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El viaje de mi madre

Por Pablo Delgado

El viaje de mi madre (homenaje onírico)

…mientras empujaba suavemente su silla de ruedas de aluminio, liviana y


confortable, veíamos con admiración lo claro y límpido del paisaje; el pasto de un
verde tan vívido que parecía tierno como lechuga fresca, pero a su vez de hojas tan
finas y parejas que no había visto jamás, terminando en punta, lo que indicaba que
jamás podadora alguna lo había sesgado. El cielo, celeste, diáfano, sin el sol de
frente parecía una pintura de Van Gogh.
Al contrario que las montañas que dan la sensación de alejarse cuando uno va
hacia ellas, el portón que debíamos cruzar se acercaba a nosotros a medida que
avanzábamos en esa dirección. Éste tenía dos hojas de dos metros cada una y una
altura de tres metros, de hierros cuadrados retorcidos al calor de una fragua, y
dibujados en él enredaderas y hojas de distintos tamaños soldadas a golpes de
vaya a saber cuántas noches de delirio creativo, en perfecta armonía con el paisaje
y pintados de blanco, a tono con la mansión, tan blanca y aséptica, flanqueadas por
dos enormes columnas en forma de troncos también de acero que sostenían tan
enorme peso sin moverse, al contrario, al abrirse el portón delante nuestro, hacia
adentro, no se escuchó ni el más pequeño chirrido. No nos preguntábamos en qué
momento cambió nuestro paisaje natural por el natural modificado del jardín de
geranios y margaritas del patio del internado, pero la verdad es que no
hablábamos por la simple razón que en nuestros corazones se había encaramado
una sensación de bienestar y regocijo que no daba lugar a expresiones verbales ya
que éstas seguramente traerían confusión y no explicación alguna.
Gente de impecable blanco pasaba a nuestro lado ocupada en sus asuntos, algunos
conversando entre sí sobre las nuevas patologías esquizofrénicas de la sociedad
actual, otros sobre la conveniencia o no de la aprobación de la ley de eutanasia que
obligaría a los ancianos a partir de su jubilación obligatoria a realizar cierto tipo de
estudio para descartar algún tipo de enfermedad incipiente que pudiera resultar
grandes erogaciones en infructuosos e inútiles tratamientos que sólo provocan
dolor y el derrumbe económico de miles de familias argentinas (y del Estado).
Atravesamos todo el patio que rodeaba el gran edificio encandilados por tanta
belleza y fragancias florales; la sombra de un jazmín francés me recordó a mi amor
sin extrañeza, como si estuviese conmigo, ninguna flor sonreía como sonríe ella, ni
las pequeñas lilas, ni las multicolores rosas, ni el campo de amapolas blancas, lilas
y púrpuras que flanqueados de ligustrines dejábanse ver mientras más gente de
blanco lo sacudían delicadamente poniendo en un recipiente sus codiciadas
semillas, y otros cortaban algunas cápsulas sin florecer.
A medida que llegábamos al portón de atrás (mucho más pequeño que el de
entrada), los pájaros en los árboles rompían el silencio con sus diferentes trinos,
que parecían provenir de una alocada pelea por sobresalir en una competencia por
ganar a la hembra. Vi a mi madre en el patio de la estación de Arcadia de batón
naranja con flores amarillas, azules y blancas, y un delantal blanco que se elevaba
por encima de su barriga de ocho meses, arremangada, lavando la ropa en un

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enorme fuentón de latón, feliz, ¡No!, gozosa, de iluminado rostro, lavando alguna
ropa, mientras delante de ella, en el borde del mismo fuentón, los pájaros se
asentaban como si se sintieran atraídos de tan increíble candor. En ese instante-
recordaría luego- decidió el nombre de su primogénito: Francisco. El patio era
fresco rodeado de moreras de hojas grandes de un intenso color verde oscuro. La
casa, humilde, se veía húmeda y algo oscura, pero el olor a pan bollo con
chicharrón le ponía el atractivo que merecía una casa donde la bendición de Dios
había entrado.
Ya el portón pequeño quedó atrás y de reojo noté que no era el mismo que
atravesáramos sino uno realmente humilde, de caño delgado, rectangular,
redondeado por arriba y cerrado por una tela metálica por la que entraba una
mano. El paisaje cambió en el momento que tomé la mano de mi hijo: se extendía
ante mí las vías del ferrocarril y más allá un predio de césped rastrero, seco y vago,
típico de predio ferroviario, entremezclado de aceite de coche motor y piedras
traídas de todos lados, filosas y coloradas, donde unos niños, de pantaloncitos de
corderoy con tiradores cruzados y remeras de nailon a rayas de vivos colores,
desafiando al aburrimiento, se lanzaban por primera vez a andar en bicicleta
(siempre más grandes que ellos) aprovechando el declive debido al galpón de
chapas que fuera hecho a la altura de las puertas de descarga de los vagones de
carga que dejaban allí toda clase de cosas que traían de vaya a saber dónde y que
servirían seguramente para abastecer al ingenio, del cual podía verse al sur la
chimenea que humeaba oscureciendo parte del paisaje como un monstruo de voz
monótona y apagada, pero a la vez tan rugiente y desafiante como que se quisiera
aprovechar de la calma de la tarde para anticiparle unas horas, mientras arrojaba el
sucio hollín como volantes del infierno que inocentes, los niños, que ya habían
abandonado sus bicicletas en el campito, corrían tratando de atraparlas con sus
sucias manitos y peladas rodillas y codos y que, como por pertenecer a un mundo
diferente que el de la malignidad, se deshacían en sus manecitas sin provocarles
daño. De entre los yuyos que rodeaban la tranca para los caballos que venían a
veces en los vagones, asomó un niño con la cara picada de mosquitos y ortigas y
gritó:
- ¡Vengan, vengan, encontré una planta de corota`y gallo!
Mi hijo se soltó de mis manos y corrió a perderse entre los niños saltando de
alegría mientras yo atravesaba el campito empujando una silla de ruedas que
parecía vacía de tan liviana. Al mismo tiempo otra puerta se acercaba trayendo un
aire fresco de montaña. El paisaje era tan espectacular que mi madre sintió un gran
recogimiento, se perturbó de tal modo que se empañaron sus ojos y la niña que
soñaba con viajar salió a recorrer los cerros con su delgada figura y su vestido
tableado y hombros abuchonados, una traba en su pelo rubio y abundante y una
blancura que refulgía al sol, ese inmenso sol que no quemaba, sino que servía de
anfitrión al viajante y de guía para el lugareño. La vi, conversando con una
pequeña mujer envuelta en poncho y encebollada de ropas, portando una pequeña
caja chayera y acompañada de una mula, tan pequeña y ataviada como ella, que
sólo le faltaba el sombrero. Tuve la sensación de estar en paz con ella y conmigo
mismo mientras recorríamos ya juntos las calles de la histórica Purmamarca. Mi
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madre, sin que yo lo notara, había recogido trocitos de colores y un buen poco del
sol del mediodía que, luego lo advertiría, servirían para poder ponerlos en un
cuadro que ella pintaría en casa.
Sus manos sobre el pincel le devolvían a esa ingenua niña, que a pesar de las
burlas de sus vulgares vecinos, ella partía a misa todos los días desde su casa en
Famaillá rumbo a la Iglesia del Carmen, virgen que veneraría ofreciéndole luego el
cuidado de su primera hija mujer.
_”Ahí va a cambiarle la pelela al cura”_, le decía un turco atrevido, pero ella no se
inmutaba, eran épocas para sentirse orgullosa de pertenecer a la grey católica. Una
época de lucha contra un sistema que se oponía a cualquier pensamiento religioso,
de espiritualidad y de servicio, donde Evita se había autoproclamado “abanderada
de los pobres” y ya nadie podía oponerse ni parecerse al movimiento que había
encontrado la fórmula definitiva de absorber la voluntad de las masas: Vigilar,
premiar y castigar. Los marginales y los oportunistas de siempre vieron en la
denuncia callejera su oportunidad para sembrar el terror, ya nadie podía hablar
mal del gobierno en público, ni menos cuestionar el luto nacional por la muerte de
Evita (el que no llevaba cinta negra al trabajo era despedido), o cuestionar el libro
de lectura para las escuelas donde se mostraba a “Santa Evita” con alas y todo. Si,
fue duro ser católico en su época, ¡Pelear contra un régimen que llegó a quemar
iglesias! desde su catequesis a los niños, desde su devoción mariana.
Llegué junto al banco de la plaza donde terminaba de bosquejar la casa histórica
donde durmiera el Gral. Lavalle en su huída hacia su muerte, la acompañé- me di
cuenta que era más alta que yo, y sumamente delgada aunque de un gran atractivo
físico- hasta la parroquia cuyo portón de rejas de hierro sólido comenzó a acercarse
a medida que cruzábamos la calle.
El oso negro detrás del portón parecía intimidante. Avanzamos un poco más aprisa
mientras intentábamos pasar el camino de piedras que se había dibujado delante
de nosotros entre hojas caídas, árboles secos y veloces nubarrones. El paisaje era
tenebroso y no dejé de empujar la silla de ruedas hasta que una luz se acercó a
nosotros y noté que otra puerta venía a nuestro encuentro.
Esta vez la puerta parecía más angosta y no me llevó hacia fuera sino hacia dentro
de mi madre, y la vi:
El ruido de la pava me devolvió otra vez a la realidad. Había estado muy distraída
esta mañana. Cuando me desperté tuve la sensación de que estaba en otro lugar;
no sé por cuánto tiempo permanecí observando el techo tratando de incorporarlo a
mis sentidos, me costó un esfuerzo enorme decidir qué era arriba y qué era abajo.
Cuando por fin me incorporé lo hice mirando hacia el baño, lo cual facilitó la tarea
de imaginar qué debía hacer, puesto que un dolor caliente en la vejiga me impulsó
de un salto hacia el inodoro. Ya había hecho lo más importante.
_No hay nada que un buen poco de agua fría en el rostro no despeje-me dije, _me
despabilaré en un segundo. De inmediato descubrí que estábamos en invierno, ¡el
agua estaba heladísima! Tuve la misma sensación el otro día (se refería a su
infancia) en el jardín de la casa de mamá, la mañana que cortaron el agua y
despreocupada fui al tacho debajo del caño que asoma entre las flores de salvia.
Mientras corría los petalitos de flores con una mano, con la otra me recogía el pelo,
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detrás de mí, en el galpón, escuchaba los martillazos que papá le daba al duro
acero para convertirlos en llanta de carro con la ayuda de la fragua. ¡El patio de mi
casa se ve tan grande!
Me preparo para ir a misa y reviso el devocionario y el catecismo.
Mientras cebo el primer mate miro por la ventana y saludo a Queca que pasa
apurada sin detenerse: -seguro estuvo toda la noche repasando los mandamientos
y los preceptos. ¡Es tan aplicada!
Mis flores están tan tristes, ¡siempre quise tener un jardín como el que tenía mamá!
Me deshice rápidamente de los recuerdos y llevé pava, mate y yerbero a la mesa…

Entonces me salí y me quedé al lado de ella. Encendió el televisor (no sé para qué,
últimamente no hay nada que le interese ver), buscó sus cruzadas y sacó la lapicera
que guarda como siempre cerca de la virgencita de Fátima, devoción que adoptara
cuando su hermano fue párroco de la parroquia del mismo nombre, allá en los
años sesenta, cuando la zona era una villa.
- Emilio……………………………………………………………………………
-Seguro que vendrá uno de estos días, siempre que lo recuerdo, aparece, es como si
tuviera transmisión de pensamiento.
-Que mi hermano fuera sacerdote lo acepto, al fin y al cabo éramos ocho hermanos,
alguno debía serlo. Aunque para llevarlo al seminario, tuvieron que sacarlo de
debajo de la cama.
Pero lo que hizo tu papá, eso de mandar a tus hermanos José y Hugo al seminario
menor, no lo entiendo y no lo perdonaré jamás. Sé muy bien que los designios de
Dios son insondables, pero, que me quiten la cercanía de mis hijos…
¡Huguito! ¡Cuántas noches habrá llorado sólo en ese lugar como lo hice yo!
¡Eran tan pequeños! Sólo el entusiasmo de sus nuevos amigos cubría el espacio que
los separaba de mí.
Sin embargo el destino me devolvió a José, que vive conmigo en casa, aunque no lo
note tan feliz como quisiera y, Hugo, ya lleva más de diez años al servicio de Dios.
- Vení, llevame, quiero pasear a Conti por la vereda. Aunque no habla yo sé
que se pone muy feliz cuando la abuela la tiene. Está tan grande... Su
parálisis cerebral no le impide reconocerme. Si vieras cómo sonríe cuando
paseamos por la vereda juntos. Me hace muy feliz poder aliviarle un
poquito la tarea a Elita…Pobrecita mi hijita. la más pequeña de la casa y con
la cruz más grande. Afortunadamente Dios les dotó a todos mis hijos de una
entereza a toda prueba y una voluntad para sobreponerse a las
adversidades que es marca registrada de mis hijos.
- Y vos, Pablito, que sufriste tanto, serás seguramente el más amado.
- Ya es tarde, llevame.
Esta vez fue a ella a quien vi empujando la silla, silenciosa, pensativa, pero con
una altivez nunca vista en ese rostro lleno de arrugas, tan bien ganadas a los
años. Las veredas se iban sucediendo como se sucedían los cielos, unos grises y
sucios, como los agostos de Tucumán, otros cálidos, otros frescos, como
después de las lluvias de la mañana; pero al mismo tiempo cambiaban los hijos

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que en su recorrido había acunado y protegido y que alguna vez, tuvo que
cargar en su silla de ruedas, en la misma que ella desde el principio de la vida
llevara atada a su destino: Antonio (Francisco) y su Maribé, enfermita al nacer;
Mechy (del Carmen) y su viudez temprana; José y su amada hija de una
relación equívoca; Pablo y su enfermedad en plena adolescencia, superada
gracias a los rezos de tanta gente; Hugo y la soledad de su sacerdocio; y Elita, a
quien le puso de nombre María de los Ángeles, por quien su corazón quedará
por siempre anclado a su hija Constanza.

El portón esta vez era de madera, de listones anchos y planos de madera


torcida por la intemperie, clavados hace mucho tiempo en una estructura en
forma de zeta igual al portón que tantas veces abrimos en la estación donde
vivimos toda nuestra infancia, la estación de ferrocarril de Monteros, donde el
papá trabajó hasta jubilarse y dejar su razón y su vida.
Esta vez el portón no se acercó y tampoco se abrió. Aún así, mamá, con una
decisión implacable, se levantó de su silla, arrancó los listones de madera como
si fueran cortinas, pidió permiso a la gente que se encontraba sentada de
espaldas al portón, me miró y, antes de cruzar me dijo:
- ¡Me siento muy feliz de tener unos hijos tan buenos, pero más feliz me voy
sabiendo que se quieren tanto entre ustedes! Entonces me dio un beso y se
sentó junto a sus viejas amigas y no volvió a mirarme.
Tardé un momento en comprender, di un paso atrás y pude observar que el
portón se abrió detrás de un refugio donde gente que mi madre ya conocía
esperaba el colectivo, o lo que fuera. Entonces me di cuenta que su viaje había
concluido y mi misión había terminado.
Me di media vuelta y empecé a alejarme. Me volví pero ya no encontré más que
un paisaje llano e interminable: el portón ya no existía.
Algún día terminaré de derramar las lágrimas que debe provocar la pérdida de
una madre excepcional como la que tuvimos mis hermanos y yo.
Pero hoy estoy tranquilo. Realmente siento que está aún conmigo.

A mi madre, que padeció un mal matrimonio y se sobrepuso a todo por sus seis
hijos.

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