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Sebastián Espín

Taller I

16 de octubre 2017

Palabras clave

Graffiti quiteño, la ciudad y sus bibliotecas, interpretaciones.

Desde distintos mecanismos de representación discursiva, son los graffitis los que se
identifican como crónicas que dialogan con la ciudad: hablan de ella y sobre ella. Van
fundando un espacio que autoriza y posibilita las prácticas sociales, mismas que fabrican
realidades de las apariencias que hacen creíble lo que se ve al ciudadano urbano.

Es en todas las ciudades del mundo donde los habitantes tienen maneras de marcar sus
territorios, así, Silva (1997) asevera que, no existe una ciudad gris o blanca que no
anuncie, en alguna forma, que sus espacios son recorridos y nombrados por sus
ciudadanos. De esta forma, la distinción de 2 tipos de espacios, uno oficial (diseñado por
las instituciones) y otro diferencial, mismo que lleva marca territorial que se usa o se
inventa en la medida en que el habitante lo nombra o inscribe.

De esta manera, graffiti puede ser interpretado como aquel elemento “extraño” que
irrumpe en lo urbano, cuyos efectos simbólicos dan lugar a interpretaciones que alteran
la concepción del uso del espacio público. Son considerados también como respuestas
agresivas expresadas en función de una territorialidad para apropiarse del habitar en la
modernidad desde una evidente marginalidad con el fin de dejar su huella, haciendo pleno
uso de su función de apropiación y particular vinculación con el espacio y acontecer que
lo rodea.

Siguiendo con la interpretación del graffiti, para Ortega (1999), esta expresión también
se la asocia como manifestaciones que irrumpen como archivos transitorios de la memoria
colectiva. Comentan, dialogan, o algunas veces hasta se ríen del discurso oficial
establecido. Así, los muros se cubren de graffitis cuya naturaleza pasajera nos remite
hacia la constante presencia de un sujeto marginal cuyas prácticas sociales son una suerte
de “marca de habitación” que destaca un territorio que ha sido apropiado
clandestinamente y que subraya la presencia de este sujeto como miembro partícipe de la
cotidianidad urbana, que interviene y modela un nuevo rostro sobre ella, al mismo tiempo
que hace posible la visibilidad de su voz y del espacio ocupado por su cuerpo.
Fundamental es esta aseveración ya que, para Ortega (1999) el hacer visible la
espacialidad a partir de una marca de habitación, da pauta para que se entienda a todo
lugar como algo que está siendo edificado para ser habitado e intervenido.

Los seres humanos, elaboramos nuestras identidades, individuales y colectivas, en


relación con un territorio que sentimos nuestro y con el que establecemos lazos
comunitarios, distancias, percepciones de lo propio y lo ajeno, de lo conocido y
desconocido.

La identidad del lugar es lo que funda y reúne a una comunidad; por tanto, identificar un
lugar implica la necesidad de establecer sus fronteras para ser reconocido como propio y
finito en el proceso de apropiación e identificación de dicho espacio. Ortega (1999).

Bibliografía
Ortega, Alicia. (1999). La ciudad y sus bibliotecas: el graffiti quiteño y la crónica
costeña. Quito: UASB.