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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

RELATOS
CACHACOS DE
UNOS DÍAS EN LA
SIERRA 1
Relatos cachacos de unos días en la Sierra

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Contenido

Presentación ........................................................................................................ 2

Guié ................................................................................................................... 4

Renacer ............................................................................................................. 4

Calor de hogar .................................................................................................... 5

El sabor de la Sierra ........................................................................................... 6

Primero el fuego, Segundo el kankuamo ........................................................ 8

Aprendiendo en Yosagaka ............................................................................. 15

La Sierra ........................................................................................................ 15

La parrandera .................................................................................................. 16

Rosalba ........................................................................................................... 17

La familia ...................................................................................................... 20

Versos sobre Atánquez ................................................................................... 22

Las historias de la música: Chicote y Vallenato .............................................. 22

Agradecimientos ........................................................................................... 24

Mamá Rosa ..................................................................................................... 25

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Presentación
La idea que se tiene de la Sierra Nevada en las aulas universitarias bogotanas ha
cambiado con el transcurrir de los años. Ya no es predominante la visión de la
Sierra como un territorio de pueblos originarios que tarde o temprano iban a
entrar en la modernización; ya profesores y estudiantes no emprenden viajes
buscando comunidades a las cuales aplicarles cuestionarios para constatar lo
atrasados que están. Hoy la imagen que se tiene es un tanto confusa, unos quieren
encontrar en las comunidades de la Sierra las respuestas que no hallan en los
libros que desbordan sus bibliotecas, ni en las formas de llevar sus vidas; otros se
esfuerzan por llamar la atención sobre maneras de estar en el mundo que
solucionarían problemas con los que no han podido las universidades donde
estudian y trabajan; también los hay quienes buscando modos alternativos de
resistir las arremetidas de mercaderes que promocionando el “progreso” buscan
su propio beneficio. Cuando se armó el viaje a la Sierra, como parte de las
actividades de un curso que tenía la pretensión de entender el proceso que siguen
los seres humanos para hacerse sus visiones del mundo, sólo se llevaba algo en
mente: escuchar para hacerse una primera idea de las gentes de Atánquez .

Para un estudiante de sociología constituye una experiencia única de aprendizaje


abandonar el salón de clase (donde la guía es el profesor y la palabra impresa en
los libros) y adentrarse en el día a día de las personas y empezar a entender cómo
es que hacen sus vidas y se generan sus esperanzas y razones de ser. Entre el 11 y
el 16 de abril de 2016 algunas personas del Resguardo Indígena Kankuamo, en las
estribaciones del suroriente de la Sierra Nevada de Santa Marta, amablemente
recibieron a un grupo de estudiantes de la carrera de sociología de la Universidad
Javeriana de Bogotá y en pocos días les dejaron enseñanzas que no habrían
podido aprender, tal vez, durante todo un curso en una aula universitaria. Aunque
unos cuantos días no bastan para entender cómo se desenvuelve la vida de
alguien, los relatos que vienen a continuación son testimonio de la huella de
aprendizaje que dejaron Francisca, Segundo, Rafael, Bernardo y Rosa, con sus
respectivas familias, en los estudiantes que luego de volver a su cachaca
cotidianidad continúan agradecidos con ellos por la oportunidad de compartir
gratos y enriquecedores momentos en cada uno de sus hogares.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Luego de recorrer las calles de Atánquez, de las largas caminatas para llegar a las
fincas de nuestros amables anfitriones y de compartir con sus familias, conversar
con algunos líderes del Resguardo hemos hecho nuestro balance: para
comprender el proceso en el que está la comunidad kankuama hay que empezar
por entender que quienes hacen sus vidas en Atánquez y sus alrededores
alimentan sus esperanzas tanto de las tradiciones ancestrales de los pueblos
originarios como de lo que, para decirlo de manera simple, se ha denominado lo
occidental.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Guié

En la lengua kankuama el guié es el fogón. El fogón kankuamo constituye un


elemento importante para la preservación de la oralidad. Alrededor de él se
cuentan muchas historias al amanecer y en las noches. Él está presente en los
hogares, encuentros colectivos y casas ceremoniales, y en cada uno de los
escenarios donde se encuentra nace dentro de él su fiel compañero, el fuego.

Renacer
Estoy siempre allí en las faldas de La Sierra, un lugar extraordinario donde parece
que el viento y el sol, casi sofocante, iluminan el ser y alimentan el espíritu.
Algunas noches sólo me encuentro en las fincas iluminando la imponente Sierra y
dando un poco de calor a mi gente. Yo, el fuego, comparto día y noche el ardor
de mi luz con los atanqueros, personas llenas de sabiduría. Recuerdo
especialmente a un pequeño kankuamo de ojos negros, mirada profunda y piel
canela que solía pasar horas contemplando mis llamas. Su nombre era Guié,
quien me enseñó a través de sus suaves palabras el sentido del ser kankuamo.

Él, con su mochila terciada, se sentó una vez junto a mí en compañía de unos
seres desconocidos con quienes compartimos nuestro pensar y sentir más
profundo. Los desconocidos, ajenos a nuestra tierra, se preguntaban acerca de
quiénes éramos; de nuestra música, de las mochilas, del poporo y el sabor a
guandú. Guié, mientras los escuchaba con atención me miraba fijamente, sabía
que poco a poco construiríamos la respuesta… el conocimiento, finalmente, está
en el acto de compartir.

Guié respiró profundamente mientras yo alimentaba mi llama a través de su


mirar. Él con sus sabias palabras dijo a los desconocidos: -Mi padre y mi abuelo
me han contado mucho de cómo eran las cosas hace unos años… no somos los
mismos que eran nuestros ancestros pero hay algo que perdura siempre: el
cambio es continuo en la esencia del ser indígena. Hay quienes dicen que hemos
venido de una semilla, otros dicen que nacimos de la tierra, sin embargo todos

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

parecen estar de acuerdo en que venimos de la naturaleza… ella constituye


nuestro ser-.

La charla continuó durante horas. Guié siempre hallaba qué responder a las
interminables preguntas de los visitantes. Todos quedaron sorprendidos, era casi
imposible creer que un pequeño niño resguardara en su ser tanta sabiduría. Guié,
con una sonrisa pícara añadió -pero no basta con saber todas las historias de
nuestros orígenes... el ser indígena no es sólo una denominación, es una práctica
que se adquiere con la experiencia misma, esa experiencia que se debe sentir y
soñar-. Yo en ese momento me sentí conmovido con sus palabras, recordé cómo
años atrás podía observar a los ancestros de Guié poporeando, vistiendo mantas
blancas, tocando chicote y realizando pagamentos. Era evidente que muchas
cosas habían cambiado, yo, por ejemplo, ya no visitaba con la misma frecuencia
de antes la casa de los atanqueros, pues muchos preferían iluminar sus noches
con la luz de cristales relucientes. Aun así aquí he permanecido y aún hoy
continúo nutriéndome del conocimiento que poseen los kankuamo, sintiendo el
sonido de sus pasos firmes y resguardándolos en este renacer...

Calor de hogar

Yo soy el fuego. Habito la Sierra Nevada de Santa Marta, considerada el corazón


del mundo. Mi propósito es ser una extensión de ella, soy el abrigo de las
personas, de la palabra y de la vida en los hogares serranos.

Presencié un acto de amor en un hogar atanquero; todo sucedió en una finca


cerca del cerro Juaneta. Era un amanecer de abril, abrí mis ojos y me sorprendí al
ver unas cachacas. Estuve tímido por unos momentos, en silencio, descubriendo
qué era lo que pasaba en la finca de Francisca. Duré bastante tiempo
observándola, a sus hijos y a sus visitantes.

Francisca, es madre. Se movía con agilidad en la tierra donde se siente libre.


Alegremente preparaba los alimentos, siempre atenta con quienes se encontraban
a su alrededor. El fuego de Francisca los hacía sentir cuidados, escuchados y
comprendidos.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

John, Alexis, Breiner, Héctor y Coco son los hijos de Francisca. Su trabajo en el
tejido, en el acarreo de la leña y su atención con las visitantes permitió que
brotara un fuego. Éste, junto con el fuego de la amistad que se había construido
con las cachacas, Catalina, Daniela, Laura y Paula, se unieron a mí. Sentí el calor
de hogar y me di cuenta que mi familia se hizo más grande, entendí lo que era un
acto de amor.

Y así, yo, el fuego, fui avivando la unión entre la naturaleza y el fuego de cada una
de las personas que se encontraron en la Sierra en esos días de abril.

El sabor de la Sierra

Anoche descansé pero no dormí. Mis brasas estuvieron encendidas por largo
tiempo, pendientes de que las cachacas y Francisca tuvieran el calor suficiente
para dormir toda la noche. Estuve abrigado por los cuatro muros de la casa,
descansando en una esquina muy cerca de ellas. Como todos los días, un ratico
antes de salir el sol ya se escuchaban voces, sabía que era hora de despertar con
toda mi fuerza y, como todos los atanqueros, comenzar otro largo día muy
temprano en la mañana.

El primero en desayunar fui yo, pues Francisca siempre cuidando de todos me


alimentó con dos grandes leños, que después de unos minutos me dieron la

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

energía suficiente para intentar imitar al sol que apenas se asomaba. Con mis
llamas ardiendo y bailando suavemente por el aire helado que se sentía fuera de la
casa, pude ver una vez más la grandeza del cerro Juaneta, coloreado de amarillo y
verde, el pico de su montaña rozando el cielo y La Sierra que estaba a su lado.

Mi primer trabajo fue calentar agua fresca del arroyo para preparar el café de la
mañana. Mientras su aroma llenaba toda la finca vi cómo las cachacas, Francisca y
sus hijos tomaban el café. Ellos molían una libra de maíz pelado, que con un
poco de agua se convirtió en una masa suave con la que prepararían bollos. No
pude pensar en una mejor persona para enseñarles a las cachacas a hacerlos:
Francisca es toda una experta. Durante varios minutos las cachacas escucharon
atentas las instrucciones de Francisca, y cuando era su turno de hacerlo repetían
una y otra vez -¿Así está bien Doña Francisca?-. Ellas no sólo prepararon bollos,
también rosquetes y arepas. Como mi papel en esta receta es muy importante, me
alimentaron constantemente. Así, las cachacas y Francisca unieron todo lo que
sabían para preparar el desayuno, mientras que yo aporté mi permanente calor
para cocinar. Mi trabajo estaba hecho, era mi tiempo de descanso, así que escondí
mis potentes llamas y cerré mis luminosos ojos bajo las brasas.

Impaciente esperé la hora del almuerzo, y después de unas horas que parecieron
días, Francisca volvió a encenderme. Esta vez la tarea sería hacer una deliciosa
sopa de guandú que preparamos junto a Francisca echándole hueso y guineo. Las
cachacas esperaron a que estuviera la sopa y se la comieron tan rápido que
Francisca prometió al otro día preparar una golosina hecha también de guandú.
Esto es lo mágico del guandú sobre mi fogón; con un poco de sal y hueso de
costilla se convierte en un plato para el almuerzo, pero también agregándole
panela puede ser un buen dulce. El guandú, igual que La Sierra, sorprende con
sus distintos sabores y formas. Desde aquí puedo disfrutar el guandú y también lo
majestuoso de la Sierra. ¡Qué rico me sabe Atánquez!

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Primero el fuego, Segundo el kankuamo

Travieso, el río intenta fundirse con las nubes dejando de ser suelo, y sin
pretensión de ser cielo se convierte en la neblina que cobija con su manto a las
montañas en la fría madrugada.

Segundo, adormecido y sin poder abrir por completo sus ojos se dispone a
prender el primer cigarro del día, aún con poca visibilidad se pone las botas, se
aleja del cuarto, y luego reúne los troncos que reposan ordenados al pie de las
cenizas, pues juntos se convertirán en la primera luz antes del amanecer. Él
recuerda las reuniones de los arhuacos en las cuales el humo de la madera mojada
le sacaba lágrimas o hacía que él se retirara de la reunión. Por alguna razón ahora
que el humo comienza a invadir cada rincón de la casa, Segundo no expresa
molestia alguna.

Los pasos que lo alejan de la habitación lo acercan cada vez más al lugar de
reunión: el lugar del fuego. A pesar de sufrir los rezagos de un accidente en su
pierna derecha, esto no le impide agacharse para encender el fogón cada día.
Depositando las ramas más delgadas encima de las cenizas restantes de días
anteriores consumidas por la primera llama del mechero, éstas conducen el fuego

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

a los leños más grandes, los cuales dan inicio a las labores del día. Ya es posible
ver en medio de la oscuridad de la madrugada, calentar el tinto, hervir el agua y
ahumar la carne que yace cubierta de sal en medio de las vigas de la casa que
atraviesan el techo de la habitación y pasan por encima del fogón; ya es posible
contrarrestar el frío que saluda junto al amanecer.

Segundo busca una


olla para hacer el
tinto con el café que
había pilado,
soplado y molido el
día anterior. -Lo
más importante es
el café-, susurra
mientras desempeña
la labor -Sin él no se
puede hacer nada más, y sin el fuego no se puede hacer el tinto de cada mañana-.
La olla reposa sobre el fuego haciendo hervir el agua que junto a dos tazas de café
y dos tazas de azúcar, se convertirá en la acostumbrada bebida. A su vez, saca de
su mochila de fique una botella plástica de churro con hierbas, con decisión toma
un trago que le calienta la sangre y le permite dirigirse a uno de los tres espacios
de la casa, en donde se encuentra la moledora de maíz y de café; allí comienza el
trabajo de moler el maíz. Poco a poco, con una mano va deslizando suavemente
los granos babosos en la boca del molino, mientras con la otra, le da vueltas a la
palanca que hace girar el engranaje. El maíz ya molido, hecho una masa blanca,
termina cayendo sobre la batea de madera en la que se elaboran los bollos.
Enseguida Segundo desprende de un costal las hebras para usarlas como amarres,
que aseguren los plásticos que envuelven los bollos, los cuales,
sorprendentemente no se derriten con el calor. Así los cilindros resultantes del
trabajo de la masa se sumergen en una olla. Los bollos y el tinto son el desayuno
de aquel día.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Alumbrando los picos más altos de las montañas el sol anuncia su llegada,
revelando los pliegues más recónditos de cada cerro. A lo lejos se divisa la silueta
de un hombre que desciende a
paso ágil, esto inquieta a
Segundo pero no lo asusta
como en otras épocas, pues
sabe que lo más probable es
que sea un arhuaco y no un
paraguayo (como se nombraba
a los paramilitares en la
región). En efecto, los tiempos
de violencia han menguado
por lo que la visita debe ser
amistosa. Pronto serán las seis
de la mañana, Segundo se dirige hacia uno de los naranjos de afuera de la casa en
los que su celular recibe señal. Allí lo enciende y pacientemente espera la llamada
de su esposa Ana, con quien ha acordado hablar a esa hora, al mediodía y a las
seis de la tarde. Mientras espera, echa un vistazo a los cafetos que ha sembrado y
que pronto cosechará: “Esos funcionarios que vienen a supervisar no saben de qué hablan.
Aquí vinieron con unas semillas nuevas para que las sembráramos, ¿me van a enseñar a mí
cómo y dónde sembrar el café? Si fui yo el que levantó esta finca, si fui yo el que supo que
quemando esta tierra se podría hacerla vivir de nuevo”. Ana reporta normalidad en el
pueblo, son ya casi cinco meses sin que caiga una gota de lluvia en Atánquez y los
primeros carros que han subido del Valle han traído consigo a los cachacos, a
quienes él espera en la finca. Entre tanto, aquella lejana silueta se esclarece ante
los ojos de Segundo, el arhuaco había llegado a su encuentro.

Un cruce de palabras aparentemente parco rompió el silencio serrano y sin


dudarlo Segundo le ofreció su plato con bollos de maíz al visitante, ambos
compartieron la comida con sus manos mientras recorrían con la mirada las
exuberantes montañas que tantas historias guardan. -Allá abajito de la caña esa
que está sembrada, esa verde bonita que se ve allá, fue donde Compadre Berna
vio al león la última vez - señala el arhuaco en dirección a la vasta Sierra. Segundo
entiende perfectamente de qué lugar se trata pues una y otra vez ha caminado

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

cerca a ese cañal bonito, no sin antes detenerse en el arroyo que con los años
continúa siendo un lugar de parada obligatoria para beber algo de agua y
refrescarse la cara. Con tan solo una referencia a un mango grande o a un guandú
bonito ubicado en las montañas aledañas el mapa completo de la región se define
en la mente de Segundo haciendo inconfundible el lugar del que se habla.
Mientras tanto, el fogón no da tregua y necesita más leña o de lo contrario no
habrá almuerzo.

Antes de continuar con su camino el arhuaco saca de su mochila un buche de


hayo que Segundo recibe con las manos juntas como si fuese agua, lo come
sabiendo que le ayudará a no tener sed mientras va por más leña. Responde el
gesto amistoso sacando de su pequeña mochila blanca una manotada del hayo
que había preparado días atrás y se la ofrece al arhuaco, éste abre su mochila y
deja que allí caiga para mezclarse con saludos pasados de otros amigos. Segundo
masca hayo desde antes que los kankuamos volvieran a Renacer. Él aprendió a
tostarlo y a comerlo con los arhuacos para resistir las duras jornadas de trabajo,
un valioso aprendizaje que le ha permitido tener un trato más familiar con los
indígenas de otras etnias. Por esta y otras razones el hayo es importante entre los

indígenas de la Sierra ya que es utilizado para hacer trabajos tradicionales, marcar


el paso a la adultez de los hombres, saludar y despedirse.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Debido a un par de accidentes de sangre, Segundo ha aplacado su ritmo. -Ya no


soy tan brioso como antes, cuando en un mismo día subía y bajaba hasta tres
veces al pueblo-, recuerda con nostalgia y descontento (como intentando
regañarse a sí mismo para no desfallecer en la exigente subida hacia el palo de
guayabo del que se obtiene la mejor madera para prender el fuego). Finalmente
Segundo entiende que no hay otra opción, si en la finca quiere permanecer, la
norma básica de supervivencia es mantener el fogón encendido sin importar la
distancia que tenga que recorrer para
conseguir la madera, de lo contrario el
hambre y el frío arremeterán sin
piedad.

Todos los ingredientes para el


sancocho “de piedra” son producto
de la mano de Segundo, la yuca,
guineo, cidra, culantro, plátano
“cuatro filos”, verdolaga, ñame,
guandú, nacen de los cultivos que La
Finlandia provee y que luego de su
paso por el fuego serán el almuerzo
que recibirán los cachacos.

Mantener la estabilidad de la olla es la


mejor forma de garantizar la cocción
de los alimentos, sin embargo, a
medida que el fuego se concentra en
el metal y las manos van cediendo, se
pone a prueba la resistencia del
pellejo. Segundo no necesita de
protección alguna. -¡Ojo!, tengo que tener “la cocinera” cerca, porque estos
cachacos tienen las manos finas y se les queda pegado el pellejo a la olla - dice
Segundo como hablándole al fogón - mientras deja a la vista a “la cocinera”, un
retazo de tela que servirá como coge-ollas para sus visitantes. Cuando por fin se

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

estabiliza la olla entre las piedras sólo queda esperar a que el fuego caliente el agua
para que se cocine el almuerzo. Los cachacos aún no terminan la subida a la finca,
llevan cinco horas, las mismas que él tarda desde que camina con dolor en su
pierna. Dolor que decidió no tratar con la medicina occidental y que
progresivamente ha ido
consumiendo su fuerza. Esta
realidad con el paso del tiempo,
le alimenta las ganas de ampliar
cada vez más sus estadías en La
Finlandia.

Sentado frente a la casa prende


otro cigarro, y a lo lejos empieza
a ver a los cuatro cachacos
subiendo con torpeza por el
camino que él nunca hubiera
elegido. Se encuentra recibiendo
gente en su finca luego de mucho
tiempo de no hacerlo, lo hace
como reconocimiento al trabajo
de dos de los cachacos que
habían estado trabajando en
Atánquez unos meses atrás. -A
mí no me gusta estar en
sociedad, yo crecí humillado y
por eso prefiero estar en el
monte - es lo que suele decir para
evadir visitas y reuniones.

Unos minutos después Segundo


camina al encuentro. La luz del sol permite ver con claridad los límites de su
rostro. Una pequeña frente se asoma por entre la visera de la gorra mientras que
los surcos de las sienes, casi a la par de los hoyuelos de sus mejillas unen el poco
pelo blanco de la cabeza con el de las cejas casi blancas, y con el de una barba gris

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

apenas creciente. Sus ojos redondos y color miel oscuro miran al horizonte con
profundidad impactante. Transparente y firme es la mirada que pronuncia por
entre las pestañas largas y algo encrespadas que protegen sus ojos. Segundo
parece mirar un punto fijo. La nariz bien definida encuentra su sobresalir máximo
a la altura de los pómulos, donde un delicado pliegue de piel empieza a bordear el
sobresaliente bigote amarillo. Los labios, que poco se ven en medio de los pelos
al abrirse dejan al descubierto una boca un poco pequeña y despoblada de
algunos de los dientes delanteros. Pese a ser un hombre de pocas palabras y tener
un trato poco expresivo con la gente, la alegre sonrisa lo delata dando la
bienvenida -Diogenes Segundo Arias Montaño, ese es mi nombre completo y así
lo deben poner si van a hablar de mí, no vayan a cometer el mismo error de Don
Gerardo que habló con mucha gente y tomó muchas fotos pero nadie sabe quién
dijo qué, ni cómo se llaman los retratados, porque para él como que no eran
importantes las personas - dijo Segundo a los cachacos, mientras inhalaba el
último suspiro del cigarrillo, dejando que el humo se fundiera con el del fogón,
como dos mundos distantes, el rústico y el civilizado, que en él se hacían uno.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Aprendiendo en Yosagaka

La Sierra

El humo de la cocina, el olor a


leña quemada, el sonido del crujir de la
madera, la olla con agua hirviendo y la
habitación a oscuras generan una
sensación de tranquilidad, de paz.

A primera hora de la mañana, los


huecos en la pared de bahareque
producen un tejido de rayos de sol y
la silueta de la luz en los marcos de las
puertas y en las paredes delinean la
sencilla cotidianidad de acciones tan
elementales como cocinar, tejer o
simplemente dejar que el tiempo
transcurra. Una atmósfera densa y
cálida, dibujada en la magia del humo
del fogón que no incomoda, sino que
cobija, acoge y protege.

El acordeón, con su monocorde música


que repite sin cansancio las notas mensajeras de una tranquilidad que
proviene de la expresión cautivadora y concentrada de Bernardo. Sus
envejecidos dedos inventan las mismas melodías en las desgastadas teclas,
agradecidas de producir siempre la misma emoción, el mismo canto. El piar
de los pollos correteando libres y felices, unido con el ronco gruñido de
los cerdos, dueños absolutos del espacio donde reinan, siguen el ritmo
tranquilizador del crepitar de los leños en el fogón. Un concierto armónico de
sonidos naturales y sencillos, orquestados por la naturaleza, única y gran
intérprete de un silencio lleno de música.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Unti Yunyu se siente tan feliz en este lugar donde ningún sonido es ruido, todo es
silencio. Un silencio que tranquiliza. Es el silencio de la Sierra.

Las alegres risas infantiles de Cecilia y Rosalba se unen a la orquesta natural con
el sonido de sus pies descalzos corriendo. Se escuchan cada vez más cerca las
risas tímidas y nerviosas ante la curiosidad de ver a Unti Yunyu con los ojos
cerrados y un vaso de aguapanela en las manos frente a la cocina, intentando
percibir todos los sonidos posibles.

Una nueva melodía, aunque lejana, se añade a la orquesta. Es el machete


golpeando la hoja de Maguey. Un sonido metálico y seco, acompañado por la voz
de dos jóvenes que conversan en lengua arhuaca. Después, un silencio cortado
abruptamente por el golpe de la macana contra la hoja de Maguey. Es el sonido
de la madera raspando la madera, que hace que la hoja deje de ser hoja y pierda su
color verde con cada golpe y vaya adquiriendo el tono blancuzco de las finas
fibras de fique.

Al abrir sus ojos con una sonrisa, Unti Yunyu toma el último sorbo de su
aguapanela y murmura para sí mismo: “Esta, es la vida en la Sierra”. Se levanta y
al cruzar el umbral de la puerta se pierde entre el humo y la oscuridad de la
habitación, iluminada solo por las chispas de la madera del fogón y los rayos de
luz que se filtran por la pared.

La parrandera

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Mamo y acordeón son


uno solo. Las notas se
repiten una y otra vez
haciendo pasar el
tiempo con alegría… y
más si las notas se
acompañan con churro
y con esas amables
personas que abren el
corazón y las puertas de
su tan tranquilo hogar.

El soneto que no para de sonar en un buen tiempo, la danza que lo acompaña


logra apaciguar el ambiente, se ríe y se goza cada momento hasta el final de la
tocada, tan pronto se acaba, un breve receso y se vuelve a comenzar. Dura gran
parte de la noche, todos se dejan llevar hasta que el cuerpo pide descanso. Daban
la una, las dos, hasta las tres de la mañana siguiendo el ritmo de tan incesante
acordeón. Incansable es este arhuaco, inagotables sus ganas de crear felicidad,
callosos son sus dedos que andan botón por botón en su rojo acordeón.

Daniel quiere descanso, pero mejor decide acompañar la velada con una
guacharaca improvisada que hecha con su diario de campo y el esfero con que
escribe será el complemento musical para la noche. Algo torpe y descoordinado
empieza a tocar. El ritmo le va dando otro sentido al estar ahí, como si él ya fuera
uno más de ellos. Daniel le pregunta al Mamo qué significa lo que cantan en
arhuaco, él tan solo le responde: gracias, humano.

Daniel solo piensa: gracias, arhuaco.

Rosalba

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Me gusta tejer mochilas con mi hermana y me gustan los collares con cuentas
como el arcoíris
Me gusta trepar a los árboles por mangos dulces y correr persiguiendo hormigas
culonas
Me gusta brincar en los charcos y me gusta jugar enredándome en las hamacas

Yo soy la felicidad de las plantas cuando


reciben la lluvia en un día de calor
Soy el agua del río, transparente, y el viento
que suena entre las montañas
Yo soy la luz de la luna iluminando en la
oscuridad

Voy por los caminos jugando… doy uno,


dos, tres pasos, me despeino, y otra vez…

Me gusta abrazar a los puerquitos así como


abrazo a Kunchoso
Me gusta dormir en el piso que se calienta
con el fogón
Me gusta comer el guineo de nuestra finca
preparado por mi mamá

Yo soy la tierra de mi roza llena de verde


Soy espíritu positivo, soy alegría vestida de
blanco
Yo soy mis pies descalzos llenos de barro y mis manos libres llenas de caricias

Voy por los caminos saltando… doy uno, dos, tres pasos, me caigo, y otra vez…

Me gusta ser periquito y cantar fuerte y sin parar


Me gusta ser oropende y volar entre las nubes del cielo
Me gusta ser colibrí y chupar el néctar de las florecitas que me encuentro

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Yo soy tan linda como los atardeceres de mi Sierra y tan dulce como la caña que
muerdo
Soy la tranquilidad de una vida libre, soy mis ojos que como telarañas atrapan los
colores del día
Yo soy una semilla de pensamiento regada por mi papá

Yo soy y eso me gusta

Voy por los caminos brillando…doy uno, dos, tres pasos, sonrío, y otra vez…
sonrío.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

La familia

Cansados, vemos en la distancia dos niñas sonrientes que esperan nuestra llegada
y junto a ellas un joven con mirada seria que nos observa detenidamente. Es
entonces cuando el dolor y el agotamiento desaparecen. En un momento donde
el tiempo se detiene solo existen sus miradas y las nuestras, atravesadas por
el esplendor de la Sierra nos encontramos hablando sin palabras, mirando sus
ojos, mirando sus soles.

Amanece en la Sierra y todos ellos abren sus ojos. Cocina, tejido, juego, maguey,
puercos, ovejas, sonrisas, llanto, oración. Cada uno haciendo lo que debe pero
más lo que quiere. Cada uno construyendo a su manera su tejido con el otro.
Cada uno creando desde su pasión un todo más grande que vive y sueña junto
con la Sierra.

Atardece, llega el frío y con él los abrazos. Los siete colores que se ven en el cielo
son cada uno de ellos. Sí, son ellos, pintando el cielo y la tierra con cariño, con
colores distintos que en conjunto forman un paisaje maravilloso. Uno que
lentamente despide un día lleno de actividades, un día más que está en una
temporalidad alterna, una en la que no existe la prisa.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Anochece, y la luna invoca el acordeón. A luz de las estrellas y con aroma a


churro todos están conectados en una forma en que las palabras se hacen
innecesarias. Entre pasos de baile, sonrisas y besos aquel sol brillante conformado
por siete estrellas se prepara para vivir esa noche hasta que la luna se los permita.
A Bernardo, Lucía, Florinda, Cecilia, Rosalba, Tino y Poncho. Los siete colores
de la sierra.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Versos sobre Atánquez

En los siguientes versos queremos plasmar y trasmitir nuestra experiencia a nivel


grupal y personal utilizando el lenguaje con el cual nos logramos comunicar con
Don Rafael en su finca El Brinco. Las canciones, versos, sonidos de la Sierra,
historias y relatos de Atánquez nos llevaron a un nuevo lugar, lleno de voces,
cantos, aromas, montañas y leyendas.

La música es una forma de producir y transmitir el conocimiento de lo que nos


rodea, de técnicas y sonidos, de cuentos y personas. Es un lenguaje que llega a
todos en momentos y ocasiones diferentes transformándose en expresiones
corporales. Es un lenguaje que perdura y se comparte, y escuchar su música será
para nosotros la mejor manera de volver a Atánquez.

Aprendimos sobre artistas de vallenato y de chicote, sobre los festivales que unen
a los pueblos a través de la música, los bailes que en rondas o en pareja hacen eco
de los rituales del pasado acerca de los homenajes a amigos que ya no están, y las
celebraciones del Corpus Cristi que llenan de emoción al pueblo.

Las historias de la música: Chicote y Vallenato

En la finca El Brinco, el sonido del acordeón cambió por los suaves silbidos de
los carrizos, de la mano de uno de los músicos tradicionales más importantes de
Atánquez, Don Rafael Alvarado descubrimos la música tradicional kankuama. La
imponencia del paisaje, los trabajos en la finca, los sabores de la costa, se hacen
más intensos cuando unos labios que tienen mil historias que contar se juntan
con la pluma de pava, la cera de abeja y la caña de un carrizo hecho a mano de
manera tradicional, arrancando melodías que se mezclan con el correr de los
arroyos y versos que sacan desde el pecho las historias cantadas de las personas
del pueblo.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

I II
¡Ay! del canto de los pajaritos Compartimos grandes historias
surgió una hermosa tradición. que en mi memoria quedarán.
Venga Rafa, tráigase un carrizo La unión por el lenguaje
y haga sonar aquel antiguo son. fue lo más grato de este viaje.

El chicote nos conecta con la Sierra, Mi experiencia canto aquí


es la música que mueve el corazón. a Rafael y Don Martín.
Recoge el sonido de la naturaleza Sin darme cuenta comprendí
y los mezcla con nuevos cantos de que la magia en su finca yo viví.
amor.

El sonido de gaitas y maracas, Qué bello recuerdo tengo


me llenan de emoción, de aquel pueblo atanquero.
recuerdo aquella experiencia vivida Sin miedo mis sentimientos
en Atánquez compartí
donde aquella semana dejé el y a los más grandes conocí.
corazón. Que quede claro que mi canto yo
Me cuentan las historias de ese dedico
pueblo grande, a Don Rafa y Don Martín.
enmarcan los caminos de su
tradición.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Agradecimientos
Queremos agradecerle a todas las personas que tuvimos la oportunidad de
conocer en Atánquez, en especial a Don Rafael y Don Martín, con los cuales
compartimos momentos muy agradables. Estamos muy agradecidos ya que nos
abrieron las puertas de sus casas y sus corazones, y pudimos conocer más de
cerca sus historias de vida. Queremos decirles que pueden estar seguros que una
parte de nuestros corazones se ha quedado allí. Nos gustaría terminar con unos
versos más de agradecimiento en este esfuerzo por tratar de comunicarnos por
medio del lenguaje que los hace únicos: la música.

III ahora sí que entendemos


A ti Rafa dedico este canto porqué tantos amores y hermanos
yo a ti te quiero homenagear,
disculpa si muy bien no canto Si por cosas de la vida no te vuelvo
contigo no me puedo comparar yo a ver
tú tranquilo
Don Rafa yo te agradezco pues de ti mi amigo
por abrirme tu corazón. siempre bien voy a hablar,
De tí conservo un lindo recuerdo, siempre estaré agradecido
quedó grabado en mi corazón. de poderte encontrar.
Tus historias nos encantaron
canciones que escuchamos

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Mamá Rosa

Cuando salí de mi casa en Bogotá lo primero que pensé fue en el largo tiempo
que estaría fuera sin mi mamá, sin su comida y sobretodo sin sus cuidados,
porque a pesar de tener un alma viajera dejar por unos días la casa no resulta ser
aun normal para mí. Sin embargo, ese día tomé camino al aeropuerto en busca de
los paisajes de la Sierra y completamente decidida a conocer las personas que allí
viven.

Luego de un día en Valledupar, partimos rumbo a Atánquez: la puerta de la


Sierra. Al llegar al pueblo nos dirigimos directamente a la casa de Rosa. Recuerdo
que lo primero que hizo ella fue recibir a cada uno con un caluroso abrazo y un
beso en la mejilla. Ya en su casa nos contó que los viajeros que ella recibía
periódicamente la llamaban mamá Rosa, pronto entendería el porqué de esto.
Nos acomodamos en su casa, hogar de todos en Atánquez. Su actitud servicial
hizo fácil la adaptación a este nuevo lugar y en general a la travesía por la Sierra.

Ya en la finca Rosa comenzó a mostrar esos detalles maternales que empezaron a


generar en mí un sentimiento de cercanía. Ella hizo una reunión para saber qué
nos gusta comer y qué cosas nos hacen sentir más cómodas, para mí esto fue una
muestra de la apertura y las ganas de Rosa por hacer que nos sintiéramos como
en casa. Para romper el hielo, nos enseñó a prender el fogón, allí reflexionamos
sobre la importancia que tenía éste, pues es creador de unión entre las familias de
la Sierra.

Para mamá Rosa el guineo es su alimento favorito o por lo menos eso fue lo que
pude apreciar durante nuestra estadía en la finca, pues en cada comida estaba
presente. Su preparación no es difícil, pero requiere de cuidados. -Primero se
debe cuidar que la temperatura del agua sea la indicada para que el guineo no se
“asuste”-advertía Rosa. Luego, se desgaja el guineo teniendo cuidado de no
partirlo y haciendo uso siempre de la mano como herramienta principal.
Finalmente, el guineo se pone en la olla y después de unos cuantos chismes está
listo para comer.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

El sancocho tiene sabor cachaco y kankuamo, pues las cachacas añaden el sabor
del ajo a la receta. Rosa nos lleva a recorrer su finca en búsqueda de los
ingredientes, primero el guineo, el culantro y una que otra yuca que se recoge en
el camino; luego, lo más importante, la gallina enviada por la mamá como regalo a
estas cachacas. No recuerdo muy bien todo lo que ese delicioso sancocho llevaba,
esos secretos se los dejo a
Rosa y su sabiduría en la
cocina. Lo que sí recuerdo es
cómo Rosa con experticia
arreglaba la gallina que luego
iba a estar en la olla
proporcionando todo el sabor
del sancocho. Éste, quizás, fue
el momento clave en el que
Rosa y yo nos conectamos
porque fluyeron un sin número
de historias, chistes, risas y
uno que otro abrazo que logró
que esta cachaca le “metiera
mano” y arreglara la gallina. Finalmente, y luego de casi tres horas de preparación
estuvo listo el sancocho.

Desde la preparación del sancocho con Rosa las cosas no fueron igual, las
conversaciones fluían cada vez más, los días se terminaban más rápido; me
resultaron más familiares la finquita, la mamá Rosa y los juegos que se daban
tratando de bajar mangos con el “chiche”. Ya mamá Rosa me tenía mi jugo de
naranja con una zanahoria cortadita en tiras, las piñas listas para asarlas en el
fogón y unos cuantos ajos para darle sabor a la comida de la Sierra. Era como si
mi casa en Bogotá se hubiese trasladado a las montañas verdes y arenosas de la
Sierra, quería quedarme allí por mucho tiempo.

Luego mamá Rosa me dejó experimentar la preparación de la comida y hasta


encargarme de los postres, cosa que no cambió mucho cuando regresamos a la
casa del pueblo, pues también tomé prestada la cocina de ese lugar. Allí

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

comprendí que la cocina de la finquita de mamá Rosa podía ser mía, ya sabía qué
tenía que preparar, y qué añadir para no perder el sabor de la Sierra. Esto
significó adquirir uno de los tesoros más importantes de mi relación con Rosa, la
confianza; algo que hoy en día aprecio más que cualquier cosa de aquella
inolvidable experiencia en la Sierra. También me quedo con los abrazos, las risas
y el sabor del sancocho que solo mamá Rosa sabe preparar, los cuales se
condensaron en un “hasta luego” pues estoy segura que algún día nos volveremos
a ver.

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Relatos cachacos de unos días en la Sierra

Nuestros agradecimientos a la gente de Atánquez,

Laura Camila Cáceres Meza

Daniela Diaz Reveron

Santiago Forero Bedoya

Luis Miguel Gallo Gómez

Camila Gaviria Grisales

Laura Ximena Gil Sánchez

Catalina Guerrero Sánchez

Juan Sebastián Henao Marín

Ana Camila Jaramillo Beltran

Daniel Mateus Arciniegas

Marcela Alejandra Moreno Camargo

Laura Pardo Quintero

Maria José Santodomingo Granados

Samuel Vanegas Mahecha

Andres Felipe Velez Martinez

Paula Alejandra Vivas Sánchez

Juan Sebastián Zapata Mujica

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