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Castilla y León
Curso 2007 - 2008
DELEGACIÓN TERRITORIAL DE SEGOVIA
I.E.S. “HOCES DEL DURATÓN” Departamento de Lengua y Literatura
TEMA 1: El ensayo en el siglo XVIII. Jovellanos

1. PENSAMIENTO Y CULTURA EN EL SIGLO XVIII: LA ILUSTRACIÓN

Recibe el nombre de Ilustración el movimiento cultural e ideológico que, con características peculiares
según los países, renueva profundamente el pensamiento y la mentalidad a lo largo del siglo XVIII o Siglo de las
Luces. Como principio ilustrado general se cuestiona el criterio de autoridad y, por tanto, se desarrolla el método
inductivo, que consiste en la observación y en la experimentación, consiguiendo premisas generales a través del
estudio particular y concreto de las cosas. Por ello se desligará la ciencia de la teología y se criticarán numerosos
postulados religiosos. La Ilustración se definiría, pues, por el deseo de saber, el sapere aude de Kant o el pensez
par vous-méme de Voltaire. De este modo, rasgos típicamente ilustrados son:

El racionalismo. El fundamento del conocimiento se encuentra en la razón y no en instancias


superiores como Dios, la tradición, las costumbres o la autoridad de antiguos escritores. La fundamentación
racional del saber favorece lógicamente el desarrollo científico y técnico.

El utilitarismo. Los avances científico-técnicos, el anhelo de saber y las reformas sociales deben
tener como guía la utilidad para la comunidad. Frente a las concepciones religiosas y metafísicas de tiempos
anteriores, se impone ahora una concepción materialista y burguesa del mundo para la cual lo importante es
aquello que es útil. Ello implica también un cambio de los valores morales: la virtud se relaciona ahora con la
utilidad, por lo que un hombre es tanto más virtuoso cuanto más útil resulta a sus conciudadanos.

El progreso. Se tiene la idea de que el dominio de la Naturaleza hace al hombre dueño de su futuro, que
puede mejorar indefinidamente. Se trata de una nueva utopía, que permite albergar la esperanza de una
mejora constante de las condiciones de vida, tanto desde el punto de vista material como espiritual. Por
tanto, ha de ser posible la felicidad en la Tierra misma, sin necesidad de posponerla a paraísos religiosos que
llegarían después de la muerte.

Lo natural. La razón se aplica también a esferas del conocimiento no estrictamente materiales como la fi-
losofía, el derecho, la moral o la religión. En estos campos se abandona la idea de que existan verdades abso-
lutas o reveladas y se insiste en el concepto de que algo es más humano cuanto más conforme está con
su naturaleza. De modo que, frente al derecho de inspiración divina, se defenderán ideas jurídicas basadas en el
Derecho natural; frente a las normas morales predicadas por las diversas religiones, se opondrán criterios éticos
derivados de una moral natural, y frente a las disquisiciones teológicas escolásticas que han dominado la es-
peculación filosófica durante siglos, se extiende ahora la Filosofía de la Naturaleza. En el terreno religioso es
frecuente el deísmo (creencia en un ser superior que no responde a la imagen de ninguno de las religiones con-
cretas, a las cuales se niega) o el ateísmo.

El reformismo. Los ilustrados aspiran a que sus ideales tengan una concreción práctica en la realidad,
por lo que proponen reformas sociales, económicas y políticas que los hagan posibles. En este sentido,
ideología ilustrada y despotismo ilustrado son inseparables, puesto que éste es la formulación política de aquéllas.

Estas ideas aparecen explícitamente y reiteradamente en los textos dieciochescos, en los que se atestigua
una renovación del vocabulario que da prueba de la extensión de los valores ilustrados. Se hacen ahora corrientes
palabras como luces, ilustración, felicidad, prosperidad, bienestar, libertad, sociedad, cultura, civilización,
urbanidad, educación, crítica, novedad, progreso, moderno, moda, etc. Todos estos vocablos son característicos
de los pensadores ilustrados, de los filósofos. En realidad, conceptos como filosofía o literatura amplían su
significado en esta época: filosofía pasa a ser sinónimo de «saber humano» en sentido extenso; literatura adquiere
una significación similar, como totalidad del saber, conjunto de ciencias y de letras.

Los filósofos tienen la intención de liberar al espíritu humano del peso de la barbarie que lo oscurece y de
guiarlo hacia las luces de la razón. Hacia 1760, la filosofía de las luces se ha convertido en una verdadera
creencia entre la minoría ilustrada, que se plasma en la publicación en Francia de los volúmenes de la Enci-
clopedia (1751-1772). Esta obra, publicada en forma de diccionario, pretende ser el compendio del saber de la
época y en ella colaboraron muchos de los pensadores más relevantes del momento. Los principios ilustrados
empiezan a tener una repercusión directa en la vida social con la propagación de ideas como la eliminación de la
esclavitud, de la servidumbre y de la tortura, la condena de la guerra, la tolerancia religiosa, la libertad económica,
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la supresión de los privilegios de nacimiento en nombre de la igualdad de derechos, la extensión de la enseñanza,
etc.
En el campo de las ideas estéticas, se vuelve la mirada al clasicismo francés y a los modelos
clásicos greco-latinos. Es el llamado Neoclasicismo, según el cual las obras de arte deben estar también
sujetas a la razón y obedecer, por tanto, a unos principios de ordenación lógica. En las artes predominan las líneas
rectas y la composición equilibrada. En literatura se siguen una serie de reglas y preceptos: distinción clara entre
lírica, épica y dramática; separación de tragedia y comedia; respeto en las obras teatrales de las unidades de
lugar, tiempo y acción. Conforme pasa el tiempo, sin embargo, una nueva sensibilidad se extiende entre los artis-
tas dieciochescos, que revalorizan el individualismo, la naturaleza, el instinto y el sentimiento. Las ideas del
filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) son decisivas para la extensión de esta sensibilidad. Como
ejemplo muy gráfico de esta nueva actitud, basta advertir la diferencia entre el jardín clásico francés, muy
artificioso y cuidado, y el jardín inglés, más próximo a la Naturaleza. Esta corriente sentimental preludia ya el
Romanticismo del siglo próximo y de ahí que haya sido denominada por algunos como Prerromanticismo. No
debe considerarse que exista una oposición entre estas dos tendencias, la neoclásica y la prerromántica; ambas
entran dentro del marco general de la Ilustración y comparten en esencia los mismos valores. La diferencia estriba
en cuáles son los valores concretos a los que se da predominancia en cada caso: en la actitud neoclásica, la
razón y el equilibrio; en la prerromántica, lo natural y lo individual.

En la difusión y conocimiento de las ideas ilustradas tuvo una enorme importancia la consolidación del
libro como vehículo de la cultura moderna. En consecuencia, cambia también en el siglo XVIII la condición
social del escritor, quien busca en la nueva sociedad dieciochesca un lugar y una función que anuncia ya la del
escritor contemporáneo:

Encontrar «un lugar en el mundo», hacerse útiles a una sociedad que demanda utilidad a sus componentes,
les lleva a su vez a adquirir una dimensión económica, pública y política que apenas antes conocieron y que
dota a su literatura de una implicación social y mediata hasta entonces ocasional. [...] Todo contribuía a que
de forma cada vez más decidida el escritor fuese ocupando un espacio en la sociedad, convirtiendo su
actividad literaria en modo de vida y en instrumento de dirección política, avanzando con el progreso de la
sociedad en el proceso de industrialización de la cultura, fenómeno que alcanzó tanto a los medios de
producción editorial y difusión del libro —si bien lenta y tardíamente en España—, como a la forma de
entender la actividad literaria y el papel del escritor en la sociedad.
[J. Álvarez Barrientos: La República de las letras en la España del siglo XVIII]

El elenco de pensadores, artistas y literatos que desarrollan su actividad durante esta centuria es extraor-
dinario: músicos como Bach, Vivaldi, Rameau, Haendel, Haydn, Mozart o Gluck; pintores como Watteau, David,
Reynolds, Gainsborough, Goya o Blake; filósofos como Berkeley, Hume, Kant o Fichte; pensadores como
Montesquieu, Voltaire, Diderot o Rousseau; juristas como Cesare Beccaria; economistas como Adam Smith;
literatos como Swift, Defoe, Goldsmith, Goldo-ni, Beaumarchais, Lessing, Schiller, Novalis. En el terreno de la
ciencia, físicos como Fahrenheit o Celsius, químicos como Lavoisier, naturalistas como Linneo y Buffon. Esta
actividad científica tiene su correlato práctico en numerosos descubrimientos e inventos: la electricidad, el
microscopio, el telescopio, la máquina de vapor, el primer barco de vapor, la hiladora y el telar mecánico, el
pararrayos, el globo, la vacuna, el piano...

Los nombres de los autores del fin del siglo XVIII que continúan su labor durante el XIX hablan por sí
mismos: Goethe, los hermanos Schlegel, Hölderlin, Wordsworth, Coleridge, Beethoven, Hegel, etc.

2. PROSA EN EL SIGLO XVIII: PROSA DIDÁCTICA Y PROSA DE FICCIÓN

En este siglo, la distinción entre prosa didáctica y prosa de ficción es borrosa. Detrás de este hecho
se encuentra el espíritu ilustrado, que renovó el panorama cultural a través de:
• la ampliación del significado de la palabra literatura (como ya hemos indicado), que a partir de ahora
reúne en sí todas las ramas del saber —los que escribían tratados científicos, filosóficos o libros de his-
toria eran considerados también literatos—;
• la afirmación de un arte práctico en el que la prosa, el teatro o la poesía sirven como vehículo de
expresión a las ideas de los ilustrados;
• el abandono de las formas literarias tradicionales. Esto supuso la decadencia de la novela como
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género literario.

2.1. Características

La prosa del XVIII contó con un nuevo canal de comunicación, el periódico, que impuso un modelo de
prosa que, en mayor o menor medida, fue aceptado por los autores.

El desarrollo de los periódicos no es ajeno al interés por difundir las nuevas ideas ilustradas, pero
resultó difícil, tanto por las limitaciones materiales, como por los encontronazos con la censura, cuando las críticas
iban más allá de lo permitido. Para la prosa literaria, la prensa tuvo la virtud de contribuir a forjar un estilo más ágil
y directo, alejándose con ello del retorcimiento expresivo barroco, y además sirvió de cauce adicional para la
difusión no sólo de las ideas literarias, sino de los propios textos creativos, pues las páginas de los periódicos
acogieron colaboraciones de escritores como Torres Villarroel, Cadalso o Jovellanos. Muy próximas a la prensa
periódica se encuentran otras publicaciones como las revistas especializadas, las misceláneas de curiosidades,
los almanaques, calendarios y pronósticos (especie de horóscopos de hoy), la literatura por entregas, etc.; todo lo
cual muestra el crecimiento del consumo literario y la ampliación del público lector.

Las características de la prosa de esta centuria son:

• trata variedad de temas: oposición del campo y la ciudad, la educación, la nobleza, la decadencia de
España, la bondad del ser humano, la historia de España, las costumbres, la política del momento...;
• los textos suelen tener una extensión corta, porque el espacio destinado para su publicación en el
periódico era también pequeño;
• el autor de prosa aparece en el texto para mostrar sus propias opiniones y para dirigirse directamente
al receptor;
• es frecuente la utilización del perspectivismo como elemento vertebrador del texto. Este perspectivismo,
que determina la estructura externa del relato, obliga al escritor a utilizar el diálogo, las cartas, los sueños
o cualquier otro sistema que favorezca el cruce de puntos de vista. Entiéndase el perspectivismo como el
uso de distintos puntos de vista dentro de la obra literaria para mostrar la complejidad de lo que se intenta
descubrir. Desde el punto de vista de la filosofía perspectivista toda percepción e ideario es subjetivo.

2.2. Géneros

Muchas de las obras del siglo XVIII tienen un carácter doctrinal y pretenden difundir las ideas
ilustradas o contribuir a reformar la sociedad del momento. La mayoría de estos textos están escritos en
prosa. Según ya se ha dicho, el concepto de literatura del XVIII no es el de hoy, sino que entra en él todo escrito
que atañe a cualquier rama del saber. Y, en efecto, son frecuentes los libros referidos a múltiples disciplinas,
muchas de ellas típicas de la nueva cultura ilustrada: la historiografía, la literatura anticuaría (arqueología,
epigrafía, numismática, toponimia...), la economía, la política, el derecho, la religión, los textos científicos
(matemáticas, medicina, botánica, química...), los escritos artísticos, los tratados musicales, etc. Dentro de esta
literatura de erudición cobran también cierto desarrollo durante el siglo XVIII disciplinas más próximas a lo que
podría denominarse literatura de creación, como la teoría e historia literarias o la filología, especialidad en la que
destaca Lorenzo Hervás y Panduro, autor de un monumental Catálogo de lenguas (1784-1787). Asimismo, es muy
importante la labor editorial en esta época: traducciones del latín y del griego, publicación de obras bilingües,
edición de textos clásicos castellanos medievales y de los siglos XVI y XVII (labor en la que destacan eruditos
como Gregorio Mayans y Sisear y Tomás Antonio Sánchez), etc.
La prosa de ficción es, sin embargo, en esta época muy escasa. Aunque continúa existiendo una
literatura costumbrista (que o bien sigue los anteriores modelos barrocos, o bien inicia un nuevo costumbrismo
satírico) e incluso se publican libros de viajes (que tienen por marco no sólo España, sino también países
europeos y americanos), la prosa estrictamente narrativa desaparece en la transición entre los siglos XVII y
XVIII y son contadas las novelas que se publican durante el resto del siglo ilustrado.

Se ha discutido mucho sobre cuáles fueron las causas de esta desaparición; destacaríamos, entre
ellas, las siguientes:

- Pudo estar relacionada con las medidas tomadas para reprimir el proceso de secularización
que se comenzaba a vislumbrar en la vida española. En efecto, la Iglesia comenzó a ver este
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género como peligroso: dadas sus características intrínsecas, los lectores podrían tomar la
ficción no sólo como diversión o entretenimiento, sino también como un medio para conocer
mejor el comportamiento de las personas y conocerse mejor a sí mismos, fuera ya de una mera
interpretación teológica o religiosa de lo humano. De hecho, los géneros narrativos aparecidos
en el XVIII (novela epistolar-racionalista, novela filosófica, novela libertina, novela gótica)
tuvieron escasa repercusión en España, probablemente como consecuencia del control de la
producción editorial ejercido por los mecanismos del poder, en especial por la Inquisición. Si en
los siglos anteriores ésta se había fijado sobre todo en los libros religiosos, morales o
doctrinales, en el XVIII —con intensidad cambiante según las circunstancias históricas— centró
su lupa en los textos literarios, fundamentalmente narrativos, que en Europa servían de cauce a
las nuevas ideas ilustradas y revolucionarias; y persiguió obras de autores como Rousseau o
Voltaire, otras que tenían carácter erótico o pornográfico y, en general, todas aquéllas que
suponían algún tipo de transgresión. Todavía hoy siguen teniendo en los diccionarios una
acepción negativa vocablos como volteriano, definido como «persona que se burla
irreverentemente de cosas respetadas». Por consiguiente, la censura tuvo consecuencias muy
negativas para el desarrollo de la novela en España, que quedó prácticamente truncado durante
el siglo XVIII.

- No puede desconocerse tampoco que los géneros narrativos del XVII —en buena parte
meros continuadores de los del XVI— se encontraban ya agotados y que ni la intención
didáctica ni las poéticas neoclásicas (que postulaban una estricta división de géneros literarios
en lírica, épica y dramática) favorecían tampoco el desarrollo de la prosa de ficción. Resultado
de todo ello son las escasas obras que pueden considerarse novelas en el siglo XVIII.

- La intención de acabar con las formas literarias del pasado provocó el olvido de la novela
y la mezcla de ficción y discurso ideológico.

Sin embargo, hay una gradación desde los textos que podríamos considerar ensayos puros
hasta la ficción:

• el ensayo, a pesar de que no se generaliza la utilización de este término hasta el XIX, fue cultivado por
Benito de Feijoo y Jovellanos, a los que estudiarás más adelante;
• la prosa didáctica trató los temas tradicionales, estudiados al principio de esta lección, y otros nuevos.
Así, se publican preceptivas —como la Poética de Luzán—, gramáticas —como la del Padre
Sarmiento— y textos de investigación literaria —numerosos eruditos se dedicaron a recuperar y estudiar
documentos que reconstruyen la historia de la literatura castellana—. A los tratados de historia y de
política hay que añadir el género científico. También siguió cultivándose la prosa costumbrista;
• las fábulas, aunque en su mayoría no se escribieron en prosa sino en verso, cosecharon un extraordinario
éxito en este siglo. Estas piezas literarias, de intención moralizante, participan de la ficción y del
didactismo a partes iguales. Sus protagonistas, a través de una convención literaria, son animales que
participan de los vicios y virtudes humanos. Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego son los
autores que más prestigio infundieron a las fábulas en esta centuria;
• a medio camino entre la ficción y el discurso se sitúan obras que, como las Cartas marruecas de José de
Cadalso, se sirven de elementos propios de la narración y de la prosa didáctica —sobre esto
profundizaremos más al final de la unidad—.
• la novela, a pesar de ser el "siglo sin novela", como ya hemos comentado, contó sorpresivamente con una
gran popularidad. Se traducían narraciones escritas en el extranjero, se modernizaban las redactadas en
épocas pasadas y se compusieron otras —las más significativas son la Vida de Diego de Torres Villarroel,
con la que Diego Torres de Villarroel intentó un relato picaresco, y la Historia del famoso predicador fray
Gerundio de Campazas, novela en la que José Francisco de Isla siguió el modelo paródico de El
Quijote—.

2.3. Autores

DIEGO DE TORRES VILLARROEL (1694-1770), catedrático en la Universidad de Salamanca y peculiar


personaje al que se tuvo por adivino, pues fue muy famoso por sus almanaques y pronósticos. Su obra literaria
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revela la pervivencia durante buena parte del XVIII de los gustos barrocos. Se consideró seguidor de Quevedo y
expresamente tituló una de sus obras Visiones y visitas de Torres con Quevedo por Madrid. Escribió también un
conjunto de Sueños, en los que, al igual que Quevedo, dirige sus dardos críticos hacia médicos, alguaciles,
nobles, etc., pero se aparta de su modelo en que su sátira es mucho más concreta y no tiende a complacerse
simplemente en el juego lingüístico, con lo que anticipa ciertas actitudes de los ilustrados de fin de siglo. Su obra
más importante es una especie de autobiografía novelada: Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del
doctor don Diego de Torres Villarroel (1743-1759), dividida en varias partes, publicadas de forma sucesiva, uno de
los primeros ejemplos de literatura por entregas de la España moderna. La Vida aprovecha ciertos elementos de la
novela picaresca para narrar el ascenso social de su autor mediante sus habilidades e ingeniosidades. Lo
verdaderamente llamativo del estilo de Torres es la profusa utilización de las caricaturas, que, por su carácter
extremo y reiteración, así como por la acumulación de rasgos y la enorme distorsión de la realidad, desbordan lo
plástico y visual para convertirse en elementos prácticamente irreconocibles, en entidades puramente
conceptuales:

Son distorsiones de la realidad en las que la acumulación de rasgos metafóricos, hiperbólicos o inesperados
convierte la caricatura en algo plásticamente irreconocible (lo que le separa, desde luego, del
costumbrismo).
[Emilio Martínez Mata: Los «Sueños» de Diego de Torres Villarroel]

El jesuita JOSÉ FRANCISCO DE ISLA (1703-1781) publicó en 1758 una especie de novela satírica: Historia del
famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes. En ella ridiculiza la retórica eclesiástica a través de
fray Gerundio, un predicador disparatado, cuyos sermones son ejemplo de la retórica barroca, desproporcionada y
absurda, empleada en la oratoria sagrada. Fray Gerundio parte de las estructuras y técnicas de la novela barroca,
pero presenta novedades en el mensaje al parodiar el lenguaje de la erudición y los estereotipos literarios
(quevedescos y cervantinos, sobre todo), por lo que el lenguaje vacuo de Gerundico movería a risa al lector culto
al que el texto iría dirigido.

Entre las otras pocas novelas del siglo XVIII, puede mencionarse el Eusebio (1786) de Pedro Montengón,
novela pedagógica que, en la línea del Emilio de Rousseau, relata el proceso educativo de un niño que llega a las
costas americanas víctima de un naufragio y es allí recogido por un filósofo ilustrado.

Pero, sin duda, el género literario en prosa preferido por los escritores de la Ilustración fue el del ensayo,
disertación escrita de intención didáctica, muy variable en cuanto a temas y estilo según cada autor. Con
sus ensayos, los autores del XVIII pretendían defender las nuevas ideas y actitudes propias del Siglo de las Luces.
Los ensayistas más destacados fueron Feijoo, Luzán, Cadalso y Jovellanos.

FRAY BENITO JERÓNIMO FEIJOO Y MONTENEGRO (1680-1768), de origen gallego, pasó gran parte de su
vida como monje benedictino en un convento de Oviedo, en cuya universidad fue profesor. Llevó una vida retirada,
lo que le permitió poseer una vasta cultura, que nutre sus escritos, en los que aborda los temas más diversos. Fue
un prototipo de verdadero ilustrado y un avanzado en la defensa de las nuevas ideas en la España de la época.
Cultivó primordialmente el ensayo y recogió sus reflexiones en dos extensas obras: Teatro crítico universal (1726-
1739) y Cartas eruditas (1741-1760). En ellas arremete contra las supersticiones y contra las opiniones infundadas
y se rebela frente a la pervivencia rutinaria de la anquilosada cultura barroca. Postula la razón y la experiencia
como bases de la ciencia y del pensamiento moderno, rompiendo con el criterio de autoridad (afirma que también
los antiguos pueden equivocarse). La utilidad pública es el fin que guía sus ensayos, en los que se dan cita temas
como el bien común, la libertad, el trabajo, la paz, la educación. Ésta debe abandonar los lugares comunes y la
vieja filosofía escolástica y dar cabida no sólo a las ciencias humanas, sino también a los saberes de tipo técnico.
Propone Feijoo reformas para solucionar los problemas sociales y, frente a la ociosidad nobiliaria y el extendido
desprecio al trabajo, defiende una sociedad laboriosa en la que los instrumentos de trabajo sustituyan a las armas:

Las espadas convenidas en azadones hacen la abundancia y riqueza de los pueblos [...] ¡Feliz el reino
donde los soldados dejan las espadas por los azadones!

IGNACIO LUZÁN (1702-1754), aunque cultivó diversos géneros literarios y fue traductor de autores clásicos,
destaca, sobre todo, como autor de la Poética (1737) más importante del siglo XVIII español. En ella pretende
establecer los preceptos que deben guiar aquellas obras que deseen ajustarse a los nuevos ideales clasicistas.
Así, distingue entre poesía lírica (el poeta habla de sí mismo), poesía épica (el poeta narra y alaba a otros) y
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poesía dramática (el poeta esconde su persona y otros representan). En esta última defiende las tres unidades
clásicas y la separación tajante entre tragedia, que debe ser compuesta en verso, y comedia, en la que pueden
utilizarse el verso y la prosa. La Poética de Luzán, aunque fue bastante conocida en su momento, no tuvo una
influencia decisiva en el triunfo del Neoclasicismo en España.

JOSÉ CADALSO (1741-1782). Nació en Cádiz en 1741. Su padre fue un comerciante, que partió hacia América
cuando su mujer estaba aún embarazada de José y no regresó hasta que su hijo cumplió los trece años. Cadalso
se educó siempre en centros jesuitas: primero un colegio de su ciudad natal, después en París y, por último, en el
Seminario de Nobles de Madrid. Tras completar sus estudios, eligió la carrera militar. Como tal, participó en
algunas de las contiendas bélicas que nuestro país mantenía en Europa. En 1782, mientras sitiaba Gibraltar, le
hieren de muerte.

Además de poemas y obras de teatro, publicó tres obras en prosa. En 1772, vio la luz una obra satírica
titulada Eruditos a la violeta. Se trata de siete lecciones que da un profesor a sus alumnos durante una semana
para que durante ese corto espacio de tiempo adquieran la cultura suficiente para lucirse en sociedad. Las Noches
lúgubres, que se publicaron en 1793, se desarrollan durante cuatro noches en las que Tediato, un hombre
enamorado, pretende con la ayuda de Lorenzo, el sepulturero, desenterrar a su amada muerta. El tema, la
ambientación y la tragedia del personaje han servido para considerar a esta obra como precedente del
Romanticismo español.

Las Cartas marruecas, que no se publicaron completas hasta 1796 —aunque circularon manuscritas
durante unos seis años— las redactó en 1774. Se trata de noventa cartas encabezadas por un número romano y
un título en el que se indica quién es el autor y quién el receptor de la epístola. Los personajes que intercambian
correspondencia son Gazel —un joven marroquí que llegó a España acompañando al embajador de su país—,
Ben-Beley —el anciano embajador, maestro de Gazel— y Nuño —español amigo de Gazel—. Cada uno de estos
personajes deja entrever su sicología a través de sus palabras. Gazel representa al viajero culto sorprendido por
unas costumbres desconocidas para él. Ben-Beley —que es el que menos interviene— aporta la perspectiva del
hombre maduro que ofrece sabios consejos morales. Nuño —que encubre, según los estudiosos, la personalidad
del autor— es el que aporta la visión irónica. Esta ficción literaria permite a Cadalso juzgar la realidad a través de
tres perspectivas.

La intención con la que el autor redactó estas cartas es la de hacer una reflexión crítica sobre la España
del setecientos. Por ello, Cadalso pasa por ser uno de los que inauguraron el tema de España en la literatura.

3. JOVELLANOS

GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS (1744-1811) es, con seguridad, el personaje que de forma más acabada
representa la Ilustración española. Nacido en Gijón, desarrolló ya desde muy joven una intensa actividad
intelectual, cívica y política. Durante el reinado de Carlos III ocupó diversos cargos públicos y fue persona muy
influyente. La subida al trono de Carlos IV y los sucesos revolucionarios de Francia le acarrearon graves
sinsabores que culminaron en su destierro a Asturias. Allí prosiguió su labor ilustrada con la creación del Instituto
de Estudios Asturianos, en donde llevó a la práctica sus ideas innovadoras sobre la educación, siempre guiado por
una inquietud que confiesa en 1793 en carta a un amigo: el bienestar de este país me devora. En 1797 Godoy lo
nombró ministro de Justicia, pero la oposición de los sectores tradicionales le hizo volver a Gijón, donde en 1801
fue detenido. Sufrió una durísima prisión en el castillo de Bellver de Mallorca. Quedó en libertad con la invasión
napoleónica de 1808 y no aceptó un ministerio en el gobierno del rey José I, pese a la reiterada solicitud de
intelectuales amigos suyos, que tomaron partido por la causa de los afrancesados. Jovellanos prefirió formar parte,
representando a Asturias, de la Junta Central, gobierno provisional que dirigía la lucha contra los franceses. En
este tramo final de su vida, dominan en él el desaliento y el escepticismo, tras las duras pruebas personales
sufridas, fruto de la incomprensión y persecución de los medios más reaccionarios, y también sobrepasado por los
acontecimientos de la Revolución Francesa y por el decidido progresismo de las Cortes de Cádiz, excesivo ya
para el anciano ilustrado asturiano.

La producción escrita de Jovellanos es bastante amplia, aunque la estrictamente literaria es más bien
escasa. Compuso poemas, entre los que destaca su conocida Sátira a Arnesto, en la que critica el majismo (se
denominaba así la actitud de cierta parte de la nobleza de la época tendente a imitar formas y costumbres
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características de las clases populares). Su poesía sirve primordialmente para difundir las aspiraciones ilustradas
y, de ahí, por ejemplo, su desdén por la poesía amatoria:

...¿Siempre, siempre
dará el amor materia a nuestros cantos ?
De cuántas dignas obras ¡ay! privamos
a la futura edad por una dulce
pasajera ilusión, por una gloria
frágil y deleznable, que nos roba
de otra gloria inmortal el alto premio.
No, amigos, no; guiados por la suerte
a más nobles objetos, recorramos
en el afán poético materias
dignas de una memoria perdurable.

Escribió también Jovellanos dos piezas teatrales: una tragedia, Pelayo (1769), con la que intenta contribuir
a la creación de una tragedia de temas nacionales; y El delincuente honrado (1774), comedia sentimental que
sigue el modelo de las comedias lacrimosas francesas y en la que, mediante el uso de recursos que pretenden
conmover al espectador, defiende una aplicación humanitaria de las leyes y critica con dureza el empleo de la
tortura.

No obstante, donde Jovellanos descuella especialmente como escritor es en sus textos en prosa, en los
que aborda los problemas más importantes del país y expone sus ideas de reforma para solventarlos. Entre estas
obras didácticas merecen destacarse:

• Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas (1790), informe escrito a instancias de la Real Aca-
demia de la Historia, en el que propugna que las formas de entretenimiento estén incluidas en los planes
ilustrados de reforma; así, critica espectáculos sangrientos, como el de las corridas de toros, defiende la
libertad en los bailes y fiestas populares y postula un tipo de teatro que se ajuste a las reglas neoclásicas.
• Informe sobre la ley agraria (1794), en el que, siguiendo ideas de autores ingleses como Adam Smith,
analiza las causas del atraso de la agricultura española y propone los remedios que podrían modernizarla:
tipos y sistemas de cultivo, regadíos, capacitación de los campesinos, desamortización de las poco pro-
ductivas tierras de la Iglesia y la nobleza, etc. De aplicarse estos principios, se hubieran puesto en peligro
las bases de la sociedad estamental, por lo que se granjeó Jovellanos la enemistad de los más poderosos.
Algunas de sus ideas fueron por fin llevadas a la práctica ya bien entrado el siglo XIX.
• Memoria sobre educación pública (1802), obra muy representativa de su permanente preocupación peda-
gógica, ya manifestada antes en diversos escritos (Bases para la formación de un plan general de ins-
trucción pública, Cartas sobre la instrucción pública, Oración sobre la necesidad de unir el estudio de la
literatura al de las ciencias...). Para Jovellanos la educación es la base de la prosperidad de la nación, por
lo que había que promover las ciencias útiles y acabar con la rutina escolástica. Insiste en que hay que dar
prioridad a los métodos experimentales y, por ello, concede mucha importancia a la realización de
prácticas dentro de algunas asignaturas, defiende que la enseñanza sea impartida en castellano y no en
latín y considera necesario que los alumnos aprendan otras lenguas modernas. Si a ello se añaden
propuestas como que los alumnos deben realizar lecturas complementarias, que los centros han de contar
con buenas bibliotecas y que los profesores tienen que ser guías y consejeros antes que meros vigilantes,
puede entenderse que el polígrafo asturiano es, ciertamente, un pedagogo moderno.

Muy significativos son también otros textos suyos carentes de intención didáctica, como sus cartas o sus
Diarios, donde queda de manifiesto la aguda sensibilidad que tenía Jovellanos para la captación de la naturaleza.
© Gala Blanco, Juan Antonio Bueno, Consuelo López, José Miguel Ocaña, Fernando Rayo, Lengua castellana y
literatura. 1º bachillerato. Aral Editores. Valladolid. 1995. Págs.293-294, 298.
© Ignacio Bosque, José Antonio Martínez Jiménez, Francisco Muñoz Marquina, Julio Rodríguez Puértolas, Miguel
Ángel Sarrión Mora, Domingo Ynduráin Muñoz, Lengua castellana y literatura. 1º bachillerato. Akal. Madrid. 2001.
Págs.504-506, 510-514.

Tema 1. El ensayo en el siglo XVIII. Jovellanos. 7 Segundo de Bachillerato