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La honra y el honor masculinos en personajes literarios

Delimitación del tema

Para comenzar con este planteo, juzgo como necesario, en primer lugar, precisar a qué nos referimos
cuando hablamos del honor. Este término es definido como una cualidad moral que lleva a alguien a
cumplir con su palabra y que además trae buena reputación a la persona que la posee (Real Academia
Española). Esta acepción general puede englobar todas las concepciones de honor que se tuvieron a lo
largo de los siglos, las cuales, si se las compara entre sí, no se diferencian demasiado. Esto es porque a
pesar del paso del tiempo, el honor fue siempre un logro a alcanzar, un reconocimiento que debía
mantenerse y que además se pasaba de una generación a otra, por lo tanto, era una cuestión relevante
que movía y delimitaba el accionar de algunos hombres en distintas épocas. Hablando de delimitar, cabe
aclarar que abordaré la cuestión del honor únicamente en los varones, ya que el honor representado en
las mujeres posee características diferentes, que llevarían a una investigación aún más extensa.

De este modo, el honor masculino comenzó a ser considerado a partir de la Edad Media, de la mano
de la práctica de la caballería andante, la cual a su vez “(…) surgió de los ejércitos, en los cuales constituía
la espina dorsal (…) Se trataba de un cuerpo que, por lo general, estaba formado por representantes de
la elite aristocrática” (El espíritu de la caballería, 2011, pág. 21). No obstante, los hombres de bajo linaje
también podían acceder a la posición de caballeros, e incluso, gracias a su valentía, a su honestidad con
sus superiores y a sus méritos era posible que adquirieran la condición de nobles.

Por ello es que actualmente se denomina caballero a alguien respetuoso y confiable, aunque esté muy
alejado de salir en caballo a defender a los débiles y a pelear por la justicia. Y esto último es porque la
caballería andante se extinguió hace siglos. Algunos afirman que la causa fue la utilización de las armas
de fuego en las guerras, tal como lamenta don Quijote al finalizar su discurso de las armas y las letras, en
el capítulo XXXVIII de la primera parte, hacia el año 1605:

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados
instrumentos de artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de
su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso
caballero (…) Y así, considerando esto, en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero
andante en edad tan detestable como es esta (…) porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo,
todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y
conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada (…) Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto
seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron
los caballeros andantes de los pasados siglos.
(De Cervantes Saavedra, 2004, pág. 397)

Con respecto a la honra, esta está estrechamente vinculada con el honor, tanto es así, que estas dos
palabras suelen ser utilizadas como sinónimos, aunque no tengan el mismo significado:

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(…) un deslinde de ambos términos, realizado en su momento por Ramón Menéndez Pidal (1940: 155-6),
aclara que honor es loor, reverencia o consideración que el hombre gana por su virtud o buenos hechos.
La honra, por su parte, aunque se gana con actos propios, depende de actos ajenos, de la estimación y
fama que otorgan los demás. Así es que se pierde igualmente por actos ajenos (…) una bofetada, un mentís,
deshonran si no se vengan.
(Martínez, 2008, pág. 1)

En este trabajo indagaré cómo esas dos nociones cumplieron un papel relevante en la conformación
de los personajes principales de tres obras de la literatura española. Estos libros pertenecen a diferentes
movimientos literarios, y se llevan entre uno y otro una distancia de varios siglos, gracias a lo cual también
podré comparar las concepciones que se tuvieron acerca de la honra y el honor a lo largo del tiempo. Se
trata del Poema de Mio Cid, compuesto en la Edad Media, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, escrito durante la Modernidad, y de El maestro de esgrima, perteneciente a la época
contemporánea.

Descripción de los autores y las obras

Ya expresados los objetivos del siguiente trabajo es preciso presentar las obras de las que me voy a
ocupar, aunque anteriormente resulta fundamental hablar de los creadores de dichas manifestaciones
literarias. En la primera de las obras, el Poema de Mio Cid, nos encontramos frente a un autor anónimo,
que para la mayoría de los teóricos se trató de un juglar, aunque otros se inclinan por considerarlo como
un clérigo. En este aspecto Leonardo Funes (2013) toma una posición intermedia y afirma que “(…)
pudieron intervenir dos personas (un juglar y un clérigo) o una (sea un juglar letrado o un clérigo
ajuglarado)” (Funes en Poema de Mio Cid, 2013, pág. XVII). También se asegura que compuso el poema
entre 1140 y 1207 (según de qué estudioso se trate) y que vivió en los límites de la provincia española de
Soria, ubicada al este de Castilla, más precisamente entre las localidades de San Esteban de Gormaz y
Medinaceli (Caillet Bois, en Poema de Mio Cid, 1998, pág. 17). Esta ubicación fue decisiva a la hora de
elegir qué aspectos resaltar más en la historia, ya que las conquistas realizadas por el Cid en lugares
cercanos a la frontera, como Alcocer y Castejón, son descriptas con muchos más detalles que la realizada
en Valencia, una zona desconocida para el público.

Esta cercanía que buscó generar el juglar entre el Cid y su auditorio también se nota en la
humanización que realiza del héroe, ya que se lo representa como cualquier ser mortal, preocupado por
su supervivencia, solidario y cariñoso con su familia. Aquí entran en juego las características del héroe
que se ven en el cantar, de las cuales habla Rafael Beltrán (s.f.) en su artículo titulado El Cid del Cantar:
el héroe literario y el héroe épico. Así, este autor menciona que el Cid tiene la capacidad de compartir y
que se preocupa por su familia, como se puede ver en este ejemplo correspondiente al primer cantar, en

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el que además el héroe intenta no causar molestias y agradece lo que el abad de San Pedro de Cardeña
hace por él al ocuparse de sus seres queridos:

-¡Gracias doy a Dios, Cid!, dijo el abad don Sancho;


ya que estáis aquí, aceptad mi hospedaje.
Dijo el Cid, el que en buena hora nació:
-Gracias, señor abad, y mucho os lo agradezco;
[pero] yo prepararé comida para mis vasallos y para mí.
Como salgo desterrado, solo puedo daros cincuenta marcos,
pero si vivo, os doblaré la cantidad.
No quiero causar el menor gasto en el monasterio:
aquí tenéis cien marcos por doña Jimena,
para que me la sirváis a ella, a sus hijas y a sus dueñas, en este año. (…)
Si esa suma no fuera bastante y os faltare dinero,
gastad en cuanto necesiten; os lo encarezco:
por cada marco que gastéis en ellas daré cuatro al monasterio.
(Poema de Mio Cid, 1998, pág. 53 y 54)

Además, a lo largo de la obra también se puede ver cómo el Cid es mesurado al hablar y al actuar (un
rasgo original si se lo compara con las personalidades de otros héroes de la historia), tal es el caso de lo
que ocurre en el último cantar, donde él les exige una explicación a los infantes de Carrión por lo que les
hicieron a sus hijas:

-Decid, ¿en qué os ofendí, infante de Carrión (…)?


Aquí lo repararé, de acuerdo con la sentencia de la corte.
¿Por qué me desgarrasteis las telas del corazón?
Cuando salisteis de Valencia os di a mis hijas
con mucha honra y abundantes riquezas; (…)
¿por qué las sacasteis de sus heredades de Valencia?
¿por qué las heristeis con cinchas y espolones? (…)
Por cuanto vosotros les hicisteis, habéis incurrido en infamia,
si no dais satisfacción, júzguelo esta corte.
(Poema de Mio Cid, 1998, pág. 267)

Entonces el Cid, en lugar de vengarse de una manera sangrienta, cosa que sería aceptable para la
época, recurre a la justicia, y a su rey, para recuperar la honra perdida. Igualmente, cabe aclarar que no
en toda la obra el Cid se vale unícamente de las palabras, sino que al ser un guerrero muchas veces tiene
que recurrir a la acción, como en el siguiente ejemplo:

Búcar tiene buen caballo y va a grandes saltos,


pero Babieca, el del Cid, lo alcanza.
A tres brazas del mar, alcanzó el Cid a Búcar,
alzó bien arriba a Colada y le dio un gran tajo,
le arrancó los carbunclos del yelmo,
le partió el yelmo, y suelto lo demás,
lo abrió hasta la cintura con la espada.

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Mató a Búcar, el rey de allende el mar,
y ganó a Tizona, que vale mil marcos de oro.
Venció la batalla admirable y grande
y se honró aquí el Cid y cuantos están con él.
(Poema de Mio Cid, 1998, pág. 213)

Esta importancia que se le da a las espadas y al valor del brazo de los caballeros se ve también en una
de las fórmulas que se repiten a lo largo del Poema, en la cual que a un guerrero le chorree la sangre de
su enemigo hasta el codo es lo mejor que le puede pasar para su honor. La utilización de las fórmulas,
como así también de los epítetos “el que en buena hora nació”, “el de la hermosa barba”, etc., son
características de los cantares de gesta de génesis oral, como es este el caso. Así también lo son la
utilización del verso (que permitía al juglar recordar mejor sus historias), la rima (asonante y
predominante en a y en o en este cantar), las expresiones del cantar dirigidas a su público: “Os hablaré
de los caballeros que llevaron el mensaje (…)” (Poema de Mio Cid, 1998, pág. 143), etc.

Pasando a la siguiente obra en orden cronológico, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, esta
fue escrita por Miguel de Cervantes Saavedra, quien nació en Alcalá de Henares, perteneciente a la
Comunidad de Madrid, en 1547 y murió en 1616. En su juventud vivió en Italia, donde tuvo acceso a la
literatura italiana que influiría más tarde en su obra. Luego participó en la batalla de Lepanto, combate
naval ocurrido en 1571 cerca de la ciudad griega de Náfpaktos, en el cual perdió la movilidad de su mano
izquierda a causa de una herida de bala. De 1575 a 1580 estuvo en cautiverio en la capital de Argelia,
hecho que también influyó en su visión del mundo y por lo tanto en su creación literaria. Luego de ser
liberado vivió en varias ciudades de Portugal y España y produjo obras narrativas, dramáticas y líricas,
destacándose principalmente en el primer género. Durante esta época y hasta su muerte, vivió en la
pobreza, tuvo varios empleos y estuvo preso en algunas ocasiones.

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, a diferencia del Poema de Mio Cid, se encuentra
escrito en prosa, y no tiene un origen oral, aunque sí se supone que fue pensado para ser leído en silencio
o en voz alta, por el alto número de analfabetismo que aún había para la época. Así el título del capítulo
LXVI de la segunda parte se titula: “Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchara
leer” (De Cervantes Saavedra, 2004, pág. 1054). Esta obra presenta dos partes, la primera publicada en
1605 y la segunda en 1615. La publicación de la primera parte tuvo tal fama que incluso se divulgó una
continuación apócrifa en 1614, cuyo autor fue un hombre de apellido Avellaneda, que hizo que Cervantes
se apurara en publicar la verdadera segunda parte. En esta última se hace constante referencia a la
primera parte, como se puede notar en esta afirmación de Sancho hacia don Quijote:

(…) si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, yo le traeré (…)
quien se las diga todas (…) que anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco (…) y yéndole yo a dar la
bienvenida me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso
Hidalgo don Quijote de la Mancha (…) que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador
que las escribió.

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(De Cervantes Saavedra, 2004, pág. 565)

Así también, en un capítulo se habla de la segunda parte apócrifa. Estos recursos de transtextualidad,
que además se ven a lo largo de la primera parte con la clara relevancia que tienen los libros de caballería,
son usuales en las novelas de hoy en día, pero no lo eran para aquel entonces. Así tampoco lo eran otras
técnicas narrativas introducidas por Cervantes en Don Quijote, tales como la importancia que se le da al
personaje principal, más aún que a lo que se cuenta en la historia; el contraste que existe entre el amo y
el criado, dando pie así a las oposiciones características del Barroco; el juego que se hace de la
perspectiva, “(…) en ocasiones es difícil saber si lo que pasa es real o una imaginación de don Quijote”
(Paco, s.f., pág. 9); ente otras. Por ello es que se suele afirmar que este autor marcó el inicio de la narrativa
moderna, además de que su novela permitió el pasaje del Renacimiento al Barroco en la literatura.

En cuanto a los temas que se abordan en Don Quijote, el primero de ellos es la crítica que realiza
Cervantes a los libros de caballería, que en este aspecto Martín de Riquer (2004) formula la siguiente
aclaración “El Qujote no es (…) una burla del heroísmo y del idealismo noble, sino una burla de unos libros
que, por sus extremadas exageraciones (…) ridiculizaban lo heroico y lo ideal” (En De Cervantes Saavedra,
pág. LXV). Otros temas relevantes son el honor, la valentía, la libertad, la justicia, el amor, la lealtad, etc.
También se encuentra la cuestión de las diferencias entre la sociedad medieval y la sociedad moderna,
aunque en este punto cabe citar la siguiente opinión:

¿Significa esto (…) que la locura de Alonso Quijano nace de la desesperada nostalgia de un mundo que se
fue (…)? Eso sería cierto si el mundo que el Quijote añora y se empeña en resucitar hubiera alguna vez
formado parte de la historia. En verdad, solo existió en la imaginación, en las leyendas y las utopías que
fraguaron los seres humanos para huir de algún modo de la inseguridad y el salvajismo en que vivían (…)
Así, el sueño que convierte a Alonso Quijano en don Quijote de la Mancha no consiste en reactualizar el
pasado, sino en algo todavía mucho más ambicioso: realizar el mito, transformar la ficción en historia viva.
(Vargas Llosa. En De Cervantes Saavedra, 2004, pág. XIV)

Finalmente, en lo que respecta a El maestro de esgrima, este libro fue concebido por Arturo Pérez
Reverte en 1985 y publicado en 1988. Dicho autor nació en Cartagena, ubicada en la Región de Murcia,
en 1951 y desde los veintidós años hasta 1994 trabajó como reportero de guerra, cuyo empleo lo llevó a
cubrir conflictos en diversas partes del mundo. Por esta época publicó sus primeras obras literarias, y
luego de dejar esta profesión se dedicó exclusivamente a la escritura de artículos y novelas, en su gran
mayoría históricas. Además, cabe agregar que desde el 2003 es miembro de la Real Academia Española.

Su obra, El maestro de esgrima está ambientada en 1868, en una época de conflictos sociales y
políticos, en los que parte de la población, los liberales, intenta derrocar a la reina Isabel II del poder de
España. Este contexto forma parte imprescindible de la obra y se ve plasmado no solo en el conflicto
principal, relacionado con los papeles importantes encerrados en el sobre que el marqués de los
Alumbres le confió al protagonista, sino también durante todo el libro. Tal es el caso del siguiente

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fragmento, cuando Jaime Astarloa habla acerca del asesinato de don Luis de Ayala con el oficial Campillo
y este último le dice:

Con la zarabanda política que vivimos estos días, el país al borde de la guerra civil y todo lo demás, me
temo que la investigación se presenta laboriosa. El ruido que puede hacer el asesinato de un marqués se
convierte en mera anécdota cuando está en juego un trono, ¿no es cierto?... Como ve, el asesino supo
escoger el momento apropiado (…)
(Pérez Reverte, 2001, pág. 86 y 87)

Algunos temas relevantes de la obra, aparte del honor del protagonista, son la búsqueda de la
satisfacción personal y el pesimismo, que aunque puedan parecer incompatibles, se ven en mayor o
menor medida en varios personajes. En el siguiente ejemplo se puede apreciar el manejo de estos
contenidos en el propio protagonista:

Hacía muchos años que Jaime Astarloa trabajaba en la redacción de un Tratado sobre el arte de la esgrima
(…) Pero el propio autor había comenzado a plantearse en los últimos tiempos serias dudas sobre su propia
capacidad para sintetizar en hojas manuscritas aquello a lo que había dedicado su vida. Se daba, por otra
parte, una circunstancia que contribuía a aumentar su desazón. Para que la obra fuese el non plus ultra
sobre la materia que la inspiraba, era necesario que en ella figurase el golpe maestro, la estocada perfecta,
imparable, la más depurada creación alumbrada por el talento humano, modelo de inspiración y eficacia.
A su búsqueda se había dedicado don Jaime desde el primer día en que cruzó el florete con un adversario.
Su persecución del Grial, como él mismo la denominaba, había resultado estéril hasta entonces. Y, ya
iniciada la pendiente de su decadencia física e intelectual, el viejo maestro de armas sentía cómo el vigor
comenzaba a escapar de sus todavía templados brazos (…)
(Pérez Reverte, 2001, pág. 12 y 13)

Otra cuestión fundamental a destacar en el libro es el intento de permanecer en el pasado por parte
de Jaime Astarloa y la desesperanza hacia el presente en el que vive. Se puede notar esto en la siguiente
conversación que tiene con sus jóvenes alumnos:

-La esgrima moderna, caballeros, tiende a prescindir de esa feliz libertad de movimientos que confieren
a nuestro arte una gracia especial. Eso limita mucho las posibilidades. (…) Todas estas desgraciadas
circunstancias (…) empobrecen la esgrima de forma lastimosa. Por ejemplo, algunos tiradores omiten ya
en los asaltos el movimiento de descubrirse y de saludar a los padrinos...
-Pero en los asaltos no hay padrinos, maestro -intervino tímidamente el más joven de los Cazorla.
-Precisamente por eso (…) Usted acaba de poner el dedo en la llaga. Ya se va a la esgrima sin pensar en
su aplicación práctica en el campo del honor.
¿Un sport, no es cierto?... Ni más ni menos que una aberración; como si, pongamos un ejemplo
disparatado, los sacerdotes oficiasen la misa en castellano. Sin duda eso sería más actual, ¿verdad? (…) Sin
embargo, prescindir de la bella sonoridad un tanto hermética de la lengua latina desvincularía ese hermoso
ritual de sus raíces más entrañables, degradándolo, haciéndolo vulgar. La belleza, la Belleza con mayúscula,
sólo puede hallarse en el culto a la tradición (…)
(Pérez Reverte, 2001, pág. 74)

Los protagonistas

Luego de destacar algunas cuestiones de las obras literarias de las cuales estoy ocupándome,
considero necesario ahondar en las características de los protagonistas, para ver las similitudes y

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diferencias que presentan entre ellos. Como se pudo apreciar en el fragmento recientemente citado de
El maestro de esgrima, el personaje principal se asemeja a don Quijote, ya que ambos se encuentran
descontentos con la realidad en la que viven y hubieran preferido haber nacido en una época anterior a
ellos. No ocurre lo mismo con el Cid, ya que este afrenta la realidad tal cual es, o al menos es eso lo que
se percibe en el poema, ya que no existe una introspección del personaje como en las dos obras
posteriores. Asimismo, los protagonistas de estas desconfían de los mecanismos de justicia de la
sociedad, así, en don Quijote nos encontramos con un caballero andante y su escudero que, por
motivación del primero, liberan a un grupo de delincuentes que caminan encadenados, en la aventura
de los galeotes. El suceso tiene una explicación: “Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a
la autoridad y en desafiar las leyes cuando estas chocan con su propia concepción de la justicia y de la
libertad.” (Vargas Llosa. En De Cervantes Saavedra, 2004, pág. XX). En este actuar del Quijote está
implícito el honor que busca conservar, ya que a lo largo de la obra es fiel a sus convicciones personales.

En cuanto a Jaime Astarloa, este personaje también se demuestra reacio a confiar del todo en las
autoridades, como ocurre en la entrevista que le realiza Campillo luego del asesinato de don Luis de
Ayala:

-Sería muy útil para mí, señor Astarloa, saber cuándo vio usted al marqués de los Alumbres por última
vez. (…)
-El viernes por la mañana (…)
-¿Detectó usted algún indicio? ¿Algo que permitiese predecir tan funesto desenlace?
-En absoluto. Todo transcurrió con normalidad (…)
-¿Tiene alguna idea sobre el móvil del asesinato? (…)
-No sé. Quizás el robo...
Su interlocutor hizo un gesto negativo (…) En una primera inspección (…) no se ha echado en falta ningún
objeto de valor -el policía hizo aquí una pausa, mientras Jaime Astarloa (…) intentaba ordenar sus propias
ideas. Tenía la íntima certeza de poseer algunas claves del misterio; la cuestión era confiarlas a aquel
hombre o, antes de dar semejante paso, atar algunos cabos que permanecían sueltos.
(Pérez Reverte, 2001, pág. 82 y 83)

Esto se contrapone a la visión que tiene el Cid, que, como se ve en su diálogo con los infantes de
Carrión transcripto en la página 3, confía en que Alfonso VI resolverá el problema en el que se vio envuelto
por medio de un actuar justo. Así lo expresa Julio Caillet Bois, en Poema de Mio Cid (1998):

Contra la secular tradición épica, el juglar hace que el héroe renuncie a cumplir él, personalmente, la
satisfacción del agravio a sus hijas. Sin merecerla, el Campeador ha sufrido persecución. Podría, pues,
desconfiar de la imparcialidad del rey, y vengarse por sí mismo (…) Pero del mismo modo que frente a la
ira inmotivada del rey, ahora, frente a sus yernos, busca restaurar el imperio de la justicia por la mera
irradiación de su virtud (…)
(pág. 18)

Otra similitud que pude encontrar entre dos de los personajes, los hombres de honor con los que
estoy trabajando, y que a la vez lo distinguen del otro protagonista, es la cuestión de la lealtad que

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muestran hacia ellos sus subordinados. En el Cid se resalta cómo sus vasallos, así como él con el rey,
siguen al pie de la letra sus órdenes, así como en esta parte cuando debían salir del reino de Castilla:

En medio de un bosque grande y maravilloso


ordenó el Cid acampar y dar cebada.
Les dijo a todos que quería marchar de noche;
ellos, como buenos vasallos, asienten,
como obedecerán cualquier orden de su señor.
(Poema de Mio Cid, 1998, pág. 65)

Esta sumisión se justifica en el hecho de que en la Edad Media, con el feudalismo, un señor ofrecía
protección a sus vasallos a cambio de su trabajo y de su respeto. En el caso de la relación entre don
Quijote y Sancho, esta se manifiesta de un modo diferente, ya que para 1605 el orden feudal no mostraba
ningún rastro de vida, por ello se trata de un vínculo amo-criado, en el que el primero paga al segundo
(aunque sea con un poco de comida y la promesa de una ínsula) a cambio de sus servicios. No obstante,
el acatamiento que se muestra es similar en la siguiente escena, correspondiente al capítulo XLV de la
primera parte, cuando ocurre el pleito por la bacía y la albarda y todos comienzan a pelear:

Y en la mitad de este caos (…) se le representó en la memoria de don Quijote que se veía metido (…) en
la discordia del campo de Agramante, y, así, dijo con voz que atronaba la venta:
-¡Ténganse todos, todos envainen (…)!
A cuya voz todos se pararon, y él prosiguió, diciendo:
-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado (…)? (…) Venga, pues, vuestra merced, señor
oidor, y vuestra merced, señor cura, y el uno sirva de rey Agramante y el otro de rey Sobrino, y póngannos
en paz. (…)
Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote (…) no querían sosegarse; el barbero sí, porque
en la pendencia tenía deshechas las barbas (…) Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció, como
buen criado (…)
(De Cervantes Saavedra, 2004, pág. 470)

En el caso de El maestro de esgrima, por el contrario, no encontramos este tipo de relación, ya que
Jaime Astarloa no tiene criado, ni tampoco alguien de entera confianza que no le oculte nada. Esto último
está vinculado con el hecho de que a pesar de que tiene un amigo, el marqués de los Alumbres, que en
un momento le confía a Astarloa unos documentos, dicho sujeto nunca es totalmente sincero con el
maestro, porque no le cuenta el chantaje que viene realizando hace tiempo.

Una notable similitud que existe entre los protagonistas de las tres obras, es el hecho de que los tres
hombres hacen uso de las armas blancas y rechazan las armas de fuego. Este último aspecto, claro está,
es imposible verse en el Mio Cid, ya que el poema está ambientado antes del año 1100 y la pólvora recién
fue introducida en Europa hacia el año 1200. Lo que sí se percibe a lo largo de los tres cantares es el
enaltecimiento de las dos espadas que el héroe gana en batalla, como en el siguiente fragmento donde
además se resalta la búsqueda del acrecentamiento de la honra por parte del protagonista:

(…) os daré dos espadas, Colada y Tizón,

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que, bien lo sabéis vosotros, gané como varón;
ambos sois mis hijos, puesto que os entrego a mis hijas;
al llevarlas me quitáis pedazos del corazón.
Que sepan en Galicia, en Castilla y en León,
con cuánta riqueza envío para allá a mis dos yernos.
(Poema de Mio Cid, 1998, pág. 223)

En el caso de don Quijote, se puede notar esa aversión a las armas de fuego en la cita transcripta en
la primera página del trabajo. En cuanto a Jaime Astarloa podemos ver lo que él opina al respecto en el
siguiente planteo del narrador:

(…) fue hasta la cómoda y abrió un cajón, sacando de él un estuche (…) Soltó los cierres y extrajo un
pesado objeto envuelto en un paño. Al deshacer el envoltorio apareció una pistola-revólver Lefaucheux
(…) Aunque poseía aquella arma, regalo de un cliente, desde hacía cinco años, jamás había querido servirse
de ella. Su código del honor se oponía por principios al empleo de armas de fuego, a las que definía como
el recurso de los cobardes para matar a distancia. Sin embargo, en aquella ocasión, las circunstancias
permitían dejar de lado ciertos escrúpulos.
(Pérez Reverte, 2001, pág. 118)

En esta última obra también podemos ver una comparación explícita que se realiza de Jaime Astarloa
con don Quijote, de manera hipertextual:

-(…) El placer no sólo se encuentra en el exterior, como decía Su Excelencia hace un rato. También puede hallarse
en la lealtad a determinados ritos personales, y más aún cuando todo lo establecido parece desmoronarse alrededor
de uno.
El marqués adoptó un tono irónico.
-Creo que Cervantes escribió algo sobre eso. Con la diferencia de que usted es el hidalgo que no sale a los caminos,
porque los molinos de viento los lleva dentro.
-En todo caso, un hidalgo introvertido y egoísta, no lo olvide Su Excelencia. El manchego quería deshacer entuertos;
yo sólo aspiro a que me dejen en paz (…) Ignoro si eso es compatible con la honestidad, pero en realidad sólo
pretendo ser honesto, se lo aseguro. Honorable. Honrado. Cualquier cosa que tenga su etimología en la palabra
honor (…)
(Pérez Reverte, 2001, pág. 56)

Además creo que es pertinente destacar el hecho de que los tres personajes no se encontraban en
plana juventud en el momento de ser retratados en las obras, sino que se trataba de hombres mayores,
a los que el paso del tiempo los llevó a engrandecer su honor, como en el caso de Rodrigo Díaz de Vivar
y de Jaime Astarloa, o a perder el juicio, como en el caso de Alonso Quijano.

Otra cuestión que no cabe pasar por alto es el hecho de la caballería, ya que los protagonistas del
medioevo y el Barroco están implicados de alguna forma con este estilo de vida, mientras que el
protagonista de la novela ambientada en 1868, se encuentra muy alejado de esa realidad. En el caso de
don Quijote, desde el principio de la obra se aclara que la novela comienza como una crítica a los libros
de caballería, los cuales en todo momento tratan de ser resucitados por parte del protagonista idealista.
En cuanto al Cid, este no podría ser considerado del todo como un caballero andante, sí en el hecho de
que trabajó como mercenario en la vida real, pero en la obra se lo puede ver en búsqueda de

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supervivencia más que en un intento de ayudar a los débiles y de garantizar la justicia. Además de que
Ruy Díaz de Vivar no realiza hazañas extravagantes para impresionar a una dama, debido a que ya se
encuentra casado y con dos hijas.

Para finalizar con el planteo de las similitudes y diferencias entre el Cid, el Quijote y Jaime Astarloa,
cabe destacar que la diferencia fundamental que existe entre ellos es que el Cid realmente existió,
mientras que los otros dos son personajes puramente ficticios. No obstante, es reconocido el hecho de
que en el poema no se cuentan con exactitud los hechos tal cual ocurrieron e incluso se agregan
acontecimientos completamente ficticios. Además, el juglar en todo momento decide qué contar con
más detalle y qué pasar por alto de la vida del héroe, “Al poema le interesa, menos que los resultados
nacionales de sus conquistas, lo que esos triunfos significan para el Cid, para su fama y su provecho, y
para la reparación de la injusticia de que ha sido objeto.” (Caillet Bois, en Poema de Mio Cid, 1998, pág.
14).

El honor y la honra

Supongo que en las nueve páginas precedentes ya se pudo notar el tratamiento del honor y la honra
a lo largo del trabajo, igualmente me parece interesante destacar unos últimos aspectos. En el Poema de
Mio Cid, el honor de este caballero no se ve únicamente en su valor como guerrero, en los bienes que
ganó luchando, en su búsqueda de recuperar la honra perdida con el maltrato de sus hijas, etc., sino
también en cuestiones que podrían parecer tan simples como su barba. Así, en las cortes de Toledo,
García Ordoñez critica la barba de Ruy Díaz de Vivar ante el rey:

Entonces el Cid se acarició la barba:


-¡Gracias a Dios que gobierna la tierra y el cielo!
Es larga, porque creció con regalo.
¿Qué mal tenéis que decir de mi barba, conde?
Porque desde que nació, se crio con regalo;
pues no me la mesó hijo de mujer ninguna, (…)
como yo a vos, conde, en el castillo de Cabra.
(Poema de Mio Cid, 1998, pág. 267)

Por lo tanto, se puede afirmar que hacia la época de composición del cantar y en ese lugar geográfico,
la barba en los hombres era símbolo de honor, de poder y valentía. En lo que respecta a El ingenioso
hidalgo Don Quijote de la Mancha, el honor y la honra en él siempre están relacionados con sus ideales
caballerescos. De este modo, luego de la aventura de los molinos don Quijote y Sancho siguen su camino
y tienen la siguiente plática:

-A la mano de Dios -dijo Sancho- (…) enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de
ser del molimiento de la caída.

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-Así es la verdad -respondió don Quijote-, y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros
andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
-Si eso es así, no tengo yo que replicar –respondió Sancho- (…) De mí sé decir que me he de quejar del
más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes
eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le declaró que podía muy bien
quejarse (…) que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería.
(De Cervantes Saavedra, 2004, pág. 77)
Después de esto se van a dormir y a la mañana siguiente parten en busca de más aventuras y don
Quijote afirma:

-Aquí –dijo (…) don Quijote- podemos, hermano Sancho, meter las manos hasta los codos en esto que
llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner
mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que
en tal caso bien puedes ayudarme; pero, si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido
por las leyes de caballería que me ayudes (…)
(De Cervantes Saavedra, 2004, pág. 78)

Finalmente, en El maestro de esgrima el honor se exalta más que nada en la confianza que despierta
en los demás Jaime Astarloa, por ser reconocido como un hombre de palabra, tal como se ve en esta
conversación que tiene con don Luis de Ayala:
-Maestro, voy a pedirle un favor.
Se irguió don Jaime, viva imagen de la honestidad y la confianza.
-Estoy a sus órdenes, Excelencia.
Vaciló un instante el marqués y pareció finalmente romper los últimos escrúpulos. Bajó el tono.
-Necesito confiarle algo, un objeto. Hasta ahora lo he conservado conmigo; pero, por razones que pronto
podré aclararle, considero preciso trasladarlo a un lugar seguro durante algún tiempo... ¿Puedo contar con
usted?
-Por supuesto.
-Se trata de un legajo... Unos papeles que son para mí de vital importancia (…) hay muy pocas personas
en las que puedo fiar este asunto. Usted sólo se limitaría a guardarlos en su casa (…) hasta que yo se los
reclamase de nuevo (…) Naturalmente, doy por sentada su palabra de honor de que no indagará su
contenido, y guardará sobre el tema absoluto silencio.
Frunció el ceño el maestro de esgrima. Aquello era algo extraño, pero el marqués había mencionado los
sustantivos honor y confianza. No había más que hablar.
-Tiene usted mi palabra.
(Pérez Reverte, 2001, pág. 71)

Conclusión

Para finalizar con este trabajo comparativo, podría afirmar que las nociones de honor y honra que se
ven en las tres obras literarias escogidas no difieren mucho entre sí. Lo que cambian en realidad son las
normas sociales acerca de qué es aceptable y qué no. Así, mientras que para la Edad Media era
completamente honroso que un hombre matara a sus enemigos, hacia la Modernidad y más aún en la
Edad Contemporánea, estos aspectos de la guerra se tapan con eufemismos porque no se consideran
morales.

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Lo que considero que no cambió sin embargo, es la estimación a la persona que respeta sus ideales y
que además puede dar una palabra de honor y cumplirla, porque estos aspectos son muy difíciles de
hallar en un mundo empapado en corrupción. Incluso, se puede afirmar que hasta los propios hombres
de honor, los héroes literarios, pueden ser corrompidos en algún momento, aunque siempre debido a
una causa comprensible. De este modo, el propio Ruy Díaz de Vivar engaña a los judíos Rachel y Vidas,
empeñándoles dos arcas de arena que les hizo creer que contenían oro. Asimismo, como se encuentra
citado en la página 7, Jaime Astarloa le oculta la verdad al oficial de policía, eliminando quizá la posibilidad
de que atrapen al asesino. La urgente necesidad de dinero para el sustento, por un lado, y el amor, por
el otro, son causas generalmente consideradas como nobles por los receptores de una obra, es por ello
que los protagonistas son “perdonados” por el público y siguen manteniendo el papel de hombres de
honor.

Un caso particular se encuentra en El Quijote, ya que su protagonista en ningún momento traiciona


sus ideales, en ninguna parte de la obra actúa de una manera estratégica y deja momentáneamente de
lado su honor con el fin de obtener algún beneficio. Supongo que la causa de esto es el idealismo en el
que se encuentra inmerso. Nada es más importante para don Quijote que sus reglas caballerescas, podrá
poner en riesgo su vida, pero siempre bogará por defender el nombre de su amada Dulcinea del Toboso,
y ayudar a cualquiera que se encuentre en apuros con el fin de concretar su visión de lo que es la justicia.
En cambio, en el Cid y en el maestro de esgrima, nos encontramos con personajes que están al tanto de
la realidad en que viven y que por lo tanto deben adaptarse a ella, con mayor o menor gusto, según el
caso. De todos modos, en cualquiera de los casos nos hallamos ante hombres-héroes, a veces más reales
y otras veces más ficticios, a los que ninguna persona dudaría en calificarlos como ejemplos del honor
masculino.

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