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Estimados Obispos, hermanos en Cristo:

Siento la necesidad de dirigirme a Ustedes después de estos días


intensos de la visita del Santo Padre en nuestra Patria común, Chile. Es un regalo
recibir la visita del Sucesor de Pedro, amor y respeto nos corresponde, más aun
siendo parte de la Iglesia, siendo sacerdote, en la conducción de los fieles. Una
gran misión. Hablamos y actuamos en nombre de Jesús.

Humildemente he entregado mi vida en los últimos 52 años como


sacerdote en la ciudad y diócesis de Osorno y me siento parte de todo lo que
sucede, como ciudadano, bautizado y ordenado sacerdote por el primer obispo
de Osorno, Monseñor Francisco Valdés.

La diócesis de Osorno ha vivido en los últimos tres años una crisis


enorme. Es innegable y las vivencias pastorales hablan como libros abiertos. En el
mes de septiembre del año 2014 el Santo Padre dijo en un discurso que “la Iglesia
parece a un hospital de campaña donde llegan personas heridas buscando la
bondad y la cercanía de Dios”. Este “hospital de campaña” es la diócesis de
Osorno. Pero en este hospital de campaña no se sana las heridas, más bien
sangran cada día más. Para sanar heridas, no sirven palabras bonitas, hay que
escuchar y atener al enfermo para sentir y descubrir la razón de su dolor.

Hermanos obispos, a muchos de Ustedes encanta que se les llame


“Padre Obispo”, mi conciencia de cristiano me obliga a hablarles con honestidad
y asumiendo el sentir y dolor de muchos diocesanos. Me había autoimpuesto en
los últimos dos años un silencio en la esperanza de descubrir una luz, una mano
tendida, un gesto de un padre, en la crisis vivida. Esta esperanza se me apagó y
por eso tengo que hablar. La discrepancia entre las palabras y las actitudes de la
jerarquía llegó al límite de lo permitible y aceptable. Callar ahora sería pecar
frente a lo que experimentamos como iglesia en los últimos días lo que respecta al
Sr. Obispo en Osorno. El asunto no es únicamente uno de Osorno, es de toda
nuestra Iglesia chilena. Me explico.

El Santo Padre en su discurso ante los jóvenes insistió repetidamente que


se grabaran en su memoria las palabras del Padre Hurtado: “¿Qué haría Cristo en
mi lugar?” Leyendo atentamente el evangelio llama la atención que Jesús, en los
encuentros con pobres y enfermos, siempre y en primer lugar pregunta: ¿qué
quieres, que te haga..?”

Jesús escucha y nunca se impone.

Y esto es exactamente que, frente a nuestro problema en Osorno,


nunca se hizo. En tres años la Nunciatura y el Vaticano, a muchas peticiones,
nunca se nos dio una respuesta, apenas un “acuso recibo”. No se nos escucha,
tampoco el Santo Padre lo hizo y lo hace. El lema inicial de las actuales OOPP
canta: “La iglesia escucha…” El Santo Padre en la alocución a Ustedes (día 16 de
enero) dijo que las “principales tareas consiste precisamente en estar cerca de
nuestros consagrados, de nuestros presbíteros”….y “que los laicos no son nuestros
peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que
decimos”. Siento que hemos sido tratados ni siquiera como empleados, sino como
peones. ¡Cuánta verdad vive en esta frase, expresada del Sumo Pontífice! Una
verdad muy dolorosa. A la vista de todo el mundo.

No tengo el derecho de enjuiciar a alguien, pero no tomar en cuenta el


clamor de víctimas de abuso sexual y no tomar las medidas correspondientes, es
gravísimo. (A las víctimas hay que creerles, tanto a aquellas que se juntaron con el
Papa privadamente, como a las que se han manifestado públicamente.) Tildar
un testimonio honrado de parte de una víctima (afirmado en juicios públicos) de
calumnia, es gravísimo. Más aún si viene de la boca del Sr. Cardenal Errazuriz. Con
estas palabras no se ofendió a “algunos pocos laicos”, se golpeó fuertemente a
una comunidad diocesana, a la iglesia nacional, que ya se cansó en su
esperanza de una solución humana, social y pastoral. El abandono de nuestras
filas de parte de muchos fieles, es silencioso, el descrédito es enorme. Duele.

En su discurso en el Palacio de la Moneda el Papa manifestó su “dolor y


vergüenza ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la
Iglesia”. Yo siento dolor y vergüenza ante la actitud de mi obispo diocesano, Don
Juan Barros, que en todo este viaje papal se “refugió” aparentemente en la
presencia del Papa, pero en tres años, en varias oportunidades, no fue capaz de
enfrentar en Osorno la persona de Don Juan Carlos Cruz, víctima de Karadima,
para un diálogo aclarador en presencia de nosotros, sacerdotes y diáconos.
Cada vez nuestro obispo “desapareció”. Siento vergüenza por mi pastor y obispo.
Duele.

Un pastor que se arranca ante una situación incómoda, crítica y


complicada, no cuida a sus ovejas. Me es incomprensible e inaceptable el apoyo
del Santo Padre a un pastor que actúa de esta manera. Una iglesia que se
autodefina como “experta en humanidad” tiene la obligación moral de aplicar
criterios de mayor trascendencia.

En mi misión como sacerdote fui llamado a cooperar como director


espiritual en el Seminario Pontificio San Fidel de la Diócesis de Villarrica. El Rector
de este entonces, Pbro. René Rebolledo, ahora Arzobispo de La Serena, me
instruyó detenidamente sobre mi trabajo, ante todo en la aplicación de criterios
(documentos de la OSCHI) para candidatos al sacerdocio, considerando: la
capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de enjuiciar
acontecimientos y personas; el ambiente histórico del candidato; las
motivaciones para que momentos críticos o fuertes cambios humanos, sociales,
eclesiales o incluso culturales no inadecuen a la persona fácilmente; la necesidad
de haber llegado a una aceptación sincera de su propia realidad personal y
dentro de la sociedad; la importancia de haber asumido su historia personal; la
integridad moral y la dotación de cualidades humanas tales como la honradez, el
sentido de justicia, la lealtad, la verdad. Criterios indispensables.
Son estos mismos criterios que ponen en juicio la posición de nuestro
Obispo Juan Barros. En su nombramiento se subestimó – y esa es la gravedad en
la mira – el ambiente histórico en el cual nuestro obispo se movió por más de 30
años, ambiente que él mismo alabó (documentado públicamente) como
edificante y que fue el ambiente de un guía pederasta que dañó a nuestra iglesia
chilena escandalosamente.

No haber “visto nunca nada” en 30 años indica incapacidad de ver al


mundo real, de ver la historia personal con mirada crítica. Nuestros feligreses no
son tontos y reclaman dignidad. Si yo como sostenedor de un Colegio emplearía
a un profesor que trabajó 30 años bajo la guía de un pederasta sin haberse dado
cuenta, tendría miles de familias protestando frente a mi casa por tal decisión
escandalosa. Mi colegio quedaría sin alumnos. Y con razón. Y nosotros como
diócesis. ¿Qué se espera?

Una persona puede cometer errores y tiene derecho al perdón –


enseñanza de nuestro Maestro Jesucristo – pero hay que reconocerlos en vez de
insistir en la inocencia, que no aparece como creíble. La carta del Santo Padre
de enero del año 2015, recién publicada, ha revelado que nuestro obispo en su
presentación ante la diócesis no fue veraz con nosotros.

Esto duele y aflige.

Esta mencionada y ahora publicada carta indica que Ustedes como


obispos tuvieron clara conciencia de la situación personal e histórica del ahora
obispo de Osorno y de lo que esperaba una diócesis entera. Ustedes con clara
deliberación querían preservar al Santo Padre de una fatal equivocación,
sabiendo que el Papa se puede equivocar. (El mismo Papa declara en una
entrevista: “Soy un hombre pecador y falible y no debemos olvidar nunca que
idealizar a una persona es una latente agresión. Cuando me idealizan me siento
agredido” – “Die Zeit, N° 1,1 2017”)

Pero las autoridades de mi iglesia miraron más la conveniencia del poder


administrativo que la máxima regla en la pastoral: la salvación de las almas. Esto
duele y pone en jaque la dignidad de todos nosotros. La dignidad es un derecho
humano inalienable, el mismo Papa nos lo grabó recién en nuestras conciencias.
Seguir a dicha premisa es obligación moral.

Exijan – como hermanos en el episcopado - que por su propia dignidad


como persona y obispo y por el derecho a la dignidad de todos nosotros, fieles y
consagrados, el Sr. Obispo Juan Barros se decida a repensar su posición en bien
de la iglesia de todo un país. Aquí no se trata de querer tener la razón, está en
juego un bien mayor: la paz entre los hombres.

Como obispos hagan suya la amonestación del apóstol Pablo en su


carta a los romanos: “Ustedes no han recibido el espíritu de esclavos, para recaer
en el temor..” (Rom 815). ¡Liberen con grandeza y magnanimidad a nuestra iglesia
chilena de este ambiente de amargura!

“Escuchar”, actitud clave para Jesucristo. Debe, tiene que ser nuestra.

El Papa usó recién frente a las autoridades las palabras del Padre Alberto
Hurtado, que “Una Nación….es una misión a cumplir». Es futuro. Y ese futuro se
juega, en gran parte, en la capacidad de escuchar que tengan su pueblo y sus
autoridades”.

Estas palabras hay que aplicar con urgencia a nuestra Iglesia chilena y
entonces habrá paz y ante todo futuro pastoral y eclesial. Pero entre palabras y
hechos tiene que haber una congruencia para convencer. Apremia y urge un
gesto para nuestra Diócesis.

“Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de
hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas.”

(El Papa a los consagrados en la Catedral de Santiago.)

Pbro. Peter Kliegel

Osorno, 21 de Enero 2018

P.S.

1. La carta llegará también por correo al obispado

2. Me tomaré la libertad de hacer pública esta misiva.