espectro que viene a subvertir, a replantear los

mapas en donde se ubica “el centro” y “el margen”, “lo canónico” y “lo popular”. La

categorización del delincuente es una tipificación casi de sistema de historia natural bajo el cual

se intenta “incluir” al que el sistema mismo excluye:

Sabía que era un ladrón. Pero la categoría en que se colocaba no le interesaba.

Quizá la palabra ladrón no estuviera en consonancia con su estado interior, existía

otro sentimiento y ése era el silencio circular entrado como un cilindro de acero en

la masa de su cráneo, de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquello que no se

relacionara con su desdicha… Pensaba telegráficamente, suprimiendo

preposiciones, lo cual es enervante. Conoció horas muertas en las que hubiera

podido cometer un delito de cualquier naturaleza, sin que por ello tuviera la menor

noción de responsabilidad… Pero él ya estaba vacío, era una cascada de hombre

movida por el automatismo de la costumbre. (Arlt 1980 23)


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Este fragmento nos da una clara noción de lo que opera Arlt en su literatura: una

desterritorialización en donde las categorías son lo de menos, el lenguaje se ha roto, no hay

“moral” central. Todo es una máquina, automatismo sin sentido ni fin que funciona. Por otro

lado, Arlt efectúa una operación justo en la zona borrosa de la representación, en aquello que un

mapa permite (abstracción) y una cartografía deja de lado (un recorrido real): “Edrosain se

imaginaba que dicha zona existía sobre el nivel de las ciudades a dos metros de altura y se le

representaba gráficamente bajo la forma de esas regiones salinas o desiertos que en los mapas

están revelados por óvalos de puntos, tan espesos como las ovas de un arenque” (Arlt 1980 24).

Dos: Articulación de lo individual en lo inmediato, político.

Para el esquizoanálisis hay sólo máquinas deseantes y no hay nada que signifique nada, sino

funciones. En este sentido, el contexto de Arlt es fundamental para comprender su literatura, en

tanto deja fluir esa voz marginal (por usar una expresión incorrecta). Hay que meter algo de

contexto, aunque a veces me choque eso. Arlt fue hijo de un inmigrante prusiano y una italiana y

nace en Buenos Aires en 1900. Además de publicar varios textos en el periódico, Arlt intentó ser

inventor y hacerse rico de ese modo (ver las rosas de oro que intentan constuir los personajes del

autor). El contexto de Arlt está marcado por los planes de inmigración fallidos, ya que no se

reinsertaban en las tierras de la pampa, sino que se quedaban en el puerto, sumidos en la

“miseria”. Acaso esta marginalidad, esta voz no constituida es algo de lo que sucede en Arlt: un

intento por mostrar el caos dentro de una ciudad que se construye como un “nuevo orden”, una

serie de multitudes anónimas que se singularizan en sus trayectorias pero que sólo contibuyen a

formar esa zona borrosa y gris de toda sociedad. Los detractores del autor siempre aluden a sus
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deficiencias en el lenguaje y gramaticales, clamando que conlleva un lenguaje torrencial, caótico,

enrevesado y cargado de adjetivos suntuosos en muchas ocasiones superfluos. En este sentido,

diría Piglia (no recuerdo en cuál de sus muchos ensayos), que Arlt escribe como una mala

traducción literaria. La literatura como traducción es ya una desterritorialización de la lengua.

Ejemplo, el fragmento del asesinato: “Fue tarde. Erdosain, precipitándose en el movimiento,

hundió el cañón de la pistola en el blando cuévano de la oreja, al tiempo que apretaba el gatillo.

El estampido lo hizo desfallecer. El cuerpo de la jovencita se dilató bajo sus miembros con la

violencia de un arco de acero. Durante varios minutos, Erdosain permaneció inmóvil, estirado

oblicuamente sobre ella, la carga del cuerpo soportada por un brazo” (Arlt 1999 158). Los

adjetivos y el lenguaje producen cierto extrañamiento, como un estremecimiento que corre por la

espalda, una frialdad real y ajena.

Tres: dispositivo colectivo de enunciación

Deleuze entiende dispositivo como gadget, contrario a la noción foucaultiana. La palabra gadget

es un tiene un origen aparentemente del francés: “the origin is rather obscure, but a plausible

suggestion is that it comes from French gâchette, a lock mechanism, or from the French dialect

word gagée for a tool” (Quinion). En este sentido es que no hay un sujeto, no hay un Autor (con

mayúscula), sino dispositivos de enunciación que permiten pasar intensidades con el propósito de

minar el lenguaje desde adentro: “En el transcurso de los días los raros personajes de novela que

había encontrado, no eran tan interesantes como en la novela, sino que aquellos caracteres que los

hacían nítidos en la novela eran precisamente los aspectos odiosos que los tornaban repulsivos en

la vida. Y, sin embargo, se les había entregado” (Arlt 1980 236). El dispositivo es el cuerpo

colectivo, esa banda de “locos”: “-¿Manager de locos?...- Esa es la frase. Quiero ser manager de
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locos, de los innumerables genios apócrifos, de los desequilibrados que no tienen entrada en los

centros espiritistas y bolcheviques… Estos imbéciles…” (Arlt 1980 162).

El cuerpo no es uno, es muchos. La fragmentación es el cuerpo mutilado, la coja, la

alienación de los sentidos. Los metarrelatos se han dividido porque la experiencia se ha vuelto

inexpresable. El cuerpo se ha roto, atravesado por heridas, porque el hombre no tiene experiencia,

no hay material narrable. La expresión de la individualidad se ha materializado y mecanizado. No

hay elementos de la naturaleza, sino artífices que expresan, que permiten hacer uso de los

instrumentos. El relato ya no es uno, es muchos.

Los cuerpos que se separan, se mezclan y entrechocan producen efectos a nivel del relato.

El acontecimiento, como dice Deleuze, no pertenece al orden de los cuerpos, sucede en el

lenguaje mismo: “En el curso de esta historia he olvidado decir que cuando Edrosain se

entusiasmaba, giraba en torno de la ‘idea’ eje con palabras numerosas. Necesitaba agotar todas

las posibilidades de expresión, poseído ese frenesí lento que a través de las frases le daba a él la

conciencia de ser un hombre extraordinario y no un desdichado. Que decía la verdad, no me cabía

duda” (Arlt 1980 90).


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Obras citadas

Arlt, Roberto. Los lanzallamas. Buenos Aires: Editorial Losada, 1999.

---. Los siete locos. Barcelona: Bruguera, 1980.

Deleuze, Gilles. Derrames: entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Cactus, 2005.

Quinion, Michael. “Where did the Word gadget came from?” en Port Out, Starboard Home 2 de

Marzo de 2010 <http://blogoscoped.com/archive/2008-01-30-n75.html>

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