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Edgar Allan Poe

El gato
negro
Tatiana F. Juarez
Plutón era el nombre de mi gato, notable tamaño y hermosura.
Completamente negro y una sagacidad asombrosa.

Nuestra amistad duro por años, hasta que mi temperamento y


mi carácter aumentaron por la culpa del demonio.

Día a día me fui volviendo más melancólico e irritable hacia


los sentimientos ajenos, hasta llegue a dañar a mi propia
esposa. Luego Plutón empezó a sufrir las consecuencias de mi
mal humor.

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Una noche en que volvía a casa completamente borracho, me
pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos y
asustado por mi violencia me mordió ligeramente en la mano.

Se apoderó de mí una maldad más que diabólica.

Sacando del bolsillo un corta plumas, lo abrí mientras sujetaba


al pobre animal por el pescuezo y le hice saltar un ojo.

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El gato entretanto mejoraba poco a
poco. Se paseaba como de costumbre
por la casa con terrible aspecto.

Entonces se presento el espíritu


de la perversidad. El insolable
anhelo que tenía mi alma de
violentar su propia naturaleza
incitó a continuar.

Una mañana, a sangre fría, le


pase un lazo por el pescuezo y lo
ahorque en la rama de un árbol.
Lo ahorqué mientras las lágrimas
caían de mis ojos y el más amoargo
remordimiento me apretaba el
corazón...

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La noche de aquel mismo día en
que cometí tan cruel acción, me
despertaron los gritos de:

¡Incendio!

Con gran dificultad pudimos


escapar, mi esposa,
mi sirviente y yo.

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Al día siguiente acudí a visitar las ruinas. Salvo una,
las paredes se habían desplomado.

Una densa muchedumbre se había reunido frente a la


pared. Las palabras ¡Extraño! Y ¡curioso! Excitaron mi
curiosidad.

Vi que en la superficie aparecía la imagen de un


gigantesco gato. Había una soga alrededor del pescuezo
del animal. Durante muchos meses no pude librarme del
fantasma del gato.

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Una noche en que borracho a medias
me hallaba en una taberna más que
infame, reclamó mi atención algo
negro.

Era un gato negro muy grande. Era


tuerto y tan grande como Plutón,
salvo por un detalle.

Una mancha blanca que le cubría


todo el pecho.

Acaricié al gato y el animal


pareció dispuesto a acompañarme.
Donde quiera que me sentaba, el
gato saltaba a mis rodillas. Aunque
ansiaba aniquilarlo, me sentía
paralizado por mi primer crimen.

Su mancha blanca fue adquiriendo


una gran presición. Representa algo
que me estremezco al nombrar, y por
eso odiaba al gato. Era la imagen de
una cosa atroz, siniestra…

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El gato me siguió mientras bajaba la escalera y estuvo
a punto de tirarme cabeza abajo.

Me exasperé hasta la locura.

Alzando un hacha, descargué un golpe que hubiera


matado instantáneamente al animal, pero la mano de mi
esposa desvio mi trayectoria, me zafé de su brazo y le
hundí el hacha en la cabeza.

Sin un solo quejido cayó muerta a mis pies.

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Decidí ocultar el cadáver en el sótano.

Sus muros eran de material poco resistente y estaban


recién revocados que la humedad no había dejado
endurecer.

Fue muy fácil sacar los ladrillos en esa parte e


introducir el cadáver y tapar el agujero como antes.

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Mi paso siguiente fue buscar a la bestia, había decidido
matarla. El astuto animal alarmado por la violencia se
cuidaba de aparecer.

Aquella noche no apareció. Pude dormir profundamente.


El animal había huído para siempre.
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Al cuarto día del asesinato se presentó un grupo de
policías. No dejaron hueco ni rincón sin revisar.
Al final por cuarta vez bajaron al sótano. Cuando por
fin los policías tranquilos disponían a marcharse dije:

-Caballeros, me alegro mucho disipar sus sospechas, esta


casa está muy bien construida, estas paredes… están
muy bien construidas.-

Golpee fuertemente la pared donde se hallaba el cadáver


de mi esposa. El cadáver muy corrompido y machacado
apareció de pie frente a los ojos de los espectadores.

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