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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D.

Milanés Mondaca

Luis Milanés

Chile
Arica, Mayo de 2009

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

LOS MARAVILLOSOS CUENTOS DE LA CAMPIÑA

Registro de Propiedad Intelectual


RPI: 181495
25 de Junio de 2009
Santiago de Chile

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

LOS MARAVILLOSOS CUENTOS DE LA CAMPIÑA

Dedicados, con el mismo eterno amor que le tengo a mis hijos,


a mi amado primogenieto Adriel.

Su Tatita

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

INVENTARIO

La golosa Serpiente de campo


La Taruka insatisfecha
El Sapo y el Grillo vanidoso
La dulce y generosa Pichaca
Sofanor el Sapo cantor
El bochornoso episodio de la intrépida Águila
La reina del pantano
El Gallito fanfarrón
El Sapito confiado y la astuta Culebra
Mirrimiáu, un gatito inexperto
El Búho presuntuoso y el Sapo avispado
El pequeño Saltamontes y el Sapo engreído
La Zorra obsesionada y la Gallina clueca
Ocurrencias del Zorrino y sus amigotes
El Caracol de Tierra y el Caracol de Mar
El pequeño y obstinado Ratón de Campo
El abrupto aprendizaje de Chivito mañoso
El Checheu y las encantadoras hojas doradas del
eucalipto

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GÉNESIS

Estos cuentos nacieron en el año 2008 estando comisionado


al servicio educativo en la escuela del pueblo de Cobija.
La diaria contemplación matutina de la campiña, de esta
hermosa y bondadosa comarca de la comuna de Camarones,
me trasladaba al observar el comportamiento de los
animalitos silvestres, en su libre deambular cotidiano, a
imaginar claras y maravillosas escenas entre ellos; hermosos
y genuinos seres que componen la biodiversidad del entorno
entre cerros, río y floresta.
Por la mañana, muy temprano, salía a buscar los Maravillosos
Cuentos de la Campiña y, a gusto, se desbordaban en mi
imaginación, entre correrías, vuelos, brisas y trinares
multitudes de historias vivas en el ambiente natural, de las
cuales he seleccionado dieciocho de ellas para el disfrute del
lector. Espero sea agradable para quien desee entrometerse
entre estos renglones que traerán diálogos y aventuras a sus
mentes.
Disfruten de estos cuentos maravillosos cada vez que
puedan, y compártanlo con sus pequeños de la familia.

Un abrazo afectuoso

El autor

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LA GOLOSA SERPIENTE DE CAMPO

Imponente, sigilosa, arrastrándose entre las hierbas y


arbustos silvestres, cerca del río, deambula la astuta
Serpiente de Campo.

En su caminar ha invadido varios nidos de kiula dando


rienda suelta a su voraz apetito mañanero. También,
durante su cacería, han caído en sus feroces fauces un
par de sapos distraídos, que sobre una fría piedra
tomaban los cálidos rayos del sol.

-He tenido mucho éxito esta mañana – pensaba


para sí la golosa rastrera – Ahora, me tenderé cerca
de mi cueva a reposar.

El rastrero ondular de la Serpiente era lento debido a


que su vientre aun estaba en pleno proceso digestivo.

Más adelante, a escasa distancia de nuestra amiga


Serpiente, en un pequeño claro del campo, un gordo,
reluciente y bien alimentado lagarto tomaba, como todo
el mundo, los cálidos y afectuosos cariños del rey sol.

La Serpiente, al darse cuenta de la apetitosa presa que


el destino le ofrecía en esos instantes, se le hizo agua la
boca de puro gusto, y hirvió en deseos de atrapar a tan
atrevido lagarto que desafiaba su apetito insaciable. Un
solo problema se presentaba, el bocadillo estaba muy a
descubierto, y era peligroso arriesgarse para atraparlo.
Sin embargo la reptil se decidió a cazarlo de una vez.

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- Mmmmm, no hay nada por aquí…- y miró


furtivamente hacia su derecha.

Luego se dispuso a cubrir su otro lado.

- ¡Qué bien!- exclamó- tampoco nada hacia mi


izquierda.

Y ya ansiosa de poder atrapar al lagarto gordote, con


un movimiento ligero, miró hacia el cielo.

- ¡Excelente!- haciendo un efímero movimiento de


cabeza- nadie por arriba.
-
Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, rauda se lanzó
en tan magna proeza culinaria.

Pero quiso el destino que una fornida águila que


planeaba por el limpio y azul cielo cordillerano notara el
desplazamiento de la Culebra; y antes que la larguirucha
rastrera se diera cuenta, se encontraba oprimida entre las
poderosas garras de la majestuosa ave de rapiña.

El Lagarto ni siquiera se enteró del hecho, y sin más


preocupación siguió tomando su saludable y
acostumbrado baño de sol.

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LA TARUKA INSATISFECHA

La Taruka como es su costumbre, por las mañanas,


caminaba por las laderas de la cordillera buscando
tiernos y frágiles pastos para tomar su desayuno. Al
encontrarlos se dispuso a comerlos en abundancia, como
solía hacerlo cada vez que los localizaba en los extensos
bofedales altiplánicos.

Luego de comer, pensó en ir a beber, como siempre lo


hacía. Prontamente encontró un arroyuelo; cuando se
dispuso a beber observó que se perfilaba en las frescas
aguas su grácil figura, y sobre ella unos hermosos
cuernos, propios de su género. Se sintió muy honrada de
pertenecer a su especie, pues, ningún otro animal tenía
sus imponentes cuernos que la hacían ver más hermosa,
más elegante. Pero se dio cuenta que las aguas también
reflejaban sus patas.

-Que escuálidas son mis patas. Tan feas, tan débiles.


¡Ah, si fueran imponentes como mis cuernos…!

En esos pensamientos estaba la Taruka que no se dio


cuenta que un gran Puma, sigiloso, ya se había acercado
bastante a ella.

La pobre Taruka echó a correr a la máxima velocidad


que le daban sus patitas, y viendo un bosque de queñoas
quiso entrar allí para desprenderse de la persecución del
Puma; pero apenas entrando en él, sus hermosos
cuernos quedaron enredados en las ramas del queñoal.

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- Ay de mí – se quejó la Taruka - y pensar que mis


debiluchas patitas estuvieron a punto de salvarme,
sin embargo, éstos, mis cuernos, de quienes me
sentía tan orgullosa, me han apresado, y han sido la
causa de esta gran desgracia.”

EL SAPO Y EL GRILLO VANIDOSO

El Sapo asoleaba su cuerpo sobre un grueso tronco


que flotaba a orillas de un charco.

Atardecía ya, y el Sapo a ratos abría sus grandes ojos


y croaba.

- ¡Croac! ¡Croac!
-
Luego, tranquilo se quedaba recibiendo los cálidos
rayos de un sol que ya se dormía.

En eso, de un gran salto sobre el mismo tronco, se


posó un Grillo que al instante comenzó a chirriar:

- ¡Cri-cri-cri-cri-criiiiiiiiii!

El Sapo lo miró furtivo, sin siquiera interesarse en él, y


croó fuerte.

- ¡Crooooooac! – Y cerró nuevamente sus grandes


ojos.
El grillo un tanto vanidoso dijo al Sapo:

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- Oye, tú, Sapo, tan feo que eres. ¿Por qué cantas si
sabes que lo haces muy mal? En tanto que tu canto
asusta y produce enfado el mío agrada y es entonado.
Con mi canto se duermen por las noches los
pequeños, y sus padres alaban mis melodías en los
campos… ¿Y tú Sapo grande, feo y malentonado, por
qué no te callas mejor…?
-
El Sapo paciente lo escuchaba. Atinó a abrir sus
grandes ojos para croar nuevamente.

- ¿Me escuchas, Sapo feo?

- ¡Sí! – respondió el Sapo, y estirando su lengua al


Grillo engulló.

LA DULCE Y GENEROSA PICHACA

En la verdura silvestre de los nortinos valles de


nuestra andina cordillera suele encontrarse, diseminada
entre las rocas, una gran variedad de cactáceas. Muchas
de ellas dan a la vista hermosas y relucientes flores de
variados colores las que, al final de cuentas, tras
envejecer se tornan en frutos silvestres apetitosos para la
fauna del lugar, especialmente para las avecillas que
hurgan con sus filosos picos por entre las espinas. El
Ayrampo es un cactáceo que da un fruto especial cuya
semilla es muy agradable a los pichunchos; la rumba es
otro fruto nacido de la imponente Sabaya, éstos son el
alimento predilecto de los chiguancos; los rastreros

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Piscayos dan un fruto agridulce llamado maxa que son


bocadillo de las cucules y de algunos ratones de campo.
Pero existe un cactáceo llamado Pichaca que es el
favorito de toda avecilla del campo.

La Pichaca en el extremo de su ramaje prende de dos


a cuatro botones que a corto tiempo se transforman en
vistosas flores de color rojo, las cuales, en el centro de
su cáliz, guardan una buena porción de dulce sabia,
parecida a la miel.

Cuenta el ulular del viento andino que en una tarde un


joven Huanaco escuchaba la invitación que un Picaflor
hacía a un Puco-puco para que viniera a deleitarse con la
rica miel de la flor de la Pichaca; que viniera, que vinieran
todos, que había mucha miel por allí.

Al poco rato ya no eran dos avecillas, sino que al


llamado acudieron los Chiguancos, los Pichunchos, las
Cucules, los Comesebos, y otros más que escapan a la
lista.

Intrigado el joven Huanaco quiso conocer la razón de


tanta algarabía, así que a trote taconeado acudió al lugar,
y estando allí pateó, correteó y mugió hasta espantar a
los comensales.

Habiendo quedado solo frente a la Pichaca, murmuró:

- Estas flores deben ser muy exquisitas para tener


tan magna concurrencia a su alrededor.

Así que sin pensarlo dos veces hundió su esponjoso


hocico para arrancar de cuajo la bella flor, más al instante
decenas de espinas clavaron sus belfos y paladar. Tal era

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el molestoso dolor que arrancó, a más no poder por la


ladera del cerro, lo más lejos de la malvada Pichaca.

Las avecillas retornaron nuevamente al lugar, para


continuar con su banquete, pues quedaban aún cientos
de flores de las pichacas que bordaban un paisaje
perfecto y colorido.

El Huanaco relató lo sucedido a su familia; y desde


ese entonces, ya nunca ningún huanaco se acerca a
alguna pichaca; aunque, al mirar de lejos el escenario,
ven a muchos pajarillos hurgando las bellas y apetitosas
flores de la generosa Pichaca, diseminadas en la ladera
de los cerros.

SOFANOR EL SAPO CANTOR

Transcurría apacible la vida de los sapos aquel día en


el charco del río. Rodeados de totorales y plantas
silvestres, unos sobre vetustos troncos de queñoas
tirados a orillas del charco, y otros tantos sobre cálidas
rocas, protegidos de esa manera de los depredadores,
se calentaban con los tibios rayos del sol de mediodía.

En un rincón, debajo de una colonia de arbustos


llamados “Cola de Caballo”, se encontraba Sofanor, un
sapo inquieto, que hallaba muy aburrido el transcurrir
del día en la ciénega. Así que a grandes voces, como
siempre lo hiciera, llamó la atención de la colonia anfibia

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presente y quiso influir en ellos la idea de generar un


“Gran Festival de la Canción Sapina”.

- Eh, muchachos. No tenemos que ser tan


aburridos. ¡Divirtámonos un poco cantando!

Los sapos circundantes miraron con asombro a


Sofanor, y se preguntaban para qué buscar otra diversión
si ya lo estaban pasando fenomenal abrigándose con el
caluroso sol.

Sofanor insistió en su idea.

- Así como todos cantamos por la noche, veamos


quién lo hace más fuerte, melodioso y entonado.
¡Ya muchachos, afinemos nuestros croaaaaacs!

- Estás loco Sofanor – interrumpió Sapotata, el más


longevo y sabio de la colonia de sapos del charco
– a esta hora uno de nuestros croacs sería un
verdadero aviso para Sissi la Serpiente. Y tú ya
sabes qué pasa cuando Sissi se asoma… ¡No deja
a nadie parado!

- No seas temeroso Sapotata. Sissi a esta hora debe


estar robando huevos de los nidos de las
gallaretas… ¡Bueno, yo empezaré!

Y Sofanor comenzó a solfear sus croacs con el afán de


ser el cantor más melódico y entonado del pantanal.

- ¡Crooooaaaacs! ¡Croaaaaaaacs! ¡Croac!

De repente, a sus espaldas, apareció Sissi la


Serpiente, que había despertado de su acostumbrada

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siesta, atraída por la bulla de la discusión; abrió


lentamente su gran hocico para tragarse al sapo gritón.
Mientras la comunidad sapina empezó a croar
insistentemente con el fin de avisar a Sofanor de la
presencia de la serpiente, pero éste creía que sus amigos
habían comenzado a practicar su canto también.

- Eso es, eso es. Afinen sus voces, que ya va a


comenzar el “Gran Festival de la Canción Sapina”.

En ese justo momento Sissi atrapó al pobre sapito


Sofanor, el cual seguía croando en el vientre de la
rastrera, a la que no le agradaba el festivo cantar de los
sapos.

EL BOCHORNOSO EPISODIO DE LA INTREPIDA


AGUILA

Observaban desde un alto picacho el Cóndor y el


Águila a una tropa de corderos que pacían allá abajo
entre unos surtidos bofedales. Nunca ambos habían
participado juntos de tan apetitoso espectáculo; fue en
ese momento que al Cóndor se le ocurrió ir por una
borreguita, para luego compartirla con su singular amigo.

-No te muevas de aquí, y observa como me apodero de


una presa tan grande como la Luna. Con estas poderosas
garras atraparé a la borrega y luego emprenderé un

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magnífico vuelo de regreso. ¡Ya vuelvo! En tanto afila tu


pico -instruyó el Cóndor.

-¡Alto amigo, me ofendes con tu propuesta! ¡Yo seré el


que irá por la presa y tú esperarás! También sé cazar, y
quizás mejor que tú -contradijo el Águila.

El Cóndor admirado reprochó:

-Pero si tú lo más grande que puedes cazar son esas


estúpidas gallinas de corral. Para cazar corderos se
debe ser fuerte y valiente como yo.

El Águila, abofeteada en su orgullo, desafió al Cóndor


a quién de ellos era capaz de traer la presa más grande
de la tropa.

El Cóndor observó, calculó y ¡¡zaaaassss!!, en un


tiempo nunca antes superado estaba de regreso con una
gorda borrega.

El Águila despectiva se preparó y, antes de lanzarse al


vacío tras la presa, dijo:

-Traeré la más grande; al toro de la tropa - y se dejó


caer en vertiginosa picada.

Planeó la pequeña ave de rapiña en el aire lo más bello


que pudo y tras un tiempo de acrobacias se lanzó contra
el cordero padrón; abrió sus garras y ¡¡schuuuafft!! Las

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enterró firmes en el lanudo lomo del animal. Quiso


emprender el retorno al instante, pero sus patitas estaban
tan aferradas a la lana, que sin darse cuenta había
quedado atrapada. Y gracias a los palos y las pedradas
que recibió por parte de los pastores que cuidaban el
rebaño pudo zafarse y al fin volar. Todo machucado y
alicaído, eludiendo todo contacto con el Cóndor, fue a
sanar de sus heridas lejos, muy lejos de allí, donde nadie
jamás pudiera recordarle el bochornoso episodio.

LA REINA DEL PANTANO

Existía un verdadero ajetreo en el fangal, cercana al


río, ya que iba a darse inicio al “Festival Reina del
Cenagal por un Día”.

Este festival era muy importante, ya que los insectos


tienen un promedio de vida de aproximadamente una
semana; que alguno llegara a ser reina de belleza tan sólo
por un día era un inmenso halago que duraría por todo el
resto de su diminuta existencia.

Los insectos, prácticamente venían en bandadas al


evento, y traían al mejor exponente de su especie para
que los representara en el lance.

De pronto se presentó, como anfitriona y conductora


del certamen, la buenamoza Catita de Siete Puntos.

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- Queridas amigas y amigos, les doy la bienvenida a


todos los insectos presentes a esta nueva versión
de la fiesta de belleza “Festival Reina del Cenagal
por un Día”.

Todos gritaron, chillaron, zumbaron, aletearon o


hicieron lo que podían para manifestar su alegría;
incluyendo a las orugas, caracoles, palotes, chanchitos y
arañas que estaban observándolo todo desde las piedras
y troncos de los arbustos.

- Bueno, aquí están las participantes. Primeramente


presentamos ante la concurrencia la belleza de
Libélula, con su bien estilizado abdomen, de
características agresivas. ¡Un aplauso!

Y la Libélula con un par de aleteos dio una gran vuelta


por el pantano.

Los gritos y zumbidos eran incontrolables por parte de


sus admiradores.

- Ahora, les presento a la extraordinaria y esbelta


Nina-Nina, con su tórax completamente de color
rojo, sus largas y torneadas patas, dejando ver su
pronunciado aguijón que sobresale de su bien
lucido abdomen.

Otros tantos aplausos una vez que la peligrosa Nina-


Nina revoloteara por el escenario natural del pequeño
barrizal.

Desde un rincón, no muy lejano al evento, sostenida


en una simétrica y bien construida telaraña, justamente
estaba la octópoda observándolo todo.

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- Cómo me gustaría tenerlas a todas atrapadas en


mi telaraña. ¡Sí, están muy guapísimas
y…apetecibles!

- Ahora, presentaremos al fiero Zancudo, con sus


alargadas, suaves y frágiles patas; pero con sus
hermosísimas alas zumbadoras.

Y así, una a una fueron presentadas, por la Catita de


Siete Puntos, todas las representantes de las especies en
competencia:

- La Polilla; menuda, de gracioso aletear y


desplazamiento. Destaca el pardo color de su
cuerpecito – Enunciaba la alegre Catita de Siete
Puntos.

- El Mosquito de Charco, pequeño, agresivo,


insinuante, y de zumbar melodioso – Y al escuchar
este nombre sus adherentes aplaudían a rabiar.

- La Mariposa Monarca… – Formulaba con voz


anfitriona la bella Catita de Siete Puntos -…de
rojas alas con rayado negro las que simulan una
tiara en cada una de sus transparentes alas.

- La Avispa, con su cintura muy ajustada y sus


patas largas. – Apuntaba con una de sus patitas la
Catita animadora del festival - Luce su abdomen
con anillos amarillos y negros, del cual sobresale
su mortal aguijón.

- Y por último La Mariposa Pavo Real, de variados


colores. En cada una de sus alas tiene dibujos que

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semejan la forma de las plumas de la cola del pavo


real.

De esa manera fueron todas recibiendo los aplausos;


hasta que la Catita de Siete Colores se preparó para
anunciar la ganadora del festival.

- Ahora anunciaremos la ganadora del certamen…la


nueva soberana del “Festival Reina del Cenagal
por un Día” es… ¡La Mariposa Monarca!

Unos conformes y otros no tanto gritaban y aplaudían


por la nueva reina elegida.
Era tanta la bulla, que despertaron al Sapo del
Pantano, y este inmediatamente comenzó a estirar y a
recoger, a diestra y siniestra, su larga y pegajosa lengua
para atrapar rápidamente la mayor cantidad de insectos.

- ¡Cuidado con la reina, protéjanla! – exclamaban


algunos.

Pero la reina, la Mariposa Monarca, asustada,


emprendió un atolondrado vuelo sin dirección, con el fin
de escapar velozmente, pero con tan mala suerte que fue
a caer en la telaraña, quedando cautiva de la malvada
Araña de Campo.

La Araña se dirigió a prisa sobre la presa para


envolverla con sus finos hilos, pero el Sapo del Pantano
no había perdido de vista a la reina y de un solo
lengüetazo quiso atraparla, menos mal que con el apuro
erró su puntería, y en su lengua sólo quedó pegada parte
de la telaraña, situación que aprovechó la Mariposa Real
para emprender un vuelo fugaz.

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EL GALLITO FANFARRON

En aquella casa de campo, el dueño tenía una veintena


de gallinas, todas ellas desposadas con un añoso Gallo.
Viendo esta situación, es que fue traído al gallinero un
joven Gallito para que empezara a aprender el oficio de
semental.

La llegada de este Gallito a la familia gallinácea, fue


muy bien visto por el serrallo; sin embargo el dominador
Gallo se sentía totalmente pasado a llevar, y no perdía
oportunidad para dejarlo en ridículo frente a sus esposas.

El recién llegado Gallito también quería demostrar que


él tenía grandes cualidades; y en una ocasión, estando en
el campestre patio trasero de la casa se le ocurrió decir a
la concurrencia que iría más allá de los límites que el
dueño de casa había dispuesto para ellos. Iría al lugar
donde estaban esos cactus, al otro lado de la acequia.

- ¡No vayas! – le pedían las gallinas – es peligroso ir


hasta allí, suelen andar zorros por esos lugares.

- Pero ¿Quien le teme a los zorros? – se jactaba el


jovenzuelo.

- Si deseas ir, ve. Te aseguro que yo mismo hice


esta misma prueba, siendo un mozalbete, para
impresionar a muchas de estas damas –
expresaba con seguridad el Gallo, tratando
simular su mentira con vueltas, aleteos y
cacareos.

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Dando oídos a las engañosas expresiones del Gallo, el


joven plumífero, a paso firme, se apresuró en llegar al
sitio prohibido.

Oculto, detrás del cactus, escuchando toda la


conversación, estaba el astuto Zorro.

No demoró el Gallito en llegar hasta el lugar en


discusión, como tampoco demoró el Zorro en aparecer y
caer sobre el desafiante muchacho con todo el rigor de
su pericia en estas lidies.

Era tal el cacareo que emitía el Gallito pidiendo auxilio,


como también la batahola que formaban las gallinas con
su alboroto, que despertaron los perros pastores, y
olfateando éstos al Zorro, fueron al lugar de la batalla
haciendo escapar al atrevido Zorro y rescatar, de esa
manera, al malogrado Gallito precoz.

¡Pobre Gallito! Escoltado, por los gigantes perros


pastores, entró al gallinero. Allí fue blanco de todas las
miradas, más aún cuando se dieron cuenta que al pobre
le faltaban todas las plumas de su incipiente glamorosa
cola.

Humillado fue a posarse al palo de descanso del


gallinero; mientras desde un rincón, con su mirada
burlona, le observaba el viejo Gallo, amo y señor del
corral.

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EL SAPITO CONFIADO Y LA ASTUTA CULEBRA

Estaba el Sapo entre unas piedras, a orillas del lago,


cazando mosquitos para su cena; pero era tal su fortuna
que hasta esa hora, en que el sol ya se escondía, no
había logrado pillar ningún tipo de insecto.

En eso estaba el Sapo cuando se le acercó la Culebra


y le dijo:

-Ya veo hermano Sapo que si no se te realiza algún


milagro te irás a la cama sin haber probado un bocado.

-Así es – contestó el Sapo muy angustiado.

-No te aflijas compadrito, que yo tengo una caja llena


de mariposas en mi cueva y gustoso te invito a que te las
sirvas toditas – arguyó la astuta Culebra.

El Sapito desconfió de la invitación de su reptil amiga,


pero el hambre era mucho más poderosa.

-¿No estarás planeándote alguna trampa para luego


comerme? – encaró el Sapo.

- No compadrito. Mira que recién acabo de


manducarme varias ratitas, y mi barriga está que revienta
– comentó el reptil golpeándose la panza con la cola.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- Está bien. Acepto tu invitación.

El Sapo saltó desde la piedra en que se hallaba; y a


grandes saltos se dirigió tras la Culebra.

Cuando llegaron a la cueva, la Culebra indicó al Sapo


el lugar en donde estaba la caja con las mariposas. El
Sapo, maravillado, dejó atrás sus temores y se precipitó
sobre la caja. La Culebra cerró la puerta de su cueva y
sigilosamente se acercó al Sapo, y antes de que éste se
diera cuenta del engaño, se encontraba croando en la
panza de la Culebra.

MIRRIMIAU, UN GATITO INEXPERTO

Era Mirrimiáu una mascota de la casa. Su dueña le


consentía en todo, especialmente cuando iban a la huerta
por hierbas o frutas de la temporada. En ese lugar se
subía a los árboles frutales a jugar con las peras, ciruelas
y limones que colgaban de las ramas, o se encaramaba
en las enredaderas para jugar y sacar los tumbos aún
verdes. Perseguía, cucules y saltamontes; saltaba el
canal y hacía rodar piedrecillas dentro de él, saltaba
sobre las secas hojas arrastradas por el viento, y
adiestraba sus garras subiendo por la corteza de los
paltos. También le gustaba morder las guayabas que su
dueña había seleccionado en la canasta para el consumo

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de la familia. Era este Mirrimiáu, en toda la extensión de


la palabra, un regalón.

En uno de esos días sintió que debía experimentar en


el tema de la caza de pequeñas aves, pajaritos que
rondaran la huerta de la familia. Se subió sobre un
frondoso naranjo y, oculto entre el denso follaje, esperó
que apareciera algún pajarillo. No tuvo que esperar en
demasía puesto que, al cabo de un momento, justo
debajo de él, sobre una pala del tunal, para comer del
sabroso fruto, fue a posarse un gallardo chiguanco, un
zorzal de la zona. Picoteaba el chiguanco la fresca tuna
sin darse cuenta del grande peligro que corría.

Se preparó Mirrimiáu para saltar; sus garras estaban


listas para dar el zarpazo, y sin pensar en los riesgos que
podrían haber se lanzó desde mediana altura sobre el
indefenso pajarillo.

Con lo que no contaba Mirrimiáu era con que el zorzal,


al escuchar el movimiento de las ramas, emprendiera
vuelo fugaz. ¡Pobre gatito! Abrazado fue a caer de lleno
sobre la pala de tuna, pero saltó cuan ágil era para
desprenderse de tan inútil presa.

Al caer a tierra firme, aullando de dolor por todas las


espinas adheridas a su cuerpo fue a cobijarse en el
regazo de su buena ama.

- ¿Qué le sucede a mi gatito lindo y regalón? No se


aleje de mi, que algo malo le puede pasar – susurró
cariñosa la dueña haciendo cariño en la cabeza del
gatito.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

EL BÚHO PRESUNTUOSO Y EL SAPO AVISPADO

AI caer el día todos los animales del sector ya


estaban por irse a sus moradas. Las aguas del lago
estaban quietas y cristalinas.

El Búho paciente esperaba que el Sapo se acercase


más. La espera no fue mucha, pues en un dos por tres ya
tenía agarrado al Sapo, y a una gran altura.

El Sapo muy asustado le habló:

- ¡Oh, por Dios señor Búho, si vas a comerme hazlo


pronto... no me vayas a hacer sufrir lanzándome hacia
abajo!

-Yo haré contigo lo que quiera -repuso el Búho.


Primero te dejaré caer y luego te comeré.

-Está bien... pero por favor lánzame sobre aquellas


rocas, y no sobre las aguas del lago... mira que no sé
nadar y el agua debe estar muy helada.

Pero el Búho acostumbrado a dar y no a recibir


consejos, lo lanzó de picada en las profundas y
transparentes aguas del lago.

El Sapo se dio el mejor de sus baños.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

El Búho se dio cuenta del hecho, pero en un cerrar


de ojos estuvo sobre un frondoso árbol, y no quiso
preocuparse más del asunto.

EL PEQUEÑO SALTAMONTES Y EL SAPO


ENGREÍDO

Sucedió que a orillas de un río discutían el Grillo y el


Saltamontes en ocasión de dirimir quién de ellos era el
mejor saltador de la comarca. Por esas cosas del destino
atinó pasar cerca de ellos el Sapo de campo y, en vez de
estirar su singular lengua para engullirlos a ambos, se
detuvo a escuchar la apasionada conversación.

Tramó el Sapo, al instante, la manera de demostrar a


esos bulliciosos quien era realmente el campeón de los
saltos.

- ¡Alto, mequetrefes! ¡Desafío al mejor de ustedes


para demostrar quién es, en esta campiña, el que
da los mejores saltos!

El Grillo viendo su inferioridad, sin pensarlo dos veces


exclamó.

- El Saltamontes. Claro, el tiene sus patas traseras


más fornidas.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- Este… no hay problemas- respondió el


Saltamontes, al ver que su oponente más próximo
le reconocía como el mejor entre ellos, y también
porque veía que se estaba salvando de ser tragado
por el grandote Sapo.

-
Los tres quedaron de acuerdo que al siguiente día,
cuando el sol estuviera en la cúspide del cielo, se
encontrarían allí en el mismo lugar y que la carrera,
dando saltos, sería hasta llegar a los pies de los
eucaliptus aquellos.

Al otro día, estando los tres en sus puestos, el Grillo


dio la partida.

- ¡Prepararse! ¡Listos! ¡Cri-Críiiiiiiiiiiii…!

El Sapo dio el mejor de sus saltos, y tras ése fue a


caer a las tibias aguas de un charco producido por las
estivales lluvias del día anterior. Éste halló que las aguas
en donde había caído estaban sumamente ricas,
tibiecitas. Miró hacia atrás, para ver como andaba su
rival, y observó que el pobre Saltamontes lidiaba con
fuerza contra las brisas para avanzar unos pocos metros.
Entonces comprendió que llevaba mucha ventaja y
decidió regocijarse en esas estupendas aguas.

Luego de un buen rato el Sapo escuchó el aleteo del


Saltamontes, que daba cabriolas cerca del charco en
donde estaba, entonces decidió dar un par de saltos más
los cuales nuevamente le llevaron a otro charco, el que
tenía las aguas más cálidas que el anterior. Como estaba
muy cómodo sus ojos empezaron a cerrarse
paulatinamente, lo que le llevó a un sueño largo y grato.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

Mientras tanto el Saltamontes avanzaba a duras penas


hacia la meta.

Cuando el sol reclinó sus cálidos rayos sobre la


superficie de la tierra, las aguas del charco comenzaron a
enfriarse. El Sapo desesperado despertó, y pensó que el
Saltamontes aún estaba lejos de allí. Se apresuró en
alcanzar los eucaliptus dando grandes y desesperados
saltos. Gran pesadumbre le invadió su cuerpo cuando vio
que el Saltamontes ya estaba en la meta y descansaba
sosteniendo una ramita silvestre en sus tenazas.

LA ZORRA OBSESIONADA Y LA GALLINA CLUECA

Esta Gallina tenía la costumbre de anidar sus huevos


fuera de los corrales de la casa. Fue así que había
escogido entre un montón de chilcas y cortaderas
depositar sus huevos. Aquellos matorrales dispuestos en
medio de unos potreros daban seguridad al nido. Cierta
mañana cuando se disponía a poner un nuevo huevo en
el lugar acostumbrado los vivaces ojos de una Zorra le
siguieron.

- No faltaba más- repuso la hambrienta Zorra- una


plumífera gordinflona me invita a engullirla.

Al acercarse, la depredadora, sorprendida observa que


la Gallina ha dispuesto un escondite con una veintena de
huevos... ¡Futuros pollitos!

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- ¡Sí, riquísimos pollitos! …¡Hummmm!- festejó


ansiosa la Zorra- Esperaré a que la Gallina incube
todos los huevos, de esa manera no sólo tendré
un trofeo… ¡Sino que tendré veintiún de ellos!

Se echó, la Zorra, al lado del nidal para no perder de


vista su presa cuando nuevamente acudiera a poner sus
huevos. Al otro día regresó la Gallina a poner su último
huevo y junto con él se dispuso a asentarse sobre ellos
durante veintiún días.

La Zorra sólo comía hierbas silvestres, cerca del lugar,


para no perder de vista su botín. Habiendo pasado un
buen tiempo, la obsesionada carnívora, debido a su
debilidad, deliraba en sus sueños.

- Apúrense pollitos en nacer. ¡Hummmm, que


delicia me espera!

Desconocía la situación la futura madre hasta que oyó


desvariar a la Zorra que estaba muy al lado suyo
escondida. Entonces sin demora fue a comunicar la
situación a su esposo el señor Gallo del corral, quien a la
vez comentó el hecho a los perros pastores de la casa.
En un dos por tres se formó un barullo que todos, incluso
el Gallo, fueron a dar con la maliciosa Zorra; ésta sin
saber que pasaba, debilucha como estaba, se puso de pie
y emprendió la fuga, sin antes recibir unos buenos
mordiscos y picotazos.

Pobre Zorrita, lastimada en su orgullo como estaba, en


ocasiones se empinaba sobre unas rocas para ver pasear
campante a la mamá Gallina y a sus veintiún pollitos por
entre la floresta silvestre del potrero.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

OCURRENCIAS DE ZORRINO Y SUS AMIGOTES

Se estaba celebrando, en medio de un hermoso y


espacioso claro de un nutrido valle frutícola, la
engalanada “Fiesta Anual de Luna Llena”. Allí se había
conglomerado una variada fauna silvestre de avecillas,
entre las que se podían contar golondrinas, búhos,
gorriones, águilas, zorzales, perdices, gallaretas, patos
cucharas, gansos silvestres, colibríes, y un cuánto hay de
plumíferos terrestres y voladores.

Estaba durmiendo, como siempre lo hace el Zorrino en


una rocosa cavidad aledaña al río, cuando escuchó el
barullo de la fiesta. No tardó, con sus movimientos
perezosos, en ir a comentar el suceso con sus amigos el
Zorro y el Hurón.

- ¿Escuchan el tremendo ruido? ¿Qué será?-


consultó molesto el mustélido a sus amigos.

- Son esos pájaros revoltosos que celebran no sé


qué con la luna llena- respondió indiferente el
vivaz Zorro con su hocico agudo.

- ¿Y hay muchos sabrosos pajaritos allí?- preguntó


ansioso e impaciente el carnívoro Hurón,
emitiendo una especie de gruñido breve y agudo,
parecido al de los perros.

- ¡Sí!, y por qué no vamos allí a darnos un gran


festín de carne- propuso el blanquinegro Zorrino.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- No podremos ni acercarnos, ya que al vernos


todos se echarán a volar, y nos quedaremos con
las ganas- repuso el astuto y pícaro Zorro.

- Pero podemos camuflarnos con plumas por todo


el cuerpo- insinuó el Zorrino.

Al Zorro y al Hurón no le pareció mala la idea; de


inmediato juntaron plumas de diversos tamaños y
colores y las entretejieron en sus nutridos pelajes. De tal
manera se dispusieron en dirección al lugar de la fiesta.

- ¡Alto! ¿Quiénes son ustedes?- les detuvo la voz de


una fornida Águila que estaba de portera.

- Somos los Pajarotes del otro lado de la montaña


que venimos a la “Fiesta de Luna Llena”-
respondieron a una voz los carnívoros.

- ¡Qué extrañas son! No pueden ingresar, no las


conocemos.

Al escuchar la negativa de ingreso, el Zorrino quiso


solucionar, como siempre sus contiendas, lanzando a la
fastidiosa Águila una fétida secreción oleosa impulsada
por su ano.

- ¡Chingue! ¡Chingue!- vociferó la guardiana, que


quiere decir ¡Hediondo! ¡Hediondo!. Y al momento
salieron a reforzar la seguridad grandes gansos
silvestres, enojones búhos y otras tantas
aguerridas águilas.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

El Zorrino y sus amigotes sin pensarlo dos veces


emprendieron la fuga por entre los matorrales, siguiendo
sus propias rutas.

Mientras tanto, la luna llena, clavada como un gran


queso en el cielo, alumbraba la triste situación de los
amigotes. El Zorro escondido entre matas y arbustos de
poca altura se conformó con perseguir ratones de campo,
saltamontes y abejorros, pasando de allí, junto al río, a
tratar de capturar algún pez dormilón para saciar su
hambre.

A su vez el noctámbulo Hurón se condujo hacia los


gallineros con el afán de exterminar gordas e ingenuas
gallinas, pero como éstas estaban en la gran fiesta,
entonces tuvo que conformarse con trepar a los árboles
en busca de nidos.

Y el Zorrino, para olvidarse de sus alocadas


ocurrencias, se dispuso buscar entre los arbustos
gusanos, insectos, sapos, ratones, lagartos, lombrices,
uvas y raíces para controlar su apetito.

Luego de aquel infortunado momento la fiesta volvió a


su normalidad. Y con gran entusiasmo la concurrencia
escuchaba el último y romántico éxito de Marco Antonio
Perdiz.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

EL CARACOL DE TIERRA Y EL CARACOL DE MAR

Encontráronse un día, por casualidad en el litoral,


cerca de la desembocadura del rio de un gran valle, el
Caracol de Tierra y el Caracol de Mar.

¿Serían las doce, las ocho, las dos? ¡Qué importa!


Pues ya había comenzado la discusión en el anfiteatro del
sol. Allegáronse estrellas, oblicuos cangrejos, largas
medusas, algunos pulgones y también señoritas de mar
a observar el coloquio acalorado de este par de ilustres.

- ¡Que tu concha es blanda! Y no es como la mía


dura y de variado color- furibundo exclamaba el
Caracol de Mar.
-
- Pero mi cuerpo es más carnoso. Nadie compite
con mi pujanza y vitalidad – exponía defendiendo
sus características el Caracol de Tierra.

- ¿Qué me dices de mis cachitos? ¡No hay


comparación!

Listos estaban para entrar al combate campal. Aún


llegaron pequeños pececitos desde lejos a observar.

- ¡Alto, alto! ¿Qué es lo que pasa aquí?- La gritona


Gaviota quiso en la contienda definir.

- Nada, nada, sólo queremos saber quién de los dos


es mejor.

Y estirando su largo pico a los dos engulló. Y mirando


a su alrededor, dijo:

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- Para mí, ambos saben igual.

Y juguetona, como es, la larguirucha Gaviota remontó


su vuelo por el litoral.

EL PEQUEÑO Y OBSTINADO RATÓN DE CAMPO

Debajo de aquella roca, cercana al cargado tunal, vivía


una numerosa familia de ratones de campo. La verdad
que aquel tunal, para esta singular familia, era un fatal
manjar.

Todos los días, por las mañanas, la madre ratona se


ponía en guardia, con sus bracitos obstruyendo la salida
de su cueva, ya que los pequeños de su última camada,
estaban obsesionados con ir a la abundante tunada a
hincarle el diente, con el fin de saborear el rico y sabroso
fruto. Los ánimos eran calmados por la afligida madre en
el transcurso de la mañana, debido a la explicación que
con mucha angustia les relataba.

- Pequeños, pequeños; si se atreven a salir no


alcanzarán a llegar al tunal; bien saben que el gato
amarillo de la casa es muy veloz, y siempre está
husmeando por ahí. Si algo les llegara a suceder,
siquiera a alguno de vosotros, no sé que sería de
mi triste vida.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- Está bien mamita. Está bien.- A coro expresaron a


su ratona madre- No te preocupes; pero es que de
mañanita se nos abre el apetito y nuestras
boquitas se babean con esas frescas y aromáticas
tunitas…

Sin embargo, en esa última ocasión, el más pequeño,


se quedó a insistir más de lo que siempre hacía; pues se
había propuesto alcanzar el trofeo por todos ellos
deseado.

- Mira, mamita, he levantado mi nariz y mi olfato


rastreador me indica que no está el gato por aquí.
Además he practicado mucho la carrera…déjame
ir. Nada me pasará. Te lo prometo…y te traeré un
pedacito de tuna… ¿Ya…mamita?- Y los ojitos del
pequeño roedor suplicaban con gran angustia a su
madre.

Le permitió ir la madre debido a los lastimosos ruegos


de su retoño; total al gato nunca se le había visto por
esos lugares a esas horas del día.

El recibir la aprobación y el partir en rápida carrera fue


un todo por parte del pequeñín. El tramo le pareció tan
largo y agotador que su corazoncito parecía que se le iba
a escapar de su pecho. Se ubicó al centro del tunal por
seguridad, hasta allí al gato amarillo le sería imposible
llegar. Reaccionó un momento después y comenzó a
darse el banquete deseado en tantas mañanas ingratas.

El tiempo pasó rápido y deseó regresar para no


preocupar a su madre en demasía.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

Asomó cauteloso su cabeza por entre las paletas del


tunal, y como observara que el gato no estaba por ahí,
emprendió carrera fugaz hasta su hogar.

- ¡Cuidado hijo! – desesperada su madre gritó


porque vio que el gato amarillo de repente
apareció abalanzándose, con agresividad, detrás
de su pequeño.

Ratoncito comprendió la situación y rápidamente se


metió dentro de una cáscara de tuna, que
afortunadamente estaba tirada en su trayecto.

El grandote felino con sus patas hacía girar el


envoltorio en donde se encontraba el pequeño ratón,
pero no lograba sacarlo del refugio. Cuando el sagaz
minino se daba por vencido descubrió que la colita del
roedor sobresalía de la cáscara y, entonces
delicadamente, con sus garras, alzó al ratoncito desde su
larga cola.

Qué pena, porque toda la familia ratona estaba viendo


la situación y temblaba de miedo y pavor.

Sin embargo el obstinado ratoncito debía aprender la


lección, de tal manera que su madre, en una acción
irracional, se acercó al gato e intrépidamente le mordió la
cola. Chilló fuertemente el felino y por el dolor soltó al
ratoncito, quien junto a su madre corrió sin tregua hasta
la cueva. Allí su madre lo abrazó sollozando.

- Te amo hijito.

- Yo también mamita- le respondió ajustando su


carita sobre la de su madre- mientras, por su

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

rostro, se deslizaba una lágrima de


agradecimiento.

EL ABRUPTO APRENDIZAJE DEL CHIVITO


MAÑOSO

El Chivito blanco, con pintitas negras, aquel era el


más travieso de la tropa de los chililes.

Desde muy pequeño fue juguetón; a la hora de tomar


la leche todas las mamás-chivas estaban con sus criítas
dándoles de mamar, menos el pequeño caprino
juguetón que se hallaba saltando entre las piedras de la
campiña.

- ¡Ven, hijito! – Exclamaba angustiada la madre.

- No quiero ir mamá. Estoy jugando bonito aquí. –


Respondía el pequeño chilile sin preocuparse más
del asunto.

Otras veces la madre le llamaba para entrar en el


corral, a la hora del atardecer.

- ¡Ven hijito! – Balaba con firmeza la Mamá-chiva,


está atardeciendo y el zorro puede aparecer por
allí afuera.
- No, mamá. Estoy jugando bonito…y el zorro no se
ve por aquí.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

En otras oportunidades al partir la tropa al campo la


Mamá-chiva le recomendaba a su hijito no apartarse del
lado del corral, ya que al Hurón le encanta cazar chililitos.
Pero este travieso animalito, sin temor a nada, se alejaba
del corral persiguiendo a los saltarines saltamontes…
felizmente nunca le pasó un revés.

El pequeño Chivito creció en un dos por tres, tal


como crecen las hierbas del campo; entonces había
llegado el momento de incorporarse a la tropa en la
salida diaria para ir en busca de los pastos frescos de la
comarca para alimentarse.

Para el pintado Chivito mañoso esta era la más


excitante oportunidad de conocer nuevos paisajes.

Emprendió la marcha con firmeza, siempre


adelantándose al resto de la tropa.

- Hijo, hijito, no te adelantes. Debes ir siempre con


la tropa porque algo malo te puede ocurrir. – Le
rogaba insistente la Mamá-chiva.

- No mamá, estoy jugando bonito, y ¿Qué me podría


pasar? – Y emprendió veloz carrera
encaramándose por entre las escarpadas rocas de
la montaña.

Feliz se encontraba haciendo cabriolas cuando de


repente se le aparece un macizo Zorro con las
intenciones de atraparlo.
- Ven, cabrito…- Le susurraba el malvado Zorro, con
el fin de no despertar sospechas a la tropa que ya
se acercaba al lugar.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

- ¡Quién eres tú?- Preguntó sin preocuparse el


Chivito.

- Yo soy tu amigo…Ven, aquí detrás de esta roca


hay mucha hierba fresquita…

- Bueno, allá voy.

Estando ambos detrás de la roca, el Zorro se le


avanzó con la intención de cazarlo ya.

- ¡Socorro, socorro! El Zorro me quiere comer…

Los perros pastores no se demoraron nada en llegar


al lugar y salvar al Chivito de los colmillos del Astuto
Zorro.

- Hijo, hijito…ven. – Y la Mamá-chiva le lamió por


todo el hocico y cogote agradecida de estar
nuevamente con él.

El pequeño chilile había aprendido la lección y,


desde ese mismo instante, caminó siempre al lado de su
mamá obedeciéndole en todo.

EL CHECHEU Y LAS ENCANTADORAS HOJAS


DORADAS DEL EUCALIPTO

Todas las tardes el joven Checheu hacía el mismo


ritual; volar de rama en rama, desde las más bajas del
eucalipto hasta las más encumbradas, con el fin de ir
recibiendo gradualmente los últimos rayos del sol que ya

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

se escondía al atardecer; de esta manera siempre


alcanzaba el último rayo vivaz del día en la última hoja
dorada que pintaba el astro otoñal.

Seguía el singular ritual un par de avezados cernícalos


que, a la misma hora, rondaban el cielo sobre el altivo
eucalipto, sin dejar de observar al delicado Checheu;
claro, con la intención de que al primer descuido,
implacablemente caerían sobre la pacífica avecilla.

Fue distinta la situación al siguiente día. El pequeño


Checheu había sobrevolado extensos terrenos de la
campiña buscando alimento, por lo que, al atardecer,
estaba demasiado exhausto. Al comenzar nuevamente el
ritual los cálidos y afectuosos rayos del sol le invitaban
tiernamente al descanso; y fue así que en cada rama que
se posaba se quedaba un poco dormido. De esa manera
fue escalando rama tras rama hasta llegar a la última, la
rama de las hojas doradas, las que por desafío cada
atardecer debía alcanzar…era como alcanzar el trofeo de
oro al término de cada jornada. Fue así como al recibir
ese cosquilleante rayo de sol en su plumaje fue
durmiéndose poco a poco sin tomar en cuenta el tiempo
que pasaba. Allí se dejaron caer groseramente los
cernícalos sobre el joven Checheu. Apenas se percibía el
roce del viento entre las alas de los carnívoros. De pronto
el Checheu despertó, cuando estaban pronto a cogerlo
entre las verdugas garras. Sin percatarse de lo que
ocurría libremente se dejó caer sin poder mover sus
alitas entre las ramas del eucalipto.

Todo fue rápido. Cayó pesadamente al suelo,


mientras sus enemigas surcaban nuevamente el cielo
avergonzadas por la derrota.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

Desde aquella tarde ya nunca más se le vio al


Checheu alcanzar las doradas hojas de la última rama del
eucalipto. Ahora, después de los vuelos, de la jornada
diaria, el joven Checheu se va directamente al nido que lo
cobija, le da descanso y lo protege.

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña Luis D. Milanés Mondaca

Obra acabada en Arica-Chile


2009
Patrimonio de la familia Milanés-Calvo

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