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Ayer salía de la panadería y vi pasar a mi abuelo en bicicleta.

Aprovechaba la bajada de
Canelones a la altura de Paullier. No me miró, iba concentrado en el camino. Me extrañó
verlo de esa manera, a esa hora, un domingo por la mañana. No porque estuviera muerto,
sino porque nunca lo había visto en bicicleta. Son esas cosas extrañas que tiene la vida,
porque la verdad que no iba a salir de casa esa mañana.

Como ocurre normalmente me desperté temprano. Últimamente el colchón no le resulta


cómodo a mi espalda y me lo hace saber en cuanto puede. Mi espalda se comporta como
una mascota malcriada a la cual no le cierran la puerta del cuarto por la noche para que no
joda al otro día -exactamente lo que hacemos con las dos verdaderas mascotas que
tenemos en la casa. Sin embargo a esta pseudo-mascota que es mi espalda no puedo
dejarla afuera, en verdad no lo he intentado, tampoco me había imaginado que algo así
pudiera suceder. Es diferente con otras regiones de nuestro cuerpo. Hay gente que dice
olvidar la cabeza en su casa cuando las cosas en la oficina no funcionan como deberían.
Incluso hay personas de las que se dice que perdieron el corazón o se lo dejaron a alguien
y no lo han vuelto a recuperar. En un cuento de Yasunari Kawabata el protagonista cambia
su brazo por el de una geisha y se vuelve a su casa a disfrutar de su brazo nuevo de
geisha, el cual por alguna extraña razón no le obedece y lo termina dejando al lado suyo en
la cama, viviéndolo como si fuera la misma geisha. En todos estos casos es fácil pensar en
que alguna parte de nuestro cuerpo ya no esté con nosotros. Es como si hubieran cobrado
su propia individualidad y en esa individualidad estuviera la posibilidad de la independencia
(lo cual no deja de llamar la atención esta inferencia, ya que nosotros percibiéndonos
individuos netamente constituidos, no nos sucede de hecho que nos volvamos
independientes). Pero con la espalda no ocurre algo así, o quizás sea yo el que nunca
imaginó una espalda con su propia individualidad. Su propia forma, y a la vez un sujeto, una
persona, sin espalda. De esa manera, cuando la espalda me llama, me dice “bueno, hasta
aquí llegamos, necesito que tomes una posición vertical, o por lo menos te sientes, porque
así yo ya no puedo seguir”, cual perro que nos levantamos a sacarlo a pasear antes que se
cague en el sillón, nos levantamos a darle a nuestra espalda el alivio que nos está
reclamando y el cual se vuelve, debido a la imposibilidad de independencia anteriormente
tratada, nuestro propio alivio.

Por eso los domingos, aunque la noche haya sido larga, suelo levantarme temprano, y en lo
posible trato de no moverme de casa. También sucede que normalmente me preparo el
mate y alguna tostada con queso y me siento en el patio a leer algún libro. Esa mañana
puse agua a calentar, le di de comer a los gatos, le puse yerba al mate, y busqué
infructuosamente la tostadora (más tarde supe de su nuevo escondrijo, pero en ese
momento no la encontré), y el pan de molde envasado crudo es bastante difícil de digerir a
menos que formemos bolitas con sus migas y las traguemos sin masticar, como las bolitas
de carne y nieve que hacían los sobrevivientes de los Andes. Resigné el sólido en el
desayuno y estaba dispuesto a conformarme con el mate y una buena lectura.

Últimamente no me decido por completo qué leer. Los libros de estudio fueron los
prioritarios durante muchos años y ahora las novelas estaban ganando terreno rápidamente.
Kawabata fue el responsable del regreso al mundo literario. Sin extenderme
innecesariamente podría decir que “Los labios que reconocían los aromas” me cautivó.
Trataba de una chica que un día se dió cuenta que los aromas del mundo no le llegaban a
la nariz sino a su vagina. Era un hermoso cuento romántico que me reintrodujo en el mundo
de las letras. Incluso en el día de hoy estoy terminando el primer tercio de una novela, “Las
Rosas Verdes” de Artemiso Gongloria. Se preguntarán -y si no se lo preguntan igual les
cuento, ya que me parece una bella obsesión- cómo puedo medir las páginas leídas por
fracciones. Tengo dos maneras de saber en qué fracción de un libro que esté leyendo me
encuentro. La primera es la más obvia: si el libro tiene seiscientas páginas, con una
tolerancia de más menos cincuenta, si voy cerca de las doscientas significa que estoy en el
primer tercio del libro. Si ando por las trescientas páginas puedo afirmar que estoy en la
mitad. Si voy en las cuatrocientas, sin duda estoy llegando a los dos tercios. Y así
sucesivamente. Para fracciones de mayor denominador el conteo se hace más complejo. Si
estoy en las cien páginas, me digo que llevo leído un sexto del libro. Recordemos que en las
doscientas voy por un tercio, pero si digo dos sextos también es correcto, ya que ambas
representan la misma fracción. Recién en las quinientas páginas encuentro una fracción
original al asegurar que llevo leído cinco sextos del libro, lo cual además me alegra
enormemente y me genera una importante ansiedad pues significa que ya estoy por
terminarlo. La segunda forma creo que es más original, pero tiene sus limitaciones, ya que
solo puede ser utilizada si el libro se compone de cuadernillos cosidos. El método es contar
los cuadernillos y ver cuantos llevo leídos y también la fracción del cuadernillo al que me
esté abocando al momento del conteo. Por ejemplo, si un libro consta de once cuadernillos
y llevo leídos cinco casi llegando al sexto, entonces puedo decir que voy por las cinco
onceavas parte del libro, aunque si estoy cerca de terminar el cuadernillo, más bien digo
que voy seis onceavas partes del libro. Para mí la literatura es también saber cuánto leí y
cuanto me queda para terminar. Tiene que ser excepcionalmente buena la historia para
que, atrapado por la trama, jamás me preocupe por la sección del libro por la que voy.
Ambos métodos tienen un margen de error si pensamos que las primeras páginas del libro
están ocupadas por las portadillas, índice, biografía, prólogo, etcétera; por lo que
deberíamos restar al total de páginas leídas y al total de páginas del libro las carillas sin
texto o con poco texto o con texto opcional. Quien no esté diestro en las matemáticas puede
objetar que si resto las páginas al total y a las leídas, la fracción no cambiará. Esto no es
correcto por motivos que no voy a desarrollar en este momento. Sin embargo, “Las Rosas
Color Esmeralda” no estaba esa mañana ya que lo había dejado en el depósito del
supermercado, y es que cuando circula poca gente, hay poca reposición que hacer y puedo
dedicar gran parte del tiempo a leer. Cabía la posibilidad de tomar otro libro, pero no tenía
deseos de comenzar, ahora que me estaba ordenando en la lectura, otro libro.

Al mismo tiempo debo admitir que los domingos en la mañana hay una fuerza reactiva a
aquella práctica literaria: se trata del celular, más específicamente un juego. El zuma es un
juego bastante simple, donde una ranita expulsa de su boca bolas de colores. Podríamos
colocarlo en la categoría de juegos realistas. El fin del juego es hacer líneas de tres o más
bolitas del mismo color, lo cual hace que las bolitas desaparezcan y la cosa sigue así hasta
que ya no quede ninguna bolita en la pantalla. Este proceso tan simple, es de un nivel
adictivo difícil de trasmitir. Baste como ejemplo, contar que hace pocos dìas me encontraba
especialmente cansado, mal dormido por razones que describiré màs adelante. Cuando eso
me sucede, que no son pocas veces, el dìa me transcurre como un sueño en sí mismo, la
calle se gelatiniza, las personas parecen personajes de una mala pelìcula de los ochenta,
De las varias hipótesis que manejo respecto al poder adictivo de este juego, la que más me
convence es la que dice que en el momento en que se activa la aplicación el celular expele
por el auricular microgotitas ácidas extraídas de la batería, que tienen el doble efecto de
generar una adicción química en nuestro organismo y el de acelerar la descarga de la
batería, arribando a la descarga total en la mitad de su tiempo normal. Y eso me sucedió, no
en la mañana de ayer, domingo, sino en la noche del sábado, que me quedé en la cama
hasta avanzadas horas de la noche con este maldito juego, y así fue también que en un
momento indeterminado, me dormí. Por eso ayer por la mañana, cuando me senté en el
patio con el celular este no prendía: se había quedado sin batería.

Y todas estas, ni una más, ni una menos, fueron las razones por las que terminé yendo a la
panadería a comprar un buen desayuno, mientras dejaba el celular cargando un rato y ya
resignado a que esa mañana constaría de mate y de un buen bocado sólido, que podía ser
un refuerzo de jamón y queso o incluso algunos bizcochos rellenos.

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