You are on page 1of 25

CARTA PASTORAL

SOBRE

EL MODERNISMO
Mons. Juan Maura y Gelabert,
Obispo de Orihuela
inmanencia

panteísmo
excepticismo

agnosticismo
G JL Í^ T fl P A S T O R A L *
DEL KLMO. Y RVMO. SEÑOR

Doctor D. Juan Maura y Gelabert,


© ím p c bo, O u fivw la
AL CLERO DE S ü DIÓCESIS Y ALUMNOS DE SU SEMINARIO

3 , ;i soliiaoc kjl M c s im s iín is m © ■

ÓRIHUELA
ÍUip, de Cüi'iielio Voyá
1009
t

Nós, Dr. Q. Juan Maura y Gelabert,


p o r la g ra cia de ¿D ios y de la 5 /a n ía 5/ede a p o s ­
tó he a j O bispo de O rihuelaj eíc.j etc.

fas S acerdotes de nuestra d ió c e s is y alumnos de nue$~


ir o S em in ario, salud y Bendición en JQ. S. (f.

VENERABLES HERMANOS Y AMADOS HIJOS:

I.

Vamos hoy á. tratar de la I n m a n e n c ia y del senti­


do que tiene este vocablo en el léxico modernista.
Dáse el nombre de inm anente al acto que se con­
suma en el agente mismo que lo produce. Así, v. gr.,
el pensamiento es inmanente, porque nace, termina y
se consuma en el entendimiento que lo engendra; e í
movimiento comunicado á un cuerpo por un agente
exterior no es inm anente, sino transeúnte, porquer
p a s a del agente al cuerpo, y en este se termina.
La In m a n e n c ia , pues, consiste en el hecho de
p e r d u r a r un principio activo en un sér, produciendo en
él constantem ente determinados efectos.
Así podemos decir, si admitimos la teoría escolás­
tica, que en los cuerpos hay inm anencia de la forma
■en la materia, porque la forma substancial, ejerciendo
.su actividad constante y perm anentem ente en u n a
cantidad de materia determ inada ó individualizada, y
sin que su acción traspase los límites de ésta, la c o n s ­
tituye en un cuerpo de tul ó cual naturaleza.
En los seres vivientes hay tam bién in m a n en cia
del principio vital, porque éste desenvuelve sus ener­
gías en el sér mismo que informa, y las desenvuelve
e n él exclusivamente sin rebasar los límites de su indi­
vidualidad, es decir que los actos vitales nacen y se
co n su m an , comienzan y term inan en el propio sér vi­
viente. Excusado es decir que esto ocurre lo mismo en
la vida vegetativa que en la sensitiva y en la intelectual.
La In m a n e n c ia es admitida y reconocida por to­
dos los filósofos, aunque no todos le atribuyan idénti­
co origen, ni igual naturaleza ni le concedan la mism a
am p litu d y extensión.
Los positivistas establecen como dogma fu n d am e n ­
ta l de su filosofía que la m ateria es eterna y necesaria,
y suponen en ella la existencia de un principio activo
y permanente que, desenvolviendo su potente virtuali­
dad produjo el universo, y lo conserva y perfecciona,
merced á un crecimiento constante y progresivo que no
•tiene límites en el tiempo ni en el espacio.
Esta inm anencia positivista es ab solu ta, porque-
aquel principio activo ejerce constantemente su a c ­
ción en todos y e n cada uno de los seres del universo,
á lodo se extiende y á todo alcanza, permaneciendo
siempre el mismo en medio de su perpélua y ja m á s
interrum pida evolución.
La filosofía tradicional admite también fuerzas y
energías inm anentes que engendran variedad de seres
distintos unos de otros, y que, subordinadas á u n a
Actividad superior y trascendente, y regidas por Ella,
hacen que de la diversidad y distinción brote la u ni­
dad, y de la desigualdad, de la contradicción y la lu­
cha nazcan el orden y la armonía,
Esta In m a n e n c ia no es ab solu ta, porque no se
funda en la absurda hipótesis de u na substancia ú n i­
ca, de una sola actividad productora de fenómenos q u e
con ella se identifican, formando la tram a de su exis­
tencia y desarrollo.
Según la filosofía tradicional cristiana, Dios se dis­
tingue de las criaturas, y no se confunde ni puede con­
fundirse con ellas, porque lo Infinito no se confunde
con lo finito. Hay, sí, diversas é innum erables activida­
des inmanentes, que dentro de la respectiva esfera de
su inm anencia se desenvuelven sin cesar conservando
su propia individualidad y su relativa independencia.
La actividad vital inm anente en un vegetal no es ú n i­
ca y la misma en lodos los vegetales; como la activi­
dad sensitiva y la intelectual no son u n a sola é idénti­
ca en todos los seres sensitivos y en los intelectivos.
Por eso, au nq ue admitamos nosotros el principio de la
I n m a n e n c ia , no decimos que sea. ésta absoluta sino
r e la tiv a .
Hay, además, otro género de In m a n e n c ia , la p a n -
teísta, de III que participan en mayor ó menor grado
casi todas ias escuelas positivistas á que nos refería­
m os antes.
Según la In m a n e n c ia panleísta, no hay en el uni­
verso variedad ni distinción de seres; no hay inás que
u n solo Sér que eternam ente se desenvuelve p erm a­
neciendo Uno y Único, real ó id e a l que para el casa
es lo mismo. Aquí la I n m a n e n c ia es completay a b s o ­
luta. Este Sér único, á pesar de sus incesantes y p e r­
durables evoluciones permanece siempre en sí mismo,
es siempre el mismo, au n q u e revista formas variadas
y diversísimas; y su actividad inagotable ni cesa n u n ­
ca de obrar ni llega nunca á su completo desarrollo.
Inconsciente al principio, adquiere después con­
ciencia de sí mismo en el hombre, sin que por eso cese
el eterno evolucionar de su actividad.
Esle modo y forma de In m a n en cia es la que ense­
ñ a n los modernistas. Oigamos á Le Roy; «Hé aquí en
»que consiste este principio (el d é l a Inmanencia): la
»realidad no está com puesta de piezas distintas y y u x ­
ta p u e s t a s ; todo es interior á todo; en el menor deta­
l l e de la naturaleza ó de la ciencia el análisis en­
c u e n t r a toda la ciencia, toda la naturaleza; cada uno
s d e nuestros estados y de nuestros actos envuelve
^nuestra alma entera y la totalidad de sus energías;
»el pensamiento, en u n a palabra, se implica á sí mis-
amo todo entero en cualquiera de sus momentos ó
agrados. Más breve, jamás hay para nosotros dalos
^puramente externos, parecidos á no sé qué materia
»bruta; un dato de esla especie, en efecto, será abso­
lu ta m en te inasimilable, no será posible pensaren él,
>será para nosotros n a d a , porque ¿por dónde lo pu­
d iéra m o s alcanzar? La experiencia misma no es de
»ningún modo una adquisición de cosas que desde
»luego nos serían enteramente extrañas; sino más
»bien un tránsito de lo implícito á lo explícito; un
»movimiento hacia lo profundo que nos manifiesta
«exigencias latentes y riquezas virtuales en el sistema
»del saber ya esclarecido; un esfuerzo de desenvolvi-
«miento orgánico.... lo poco que llevamos dicho, bas­
ca rá , sin duda, para hacer entrever, al menos, cómo
■»lo que es llamado extrincesism o está en oposición
^intelectual, en oposición de actitud y de método con
el pensamiento moderno.» (1)
En otro lugar hace Le Roy profesión explícita de
panteísmo; pero pretende que su panteísmo es ortodo-
a?o(ü). Dice que si se a p lica n d D io s los conceptos
d e existencia y r e a lid a d , e s jo r s o s o concluir qae¡
rig urosam en te h a b la n d o , él sólo existe, él sólo es
real. Esla afirmación es tan categórica, tan cruda y
tan rotunda, que no admite distingos ni atenuaciones
de ninguna clase.
Oigámosle, y veamos cómo se esfuerza inútilmen­
te en probar la ortodoxia de su panteísmo: «Hay un
»pantdsmo fuera del cual se desconoce toda noción

(1) Bogme et critiqué, págs. 9 y 10.


»verdadera de Dios; y, ciertamente con los dogmas de
»la oinnipresencia y la inm ensidad divinas puede muy
»bien decirse que hay un panteísmo ortodoxo. Una so­
isla concepción escapará totalmente á la calificación de
«panteísmo: á saber, la de un Dios individual y u x ta­
p u e s t o á otros individuos. Esta concepción es atea,
* porque hace de Dios un ídolo. En efecto, conviene
»no olvidar que sólo Dios tiene que ser lo q u e es. Sí,
>pues, le aplicamos los conceptos de existencia y de
*realidad es forzoso concluir que, rigurosamente h a -
»blando, él sólo existe, él sólo es real, no teniendo lo
»restante existencia más que en él y por é l .» (1)
Del panteísmo de Bergson hem os visto ya lo sufi­
ciente en la Pastoral anterior.
Al llegar aquí, se nos permitirá un a breve digre­
sión para probar que 110 tiene n a d a de extraño que los
m odernistas h ay an ido á p a ra r al panteísmo; pues és­
te se deriva lógicamente de las premisas kantianas.
Tanto es así, que, muchos de los neokantianos, ó neo-
críticistas.} desenvolviendo las doctrinas del maestro y

(1) L e E or: Dogmc ct critique, p ágs. 145 y 4f>.


A continuación de la s palabras trascritas a d u c e Le Roy
un texto d e S. A g u stín que n a d a tiene q ue ver con el p a n t e ís ­
mo ortodoxo ni con n in g ú n lin aje de panteísm o. En efecto, d i ­
ce el Sto. Doctor que la s cosas h ech a s por D ios, co m p a ra d a s
con É l, 110 e x iste n , es decir, son como si no fuesen. No afirm a
que no t en g a n en sí positiva y real existencia-, porque, si a sí
fu e se, ¿cómo p ud iera Dios h aberla s criado? ¿cómo pud iera
D ios h aber h e c h o cosas que car ec ie sen de existencia? Por eso
a ñ a d e que aq u ella s cosas, no co m p a ra d a s con Dios, ex iste n ,
porque han sido h ech a s por El, Así es que e n el mismo pasa-
han ido á parar al panteísmo puro. Bastará con citar
á uno de los más notables, el cual pregunta: «¿Cómo
aliemos de concebir el sér absoluto en donde reside lo­
ada inteligencia? Se pueden fácilmente establecer estos
®dos puntos, á saber, que este sér es un Espíritu ab­
solu to; y por otro lado que el Espíritu finito no pue-
»de realizarse más que en comunión con el Espíritu
sabsoluto. Digo que es absoluto, porque la inteligencia
«humana no puede hacer el menor movimiento sin
aponer la absoluta realidad del pensamiento. La duda
»y la negación misma la suponen y afirman indirec­
ta m en te. Y cuando de una cosa digo que es verdade­
r a , indico con esto que ella es relativa al pensamien­
t o , pero no al mió ni al de ningún individuo. Puedo
«hacer caso omiso de todos los espíritus individuales.
«Pero lo que yo no puedo suprimir es el Pensam ien­
t o , la Conciencia misma, independiente, absoluta........
»Si el espíritu del hombre no fuese más que una mez-
»cla de sentimientos y de impulsos, nada se presenla-
»ría á éi como una verdad objetiva, como una reali-
»dad. Más el privilegio del espíritu humano es el po-
»der abandonarse á un pensamiento, á una voluntad
»que traspasa infinitamente la suya. Pensamiento

j e copiado por Le Roy, antes de las palabras cita d a s por éste,


s e le e lo que sigue: «¿Quare eniin fecif., si non s u n t quae fe-
«eit? ¿Aut q uid fecit:, ai non. est quod fecil? Cuín er g o sint et
«illa q u a e fecit, veniiui' tamen ad illius com para tionera; et
«tam q u am solu s sír. d ix it suin qui sum.»
S, A u g u s t i n u s Júnarr, in F sa lm . C XXXIV. Edit. Maur.
añ o 1730 Tom. 4. Colum. 1494,
t consciente, el hombre es llamado, por su propia na-
»i nraieza, á vivir en la atmósfera de una vida Univer-
»s¡(l. Sér pensador, tengo el poder de suprimir en mi
»conciencia toda tendencia á la afirmación de mí m is-
íiiio, todo deseo, toda noción, toda opinión que no
»existe sino para mí para no ser más que el órgano de
»un pensamiento universal; en una palabra, para no
»vivir mi vida propia, sino absorberme en la vida del
»Espíritu, eterna, infinita. Perdiéndome es cómo vuel-
»vo á encontrarme, y cómo realizo mis más altos des­
atinos. Renunciando á nuestro yo para vivir la vida
»de la Razón, descubriremos nuestro verdadero yo;
»porque nuestra vida en su fondo, no es otra cosa que
»la vida misma de lo absoluto. (1)
Más adelante veremos cómo los modernistas se em­
peñan en probar que toda religión, toda revelación y
todo dogma, nacen del sentimiento religioso que, en
v ir tu d de la in m a n en cia vital, brota de las recon­
diteces de la subccmciencia. (2) En esta Pastoral nos
limitáremos á refutar la in m a n en cia m o d ern ista bajo,
su aspecto filosófico. Pero antes diremos dos palabras
sobre la in m a n en cia positivista, lo cual servirá tam­
bién para la impugnación de la primera.

(1) Joh n Caihd, citado por W illia m Jam es en la obra


L ‘ Espérience religieuse, trad. por F rank A bauzit, 2.a edición,
1908, pdgs. 378 y 79.
(2) Beligiosus igitu r sensus qai per vitalem m m anentiam
e latebris subconscientia erumpit germ en est totius religionís,
a c ratio parite»’ omnium quse in religion e quavis fuere aut
sunt futura Encicl. Pascendi.
li.

Litré h a dicho en alguna parte que !a e te r n id a d


de la materia es un minterio, pero que es igualm ente
u n postulado de la ciencia.
Ahora bien: el positivismo no admite m ás que he­
chos co m p ro b a d o s p o r la exp eriencia . La eternidad
ja m á s podrá ser un hecho e x p e r im e n ta l para nosotros
que vivimos un lapso brevísimo de tiempo. ¿Cómo,
pues, han de poder nunca los positivistas afirm ar
científicam ente la existencia de la eternidad'? Si salen
del terreno de los hechos para probar sus afirmacio­
nes, invaden los dominios de la Metafísica, pacían y
transigen con la Metafísica, ellos que han renegado de
esta ciencia y que la odian á par de muerte.
Si no quieren encerrarse en el terreno de los h e ­
chos, si no quieren que la razón se asfixie en la a t­
mósfera positivista, dirán que la materia es eterna,
porque es un hecho que actualm ente existe, y que no
pudiera hab er empezado á existir, si hubiese habido
algún tiempo en que no existiera; pues en este caso se
hubiese producido brotando espontáneam ente de la
nada, lo cual no puede ser porque e x nihiio nihil.
Bien á la vista está que este raciocinio tiene por
base principalísima, y aún única, el principio de co n­
tradicción-, porque si una cosa no existente pasase
por sí sola á la existencia, es claro que esta cosa haría
algo, obraría algo antes de existir; que existiría y no
existiría á un mismo tiempo.
El principio de causalidad entra también por m u ­
cho en aquel raciocinio, porque, si de la n ad a pudiera
brotaralgo espontáneam ente, tendríamos un ejecto, es
decir, un a cosa hecha sin que n a d a ni nadie la h u ­
biese hecho; una existencia sin causa ni razón sufi­
ciente.
Así, pues, los positivistas nada, pueden en b uen a
lógica, afirm ar ni negar respecto al origen de las co­
sas ó al principio de donde proceden; tienen que ser
agnósticos ó escépticos.
Esta argumentación tiene igual fuerza, si no la tie­
ne mayor, aplicada al panteísmo de los modernistas.
Este, en efecto, tiene u n a base psicológica. Su
pu nto de partida es lo que sentimos en nosotros m is­
mos. Vimos más arriba que, según Bergson, «senti­
m os que nuestro sér, ó la inteligencia que lo guía es
»una especie de solidificación del océano de la vida en
»que estamos sumergidos*; y que «la Filosofía no
¡►puede ser otra cosa que un esfuerzo por fundirse
«nuevam ente en el todo». P a r a Bergson no percibi­
mos más que imágenes, sin que nos sea dado percibir
otra cosa.
Según Le Roy, el espíritu j a m á s se encuentra en
p r e s e n c ia de otra cosa que d e si mismo.... E l m u n d o
es obra suya, él m ismo, en tanto q m es un hecho, es
tam bién o bra s u y a (1). A mayor abundam iento, va­
mos á trascribir otro pasaje más explícito, si cabe. Di­
ce así: «La realidad es llegar á ser (déoenir), esfuerzo
»g e n e r a d o r , ó, como dice Bergson, un salto dinámico,

(1) V é a s e la P a st o r a l 1.*, p ág. 32.


»un em puje de creación. Esto lo manifiestan todas las
»cosas de la naturaleza, y nosotros lo sentimos, mejor
»todavía en nosotros mismos, en el sér que nosotros
»somos, y de donde, bajo las especies de la duración
»vivida, sacamos la intuición m á s vioa d e la re a li-
ndad, p r o ] a n d a , es d e c ir, de esa a c t iv id a d espiri-
y>tual de la que em a n a n las in m o vilid a d es rela tiva s
»que se U am an m a teria ó razón pura» (1).
A hora bien; una vez que nos encerremos en los
límites de nuestra conciencia, ó, mejor dicho, una vez
que el punto de partida de nuestros razonam ientos
sea un simple hecho de conciencia, de aquí no sald re­
mos ja m ás sin el auxilio del principio de contradicción
y de las categorías ó ideas universales. Un hecho de
conciencia en si mismo no es más que un simple he­
cho. Si querem os investigar de dónde procede ó lo que
significa, es absolutamente indispensable invocar el
auxilio d é l a razón especulaliva, de la razón pura.
Bergson dice que la conciencia ó supraconcien cia
es el origen de la v i d a ; pero que esta conciencia no
es la conciencia d is m in u id a que fu n c io n a en noso­
tros. (2). Pero, lo que nosotros conocemos, lo que s e n ­
timos es nuestra conciencia in d iv id u a l, no la con­
ciencia universal, principio, según Bergson, verda­
dero poder criador, etcétera, etc. ¿Cómo, pues, se ve
riíica el tránsito de nuestra conciencia individual á la
conciencia universal? P a ra ello es forzoso el discur-

(í) Citado por la B eom Thomts/e, año 1907 págs. 623 y 24.
(2) Evolution creatice. pág. 258.
so, ya que no nos es dada la intuición directa.
Ya vimos que para Bergson las categorías no tie­
nen valor alguno. Tampoco lo tiene según él, el pen­
samiento en su f o r m a lógica p a r a conocer la v e r d a ­
d e r a n a tu r a le z a de la v i d a y la p r o fu n d a signifi­
cación d el m ovim iento evolutioo. (1) Pero, si ni la ló ­
gica ni la inteligencia sirven para conocer el verda­
dero significado de la vida, ¿de qué medios habremos
de valernos para conocer estas cosas, para pasar
del hecho de la conciencia individual á la conciencia
universal? Bergson siente la fuerza de esta dificultad,
pero no retrocede ante ella, sino que, por el contrario,
se esfuerza por darle una solución que resulta origi­
nal y peregrina, y que vamos á trascribir para que se
vea á qué grado de aberración puede llegar una inteli­
gencia ávida de novedades.
Dice que nosotros no somos inteligencias puras,
porque al rededor de nuestro pensamiento conceptual
y lógico hay una nebulosidad vaga hecha de la m is­
m a substancia, á cu ya s e x p e n sa s se h a j o r m a d o el
núcleo luminoso que lla m a m o s inteligencia. En esta
nebulosidad residen ciertas p o te n cia s complementa­
rias del entendim iento, de las cuales nosotros no te­
nemos más que un sentimiento confuso. Estas poten­
cias se percibirán á si mismas, al llegar á cierto punto
de la evolución de la naturaleza; entonces lo conoce­
rán lodo y lo explicarán lodo. Pero veamos el texto
original: «Se dirá que no rebasamos nuestra inteligen-

(1) Ibid. Introduo. Pág. II.


»cia, porque es con nuestra inteligencia, á través de
»nuestra inteligencia que miramos las demás formas
»de la conciencia. Y habría razón para decir esto, si
»nosotros fuéramos puras inteligencias, si no hubiese
¡«quedado alrededor de nuestro pensamiento concep­
t u a l y lógico una nebulosidad vaga hecha de la mis-
m ía substancia á cuyas expensas se ha formado el nú-
»cleo luminoso que llamamos inteligencia. Allí residen
«ciertas potencias complementarias de! pensamiento,
»de las cuales nosoLros no tenemos más que un sen­
tim ien to confuso, cuando permanecemos encerrados
»en nosotros, pero que se aclararán y distinguirán,
»cuando ellas se perciban á sí mismas, al obrar, por
»decirlo así, en la evolución de la naturaleza. Ellas co-
snocerán de este modo el esfuerzo que tienen que ha-
»cer para adquirir más intensidad y dilatarse en el
»mismo sentido de la vida.» (1)
Pero Bergson ha averiguado más todavía: ha a v e ­
riguado que «la línea de evolución que tendía á formar
sal hombre no es la única. Sobre otras vías divergen­
t e s se han desarrollado otras formas de la conciencia;
»que no han sabido librarse de las violencias exterio­
r e s ni volver sobre sí mismas como lo ha hecho la
»inteligencia humana; pero que no expresan menos,
sellas también, alguna cosa inmanente en el movimien­
t o evolutivo.» (2)
A parte de que todas estas afirmaciones de Berg-

(1) Ibid. págs. V y VI.


(2) Ibid.
son son gratuitas, se puede preguntar: ¿D eque medios
se ha valido el autor de esta teoría, para averiguar que,
además de nuestra conciencia individual, de esta con--
ciencia d is m in u id a que fu n c io n a en nosotros, como
él dice, hay otra conciencia u n iv ersa l origen de la vi­
da, y otras fo r m a s de conciencia, y un a nebulosi­
d a d alrededor de nuestro pensamiento, en la cual
residen ciertas p o ten cias fo r m a d a s de la m ism a
su bstan cia que la inteligencia? No sella valido segu­
ramente del entendimiento ni de la lógica, porque ni
uno ni otra sirven para el caso, según el mismo Berg-
son, y si de ellas se ha valido, claro está que se pone
en contradicción consigo mismo.
Le Roy dice, á su vez, que el principio de contra­
dicción no tiene va lo r objetivo; que las contradiccio­
nes lógicas se identifican en las p r o f u n d i d a d e s s u p ra -
lógicas; y, en fin, que aquel principio es ley su p re m a
del discurso, p e r o no Lo es del pensam iento en ge­
nera l. (1)
Si las contradicciones lógicas se identifican en las
p r o f u n d i d a d e s supralógicas, claro está que la Lógi­
ca es falsa, pues se funda en el principio de contradic­
ción objetivam ente falso.
Si este principio es ley s u p r e m a d el discurso, pe­
ro no del p en sa m ien to í salta á la vista que el discurso,
y el pensamiento no andan acordes, pues están suje­
tos á leyes tan diversas y opuestas. Si el discurso no

(1) Citado en la Revue Thomiste■Mars-Abril de 1909, pág-


495.
puede verificarse, si no se rige por el principio de con­
tradicción; y el pensamiento, que es materia del dis­
curso, eslá fuera del alcance de este principio, h a b rá
de ocurrir forzosamente que el discurso afirme lo que
el pensamiento niega, y al contrario. E! discurso afir­
m a rá que la contradicción no puede existir en un mis­
ino objeto y á un tiempo mismo; el pensamiento afir­
m a rá que sí puede existir, y que de hecho existe.
Con semejante lógica, con un discurso de esta n a ­
turaleza, ¿cómo puede Le Roy llegar á saber que la
realidad es un empuje generador, etc , ele., y que esto lo
manifiestan todas las cosas de la naturaleza, etc., etc,?
¿Cómo h a podido descubrir que en eí m enor detalle
■de la n a tu r a le za ó de la ciencia el análisis encuen­
t r a to d a la n a tu r a le za y to d a la ciencia? ¿Cómo
puede el an álisis efectuarse sin la lógica, ó con la lógica
de Le Roy que, según él, se encuentra desmentida en
la realidad, ó s e a en las p r o fu n d id a d e s supralúgicas?
Desengáñense los modernistas, sin ponerse en con­
tradicción consigo mismos, no pueden salir del reduci­
do campo de su propia conciencia. Dados sus princi­
pios, el agnosticismo se impone como fuerza insupe­
rable. Más todavía: si no existe la Lógica,, ó no h ay
m ás lógica que la de Le Roy, ni aún dentro de n o s­
otros mismos, dentro de 'los límites de la conciencia,
podemos dar un paso. Percibiremos un estado de con­
ciencia, y luego otro y otros, y nada más. Si queremos
enlazarlos entre sí; si queremos afirmar que todos re­
siden en un mismo sujeto, en nuestro yo, no po d re­
mos hacerlo sin el auxilio de la Lógica, no de la lógica
modernista, sino de la dei sentido común. Si renuncia­
mos á ella, si no nos dirigimos por ella, caeremos irre­
misiblemente en el solipsism o, ó, más bien, en el id e a ­
lismo lógico.

III.

H asta aquí hem os impugnado indirectamente, ó con


argum entos a d hominem. el panteísmo modernista.
Vamos ahora á impugnarlo brevem ente de un modo
m ás directo.
Concedamos por un mom ento que es b u en a y
aceptable la lógica de Bergson y Le Roy, es decir, que
se h a averiguado ya con toda certidumbre que la r e a ­
li d a d siem pre se estd h a c ie n d o , y n u n ca llega a es­
t a r hecha; que la conciencia u n iv ersa l es un su rti­
d o r d inám ico, un em puje de creación y el origen de
la oid a etc.. Concedamos esto á Bergson,
Pues bien: u n a r e a li d a d de este género, u n a r e a ­
l i d a d que n u n ca llega d estar hecha¡ es evidente­
mente u n a realidad imperfectísima, porque siempre le
falta un a cosa tan esencial á la perfección, como es el
estar hecha. ¿De dónde procede esta realidad? ¿Quién
le h a comunicado ese sér inicial que n un ca llega á su
término definitivo, sino que, por el contrario, se e n ­
cuentra siempre y constantemente en sus comienzos?
Un sér tan imperfecto y rudimentario; un sér que lle­
va en sí propio, y por intrínsica necesidad de su n a tu ­
raleza, un principio perenne de imperfección, cual es
el de no poder n u n ca llegar á estar hecho; u n sér tan
pobre no puede contener en sí la razón suficiente de
su existencia. Esto es obvio y no puede negarlo nadie
sino el qu e niegue (en absoluto) el principio de contra-
dicción. Luego la realidad, im aginada por Bergson no
es ni puede ser el origen y principio de las cosas.
Con todo, de esta r e a li d a d ir r e a lís im a , si se per­
mite el vocablo, pretende Bergson que brotan la c o n ­
ciencia u n iv ersa l con mil y mil formas diversas y va­
riadas, y luego la h u m a n a inteligencia (l).Es esla r e a ­
lidad^ añade, un s u rtid o r d in á m ic o , un em puje d e
creación, palabras que Le Roy repite con fruición vi­
sible.
Si este sér ó r e a l i d a d de Bergson no incluye n¿
puede incluir la razón suficiente de su existencia»
¿c ó m o h a de in cluirla de los dem ás seres? ¿Cómo ha
de ser un em pu je de creación? Si no tiene capacidad
ni aptitud ni empuje para constituirse á si misma
pues n unca llegará á estar h echa , ¿cómo ha de tener
capacidad p ara h a cer otras cosas?
Además, ¿esa realidad de dónde h a de sacar las
cosas que crea? No puede sacarlas de la n a d a , pues
el concepto de creación, en este sentido, no lo admite
Bergson ni sus correligionarios en modernismo. Luego
tendrá que sacarlas de sí mismo, de su propio fondo.
Esto tampoco es posible, porque en u n a realidad ta n
diminuta, tan pobre é imperfecta, que ni está hecha

(1) En la Pastoral anterior, p ág, 22 vim os que á la c o n ­


c ie n c ia lia d e p rec ed er n e c e sa r ia m e n te eí co n o cim ien to in ­
telectual ó se n sitiv o , y q ue, por lo tanto, es absurdo h acer
d erivar d e la c o n o ie n c ia la in te lig e n o ia .
to d a v ía ni lo estará jam ás, ¿cómo han de estar inclui­
das todas ¡as cosas? En este caso la realidad sería to­
cias éstas cosas, y, por lo mismo, no continuaría h a ­
ciéndose siempre, sino que estaría ya hech a d esd e el
p rin c ip io . Y si se dice que incluye estas cosas en ger­
men tan sólo, ó en un estado de p o te n c ia lid a d , p r e ­
guntáremos: ¿quién reduce al acto esos gérmenes ó
potencias? ¿La realidad misma? Luego la realidad p o r
see el acto, el sér actual de to d a s las cosas, puesto
que nadie puede dar lo que no tiene; luego la realidad
no está haciéndose, sino que ya está hecha. Y si la
realidad no dá el acto, ¿quién lo dá?
Exam inem os aho ra el panteísmo de Le Roy, Según
él la r e a li d a d no se com pone de p ie za s y u x t a p u e s ­
tas; todo es interior d todo; en el m eno r detalle de
la n a tu r a le za ó de la ciencia el an álisis encuentra
to d a la n a tu r a le z a y to d a la ciencia.
Si hubiese dicho Lo Roy que el m enor detalle de
la naturaleza basta para guiarnos al conocimiento de
otros muchos pormenores de la misma, santo y bueno;
pero no se conlenía con tan poca cosa, sino que afir­
ma que to d a i a n a tu r a le za está in c lu id a en su me­
nor detalle, puesío que la realidad no se com pone d e
p ie z a s y u x ta p u e s ta s } y todo es interior á todo. De
suerte que un grano de arena, v. gr., encierra y a b a r­
ca to d a la n a tu ra le za . Mucho abarcar es, Y no acer­
tamos á concebir, ni creemos que acierte nadie sino
los modernistas, cómo pueda esto verificarse. Lo m is­
mo decimos d« los detalles de la ciencia en lo¡; que
encuentra Le Roy la ciencia to d a entera. Sólo dando
á, !a naturaleza, como lo hacen los modernistas, a n a
existencia puram ente idecd, se la puede encerrar y re­
cluir en el corto espacio de un grano de arena, y aún
en un espacio m ás breve, es decir, en el punto indivi­
sible del pensamiento.
Efectivamente, para Le Roy, según vimos, el m u n ­
do es obra del espíritu; y aún el espíritu mismo, en
tanto qae es un hecho, es tam bién obra suya, y por
esta razón el espirita j a m á s se encuentra en p resen­
cia de otra cosa qae de sí mismo. Pero ¿cómo puede
un sér producirse á sí mismo? ¿Cómo puede darse á sí
propio la existencia? ¿Cómo puede obrar antes de exis­
tir? Quien asiente á semejantes dislates, h a de re n u n ­
ciar á la razón y echarse en brazos del escepticismo
más radical y absoluto,
Pero á Le Roy no le arredran las dificultades ni las
contradicciones le hacen mella. Se^ún su ancho y flexi­
ble criterio, el análisis no sólo encuentra to d a la n a tu ­
r a le z a incluida en su más mínimo delalle,sino que des­
cubre tod a la ciencia en cualquier pormenor cien(ílico.
Esto será indudablemente porque el espíritu, autor
de todas las cosas y aún de sí mismo, es quien ha
creado la ciencia. Pues, si la ha creado él, ¿qué necesi­
dad Liene del análisis para conocerlo? ¿No la conocía al
crearla? ¿Ó es que la creó ciegamente, ó la olvidó des­
pués de haberla creado? Cualquiera de las dos hipóte­
sis es incompatible con la perfección que se h a d e s u ­
poner en un Espíritu autor de toda realidad, inclusa su
propia existencia; porque, en efecto, repugna que sea
autor inconsciente de la cien cia ; y repugna que la ol­
vide, una vez que conscientemente la ha producido.
Creeríamos inferir una ofensa a! buen sentido de
nuestros lectores si insistiésemos en verdades tan ob­
vias, que sólo un escepticismo desapoderado puede po­
ner en litigio.
No queremos pasar en silencio una consecuencia,
muy digna de consignarse aquí, que se sigue de la
teoría panLeista.de Le Roy
Según las categóricas afirmaciones de este apóstol
de la filosofía nueva, el esjdritu (nóLese que no dice
nuestro espirita, sino el espíritu) jam ás se encuentra
en p re se n c ia de o tra cosa que de sí m ism o. E l
m u n d o es o bra s a y a y él mismo, en cuanto es un
hecho, es tam bién obra saya. Por otra parte, asegu­
ra Le Roy que el extrincesixm o, es decir, !a doctrina
que admite alguna realidad fuera de nosotros, está en
oposición intelectual, y en oposición de a ctitu d y de
m étodo con el pensam iento m oderno.
Resulta, pues, evidentemente que, según la teoría
de Le Roy, no exisle nada más que el espirita el cual
se encuentra siem pre en p resen cia de sí m is m o ; de
su p r o p ia obra. De donde se sigue que cuanto perci­
bimos, ó nos figuramos percibir, por los sentidos e x ­
ternos; cuanto imaginamos, pensamos, sentimos y
queremos, todo es obra del espíritu que, á pesar de su
incesante labor de evolución y de sus continuos cam ­
bios y mudanzas, n u nca se encuentra en p r e s e n c ia
d e otra cosa que de si mismo. El mismo sér, pues, se
compone á un tiempo de las cosas más opuestas y
contradictorias: es, á un tiempo, civilización y barba-
:rie, ciencia é ignorancia, suma compasión y refinada
■crueldad, virtud y vicio etc. efe.; pues todas esas cosas
las presenciamos nosotros, y las vemos desenvolverse
simultánea y paralelamente, y coexistir en el universo;
y como ésLe es obra del espirita, es el espíritu que se
en cu e n tra siem p re en p r e s e n c ia d e sí mismo, claro
está que el espíritu es, á la vez, todas eslas cosas, es
un amasijo de contradicciones, de cosas que mutua­
mente se niegan, se repelen y se desLruyen,
Ya se ve que esta consecuencia cabe muy holga­
damente en la teoría de Le Roy, en esa poco aprensiva
teoría que á todo se plega y á todo se aviene sin difi­
cultad alguna, pues ha descubierto, con su vista de
lince, ciertas p r o fu n d id a d e s su p ra ló g ica s en donde
las cosas contradictorias se funden y se identifican.
Mas, el sentido común, eco inextinguible de la sa­
na razón y de la p e re n n e filosofía, desconoce esas
profundidades supralógicas, y, por eso rechaza los de­
lirios panteístas, sea cual fuere la forma de que se
presenten revestidos.
La inmanencia de los modernistas es puro panteís­
mo, por eso la razón y la filosofía la proscriben; su fa­
llo prevalecerá, sin género de duda, como ha prevale­
cido siempre contra todos los errores. El panteísmo
modernista correrá igual suerte que los demás pan­
teísmos; incurrirá en el mismo descrédito y será se­
pultado en el olvido, como lo fueron lodos los errores.
A lo sumo, se conservará en las páginas de la historia
para escarmiento y enseñanza de la razón en las ge­
neraciones futuras.
— M —
Eí fallo de la razón nalurai h a sido plena y defini­
tivamente confirmado por la suprem a autoridad y el
fallo inapelable de la Iglesia Católica, la cual en el
Concilio Vaticano condenó solemnemente todas las
formas del panteísmo. No estará dem ás trascribir las
palabras del Concilio. Dicen así: «La S anta Católica
»Apostólica R o m a n a Iglesia cree y confiesa que existe-
»un solo Dios verdadero y vivo, criador y señor dei
»cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, incomprensi­
b l e , infinito en entendimiento, en voluntad y en to­
adas las perfecciones; el cual, siendo u n a sola y sin­
g u l a r substancia espiritual del todo simple é incon-
»mutable, h a de ser proclamado distinto del universo
»realmente y por su esencia.
Define después el Concilio lo siguiente:
«Si alguien dijese que la substancia ó esencia de
»Dios y la de los demás seres es u n a sola é idéntica;
sea anatem a.
«Si alguien dijese que las cosas finitas, tanto las
»corporales como las espirituales, ó que, á lo menos,,
las espirituales em anaro n de Dios;
»ó que la esencia divina con sus manifestaciones
»ó con su evolución se hace todas las cosas;
»ó que, finalmente, Dios es un sér universal é in ­
d e fin id o que, determinándose á sí propio, constituye­
l a universalidad de las cosas diversificadas en géne­
r o s , especies é individuos; sea anatem a» (1).

(1) S a n c ta C atholica A postólica R om an a E c c le sia ere di t


et confltetur, u n u m esse D eu m v e r u m et vítuiii, cr eatorem
Míenlra.s preparam os l;i continuación de este U'a-
'bajo, os enviarnos nueslra bendición en nom bre del
P a d re y ►£( del Hijo y £0 del Espíritu Santo.
D ada en nuestro Palacio Episcopal de Orihuela á
<¡uince de Noviembre de mil novecientas nueve.

¡ac d om inum coeli et terrae, onm ipotentem , aetern u m , in-


m e n su m , in com preh en sib ilein, im e lle e tu ae vo lú n ta te omni-
<que perfectione infinitum: qui cuín sit una sin g u la ris, sim -
p ! e x omnino et in oom inutabilis su b slan tia sp iritu alis, p ra e-
-di c a n d a s est re et e s se n iia a mundo distinctus....
Si quis d ix er it. uñara eanrlemque esse D ei et rerum orn-
n i a m su b sta n tia m vel essen ti/im: an a th em a sít.
Si quis d ix er it, res finitas, tum corporcas tum sp iritu ales,
e d iv in a su b sfan tia em an asse;
a u t d iv in a m essent.iam sai m a n ifestation e vel evolu tion e
fier i omnia;
a u t d en íqu e D enm esse ens u n iv e r sa le sen. indefinituun,
q u o d se se d eter m in an d o c o n sü tu a t rcruui u n iv e rsita tem in
.gen era, sp ec ies er in d iv id u a d istinctam ; an a th em a sit.
Concil. Vat . , sess. 3 cap. I. Can. 3 et 4,