You are on page 1of 17

Re exiones Marginales - ISSN 2007-8501 Otorgado por el Centro Nacional del ISSN

(http://re exionesmarginales.com/3.0/)

( HT T P : // RE FL E X IO NE SM ARG IN ALE S.CO M/3 . 0 ) D ELE U ZE L ECTOR D E M AS OCH

( HTT P:// R E FL EX I O NE SM A RG IN AL ES .CO M/ 3. 0 /1 7-L A-AU TON OM IA-D EL-E DU CAND O -C OMO-LOGRO- EDU CAT I VO/)
( H T TP://R E F L E X IO NE S MA RG INA LE S.C OM/3 . 0/1 7 - ENT RE- CONFUC IO -Y-DE L E UZE/ )

Deleuze lector de Masoch


HOMERO SANTIAGO

Deleuze lector de Masoch: de la sintomatología a la ética*

Homero Santiago**

En el presente artículo abordamos el desplazamiento que realiza Gilles Deleuze de una


concepción sintomatológica del cuerpo a un ética de la intensivo, que se costituye como
fundamento de una cultura en la que la formación es con concebida como incremento de la propia
potencia. Se revisa la crítica deleuziana al psicoanálisis, así como la recuperación de la noción
fundamental de Cuerpo sin Órganos.

Sacher-Masoch es uno de los principales personajes dentro de la constelación de nombres –


lósofos, artistas, cientí cos– que Deleuze moviliza y reúne a lo largo de su obra. Ya sea por el
número de textos que el lósofo le dedica, o por las cuestiones de primer orden que se abren a
partir del universo masoquista (o masoquiano, pues, como se verá, el término no se encuentra
exento de implicaciones), el lugar del novelista es siempre considerable. Entre 1961 y 1989, tres
estudios (dos artículos y un libro) serán íntegramente dedicados al análisis de su obra; además, el
nombre de Masoch o la noción de masoquismo comparece en momentos decisivos de la obra
deleuziana y adquiere un importante uso conceptual en textos como Mil mesetas o en la célebre
carta a Foucault, de 1977, publicada bajo el título de “Deseo y placer”. Hasta tal punto la relación
de Deleuze con la obra de Masoch es duradera, estrecha y rica, que, por momentos, el lector se
encuentra tentado por la pregunta: ¿Deleuze masoquista? Es el propio lósofo que, en la
mencionada carta a Foucault –autor que, como se sabe, atribuía una gran importancia a Sade–,
bromea y aclara las cosas: sería tentador hablar de un Foucault sádico y de un Deleuze
masoquista, pero “no es verdad”; y, de manera incisiva y sin margen para bromas, agrega: “lo que
me interesa en Masoch no son los dolores, sino la idea de que el placer comparece interrumpiendo
la positividad del deseo y la constitución de su campo de inmanencia” (Deleuze, 1994).

Estas palabras, de 1977, resumen a la perfección la preeminencia del lugar que Masoch ocupa en
la losofía de Deleuze y de la operación que le está reservada: nada menos que la de servir de
arma disociativa, de instrumento distintivo de dos ideas (placer y deseo) que no deben
confundirse, so pena de no comprender bien ninguna de las dos. Con todo, es necesario advertir
que tales explicaciones no dicen todo. El intento, por más preciso y coherente que sea, no deja de
ser el corolario tardío de un recorrido, de una manera de frecuentar la obra de Masoch cuyos
primeros pasos, en el inicio de la década del ‘60, fueron bien diferentes. Sucede que la lectura de
Masoch por Deleuze, exactamente por ser una de las piezas capitales para la constitución de la
losofía deleuziana, varía con el tiempo, al menos en lo que se re ere a sus énfasis, sus razones,
sus nes. Así, a pesar de encontrar desde los primeros textos un marcado esfuerzo por llevar a
cabo una disociación, los términos a ser disociados entonces, las dos perversiones que se
combinan en la entidad psiquiátrico-psicoanalítica llamada “sadomasoquismo” –y que Deleuze
clasi ca sin rodeos de “injusta unidad dialéctica”, “monstruo semiológico” (Deleuze, 2001)–, no son
los mismos. En una entrevista concedida en la secuencia inmediata de la publicación de la
Presentación de Sacher-Masoch,

Para mí, ¡se trata de disociar su pseudo-unidad! Existen valores propios a Masoch, aunque sólo en
el nivel de la técnica literaria. Existen procesos especí camente masoquistas, independientes de
cualquier inversión o transposición del sadismo. No imite, Ahora bien, curiosamente, se coloca
como evidente la unidad sadomasoquista, mientras que, desde mi punto de vista, se trata de
mecanismos estéticos y patológicos completamente diferentes. Ni siquiera Freud inventa esto: él
volcó todo su genio en la invención de los pasajes de transformación de uno en otro, pero sin poner
en cuestión la propia unidad. (Deleuze 2002b: 182-183).

Así puestas las cosas, nos parece interesante, antes de abordar los textos deleuzianos sobre
Masoch, repasar brevemente la historia de esta noción psiquiátrico-psicoanalítica que, a los ojos
del lósofo, de tan mal construida se aproxima a una aberración.

***

En 1886, el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing publica su Psychopatia sexualis y, entre
otras novedades, acuña el término “masoquismo”, de niéndolo como la “dirección del instinto
sexual para el círculo de la representación de sumisión a otra persona, y malos tratos in igidos por
la otra persona” (apud Quignard, 1969: 11). Esto cuando Masoch aun estaba vivo. Como nos
recuerda Deleuze, Masoch no era un autor maldito sino, por el contrario, bastante respetado, que
incluso se disgusta al ver su nombre asociado a una perversión (Deleuze, 1961; Deleuze, 2001:
12). Con todo, Krafft-Ebring, más allá de acuñar el nombre y de nirlo, da un paso crucial en la
caracterización de la perversión al incluirla en un par dialéctico preciso: “el masoquismo es lo
contrario del sadismo” (apud Quignard, 1969: 11). Este tenor de oposición, esta polarización tan
incisivamente enunciado, acabará por imponerse incluso antes de Freud, quien, como Deleuze
insiste en alertar, no fue el primero en pensar una entidad sadomasoquista para señalar “el hecho
de haber una extraña relación entre el placer en hacer mal y el de padecerlo” (Deleuze, 2001: 41).
Es innegable, de todos modos, que fue con el maestro del psicoanálisis que la fórmula
“sadomasoquismo” ganó notoriedad, desde que fuera presentada en 1905 en los Tres ensayos
sobre la teoría de la sexualidad, como una única perversión que congrega una vertiente activa y
otra pasiva. Estas pueden, en el interior de un mismo individuo, asumir proporciones variables.
Como a rma Freud en palabras citadas por Deleuze:

El que siente placer en producir dolor a otro en una relación sexual es capaz también de gozar
como placer del do- lor que deriva de unas relaciones sexuales. Un sádico es siempre también al
mismo tiempo un masoquista, aunque uno de los dos aspectos de la perversión, el pa- sivo o el
activo, puede haberse desarrollado en él con más fuerza y constituir su práctica sexual
prevaleciente (Freud en Delueze, 2001: 46-47).

Será a partir de entonces, observan Laplanche y Pontalis que, con el desarrollo de la obra
freudiana y del psicoanálisis, dos direcciones tenderán a imponerse: una según la cual habría una
correlación tan íntima entre masoquismo y sadismo que bastaría para impedir el análisis de
cualquiera de los polos aisladamente; otra, en la que la entidad “sadomasoquismo” desborda el
campo estricto de las perversiones, tornándose elemento constitutivo de la vida sexual en general.
Fue así, dotada de una extrema cohesión y de un amplio rayo de aplicación, que la noción pudo
poco a poco superar los límites del psicoanálisis, sirviendo tanto al análisis sociológico como al uso
vulgar, al punto de proveer el término para las bromas sobre este tópico (aqui será mesmo
necessário um acréscimo? e se se cortasse o artigo “las”? não caria iplícita que se trata de piadas,
bromas sobr eisso, algumas bromas?) (Delueze, 2001: 41).

Pues bien, es exactamente esta entidad sadomasoquista la que Deleuze tiene en vista en la década
del ’60. Sus textos presentan entonces el objetivo primordial de desmontar la pretendida unidad
entre sadismo y masoquismo, en la medida en que ésta no es útil (no permite comprender ni Sade
ni Masoch) y es incluso disparatada (no existe ninguna posibilidad de encuentro entre sadismo y
masoquismo). La empresa de disociación moviliza entonces todos los esfuerzos y para efectuarla
Deleuze se sirve de manera privilegiada del análisis de una característica del masoquismo que
restará, según él erróneamente, olvidada: el contrato, elemento que en las obras de Masoch
siempre condiciona la relación entre el hombre y la mujer dominante. De hecho, al hablar de su
libro sobre Masoch casi veinte años después de su publicación, el autor insiste en subrayar que la
obra buscaba corregir un error y crear un concepto: el error era, justamente, el menosprecio del
contrato; y el nuevo concepto, la disociación de sadismo y masoquismo.

Ahora bien, el lector puede preguntarse: ¿al nal de cuentas, por qué sería tan importante disociar
sadismo de masoquismo? ¿Por qué tanto empeño sólo para demostrar que una categoría
psiquiátrico-psicoanalítica se encuentra mal fundada? Aquí la evaluación debe ser abarcadora y no
nos debemos engañar sobre la relevancia de la tarea, incontestable desde que sea identi cado el
terreno en que se darán los sucesivos pasos de la elaboración teórica deleuziana. Las mencionadas
explicaciones de la carta a Foucault sobre placer y deseo ya nos dieron algunas indicaciones
importantes al sugerir que la disociación de sadismo y masoquismo se desdoblará en la disociación
de placer y deseo, evitando toda confusión y abriendo la posibilidad de pensar este último como
proceso positivo de constitución de un campo de inmanencia. Ocurre que ese modo de presentar
las cosas, cuya importancia no parecerá menor a ningún lector de Deleuze, es tardío y se
subordina a un proyecto mayor, delineado tempranamente, y que anima toda la lectura deleuziana
de Masoch: el propósito de reunir, de manera sistemática, crítica y clínica. Por eso, después de
repasar brevemente los tres textos dedicados a Masoch, retornaremos a esta cuestión, buscando
identi car cómo la diversidad existente entre los textos mencionados, o sea, las diferentes
posiciones asumidas por “Deleuze lector de Masoch”, se deben a una diversa perspectiva acerca de
las relaciones entre crítica y clínica.

***

Si en losofía declara haber preferido inclinarse por pensadores que estaban fuera del canon (cf.
Deleuze, Parnet, 1998: 22-23), al abocarse a Masoch, Deleuze no está haciendo ciertamente otra
cosa: una vez más, elige un objeto de lo más inusitado. En la primera mitad de la década del ‘60 se
vivía, desde hacía ya un tiempo, una moda sadiana. El primer artículo de Deleuze es escrito ad-hoc
por pedido de su amigo Kostas Axelos, quien, al organizar un número especial de la revista
Arguments sobre “el amor problema” se encuentra con el inconveniente de disponer de un gran
número de contribuciones sobre Sade y ninguna sobre Masoch (Dosse, 2009: 149-150). De ese
modo aparece, en 1961, el ensayo “De Sacher-Masoch al masoquismo”, dedicado principalmente al
análisis del contrato masoquista. Si consideramos el recorrido deleuziano, al menos en lo que se
re ere a sus publicaciones, ese trabajo marca dos grandes novedades. Por primera vez el lósofo
se lanza al debate con el psicoanálisis, tomando como interlocutor privilegiado al austríaco
Theodor Reik, que, según Deleuze, habría escrito uno de los mejores estudios sobre masoquismo y
dado un paso crucial al descubrir –a pesar de no dar atención a la cuestión del contrato y de no
llegar a las últimas consecuencias– que el deseo masoquista no es exactamente el de ser
castigado, siendo el castigo algo que surge apenas a título de condición previa y no de n: “el
masoquista es aquel que sólo puede experimentar placer después del castigo, lo que no quiere
decir que encuentra placer (a no ser un placer secundario) en el propio castigo” (Deleuze, 1961);
comparecen además Freud y Jung, y Deleuze, al discutir el estatuto de los símbolos y de la cura, se
muestra claramente más próximo de éste último. Una segunda novedad, no menos importante,
reside en el hecho de que, también por primera vez, el lósofo se lanza al análisis de un escritor
(cabe recordar que Proust y los signos sólo aparecerá tres años más tarde). En la combinación de
esos dos pasos, consumada en el artículo inaugural sobre Masoch, Deleuze comienza a probar las
posibilidades de juntar crítica y clínica, algo que entonces lo ocupaba y que, como es sabido,
ganará grandes desarrollos más adelante.

En 1967, Deleuze retoma su artículo y vuelve a la carga con una Presentación de Sacher-Masoch,
subtitulada “Lo frío y lo cruel”, cuyo volumen incluye también el romance La Venus de las pieles
(ver Sacher-Masoch: 2008). El lósofo insistía a menudo en la injusticia de que no se lea Masoch, y
la presencia de este texto debía subsanar en parte el problema; lo eligió, explica, porque lo
consideraba “el más apto para introducir la obra de Masoch”, en la medida en que “los temas allí
son más puros y más simples” (Deleuze, 2002b: 185). Las líneas maestras del artículo permanecen,
varios puntos que antes eran sólo mencionados ganan desarrollo, algunas novedades surgen; a
pesar de que el enemigo, el error a ser corregido, sigue siendo la misma unidad sadomasoquista, la
cuestión es profundizada y estrechamente relacionada con un problema de sintomatología, lo que
ofrece nuevas y determinantes implicaciones. Mi cuestión, repetirá siempre Deleuze, es una
cuestión de sintomatología. Veremos más adelante el sentido preciso de esto, pero es necesario
señalar desde ahora su importancia, pues es lo que explica que el primer capítulo del libro pueda
abrirse con la pregunta sobre la utilidad de la literatura y responder con el vínculo explícito entre
crítica y clínica, e incluso justi carla con el extenso análisis de la técnica novelesca de Masoch. “En
lugar de una dialéctica que corra a reunir contrarios”, el dislocamiento sintomatológico obliga a
intentar “una crítica y una clínica capaces de despejar tanto los mecanismos verdaderamente
diferenciales como las respectivas originalidades artísticas.” (Deleuze, 2001: 16).

El debate con el psicoanálisis continua, sólo que Reik deja el lugar a Freud como interlocutor de
referencia, especialmente al Freud de Más allá del principio de placer, quien permite a Deleuze la
consideración crítica de los conceptos de repetición, Eros, Instinto de muerte así como una
reevaluación conclusiva (en verdad una gran inversión) del cuadro psicoanalítico tradicional
referente a la posición del padre y de la ley, y por tanto del superyó, en el masoquismo y en el
sadismo. “Tal vez la ilusión genética de unidad de ambas perversiones se sustente en una mala
interpretación del yo, del superyó y de sus relaciones mutuas.” (Deleuze, 2001: 123).
Inversamente al psicoanálisis, para el cual lo sádico se encuentra marcado por la privación del
superyó y el masoquismo por la exacerbación del mismo, Deleuze concluirá que existe una
in ación del padre y por consecuencia del superyó en el sadismo, a tal punto que el superyó puede
expulsar al yo (Deleuze, 2001: 128); por otro lado, en el masoquismo encontramos el proceso de
destrucción del padre y del superyó, lo que en términos literarios se representa por el
restablecimiento del matriarcado, o mejor, de la ginecocracia, mediante la sumisión del hombre a
la mujer dominante. En suma, “El masoquismo es una historia que cuenta cómo fue destruido el
superyó, por quién, y qué resulta de esta destrucción.” (Deleuze, 2001: 131).

Para recorrer el camino que conduce a tal conclusión, el libro utiliza especialmente el análisis de lo
que denomina ironía sádica y humor masoquista, dos maneras de posicionarse delante de la ley
con el n de transgredirla y superarla. Es por esa misma vía que aparece también otra novedad
importante, a saber, la problemática política, pues el tema de la superación de la ley, por uno u otro
expediente, se vincula directamente con los temas persistentes del contrato en el masoquismo y
de la institución en el sadismo, abriéndose de este modo una tal problemática tanto en Sade como
en Masoch. Sade se conecta con 1789, la revolución; Masoch, por su parte, es marcado, con
importantes consecuencias para su obra, por el año 1848 en los países eslavos y el problema de las
minorías. En este sentido –y toda la problemática política subyacente se desnuda aquí–, Sade y
Masoch producirían una “parodia de la losofía de la historia” que, por el recurso a perversiones,
logra tratar problemas reales de la política y del derecho.

Por n, llegamos al último texto de Deleuze dedicado al escritor austríaco, que fue publicado en
1989 en Libération, en ocasión de la publicación de la biografía del novelista, bajo el título de “Re-
presentación de Masoch”, y posteriormente incluido en el volumen Crítica y clínica, de 1993. Lo
que primero que atrae nuestra atención en este texto es el diálogo que se establece nítidamente
con el libro publicado veintidós años antes, gracias al sugestivo pre jo “re”, lleno de sorpresas. ¿Por
qué re-presentar a Masoch? Deleuze podría aprovechar la oportunidad para hacer un balance de
su obra de 1967 y de su éxito, especialmente en una ocasión en la que se retoman aspectos
olvidados de la obra del escritor; podría también corregirse, revisando la hipótesis de la in uencia
de Masoch sobre el jurista y etnólogo suizo Johann J. Bachofen, que Deleuze presentara en la
década del ‘60 como “innegable” (Deleuze, 1961), de la cual se sirve para toda una serie de
importantes desarrollos, y que será desmentida por la biografía lanzada en ese momento. Sin
embargo, no hace nada de todo esto. La representación es signi cativa y rede ne el tono al
atribuirse temas ya tratados, tal como sucede desde las líneas iniciales del ensayo,
particularmente abruptas “Masoch no es un pretexto para hacer psiquiatría o psicoanálisis, no es
siquiera un personaje particularmente relevante del masoquismo.” (Deleuze, 1996: 85).
Dos cosas sorprenden aquí al lector de otros textos del lósofo sobre el escritor. Primero, al
a rmar que Masoch no sirve de pretexto ni a la psiquiatría ni, particularmente, al psicoanálisis,
Deleuze recon gura ampliamente el sentido de su propio libro. De hecho, a pesar de haber
insistido siempre en considerar la técnica novelesca del escritor, en presentarlo en el marco de una
cuestión sintomatológica, Masoch era sin dudas un nombre (aunque no solamente) que permitía al
lósofo medirse con el psicoanálisis. En segundo lugar, se encuentra esa curiosa separación entre
Masoch y masoquismo: el escritor no sería siquiera un personaje importante del universo
masoquista; es como si Deleuze, al n y al cabo, dijese: quédense con el masoquismo, yo me quedo
con Masoch y su obra; obra, insiste, que “mantiene a distancia toda interpretación extrínseca”
(Deleuze, 1996).

En conjunto, las dos a rmaciones revelan el alcance del texto de 1989 y de que manera éste obliga
a toda una revisión de los trabajos anteriores, o al menos, como ya fue sugerido, de su sentido. En
otros términos, una re-presentación que cumple por momentos la función de presentación de otro
Masoch. Y podemos sospechar que se trata de un Masoch leído después de la empresa del Anti-
Edipo y la ruptura crítica con el psicoanálisis; un Masoch que debe ser leído entonces a partir del
propio Masoch, esto es, de su obra, ya que “lo que hay que considerar en Masoch son sus
aportaciones al arte de la novela.” (Deleuze, 1996). Se comprende de este modo por qué no existe
una sola mención a la operación de disociación entre sadismo y masoquismo dominante en los
trabajos anteriores, y cómo temas recurrentes son enteramente desdeñados por la consideración
intrínseca de Masoch, no como masoquista, sino como escritor, artista… como masoquiano, por
decirlo de alguna manera.

Veamos brevemente el resultado de la mencionada reevaluación a partir de tres grandes motivos


masoquistas o masoquianos invocados en el ensayo: el contrato, el animal y el problema de las
minorías.

En lo que concierne al primero, persiste la idea de que el contrato que el héroe establece con la
mujer y al cual él subordina los sufrimientos que padecerá en las manos de ella es “esencial”. “La
manera por la cual el contrato está enraizado en el masoquismo”, a rma Deleuze, “continua siendo
un misterio”. Pero ahora, para intentar explicarlo, el lósofo propone una hipótesis que presenta,
con todas las letras, otra disociación, la que ya mencionamos en el inicio y que se encuentra en
perfecta consonancia con los temas tardíos de Deleuze. ¿Por qué el contrato?

Diríase que se trata de deshacer el vínculo del deseo con el placer: el placer interrumpe el deseo,
de tal modo que la constitución del deseo como proceso debe conjurar el placer y posponerlo al
in nito. La mujer–verdugo envía sobre el masoquista una ola retardada de dolor, que éste utiliza
evidentemente no para obtener placer, sino para remontar su curso y constituir un proceso
ininterrumpido de deseo. (Deleuze, 1996: 78-79)

Luego, teniendo en cuenta el lugar preeminente de la gura del animal en el universo de Masoch,
Deleuze identi ca la liberación de la animalidad relativa a todo humanismo, sea éste el del
psicoanálisis –que sólo ve allí “ guras edípicas demasiado humanas”– o el de las postales que
muestran viejos masoquistas en cuatro patas delante de sus dueñas imitando perros. No es nada
de eso, sugiere Deleuze: el héroe de Masoch es aquel que alcanza una zona de indeterminación, de
indiscernibilidad entre el hombre, la mujer y el animal, en el que se da, no una invocación, no una
imitación, sino más bien un cambio de fuerzas que asume la forma novelesca del “adiestramiento”
(el último avatar de la novela de formación, agrega el lósofo, es la novela de adiestramiento). El
hombre adiestra aquella que deberá adiestrarlo, y “la mujer transmite unas fuerzas animales
adquiridas a las fuerzas innatas del hombre” (Deleuze, 1996: 79-80). Finalmente, el tenor político
de la obra de Masoch, el problema de las minorías presente en ella, son reevaluados bajo una
nueva perspectiva. Masoch es ahora identi cado con el productor de una “literatura de minoría” y
en eso es comparado, en su producción de una nueva lengua, con Kafka (el cual, según la biografía
de la que parte Deleuze, se habría incluso inspirado en el nombre de Sacher-Masoch para
componer el protagonista de La metamorfosis, Gregor Samsa) (Deleuze, 1996: 88).

***

En la época de la redacción de “De Sacher-Masoch al masoquismo”, como ya lo hemos dicho,


Deleuze daba sus primeros pasos en el proyecto de una alianza entre crítica y clínica. El contexto
de este primer trabajo sobre Masoch –lo que se deduce fácilmente por el título de la antología que
incluye el último trabajo–, permanece el mismo. Masoch nunca dejó de ser una pieza mayor del
vínculo que Deleuze siempre quiso construir. Incluso habiendo tenido lugar una revisión de los
juicios iniciales, se puede percibir una unidad profunda entre los tres textos dedicados al escritor;
como si éste nunca hubiera perdido su puesto, la diversidad de puntos de vista y los estatutos
signi cativamente diferentes de los trabajos deben ser atribuidos a la transformación del propio
proyecto deleuziano.

Deleuze comienza el libro de 1967 con una pregunta sartriana: “¿para qué sirve la literatura?”
(Deleuze, 2001: 19). La meta es disociar sadismo y masoquismo, ya lo sabemos; la pregunta, sin
embargo, deja ver que la vía escogida no es de las más comunes. ¿De qué forma se puede lograr la
desarticulación de una entidad clínica de las más prestigiosas y cuyo uso frecuentaron todas las
fronteras especializadas? Por la crítica o, si se quiere, por un punto de vista literario que, aunque
no sea el único movilizado, guarda ciertamente la primacía, ya que es aquel al que deben
someterse los demás. La razón de esta estrategia no es nada despreciable, puesto que el propio
enemigo se sirvió de ella.

Se habla de sadomasoquismo, insiste siempre el lósofo, para juntar dos cosas incompatibles en
una única aberración semiológica. Engaño posible sólo porque no se lee a Masoch, porque basta
leerlo “para sentir que su universo no tiene nada que ver con el de Sade” (Deleuze 2001: 15); “hay
dos artes en Sade y en Masoch, algo así como dos lenguajes enteramente diferentes” (Deleuze
2001: 39). Por eso es preciso “hay que volver a empezar todo por un punto situado fuera de la
clínica, el punto literario donde fueron formadas las perversiones” (Deleuze 2001: 16). En esas
circunstancias, ¿para qué sirve la literatura? Los nombres de Sade y Masoch, en este caso, “sirven
para designar dos perversiones de base” y constituyen por eso “prodigiosos ejemplos de e cacia
literaria” (Deleuze 2001: 19). Deleuze no nos ofrece una respuesta general, antes bien nos invita a
la consideración de un ejemplo preciso de éxito de la literatura. Normalmente, son enfermos
típicos o sobre todo médicos los que prestan sus nombres a las enfermedades; aquí fueron
literatos. ¿Serían enfermos? Sin embargo, retruca Deleuze, el término “enfermedad” no se aplica
aquí. Lo que tenemos son “cuadros de síntomas y signos inigualables” (Deleuze 2001: 20). Sean
enfermos o clínicos, lo cierto es que fueron grandes sintomatólogos, de tal modo que pudieron dar
sus nombres para que la psiquiatría reuniese signos bajo ellos; son “grandes antropólogos” y
“grandes artistas”, cuyo suceso reside en una nueva concepción del hombre y de la cultura, en la
extracción de “nuevas formas” y en la creación de “nuevos modos de sentir y pensar” (Deleuze
2001: 21). Son cosas diferentes, nos advierte el lósofo, la historia de las enfermedades, las que en
principio no son inventadas sino descubiertas, y la historia de la sintomatología, que depende de
otros factores. Pero, entonces, ¿existiría el sadismo antes de Sade? ¿El masoquismo antes de
Masoch? ¿O fueron justamente ellos quienes nos enseñaron a sentir y pensar sádica y
masoquistamente? No deben acecharnos aquí dudas sobre la e cacia de la literatura. Literatura
que, por eso mismo, se encuentra apta para fornecer un “punto de vista situado fuera de la clínica”
y que todavía puede, desde que sea bien trabajado, producir efectos directos en la clínica. El
armado inicial es claro y el nal del libro, lejos de abandonarlo, lo rea rma. Luego de una serie de
proposiciones distintivas (Sade es esto, Masoch aquello), el autor termina a rmando,
precisamente, que tales proposiciones “deberían expresar las dife- rencias entre el sadismo y el
masoquismo no menos que la diferencia literaria entre los procedimientos de Sade y de Masoch.”
(Deleuze 200: 136).

A partir de esta primacía del punto de vista literario, que marca fuertemente todos los trabajos
deleuzianos sobre Masoch, podemos aprender con claridad el estatuto diverso que existe entre
ellos. Algo importante, como ya dijimos, pues tal diversidad es debida a las diferentes
comprensiones del vínculo entre crítica y clínica y de sus funciones: si, en el caso de la
Presentación, nos encontramos frente a un problema de sintomatología, en la Re-presentación
nos vemos conducidos al campo de la ética.

En el momento del lanzamiento de la Presentación, se le pregunta a Deleuze si él, lósofo, no se


siente amedrentado al aventurarse en el campo psicoanalítico. Es un problema real, admite
nuestro autor, y nos explica que, si se permite tanto, es sólo porque tiene en vista “un problema de
sintomatología”, campo primero y condicionante de la etiología (investigación de las causas) y de la
terapia (investigación de los tratamientos y de sus aplicaciones). Pues bien, agrega, “la
sintomatología se sitúa casi fuera de la medicina, en un punto neutro, un punto cero, donde
artistas, lósofos, médicos y enfermos pueden encontrarse (Deleuze, 2002b: 185). La
sintomatología, en esa medida, es algo que pertenece tanto al arte como a la medicina, por eso
grandes artistas pueden ser grandes sintomatólogos. Y dado que éste es precisamente el caso de
Masoch y de Sade, el libro se justi ca. Se puede hablar de masoquismo yendo a un terreno neutro,
pre-médico, que es aquel del que parten los propios médicos. Desde allí es posible emprender la
renovación, al menos en algunos aspectos, de la clínica psiquiátrica y psicoanalítica mediante la
crítica; intento que no se esconde en ningún momento en el artículo del ‘61 o en el libro del ‘67: “lo
que me gustaría estudiar (este libro apenas sería un primer ejemplo) es la relación que es posible
enunciar entre literatura y clínica psiquiátrica” (Deleuze, 2002b: 184).

Este es pues el estatuto de los primeros textos en lo que se re ere al vínculo entre crítica y clínica:
la primera es pensada como siendo capaz de proveer un aire nuevo en la segunda. ¿Encontramos lo
mismo en la Re-presentación? Ciertamente no. Luego del Anti-Edipo, desaparece el intento de
renovación de los conceptos del psicoanálisis, simplemente porque éste es abandonado.
Recordemos las citadas líneas iniciales del texto del ’89: Masoch no debe servir de pretexto ni para
la psiquiatría ni para el psicoanálisis; Masoch, y por tanto la crítica, no debe servir para nada en lo
que se re ere a la clínica tal como era pensada –y tal como interesaba– al Deleuze de los años ‘60:
nada de ley paterna, superyó, madre edípica, nada de sainete familiar. Pero dadas estas
circunstancias, teniendo en cuenta el hecho de que el objetivo de reunir crítica y clínica persiste,
¿cuál sería el nuevo aspecto señalado en la alianza? ¿Aparecería, en particular, una nueva gura de
la clínica? Nos gustaría cerrar este trabajo con algunas palabras al respecto.
Liberadas de la estrategia sintomatológica, crítica y clínica pueden unirse, queremos creer, en un
proyecto de constitución de algo como una medicina extendida, una medicina losó ca, tal vez a la
manera de aquella que Nietzche proclamaba en el prólogo de La gaya ciencia y en la que la
sintomatología se subordina a una interrogación mayor por la salud, por el poder y por la vida.
Pues bien, según la Presentación, “los grandes clínicos son los más grandes médicos” (Deleuze,
2001: 20); no debemos olvidar nunca, con todo, que no sólo los médicos pueden ser grandes
clínicos. ¿No sería acaso Masoch un ejemplo de gran clínico o “médico lósofo”, para tomar la
fórmula nietzscheana? De hecho, sólo el haber desarticulado el vínculo entre deseo y placer basta
para garantizarle ese puesto. Lo que parece interesar ahora a Deleuze, al menos de lo que puede
inferirse a partir del ensayo del ’89, es una clínica que permita aprender y evaluar dispositivos
deseantes, estilos diversos del deseo que puedan contribuir con la salud y la vida. Esto no signi ca
que un tal asunto estuviera completamente ausente en los primeros textos sobre Masoch, pero es
como si el vínculo con el psicoanálisis no permitiese a este proyecto surgir de manera clara, en
toda su amplitud. La unión de crítica y clínica, en el último texto, contribuye no sólo para la
cuestión de la sintomatología, sino que afronta también todo el problema de la constitución de
procesos deseantes, sus consecuencias e incluso su e cacia o valor. Desde ese punto de vista se
comprende por qué el lugar de Masoch en la obra de Deleuze sigue siendo prominente. El escritor
es una pieza fundamental en el paso decisivo dado por Deleuze de una moral (sistema de juicio
jado en valores trascendentes) hacia una ética, entendida ésta en el mismo sentido que el lósofo
atribuye a Espinosa: aprehensión de singularidades, una “tipología de los modos de existencia
inmanentes” que sea capaz de tratar la “diferencia cualitativa de los modos de existencia”.
(Deleuze 2002: 29)

Bibliografía

Deleuze, Gilles. “De Sacher-Masoch au masochisme”. Arguments, no 21, 1961. Disponible:


http://multitudes.samizdat.net/De-Sacher-Masoch-au-masochisme.

_____. “Désir et plaisir”. Le magazine littéraire, no 325, outubro de 1994. Disponible:


http://multitudes.samizdat.net/article1353.html

_____. Espinosa: Filoso a prática. Trad. Daniel Lins e Fabien Pascal Lins. São Paulo: Escuta, 2002.

_____. Mil platôs: Capitalismo e esquizofrenia. Trad. Aurélio Guerra Neto et alii. São Paulo: Editora
34, 1996, vol. 3.

_____. “Mystique et masochisme”. Entrevista, abril de 1967. In: _____. L’île déserte: Textes et
entretiens 1953-1974. Ed. de David Lapoujade. Paris: Minuit, 2002b.

_____. El Anti Edipo. Buenos Aires, Mexico: Paidós, 1998.

_____. “Re-presentación de Masoch Re-presentación de Masoch”. In: _____. Crítica y clínica.


Barcelona: Anagrama, 1996.

_____. Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.


_____; Parnet, Claire. Diálogos. Trad. Eloisa Araújo Ribeiro. São Paulo: Escuta, 1998.

Dosse, François. Gilles Deleuze, Félix Guattari. Biographie croisée. Paris: La Découverte, 2009.

Hardt, Michael; Negri, Antonio. Império. Trad. Berilo Vargas. Rio de Janeiro: Record, 2005.

Laplanche, Jean; Pontalis, Jean-Bertrand. Vocabulário de psicanálise. Trad. Pedro Tamen. São
Paulo: Martins Fontes, 1991.

Nietzsche, Friedrich. A gaia ciência. Trad. Paulo César de Souza. São Paulo: Companhia das Letras,
2001.

Pereira, Mário Eduardo Costa. “Krafft-Ebing, a Psychopathia Sexualis e a criação da noção médica
de sadismo”. Revista latinoamericana de psicopatologia fundamental, vol. 12, no 2, 2009.
Disponible: http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1415-
47142009000200011

Pieraggi, Ange-Henri. “Léopold Sacher-Masoch”. In: Leclerq, Stéfan (org.). Aux sources de la pensée
de Gilles Deleuze. Paris: Éditions Sils Maria, 2005. Disponible:
http://pieraggi.com/sacher_masoch_-_aux_sources_de_la_pensee_de_gill.html

Quignard, Pascal. L’être du balbutiement. Essai sur Sacher-Masoch. Paris: Mercure de France,
1969.

Sacher-Masoch, Leopold von. La Venus de las pieles, Barcelona: Tusquets Editores, 1993.

Safatle, Vladimir. “Sexo, simulacro e políticas da paródia”. In: _____. Cinismo e falência da crítica. São
Paulo: Boitempo, 2008.

Tiburi, Marcia. “Masoquismo hoje”. Cult, março de 2010. Disponible:


http://revistacult.uol.com.br/home/2010/03/masoquismo-hoje

12
VECES COMPARTIDO
Comparte (https://www.facebook.com/sharer.php?
u=http%3A%2F%2Fre exionesmarginales.com%2F3.0%2F17-
deleuze-lector-de-masoch%2F)

Tweet (https://twitter.com/intent/tweet?
text=Deleuze%20lector%20de%20Masoch&url=http://re exionesmarginales.com/
deleuze-lector-de-masoch/)

CULTURA (HTTP://REFLEXIONESMARGINALES.COM/3.0/TAG/CULTURA/)

FORMACIÓN (HTTP://REFLEXIONESMARGINALES.COM/3.0/TAG/FORMACION/)

CUERPO (HTTP://REFLEXIONESMARGINALES.COM/3.0/TAG/CUERPO/)

PSICOANÁLISIS (HTTP://REFLEXIONESMARGINALES.COM/3.0/TAG/PSICOANALISIS/)
INTENSIDAD (HTTP://REFLEXIONESMARGINALES.COM/3.0/TAG/INTENSIDAD/)

E S TA R E V I S TA E S P O S I B L E G R A C I A S A LO S P R OY E C TO S : PA P I I T I N - 4 0 2 9 1 1 Y 4 0 3 2 1 4