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Sobre la interacción con los demás

Presentado por Rafael Ardila Rodríguez

El ensayo de William Ospina, preguntas para una nueva educación, rescata un


aspecto que debe ser prioridad dentro de la educación en la infancia: la
interacción social de los niños con sus pares. Aquella mención a tan valiosa
dinámica tocó en mí una fibra muy sensible. Me atrevo a decir, en nombre de
todos aquellos niños que no tuvieron la oportunidad de hacer amigos o siquiera,
de conversar con otros durante su paso por el colegio, me atrevo a decir que el
vacío que surge al tener un mínimo contacto con niños de tu edad es insondable.
No exagero cuando digo que muchos se sienten incompletos, pues ven en su
interior y no encuentran por ningún lado recuerdos de experiencias gratas, un
partido de futbol, una conversación animada, un primer amor, etc.; recuerdos
que sí son enunciados continuamente por otras personas en cualquier lugar: en
el colectivo, en el parque, en la calle, puedes encontrarte un par de amigos que,
mientras conversan, mantienen en sus rostros una envidiable sonrisa.

Quienes han vivido la mayor parte de su tiempo solos tienden a compararse con
los demás. Notan o creen notar que no han vivido lo que deberían vivir para su
edad; No tardarán en sentirse inferiores e inútiles. El no interactuar con otros
desde temprana edad no solo te hará sentirte inferior, sino que también te
impedirá tener una vida llevadera; no hallarás paz hasta que identifiques lo que
te falta y te pongas en la tarea de obtenerlo. ¿Y qué es lo que te puede faltar?
Experiencias, sobre todo, es lo que más duele no tener, y también habilidades
sociales. Por supuesto que no todos los niños tienen reacciones similares
cuando se les priva del contacto con sus semejantes, encontraremos también
niños agresivos o niños que de una u otra forma logran sobreponerse a esa
carencia de contacto social. Aquí me limitaré a hablar de aquellos niños que
tienden a formar un escudo que los aísla aún más de los demás, y también se
hablará de la prioridad que tienen los adultos por garantizar la interacción social
desde la tierna infancia.
Uno de los bienes que son esenciales en un buen crecimiento, además de las
vitaminas y minerales, es la autoestima. Esta es la percepción, buena o mala,
que tiene el individuo, de cualquier edad, sobre sí mismo. Un niño con autoestima
baja termina sintiéndose inferior al resto, porque tiene de sí mismo una
percepción exagerada de sus defectos; a aquellos les da una importancia
enorme, mientras que a las virtudes las ignora o les resta el justo valor que
tienen. Por otra parte, un niño que no se quiere puede ser blanco de acoso,
puesto que no se considera fuerte para proteger su identidad; huye o soporta los
abusos hasta que colapsa (puede terminar hiriendo a otros o hiriéndose a sí
mismo). Las relaciones interpersonales saludables no solo impedirán que los
niños tengan baja autoestima, también ayudarán a conformar una autoestima
saludable. Los demás le permiten al niño, en un primer momento, reconocerse a
sí mismo por medio de la enunciación que hacen estos de lo que alcanzan a
percibir del niño: nosotros, todos, somos el espejo del niño. Lo anterior nos
impone una enorme responsabilidad, pues debemos evitar las corrientes
catalogaciones de bueno y malo, que sesgan la realidad; debemos ver y enunciar
los matices del otro, y así mismo enseñarle al niño a ser el espejo de los demás.

Con buena autoestima el niño podrá ver a los demás como sus iguales. Esta
percepción debe ser fortalecida mediante el trabajo en grupo. La asertividad, que
es una habilidad social que debe ser la carta de presentación en toda interacción
social en el aula, le permitirá al niño defender su integridad y sus intereses por
medio del diálogo constructivo. Es asertivo quien busca, no imponer sus ideas,
sino conversar con el otro para construir ideas provechosas o para llegar a un
consenso. La agresión y el silencio no hacen parte del lenguaje asertivo; no es
asertivo ni quien grita ni quien calla. Cuando se es asertivo la comunicación es
enriquecedora, porque no se buscan imponer ideas, en ella se plantean, se
discuten y se cuestionan; cuando existe el espacio para el cuestionamiento se
permite la creación de nuevos puntos de vista. A la par con la asertividad trabaja
el espíritu crítico. El niño debe adquirir la habilidad de reflexionar para poder
identificar lo que realmente es conveniente en las situaciones que se le
presenten. Un niño que termina siendo peón de otro no estará en capacidad de
luchar por sus sueños, porque estará ocupado trabajando por los sueños de
otros. Finalmente, lo que se debe buscar es que el niño comprenda que la
interacción con los demás es provechosa, tanto para él como para los demás.

Ospina en su ensayo manifiesta sus deseos de contemplar una educación que


motive la convivencia y la solidaridad, una educación que además se aleje de
esa tendencia nociva de darle prioridad a la competencia, a esa competencia
que brinda goce por el triunfo y por la derrota del otro. Es necesario diferenciar
cuál es la sana competencia de la nociva. La competencia actualmente ocupa
un lugar predominante en la enseñanza; hay ganadores y perdedores. Los
tutores, los maestros y hasta los padres deben enseñar a los niños que el
catalogar a los demás en 2 bandos, esa tendencia a dividir tan marcada en
nuestra sociedad, y tan nociva, es errada, puesto que los individuos son tan
complejos que no se les puede reducir a catalogaciones tan básicas como el
bueno, el malo, el feo, el perdedor, el ganador, etc. El ser humano se caracteriza
por estar constituido de diversos matices. El niño debe ver en sus compañeros,
sujetos que tienen facultades y características diversas. Por lo tanto, no puede
exigir de los demás homogeneidad, sino todo lo contrario. En el aula debe
fomentarse el trabajo en grupo, así el niño reconocerá los matices que
caracterizan, tanto a los demás como a él mismo. La competencia no es mala
cuando es solo uno de los fundamentos de la educación, no el principal. Por
medio de ella los niños también pueden identificar sus fortaleces y debilidades.
La competencia debe ser llevada a todos los ámbitos de la vida, no como el
ejercicio, sino como uno de muchos, en donde los sujetos puedan identificar sus
fortalezas y debilidades. Quienes sean buenos en una actividad, ya sea arte,
calculo o ejercicio, deben ser motivados a potenciar sus habilidades. Me
encantaría ver alguna vez una educación que, además de cubrir a toda la
población, esté en capacidad de acompañar a cada niño durante su proceso de
formación. Ello no dejaría a ningún niño al amparo del hado.

Las consecuencias de no contar con ese estimulo social, ese acercamiento hacia
el otro, pondrá en aprietos al futuro adolescente y al futuro adulto. En el ámbito
económico, es curioso, se busca incentivar el trabajo en grupo, bien que debería
cultivarse desde la niñez con celo; sin embargo, apenas se da esto último. Las
relaciones interpersonales entre adultos son desastrosas hoy, solo basta con
hojear un periódico cualquiera o encender la televisión, en el horario de las
noticias, para darse cuenta de ello. El desarrollo de esta facultad tan necesaria,
la de construir puentes de diálogo saludables con los demás, debe motivarse
tempranamente, para así ahorrarnos el tiempo de solucionar conflictos.
Considero que debe ser temprano el desarrollo de esta cualidad, porque el ser
humano, conforme se hace viejo, se vuelve más terco (percepción que está
fundada en la observación).

En el ámbito amoroso, el niño que no tuvo la oportunidad de formar amistades


duraderas no estará en capacidad de mucho menos mantener una relación
sentimental. Al no contar con cierta formación en cuanto al trato con los demás
(al carecer de asertividad, empatía, autonomía, autoestima, autocontrol, criterio,
etc.) no podrá brindarle al otro de la relación apoyo ni buena compañía. Quien
carece de lo básico para mantener una relación lo más seguro es que caiga en
la dependencia. Debido a la carencia en la infancia de oportunidades de amar y
ser amado, el individuo que ha permanecido en la soledad durante la mayor parte
de su vida estará sediento de afecto. Cuando se le presenta la oportunidad de
ser amado por otro trata de llenar con ese afecto que se le brinda el viejo vacío
que no ha llenado. Como no tiene a su lado a más individuos que lo amen termina
dependiendo afectivamente del otro: hará todo lo posible por mantener su única
y valiosa fuente de afecto. La dependencia es destructiva, tanto para el que ama
como para el amado, puesto que en esa relación toxica que se ha establecido,
la persona dependiente termina siendo esclava del otro o termina destruida
cuando su única fuente de amor se va. El amar es una experiencia que
cualquiera tiene el derecho a vivir; sin embargo, debe amarse sanamente para
que el amor se mantenga vivo y florezca continuamente. Es primordial, por lo
tanto, darles afecto a los niños desde la más tierna infancia; deben aprender a
amar desde pequeños para que en el mañana no sean sus corazones destruidos
en relaciones toxicas.

Estas son algunas propuestas que considero se deben llevar a cabo dentro del
ámbito educativo, y por qué no, fuera de él. Si los niños no tienen la posibilidad
de relacionarse ente sí, en el futuro estaremos rodeados de muchos sujetos
neuróticos y solitarios que difícilmente trabajarán por su bienestar y por el
bienestar común. A la par con Ospina, considero que necesitamos ciudadanos
comprometidos con el propósito de construir un futuro mejor; debemos formar
niños sanos para construir tal futuro próspero que todos soñamos. Finalmente,
para formar a los niños necesitamos que las naciones garanticen una educación
que abarque las necesidades de cada niño, un sistema educativo que escuche
y atienda, en lo posible, a cada menor. No puede olvidarse que es importante,
primordial, que el niño se sienta en todo momento acompañado y respaldado por
los mayores; si puede sentirse protegido y apoyado será capaz de así mismo
ayudar a otros: la solidaridad es un valor que se enseña.