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PRIMERA PARTE

Yo, cronista de la tribu de los m itones por la gracia de Tebiché,


que reina entre los espíritus buenos, comienzo la crónica pun tu al de
est$ viaje. La m añana es fresca, como corresponde a la tem p o rad a in­
vernal, pero el sol calienta lo suficiente y nadie tiene que echarse en­
cima la pesada piel de venado. Las aguas de la. bahía se m uestran
mansas, luce el cerro verdes intensos y sopla una brisa ligera. L as tres
piraguas están ya listas, y los rem eros, em puñando sus rem os, aguardan
la orden de Y asubiré el navegante.
M uy poca gente ha venido a despedirnos. E l guerrero Semancó,
quien cum ple funciones de delegado del G ran Cacique, dice que no
puede sorprender una despedida tan poco calurosa. Agrega que el día
del regreso las cosas cam biarán, y que una verdad era m ultitud cubrirá
las riberas de la bahía aclam ando los nom bres de la “Linboy”, la p ira­
gua capitana, así como los de las otras dos piraguas, “N iboy” y “Conboy”.
E n tre los m itones siem pre ha sido igual, rezonga m ientras revisa sus
macanas, cualquier em presa es tenida al principio por aventura o cosa
de locos; pero term inan poniendo por las nubes a los aventureros, los
com paran con espíritus buenos, los convierten en machis, les regalan
esposas y beben chicha a su salud durante m edia luna. “R ecuerde,
cronista”, me dice entrando en la piragua y haciéndola estrem ecer bajo
el peso de su corpachón, “para eso lo llevam os, para que recuerde.
Las generaciones venideras se adm irarán del viaje del guerrero Se­
mancó y del navegante Y asubiré.”
El navegante, a su lado, no despega los labios. Su cuerpo enjuto
parece agobiado. M ira hacia el horizonte con insistencia, olfatea el
viento, se pone de cara al sol, y m edita un bue i rato. D espués, con
paso calmo, inspecciona las piraguas, cuida que nada falte, revisa la playa
por si alguien ha olvidado una flecha, un colmillo de p an tera o una
vasija con chicha. Cerciorándose de que todos los expedicionarios están
ya em barcados, trepa a la “L inboy”, levanta su brazo desnudo, sin p u l­
seras, y ordena zarpar. Im pulsan los rem eros las piraguas, se oyen algu­
nas toses en la orilla y p arte la expedición.

* * *

U na escena conm ovedora. No habrían dado los rem eros veinte gol­
pes de remo, cuando desde un punto apartado de la orilla llega una

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voz im plorante. T odos m iram os en esa dirección: una m ujer quem a
hojas de garaychú. El humo de las hojas de ese árbol sagrado se eleva
espeso hacia el cielo celeste, de la m añana invernal. L a m ujer se hinca,
levanta los brazos, inclina después el cuerpo con los brazos extendidos
hacia el hum o y con voz tortísim a, que alborota los pájaros pintados
y retum ba contra la falda del cerro, suplica: “O yeme, Tebiché, que
im peras en las nubes, en las tierras, en las aguas, debajo de las aguas,
p erm ite que esos valientes descubran el nuevo m undo que tanto nece­
sitam os para darte gloria y déjalos volver con sus plum as enhiestas.”
Concluida la oración, la m ujer arroja un cuenco de agua sobre las
hojas de garaychú y dirige su rostro hacia las piraguas. M ecidos agra­
dablem ente por las ondas, reconocem os a la suplicante: es una de las
cuatro esposas del guerrero Semancó.

* * *

Siendo cronista oficial, ocupo un lugar de privilegio en la “L inboy”.


En ella, adem ás de Semancó, el jefe de arm as, y de Y asubiré, cabeza
de la expedición, viaja el g r a i Machí, la m áxim a au to rid ad hechicera,
el único entrecano de la tribu de los mitones, el respetado M añam edí,
m uy flaco y m uy alto. U sa sólo un taparrabos tanto en verano como
en invierno, y tiene unos pelos a m odo de barba que cuida con orgullo
feroz. V iaja sentado en la proa de cara al m ar y con las piernas col­
gando, sin im portarle que sus pies se m ojen casi de continuo. E n la
popa, se acurruca T ucuñata, otra de las cuatro esposas de Semancó.
E stá algo excedida en carnes y tal vez en años, aunque esto últim o
es m uy difícil de averiguar. P arece no im portarle dem asiado el mar,
el paisaje, las novedades que van surgiendo, quiérase o no. P erm anece
ensim ism ada sobando tiras de cuero para las boleadoras, arreglando p lu­
mas para los penachos y com poniendo taparrabos y abrigos de venado
y pantera.
Señalé que las m ujeres de Semancó son cuatro. E l núm ero obedece
a las cuatro estaciones del año, y el jefe guerrero cohabita con cada
una según la estación en que se viva. E n las otras dos piraguas viajan,
respectivam ente, M ipoya y Alistá, las restantes esposas. El orden rela­
tivo entre esposa y estación es el siguiente: T ucuñata p ara el invierno,
M ipoya para la prim avera, Alistá para el verano, y Caliopeya p ara el
otoño. Como estam os en m itad del invierno y nadie piensa prolongar
la expedición más allá del verano, Semancó sólo trajo a tres de sus
esposas y m antuvo a Caliopeya en tierra para el regreso. La m edida
es sabia: el guerrero dispondrá de las esposas necesarias y los expe­
dicionarios, con sólo saber qué m ujer viaja en la popa de la piragua
capitana, conocerán en qué estación del año viven.
Al m ando de la “N iboy” navega Omboé, un joven m itón que ha
logrado, no o bstante sus pocos años, considerable fortuna gracias a la
habilidad para la pesca y a su inteligencia para vender pescado a las

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trib us vecinas. D ebe responder no sólo del m ando de su piragua sino
de la integridad m oral y física de M ipoya, la esposa de prim avera.
Y como patrón de la “C onboy” y responsable de la esposa veraniega
Alista, se yergue la esbelta figura de Orom boé, herm ano m ayor de
Omboé, buen cazador y m uy dado a estudiar las costum bres de los
cuadrúpedos, de los pájaros — policrom os o no— y de los anim ales
nadadores.
Q ueda sólo hablar de los rem eros. Son trein ta en la piragua capi­
tan a y veinte en cada una de las dos em barcaciones restantes. M e
detendría aquí, esperaría a la m añana, no me gustaría seguir adelante.
P ero como cronista m e debo a la verdad, aunque sea algo triste. Los
rem eros no son m itones. H an sufrido un destino desdichado, provienen
de la castigada tribu de los galerones, antes tan belicosa, hoy venida
a m enos y som etida por nuestro G ran Cacique, a quien T ebiché guarde.
D ijo M añam edí, el hechicero: “Los galerones pagan ahora por su so­
berbia. M erecen ser esclavos.”
E sto es m uy penoso, me encuentro cansado. Cae la noche y ap ro ­
vecharé para dorm ir unas horas. Ya tendré oportunidad de hablar de
los desgraciados galerones y de referir, como honrado cronista, por qué
han venido a p arar a los rem os de las piraguas expedicionarias.
Los tres prim eros días nos han deparado una navegación plácida.
R em an los galerones con ritm o ajustado, sin gran esfuerzo pero im pri­
m iendo una m uy buena m archa. Los treinta rem eros de la “L inboy”
sacan ventajas que a nadie m olestan, dado que es la nave capitana.
P ero la flota conserva siem pre proa al sol naciente, saludado en cada
aparición por las oraciones m onótonas que pronuncia M añam edí sin
sacar sus pies del agua.
A vistam os todavía la costa, que aparece m uy bonita. Playas espa­
ciosas, arboledas tupidas, cerros perfilándose en el fondo, pájaros blan ­
cos con vivos negros en las alas: no puede darse cuadro más apacible
y armonioso. D e cuando en cuando se levanta de en tre los árboles una
colum nita de humo. H an de ser los m itones que están acam pando con
sus fam ilias y anticipando ya en el invierno el descanso veraniego que
tan to m erecen después de sus cacerías incesantes y de su vigilancia en
todas las fronteras en que im pera n uestra invicta y poderosa tribu.
M e han dicho que en verano las colum nitas de hum o se levantan una
al lado de la otra, de tan ta gente que viene a estas playas, y que a
veces se producen incendios terribles. No he podido com probarlo, por
eso lo anoto como una inform ación para ser som etida a escrupulosas
verificaciones. P ero no m e sorprende en absoluto el fervor de mis co-
tribeños por estos parajes; son, en verdad, estupendos. P ersonalm ente,
m e siento colm ado con este regalo panorám ico; y aunque la expedición
no alcanzase su objetivo, igual m e daría por satisfecho con sólo haber
disfrutado de espectáculo tan m aravilloso. Los jefes, sobre todo Ya-
subiré el navegante, han de querer arribar cuanto antes al nuevo m un­
do que buscan, im pacientes por conquistar para Tebiché, p ara el G ran
Cacique y para sus glorias individuales, tierras, tribus, riquezas y m u­

ll
ri

jeres. Yo m e contento con lo que estoy viendo. P ero una cosa es la


am bición de un sim ple cronista a quien le vendría bien el m ás m odesto
toldo de verano en esas playas, y m uy otra la de los jefes. Semancó
sueña con territorios donde rep etir sus proezas, hundir cráneos enemigos
a macanazos, y hallar la form a de duplicar el núm ero de m ujeres, a
ios efectos de tener esposas de m edia estación. Y Y asubiré am biciona,
¿podré decirlo en breve espacio? Los propósitos son tales que exigen
m om entos m ás propicios para citarlos.

* * *

E l cuarto y el quinto día de navegación transcurrieron con la m is­


m a calma de los anteriores. E stam os en el sexto, el aire es fresco, no
hay vientos m olestos. Ni siquiera oleaje im pertinente. H asta ahora hem os
comido las tortas concentradas que am asó T ucuñata en las tolderías,
y hem os bebido el agua de los ríos traídos en vasijas que fiscaliza y
adm inistra en la proa el venerable M añam edí. Semancó se ha dedicado
a p u lir sus m acanas y a aguzar sus flechas y Y asubiré a escudriñar los
horizontes. Su vista no es como la de Semancó, propia de un águila.
Le ha gastado estudiando cueros pintados, donde el consejo de ancianos
estam pó ríos, m ontes, cerros, m ares y territorios sin saltearse ninguno.
P or lo tanto se desem peña con escaso éxito en interrogar los horizontes,
y debe acudir a los oficios de M añam edí, quien ha conservado m ila­
grosam ente la buena vista, e incluso la ha m ejorado con los años y
su sabiduría.
A pesar de estas seis jornadas de viaje en calma, Y asubiré se ha
m ostrado siem pre inquieto. Creo que ha dorm ido poco. H a conversado
largam ente con M añam edí, ha consultado varias veces su cuero pin­
tado, ha oteado sin cesar los cielos, los horizontes, las aguas. Yo m e
hubiera cansado de m irar cosas que parecen un día tras otro iguales;
pero Y asubiré todo lo analiza, todo lo investiga. P u d iera decirse que
nada de lo que ocurre fuera de la “L inboy” se le escapa. Y aún vigila
el trab ajo de los rem eros, que se han m ostrado hasta ahora como m u­
chachos m uy dóciles y muy com petentes.

* * *

Séptim o sol. Sin novedades en el cielo o en las aguas. La costa


se va esfum ando. A penas se divisan las siluetas de algunos cerros. La
“L inboy” sigue al frente, detrás, b astan te cerca, la “N iboy”, y
m ás lejos, la “C onboy”. Es hora de referirm e a Y asubiré. No por capri­
cho, sino porque esta expedición, en definitiva, es obra suya. Como
cronista estoy obligado a saberlo todo y a no olvidar nada. Y asubiré
no tien e sangre m itona. H ay quienes dicen que nació en tierras

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donde no canta el sabia, hay quienes sostienen que es mestizo,
producto del cruzam iento de sangres durante las últim as guerras que
azotaron los territorios de los galerones. B asta observarlo con un m í­
nimo de atención para com probar que sus rasgos no son los de un m itón
auténtico. Su piel denuncia un color blancuzco infrecuente; sus póm ulos
están algo hundidos; sus ojos son casi redondos, cosa que atribuyo a
sus incesantes veladas sobre los cueros pintados; y desde que lo conozco
jam ás le vi gastar atuendos jerárquicos, ni cubrirse con piel de venado
o de pantera. H a usado un taparrabos, que por lo raído, tal vez no haya
m udado nunca. Jam ás adornó su cabeza con las populares plum as, or­
gullo de nuestra tradición. H a llevado a m enudo un gorrito de piel de
nutria, que debe ser sin duda, distintivo de los navegantes. P orque como
tal apareció un día ante la corte del G ran Cacique, y como ta l agitó
las alm as de las veinte m ujeres de su m ajestad y las del consejo de
ancianos. La m ás agitada fue el alm a de la favorita del soberano, quien
un día, sin abandonar el mazo del m ortero con el cual m olía semillas,
deslizó esta observación: “no creo que Y asubiré esté loco”. D esde en ­
tonces, em pezaron a soplar vientos favorables para el navegante. H abían
concluido los tristes y largos años de peregrinaje de reino en reino, los
tiem pos duros de antesalas de tribu en tribu, los días am argos en que
se encontraba de golpe despedido con hum illación por oscuros caciques
que no tenían siquiera dos m ujeres. Los com echingones lo trataro n de
farsante, y dijeron que sus proyectos no pasaban de pesadillas o m alas
visiones inspiradas por los añang reprim idos; y al fin lo largaron, como
decimos en mi tierra, con tam boriles destem plados. Los puroguacos, que
se precian de sobrios, prudentes y m edidos, pero que no son sino rev e­
rendos tacaños, adm iraron los proyectos de Y asubiré, alabaron su con­
fianza en la existencia de nuevas tierras m ás allá de las aguas grandes,
y term inaron alegando que añadir a sus reinos, nuevos reinos, signifi­
caría una carga pesada para el tesoro nacional, sin olvidar que una
expedición de varias piraguas les desequilibraría el presupuesto. P ero
los m om entos m ás penosos fueron vividos ante la m agna asam blea de
la tribu de los tim bales, gente grandilocuente y am iga de hacer ruido,
de espíritu estrecho y ánim o soberbio. Allí se oyeron denuestos, acu­
saciones y groserías; allí soportó Y asubiré, con paciencia que sólo he
visto entre los desdichados galerones, las befas de los magos y las b u r­
las crueles de brujos y hechiceros. Los ancianos rieron con ganas — y
con saña— de quien aseguraba que, navegando rectam en te hacia donde
sale el sol, arribaría a tierras abundantes en arm as milagrosas, que p er­
m itirían rápidas conquistas; en herram ientas mágicas que abreviarían
las horas de labor; en hom bres ignorantes que no conocían el poder
creador de T ebiché ni la inteligencia ordenadora de T upapá, que rige
las estrellas, y que serían fácilm ente som etidos y convertidos; y sobre
lodo, en m ujeres m uy bellas que acrecentarían el núm ero de esposas,
siem pre y cuando se les tostasen un poco las carnes, dem asiado blancas,
sin duda. ¡Cómo rieron viejos y jóvenes, hem bras y varones,

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de aquellos pensam ientos del navegante! E n tre la b araú n d a de carca­
jadas y chillidos, hubo sin em bargo quienes no rieron: los jefes gue­
rreros de los tim bales. T ras calificar a Y asubiré de m entiroso, lo acu­
saron de corruptor de la juventud y de introductor de ideas venenosas
que no condecían con sus más lim pias costum bres. A rgum entaron que
era un enviado de los m alos espíritus dispuesto a enloquecer a los
m uchachos y a llenarles la cabeza con em bustes para m anejarlos a su
antojo. D e ese modo, contaría con una fuerza adicional que le perm i­
tiría socavar el ordenam iento de la tribu hasta alzarse con el poder.
N o tuvo Y asubiré m ás rem edio que callar, tragar las calum nias, b ajar
la cabeza y retirarse. Su fracaso ante los tim bales le provocó ta l desá­
nimo que faltó poco para desistir de sus proyectos. Sólo la fe en T e-
biché, reforzada con oraciones a T upapá, le salvaron de la desespera­
ción. P ersistió, visitó nuevas tribus, recorrió tierras lejanas, buscó como
un alucinado. Al fin supo que los m itones somos hom bres deseosos de
expansión, que nuestros m achis gozan fam a de sabios verdaderos, al
tanto de las más m odernas corrientes de ese pensam iento capaz de
penetrar, con ciencia casi divina, los arcanos de la vida y . el m undo;
supo tam bién que nuestro G ran Cacique, si bien tiene veinte m ujeres,
quiere siem pre algunas más. A pareció un día entre nosotros, con cara
triste y aire de hom bre sufriente, expuso su proyecto, pidió que le
equipasen cinco piraguas, y esperó. La prim era respuesta que oyó ha
sido ya consignada: “no creo que Y asubiré esté loco”, dijo la favorita.
E l G ran Cacique y el consejo de ancianos m anifestaron dudas y re ­
servas. Las recientes guerras, la expulsión definitiva de las tribus in­
trusas, acantonadas en los confines del reino, el prolongado conflicto
con los galerones, resuelto de m odo insatisfactorio — sobre todo p ara
los galerones— habían costado m iles de plum as de caburé y centenares
de huevos de ñandú; y habían com prom etido las reservas de colmillos
de yaguareté, sobre las cuales se asentaba el crédito de los m itones
an te las tribus vecinas. P ero la constancia con que la favorita rep e tía:
“no creo que Y asubiré esté loco”, sin dejar de m oler sem illas en el
m ortero, ablandó las resistencias. Sólo dejó de m oler p ara recibir en
audiencia privada a Y asubiré, una tarde de otoño callada. La audiencia
se verificó en el toldo particular de la favorita, quien al salir volvió
a m oler y a rep etir su observación, aunque con una v ariante funda­
m en tal: “es loco quien diga que Y asubiré está loco”.
E l G ran Cacique autorizó la expedición, solicitó a M añam edí que
acom pañase a los expedicionarios y los ilum inase con su m ente escla­
recida, encom endó a Semancó la organización de los aprestos bélicos
y le nom bró delegado suyo m ientras durase la travesía. Semancó re ­
clam aba el vicacicato general sobre todas las tierras que conquistaren
pero no tuvo suerte. E l navegante Y asubiré había em puñado con m ano
fu erte el tim ón: una nueva audiencia privada con la favorita, hizo re ­
caer el título de vicecacique general sobre sus fatigados hom bros, que
ya sostenían el de capitán m ayor de la flota de piraguas. Lo único
que obtuvo Sem ancó fue reducir de cinco a tre s el núm ero de piraguas,

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más por desquite que por ahorro. Y así, gracias a la intuición de la
favorita, a la flexibilidad y a las am biciones del G ran Cacique, al
em puje de Semancó, a la previsión de T ucuñata, responsable de las
vestim entas de los expedicionarios, y a la sabiduría y prestigio de M aña-
medí, quien repartió consejos, bebidas y alim entos, el tesón, de Ya-
subiré resultó prem iado y esta expedición, según lo atestiguo, iniciada.
Fue escaso, casi nulo, el fervor popular, como tam bién he dicho. P ero
estando fogueado en desdenes, m enosprecios y fracasos, y contando con
el apoyo de ta n em inentes personas, no habría de afligirse Y asubiré,
porque la tribu m itona se m ostrase sorda a las letanías de la favorita
y siguiera creyendo que, en verdad, estaba loco.

* * *

Las aguas se han ido encrespando y los vientos han em pezado a


soplar con más fuerza. N o vem os ya la costa. Los horizontes son apenas
una línea que nos rodea por todas partes. Y si bien es cierto que
esa línea todavía está m uy lejos, no por eso deja de cercarnos, como
si nos hubiera m etido en un cuenco m uy grande.
Las em barcaciones navegan tal vez m ejor en estas aguas, que se
vuelven verdosas, con espum as blanquísim as, a m edida que transcurren
los soles. D a gusto verlas subir y bajar entre las olas, como en un
gracioso juego de escondidas. A veces la “L inboy” se alza y queda
como suspendida, p ara resbalar después por la ladera de una ola in­
mensa. T ucuñata pega chillidos de susto y de rabia, porque con esas
subidas y bajadas se le escapan de las m anos los tientos, las pieles
o los taparrabos; Semancó disim ula a duras penas su m areo; y M aña-
medí disfruta como un m uchacho rem ojando rítm icam ente los pies, sin
aflojar por nada su puesto en la proa, y prorrum piendo en oraciones
de gratitud hacia Tebiché.
P ero quien se com penetra con este am biente m arino, de perfum e
fuerte como jam ás soñé, y de sonoridades del aire que parecen rugidos
de jaguar, es nuestro navegante. R ecorre la piragua sin m iedo del oleaje
y sin asco por las salpicaduras. Su cara perm anece im pasible, exenta
de las m orisquetas de T ucuñata y del fruncim iento de Semancó cada
vez que una ola revienta contra la borda y se deshace en mil gotas
saladus, y heladas. M ira de continuo el horizonte, estim ula a los re­
meros, consulta a m enudo el cuero pintado; y en todo m om ento actúa
como un verdadero enam orado de su oficio. H abla sobriam ente, im ­
parte alguna orden y hace señas con su gorro de piel para que desde
la “N iboy” y la “C onboy” le respondan.
L levam os doce jornadas com pletas a bordo, y Y asubiré se tran s­
form a poco a poco. E stá cada vez m ás ágil, han desaparecido de su
figura las huellas del cansancio y de la am argura y se me ha acercado

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en varias oportunidades para explicarm e las m uchas cosas que no en­
tiendo. M e dice, por lo pronto, que surcam os aguas conocidas, pues
m uchas tribus envían sus piraguas una docena de soles m ar adentro
p ara atra p ar peces de exquisito sabor, grandes y carnosos. Y agrega
que en breve tendrem os que hacer lo mismo, dado que las provisiones
se acabarán inexorablem ente. M e refiere tam bién que hay tribus que
envían sus navegantes a descubrir rutas, a buscar islas h abitadas sólo
por m ujeres bonitas, a conquistar tierras para engrandecer el renom bre
de sus respectivos caciques. Le pregunto por qué no hem os avistado
ninguna piragua extranjera hasta el mom ento. Y m ostrándom e unas
m anchas azules que cubren casi todos sus cueros pintados, responde:
“E l m ar es m ás grande de lo que suponem os, m uchacho.’’

N oche de luna. Todos duerm en, hasta los rem eros. Sólo siguen
despiertos Y asubiré y este hum ilde cronista, a quien em belesan los
reflejos de la luna sobre unas aguas que se han am ansado y se han
puesto, ellas tam bién, a dorm ir. A provechando la tregua, Y asubiré se
sienta fren te a mí y em pieza a hablarm e en voz baja. Su voz es calma,
m onótona, parecida al gorgoteo del agua en la proa de la “Linboy’ .
D ice que no sería difícil encontrar m añana, o al sol siguiente, piraguas
que regresan a tie rra y tripuladas por hom bres cansados, desilusionados
o enferm os. Cuantos han salido a buscar tierras han fracasado y fraca­
sarán, salvo nosotros. N o tienen arte, ni ciencia para navegar, ni fe
p ara encontrar, porque nadie ha creído que exista una ru ta hacia un
nuevo m undo, y nadie ha creído en un nuevo mundo. Necios como
son, lo buscan cerca, a doce o catorce soles de la costa. P ero hay que
vivir cinco veces esa cantidad de soles en el m ar inm enso p ara llegar
a los m undos nuevos. H ay que perder el m iedo a la inm ensidad y a
los m alos espíritus. Y hay que tener tam bién una confianza inmensa
en Tebiché, quien creó un m undo más herm oso y grande que los sueños
de todas las tribus juntas, y en T upapá, señor de los astros y m aestro
de los hom bres que buscan con corazón puro. Esos navegantes de
aliento corto, esos piragüeros que am bicionan m ujeres fáciles y colmillos
de cualquier sabandija triste son, en realidad, ignorantes y miedosos.
Se guían por el sol, pero desconocen el camino que enseñan las es­
trellas. H an despreciado las palabras de los sabios, no han escuchado
jam ás a M añam edí. Las am enazas de vientos o torm entas los asustan
y los obligan a regresar azotando sin piedad las espaldas de los re­
meros. C reen que pasados los catorce soles de viaje, se acabarán, el
mar, el cielo y el aire, y caerán en un abism o tenebroso donde los
espera Añang para com érselos a mordiscones, sin dorarlos a las bra­
sas, cosa terrib le que nadie practicaría, ni siquiera en perjuicio de ios
galerones desventurados. N ada lograrán, no habrá tieras aguardá doles,

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Imu que planten en ella sus tolderías, no hallarán hom bres y m ujeres
f»n cuyas alm as sem brar gérm enes de dioses. Y m ejor que sea así,
pues sus dioses no son los nuestros, es decir, no son verdaderos. Y sus
propósitos no son beneficiosos, porque tam poco son los nuestros. Ellos
desem barcarían p ara saquear, robar, violar, secuestrar y m atar. Si que­
dara alguien vivo, lo esclavizarían. Sería inútil esperar de ellos lo d e­
seable, o sea instrucción para los salvajes; hábitos de ocio p ara p aliar
lus brutalidades del trabajo; sim plificación de las costum bres; respeto
por los anim ales y las plantas; liberación de los fantasm as del p ensa­
m iento, de la gloria y del arte; afición a gozar del sol y del aire, de
los frutos y de las caricias sin encerrarse en tram p as de piedra; re ­
nuncia a esos ídolos crueles que se prenden a la conciencia como san­
guijuelas, y espían día y noche nuestros pensam ientos más recónditos,
y nos atorm entan con los gusanos del rem ordim iento; y aprendizaje
al fin, del com er auténtico, no de m entiras, rescatándolos de esa in­
genua presunción de com er carne de dioses y dándoles a probar car .e
de hom bres, y tam bién de m ujeres, plato nada desdeñable.
U n gemido interrum pe a Y asubiré. Proviene de los rem eros, quie­
nes duerm en en sus sitios, con las cabezas apoyadas en la borda. Se
pone de pie el navegante, se acerca a los durm ientes, los exam ina uno
por uno, cubre, con pieles de venados, a los que exponen el cuerpo
al rigor del relente, tranquiliza a los que sufren pesadillas, les dice
palabras de esperanza y les com unica entusiasm o.
V uelve Y asubiré y reanudando su discurso, insiste en lo im por­
ta n te de mi com etido. “A unque por mi p a rte ”, me dice, “creo que la
presencia de un cronista en esta expedición señala un cambio m uy
profundo en nu estra concepción m itona de la vida. H asta ahora se
ha desconocido la historia, pero se ha conocido la felicidad. N unca p re­
cisó cacique alguno cronistas que recordasen sus hazañas, porque siem ­
pre se trató de una sola y m ism a hazaña repetid a como una leyenda.
P ero la em presa en que estam os em barcados ha em pezado por tra s­
to rnar las cosas de ta l m odo que se ha m etido el pie, sin querer, en
el terreno de la historia. Por eso estoy lleno de una em oción igual
a la que sentiría si viese delante de mí, como veo tu figura, a T ebiché
o a T u p ap á en persona. Pavor, asom bro, em briaguez, como si hubiese
bebido chicha, es lo que experim ento. E sto es m uy distinto, muchacho,
recuérdalo todo. Aquí com ienza la gran era para los m itones y la dicha
suprem a de que los infieles salvajes de esos m undos que descubriré
abjuren de sus ídolos y abracen la verdad. P o rq u e los descubriré, no
tengas dudas, encontraré lo que nadie supo buscar. P or algo alim enté
una am bición que jam ás sintió m itón alguno, y que nunca turbó las
conciencias de las restan tes tribus. R ecuérdalo, muchacho. La expedición
que estás viviendo no es leyenda, no habrá de repetirse. Es irrepetible
y única. Es historia, y por serlo, habrás de tran sm itirla a tus hijos y
a los hijos de tus hijos, para que sepan de dónde vienen, y adonde
v an.”
D icho esto, se levanta y cam ina hasta la proa, donde M añam edí

1?
ronca plácidam ente, con los pies en rem ojo. L a silueta del navegante
se recorta contra el horizonte, y su gorro de piel, sus hom bros y torso
desnudo, y sus brazos cruzados sobre el pecho lucen a la luz de la
luna como si fuesen, no de piedra tallada, sino pulida.

* * *

C antan los cielos la gloria de Tebiché. H a salido el sol, es liso


y llano el m ar, como alm a m itona antes de la expedición. M e vienen
unas ganas trem endas de cantar y canto proclam ando la pureza de las
aguas, que parecen recién escurridas de las m anos creadoras, la inocencia
de los aires, que postergan sus apuros y se frenan p ara alab ar al
hacedor, la paz regalada desde la altura a todos los m itones de buena
voluntad.
P ero Y asubiré se m e acerca y me ordena cerrar la boca. D ice que
si quiero cantar que no lo haga por cuenta propia, como acostum bran
los salvajes de los m undos por descubrir, según rum ores que ha recogido
M añam edí en su larga vida. “Esos bárbaros son de un individualism o
feroz”, advierte. “Cantem os según nuestro tradicional estilo, todos ju n ­
tos y en coro”. Y agrega, con gesto hosco: “P ero elijam os bien las
letras, purgándolas de las contam inaciones idólatras y fetichistas que
se notaban en tus palabras.”
Como quedo perplejo y — contra sus órdenes— boquiabierto, con­
cluye Y asubiré:
— H abrás de contentarte con ser cronista.

* * *

Calm a en el m ar y en los vientos, pero agitación e n la piragua


cap itana: se han acabado las provisiones. T ucuñata m uestra el rincón
de popa, vacío de to rtas y de carne seca. H a llegado el m om ento de
conseguir com ida valiéndose de arpones. D esde la “C onboy”, haciendo
señas con su taparrabos, O rom boé da a entender que tam bién se quedó
sin nada para llevarse a la boca. Su herm ano Omboé, en cambio,
respondiendo a su fama, se ha puesto a pescar sin d eten er el m ovi­
m iento de la “N iboy” y gracias a un sistem a personalísim o. A purando
al m áxim o los rem eros, como si com pitiesen en una carrera, y m ientras
se desliza la* “N iboy” a gran velocidad, Omboé, hincado sobre el ángulo
de la proa, golpetea dos m aderas provocando estrépito. Asustados, al
parecer, los peces procuran huir del bochinche form ando grupos num e­
rosos y tupidos. E ntonces O mboé recibe de m anos de M ipoya una
chuza delgada y fuerte con la que em pieza a ensartar peces. Cuando
atrap a los que necesita, im pone un descanso a los rem eros, se aleja
del sangriento escenario y rep ite la operación m ás lejos, p ara aprovi-

18
nintuirse debidam ente y aún para ceder £ la “L inboy” y a la “C onboy”
unas cuantas piezas.
Yasubiré exhorta a im itar el ejem plo de Orom boé. En tan to haya
Cttlma y siga el m ar tan tranquilo, será posible atib o rrar de peces las
tren piraguas. T odos se disponen a cobrar su presa echando m ano a
Ion objetos más diversos. Los rem eros esgrim en arpones, T u cu ñ ata una
chuza cortita, yo m ism o m e entretengo m anipulando un hueso de v e­
ñudo, recto y pinchudo. Sólo se abstienen de pescar Y asubiré, siem pre
atento a los caprichos con que pueda sorprenderle el m ar, y M añam edí,
rezador em pedernido y tenaz rem ojador de sus propios pies.
N o es mucho, sin em bargo, lo que se logra sacar del mar. R e p ar­
tí dfi en tre las tres piraguas, la pesca alcanzará p ara dos días. Semancó
habla con desprecio del tam año de los peces y dice que si en estas
aguas tan grandes hay bichos tan chicos, term inarem os com iéndonos
los remos. Y asubiré le im pone silencio, m ientras yo pienso que no le
falta razón. H asta el m om ento, los peces extraídos no llegarían a la
m itad de los que vi sacar a mis tíos en los riachos y lagunas de la
querida tierra m itona.

* * *

La calm a es total. La pesca dism inuye. Semancó refunfuña, y Y a­


subiré tiene el sem blante sombrío. Cae un sol pesado y ardiente, y ya
nadie se acuerda de alabar la m agnificencia creadora de T ebiché. O pina
M añam edí, sacando por un in stan te los pies del agua, que algún es­
píritu m aligno debe andar dando vueltas por ahí, y espantando a los
peces. Pronunciado su oráculo, vuelve a m eter los pies en el agua, y
a canturrear oraciones contra los maleficios.
A m ediodía se halla tan quieto el m ar, y ta n desierto, que las
tres piraguas se han juntado cuanto han podido, com o p ara resistir
m ejor la trem enda soledad. V em os claram ente la figura esbelta de
Orom boé, que inventa ardides uno tras otro con el fin de aum entar
la eficacia de su pesca. P ero no hace sino cansarse: cada aroonazo es
un golpe perdido. Los peces, agrupados de m añana en form aciones com­
pactas, nadan ahora dispersos y entorpecen la captura. Cuando el sol
com ienza a caer por las popas, el aire parece h aberse detenido, ab ra­
sando nuestras espaldas y convirtiendo el m ar en una superficie m ás
inmóvil y pulida que los lagunones de mi tierra, cuyos recuerdos no
me abandonan. H ace un calor insoportable, sudam os con sólo p estañ ear
y m iram os codiciosos las aguas: ¡se han vuelto ta n claras y verdosas,
tan agradables! Y asubiré com prende nuestras necesidades, v p erm ite
un baño general, pero con orden. P rim ero se zam bullen quince rem e­
ros galerones, dan unas cuantas brazadas, y regresan a la “L inboy” sa­
tisfechos y resoplando; después los im itan los otros quince, quienes
retornan con idéntica com placencia, chorreando un agua refrescante y

19
pura. Toca el turno a Semancó, al propio Y asubiré, y a este m odesto
cronista. ¡Qué m aravilla de agua! T ran sp aren te como nunca vi, lím pida
a más no poder. Nos hundim os varias brazadas y reconocem os con
nitidez asom brosa cualquier criatura que ronde a cierta distancia. D is­
tingo fácilm ente a Y asubiré, quien se deja ir aguas abajo con indolen­
cia, para subir de golpe, pegando los brazos al cuerpo y m oviendo
sólo los pies. Semancó hace lo mismo pero con m ás energía y, dicho
sea sin el m enor propósito despectivo, con m ejor estilo. E n realidad,
su estilo n atatorio es incom parable: pasa y repasa bajo la “L inboy”,
pega un salto en el aire, se sum erge con elegancia, avanza después
con el cuerpo bajo la superficie, boca arriba, asom ando tan sólo la
nariz, igual que esos peces corpulentos que estoy viendo con regocijo
desde hace un rato, nadando ligeros y m ostrando al aire una aleta
pardusca m uy rígida que tien en sobre el lomo.
T repo a la “L inboy” y encuentro un raro alboroto. Jefes, rem eros
y T ucuñata — M añam edí es siem pre excepción— im provisan arpones
con todo lo que encuentran: astillas, huesos, p untas de flechas. V an
de una banda a la otra, de popa a proa, hablan, discuten, señalan el
agua y observan las aletas que em ergen desplazándose velozm ente.
Creen — tam bién yo lo creo— que T ebiché ha escuchado las súplicas
del gran m achí y ha enviado una pesca estupenda. Esos sí que son
peces grandes, peces decentes, peces con m ucha carne, no como esos
m íseros pescadillos incapaces de colm ar los rincones de la proa. H ab la­
mos en voz baja, para no espantar a los generosos anim ales, y aguzamos
los arpones. Semancó propone atraerlos hasta las bandas m ism as de
la piragua arrojando en trozos algunos peces capturados, y Y asubiré
aprueba. E l prim er trozo es suficiente. Los grandes peces se acercan,
se arrem olinan, se disputan la carnada, m uestran sus cuerpos lustrosos,
alargados, agilísimos. C om prendo que no tienen escamas, lo proclam o
y provoco estupefacción. Los trein ta rem eros, m ás Semancó, su m ujer,
Y asubiré y hasta M añam edí, que ya ha levantado los pies del agua,
se agolpan sobre una de las bandas. E l peso es excesivo y la “L inboy”
se bam bolea y se inclina con peligro de zozobra. R esu lta inevitable
la entrada de m ucha agua, y tam b ién la salida de alguno de nosotros.
Q uien sale — pegando un grito— es T ucuñata. A penas ha tenido tiem ­
po de quitarse la vincha que sujeta sus larguísim os pelos. T odos nos
alegram os, porque bañarse sem ivestida rep resen ta una incom odidad. Se­
m ancó pregunta a Y asubiré acerca del carácter y costum bres de esos
pecesguazú con aleta, pues los sospecha capaces de com er cualquier
cosa. P a ra no pasar por ignorante en tem as m arinos, Y asubiré responde
que, según la rapidez con que tragaron la carnada, y las dentaduras
avistadas en el entrevero, estam os ante peces de excelente apetito.
T ucuñata chilla como un pécari y Semancó, resueltam ente, decide
b atallar en su escenario íntim o librando recio com bate en tre sus dos
deseos: arrojarse al agua, o perm anecer en la “L inboy”. M ien tras nues­
tro jefe guerrero pelea, nadie a bordo quiere perd erse el espectáculo.
Y hubiera sido, en verdad, p erderse la m ás estu p en d a acción desde

20
nuestra partida de la bahía, aquella m añana. Caída al agua T ucuñata,
los grandes peces, con esa curiosidad proverbial de casi todos los seres
vivos, se le acercan. P ero no llegan a tocarla; sin su vincha, T u cu ñ ata
ha quedado con m edio cuerpo envuelto en pelos renegridos y gruesos.
Ya sea por esa circunstancia, ya por los chillidos de la esposa invernal
del jefe, los enorm es y flexibles nadadores, todos a una, giran sobre
sí mismos, salen disparados como m ojarritas y se pierden de vista.

* * *

N oche de luna otra vez. E l sueño regala sus beneficios a los expe­
dicionarios, pero ahora, son tres los insom nes: el cronista, Y asubiré, que
gusta conversar con el cronista, y T ucuñata. D esde que volvió de su
baño inesperado, se ha colocado en cuclillas en su cubículo de popa y,
dando las espaldas a la proa se ha quedado m irando fijam ente hacia
donde el sol se pone. P ienso que si no m ediara ta n ta distancia en tre
nuestra tierra m itona y la posición de las piraguas, regresaría a nado,
m ovida por esa furia im pasible que la asem eja a los ídolos de piedra
de nuestros antepasados.
N o es para menos. T ras voltear su cuerpo por sobre la borda,
chorreando agua y con los pelos serpenteándole en tre los abultadísim os
pechos hasta el v ientre y las nalgas, tam bién abundantísim as, T u cu ñ ata
debió soportar una reprim enda agria de Semancó. N uestro jefe guerrero
y delegado del G ran Cacique habló como tal. Con voz de trueno acusó
a su esposa de im prudente y le achacó la pérdida de una pesca como
quizás no es presentase otra en to d a la travesía. P o r haber ahuyentado
a los pecesguazú sin consideración alguna, las tripulaciones y sus jefes
pasarían ham bre y privaciones. V endrían jornadas en que deberían co­
m erse las m aderas de las piraguas, y m asticar huesos y espinas. P or
no recordar que los peces son espantadizos, por querer m ezclarse con
trabajos propios de varones, por to rp e curiosidad insensata, se verían
de aquí en adelante cercados por los fantasm as de la desnutrición y
de la angustia. P ara peor, se había m ostrado an te sus hom bres sin
vincha, lo cual era el colmo de la desvergüenza. “U na esposa im púdica
llena de oprobio al esposo”, rugió Semancó. “Sólo deseo que venga
cuanto antes la prim av era”. Y no dijo más.
“Su m ayor am argura es haber perdido la vincha”, me dice Y asu­
biré casi en un susurro, y señalando las regordetes espaldas de Tucu-
ñnta. Yo observo coa asom bro la inm ovilidad de la esposa invernal, que
se une a la inm ovilidad del aire, del m ar, de los hom bres dorm idos
y agobiados por el calor y las em ociones de la jornada. V uelta al punto
del horizonte por donde el sol se ha puesto hace rato, T u cuñata se
confunde con los objetos de la piragua. La luna ilum ina sus desorde­
nados pelos, húm edos todavía; y tiñe sus hom bros con un reflejo b ri­
llante. Y asubiré perm anece callado durante un buen rato hasta que
con un adem án tem bloroso m e dice: “T endrem os to rm e n ta”.

21
* * *

E l anuncio del navegante me ha hecho pasar m ala noche. D orm í


a los saltos, tem iendo que en cualquier m om ento estallasen insultos y
chillidos entre los esposos. Sin em bargo, el jefe guerrero roncó linda­
m ente, y T ucuñata no alteró su posición. Al am anecer, la única altera­
ción se ha producido en el cielo y en la atm ósfera que nos rodea.
U n m anto espeso de nubes tap a el sol y un calor m ás sofocante nos
castiga desde tem prano. Y asubiré m anda m over los rem os pero acon­
seja a los galerones que trab ajen despacio. T ap ad o el sol, no está
m uy seguro el navegante del rum bo correcto. U n avance veloz puede
desviarnos; el estancam iento puede arruinar los ánimos. Lo más p ru ­
dente es avanzar con parsim onia: los músculos no q uedarán ociosos
y el airecito del avance, aunque suave, servirá de refrigerio.
P ero el m ediodía se desplom a con un peso terrible. L a “N iboy”
y la “Conboy” se han detenido; los galerones de la capitana siguen el
ejem plo y se niegan a rem ar. Y asubiré nos exhorta a m ojar de continuo
las cabezas; y como lo hacem os con agua salada, p ara ah o rrar la dulce,
que em pieza a escasear, pronto el calor chupa la h um edad y nos
deja con una costra de sal irritante, im pregnada de sudor. E s forzoso
rem ojarnos una y otra vez, sin que sepam os cuándo pondrem os fin a
tan m olesta operación. Sólo dos personas, en la “L inboy”, se m antienen
ajenas al calor y a las m ojaduras de cabeza. U na es T ucuñata. hecha
piedra, y de espaldas siem pre; la otra M añam edí, quien m ete tra n ­
quilam ente los pies en el agua desde que desaparecieron los grandes
peces.
E l gran M achí pasa el tiem po entregado a la m editación y al
contacto profundo con las mágicas potencias del universo. E ntrecierra
los ojos, m ueve levem ente los labios, cabecea rítm icam ente, se acaricia
de cuando en cuando la barba rala. D esprecia el calor, y estoy conven­
cido de que despreciaría igualm ente el frío o los tem porales. Todos
sufrim os este cielo como una piedra infinita y gris que acum ula calor,
y este m ar saladísim o y haragán. Todos, m enos M añam edí. Los pies
siem pre en el agua, los ojos entrecerrados, descifra los enigm as de la
creación, de los espíritus, de T ebiché que lleva y trae las nubes a su
antojo. A veces se le arrim a Y asubiré, le form ula una pregunta y aguar­
da pacientem ente la respuesta, que llega al fin como desde el fondo
de la tierra, o para ser m ás exacto, del mar. E l navegante recorre otra
vez la “L inboy” de proa a popa, con gesto resignado y lanzando m iradas
nerviosas a las nubes. Entonces, de la boca sabia de M añam edí brota
un cántico apagado pero claram ente audible dados la q uietud del am ­
b iente y el m utism o del mar. C anta al sufrim iento y al valor de los
dolores, canta a las enseñanzas y a las verdades que tra e n el padecer,
los contrastes, los árboles derrum bados en m itad del camino; canta
el deseo de los hom bres por realizar sus sueños, y lo mucho que cuesta
realizarlos; y repite con m onotonía de tam bor selvático que una gran

22
am bición es herm osa y buena hasta en los dioses, pero que exige a
los hom bres su vida entera, y aún algo más que sus vidas.
Un grito interrum pe el cántico. T ard o en reconocer en ese grito el
mismo tim bre que ha entonado la canción. N o sé bien qué ocurre, no
lo saben tam poco Y asubiré, ni Semancó, que corren hacia proa, ni los
rem eros que em ergen de su m odorra. Es M añam edí quien grita, pero
aún no com prendem os por qué. Je fe y navegante lo agarran de los
hom bros, tiran de él hacia el fondo de la piragua. M añam edí no viene
solo: trae com pañía. Asqueroso, jam ás visto, con bocas como grandes
dedos dentados, un anim alejo se ha prendido con todas sus fuerzas
al dedo gordo del pie derecho de nuestro gran M achí. Con esfuerzo y
grandes cuidados, Semancó arranca el anim al y Y asubiré exam ina la
parte dañada: el dedo gordo aparece hinchado y coloradote, como si
se lo hubiese ap retad o con la p iedra de un m ortero. Acercándose a
una banda, Sem ancó se dispone a tira r al agua el anim alejo, cuando
otro grito, surgido esta vez en popa, lo detien e: T u cuñata ha ren u n ­
ciado a su inm ovilidad, se lanza sobre su m arido y, rapidísim a a pesar
de sus pechos, su vientre y sus nalgas, le arreb ata la presa exclam ando:
“B ueno para la cena”.

* * *

T enía razón T ucuñata. El anim alejo, prep arad o por sus m anos
cocineras, quedó m uy sabroso. E n un cuenco grande encendió fuego con
huesos y algunas m aderitas de un m ontón que llevaba en popa; sostuvo
encima, pacientem ente, una vasija con agua potable; m etió el anim alejo
y esperó. Cuando lo sacó, el raro bicho era rojo, como teñido por la
tin tu ra del caisiubé. E n seguida T ucuñata batió la yem a de un huevo
de ñandú, le echó aceite de palm a, trozó el anim alejo, lo revolvió todo
junto, refrigeró el p reparado abanicándolo con una piel vieja y lo sirvió
al fin, ya bien entrada la noche. D ebo aclarar que ni los más exquisitos
peces que atrap ab an mis tíos sabían de aquella m anera. Carne blanca
y m uy tierna, gusto salobre pero a la vez único. Y por sobre todo,
nutritivo, sin perjuicios, pues no nos pesaba en el estóm ago como las
tortas o la carne seca, ni como los pecaríes asados que he comido en
las tolderías donde m e crié.
Satisfecho y chupándose los dedos, Semancó dice que es necesario
sacar muchos anim ales como ése; y agrega que si sólo se pescasen
tales bichos, dispondrían del m ejor y más concentrado alim ento que
se pudiese imaginar. T ucuñata se ofrece, asegura ido que les conoce las
costum bres, y que sabe cuándo y dónde encontrarlos. P ero su esposo
le dirige un m irada colérica y la obliga a callar recordándole el infor­
tunado encuentro con los pecesguazú de aleta pardusca. M ira después
hacia proa y ve a M añam edí sentado en el ángulo pero co x am bas
piernas recogidas, frotándose con disim ulo el dedo gordo del pie de-

23
recho. “No entrarás en el agua”, ordena con voz helada a su esposa
invernal. “M eterás sólo un pie, que servirá de carnada y anzuelo”.

* * *

L a orden de Semancó no pudo cum plirse. D u ran te el alba


se levantó recio viento que sopla ahora avanzada ya la m añana. E l cie­
lo está am enazante, cubierto por nubes ta n parduscas como las aletas
de los pecesguazú. Los rem eros trab a jan con grandes dificultades por­
qu e las olas levantan la piragua y los rem os se quedan en el aire, sacu­
diéndose como las patas del anim alejo que lastim ó a M añam edí y ale­
gró nuestra cena. T ucuñata procura esconder en los fondos de la p ira­
gua y en el rincón de popa todos los taparrabos y las pieles que han
quedado dispersas. M anteniendo a duras penas el equilibrio, arreb ata a
la furia del viento nuestras prendas y asegura con tientos los cuencos
y las vasijas. Se desplaza a los tum bos, agobiada por el vendaval, por
sus carnes opulentas y por los pelos que se enroscan en su pescuezo,
tap an sus ojos, golpean sus flancos y ondean agitadísim os como las co­
pas de esos árboles petizos que desafiaban tem porales en tierra m itona.
N o sé en qué form a desafiará nuestra expedición la furia combi­
nada del m ar y del viento. Sopla el aire redoblando su violencia y en­
friando nuestros cuerpos tem blorosos. H abíam os querido refrescarnos
después del calor insoportable padecido en las horas de calma; pero
todo este aire junto es dem asiado. La piel se nos eriza, sentim os frío,
tiritam os. P ara reaccionar y en trar en calor nos agarram os como vinchu­
cas a las bordas, a los rem os, a las nalgas de T ucuñata, a todo cuanto
ofrezca sensación de solidez. Si el ventarrón es atroz, más atroces son
las olas. ¿Quién pudiera im aginarlas después de la m ansedum bre la­
custre de las últim as jornadas? P rendidos de lo que sea, calentam os los
músculos y evitam os rodar de popa a proa y viceversa, igual que asti­
llas de leña. L a piragua sube y baja, se bam bolea, pega saltos, recibe
golpes tortísim os, cruje y gime como toldo en un incendio. A veces
vem os nada m ás que cielo, un cielo que aum enta su negrura; otras ve­
ces el m ar entero se nos ofrece a la vista y nos infunde pavor. E s un
m ar lleno de sierras y valles que no reposan nunca, un m ar revuelto,
tenebroso, maligno. Las olas se persiguen, se atrapan, se destruyen, re ­
surgen agigantadas, se chocan y estallan com o si se odiasen desde el
comienzo de los tiem pos. H ay m om entos en que la “N iboy” y la “Con-
boy” aparecen ta n cerca que oímos los chillidos de M ipoya y de Alista,
y las voces de O mboé y de Orom boé preguntando si precisam os algo.
E n otras ocasiones, nada vemos, salvo este m ar que ruge como si todos
los yaguaretés de la selva se peleasen con saña enañangada. Es un
rugir que aturde, un aullido continuo que parece brotado del corazón
de los espíritus perversos. La visión de sem ejante soledad sostenida
por el estruendo del oleaje nos em puja todavía m ás contra el fondo de

24
la piragua. T odas las soledades son desagradables, incluso la de los
campos en p rim avera: siem pre se quiere com pañía, especialm ente en esa
época. P ero la soledad que tenem os delante, que nos rodea y nos ataca
de m il m odos distintos, puede aniquilar fácilm ente la voluntad más ro­
busta. N o es la soledad de la quietud; mucho m enos la de las cosas
extinguidas y olvidadas. Es una soledad activa, llena de intenciones
siniestras y que tiene, en tre sus m últiples m ovim ientos, un solo rostro:
el de la m uerte.
Supongo que todos tem en, aunque sería atrevim iento de mi p arte
darlo por cierto. D e mí he de decir que tengo miedo. Un m iedo enor­
me, to ta l: ¿para qué m entir? Soy cronista, y mi obligación es referir
la verdad, no dárm elas de héroe. Siento tanto m iedo como T ucuñata,
que se ha acurrucado en el rincón de popa y se ha envuelto la cara
con sus pelos para no ver las olas verdes oscuras o el cielo sombrío.
No m e avergüenza sentir m iedo como una m ujer, porque debo tener,
además, un m iedo parecido al de los trein ta rem eros, que se han ti­
rado en el fondo de la piragua, donde yacen todos revueltos de b ru­
ces, sin atreverse a levantar la cabeza. T an to miedo, quizás, como
Semaocó, a quien le tiem blan los labios m ientras se ata con disim u­
lo al banco de popa valiéndose de un tiento, p ara no volar sobre
la borda en cualquier bandazo.
¿Y Y asubiré? ¿Y M añam edí?
H acia ellos convergen mis ojos y los de Semancó. Y en ellos han
de pensar, si aún pueden hacerlo, las restantes criaturas que ha i visto
la expedición transform ada en prueba de espanto.

* * *

N avegante y brujo se m antienen en contacto asiduo. M añam edí


ha olvidado sus rem ojones de pies, y no creo que los repita, ni que los
neecsite por el m om ento. T anto él como Y asubiré, como todos nosotros
al fin, estam os em papados de la frente a los talones. Cuando em pezaba
este horror, sufríam os salpicaduras, y cada ola que golpeaba las bandas
expandía una llovizna de espum a sobre nuestras carnes. A hora el ven­
daval tiene ta l potencia, que el agua nos cae continuam ente y nos ciega
con sus chorros salados. E l fondo de la piragua se inu da y de ese
modo tenem os agua por arriba, por los costados, por abajo. Ya no
sabem os qué hacer para com batir el frío. M ediante un gran esfuerzo,
en treabro los ojos y veo al navegante y capitán m ayor de la expedi­
ción tratan d o de contagiarnos su calma. E l zarandeo de la piragua sue­
le arrim árm elo; entonces logro oír, entre el bram ido del oleaje, su
p alab ra em papada de experiencia. Dice que estas cositas son colmillo
de jaguar corriente en tre los expedicionarios; que los m arinos deben
vivir preparados para enfrentar dificultades peores; y que no se puede
cruzar el m ar sin arriesgar algo. E n coyuntura tan especial, poco me

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im porta refrenar la lengua. R espondo que “esas cositas” parecen el fin
del mundo, y que la sabiduría que procura infundirnos no es, en reali­
dad, m uy original. Ignoro si m e oye o si acepta lo que digo como
respuesta de un m itón inexperto que jam ás se em barcó m ar afuera.
Sostiene que navegam os bajo la protección de T ebiché y que M aña-
medí, explorando con su espíritu las entrañas del m ar y del cielo, cono­
ció claram ente la intención de la torm enta. “A prieta pero no ahoga”,
le oigo decir antes que lo ap arte de mí otro rolido, seguido de un ca­
beceo brutal.

* * *

E s casi im posible achicar. E l fondo de la “L inboy” es un charco


y el agua sobrepasa nuestros tobillos. Cuencos, vasijas, manos, gorro de
Yasubiré, todo sirve. P ero por unas pocas gotas que sacamos, el mar
nos devuelve torrentes. N adie queda en pie por m ás de unos segundos.
Un descuido, un resbalón, una aflojada, y el oleaje nos arrastra ría y
nos tragaría en m enos de lo que canta un urú. H a de ser horrendo
sentirse vapuleado por esas m ontañas líquidas, de vientre retin to y cres­
tas blancuzcas. T ucuñata llora viendo qué difícil es m anejar el cuenco;
Semancó m aldice porque ya perdió dos vasijas; los rem eros hacen lo
que pueden, aunque dicho sea sin ánim o acusatorio, pueden m uy poco.
P ara ellos, los rem os son vitales, y los vigilan por sobre todas las co­
sas. “ ¡Arriba los ánimos! ¡Achiquen!”, grita a mi lado Y asubiré. P ero
sólo yo lo oigo, y con el agua que saco no haría gárgaras ni un picaflor.
T odo se oscurece de golpe. T al vez ha llegado la hora del adiós
a la vida, el instante im penetrable en que desaparecem os, m uy lejos
de nuestra tierra, de nuestros herm anos y tíos m itones, de nuestros
toldos y nuestras lagunas y arroyos tranquilos. O tal vez ha llegado
— sim plem ente— la noche. ¿Quién se anim a a alzar la frente o a abrir
los ojos? Sentim os los brazos y las piernas como piedra, la espalda y
el pecho doloridos, el corazón a punto de reventar. ¿P ara qué seguir
luchando? Somos como esos yuyitos que llevan de aquí p ara allá los
ríos crecidos de mi tierra. E nderezarse, m irar en torno: ¿quién es capaz?
M e cuesta abrir los ojos, y no sé tam poco con qué objeto: la negrura
nos envuelve.
U na luz, de repente, violentísim a. U n chispazo que cruza el cielo,
y enseguida el retum bo de un trueno. O tro chasquido de luz, y
luego varios, en sucesión em pavorecedora. A la claridad de los
relám pagos, el interior de la piragua presenta un cuadro deplorable.
T irados, revueltos, sin fuerzas, vencidos, entregados. ¿Todos? Todos,
no. Y asubiré y M añam edí aguantan en proa, no sé cómo, y hacen ad e­
m anes y levantan los brazos al cielo.
P ero dejo de verlos. U na cortina espesa de agua reduce mi m undo,
m e tapa los ojos, me llena lo boca. H a em pezado a llover y con el
diluvio ha de haber em pezado — ahora sí— n u estra últim a jornada en
el m undo de los vivos.

* * *

“ ¡Oyeme, Tebiché, p adre de los m itones, creador de cielo y tierra,


y tam bién del m ar para nuestra desdicha! ¡A tiende nuestras súplicas!
T e im plora tu gran brujo, el hechicero por tu gracia, el machí que ha
consagrado su vida a servirte y reverenciarte. Q ue el m ar se aplaque,
y el viento se calme, y el cielo se trague ta n ta lluvia, que no sé de
donde la saca. O por lo menos, dam e el poder de calm ar la torm enta
y de m anejar los m ares. D éjam e salvar a estos hom bres p ara que cum­
plan m i propósito y expandan tu nom bre”.
Creo delirar. M e arden las sienes, tiem blo como las hojitas del
ibirapitá, estoy m olido por el cansancio y el miedo. M e imagino m uer­
to, y m e veo efectivam ente hecho cadáver y arrastrad o mi espíritu a
la región del más allá. Las súplicas que oigo sem ejan alaridos de u ltra­
tum ba, voces endiabladas, fiestas de todos los añagn desentientados.
¿Cómo es posible que m e lleguen palabras, y que esas palabras tengan
todavía sentido? Sin em bargo, he oído, y oigo. P o r encim a de la tem ­
pestad, oigo. A pesar del terror, de los golpes y sacudones, de las ganas
de quedarm e tirado para siem pre, oigo. La oración sigue, la voz se le­
v anta sobre el vendaval, ruega con el brío de los caim anes jóvenes, con
la astucia de los gatos m onteses, con la agilidad de los m onos gritones.
Si una ola no le tapa la boca, es capaz de vociferar la noche entera
hasta dejar exhausto al tem poral. No sé qué m e infunde m ás tem or:
o el estruendo del m ar em bravecido, o esta voz que me dibuja territo ­
rios de angustia, com arcas cruzadas por resplandores siniestros y cria­
tu ras peludas, con cuernos de venado y caras de mico, pin tarrajead as
como la de Semancó cada vez que se le antoja guerrear.
M e estremezco, salto sobre mí, gimo y jadeo : alguien m e toca, me
zarandea, m e dice cosas que no com prendo. Es Semancó, quien junto
a mí, dem udado, trém ulo, y sin pintura por suerte, m e señala algo a
proa. M e restriego los ojos, m e golpeo la frente, trato de incorporarm e.
Allí, en el ángulo de la proa, enroscado al botalón como una culebra,
el viejo M añam edí lucha contra los espíritus de la torm enta. Los relám ­
pagos alum bran sus m iem bros flacos y em papados; las olas lo salpican
p ero no lo cubren; los pelos de su barba se erizan como las chuzas
de una horda m itona lanzada con bastante disciplina al ataque. Todo
su cuerpo difunde un brillo inusitado, igual que esas luces canallas que
he visto de noche, en la quietud de los cam pos donde cazaban mis tíos.
A cada trueno, el brujo responde con una im precación; y se entabla en­
tonces un duelo soberbio. “ ¡Si m e respondes de ese modo, jam ás te
ofrecerem os la tierna carne de los galerones!”, grita. M e acongojo pen­
sando que los galerones habrán de oírlo. “Si estás tan enojado por un

27
yerro mío com etido sin intención, me cortaré el dedo gordo y te lo
ofreceré”.
Los truenos redoblan; y redoblan su em puje los relám pagos, los
vientos, las olas. P ero el brujo no cede. V uelve a gritar: “Si estás
ofendido porque espantam os tus rebaños de pecesguazú, entonces tiraré
al agua, para que la tragues cruda, y nos dejes en paz, a T u cu ñ a ta”.
No hay trueno esta vez. U n poco de oleaje, un poco de viento, y
m enos lluvia. M iro pasm ado: van parando los aires, van dism inuyendo
las olas, se van rasgando las nubes. M e incorporo, sin dar crédito: el
aire se serena, el m ar se apacigua, las nubes se esfuman. V olvem os a
oír el susurro de las aguas lam iendo las bandas, la caricia de la brisa
nocturna en nuestras orejas. Y sobre nuestras cabezas m altrechas ve­
mos otra vez, puras y brillantes, a las estrellas.

* * *

D espués de dorm ir como en ham acas y de dar descanso a nuestros


cuerpos atorm entados, despertam os con sol alto. E ntonces vem os el p re­
cio que pagam os por seguir vivos. L a “L inboy” hace agua; toda la car­
ga de pescado seco am ontonada en popa, ha desaparecido; la m itad de
las arm as de Semancó yace en el fondo del m ar; el propio Semancó
sufre en silencio un brazo contuso y un enorm e tajo en la frente. Se
han perdido taparrabos, penachos de plum as, el banco de popa, varios
rem os. Y asubiré cuenta los rem eros: de los trein ta originarios quedan
veinticuatro. T ucuñata se pone a lloriquear en m edio de tan to infortunio.
M añam edí, que al parecer ha dorm ido sobre el ángulo de la proa,
m ed ita ahora de cara al sol y cuidando de no m eter los pies en el agua.
Y asubiré ordena a los veinticuatro galerones achicar. Q uedan m uy pocos
cuencos y vasijas a bordo. A una seña del navegante, M añam edí sus­
pende sus m editaciones, se acerca a los rem eros y pasa sobre sus m agu­
lladuras un ungüento curativo. Y asubiré, entretanto , m e pregunta si
estoy bien, si he descansado, si tengo el ánim o firm e. L o noto am ar­
gado, se lo digo y m e contesta que le ha dolido mucho la desaparición
de los seis esforzados galerones. L am enta el destino que pesa sobre esa
tribu, y m e cuenta cómo cayó prisionera de los belicosos m itones, cómo
sirvieron — muchos de sus m iem bros— de víctim as en los sacrificios
rituales, en qué form a sistem ática fueron inm olados, trozados, asados
y comidos. M e cuenta tam bién que los rem eros iban por el m ism o
camino, pero que se les concedió la gracia de em barcarse en la expe­
dición. ‘N o había trip u la n tes”, com enta Y asubiré. “Salvo Semancó, sus
m ujeres y M añam edí, nadie tuvo coraje para acom pañarm e”.
Lo m iro fijam ente. Y asubiré com prende y se apresura a decirm e:
— T ú tam bién, muchacho, lo tuviste.

28
*

A ntes del m ediodía avistam os a la “N iboy”. U n rato después, a la


“C onboy”. A m bas padecen las m ism as dificultades que nosotros. N os
juntam os despaciosam ente. Semancó pregunta por sus esposas, Y asubiré
por los capitanes, T ucuñata por las provisiones, M añam edí por las m a­
gulladuras. Se produce un silencio. A treviéndom e, pregunto por los re­
meros. O rdenadas, nos van llegando las respuestas. M ipoya está muy
bien, deseando que llegue la prim avera; A listé padece dolores de cabe­
za, pero en general se encuentra anim osa; Omboé y Orom boé se hallan
como siem pre, hechos unos arcos, y profundam ente enam orados de sus
piraguas, pues han dem ostrado ser las más m arineras que hayan cono­
cido los m itones. Omboé, hom bre del oficio, conserva un poco de pes­
cado, porque tuvo la precaución de repartirlo y atarlo a cada uno de
los tripulantes. N o es mucho, pero alcanzará para rem ediar las necesi­
dades de todos durante esa jornada. D espués, T ebiché dirá.
E n cuanto a las m agulladuras, todos las ostentan con orgullo. P en ­
sar otra cosa sería absurdo. “P ero las soportam os como buenos m ito­
nes”, observa Orom boé. El capitán m ayor queda m uy satisfecho. E xhor­
ta achicar y rep arar averías, descansar hasta la m adrugada siguiente,
in tentar lances de pesca, y seguir adelante.
“¿Y los rem eros?”, vuelvo a preguntar. Orom boé contesta que el
tem poral sólo se llevó a cuatro de la “C onboy”. Y Omboé inform a que
de la “N iboy” faltan tres. “D os cayeron al m ar”, exclama.

* * *

No son m uy grandes las bajas. D e los seten ta rem eros quedan


cincuenta y siete. Y asubiré estim a que la m archa no dism inuirá, porque
tales contingencias estaban previstas desde la p artida. H ay ta n ta ale­
gría de estar vivo, es ta n poderosa la energía que nos va invadiendo,
tan espontáneo el gozo por el reencuentro, que el navegante y capitán
m ayor se contagia. T ra b aja como todos, achica, va y viene, revisa los
taparrabos, da un tironcito de pelo a T ucuñata, se interesa por el tajo
de Semancó. P ara prem iar lo que él llam a “nuestro ejem plar com porta­
m iento” y después de un servicio religioso dignam ente oficiado por M a­
ñam edí, dice que nos tiene reservada una sorpresa. M anda que T ucu­
ñ ata caliente agua, aunque sea quem ando un p ar de rem os. Se quita
el gorro de piel — contra el cual no pudo la tem p estad — y extrae de
su interior unos granitos pardos que m ira con delectación. M olidos y
m ezclados con el agua por T ucuñata, el propio Y asubiré rep a rte a to­
dos, sin olvidar al m ás hum ilde galerón, un poco de aquella extraña,
espesa y oscura bebida.
E s francam ente deliciosa. C alienta las entrañas y restau ra las ener­
gías. L e pregunto cómo se llam a. “P o r tu curiosidad, llegarás lejos, mu-

29
chacho”, me responde. “E n reconocim iento de esa virtud, te daré otro
cuenquito de chocolate”.

* * *

Buena pesca la de O mboé durante la m adrugada. M ar ligeram ente


rizado, viento suave, cielo azul y sol espléndido.
Y asubiré dispone que, en lo sucesivo, Omboé quede a cargo de la
pesca y del subsiguiente reparto. L a habilidad y la diligencia de este
hom bre son inapreciables. E l navegante estim a que, de continuar tan
buena racha, no habría inquietud sobre qué com erem os hoy.
D eslum bra el color del m ar, de un verde brillante. N unca h abía­
mos visto nada igual. “E stam os en otro m ar”, asegura el navegante.

* * *

No hay duda: se tra ta de otro m ar. Pero, ¿dónde estam os? D e to ­


das las pérdidas que sufrimos, sin excluir a los galerones, Y asubiré
lam enta una especial: su cuero pintado. No es que lo haya perdido,
porque hoy lo he visto contem plando afligido el cuero. Ocurre que el
mar y la lluvia borraron los trazos, despintándolos. Y ahora es un
cuero más, bueno para atajar el sol o el frío, pero no p ara rum bear.
Y asubiré ha dispuesto que la navegación se haga con extrem a len­
titud, para tener tiem po de orientarse. C onsulta una y otra vez con
M añam edí; el viejo respite que algún m aleficio cambió de lugar el sol
y entreveró las estrellas.
P ero Y asubiré es tenaz. Responsable. Serio. M uy com petente. Y
adem ás, ingenioso. Lo ha dem ostrado varias veces, y lo dem uestra aho­
ra, d elante de nuestros ojos. M oja un palito en un cuenco donde aún
hay restos de chocolate, extiende el cuero, y juntan d o dos huesos de
pescado, uno curvo y otro recto, m ira hacia el sol a través del recto,
ahuecado por donde pasaba la m édula, y hace m arcas con la uña en el
curvo. D e acuerdo con esas marcas, va dibujando sobre el cuero, con
el palito enchocolatado, una serie de líneas que se cruzan, una red de
trazos ilegibles para todos, m enos para él.
M añam edí se hace el ensim ism ado, para disim ular su envidia. Se-
m ancó vocifera, orgulloso de su capitán mayor. T ucuñata prom ete una
com ida suculenta y yo pienso en lo mucho que un hom bre aprende
viajando.
T erm inada la operación con los huesos, Y asubiré rectifica el rum ­
bo. “El sol siem pre un cuarto a la diestra”, ordena. “ ¡Adelante, y a
todo rem o!”
G alerones, brujo, guerrero, m ujer y cronista nos quedam os en

30
suspenso, inmóviles. E ntonces Y asubiré, por prim era vez según recu er­
do, sonríe y anuncia: “ ¡Sí, llegarem os!”

* * *

Jo rnadas parejas. M ar siem pre verde y brillante. Sol gratísimo. E n ­


tibia sin ofender. Y pesca m ás que suficiente: ta n ta suerte ha tenido
Omboé, que nunca falta pescado fresco, de la m ejor calidad. A rrojam os
al m ar, sin rem ordim ientos, muchos peces, por carecer de sitio. Los
galerones m antienen un ritm o rendidor.

* * *

N uevo color en las aguas. Se m uestran azules, de un azul profundo.


Olas no m uy altas, pero m ajestuosas. E s lindo este balanceo. Las aguas
azules form an como fajas o bandas anchas, y tan largas, que se pierden
de vista. Y asubiré dispone seguirlas y m anda que los galerones levanten
los remos. La “L inboy” prosigue su navegar, como si tal cosa. G ritos
de júbilo. Semancó está a punto de danzar, pero T ucuñata lo contiene,
tem erosa de que la piragua vuelque. M añam edí observa, se frota la
nariz, perplejo, y m urm ura: “¿L legarem os?”

* * *

G randes m anchas verdes flotando a lo lejos. La “N iboy” se ad e­


lanta, llega hasta la mancha. V ocerío de Orom boé y los suyos.

* * *

N avegam os en m edio de la m ancha verde. Son plantas acuáticas,


como los cam alotales de tantos ríos m itones, pero mucho m ás grandes.
Es necesario volver a rem ar. Y asubiré dice que se llam an algas, y que
florecen no lejos de tierra. A unque frenan nuestro avance, llenan nu es­
tras alm as de alegría. Y tam bién nuestros estóm agos: alargando el brazo,
T ucuñata arranca varios m anojos, los lava, los cuece con aceite de pes­
cado, y nos los ofrece. Confieso que es un m anjar. Y asubiré le rinde
honores, y M añam edí, quien tam bién prueba, inform a que cura la año­
ranza y el tedio de los largos viajes, dadas sus propiedades laxantes.
Semancó se niega a comer. “P refiero carne”, dice en son de p ro ­
testa.
Al caer la tarde, Semancó satisface su deseo. Los rem eros han
concluido la jornada, M añam edí reza, Y asubiré estudia el cuero, y Tu-

31
cuñata da vueltas entre sus vasijas. E l sol se retira con m ucha calma,
pintando el cielo de rosa y celeste. Sem ancó pega un grito, levanta
un brazo hacia el cielo, busca su arco y sus flechas, p rep ara el arm a
y apunta. Chasquea el arco, zum ba la flecha, gritam os todos
en la “L inboy”, corean las gentes de la “N iboy” y de la “C onboy” : la
flecha ha atravesado el pecho blanquísim o de un ave que venía volando
desde el poniente. Cae el pájaro m uy cerca de la “C onboy”, pero
Orom boé respeta el derecho de caza: la presa será de Semancó. D es­
plum ada y lim pia, será tam bién la cena del guerrero.
Y asubiré m e dice: “R ecuérdalo muchacho. R egistra este hecho, el
m ás im portante hasta ahora. E l prim er pájaro encontrado. La tierra
que buscam os no puede estar lejos. ¡Llegarem os!”

* * *

T ucuñata nos abandona. Sensible a los cambios de estación, Se­


mancó decide renovar esposa. Ju n ta T ucuñata sus vasijas y sus cuen­
cos, hace un rollo con sus ropas y se p repara p ara la mudanza. Acica­
teados por Semancó, los galerones arrim an velozm ente la piragua capi­
tan a a la “N iboy”, de donde el jefe guerrero espera recibir a M ipoya,
la cónyuge de turno.
Solem ne m om ento. M e pongo de pie, im itando a Y asubiré, los
galerones levantan los rem os, la “L inboy” está casi junto a la piragua
de Omboé. Contenem os la respiración y, tal vez, alguna lágrima. T ucu­
ñ ata ha sido buena com pañera; y aunque Semancó no le perdone haber
espantado a los pecesguazú, nadie de nosotros olvida que se portó como
cocinera excelente.
E l brujo nos desconcierta. H a dado la espalda a la cerem onia,
ha hundido la cabeza en el pecho, se ha enroscado al ángulo de la
p roa (sin m eter los pies en el agua, por su p u esto ). P arece enojado,
m ueve los brazos, ham aca el cuerpo como si orase. Las piraguas, entre
tanto, están casi juntas. Ya se adelanta Semancó, ya se arregla el pelo
M ipoya — una m uchachita no m ayor de dieciocho años, esbelta, linda
cintura— ya voltea la pierna T ucuñata sin que nadie la ayude con los
fardos, cuando un chillido nos paraliza la sangre, el corazón, los ad e­
m anes, la cerem onia. Creem os que otro anim alejo se ha prendido de
las carnes m agras de M añam edí. P ero el brujo nada tiene prendido
en el cuerpo, ni siquiera el taparrabos. D e pie ahora sobre el ángulo
de la proa, no deja de chillar y de señalar el cielo, hacia donde todos
m iram os. Sólo vem os un azul purísim o y un sol m uy herm oso, de los
cuales ningún m al puede venir. M añam edí chilla, se contorsiona y por
últim o, poniendo los ojos en M ipoya — cosa que todos hacem os con
gusto— pega un bram ido y dice: “ ¡No!”
Se le acerca Semancó, cuya diestra tien ta la m acana. Y asubiré
p resiente una escena terrible; M ipoya, que nada com prende, ham aca

32
sus caderas; T ucuñata está todavía en tre piraguas. O rom boé y todos
los rem eros han quedado en suspenso. “ ¡No!” rep ite M añam edí. “ ¡E sa
esposa, no!”
N unca hasta ahora he visto tan cerca el fin del venerado y pode-
roso brujo. La m acana se levanta, Y asubiré se interpone, T ucuñata sigue
con una nalga en cada borda, y yo contem plo a M ipoya, por ser el
centro de la inm inente disputa. Los ojos de Semancó lanzan llam as
y chispas; gustoso, los com pararía al del yaguareté — hem bra o m a­
cho— si no los tuviese tan renegridos nuestro jefe guerrero. A ntes que
caiga la m acana sobre el cráneo brujo — Y asubiré se ha corrido ligera­
m ente— oímos otra vez: “Esa esposa no, Semancó.”
“¿Por qué?”, pregunta bastan te nervioso el navegante. Semancó
calla.
“M ipoya es para la prim avera, ¿verdad?”, observa el brujo.
Y asubiré y Semancó asienten.
“Pues no estam os en p rim avera”, sentencia M añam edí. Y con voz
cavernosa añade: “E stam os en otoño.”

* * *

Sem ancó bebe a sorbos su quinto cuenco de chicha. A cambio de


la m acana — ahora bajo custodia del brujo— el propio M añam edí ha
escanciado chicha generosam ente en el cuenco del guerrero. Y todos
piensan que ha hecho bien. A cuclillado a popa, en el hueco que T u ­
cuñata dejó libre, Sem ancó m ira alternativam ente m ares y cielos. Es
un m irar turbio, que nada com prende, como si se hubiese apagado el
sol delante suyo. Busca explicación en tre la gente de la “N iboy”, donde
las tres m ujeres, m uy agitadas, deliberan; la busca en tre los galerones,
que m ueven con escasa convicción los rem os; la busca e i Y asubiré,
quien revisa su cuero pintado, hace anotaciones tras escudriñar con sus
huesitos, y se rasca la cabeza, absorto y confuso. N adie puede ayudarle,
ni siquiera M añam edí. P or eso le da chicha, para que vea las cosas de
o tra m anera y vaya entrando en un m undo distinto. E l brujo tam poco
puede explicarse nada, aunque sostiene y jura que estam os en otoño.
Las estrellas que ha visto son las del otoño; la fuerza del sol es otoñal;
la tem p eratu ra de las aguas tam bién. Y otoñales son los vientos, las
nubes, el vuelo de esos pájaros que rondan las piraguas e i bandadas
cada vez más abundantes. H a contado las jornadas desde que zarpam os;
y si hubiesen transcurrido — por esos caprichos de T ebiché— la p rim a­
vera y el verano, la cuenta sería tan abultada como las nalgas de
T ucuñata. La cuenta, sin em bargo, m arca exactam ente la llegada de la
prim avera. P ero el que ha llegado es el otoño.

* * *

B astante enchichado al anochecer, Semancó repasa canturreando los

33
nom bres de las estaciones, desordenándolos y reordenándolos en com­
binaciones antojadizas que rem ata con un m ismo estribillo: “R ecuerde
el alm a m itona: tras invierno, prim avera, | m e inculcaron. | Qué ense­
ñanza tan chambona, | qué m entira tan grosera | me encajaron.”
Y asubiré le perm ite desahogarse. P refiere esos canturreos baratos,
esas letrillas ram plonas plagadas de rem iniscencias de tribus foráneas,
a las posibles furias del hom bre de arm as, privado de esposa hasta
que las estaciones vuelvan a sus quicios. P orque es cierto que estam os
en otoño. Y siendo así, Sem ancó no puede cohabitar m ás con Tucu-
ñata, pues el invierno pasó; ni con M ipoya, pues no llegó prim avera
alguna; ni con Alistá, pues sin prim avera no hay verano que valga. Sólo
le correspondería Caliopeya, la esposa otoñal. Y todos saben que Ca~
liopeya quedó aguardando en tierra m itona.

* * *

D ebió preverlo Y asubiré: guerrero sin m ujer será jefe de m otín.


M ediando la m añana, despierto y em ancipado de la chicha, Semancó
se declara en rebeldía. Exije una m ujer, aunque sea T ucuñata, encara
a Y asubiré, am enazando con soliviantar a los rem eros, y dice a M aña-
m edí que justifique, en nom bre de Tebiché, y T upapá, una reform a
del código m atrim onial. Y que le devuelva, finalm ente, su macana.
Alza los brazos M añam edí y pide que no se invoquen los sacros
nom bres en vano. Alza m ás la voz Semancó, argum entando que el gue­
rre ro actúa sólo para dar gloria a los dioses buenos. Alza los ojos
Y asubiré en esta jornada de alzam ientos y los posa en mí. T am bién
yo m e alzo de mi asiento, inquieto, con el corazón en zozobra. Y a­
subiré m e m ira con fijeza, frunce el ceño, pone un dedo atravesado
d elan te de sus labios: quiere mi silencio, quiere que el cronista calle
cuanto está ocurriendo. P ero soy cronista de alm a, respeto mi oficio,
he de decir la verdad. Y he de decirla de tal m odo que no la destruya
p or apurado. Y asubiré es todavía, a bordo, el capitán m ayor. P ero ha
surgido alguien que p retende todo el poder. F avorecer por mi p arte
a uno, puede acarrearm e m alquerencia con el otro m añana. Por eso,
ni callo ni apoyo. R egistro, nada más.
Y registro, m om entáneam ente, el tem blor de Y asubiré. M añam edí
h a devuelto la m acana a Semancó y, enroscado en el ángulo de la
proa, nos da la espalda, se ensim ism a y reza. E l jefe am otinado blande
la m acana, arenga a los rem eros, se revuelve en proa como un yagua­
re té a punto de saltar. E l navegante habla con voz calma, pero no
p u ede reprim ir su tem blor. A pela a la cordura, recuerda los ejem plos
d e los galerones, el mío, el suyo, pues somos hom bres que hem os sa­
crificado la com pañía de una m ujer en beneficio de la expedición.
M u estra el cuero pintado, indica por dónde navegam os y exhorta a
cada cual a volver a sus puestos. Las rencillas no tienen sentido, dice,

34
estando la tie rra tan cerca. “U nas pocas jornadas de paciencia y será
nuestro el nuevo m undo.”

* * *

H ace rato que Semancó, enfurruñado, m aquina cosas tal vez te rri­
bles en popa. Los galerones no se anim an a obedecer las órdenes de
Y asubiré; algunos em puñan los rem os, pero sin m eterlos en el agua,
indecisos; otros m erodean cerca del jefe guerrero, m urm uran y hacen
adem anes am enazadores. La navegación se ha interrum pido: tam bién
la “N iboy” y la “C onboy” están al garete y sus horqbres se m ueven
desconcertados, discuten, señalan a las tres m ujeres, las cuales se m an­
tienen m uy juntas, sem iescondidas en el cóncavo fondo de la “N iboy”.
Los herm anos O m boé y Orom boé siguen, aten tam en te, con cara de
disgusto, los acontecim ientos de la piragua capitana. V en a Y asubiré
y a M añam edí, solos a proa, conversando en voz baja; el G ran M achí
no ha cesado en sus m eneos de cabeza ni en su rem olinear de brazos;
y el navegante aparece m ás enjuto y tem bloroso que nunca. E n el otro
extremo, o sea a popa, ven a Semancó, quien ha em pezado a trazar
sobre póm ulos y frente las tem ibles líneas rojas y azules: su m áscara
de guerra. D ispersos en tre popa y proa, sentándose y poniéndose de
pie sin tino ni concierto, los galerones se agitan como pajaritos antes
de una torm enta. Y en el centro exacto de la “L inboy”, los herm anos
han de ver tal vez a este cronista, no porque yo sea corpulento, sino
porque un hom bre colocado justo en el m edio llam a siem pre la atención.
P in tarrajeado, fiero, m acana en m ano y erizadas las plum as de la
cabeza, va hacia proa Semancó. “N o quiero quedarm e sin m u jer”, aúlla.
Y levanta su m acana.
“ ¡M entira!”, le grita Yasubiré. Se frena el guerrero, se estrem ece
la m acana. “ ¡M entira!”, rep ite el navegante, “los de tu casta siem pre
m ienten. A lzam ientos, rebeliones, m otines no son otra cosa sino m ane­
ras de encubrir un propósito único : atra p ar el poder y convertir a los
hombres en esclavos. No perderías honra ni prestigio por q uedarte unas
pocas jornadas sin m ujer, hasta que M añam edí resolviese este enigm a
profundo, o hasta que arribásem os a la nueva tierra, cosa que está a
punto de ocurrir. M entís, Semancó, yo te descubro an te todos los expe­
dicionarios, y te quito la m áscara, esa m ism a que p in taste en tu cara
y que intentás usar contra nosotros. T u falta de m ujer es burda ex­
cusa. D eseás el poder y olvidás que aquí, en el m ar, a bordo de la
‘Linboy* o de las otras dos piraguas, sigo siendo el jefe .supremo.”
C uánto daría yo por disponer del arte m aduro de los contadores
de mi toldería. Ellos sí sabrían calar los secretos espíritus que se a p re­
tujan en las cavernas interiores de Semancó. P ara ellos no hubo jam ás
problem as m ientras relatab an historias m ascando sem illas al am or de
los fogones. N inguna situación los intim idaba, ningún personaje quedaba

35
sin su retrato justo. Crisis aním icas como la que p re se rv a rn o s serían
rastreadas en el pretérito del personaje, hasta dar con una infancia
sin juguetes o un pasado sin honor, con una m adre au to ritaria o un
p adre débil y adicto a la chicha, con un excesivo afán por contem plar,
de adolescente, su im agen reflejada en charcos, fuentes y cañadas.
T enían palabras para todo, eran realistas, fantásticos, deliciosam ente
m entirosos, en mezcla tan eficaz como inocente. P ero he de conten­
tarm e con ser cronista, según me advirtió Y asubiré, lo que equivale
a resignarm e a la torpeza de mi m étodo expresivo.
Ahora, por ejem plo, el contador de mi tribu haría m aravillas des­
cribiendo la procesión de sentim ientos que andaría por dentro de Se-
mancó; y cosería, con más habilidad que T ucuñata, esa turbulencia feroz
del jefe guerrero con las palabras altivas que acaba de pronunciar Y a­
subiré, sin ap artarse un negro de uña de ese extraño tono de incorrec-
c ió i extranjerizante que adopta el capitán m ayor cuando se enardece:
“¿M atam e si sos guapo! T e juro que no durás vivo ni m edia jor­
nada. N avegar no sabés Semancp. T e pasarás dando vueltas sin salir
del m ismo lugar, y te m atarán el ham bre y los piojos. M i m uerte
tra e rá la tuya y la de todos los infelices que se queden sin navegante
en m edio de estos m ares.”
Semancó m antiene enarbolada su m acana, pero sin dar un paso
adelante. Q uiere hablar y sólo le sale un gruñido como de taguá acorra­
lado, un silbido de yarará, una queja furiosa, un p alab rerío de todos
los añang del que se distinguen estos pocos vocablos: “ ¡A ti no, a él!”
Y señala a M añam edí.
Se estrem ece el brujo, quien, creyendo sentir el peso de la m acana
hundiéndole los huesos del cráneo, se imagina lanzado al agua y m or­
dido por decenas de anim alejos iguales al que se le prendió del dedo
gordo. P ero allí está Y asubiré, que aconseja oportuno: “M uestra
tus poderes, G ran M achí.” Y el brujo, acordándose de quién es, inicia
— en un chillido que perfora los oídos— una terrib le oración invocando
a T ebiché, a T upapá, a los espíritus de las aguas profundas, a las
som bras de la inm ensidad.

* * *

Se apaga el mar, cesan los vientos: M añam edí ha sido obedecido.


L evanta la diestra y surge del horizonte una tela blanca; levanta la
siniestra y el sol se oculta tras un velo turbio. T odo se vuelve silencio,
el horizonte se borra, las olas dejan de verse, la “N iboy” y la “Conboy”
desaparecen. E n m edio de la piragua, m e cuesta distinguir la proa;
tuerzo la cabeza y la popa se borra igualm ente. L a blancura húm eda
nos rodea y nos aísla en un ám bito opresivo. L as nieblas de mi tierra
m itona eran cosa de muchacho com paradas con ésta. E ntonces los
árboles se esfum aban, pero yo los conocía como árboles; y reconocía

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Ins lomas, los arroyos, los ceibos floridos, los toldos o el hum o de
los fogones con sus contadores habituales. Ahora, en cambio, nada re ­
conozco, nada veo, nada m e llega m ás allá de las bordas. U nicam ente
esta blancura brillante, como la pulpa de los cocos, como una gigantesca
tela tejida por innum erables arañas después de la lluvia.
T am poco m e inquieto por ver a Semancó. Sé que ha callado, que
nada hace, salvo esperar, con los ojos abiertos, y en silencio. M aña-
medí dom ina: m ar y cielo se le entregaron mansitos, y él, con su voz,
los ha disipado.

* * *

H a de estar enroscado en la proa, como siem pre, pero no lo veo.


N adie puede verlo, porque nadie puede ver más lejos de donde llegan
nuestras m anos extendidas.
Sem ancó ha de m ascar su rabia, tragar su despecho y quedarse
quieto en la popa, contentándose con pedir a T ebiché que m uestre de
una vez la tie rra prom etida.
P ero T ebiché no ha de oírlo. T am poco T upapá. D ioses buenos,
espíritus interm ediarios, diosecillos de enlace, correos, servidores, ani­
m adores de las m últiples form as del mundo, todos han de rodear a
nuestro G ran M achí adm irando su sabiduría y aguardando nuevas ór­
denes de su cráneo privilegiado. Qué m undo sorp ren d en te ha de haber
ahí dentro. Lo imagino lleno de rostros cam biantes, de fuerzas iguales
a las de los vientos, de resplandores y destellos propios del rayo, de
las estrellas y de los bichitos de luz. D e allí ha brotado cuanto nos
ha sido necesario: comida, fuego, agua, o la chicha inagotable de sus
cuencos milagrosos. Jam ás dejó que arañara en nuestras gargantas el
fantasm a del hastío, pues en las jornadas de quietud m arina, o cuando
los galerones se cansaban de tanto rem ar, M añam edí rep artía unos
cueritos pintados con perfiles de los grandes caciques de antaño, a
pie o jineteando ñandúes, y con im ágenes de m acanas, chuzas, cuencos
y vasijas; entonces propiciaba anim adísim as ruedas donde en tre chicha
y chicha jugaban los hom bres con los cueritos, hablaban en una jerga
chistosa, reían y — ya perdiesen o ganasen m uchas plum as— hallaban
un placer digno de los dioses buenos. A veces ponía al sol un cuenco
grande con agua, pronunciaba palabras extrañas, hervía enseguida el
agua y la vertía en un poronguito a través de cuya ab ertu ra había
colocado una yerba m olida que sólo él conocía, y m etiendo una cañita
fina por la abertura, hacía circular el poronguito y nos inducía a beber.
Era un gran descanso para los nervios, una tregua p ara los rem eros
y un buen solaz para Semancó y T ucuñata, quienes bebían ñor turno,
y un alivio para el cronista, el cual desviaba por un rato su m ente
fio las obligaciones del cargo.
Sólo Y asubiré, del m odo m ás afable, rechazaba el poronguito y

37
se engolfaba en el estudio de sus líneas pintadas o se acodaba en la
borda contem plando el horizonte. ¡Cómo se agigantaba la figura de
M añam edí, inventor de ta n tas cosas, y a quien debíam os ta n ta gratitud!
¡ Y cómo se m e em pequeñecía en com paración. . .!
“T e dije que no olvidaras tu función de cronista”, m e interrum pe
Y asubiré em ergiendo de la niebla. Intento ocultar mis crónicas, asus­
tado, como si fuese un aprendiz, o un ignorante del oficio. No es po­
sible ta p ar nada. H ace muchas, m uchísim as lunas, que los m itones re ­
nunciam os a la escritura. N uestro lenguaje se inscribe en el aire, en
los árboles, en las piedras, en las aguas, y en las nubes. N u estras p a ­
labras no constituyen enigmas, vuelan como los pájaros, son los pájaros
mismos, y son las sem illas de las flores esparcidas por el viento. P a ra
saberlas no hay que gastar años ni ojos sobre cueros p intarrajeados;
ningún niño m itón ha sufrido reproches, castigos, m enosprecios; ninguna
criatura de nuestra tribu se ha sentido avergonzada por com eter faltas
de grafía. N uestras palabras llegan a todos, y nos b asta desear que
no se pierdan para que quien esté dispuesto a oírlas, las oiga, y así
las recuerde y las transm ita a los venideros como en un acto de am or,
de bondad, de espíritu generoso. . .
“N o te agrandes”, vuelve a decirm e Y asubiré. P or el tono de su
voz com prendo que se halla fastidiado. “U n cronista con pretensiones”,
añade, “resulta insoportable”. Se ha puesto tan cerca de mí que percibo
su cara ansiosa, con u n tin te de am argura. “V oy a ordenar que la nave­
gación prosiga. E stam os m uy cerca. E sto no falla.”
Y m e enseñ.a su cuero lleno de líneas. Brillan, sus ojos, y tal vez
sea lo único que brilla en m edio de esta niebla cada vez más densa.
“L a sabiduría de M añam edí”, explica, “es buena p ara resolver p ro b le­
m as a bordo. P ero el rum bo y el destino de la expedición están siem ­
pre en mis m anos.”
Se aleja un poco, im parte órdenes a los galerones, y regresa a
m i lado. “No niego el saber poderoso de M añam edí, sólo digo que mi
saber es distinto”, susurra. “T an distinto, que logré averiguar lo que
nadie averiguó jam ás. E scúcham e.”

* * *

“D esde los m ás rem otos tiem pos, cuando T ebiché creó a la m ujer
y sacó al hom bre de un bostezo de ella, y puso sobre la tie rra la
prim era p areja m itona asegurándoles que llegarían a dom inar el mundo,
las generaciones sucesivas creyeron que esa tierra, nacida de m anos de
Tebiché, era plana como los cueros de los venados cazados por los
guerreros. T a l vez alguien, durante los muchos m om entos de crisis
que sufrió la tribu, adm itió ideas extrañas y pensó que la tierra tenía
cierta curvatura, como uno de esos cuencos en que cocinaba pescado
T ucuñata. P ero la gran m ayoría seguía creyendo que vivían en un

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m undo chato, con lím ites más allá de los cuales sólo había abism os
tenebrosos. Así lo creyeron tus abuelos, así lo creyeron tus padres, y
así lo has creído tú hasta ahora, ¿verdad? E l G ran Cacique lo ha ad ­
m itido siem pre, y tam bién Semancó. E l hábil pescador Omboé jam ás
albergó en su cabeza otra idea que la de una tierra plana; y ha ju sti­
ficado las faltas ocasionales de peces diciendo que, de tan to nadar en
una m ism a dirección, han sido al fin tragados por los abism os te n e­
brosos. Su herm ano Orom boé, m uy aplicado y estudioso de las cos­
tum bres anim ales, juraría por su som bra que la tierra es m ás lisa
todavía que las playas donde ha observado m etódicam ente el desove
de las tortugas. Incluso M añam edí tiene las ideas m uy confusas al
respecto. N adie conoce la verdad, porque la v erd ad exige algo m ás
que coraje: exige una audacia continua, robustísim a, excepcional, p ara
ir contra las ideas endurecidas a lo largo del tiem po y. aceptadas por
todos. Y sólo yo he tenido esa audacia. No he viajado por com arcas
innum erables, ni cansado mis pies, ni gastado noches enteras descifrando
cueros pintados a la luz de las veladoras de aceite de m aníes p ara
encallar en las opiniones corrientes del vulgo. M e he arriesgado bus­
cando un nuevo m undo porque estoy convencido que la tierra 'o es
plana. N o lo es en absoluto, m uchacho Convéncete. Y si cuesta con­
vencerte, consígnalo como cronista, con objetividad. La tierra es esfé­
rica.”
A pesar de la niebla, m i p erplejidad ha de ser m uy visible, porque
Y asubiré suda y ja d ea tratando de hacerm e com prender el fruto de
sus investig acio n es:. “¿N unca viste huevos de caracoles m arinos? Son
esas bolitas que las olas traen, tan am arillentas, como si estuviera !
hechas de pellejo sem itransparente, y que tien en dentro agua y gér­
m enes de futuros caracolitos. P ues así, igualm ente, es la tierra toda,
el m undo que habitam os. Así de redonda, que eso quiere decir esférica.
Y así de hueca. N osotros, tú, yo, Semancó y sus m ujeres, el brujo, los
galerones los tripulantes de las otras dos piraguas, la trib u e ite ra de
los m itones, cuantos hom bres quieras imaginar, con los anim ales, las
plantas, los m ares y las m ontañas que existen, vivim os dentro de esa
esfera. E l cielo que ves, tanto de día como de noche, es la m ayor
p arte de esa telilla que form a la esfera. Las otras partes son la tie rra
y los mares, que están como pegados a la telilla. N i tú ni yo, ni hom ­
bre alguno puede abarcar enteram ente la esfera por dentro, porque las
distancias, como supondrás, son enormes, y adem ás el sol, cuando ilu­
m ina una parte, deja forzosam ente otra en la som bra.”
“C apitán”, le digo, “aclárem e una cosa: ¿es el sol el que se m ueve,
o es el huevo de caracol, quiero decir, la esfera?”
T ard a en responderm e. B aja la cabeza, se reconcentra, y sonríe,
aunque de m ala gana. “P ara ser cronista”, contesta al fin, “tenés la
virtud preciosa de dudar.”
V uelve a hacer silencio, se levanta, se encaquesta el gorro y dice:
“E n relación con mi objetivo, poco im porta que el sol se m ueva, que
se m ueva la esfera, o que lo hagan ambos, cada uno según su ritm o.

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Lo cierto es que una esfera hueca no term ina en p arte alguna. Siendo
así ha de haber, esperándonos, un nuevo m undo.”

* * *

H e dorm ido mal.


Sé que nada interesan, en una crónica, las em ociones del cronista.
P e ro esta vez no quiero evitarlas. H e dorm ido realm en te mal. Quizás fue
m i peor noche, sin excluir las de la tem pestad. Sufrí pesadillas que
m e hicieron dar vueltas, pegar puntapiés, gritar. Soñé que m e caía en
una esfera hueca, de la cual no podía salir. Chocaba contra las paredes,
m ientras un agua venida quién sabe de dónde iba creciendo hasta lle­
garm e al cuello. L as paredes eran sem itransparentes, y yo entreveía
otras esferas iguales a la mía, m uchas esferas, m ultitud de ellas, como
las flores del chequepagué. A veces las esferas se golpeaban en tre sí,
m ovidas por vientos malignos; a m enudo, las esferas se m etían unas
d en tro de otras, y los hom bres pasábam os a vivir del lado de afuera,
sintiendo m ucho frío y sabiendo, con angustia, que bajo la superficie
donde habitábam os había m uy cerca otra esfera, tam bién habitada, y
bajo ésta, otra, y así sucesivam ente; y que cada una contenía pueblos
de lengua y costum bres distintas. O tras veces, los grandes guerreros
del pasado mitón, resucitados, jugaban en un prado de pastos cortitos
y parejos y se com placían en p atea r las esferas, buscando con especial
predilección aquella en la que yo estaba m etido, con el agua h asta
el gañote. E ran m uy m olestos los golpes, y eran m uy fuertes los gritos
q ue daban aquelos cam peones. P o r lo común, las venerables siluetas de
los guerreros heroicos atravesaban las paredes de mi esfera, se m etían
en ella, m e rodeaban y, sonriendo, m e contem plaban con ojillos m ali­
ciosos.

* * *

Al alba persiste la niebla. M e duelen los ojos, pero trato de ob­


serv ar en mi torno. N ada veo, salvo esta niebla terca. Es como si el
m undo echase un aliento espeso, o como si el m ar y el cielo se hubiesen
puesto a sudar. D esde antes del alba, los galerones están m anifestando
de m odos diversos su miedo. Voces provenientes de la “N iboy” y de
la “C onboy” nos inform an que los rem eros y los herm anos O m boé y
O rom boé tam bién tem en, Y el jefe guerrero, el orgulloso y vehem ente
Semancó, ha sido tocado en la frente por el soplo helado del tem or.
M urm ullos, quejas, reclam os, palabras de añoranza por la tie rra mi-
tona, por la pesca en ríos tranquilos, por las guerras periódicas y p re­
visibles: un coro am edrentado va invadiendo las piraguas, rebota en la

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niebla y castiga los oídos de todos. M añam edí ta p a los suyos con am ­
bas m anos: lo veo porque pasa y repasa delante de mí, encorvado
como un viejo cualquiera, y con cara de arrepentim iento.
F lo tan en el aire neblinoso, con m ayor fuerza, las quejas. Se las
oye clara y dolorosam ente. Los expedicionarios se tocan unos a otros
con desesperación y se cachetean para cerciorarse de que por lo m enos
sus cuerpos, todavía, existen.
T em en no ver nunca el sol, ni las estrellas; tem en que el m ar
sea en adelante esta invariable brum a, y que la “N iboy” o la “Conboy”
se deslicen como fantasm as, sin tener de ellas otra cosa que las voces
tristonas y acobardadas. Se juzgan castigados por Tebiché, y creen que
M añam edí es el brazo castigador de la divinidad. E n la expedición
hubo un rebelde, y ahora el rebelde reconoce su pecado y siente el
pavor del castigo expiatorio. D e ahí a pensar que ya están m uertos,
fuera del m undo, en el reino de donde nunca se vuelve, hay una dis­
tancia tan corta que Y asubiré, ante el peligro de un fracaso total,
grita que estam os vivos, que la navegación prosigue, que el m undo de
cada día existe, y que el m undo nuevo existirá m uy pronto p ara re ­
gocijo y riqueza de la tribu m itona entera. “A proa, m iren to d o s”,
exclama. Y sus palabras se com pletan con un golpe sordo y con un
estrem ecim iento de la piragua.
U n m adero, largo y redondo, ha chocado contra nuestra em barca­
ción. Q uien extienda el brazo podrá tocarlo. P arece el tronco de un
árbol esbelto, pero sin ram as; alguien dice que le recuerda el cuerpo
de una serpiente gigante, vista una vez en los m ontes m uerta .por un
cazador y extendida sobre los pastos. “E l m undo es visible”, rep ite
Yasubiré. Los hom bres, sin em bargo, no se convencen.

* * *

Llega la noche. “A tención”, ordena Y asubiré, “por avante.”


N egrura im penetrable, quietud de sepulcro, hum edad pegajosa. Sen­
tim os los latidos de nuestros corazones. “Por av an te”, vuelve a decir
Y asubiré. “U na lucecita.”
Sólo un galerón confiesa haber visto algo. T al vez un resplandor
fugacísimo. D ebem os tener las pupilas dilatadas como las del ñacurutú
a medianoche. “A llá otra vez”, indica el navegante. N adie supone que
mienta. E l tono de su voz es el de la verdad misma. “D e nuevo, allá.”
“ ¡Luz a proa!“ : este grito inesperado, llegado desde la “N iboy”,
nos estrem ece. Sem ancó olfatea el aire como venado en, celo. “ ¡Sí, allá,
muy lejos!”, bram a al fin.
T am bién yo veo. U na lucecita, m uy distante, se p rende y se apaga.
“M añam edí, ¿la has visto?”, pregunta Y asubiré. “Sí”, contesta el brujo,
“dem os gracias a T ebiché. Es luz de hom bres.”

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* * *

N ueva alborada. M añam edí, Y asubiré y cuatro galerones de los


más robustos han hecho turnos de guardia duran te la noche. P ero la
lucecita no se ha dejado ver. Son frecuentes, en cambio, los m aderos
a la deriva. M uchos de ellos se asem ejan al que chocó contra la “Lin-
boy”; otros tienen form as chatas, como las tablillas de d u titá que las
m ujeres m itonas usan para sacudir los taparrab o s recién lavados, o
los rabos recién ensuciados de sus crios. Las aguas aparecen turbias,
con m anchas negruzcas, frutas sem ipodridas y pájaros m uertos.

* * *

Contrarío, por vez prim era, la norm a prim ordial de mi oficio: re­
latar los hechos a m edida que se producen. H e dejado transcurrir en
blanco una jornada entera. H e intentado sosegar mis nervios. No lo
he logrado del todo. P ero hoy puedo referir m ejor el episodio que
vivim os ayer.
Seguía espesa la niebla; espesa y casi asfixiante. G randes olas, des­
plazándose sin reventar, balanceaban las piraguas. E ra como si la piel
del m ar estuviese recorrida por vastas y periódicas ondas, cuyo m ovi­
m iento, algo m arcador al principio, term inaba por ser nuestra única
diversión. Y asubiré dijo que teníam os m ar de leva y acicateó a los
galerones para que perdieran por fin sus miedos. Las piraguas avan­
zaban; no m uy rápidam ente, es cierto. P ero avanzaban. E ra un rem ar
a ciegas, puesta la confianza en Y asubiré, quien rep etía que veía con
claridad el rum bo como si todos los soles del m undo le guiasen. El
navegante no paraba de hablar, pues si lo hubiera hecho, los galerones
no hubiesen tenido estím ulos para m over los remos. Así estábam os,
m edio sonám bulos, con restos de m iedo pegados aún a nuestros cora­
zones, deseando llegar a cualquier sitio, pero im aginando en secreto
que nunca llegaríam os, cuando M añam edí pegó un grito.
C reyendo que había sufrido una nueva m ordedura, corrim os a su
lado. N ada había sufrido, sólo había visto, decía, tres som bras gigan­
tescas a proa. “Derecho, por la p ro a”, musitó. Le tem blaba la voz, lo
cual m e alarm ó, porque yo, al menos, siem pre le había oído hablar
con firmeza.
N ada vim os al principio. La niebla se m antenía cerrada y el di­
choso m ar de leva, levantando y hundiendo la piragua, nos estorbaba
la visión. Y asubiré encom endó a Sem ancó para que, dados sus ojos de
halcón beligerante, penetrase la niebla y confirm ase (o desm intiese) a
M añam edí. F ue una jugada m aestra del navegante: con tal de no re­
nunciar al orgullo de ser el hom bre de m ejor vista, Semancó renunciaría
a su miedo y m antendría los ojos clavados en la niebla extendida por
avante.

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“ ¡Sí, allá!”, bram ó. Y alargaba su brazo, aunque con desconfianza,
como si tem iera quem arse.
Todos, finalm ente, vimos. E ran tres em barcaciones m uy grandes y
panzonas, como porongos del trópico. No sobrepasarían el largo de la
“L inboy”, pero ganaban en altura. Q uienes las trip u lab an debían ser
criaturas prim itivas que aborrecían el m ar, pues habían derrochado
m adera para hacer unas especies de m angrullos en donde viajaban sin
salpicarse. D e mí sé decir que nunca había contem plado nada parecido,
ni siquiera en mis pesadillas. T enían unas telas enorm es atadas a unos
palos, como si fuesen inm ensas alas de gaviotas, y en las telas unos
dibujos y unas líneas trazadas sin arte. E ra claro que carecían de la
sabiduría de un Y asubiré para el dibujo, y que se hallab an aún en
esa etap a im itativa que la tribu m itona ya había superado por lo m enos
veinte generaciones atrás. “U san todavía la fuerza del v ien to ”, m e
dijo Y asubiré, no sin emoción, “pero el viento es la fuerza m ás pobre
p ara navegar. Ahora, por ejem plo, que no se m ueve un pelo, andan a
la deriva, con todo el trapo desplegado para ver si recogen siquiera
un estornudo. P obre gente. No han de llegar m uy lejos.”
Semancó quería ir rectam ente a las extrañas naves, obligarlas a
d etenerse y abordarlas. Su instinto de ave de presa le hervía la sangre
y le hacía sacudir su macana. P ero Y asubiré lo refrenaba, le prom etía
conquistas m ejores y le exhortaba a m antenerse vigilante, sin tom ar
la iniciativa, hasta saber qué tem peram ento tenían los trip u lan tes de
aquellos engendros m arinos. Excitados, alegres, algo recelosos, disipadas
las m urrias ante el contacto con otros seres después de tan tas jornadas
solitarias, pusim os proa resueltam ente hacia las naves descubiertas.
A través de los jirones de niebla vislum brábam os ya sus tablones,
los tres palos que sostenían las velas, las ventanitas sem iabiertas de
las bordas y de las torres, una a popa, otra a proa. Y em pezábam os a
distinguir a los salvajes que viajaban en esas m áquinas. L levaban sus
cuerpos enteram ente tapados por trapos m ulticolores y dejaban sólo
al aire caras y manos. M uy cerca ya, m udos todos nosotros, tensos y
p alpitantes, reparam os en aquellas m anos y en aquellas caras. E ran
de una palidez inusitada, como la de los enferm os. M ás aún: como
la de los hom bres desangrados por las hechicerías de los añang, como
los espectros m alditos que rondan en las noches de luna las tolderías.
R ecordé las palabras de mi tía advirtiéndom e de niño que huyese de
los hom bres pálidos, porque son fantasm as perversos o enferm os con­
tagiosos.
“A babor, enseguida”, ordenó Y asubiré. Los galerones obedecieron
en el acto. Y no por disciplina sino porque nos iba a todos la vida en
el viraje. Las enorm es naves se nos venían encim a y nos hubiesen
ap lastado sin rem edio. Y asubiré confiaba en que los desconocidos trip u ­
lantes, que ya debían habernos visto, cam biarían el rum bo y ofrecerían
una de sus bandas p ara facilitar el encuentro. P ero tal vez por tem or
irracional (cosa explicable en sa lv ajes), ta l vez porque la niebla, den-
sísima a ras de agua, ocultaba nuestras em barcaciones, los tres veleros
m antuvieron im perturbables su dirección.
L evantando nuestras cabezas y torciendo los cuellos h asta doler-
nos la nuca, vimos cuanto se podía v e r : los altos navios iban
plagados de objetos que usarían para ensalm os y hechicerías, y los hom ­
bres se m ovían sin parar, de un lado a otro, trab ajan d o más y peor
que los esclavos, hablando en idiom a áspero, percu tien te y enfático,
que acom pañaban con adem anes vivos, sin dejar de trab ajar.
U no solo vim os que no trabajaba. P arecía el m ás pálido de todos,
y tenía una expresión ansiosa y, a la vez, hondam ente triste. G astaba
un gorro de pieles m uy parecido al de Y asubiré, por lo cual nuestro
capitán, deduciendo que era su colega, y com prendiendo que tam bién
los pueblos prim itivos tien en sus jerarquías, se quitó el gorro y lo
agitó sonriendo, a m odo de saludo.
P ero la sonrisa se congeló en los labios de Y asubiré. E l hom bre
de la ventanita no sólo perm aneció con su gorro puesto, sino que no
m ovió un m úsculo de su cara. Sus ojos m iraban la niebla y su expresión
no abandonaba el aire de m elancolía con que apareció, como un sueño,
an te nosotros.
P u d e ver, en tre telas neblinosas, que el sitio donde seguram ente
el hom bre dorm ía era apenas como la cuarta p arte de un toldo, pintado
de azul, y que dentro de ese cuartito azul, lucía un retrato de una
m ujer m uy pálida, con un raro artefacto am arillo y pinchudo puesto
en la cabeza, un palo en la m ano derecha y en la izquierda, ¡Tebiché
sea loado! una esfera.
Cuando term inam os de pasar junto a los grandes navios, Y asubiré
quiso v irar p ara rep etir el encuentro y lograr que aquellos hom bres
nos avistasen. No llegó a hacerlo: tom ándolo del brazo derecho, movió
M añam edí la cabeza reiterad am en te en claro signo de negación. Se­
guimos n uestro rum bo, contem plando cómo se perdían a popa, entre
la niebla, los tres veleros.

* * *

H a em pezado a soplar viento. Ya desde la m adrugada ha habido


rachas que aliviaron nuestros nervios. A hora es un viento parejo, car­
gado de un extraño perfum e. P ienso en los pétalos del cam asintí, en
los frutos del guaydetú, o en las m odestas florecillas de las riberas.
R epaso un,o por uno los arom as de mi tierra, pero no encuentro nada
sem ejante a este m ensaje que nos trae el viento. Es un olor dulzón,
p en etrante, m ezclado tal vez con el aire salitroso de esos m ares in ter­
m inables. C ada uno de nosotros se ensim ism a en contacto con el viento,
se da un baño de corriente refrescante, goza sintiendo en la cara y
en el pecho esta agitación perfum ada y recia. V erdeoscuro el m ar, en
to d a la extensión que abarca la vista. Como nuevo el sol, después de

44
ta n tas jornadas de ausentism o. Y asubiré corre a popa y m ira con in­
sistencia: ni el m ás leve rastro de los veleros. E l navegante se queda
de brazos cruzados, dándonos la espalda, hecho tótem , puestos los ojos
en un horizonte avaro.
Y así quedaría por larguísim o rato, de no oírse un grito que al­
guien lanza en la “C onboy”. V uelve a oírse dos veces seguidas. R eco­
nocemos la voz de Orom boé. Algo im portante estará viendo, pues sólo
despega los labios — distrayéndose de sus estudios— cuando la ocasión
lo merece. B astante adelantada con respecto a la capitana, la “Conboy”
aparece em pequeñecida por la distancia. Y asubiré m anda rem ar con
energía: el ojo de halcón de Semancó ha percibido a Orom boé, quien
sobre los hom bros de un galerón, señala por avante con el brazo exten­
dido. Llega hasta nosotros su grito, pero no distinguim os aún qué dice.
O m boé azuza tam bién a los rem eros de la “N iboy” p ara que se acerquen
a la piragua puntera.
Chillan las tres m ujeres e interfieren con los com unicados que in­
ten ta rem itirnos Orom boé. A piñados en la proa de la “Linboy”, Y asu­
biré, Semancó, M añam edí y este cronista hacem os pan talla con las
m anos en nuestras orejas y esforzam os cuanto podem os la vista. Y a­
subiré com enta que Orom boé jam ás se trep aría sobre un galerón si no
tuviese una convicción m uy firm e. “Y la tie n e”, afirm a Semancó con
ojos chispeantes, “claro que la tiene. ¡Allá está, miren! ¿No v en ?”
“ ¡T ierra!”, exclam a Y asubiré, sacudiendo de un salto la “L inboy”.
“ ¡T ierra!”, se oye desde la “Conboy”.
‘¡T ierra!” corean hom bres y m ujeres de la “N iboy”.
“ ¡T ierra!”, m urm uré, e hincándom e en el fondo de la piragua, di
gracias a Tebiché, creador tam bién, ¿por qué dudarlo? de la nueva
tierra.

* * *

Es, por ahora, un islote. B astan te decepcionado, Y asubiré propone


igualm ente desem barcar, siquiera para estirar un poquito las piernas.
Semancó asiente, diciendo que tal vez hubiera una aguada con la cual
renovar la provisión, ya m uy escasa, y que — de paso— se tom aría
posesión del lugar en nom bre del G ran Cacique y de los espíritus bue­
nos. P ero M añam edí se opone: m ientras recuerde sus artes, no faltará
agua, la tom a de posesión puede hacerse sim bólicam ente, sin desem ­
barcar, y el islote, a fin de cuentas, es sólo eso: u n vulgar islote.
“P ara deesm barcar ahí”, observa, ‘no vale la pena ser brujo.”

* * *

Seguimos navegando, y con fortuna, poco a poco, el horizonte se


llena de islotes tras los cuales, brum osos aún, divisam os m ontes, cuya

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nítida línea, dilatada y sinuosa, nos exime de cavilaciones. L a tierra
soñada se ha vuelto realidad.
M añam edí p rep ara un gran oficio litúrgico, Sem ancó revisa sus
arm as, Y asubiré pone en orden sus trebejos de m arear. L a “N iboy” y
la “Conboy” se nos acercan hasta tocar casi rem o con rem o. E l gran
M achí quiere ofrecer una función en regla con baile y fuego m uy alto,
como en los fastos gloriosos de la tribu m itona. ¿Cómo hacerlo a bordo?
Se corre el riesgo de quem ar las naves, cosa digna de insensatos o de
arrogantes. M ira el brujo de reojo los islotes: alguno de ellos sería
altar apropiado para adorar a T ebiché y a T upapá. Y asubiré y Semancó
alegan que un desem barco para honrar a los dioses nunca es tiem po
perdido. M añam edí se ham aca, refunfuña, espía con disim ulo los islotes.
H a visto lo que todos hem os visto: las rocas donde m ueren las olas
están cubiertas por anim alejos m uy parecidQs al que m ordió el dedo
gordo del brujo. Son m ás redondos, pero con la m isma facha am enaza­
dora. Com prendem os y sonreím os, aunque con respeto. “E stá bien, de­
sem barquem os”, rezonga am oscado M añam edí. “P ero llévenm e e i andas.”

* * *

N o se cum plirán los deseos ni las disposiciones del brujo. Q ueda­


remos, sin bailes, sin fuegos altos, sin oficios sagrados, y sin acciones
de gracia en honor de T ebiché. Tam poco habrá llevada en andas, ni
cuidados ni mimos. A penas hay tiem po para esconder las piraguas,
trep a r por las rocas sin rep arar en los anim alejos y zam bullirnos en
un m atorral, desde donde atisbam os. Algo com o un trueno seco, desa­
gradable (yo diría lúgubre) resonando tras un islote vecino, ha pro p i­
ciado nuestro apuro. R efugiados en los m atorrales, vuelve a resonar
el trueno. E stá cayendo la tarde, y por poco caemos en un pozo de
angustia. Cielo lím pido, sol sin novedades, aire de todos los días: ¿qué
tienen que hacer los truenos en tiem pos bonancibles? Y asubiré m usita
q ue no son, propiam ente, truenos. “R eparen en aquel hum o”, indica.
P o r sobre el islote vecino se levantan varias nubecillas blanquecinas,
y casi al m ism o tiem po surgen, doblando una p un ta rocosa, dos naves
sim ilares a las que encontram os jornadas atrás, aunque m ás chicas.
Es claro que una persigue a la otra y que la perseguidora — de la
cual brotan los truenos precedidos de un luz como de relám pago—
lleva en la p unta de su único palo un trap o enorm e y negro. No hay
tru en os en la perseguida, tam bién de un palo, con todos los trapos
deshechos y en jirones, como la niebla ahuyentada por el viento. Se­
mancó divisa el dibujo del trapo negro e inform a, alborozado, que se
tra ta de una calavera con dos huesos cruzados debajo. “Por lo m enos
estos salvajes han llegado a una etapa antropom órfica y rinden culto a
los m uertos”, explica, “porque los perseguidos, ¡Tebiché se apiade de
ellos! sólo saben garabatear crucecitas y perfiles de anim ales invero-

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símiles.” No nos sorprende que los perseguidos sufran un desastre. El
relám pago y el trueno de los perseguidores los engualicha de ta l form a
que los voltea al agua, entre chillidos. Allí son m uertos a chuzazos por
los perseguidores quienes, apareando su nave a la perseguida, saltan
a ésta en malón, aúllan, van y vienen, lo revuelven todo, liquidan a
los infelices que se guarecen tras las m aderas, regresan brincando a su
nave, separan las em barcaciones, y con nuevos relám pagos, truenos y
nubecillas de humo, convierten a su presa en una ruina que se
hunde y desaparece tragada por las ondas espum osas.

* * *

Pasam os la noche en el m atorral, aguantando el rocío, la incomo­


didad y el ham bre. L as tres m ujeres se han puesto m uy nerviosas, y
los galerones tem en que en cualquier m om ento los hom bres del trap o
negro desem barquen en nuestro islote y los cocinen con el relám pago
funesto. H ay calm a en torno, y en el m ar, y en el horizonte. P ero se
ven lucecitas lejanas, que se m ueven regularm ente, aunque con lentitud.
Semancó no sabe qué hacer: sosegar a las m ujeres, forzándolas al si­
lencio, desnudar su m acana y lanzarse en expedición guerrera con los
voluntarios que le sigan, o entreverarse en el largo diálogo, que sos­
tienen, un poco apretados, Y asubiré y M añam edí. Asume, al fin, una
actitud que nadie hubiera previsto: me pide consejo. L e digo que serán
muy escasos los voluntarios resueltos a guerrear, que deje suelta la m a­
cana, que es m ejor perm anecer en el m atorral, y mucho m ejor pasar
el resto de la noche al lado de las m ujeres. M e agradeec el consejo,
pues le parece m uy sabio y pide a M añam edí autorización para visitar,
juntas a T ucuñata, M ipoya y Alistá. P ero el brujo, diciéndole que no
le venga en esos m om ento con tales m ajaderías, lo m anda a dorm ir
con la prim era que se le antoje.
M e arrim o al lugar del diálogo. Y asubiré sostiene que la expedición
ha de proseguir y consum arse, pese a quien pese, y sin rep arar en
los salvajes, por m ás trapos negros y calaveras que enarbolen.
Coincidiendo puntualm ente con el navegante, M añam edí propone
un plan : envolvernos en una nube de niebla, que agrade a Tebiché,
viajar detro de ella, llevando adelante la expedición, y descubrir de
una buena vez la tierra nueva. “P ero sólo en esa form a”, exige.
“H able claro”, ordena Yasubiré.
M añam edí carraspea y obedece, m ientras yo, callado y atento, es­
cucho.

* * *

“Q uienes quiera que sean los habitantes de estas regiones, son


gente brutal y salv aje”, argum enta el brujo. “D esprecian al enemigo,

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o a la víctim a, hasta un grado increíble. Los chucean y los tira n al
agua, o los rem atan en tre las olas, y nada les im porta el cuerpo de
sus vencidos. N o se dignan palparlos, no se inquietan por averiguar
qué virtudes han tenido y no m anifiestan la m enor intención de apro­
piárselas m ediante una ingestión ritual. Ignoran la m agia de los cuerpos
y p reten d en ten er en un puño la fuerza de la naturaleza. ¿Puede haber
m ayor m uestra de salvajism o? Q uieren saber lo que está afuera, y se
cierran al conocim iento íntimo. P or eso sostengo que la prim era reac­
ción de estas gentes ante el extraño es la guerra; y el trato con los
dem ás, la guerra, y su pasión exclusiva, guerrear m enospreciándolo
todo. Si llegaran a vernos, nos harían la guerra enseguida. N o dudo
del valor de Semancó ni de los galerones. P ero no creo sensato ir
al juego de ellos ciegam ente. No dudo, tam poco de nuestra conquista,
pero opino que no hay razón para m alograrla apresurándola. In filtré­
m onos prim ero, descubram os sus fieras, aprendam os sus costum bres y
los dom inarem os. P ero ocultém onos de ellos. Que no nos vean; en cam­
bio, veám oslos. U na nube de niebla, lo suficientem ente grande y espesa,
alcanzará para disfrazar toda la expedición.”
“¿Sólo una nube?”, pregunta Y asubiré.
“E stam os en otoño, capitán. No hay que olvidarlo. Serem os una
nube en tre tantas, un jirón más, un hecho de todos los días, o sea algo
que nadie te n d rá en cuenta. ¿H ay dudas, acaso, sobre mi p o d er?”
Y asubiré no responde. M añam edí vuelve a carraspear y prosigue:
“E l viaje nos ha costado siete veces mis diez dedos en jornadas.
T us hom bres están cansados, capitán. N ecesitan distensión y recreo,
no guerra inm ediata. D entro de mi nube de niebla eso será posible.
T an to tiem po navegando altera el carácter. Conviene que los hom bres
se recuperen, aunque sea en parte. Que O mboé se alivie de su rutina
pesquera, que Orom boé se dedique de lleno a sus estudios, Semancó
a sus m ujeres, tú a com probar ante la realidad el acierto de tus teo­
rías, y yo a m editar en el principio escondido de todas las cosas.”
T oso con discreción, tem eroso de que la oscuridad m e haya bo­
rrado de la m ente bruja.
“T am bién el cronista estará como el pirá en el agua”, dice M aña-
medí. “E l ocultam iento ha sido siem pre el paraíso de los de su oficio.”
T oso otra vez, con cierto fastidio.
“P o r natural m odestia”, agrega el brujo.

* * *

Amanece. T ras librar, malicioso, a la imaginación del navegante


cuanto tiene relación con el comer, el dorm ir, y otras cosas m ás dentro
de la niebla, M añam edí reúne a los expedicionarios en un claro del
m atorral. Sólo se oye el graznido de los pájaros m arinos y el rum or
de las rom pientes. M uy húm edo está el aire, y sucio el cielo, a pesar

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de las luces del alba. D e cuando en cuando, una brisa fría m ueve el
m atorral, desordena las plum as de Semancó y sacude, con m olesto ta ­
bleteo, los huesitos m edidores de Y asubiré. Solem ne y sereno, M aña-
medí pronuncia su oración:
“Oyeme, Tebiché, acude a nuestra ayuda, y si somos todavía p u ­
ros an te tus ojos, si am as aún a tu m achí y a los m itones, danos tu
niebla, envuélvenos con ella, y que sus jirones no nos desam paren ni
de noche ni de día.”

* * *

Surge velozm ente una niebla fina, delicada, con incandescencias y


vetas azulinas. Vem os las rocas de la orilla, las olas rom piendo el mar,
el horizonte, y en el horizonte la silueta de la tierra firme. Omboé y
O rom boé protestan, Sem ancó y Y asubiré m iran perplejos a M añam edí.
“M uchaho, salí y tra tá de vernos”, m e ordena el brujo, m uy excitado.
A cato sus palabras y alejándom e varios pasos hasta zafar de la
niebla, busco con la vista a los expedicionarios. P ero ni rastros. T an só­
lo una espesísim a niebla que borra expedicionarios, m atorral, la m itad
del islote. A terrado, vuelvo a la nube y encuentro a mi gente esperando
ansiosa. R efiero lo que vi, m ejor dicho, lo que no vi. Y asubiré duda y
salta fuera de la niebla. C uando regresa, exclam a: “ <*Loado sea T eb ich é”!
Y ordena p artir hacia la tierra nueva.

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