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'La Pepa', una Constitución para la felicidad... ¿de todos? EFE / VÍDEO: ATLAS 18.03.

2012 - 17:53H Este lunes se


cumplen 200 años de la promulgación de la Constitución de 1812. La Carta Magna estableció derechos y libertados
hasta entonces desconocidos para todos los españoles. Algunos de sus principios siguen vigentes hoy pero otros han
quedado desfasados. Los preceptos de 'La Pepa' quedaron en el olvido con el regreso a España de Fernando VII. "El
objeto del Gobierno es la felicidad de la nación", "el amor a la Patria es una de las principales obligaciones de todos los
españoles", "la religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única
verdadera". Son algunas de las afirmaciones recogidas en los primeros artículos de la Constitución española de 1812
que ahora cumple 200 años y que supuso un punto y aparte en la historia de España. Fue un logro y un hito en favor
de los derechos y libertades, aunque hoy en día parece difícil entender sentencias como las anteriores o que se
elevaran a rango constitucional aspectos como la exclusión de la mujer en la participación política. Un repaso de los
384 artículos del texto normativo conocido popularmente como La Pepa, por que fue aprobada un 19 de marzo, día de
San José, permite constatar también el vuelco que ha dado España y los 'recortes' territoriales que ha sufrido en dos
centurias. Menos nación Los historiadores coinciden en considerar al texto de 1812 como el germen del concepto de la
nación española, una nación que 200 años después se ha dejado por el camino lo que le quedaba de aquel país en el
que se decía que no se ponía el sol. El artículo 1 de la primera Constitución especificaba que la nación española era la
reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, y el 10 detallaba que junto a la Península, España estaba
formada por las Baleares, "las Canarias con las demás posesiones de África" y muchos territorios bastante más lejanos
que después lograron su independencia. "En la América septentrional, Nueva España, con la Nueva Galicia y
Península de Yucatán, Guatemala, provincias internas de Oriente, provincias internas de Occidente, isla de Cuba con
las dos Floridas, la parte española de la isla de Santo Domingo, y la isla de Puerto Rico con las demás adyacentes a
éstas y al continente en uno y otro mar. En la América meridional, la Nueva Granada, Venezuela, el Perú, Chile,
provincias del Río de la Plata, y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas
Filipinas, y las que dependen de su gobierno". Esos eran los dominios 200 años atrás. ¿Y todos los que vivían en ellos
tenían la condición de español? Lo aclaraba el artículo 5: son españoles todos los hombres libres nacidos y
avecindados en esos territorios y sus hijos, los extranjeros que hayan obtenido de las Cortes cartas de naturaleza, los
que sin ella lleven diez años de vecindad y los libertos desde que adquieran la libertad en "las Españas". Españoles
justos, benéficos, católicos... y contribuyentes A todos se les reconocían derechos y se les fijaba obligaciones, como la
que les exigía el amor a la Patria y, al mismo tiempo, "ser justos y benéficos" y contribuir en proporción de sus haberes
para los gastos del Estado. La calidad de ciudadano se perdía, entre otros motivos, por admitir empleo de un Gobierno
extranjero o por residir fuera de España cinco años consecutivos sin permiso. Quedaban en suspenso los derechos de
ciudadanía por "no tener empleo, oficio o modo de vivir conocido", por ser deudor a los caudales públicos, por hallarse
procesado criminalmente o por ser sirviente doméstico. No había opción a una religión distinta a la católica, ya que ésta
se consideraba que sería perpetuamente la que tendría España y prohibía, en su artículo 12, el ejercicio de cualquier
otra. Ni mujeres, ni jóvenes No había aún sufragio universal, y los representantes en las Cortes se elegían de forma
indirecta (renovándose en su totalidad cada dos años) mediante las que se denominaban juntas electorales de
parroquia, de partido y de provincia. Las mujeres no podían ser diputadas y ni siquiera participar en el proceso de
elección de los representantes en las Cortes, que debían tener, al menos, veinticinco años, según especificaba el
artículo 91. Y se exigía que para aspirar a ese puesto debían tener "una renta anual proporcionada", aunque la propia
Constitución suspendía ese artículo hasta que más adelante se concretasen los detalles de esa renta. Nunca se hizo.
Hoy sería inconcebible que sólo hubiera sesiones en el Congreso cuatro meses al año, los primeros compases del
parlamentarismo español fijaron ese tiempo como máximo anual, ya que la Constitución recogía que lo habitual es que
fueran tres meses a partir del 1 de marzo. El mes extra sería a petición del Rey o por acuerdo de las dos terceras
partes de los diputados. Lejos estaban las polémicas por la fórmula utilizada para asumir el cargo de diputado. "¿Juráis
defender y conservar la religión católica, apostólica, romana, sin admitir otra alguna en el Reino? ¿Juráis guardar y
hacer guardar religiosamente la Constitución política de la Monarquía española, sancionada por las Cortes generales y
extraordinarias de la Nación en el año de 1812? ¿Juráis haberos bien y fielmente en el cargo que la nación os ha
encomendado, mirando en todo por el bien y prosperidad de la misma nación?" Esas eran las preguntas, y la respuesta
sólo podía ser una: " Sí, juro". Para lo del "imperativo legal" aún faltaba mucho tiempo. Contra el poder absoluto Con
los antecedentes que había, los constituyentes sembraron el texto de una serie de prevenciones para limitar el poder
del Rey, y, así, impidieron una imagen ahora totalmente familiar: los ministros (que eran nombrados por el Monarca) no
podían ser diputados. También se impedía a las Cortes deliberar en presencia del rey, y el monarca no podía "bajo
ningún pretexto (artículo 172) disolverlas y, si viajaba al extranjero o pretendía casarse, debía tener consentimiento
previo de los diputados, ya que, de no ser así, se entendía que abdicaba. La Constitución preveía que eran las Cortes
las que tenían que señalar la dotación anual de la casa del rey a cuenta de la tesorería nacional, así como la específica
para el Príncipe de Asturias desde su nacimiento y para los infantes e infantas desde que cumplieran siete años. Las
Cortes se reservaron también prerrogativas como proteger la libertad política de imprenta, y los constituyentes
quisieron dar un paso decisivo hacia la alfabetización. Así, el artículo 366 recogía que "en todos los pueblos de la
Monarquía se establecerán escuelas de primeras letras, en las que se enseñará a los niños a leer, escribir y contar, y
el catecismo de la religión católica, que comprenderá también una breve exposición de las obligaciones civiles".
Asimismo, estipulaba la creación del número competente de Universidades y de otros establecimientos de instrucción
que se juzguen convenientes para la enseñanza de todas las ciencias, literatura y bellas artes. La pretensión era que
no hubiera discriminaciones territoriales: "El plan general de enseñanza será uniforme en todo el Reino, debiendo
explicarse la Constitución política de la Monarquía en todas las Universidades y establecimientos literarios donde se
enseñen las ciencias eclesiásticas y políticas". Son retazos llamativos de lo que quiso alumbrar aquella primera
Constitución española y cuyos preceptos quedaron arrinconados años más tarde tras el regreso a España de Fernando
VII. Pero la semilla quedó plantada.

Constitución española
de 1812
La Constitución Política de la Monarquía Española, más conocida como Constitución
española de 1812 o Constitución de Cádiz,2 conocida popularmente como la Pepa,3nota 1 fue
promulgada por las Cortes Generales españolas reunidas extraordinariamente en Cádiz el 19 de
marzo de 1812. Se le ha otorgado una gran importancia histórica por tratarse de la primera
Constitución promulgada en España,nota 2 además de ser una de las más liberales de su tiempo.
Oficialmente estuvo en vigor solo dos años, desde su promulgación hasta su derogación en
Valencia el 4 de mayo de 1814, tras el regreso a España del borbón Fernando VII.5 Sin
embargo, apenas sí entró en vigor de facto, puesto que en su período de gestación buena parte
de España se encontraba en manos del gobierno afrancesado de José I Bonaparte, otra en
mano de juntas interinas más preocupadas en organizar su oposición a José I y el resto de los
territorios de la Corona española, los virreinatos, se hallaban en un estado de confusión y vacío
de poder causado por la guerra de Independencia. Posteriormente se volvió a aplicar desde el 8
de marzo de 1820, cuando en Madrid (España), Fernando VII es obligado a jurar la Constitución
española de 1812, estando vigente durante el Trienio Liberal (1820-1823), así como durante un
breve período en 1836-1837, bajo el gobierno progresista que preparaba la Constitución de
1837.
La Constitución establecía la soberanía en la Nación —ya no en el rey—, la monarquía
constitucional, la separación de poderes,67 la limitación de los poderes del rey, el sufragio
universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, la libertad de industria, el derecho de
propiedad o la fundamental abolición de los señoríos, entre otras cuestiones, por lo que «no
incorporó una tabla de derechos y libertades, pero sí recogió algunos derechos dispersos en su
articulado». Además, incorporaba la ciudadanía española para todos los nacidos en territorios
americanos, prácticamente fundando un solo país junto a las colonias americanas.8
Por el contrario, el texto consagraba a España como Estado confesional católico, prohibiendo
expresamente en su artículo duodécimo cualquier otra confesión,9 y el rey lo seguía siendo «por
la gracia de Dios y la Constitución».10 Del mismo modo, este texto constitucional no contempló el
reconocimiento de ningún derecho para las mujeres, ni siquiera el de ciudadanía11 (la palabra
«mujer» misma aparece escrita una sola vez, en una cita accesoria dentro del artículo veintidós),
aunque con ello estaban en plena sintonía con la mayoría de la sociedad hispana y europea del
momento. Con todo, se le reconoce, en gran estima, su carácter liberal, su afán en la defensa de
los derechos individuales, su posicionamiento en querer modificar caducas instituciones propias
del Antiguo Régimen, y en general, de recoger medidas regeneradoras enfocadas, con espíritu
idealista, en mejorar la sociedad.12