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LAS VACCINOSIS

Eduardo Lasprilla

Después de haber dado respuesta a mis detractores de oficio, retomo el


hilo de las entregas, con un tema de vigente importancia, como es el de las
vaccinosis, graves afecciones generadas por las inoculaciones vacunales y
para las cuales el mismo pediatra, después de haber afectado a la criatura,
no tiene como curarlas, buscando chivos expiatorios en la vecindad, para
salvaguardar la imagen propia y la de su terapéutica. Tengo 50 años de
estar curando pacienticos afectados de las más variadas afecciones post-
vacunales, por ello me considero autorizado para hablar al respecto. Fue
un connotado homeópata londinense del siglo XIX, Compton Burnett,
quien, muy a pesar de haber vivido tan sólo 51 años, identificó esta
peligrosa y frecuente afección iatrogénica y descubrió los remedios
apropiados para tratarla, de acuerdo con el caso en cuestión, como le es
característico a esta Medicina. Es una proteiforme afección, por ello
podemos verla emerger como una crónica disnea asmática, una
perniciosa y pruriginosa dermatosis, una disquinesia hepática, un
síndrome convulsivo o cualquier otra afección más de las muchas
registradas en los tratados de patología. La noxa patógena es la vacuna,
eso fue lo que demostró Burnett, pero la manifestación patológica
adquiere la forma que le imprime la idiosincrasia de cada sujeto.
No es que los pediatras ex profeso quieran enfermar a sus pacienticos, el
meollo del asunto es que ellos mismos no comprenden, como tampoco
aceptan, la grave nocividad de las vacunas, muy a pesar de que en todo el
mundo esta afección es de público conocimiento. Tal es la gravedad del
asunto que ya en algunos Estados europeos no se hacen jornadas de
vacunación oficiales, debido a las demandas de los padres, cuyos hijos han
sido afectados por tales agresiones biológicas. Y como si eso fuese de poca
monta, como para no prestarle mayor atención al asunto, cada día la
Alopatía se esmera en producir nuevas vacunas. Precisamente en estos
días he estado tratando a un niño que ha sido vacunado en 24 ocasiones y
padece de un serio síndrome disneico, alternando con una severa
dermatosis. Y cada vez más, muy a pesar de la gravedad de la cuestión, la
pediatría clásica prosigue en su empeño descontrolado de vacunar a los
niños. En el pasado reciente tuvo lugar una tragedia colectiva en nuestro
país, debida a la aplicación indiscriminada de la vacuna contra el
papiloma humano. Y a toda esta gravísima irresponsabilidad profesional
se le da como fulcro el tan cacareado sustento científico de la Dzmedicina
preventivadz. Hasta tanto la medicina alopática no preste atención a los
fundamentos gnoseo-epistémicos de su pobre enfoque clínico y decida
dar el giro señalado por la Medicina Centáurica, los desmadres no dejarán
de arruinar la vida de los enfermos que acuden en su búsqueda para la
ansiada curación de sus patologías.
Voy a citar a dos reconocidas autoridades de la Medicina que tocaron el
tema, el doctor Florencio Escardó y el doctor Alfonso Masi Elizalde. El
primero fue un connotado pediatra argentino y el segundo, una de las tres
cabezas más brillantes del mundo homeopático. Esto dejó dicho en un
congreso médico el doctor Escardó: “Es grave, muy grave,
intelectual y moralmente hablando, que un fenómeno tan
notorio como el de la frecuente nocividad de las vacunas
pueda permanecer negado, como si nada pasara. En
algunas circunstancias concretas el hecho puede ser
explicado: a) porque el vacunador no vuelve a ver al
vacunado y b) porque los médicos, por inercia cultural y en
su inmensa mayoría, no relacionan con la vacuna los
trastornos que el organismo del vacunado manifiesta post
hoc…cabe recordar aquí la dolorosa y trágica experiencia
de la isla dinamarquesa de Bornholm, cuya población,
sistemáticamente vacunada por Calmette y Guérin, contra
la tuberculosis, vio aparecer 22 años después, una
enfermedad neurológica que el famoso profesor Lépine
denominó enfermedad de Bornholm y que adquiría el
cuadro típico del síndrome de Heine-Medin, atacando
justamente a todos los vacunados con la B. C. G. 22 años
atrás”.
Y culmina el profesor Escardó su exposición de esta muy sugestiva forma:
“Personalmente soy antivacunista y por ello no vacuno a
todos los que de mi dependen. Pero respetuoso absoluto del
derecho ajeno, cuando los padres me plantean el deseo de
vacunar a sus hijos, procedo de la siguiente manera: Les
doy una larga y detallada explicación sobre la realidad de
las vacunas y les pregunto si, por remoto que sea, están
dispuestos a asumir el riesgo”.
Si después de leer estas líneas, venidas de la pluma de tan alta autoridad
académica en el campo de la misma pediatría clásica, usted pasa por
encima de ellas y prosigue supinamente vacunando a sus hijos, a mí no
me queda otra inferencia lógica posible que la de ver en usted a un
ignorante a quien debo recordarle estas bellas palabras de W. Dyer: “el
que resiste algo acerca de lo cual nada sabe, muestra con
ello su mayor ignorancia”.

Ahora leamos lo que nos dice el doctor A. M. Elizalde: “Aparte de los


efectos secundarios reconocidos por la medicina
académica, la homeopatía se opone a las vacunas por: 1)
Bloquear la posibilidad de que el organismo recurra a
determinadas crisis exonerativas y, en consecuencia, las
sustituya por entidades clínicas en planos blastodérmicos
jerárquicamente superiores. Aterra pensar qué espantoso
flagelo castigará a la humanidad cuando la barbarie
médica consiga erradicar el sarampión y demás entidades
eruptivas. 2) Reforzar en los sujetos sycóticos la
hiperfunción del sistema retículo-histiocitario, acelerando
la aparición de hipertrofias. 3) Haberse determinado
fehacientemente que determinados sujetos, cuya
constitución fuese la de Silicium, Sulphur, Thuja,
Arsenicum, etc., son marcadamente hipersensibles a las
vacunas, a las que reaccionan con severas manifestaciones
clínicas, como por ejemplo convulsiones”.
Y continúa el ilustre maestro su exposición con estas sabias
recomendaciones: 1) “No vacunar al sujeto en quien creemos
haber encontrado el remedio constitucional. 2) No vacunar
jamás contra las enfermedades comunes de la infancia.
Simplemente asegurarnos de que la ignorancia familiar no
esté determinando la intervención de ciertas
indisposiciones, bajo la forma de una alimentación
carencial. 3) No vacunar jamás a pacientes con una
marcada actitud sycótica. 4) No vacunar contra afecciones
que tengan un tratamiento tradicional efectivo, ya que de
fracasar nuestra terapéutica, podemos recurrir a él como
un mal menor. Esto vale igualmente para aquellas
afecciones cuyo tratamiento consiste en la seroterapia ya
que, si bien conocemos lo nocivo de los sueros, el tener que
llegar a su aplicación es una posibilidad, en tanto que la
vacunación es arriesgar a un sujeto, a sus efectos
secundarios, que probablemente jamás y nunca, vaya a
padecer de la afección contra la cual se le está vacunando.
Y que, en caso de que la padezca, tiene elevadas
posibilidades de ser exitosamente tratado por homeopatía.
5) Nos quedaría así como problema a resolver, la actitud a
tomar frente a entidades nosológicas graves, contra las que
no existe tratamiento alopático alternativo, como podría
ser la poliomielitis. Ahora bien, existiendo tratamiento
homeopático para numerosas de sus formas clínicas, la
conducta a seguir deberá resolverla el homeópata de
turno, haciendo una evaluación severa de su conocimiento
de la doctrina, la clínica y la materia médica, por un lado,
y por el otro, evaluando los peligros de la vacuna a aplicar.
6) Alteradas las condiciones de vida del sujeto y frente a la
imposibilidad de tratamiento homeopático oportuno, soy
de la opinión de permitir, por ejemplo, la anti-tetánica
para un sujeto que debe ir a la guerra”.
Eso, desde el ángulo de la Homeopatía clásica, desde la cota de la
Identicopatía, de la que soy su pionero, constructor y ejecutor, puedo
agregar lo siguiente: Recibido el identicum del caso, a la dinamización
idéntica, y habiendo correctamente iniciado el protocolo del crecimiento
interno, no hay razón para enfermar, dado que el eje psico-mesénquimo-
neuro-endocrino-inmunológico, en estado de equilibrada homeostasis,
preserva debidamente al individuo de todas las afecciones dinámicas. En
resumen, la mejor medicina preventiva es la prodigada por la benéfica
acción del identicum, a la dinamización idéntica, acompañada de la
correcta apertura hacia el crecimiento interno. En cuanto a los niños el
proceso es el mismo, tan sólo que la diferencia con el adulto es la de que
los padres no deben evitarle el dolor a sus hijos, porque eso es un
imposible y además un deformante moral. Sólo el sufrimiento es opcional,
el dolor es inevitable. Los padres hacen el mejor trabajo inducativo con
sus hijos, dosificándoles el dolor al que tuvieren acceso por la normal
ignorancia de los segundos. Por si usted considera que esto es cruel,
permítame recordarle este registro bíblico: “El fuete en el niño le
evita la cárcel al adulto”. Lo otro nos convierte en criadores de
cuervos, que después nos habrán de sacar los ojos, tal y como reza el
antiguo y popular aforismo. El dolor construye, el sufrimiento
destruye. Dura veritas, sed veritas.
Post scríptum: 1) Fiel a mis principios, y seguro de mi terapéutica, jamás
y nunca vacuné a mis hijos. 2) Remito al lector al documento del médico
norteamericano, Peter Glidden, quien manifiesta la masacre mensual de la
iatrogenia alopática en Estados Unidos y al de la doctora Gwen Olsen,
acerca de la peligrosidad de la farmacología clásica y su iatrogenia. Ambos
documentos son fácilmente asequibles en la Internet.