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15 / 2 de julio de 2018

Séptimo domingo después de Pentecostés

Conmemoración de la colocación de la preciosa túnica de la Madre de Dios en Blanquerna

Troparion del domingo (tono 6)


Los poderes celestiales estaban ante tu tumba, los guardias cayeron como muertos, y María,
entrando en tu sepulcro, buscaba tu purísimo cuerpo. Sometiste al infierno sin ser entrampado por
él, y descendiste al encuentro de la Virgen otorgando la vida, oh Señor que resucitaste de entre los
muertos. Gloria a ti.

Kontakion del domingo (tono 6)


Levantando de los valles tenebrosos a todos los muertos, con su vivificante mano, Cristo, Dios
nuestro, dador de vida, quiso conceder la resurrección al género humano. Porque él es Salvador, la
resurrección, la vida y el Dios de todos.

Himno a la Madre de Dios (tono 6)


El que te llamó “Madre bendita” sufrió voluntariamente, queriendo rescatar a Adán; y
resplandeció desde la Cruz, diciendo a los ángeles: “Regocíjense conmigo, porque he encontrado la
moneda perdida”. Gloria a ti, oh Dios, que todo lo has ordenado con sabiduría.

Troparion de la colocación de la preciosa túnica de la Madre de Dios (tono 8)


Madre de Dios, siempre virgen, protectora de la humanidad, diste a Blanquerna un legado
poderoso: tu manto y tu cíngulo que permanecieron sin corrupción en virtud de la pureza de tu
parto, oh renovación de la naturaleza y del tiempo. Por lo tanto, te suplicamos que concedas paz al
mundo y gran misericordia a nuestras almas.

Kontakion de la colocación de la preciosa túnica de la Madre de Dios (tono 4)


Oh, purísima, llena de gracia divina, diste a tus fieles una prenda de incorrupción: la túnica que
cubrió tu sagrado cuerpo. Oh protectora de la humanidad, con amor celebramos su colocación, y
con temor te clamamos: “Alégrate, oh Virgen, gloria de los cristianos”.

Salva, Señor, a tu pueblo y bendícelo, porque es tuyo.


A ti llamo, Señor; no cierres tus oídos a mi voz.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos (15, 1-7).
Hermanos: Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no
complacernos a nosotros mismos. Que cada uno trate de agradar a su prójimo para el bien y la
edificación común. Porque tampoco Cristo buscó su propia complacencia, como dice la Escritura:
Cayeron sobre mí los ultrajes de los que te agravian.
Ahora bien, todo lo que ha sido escrito en el pasado, ha sido escrito para nuestra instrucción, a fin
de que por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Que el
Dios de la constancia y del consuelo les conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a
ejemplo de Cristo Jesús, para que con un solo corazón y una sola voz, glorifiquen a Dios, el Padre
de nuestro Señor Jesucristo.
Por lo tanto, acójanse los unos a los otros como Cristo los acogió a ustedes, para la gloria de Dios.
Tú, que vives al amparo del Altísimo y descansas a la sombra del Todopoderoso.
Dile al Señor: “Tu eres mi refugio y fortaleza; tú eres mi Dios y en ti confío”.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9, 27-38).


Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: “¡Hijo de David,
compadécete de nosotros!”. Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les
preguntó: “¿Creen que puedo hacerlo?”. Ellos le contestaron: “Sí, Señor”. Entonces les tocó los
ojos, diciendo: “Que se haga en ustedes conforme a su fe”. Y se les abrieron los ojos. Jesús les
advirtió severamente: “Que nadie lo sepa”. Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la
región.
En cuanto se fueron los ciegos, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el
demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: “Nunca se
había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por
autoridad del príncipe de los demonios”.
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el
Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía
de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus
discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la
mies que envíe trabajadores a sus campos”.