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Del derecho a un trato digno

La Ley N°20.584 en vigencia desde el 1 de octubre de 2012, regula los


derechos y deberes de las personas en relación con acciones vinculadas a su
atención de salud, señala en el párrafo 2º que las personas tienen derecho a
recibir un trato digno. Como país y prestadores de salud, nos enfrentamos ante
el desafío de velar por el cumplimiento de las disposiciones legales de dicha
ley. Se ha creado esta cápsula con el objeto de visibilizar la importancia de que
los usuarios reciban un trato digno, y avanzar hacia la instalación de la
humanización de la salud en la cultura organizacional de nuestros
establecimientos. Es decir, es necesario caminar hacia la real comprensión que
de todos quienes conformamos el sistema sanitario (equipos de salud y
usuarios) somos humanos y debemos ser tratados como tales.

Enfoque de DDHH
En el artículo 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, leemos
que: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure,
así como a su familia, la salud y el bienestar.”

Los derechos humanos así definidos deben ser aplicados incondicionalmente:


no se puede renunciar voluntariamente a ellos, ni pueden ser restringidos por
el Estado. Los derechos humanos, además, tienen un carácter universal, es
decir, las personas deben tener la posibilidad de ejercerlos sin importar su
condición de clase, género o raza.

El Estado está obligado a garantizar, por lo tanto, la salud y el bienestar de


todos quienes están a su cargo. Por ello, bajo el nuevo marco normativo
implementado por el Estado chileno en la Ley 20.584, las personas no solo
serán beneficiarias del sistema de salud, también se considerarán promotores
y fiscalizadores activos de los derechos y deberes de acceso a la salud.

El derecho que tienen los usuarios de salud a recibir un trato digno debe ser
respetado y conocido por todos los equipos de salud. Con este fin revisaremos
el párrafo 2° de la ley N° 20.584, “Del derecho a un trato digno” y el párrafo 3°
de la misma ley, “La humanización del trato y acompañamiento en el duelo.”

Párrafo 2: Derecho al trato digno Esta ley asegura que todos los
pacientes reciban un trato digno al ser
atendidos. Para esto, la ley obliga que
los prestadores:

Usen un lenguaje y un idioma


comprensible para el paciente.
Promuevan actitudes de cortesía y
amabilidad, por ejemplo, llamar a las
personas por su nombre.

Pidan permiso a los pacientes para


usar sus fotografías o información
personal.

Asegurarse que los estudiantes en


práctica estén siempre supervisados
por un médico.

Párrafo 3: Acompañamiento en duelo Uno de los aspectos que aumentan el


bienestar del enfermo es el tener la
compañía de sus familiares y amigos
cercanos. En consecuencia, la ley
impide que los establecimientos les
restringan el acceso al paciente,
siempre y cuando no existan razones
médicas para ello.

Asimismo, toda persona que lo solicite


tiene derecho a recibir la consejería y
asistencia religiosa o espiritual propia
de su cultura.

La humanización
La humanización es el reconocimiento de la dignidad humana en donde el
mundo de los sentimientos juega un papel muy importante tanto para quienes
dan asistencia en salud como para quienes la reciben. No sólo es importante
humanizar el trato hacia los pacientes, sino también es fundamental
comprender que los integrantes de los equipos de salud también somos
personas que sentimos, por lo tanto, también merecemos que en conjunto nos
tratemos bien. Es decir, nos tratemos humanamente.

Se intentará explorar el significado y las implicancias de humanizar la salud, la


enfermedad y los procesos de cuidado de las personas en situación de
dependencia, tomando conciencia de lo que significa humanizar, de su
naturaleza y de los diferentes ámbitos que involucra fundamentado desde la
dignidad en el contexto de los derechos humanos.

La humanización, entonces, es un concepto que abarca diversos ámbitos y


disciplinas. Hemos separado su explicación en los tres siguientes apartados:
1. Visión General: en este apartado, revisaremos, en términos generales,
una definición de humanización y el modo en cómo podemos contribuir a
tener un ambiente laboral y personal más humano.
2. Dignidad humana y derechos humanos: examinaremos el modo
cómo la humanización se vincula con el concepto de “dignidad humana”
y con los derechos propios que la dignidad confiere.
3. Deshumanización: para finalizar, revisaremos cuáles son los
principales factores que amenazan a la humanización, considerando los
aspectos de la vida moderna que dificultan el desarrollo de ambientes
más humanos.

Visión General
De acuerdo a la perspectiva de Bermejo CITA, humanizar vida significa
comprometerse por erradicar las injusticias, sus causas y sus consecuencias en
cualquiera de las dimensiones de cada persona. El concepto de
humanización no sólo tiene que ver con el mundo de la salud, ya que afecta a
todos los ámbitos en los que se desenvuelve el ser humano. El deseo de
humanizar es universal y afecta a la cultura, a la política, a la
educación, a la economía, etc. Aún más, afecta los ámbitos en los que el
ser humano se realiza y despliega su ser:

1. Cultura: una cultura más humana considera a las personas como


sujetos de derecho, no niega el dolor y ni el sufrimiento como realidades
a integrar, que promueve estilos de vida sanos, que se interesa no solo
por las enfermedades, sino por la educación en salud y en valores, que
reconoce efectivamente la dignidad intrínseca de cada persona.
2. Política y economía: un sistema político será tanto más humano
cuanto más justamente distribuya los recursos económicos,
cuanto más promueva la igualdad en el acceso a la asistencia sanitaria,
cuanto más transparente sea en la gestión. El criterio primario para
hacer una economía más humana es la comprensión de que la dignidad
está en todos los seres humanos por igual, empezando por aquellos con
sus derechos vulnerados, ya sea en lo sanitario, lo social, económico o
en lo cultural para la producción y distribución de los bienes de manera
justa
3. Formación profesional: humanizar tiene que ver también con la
competencia profesional de los agentes de salud. Esto se ve en la:
a. Inclusión de las ciencias humanas en la formación, ofrecida desde
las universidades e instituciones educativas para cultivar
laautoestima y el autoconocimiento que permitan desarrollar
valores compartidos para quienes trabajan y se desarrollan en el
ámbito de la salud..
b. Trabajo interdisciplinario reconociendo el trabajo de los distintos
actores del equipo de salud en beneficio de una mejor atención al
usuario y trato al interior de los equipos de trabajo.

Humanizar nuestro entorno, entonces, contribuye inexcusablemente a mejorar


la calidad de nuestras vidas en la búsqueda de la felicidad, desde el cuidado de
lo cotidiano y desde el cuidado de otros cuando estos nos necesitan. CITA
BERMEJO

Imperativo de humanizar
La necesidad de humanizar la salud es producto del desarrollo de las
sociedades y del avance tecnológico que ha llevado a mirar las
personas como objetos a las cuales se les aplican procedimientos y
técnicas clínicas. Es decir, son objetos que se les “hace algo”.
Entonces, considerando lo anteriormente expuesto se instala la
necesidad de humanizar la salud como un imperativo moral a
desarrollar al interior de los equipos de salud.

Quizás ésta sea la tarea fundamental del hombre: tender hacia ser realmente
persona, persona en relación, capaz de encontrarse con los demás en la
vulnerabilidad y acompañarles a ser personas.

Nos vemos obligados a actuar al reconocer nuestra responsabilidad en la


miseria del otro. Por ello, la lamentación por la deshumanización y el deseo de
humanizar es sentido universalmente. Quizás ésta sea la tarea fundamental del
hombre: tender hacia ser realmente persona, persona en relación, capaz de
encontrarse con los demás en la vulnerabilidad y acompañarles a ser personas.

En el mundo de la salud, el sufrimiento producido por la enfermedad es una


ocasión donde se siente especialmente el imperativo de humanizar. Esto
causa el sano deseo de responder ante la necesidad del otro.

Problema de la humanización en salud: la relación equipo de


salud-paciente
Para que la medicina llegue realmente a una más amplia visión, debe
reconocer el verdadero impacto de las emociones en la salud. Con demasiada
frecuencia, existe una brecha en relación al ámbito emocional de las personas
que requieren asistencia en salud. . El trabajo cotidiano se enfoca a lo técnico
dejando el ámbito emocional a merced de la capacidad individual de las
personas que trabajan en los equipos de salud.

Por lo tanto, la cuestión principal en la humanización es cómo hacer que la


relación entre aquellas personas que poseen conocimientos específicos en el
área de la salud y sus pacientes sea una experiencia enriquecedora para
ambos.

A pesar de las investigaciones que subrayan la conexión existente entre el


cerebro emocional y el sistema inmunológico, y la importancia de considerar
las necesidades emocionales de los enfermos, todavía hay demasiados
profesionales de la salud que siguen mostrándose reacios a aceptar
que las emociones de sus pacientes puedan tener alguna relevancia
clínica. Por lo tanto, la cuestión principal en la humanización consiste hacer
que la relación entre aquellas personas que poseen conocimientos médicos y
sus pacientes sea una experiencia saludable.

¿Cómo avanzamos en la humanización de la salud?


La humanización es posible a partir de la toma de conciencia de nuestra propia
condición. Nos humanizamos también cuando experimentamos la
vulnerabilidad, cuando nos comprometemos con el otro y nos preocupamos de
él. A continuación, veremos las siguientes formas de emprender la
humanización en detalle:

 Se humaniza tomando conciencia.

 Se humaniza experimentando la vulnerabilidad.

 Se humaniza comprometiéndose.

 Se humaniza preocupándose.

Tomando conciencia
Cuando el hombre se escindido
de la naturaleza y ha hecho de
ella su objeto- y ello pertenece a
la esencia misma del hombre y
es el acto mismo de su
humanización- se vuelve en
torno suyo estremeciéndose, por
decirlo así, y pregunta: “¿dónde
estoy yo mismo?”, “¿cual es mi
puesto?”
Max Scheler
Humanizar consiste en tomar conciencia de uno mismo, de la propia condición
que nos permite colocarnos fuera de la naturaleza y preguntarnos por ella y por
uno mismo en medio de ella.
Experimentando la vulnerabilidad
La experiencia del encuentro con la vulnerabilidad propia y ajena, se confronta
con la impotencia sentida y desencadena compasión y solidaridad. La
limitación del otro, la pesadumbre y el malestar experimentado
cuando no se sabe estar cerca, comunicar y ayudar, la pena que se
siente, todo ello humaniza. Se dice que la experiencia de luto humaniza,
nos derriba de nuestro pedestal narcisista, nos hace daño, nos humilla, nos
recuerda que no somos omnipotentes, que todo pasa, todo cambia, que no
siempre tendremos a nuestro lado a quienes amamos. Y ese dolor del duelo,
contra el que las personas se defienden por todos los medios posibles, acaba
abriendo en ello un espacio. Un espacio de pobreza y de fecundidad, en
definitiva, un espacio humanizador. En este aspecto, parece relevante
reflexionar en torno nuestras propias experiencias de vida como personas que
también somos atendidos por el sistema de salud.

Comprometiéndose
Esta relación de compromiso, de
expectativas o exigencias
constituye un responsabilidad
vinculada al dialogo en cuanto a
que “sólo se introduce en la
relación asistencial a la persona
que será cuidada mediante el
diálogo y la confianza mutua. Si
actuamos de este modo,
reconocemos y respetamos la
dignidad de la persona, ya que la
tratamos como persona, como
ser humano, y no como objeto al
que hay que cuidar”.
Victoria Camps
En el encuentro con la condición de vulnerables, las personas se sienten co-
rresponsables y comprometidas por el efecto que sus propias acciones tienen
en sus semejantes. Toda conducta humana tiene consecuencias, tanto para el
agente singular como para la sociedad, por eso, cuando el sujeto se siente
responsable, está obligado éticamente a obrar de tal manera que
procure su propia humanización y la humanización de la comunidad
humana.
Preocupándose
La preocupación por el otro vulnerable constituye la fuerza motora de la
humanización. Ya no solo es ocuparse del otro aquí y ahora, sino anticipar esta
ocupación, pensar en el otro, prever sus insuficiencias, en definitiva, ocuparse
con antelación y esto es, precisamente, preocuparse. Esta preocupación por
el otro puede articularse de una doble manera: el cuidado competente y el
cuidado personal.

1. El cuidado competente se refiere al cuidado de todos y cada uno de


los elementos que integran la corporeidad humana: los pies, los brazos,
el tronco, la cabeza. El cuidado competente requiere conocimientos de
orden anatómico y fisiológico y solo puede dispensar dichos cuidados la
persona competente en un determinado fragmento de la corporeidad
humana.
2. El cuidado personal, en cambio, necesita, además del cuidado
competente, el cuidado individual, el trato afectivo, la sensibilidad, la
complicidad personal, la confidencia, la proximidad de orden ético y esto
exige, además de grandes dotes comunicativas y conocimientos
psicológicos, un determinado talante moral, un ethos profesional.
Estamos en el corazón del significado de la compasión.

Humanización y formación profesional


A pesar de que en los últimos años, la formación de profesionales de la salud
ha incrementado esta perspectiva en sus mallas curriculares, aún la
humanización de la salud constituye un campo poco explorado, casi
exclusivamente, desde la reflexión. Sin embargo, es necesario que esta
reflexión permee la praxis de manera transversal a todos aquellos sujetos
vinculados de una manera u otra en la asistencia y cuidado de las personas. Es
decir, personal de aseo, guardias de seguridad, administrativos, auxiliares de
servicio, técnicos en enfermería de nivel superior, profesionales de todo el
equipo de salud y directivos.

Habrá que caminar hacia una armonización entre los valores procedentes del
conocimiento científico-técnico especializado y los valores del conocimiento
global y humanístico de la persona.

Albert Joveil señala a este respecto: “la medicina basada en la afectividad


debería contribuir a la implantación de un nuevo modelo de gestión basado
en el conocimiento y en los valores, que tuviera como ejes principales la
formación como estrategia de capacitación, la documentación como estrategia
de información, la evaluación como estrategia de provisión de evidencia, y la
técnica como estrategia de abordaje de problemas de salud y de solución de
desacuerdos morales. Este modelo, combinación de ciencia y humanismo,
debería posicionar a la profesión médica en la mejor de las condiciones para
afrontar los retos y cambios que se van a producir en la sanidad del siglo XXI”.

Habrá que caminar hacia una armonización entre los valores procedentes del
conocimiento científico-técnico especializado y los valores del conocimiento
global y humanístico de la persona. Ello no se podrá conseguir sin una seria
revisión de los programas de pregrado y de formación continua que potencien
el conocimiento global.

Es pertinente considerar el esfuerzo que en el ámbito académico se ha


realizado por incorporar estos temas en sus actividades curriculares. Sin
embargo, también es una realidad que existe una brecha importante en esta
materia. La visibilización de las diferencias entre la reflexión y la praxis, ya es
un avance hacia la humanización como un imperativo moral.

Trabajar en equipo requiere no solo competencia profesional y buena


disposición, sino formación específica para ello, particularmente para manejar
los conflictos y para escucharse. Allí donde no se produce la escucha es difícil
que alguien no padezca los efectos catastróficos que su ausencia produce.

Humanizar la vida: dignificar la vida en la precariedad


Todos los hombres y mujeres, todos los pueblos, incluidos los más débiles,
tienen derecho a ser sujetos activos y responsables en el desarrollo de sí
mismos.”

Ahora bien, la humanización de la vida o la dignificación de la vida en


su precariedad comporta un compromiso activo, siempre que sea posible
para el sujeto según sus potencialidades en acto, por parte de quien se
encuentra inmerso en la fragilidad. Compromiso que se deriva del
reconocimiento de la dignidad humana de todo individuo especialmente por su
fragilidad y pertenencia a la comunidad humana.

Humanizar la vida cuando esta se presenta en situaciones de


precariedad significa, ante todo, comprometerse por erradicar las injusticias,
sus causas y sus consecuencias, las condiciones no saludables, en cualquiera
de las dimensiones de la persona, de vivir los limites de la naturaleza,
responsabilizándose al máximo de la propia historia y de la de los semejantes,
aun en situaciones de extrema precariedad, como menciona Vicktor Frankl,
mostrando como se puede ser libre y responsable en medio de la esclavitud.

En el mundo de la acción social y de la salud, donde la dignidad humana se


presenta vulnerable y precaria, la humanización consistirá en promover al
máximo la responsabilidad en los procesos de integración y de salud, evitando
que las relaciones de ayuda se conviertan en intervenciones paternalistas y
sustitutorias allí donde la responsabilidad del individuo pueda participar, en
mayor o menor medida, en la lucha por la dignidad no solo como algo debido,
sino también como algo conquistado.

Humanizar los ámbitos de salud


La humanización a introducir en la práctica sanitaria es más radical que la
simple recuperación de los aspectos filantrópicos que hay que tener en cuenta,
va más allá de la competencia profesional en la relación con el enfermo. Las
virtudes personales son obviamente necesarias para el ejercicio del arte
sanitario. Pero esta no basta por sí sola, para humanizar la medicina y el
cuidado de la salud, si estas no recuperan la perspectiva de la totalidad del sur
humano.”

En el mundo sanitario, humanizar implica reconocer a una persona en el


paciente. Para reconocerlo como persona se debe garantizar un ámbito que
promueva una vida sana y armoniosa a nivel físico, pero también emocional,
social y espiritual. Para esto, se verá a continuación:

 El ejemplo de la medicina “holística” en que se recupera la relación de la


mente con el cuerpo.

 Aspectos a tener en cuenta para mejorar el nivel de humanización.

 Indicadores que nos permitirán evaluar cuán humanizado es nuestro


contexto de trabajo.

El ejemplo de la medicina “holística”


Se trata de una «medicina holística» donde la idea de fondo, es que la
medicina ha olvidado la íntima relación de la mente con el cuerpo, se ha fijado
solo en un aspecto y no ha tenido en cuenta el conjunto del organismo. El
enfoque holístico tendría que tener en cuenta la interdependencia del cuerpo y
la mente, tanto en la salud como en la enfermedad. Se considera entonces la
salud como el estado del organismo completo, cuerpo y mente, y tendría
también en cuenta su relación con el entorno. El nuevo concepto de salud
debería ser un concepto dinámico que reconociera las fuerzas curativas
intrínsecas de todo organismo vivo. En este contexto, las medicinas
alternativas y las terapias de todo tipo encaminadas a lograr ese estado total
de salud, así como los enfoques y dimensiones de la psicología y la
psicoterapia adquieren gran importancia.

Nuevas reflexiones sobre la dimensión holística en la relación reclaman la


atención al hecho de que no sólo la persona entera del otro ha de ser tenida en
consideración, sino que el mismo agente de salud –humanizador– queda
afectado por la relación y recibe la influencia y el empuje de la persona o grupo
al que desea considerar de manera holística.
Aspectos a considerar

Respeto a la unicidad Un primer aspecto humanizador de la salud, según


de la persona Pangrazzi, se centra en el respeto de la unicidad de
cada persona. Cada persona es irrepetible, no puede
ser generalizada, y responde con un estilo propio a las
crisis de la vida. El peligro es que todo el tiempo sea
absorbido por la enfermedad y que no quede nada
para las personas.
Personalización de la En segundo lugar, el contacto debe intentar reconocer
asistencia el protagonismo de los usuarios en los procesos de
salud. Para convertirse en protagonista, el enfermo
debe ser ayudado a comprender su situación con una
información clara y precisa. Además, para poder
asumir responsabilidades, el enfermo tiene derecho a
conocer las opciones terapéuticas disponibles de lo
contrario, solo desempeñara un papel pasivo de
dependencia. Podemos decir que un sistema sanitario
humanizado es aquel cuya razón de ser es estar al
servicio de la persona y, por tanto, pensado y
concebido en función de ellas mismas. Para que esto
se realice debe ser un sistema sanitario integrado que
proteja y promueva la salud, que corrija las
desigualdades sanitarias, que elimine las
discriminaciones de cualquier tipo, que de
participación al ciudadano en el mismo y, en
definitiva, que garantice la salud de todos los
ciudadanos en su concepción de estado completo de
bienestar físico, emocional, mental, social y espiritual,
tal como declara la Organización Mundial de la Salud.
Cambio de actitudes Muchas veces un proceso de humanización no es
tanto un proceso de estructuras, de mecanismos, sino
de actitudes, cambios de actitudes y de voluntad de
todos nosotros, de todos los que conformamos el
personal sanitario para mejorar la situación actual.

Cómo evaluar nuestro nivel de humanización


Podemos identificar algunos indicadores específicos de humanización de la
asistencia sanitaria. Factores como la calidad de la atención sanitaria, la
que podemos definir como «la obtención del máximo beneficio para el usuario
mediante la aplicación del conocimiento y tecnología más avanzada, tomando
en cuenta los requerimientos del paciente, así como las capacidades y
limitaciones de recursos de la institución, y de acuerdo con los valores sociales
imperantes.

A su vez, los elementos que nos indicarán la calidad en un sistema de salud


son:

1. La universalización de los servicios de atención sanitaria y de prevención


traducido en acceso igualitario.
2. El tratamiento personalizado en todos los procesos diagnósticos y
terapéuticos, traducido en la consideración de la persona en sentido
holístico, con todas sus dimensiones y percibido por la satisfacción de los
usuarios.
3. La participación activa del paciente y su familia, constatable en la
información recibida, su comprensión y el buen uso del consentimiento
informado.
4. El respeto a la autonomía del paciente y su derecho a recibir información
respecto a su condición de salud.
5. El trabajo interdisciplinario y evaluación de los procesos, constatable en
la participación de los profesionales en reuniones de equipos
interdisciplinares y en los temas abordados .
6. La existencia de Comités de Ética Asistencial y de investigación
debidamente acreditados.
7. La existencia de Departamentos de Atención al Usuario y canalización
correcta de las demandas de ellos.
8. El cuidado del cuidador mediante los ingredientes propios de la «higiene
laboral», de un trato adecuado y motivador en los equipos de salud
respaldados mediante la formación continua.
9. La formación tanto en el pregrado como en el postgrado, que armonice
los valores procedentes del conocimiento científico-técnico especializado
y los valores del conocimiento global y humanístico de la persona, donde
se reconozca la relevancia del mundo de los sentimientos y los afectos
en la atención de las personas.
10.La permanente evaluación mediante programas de gestión de calidad de
la atención que permitan mejorar estructuras, la actualización de los
equipos y la revisión periódica de los programas.

Dignidad y calidad de la vida humana


La dignidad es el concepto central en que se fundamentan los derechos
humanos. La idea de dignidad está basada en su ser, más que en el modo de
existir. En el ordenamiento jurídico chileno, se reconoce en el inciso primero del
Artículo Nº 1 de la Constitución Política de la Republica, bajo el título «Bases de
la Institucionalidad», lo siguiente: «todas las personas nacen libres iguales en
dignidad y derechos».
Así también, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Asamblea
General de las Naciones Unidas, tiene como primer considerando: «que la
libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de
la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los
miembros de la familia humana».

Definiciones de dignidad
“Actúa de tal modo que trates a la
humanidad, tanto en tu persona
como en la persona del otro, no
como un mero medio, sino
siempre y al mismo tiempo como
fin».

Immanuel Kant

No resulta fácil hablar de dignidad cuando ya el mismo diccionario presenta


acepciones tan dispares para la reflexión, como la relacionada al merecimiento
(«que merece algo, en sentido favorable o adverso») y la relacionada con la
naturaleza de la persona o cosa («correspondiente, proporcionado al mérito y
condición de una persona o cosa»).

Es importante explorar el significado de la dignidad humana como fundamento


de la humanización del mundo de la salud y de la enfermedad. Estos son sus
principales significados:

 Valor que le corresponde al hombre en razón de su ser. No por


ciertos rendimientos que sea capaz de prestar, sino por ser un fin en sí
misma.
 Un atributo de la persona que debe ser reconocido socialmente.
Posee una dimensión social, colectiva, en el sentido de que va
acompañada de la necesidad de que las demás personas y la comunidad
en que el individuo se integra, respeten su libertad y sus derechos.
 Persona como fin en sí misma. Más allá de las diferentes acepciones
que el diccionario de la Real Academia Española presenta actualmente,
el término «dignidad» designa en latín lo que es estimado o considerado
por sí mismo, no como derivado de algo otro [@RAE]. Cuando se aplica
la palabra dignidad a la persona humana, se la está considerando como
fin en sí misma, como primer criterio de contrastación para la valoración
ética de los fines perseguidos.

Una de las expresiones más célebre, en este sentido, aparece en una de las
formulaciones del imperativo categórico kantiano: «actúa de tal modo que
trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona del otro, no
como un mero medio, sino siempre y al mismo tiempo como un fin».
Universalidad del respeto a la dignidad
Cabría pensar, inmediatamente, que el concepto de dignidad es universal,
valido para todos. Sin embargo, como dice Peces Barba, conviene tener en
cuenta la dificultad presente en la pluralidad de manifestaciones de la
dignidad, y la existencia de numerosas perspectivas desde las que se
manifiesta la necesidad del respeto a la misma: así, podrá tomarse en
consideración la dignidad individual, la del género humano, la del individuo
para consigo mismo, la que el individuo debe respetar y reconocer a los demás,
la que el Estado debe respetar y reconocer a sus ciudadanos como sujetos de
derecho entre otras.

El respeto por el otro


El otro puede ser cualquier persona, amigo o desconocido que padece dolor y
necesita de nuestra ayuda. Cuando nos sentimos llamados a responder a esa
solicitud de ayuda, cuidando de ese otro-vulnerable es lo que llamamos el
despertar de la conciencia ética, la vocación. Este llamado puede ser
silencioso, manifestarse en un cruce de miradas entre nosotros como
funcionarios y los pacientes o sus familiares que también padecen dolor. Ese
otro nos llama a través de su rostro sufriente. No podemos esquivar su mirada
interpelante, no podemos bajar la mirada como si no pasara nada. Cuando
estamos frente al otro-vulnerable, nos damos cuenta que debemos responder a
su sufrimiento, porque dejar de hacerlo sería inhumano. [@totalidad] El filósofo
Levinas decía que los rostros hablan, aunque las personas no digan nada,
nosotros podemos interpretar los sentidos ocultos en las miradas. Al detectar
vulnerabilidad y sufrimiento en el rostro de los pacientes y sus familias,
debiésemos sentirnos llamados a responder a ellos. Sin embargo, esto no
significa sobreproteger a ese ser vulnerable al punto de anular su autonomía.
En el reconocimiento del otro, por muy vulnerable que éste se presente, debe
existir siempre un equilibrio entre su autonomía y la beneficencia.

Razón, amor y voluntad son


perfecciones, son facultades
supremas, constituyen la esencia
absoluta del hombre en cuanto
hombre y el fin de su existencia.
El hombre existe para conocer,
para amar, para querer.
Ludwig Feuerbach.
Ética de la fragilidad
Quizás la gloria del individuo no se escribe sólo cuando éste es capaz
de pensar, decidir, amar (como facultades supremas), sino también
cuando un semejante piensa «en el qué» y «por el qué» no es capaz de
hacerlo por sí mismo; decide para y por aquél que no es autónomo
psicológica o moralmente y ama a aquel que, si bien conscientemente no es
sujeto de afectos, es destinatario del amor; amable por sí mismo, por su
semejanza, por su vulnerabilidad y pertenencia a la comunidad humana.
Podemos experimentar esto, por ejemplo, con los pacientes en estado
vegetativo persistente, los postrados, algunos pacientes psiquiátricos, algunas
personas con capacidades diferentes, entre otros casos.

Todo lo mencionado permite considerar que la dignidad humana está en


estrecha relación con su condición de vulnerabilidad. Una vez más se acude la
llamada «ética de la fragilidad». El hombre lábil, como dijera Paul Ricoeur,
expresando de manera precisa que la naturaleza de la realidad humana
fundamenta una ética humanizadora a partir de la comprensión de la
persona como vulnerable, débil, perteneciente a la comunidad
humana capaz de hacerle ser y subsistir. La vida humana, especialmente
frágil y siempre en el límite. La expresión del llanto, como símbolo de la
fragilidad humana, constituye un rasgo fundamental que revela que la
condición de vulnerabilidad desencadena la dimensión ética.

Todos somos vulnerables. Ser vulnerable es ser finito; es decir, estamos


expuestos al sufrimiento y a la muerte. La ética de la fragilidad se refiere al
deber que tenemos frente al sufrimiento de nosotros mismos y de los demás.
Nos plantea que, frente a la fragilidad ajena no podemos permanecer
impávidos, sino que debemos responder solidariamente, debemos hacer un
esfuerzo “por mitigar esa vulnerabilidad y ayudar al otro a desarrollar su
autonomía personal, física, moral e intelectual”

Ética de la calidad de vida


En los últimos años se está prestando una particular atención a la relación
existente entre dignidad y calidad de vida. Esta pregunta surge porque el
hombre es capaz de prolongar la vida, pero no siempre en condiciones
que al sujeto o los responsables de la distribución o aplicación de
recursos, les parece que esta sea digna.

En principio, como dice Diego Gracia, «parece natural pensar que es bueno
todo aquello que va a favor de la vida y malo todo lo que va en contra suya o la
pone en peligro. Pero la vida sin más no es un criterio de moralidad. El criterio
surge cuando se califica o cualifica esta vida de cierta manera».
La vida sin más no es un criterio de moralidad. El criterio surge cuando se
califica o cualifica esta vida de cierta manera.

La ética de la calidad de vida constituye hoy en día una aportación


fundamental en la reflexión bioética. El problema es que no existe una única
definición de un criterio para medir la calidad de vida. De la importancia que se
le dé al concepto de calidad de vida dependen no pocas decisiones en el
ámbito de la acción sanitaria, socio-sanitaria, social y política.

La calidad de vida hace referir la vida, verla de manera comparativa consigo


misma en otras circunstancias o con otros. Diego Gracia dice que la calidad de
vida consiste en «el conjunto de propiedades que hacen esa vida
apreciable y mejor que la de otras personas».

El concepto de calidad no se reserva entonces exclusivamente a la experiencia


individual, sino también al proceso seguido para conseguir tal experiencia o
para cuidar a la persona respetando su dignidad, a la eficacia y eficiencia de
los procesos, que han de estar impregnados de excelencia ética en el uso de
los recursos y en el discernimiento sobre la idoneidad (referidos también en
términos de justicia pensada con criterios universales) y la necesaria
evaluación de la adecuación de tales procesos para la satisfacción de
necesidades reales y de respeto por la dignidad humana.

Indisociabilidad de la vida y la dignidad


Hasta qué punto merece la pena vivir si no se vive como hombre, es decir, si
no es posible vivir de modo conforme a la propia dignidad, la discusión
presenta mayor complejidad. Si, como se ha podido comprobar, el concepto
mismo de dignidad es extremadamente difícil de definir por su gran dosis de
relatividad, estas mismas dificultades, y el consiguiente riesgo, se plantean
para determinar en qué punto se produce esa ruptura o falta de adecuación
entre la vida y la dignidad, y a quien corresponde decidir sobre esa falta de
adecuación.

Algunos despejan la incógnita diciendo que tiene tal valor para el hombre la
dignidad, que lo que se plantea es hasta qué punto vale la vida sin dignidad y
hasta qué punto merece la pena vivir si no se vive como hombre, como
persona humana. Pero en seguida argumentan que no puede existir la
vida humana sin dignidad, ya que en ningún momento de su vida, y en
ninguna circunstancia, la persona deja de ser persona: mientras hay
vida, hay personalidad (condición humana, condición de persona en
cuanto tal) y por tanto, hay dignidad.
Deshumanizacion y despersonalizacion
Los conceptos de dignidad y de calidad están íntimamente relacionados con la
necesidad experimentada por todos de humanizar la vida, particularmente
cuando esta se ve necesitada de acompañamiento en el afrontamiento de
dificultades personales, relacionales, etc. Nunca como hoy se ha hablado tanto
de deshumanización. Como si la vida pudiera presentarse, en cualquiera de sus
dimensiones, también con rostro inhumano o como si esto estuviera siendo una
lamentable realidad y fuera necesario luchar con ella.

La palabra que más se utiliza, sin duda, es la de la «deshumanización», para


denunciar situaciones de pérdida de lo especifico del hombre. Vail la ha
definido como «pérdida de atributos humanos», mientras que Lewis le asigna
como «perdida de dignidad». El termino de deshumanización, aparece como
fácilmente intercambiable con el de «despersonalización».

Cada vez se experimenta con más intensidad, la tensión entre lo que la


realidad es y lo que debe de ser en relación a las exigencias éticas. En este
sentido la Declaración de los Derechos Humanos, constituye una aspiración
«utópica» que crea exigencias éticas que distingue la brecha entre lo que
«pasa» y lo que realmente «debe pasar».

Las causas profundas de la deshumanización


En el fondo del proceso de deshumanización hay, sin duda, elementos más
profundos, que tienen sus raíces más hondas que en la explicación de lo que
acontece en el mundo hospitalario, raíces relacionadas con la misma
antropología y con la política.

Tomar conciencia de la complejidad del mundo de la salud en general ya nos


permite hacernos cargo también de que éste es reflejo de la cultura en
general. En el mundo de la salud se puede constatar por ejemplo, numerosas
injusticias debidas a la economía de mercado imperante en el mundo y que no
permiten hablar de acceso igualitario a los recursos para luchar contra la
enfermedad y para prevenirla. Una mirada más amplia, que tuviera como
horizonte el mundo, exigiría levantar el grito ante tanta injusticia. Mientras que
en los países del primer mundo se discute sobre la proporción u oportunidad de
un tratamiento sofisticado (o de su retirada) en relación a la calidad de vida, en
numerosos puntos del mundo la situación es sencillamente escandalosa.
Muchos de los recursos no se conocen, el acceso a la mayoría es imposible y el
discurso se centra en términos de cubrir las necesidades básicas de
alimentación, cobijo, higiene, prevención, alivio de síntomas.

Mientras la dimensión ética no se incorpore explícitamente en los


planteamientos socioeconómicos en sentido universal, se seguirá
hablando de deshumanización. –es necesario considerar que no es posible
sostener el conocimiento científico distanciado de los valores humanos, por lo
que cabe menester volver al concepto mismo de la bioética enunciado por
Potter: “La humanidad necesita urgentemente una nueva sabiduría que le
proporcione el conocimiento de cómo usar el conocimiento para la
supervivencia del hombre y para la mejora de la calidad de vida…Yo propongo
el término bioética con el fin de enfatizar los dos ingredientes más importantes
para lograr la nueva sabiduría que tan desesperadamente se necesita:
conocimientos científico y valores humanos”[@RESSENLER] En la actualidad, la
reflexión bioética incluye variados ámbitos de la vida misma, incluidos los
aspectos éticos relacionados en las instituciones de salud.

En la medida en que se reintroduzca la muerte, el límite y sus precursores e


indicadores (entre ellos la enfermedad), en los esquemas mentales de las
personas, sin negarla ni reprimirla, en esa medida se lucha contra la
deshumanización.

Con frecuencia se alude a la deshumanización de las grandes instituciones


hospitalarias, a la dificultad del personal sanitario para acompañar
humanamente al enfermo terminal, se suele criticar la falta de información al
enfermo y las mentiras que se crean a su alrededor. De esta forma, tenemos
una dicotomía fundamental que se funda en el temor instalado en nuestra
cultura, la necesidad de que la cura sea asociada al éxito y la recuperación y la
muerte al fin, a la oscuridad, a la soledad, al temor por lo que en la reflexión se
evidencian preocupación para quienes hemos dedicado parte de nuestra vida
al tema qué está relacionado con ¿Cómo se puede ayudar y asistir a las
personas al final de la vida si le tememos a la muerte?, entonces concluyo que
muchos quedan bastante solos en este proceso ya que en esta época a pesar
de lo que se ha logrado tanto en el desarrollo tecnológico como en la
legislación evidenciado en la ley de derechos y deberes de los pacientes que
en su artículo 10 explicita que “toda persona tiene derecho a ser informada, en
forma oportuna y comprensible, por parte del médico u otro profesional
tratante, acerca del estado de su salud, del posible diagnóstico de su
enfermedad, de las alternativas de tratamiento disponibles para su
recuperación y de los riesgos que ello pueda representar, así como del
pronóstico esperado, y del proceso previsible del postoperatorio cuando
procediere, de acuerdo con su edad y condición personal y emocional” (ley
20.584). Sin embargo, ante la noticia lapidaria de un diagnóstico terminal se
puede observar en el cotidiano que aún persiste la idea de entregar la
información a la familia y ésta es muchas veces quien solicita al tratante
ocultar la información en una suerte de “conspiración del silencio” (CS),
entendida como el “acuerdo implícito o explícito, por parte de familiares,
amigos y/o profesionales, de alterar la información que se le da al paciente con
el fin de ocultarle el diagnóstico y/o pronóstico, y/o gravedad de la situación”
(Arranz P, Barbero J, Barreto P, Bayés R, 2003) generando una en el propio
paciente incertidumbre que termina por tener que descubrir, de acuerdo a los
síntomas que va presentando, que se trata del final de su vida y de este modo
se genera una barrera con la familia dificultando la comunicación hasta que
logra explicitar a sus seres queridos su pensamiento interior. En este sentido
¿no sería más adecuado el diálogo directo que favorezca la expresión de sus
inquietudes y temores acompañado de los que ama y que de esta forma pueda
mantener su autonomía dando la oportunidad de participar en los preparativos
manifestando su propia voluntad?,

De dónde surge la deshumanización


En último término, en el fondo de la deshumanización está el olvido de la
propia condición de las personas, como agentes morales que como parte de su
propósito de vida está la búsqueda de la felicidad mediante la aspiración al
bien propio y ajeno, en dónde es posible vincular la fragilidad con la fortaleza
como constitutivos de su ser. Una analogía de esto sería el reconocerse como
sanador- herido, empujado a la búsqueda del bien en la relación intersubjetiva
y solidaria. Algunos aspectos que son posibles de distinguir:

 La deshumanización surge cuando no se integra el canon de moralidad


que obliga al hombre a reconocerse constitutivamente como un ser
moral. Esta lo obliga, mediante la razón y la deliberación comunitaria
(dimensión política), a buscar el bien para la persona vulnerable.
 El avance tecnológico que se apropia de los espacios, en cuanto a
concebir la salud como únicamente la aplicación de técnicas y
procedimientos para la efectiva y exitosa cura de enfermedades,
desplaza a la persona como sujeto quien posee una dimensión más
amplia que ser receptor de tecnologías.
 Las relaciones verticales existentes en los equipos de trabajo limitan
dinámicas participativas en la toma de decisiones. Ingredientes de la
deshumanización

En el análisis en torno a la deshumanización apunta a estos ingredientes:

1. Tendencia a ver el individuo como un objeto (acogida fría e impersonal).


2. Falta de información para el paciente respecto a su enfermedad.
3. Escasa participación en los procesos terapéuticos.
4. La marginación de ciertos grupos de enfermos (ancianos, enfermos
crónicos, moribundos y discapacitados).

Tecnificación de la atención
Al hablar de la deshumanización de la medicina, uno de los aspectos asociados
suele ser el del desarrollo de la técnica y la tecnología. Una afirmación
frecuente es que junto al desarrollo de la técnica, se ha ido produciendo un
proceso de deshumanización. A veces, el discurso cobra tonos nostálgicos, en
el recuerdo de aquella medicina pretérita que era pobre en medios
(conocimientos, métodos diagnósticos y terapéuticos), pero que hacía
abundante el uso de la relación humana al servicio del enfermo.

La técnica es un medio que más que deshumanizar puede humanizar, en


función de cómo se utilice.

No se puede negar la estrecha relación entre la tecnificación y


deshumanización en el mundo de la salud. Es realmente espectacular el
progreso de la técnica diagnóstica y terapéutica en los últimos años. Pero, en la
praxis comprobamos, como dice Rocamora, que junto a beneficios notables
conlleva o puede arrastrar graves inconvenientes. Entre otros, hacer del
enfermo una máquina corporal averiada y del profesional de la salud un
mecánico, y aumentar de forma progresiva la separación entre ambos.
Paulatinamente, se ha ido depositando la confianza en los
medicamentos e instrumentos accesorios de diagnóstico o
tratamiento en lugar de depositarse en la persona.

En esta situación se advierten los peligros más graves de la técnica: el


reduccionismo y la tecnolatría.

1. Reduccionismo: minimiza el enfermar humano, contemplándolo sólo


con el prisma de la técnica y buscando el remedio únicamente a través
de la ciencia instrumental.
2. Tecnolotría: al depositar toda nuestra capacidad de curación solamente
en los procedimientos técnicos, olvidándonos que también la palabra y
el encuentro son medios eficaces de sanación y de cuidados.

La técnica es un medio que más que deshumanizar puede humanizar,


en función de cómo se utilice. Así lo creía Ortega: «El hombre empieza
cuando empieza la técnica. No hay hombre sin técnica». Quien deshumaniza,
por tanto, es el ser humano. La «cibernetización» puede esclavizar o liberar,
dar o quitar trabajo, dar más seguridad o más vulnerabilidad. Lo importante es
educar al usuario en la comprensión de la complejidad y de las repercusiones
humanas y éticas de su aplicación y en la organización social.

Burocratización
La burocratización exagerada que se puede ver en la organización de los
programas y servicios de salud conlleva una despersonalización lamentable.
Como afirma Marchesi, «la persona se convierte en objeto de experimentación
y el hospital en una factoría, en la cual pacientes son atendidos "en
cadena", como en un montaje de automóviles. La deshumanización en el
servicio aumenta el malestar del enfermo y, con frecuencia, es causa y origen
de nuevas enfermedades.»
Cosificación del paciente
Quizá el problema más importante de la «colonización tecnológica del mundo
sanitario» sea la posible reducción del ser humano a objeto. Este proceso de
conversión de lo subjetivo en objetivo, de lo singular en lo seriado, se
denomina cosificación y a través de él, se produce una grave pérdida de
identidad personal.

Ortega y Gasset decía que la técnica es incapaz de determinar el contenido de


la vida. Si cuidar a un ser humano tiene que ver con la acción de ayudarle a ser
él mismo, como dice Torrealba, esta tarea solo puede desarrollarla un sujeto,
esto es, alguien que está llamado, también, a ser él mismo. Cuidar es una tarea
ineludiblemente humana y lo es porque a través de ella se desarrolla la
cuestión del sentido de la existencia, la cuestión de la libertad, la cuestión de la
intimidad y de la autenticidad. Este tipo de categorías forman parte del
universo personal y solo una persona, debidamente cultivada, puede ayudar a
otra a encauzar correctamente dichas categorías en su vida personal.

Cuidar es una tarea ineludiblemente humana y lo es porque a través de ella se


desarrolla la cuestión del sentido de la existencia, la cuestión de la libertad, la
cuestión de la intimidad y de la autenticidad.

El valor primario de la dignidad de la persona debe iluminar el uso de la


tecnología, a fin de que ésta no se vuelva deshumanizadora, pero no siempre
esto es así. Pensemos en la impresión de miedo y de aislamiento sufrida a
menudo por el paciente moribundo que se siente rodeado de monitores y de
aparatos sofisticados, cuando lo que verdaderamente necesita es un corazón
amable, una mano que le consuele y una voz de le infunda aliento.

La responsabilidad individual, el mundo de los valores quedan interpelados por


este proceso de deshumanización. A veces, el trabajo sanitario es visto
exclusivamente en términos remunerativos. En ocasiones la solicitud y la
compasión son remplazadas por reglas frías e impersonales del contrato de
trabajo. Expresiones como: «no es mi responsabilidad», «no me pagan por
esto», «mi turno ha terminado espere el próximo» etc., pueden indicar el
afianzamiento de una mentalidad centrada en los propios intereses , dejando al
paciente en una situación particularmente frágil.

Relaciones funcionales
Esto ha favorecido la aparición de otro elemento deshumanizador: el
incremento de relaciones funcionales, más que personales. Baste pensar en los
paternalismos manifiestos o escondidos; en la tendencia de los profesionales
de la salud a privilegiar la enfermedad y no a la persona enferma; en la
costumbre recurrente de referirse a «un caso interesante». Más alarmante aún
es el riesgo de que los enfermos tengan contacto casi exclusivamente con los
aparatos sanitarios, y en cambio muy escaso con las personas que los
atienden.

Atención centrada en la enfermedad


Quizás otro elemento que esté en el fondo de la deshumanización sea el hecho
de que la ideología médica manifiesta más interés en la cura del
síntoma de la enfermedad que en las multiples de la salud..

Medicalización de la vida
En la cultura occidental el médico es considerado como el guardián de la
salud. A él se recurre en numerosos actos cotidianos: certificado para el carnet
de conducir, certificado para salir al extranjero, certificado para cobrar la
pensión de invalidez, certificado de defunción, etc. Incluso, ante las más
pequeñas molestias se consulta al médico (fiebre, dolor de muelas, gripe, etc.).
No se está ante otra cosa que un imparable proceso de medicalización de
la vida. Esta supervaloración de los profesionales de la salud (sobre
todo del médico) impulsa al inconsciente colectivo a proyectar sobre
ellos una serie de exigencias, en el fondo irracionales. Y es
posiblemente este hecho, uno de los motivos que provoca el alejamiento entre
el médico y el enfermo, y en definitiva, la deshumanización de la relación. Por
lo tanto, la supervaloración del significado de la medicina lleva
también a la deshumanización.
Relación de ayuda
El abordaje de las relaciones interpersonales en el sector de la salud ha estado
marcado por una tendencia paternalista en la relación clínica. Diego
Gracia ha reflexionado acerca del modelo de relación usuario-sanitario, en el
que el camino tiende hacia una relación más horizontal entre agentes de salud
y personas usuarias del sistema. Por otro lado, tanto la reforma sanitaria como
la ley N⁰ 20.584 sobre “los derechos y deberes que tienen las personas en
relación con la acciones vinculadas a la atención de salud” representan un
avance hacia relaciones más horizontales entre el equipo de salud y los
pacientes. En este módulo, revisaremos un modelo de relación interpersonal
que te permitirá mejorar la forma en que enfrentas la relación con tus
pacientes.

Objetivos
Al finalizar este módulo, serás capaz de:

3. Reconocer la importancia de la relación de ayuda en la atención en


salud.
4. Aplicar el modelo de Carl Rogers sobre la relación de ayuda.
5. Adoptar las actitudes fundamentales para establecer una relación de
ayuda.

Relación interpersonal y humanización


Como vimos en el módulo anterior, humanizar es un proceso individual y
colectivo que consiste en hacer digno de la condición humana una situación o
un estado de cosas. La humanización se expresa en distintos ámbitos:

6. Político: la promoción de la salud, y la prevención de la enfermedad y


su curación son formas de humanización.
7. Jurídico: jurídicamente, se marcan límites de protección y defensa de la
vulnerabilidad humana.
8. Ético: existe una dimensión ética en la humanización al afrontar y
resolver conflictos.

La relación interpersonal es el ámbito por excelencia de la


humanización: se puede ser muy humano y personalizado, o se puede
otorgar un trato despersonalizado y deshumanizado. A continuación, veremos
qué es y cómo opera la relación de ayuda bajo los principios de la
humanización.

Qué es la relación de ayuda


«Por ayuda entiendo cualquier relación entre una persona más
conocedora o asesor, ya sea consejero, profesor o padre, y otra
menos conocedora o asesorada, ya sea cliente, estudiante o hijo».
Robert Carkhuff

El término ayudar deriva del latín adiuvare, que significa «provocar alivio». Una
persona intenta aliviar, hacer más ligero el peso y disminuir el malestar de
quien, a causa de diferentes motivos, sufre. Ayudar, por lo tanto, es ofrecer
recursos a una persona para que pueda superar una situación difícil o
para afrontarla y vivirla lo más sanamente posible. Estos recursos
pueden ser materiales, técnicos o relacionales. Cuando los recursos que
ofrecemos son relacionales, es decir la misma persona del ayudante se ofrece
como recurso para acompañar en el proceso de afrontamiento de la dificultad
del ayudado (incluso si se hace de manera simultánea al ofrecimiento de los
otros tipos de recursos), entonces hablamos de relación de ayuda.

ayuda
«cualquier acto de asistencia a una persona».
Del lat. adiuvare, provocar alivio
Entendemos la relación de ayuda como aquella que intenta hacer surgir una
mejor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo y un uso
más funcional de éstos. Hablamos de relación de ayuda, normalmente, desde
una perspectiva centrada en la persona del ayudado, considerada en sentido
holístico, y no directiva. Aplicada al mundo de la salud, nos referimos al
conjunto de actitudes y habilidades que el profesional conoce,
interioriza y despliega en la relación terapéutica, dotándola de
competencia relacional y emocional.

Relación de ayuda en el trabajo interdisciplinar


Pero no solo esto. También comprende unas buenas relaciones interpersonales
en el trabajo interdisciplinar. No es éste ya un contexto de relación ayudante-
ayudado, cuanto de relación entre iguales, donde se busca un objetivo
común: la calidad del servicio y la salud en los procesos. En concreto, la
deliberación como arte de tomar decisiones sabias y prudentes sólo tendrá
lugar de manera correcta si se produce una relación auténtica en los
participantes en el proceso, donde las personas se escuchen, se intenten
comprender de manera empática, sean ellas mismas y se acepten
incondicionalmente. El ámbito de aplicación de la relación de ayuda, por tanto,
no queda reducido al mundo de las relaciones con las personas en condiciones
de vulnerabilidad que piden ayuda, sino que viene a convertirse en un «modo
de ser», un «modo de trabajar» cualificado porque, en el fondo, el que trabaja
interdisciplinarmente o pretende deliberar, también «busca ayuda» de alguna
manera.
Relación de ayuda y counseling
Frecuentemente, las expresiones counseling y relación de ayuda son usadas
como sinónimos. Sin embargo, existen diferencias: el counseling es una forma
más estructurada que se deriva de un modelo concreto. En el counseling
existen dos roles bien definidos entre un counselor, que da el consejo, y quien
lo solicita.

La relación de ayuda, por su parte, es un concepto que se aplica a un conjunto


más amplio de situaciones, incluyendo a aquellas del ámbito de la salud, la
educación y la terapia. A pesar de esto, las actitudes y habilidades suelen
coincidir, por lo que, con mucha frecuencia, se usan los dos conceptos
indistintamente.

Counseli Relación
ng de ayuda

Modelo Estructura Flexible


do y
concreto

Ámbito Delimitado Conjunto


de , más amplio de
aplicació específico situacione
n s (salud,
educación
y terapia,
entre
otras)

Relación de ayuda en el ámbito de la salud


A pesar de la importancia del estudio de las relaciones interpersonales,
históricamente la formación universitaria de los profesionales de ayuda
la ha dejado de lado. Las habilidades de relación son tomadas como
disciplinas inferiores en relación a las disciplinas intelectivas.

Sin embargo, en los últimos años, se ha realizado un trabajo de reflexión


sobre las actitudes y habilidades que confieren competencia relacional
y emocional al agente de salud, en concreto al médico, a la enfermera, al
trabajador social, etc. Algunos autores han propuesto una formación de estos
agentes a la relación en el ámbito del ejercicio de su profesión, basada en la
interiorización de la triada rogeriana –que veremos más adelante– y en el
adiestramiento en una serie de habilidades en las que aquellas se
despliegan y actualizan.

En el fondo es importante el convencimiento de que para realizar bien las


profesiones de salud no es suficiente poseer una competencia
científico-técnica, sino que es necesaria también una buena capacidad
de comunicar. Un buen diagnóstico, una buena adherencia a un tratamiento,
un buen soporte emocional, la comunicación de una mala noticia, la solicitud
del consentimiento informado, etc., tareas propias de agentes de salud,
tendrán tanto más éxito y serán realizadas tanto más a la medida de la
dignidad de la persona, cuanto más diestro sea el profesional en relación de
ayuda. La experiencia y la práctica en el campo de las relaciones en el mundo
de la salud muestran que la eficacia de muchos procedimientos diagnósticos y
terapéuticos pasa por el buen manejo de la relación de ayuda.

Modelo Rogeriano
Carl Rogers (1902-1987), psicólogo humanista caracterizado por una
orientación comprensiva de las diferentes dimensiones de la persona, acuñó la
expresión de relación de ayuda centrada en la persona. Bautizó su propuesta
de psicoterapia como «no directiva» y más tarde «centrada en el cliente».

Detrás del no directivismo propio de la relación de ayuda hay un


antidogmatismo a la vez que una apertura a diferentes corrientes dentro de
la psicología y la psicoterapia. Rogers era antidogmático hasta el punto de que
él prefería ayudar a un psicólogo o a un psicoterapeuta que prefiere una forma
de terapia directiva y controladora, a aclarar sus pretensiones y significados,
antes que disuadirle para que se adhiera a la posición centrada en la persona.

La hipótesis central consiste en afirmar que cada persona posee en sí


misma amplios recursos para la autocomprensión y para la
modificación de actitudes y que el acompañamiento es un proceso de
ayuda a identificar las capacidades secuestradas y a movilizarlas.

El modelo rogeriano de relación de ayuda se basa en el acompañamiento a


quien tiene un problema, en la identificación de este y en la
realización de un proceso personal, autónomo, descubriendo los
propios recursos para su abordaje. La hipótesis central consiste en afirmar
que cada persona posee en sí misma amplios recursos para la
autocomprensión y para la modificación de actitudes y que el
acompañamiento es un proceso de ayuda a identificar las capacidades
secuestradas y a movilizarlas. No se trata de un estilo de «abandono del
ayudado a su destino», sino de verdadero compromiso por construir con el
enfermo un destino verdaderamente personalizado y encarnado en su aquí y
ahora, en un compromiso auténtico que no dudará en calificar de «amor» por
el ayudado, de pasión por acompañarle a realizar su camino con la esperanza
de que en él desarrollará lo mejor de sí mismo.

Actitudes para la relación de ayuda


La competencia relacional está compuesta por conocimientos, habilidades y
actitudes relativas al fenómeno de la relación interpersonal. Entre ellas, las
actitudes constituyen el elemento terapéutico fundamental en la interacción
con la persona que sufre, junto con los recursos del ayudado.

Las actitudes, o disposiciones interiores ya contienen un elemento cognitivo,


un elemento afectivo y un elemento conductual, ya que para disponerse en
una actitud se requiere la capacidad de hacerlo, además de la voluntad.
Con alguna frecuencia se confunden las actitudes con las habilidades
reduciendo aquéllas a éstas.

En los siguientes apartados, veremos las tres actitudes comprendidas en el


modelo de Rogers (tríada rogeriana).

4. Aceptación incondicional.

5. Empatía.

6. Autenticidad.

Aceptación incondicional o consideración positiva


Cuando el paciente experimenta la
actitud de aceptación que el terapeuta
tiene hacia él, es capaz de asumir y
experimentar esta misma actitud
hacia sí mismo. Luego, cuando
comienza a aceptarse, respetarse y
amarse a sí mismo, es capaz de
experimentar estas actitudes hacia los
demás.

Carl Rogers

El significado de la consideración positiva o aceptación incondicional va


más allá de una simple disposición optimista y acogedora, esta
considera:

Protagonismo El reconocimiento
del ayudado de que el
protagonismo en el
proceso de relación
de ayuda está
centrado en la
persona del
ayudado. Él es el
que ha de conducir
su vida con
autonomía;
valorando, sí;
dejándose
confrontar, sí; pero,
en el fondo, la
persona tiene
posibilidad de
tender hacia el
bien, crecer y
decidir en sintonía
con su propia
escala de valores.

Confianza en los Es una disposición


recursos del que va contra el
ayudado paternalismo en las
relaciones de
ayuda.

Cordialidad o Esta actitud


calor humano supone una
relación afable y
cálida. La ausencia
de este aspecto de
esta actitud genera
distancia y, con
frecuencia,
lamentación por
deshumanización.
No se trata de una
disposición de una
ternura tal que se
salga del ámbito de
los roles propios de
la profesión, sino la
calidez humana
propia de la
dignidad de la
persona que no
puede reducirse a
una relación
funcional.

Empatía
Quizás la palabra más utilizada en el ámbito de la reflexión
sobre la relación de ayuda sea precisamente ésta. Pero quizás sea
también una de las palabras utilizadas con menos precisión, e incluso
se pueda decir de ella que está sobredimensionada.

La historia del concepto de empatía es relativamente breve en psicología.


Cuando Titchener tradujo la noción de Einfühlung con empathy sirviéndose del
griego empatheia quería subrayar una identificación tan profunda con otro
ser que le llevara a captar con precisión los sentimientos del otro con
los «músculos de la mente». El desarrollo del concepto lleva a adquirir
una importancia central en el ámbito de las relaciones de ayuda, de
modo particular con Rogers.

Empatía

Actitud en virtud de la cual, una


persona hace el esfuerzo cognitivo,
afectivo y conductual por captar, de la
manera lo más ajustada posible, la
experiencia ajena, sus necesidades,
los significados que las cosas tienen
para ella, sus sentimientos, los valores
que la habitan, las dinámicas que
actualiza, las expectativas y deseos
que le mueven, así como los recursos
con los que cuenta. Pero no solo esto,
la empatía comporta también que la
persona del ayudado perciba que está
siendo comprendido.

Del gr. empatheia, identificación.

No se trata de una comprensión fácil y superficial, semejante a


las palabras bien intencionadas que quitan importancia y relativizan;
ni tampoco una comprensión que genera la grata experiencia de
sentirse en sintonía emocional. No. La empatía no siempre genera una
experiencia placentera de sentirse comprendido porque, a veces, lo
que se comprende y, además, se comunica a quien lo vive, es una
contradicción o dinámica no saludable, aunque cómoda.

Quien desea disponerse en actitud empática ha de ponerse a sí mismo


entre paréntesis, adoptar el marco de referencia interior del otro, ver las
cosas desde su punto de vista y, en el fondo, hacer una doble identificación:
con la persona y con la situación. Algo así como decirse a sí mismo: «también
yo, si fuera tú (identificación con la persona) y estuviera en tu situación
(identificación con el problema)…» No es otra cosa que renunciar a la
proyección de significados e intentar captar la experiencia ajena mirando
desde donde mira el otro.

La empatía es la actitud que regula el grado de implicación


emocional con la persona del ayudado. A la vez que requiere un
proceso de identificación actitudinal, requiere también la capacidad
de manejar la propia vulnerabilidad, el impacto que la experiencia
ajena tiene sobre sí, las propias sombras y heridas que pueden
despertar con ocasión del encuentro con la vulnerabilidad ajena.
Requiere también aprender a separarse, restablecer la distancia
emocional necesaria (junto con la proximidad) para no quemarse, para
no identificarse emocionalmente y prevenir el síndrome del burn-out.

 No es lo mismo que la simpatía (gentileza), ni siquiera en el


sentido etimológico («sentir con»). Cuando una persona,
queriendo comprender a otra, experimenta sus mismas
emociones, entonces estamos ante el significado etimológico de
la «simpatía». No es el objetivo de la empatía lograr
experimentar los sentimientos ajenos, sino captarlos (junto con
las necesidades, los recursos, etc.), de la manera lo más
ajustada posible a como son vividos.

 Es unidireccional. No es correcta la expresión «entre nosotros hay una


buena empatía», o «generar empatía», o «entrar en empatía», tantas
veces utilizadas, sino que lo correcto sería poder decir: «yo estoy en
actitud empática contigo». Tiene carácter unidireccional, es unívoca, y
no requiere vivir las mismas emociones de la persona a la que se quiere
comprender.

Algunos autores han desarrollado una reflexión sobre la empatía


hablando de fases de la misma. Es un modo de presentar el proceso cognitivo-
afectivo de la empatía, que pasa por las siguientes fases:

Fase 1 Identificación con la


persona y la situación
del otro.
Fase 2 Repercusión e
incorporación o
conciencia y manejo de
la propia vulnerabilidad
y del impacto que
sobre sí mismo tiene el
encuentro con la
vulnerabilidad ajena.
Fase 3 Separación o
restablecimiento de la
distancia psicológica y
emocional acortada
por la aproximación del
primer momento.
En el evolucionar del concepto de empatía, se considera como una capacidad
que incluye elementos cognitivos y afectivos, así como elementos
comunicativos o conductuales que constituyen la parte visible de la empatía.
Asimismo, somos del parecer de que la empatía «es un proceso activo,
consciente e intencional y que, por tanto, puede ser activado
voluntariamente». Ello no impide que agentes expertos tengan una particular
facilidad para disponerse en actitud empática, habiendo llegado a ser algo
automático, un «modo de ser».

Autenticidad
La tercera actitud propia de la relación de ayuda según el modelo humanista
inspirado en Carl Rogers es la autenticidad. Una persona es auténtica
cuando es ella misma en la relación, cuando entre su mundo interior, su
consciencia y su comunicación externa hay sintonía.

Ser auténtico confiere autoridad al ayudante en la relación. Ser sí


mismo, coherente con los propios valores, sentimientos, pensamientos,
significa a veces ser capaz de presentar explícitamente la divergencia,
autorrevelarse y comunicar lo que el ayudante siente (aunque no sea el
objetivo primero de la relación), mantener coherencia interna y externa.

La persona del ayudante, antes que sus conocimientos y sus estrategias


diagnósticas o terapéuticas, ella misma, constituye un fármaco tanto más
eficaz cuanto más persona sea y menos se esconda detrás del rol.

Existen dos factores importantes para lograr la autenticidad: el


autoconocimiento y el manejo de la propia vulnerabilidad:
1. La autenticidad comienza por el autoconocimiento. De hecho, una de las
vías necesarias para ser un buen ayudante es el conocimiento de sí
mismo, de las propias dinámicas, de los propios sentimientos y su
manejo, de los propios valores interiorizados (no sólo proclamados). Ser
sí mismo en la relación es algo más que ejercer el rol de profesional. Es
considerar que la propia persona constituye un recurso para el
otro. La persona del médico –decía el Dr. Balint- es terapia para el
paciente. La persona del ayudante, antes que sus conocimientos y sus
estrategias diagnósticas o terapéuticas, ella misma, constituye un
fármaco tanto más eficaz cuanto más persona sea y menos se
esconda detrás del rol. Ser auténtico significa que los sentimientos
que experimenta el ayudante están a su alcance, disponibles a su
percepción, y que se es capaz de vivirlos y de comunicarlos si se desea.

2. Uno de los requisitos para que la autenticidad se traduzca en la relación


de ayuda es aprender a manejar la propia vulnerabilidad. La metáfora
del sanador herido ilustra el hecho de que la persona del ayudante no
sólo es capaz de ayudar (posee recursos), sino también es vulnerable,
como el ayudado; posee tanto recursos como vulnerabilidad. El
ayudante habrá de ser él mismo, es decir, dueño de su propia
vulnerabilidad hasta el punto de convertirla en recurso para la
relación, es decir, capacidad de comprensión de los límites y
dificultades ajenos precisamente por la familiaridad que tiene en el
conocimiento de sus propios límites y sombras.

Habilidades para la relación de ayuda


Las actitudes son las disposiciones interiores del agente de salud y tienen una
dimensión cognitiva, afectiva y conductual. Las habilidades, en tanto, son la
manifestación práctica de estas actitudes, son la traducción de las
actitudes en maneras concretas de articular la comunicación y hacerla
operativa.

A continuación, revisaremos en detalle las siguientes ocho habilidades que nos


ayudarán a mejorar la relación de ayuda.

1. La escucha activa.

2. La respuesta empática.

3. La personalización.

4. La confrontación.

5. La inmediatez.

6. La iniciación.
7. El autoconocimiento del ayudante.

8. El autocontrol emocional.

La escucha activa
En las relaciones de ayuda, la escucha activa representa la herramienta
fundamental de la interacción. La escucha activa representa el modo práctico
de promover el protagonismo del ayudado en el proceso de
reconocimiento y afrontamiento de la dificultad. Representa, además, el
camino que permite al ayudado liberarse del sufrimiento provocado por la
soledad o por la necesidad de vaciarse emocionalmente.

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El calificativo de «activa» se aplica a la escucha porque no se trata de un


mero oír superficial, sino de la acogida de los significados y de la
experiencia peculiar de la persona a la que se quiere ayudar, de tal
modo que efectivamente el otro experimente que está siendo acogido. La
atención bien centrada, como despliegue de la actitud empática, es la que
permite captar la experiencia ajena.

Un buen diagnóstico nace de una buena escucha; una buena adherencia


a una indicación terapéutica depende, en buena medida, de la calidad de la
comunicación con el paciente y ésta, a su vez, de cómo se siente escuchado.
Una persona deposita su confianza en el profesional de la salud si percibe que
para él es importante lo que ella está viviendo y, de alguna manera,
comunicando. Las profesiones de salud sin escucha terminan percibiéndose
deshumanizadas, sin encuentro interpersonal.

A escuchar se aprende capacitándose en el arte de hacer silencio interior.


Esto requiere una disposición a centrarse en el otro, aprendiendo a manejar los
sentimientos que produce el encuentro, especialmente el encuentro con la
vulnerabilidad ajena.

Existen numerosos obstáculos para la escucha, algunos, de naturaleza


física; otros, de naturaleza psicológica. El conocimiento de los propios
obstáculos es el primer paso para su superación. Quizás el paso más
importante sea la necesidad de manejar los sentimientos que se producen
en quien se encuentra ante la debilidad, el límite y el sufrimiento
ajenos. De aquí que la competencia emocional, la capacidad efectiva de
conocer y controlar las propias emociones sea requisito necesario para una
buena escucha.

La escucha activa, por otra parte, representa uno de estímulos positivos y


caricias más importantes para la persona. El que se siente escuchado
experimenta que es reconocido por el otro, considerado y respetado como
distinto.

La respuesta empática
Hemos dicho que no se produce realmente empatía si el ayudado no
experimenta que está siendo comprendido. La respuesta, pues, adquiere
una particular relevancia en el diálogo de ayuda. No sólo la respuesta verbal,
sino también la no verbal. Uno de los peligros que existen es que la empatía se
reduzca a una mera intención de comprensión, sin que se traduzca en la
comunicación efectiva de la misma.

La respuesta empática constituye uno de los modos más eficaces de


generar confianza, de provocar que el ayudado sienta que el ayudante está
centrado en él. Algunos autores llaman a esta comunicación de la comprensión
«empatía avanzada», especialmente en aquellas en que la comprensión
contiene una dosis de interpretación.

Los diferentes tipos de reformulación son un modo práctico de hacer que una
respuesta sea empática en el diálogo. Reformular consiste en devolver al
ayudado, con las palabras del ayudante (o el lenguaje no verbal), lo
que al ayudante ha comprendido de cuanto el ayudado está viviendo y
ha comunicado o el ayudante capta que vive. En el fondo, la reiteración
de las últimas palabras, la dilucidación temática de lo comprendido o la
reformulación del sentimiento captado son modos distintos de hacer que el
ayudado experimente que está siendo seguido en la presentación de sus
dificultades.

Más aún, el aparato técnico fundamental de la relación de ayuda pasa por


conseguir reformular, es decir, devolver al ayudado su propia situación,
no de manera superficial, sino de manera lo más ajustada posible a la
experiencia del ayudado. Esto no implica necesariamente buscar que el otro se
sienta bien, sino caminar juntos hacia la realidad, su conocimiento y su manejo
con autoridad.

La personalización
Personalizar es lo contrario de generalizar. Con frecuencia, las
intervenciones que quieren ser de ayuda se sitúan en el plano de la
generalización, de la apelación a la reacción común de la gente ante
situaciones semejantes, o al consuelo fácil o procedente de la razón
lógica que poca conexión tiene en muchas situaciones con la experiencia
afectiva y emocional que la persona hace de sus dificultades.

La personalización tiene un talante interpretativo, con una dosis de


directividad. Por lo tanto, pretende acompañar al ayudado a tomar conciencia
lo más precisa posible de lo que le está sucediendo, de su significado, de su
responsabilidad en el afrontamiento y del objetivo que pretende conseguir. Por
eso, se habla de personalizar el significado, el problema, el sentimiento y el fin.

Personalizar el Consiste en acompañar al otro a responder a la


significado pregunta (no formulada necesariamente de
manera expresa), «¿qué significa para ti lo que te
está pasando y pretendes comunicarme?».
Personalizar el problema Consiste en acompañar a tomar conciencia de la
responsabilidad (y no culpabilidad) del ayudado en
el manejo de su situación. Se trata de que tome
conciencia de qué está haciendo o no
haciendo para que lo que le sucede
constituya un problema para él o deje de
serlo. Es, de alguna manera, un acompañamiento
a la apropiación de la dificultad de manera
consciente y de la actitud ante ella.
Personalizar elConsiste en tener en cuenta qué efecto tiene
sentimiento sobre el ayudado la toma de conciencia del
significado y del problema que vive, es decir,
a vivir conscientemente el efecto de las dos
subdestrezas de la personalización ya citadas
anteriormente.
Personalizar el fin Consiste en acompañar a tomar conciencia de
lo que el otro desea hacer en relación a lo
que efectivamente puede y cree que debe. Se
dan cita aquí la voluntad, los límites de la realidad
y la escala de valores y motivaciones que llevan al
deseo del cambio y a la responsabilización por
trabajar en él activamente.
En síntesis, se trata de acompañar a la persona para que esta pueda:

1. Poseer y comprender lo que le pasa.


2. Tomar consciencia de lo que hace o deja de hacer para que el problema
se produzca.
3. Tomar conciencia de los sentimientos que suscita todo este proceso.
4. Concretar hacia dónde quiere y hacia donde siente que debe ir.

Personalizar, en el fondo, es un modo de acompañar al otro a apropiarse de su


situación y tomar protagonismo en el afrontamiento de las dificultades. Es un
modo de evitar la huida por la generalización. Personalizar constituye un
modo de humanizar.
La personalización no excluye lo que en la entrevista clínica recibe el nombre
de normalización, es decir, la ayuda a que el paciente tome conciencia de que
su reacción, después de haber sido comprendida como personal, forma parte
del modo normal y habitual de reaccionar de la mayoría de las
personas. No se trata de un consuelo fácil porque es un mal común, sino el
intento de minimizar el sufrimiento que podría ocasionar considerarse extraño
o único en la experiencia que está viviendo.

La confrontación
Si la personalización ya es un modo de acompañar a apropiarse del problema
de manera responsable, la confrontación constituye un paso más en el
intento de acompañar a ser conscientes y responder de las posibles
contradicciones que el ayudante percibe en lo que el ayudado vive,
entre sus pensamientos, sus sentimientos, sus necesidades, sus valores, etc.

Confrontar no es más que un modo incisivo de reformular. Se reformula


lo que el ayudante ha comprendido de la experiencia del ayudado,
pero en concreto de aquella parte de la experiencia donde el ayudante
percibe contradicciones, actitudes pasivas, desconocimientos,
incoherencias. El objetivo no es mostrar la clarividencia del ayudante frente a
la confusión del ayudado, sino acompañar con buena dosis de comprensión, a
tomar las riendas de aquello que no se presenta como coherente o saludable.

Sólo la autenticidad del ayudante, la purificación de las motivaciones por las


que se confronta y la condición de que sea hecha después de comunicar
comprensión y con sagrado respeto, garantizan la validez de la confrontación.

Naturalmente, confrontar comporta diferentes problemas. Por un lado, se


corre el peligro de que se transforme en una proyección de los puntos
de vista del ayudante, o incluso de un modo de mostrar su autoridad.
Por otro lado, puede convertirse en una humillación del ayudado al sentirse
descubierto en desconocimientos o incoherencias. Sólo la autenticidad del
ayudante, la purificación de las motivaciones por las que se confronta y la
condición de que sea hecha después de comunicar comprensión y con sagrado
respeto, garantizan la validez de la confrontación. De hecho, una confrontación
hecha antes de una acogida incondicional o antes de mostrar empáticamente
la comprensión, suele ser percibida como un juicio moralizante.

En realidad, la confrontación (excepto quizás la didáctica) suele plantear


problemas éticos. Más aún, la confrontación se hace más difícil cuando el
ayudado se encuentra ante un conflicto o problema ético. Confrontar no
consiste tanto en acompañar al otro a que decida aquello que al ayudante le
parece mejor, cuanto el arte de discernir juntos, respetando la
autonomía, pero teniendo en cuenta las repercusiones de la conducta
sobre los demás y la naturaleza valórica de la misma. La confrontación
ética tiene como objetivo acompañar a tomar decisiones responsables y no
meramente impulsivas, decisiones donde razón y sentimiento estén
equilibradas, donde la dignidad de la persona o personas afectadas sea
respetada, a la vez que la libertad de quien se encuentra en medio de un
conflicto.

En el fondo, confrontar representa un deber ético del ayudante.

La inmediatez
Una habilidad más de la relación de ayuda es la inmediatez. Esta adquiere
diferentes connotaciones en función de la situación y el problema del ayudado.
Su significado más común consiste en la destreza del ayudante de captar
el aquí y ahora de cuanto está viviendo el ayudado, aunque no lo diga,
así como verificarlo con la confirmación del ayudado. Es común que el ayudado
transmita mensajes ocultos, indirectos o distorsionados, a través de sus
diferentes manifestaciones. Mediante la inmediatez, el ayudante provoca que
el ayudado tome conciencia de cuanto está viviendo en la relación en
el aquí y ahora. Se vendría así a responder a la pregunta implícita: «¿qué
está pasando entre tú y yo aquí y ahora?»

transferencia

reproducción de patrones de conducta no auténticos y no


centrados en el aquí y ahora de cada una de las personas
que interactúan

Uno de los problemas más frecuentes de lo que pudiera parecer a primera


vista, viene constituido por la transferencia. El fenómeno, descrito inicialmente
por Freud, representa una reproducción de patrones de conducta no auténticos
y no centrados en el aquí y ahora de cada una de las personas que interactúan.
Es el caso del ayudado que ve en la persona del médico, por ejemplo, la de su
padre protector que le solucionará todos los problemas, o el del paciente que
se enamora del ayudante y transfiere sobre él sentimientos, expectativas y
conductas no apropiadas a los roles en los que la relación se plantea. Cuando
se produce la transferencia en este sentido, el ayudado reacciona ante el
ayudante como si éste fuera un tercero, transfiriendo sobre él sentimientos,
expectativas o comportamientos que no le son propios a su rol, sino a otra
persona hacia la que aquél los viviría de manera más propia. Cuando la
transferencia se produce en el ayudante hacia el ayudado, entonces hablamos
de contra-transferencia.

Esta forma de transferencia (cuando no se limita al simple sentimiento


producido en la relación y que no comporta problema alguno), genera
dependencia, limita la libertad de las personas, y constituye un problema para
la relación que, con frecuencia se hace más grande que aquél que originó la
relación de ayuda. La relación, que pretendía ser de ayuda, se convierte
en problema: una enfermedad de la relación que necesita ser sanada
mediante la inmediatez. Aclarar la relación mediante la inmediatez le dota a la
relación de autenticidad de modo que pueda ser más eficaz.

Otras estrategias de afrontamiento, además de la inmediatez, son la no


satisfacción de las expectativas desproporcionadas al rol del ayudante, la
solicitud de ayuda para el mismo ayudante a un tercero y, en último término,
agotadas éstas, la derivación a otros profesionales.

La iniciación
El proceso de la relación va desde la escucha y la comprensión del
problema a la personalización y apropiación de este por el ayudado.
Para que esto ocurra, se requiere de la destreza de iniciar. Iniciar consiste en
incitar a la acción, en provocar que el ayudado defina lo que va a hacer y
adopte una actitud activa ante las dificultades, contemplando incluso
alternativas a considerar en caso de que las primeras decisiones que expresa
no den buen resultado.

El autoconocimiento del ayudante


«Conócete a ti mismo»
Sócrates
Hemos visto que la competencia relacional está conformada por las
actitudes, habilidades y conocimientos del fenómeno de la relación
interpersonal. Junto con ellas, el autoconocimiento también juega un rol
importante en las relaciones de ayuda. La máxima de Sócrates constituye un
aspecto fundamental de la «inteligencia emocional». El agente de salud que
conoce sus emociones y sus límites y que realiza un trabajo para
conocerlos y manejarlos, se hace más competente en la relación de
ayuda. En efecto, conocerse evita las proyecciones no controladas, los
mecanismos de defensa inconscientes, y permite hacer de la propia fragilidad y
de los propios límites, recursos al servicio de una mayor comprensión, permite
purificar las motivaciones que llevan a intervenir de una determinada manera
en la ayuda.

sombra
aquello que hemos arrojado al inconsciente por
miedo a no ser aceptados
La introspección constituye uno de los caminos para el
conocimiento de uno mismo y el mejor manejo de las propias
dinámicas. El autoconocimiento tiene como objetivo también la «integración
de la propia sombra» en términos de Carl Jung. La sombra es aquello que
hemos arrojado al inconsciente por miedo a no ser aceptados. Constituye «un
oscuro tesoro compuesto por los elementos infantiles del ser, los apegos, los
síntomas neuróticos, los talentos y los dones no desarrollados». La aceptación
e integración de la propia sombra no comporta su eliminación, sino su
utilización para fines positivos. Llegar a ser consciente de la propia sombra
implica reconocer como presentes y actuales los lados sombríos de la persona
y su influjo en la conducta y en la vida moral.

El autocontrol emocional
Uno de los ámbitos donde resulta importante el autoconocimiento es en el
mundo emocional. Conocer los sentimientos que nos habitan cuando
adoptamos el rol de ayudantes constituye un paso para poder controlarlos,
manejarlos, encauzarlos y no ser víctima de su energía. La falta de
conciencia de un sentimiento hace que éste actúe en una persona de
manera incontrolable, manifestándose de manera salvaje, ciega, es decir,
sin la participación o con una mínima participación de la inteligencia y de la
voluntad.

En el mundo de la salud y del sufrimiento humano, las conductas de los


pacientes y familiares provocan emociones que los profesionales de la salud
deben manejar. «La clave de la regulación emocional radica en mantener en
jaque las emociones angustiosas. Si son desmesuradamente intensas y se
prolongan más de lo necesario, resquebrajan la propia estabilidad. Una sana
maduración personal no pasa por eliminar los sentimientos angustiosos, sino
por aprender a detectarlos y tratarlos adecuadamente».

Pasos para la integración de las emociones


Uno de los retos importantes de todo agente de ayuda es realizar consigo
mismo un proceso de integración de las propias emociones. Con frecuencia
éste es presentado aludiendo a los siguientes pasos a dar en relación a los
sentimientos del ayudante:

1. Tomar conciencia de los sentimientos del ayudante y ser capaces de


dar nombre a las emociones que se experimentan con familiaridad

2. Aceptar las emociones, liberándolas de la connotación moral de la que


suelen ir cargadas, puesto que las emociones en sí mismas no son
buenas ni malas moralmente

3. Integrar las emociones, aprovechando su energía en la dimensión


conductual, de manera que ésta sea el resultado del sano equilibrio
entre la energía que proviene de los sentimientos y la regulación
emocional mediante los valores.
La relación entre sentimientos y valores es compleja. A lo largo de la historia de
la filosofía se ha establecido un abismo –casi siempre infranqueable- entre los
actos de la inteligencia intelectiva (concebir, juzgar, etc.) y el mundo de los
sentimientos, a los que Luis Vives llamó los «alborotos anímicos». En este
sentido, los sentimientos han convivido con una connotación de «blandura»,
siendo relegados a un segundo plano en la consideración de la vida de la
persona, cuando no despreciados o calificados negativamente desde el punto
de vista moral.

Pero más allá de la complejidad de la relación entre sentimientos y valores,


entre sentir e inteligir, entendemos que el agente de salud ha de realizar
un camino de exploración e integración de las emociones de manera
inteligente. De alguna manera ha de hacerse experto en lo que Pascal llamó
las «razones del corazón», porque estas influyen mucho tanto en la persona del
agente de salud como en la del cliente o paciente en todos los procesos de
salud, enfermedad o sufrimiento de cualquier naturaleza. Desgraciadamente,
todavía son muchos los que al mundo emocional le confieren un rango menor
en cuanto tiene que ver con la salud.
La experiencia humana de la pérdida
Únicamente aquellos que evitan el amor, pueden evitar el dolor del duelo. Lo
importante es crecer a través del duelo y seguir permaneciendo vulnerable al
amor.

John Brantner

Entendemos por pérdida «quedar privado de algo que se ha tenido, fracasar en


el mantenimiento de una cosa que valoramos, reducir alguna sustancia o
proceso o destruir y arruinar» (Neimeyer 2002). El tipo de pérdida a la que
normalmente préstamos más atención es la muerte de un ser querido. Por ello,
las sociedades han dedicado rituales que facilitan la elaboración del duelo
asociado a este proceso. Sin embargo, la pérdida no es solo la muerte. La
pérdida es un cambio en el mundo de las personas que se vive como una
privación o una separación. La pérdida, antes que con la muerte, se relaciona
con cambio porque eso es lo que nos encontramos en la vida de las personas:
el cambio.

Pangrazzi (2004) sugiere que, en realidad, lo que nos encontramos en la vida


no es la muerte, que tan solo aparece una vez, sino el cambio, el devenir o el
crecimiento y, como tipo de cambio que conlleva unos efectos de desajuste y
ajuste, la pérdida.

pérdida

el conjunto de experiencias significativas de


privación o separación de personas u objetos con los
que hay una relación o un vínculo, un «lazo» en la
terminología actual.

La experiencia de pérdida consiste, resumiendo todo lo dicho antes, en la


vivencia de la privación de algo que es significativo para la persona. Tal
privación supone la separación total o parcial respecto de este objeto perdido y
por ello supone un proceso de elaboración de la relación con él que llamamos
duelo.

Tipos de pérdida
Entre los tipos de pérdida consideramos las pérdidas relacionales,
intrapersonales, materiales y evolutivas (Tizón, 2004); de tipo físico o
psicológico (Rando, 1993). Pangrazzi las divide en las siguientes categorías: las
que afectan a la propia vida, las que conllevan el mismo crecimiento, la pérdida
de la propia cultura, la pérdida de bienes materiales, la pérdida de vínculos
afectivos, la pérdida de la identidad, la pérdida de bienes humanos, la pérdida
de la salud, la pérdida de aquello que nunca se ha tenido pero se ha soñado y
deseado, y la muerte, como pérdida más temida (Pangrazzi, 2004).

Hablamos, por tanto, de nacimiento (Pangrazzi, 2004), crecimiento (Erikson,


1980), emigración (Santamaría, 2010), adopción, robos, desastres, objetivos
queridos, separaciones, divorcios, ruptura de pareja, enfermedad,
envejecimiento, fracasos, paro, abandono, marcha de amigos, ruptura de
amigos, la carrera no cursada, el hijo que no nació, la soltería impuesta o mal
soportada, muerte de seres queridos cercanos y muerte.

Mirar para evitar un dolor mayor: la mirada preventiva


El acompañamiento de personas en duelo mira, sobre todo, a evitar que las
personas suframos más de la cuenta o que suframos por cosas que son
añadidas. Esto se refiere a lo que vimos más arriba como sufrimiento evitable.

sufrimiento evitable

sufrimiento que puede ser evitado, dado que no es inherente a


la pérdida. Es el objeto del enfoque preventivo.

El enfoque preventivo sobre las pérdidas tratará de abordar aquello sobre


lo que puede ayudar al control percibido, a la eficacia de
afrontamiento y a los recursos necesarios para ello, sea de modo
específico o de modo no específico. Este enfoque no busca suprimir el
sufrimiento ante las pérdidas ni la negación de esta ni, por supuesto, trata de
suprimir la misma realidad de las pérdidas.

Este tipo de sufrimiento que pretendemos evitar se relaciona muy


especialmente con el estilo vincular de la persona, las ideas irracionales,
pensamientos distorsionados o creencias de este tipo, con las que han crecido
o de la elección del sufrimiento como modo de adquirir una identidad propia.
Este tipo de sufrimiento no es inherente a la pérdida y en gran medida
depende del modo como se aprende a negociar con el dolor.

La mirada preventiva es la mirada del acompañante que trata de hacer


descubrir qué cosas pueden estar complicando un duelo y buscar la forma de
desatascar el proceso en cada caso. Es la mirada que se interesa por extraer
los recursos de la persona y establecer una relación más sana, es decir, capaz
de generar salud en la persona.

Proceso de prevención
prevención

Proceso activo de implantación de iniciativas tendentes a mejorar la formación


integral y la calidad de vida de los individuos, fomentando el autocontrol de la
persona y la resistencia ante lo que percibe como riesgo.

Tradicionalmente, la terminología que se utilizó al hablar de prevención


contempla esta como un proceso de tres fases dependiendo del momento de
afrontamiento de la intervención Kaplan, 1980).

Calafat habla de dos tipos de prevención:

 Específica: tiene que ver con el problema a prevenir de modo directo,


atendiendo a sus causas inmediatas o remotas.

 Inespecífica: tiende a potenciar los factores de protección generales de


la persona.

Las personas en duelo, suelen necesitar mirar desde los dos momentos. Por un
lado necesitan no agravar su sufrimiento por la pérdida actual. Por otro lado,
miran de reojo al futuro y se preguntan si podrán con otras pérdidas que
vienen. Por eso, la tarea de acompañar mirará al presente sobre todo, pero
tenderá un camino de futuro.

Prevención primaria La intervención se realiza antes


de que aparezca el problema.

Prevención secundaria El objetivo es localizar y tratar


lo antes posible el problema
cuya génesis no ha podido ser
impedida por medidas de
prevención primaria. Se
interviene para evitar que el
problema se agrave.

Prevención terciaria El objetivo es minimizar los


daños del problema. El enfoque
paliativo es un enfoque de este
tipo. Esta misma clasificación la
sumen en la definición de la
psicología de la salud
(Santacreu y Zaccagnini, 1998).
Más allá del sufrimiento: la mirada positiva ante las pérdidas.
Lo dicho hasta aquí se centra en los efectos de las pérdidas a corto plazo en un
duelo normal. En los duelos que se complican, este corto plazo se hace medio y
el sufrimiento puede llegar a no desaparecer.

Ahora bien, las pérdidas tienen otros efectos a medio y largo plazo, no de modo
inmediato, que suelen ser descritos de otra manera. En el camino del duelo,
hay etapas en las que se empieza a vislumbrar tierras nuevas y paisajes
diferentes. Sin perder de vista que, para llegar estas tierras, se ha pasado por
el sufrimiento: hay signos de crecimiento (Pangrazzi), de aprendizaje
(Neimeyer) o de progresión de la conciencia personal (De la Herrán), de la
formación de la identidad (Erikson) o del sentido que subyace en ellas (Frankl),
entre otros.

autopoiesis

Expresa que es el mismo dinamismo del ser humano lo que hace que la
vivencia de la pérdida sea precisamente lo que origina un orden nuevo.

(Del gr. poiein, crear).

Estos efectos positivos de la pérdida indican que hay algo de verdad en el


dicho de que el duelo lo sana el tiempo, pero sobre todo, tienen que ver con lo
que las personas hacemos con el duelo, con nuestro trabajo de elaboración
personal y la decisión, como dice Worden.

La verdad es que, tras la ofuscación que produce el sufrimiento sin control


existe en nosotros una capacidad de pensarnos, de autoexplicarnos que llama
Maturana, «autopoiésis». Es decir, en la pérdida reside una posibilidad de
autocreación. El verbo griego poiein nos lleva a otro derivado que es la poesía.
Esto encuentra los inevitables puntos de conexión entre la pérdida, la
dimensión espiritual y el arte.

Mirar y crecer: mirada evolutiva


Todas las personas estamos sujetas, de manera casi continua, a cambio,
desarrollo o evolución. En la dinámica del crecimiento, las crisis originadas
cuando perdemos son parte de un estado nuevo o de una nueva síntesis de
nuestras vidas.

Mirando las cosas que tuvimos que perder para crecer comprendemos que es
posible crecer desde una nueva pérdida.

Mirando las cosas que tuvimos que perder para crecer comprendemos que es
posible crecer desde una nueva pérdida. Desde un enfoque de desarrollo
evolutivo en que la identidad se fragua en la dinámica de crisis, las pérdidas
amenazan el sentido de identidad, pero no lo rompen. El que se rompa es
quizá uno de los miedos más comunes en el tiempo del duelo. Miedo
que se expresa de modo sencillo con preguntas como ¿Qué voy a hacer ahora?
o ¿qué va a ser de mí?. Se presenta además, con la sensación de no poder
superar el duelo o de que este va a ser demasiado para uno mismo.

Las pérdidas son parte de la vida, del ciclo vital. Esta afirmación es
fenoménica, tiende a considerar el hecho como algo que hay que aceptar del
mismo modo como se aceptan los bienes pero, como Neimeyer señala, son
parte de nuestra identidad las que hemos vivido y nos hacen ser quienes
somos.

La mirada defensiva y la mirada evolutiva


En realidad, aceptar que hemos perdido, elaborar este hecho, recuperarse,
forman parte de un punto de vista negativo de las pérdidas que podemos
llamar defensivo. Erls Footman, en la revista «Mortality», señaló que todas las
teorías sobre el duelo y las prácticas no dejan de ser una manera de tratar de
devaluar la pérdida como si ésta fuera una amenaza de la que defenderse en
general.

¿Es posible abrir un enfoque no defensivo? La respuesta es afirmativa. Es


posible, contemplar con ojos que nos ayuden a ver la pérdida como
algo que no es negativo, ni positivo sino que está en la dinámica del
crecimiento de modo que sin crisis no se puede crecer. En apoyo de esta
afirmación encontramos a Erikson. Presenta él un modelo de desarrollo de la
personalidad en el que la persona va adquiriendo una serie de logros o bien
deja de adquirirlos y se estanca. La cuestión que nos ocupa aquí es que la
identidad necesita ser puesta en crisis antes de cambiar de estadio de
desarrollo. En el proceso de la crisis se suele poner en cuestión el logro más
preciado del estadio anterior. La resolución de cada etapa acarrea una pérdida,
podríamos decir de ese logro anterior pero, de este modo, las personas vamos
avanzando.

La crisis para Erikson es la antesala de una pérdida que pide ser


asumida para poder avanzar como si para crecer hubiera que decrecer
al mismo tiempo. La pérdida evolutiva es parte del crecimiento. Es cierto que
solo hablamos de un tipo de pérdida pero se entiende, desde Erikson, que si
esto es así como dinámica de crecimiento, es posible asumir las otras pérdidas
del mismo modo.

Teoría de los estados de identidad


Un continuador de la obra de Erikson es James Marcia. Centrándose en la etapa
de adolescencia, Marcia buscó la forma de comprobar y ampliar el pensamiento
de Erikson. Marcia expone el papel de las crisis en el crecimiento desde la
necesidad del ser humano de explorar. Su teoría de los estados de identidad
muestra cuatro maneras diferentes de afrontar las crisis:

La teoría de los estados de identidad de Marcia deja caer que se puede vivir la
conexión con la propia identidad de varias maneras sin necesidad de
contemplar la pérdida.

1. Demorar las crisis, ignorando sus llamadas de atención.


2. Resolverlas de prisa, dejando su resolución en manos de otros.
3. Eternizarnos en ellas o bien.
4. Transitar con consciencia por ellas.

Estas cuatros formas dan lugar a cuatro estados de identidad. Estos diferentes
modos de construirse son modos diversos de afrontar ese tipo de crisis de
crecimiento que viene con el duelo. Cuatro formas diferentes de vivir el duelo
por tanto.

Los ritos de paso, ayudan a que la persona dé carta de naturaleza a la crisis y


se encamine a una resolución personalizada. La teoría de los estados de
identidad de Marcia deja caer que se puede vivir la conexión con la propia
identidad de varias maneras sin necesidad de contemplar la pérdida. En este
sentido Erikson es mucho más tajante: si no se pierde lo ganado, o se
pone en riesgo de perderlo, no se produce crecimiento sino
estancamiento. Por eso, Erikson hablará de los ritos de paso y del origen del
rito como algo que sirve al crecimiento de la persona.

El acompañamiento en duelo
El duelo es tan natural como llorar cuando te lastimas, dormir cuando estas
cansado, comer cuando tienes hambre, estornudar cuando te pica la nariz. Es
la manera en que la naturaleza sana un corazón roto.”

Doug Manning. No me quites mi duelo.

En principio, el duelo no es una enfermedad ni un trastorno. Es un proceso vital


–estresante, en muchos casos— por el que pasamos todos los seres humanos.
Cuando una persona entra en duelo sufre una serie de desajustes (por ejemplo,
cuando una persona coge un virus, se empieza a descompensar en todos los
niveles). El duelo provoca un desequilibrio psicoemocional que afecta a todas
las funciones cognitivas superiores (percepción, lenguaje, memoria), que
requiere de un proceso de nuevo equilibrio. A eso se le llama duelo: búsquedas
del equilibrio que se rompe tras la ruptura/muerte de un ser querido. Si no se
consigue, el duelo se complica e, incluso, se puede patologizar. Pero esto
último solo sucede cuando hay un trastorno previo.

duelo
Búsqueda del equilibrio que se rompe tras la ruptura/muerte de un ser
querido.

El duelo es algo normal. Es la respuesta emotiva a la pérdida de algo o de


alguien significativo. Cada desapego provoca una serie de reacciones o
sentimientos, que nos hacen pasar por un proceso que llamamos duelo. Es una
experiencia global que afecta a la persona en su totalidad: en sus aspectos
psicológicos, emotivos, mentales, sociales (redes de apoyo), físicos y
espirituales.

La expresión del duelo dependerá de las normas y expectativas culturales, y de


las circunstancias de la pérdida. Dependiendo del país de origen de la persona
(por ejemplo, inmigrantes) y de la forma de vivirlo, se tratará de una manera u
otra.

Diferencia entre duelo y luto


En ninguna otra situación como en la del duelo el dolor producido es total: es
un dolor biológico (duele el cuerpo); psicológico (duele la personalidad); social
(duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y
espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido el pasado, el
presente y, especialmente, el futuro. Toda la vida en su conjunto, duele (J.
Montoya Carrasquilla).

Duelo Luto
Una experiencia psicoemocional. Manifestaciones externas de esa
vivencia que me ha provocado la
pérdida: ritos, costumbres, ropa negra.
Manifestación pública del duelo o la
expresión social del comportamiento y
las practicas posteriores de la pérdida

Manifestaciones del duelo


No se debe utilizar nunca los términos «normal» o «no normal», sino «propio»,
«legítimo». Todos los duelos se viven de una forma distinta. A continuación te
entregamos recomendaciones para lidiar con las distintas manifestaciones del
duelo.

La actividad del duelo


Hay dos grandes perspectivas teóricas:

1. Teorías tradicionales: lo muestran de forma pasiva. Presentan el


proceso del duelo en etapas o fases.
2. Teorías constructivistas: presentan el duelo como un trabajo activo de
construcción de nuevos significados (hay que volver a reconstruir, y
siempre se hace con trabajo y esfuerzo). El doliente tiene que hacer
determinadas tareas para salir de esa situación.

En los siguientes apartados se tomarán ambas perspectivas y veremos cuáles


son, por una parte las fases en las que se divide el duelo y, por otra, las tareas
que tiene que realizar una persona que atraviesa este proceso. Además,
revisaremos recomendaciones para prestarles ayuda.

Fases del duelo


Se denominan «fases» a los diferentes estados psicoemocionales que el
doliente puede ir experimentando en su proceso de duelo. Este pasará por
todas las etapas o solo por alguna de ellos. Esto hay que tenerlo claro para
explicárselo al doliente.

Bowlby (1980) habla de cuatro fases:


Duración: Puede durar un momento o
1. Impacto y varios días y la persona que experimenta
aturdimiento/shock el duelo puede recaer en esta fase varias
veces a lo largo del proceso del duelo.

Características: no se es consciente de
la realidad de la muerte no se reacciona
emocionalmente a la pérdida. Sensación
de caos, falta de manejo de su vida y
decisiones. Desconsuelo y llanto
continuado. Es la fase temprana de
intensa desesperación, caracterizada por
el aturdimiento, la negación, la rabia y la
no aceptación.

Intervención: En esta fase no se


interviene, porque no es el momento. No
tienen capacidad de procesar, de ir
asimilando nada. Si ha habido «duelo
anticipado», el duelo por la muerte es
más «light», pero el duelo es inevitable.

Duración puede durar varios meses e


2. Búsqueda y anhelo incluso años de una forma atenuada.

Características: Ya hay conciencia de la


muerte. Han desaparecido los
mecanismos defensivos. Te enfrentas a la
ausencia de la persona fallecida. El
soporte social ha desaparecido. Dilema:
por una parte se entiende que el ser
querido ha muerto, y por otra no se
puede evitar caer en la ilusión de vuelta y
en comportamientos de búsqueda,
esperando el reencuentro. Es un período
de intensa añoranza y de búsqueda de la
persona fallecida, caracterizada por
inquietud física y pensamientos
permanentes sobre el fallecido). Esta fase
la encontramos muchos en comentarios
como: «abro la puerta de su habitación
para verle.. y no está». Momentos de
toma de conciencia muy dolorosos. Los
viven con angustia y tristeza.
Intervención: En un principio los vamos
a respetar y y validar, porque forman
parte del proceso.

Duración : Es la fase más larga.


3. Desorientación y
Características: señales de desorden
desorganización físico y mental. Antes el fracaso de
recuperar al ser fallecido, la idea de no-
vuelta va tomando consistencia, por lo
que el doliente va entrando en un estado
emocional de tristeza y desesperanza.
Aparecen la desmotivación y la falta de
confianza en poder organizar la propia
vida sin el ser querido. (La realidad de la
pérdida comienza a establecerse, la
sensación de sentirse arrastrado por los
acontecimientos es la dominante y la
persona en duelo parece desarraigada,
apática e indiferente, suele padecer
insomnio, experimentar pérdida de peso
y sensación de que la vida ha perdido
sentido. La persona en duelo revive
continuamente los recuerdos del
fallecido, la aceptación de que los
recuerdos son sólo eso, provocan una
sensación de desconsuelo).

Se va construyendo un nuevo sentido de


4. Reorganización identidad, un cambio mental de rol; por
ejemplo, de esposa a viuda. No se
consigue llegar a esta redefinición de uno
mismo si no se ha asimilado la realidad
de la muerte y la consiguiente renuncia a
seguir esperando la vuela del fallecido. Es
una etapa de reorganización en la que
empieza a remitir los aspectos más
dolorosamente agudos del duelo y el
individuo empieza a experimentar la
sensación combinada de alegría y
tristeza y se internaliza la imagen de la
persona pérdida).
Tareas del duelo
«El duelo es un proceso activo.
Después de sufrir una pérdida hay
ciertas tareas que se deben
realizar para establecer el
equilibrio y para completar el
proceso de duelo.»

William Worden

El trabajo de duelo es el esfuerzo y la fatiga necesarios para elaborar los


sentimientos ligados a la pérdida de una persona o realidad significativa. Es
elaborar el duelo. Este proceso es siempre doloroso y fatigoso.

Las tareas que se deben realizar en este trabajo son:

Aceptar la realidad de laAfrontar el hecho de que la persona ya no está.


pérdida (muerte) Worden distingue entre dos tipos de aceptación:

 Aceptación intelectual: conocimiento que


se tiene de una muerte o pérdida.

 Aceptación emocional: va más allá del


hecho de ser consciente de que alguien se ha
ido, siendo necesario reconocer y vivir las
emociones que han generado la pérdida.
Reconciliarse con lo negativo y tomar
conciencia de lo positivo. Llegar a poder
decir: «siento su presencia, porque forma
parte de mi, pero no necesito aferrarme su
ropa», es decir, se renuncia a la esperanza de
recuperar a la persona perdida y restablecer
la situación previa.

Dar expresión a losLa pérdida puede evocar sentimientos muy


sentimientos dolorosos: pena, culpa, rabia, indefensión. Saca
todos los sentimientos que te ha provocado esta
muerte. No te quedes con nada. Para poder trabajar
las emociones que surgen durante el periodo de
duelo, es necesario que la persona sea consciente
de qué emociones está experimentando y permitirse
sentirlas.

4. La pena aparece inmediatamente y su


expresión es el llanto.
5. Rabia hacia la persona que se ha perdido.
Rabia hacia otras personas implicadas. Rabia
hacia uno mismo.
6. Explorar la posibilidad de ideas de suicidio: la
persona se ha planteado que no vale la pena
seguir viviendo. Ha pensado en hacer algo
para quitarse la vida, ha pensado en la forma,
ha hecho planes concretos y lo ha intentado.
7. A veces todo lo que se expresan son
sentimientos negativos hacia el difunto,
protegiendo al doliente de la pena profunda
que supondría reconocer que la pérdida fue
importante para él.
8. Culpa por las emociones experimentadas.
Insuficientemente afectado. Sentimientos de
alivio hacia el fallecido. ¿Qué hacer cuando
hay responsabilidad real en la pérdida?
Aprender a perdonarse y realizar tareas de
reparación. La culpa se suele organizar sobre
formulaciones del tipo « ¿Y sí..?» «Si no le
hubiera pedido que viniera». Puede ser útil
preguntar cuales son las opciones reales que
hubo y por qué en aquel momento eligió
aquella.

Adaptarse al ambiente enWorden habla de tres áreas de adaptación:


el que el difunto no está
 Adaptaciones externas: cómo influye la
pérdida en el día a día de la persona, es decir,
qué roles desempeñaba.

 Adaptaciones internas: cómo influye la


pérdida en la imagen que la persona tiene de
sí misma, en su sensación de eficacia
personal.

 Adaptaciones espirituales: cómo influye la


pérdida en las creencias, valores y los
supuestos sobre el mundo que tiene la
persona. Emancipaciones emocionales de las
uniones de apego con el difunto. Presencia de
la ausencia. Visualización del difunto como
realmente fue. Recuerdo.

Recolocar Reconstruir y recuperar su confianza en un mundo


emocionalmente alimprevisible. Confirmar su identidad personal y
fallecido y seguir viviendo recuperar la confianza en sí mismo. Debemos
encontrar maneras de recordar a los seres queridos
que han fallecido llevándolos con nosotros, pero sin
que ello nos impida seguir viviendo (me puedo abrir
al mundo).

Dar ayuda en el proceso de duelo


Acompañar significa honrar el espíritu, no sólo centrarse en el intelecto.
Acompañar significa caminar a su lado, no dirigir sus pasos. Acompañar
significar descubrir el regalo del silencio, no llenar cada momento difícil con
palabras. Acompañar significa escuchar con el corazón, no analizar con el
cerebro. Acompañar significa estar presente ante el dolor del otro, no robarles
su dolor (D. Wolfelt).

Se deberá buscar ayuda profesional cuando nos encontremos con alguna de las
siguientes situaciones:

Pensamientos de suicidio. Síntomas físicos.


Intensos sentimientos de culpa. Rabia incontrolada.
Desesperación extrema. Dificultad continuadas de
Cuadro psicótico. funcionamiento.
Abuso de sustancias.

Señales de recuperación:

7. Recupera interés por la vida. Nuevas gratificaciones. Nuevos roles.


8. Capacidad para recordar y hablar del fallecido sin llanto y angustia
intensa.
9. El dolor intenso es sustituido por el recuerdo afectuoso y tranquilo del
pasado.

Factores en la elaboración del duelo


La elaboración del duelo será diferente para cada persona. Esta dependerá de
los siguientes factores:

1. Relación con el difunto: no de parentesco, aunque suele ir ligada,


pero si del vínculo.
2. Características del sujeto doliente: mecanismo de
afrontamiento/evitación, tolerancia al sufrimiento, entre otras.
3. Contexto de la muerte: en casa, atropellado.
4. Tipo de muerte: natural, súbita, suicidio.
5. Edad del difunto: las muertes antes de tiempo de niños y jóvenes
dificultan el duelo.
6. Duelos previos: sensibilizan a las personas que están en duelo.
Sensación de «ahora que estaba mejor, otra vez..». Aunque el duelo
anterior lo tenga ya resuelto, es otro golpe.
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