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DÁVILA G. DÁVILA G. MENSAJE Padre CÉSAR A. Padre CÉSAR A. La Barca “La barca estaba

DÁVILA G.

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MENSAJE

Padre CÉSAR A.

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La Barca

“La barca estaba entonces, en medio del mar combatida por las olas. El viento era contrario y a la cuarta de vigilia de la noche, Jesús fue a ellos andando sobre las olas.”

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(Mt 14, 24-25)

Los Padres Griegos y también Agustinos, el gran convertido, saben del simbolismo de los Evangelios. Jesús el Cristo enseñó y enseñó siempre.

Yo no creo que desperdició ni un solo instante de ese tiempo que quiso pasar con el hombre, aquí en el tiempo. Él enseñó siempre.

Comenzó, levantando aquí en el tiempo, la cátedra que levanto allá en la Eternidad cuando desplegaba como un inmenso manto todo el Cosmos, que agitó con Su aliento. El enseñó siempre, siempre, siempre.

¡Qué hermoso es el Mar de Galilea! Yo lo llevo profundamente estampado en mi espíritu, veo sus contornos bordeados de espuma blanquísima como las nieves del Hermón, que se esfuman en la lejanía; como la blanca cabellera de un gigante milenario recostado en las frondas bordeadas por una laguna salvaje. Todavía vibra ese Lago con el encanto misterioso de la soledad agreste. Todavía lame con sus aguas dulces y transparentes los Benditos pies del Nazareno. Todavía el aviatán le agita de cuando en cuando como un soplo funesto que llega del abismo.

Precisamente era de noche, era la cuarta de vigilia, cerca del amanecer cuando va caminando el Maestro sobre el agua que amorosamente lame sus pies y salta de gozo, de la infinita felicidad que experimenta al servir de pedestal inconmovible Al que tiene y regula el crepitar de los vientos. ¿A dónde va Jesús?

El mar está agitado, la pequeña barca como una cascarita de nuez va de uno a otro lado, desobediente al golpe del timón que empuña el más viejo de los pescadores.

Jesús entra en la barca, todo es calma. Los luceros matinales, las estrellas del Sur, la constelación de Orión, las Pléyades, se lavan la cara en las azules aguas del Tiberíades, para verse bien acicaladas cuando el Cristo les regale unas caricias de Sus grandes y tranquilos ojos, mirando hacia arriba donde los hombres decimos que está el cielo y pensamos que está siempre arriba. ¡Así son las tempestades del alma, tem- pestades del Tiberíades! La barca soy yo, eres tú, somos todos.

¿Puedes decir mirándote dentro, pero muy dentro, que nunca se han desencadenado tem- pestades dentro de ti? No, no puedes negarlo. Quizá hoy mismo cuando pasas la vista o cuando escuchas estas, mis palabras, hay borrasca, hay relámpagos amenazantes, rayos mortíferos que te amenazan, que te doblegan o que te abaten.

Recuerda esa barca del Mar de Galilea, Él y solamente Él es capaz de tranquilizarte. Él y sólo Él puede devolverte la paz que se ha ido. ¡Señor Jesús! hermano mío, el mayor de mis hermanos, te alejes, no te quedes en la orilla Ven, camina por ese mar agitado, al contacto de Tus pies recobraré la calma y viviré la bendición de la paz del espíritu.

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