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¡Qué viva la música!

Escribri sobre Tumaco es sencillo para muchos, tan solo es pensar varios elementos catastróficos o
desastrozos. Puede hablarse de coca y lo cierto es que hay mucha mata sembrada: 23. 148 hectáreas,
según la ONU. A eso puede sumársele algún elemento relacionado al conflicto armado, inseparable
de esas hectáreas de coca, algún cadáver arrojado al mar y, por supuesto, todo puesto mediante el
lenguaje pezaroso de un periodista de otro lado. Si todo esto se suma, tenemos algo parecido al
reportaje de la Revista Semana de mayo del 2017 titulado “Viaje al corazón de Tumaco”. La
conclusión de este trabajo: Tumaco es similar al Congo, una tierra infernal, por ello el nombre que
recuerda al libro de Conrad, “Viaje al corazón de las tinieblas”. No se habla, por otro lado, del tejido
humano que aun pervive y que es el motivo del siguiente texto, las ceremonias de los arrullos como
símbolo de unión.

Es claro que Tumaco no se ya un lugar similar a un terruño, donde el manglar se atravieza por todo
lado y el tiempo pasa como en un pueblo. Hay motos desenfrenadas, asfalto y todos los elementos
que le hacen un municipio, a medias, pero un municipio al fin y al cabo. Sobre el puente del morro,
construcción que une dos de las tres islas que conforman el caso urbano, pueden observarse varias
personas pescando, mientras a diez centímetros el tráfico se hace sentir. Meses atrás, cuando llegué
al lugar, me atemorizaban todos los lugares comunes con las que se comunican estas zonas del país,
digamos que esperaba que una bomba estallase en cada esquina. Pero no, caminar de noche por el
lugar puede llegar a ser más tranquilo que camnar por Cali u otros ciudades del centro del país.
Tampoco se trata de hacerse el de la vista gorda y creer, inocentemente, que nada pasa, porque no es
así. La lógica de la situación de seguridad pareciera ser la del conflicto armado, pero en los barrios.
Y el barrio Nuevo Milenio, uno de tantos en donde viven integrantes de grupos armados, sería el
lugar del arrullo.

Pero, ¿qué era un arrullo?, según varias páginas de internet: ceremonias practicadas por las personas
del Pacífico colombiano, acompañadas de música y cantos, donde las mujeres cantan y los hombres
tocan los instrumentos. Son sobre todo mortuorias, dedicadas a los muertos al que se le canta por
nueve noches, otras dedicadas a niños que fallecieron llamadas “Chigualos” y otras dedicadas a los
santos. Para la persona que me invití a la ceremonia, llamada Katty, “se trata”, más bien, “de pasar
un rato con la familia, los vecinos para cantarle al santo y tomar traguito”. Y lo dice así, con el tono
desparpajado y rápido con que hablan las muejeres tumaqueñas. Recordemos, en este punto, que
para Semana los tumaqueños viven entre la violencia y el miedo, que para Semana los jóvenes del
lugar solo ven una posibilidad para sus vidas: treparse en una lancha y salir del Muelle del Voladero
en la madrugada con una lancha cargada rumbo a México.

El barrio Nuevo Milenio se encuentra ubicado en la entrada de Tumaco ppor la vía que conduce
hacia a Pasto y, por ende, que comunica al municipio con el resto del país. Justo detrás de las
instalacioens de Ecopetrol, custodiadas día y noche por el ejército que tiene sus instalaciones justo
al lado de la petrolera. El contraste es claro, doloroso, las casas de palafito, que obtienen agua por
medio de una manguera se ubican a espaldas de un tubo de crudo que inicia allí, junto al Nuevo
Milenio para después atravezar el pie de monte costero hasta la sierra, digamos que sube de los
ceros metros al nivel del mar hasta unos dos mil. Hecho curioso, si se piensa que en Tumaco no hay
acueducto o alcantarillado. Estos, sin embargo, no son los datos que muestra Semana en su
catastrófico artículo, ya que en este, la violencia es puramente endémica.

No se recomienda mucho entrar al barrio, sobre todo a una pesrona que no es de por allí y que de
seguro va a resaltar. De entrada puede observarse el cantón militar, a pocos metros la escuela y en
frente una construcción llamada Centro Afro, lugar dedicado a las prácticas artísticas y fundado por
una antropóloga alemana que se ha instalado en Tumaco desde hace varios años, de nombre Uli y de
apellido impronunciable. En frente, la casa de un vecino cualquiera, quien ha prestado su hogar para
la reunión. En el automovil en que nos movemos hay otra persona que no es de Tumaco, mira por la
ventana con temor, como esperando que la ráfaga de metralla se suelte de un momento a otro y ella
caiga en el medio por estar, como reza el dicho cliché, por estar en el lugar y en el momento
equivocado. Se sorprende al llegar sin embargo, en frente solo tiene a una matrona grande, de
brazos fuertes y senos que tal vez ya han amamantado quien sabe cuántos hijos y, de paso, varios
nietos. Cuando el negro ríe la noche se ilumina y de pronto no hay porque pensar en miseria.

Ya dentro, pueden observarse personas de todas las edades, si bien priman las ancianas y los
ancianos que son, usualmente, las personas más creyentes. Es enero y se le canta al Cristo Negro de
Barbacoas. Es este Cristo el centro de la estancia, se le ha decorado con flores, guirnaldas y festones
. “Al niño lo ponemos bien pispo”, me dice aquella matrona que nos recibió. En la reunión vecinal
todos deben colaborar con algo y nadie, que no sea de la comunidad, no puede entrar si no es
invitado. Entonces Katty, nuestra anfitriona nos da una razón que a la larga tiene mucha validez: “es
que a veces viene mucho mono de afuera pero ejatomar fotos, cuando aquí se viene es a bailá y a
cantá...a bebé”. Unos traen el licor de caña, llamado charuco, pariente del viche que se toma en el
Valle del Cauca, otros pasabocas y otros, los ingredientes del sancocho.
Otro agente periodísitico, Noticias Caracol, dice en una edición del lunes 5 de marzo del presente
año, a propósito del tono catastrófico con que el periodismo habla de Tumaco, lo siguiente: “los
niños de Tumaco juegan ala guerra desde muy pequeños. Sus primeros juegos los hacen con armas
de juguete en una zona marcada por la violencia”. Entonces los niños que correteaban por Nuevo
Milenio, ese barrio que se han turnado los Rastrojos, los narcos y las FARC, no eran niños de
Tumaco y su interés no eran los cununos y las marimbas. Mucho menos los hombres y las mujeres
que afinaban los instrumentos y se preparaban para las oraciones, con una alegría similar a la de un
treinta y uno de diciembre. La ceremonia dio inicio con oraciones en boca de un sacerdote italiano,
también trabajador social de la zona. Los invitados, osea nosotros, éramos los elegidos para decir
las oraciones frente a los asistentes. Leímos, leí sin recordar la última vez que entoné alguna oración
cristiana, pensando que de verme mi madre me diría: hijo mío, te has rectificado.

Al cabo de media hora después de las oraciones, el charuco, introducido en botellas de gaseosa
plástica pasaba de mano en mano, tanto como las papas con salsa rosada. Alrededor del Cristo
Negro todos reunidos en un mismo canto y en un mismo coro. El hombre toca el cununo, la
marimba, el bombo y el guasá; la mujer comparte con todos esas mismas rimas que ha ensayado
en su casa mientras lava la ropa o hace la comida. Obsevro a una mujer de rostro serio,
impenetrable, una negra temperamental, de esas duras y temperamento difícil. La observé desde que
llegué, es una señora de unos cuarenta añosy quien tiene la voz más potente entre las mujeres. Todo
vale la pena, incluso que se diera cuenta de mi mirada, pues comienza a cantar y la noche tiene uno
de sus primeros climas, su arrullo es una dedicación directa al festejado, a ese cristo que pareciera
estuviese haciendo su primera comunión: río, río, río, playas y canoa. Es el bello río, el río de
Barbacoas. El momento es dionisiaco: la música repetitiva y la comunión donde no eixte el yo, el
tambor africano que acompaña una alabanza cristiana. La gente del barrio Nuevo Milenio
demuestra que se puede alabar a dios de forma pagana, sin solemnidades. El charuco pasa y pasa.

Un hombre se acerca y me ofrece más licor, no me niego. “Ñaño, usted sabe que aquí todo bien”,
me dice, “No le va a pasar nada, puede caerse borracho que lo van a cuidar. Usted sabe que en
Tumaco todos somos bacanos, yo ya lo he visto por ahí”. No es de sorprender, Tumaco es un
municipio de alrededor unos doscientas mil personas, pero sus habitantes aun poseen
comportamientos que recuerdan a las gentes de pueblo. Si la imagen resalta un poco, es fácil
recordar a una persona que no es de allí. Mientras tanto, esos mismos niños que son los hijos de la
guerra para Caracol y esos mismos jóvenes que tan solo quieren coronar un viaje a México, según
Semana, observan como los hombres adultos tocan sus instrumentos y sudan. Quieren tocar, miran
con el afán y el estrés propios de la juventud que no sabe esperar y lo quiere todo de inmediato. De
entre ellos resalta uno, tiene unos doce años y está en silla de ruedas; es el hijo de uno de los
profesores de la escuela Iberia, sede Nuevo Milenio. Los jóvenes, todos de pantaloneta y en
chanclas, también esperan y saben que a ellos sí les va a tocar el turno, tan solo es asunto de esperar
a que uno de los viejos les dé el lugar o sientan el deseo de salir a fumar un cigarro o de llenar su
vaso plástico con otro poco de charuco.

A la hora del sancocho, las cuatro y media de la mañana, la música no se ha apagado. La matrona
que nos recibió, doña Yolanda como supimos después o Yoli- en Tumaco Yoli es tal vez el nombre
femenino más común- como su diminutivo lo reparte con la misma alegría de una madre en el
matrimonio de su hija. “Pero el flaquito si ha tomado, diga” me dice. Yo me río y obsevro cómo se
sienta de nuevo junto a mí el hombre que me sirvió charuco un par de horas antes. “Vio, ñañito, yo
se lo decía”, comienza a hablar con un tono más alicoradp que el de antes, “Ve que nadie se mete
con nadie, ni va a azararlo, ni que nadie se pone de molestoso, aquí estamos entre vecinos porque si
usté se queda afuera el vecino le abre la puerta y lo deja pasar la noche”. Le digo entonces que sí,
que tiene razón y digo, pero para mí mismo, que aquello es una extraña manera de adorar a un
santo, algo mundana o que es, por otro lado, un pretexto religioso para beber licor y reírse con los
amigos. Entonces dejo de escuchar a aquel señor, dirijo la atención al centro de la ceremonia, el
profesor le ha prestado la marimba a su hijo y otro anciano le ha dejado el cununo a uno de los
jóvenes. Esperaron unas tres horas y lo que veo me recuerda a ese tipo de cosas que uno lee sobre
las civilizaciones sabias, en la que el joven le debe respeto al viejo y es este quien le da la entrada al
mundo de la madurez.

Hacia las siete de la mañana no se ha escuchado ningún disparo en el Nuevo Milenio y se me hace
difícil creer que aquellas sean las mismas personas que la Revista Semana, en su artículo del 13 de
mayo del 2017, escrito por Marta Ruiz, exponga como quienes “viven entre la violencia y el miedo”
o que sean el pueblo que se presta para afirmar que “Nadie en Tumaco parece creer que su situación
podría cambiar algún día”. Al abandono estatal, al racismo soterrado que aun pervive en Colombia,
debería sumársele el catastrofismo de los medios, si es que la palabra existe, como los elementos
que hacen de Tumaco, y del Pacífico, únicamente lugares de violencia y muerte.

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