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TEMA 5.- LA OBRA POÉTICA DE ANTONIO MACHADO Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

Si a principio del siglo los mejores prosistas (Unamuno, Azorín, Baroja, Maeztu)
siguen las tendencias que caracterizan a la G. del 98, la mayor parte de los poetas
se incorporan al movimiento modernista; no obstante algunos se mantienen en lo
esencial al margen del Modernismo, aunque coincidan con la ideología y la estética
de la indicada generación. Uno de los máximos ejemplos de esta postura
excepcional es Antonio Machado.

1) ANTONIO MACHADO

a) Vida y personalidad
Nació en Sevilla en 1875; pasa su juventud en Madrid y reside unos meses en
París. Poco tiempo después gana una cátedra de Lengua francesa en un Instituto de
Soria y permanece allí cinco años que habrán de ser decisivos en su vida; “allí me
casé, allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre” dice el poeta.
Después de abandonar Soria se traslada a Baeza, Segovia, Madrid. Por estos años,
un nuevo y misterioso amor –Guiomar- ilumina su vida. La muerte lo sorprendió en
el exilio (Colliure, Francia, 1939).
Fue un hombre de vida sencilla y solitaria. La meditación y la lectura constituyeron
el eje de su existencia tranquila, sólo turbada por intensas emociones íntimas. Su
obra, refleja esa gravedad y seriedad que Azorín señalaba en todos los miembros
de la generación. Machado, como todos ellos, se sintió muy pronto atraído por el
alma y el sobrio paisaje de Castilla.

a) Poética (concepto de poesía)

Escribió Machado en cierta ocasión que al poeta le conviene “desconfiar aun de sus
propias definiciones”. No obstante, parece válida para su obra esta definición que
dio en 1931: “la poesía es la palabra esencial en el tiempo”. Con estas palabras
quería sintetizar su doble objetivo: captar la esencia de las cosas, a la vez que su
fluir temporal. Y añadía: “Inquietud, angustia, temores, resignación, esperanza,
impaciencia que el poeta canta, son signos del tiempo y, a la par, revelaciones del
ser en la conciencia humana”. Más adelante habría de precisar: “La poesía es el
diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo”. En estas afirmaciones está la
raíz de esa cálida y entrañable humanidad que impregna toda su obra.
Aunque las modas que fueron sucediéndose a través de la vida de Machado
influyeron en él ligeramente, sus ideas y principios estéticos lo sitúan lejos de todas
ellas. El desdén que sentía por los procedimientos de los modernistas
(sugestionados por la belleza sensorial y los efectos musicales) lo expresó
claramente con estas palabras: “pensaba yo que el elemento poético no era la
palabra por su valor fónico, ni el color ni la línea ni un complejo de sensaciones,
sino una honda palpitación del espíritu”. También repudiaba el afán de exquisiteces
típico de dicho movimiento, por ello prefirió acercarse al espíritu y a las formas
métricas de la tradición popular. Él buscaba ante todo una poesía que no fuera
mero ornato decorativo sino el producto de una auténtica emoción humana. De ahí
que tampoco aceptase años más tarde las modas de vanguardia, en las que
censuraba el empleo de imágenes más conceptuales que emotivas... La poesía no
debe ser adorno, pero tampoco pensamiento lógico. Tres versos suyos vienen a
resumir bellamente toda su poética:
Ni mármol duro y eterno
ni música ni pintura
sino palabra en el tiempo.

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b) Primer ciclo poético: Soledades
En los años en que triunfa el Modernismo, aparece – primero- Soledades (1903) y
luego - suprimidas algunas composiciones y añadidas muchas más- Soledades,
galerías y otros poemas (1907). Años más tarde, recordando estos libros hablará
Machado de la influencia de Rubén, pero proclamará- junto a su admiración- que
había pretendido “seguir camino bien distinto”. Más tarde se reconocerá a sí mismo
como ese modernista del año tres. En efecto, a pesar de una tendencia a la
sobriedad expresiva que se observa en los poemas de la segunda edición, es mucho
lo que hay de Modernismo en estos comienzos machadianos. Se trata, eso sí, de un
Modernismo intimista, con esa veta romántica que recuerda a Bécquer o Rosalía.
Machado- según sus palabras- escribe “mirando hacia adentro”, tratando de
apresar en un “íntimo diálogo” los sentimientos universales.
Estos sentimientos universales conciernen ante todo, a estos tres temas: el
tiempo, la muerte y Dios. Es decir el problema del destino del hombre, de la
condición humana, de los recuerdos de la infancia, evocaciones de paisaje… y un
amor más soñado que vivido. Soledad, melancolía y angustia son los resultados de
ese mirar hacia el fondo del alma.
Los críticos han señalado también los valores simbolistas de la poesía machadiana.
Motivos temáticos tan característicos de Machado como la tarde, el agua, la noria,
las “galerías”, etc., constituyen símbolos de realidades profundas, de obsesiones
íntimas (el agua, por ejemplo, es símbolo de vida cuando brota, símbolo de
fugacidad cuando corre o símbolo de la muerte cuando está quieta o cuando es el
mar; de igual modo son las “galerías” del alma).
Respecto a la versificación, hay una presencia reveladora de versos
dodecasílabos y de alejandrinos, sin embargo, ya se observa el gusto por formas
sencillas como la silva.

c) Segundo ciclo poético: Campos de Castilla


El encuentro de Machado con Castilla es un encuentro privilegiado, como dijo
Salinas.
Se publica Campos de Castilla en 1912, poco antes de la muerte de Leonor
(después añadirá nuevos poemas). Son variados los temas de sus composiciones.
Machado señaló que “a una preocupación patriótica responden muchas de ellas;
otras al simple amor a la Naturaleza, que por mí supera infinitamente al Arte. Por
último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas en meditar
sobre los enigmas del hombre y del mundo”.
Los “enigmas del hombre y del mundo” le siguen inspirando, en efecto poemas
intimistas en la línea de su poesía anterior. Pero lo que aporta de nuevo este libro
son los cuadros de paisajes y de gentes de Castilla o las meditaciones sobre la
realidad española.
El paisaje parece recogido, en algunos poemas con una “objetividad absoluta” (en
Campos de Soria o en Orillas del Duero). Sin embargo, un estudio atento permite
ver un claro componente subjetivo: Machado proyecta sus propios sentimientos
sobre aquellas tierras, operando una selección que prefiere lo recio y lo austero o
que acentúa lo que sugiere soledad, fugacidad o muerte. Estas son las claves de su
visión lírica de Castilla.
La “preocupación patriótica” le inspira poemas sobre el pasado, el presente o el
futuro de España. En ellos se observa una visión crítica que motivó su discutida
adscripción a la Generación del 98. Sólo en algún caso podrían verso puntos
comunes con la línea noventayochista.
En cambio, en poemas posteriormente añadidos al libro, la crítica de Machado parte
ya de bases distintas: es una visión histórica y política netamente progresista,
animada por la nueva fe en “otra España” con la que ahora se siente
comprometido. Son ejemplos poemas como Del pasado efímero, El mañana
efímero, Una España joven, Desde mi rincón…
Destaca de manera especial el largo romance La tierra de Alvargonzález, en que el
poeta consigue revitalizar la vieja versificación de lo que fue expresión popular. Se

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trata de un estremecedor poema narrativo, cuya sombría historia gira en torno a la
codicia, producto de la dureza y miseria de aquellas tierras.
Por otra parte, en Campos de Castilla, inicia Machado un aspecto de su creación
que más tarde cultivará copiosamente: ese tipo de poemas brevísimos que integran
la serie de “Proverbios y cantares”. Son, unas veces, chispazos líricos; otras,
filosóficos. Los más surgen de esas hondas preocupaciones suyas que ya
conocemos, y que ahora se envasan en formas inspiradas por las coplas populares.
Entre los poemas añadidos al núcleo inicial, hay que citar las conmovedoras
evocaciones de Soria, desde lejos, o de la esposa muerta; ambos temas se
entretejen admirablemente en el poema A José María Palacio.

d) Doce años tardará Machado en publicar su siguiente libro: Nuevas canciones


(1924). Según Dámaso Alonso este libro es “como un muestrario”: algunos poemas
que recuerdan los Campos de Castilla; otros que nos llevan al mito del campo
andaluz… aunque en el terreno de la poesía descriptiva, las tierras andaluzas no
despiertan su sensibilidad como lo hicieron las de Castilla…
Pero lo más característico de este ciclo es el centenar de Proverbios y cantares.
En ellos lo lírico ha cedido el puesto definitivamente a lo conceptual: son ahora más
proverbios que cantares; o como dijo Salinas “cantares de pensador”. Consisten en
sentencias, o pensamientos, frecuentemente paradójicos, a veces oscuros, en
ocasiones triviales, aunque algunos encierran también intuiciones profundas. Las
inquietudes filosóficas de Machado han pasado a primer término.

e) Últimos poemas
En los años posteriores a 1924, su producción poética es más bien escasa. No
publica independientemente ningún nuevo libro; sí diversas ediciones de sus
Poesías completas (1928,1933 ,1936) con algunos poemas añadidos cada vez.
Entre tales composiciones destacan las Canciones a Guiomar, testimonio de su
nuevo y tardío amor.
Pero Machado encuentra pocas veces ya su inspiración de antaño. La poesía
española de entonces va por caminos muy distintos de los que él había recorrido.
Cuando estalla la contienda, Machado quiere ser poeta cívico y bélico de la España
Republicana. Surgen así sus Poesías de guerra, una veintena de composiciones.
Entre ellas hay poemas breves como el dedicado a la defensa de Madrid (“¡Madrid,
Madrid! ¡ qué bien tu nombre suena/ rompeolas de todas las Españas!”), otros con
tono de arenga, algunas coplas, romances…
Pero la pieza más hermosa de la serie es El crimen fue en Granada, desgarradora
elegía a Federico García Lorca.
Cuando murió Machado, en un bolsillo se le encontró un papel arrugado. En él
escrito a lápiz y junto a otras notas, figura un verso destinado, sin duda, a
encabezar un nuevo poema que ya no escribiría. Este es, pues su último verso:
Estos días azules y este sol de la infancia…
En conjunto, los versos de Machado, desnudos, sobrios e impregnados de una
emoción grave, revelan esa “honda palpitación del espíritu” de la que él hablaba.
Sus versos han permanecido en la historia a pesar de las modas y los cambios de
gustos y han supuesto un noble influjo para la poesía española de los últimos años.

A) JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Datos biográficos:
Nace en Moguer (Huelva) en 1881. A los 18 años marcha a Madrid. Crisis
nerviosas, que no le abandonarían ya, le obligan a permanecer en sanatorios de la
capital y del sur de Francia. Entre 1905 y 1911 reside de nuevo en Moguer para
volver más tarde a Madrid, donde vivirá 25 años. En 1916 se casa con Zenobia
Camprubí, tras un viaje a los EE.UU. Al estallar la guerra civil marcha a América. En
1956 le conceden el Premio Nobel y muere en Puerto Rico en 1958.

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a) Poética:
Juan Ramón Jiménez vivía su mundo “en soledad”, según sus propias palabras;
le aísla su hiperestesia. Cada vez se sintió más despegado de la vida pública y
pocos como él representan al poeta encastillado en su “torre de marfil”, entregado
a la persecución exigente e inacabable de la belleza. Resulta consecuente con todo
ello su famosa dedicatoria: “A la minoría, siempre”. En efecto su poesía es un claro
caso de poesía minoritaria, de dificultad creciente y también de creciente
hermetismo.
Su idea de poesía está presidida por una triple sed: sed de belleza, sed de
conocimiento, sed de eternidad.
Ante todo, para J.R. Jiménez, poesía es Belleza, expresión de un goce exaltado de
lo bello, dondequiera que se encuentre (todo ello mezclado con la melancolía y el
dolor).
Pero la poesía es también, para él, un modo de Conocimiento, de inteligencia
agudísima, de llegar a la esencia de las cosas, un camino hacia las últimas
verdades.
Y su poesía es, en fin, expresión de un ansia de Eternidad, concebida como
posesión inacabable de la Belleza y de la Verdad. De ahí la preocupación
angustiosa por la fugacidad de las cosas o la idea de Dios (identificado con
Naturaleza, con la Belleza).

b) Trayectoria poética:

Hay en Juan Ramón Jiménez una permanente inquietud, una constante búsqueda,
que explican su peculiar evolución (“La transición permanente – decía- es el estado más
noble del hombre.”) Por eso, su obra resume los caminos recorridos por la poesía
desde el Modernismo hacia nuevas formas.
En esa trayectoria ininterrumpida, suelen distinguirse varias etapas, siguiendo
declaraciones del propio autor.
De 1918 es un famoso poema en que Juan Ramón Jiménez resume así la evolución
de su poesía:
Vino primero, pura
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando, sin saberlo.
Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!
… Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

Según estos versos su trayectoria habría pasado por las siguientes etapas: 1ª)
Poesía sencilla, “inocente”, en sus comienzos; ello no es del todo exacto como
veremos. 2ª) Poesía envuelta en los “ropajes del Modernismo”. 3ª) Etapa de
depuración progresiva, hacia una nueva sencillez. 4ª) “Poesía desnuda”,
definitivamente depurada de las galas modernistas. Pero, como hemos dicho, esta
clasificación sólo llega hasta 1918.
Mucho más tarde, Juan Ramón reducía su evolución a las tres fases siguientes:
1ª) Época sensitiva (1901-1915). Desde sus comienzos hasta 1915
aproximadamente.
2ª) Época intelectual. Se inicia con Diario de un poeta recién casado, 1916, y se
prolongaría hasta que abandona España en 1936.

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3ª) Época “suficiente” o “verdadera”, según sus propias palabras. Desde 1936
hasta su muerte.
Esta división puede tomarse como base, si bien será necesario matizar algunos
puntos y distinguir varios momentos en la época llamada “sensitiva” – sin más- por
el autor.

Los primeros libros (Época “sensitiva”)


Juan Ramón Jiménez empieza a escribir muy tempranamente: los primeros poemas
datan de 1898 (tenía diecisiete años). Son muestra de un posromanticismo
becqueriano y de un tono adolescente. Sin embargo, muy pronto también acusa el
influjo modernista. En efecto, cuando decía que su poesía “vino primero pura”, Juan
Ramón Jiménez olvidaba voluntariamente los libros de 1900, Almas de violeta y
Ninfeas. Buena parte de estos poemas responden a un Modernismo sensorial.
En 1903 se publica su primer gran libro: Arias tristes. En este libro sí que
encontramos una poesía “vestida de inocencia”; es decir, sendilla de formas,
contenida, transparente de emoción. El acento becqueriano es evidente. Los
sentimientos de soledad, de melancolía o los temas del paso del tiempo y de la
muerte, son propios de ese neorromanticismo que penetra en el espíritu
modernista, o de un intimismo simbolista. En esta misma línea se encuentran otros
libros escritos entre 1903 y 1907: Jardines lejanos, Pastorales o Baladas de
primavera.
La segunda fase de esta época sensitiva – entre 1908 y 1915- recoge títulos
como Elejías puras, La soledad sonora, Poemas májicos y dolientes, Laberinto.
Estas son las obras en las que Juan Ramón adopta los “ropajes modernistas”. Sin
embargo, su poesía no llegará a ser tan fastuosa como la de Rubén Darío.
Típicamente modernista, eso sí, es la unión de lo lánguido a lo apasionado y
juvenil, el enriquecimiento de la expresión con nuevos ritmos de arte mayor y la
aparición de una brillante gama de colores.
[A esta época corresponde su memorable Platero y yo publicado en 1914. Auténticos
poemas en prosa son los capitulillos que lo componen: el lenguaje, en ellos no está sometido
a menor tensión que en sus versos.]

2ª etapa: Época intelectual (1916-1936)


Con la publicación del Diario de un poeta recién casado (1916), J.R. Jiménez
inicia una poesía más original en la que desaparecen los elementos decorativos
modernistas para dejar paso a una expresión sobria y desnuda que elude toda
vaguedad y aspira a una mayor concreción. Un cambio que le hace prescindir del
color, la música y de la anécdota en estos versos donde la realidad exterior,
bellamente estilizada – árbol, luz, pájaros, agua…- no existe por sí misma, sino
como simple imagen del mundo interior. El poeta, terminando así la etapa
modernista, ha hallado definitivamente su camino y toda su producción posterior –
Eternidades (1917), Piedra y cielo (1918), Belleza (1923) ya no serán más que un
constante perfeccionamiento de su nuevo estilo.
Entre sus últimos libros, publicados en América, destacan La estación total
(escrito entre 1923 y 1936 pero publicado en1946) en el que su estilo final alcanza
cimas de prodigiosa belleza, y Animal de fondo (1949), extraordinario intento de
expresión de vivencias metafísicas, donde una actitud de panteísmo lírico lo lleva a
cantar gozosamente la fusión del “todo eterno”, como él dice, con el “todo interno”.

3ª etapa: Época suficiente y verdadera (1936-1958)


Durante su exilio en América, J. R. Jiménez prosigue su indagación poética,
cada vez más encerrado en sí mismo y atento a una ambiciosa Obra. A estos años
corresponden sobre todo, dos grandes libros: En el otro costado (1936-42) y Dios
deseado y deseante (1948-49). En el primero figura el largo poema en prosa
Espacio; es la cima de su creación. En el poema se enlazan vivencias y

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preocupaciones del poeta con un ritmo fluyente. El conjunto es de una
extraordinaria belleza.
En el segundo nos conduce a nuevas honduras. Es un poemario lleno de un
oscuro misticismo: la sed de eternidad le ha llevado al contacto o a la posesión de
un dios que se identifica con la Naturaleza, con la Belleza o con la propia conciencia
creadora. Al mundo creado por el poeta, viene a habitar un dios creado también por
él.

TEXTOS

ANTONIO MACHADO

PRIMERAS SOLEDADES (1903)

Las ascuas de un crepúsculo morado


detrás del negro cipresal humean...
En la glorieta en sombra está la fuente
con su alado y desnudo Amor de piedra,
que sueña mudo. En la marmórea taza
reposa el agua muerta.

SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS (1907)

Yo voy soñando caminos


de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está—.
En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino se serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada.

CAMPOS DE CASTILLA (1912)


RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,


y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido


—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

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más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,


pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética


corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos


y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera


mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo


—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.


A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,


y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

A UN OLMO SECO
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas nuevas le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas,
Antes que te derribe, olmo del Duero
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana
lanza de carro o yugo de carreta:
antes que rojo en el hogar, mañana
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;

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antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

PRIMERA ETAPA
Arias Tristes (1903)

Yo me moriré, y la noche
triste, serena y callada,
dormirá el mundo a los rayos
de su luna solitaria.

Mi cuerpo estará amarillo,


y por la abierta ventana
entrará una brisa fresca
preguntando por mi alma.

No sé si habrá quien solloce


cerca de mi negra caja,
o quien me dé un largo beso
entre caricias y lágrimas.

Pero habrá estrellas y flores


y suspiros y fragancias,
y amor en las avenidas
a la sombra de las ramas.

Y sonará ese piano


como en esta noche plácida,
y no tendrá quien lo escuche
sollozando en la ventana.

ETAPA MODERNISTA
La soledad sonora (1908)

Pájaro errante y lírico, que en esta floreciente


soledad de domingo, vagas por mis jardines,
del árbol a la yerba, de la yerba a la fuente
llena de hojas de oro y caídos jazmines...
¿qué es lo que tu voz débil dice al sol de la tarde
que sueña dulcemente en la cristalería?
¿eres, como yo, triste, solitario y cobarde,
hermano del silencio y de la melancolía?
¿Tienes una ilusión que cantar al olvido?
¿una nostaljia eterna que mandar al ocaso?
¿un corazón sin nadie, tembloroso, vestido
de hojas secas, de oro, de jazmín y de raso?

“POESÍA DESNUDA”
Diario de un poeta recién casado (1916)

MAR

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¡Sólo un punto!
Sí, mar, ¡quién fuera,
como tú, diverso cada instante,
coronado de cielos en su olvido;
mar fuerte- ¡sin caídas!-,
mar sereno
-de frío corazón con alma eterna-,
¡mar, obstinada imajen del presente!

No sé si el mar es, hoy


-adornado su azul de innumerables
espumas-,
mi corazón; si mi corazón, hoy
-adornada su grana de incontables
espumas-,
es el mar.
Entran, salen
uno de otro, plenos e infinitos,
como dos todos únicos.
A veces, me ahoga el mar el corazón,
hasta los cielos mismos.
Mi corazón ahoga el mar, a veces,
hasta los mismos cielos.

Meditación sobre su ser más profundo:

De Eternidades, 1918
Yo no soy yo.
Soy este
Que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

En este poema proclama la consecución de un ideal de pureza que desemboca en la


eternidad:

Está tan puro ya mi corazón,


que lo mismo es que muera
o que cante.
Puede llenar el libro de la vida,
o el libro de la muerte,
los dos en blanco para él,
que piensa y sueña.
Igual eternidad hallará en ambos.
Corazón, da lo mismo: muere o canta.

Este poema es un buen ejemplo de una “interiorización” de la belleza, la cual reside más en
la conciencia o la sensibilidad del poeta que en la realidad externa:

Piedra y cielo (1919)

¡No estás en ti, belleza innúmera,


que con tu fin me tientas, infinita,
a un sinfín de deleites!

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¡Estás en mí, que te penetro
hasta el fondo, anhelando, cada instante,
traspasar los nadires más ocultos!
¡Estás en mí, que tengo
en mi pecho la aurora
y en mi espalda el poniente
-quemándome, trasparentándome
en una sola llama-; estás en mí, que te entro
en tu cuerpo mi alma
insaciable y eterna!
ÚLTIMA ETAPA

El admirable poema Espacio se compone de tres “fragmentos”; al primero corresponde este


texto. Arranca el poeta de una sensación de plenitud, tan intensa ahora que le hace sentirse
dios.

“Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo.” Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo
lo vivido y de todo lo porvenir. No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo, a un
lado y otro, en esta fuga (rosas, restos de alas, sombra y luz) es sólo mío, recuerdo y ansia míos,
presentimiento, olvido. ¿Quién sabe más que yo, quién, qué hombre o qué dios puede, ha podido, podrá
decirme a mí qué es mi vida y mi muerte, qué no es? Si hay quien lo sabe, yo lo sé más que ése, y si
quien lo ignora, más que ése lo ignoro. Lucha entre este ignorar y este saber es mi vida, su vida, y es la
vida. Pasan vientos como pájaros, pájaros igual que flores, flores, soles y lunas, lunas soles como yo,
como almas, como cuerpos, cuerpos como la muerte y la resurrección; como dioses. Y soy un dios sin
espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; sólo con lo que es producto de lo vivo, lo
que se cambia todo; sí, de fuego o de luz, luz. ¿Por qué comemos y bebemos otra cosa que luz o fuego?
Como yo he nacido en el sol, y del sol he venido aquí a la sombra, ¿soy de sol, como el sol alumbro?, y
mi nostaljia, como la de la luna, es haber sido sol de un sol un día y reflejado sólo ahora.
Pasa el iris cantando como canto yo. Adiós iris, iris, volveremos a vernos, que el amor es uno y solo y
vuelve cada día.

¡El canto, el pájaro otra vez! ¡Ya estás aquí, ya has vuelto, hermosa, hermoso, con otro nombre, con tu
pecho azul, gris cargado de diamante! ¿De dónde llegas tú, tú en esta tarde gris con brisa cálida? ¿Qué
dirección de luz y amor sigues entre las nubes de oro cárdeno? Ya has vuelto a tu rincón verde, sombrío.
¿Cómo tú, tan pequeño, di, lo llenas todo y sales por el más? Sí, sí, una nota de una caña, de un pájaro,
de un niño, de un poeta, lo llena todo y más que el trueno. El estrépito encoje, el canto agranda. Tú y
yo, pájaro, somos uno; cántame, canta tú, que yo te oigo, que mi oído es tan justo por tu canto.
Ajústame tu canto más a este oído mío que espera que lo llenes de armonía, ¡Vas a cantar! toda otra
primavera, vas a cantar. ¡Otra vez tú, otra vez la primavera! ¡Si supieras lo que eres para mí! ¿Cómo
podría yo decirte lo que eres, lo que eres tú, lo que soy yo, lo que eres para mí? ¡Cómo te llamo, cómo
te escucho, cómo te adoro, hermano eterno, pájaro de la gracia y de la gloria, humilde, delicado, ajeno;
ángel del aire nuestro, derramador de música completa! Pájaro, yo te amo como a la mujer, a la mujer,
tu hermana más que yo. Sí, bebe ahora el agua de mi fuente, pica la rama, salta lo verde, entra, sal,
rejistra toda tu mansión de ayer; ¡mírame bien a mí, pájaro mío, consuelo universal de mujer y hombre!
Vendrá la noche inmensa, abierta toda en que me cantarás del paraíso, en que me harás el paraíso,
aquí, yo, tú, esperanza; nunca te he comprendido como ahora; nunca he visto tu dios como hoy lo veo,
el dios que acaso fuiste tú y que me comprende. “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tienes
tú.” ¡Qué hermosa primavera nos aguarda en el amor, fuera del odio! ¡Ya soy feliz! ¡El canto, tú y tu
canto! El canto…Yo vi jugando al pájaro y la ardilla, al gato y la gallina, al elefante y al oso, al hombre
con el hombre, cuando el hombre cantaba. No, este perro no levanta los pájaros, los mira, los
comprende, los oye, se echa al suelo, y calla y sueña ante ellos. ¡Qué grande el mundo en paz, qué azul
tan bueno para el que puede no gritar, puede cantar; cantar y comprender y amar! ¡Inmensidad, en ti y
ahora vivo; ni montañas, ni casi piedra, ni agua, ni cielo casi; inmensidad, y todo y sólo inmensidad;
esto que abre y que separa el mar del cielo, el cielo de la tierra, y, abriéndolos y separándolos, los deja
más unidos y cercanos, llenando con lo lleno lejano la totalidad! ¡Espacio y tiempo y luz en todo yo, en
todos y yo y todos! ¡Yo con la inmensidad! Esto es distinto; nunca lo sospeché y ahora lo tengo. Los
caminos son sólo entradas o salidas de luz, de sombra, sombra y luz; y todo vive en ellos para que sea
más inmenso yo, y tú seas. ¡Qué regalo de mundo, qué universo inmenso, dentro, fuera de ti, segura
inmensidad! Imágenes de amor en la presencia concreta; suma gracia y gloria de la imajen, ¿vamos a
hacer eternidad? ¡Vosotras, yo, podemos crear la eternidad una y mil veces, cuando queramos! ¡Todo es
nuestro y no se nos acaba nunca! ¡Amor, contigo y con la luz todo se hace, y lo que amor, no acaba
nunca!

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