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PUERTO RICO Y EL 98

En 1895 los separatistas Betances y Henna fundaban en Nueva York una liga
separatista de Puerto Rico, como “sección Puerto Rico del Partido Revolucionario
Cubano”, y el 23 de julio de 1896, desde Nueva York, Julio Henna dirigió a los
puertorriqueños, una carta encaminada a despertar en ellos el espíritu separatista,
señalando que se encontraba "habituado a las libres instituciones de la Gran República
de los Estados Unidos.
Paralelamente se desarrollaba el movimiento autonomista. Así, el nueve de
marzo de 1897, se constituyó el Partido Autonomista Puertorriqueño. El punto quinto de
su programa rezaba: El Partido no rechaza la unidad política, antes bien proclama la
identidad política y jurídica, según la cual, en Puerto Rico, lo mismo que en la
Península, regirán la propia Constitución, la Ley electoral, la de reuniones, la propia
representación en Cortes, la propia ley de asociación, la de imprenta, la de
procedimientos civiles y criminales, la orgánica de tribunales, la de matrimonio civil, la
de orden público, la misma ley provincial y municipal; es decir, que en punto a derechos
civiles y políticos, el Partido pide que se iguale a las Antillas con la Península.
El 15 de enero de 1898 fue nombrado Gobernador General de Puerto Rico el
Tte. Gral. Manuel Macías y Casado que llegó a Puerto Rico el 3 de febrero de 1898 con
la consigna de implantar el régimen de amplia autonomía.
Sus actuaciones durante los cuatro meses aproximados que duró el conflicto,
fueron muy discutidas y censuradas. Delegó todas sus funciones militares en el Jefe de
Estado Mayor coronel Juan Camó, y no tomó ninguna medida para corregir las
deficiencias defensivas que padecía la isla desde hacía al menos un siglo.
Se decía del general Macías que voluntariamente era prisionero de su jefe de
Estado Mayor, y de éste nada bueno puede relatarse. No permitió, entre otras cosas, que
el general Ricardo Ortega saliese a campaña, como solicitara repetidas veces, al frente
de una división de tropas regulares de las tres Armas, para ofrecer batalla al enemigo en
campo abierto.
Debido a todo ello, la creencia en una traición por parte del gobierno era
generalizada, aunque no expuesta abiertamente.

Muchas personas en Puerto Rico y en el exterior han mantenido la creencia de


que el general Macías recibió de Madrid instrucciones concretas, y que a ellas
ajustó su conducta, tan extraña como pasiva. (Rivero 1922)

Pero el gobierno sabía guardar la ropa, disimular y dejar que la iniciativa de lo


que todos entendían una venta, fuese llevada por los compradores.

Hasta el momento de la invasión cada cable de Madrid era una arenga de


guerra; después del 25 de julio, los Ministros de Guerra y Ultramar y hasta el
mismos Presidente del Gobierno español bajaron el tono, aconsejando
economizar la vida de los soldados, pero dejando en todo caso a salvo el honor
de las armas; si hemos de retirarnos de esa Isla, y eso sucederá, dejemos
recuerdos honrosos de valor y nobleza que no empañen los timbres de Juan
Ponce de León, de Pizarro y de Cortés. Podremos ser vencidos por el número
o por la penuria de recursos, pero jamás por desidia o cobardía. Así dijo,
telegrafiando en clave, el Ministro de la Guerra. (Rivero 1922)

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Pero esas eran palabras que, de haber sido ciertas, hubiesen llevado otro tipo de
actuaciones que habían sido eludidas desde hacía un siglo. No, no fueron responsables
sólo los políticos del 98, sino todos los anteriores. Y ninguno de ellos puede remitirse a
la desinformación de la realidad exacta. Sólo la traición reiterada puede ser el origen de
tal situación.

Por muchos años San Juan y toda la Isla estuvieron desartillados. Desde el año
1797, fecha de la invasión inglesa, no se había disparado un tiro de guerra, y
nadie pensaba, ante el temor de parecer ridículo, en bélicos alardes. (Rivero
1922)

Tampoco fueron reforzadas las guarniciones, que en estos momentos


contaban con las siguientes unidades:

Infantería... ....... . ........ .......... 5.000


Artillería ....... .... .. .................. ..700
Otras Armas y Cuerpos ..........2 .300
TOTAL.. ............................... 8. 000

Dos cruceros, dos cañoneros, un destructor y un buque auxiliar componía la


defensa marítima.
Desde el último día del mes de abril del año 1797, la plaza de San Juan no había
disparado un solo tiro de guerra: ciento y un años de paz.
Por su parte, los separatistas no eran tan pasivos, y aprovechaban la menor
circunstancia para hacerse oír, y el autoatentado del Maine no fue una circunstancia
menor.

El día 10 de marzo de 1898, y cuando el pueblo norteamericano estaba en el


más alto grado de exaltación por el desgraciado accidente ocurrido al Maine,
el doctor Julio J. Henna, portorriqueño ilustre y sabio médico, que residió y
reside en Nueva York, se encaminó a Washington, visitando allí al Senador por
Massachusetts, Mr. Lodge, a quien habló de llevar la guerra a Puerto Rico si
estallaba el conflicto hispanoamericano, como todo inducía a creerlo. (Rivero
1922)

Henna había ofrecido, desde marzo de 1898, sus servicios personales y los de 50
puertorriqueños para la invasión de la Isla. (Soto 1922:211)
También Henna pasó un informe sobre las fuerzas españolas en Puerto Rico, su
armamento, parques, caminos, puentes y ferrocarriles; añadiendo que, caso de una
invasión, si a ella cooperaban él y sus amigos, el país en masa iría alzándose contra el
Gobierno de España, a la vanguardia de las fuerzas usenses.
En ese orden, el catorce de marzo de 1898 escribió a Teodoro Roosovelt
Hon. Theodore Roosevelt.—Sub-Secretario de Marina, — Washington, D.C.
—Muy Señor mío:—Tenido el gusto de incluir una breve descripción de
Puerto Rico, que he escrito a la carrera, y que espero resultará de interés para
las fuerzas invasoras de mar y tierra en el caso de que se rompan las
hostilidades entre este país y España. También quiero reiterar la oferta que le
hice personalmente de mis servicios, y los de cincuenta de mis compatriotas,
para la invasión. Nuestro conocimiento de la topografía de la isla; la que
ocupamos, y el deseo de romper para siempre con el bárbaro yugo de la
despótica España que nos inspira y alienta para la lucha, pronto serán
demostrados si somos aceptados entre las filas del Ejército o Marina de los

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Estados Unidos. A nuestra llegada a Puerto Rico, tenemos motivos para
esperar que toda la población nativa se acogerá bajo los pliegues de la gloriosa
bandera de la República Americana, evitando de este modo innecesaria
efusión de sangre y prolongación de la lucha. Como le dije a usted en mi
última entrevista, estoy listo, en cualquier momento, a obedecer sus órdenes y
trasladarme a Washington a recibir instrucciones y mis credenciales de
Comisionado. Hago la misma oferta al Secretario de la Guerra, si usted tiene a
bien trasmitirla por el conducto apropiado y si lo considera necesario. Con
sentimientos de la más alta consideración, quedo respetuosamente suyo,—J. J.
Henna, M.D.—Presidente de la Sección Puerto Rico. (Soto 1922:212)

Pero ese espíritu más parecía estar en la mente de Henna que en la realidad, pues
por su parte, el cónsul usense en la isla, Philip Hanna, con pocas fechas de diferencia
sobre el agente ilegal diferían sensiblemente

El cónsul dice que la autonomía en Puerto Rico, últimamente concedida por el


Gobierno español de S. M., ha sido proclamada y ha de ser un éxito. El pueblo
de Puerto Rico es un pueblo leal y pacífico, y todos parecen contentos con la
autonomía concedida por la madre patria." (Washington Daily Post, abril,
1898.)

Y es que, a pesar de la voluntad de Henna, muy pocos portorriqueños eran


partidarios de la anexión a los Estados Unidos; los Lugo Viña, Fajardo, Palmer,
Francisco Amy, Besosa y algunas docenas mas de médicos o ingenieros que habían
cursado sus estudios en universidades usenses, eran realmente admiradores de la
República Norteamericana.

Salvo algunos contados intelectuales, y los bullangueros de cada pueblo que


gustan siempre de pescar en aguas turbias nadie, en Puerto Rico deseó la
invasión del Ejército norteamericano. (Rivero 1922)

Pero las autoridades nacionales no actuaban conforme a lo que podía esperarse


de ellas aún contando con el beneplácito manifiesto de la población. Tal vez por ello,
William Freeman Halstead, espía británico en Puerto Rico, fue detenido, pero no fue
ejecutado.
Finalmente, el 21 de abril de 1898, se rompían las hostilidades entre España y
Estados Unidos, cuando ya había empezado a regir en Puerto Rico una carta
constitucional autonómica.
Pero no era sólo la autonomía lo que el gobierno español conocía de Puerto
Rico, sino las manifiestas intenciones de los Estados Unidos. Si no era suficiente la
información acumulada durante las décadas anteriores, que dejaban meridianamente
clara la intención usense de ocupar Puerto Rico.

A poco tiempo de proclamarse el estado de guerra, el servicio secreto que el


Gobierno español mantenía y pagaba en Wáshington, Montreal (Canadá) y
otros lugares, pudo, a través de ciertas indiscreciones, traslucir en su casi
totalidad el plan de invasión a Puerto Rico, y así se lo comunicó al general
Macías. (Rivero 1922)

Pero a pesar de toda la información acumulada; del conocimiento exacto de las


fuerzas en la isla, nada hizo el gobierno salvo guardar las apariencias.

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Con esa situación, el 25 de julio desembarcaron las tropas invasoras en Guánica.
Los día 25 y 26 se produjo un combate entre la brigada Garretson, perteneciente a la
expedición del general Nelson Miles, y las fuerzas españolas, que fueron derrotadas, y
en días sucesivos ocuparon los invasores a Yauco, Peñuelas, Ponce, Sabana Grande, San
Germán, Mayagüez, Arroyo, Guayama, Las Marías, Adjuntas, Utuado, Juana Díaz y
Coamo.
Sólo a tener en cuenta un dato: Todas las fuerzas españolas que les presentaron
resistencia se reducían a once guerrilleros comandados por el teniente Méndez.
Los traidores corrieron a rendir pleitesía a los invasores.

el primer día de la invasión, cinco ciudadanos españoles se acogieron a la


nueva bandera, renunciando la de España y aceptando cargos retribuidos;
fueron estos: Vicente Ferrer, cabo de Mar, nacido en Valencia; Agustín
Barrenechea, alcalde del poblado, vizcaíno; Juan María Morciglio, práctico
del Puerto y actualmente capitán del mismo; Robustiano Rivera, torrero, y
Simón Mejil, tonelero, eran portorriqueños. (Rivero 1922)

Otros separatistas puertorriqueños, ligados a la masonería, jaleaban la invasión;


unos desde los Estados Unidos; otros desde el mismo Puerto Rico: Julio Henna, Roberto
Todd Wells, Mateo Fajardo, Antonio Mattei Lluveras, Eduardo Lugo Viña, Ricardo
Nadal, Matos Bernier, Celedonio Carbonell, Rodulfo y Rafael del Valle, y otros, que
alcanzarían puestos de importancia en el gobierno colonial tras haberse desplazado a
Puerto Rico con las tropas invasoras.
No quedaron marginados los miembros del gobierno insular ejercientes al
estallar el conflicto: Juan Hernández López, José Severo Quiñones, Manuel F. Rossy,
Luis Muñoz Rivera, Francisco Mariano Quiñones y Manuel Fernández Juncos, que
acabarían detentando puestos de importancia en la administración usense, llegando
incluso Manuel Fernández Juncos a redactar un himno laudatorio para los Estados
Unidos.
Pero más llamativo que la acción de los traidores declarados es la actuación de
las autoridades, que no carecían de información, y sin embargo no tenían ningún
destacamento en el lugar.

Dos meses antes de la invasión, el teniente coronel de Estado Mayor, Larrea,


el capitán del mismo Cuerpo Emilio Barrera y el coronel Pino, de infantería,
estaban en el poblado de Guánica una tarde en cierta inspección militar,
cuando el segundo de dichos jefes, señalado hacia la entrada de aquel puerto,
pronunció estas palabras proféticas: Si el Ejército americano nos invade,
seguramente entrará por allí. (Rivero 1922)

Pero a lo que parece, sólo Emilio Barrera parecía estar preocupado por la
situación. Exponía las necesidades y las posibilidades, pero de nada sirvieron sus
indicaciones.

Barrera, propuso utilizar trenes blindados, en los que se montarían cañones de


tiro rápido sacados de los buques surtos en la bahía; nadie atendió esta
indicación. (Rivero 1922)

Pero ahora, con el enemigo ya asentado en el territorio, el día 26, el Capitán


General Manuel Macías, emitía una orden general que comenzaba:

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SOLDADOS, MARINOS Y VOLUNTARIOS.- El enemigo que ha tiempo
acechaba la ocasión de invadir esta isla, con el propósito de posesionarse de
ella, desembarcó ayer un cuerpo de tropas en el puerto de Guánica. Para
combatirlo con prontitud marcharon fuerzas del Ejército y de Voluntarios que,
con gran decisión, han sostenido ya diferentes combates, demostrando así, los
últimos, que las armas que espontáneamente tomaron lo son para la defensa de
la nacionalidad de esta tierra española, y dando a la vez honra y ejemplo a los
demás cuerpos de su Instituto. (Rivero 1922)

Llamada fuera de lugar si tenemos en cuenta que algo, además de las acciones
guerreras estaba controlando la situación. Algo que en algún momento deberá ser
explicado, porque si el submarino fue saboteado por el propio gobierno español, se hace
también necesario averiguar qué sucedió con el destructor de Villaamil y con las minas
navales de Bustamante, asuntos a los que hemos referencia sin haber entrado en el
meollo del asunto.
No lo vamos a hacer a lo largo de este trabajo, si bien en el uso dado a las minas
de Bustamante deja nuevas incógnitas que resolver. ¿Por qué no se hizo uso de las
minas cuando su ubicación hubiese significado una magnífica defensa de Cuba, Puerto
Rico y Filipinas y para llevar a cabo esa labor eran suficientes las embarcaciones que se
encontraban en servicio? ¿Por qué las pocas minas que se instalaron fueron
inoperativas? ¿Por qué, siendo que podían ser explosionadas a voluntad desde la costa,
no explotó ninguna, ni tan siquiera por contacto?
Lamentablemente, en el curso de este trabajo no se ha podido dar luz al respecto,
pero la inoperatividad de ese armamento, producto e invención española completó la
tramoya de la tragedia; a su amparo, y al mando del general Miles, el día 27 entraban
los gringos en Yauco, sin combate; el 28 en Ponce; el 1 de agosto en Tallaboa; el 5 en
Guayama y Fajardo; el día 9 en Coamo, tras una resistencia de una hora.

Triste impresión produjo en la península, no sólo el hecho material de la


invasión en Puerto Rico, si no el saber que en aquella isla, nunca sublevada, y
en cuyo amor á España se tenía tanta fe, allí mismo se recibía á los yankees
como á buenos amigos. Los mismos comerciantes de Ponce rogaron á las
tropas españolas que no hicieran resistencia, y á los yankaes que no
cañonearan, entregándoles una bandera española en señal de sumisión.
(Soldevilla 1899: 339)

En Aibonito, sin haber llevado a cabo obras de defensa, y no habíendo ningún


tipo de servicio, cinco compañías de infantería, apoyados por dos piezas de artillería, en
total 1.280 infantes, 70 caballos y dos cañones con 40 disparos por pieza, hicieron frente
al enemigo, que acabó entrando; … El 11 entraron en Mayagüez…

Todos los defensores, por más de quince días, vivaquearon en las trincheras, a
la intemperie, sin abrigos, sin traveses, sin alambradas ni otras defensas que
no fueran el fuego o las bayonetas de sus fusiles. Los ranchos, servidos con
poca regularidad, eran deficientes; casi siempre de arroz, alubias y bacalao;
carne, pocas veces y nunca muy abundante. (Rivero 1922)

El uso de las unidades de marina también fue deplorable, según señala Rivero.

Durante el período álgido de la guerra, los cruceros en puerto limitaron su


acción a montar guardias nocturnas en el canal, fondeando, siempre, a la
sombra del castillo del Morro y bien retirados hacia el interior. Esto fue

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excesivamente ridículo y además inútil. Más tarde se sacaron de a bordo dos
piezas de tiro rápido que fueron montadas en la batería de San Fernando,
dominando el canal y bajo el mando de oficiales de Marina. (Rivero 1922)

Y en cuanto al estado de las tropas, no era mucho mejor…

Respecto al estado de preparación de las tropas para entrar en campaña y a los


recursos de que dispusieron, ha de advertirse que los soldados no tenían más
zapatos que los puestos, los cuales estaban expuestos a perder desde los
primeros pasos en los barrizales de los caminos, por lo que era imposible
ordenar movimiento alguno que no fuera indispensable, si no se quería
inutilizarlos por completo para moverse. Las acémilas eran también
insuficientes y se hallaban en un estado lastimoso como consecuencia de las
primeras marchas, lo cual impedía servirse de ellas fuera de los casos de
absoluta necesidad; las secciones de montaña que sólo tenían el efectivo de
paz, no disponían sino de dos cajas de municiones por pieza; y en cuanto a las
carretas y demás recursos de transportes del país, eran ocultados por los
propietarios en lo más recóndito de las montañas. (Rivero 1922)

Pero aún había más. Los mismos voluntarios y sus allegados merecieron la
hostilidad del coronel Juan Camó, delegado del gobernador para la defensa. Todo lo
cual creó un importante malestar que se hizo sentir como una pavesa.

Los desaciertos y falta de resolución del Estado Mayor fueron tan evidentes,
que un gran descontento surgió y tomó cuerpo entre todos los jefes y oficiales
del Ejército y Voluntarios, llegando hasta los soldados; hubo principios de
conspiración; se habló de «embarcar a la fuerza al coronel Camó y hasta
alguno más a bordo del vapor auxiliar Alfonso XIII, obligándole a salir Morro
afuera, con rumbo a España.» (Rivero 1922)

Todo ello, inexorablemente, hizo mella en el espíritu de la gente. La


desorganización y el derrotismo se hicieron del espíritu español, y se dio el caso que
unidades usenses, la brigada Garretson, del general Henry, fue de Ponce a Utuado (50
kilómetros) en seis días y sin disparar un tiro.
Nuevamente la sombra de la traición se hizo manifiesta, y nuevamente la
prudencia, la ceguera,… el miedo, hizo que nadie se atreviese a señalar esa evidencia,
limitándose a acusar de torpes a los directores de la tragedia.

La conducción de la campaña fue un verdadero desastre; un cúmulo de


errores, torpezas y equivocaciones, y en ningún momento se supo utilizar los
valiosos medios de defensa con que contaba el estado militar del país. La frase
«estamos abandonados» corría de boca en boca, y así, muchos, al arrinconar
sus fusiles, decían: «¿A qué pelear si los de Madrid no quieren?» (Rivero
1922)

No obstante, con toda la prudencia que estaba a su alcance, señalaban la verdad


de la cuestión… ¿A qué pelear si los de Madrid no quieren?
Ante esta situación no es de extrañar que la campaña usense se viese culminada
con el éxito en breves días.
El 12 de mayo fue bombardeado San Juan, donde, como no podía ser menos, las
defensas eran inexistentes.
El armamento utilizado por los usenses fue el siguiente:

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Acorazado Iowa, 38 cañones; acorazado Indiana, 42; crucero acorazado New
York, 30; monitor Amphitrite, 10; monitor Terror, 10; crucero Montgomery,
17; crucero Detroit, 7; total, 164 cañones, de los cuales la mayor parte eran de
calibre superior a los de la plaza, desde 8 pulgadas hasta 13 (los del Indiana);
además, eran numerosos los de tiro rápido, piezas de que carecíamos. La plaza
durante el combate puso en acción solamente 28 piezas, de las cuales 20 eran
cañones de 15 centímetros, y las restantes, obuses de 24 y 21 centímetros y de
avancarga estos últimos. Cada cañón de tierra combatió contra seis en el
mar. ../… El total de proyectiles disparados por la escuadra de Sampson,
calculando en 150 los del Montgomery, fue de mil trescientos sesenta y dos,
contra cuatrocientos cuarenta y uno de las baterías de la plaza. (Rivero 1922)

A este armamento le presentaban resistencia las fuerzas españolas con un


material propio de las guerras napoleónicas, y las respuestas a los requerimientos,
dignas de especial mención…

Los obuses de 24 centímetros, las únicas piezas de regular calibre que


poseíamos los artilleros, no tenían la pólvora reglamentaria; usamos la de los
cañones de 15 centímetros, y de esta manera el tiro resultaba irregular y corto.
Las espoletas y estopines estaban en mal estado, y al pedirlos por cable, ya
rotas las hostilidades, contestaron del Ministerio de la Guerra al coronel de
artillería: «Remitan fondos.» (Rivero 1922)

No es de extrañar que la toma de Puerto Rico por los usenses fuese un paseo
militar que culminó con el bombardeo de San Juan por los buques Detroit, Wompatuck,
Iowa, Indiana, New York, Amphitrite, Terror y Montgomery. Los gringos sufrieron un
muerto y cuatro heridos.
El número total de bajas, como consecuencia del bombardeo, fue el siguiente
(Rivero 1922):
Muertos de tropa.................................................................2
Heridos de tropa y auxiliares.............................................34
TOTAL DE BAJAS EN TODA LA GUARNICIÓN...... 36
Muertos de la población civil..............................................4
Heridos de igual procedencia............................................16
TOTAL DE BAJAS EN LA POBLACIÓN CIVIL..........20
Resumen general de muertos y heridos.............................56

Durante los diez y nueve días que duraron las operaciones por tierra, el
ejército americano tuvo tres muertos y 40 heridos, de estos últimos tres fueron
oficiales; añadiendo los dos muertos y siete heridos durante el ataque a San
Juan, el día 12 de mayo, resulta un total de 52 bajas, de las cuales cinco fueron
por muerte.

Las fuerzas españolas regulares y auxiliares que defendían la Isla, tuvieron 17


muertos y 88 heridos, que hacen un total de 105 bajas, y además les fueron
hechos 324 prisioneros por las tropas americanas, siendo de estos últimos
nueve oficiales. (Rivero 1922)

El 6 de agosto se rindió San Juan de Puerto Rico a las tropas usenses del general
Miles, y diecinueve días bastaron para que Estados Unidos conquistase Puerto Rico. El
día 12 de agosto fue firmado el armisticio.
Al cesar las hostilidades el día 13 de agosto, las fuerzas usenses estaban en
posesión de las siguientes poblaciones: Ponce, Juana Díaz, Coamo, Arroyo, Guayama,

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Yauco, Peñuelas, Guayanilla, Sabana Grande, San Germán, Mayagüez, Cabo Rojo, Las
Marías, Hormigueros, Adjuntas, Utuado, Maricao, Lajas, Santa Isabel, Salinas, Añasco,
Aguada y Moca. Total, 23 poblaciones.
Y lo que debió desmoralizar a los patriotas… banderas de Inglaterra, Alemania,
Francia e Italia, se veían por todas partes…
Ante esta tétrica visión, no es de extrañar que general Nelson Miles afirmase que

cuando menos cuatro quintas partes del pueblo ha saludado con gran alegría la
llegada de las tropas de los Estados Unidos, y todas las poblaciones solicitan
banderas nacionales para colocarlas sobre los edificios públicos. (Rivero
1922)

Al llegar el día 18 de octubre de 1898, Puerto Rico tenía un régimen autonómico


y un Gobierno constituido, de una parte, por el gobernador general, representante de la
Metrópoli y de su autoridad suprema, con un Gabinete efectivo y responsable, formado
por cuatro secretarios del despacho, en los diversos ramos de Gracia Justicia,
Gobernación, Hacienda, Instrucción pública, Obras públicas y Comunicaciones y
Agricultura, Industria y Comercio, actuando uno de ellos como presidente y, de otra
parte, un Parlamento insular, dividido en dos Cámaras, llamadas Consejo de
Administración y Cámara de Representantes, iguales en facultades.
Ese mismo día, 18 de octubre de 1898 fue arriada la bandera de España en San
Juan de Puerto Rico. En su lugar fue izada la bandera usense.

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BIBLIOGRAFÍA:

Rivero, Ángel. (1922) Crónica de guerra Hispanoamericana en Puerto Rico. En Internet


http://edicionesdigitales.info/biblioteca/cronguerrahisp.pdf Visita 24-10-2016

Soldevilla, Fernando.(1899) El año político 1898. En Internet


http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001809367&search=&lang=en visita 16-
10-2016

Soto, Juan B. (1922) Causas y Consecuencias. Antecedentes diplomáticos y efectos de


la guerra hispanoamericana. En Internet
https://archive.org/details/causasyconsec00sotorich Visita 20-10-2016

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