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Cuadernillo de Formación VOLUMEN I: “Curso Elemental de Marxismo” JUVENTUDES COMUNISTAS DE CHILE, COMISIÓN NACIONAL DE

Cuadernillo de Formación

VOLUMEN I:

“Curso Elemental de Marxismo”

JUVENTUDES COMUNISTAS DE CHILE, COMISIÓN NACIONAL DE EDUCACIÓN, 2017

CUADERNILLO DE FORMACIÓN

VOLUMEN I:

CURSO ELEMENTAL DE MARXISMO JUVENTUDES COMUNISTAS DE CHILE

COMISIÓN NACIONAL DE EDUCACIÓN JUNIO 2017

CUADERNILLO DE FORMACIÓN VOLUMEN I: CURSO ELEMENTAL DE MARXISMO JUVENTUDES COMUNISTAS DE CHILE COMISIÓN NACIONAL DE

Comisión Nacional de Educación, JJCC

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

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TRES FUENTES Y TRES PARTES INTEGRANTES DEL MARXISMO

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PRÓLOGO A LA CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

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MANIFIESTO COMUNISTA (FRAGMENTO)

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PRINCIPIOS DEL COMUNISMO

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METODOLOGÍA DE ESTUDIO COLECTIVO

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Comisión Nacional de Educación, JJCC

INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

El marxismo es una tradición política e intelectual que tiene su origen a mediados del siglo XVIII con los plan- teamientos de Karl Marx y Friedrich Engels. Su nombre proviene de la tremenda influencia que las ideas de Marx tuvieron en el movimiento obrero, al desarrollar una teoría científica que permitió a la clase trabajadora comprender la sociedad capitalista, el papel que desem- peña la lucha de clases en el desarrollo de la historia, la formulación del pensamiento comunista, entre otros va- liosos aportes teóricos y prácticos para su emancipación.

Lenin decía que el marxismo recoge lo mejor del pensa- miento de su época: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés . Estas tres fuentes dan origen a una nueva forma de comprender la socie- dad conocida como materialismo histórico, y entregan las bases para la formulación del materialismo dialéctico como nueva filosofía.

Aunque antes de Marx algunos historiadores habían

descrito la existencia de clases sociales y de la lucha de

clases, el aporte de Marx fue comprender que la existen- cia de clases sociales estaba ligada a ciertas fases en el desarrollo de la producción, y que por tanto era posible la existencia de una sociedad donde no existiesen clases sociales, lo que él denominó una sociedad comunista. Para llegar a esta conclusión Marx tuvo que pasar por distintos estudios y reflexiones.

En un comienzo, en los textos que se conocen como el periodo de Juventud, aún con una gran influencia del pensamiento de Hegel y Feuerbach, la problemática tra- tada por Marx era la de la alienación, tomando como referencia la crítica a la religión de Feuerbach, quien hablaba de la alienación o enajenación cuando el ser humano creaba entidades que siendo de su creación no reconocía como propias. Marx toma esa reflexión para plantear una visión crítica del capitalismo, a partir de la relación que tenían los sujetos con el trabajo, un trabajo enajenado dado que quienes producían las riquezas no podían disfrutar de sus frutos. Con el desarrollo de su trabajo teórico y la influencia de la economía política in- glesa, fue transitando de la teoría de la alienación hacia una teoría de la explotación, con el desarrollo marxista del concepto de plusvalía que le permitió comprender la

forma en que los burgueses se apropiaban del trabajo de los obreros.

Lectura recomendada N°1: Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo – Vladimir Lenin.

MATERIALISMO HISTÓRICO

El materialismo histórico es el nombre con el que se co- noce la teoría de la sociedad planteada por Marx, y que busca comprender la realidad a partir de las condicio-

nes materiales, es decir, busca explicar los fenómenos sociales y políticos no a partir de las ideas que las per- sonas tengan sobre si mismas sino sobre la base de su existencia concreta, comprendiendo la forma en que las personas se organizan para trabajar y la forma en que se distribuyen los distintos roles en el proceso de trabajo. A partir de estas relaciones, que son denominadas rela- ciones sociales de producción y la forma en que se rela- cionan con los medios de trabajo o fuerzas productivas, Marx hace una caracterización de los distintos periodos

históricos en relación a los modos de producción predo-

minantes, correspondiendo a cada uno de estos modos de producción un conjunto de clases sociales, una orga- nización política particular y distintas ideas o represen- taciones sobre la realidad que se conocen como ideolo- gía. Es así como existirían distintos modos de producción como el esclavista, el feudal y el capitalista.

La concepción materialista de la historia tiene sus pri- meras formulaciones explicitas en una obra de Marx y Engels no publicada y que tenía como título la ideología alemana. En esta obra los autores polemizaban con dis- tintos pensadores de la época, siendo una de las polé- micas más conocidas la crítica que realizan a Feuerbach. Ahí desarrollan una crítica tanto al idealismo filosófico como a un materialismo de tipo mecanicista, es decir, que no consideraba que la acción y las circunstancias de los seres humanos tenía un origen histórico y que por tanto también podían ser modificadas. Estas condicio-

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nes podían ser modificadas a través de la praxis, donde estaría la dimensión teórica y práctica de la actividad humana. El materialismo histórico se define como una ciencia, esto quiere decir que se rige por un método. Sin embargo, esto no quiere decir que sea una ciencia que permita predecir el futuro, si no que entrega herramien- tas para la comprensión de la realidad.

Además del materialismo histórico, que permite com- prender los procesos históricos, se dice que Marx y En- gels sentaron las bases para el desarrollo de una nueva filosofía, que fue denominada materialismo dialéctico. Esta retomaría la idea de Hegel con respecto al desarro- llo en base a contradicciones, pero a diferencia de Hegel no buscaría la expresión de estas contradicciones en el ámbito de las ideas, si no en la realidad. Es por eso que tradicionalmente se dice que el marxismo representa una inversión de la filosofía de Hegel. Esta inversión sin embargo implicaría una transformación radical de la idea de dialéctica, pues en la realidad el desarrollo de las contradicciones nunca se expresa de manera pura.

El materialismo histórico permite comprender los proce-

sos sociales que constituyen la estructura de la sociedad, y a partir de este conocimiento permiten conocer la su- perestructura política en que a partir de distintas ideas políticas, ideológicas, religiosas se expresan los distintos intereses de clase que tienen su origen en las relaciones materiales y el modo de producción predominante.

Lectura recomendada N°2: Prólogo a la contri-

bución a la crítica de la economía política – Karl

Marx

LA HISTORIA Y LAS CLASES SOCIALES

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels afirman que la lucha de clases es el motor de la historia. ¿Qué quiere decir esta afirmación?, que el desarrollo de los procesos sociales y políticos y la transición entre distintos modos de producción ha estado ligado a una situación de con- flicto entre distintos grupos de la sociedad, por una parte, aquellos que defienden su situación de privilegio y por otra parte una clase social dominada que apuesta por cambiar las relaciones sociales de producción. Este proceso de antagonismo es lo que se conoce como lucha de clases. Esta lucha de clases tiene un desarrollo que se da de forma dialéctica, entonces en un momento una clase social que puede aparecer como una clase revolu- cionaria como la burguesía puede luego convertirse en una clase reaccionaria y dominante.

La lucha de clases no es una propuesta ni una política

que propongamos los comunistas, es algo que tiene su expresión en la realidad. Sin embargo, frente a este fenómeno nosotros no somos indiferentes. Los comu- nistas tomamos partido por el proletariado como clase

social que tiene la posibilidad de construir una sociedad más justa y sin explotación, que de paso a la construc- ción de una sociedad donde no existan clases sociales. Esto no quiere decir que busquemos construir una so- ciedad donde no existan diferencias, pero creemos que estas diferencias no debiesen estar determinadas por la

posesión o desposesión de propiedad si no por las cuali-

dades que tenga cada individuo.

Aunque en la sociedad por término general existen dos clases sociales antagónicas, existen también ciertas cla- ses intermedias o fracciones de clase, por eso es im- portante que la clase trabajadora pueda lograr atraer a otras clases sociales y sectores de la sociedad a su favor, lo que se conoce como hegemonía. Podemos decir que el proletariado será hegemónico cuando sea capaz de articular una correlación de fuerzas favorable que le per- mita tomar la dirección de los procesos políticos.

Las clases sociales tienen distintos intereses, pero no siempre los representantes de una clase social actúan en correspondencia con estos. Esto se produce por la expresión de la “ideología”, que hace que la clase domi- nante haga aparecer sus intereses particulares como el interés común. Por eso Marx distinguía entre una clase en sí y una clase para sí. Que una clase sea una clase para sí quiere decir que es consciente de sus intereses de clase, que tiene “conciencia de clase”.

En la sociedad existen distintos intereses de clase y estos tienen su expresión en el terreno de la política, es por eso que los comunistas criticamos aquellas expresiones que pretenden diluir la existencia de clases sociales a partir de generalizaciones como “clase política” o “ciu- dadanía”. Marx decía que este tipo de conceptos esta- blecían una falsa reconciliación que hacía que la clase trabajadora no fuera consciente de sus propios intere- ses.

Lectura recomendada N°3: Manifiesto Comu-

nista. Parte I: Burgueses y proletarios. – Karl

Marx y Friedrich Engels.

MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA

El modo de producción es la forma en que una sociedad se organiza para la producción, distribución y consumo de bienes en un determinado momento histórico. A

cada modo de producción corresponde una forma de di-

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visión del trabajo específica, que determina la existencia de distintas clases sociales.

Marx profundizó en el estudio del modo de producción

capitalista, a pesar de que en el periodo en que estaba vivo era un fenómeno que todavía no se desarrollaba del todo, fue capaz de anticiparse a muchas de las cosas que están ocurriendo hoy en día, como el desarrollo del ca- pital financiero y la creciente proletarización de la masa de trabajadores.

Para Marx el modo de producción capitalista representa

una de las expresiones más complejas del desarrollo de

la división de clases, pues los trabajadores y trabajado- ras a diferencia de otros modos de producción son for- malmente libres. Sin embargo, como no poseen los me- dios de producción necesarios para producir mercancías

se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los ca- pitalistas para poder subsistir. Los capitalistas, también llamados burgueses al poseer el capital pueden comprar esta fuerza de trabajo, la que pagan por medio de un salario. Este salario solo cubre las necesidades básicas de los trabajadores, sin embargo, para que pueda haber una ganancia para el capitalista, este se queda con una parte del valor que crea el trabajador con su trabajo, lo que se conoce como plusvalía.

Cabe hacerse la pregunta, ¿por qué existen personas que poseen capital y por otra parte obreros que solo po- seen su fuerza de trabajo?, la ideología capitalista trata

de representar esto como si fuese una consecuencia de

la astucia o esfuerzo de los burgueses, sin embargo, no hay nada más alejado de la realidad. El proceso de acu- mulación de capital por parte de los burgueses implicó un despojo y una concentración de la propiedad en las manos de algunos privilegiados, un proceso que se dio de manera violenta y que Marx denominó la acumula- ción originaria. Así los trabajadores despojados y des- plazados se vieron forzados a trabajar a cambio de un salario en un proceso de proletarización.

Hoy en día el modo de producción predominante sigue siendo el modo de producción capitalista, sin embargo, no es el mismo capitalismo que conoció Marx, hoy tene- mos un modo de producción capitalista en su fase glo- balizada y neoliberal. Esto ha implicado cambios en la estructura de clases, por ejemplo, en el caso de nuestro país, la burguesía se ha diversificado internamente y han adquirido predominio ciertos grupos económicos y el capital transnacional. Así mismo la clase trabajadora ha cambiado en su fisionomía, con el aumento de trabaja- dores del sector de servicios y comercio, la disminución del campesinado en relación al proletariado agrícola y otras transformaciones con grandes implicancias como la masiva incorporación de la mujer al mundo del tra- bajo. Estos cambios más que indicar una pérdida de vi- gencia del marxismo como herramienta de análisis, nos deben motivar a profundizar en su estudio para poder comprender cuales son las características que tiene

nuestra sociedad en la actualidad, algo que es necesa- rio para poder profundizar en el desarrollo de nuestra

política.

Lectura recomendada N°4: Trabajo Asalariado

y Capital.

¿QUÉ ES EL COMUNISMO?

El comunismo es quizás de todos los conceptos que hemos estudiado uno de los más conocidos y utilizados, y sin embargo son pocas las veces en que este concepto es utilizado de manera precisa. Es el nombre con el que Marx y Engels definieron el modo de producción que era horizonte de su lucha política, en donde no existen cla- ses sociales, propiedad privada ni el Estado tal como lo conocemos.

En la historia no ha habido ninguna sociedad comunista, aunque se han encontrado indicios que permiten hablar de la existencia de un comunismo primitivo previo a la existencia de la sociedad de clases, en ese periodo to- davía no existía un desarrollo de las fuerzas productivas

que pudiese garantizar el bienestar de la población. Esto no quiere decir que no es posible que exista una socie- dad comunista, esto va a depender del desarrollo de las fuerzas productivas y de la realización de ciertos proce- sos políticos que permitan una transición hacia el co- munismo. Esta transición tiene una fase inicial conocida como socialismo, proceso en que se establece una dicta- dura del proletariado en donde se socializan los medios

de producción y desaparece la propiedad privada. En el socialismo la clase trabajadora tiene el poder político, pero aún siguen existiendo clases sociales y lucha de clases, mientras que en el comunismo ya no existirían clases sociales ni enfrentamiento entre naciones.

El socialismo puede ser considerada la fase inicial del

comunismo. Han existido en la historia distintas na- ciones que han alcanzado el socialismo por la vía de la transformación de la sociedad y el establecimiento de la socialización de los medios de producción. Hoy en día hay distintas naciones que se encuentran en procesos políticos que tienen como objetivo el establecimiento de una sociedad socialista, y que incluso se plantean un horizonte comunista, sin embargo esta es una tarea que no ha estado exenta de dificultades, debido a que sigue existiendo la lucha de clases y el imperialismo que se ha beneficiado del capitalismo.

El comunismo también se caracteriza por la desaparición del Estado. Esto porque el Estado es un instrumento de clase, que tiene la función de ejercer coerción y repro- ducir las relaciones sociales existentes. Sin embargo,

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eso no implica que vaya a desaparecer toda forma de coordinación política, pero esta ya no tendrá un carácter coercitivo.

En el comunismo cada uno de los seres humanos tra-

bajaría según sus capacidades, y así mismo la sociedad retribuiría a ese trabajo teniendo en cuenta sus nece- sidades. Esto porque existirían las condiciones técnicas para garantizar el bienestar de la población, dado que

el desarrollo de la ciencia y la técnica no tendrían como

objetivo la acumulación de capital si no el beneficio de la humanidad.

Quienes somos comunistas creemos que es posible construir una sociedad más justa y sin explotación ni do- minación de ningún tipo. Estamos convencidos de que gran parte de los males de la sociedad tienen su origen en el capitalismo, los valores que promueve y las conse- cuencias de la injusticia y la exclusión de amplios secto- res de la sociedad.

Lectura recomendada N°5: Principios del co- munismo – Friedrich Engels.

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TRES FUENTES Y TRES PARTES INTEGRANTES DEL MARXISMO VLADIMIR LENIN

TRES FUENTES Y TRES PARTES INTEGRANTES DEL MARXISMO

TRES FUENTES Y TRES PARTES INTEGRANTES DEL MARXISMO VLADIMIR LENIN

VLADIMIR LENIN

La doctrina de Marx suscita en todo el mundo civilizado

la mayor hostilidad y el odio de toda la ciencia burguesa (tanto la oficial como la liberal), que ve en el marxismo algo así como una “secta perniciosa”. Y no puede espe- rarse otra actitud, pues en una sociedad que tiene como base la lucha de clases no puede existir una ciencia so- cial “imparcial”. De uno u otro modo, toda la ciencia ofi- cial y liberal defiende la esclavitud asalariada, mientras que el marxismo ha declarado una guerra implacable a esa esclavitud. Esperar que la ciencia sea imparcial en una sociedad de esclavitud asalariada, sería la misma absurda ingenuidad que esperar imparcialidad por parte de los fabricantes en lo que se refiere al problema de si deben aumentarse los salarios de los obreros disminu- yendo los beneficios del capital.

Pero hay más. La historia de la filosofía y la historia de la ciencia social muestran con diáfana claridad que en el marxismo nada hay que se parezca al “sectarismo”, en el sentido de que sea una doctrina fanática, petrificada, surgida al margen de la vía principal que ha seguido el desarrollo de la civilización mundial. Por el contrario, lo genial en Marx es, precisamente, que dio respuesta a los problemas que el pensamiento de avanzada de la hu- manidad había planteado ya. Su doctrina surgió como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.

La doctrina de Marx es omnipotente porque es verda- dera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

Nos detendremos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que constituyen, a la vez, sus partes integran- tes.

I

La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se desarrolló la ba- talla decisiva contra toda la escoria medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el mate- rialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la mojigata hipocresía, etc. Por eso, los enemigos de la democracia empeñaron todos sus esfuerzos para tratar de “refutar”, minar, difamar el ma- terialismo y salieron en defensa de las diversas formas

del idealismo filosófico, que se reduce siempre, de una u otra forma, a la defensa o al apoyo de la religión.

Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base. En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y An- ti-Dühring, que -- al igual que el Manifiesto Comunista -- son los libros de cabecera de todo obrero con concien- cia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones.

Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feu- erbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más com- pleta, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales -- el radio, los electrones, la trasformación de los elemen- tos -- son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses, y sus “nuevos” retornos al viejo y decadente idealismo.

Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la natura- leza al conocimiento de la sociedad humana. El mate- rialismo histórico de Marx es una enorme conquista del

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pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperan hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombro- samente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.

Así como el conocimiento del hombre refleja la natura-

leza (es decir, la materia en desarrollo), que existe in- dependientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas

de los Estados europeos modernos sirven para reforzar

la dominación de la burguesía sobre el proletariado.

creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ga- nancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.

La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx.

El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero tam- bién en la agricultura se observa ese mismo fenómeno, donde la superioridad de la gran agricultura capitalista es acrecentada, aumenta el empleo de maquinaria, y la economía campesina, atrapada por el capital moneta- rio, languidece y se arruina bajo el peso de su técnica atrasada. En la agricultura la decadencia de la pequeña producción asume otras formas, pero es un hecho indis- cutible.

La filosofía de Marx es un materialismo filosófico aca- bado, que ha proporcionado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber.

Al azotar la pequeña producción, el capital lleva al au- mento de la productividad del trabajo y a la creación

de una situación de monopolio para los consorcios de

los grandes capitalistas. La misma producción va adqui- riendo cada vez más un carácter social -- cientos de miles

y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico sistemático --, mientras que un puñado de
II capitalistas se apropia del producto de este trabajo co- lectivo. Se intensifican la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, y se vuelve más insegura la vida de las masas de la población.

Al aumentar la dependencia de los obreros hacia el capi- tal, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto.

Después de haber comprendido que el régimen econó- mico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema económico. La obra principal de Marx, El Ca- pital, está con sagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista.

La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régi- men económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo Marx prosiguió su obra; demostró estric- tamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente nece- sario invertido en su producción.

Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mer- cancías expresa el vínculo establecido a través del mer- cado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital signi- fica un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (sala- rio); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis,

Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los prime- ros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción.

Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un nú- mero cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx.

El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del tra- bajo sobre el capital.

III

Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la “libre” sociedad capitalista, en seguida se puso de ma- nifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, apa- recieron inmediatamente diversas doctrinas socialistas. Sin embargo, el socialismo primitivo era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba,

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la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.

Pero el socialismo utópico no podía indicar una solu-

ción real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, no podía descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad.

Entretanto, las tormentosas revoluciones que en toda Europa, y especialmente en Francia, acompañaron la caída del feudalismo, de la servidumbre, revelaban en forma cada vez más palpable que la base de todo desa- rrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.

Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.

El genio de Marx consiste en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones.

La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.

Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los que abogan por reformas y mejoras se verán siem- pre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de deter- minadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden -- y, por su situación social, deben -- constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.

Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al prole- tariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la

teoría económica de Marx explicó la situación real del

proletariado en el régimen general del capitalismo.

En el mundo entero, desde Norteamérica hasta el Japón y desde Suecia hasta el África del Sur, se multiplican or-

ganizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo

una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el

alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresis- tiblemente.

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PRÓLOGO A LA CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA KARL MARX

PRÓLOGO A LA CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

PRÓLOGO A LA CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA KARL MARX

KARL MARX

Mis estudios profesionales eran los de jurisprudencia, de la que, sin embargo, sólo me preocupé como dis- ciplina secundaria, junto a la filosofía y la historia. En 18421843, siendo redactor de “Gaceta Renana” 1 me vi por primera vez en el trance difícil de tener que opinar sobre los llamados intereses materiales. Los debates de la Dieta renana sobre la tala furtiva y la parcelación de la propiedad de la tierra, la polémica oficial mantenida entre el señor von Schaper, por entonces gobernador de la provincia renana, y Gaceta Renana acerca de la si- tuación de los campesinos de Mosela y, finalmente, los debates sobre el librecambio y el proteccionismo, fue lo que me movió a ocuparme por primera vez de cuestio- nes económicas. Por otra parte, en aquellos tiempos en que el buen deseo de “ir adelante” superaba en mucho el conocimiento de la materia, “Gaceta Renana” dejaba traslucir un eco del socialismo y del comunismo francés, tañido de un tenue matiz filosófico. Yo me declaré en contra de ese trabajo de aficionados, pero confesando al mismo tiempo sinceramente, en una controversia con la “Gaceta General” de Ausburgo 2 que mis estudios hasta ese entonces no me permitían aventurar ningún juicio acerca del contenido propiamente dicho de las tendencias francesas. Con tanto mayor deseo aproveché la ilusión de los gerentes de “Gaceta Renana”, quienes creían que suavizando la posición del periódico iban a conseguir que se revocase la sentencia de muerte ya de- cretada contra él, para retirarme de la escena pública a mi cuarto de estudio.

Mi primer trabajo emprendido para resolver las dudas que me azotaban, fue una revisión crítica de la filoso-

  • 1 Gaceta renana (“Rheinische Zeitung”): diario

radical que se publicó en Colonia en 1842 y 1843. Marx fue su jefe de redacción desde el 15 de octubre de 1842 hasta el 18 de marzo de 1843.

  • 2 Gaceta general (“Allegemeine Zeitung”): diario

alemán reaccionario fundado en 1798; desde 1810 hasta 1882 se editó en Ausburgo. En 1842 publicó una falsificación de las ideas del comunismo y el socialismo utópicos y Marx lo desenmascaró en su artículo “El comunismo y el Allegemei- ne Zeitung de Ausburgo”, que fue publicado en Rheinische Zeitung en octubre de 1842.

fía hegeliana del derecho 3 , trabajo cuya introducción apareció en 1844 en los “Anales francoalemanes” 4 , que

se publicaban en París. Mi investigación me llevó a la conclusión de que, tanto las relaciones jurídicas como

las formas de Estado no pueden comprenderse por sí

mismas ni por la llamada evolución general del espí- ritu humano, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel siguiendo el precedente de los ingleses y france- ses del siglo XVIII, bajo el nombre de “sociedad civil”, y

que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política. En Bruselas a donde me trasladé a consecuencia de una orden de destierro dictada por el señor Guizot proseguí mis estudios de economía política comenzados en París. El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis

estudios puede resumirse así: en la producción social de

su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determi- nada de desarrollo de sus fuerzas productivas mate- riales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser so- cial es lo que determina su conciencia. Al llegar a una

fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas produc- tivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápida-

  • 3 C. Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel.

  • 4 Deutschfranzösische Jahrbücher (“Anales francoale-

manes”): órgano de la propaganda revolucionaria y comunis- ta, editado por Marx en parís, en el año 1844.

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mente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurri- dos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, ar- tísticas o filosóficas, en un a palabra las formas ideoló- gicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que

no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia, sino que , por el con- trario, hay que explicarse esta conciencia por las contra- dicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las con- diciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la huma- nidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, po- demos designar como otras tantas épocas de progreso

en la formación económica de la sociedad el modo de

producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de produc- ción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones ma- teriales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.

Federico Engels, con el que yo mantenía un constante intercambio escrito de ideas desde la publicación de su genial bosquejo sobre la crítica de las categorías econó- micas (en los DeutschFranzösische Jahrbücher) 5 , había llegado por distinto camino (véase su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra) al mismo resultado que yo. Y cuando, en la primavera de 1845, se estableció también en Bruselas, acordamos elaborar en común la contraposición de nuestro punto de vista con el punto de vista ideológico de la filosofía alemana; en realidad, liquidar cuentas con nuestra conciencia filosófica an- terior. El propósito fue realizado bajo la forma de una crítica de la filosofía poshegeliana 6 . El manuscrito dos gruesos volúmenes en octavo ya hacía mucho tiempo que había llegado a su sitio de publicación en Westfa- lia, cuando no enteramos de que nuevas circunstancias imprevistas impedían su publicación. En vista de eso, en-

  • 5 “Anales francoalemanes”

  • 6 Marx y Engels, La ideología alemana.

tregamos el manuscrito a la crítica roedora de los rato- nes, muy de buen grado, pues nuestro objeto principal:

esclarecer nuestras propias ideas, ya había sido logrado. Entre los trabajos dispersos en que por aquel entonces expusimos al público nuestras ideas, bajo unos u otros aspectos, sólo citaré el Manifiesto del Partido Comunista escrito conjuntamente por Engels y por mí, y un Discurso sobre el librecambio, publicado por mí. Los puntos deci- sivos de nuestra concepción fueron expuestos por pri-

mera vez científicamente, aunque sólo en forma polé- mica, en la obra Miseria de la filosofía, etc., publicada por mí en 1847 y dirigida contra Proudhon. La publica- ción de un estudio escrito en alemán sobre el Trabajo asalariado 7 , en el que recogía las conferencias que había dado acerca de este tema en la Asociación Obrera Ale- mana de Bruselas 8 , que interrumpida por la revolución de febrero, que trajo como consecuencia mi alejamiento forzoso de Bélgica.

La publicación de la “Nueva Gaceta Renana” (18481849)

y los acontecimientos posteriores interrumpieron mis

estudios económicos, que no pude reanudar hasta 1850, en Londres. El enorme material sobre la historia de la economía política acumulado en el British Museum, la posición tan favorable que brinda Londres para la obser- vación de la sociedad burguesa y, finalmente, la nueva etapa de desarrollo en que parecía entrar ésta con el descubrimiento del oro en California y en Australia, me impulsaron a volver a empezar desde el principio, abrién- dome paso, de un modo crítico, a través de los nuevos materiales. Estos estudios a veces me llevaban por sí mismos a campos aparentemente alejados y en los que

tenía que detenerme durante más o menos tiempo. Pero lo que sobre todo reducía el tiempo de que disponía era la necesidad imperiosa de trabajar para vivir. Mi colabo- ración desde hace ya ocho años en el primer periódico

angloamericano, el New York Daily Tribune, me obligaba a desperdigar extraordinariamente mis estudios, ya que sólo en casos excepcionales me dedico a escribir para la prensa correspondencias propiamente dichas. Sin em- bargo, los artículos sobre los acontecimientos económi- cos más salientes de Inglaterra y del continente formaba una parte tan importante de mi colaboración, que esto

  • 7 Marx, Trabajo asalariado y capital.

  • 8 La Asociación Obrera Alemana de Bruselas fue

fundada por Marx y Engels a fines de agosto de 1847, con el

fin de educar políticamente a los obreros alemanes residentes en Bélgica y propagar entre ellos las ideas del comunismo científico. Bajo la dirección de Marx, Engels y sus compañe- ros, la sociedad se convirtió en un centro legal de unión de los proletarios revolucionarios alemanes en Bélgica y mantenía contacto directo con los clubes obreros flamencos y valones. Los mejores elementos de la asociación entraron luego en la organización de Bruselas de la Liga de los Comunistas. Las actividades de la Asociación Alemana en Bruselas se suspen- dieron poco después de la revolución burguesa de febrero de 1848 en Francia, debido al arresto y expulsión de sus miem- bros por la policía belga.

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me obligaba a familiarizarme con una serie de detalles de carácter práctico situados fuera de la órbita de la ver- dadera ciencia de la economía política.

Este esbozo sobre la trayectoria de mis estudios en el campo de la economía política tiende simplemente a demostrar que mis ideas, cualquiera que sea el juicio que merezcan, y por mucho que choquen con los pre- juicios interesados de las clases dominantes, son el fruto de largos años de concienzuda investigación. Pero en la puerta de la ciencia, como en la del infierno, debiera es- tamparse esta consigna:

Qui si convien lasciare ogni sospetto; Ogni viltá convien che qui sia morta 9

  • 9 Déjese aquí cuanto sea recelo;/ Mátese aquí cuan- to sea vileza. (Dante, La divina comedia).

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

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MANIFIESTO COMUNISTA (FRAGMENTO), PARTE I: BURGUESES Y PROLETARIOS KARL MARX & FRIEDERICH ENGELS

MANIFIESTO COMUNISTA (FRAGMENTO), PARTE I: BURGUESES Y PROLETARIOS

MANIFIESTO COMUNISTA (FRAGMENTO), PARTE I: BURGUESES Y PROLETARIOS KARL MARX & FRIEDERICH ENGELS

KARL MARX & FRIEDERICH ENGELS

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la ac- tualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.

En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos, dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones. En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y grada- ciones.

La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antago- nismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modali- dades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.

Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemi- gos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros ele- mentos de la burguesía.

El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el inter- cambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al co- mercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás

conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en des- composición.

El régimen feudal o gremial de producción que seguía im- perando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplan- tada por la división del trabajo dentro de cada taller.

Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufac- tura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a re- volucionar el régimen industrial de producción. La ma- nufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los mag- nates de la industria, jefes de grandes ejércitos indus- triales, a los burgueses modernos.

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la nave- gación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se di- lataban la industria, el comercio, la navegación, los fe- rrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus ca- pitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fue- ron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformacio- nes radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.

A cada etapa de avance recorrida por la burguesía co- rresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la bur- guesía forma en la “comuna” una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monar- quías; en la época de la manufactura es el contrapeso

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado represen- tativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simple- mente, el Consejo de administración que rige los intere- ses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del di- nero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mís- tica y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melan- colía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la li- bertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cen- dales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régi- men franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimenta- les que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.

La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraga- nería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no su- pimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empre- sas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de produc- ción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una

inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones in- conmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la bur- guesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la

producción y al consumo de todos los países un sello

cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que

ya no transforman como antes las materias primas del

país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos

productos encuentran salida no sólo dentro de las fron-

teras, sino en todas las partes del mundo. Brotan nece- sidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así

mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece tam- bién con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común.

Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional

van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mer- cancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el ex- tranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régi- men de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.

La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bár- baros y semi-bárbaros a las naciones civilizadas, los pue-

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blos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país. Aglo- mera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política. Territorios antes in- dependientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En el siglo corto que lleva de existencia como clase so- berana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento

de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferroca- rriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de con- tinentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por

ensalmo

¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospe-

... char siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada

por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

Hemos visto que los medios de producción y de trans- porte sobre los cuales se desarrolló la burguesía bro- taron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos

medios de transporte y de producción alcanzaron una

determinada fase en su desarrollo, resultó que las condi- ciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas. Obstruían la producción en vez de fomen- tarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento. Era menester hacerlas saltar, y saltaron.

Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.

Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un es- pectáculo semejante. Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la pro- piedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vi- gente de producción, contra el régimen de la propiedad,

donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis co- merciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad bur- guesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas exis- tentes. En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superpro- ducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la indus-

tria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propie- dad; son ya demasiado poderosas para servir a este ré- gimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el ré- gimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procu- rando explotar más concienzudamente los mercados

antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los me- dios de que dispone para precaverlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.

Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burgue- sía, es decir, el capital, desarrollase también el proleta- riado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta a incremento el capital. El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cam- bios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluc- tuaciones del mercado.

La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo ca- rácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una opera- ción mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y

para perpetuar su raza.

Y ya se sabe que el precio de

una mercancía, y como una de tantas el trabajo, equi- vale a su coste de producción. Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se inten- sifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.

La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate ca- pitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaes- tre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fá- brica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.

Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desa- rrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no rigen para la clase obrera esas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumen- tos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.

Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.

Toda una serie de elementos modestos que venían per- teneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son ab- sorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la pro- ducción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.

El proletariado recorre diversas etapas antes de fortifi- carse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.

Al principio son obreros aislados; luego, los de una fá- brica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que perso- nalmente los explota. Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción, van también contra los

propios instrumentos de la producción; los obreros, su- blevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la situación, ya ente- rrada, del obrero medieval.

En esta primera etapa, los obreros forman una masa

diseminada por todo el país y desunida por la concu-

rrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines polí- ticos propios tiene que poner en movimiento -cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino con- tra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tie- rra, los burgueses no industriales, los pequeños burgue- ses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa.

Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concen- tra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va borrando las dife- rencias y categorías en el trabajo y reduciendo los sala- rios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las cri- sis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesan- tes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las coli- siones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para per- trecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.

Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero tran- sitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir exten- diendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y locali- dades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carác- ter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarri- les, ha creado su unión en unos cuantos años.

Esta organización de los proletarios como clase, que

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tanto vale decir como partido político, se ve minada a

cada momento por la concurrencia desatada entre los

propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.

Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos impulsos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la pro- pia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra política. Y de este modo, le suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.

Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de elemen- tos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas condiciones de vida. Y estos elementos sumi- nistran al proletariado nuevas fuerzas.

Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de cla- ses está a punto de decidirse, es tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pe- queña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.

De todas las clases que hoy se enfrentan con la burgue- sía no hay más que una verdaderamente revolucionaria:

el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su pro- ducto genuino y peculiar.

Los elementos de las clases medias, el pequeño indus- trial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No son, pues, revolucio- narios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia. Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su trán- sito inminente al proletariado; con esa actitud no defien- den sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.

El proletariado andrajoso , esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si

bien las condiciones todas de su vida lo hacen más pro- picio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.

Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norte- américa, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron consolidar las po- siciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades priva- das de los demás.

Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido

movimientos desatados por una minoría o en interés de

una minoría. El movimiento proletario es el movimiento

autónomo de una inmensa mayoría en interés de una

mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los ci- mientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.

Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo na- cional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia burguesía.

Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las inci- dencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el seno de la sociedad vigente hasta el mo- mento en que esta guerra civil desencadena una revolu- ción abierta y franca, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, echa las bases de su poder.

Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opre- soras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando

la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condi-

ciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existen- cia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.

La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asa- lariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí. Los progresos de la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burgue- sía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organiza- ción. Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que pro- duce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables.

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TRABAJO ASALARIADO Y CAPITAL KARL MARX

TRABAJO ASALARIADO Y CAPITAL

TRABAJO ASALARIADO Y CAPITAL KARL MARX

KARL MARX

De diversas partes se nos ha reprochado el que no ha-

yamos expuesto las relaciones económicas que forman la base material de la lucha de clases y de las luchas na- cionales de nuestros días. Sólo hemos examinado inten- cionadamente estas relaciones allí donde se imponían

directamente en las colisiones políticas.

Tratábase, principalmente, de seguir la lucha de clases en la historia cotidiana, y demostrar empíricamente, con los materiales históricos existentes y con los que iban apareciendo todos los días, que con el sojuzgamiento de la clase obrera, protagonista de febrero y marzo, fueron vencidos, al propio tiempo, sus adversarios: en Francia, los republicanos burgueses, y en todo el continente eu- ropeo, las clases burguesas y campesinas en lucha con- tra el absolutismo feudal; que el triunfo de la «república honesta» en Francia fue, al mismo tiempo, la derrota de las naciones que habían respondido a la revolución de febrero con heroicas guerras de independencia; y, final- mente, que con la derrota de los obreros revoluciona- rios, Europa ha vuelto a caer bajo su antigua doble es- clavitud: la esclavitud anglo-rusa. La batalla de junio en París, la caída de Viena, la tragicomedia del noviembre berlinés de 1848, los esfuerzos desesperados de Polo- nia, Italia y Hungría, el sometimiento de Irlanda por el hambre: tales fueron los acontecimientos principales en que se resumió la lucha europea de clases entre la bur- guesía y la clase obrera, y a través de los cuales hemos demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy alejada que parezca estar su meta de la lucha de clases, tiene necesariamente que fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria, que toda reforma social no será más que una utopía mientras la revolución

proletaria y la contrarrevolución feudal no midan sus

armas en una guerra mundial. En nuestra descripción lo mismo que en la realidad, Bélgica y Suiza eran estam- pas de género, caricaturescas y tragicómicas en el gran cuadro histórico: una, el Estado modelo de la monarquía burguesa; la otra, el Estado modelo de la república bur- guesa, y ambas, Estados que se hacen la ilusión de estar tan libres de la, lucha de clases como de la revolución europea.

Ahora que nuestros lectores han visto ya desarrollarse la lucha de clases, durante el año 1848, en formas políticas

gigantescas, ha llegado el momento de analizar más de cerca las relaciones económicas en que descansan por igual la existencia de la burguesía y su dominación de clase, así como la esclavitud de los obreros.

Expondremos en tres grandes apartados:

1) La relación entre el trabajo asalariado y el capital, la esclavitud del obrero, la dominación del capitalista.

2) La inevitable ruina, bajo el sistema actual, de las clases medias burguesas y del llamado estamento campesino.

3) El sojuzgamiento y la explotación comercial de las clases burguesas de las distintas naciones europeas por Inglaterra, el déspota del mercado mundial.

Nos esforzaremos por conseguir que nuestra exposición sea lo más sencilla y popular posible, sin dar por supues- tas ni las nociones más elementales de la Economía Polí-

tica. Queremos que los obreros nos entiendan. Además,

en Alemania reinan una ignorancia y una confusión de conceptos verdaderamente asombrosas acerca de las relaciones económicas más simples, que van desde los

defensores patentados del orden de cosas existente

hasta los taumaturgos socialistas y los genios políticos incomprendidos, que en la desmembrada Alemania abundan todavía más que los «padres de la Patria».

Pasemos, pues, al primer problema: ¿Qué es el salario? ¿Cómo se determina?

Si preguntamos a los obreros qué salario perciben, uno nos contestará: «Mi burgués me paga un marco por la jornada de trabajo»; el otro: «Yo recibo dos marcos», etc. Según las distintas ramas del trabajo a que pertenez- can, nos indicarán las distintas cantidades de dinero que los burgueses respectivos les pagan por la ejecución de una tarea determinada, v.gr., por tejer una vara de lienzo o por componer un pliego de imprenta. Pero, pese a la diferencia de datos, todos coinciden en un punto: el sa- lario es la cantidad de dinero que el capitalista paga por un determinado tiempo de trabajo o por la ejecución de una tarea determinada.

Por tanto, diríase que el capitalista les compra con dinero

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

el trabajo de los obreros. Estos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. Lo que en realidad venden los obreros al capitalista por dinero es su fuerza de trabajo. El capitalista compra esta fuerza de trabajo por un día, una semana, un mes, etc. Y, una vez comprada, la consume, haciendo que los obreros traba- jen durante el tiempo estipulado. Con el mismo dinero con que les compra su fuerza de trabajo, por ejemplo, con los dos marcos, el capitalista podría comprar dos li- bras de azúcar o una determinada cantidad de otra mer- cancía cualquiera. Los dos marcos con los que compra dos libras de azúcar son el precio de las dos libras de azúcar. Los dos marcos con los que compra doce horas de uso de la fuerza de trabajo son el precio de un trabajo de doce horas. La fuerza de trabajo es, pues, una mer- cancía, ni más ni menos que el azúcar. Aquélla se mide con el reloj, ésta, con la balanza.

Los obreros cambian su mercancía, la fuerza de tra-

bajo, por la mercancía del capitalista, por el dinero y este cambio se realiza guardándose una determinada

proporción: tanto dinero por tantas horas de uso de

la fuerza de trabajo. Por tejer durante doce horas, dos marcos. Y estos dos marcos, ¿no representan todas las demás mercancías que pueden adquirirse por la misma cantidad de dinero? En realidad, el obrero ha cambiado su mercancía, la fuerza de trabajo, por otras mercancías de todo género, y siempre en una determinada propor- ción. Al entregar dos marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo, la cantidad correspon- diente de carne, de ropa, de leña, de luz, etc. Por tanto, los dos marcos expresan la proporción en que la fuerza de trabajo se cambia por otras mercancías, o sea el valor de cambio de la fuerza de trabajo. Ahora bien, el valor de cambio de una mercancía, expresado en dinero, es precisamente su precio. Por consiguiente, el salario no es más que un nombre especial con que se designa el precio de la fuerza de trabajo, o lo que suele llamarse precio del trabajo, el nombre especial de esa peculiar mercancía que sólo toma cuerpo en la carne y la sangre del hombre.

Tomemos un obrero cualquiera, un tejedor, por ejem- plo. El capitalista le suministra el telar y el hilo. El teje-

dor se pone a trabajar y el hilo se convierte en lienzo.

El capitalista se adueña del lienzo y lo vende en veinte

marcos, por ejemplo. ¿Acaso el salario del tejedor re- presenta una parte del lienzo, de los veinte marcos, del producto de su trabajo? Nada de eso. El tejedor recibe su salario mucho antes de venderse el lienzo, tal vez mucho antes de que haya acabado el tejido. Por tanto, el capitalista no paga este salario con el dinero que ha de obtener del lienzo, sino de un fondo de dinero que tiene en reserva. Las mercancías entregadas al tejedor a cam- bio de la suya, de la fuerza de trabajo, no son productos de su trabajo, del mismo modo que no lo son el telar y el hilo que el burgués le ha suministrado. Podría ocurrir que el burgués no encontrase ningún comprador para su lienzo. Podría ocurrir también que no se reembolsase

con el producto de su venta ni el salario pagado. Y puede ocurrir también que lo venda muy ventajosamente, en comparación con el salario del tejedor. Al tejedor todo esto le tiene sin cuidado. El capitalista, con una parte de la fortuna de que dispone, de su capital, compra la fuerza de trabajo del tejedor, exactamente lo mismo que con otra parte de la fortuna ha comprado las mate- rias primas —el hilo— y el instrumento de trabajo —el telar—. Una vez hechas estas compras, entre las que fi- gura la de la fuerza de trabajo necesaria para elaborar el lienzo, el capitalista produce ya con materias primas e instrumentos de trabajo de su exclusiva pertenencia. Entre los instrumentos de trabajo va incluido también, naturalmente, nuestro buen tejedor, que participa en el

producto o en el precio del producto en la misma me-

dida que el telar; es decir, absolutamente en nada.

Por tanto, el salario no es la parte del obrero en la mer- cancía por él producida. El salario es la parte de la mer- cancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva.

La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía que su pro- pietario, el obrero asalariado, vende al capital. ¿Para qué la vende? Para vivir.

Ahora bien, la fuerza de trabajo en acción, el trabajo mismo, es la propia actividad vital del obrero, la manifes- tación misma de su vida. Y esta actividad vital la vende a otro para asegurarse los medios de vida necesarios. Es decir, su actividad vital no es para él más que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. El obrero ni siquiera considera el trabajo parte de su vida; para él es más bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha adju- dicado a un tercero. Por eso el producto de su actividad no es tampoco el fin de esta actividad. Lo que el obrero produce para sí no es la seda que teje ni el oro que ex- trae de la mina, ni el palacio que edifica. Lo que produce para sí mismo es el salario; y la seda, el oro y el palacio se reducen para él a una determinada cantidad de medios de vida, si acaso a una chaqueta de algodón, unas mone- das de cobre y un cuarto en un sótano. Y para el obrero que teje, hila, taladra, tornea, construye, cava, machaca piedras, carga, etc., por espacio de doce horas al día, ¿son estas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, cavar y machacar piedras la manifestación de su vida, su vida misma? Al contrario. Para él, la vida co- mienza allí donde terminan estas actividades, en la mesa de su casa, en el banco de la taberna, en la cama. Las doce horas de trabajo no tienen para él sentido alguno en cuanto a tejer, hilar, taladrar, etc., sino solamente como medio para ganar el dinero que le permite sen- tarse a la mesa o en el banco de la taberna y meterse en la cama. Si el gusano de seda hilase para ganarse el sus- tento como oruga, sería un auténtico obrero asalariado. La fuerza de trabajo no ha sido siempre una mercancía. El trabajo no ha sido siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su

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trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para siempre, con su fuerza de trabajo, a su dueño. Es una mercancía que puede pasar de manos de un dueño a manos de otro. El es una mercancía, pero su fuerza de trabajo no es una mercancía suya. El siervo de la gleba sólo vende una parte de su fuerza de trabajo. No es él quien obtiene un salario del propietario del suelo; por el contrario, es éste, el propietario del suelo, quien percibe de él un tributo.

El siervo de la gleba es un atributo del suelo y rinde frutos al dueño de éste. En cambio, el obrero libre se vende él mismo y además, se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario de las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida; es decir, al capitalista. El obrero no pertenece a ningún propietario ni está adscrito al suelo, pero las 8, 10, 12, 15 horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra. El obrero, en cuanto quiera, puede dejar al capitalista a quien se ha alquilado, y el capitalista le despide cuando se le antoja, cuando ya no le saca provecho alguno o no le saca el provecho que había calculado. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la venta de su fuerza de trabajo, no puede desprenderse de toda la clase de los compradores, es decir, de la clase de los capitalistas, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto, y es incumbencia suya encontrar un patrono, es decir, encon- trar dentro de esta clase capitalista un comprador.

Antes de pasar a examinar más de cerca la relación entre el capital y el trabajo asalariado, expondremos breve- mente los factores más generales que intervienen en la determinación del salario.

El salario es, como hemos visto, el precio de una deter- minada mercancía, de la fuerza de trabajo. Por tanto, el salario se halla determinado por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier otra mercancía.

Ahora bien, nos preguntamos: ¿Cómo se determina el precio de una mercancía? ¿Qué es lo que determina el precio de una mercancía?

Es la competencia entre compradores y vendedores, la relación entre la demanda y la oferta, entre la apetencia y la oferta. La competencia que determina el precio de una mercancía tiene tres aspectos.

La misma mercancía es ofrecida por diversos vendedo-

res. Quien venda mercancías de igual calidad a precio más barato, puede estar seguro de que eliminará del campo de batalla a los demás vendedores y se asegurará mayor venta. Por tanto, los vendedores se disputan mu- tuamente la venta, el mercado. Todos quieren vender, vender lo más que puedan, y, si es posible, vender ellos

solos, eliminando a los demás. Por eso unos venden más barato que otros. Tenemos, pues, una competencia entre vendedores, que abarata el precio de las mercan- cías puestas a la venta.

Pero hay también una competencia entre compradores, que a su vez, hace subir el precio de las mercancías pues- tas a la venta.

Y, finalmente, hay la competencia entre compradores y vendedores; unos quieren comprar lo más barato posi-

ble, otros vender lo más caro que puedan. El resultado

de esta competencia entre compradores y vendedores dependerá de la relación existente entre los dos aspec-

tos de la competencia mencionada más arriba; es decir, de que predomine la competencia entre las huestes de los compradores o entre las huestes de los vendedores. La industria lanza al campo de batalla a dos ejércitos contendientes, en las filas de cada uno de los cuales se libra además una batalla intestina. El ejército cuyas tro- pas se pegan menos entre sí es el que triunfa sobre el otro.

Supongamos que en el mercado hay 100 balas de algo- dón y que existen compradores para 1.000 balas. En este caso, la demanda es, como vemos, diez veces mayor que la oferta. La competencia entre los compradores será, por tanto, muy grande; todos querrán conseguir una bala, y si es posible las cien. Este ejemplo no es ninguna suposición arbitraria. En la historia del comercio hemos asistido a períodos de mala cosecha algodonera, en que unos cuantos capitalistas coligados pugnaban por com- prar, no ya cien balas, sino todas las reservas de algodón de la tierra. En el caso que citamos, cada comprador pro- curará, por tanto, desalojar al otro, ofreciendo un pre- cio relativamente mayor por cada bala de algodón. Los vendedores, que ven a las fuerzas del ejército enemigo empeñadas en una rabiosa lucha intestina y que tienen segura la venta de todas sus cien balas, se guardarán muy mucho de irse a las manos para hacer bajar los pre- cios del algodón, en un momento en que sus enemigos se desviven por hacerlos subir. Se hace, pues, a escape, la paz entre las huestes de los vendedores. Estos se en- frentan como un solo hombre con los compradores, se cruzan olímpicamente de brazos. Y sus exigencias no tendrían límite si no lo tuvieran, y muy concreto, hasta las ofertas de los compradores más insistentes.

Por tanto, cuando la oferta de una mercancía es infe- rior a su demanda, la competencia entre los vendedo- res queda anulada o muy debilitada. Y en la medida en que se atenúa esta competencia, crece la competencia entablada entre los compradores. Resultado: alza más o menos considerable de los precios de las mercancías.

Con mayor frecuencia se da, como es sabido, el caso inverso, y con inversos resultados: exceso considerable de la oferta sobre la demanda; competencia desespe- rada entre los vendedores; falta de compradores; lanza- miento de las mercancías al malbarato.

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

Pero, ¿qué significa eso del alza y la baja de los precios? ¿Qué quiere decir precios altos y precios bajos? Un

grano de arena es alto si se le mira al microscopio, y, comparada con una montaña. una torre resulta baja. Si

el precio está determinado por la relación entre la oferta

y la demanda, ¿qué es lo que determina esta relación entre la oferta y la demanda?

Preguntemos al primer burgués que nos salga al paso. No separará a meditar ni un instante, sino que, cual nuevo Alejandro Magno, cortará este nudo metafísico 10 con la tabla de multiplicar. Nos dirá: si el fabricar la mer- cancía que vendo me ha costado cien marcos y la vendo por 110 —pasado un año, se entiende—, esta ganancia es una ganancia moderada, honesta y decente. Si ob- tengo, a cambio de esta mercancía, 120, 130 marcos, será ya una ganancia alta; y si consigo hasta 200 mar- cos, la ganancia será extraordinaria, enorme. ¿Qué es lo que le sirve a nuestro burgués de criterio para medir la ganancia? El coste de producción de su mercancía. Si a cambio de esta mercancía obtiene una cantidad de otras mercancías cuya producción ha costado menos, pierde. Si a cambio de su mercancía obtiene una cantidad de otras mercancías cuya producción ha costado más, gana. Y calcula la baja o el alza de su ganancia por los grados que el valor de cambio de su mercancía acusa por de- bajo o por encima de cero, por debajo o por encima del coste de producción.

Hemos visto que la relación variable entre la oferta y la demanda lleva aparejada tan pronto el alza como la baja de los precios determina tan pronto precios altos como precios bajos. Si el precio de una mercancía sube con- siderablemente, porque la oferta baje o porque crezca desproporcionadamente la demanda, con ello necesa- riamente bajará en proporción el precio de cualquier otra mercancía, pues el precio de una mercancía no hace más que expresar en dinero la proporción en que otras mercancías se entregan a cambio de ella. Si, por ejemplo, el precio de una vara de seda sube de cinco marcos a seis, bajará el precio de la plata en relación con la seda, y asimismo disminuirá, en proporción con ella, el precio de todas las demás mercancías que sigan costando igual que antes. Para obtener la misma canti- dad de seda ahora habrá que dar a cambio una cantidad mayor de aquellas otras mercancías. ¿Qué ocurrirá al subir el precio de una mercancía? Una masa de capitales afluirá a la rama industrial floreciente, y esta afluencia

de capitales al campo de la industria favorecida durará hasta que arroje las ganancias normales; o más exacta- mente, hasta que el precio de sus productos descienda, empujado por la superproducción, por debajo del coste de producción.

  • 10 Alusión a la leyenda del complicado nudo con

que Gordio, rey de Frigia, unió el yugo al timón de su carro; según la predicción de un oráculo, quien lo desanudase sería el soberano de Asia; Alejandro de Macedonia, después de varias tentativas infructuosas, lo cortó con su espada.

Y viceversa. Si el precio de una mercancía desciende por debajo de su coste de producción, los capitales se retrae- rán de la producción de esta mercancía. Exceptuando el

caso en que una rama industrial no corresponda ya a la época, y, por tanto, tenga que desaparecer, esta huida de los capitales irá reduciendo la producción de aquella mercancía, es decir, su oferta, hasta que corresponda a la demanda, y, por tanto, hasta que su precio vuelva a levantarse al nivel de su coste de producción, o, mejor dicho, hasta que la oferta sea inferior a la demanda; es decir, hasta que su precio rebase nuevamente su coste de producción, pues el precio corriente de una mercan- cía es siempre inferior o superior a su coste de produc-

ción.

Vemos que los capitales huyen o afluyen constante- mente del campo de una industria al de otra. Los precios altos determinan una afluencia excesiva, y los precios bajos, una huida exagerada.

Podríamos demostrar también, desde otro punto de vista, cómo el coste de producción determina, no sólo la oferta, sino también la demanda. Pero esto nos desviaría demasiado de nuestro objetivo.

Acabamos de ver cómo las oscilaciones de la oferta y

la demanda vuelven a reducir siempre el precio de una mercancía a su coste de producción. Es cierto que el pre- cio real de una mercancía es siempre superior o inferior

al coste de producción, pero el alza y la baja se compen- san mutuamente, de tal modo que, dentro de un deter- minado período de tiempo, englobando en el cálculo el flujo y el reflujo de la industria, puede afirmarse que las mercancías se cambian unas por otras con arreglo a su coste de producción, y su precio se determina, consi- guientemente, por aquél.

Esta determinación del precio por el coste de produc-

ción no debe entenderse en el sentido en que la en- tienden los economistas. Los economistas dicen que el precio medio de las mercancías equivale al coste de producción; que esto es la ley. Ellos consideran como obra del azar el movimiento anárquico en que el alza se nivela con la baja y ésta con el alza. Con el mismo derecho podría considerarse, como lo hacen en efecto

otros economistas, que estas oscilaciones son la ley, y la determinación del precio por el coste de producción, fruto del azar. En realidad, si se las examina de cerca. se ve que estas oscilaciones acarrean las más espantosas desolaciones y son como terremotos que hacen estre- mecerse los fundamentos de la sociedad burguesa. son las únicas que en su curso determinan el precio por el coste de producción. El movimiento conjunto de este desorden es su orden. En el transcurso de esta anarquía industrial, en este movimiento cíclico, la concurrencia se encarga de compensar, como si dijésemos, una extrava- gancia con otra.

Vemos, pues, que el precio de una mercancía se deter- mina por su coste de producción, de modo que las épo-

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cas en que el precio de esta mercancía rebasa el coste de producción se compensan con aquellas en que queda por debajo de este coste de producción, y viceversa. Claro está que esta norma no rige para un producto in- dustrial concreto, sino solamente para la rama industrial entera. No rige tampoco, por tanto, para un solo indus- trial, sino únicamente para la clase entera de los indus- triales.

La determinación del precio por el coste de producción

equivale a la determinación del precio por el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía,

pues el coste de producción está formado:

1) por las materias primas y el desgaste de los instrumen- tos, es decir, por productos industriales cuya fabricación ha costado una determinada cantidad de jornadas de trabajo y que representan, por tanto, una determinada cantidad de tiempo de trabajo. y

2)

por

el

trabajo

directo; cuya medida es también el

tiempo. Las mismas leyes generales que regulan el precio de las mercancías en general regulan también, naturalmente, el salario, el precio del trabajo. La remuneración del trabajo subirá o bajará según la re-

lación entre la demanda y la oferta, según el cariz que

presente la competencia entre los compradores de la

fuerza de trabajo, los capitalistas, y los vendedores de la fuerza de trabajo, los obreros. A las oscilaciones de los precios de las mercancías en general les corresponden las oscilaciones del salario. Pero, dentro de estas oscila- ciones, el precio del trabajo se hallará determinado por el coste de producción, por el tiempo de trabajo nece- sario para producir esta mercancía, que es la fuerza de trabajo.

Ahora bien, ¿cuál es el coste de producción de la fuerza de trabajo?

Es lo que cuesta sostener al obrero como tal obrero y educarlo para este oficio.

Por tanto, cuanto menos tiempo de aprendizaje exija un trabajo, menor será el coste de producción del obrero, más bajo el precio de su trabajo, su salario. En las ramas industriales que no exigen apenas tiempo de apren- dizaje, bastando con la mera existencia corpórea del obrero, el coste de producción de éste se reduce casi ex- clusivamente a las mercancías necesarias para que aquél pueda vivir en condiciones de trabajar. Por tanto, aquí el precio de su trabajo estará determinado por el precio de los medios de vida indispensables.

Pero hay que tener presente, además, otra circunstan- cia.

El fabricante, al calcular su coste de producción, y con arreglo a él el precio de los productos, incluye en el cál-

culo el desgaste de los instrumentos de trabajo. Si una máquina le cuesta, por ejemplo, mil marcos y se des- gasta totalmente en diez años, agregará cien marcos cada año al precio de las mercancías fabricadas, para, al cabo de los diez años, poder sustituir la máquina ya ago- tada, por otra nueva. Del mismo modo hay que incluir en el coste de producción de la fuerza de trabajo simple el coste de procreación que permite a la clase obrera estar en condiciones de multiplicarse y de reponer los obreros agotados por otros nuevos. El desgaste del obrero entra, por tanto, en los cálculos, ni más ni menos que el des- gaste de las máquinas.

Por tanto, el coste de producción de la fuerza de tra- bajo simple se cifra siempre en los gastos de existen- cia y reproducción del obrero. El precio de este coste de existencia y reproducción es el que forma el salario. El salario así determinado es lo que se llama el salario mínimo. Al igual que la determinación del precio de las mercancías en general por el coste de producción, este salario mínimo no rige para el individuo, sino para la es- pecie. Hay obreros, millones de obreros, que no ganan lo necesario para poder vivir y procrear; pero el salario de la clase obrera en conjunto se nivela, dentro de sus oscilaciones, sobre la base de este mínimo.

Ahora, después de haber puesto en claro las leyes gene- rales que regulan el salario, al igual que el precio de cual- quier otra mercancía, ya podemos entrar de un modo más concreto en nuestro tema.

El capital está formado por materias primas, instrumen- tos de trabajo y medios de vida de todo género que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida. Todas estas partes integrantes del capital son hijas del trabajo, productos del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de medio de nueva producción es el capital.

Así dicen los economistas.

¿Qué es un esclavo negro? Un hombre de la raza negra. Una explicación vale tanto como la otra.

Un negro es un negro. Sólo en determinadas condicio- nes se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algo- dón es una máquina para hilar algodón. Sólo en deter- minadas condiciones se convierte en capital. Arrancada a estas condiciones, no tiene nada de capital, del mismo modo que el oro no es de por sí dinero, ni el azúcar el precio del azúcar.

En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de

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ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción.

Estas relaciones sociales que contraen los productores entre sí, las condiciones en que intercambian sus activi- dades y toman parte en el proceso conjunto de la pro- ducción variarán, naturalmente según el carácter de los medios de producción. Con la invención de un nuevo ins- trumento de guerra, el arma de fuego, hubo de cambiar forzosamente toda la organización interna de los ejérci- tos. cambiaron las relaciones dentro de las cuales forma- ban los individuos un ejército y podían actuar como tal, y cambió también la relación entre los distintos ejércitos.

Las relaciones sociales en las que los individuos produ- cen, las relaciones sociales de producción, cambian, por tanto, se transforman, al cambiar y desarrollarse los me- dios materiales de producción, las fuerzas productivas. Las relaciones de producción forman en conjunto lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y concre- tamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la so- ciedad burguesa, son otros tantos conjuntos de relacio- nes de producción, cada uno de los cuales representa, a la vez, un grado especial de desarrollo en la historia de la humanidad.

También el capital es una relación social de producción. Es una relación burguesa de producción, una relación de producción de la sociedad burguesa. Los medios de vida, los instrumentos de trabajo, las materias primas que componen el capital, ¿no han sido producidos y acumulados bajo condiciones sociales dadas, en deter- minadas relaciones sociales? ¿No se emplean para un nuevo proceso de producción bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿Y no es precisamente este carácter social determinado el que convierte en capital los productos destinados a la nueva producción?

El capital no se compone solamente de medios de vida, instrumentos de trabajo y materias primas, no se com- pone solamente de productos materiales; se compone igualmente de valores de cambio. Todos los productos que lo integran son mercancías. El capital no es, pues, solamente una suma de productos materiales; es una suma de mercancías, de valores de cambio, de magni- tudes sociales.

El capital sigue siendo el mismo, aunque sustituyamos la lana por algodón, el trigo por arroz, los ferrocarriles por vapores, a condición de que el algodón, el arroz y los va- pores —el cuerpo del capital— tengan el mismo valor de cambio, el mismo precio que la lana, el trigo y los ferro- carriles en que antes se encarnaba. El cuerpo del capital es susceptible de cambiar constantemente, sin que por eso sufra el capital la menor alteración.

Pero, si todo capital es una suma de mercancías, es decir,

de valores de cambio, no toda suma de mercancías, de valores de cambio, es capital.

Toda suma de valores de cambio es un valor de cambio. Todo valor de cambio concreto es una suma de valores de cambio. Por ejemplo, una casa que vale mil marcos es un valor de cambio de mil marcos. Una hoja de papel que valga un pfennig, es una suma de valores de cambio de fennig.

Los productos susceptibles de ser cambiados por otros productos son mercancías. La proporción concreta en que pueden cambiarse constituye su valor de cambio, o, si se expresa en dinero, su precio. La cantidad de estos productos no altera para nada su destino de mercancías, de ser un valor de cambio o de tener un determinado precio. Sea grande o pequeño, un árbol es siempre un árbol. Por el hecho de cambiar hierro por otros produc- tos en medias onzas o en quintales, ¿cambia su carácter de mercancía, de valor de cambio? Lo único que hace el volumen es dar a una mercancía mayor o menor valor, un precio más alto o más bajo.

Ahora bien, ¿cómo se convierte en capital una suma de mercancías, de valores de cambio?

Por el hecho de que, en cuanto fuerza social indepen- diente, es decir, en cuanto fuerza en poder de una parte de la sociedad, se conserva y aumenta por medio del in- tercambio con la fuerza de trabajo inmediata, viva. La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital.

Sólo el dominio del trabajo acumulado, pretérito, ma- terializado sobre el trabajo inmediato, vivo, convierte el trabajo acumulado en capital.

El capital no consiste en que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo como medio para nueva producción. Con- siste en que el trabajo vivo sirva al trabajo acumulado

como medio para conservar y aumentar su valor de cam-

bio.

¿Qué acontece en el intercambio entre el capitalista y el obrero asalariado?

El obrero obtiene a cambio de su fuerza de trabajo me- dios de vida, pero, a cambio de estos medios de vida de su propiedad, el capitalista adquiere trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que da al trabajo acumulado un mayor valor del que antes poseía. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de vida? Para su consumo inmediato. Pero, al consumir los medios de vida de que dispongo, los pierdo irreparable- mente, a no ser que emplee el tiempo durante el cual me mantienen estos medios de vida en producir otros, en crear con mi trabajo, mientras los consumo, en vez

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de los valores destruidos al consumirlos, otros nuevos. Pero esta noble fuerza reproductiva del trabajo es preci- samente la que el obrero cede al capital, a cambio de los medios de vida que éste le entrega. Al cederla, se queda, pues, sin ella.

Pongamos un ejemplo. Un granjero abona a su jornalero cinco silbergroschen por día. Por los cinco silbergros- chen el jornalero trabaja la tierra del granjero durante un día entero, asegurándole con su trabajo un ingreso de diez silbergroschen. El granjero no sólo recobra los valores que cede al jornalero, sino que los duplica. Por tanto, invierte, consume de un modo fecundo, produc- tivo. los cinco silbergroschen que paga al jornalero. Por estos cinco silbergroschen compra precisamente el tra- bajo y la fuerza del jornalero, que crean productos del campo por el doble de valor y convierten los cinco sil- bergroschen en diez. En cambio, el jornalero obtiene en vez de su fuerza productiva, cuyos frutos ha cedido al granjero, cinco silbergroschen, que cambia por medios de vida, los cuales se han consumido de dos modos:

reproductivamente para el capital, puesto que éste los cambia por una fuerza de trabajo [*] que produce diez silbergroschen; improductivamente para el obrero, pues los cambia por medios de vida que desaparecen para siempre y cuyo valor sólo puede recobrar repitiendo el cambio anterior con el granjero. Por consiguiente, el ca- pital presupone el trabajo asalariado, y éste, el capital. Ambos se condicionan y se engendran recíprocamente.

Un obrero de una fábrica algodonera ¿produce sola- mente tejidos de algodón? No, produce capital. Produce valores que sirven de nuevo para mandar sobre su tra- bajo y crear, por medio de éste, nuevos valores.

El capital sólo puede aumentar cambiándose por fuerza de trabajo, engendrando el trabajo asalariado. Y la fuerza de trabajo del obrero asalariado sólo puede cambiarse por capital acrecentándolo, fortaleciendo la potencia de que es esclava. El aumento del capital es, por tanto, au- mento del proletariado, es decir, de la clase obrera.

El interés del capitalista y del obrero es, por consiguiente, el mismo, afirman los burgueses y sus economistas. En efecto, el obrero perece si el capital no le da empleo. El capital perece si no explota la fuerza de trabajo, y, para explotarla, tiene que comprarla. Cuanto más velozmente crece el capital destinado a la producción, el capital pro- ductivo, y, por consiguiente, cuanto más próspera es la industria, cuanto más se enriquece la burguesía, cuanto mejor marchan los negocios, más obreros necesita el ca- pitalista y más caro se vende el obrero.

Por consiguiente, la condición imprescindible para que la situación del obrero sea tolerable es que crezca con la mayor rapidez posible el capital productivo.

Pero, ¿qué significa el crecimiento del capital produc- tivo? Significa el crecimiento del poder del trabajo acu- mulado sobre el trabajo vivo. El aumento de la domi-

nación de la burguesía sobre la clase obrera. Cuando el trabajo asalariado produce la riqueza extraña que le domina, la potencia enemiga suya, el capital, refluyen a él, emanados de éste, medios de trabajo, es decir, me-

dios de vida, a condición de que se convierta de nuevo en parte integrante del capital, en palanca que le haga

crecer de nuevo con ritmo acelerado

Decir que los intereses del capital y los intereses de los obreros son los mismos, equivale simplemente a decir que el capital y el trabajo asalariado son dos aspectos de una misma relación. El uno se halla condicionado por el otro, como el usurero por el derrochador, y viceversa.

Mientras el obrero asalariado es obrero asalariado, su suerte depende del capital. He ahí la tan cacareada co- munidad de intereses entre el obrero y el capitalista.

Al crecer el capital, crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de obreros asalariados; en una palabra, la dominación del capital se extiende a una masa mayor de individuos. Y, suponiendo el caso más favorable: al crecer el capital productivo, crece la demanda de trabajo y crece también, por tanto, el precio del trabajo, el sa- lario.

Sea grande o pequeña una casa, mientras las que la ro- dean son también pequeñas cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto a una casa pe- queña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza. La casa pequeña indica ahora que su morador no tiene exigen- cias, o las tiene muy reducidas; y, por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso en mayor proporción, el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes.

Un aumento sensible del salario presupone un creci- miento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero, y con el nivel de desarrollo de la sociedad en general. Nuestras necesida- des y nuestros goces tienen su fuente en la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carác- ter social, son siempre relativos.

El salario no se determina solamente, en general, por la cantidad de mercancías que pueden obtenerse a cambio de él. Encierra diferentes relaciones.

Lo que el obrero percibe, en primer término, por su fuerza de trabajo, es una determinada cantidad de di- nero. ¿Acaso el salario se halla determinado exclusiva-

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

mente por este precio en dinero?

En el siglo XVI, a consecuencia del descubrimiento en América de minas más ricas y más fáciles de explotar, aumentó el volumen de oro y plata que circulaba en Eu- ropa. El valor del oro y la plata bajó, por tanto, en re- lación con las demás mercancías. Los obreros seguían cobrando por su fuerza de trabajo la misma cantidad de plata acuñada. El precio en dinero de su trabajo seguía siendo el mismo, y, sin embargo, su salario había dismi- nuido, pues a cambio de esta cantidad de plata, obtenían ahora una cantidad menor de otras mercancías. Fue ésta una de las circunstancias que fomentaron el incremento del capital y, el auge de la burguesía en el siglo XVI.

Tomemos otro caso. En el invierno de 1847, a conse- cuencia de una mala cosecha, subieron considerable- mente los precios de los artículos de primera necesidad:

el trigo, la carne, la mantequilla, el queso, etc. Supo- niendo que los obreros hubiesen seguido cobrando por su fuerza de trabajo la misma cantidad de dinero que antes, ¿no habrían disminuido sus salarios? Indudable- mente. A cambio de la misma cantidad de dinero obte- nían menos pan, menos carne, etc. Sus salarios bajaron, no porque hubiese disminuido el valor de la plata, sino porque aumentó el valor de los víveres.

Finalmente, supongamos que la expresión monetaria del precio del trabajo siga siendo el mismo, mientras que todas las mercancías agrícolas y manufacturadas bajan de precio, merced a la aplicación de nueva maquinaria, a la estación más favorable, etc. Ahora, por el mismo dinero los obreros podrán comprar más mercancías de todas clases. Su salario, por tanto, habrá aumentado, precisamente por no haberse alterado su valor en di- nero.

Como vemos, la expresión monetaria del precio del tra- bajo, el salario nominal, no coincide con el salario real, es decir, con la cantidad de mercancías que se obtie- nen realmente a cambio del salario. Por consiguiente, cuando hablamos del alza o de la baja del salario. no de- bemos fijarnos solamente en la expresión monetaria del precio del trabajo, en el salario nominal.

Pero, ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, o sea, la cantidad de mercancías que puede com- prar con este dinero, agotan las relaciones que encierra el salario.

El salario se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio obte- nido por el capitalista: es un salario relativo, proporcio- nal.

El salario real expresa el precio del trabajo en relación con el precio de las demás mercancías; el salario relativo acusa, por el contrario, la parte del nuevo valor creado por el trabajo, que percibe el trabajo directo, en propor-

ción a la parte del valor que se incorpora al trabajo acu- mulado, es decir, al capital.

Decíamos más arriba, en la pág. 14 11 : «El salario no es la parte del obrero en la mercancía por él producida. El salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva. Pero el capitalista tiene que reponer nuevamente este salario, incluyéndolo en el precio por el que vende el producto creado por el obrero; y tiene que reponerlo de tal modo, que, des- pués de cubrir el coste de producción desembolsado, le quede además, por regla general, un remanente, una ga- nancia. El precio de venta de la mercancía producida por el obrero se divide para el capitalista en tres partes: la primera, para reponer el precio desembolsado en com- prar materias primas, así como para reponer el desgaste de las herramientas, máquinas y otros instrumentos de trabajo adelantados por él; la segunda, para reponer los salarios por él adelantados, y la tercera, el remanente que queda después de saldar las dos partes anteriores, la ganancia del capitalista. Mientras que la primera parte se limita a reponer valores que ya existían, es evidente que tanto la suma destinada a reembolsar los salarios abonados como el remanente que forma la ganancia del

capitalista salen en su totalidad del nuevo valor creado

por el trabajo del obrero y añadido a las materias pri- mas. En este sentido, podemos considerar tanto el sa- lario como la ganancia, para compararlos entre sí, como partes del producto del obrero.

Puede ocurrir que el salario real continúe siendo el mismo e incluso que aumente, y, no obstante, disminuya el salario relativo. Supongamos, por ejemplo, que el pre- cio de todos los medios de vida baja en dos terceras par- tes, mientras que el salario diario sólo disminuye en un tercio, de tres marcos a dos, v. gr. Aunque el obrero, con estos dos marcos, podrá comprar una cantidad mayor de mercancías que antes con tres, su salario habrá dis- minuido, en relación con la ganancia obtenida por el capitalista. La ganancia del capitalista (por ejemplo, del fabricante) ha aumentado en un marco; es decir, que ahora el obrero, por una cantidad menor de valores de cambio, que el capitalista le entrega, tiene que producir una cantidad mayor de estos mismos valores. La parte obtenida por el capital aumenta en comparación con la del trabajo. La distribución de la riqueza social entre el capital y el trabajo es ahora todavía más desigual que antes. El capitalista manda con el mismo capital sobre una cantidad mayor de trabajo. El poder de la clase de los capitalistas sobre la clase obrera ha crecido, la situa- ción social del obrero ha empeorado, ha descendido un grado más en comparación con la del capitalista .

¿Cuál es la ley general que rige el alza y la baja del salario y la ganancia, en sus relaciones mutuas?

Se hallan en razón inversa. La parte de que se apropia el

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capital, la ganancia, aumenta en la misma proporción en que disminuye la parte que le toca al trabajo, el salario, y viceversa. La ganancia aumenta en la medida en que disminuye el salario y disminuye en la medida en que éste aumenta.

Se objetará acaso que el capital puede obtener ganancia cambiando ventajosamente sus productos con otros ca- pitalistas, cuando aumenta la demanda de su mercancía,

sea mediante la apertura de nuevos mercados, sea al au- mentar momentáneamente las necesidades en los mer-

cados antiguos. etc.; que, por tanto. las ganancias de un

capitalista pueden aumentar a costa de otros capitalis-

tas, independientemente del alza o baja del salario, del valor de cambio de la fuerza de trabajo; que las ganan- cias del capitalista pueden aumentar también mediante el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, la nueva aplicación de las fuerzas naturales, etc.

En primer lugar, se reconocerá que el resultado sigue siendo el mismo, aunque se alcance por un camino in- verso. Es cierto que la ganancia no habrá aumentado porque haya disminuido el salario. pero el salario habrá disminuido por haber aumentado la ganancia. Con la misma cantidad de trabajo ajeno, el capitalista compra ahora una suma mayor de valores de cambio, sin que por ello pague el trabajo más caro; es decir, que el tra- bajo resulta peor remunerado, en relación con los ingre- sos netos que arroja para el capitalista.

Además, recordamos que, pese a las oscilaciones de los precios de las mercancías, el precio medio de cada mercancía, la proporción en que se cambia por otras mercancías, se determina por su coste de producción. Por tanto, los lucros conseguidos por unos capitalistas

a costa de otros dentro de la clase capitalista se nivelan

necesariamente entre sí. El perfeccionamiento de la ma- quinaria, la nueva aplicación de las fuerzas naturales al servicio de la producción, permiten crear en un tiempo de trabajo dado y con la misma cantidad de trabajo y capital una masa mayor de productos, pero no, ni mucho menos, una masa mayor de valores de cambio. Si la apli- cación de la máquina de hilar me permite fabricar en una hora el doble de hilado que antes de su invención, por ejemplo, cien libras en vez de cincuenta, a cambio

de estas cien libras de hilado no obtendré a la larga más mercancías que antes a cambio de las cincuenta, porque

el coste de producción se ha reducido a la mitad o por-

que, ahora, con el mismo coste puedo fabricar el doble del producto.

Finalmente, cualquiera que sea la proporción en que la clase capitalista, la burguesía, bien la de un solo país o la del mercado mundial entero, se reparta los ingresos netos de la producción, la suma global de estos ingresos netos no será nunca otra cosa que la suma en que el tra- bajo vivo incrementa en bloque el trabajo acumulado. Por tanto, esta suma global crece en la proporción en que el trabajo incrementa el capital; es decir, en la pro-

porción en que crece la ganancia, en comparación con el salario.

Vemos, pues, que, aunque nos circunscribimos a las re- laciones entre el capital y el trabajo asalariado, los inte- reses del trabajo asalariado y los del capital son diame- tralmente opuestos.

Un aumento rápido del capital equivale a un rápido au- mento de la ganancia. La ganancia sólo puede crecer rá- pidamente si el precio del trabajo, el salario relativo, dis- minuye con la misma rapidez. El salario relativo puede disminuir aunque aumente el salario real simultánea- mente con el salario nominal, con la expresión moneta- ria del valor del trabajo, siempre que éstos no suban en la misma proporción que la ganancia. Si, por ejemplo, en una época de buenos negocios, el salario aumenta en un cinco por ciento y la ganancia en un treinta por ciento, el salario relativo, proporcional, no habrá aumentado, sino disminuido.

Por tanto, si, con el rápido incremento del capital, au- mentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del ca- pitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital.

Decir que el obrero está interesado en el rápido incre- mento del capital, sólo significa que cuanto más aprisa incrementa el obrero la riqueza ajena, más sabrosas mi- gajas le caen para él, más obreros pueden encontrar em- pleo y ser echados al mundo, más puede crecer la masa de los esclavos sujetos al capital.

Hemos visto, pues:

Que, incluso la situación más favorable para la clase obrera, el incremento más rápido posible del capital, por mucho que mejore la vida material del obrero, no suprime el antagonismo entre sus intereses y los intere- ses del burgués, los intereses del capitalista. Ganancia y salario seguirán hallándose, exactamente lo mismo que antes, en razón inversa.

Que si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero que aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le se- para del capitalista se habrá ahondado.

Y, finalmente:

Que el decir que la condición más favorable para el tra- bajo asalariado es el incremento más rápido posible del capital productivo, sólo significa que cuanto más rápi- damente la clase obrera aumenta y acrecienta el poder enemigo, la riqueza ajena que la domina, tanto mejores serán las condiciones en que podrá seguir laborando por el incremento de la riqueza burguesa, por el acre- centamiento del poder del capital, contenta con forjar

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ella misma las cadenas de oro con las que le arrastra a remolque la burguesía.

El incremento del capital productivo y el aumento del salario, ¿son realmente dos cosas tan inseparablemente enlazadas como afirman los economistas burgueses? No debemos creerles simplemente de palabra. No debemos siquiera creerles que cuanto más engorde el capital, mejor cebado estará el esclavo. La burguesía es dema- siado instruida. demasiado calculadora, para compartir los prejuicios del señor feudal, que alardeaba con el bri- llo de sus servidores. Las condiciones de existencia de la burguesía la obligan a ser calculadora.

Deberemos, pues, investigar más de cerca lo siguiente:

¿Cómo influye el crecimiento del capital productivo sobre el salario?

Si crece el capital productivo de la sociedad burguesa en bloque, se produce una acumulación más multilateral de trabajo. Crece el número y el volumen de capitales. El aumento del número de capitales hace aumentar la con- currencia entre los capitalistas. El mayor volumen de los capitales permite lanzar al campo de batalla industrial ejércitos obreros más potentes, con armas de guerra más gigantescas.

Sólo vendiendo más barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistar sus capitales. Para poder vender más barato sin arruinarse, tienen que producir más barato; es decir, aumentar todo lo posible la fuerza productiva del trabajo. Y lo que sobre todo aumenta esta fuerza productiva es una mayor división del trabajo, la aplicación en mayor escala y el constante perfecciona- miento de la maquinaria. Cuanto mayor es el ejército de obreros entre los que se divide el trabajo, cuanto más gi-

gantesca es la escala en que se aplica la maquinaria, más disminuye relativamente el coste de producción, más fecundo se hace el trabajo. De aquí que entre los capi- talistas se desarrolle una rivalidad en todos los aspectos

para incrementar la división del trabajo y la maquinaria y explotarlos en la mayor escala posible.

Si un capitalista, mediante una mayor división del tra- bajo, empleando y perfeccionando nuevas máquinas,

explotando de un modo más provechoso y más extenso

las fuerzas naturales. encuentra los medios para fabricar, con la misma cantidad de trabajo o de trabajo acumu- lado, una suma mayor de productos, de mercancías, que sus competidores; si, por ejemplo, en el mismo tiempo de trabajo en que sus competidores tejen media vara de lienzo. él produce una vara entera, ¿cómo procederá este capitalista?

Podría seguir vendiendo la media vara de lienzo al mismo precio a que venía cotizándose anteriormente en el mercado, pero esto no sería el medio más adecuado para desalojar a sus adversarios de la liza y extender sus propias ventas. Sin embargo, en la misma medida en que se dilata su producción, se dilata para él la nece-

sidad de mercado. Los medios de producción, más po- tentes y más costosos que ha puesto en pie, le permiten vender su mercancía mas barata, pero al mismo tiempo le obligan a vender más mercancías, a conquistar para éstas un mercado incomparablemente mayor; por tanto,

nuestro capitalista venderá la media vara de lienzo más

barata que sus competidores.

Pero, el capitalista no venderá una vara entera de lienzo por el mismo precio a que sus competidores venden la media vara, aunque a él la producción de una vara no le

cueste más que a los otros la media. Si lo hiciese así, no obtendría ninguna ganancia extraordinaria; sólo reco- braría por el trueque el coste de producción. Por tanto, aunque obtuviese ingresos mayores, éstos provendrían de haber puesto en movimiento un capital mayor, pero no de haber logrado que su capital aumentase más que los otros. Además, el fin que persigue, lo alcanza fijando el precio de su mercancía tan sólo unos puntos más bajo que sus competidores. Bajando el precio, los desaloja y les arrebata por lo menos una parte del mercado. Y, finalmente, recordamos que el precio corriente es siem- pre superior o inferior al coste de producción, según que

la venta de una mercancía coincida con la temporada fa-

vorable o desfavorable de una rama industrial. Los pun- tos que el capitalista, que aplica nuevos y más fecundos medios de producción, puede añadir a su coste real de producción, al fijar el precio de su mercancía, depende- rán de que el precio de una vara de lienzo en el mercado sea superior o inferior a su anterior coste habitual de producción.

Pero el privilegio de nuestro capitalista no es de larga du- ración; otros capitalistas, en competencia con él, pasan a emplear las mismas máquinas, la misma división del tra- bajo y en una escala igual o mayor, hasta que esta inno- vación acaba por generalizarse tanto, que el precio del lienzo queda por debajo, no ya del antiguo, sino incluso de su nuevo coste de producción.

Los capitalistas vuelven a encontrarse, pues, unos frente a otros, en la misma situación en que se encontraban antes de emplear los nuevos medios de producción; y si, con estos medios, podían suministrar por el mismo precio el doble de producto que antes, ahora se ven obli- gados a entregar el doble de producto por menos del precio antiguo. Y comienza la misma historia, sobre la base de este nuevo coste de producción. Más división del trabajo, más maquinaria en una escala mayor. Y la competencia vuelve a reaccionar, exactamente igual que antes, contra este resultado.

Vemos, pues, cómo se subvierten, se revolucionan in- cesantemente el modo de producción y los medios de

producción, cómo la división del trabajo acarrea nece- sariamente otra división mayor del trabajo, la aplicación de la maquinaria, otra aplicación mayor de la maquina- ria, la producción en gran escala, una producción en otra escala mayor.

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Tal es la ley que saca constantemente de su viejo cauce a la producción burguesa y obliga al capital a tener cons-

tantemente en tensión las fuerzas productivas del tra- bajo, por haberlas puesto antes en tensión; la ley que no le deja punto de sosiego y le susurra incesantemente al

oído: ¡Adelante! ¡Adelante!

Esta ley no es sino la que, dentro de las oscilaciones de los períodos comerciales, nivela necesariamente el pre- cio de una mercancía con su coste de producción.

Por potentes que sean los medios de producción que un capitalista arroja a la liza, la concurrencia se encargará de generalizar el empleo de estos medios de produc- ción, y, a partir del momento en que se hayan generali- zado, el único fruto de la mayor fecundidad de su capital es que ahora tendrá que dar por el mismo precio diez, veinte, cien veces más producto que antes. Pero como, para compensar con la cantidad mayor del producto

vendido el precio más bajo de venta, tendrá que vender acaso mil veces más, porque ahora necesita una venta en masa, no sólo para ganar más, sino para reponer el coste de producción, ya que los propios instrumentos de producción van siendo, como hemos visto, cada vez más caros, y como esta venta en masa no es una cuestión vital solamente para él, sino también para sus rivales, la vieja contienda se desencadena con tanta mayor vio- lencia cuanto más fecundos son los medios de produc-

ción ya inventados. Por tanto, la división del trabajo y la aplicación de maquinaria seguirán desarrollándose de nuevo, en una escala incomparablemente mayor.

Cualquiera que sea la potencia de los medios de pro- ducción empleados, la competencia procura arrebatar al capital los frutos de oro de esta potencia, reduciendo el precio de las mercancías al coste de producción, y, por tanto, convirtiendo en una ley imperativa el que en la medida en que pueda producirse más barato, es decir, en que pueda producirse más con la misma cantidad de trabajo, haya que abaratar la producción, que suminis- trar cantidades cada vez mayores de productos por el mismo precio. Por donde el capitalista, como fruto de sus propios desvelos, sólo saldría ganando la obligación de rendir más en el mismo tiempo de trabajo; en una palabra, condiciones más difíciles para el aumento del valor de su capital. Por tanto, mientras que la concurren- cia le persigue constantemente con su ley del coste de producción, y todas las armas que forja contra sus riva- les se vuelven contra él mismo, el capitalista se esfuerza por burlar constantemente la competencia empleando sin descanso, en lugar de las antiguas, nuevas máquinas, que, aunque más costosas, producen más barato e im- plantando nuevas divisiones del trabajo en sustitución de las antiguas, sin esperar a que la competencia haga envejecer los nuevos medios.

Representémonos esta agitación febril proyectada al mismo tiempo sobre todo el mercado mundial, y nos formaremos una idea de cómo el incremento, la acumu-

lación y concentración del capital trae consigo una di- visión del trabajo, una aplicación de maquinaria nueva y un perfeccionamiento de la antigua en una carrera atropellada e ininterrumpida, en escala cada vez más gigantesca.

Ahora bien, ¿cómo influyen estos factores, inseparables del incremento del capital productivo, en la determina- ción del salario?

Una mayor división del trabajo permite a un obrero realizar el trabajo de cinco, diez o veinte; aumenta, por tanto, la competencia entre los obreros en cinco, diez o veinte veces. Los obreros no sólo compiten entre sí ven- diéndose unos más barato que otros, sino que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de cinco, diez o veinte; y la división del trabajo, implantada y constan- temente reforzada por el capital, obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.

Además, en la medida en que aumenta la división del trabajo, éste se simplifica. La pericia especial del obrero no sirve ya de nada. Se le convierte en una fuerza pro- ductiva simple y monótona, que no necesita poner en juego ningún recurso físico ni espiritual. Su trabajo es ya un trabajo asequible a cualquiera. Esto hace que afluyan de todas partes competidores; y, además, recordamos que cuanto más sencillo y más fácil de aprender es un trabajo, cuanto menor coste de producción supone el asimilárselo, más disminuye el salario, ya que éste se halla determinado, como el precio de toda mercancía, por el coste de producción.

Por tanto, a medida que el trabajo va haciéndose más desagradable, más repelente, aumenta la competencia y disminuye el salario. El obrero se esfuerza por sacar a flote el volumen de su salario trabajando más; ya sea trabajando más horas al día o produciendo más en cada hora. Es decir, que, acuciado por la necesidad, acentúa todavía más los fatales efectos de la división del trabajo. El resultado es que, cuanto más trabaja, menos jornal gana; por la sencilla razón de que en la misma medida hace la competencia a sus compañeros, y convierte a éstos, por consiguiente, en otros tantos competidores suyos, que se ofrecen al patrono en condiciones tan malas como él; es decir, porque, en última instancia, se hace la competencia a sí mismo, en cuanto miembro de la clase obrera.

La maquinaria produce los mismos efectos en una escala mucho mayor, al sustituir los obreros diestros por obre- ros inexpertos, los hombres por mujeres, los adultos por niños, y porque, además, la maquinaria, dondequiera que se implante por primera vez, lanza al arroyo a masas enteras de obreros manuales, y, donde se la perfecciona, se la mejora o se la sustituye por máquinas más produc- tivas, va desalojando a ;los obreros en pequeños peloto- nes. Más arriba, hemos descrito a grandes rasgos la gue- rra industrial de unos capitalistas con otros. Esta guerra presenta la particularidad de que en ella las batallas no

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se ganan tanto enrolando a ejércitos obreros, como li- cenciándolos. Los generales, los capitalistas rivalizan a ver quién licencia más soldados industriales.

Los economistas nos dicen, ciertamente, que los obreros a quienes la maquinaria hace innecesarios encuentran nuevas ramas en que trabajar.

No se atreven a afirmar directamente que los mismos obreros desalojados encuentran empleo en nuevas ramas de trabajo, pues los hechos hablan demasiado alto en contra de esta mentira. Sólo afirman, en realidad, que se abren nuevas posibilidades de trabajo para otros sectores de la clase obrera; por ejemplo, para aquella parte de la generación obrera juvenil que estaba ya pre- parada para ingresar en la rama industrial desaparecida. Es, naturalmente, un gran consuelo para los obreros eli- minados. A los señores capitalistas no les faltarán carne y sangre fresca explotables y dejarán que los muertos entierren a sus muertos. Pero esto servirá de consuelo más a los propios burgueses que a los obreros. Si la ma- quinaria destruyese íntegra la clase de los obreros asala- riados, ¡que espantoso sería esto para el capital, que sin trabajo asalariado dejaría de ser capital!

Pero, supongamos que los obreros directamente desalo- jados del trabajo por la maquinaria y toda la parte de la nueva generación que aguarda la posibilidad de colo- carse en la misma rama encuentren nuevo empleo. ¿Se cree que por este nuevo trabajo se les habría de pagar tanto como por el que perdieron? Esto estaría en con- tradicción con todas las leyes de la economía. Ya hemos visto cómo la industria moderna lleva siempre consigo la sustitución del trabajo complejo y superior por otro más simple y de orden inferior.

¿Cómo, pues, una masa de obreros expulsados por la maquinaria de una rama industrial va a encontrar refu- gio en otra, a no ser con salarios más bajos, peores?

Se ha querido aducir como una excepción a los obreros que trabajan directamente en la fabricación de maqui- naria. Visto que la industria exige y consume más maqui- naria, se nos dice, las máquinas tienen, necesariamente, que aumentar, y con ellas su fabricación, y, por tanto, los obreros empleados en la fabricación de la maquinaria; además, los obreros que trabajan en esta rama indus- trial son obreros expertos, incluso instruidos.

Desde el año 1840, esta afirmación, que ya antes sólo era exacta a medias, ha perdido toda apariencia de ver- dad, pues en la fabricación de maquinaria se emplean cada vez en mayor escala máquinas, ni más ni menos que para la fabricación de hilo de algodón, y los obreros que trabajan en las fábricas de maquinaria sólo pueden desempeñar el papel de máquinas extremadamente im- perfectas, al lado de las complicadísimas que se utilizan.

Pero, ¡en vez del hombre adulto desalojado por la má- quina, la fábrica da empleo tal vez a tres niños y a una

mujer! ¿Y acaso el salario del hombre no tenía que bas- tar para sostener a los tres niños y a la mujer? ¿No tenía que bastar el salario mínimo para conservar y multiplicar el género? ¿Qué prueba, entonces, este favorito tópico burgués? Prueba únicamente que hoy, para pagar el sus- tento de una familia obrera, la industria consume cuatro vidas obreras por una que consumía antes.

Resumiendo: cuanto más crece el capital productivo, mas se extiende la división del trabajo y la aplicación de maquinaria. Y cuanto más se extiende la división del trabajo y la aplicación de la maquinaria, más se acentúa la competencia entre los obreros y más se reduce su sa- lario.

Además, la clase obrera se recluta también entre capas más altas de la sociedad. Hacia ella va descendiendo una masa de pequeños industriales y pequeños rentistas, para quienes lo más urgente es ofrecer sus brazos junto a los brazos de los obreros. Y así, el bosque de brazos que se extienden y piden trabajo es cada vez más es- peso, al paso que los brazos mismos que lo forman son cada vez más flacos.

De suyo se entiende que el pequeño industrial no puede hacer frente a esta lucha, una de cuyas primeras con- diciones es producir en una escala cada vez mayor, es decir, ser precisamente un gran y no un pequeño indus- trial.

Que el interés del capital disminuye en la misma medida que aumentan la masa y el número de capitales. en la que crece el capital, y que, por tanto, el pequeño ren- tista no puede seguir viviendo de su renta y tiene que lanzarse a la industria, ayudando de este modo a engro- sar las filas de los pequeños industriales. y, con ello las de los candidatos a proletarios, es cosa que tampoco re- quiere más explicación.

Finalmente, a medida que los capitalistas se ven for- zados, por el proceso que exponíamos más arriba, a explotar en una escala cada vez mayor los gigantescos medios de producción ya existentes, viéndose obligados para ello a poner en juego todos los resortes del crédito, aumenta la frecuencia de los terremotos industriales,

en los que el mundo comercial sólo logra mantenerse a flote sacrificando a los dioses del averno una parte de la riqueza, de los productos y hasta de las fuerzas producti- vas; aumentan, en una palabra, las crisis. Estas se hacen más frecuentes y más violentas, ya por el solo hecho de que. a medida que crece la masa de producción y, por tanto, la necesidad de mercados más extensos, el mercado mundial va reduciéndose más y más, y quedan cada vez menos mercados nuevos que explotar, pues

cada crisis anterior somete al comercio mundial un mer- cado no conquistado todavía o que el comercio sólo ex- plotaba superficialmente. Pero el capital no vive sólo del trabajo. Este amo, a la par distinguido y bárbaro, arrastra consigo a la tumba los cadáveres de sus esclavos, heca- tombes enteras de obreros que sucumben en las crisis.

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Vemos, pues, que, si el capital crece rápidamente, crece con rapidez incomparablemente mayor todavía la com- petencia entre los obreros, es decir, disminuyen tanto más, relativamente, los medios de empleo y los medios de vida de la clase obrera; y, no obstante esto, el rápido incremento del capital es la condición más favorable para el trabajo asalariado.

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PRINCIPIOS DEL COMUNISMO FRIEDRICH ENGELS

PRINCIPIOS DEL COMUNISMO

PRINCIPIOS DEL COMUNISMO FRIEDRICH ENGELS

FRIEDRICH ENGELS

I. ¿Qué es el comunismo?

El comunismo es la doctrina de las condiciones de la li-

beración del proletariado.

II. ¿Qué es el proletariado?

El proletariado es la clase social que consigue sus me- dios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital; es la clase, cuyas dicha y pena, vida y muerte y toda la existencia depen- den de la demanda de trabajo, es decir, de los períodos de crisis y de prosperidad de los negocios, de las fluc- tuaciones de una competencia desenfrenada. Dicho en pocas palabras, el proletariado, o la clase de los proleta- rios, es la clase trabajadora del siglo XIX.

III. ¿Quiere decir que los proletarios no han existido siempre?

No. Las clases pobres y trabajadoras han existido siem- pre, siendo pobres en la mayoría de los casos. Ahora bien, los pobres, los obreros que viviesen en las condi- ciones que acabamos de señalar, o sea los proletarios, no han existido siempre, del mismo modo que la compe- tencia no ha sido siempre libre y desenfrenada.

IV. ¿Cómo apareció el proletariado?

El proletariado nació a raíz de la revolución industrial, que se produjo en Inglaterra en la segunda mitad del siglo pasado y se repitió luego en todos los países civi- lizados del mundo. Dicha revolución se debió al invento de la máquina de vapor, de las diversas máquinas de hilar, del telar mecánico y de toda una serie de otros dis- positivos mecánicos. Estas máquinas, que costaban muy caras y, por eso, sólo estaban al alcance de los grandes capitalistas, transformaron completamente el antiguo modo de producción y desplazaron a los obreros ante- riores, puesto que las máquinas producían mercancías más baratas y mejores que las que podían hacer éstos con ayuda de sus ruecas y telares imperfectos. Las má- quinas pusieron la industria enteramente en manos de los grandes capitalistas y redujeron a la nada el valor de la pequeña propiedad de los obreros (instrumentos, te- lares, etc.), de modo que los capitalistas pronto se apo-

deraron de todo, y los obreros se quedaron con nada. Así se instauró en la producción de tejidos el sistema fa- bril. En cuanto se dio el primer impulso a la introducción de máquinas y al sistema fabril; este último se propagó rápidamente en las demás ramas de la industria, sobre todo en el estampado de tejidos, la impresión de libros, la alfarería y la metalurgia. El trabajo comenzó a dividirse más y más entre los obreros individuales de tal manera que el que antes efectuaba todo el trabajo pasó a rea- lizar nada más que una parte del mismo. Esta división del trabajo permitió fabricar los productos más rápida- mente y, por consecuencia, de modo más barato. Ello redujo la actividad de cada obrero a un procedimiento mecánico, muy sencillo, constantemente repetido, que la máquina podía realizar con el mismo éxito o incluso mucho mejor. Por tanto, todas estas ramas de la pro- ducción cayeron, una tras otra, bajo la dominación del vapor, de las máquinas y del sistema fabril, exactamente del mismo modo que la producción de hilados y de te- jidos. En consecuencia, ellas se vieron enteramente en manos de los grandes capitalistas, y los obreros queda- ron privados de los últimos restos de su independencia. Poco a poco, el sistema fabril extendió su dominación no ya sólo a la manufactura, en el sentido estricto de la palabra, sino que comenzó a apoderarse más y más de las actividades artesanas, ya que también en esta esfera los grandes capitalistas desplazaban cada vez más a los pequeños maestros, montando grandes talleres, en los que era posible ahorrar muchos gastos e implantar una detallada división del trabajo. Así llegamos a que, en los países civilizados, casi en todas las ramas del trabajo se afianza la producción fabril y, casi en todas estas ramas, la gran industria desplaza a la artesanía y la manufac- tura. Como resultado de ello, se arruina más y más la antigua clase media, sobre todo los pequeños artesa- nos, cambia completamente la anterior situación de los trabajadores y surgen dos clases nuevas, que absorben paulatinamente a todas las demás, a saber:

I. La clase de los grandes capitalistas, que son ya en todos los países civilizados casi los únicos poseedores de todos los medios de existencia, como igualmente de las materias primas y de los instrumentos (máquinas, fábri- cas, etc.) necesarios para la producción de los medios de existencia. Es la clase de los burgueses, o sea, burguesía.

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

II. La clase de los completamente desposeídos, de los que en virtud de ello se ven forzados a vender su trabajo a los burgueses, al fin de recibir en cambio los medios de subsistencia necesarios para vivir. Esta clase se deno- mina la clase de los proletarios, o sea, proletariado.

V. ¿En qué condiciones se realiza esta venta del trabajo de los proletarios a los burgueses?

El trabajo es una mercancía como otra cualquiera, y su precio depende, por consiguiente, de las mismas leyes que el de cualquier otra mercancía. Pero, el precio de una mercancía, bajo el dominio de la gran industria o de la libre competencia, que es lo mismo, como lo veremos más adelante, es, por término medio, siempre igual a los gastos de producción de dicha mercancía. Por tanto, el precio del trabajo es también igual al costo de produc- ción del trabajo. Ahora bien, el costo de producción del trabajo consta precisamente de la cantidad de medios de subsistencia indispensables para que el obrero esté en condiciones de mantener su capacidad de trabajo y para que la clase obrera no se extinga. El obrero no percibirá por su trabajo más que lo indispensable para ese fin; el precio del trabajo o el salario será, por consi- guiente, el más bajo, constituirá el mínimo de lo indis- pensable para mantener la vida. Pero, por cuanto en los negocios existen períodos mejores y peores, el obrero percibirá unas veces más, otras menos, exactamente de la misma manera que el fabricante cobra unas veces más, otras menos, por sus mercancías. Y, al igual que el fabricante, que, por término medio, contando los tiem- pos buenos y los malos, no percibe por sus mercancías ni más ni menos que su costo de producción, el obrero percibirá, por término medio, ni más ni menos que ese mínimo. Esta ley económica del salario se aplicará más rigurosamente en la medida en que la gran industria vaya penetrando en todas las ramas de la producción.

VI. ¿Qué clases trabajadores existían antes de la revo- lución industrial?

Las clases trabajadoras han vivido en distintas condicio- nes, según las diferentes fases de desarrollo de la socie- dad, y han ocupado posiciones distintas respecto de las clases poseedoras y dominantes. En la antigüedad, los trabajadores eran esclavos de sus amos, como lo son to- davía en un gran número de países atrasados e incluso en la parte meridional de los Estados Unidos. En la Edad Media eran siervos de los nobles propietarios de tierras, como lo son todavía en Hungría, Polonia y Rusia. Ade- más, en la Edad Media, hasta la revolución industrial, existían en las ciudades oficiales artesanos que trabaja- ban al servicio de la pequeña burguesía y, poco a poco, en la medida del progreso de la manufactura, comenza- ron a aparecer obreros de manufactura que iban a traba- jar contratados por grandes capitalistas.

VII. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el esclavo?

El esclavo está vendido de una vez y para siempre, en

cambio, el proletario tiene que venderse él mismo cada día y cada hora. Todo esclavo individual, propiedad de

un señor determinado, tiene ya asegurada su existencia por miserable que sea, por interés de éste. En cambio el proletario individual es, valga la expresión, propiedad de toda la clase de la burguesía. Su trabajo no se compra más que cuando alguien lo necesita, por cuya razón no tiene la existencia asegurada. Esta existencia está asegu- rada únicamente a toda la clase de los proletarios. El es- clavo está fuera de la competencia. El proletario se halla sometido a ello y siente todas sus fluctuaciones. El es- clavo es considerado como una cosa, y no miembro de la sociedad civil. El proletario es reconocido como persona, como miembro de la sociedad civil. Por consiguiente, el esclavo puede tener una existencia mejor que el proleta- rio, pero este último pertenece a una etapa superior de

desarrollo de la sociedad y se encuentra a un nivel más

alto que el esclavo. Este se libera cuando de todas las relaciones de la propiedad privada no suprime más que una, la relación de esclavitud, gracias a lo cual sólo en- tonces se convierte en proletario; en cambio, el proleta- rio sólo puede liberarse suprimiendo toda la propiedad privada en general.

VIII. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el siervo?

El siervo posee en propiedad y usufructo un instrumento

de producción y una porción de tierra, a cambio de lo cual entrega una parte de su producto o cumple ciertos trabajos. El proletario trabaja con instrumentos de pro- ducción pertenecientes a otra persona, por cuenta de ésta, a cambio de una parte del producto. El siervo da, al proletario le dan. El siervo tiene la existencia asegurada, el proletario no. El siervo está fuera de la competencia, el proletario se halla sujeto a ella. El siervo se libera ya refugiándose en la ciudad y haciéndose artesano, ya dando a su amo dinero en lugar de trabajo o productos, transformandose en libre arrendatario, ya expulsando a su señor feudal y haciéndose él mismo propietario. Dicho en breves palabras, se libera entrando de una ma- nera u otra en la clase poseedora y en la esfera de la competencia. El proletario se libera suprimiendo la com- petencia, la propiedad privada y todas las diferencias de clase.

IX. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el artesa- no? 12

X. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el obrero de manufactura?

El obrero de manufactura de los siglos XVI-XVIII poseía

casi en todas partes instrumentos de producción: su

telar, su rueca para la familia y un pequeño terreno que

cultivaba en las horas libres. El proletario no tiene nada de eso. El obrero de manufactura vive casi siempre en

el campo y se halla en relaciones más o menos patriar-

cales con su señor o su patrono. El proletario suele vivir

  • 12 Aquí Engels deja en blanco el manuscrito para

redactar luego la respuesta a la pregunta IX.

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Comisión Nacional de Educación, JJCC

en grandes ciudades y no lo unen a su patrono más que relaciones de dinero. La gran industria arranca al obrero de manufactura de sus condiciones patriarcales; éste pierde la propiedad que todavía poseía y sólo entonces se convierte en proletario.

XI. ¿Cuáles fueron las consecuencias directas de la re- volución industrial y de la división de la sociedad en burgueses y proletarios?

En primer lugar, en virtud de que el trabajo de las má- quinas reducía más y más los precios de los artículos in- dustriales, en casi todos los países del mundo el viejo sistema de la manufactura o de la industria basada en el trabajo manual fue destruido enteramente. Todos los países semibárbaros que todavía quedaban más o menos al margen del desarrollo histórico y cuya indus- tria se basaba todavía en la manufactura, fueron arran- cados violentamente de su aislamiento. Comenzaron a comprar mercancías más baratas a los ingleses, dejando que se muriesen de hambre sus propios obreros de ma- nufactura. Así, países que durante milenios no cono- cieron el menor progreso, como, por ejemplo, la India, pasaron por una completa revolución, e incluso la China marcha ahora de cara a la revolución. Las cosas han lle- gado a tal punto que una nueva máquina que se invente ahora en Inglaterra podrá, en el espacio de un año, con- denar al hambre a millones de obreros de China. De este modo, la gran industria ha ligado los unos a los otros a todos los pueblos de la tierra, ha unido en un solo mer- cado mundial todos los pequeños mercados locales, ha preparado por doquier el terreno para la civilización y el progreso y ha hecho las cosas de tal manera que todo lo que se realiza en los países civilizados debe necesaria- mente repercutir en todos los demás, por tanto, si los obreros de Inglaterra o de Francia se liberan ahora, ello debe suscitar revoluciones en todos los demás países, revoluciones que tarde o temprano culminarán también allí en la liberación de los obreros.

En segundo lugar, en todas las partes en que la gran in- dustria ocupó el lugar de la manufactura, la burguesía aumentó extraordinariamente su riqueza y poder y se erigió en primera clase del país. En consecuencia, en todas las partes en las que se produjo ese proceso, la burguesía tomó en sus manos el poder político y des- alojó las clases que dominaban antes: la aristocracia, los maestros de gremio y la monarquía absoluta, que representaba a la una y a los otros. La burguesía acabó con el poderío de la aristocracia y de la nobleza, supri- miendo el mayorazgo o la inalienabilidad de la posesión de tierras, como también todos los privilegios de la no- bleza. Destruyó el poderío de los maestros de gremio, eliminando todos los gremios y los privilegios gremiales. En el lugar de unos y otros puso la libre competencia, es decir, un estado de la sociedad en la que cada cual tenía derecho a dedicarse a la rama de la industria que le gustase y nadie podía impedírselo a no ser la falta de capital necesario para tal actividad. Por consiguiente, la

implantación de la libre competencia es la proclamación pública de que, de ahora en adelante, los miembros de la sociedad no son iguales entre sí únicamente en la medida en que no lo son sus capitales, que el capital se convierte en la fuerza decisiva y que los capitalistas, o sea, los burgueses, se erigen así en la primera clase de la sociedad. Ahora bien, la libre competencia es indis- pensable en el período inicial del desarrollo de la gran industria, porque es el único régimen social con el que la gran industria puede progresar. Tras de aniquilar de este modo el poderío social de la nobleza y de los maestros de gremio, puso fin también al poder político de la una y los otros. Llegada a ser la primera clase de la sociedad, la burguesía se proclamó también la primera clase en la esfera política. Lo hizo implantando el sistema represen- tativo, basado en la igualdad burguesa ante la ley y en el reconocimiento legislativo de la libre competencia. Este sistema fue instaurado en los países europeos bajo la forma de la monarquía constitucional. En dicha mo- narquía sólo tienen derecho de voto los poseedores de cierto capital, es decir, únicamente los burgueses. Estos electores burgueses eligen a los diputados, y estos di- putados burgueses, valiéndose del derecho a negar los impuestos, eligen un gobierno burgués.

En tercer lugar, la revolución industrial ha creado en todas partes el proletariado en la misma medida que la burguesía. Cuanto más ricos se hacían los burgueses, más numerosos eran los proletarios. Visto que sólo el ca-

pital puede dar ocupación a los proletarios y que el capi- tal sólo aumenta cuando emplea trabajo, el crecimiento

del proletariado se produce en exacta correspondencia

con el del capital. Al propio tiempo, la revolución indus- trial agrupa a los burgueses y a los proletarios en gran- des ciudades, en las que es más ventajoso fomentar la industria, y can esa concentración de grandes masas en un mismo lugar le inculca a los proletarios la conciencia de su fuerza. Luego, en la medida del progreso de la re- volución industrial, en la medida en que se inventan nue- vas máquinas, que eliminan el trabajo manual, la gran industria ejerce una presión creciente sobre los salarios y los reduce, como hemos dicho, al mínimo, haciendo la situación del proletariado cada vez más insoportable. Así, por una parte, como consecuencia del descontento

creciente del proletariado y, por la otra, del crecimiento del poderío de éste, la revolución industrial prepara la revolución social que ha de realizar el proletariado.

XII. ¿Cuáles han sido las consecuencias siguientes de la revolución industrial

La gran industria creó, con la máquina de vapor y otras máquinas, los medios de aumentar la producción indus- trial rápidamente, a bajo costo y hasta el infinito. Merced a esta facilidad de ampliar la producción, la libre compe- tencia, consecuencia necesaria de esta gran industria, adquirió pronto un carácter extraordinariamente vio- lento; un gran número de capitalistas se lanzó a la indus- tria, en breve plazo se produjo más de lo que se podía

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consumir. Como consecuencia, no se podían vender las mercancías fabricadas y sobrevino la llamada crisis co-

mercial; las fábricas tuvieron que parar, los fabricantes quebraron y los obreros se quedaron sin pan. Y en todas partes se extendió la mayor miseria. Al cabo de cierto tiempo se vendieron los productos sobrantes, las fábri- cas volvieron a funcionar, los salarios subieron y, poco a poco, los negocios marcharon mejor que nunca. Pero no por mucho tiempo, ya que pronto volvieron a producirse demasiadas mercancías y sobrevino una nueva crisis que transcurrió exactamente de la misma manera que la an- terior. Así, desde comienzos del presente siglo, en la si- tuación de la industria se han producido continuamente

oscilaciones entre períodos de prosperidad y períodos

de crisis, y casi regularmente, cada cinco o siete años se

ha producido tal crisis, con la particularidad de que cada vez acarreaba las mayores calamidades para los obreros, una agitación revolucionaria general y un peligro colosal para todo el régimen existente.

XIII. ¿Cuáles son las consecuencias de estas crisis co- merciales que se repiten regularmente?

En primer lugar, la de que la gran industria, que en el pri- mer período de su desarrollo creó la libre competencia, la ha rebasado ya; que la competencia y, hablando en términos generales, la producción industrial en manos de unos u otros particulares se ha convertido para ella

en una traba a la que debe y ha de romper; que la gran industria, mientras siga sobre la base actual, no puede existir sin conducir cada siete años a un caos general que supone cada vez un peligro para toda la civilización y no sólo sume en la miseria a los proletarios, sino que arruina a muchos burgueses; que, por consiguiente, la gran industria debe destruirse ella misma, lo que es ab- solutamente imposible, o reconocer que hace impres- cindible una organización completamente nueva de la sociedad, en la que la producción industrial no será más dirigida por unos u otros fabricantes en competencia entre sí, sino por toda la sociedad con arreglo a un plan

determinado y de conformidad con las necesidades de

todos los miembros de la sociedad.

En segundo lugar, que la gran industria y la posibilidad, condicionada por ésta, de ampliar hasta el infinito la producción permiten crear un régimen social en el que se producirán tantos medios de subsistencia que cada miembro de la sociedad estará en condiciones de desa- rrollar y emplear libremente todas sus fuerzas y facul- tades; de modo que, precisamente la peculiaridad de la gran industria que en la sociedad moderna engendra

toda la miseria y todas las crisis comerciales será en la

otra organización social justamente la que ha de acabar con esa miseria y esas fluctuaciones preñadas de tantas desgracias.

Por tanto, está probado claramente:

1) que en la actualidad todos estos males se deben úni- camente al régimen social, el cual ya no responde más a

las condiciones existentes; 2) que ya existen los medios de supresión definitiva

de estas calamidades por vía de la construcción de un

nuevo orden social.

XIV. ¿Cómo debe ser ese nuevo orden social?

Ante todo, la administración de la industria y de todas las ramas de la producción en general dejará de pertene- cer a unos u otros individuos en competencia. En lugar de esto, las ramas de la producción pasarán a manos de toda la sociedad, es decir, serán administradas en be- neficio de toda la sociedad, con arreglo a un plan ge- neral y con la participación de todos los miembros de la sociedad. Por tanto, el nuevo orden social suprimirá la competencia y la sustituirá con la asociación. En vista

de que la dirección de la industria, al hallarse en manos de particulares, implica necesariamente la existencia de

la propiedad privada y por cuanto la competencia no es

otra cosa que ese modo de dirigir la industria, en el que

la gobiernan propietarios privados, la propiedad privada va unida inseparablemente a la dirección individual de la industria y a la competencia. Así, la propiedad privada debe también ser suprimida y ocuparán su lugar el usu- fructo colectivo de todos los instrumentos de produc- ción y el reparto de los productos de común acuerdo, lo que se llama la comunidad de bienes.

La supresión de la propiedad privada es incluso la ex- presión más breve y más característica de esta trans- formación de todo el régimen social, que se ha hecho posible merced al progreso de la industria. Por eso los

comunistas la planteen can razón como su principal rei-

vindicación.

XV. ¿Eso quiere decir que la supresión de la propiedad privada no era posible antes?

No, no era posible. Toda transformación del orden so-

cial, todo cambio de las relaciones de propiedad es con- secuencia necesaria de la aparición de nuevas fuerzas

productivas que han dejado de corresponder a las viejas relaciones de propiedad. Así ha surgido la misma propie- dad privada. La propiedad privada no ha existido siem-

pre; cuando a fines de la Edad Media surgió el nuevo modo de producción bajo la forma de la manufactura, que no encuadraba en el marco de la propiedad feudal y gremial, esta manufactura, que no correspondía ya a las viejas relaciones de propiedad, dio vida a una nueva forma de propiedad: la propiedad privada. En efecto,

para la manufactura y para el primer período de desa-

rrollo de la gran industria no era posible ninguna otra forma de propiedad además de la propiedad privada, no era posible ningún orden social además del basado en esta propiedad. Mientras no se pueda conseguir una cantidad de productos que no sólo baste para todos, sino que se quede cierto excedente para aumentar el capital social y seguir fomentando las fuerzas producti- vas, deben existir necesariamente una clase dominante

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que disponga de las fuerzas productivas de la sociedad y una clase pobre y oprimida. La constitución y el carácter de estas clases dependen del grado de desarrollo de la producción. La sociedad de la Edad Media, que tiene por

base el cultivo de la tierra, nos da el señor feudal y el siervo; las ciudades de las postrimerías de la Edad Media nos dan el maestro artesano, el oficial y el jornalero; en el siglo XVII, el propietario de manufactura y el obrero de ésta; en el siglo XIX, el gran fabricante y el proletario. Es claro que, hasta el presente, las fuerzas productivas no se han desarrollado aún al punto de proporcionar una cantidad de bienes suficiente para todos y para que la propiedad privada sea ya una traba, un obstáculo para su progreso. Pero hoy, cuando, merced al desarrollo de la gran industria, en primer lugar, se han constituido ca- pitales y fuerzas productivas en proporciones sin prece- dentes y existen medios para aumentar en breve plazo hasta el infinito estas fuerzas productivas; cuando, en segundo lugar, estas fuerzas productivas se concentran en manos de un reducido número de burgueses, mien- tras la gran masa del pueblo se va convirtiendo cada vez más en proletarios, con la particularidad de que su situa- ción se hace más precaria e insoportable en la medida en que aumenta la riqueza de los burgueses; cuando, en tercer lugar, estas poderosas fuerzas productivas, que se multiplican con tanta facilidad hasta rebasar el marco de la propiedad privada y del burgués, provocan continua- mente las mayores conmociones del orden social, sólo

ahora la supresión de la propiedad privada se ha hecho

posible e incluso absolutamente necesaria.

XVI. ¿Será posible suprimir por vía pacífica la propie- dad privada?

Sería de desear que fuese así, y los comunistas, como

es lógico, serían los últimos en oponerse a ello. Los co- munistas saben muy bien que todas las conspiraciones, además de inútiles, son incluso perjudiciales. Están per- fectamente al corriente de que no se pueden hacer las revoluciones premeditada y arbitrariamente y que éstas

han sido siempre y en todas partes una consecuencia ne-

cesaria de circunstancias que no dependían en absoluto de la voluntad y la dirección de unos u otros partidos o clases enteras. Pero, al propio tiempo, ven que se viene

aplastando por la violencia el desarrollo del proletariado

en casi todos los países civilizados y que, con ello, los

enemigos mismos de los comunistas trabajan con todas sus energías para la revolución. Si todo ello termina, en fin de cuentas, empujando al proletariado subyugado a la revolución, nosotros, los comunistas, defenderemos con hechos, no menos que como ahora lo hacemos de palabra, la causa del proletariado.

XVII. ¿Será posible suprimir de golpe la propiedad pri- vada?

No, no será posible, del mismo modo que no se puede aumentar de golpe las fuerzas productivas existentes en la medida necesaria para crear una economía colectiva.

Por eso, la revolución del proletariado, que se avecina según todos los indicios, sólo podrá transformar paulati- namente la sociedad actual, y acabará con la propiedad privada únicamente cuando haya creado la necesaria cantidad de medios de producción.

XVIII. ¿Qué vía de desarrollo tomará esa revolución?

Establecerá, ante todo, un régimen democrático y, por tanto, directa o indirectamente, la dominación política del proletariado. Directamente en Inglaterra, donde los proletarios constituyen ya la mayoría del pueblo. Indi- rectamente en Francia y en Alemania, donde la mayoría del pueblo no consta únicamente de proletarios, sino, además, de pequeños campesinos y pequeños burgue- ses de la ciudad, que se encuentran sólo en la fase de transformación en proletariado y que, en lo tocante a la satisfacción de sus intereses políticos, dependen cada vez más del proletariado, por cuya razón han de adhe- rirse pronto a las reivindicaciones de éste. Para ello, quizá, se necesite una nueva lucha que, sin embargo, no puede tener otro desenlace que la victoria del proleta- riado.

La democracia sería absolutamente inútil para el prole- tariado si no la utilizara inmediatamente como medio para llevar a cabo amplias medidas que atentasen di- rectamente contra la propiedad privada y asegurasen la existencia del proletariado. Las medidas más impor- tantes, que dimanan necesariamente de las condiciones actuales, son:

1) Restricción de la propiedad privada mediante el im- puesto progresivo, el alto impuesto sobre las herencias, la abolición del derecho de herencia en las líneas latera- les (hermanos, sobrinos, etc.), préstamos forzosos, etc.

2) Expropiación gradual de los propietarios agrarios,

fabricantes, propietarios de ferrocarriles y buques, par- cialmente con ayuda de la competencia por parte de la

industria estatal y, parcialmente de modo directo, con indemnización en asignados.

3) Confiscación de los bienes de todos los emigrados y de los rebeldes contra la mayoría del pueblo.

4) Organización del trabajo y ocupación de los proleta- rios en fincas, fábricas y talleres nacionales, con lo cual se eliminará la competencia entre los obreros, y los fa- bricantes que queden, tendrán que pagar salarios tan altos como el Estado.

5) Igual deber obligatorio de trabajo para todos los miembros de la sociedad hasta la supresión completa de la propiedad privada. Formación de ejércitos industria- les, sobre todo para la agricultura.

6) Centralización de los créditos y la banca en las manos del Estado a través del Banco Nacional, con capital del Estado. Cierre de todos los bancos privados.

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7) Aumento del número de fábricas, talleres, ferrocarri- les y buques nacionales, cultivo de todas las tierras que están sin labrar y mejoramiento del cultivo de las demás tierras en consonancia con el aumento de los capitales y del número de obreros de que dispone la nación.

8) Educación de todos los niños en establecimientos es- tatales y a cargo del Estado, desde el momento en que puedan prescindir del cuidado de la madre. Conjugar la educación con el trabajo fabril.

9) Construcción de grandes palacios en las fincas del Es- tado para que sirvan de vivienda a las comunas de ciu-

dadanos que trabajen en la industria y la agricultura y unan las ventajas de la vida en la ciudad y en el campo,

evitando así el carácter unilateral y los defectos de la una

y la otra.

10) Destrucción de todas las casas y barrios insalubres y mal construidos.

11) Igualdad de derecho de herencia para los hijos legí- timos y los naturales.

12) Concentración de todos los medios de transporte en manos de la nación.

Por supuesto, todas estas medidas no podrán ser llevadas a la práctica de golpe. Pero cada una entraña necesaria- mente la siguiente. Una vez emprendido el primer ata- que radical contra la propiedad privada, el proletariado se verá obligado a seguir siempre adelante y a concen- trar más y más en las manos del Estado todo el capital, toda la agricultura, toda la industria, todo el transporte y todo el cambio. Este es el objetivo a que conducen las medidas mencionadas. Ellas serán aplicables y surtirán su efecto centralizador exactamente en el mismo grado en que el trabajo del proletariado multiplique las fuerzas productivas del país. Finalmente, cuando todo el capital, toda la producción y todo el cambio estén concentrados en las manos de la nación, la propiedad privada dejará de existir de por sí, el dinero se hará superfluo, la pro- ducción aumentará y los hombres cambiarán tanto que se podrán suprimir también las últimas formas de rela- ciones de la vieja sociedad.

XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país?

No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una re- volución puramente nacional, sino que se producirá si- multáneamente en todos los países civilizados, es decir,

al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Ale- mania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso

será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia consi- derable en los demás países del mundo, modificará de

raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha

del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal.

XX. ¿Cuáles serán las consecuencias de la supresión de- finitiva de la propiedad privada?

Al quitar a los capitalistas privados el usufructo de todas las fuerzas productivas y medios de comunicación, así como el cambio y el reparto de los productos, al admi-

nistrar todo eso con arreglo a un plan basado en los re- cursos disponibles y las necesidades de toda la sociedad, ésta suprimirá, primeramente, todas las consecuencias nefastas ligadas al actual sistema de dirección de la gran industria. Las crisis desaparecerán; la producción ampliada, que es, en la sociedad actual, una superpro- ducción y una causa tan poderosa de la miseria, será entonces muy insuficiente y deberá adquirir proporcio- nes mucho mayores. En lugar de engendrar la miseria,

la producción superior a las necesidades perentorias de

la sociedad permitirá satisfacer las demandas de todos los miembros de ésta, engendrará nuevas demandas y creará, a la vez, los medios de satisfacerlas. Será la condición y la causa de un mayor progreso y lo llevará a cabo, sin suscitar, como antes, el trastorno periódico de todo el orden social. La gran industria, liberada de las trabas de la propiedad privada, se desarrollará en tales proporciones que, comparado con ellas, su estado ac- tual parecerá tan mezquino como la manufactura al lado de la gran industria moderna. Este avance de la industria brindara a la sociedad suficiente cantidad de productos para satisfacer las necesidades de todos. Del mismo modo, la agricultura, en la que, debido al yugo de la propiedad privada y al fraccionamiento de las parcelas, resulta difícil el empleo de los perfeccionamientos ya

existentes y de los adelantos de la ciencia experimentará

un nuevo auge y ofrecerá a disposición de la sociedad una cantidad suficiente de productos. Así, la sociedad producirá lo bastante para organizar la distribución con vistas a cubrir las necesidades de todos sus miembros. Con ello quedará superflua la división de la sociedad en clases distintas y antagónicas. Dicha división, además de superflua, será incluso incompatible con el nuevo régi- men social. La existencia de clases se debe a la división del trabajo, y esta última, bajo su forma actual desapa- recerá enteramente, ya que, para elevar la producción industrial y agrícola al mencionado nivel no bastan sólo los medios auxiliares mecánicos y químicos. Es preciso desarrollar correlativamente las aptitudes de los hom- bres que emplean estos medios. Al igual que en el siglo

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pasado, cuando los campesinos y los obreros de las ma- nufacturas, tras de ser incorporados a la gran industria, modificaron todo su régimen de vida y se volvieron com- pletamente otros, la dirección colectiva de la producción por toda la sociedad y el nuevo progreso de dicha pro- ducción que resultara de ello necesitarán hombres nue- vos y los formarán. La gestión colectiva de la producción no puede correr a cargo de los hombres tales como lo son hoy, hombres que dependen cada cual de una rama determinada de la producción, están aferrados a ella, son explotados por ella, desarrollan nada más que un aspecto de sus aptitudes a cuenta de todos los otros y sólo conocen una rama o parte de alguna rama de toda la producción. La industria de nuestros días está ya cada vez menos en condiciones de emplear tales hombres. La industria que funciona de modo planificado merced al esfuerzo común de toda la sociedad presupone con más motivo hombres con aptitudes desarrolladas uni- versalmente, hombres capaces de orientarse en todo el sistema de la producción. Por consiguiente, desapa- recerá del todo la división del trabajo, minada ya en la actualidad por la máquina, la división que hace que uno sea campesino, otro, zapatero, un tercero, obrero fabril, y un cuarto, especulador de la bolsa. La educación dará a los jóvenes la posibilidad de asimilar rápidamente en la práctica todo el sistema de producción y les permi- tirá pasar sucesivamente de una rama de la producción a otra, según sean las necesidades de la sociedad o sus propias inclinaciones. Por consiguiente, la educación los liberará de ese carácter unilateral que la división actual del trabajo impone a cada individuo. Así, la sociedad or- ganizada sobre bases comunistas dará a sus miembros la posibilidad de emplear en todos los aspectos sus fa- cultades desarrolladas universalmente. Pero, con ello desaparecerán inevitablemente las diversas clases. Por tanto, de una parte, la sociedad organizada sobre bases comunistas es incompatible con la existencia de clases y, de la otra, la propia construcción de esa sociedad brinda los medios para suprimir las diferencias de clase.

De ahí se desprende que ha de desaparecer igualmente la oposición entre la ciudad y el campo. Unos mismos hombres se dedicarán al trabajo agrícola y al industrial, en lugar de dejar que lo hagan dos clases diferentes.

Esto es una condición necesaria de la asociación comu-

nista y por razones muy materiales. La dispersión de la población rural dedicada a la agricultura, a la par con la concentración de la población industrial en las grandes ciudades, corresponde sólo a una etapa todavía inferior de desarrollo de la agricultura y la industria y es un obs- táculo para el progreso, cosa que se hace ya sentir con mucha fuerza.

La asociación general de todos los miembros de la so- ciedad al objeto de utilizar colectiva y racionalmente las fuerzas productivas; el fomento de la producción en proporciones suficientes para cubrir las necesidades de todos; la liquidación del estado de cosas en el que las necesidades de unos se satisfacen a costa de otros; la su-

presión completa de las clases y del antagonismo entre ellas; el desarrollo universal de las facultades de todos los miembros de la sociedad merced a la eliminación de la anterior división del trabajo, mediante la educación

industrial, merced al cambio de actividad, a la participa- ción de todos en el usufructo de los bienes creados por todos y, finalmente, mediante la fusión de la ciudad con

el campo serán los principales resultados de la supresión

de la propiedad privada.

XXI. ¿Qué influencia ejercerá el régimen social comu- nista en la familia?

Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter pu-

ramente privado, perteneciente sólo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la ingerencia de la sociedad. Eso es posible merced a la

supresión de la propiedad privada y a la educación de

los niños por la sociedad, con lo cual se destruyen las dos bases del matrimonio actual ligadas a la propiedad privada: la dependencia de la mujer respecto del hom- bre y la dependencia de los hijos respecto de los padres. En ello reside, precisamente, la respuesta a los alaridos altamente moralistas de los burguesotes con motivo de la comunidad de las mujeres, que, según éstos, quieren implantar los comunistas. La comunidad de las mujeres es un fenómeno que pertenece enteramente a la socie- dad burguesa y existe hoy plenamente bajo la forma de prostitución. Pero, la prostitución descansa en la pro- piedad privada y desaparecerá junto con ella. Por consi- guiente, la organización comunista, en lugar de implan- tar la comunidad de las mujeres, la suprimirá.

XXII. ¿Cuál será la actitud de la organización comunista hacia las nacionalidades existentes?

  • - Queda 13 .

XXIII. ¿Cuál será su actitud hacia las religiones existen- tes?

  • - Queda.

XXIV. ¿Cuál es la diferencia entre los comunistas y los socialistas?

Los llamados socialistas se dividen en tres categorías.

La primera consta de partidarios de la sociedad feudal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue siéndolo a dia- rio por la gran industria, el comercio mundial y la socie- dad burguesa creada por ambos. Esta categoría saca de los males de la sociedad moderna la conclusión de que hay que restablecer la sociedad feudal y patriarcal, ya que estaba libre de estos males. Todas sus propuestas

  • 13 En el manuscrito, en lugar de respuesta a la pregunta

22, así como a la siguiente, la 23, figura la palabra «queda». Por lo visto, estima que la respuesta debía quedar en la forma que estaba expuesta en uno de los proyectos previos, que no nos han llegado, del programa de la Liga de los Comunistas.

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

persiguen, directa o indirectamente, este objetivo. Los comunistas lucharán siempre enérgicamente contra esa

categoría de socialistas reaccionarios, pese a su fingida compasión de la miseria del proletariado y las amargas lágrimas que vierten con tal motivo, puesto que estos

socialistas:

1) se proponen un objetivo absolutamente imposible;

2) se esfuerzan por restablecer la dominación de la aris- tocracia, los maestros de gremio y los propietarios de manufacturas, con su séquito de monarcas absolutos o feudales, funcionarios, soldados y curas, una sociedad que, cierto, estaría libre de los vicios de la sociedad ac- tual, pero, en cambio, acarrearía, cuando menos, otros tantos males y, además, no ofrecería la menor perspec- tiva de liberación, con ayuda de la organización comu- nista, de los obreros oprimidos;

3) muestran sus verdaderos sentimientos cada vez que

el proletariado se hace revolucionario y comunista: se

alían inmediatamente a la burguesía contra los proleta- rios.

La segunda categoría consta de partidarios de la socie- dad actual, a los que los males necesariamente provoca- dos por ésta inspiran temores en cuanto a la existencia

de la misma. Ellos quieren, por consiguiente, conservar la sociedad actual, pero suprimir los males ligados a ella. A tal objeto, unos proponen medidas de simple bene- ficencia; otros, grandiosos planes de reformas que, so pretexto de reorganización de la sociedad, se plantean el mantenimiento de las bases de la sociedad actual y, con ello, la propia sociedad actual. Los comunistas deberán igualmente combatir con energía contra estos socialistas burgueses, puesto que éstos trabajan para los enemigos de los comunistas y defienden la sociedad que los comu- nistas quieren destruir.

Finalmente, la tercera categoría consta de socialistas de- mocráticos. Al seguir el mismo camino que los comunis- tas, se proponen llevar a cabo una parte de las medidas señaladas en la pregunta 3, pero no como medidas de transición al comunismo, sino como un medio suficiente para acabar con la miseria y los males de la sociedad ac- tual. Estos socialistas democráticos son proletarios que no ven todavía con bastante claridad las condiciones de

su liberación, o representantes de la pequeña burguesía, es decir, de la clase que, hasta la conquista de la demo- cracia y la aplicación de las medidas socialistas dima-

nantes de ésta, tiene en muchos aspectos los mismos intereses que los proletarios. Por eso, los comunistas se entenderán con esos socialistas democráticos en los mo- mentos de acción y deben, en general, atenerse en esas ocasiones y en lo posible a una política común con ellos, siempre que estos socialistas no se pongan al servicio de la burguesía dominante y no ataquen a los comunis- tas. Por supuesto, estas acciones comunes no excluyen la discusión de las divergencias que existen entre ellos y los comunistas.

XXV. ¿Cuál es la actitud de los comunistas hacia los demás partidos políticos de nuestra época?

Esta actitud es distinta en los diferentes países. En Ingla- terra, Francia y Bélgica, en las que domina la burguesía, los comunistas todavía tienen intereses comunes con diversos partidos democráticos, con la particularidad de que esta comunidad de intereses es tanto mayor cuanto más los demócratas se acercan a los objetivos de los co- munistas en las medidas socialistas que los demócratas defienden ahora en todas partes, es decir, cuanto más clara y explícitamente defienden los intereses del pro- letariado y cuanto más se apoyan en el proletariado. En Inglaterra, por ejemplo, los cartistas 14 , que constan de obreros, se aproximan inconmensurablemente más a los comunistas que los pequeñoburgueses democráticos o los llamados radicales.

En Norteamérica, donde ha sido proclamada la Consti- tución democrática, los comunistas deberán apoyar al partido que quiere encaminar esta Constitución contra la burguesía y utilizarla en beneficio del proletariado, es decir, al partido de la reforma agraria nacional.

En Suiza, los radicales, aunque constituyen todavía un partido de composición muy heterogénea, son, no obs- tante, los únicos con los que los comunistas pueden con- certar acuerdos, y entre estos radicales los más progre- sistas son los de Vand y los de Ginebra.

Finalmente, en Alemania está todavía por delante la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía abso- luta. Pero, como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos, los comunistas deben estar siempre del lado de la pri- mera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las asevera- ciones seductoras de ésta acerca de las benéficas conse- cuencias que, según ella, traerá al proletariado la victo- ria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase orga- nizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de que el día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgue- ses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía.

  • 14 Se les llamó Chartists o cartistas los participantes

en el movimiento obrero de Gran Bretaña entre los años 1830s y 1850s que se libró con la reivindicación de la aprobación de una “Carta del Pueblo” que garantize, entre otras cosas, el sufragio universal.

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METODOLOGÍA DE ESTUDIO COLECTIVO

METODOLOGÍA DE ESTUDIO COLECTIVO

A continuación presentamos una propuesta de trabajo

para reforzar y evaluar los contenidos presentes en este

cuadernillo en las instancias de formación de base. Para esto recomendamos que cada uno de los militantes

pueda tener al menos una copia del cuadernillo de for-

mación.

Este curso está pensado para ser desarrollado en 5 se- siones, en cada una de ellas recomendamos trabajar uno de los temas del cuadernillo. Para esto se debe leer el texto que corresponde a cada sesión y los textos reco- mendados en la bibliografía de apoyo

PROPUESTA:

• En cada sesión un compañero distinto deberá

explicar al resto los contenidos señalados en el cua-

dernillo y el texto correspondiente a la lectura bá- sica.

• Se abrirá un espacio para debatir de forma gru- pal las preguntas orientadoras que presentamos para cada sesión, buscando dar respuestas a ellas.

• Recomendamos que la escuela sea guiada en cada sesión por un militante distinto, quien debe or-

denar la discusión y tomar nota de las principales

conclusiones.

• El compañero encargado de presentar la sesión podrá, si así lo desea, presentar otras preguntas para el debate sobre el tema que corresponda.

PRIMERA

SESIÓN: INTRODUCCIÓN

AL MARXISMO

Lectura Básica:

Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo – Vladimir Lenin.

Preguntas orientadoras:

1.

¿Qué aspecto del texto de Lenin consideran los

más relevantes y por qué?

2.

¿Cómo definirían ustedes marxismo?

3.

¿Qué elementos consideran más relevantes de

la propuesta del marxismo para nuestro trabajo po- lítico?

4.

Elijan un evento coyuntural de nuestra realidad

actual y analícenlo desde una perspectiva marxista.

SEGUNDA SESIÓN: MATERIALISMO HISTÓRICO

 

Lectura Básica:

Prólogo a la contribución a la crítica de la economía po- lítica – Karl Marx.

Preguntas orientadoras:

1.

¿Qué es el materialismo histórico?

2.

¿En qué se diferencia el materialismo histórico

de otras formas de pensamiento?

3.

De acuerdo a lo señalado en el texto, ¿Cuáles

han sido los principales temas de investigación de

 

Marx?

4.

¿Qué etapas definen el desarrollo del pensa-

miento de Marx?

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Cuadernillo de Formación, Volumen I: “Curso Elemental de Marxismo”

TERCERA SESIÓN: LA HISTORIA Y LAS CLASES SOCIALES

Lectura Básica:

Manifiesto comunista. Parte I: Burgueses y proletarios. – Karl Marx y Friedrich Engels.

Preguntas orientadoras:

QUINTA

SESIÓN:

¿QUÉ

COMUNISMO?

ES

EL

Lectura Básica:

Principios del comunismo – Friedrich Engels

Preguntas orientadoras:

  • 1. ¿Qué fue lo que más les llamó la atención del

1.

¿Qué quiere decir que la lucha de clases sea el

texto de Engels?, ¿Por qué?

motor de la historia?

 
 
  • 2. ¿Qué diferencia hay entre el socialismo y el co-

2.

¿Cuáles creen que son las principales clases so-

munismo?

ciales en la sociedad chilena?

 
 
  • 3. ¿Por qué se argumenta que antes del comu-

3.

¿Por qué creen que se considera importante

nismo es necesario que exista un proceso de transi-

hablar de la categoría de clases sociales y no buscar

ción?

otra clasificación?

 
 
  • 4. ¿Por qué cuando nos referimos al socialismo y

4.

¿Qué importancia tiene el manifiesto comu-

comunismo se le da tanta importancia a esta forma

nista?

de organización de la sociedad?

CUARTA

SESIÓN:

EL

MODO

DE

PRODUCCIÓN CAPITALISTA

Lectura Básica:

 

Trabajo Asalariado y Capital – Karl Marx

 

Preguntas orientadoras:

 

1.

¿Cuáles son las principales características del

 

modo de producción capitalista?

 

2.

¿Qué es el salario?

3.

¿Qué es la plusvalía?

4.

¿Qué diferencia al modo de producción capita-

 

lista de otros modos de producción?

 

5.

¿Por qué Marx estudia tan en profundidad el

 

modo de producción capitalista?

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