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María, la Virgen humilde y obediente

¡Medita en la humildad de María desde su infancia!


Por: P. Marcelino de Andrés | Fuente: El paraíso de Nazaret

A veces imaginamos y concebimos algunas páginas del evangelio, demasiado teñidas de


azul celeste o excesivamente bañadas en un marcado tinte poético. Sin duda en cierta
casa de Nazaret se respiraría un penetrante perfume de paraíso, pero a la vez la vida allí
discurriría dentro de una gran normalidad. Y debió desenvolverse con todos los colores.
Los colores de todos los días. Grises también.

La vida de la Santísima Virgen se vio salpicada de eventos extraordinarios. Es verdad. Pero


la mayor parte transcurrió de un modo muy ordinario y sencillo. A blanco y negro. Incluso
esos episodios sublimes y grandiosos, María los debió vivir con la humildad y sencillez
habituales en Ella.

María tenía motivos más que suficientes para crecerse, engreírse, reconocerse superior a
sus semejantes. Se vio adornada de dones y gracias que excedían con mucho a los de las
demás personas. Recibió privilegios que la situaban muy por encima de los más
privilegiados de este mundo. Sin embargo, Ella vivió siempre y en todo momento con una
humildad y simplicidad que nos llenan de asombro.

“Su humildad -dirá San Juis M. Grignion de Montfort- fue tan profunda que no tuvo en
esta tierra otro deseo más fuerte y más continuo que el de esconderse a sí misma y a
todos, para ser conocida únicamente por Dios”.

Basta contemplarla en algunos de los momentos que conocemos de su vida para


percatarnos de ello.

Humildad en su infancia.

Humildes fueron sus padres. Según una antigua tradición, de la que hay constancia ya
desde el siglo II, fue hija de Joaquín y Ana. Dos personajes que, de no haber sido los
padres de María, hubieran pasado desapercibidos para todo el mundo. Eran originarios de
Nazaret, pequeña aldea de Galilea a unos 170 kilómetros de Jerusalén.

A decir verdad, no conocemos más que esos escasísimos datos de la humilde niñez e
infancia de María. Es de suponer que vivió esos años preciosos en la más absoluta
normalidad. Una niña más de un pueblo desconocido. Pero que debió llenar de gozo a
todos cuantos la trataron por su sencillez y alegría contagiosas.
Humildad en el momento de la Anunciación

Es admirable ir comparando cada frase del anuncio del ángel del Señor y la reacción de
María. Él la llama “Llena de gracia...” y Ella se turba, se sonroja. Él le asegura: “has hallado
gracia delante de Dios”; es decir, le has encantado a Dios... Y Ella agacha su cabeza más
ruborizada aún.

El mensajero celeste continúa anunciando grandezas sublimes: “Tu Hijo será grande; será
llamado Hijo del Altísimo... Reinará sobre el trono de David, y su reino no tendrá fin..”. Y a
Ella no se le ocurrió contestar: “he aquí la Vara de Jesé, he aquí la Flor de Cades, he aquí la
Turris eburnea”; ni tampoco “he aquí la Reina de Israel” o “la Madre del Altísimo...” No se
le ocurrió despedir al ángel diciéndole con ese típico aire de altivez: “Gabriel, puedes
retirarte de mi presencia. Comunicaré mi decisión directamente al Altísimo, cuando lo
juzgue oportuno, después de pensarlo mejor”. No. María dijo sencillamente: “he aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Y a partir de ese momento, a eso se dedicó. A comportarse como esclava, siendo Reina. Se
puso a reinar sirviendo. De hecho lo primero que hizo fue irse de prisa a servir y ayudar a
su prima Isabel que estaba en cinta.

Humildad en la visita a su prima Isabel

Antes de nada sería interesante prestar atención al viaje hacia la región montañosa. No
viajó como una Reina. No dispuso de carroza y ni estuvo rodeada de pajes que la
atendían... Claro que no. La mayor parte del trayecto lo hizo, sin duda, a pie (y era más
bien largo: varios días de camino). Además, iba -dice el evangelio- “con presteza”, con
prisa. Prisa por servir. No iba de excursión, ni aprovechó para hacer turismo...

Tras el duro viaje -que se hizo más llevadero al saber a quién llevaba en su seno-, por fin
llegó María a casa de Isabel. Cuando se saludaron, de nuevo se puso a prueba su humildad
ante las palabras de su prima: “de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme”.
Aquello fue como para recordarle a María quién era Ella... Pero, por lo visto, se le olvidó
de inmediato. Su corazón no conoció ni el más leve orgullo. Pemán lo ilustra con esta
acertada comparación: “Si tuviera lengua la fuente cuando la embellece el sol de una clara
mañana, ¿qué orgullo habría en que la fuente dijera, con aire de canción, que magnificaba
al sol porque la había llenado de luz?... María magnificó al Señor”. Devolvió a Dios con su
Magnificat los honores y glorias salidos de la boca de Isabel y se puso a servir.

Sí, la Madre de Dios, la Madre del Señor, de sirvienta. Y no lo hizo girando órdenes al
personal de servicio. No lo hizo dando instrucciones con guantes de seda blancos. No, no.
A mano limpia. Barriendo, fregando, cosiendo, yendo por agua a la fuente del pueblo, o
llevando la basura a tirar al barranco... Quitando a su prima de las manos los platos sucios
para lavarlos Ella, la ropa sucia para tallarla en el lavadero junto al río, las prendas rotas
para zurcirlas...

E Isabel, que sabía quién era María, mortificada... Pero María a lo que iba... a servir... y no
a ser tratada como la Madre del Señor de cielos y tierra. No. Nunca aprendió María a
distinguir bien cuáles son esas cosas que no pueden hacer las señoras y esas cosas que
sólo pueden hacer las sirvientas.

En María descubrimos que el prójimo (su prima o quien sea) es más importante que Ella,
hasta el punto de dedicarle su tiempo y su vida, incluso estando como estaba en el centro
de la historia porque llevaba en sí al Señor de la misma.

¡Qué sencilla y humilde, la Virgen, nuestra Madre! Su dignidad y grandeza las manifestó
en un amor hecho servicio sencillo y alegre.

http://es.catholic.net/op/articulos/3716/cat/301/maria-la-virgen-humilde-y-
obediente.html

La participación de María en la vida pública de Jesús


Catequésis Mariana Juan Pablo II

Durante la audiencia general del miércoles 12 de marzo de 1997.

Por: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

1. El concilio Vaticano II, después de recordar la intervención de María en las bodas de


Caná, subraya su participación en la vida pública de Jesús: "Durante la predicación de su
Hijo, acogió las palabras con las que éste situaba el Reino por encima de las
consideraciones y de los lazos de la carne y de la sangre, y proclamaba felices (cf. Mc 3, 35
par.; Lc 11, 27-28) a los que escuchaban y guardaban la palabra de Dios, como ella lo hacía
fielmente (cf. Lc 2, 19 y 51)" (Lumen gentium, 58).

El inicio de la misión de Jesús marcó también su separación de la Madre, la cual no


siempre siguió al Hijo durante su peregrinación por los caminos de Palestina. Jesús eligió
deliberadamente la separación de su Madre y de los afectos familiares, como lo
demuestran las condiciones que pone a sus discípulos para seguirlo y para dedicarse al
anuncio del reino de Dios.
No obstante, María escuchó a veces la predicación de su Hijo. Se puede suponer que
estaba presente en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús, después de leer la profecía de
Isaías, comentó ese texto aplicándose a sí mismo su contenido (cf. Lc 4, 18-30). ¡Cuánto
debe de haber sufrido en esa ocasión, después de haber compartido el asombro general
ante las "palabras llenas de gracia que salían de su boca" (Lc 4, 22), al constatar la dura
hostilidad de sus conciudadanos, que arrojaron a Jesús de la sinagoga e incluso intentaron
matarlo! Las palabras del evangelista Lucas ponen de manifiesto el dramatismo de ese
momento: "Levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura
escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero él,
pasando por medio de ellos, se marchó" (Lc 4, 29-30).

María, después de ese acontecimiento, intuyendo que vendrían más pruebas, confirmó y
ahondó su total adhesión a la voluntad del Padre, ofreciéndole su sufrimiento de madre y
su soledad.

2. De acuerdo con lo que refieren los evangelios, es posible que María escuchara a su Hijo
también en otras circunstancias. Ante todo en Cafarnaúm, adonde Jesús se dirigió después
de las bodas de Caná, "con su madre y sus hermanos y sus discípulos" (Jn 2, 12). Además,
es probable que lo haya seguido también, con ocasión de la Pascua, a Jerusalén, al templo,
que Jesús define como casa de su Padre, cuyo celo lo devoraba (cf. Jn 2, 16-17). Ella se
encuentra asimismo entre la multitud cuando, sin lograr acercarse a Jesús, escucha que él
responde a quien le anuncia la presencia suya y de sus parientes: "Mi madre y mis
hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21).

Con esas palabras, Cristo, aun relativizando los vínculos familiares, hace un gran elogio de
su Madre, al afirmar un vínculo mucho más elevado con ella. En efecto, María, poniéndose
a la escucha de su Hijo, acoge todas sus palabras y las cumple fielmente.

Se puede pensar que María, aun sin seguir a Jesús en su camino misionero, se mantenía
informada del desarrollo de la actividad apostólica de su Hijo, recogiendo con amor y
emoción las noticias sobre su predicación de labios de quienes se habían encontrado con
él.

La separación no significaba lejanía del corazón, de la misma manera que no impedía a la


madre seguir espiritualmente a su Hijo, conservando y meditando su enseñanza, como ya
había hecho en la vida oculta de Nazaret. En efecto, su fe le permitía captar el significado
de las palabras de Jesús antes y mejor que sus discípulos, los cuales a menudo no
comprendían sus enseñanzas y especialmente las referencias a la futura pasión (cf. Mt 16,
21-23; Mc 9, 32; Lc 9, 45).

3. María, siguiendo de lejos las actividades de su Hijo, participa en su drama de sentirse


rechazado por una parte del pueblo elegido. Ese rechazo, que se manifestó ya desde su
visita a Nazaret, se hace cada vez más patente en las palabras y en las actitudes de los
jefes del pueblo.

De este modo, sin duda habrán llegado a conocimiento de la Virgen críticas, insultos y
amenazas dirigidas a Jesús. Incluso en Nazaret se habrá sentido herida muchas veces por
la incredulidad de parientes y conocidos, que intentaban instrumentalizar a Jesús (cf. Jn 7,
2-5) o interrumpir su misión (cf. Mc 3, 21).

A través de estos sufrimientos, soportados con gran dignidad y de forma oculta, María
comparte el itinerario de su Hijo "hacia Jerusalen" (Lc 9, 51) y, cada vez más unida a él en
la fe, en la esperanza y en el amor, coopera en la salvación.

4. La Virgen se convierte así en modelo para quienes acogen la palabra de Cristo. Ella,
creyendo ya desde la Anunciación en el mensaje divino y acogiendo plenamente a la
Persona de su Hijo, nos enseña a ponernos con confianza a la escucha del Salvador, para
descubrir en él la Palabra divina que transforma y renueva nuestra vida. Asimismo, su
experiencia nos estimula a aceptar las pruebas y los sufrimientos que nos vienen por la
fidelidad a Cristo, teniendo la mirada fija en la felicidad que ha prometido Jesús a quienes
escuchan y cumplen su palabra.

http://es.catholic.net/op/articulos/15003/la-participacin-de-mara-en-la-vida-pblica-de-
jess.html

María modelo de la Iglesia servidora

Ciclo A. Cristo Rey / Mateo 25, 31-46. Es fácil hablar de amor y de caridad, pero resulta
muy difícil vivirlos.

Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer

Mateo 25, 31-46: Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en
el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones.
Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las
ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la
creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de
beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me
visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.”
Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te
alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te
hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos
a verte?”
Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis.”
Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno
preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer,
tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y
no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. “
Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o
forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”
Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes,
tampoco lo hicisteis conmigo.”
Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Reflexión
1. Queremos aprovechar para conocer mejor la misión de la Sma Virgen para nuestro
tiempo. Según el testimonio del Concilio, Ella es el modelo perfecto de la Iglesia renovada,
de la Iglesia del futuro.

Hoy, María nos quiere recordar, que el amor es la más profundo y significativo del
cristiano y que el amor se expresa en el servicio. Así nos muestra, con su ejemplo, que la
Iglesia es y quiere ser servidora de los hombres.

2. Acabamos de oír el Evangelio de hoy. Jesús mismo nos describe el cuadro del juicio
final. Por eso debemos tomarlo muy en serio. Nuestro amor al hermano, manifestado en
concretas obras de caridad; decide sobre nuestra felicidad o perdición eterna.

Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta muy difícil vivirlos, porque amar significa
servir, y servir exige renunciar a sí mismo. Si no fuera así, estaríamos en el paraíso, ya que
todos los hombres y todos los cristianos estamos de acuerdo en cantar las bellezas del
amor.
Sin embargo, sigue habiendo guerras, injusticias socia-les, persecuciones políticas en el
mundo. Es porque amar cuesta, porque servir cuesta. Es porque el pecado original nos
inclina a buscar siempre el propio interés, a querer dominar y estar en el centro.

3. Pero, ¿qué es servir? El mismo Jesús lo explica: servir es dar su vida por los otros, es
entregarse a los demás. Servir es darse uno mismo, entregando al otro nuestra
preocupación y nuestro tiempo, nuestro amor.

Sirve la mujer que plancha hasta tarde la camisa que su marido necesita; o que pasa la
noche junto al hijo enfermo. Sirve quien apaga la televisión durante la telenovela para
recibir al vecino y escuchar sus problemas. Sirve quien renuncia a unas horas de descanso
para ir a pasear con sus hijos, para participar en una reunión de la comisión vecinal.

4. La Iglesia del Concilio se proclamó una Iglesia servidora del mundo y de los hombres.
Por eso eligió como modelo de esa actitud a María.

Ya en la primera escena del Evangelio, en la Anunciación, vemos a la Sma Virgen llena de


disponibilidad servicial. Ella se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces
creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una
promesa. Miremos a María: Ella le entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le
encomienda por el ángel. Ella cambia en el acto todos los planes y proyectos que tenía, se
olvida completamente de sus propios intereses.

Lo mismo le pasa con Isabel. Sabe que ella va a tener un hijo y parte enseguida, a pesar
del largo camino de unos cien kilómetros. Y se queda tres meses con ella, sirviéndola hasta
el nacimiento de Juan Bautista.

No se le ocurre sentirse superior: María sabe por el ángel que su hijo será el Rey del
universo y el de Isabel sólo su precursor. Pero es Ella la que corre donde vivía su prima. Y
no busca pretextos por estar encinta y no poder arriesgarse en un viaje tan largo.

Lo hace todo esto, porque sabe que en el Reino de Dios los primeros son los que saben
convertirse en servidores de todos. Cuando el ángel le anuncia que Ella será Madre de
Dios, entonces María comprende que esta vocación le exige convertirse en la primera
servidora de Dios y de los hombres.
5. Para poder construir el país mejor que todos deseamos, se precisa mucho espíritu de
sacrificio y de servicio. Es tarea de todos y saldrá adelante sólo con la entrega generosa de
todos.

Pero ese servicio, lo que el país nos pide, tiene que ser dado en el espíritu de Cristo y de
María. Debe ser un servicio que busque realmente mi entrega a los demás, y no mi poder
personal, ni el dominio absoluto de mi empresa o de mi partido. No queremos reemplazar
una clase dominante por otra, que trae nuevas formas de opresión.

Sin este espíritu, el país no será renovado, aunque disminuyan las diferencias sociales.
Una justicia que no va acompañada del amor servicial, es inhumana, es una justicia sin
alma.

Pidámosle a María que nos ayude a construir una Iglesia según su imagen, una Iglesia
servidora de los hombres, que sea, realmente, alma de un país mejor.

¡Qué así sea!


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

http://es.catholic.net/op/articulos/41772/cat/901/maria-modelo-de-la-iglesia-
servidora.html

PRESENTACION MARIA MODELO DE LA IGLESIA SERVIDORA (PRESENTACION EN POWER


POINT)

ORACION

Indicaciones: Tomemos la siguiente oración y vamos a leerla todos juntos despacio al ir


diciendo las palabras vayamos sintiéndola también en nuestros corazones. Al finalizar
vamos a tener unos minutos de silencio para poder rezarla nuevamente al leerla trata de
vivenciar lo que lees, asumir todo lo que estás diciendo decirlo con todo el alma, haciendo
tuyas las frases leídas. En total silencio.
SEÑORA DEL SILENCIO

Madre del Silencio y de la Humildad,

Tí vives perdida y encontrada

en el mar sin fondo del misterio del Señor.

Madre del Silencio y de la Humildad,


Tí vives perdida y encontrada
en el mar sin fondo del misterio del Señor.

Eres disponibilidad y receptividad.


Eres fecundidad y plenitud.
Eres atención y solicitud por los hermanos.
Estás vestida de fortaleza.

En Ti resplandecen la madurez humana


y la elegancia espiritual.
Eres señora de Ti misma
antes de ser señora nuestra.

No existe dispersión en Ti.


En un acto simple y total,
tu alma, toda inmóvil,
está paralizada e identificada con el Señor.
Está dentro de Dios y Dios dentro de Ti.

El Misterio Total te envuelve y te penetra,


te posee, ocupa e integra todo tu ser.

Parece que todo quedó paralizado en Ti,


todo se identificó contigo:
el tiempo, el espacio, la palabra,
la mísica, el silencio, la mujer, Dios.
Todo quedó asumido en Ti, y divinizado.

Jamás se vio estampa humana


de tanta dulzura,
ni se volverá ver en la tierra
mujer tan inefablemente evocadora.

Sin embargo, tu silencio no es ausencia


sino presencia.
Estás abismada en el Señor,
y al mismo tiempo,
atenta a los hermanos, como en Caná.

Nunca la comunicación es tan profunda


como cuando no se dice nada,
y nunca el silencio es tan elocuente
como cuando nada se comunica.

Haznos comprender
que el silencio
no es desinterés por los hermanos
sino fuente de energía e irradiación;
no es repliegue sino despliegue,
y que, para derramarse,
es necesario cargarse.

El mundo se ahoga
en el mar de la dispersión,
ya no es posible amar a los hermanos
con un corazón disperso.
Haznos comprender que el apostolado,
sin silencio,
es alienación;
y que el silencio,
sin el apostolado,
es comodidad.

Envuélvenos en el manto de tu silencio,


y comunícanos la fortaleza de tu Fe,
la altura de tu Esperanza,
y la profundidad de tu Amor.

Quédate con los que quedan,


y vente con los que nos vamos.

¡Oh Madre Admirable del Silencio!

http://www.tovpil.org/index.php?option=com_content&view=article&id=123%3Asenora-
del-silencio&catid=85%3Amaria&Itemid=276&lang=es
MEDITACION DE LA PALABRA DE DIOS Basado en el método de la LECTIO DIVINA

Colosenses 3,12-17

12. Pónganse, pues, el vestido que conviene a los elegidos de Dios, sus santos muy
queridos: la compasión tierna, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia.

13. Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como
el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo.

14. Por encima de esta vestidura pondrán como cinturón el amor, para que el conjunto
sea perfecto.

15. Así la paz de Cristo reinará en sus corazones, pues para esto fueron llamados y
reunidos. Finalmente, sean agradecidos.

16. Que la palabra de Cristo habite en ustedes y esté a sus anchas. Tengan sabiduría, para
que se puedan aconsejar unos a otros y se afirmen mutuamente con salmos, himnos y
alabanzas espontáneas. Que la gracia ponga en sus corazones un cántico a Dios,

17. y todo lo que puedan decir o hacer, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando
gracias a Dios Padre por medio de él.

http://legiondemariamed.blogspot.mx/2013/03/lectio-divina.html
Para Servir

Oh Cristo, para poder servirte mejor


dame un noble corazón.

Un corazón fuerte
para aspirar por los altos ideales
y no por opciones mediocres.

Un corazón generoso en el trabajo,


viendo en él no una imposición
sino una misión que me confías.

Un corazón grande en el sufrimiento,


siendo valiente soldado ante mi propia cruz
y sensible cireneo para la cruz de los demás.

Un corazón grande para con el mundo,


siendo comprensivo con sus fragilidades
pero inmune a sus máximas y seducciones.

Un corazón grande con los hombres,


leal y atento para con todos
pero especialmente servicial y dedicado
a los pequeños y humildes.

Un corazón nunca centrado sobre mí,


siempre apoyado en ti,
feliz de servirte y servir a mis hermanos,
¡oh, mi Señor!
todos los días de mi vida. Amén.

http://www.tovpil.org/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=
98&Itemid=278&lang=es
Letanías de la Humildad
del Cardenal Merry del Val

-Jesús manso y humilde de Corazón, ...Óyeme.

-Del deseo de ser estimado*,...Líbrame Jesús (se repite)


-Del deseo de ser alabado,
-Del deseo de ser honrado,
-Del deseo de ser aplaudido,
-Del deseo de ser preferido a otros,
-Del deseo de ser consultado,
-Del deseo de ser aceptado,
-Del temor de ser humillado,
-Del temor de ser despreciado,
-Del temor de ser reprendido,
-Del temor de ser calumniado,
-Del temor de ser olvidado,
-Del temor de ser puesto en ridículo,
-Del temor de ser injuriado,
-Del temor de ser juzgado con malicia,

-Que otros sean más estimados que yo,...Jesús dame la gracia de desearlo (se repite)
-Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,
-Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,
-Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,
-Que otros sean preferidos a mí en todo,
-Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda,

ORACIÓN
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser
ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de
aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra
miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el
cielo. Amén.

*lisonjeado: El original: "Del deseo de ser lisonjeado....". Lisonja = alabanza para ganar la
voluntad de una persona.

http://www.corazones.org/oraciones/humildad_oracion.htm