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“El aire estaba helado. Mari regresó, cogió un abrigo y volvió a salir.

Allá
fuera, lejos de los ojos de todos, encendió un cigarrillo. Fumó sin culpa y sin prisa,
reflexionando sobre la chica, el piano que escuchaba y la vida, que se estaba
volviendo insoportablemente difícil para todo el mundo.
En opinión de Mari, esta dificultad no se debía al caos, o a la
desorganización o a la anarquía, sino al exceso de orden. La sociedad se regía
cada vez por medio de más reglas, y leyes para contrariar las reglas, y nuevas
reglas para contrariar las leyes; eso sembraba el temor en las personas, que ya no
daban siquiera un paso que las alejara del cumplimiento del reglamento invisible
que guiaba la vida de todos.
Mari tenía su propia experiencia para avalar esa opinión. Había pasado
cuarenta años de su vida trabajando como abogada. Ya desde el comienzo de su
carrera había perdido rápidamente su ingenua visión de la justicia y había pasado
a entender que las leyes no habían sido creadas para resolver problemas, sino
para prolongar indefinidamente las reyertas y las diferencias.
Era una pena que Alá, Jehová, Dios —no importa el nombre que se le diera
— no hubiera vivido en el mundo actual. Porque si así fuese, todos nosotros
estaríamos aún en el Paraíso mientras que él estaría respondiendo a recursos,
apelaciones, rogatorias, exhortos, interdictos, preliminares, procedimientos, y
tendría que explicar en innumerables audiencias su decisión de expulsar a Adán y
Eva del Paraíso, apenas por transgredir una ley arbitraria sin ningún fundamento
jurídico: no comer el fruto del árbol del Bien y del Mal.
Si Él no quería que eso sucediera, ¿por qué dispuso que el árbol se alzara
en medio del Jardín y no fuera de los muros del Paraíso? Si la designaran
defensora de la pareja, Mari seguramente acusaría a Dios de «omisión
administrativa», porque además de emplazar el árbol en un lugar incorrecto, no lo
rodeó de advertencias ni barreras, dejando de adoptar los mínimos requisitos de
seguridad, y exponiendo a todos los que pasaban por allí al peligro.
Mari también podría acusarlo de «inducción al delito», puesto que atrajo la
atención de Adán y Eva hacia el lugar exacto donde se encontraba. Si no hubiese
dicho nada, generaciones y generaciones pasarían por esta Tierra sin que nadie
se interesara por el fruto prohibido, ya que debería estar en un bosque lleno de
árboles semejantes y, por lo tanto, sin ostentar ningún valor específico.
Pero Dios no había actuado así. Por el contrario, escribió la ley y encontró
la manera de convencer a alguien para que la transgrediera, tan sólo para poder
inventar el Castigo. Sabía que Adán y Eva acabarían aburridos de tanta perfección
y, tarde o temprano, pondrían a prueba Su paciencia. Y se quedó allí, esperando,
porque tal vez también Él —Dios Todopoderoso— se hallaba aburrido de que todo
en la creación discurriera a la perfección; si Eva no hubiese comido la manzana,
¿qué es lo que hubiera sucedido de interesante en estos miles de millones de
años?
Nada. Cuando la ley fue violada, Dios —el Juez Todopoderoso— aún
simuló una persecución, como si no conociese todos los escondrijos posibles que
hubiese en el Jardín. Con los ángeles mirando y divirtiéndose con la broma (la
vida para ellos también debía de ser muy tediosa desde que Lucifer dejara el
Cielo), Él empezó a caminar. Mari imaginaba cómo de aquel episodio de la Biblia
se podía obtener una hermosa escena para un filme de suspense: los pasos de
Dios, las miradas asustadas que la pareja intercambiaba entre sí, los pies que
súbitamente se detenían junto al escondrijo.
— ¿Dónde estás? —había preguntado Dios.
—Oí vuestro paso en el jardín, tuve miedo y me escondí porque estoy
desnudo — había respondido Adán sin saber que, a partir de esta afirmación, se
convertía en reo confeso de un crimen.
Listo. Mediante un simple truco, aparentando no saber dónde estaba Adán
ni el motivo de su fuga, Dios había conseguido lo que deseaba. Aún así, para no
dejar ninguna duda al público angelical que asistía atentamente al episodio, Él
había decidido ir más lejos.
—¿Cómo sabes que estás desnudo? —había interrogado Dios, sabiendo
que esta pregunta sólo tenía una respuesta posible: «Porque comí del árbol que
me permite entenderlo».
Con aquella pregunta, Dios demostró a sus ángeles que era justo y que
estaba condenando a la pareja en base a todas las pruebas existentes. A partir de
allí ya no importaba saber si la culpa era de la mujer, y las súplicas de perdón
serían inútiles. Dios necesitaba un ejemplo para que ningún otro ser, terrestre o
celeste, tuviese nunca más el atrevimiento de ir en contra de Sus decisiones.
Y así expulsó a la pareja, sus hijos terminaron pagando también por el
delito (como sucede en la actualidad con los hijos de los criminales) y el sistema
judicial había sido inventado: ley, trasgresión de la ley (lógica o absurda, no tenía
importancia), juicio (donde el más experimentado vencía al ingenuo) y castigo.
Como toda la humanidad había sido condenada sin derecho a recurrir la
sentencia, los seres humanos decidieron crear mecanismos de defensa para la
eventualidad de que Dios decidiera mostrar de nuevo Su poder arbitrario. Pero en
el transcurso de los milenios de estudios, los hombres inventaron tantos recursos
que terminaron exagerando el número, y ahora la justicia era una maraña de
cláusulas, jurisprudencias y textos contradictorios que nadie conseguía entender
cabalmente.
Tanto es así que cuando Dios decidió cambiar de idea y mandar a Su Hijo
para salvar al mundo, ¿qué sucedió? Cayó en las redes de la justicia que Él había
creado.
La maraña de leyes terminó generando tanta confusión que el Hijo acabó
crucificado. No fue un proceso sencillo: Jesús pasó de Anás a Caifás, de los
sacerdotes a Pilatos, quien adujo que no existían leyes suficientes según el
Código romano. De Pilatos a Herodes que, a su vez, alegó que el código judío no
contemplaba la condena a muerte. De Herodes otra vez a Pilatos, que aún intentó
una apelación ofreciendo un acuerdo jurídico al pueblo: azotó al acusado y mostró
sus heridas, pero no sirvió de nada.
Como hacen los modernos promotores, Pilatos resolvió promoverse a costa
del condenado: ofreció entonces cambiar a Jesús por Barrabás, sabiendo que la
justicia a estas alturas ya se había convertido en un gran espectáculo donde era
preciso un final apoteósico, con la muerte del reo.
Finalmente, Pilatos usó el artículo que facultaba al juez —y no a quien
estaba siendo juzgado— el beneficio de la duda: se lavó las manos, lo que quiere
decir «ni sí, ni no». Era un artificio más para preservar el sistema jurídico romano
sin dañar las buenas relaciones con los magistrados locales; permitía, además,
que el peso de la decisión fuese transferido al pueblo en el caso de que aquella
sentencia acabara creando problemas tales como la venida de algún inspector de
la capital del Imperio para verificar personalmente lo que sucedía.
Justicia. Derecho. Aunque fuese indispensable para ayudar a los inocentes,
no siempre funcionaba de manera que agradase a todos.” Fragmento. Veronika
decide morir. Paulo Coelho.