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VARIA

La filosofía reprobada y la filosofía aprobada.


Retórica y lógica en un sermón novohispano

Hugo Ibarra Ortiz


hueribor@yahoo.com.mx
Universidad Autoó noma de Zacatecas

Preámbulo
La muerte de Juan Joseó de Eguiara y Eguren fue una noticia recibida con mucha
consternacioó n por parte de la sociedad acadeó mica novohispana del siglo XVIII. Eguiara
y Eguren pertenecioó a la generacioó n de intelectuales mexicanos que se hicieron las
preguntas fundamentales para la conformacioó n del discurso propio mexicano. Esta
generacioó n compuesta por Andreó s de Arce y Miranda, Francisco Javier Clavijero,
Francisco Javier Alegre, el dominico Juan de Villa Saó nchez, entre otros, se preocuparon
por escribir su opinioó n al respecto de la cultura y el pensamiento en Meó xico. La
provocacioó n vino de fuera, por un lado el deaó n Manuel Martíó, y por otro, el Conde
Bufoó n y Cornelio De Paw. Esta generacioó n se nutrioó con los escritos de la generacioó n
criolla anterior: Gabriel de Ayrolo, Isidro Sarinñ ana, Miguel Saó nchez, Francisco
Florencia, Francisco Naranjo, Carlos de Siguü enza y Goó ngora, Diego Maríón Alcaó zar, Sor
Juana Ineó s de la Cruz, Juan Ignacio Maríóa Castorena Ursuó a y Goyeneche, entre otros.
Juan Joseó de Eguiara y Eguren no soó lo teníóa tiempo para la academia y la
redaccioó n de su Biblioteca Mexicana, sino que tambieó n escribíóa sermones y censaba
otros cuantos. Ademaó s, redactoó unas Selectae Dissertationes Mexicanae ad Theologiam.
En resumidas cuentas, Eguiara y Eguren personificoó el intelectual novohispano, lo
mismo discutíóa en la barandilla de la caó tedra que en el puó lpito del templo, daba
respuestas a calumnias de extranjeros y exhortaba a sus contemporaó neos a publicar
en su casa imprenta.

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Ernesto de la Torre Villar, en los apeó ndices de la Biblioteca Mexicana, editada
por eó l, reuó ne discursos y loas que la Universidad le hizo a su catedraó tico:
Por su parte el doctor y maestro Agustíón de Quintela, rector de la
Universidad en 1763, en la Tierna demostracioó n que la Real y
Pontificia Universidad de Meó xico hizo de su justo sentimiento en las
solemnes y devotas exequias del muy Ilustre Sr. Dr. Juan Joseó de
Eguiara y Eguren, recoge diversos elogios funerales de
congregaciones religiosas y de afectos al senñ or Eguiara en los que se
senñ ala el meó rito de su ensenñ anza ejercida a traveó s del puó lpito. Y
finalmente el doctor Pedro Joseó Rodríóguez y Arizpe, oratoriano, en su
Funebris Declamatio en la cual en diversos paraó grafos menciona su
actividad oratoria, y al final de la misma en la que ensaya describir la
obra de Eguiara, menciona que eó ste dejoó veintiocho voluó menes en
cuarto de: Cónciones panegyricae, morales, et asceticae, un septenario
dedicado al Patriarca Senñ or San Joseó con meditaciones y un octonario
en torno de la beatitud del mismo Santíósimo Patriarca (De la Torre
Villar, 1991; 173-88).

Esto soó lo es una muestra de lo que era Juan Joseó Eguiara y Eguren. Teníóa una enjundia
increíóble e infatigable. Estaba convencido de que a traveó s de la pluma, Meó xico y con eó l,
la Nueva Espanñ a, quedaríóa reivindicado de las infamias expuestas en Europa. Vio en la
estilograó fica la mejor arma para despertar la conciencia colectiva y el adoctrinamiento
del pueblo.

El sabio y la muerte
Le tocaríóa a un hijo de San Ignacio de Loyola hacer la oracioó n fuó nebre pronunciada en
la Real y Pontifica Universidad de Meó xico: Joseph Mariano Vallarta, prefecto de la
Congregacioó n de la Puríósima y titular de la Caó tedra «Francisco Suaó rez» de la misma
Universidad. Expuso el discurso El sabio con aprobación de Dios (Vallarta; 568 y ss),
sermoó n que cuenta solamente con quince notas a pie de paó gina, muy pocas citas en
latíón, no tiene sentidos superpuestos en una fuga interminable, la lectura es maó s
fluida, no estaó tan recargado en metaó foras y alegoríóas. En fin, se puede decir que se
halla en el traó nsito a lo que Carlos Herrejoó n denomina sermoó n neoclaó sico (2003).
Los sermones fuó nebres tienen una tradicioó n longeva remontable a los discursos
romanos por la caíóda de soldados o de gente de honor. La muerte aparece en el siglo
XVIII como un tema recurrente, en el cual se medita profundamente. A pesar de ello no
encontramos una melancolíóa exacerbada, hallamos una reflexioó n de un estado de vida

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a otro mejor. La admiracioó n tambieó n aquíó es muy importante, pero no se exagera, no se
le pretenden atribuir milagros al difunto. Una constante: las maneras de vencer a la
muerte es a traveó s de la sabiduríóa, pues el hombre sabio trasciende y el rudo no
(Ibarra Ortiz, 2013).
Vallarta, despueó s de referir algunos datos biograó ficos de Eguiara, plantea la
proposicioó n de la cual va a dar cuenta en su discurso: «Direó pues lo que dije: que fue
sabio, no como aquellos, que reprobados de Dios en su juicio son dignos del olvido y
del desprecio; sino sabios con aprobacioó n de Dios, para que lo alaben los hombres»
(Vallarta; 569). De aquíó se coligen dos cosas. La primera: hay sabios que Dios
reprueba, quizaó estos sean los que estaó n fuera de la iglesia catoó lica, pero Vallarta los
reconoce como sabios. La segunda, la sabiduríóa de Eguiara es comparable a la de
cualquier sabio del mundo y auó n maó s, porque no debe caer en el olvido, maó s bien debe
ser rememorada por los hombres.
Los sabios reprobados son los filoó sofos sin fe ni religioó n. «Estos eran los fíósicos
curiosos en averiguar los secretos de la naturaleza sin miramientos a su autor»
(Vallarta; 570). Esta es una clara alusioó n a la ciencia moderna que intentaba explicarlo
todo a partir de la sola luz de la razoó n. Los que poníóan como un íódolo a la razoó n y le
rendíóan pleitesíóa, sin darse cuenta que eó sta es limitada e insuficiente, esos son los
sabios reprobados de Dios. Los que se olvidan de eó l para quedarse solamente con
nuó meros, comprobaciones y la experiencia empíórica. «Reproboó Dios a la Filosofíóa; ¿y
queó filosofíóa? La que solo se versa y divierte en indagar curiosidades de lo sensible o
corpoó reo sin respeto a Dios» (Vallarta; 571). Vallarta asegura de Eguiara:
Fue filoó sofo; pero no Conquisitor hujus saeculi, porque su filosofíóa no
fue meramente sensible, ni toda natural, ni se detuvo en curiosas
averiguaciones de lo corpoó reo; sino con acierto, que no puede
negarse, en la intencioó n (¿y coó mo no en el dictamen?) unioó las
especulaciones de lo criado con las contemplaciones de lo divino: los
alcances del entendimiento con los descubrimientos de la revelacioó n;
y las probabilidades del discurso con las seguridades de la autoridad
de Dios1.

En efecto, la filosofíóa de Eguiara se puede denominar de la trascendencia. En un alto


ejercicio especulativo cavila sobre la revelacioó n pero desde su razoó n. Intenta

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Las cursivas son mías.

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comprender la teologíóa desde la filosofíóa. La metafíósica es muy importante en la obra
de Eguiara. Como dice Mauricio Beuchot, su pensamiento es ontoloó gico y de un
realismo optimista (1993; 2 y ss). Es cierto, no hay en las obras de Eguiara una fíósica
experimental, ni siquiera un naturalismo franciscano.
Me llama poderosamente la atencioó n la uó ltima consideracioó n de Vallarta: las
probabilidades del discurso con las seguridades de la autoridad de Dios. Esta es una
buena definicioó n no soó lo de la retoó rica de Eguiara, sino praó cticamente de toda la
oratoria sagrada novohispana de la eó poca. El discurso estaba en el aó mbito de lo
probable y teníóa como fundamento la palabra de Dios. Pero los predicadores estaban
conscientes de que su sermoó n era una arenga probable sobre un tema en especíófico.
Este probabilismo estaba fundado en la loó gica dialeó ctica, principalmente en los
Toó picos dialeó cticos de Fray Alonso de la Veracruz.
Como teoó logo tampoco queda reprobado Eguiara, pues la teologíóa que reprueba
Dios es la de los sectarios como Lutero, Calvino Zwinglio. Melanchton, etc. Pues
Eguiara abrazoó y ensenñ oó la teologíóa escolaó stica que no estaó reprobada por Dios.
Y cuando tuvo aquel espíóritu de porfíóa, y aquel aó nimo de sorprender...
¿No lo veíóamos cuando arguü íóa? ¡Con que modestia! ¡Con queó
sinceridad! ¡Coó mo aplaudíóa la solucioó n, si le llenaba! ¡Coó mo no
baldonaba la respuesta que no le satisfacíóa! ¿Y no le vemos en sus
disertaciones impresas? ¡Coó mo, aunque adelanta con ingenio, procura
la solidez! ¡Coó mo se afirma en las escrituras, en los concilios, en los
padres, en la razoó n! ¡Coó mo se sujeta a ajeno dictamen y no se avanza
presuntuoso a defender por síó solo lo que le parece! (Vallarta).

Todas las anteriores virtudes que le atribuye el jesuita Vallarta a Eguiara son de un
buen dialeó ctico. Aunque ingenioso, Eguiara tambieó n era soó lido en sus escritos, pues se
basaba en la Sagrada Escritura, concilios, padres y doctores de la iglesia. A pesar de
que ya podemos decir que este sermoó n tiene tintes de moderno, todavíóa pondera
como una dualidad el ingenio, la sutileza y los conceptos empleados por Eguiara como
predicador.
El jesuita Vallarta pone de manifiesto, a partir del capíótulo 39 del Eclesiaó stico,
las cualidades especíóficas del sabio: «...el sabio digno de alabanza es el que se instruye
en la sabiduríóa de los antiguos, no algunos sino todos, y pone su estudio en las
Escrituras Santas... que venera las inteligencias y las doctrinas de los hombres de

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nombre y meó rito, y se entra en la sutilezas y disputas de las sentencias...» (Vallarta;
574) Este es el argumento de autoridad sacado de la Biblia y se lo aplica al difunto
Eguiara. Esta aplicacioó n no necesita de una interpretacioó n alegoó rica, sino maó s bien de
una correspondencia concreta. Esa es otra de las caracteríósticas del sermoó n
neoclaó sico, ya no lleva a cabo una hermeneó utica traslaticia, sino maó s literal. La sutileza
auó n se consideraba para este tiempo como un caraó cter valioso en un orador. El jesuita
aplica a Eguiara estas cualidades arriba comentadas:
Veó anse sus escritos asíó teoloó gicos como predicables: allíó se veraó el
estudio de los padres y de los teoó logos; allíó el de las escrituras, allíó el
aprecio, con que fe valíóa de sus textos para el afiance de sus doctrinas
y de su pensamientos; no dejando toda la prueba a la razoó n ni a la
elocuencia: ni pretendiendo, que se diera fe y creó dito a sus discursos
por su sola autoridad; sino solicitando la suma, que es la de Dios e sus
escrituras y la grande de los padres, y teoó logos distinguidos. Se veraó
tambieó n, que de estas usaba no con sentidos de su capricho; sino
ajustado a las inteligencias de los inteó rpretes maó s abonados (Vallarta;
575).

Es de resaltarse que para Eguiara, asíó como para Vallarta, las fuentes del saber y
de autoridad iban de la Biblia, pasando por los padres de la iglesia, los concilios, los
teoó logos, la razoó n y por uó ltima la experiencia. Esto es de tomarse en cuenta,
precisamente en ese momento se estaba invirtiendo este orden, de tal suerte que la
experiencia y la razoó n iban en primer lugar y la Biblia en uó ltimo. Esta consideracioó n
del saber continuoó en la Nueva Espanñ a hasta su otonñ o y auó n las primeras deó cadas del
siglo XIX. Diez anñ os despueó s el oratoriano Benito Díóas de Gamarra diríóa un sermoó n
que, a decir de Carmen Rovira, es de un pensamiento ecleó ctico (Rovira, 2003; 115-29).
Este eclecticismo era producto del paso del paradigma sermocinal al empirioceó ntrico.
Esto es, en el primero la Biblia teníóa el saber y la razoó n y en el segundo la experiencia
estaba a la cabeza.
Es de suma importancia senñ alar que, seguó n Vallarta, Eguiara y Eguren era
probabilista en su teologíóa moral:
Y de ¿queó especie fue su moral? ¿Coó mo la queríóa Dios en el
Eclesiaó stico, fundada en la autoridad de moralistas de creó dito, y en las
deducciones que hace el discurso? ¿Por queó no es allíó, que seguíóa y
veneraba la autoridad de los Raymundos, de los Antoninos, de los
Conrados, los Navarros, los Medinas, los Sotos, los Rodríóguez, los
Molinas? ¿No es asíó que informado ya bien su juicio en su estudio,

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poníóa despueó s en balanza las razones para opinar, indagando con
sutileza, arguyendo con eficacia, combinando con discernimiento y
deduciendo con probabilidad? (Vallarta; 576).

Como ya habíóa mencionado en mi penuó ltimo libro (Ibarra Ortiz, 2013), el


probabilismo en teologíóa moral pasoó a la Nueva Espanñ a y llegoó para quedarse. Pues,
despueó s de maó s de cien anñ os, en la segunda mitad del siglo XVIII auó n se consideraba
como una postra vaó lida. Todos los autores que cita Vallarta, a su vez citados por
Eguiara, son de la corriente del probabilismo. Este probabilismo en teologíóa moral
teníóa su correspondencia con el eclecticismo en epistemologíóa. Ciertamente Vallarta
no dice que Eguiara sea ecleó ctico, pero era un agudo lector de Ciceroó n. La postura del
romano se ve evidente en su obra Natura deorum, particularmente en el capíótulo
primero. Esta postura seraó retomada por varios filoó sofos catoó licos que veíóan coó mo la
modernidad, cabalgando por sus fueros, veníóa avasallando el pensamiento del siglo.
Aquíó tambieó n nos muestra Vallarta todo el procedimiento que llevaba un
teoó logo probabilista para poder dar su opinioó n en un caso de teologíóa moral. La
deduccioó n no era axiomaó tica, es decir, no se buscaba un principio y se aplicaba. Sino
que era probabilista, esto es, se podíóa seguir la opinioó n menos probable y era
igualmente vaó lida. No dice Vallarta que Eguiara fuera probabiliorista, sino su
contrario.
De las palabras de Vallarta se colige que la escolaó stica de Eguiara síó teníóa tintes
de ecleó ctica:
A muchos leíóa para aprender de muchos, pero seguó n la norma que
Dios prefiere Bona enim et mala in hominibus tentabit, tomaba lo
bueno y dejaba lo malo; no lo cegaba la pasioó n, ni el afecto lo
precipitaba; no era la novedad, ni el uso, ni el seó quito, quien dominaba
en su literatura; sino el justo discernimiento: porque ni era lector
incauto, que todo lo bebiera; ni partidario servil, que todo lo abrazara;
pero ni críótico excesivo, que en todo hallara que reprender. Sirva de
ejemplo de su cordura, cuando tomoó de Gerson, de Isolanis, del
Brabante y de otros para su insigne tratado del padre de Cristo en la
tierra, y esposo de su madre Maríóa; y como dejoó y auó n impugnoó la
reflejas poco acrisoladas, y bastantes sutiles de Dausquio. Sirva
tambieó n su carta, que ya cite, impresa, en la que del franceó s Du-Plessis
cogioó el aprecio de la teologíóa escolaó stica, evitando el coger otros
escritos el afecto a la filosofíóa, que se le opone, experimental
precisamente y naturalista (Vallarta).

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El juicio que se seguíóa en este eclecticismo era el sic et non, no del gusto, sino el
provecho que podríóa tener determinada doctrina para el afianzamiento de la fe. Ante
las embestidas de los filoó sofos modernos como Kant o Hume y de los teoó logos como
Melanchton, los filoó sofos y teoó logos catoó licos optaron por un eclecticismo moderado
que les permitiera discutir con ellos, pero al mismo tiempo fundamentar la doctrina
catoó lica. Este eclecticismo estaba basado en la analogíóa. Lo que se asemejara a los
principios y dogmas establecidos por el Magisterio eclesiaó stico seríóa bien venido y lo
que fuera en contra de la fe y el dogma seríóa desechado. La filosofíóa natural atentaba
contra Dios creador de todas las cosas y contra la Sagrada Escritura, por eso ese tipo
de saber no servíóa mucho ni para predicar ni para redactar tratados teoloó gicos.
Finalmente, Vallarta hace la consideracioó n de Eguiara como excelente predicador:
...que repartiendo el sabio, como agua, que cae del cielo los sermones,
queó haraó su sabiduríóa, diraó a Dios panegíóricos de sus perfecciones:
seraó su modo de predicar copioso y abundante, uó til y suave; no seraó su
decir aguacero tempestuoso, que cayendo con aparatos de íómpetu
vehemente, como que inundara la tierra, pero deslavaó ndola con su
fuerza, en vez de fertilizarla con su jugo, sino como agua mansa, que
insinuaó ndole suavemente cale los corazones y los disponga a llevar
fruto de bendicioó n.

Tanto en sus aprobaciones como en sus sermones, Eguiara y Eguren era docto y muy
persuasivo. Combinaba muy bien su sabiduríóa filosoó fica con la predicacioó n. Un tíótulo
de un sermoó n, le daba pie a reflexionar acerca de Platoó n o Aristoó teles. Eguiara, que en
vida fue denominado por sus contemporaó neos, Benefactor de las letras, supo
combinar el probabilismo de teologíóa moral con un eclecticismo analoó gico de la
filosofíóa. Fueron muchos los sermones pronunciados por este docto, seguó n Ernesto de
la Torre, hay en la biblioteca nacional de Meó xico, varios tomos de sermones
manuscritos.
Como asegura Ernesto de la Torre Villar: «La accioó n de hombres como Eguiara
significa tanto la construccioó n de una nacioó n cristiana cuanto la creacioó n de una patria
comuó n. La oratoria sagrada, tal como Eguiara la ejercioó , formoó una ideologíóa y tanto en
ella, como en su obra cultural, de humanista, encontramos viva la fuerza creadora con
que actuaron el padre Las Casas, fray Pedro de Gante, Vasco de Quiroga y tantos otros
varones, forjadores de la sociedad y de la cultura mexicana» (De la Torre Villar, 1991).

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En efecto, con Eguiara y Eguren se cierra una generacioó n muy importante para la
cultura mexicana y con este docto predicador se acrisola el discurso barroco.

A guisa de conclusión
El sermoó n de Vallarta, y algunos aspectos del pensamiento de Eguiara descritos por el
jesuita, nos muestran que se estaba dando un cambio en el paradigma sermocinal
novohispano. No soó lo la filosofíóa moderna empujaba a los predicadores a hacer
concesiones o el probabilismo teoloó gico, los encaminaba a una postura maó s abierta.
Sino que, el mismo probabilismo de la dialeó ctica usada en los sermones daba pauta
para que los intelectuales de esta eó poca fueran estableciendo un eclecticismo en su
forma de pensar.
La forma de predicacioó n francesa, el pensamiento moderno, la relectura de la
obra de Ciceroó n, los cambios políóticos y administrativos que estaba sufriendo Nueva
Espanñ a, provocaba en los predicadores un discurso que estaba pasando del barroco a
lo que se ha denominado neoclaó sico. Este sermoó n de Vallarta es un buen ejemplo de
ello. Maó s tambieó n es cierto que la forma de argumentar de estos filoó sofos oradores
estaba sustentada en la loó gica, principalmente en la dialeó ctica. Asíó, en el sermoó n del
siglo XVIII podemos encontrar la retoó rica necesaria que les servíóa a estos intelectuales
para hacer comprender su punto de vista a los demaó s, pero tambieó n la parte
estructural residida en la loó gica, pues argumentos al pathos o al ethos si no eran
fundados en un razonamiento se caíóan faó cilmente.

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Bibliografíóa
De la Torre Villar, E. (1991). «Eguiara y Eguren, Orador sagrado» en Estudios de
Historia Novohispana, v. 10.
De la Torre Villar, E. (coord.). (1993). Juan José Eguiara y Eguren y la Cultura Mexicana.
Meó xico: UNAM.
Herrejoó n Peredo, C. (2013). Del sermón al discurso cívico. México 1760-1834. El Colegio
de Michoacaó n, El Colegio de Meó xico, Zamora, Michoacaó n.
Ibarra Ortiz, H. (2013). El paradigma sermocinal en la Nueva España, Siglo XVII,
Universidad Autoó noma de Zacatecas, Zacatecas, Meó xico.
Vallarta, J. M. El sabio con aprobación de Dios, sermón fúnebre que en las honras que la
Real y Pontificia Universidad dedicó el día 12 de Agosto de 1763 a su Respetable Doctor
D, Juan Joseph de Eguiara y Eguren en Eguiara y Eguren Juan Joseó , Bibliotheca
Mexicana, edicioó n facsimilar a cargo de Ernesto de la Torre Villar, Tomo V, anexos.
Rovira Gaspar, C. (2003). Reflexiones en torno de un sermoó n. Pensamiento
Novohispano N° 4, Toluca, Meó xico.
Beuchot, M. (1993). Sobre el conocimiento filosoó fico y teoloó gico de Dios en Eguiara y Eguren.
De la Torre Villar Ernesto, (coord..) Juan José Eguiara y Eguren y la Cultura Mexicana. Meó xico:
UNAM.