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LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR

MARQUÉS DE SADE
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Primera edición

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723


MARQUÉS DE SADE

LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR


INTRODUCCIÓN

D ONATIEN-ALPHONSE-FRANÇOISE DE
DE
SA-
nació el 2 de junio en 1740 en el seno
de una familia de estirpe noble de Aviñón
–hijo de Jean Baptiste-Joseph-Françoise de Sade, señor
de Saumane y de Mazan y de Marie-Eléonore de Mai-
llé de Carman, dama de compañía de la princesa de
Condé–, y murió cuando Napoleón Bonaparte se en-
frentaba al fracaso de su imperio, en 1814. La vida del
marqués estuvo signada –en tiempos caracterizados
por la Ilustración y el Despotismo Ilustrado–, por el
escándalo y la prisión, que conoció durante los últimos
años del absolutismo, padeció sumido en el terror con
la Revolución Francesa, y durante el imperio napoleó-
nico. Aún hoy el Divino Marqués desata polémicas y se
lo califica de perverso, de lujurioso desenfrenado y
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6 MARQUÉS DE SADE

desequilibrado mental, aunque no se niega que su


prosa cargada de lujuria obsesiva, también retrata co-
mo ninguna la cara oculta de la ilustración, de la so-
ciedad de su tiempo para quedar indisolublemente
unida a la filosofía y a la psicología de su época, con el
estilo de los grandes maestros de la literatura.
La primera edición de FILOSOFÍA DEL TOCADOR
se conoció en 1795, en momentos en que el Directorio
buscaba poner fin a los excesos de la revolución, que
seguía enviando a sus propios líderes a la guillotina,
amenazaba con devorarse a sí misma.
La obra circuló sin consecuencias para el marqués
hasta 1801, cuando Napoleón Bonaparte lo consideró
perjudicial para los ciudadanos y ordenó la detención
de Sade, encerrándolo en una casa de salud con carac-
terísticas de cárcel –el manicomio-prisión de Charen-
ton–, cuando se calificó de infame a su novela Justine. A
partir de ese momento hasta su muerte en 1814, el
marqués no pudo casi disfrutar de libertad. Quizás
debió haber utilizado sus orígenes aristocráticos y
haber aprovechado el cambio político, pero su rebeldía
e inconformismo le impedían evitar manifestarse co-
mo un verdadero republicano, marcado como estaba
por la educación que había recibido de su tío, el Abate
de Sade, un erudito libertino influenciado por la obra
de Voltaite.
Un estudio preliminar de la obra que nos ocupa,
revela que el tocador no es más que una argucia ideal,
ya que frente a ese tocador transformado en símbolo
LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR 7

el hombre –y especialmente la mujer– se despojan de


prejuicios, a fin de que las intimidades (las del propio
Marqués, puestas en boca de los personajes) fluyan sin
obstáculos. En esta FILOSOFÍA... el Divino Marqués
propone la formación de estados ideales, virtualmente
utópicos, donde la presencia estatal no se revele como
opresiva. En tal sentido, Sade escribe para convencer a
quienes detentan el poder que se torna imperiosa la
reforma del Estado que puede adjetivarse como poli-
cial, y pretende mostrarlo estableciendo una relación
entre la pasión sexual y la forma de gobierno, a partir
de la idea de que a partir del momento en que los
libertinos consiguieron llegar a ser jefes del gobierno,
empezaron a gozar de un poder ilimitado y, como
consecuencia, de una absoluta impunidad. Y ante este
hecho, ¿qué valor tiene la ley ante el poder de las pa-
siones humanas y cuál es la reacción del libertino ante
las prohibiciones de la ley?
En síntesis, Sade cuestiona la licitud y la legitimi-
dad de la justicia de los hombres, y reflexiona acerca
de la educación, la ley y el mismísimo contrato social
–en las menciones que hace a la obra de Rousseau–,
poniendo estas reflexiones en boca de jueces, bandi-
dos, revolucionarios, aristócratas y –el especial blanco
de sus ataques– de clérigos y religiosos.
La versión definitiva de la presente obra apareció
luego de Aline y Valcour, o la Novela Filosófica de 1793.
En 1791 había aparecido la versión definitiva de Justine
o los Infortunios de la virtud, de 1787. La nueva Justine o las
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desgracias de la virtud y Juliette o las prosperidades del vicio


fueron publicadas en 1797; Los crímenes del amor es de
1800, La marquesa de Gange de 1813 y Los 120 días de
Sodoma fue editada en forma póstuma recién en 1904.
Esta obra del Divino Marqués se completa con
textos políticos, dramas, cuentos, comedias, ensayos,
relatos, textos históricos, políticos, filosóficos y críticos
al poder del Estado y hasta historietas, muchos de los
cuales permanecen inéditos o fueron destruidos.
La correspondencia de Sade y varios textos de sus
cuadernos personales se conocieron recién en la pri-
mera mitad del siglo XX, cuando aparecieron junto
con Diálogo entre un sacerdote y un moribundo e Historietas,
cuentos y apólogos en 1926 e Historia secreta de Isabel de
Baviera, publicada por primera vez en 1952. Entre
1931 y 1935 también se habían realizado varias edicio-
nes de Los 120 días de Sodoma, y fueron los surrealistas
quienes hicieron el esfuerzo de valorizar en toda su
real magnitud la figura del marqués y de su extensa y
variada obra, gran parte de la cual permanece hasta el
día de hoy desconocida.
RETRATO DE DOLMANCÉ

S EÑORA DE SAINT-ANGE: Buenos


días, hermano. ¿Qué puedes explicarme
acerca del señor Dolmancé?
CABALLERO DE MIRVEL: Él llegará a las
cuatro en punto; ya que no hemos de cenar hasta
las siete, tendremos, como ves, tiempo suficiente
para conversar.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: ¿Sabes, her-
mano, que me arrepiento un poco de mi curiosi-
dad y de todos los proyectos obscenos que hice
para hoy? La verdad, amigo mío, eres muy indul-
gente; cuando debería mostrarme más razonable
es cuando más se exalta mi maldita cabeza, vol-
viéndose libertina, y me lo perdonas todo; eso no
hace más que echarme a perder... A los veintiséis
años debería ser ya devota y no soy sino la más
desenfrenada de las mujeres. Nadie tiene ni idea
de lo que concibo, amigo mío; de lo que desearía
hacer. Pensaba que al limitarme a las mujeres me
volvería más juiciosa; que mis deseos, concentra-
dos en mi sexo, no tenderían ya el vuestro... ¡Pro-

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yectos quiméricos, hermano! Los placeres de los


que deseaba privarme acuden a mi mente con más
ardor que nunca y he visto que cuando se nace
como yo para el libertinaje es inútil tratar de im-
ponerse frenos. Deseos fogosos los rompen muy
pronto. En fin, querido, soy un animal anfibio;
todo me gusta, todo me divierte y quiero reunir
todos los géneros; pero confiesa, hermano, que es
una enorme extravagancia de mi parte querer co-
nocer al singular Dolmancé, quien, como me di-
jisteis, no ha podido, en toda su vida, considerar a
una mujer como la prescribe la costumbre. So-
domita por principio, no es tan sólo un idólatra
de su sexo, sino que ni siquiera cede al nuestro a
no ser bajo la condición especial de que le entre-
guemos los caros encantos de los que acostumbra
servirse en los hombres. ¿Te das cuenta, amigo
mío, de lo extraño que resulta mi capricho? Quie-
ro ser la Ganímedes de este nuevo Júpiter, quiero
gozar sus gustos y sus excesos, quiero ser la vícti-
ma de sus errores; hasta ahora, como sabes, sólo
me he entregado a ti en esa forma, querido, por
complacerte, o a algún sirviente mío que, pagado
para que me tratara de ese modo, se prestaba a
hacerlo por interés; hoy no se trata ni de compla-
cer a nadie ni de un capricho; lo hago movida por
mi sola gana... Entre los diversos procedimientos
que me han subyugado y que me subyugarán, creo
ver en esta rara manía una diferencia inconcebible
LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR 11

y deseo conocerla. Descríbeme a tu señor Dol-


mancé, te lo suplico, para que tenga una idea pre-
cisa de él antes de verlo llegar; ya sabes que no lo
conozco sino por habérmelo encontrado el otro
día en casa de alguien y sólo estuve unos minutos
junto a él.
CABALLERO DE MIRVEL: Dolmancé,
querida amiga mía, acaba de cumplir treinta y seis
años, es alto, muy hermoso de rostro, con ojos
muy expresivos y muy espirituales; pero algo un
poco duro, un poco maligno, se refleja a pesar de
él en sus rasgos; no hay dientes como los suyos;
hay cierta desidia en su talle y su apariencia, sin
duda por el hábito que posee de adoptar tan a
menudo posturas femeninas; tiene una gran ele-
gancia, hermosa voz, algunas habilidades y sobre
todo mucha filosofía en el entendimiento.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: Me imagino
que no cree en Dios...
CABALLERO DE MIRVEL: ¡Oh! ¡Qué es-
tás diciendo! Es el ateo más famoso, el hombre
más inmoral... ¡Ah!... Se trata sin duda de la co-
rrupción más completa y cabal, del individuo más
perverso y más infame que pueda existir.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: ¡Cómo me
entusiasma todo eso! Me va a encantar este hom-
bre. ¿Y sus gustos, hermano?
CABALLERO DE MIRVEL: Ya lo sabes, es
afecto a las delicias de Sodoma, ya sea como
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agente o como paciente; para sus placeres sólo le


gustan los hombres y algunas veces consiente, no
obstante, en probar mujeres, es sólo a condición
de que se muestren tan complacientes como para
cambiar de sexo con él. Le hablé de ti y lo puse al
corriente de tus intenciones; acepta y te advierte, a
su vez, cuáles son las cláusulas del trato. Te lo
prevengo, hermana: su negativa será rotunda si
tratas de inducirlo a otra cosa: “Lo que consiento
hacer con vuestra hermana”, me afirma, “es una
licencia... una extravagancia con la que raras veces
se mancilla uno y eso con infinitas precauciones”.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: ¡Mancillarse!...
¡Precauciones!... ¡Me enloquece el lenguaje de esa
gente adorable! También nosotras usamos, entre
mujeres, palabras exclusivas que prueban, como
las suyas, el horror profundo que nos inspira todo
lo que no se atiene al culto establecido... A propó-
sito, querido, ¿ya te tuvo? Con tu rostro encanta-
dor y tus veinte años, creo que es posible cautivar
a semejante hombre.
CABALLERO DE MIRVEL: No te ocultaré
mis extravagancias con él: tienes demasiado crite-
rio para censurarlas. De hecho, me gustan las
mujeres y no me entrego a esas raras inclinaciones
sino a instancias de un hombre amable. Nada hay
entonces que no haga. Me hallo lejos de esa ridí-
cula dignidad por la cual nuestra superflua juven-
tud cree que es preciso responder a bastonazos
LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR 13

proposiciones semejantes. ¿Acaso el hombre es


amo de sus gustos? Debemos compadecer a quie-
nes los tengan singulares, pero insultarlos, jamás:
su error es el error de la naturaleza; eran tan poco
responsables de haber llegado al mundo con gus-
tos diferentes como lo somos nosotros de nacer
patizambos o apuestos. Además, ¿nos dice un
hombre algo desagradable al revelarnos su deseo
de gozar en nuestra compañía? Claro que no. Para
nosotros debe tratarse de un cumplido. ¿Por qué
contestar con injurias o insultos? Sólo los necios
pueden pensar en esa forma; un hombre razona-
ble no se referirá jamás a esas maneras en otros
términos que yo. Pero el mundo está plagado de
vulgares imbéciles; éstos se sienten ofendidos si
alguien les confiesa que los juzga aptos para los
placeres y, mimados por las mujeres, siempre ce-
losas de lo que parece ser un atentado contra más
imposiciones, imaginan ser los Don Quijote de
esos derechos ordinarios brutalizando a quien no
los reconozcan en toda su amplitud.
RETRATO DE EUGENIA

S EÑORA DE SAINT-ANGE: Pues bien,


querido amigo, para premiar hoy tu co-
medida complacencia, entregare a tus ar-
dores a una joven virgen y más bella que el Amor.
CABALLERO DE MIRVEL: ¿Qué dices?
¿Haces venir una mujer a tu casa estando aquí
Dolmancé?
SEÑORA DE SAINT-ANGE: Se trata sólo
de educación. Es una niña a quien conocí en el
convento el último otoño, mientras mi marido se
hallaba en los baños. Allá, nada pudimos, no nos
atrevimos a nada: demasiados ojos se clavaban en
nosotras; pero prometimos reunimos en cuanto
fuera posible. Guiada solamente por mi deseo
trabe amistad con su familia para satisfacerlo. Su
padre es un libertino... al que cautivé. En fin, la
hermosa viene y la espero; pasaremos dos días
juntos... dos días deliciosos; la mayor parte de este
tiempo la destinaré a educar a esta pequeña. Dol-
mancé y yo afirmaremos en su linda cabecita to-
dos los principios del libertinaje más desenfrena-

15
16 MARQUÉS DE SADE

do; la haremos arder con nuestros fuegos, la ali-


mentaremos con nuestra filosofía, le inspiraremos
nuestros deseos y, como quiero añadir un poco de
práctica a la teoría, y quiero que nos divirtamos,
he destinado para ti, mi querido amigo, la cosecha
de los mirtos de Citera y para Dolmancé la de las
rosas de Sodoma. Tendré dos placeres a un tiem-
po: el de gozar yo misma de esos deleites crimi-
nales y el de darle lecciones acerca de ellos, para
que dichos gustos se despierten en la adorable
inocente que atraigo hacia nuestras redes. Pues
bien, caballero, ¿es digno este proyecto de mi
imaginación?
CABALLERO DE MIRVEL: No podía ha-
ber sido concebido por otra; es divino, hermana,
y te prometo representar a las mil maravillas el
papel encantador que me destinas en él. ¡Ah, píca-
ra, cómo vas a gozar educando a esa niña! ¡Qué
delicia para ti corromperla, ahogar en ese joven
corazón todas las simientes de virtud y de religión
colocadas por sus institutrices. En verdad, eso
resulta demasiado elaborado para mí.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: Puedes estar
seguro de que no repararé en nada con tal de per-
vertirla, de degradar y destruir en ella todos los
falsos principios de moral con los que hubieran
podido aturdirla ya; quiero, en dos lecciones, vol-
verla tan perversa y voluptuosa como yo... tan
impía... tan libertina. Alerta a Dolmancé, ponla al
LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR 17

corriente en cuanto llegue para que el veneno de


sus inmoralidades, circulando en ese joven cora-
zón con el que yo misma le administre, logre de-
sarraigar en breves instantes todas las simientes de
virtud que podrían germinar sin nosotros.
CABALLERO DE MIRVEL: No hubiera si-
do posible hallar alguien más adecuado a lo que
necesitabas: lo irreligioso, lo impío, lo inhumano,
el libertinaje rezuman de los labios de Dolmancé
como lo hiciera en otros tiempos la unción místi-
ca de aquellos del célebre arzobispo de Cambrai;
es el seductor más perfecto, el hombre más co-
rrompido, el más peligroso... ¡Ah, querida amiga!
Si tu alumna responde a los cuidados del instruc-
tor, garantizo su rápida perdición.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: No será un
asunto muy difícil ni prolongado con las disposi-
ciones que le conozco...
CABALLERO DE MIRVEL: Pero dime,
hermana, ¿nada temes de sus padres? ¿Si algo se le
escapara a la doncella al regresar a su casa?
SEÑORA DE SAINT-ANGE: Nada temas,
seduje a su padre... Me pertenece. ¿Tendré que
confesártelo por fin? Me entregué a él para que se
hiciera de la vista gorda; ignora mis propósitos,
pero no se atreverá jamás a examinarlos a fondo...
Está en mis manos.
CABALLERO DE MIRVEL: ¡Tus medios
son espantosamente perversos!
18 MARQUÉS DE SADE

SEÑORA DE SAINT-ANGE: Es preciso


que lo sean para sentirme segura.
CABALLERO DE MIRVEL: Dime ahora,
por favor amiga, ¿quién es esa joven?
SEÑORA DE SAINT-ANGE: La llaman
Eugenia; es hija de un tal Mistival, uno de los
mercaderes más ricos de la capital, de unos treinta
y seis años de edad; la madre tiene cuando mucho
treinta y dos y la niña quince. Mistival es tan li-
bertino como devota su mujer. En cuanto a Eu-
genia, amigo mío, sería inútil que tratara de pin-
tártela; está por encima de lo que pueden mis pin-
celes. Confórmate con la convicción de que ni tú
ni yo hemos visto nunca, seguramente, nada tan
delicioso en este mundo.
CABALLERO DE MIRVEL: Haz por lo
menos un bosquejo, si no puedes pintar, para que
sepa mas o menos con quien tendré que tratar y
alimente mejor mi imaginación con el ídolo a
quien haré mis sacrificios.
SEÑORA DE SAINT-ANGE: Pues bien,
amigo mío, sus cabellos castaños, que apenas
pueden ser empuñados, le caen hasta cubrirle las
nalgas; tiene un cutis de una blancura deslum-
brante; la nariz un poco aguileña, los ojos mas
negros que azabache y de un ardor... ¡Oh! Es
imposible sostenerle la mirada, hermano. No po-
drías imaginar todas las tonterías que me ha hecho
hacer.. . ¡Y si vieras las lindas cejas que los coro-
LA FILOSOFÍA DEL TOCADOR 19

nan, los interesantes párpados que los guarne-


cen!... Su boca es muy pequeña, sus dientes es-
pléndidos, ¡y tan fresco todo aquello!... Uno de
sus atractivos es la elegancia con que está plantada
su cabeza sobre sus hombros, el aspecto de no-
bleza con que la vuelve... Eugenia es grande para
su edad: podrían darle diecisiete años; su talle es
un modelo de elegancia y finura, su pecho una
delicia... ¡Los dos pechos más lindos que he vis-
to!... Apenas tienes con qué llenar la mano, pero
de una suavidad... tan frescos, tan blancos...
¡Cuántas veces perdí la cabeza al besar esas tetitas!
Y si hubieras visto cómo se animaba con mis cari-
cias... cómo se reflejaba en sus cautivantes ojos su
estado de ánimo... Amigo, no sé cómo es el res-
to... ¡Ah!... A juzgar por lo que conozco, el Olim-
po no tuvo jamas una divinidad comparable...
Pero la oigo... Déjanos; sal por el jardín para no
encontrarte con ella y sé puntual en la cita.
CABALLERO DE MIRVEL: El cuadro que
acabas de hacerme garantiza mi exactitud.
Podrá obtener el libro completo en

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film de naturaleza poco usual en la industria
de la pornografía. Se muestra como la expre-
sión de una joven en la búsqueda de renunciar
a lo anormal para encaminarse a la normalidad
Con frecuencia –demasiada para nuestra des-
ventura–, resultan ser aquellos que más re-
prueban las manifestaciones sexuales o amoro-
sas, los que en la privacidad son poseedores de
una naturaleza más desenfrenada en su sexua-
lidad. Este es el tipo de individuos elegidos por el autor para
integrar el elenco de personajes de esta obra, un clásico de la
literatura erótica, donde una moral extremadamente severa es
sepultada por los deseos sexuales más voluptuosos y libertinos.

Esta obra, escrita en 1787 y perdida en la Bastilla, pasaría a ser la


primera versión de JUSTINE, producida en
1791. Transcurrió más de un siglo y medio
para que LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD se
conociera, reeditada con algunas variantes por
Maurice Heine. En JUSTINE, esta primera
versión fue superada en lo detallado de los
excesos sexuales con los que el divino
marqués escandalizó al mundo de la época.
Escándalos que no pasaban exclusivamente
por lo que escribía encaramado en el más puro
materialismo panfletario, la violencia erótica y la crítica al doble
discurso de la gran mayor parte de los miembros de la Iglesia de la
época, declamando el decoro y practicando el desenfreno. Preci-
samente es en esas contradicciones en las cuales se apoya el autor
para mostrar cómo siempre el vicio termina por triunfar sobre la
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