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Ejercicios Espirituales Cuaresmales 2018

Para el Santo Padre y los miembros de la Curia Vaticana

BUSCADOS POR LA SED DE JESÚS


I Meditación

Jesús sentado en el pozo de Jacob le pide a la samaritana: “Dame de beber” nos maravilla, nos deja inermes por
el estupor. Un judío que habla con una mujer de Samaría, poblada por disidentes con los cuales los judíos estaban
de acuerdo, nos sorprende como Jesús que se dirige a nosotros para preguntarnos: “Dame lo que tienes. Abre tu
corazón, dame lo que eres”. Comienza con estas palabras la primera meditación de don José Tolentino de
Mendonça en los Ejercicios Espirituales de Cuaresma para el Papa y la Curia Romana propuesta esta tarde en la
capilla de la Casa Divino Maestro de los Paulinos de Ariccia.

Aprendices del estupor


En la meditación, el teólogo y poeta portugués, vicerrector de la Universidad Católica de Lisboa, ha elegido como
tema de sus predicaciones “El elogio de la sed” y en la introducción titulada “Aprendices del estupor” comenta
la primera parte del relato de Juan (Jn 4, 5-24) sobre el encuentro entre Jesús y la samaritana en el pozo.
El pedido de Jesús provoca en nosotros perplejidad y desconcierto porque “somos nosotros los que hemos venido
a beber” al pozo y sabemos que la sed es fatiga y necesidad. Pero Jesús está cansado por el viaje y está sentado
cerca del pozo. Y, en el Evangelio, aquellos que están sentados para pedir, recuerda el padre Tolentino, son los
mendigos. También Jesús mendiga, el suyo “es un cuerpo que experimenta la fatiga de los días: extenuado por la
atención amorosa por los otros”. No es sólo el hombre a ser mendigo de Dios. “También Dios es mendigo del
hombre”.

Con su debilidad vino a buscarnos


Con su debilidad – continúa el padre Tolentino – Jesús “vino a buscarnos”. “En lo más abismal y nocturno de
nuestra fragilidad, sintámonos comprendidos y buscados por la sed de Jesús”. Que no es una sed de agua, es más
grande: “Es sed de alcanzar nuestras sedes, de entrar en contacto con nuestras heridas”. Nos pregunta: “Dame de
beber”. “¿Le daremos? ¿Nos daremos de beber los unos a los otros?” pregunta el padre José.
Reconozcámonos llamados, porque es el Señor que toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro. “Por grande
que sea nuestro deseo, el deseo de Dios es aún mayor”. Y cuando Jesús dice a la mujer lo verdadero de su vida,
“esto no la humilla ni la paraliza. Más aun, se siente visitada por la gracia, liberada por la verdad del Señor”.

Dios sabe que estamos aquí y nos abraza


Sintámonos abrazados, concluye el padre Tolentino, porque “Dios sabe que nosotros estamos aquí”. Y en estos
días, “desaprendemos, para aprender aquella gracia que hará posible la vida dentro de nosotros”. En nuestro
íntimo decimos: “Señor, yo estoy aquí en espera de nada”. Que es como decir: estoy solamente en espera de ti,
“en espera de aquello que tú me das”.

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Para el Santo Padre y los miembros de la Curia Vaticana

PONER NUESTRA SED EN DIOS


II Meditación

El sacerdote portugués José Tolentino de Mendonça – llamado hasta el próximo 23 de febrero a predicar los
Ejercicios espirituales en los que participa el Papa Francisco junto a los demás miembros de la Curia Romana –
en la Casa del “Divino Maestro” de Ariccia, no muy lejos de Roma – ha elegido el tema del “elogio de la sed”.
En efecto, tal como él mismo lo explicó en una reciente publicación, se trata de un tema bíblico, que ha sido
elaborado muchas veces por la tradición cristiana, y que es, al mismo tiempo, un “mapa real y sumamente
concreto, que nos ayuda a mantenernos sintonizados con la vida diaria”, puesto que – como dijo – siente interés,
sobre todo, por una espiritualidad de la vida cotidiana”.
Asimismo afirmó que para el sacerdote el corazón “es un ilimitado depósito de sed”: sed de amor, de verdad, de
reconocimiento, de razones de vivir, de justicia y de infinito, sin olvidar que “Jesús se identificó con los sedientos,
mientras que una de sus últimas palabras en la cruz fue: ‘Tengo sed’. De modo que la sed llega a ser así una
hermenéutica necesaria, no sólo para alcanzar el corazón humano, sino también para comprender el misterio de
Dios”.
De la misma manera explicó que aun trabajando desde hace tantos años en la Universidad Católica de Lisboa
– donde actualmente es vicerrector, además de ser consultor del Consejo Pontificio para la Cultura – se siente un
“pobre sacerdote, un sacerdote de la calle”, a quien el Santo Padre le pidió su colaboración para estos Ejercicios
espirituales de Cuaresma también para “compartir su pobreza”.

La promesa de Dios frente a la insuficiencia humana


La última frase que pronunció Jesús en según el libro del Apocalipsis es una invitación: “El que tenga sed, venga”.
A partir de aquí el predicador José Tolentino desarrolló su reflexión para guiar a los participantes a comprender
los contornos de esa “abundancia”, de esa “gratuidad” de vida que el Hijo de Dios ofrece al hombre y a evaluar
su respuesta hoy.
Sí, porque como explicó, Jesús promete saciar nuestra sed reconociendo que somos “incompletos y en
construcción”; puesto que Él sabe “cuántos obstáculos nos frenan” y cuántas “derivas nos atrasan”. Estamos “tan
cerca de la fuente – dijo – y vamos tan lejos”. A la vez que, en el deseo y en la sed se encuentran dos sentimientos
contrastantes: la atracción y la distancia, el entusiasmo y la vigilancia. De modo que la pregunta que hay que
hacerse es si deseamos a Dios, si sabemos reconocer nuestra sed y si nos tomamos el tiempo para descifrarla.

No es fácil reconocer la sed de Dios


A partir de estos interrogantes, el predicador entró en un recorrido que fue desde la Biblia, hasta los textos del
dramaturgo Ionesco, pasando por las páginas del Principito de Saint-Exupéry, para poner de manifiesto los
perfiles efectivos de la sed como necesidad física, como reconocimiento de nuestros límites y de nuestra extrema
vulnerabilidad.
“La sed nos priva del respiro, nos agota, nos extenúa. Nos deja sedientos y sin fuerzas para reaccionar – afirmó –
y nos lleva al límite extremo”. Por esta razón – prosiguió – se comprende que no sea fácil exponerse a la sed”. Y
si tuviéramos que relatar la parábola de nuestra sed, quizá surgiría el protagonista masculino de “La sed y el
hambre” de Ionesco. En efecto, se trata de una figura devorada por un “infinito vacío”, una inquietud que parece
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que no se puede aplacar y que lo transforma en “un hombre sin raíces, ni casa, incapaz de crear vínculos, perdido
en el vacío del laberinto en el que sólo escucha el rumor solitario de sus propios pasos”.

El consumismo espiritual del hombre de hoy


He aquí la sed del hombre de hoy. Una sed que – tal como explicó el predicador – “se trasmuta en la desafección
con respecto a lo que es esencial, en una incapacidad de discernimiento”. Porque el consumismo hoy no es sólo
material, sino también espiritual, y “lo que se dice de uno, ayuda a comprender al otro”. Mientras que el hecho es
que nuestras sociedades – que “imponen el consumo como criterio de felicidad – transforman el deseo en una
trampa”. En efecto, cada vez que pensamos en apagar nuestra sede en una “vidriera”, en una “compra”, en un
“objeto”, su posesión comporta su devaluación y esto hace crecer en nosotros el vacío. Porque el objeto de nuestro
deseo es “un ente ausente”, es un “objeto que siempre falta”. Y sin embargo – añadió – “el Señor no deja de
decirnos: ‘El que tenga sed, vega; quien lo desea, beba gratuitamente el agua de la vida’”.

Poner nuestra sed en Dios


Hay muchos “modos de engañar las necesidades y de adoptar una actitud de evasión espiritual – concluyó
diciendo el padre José Tolentino – sin tomar conciencia jamás de que estamos en fuga”: “Aducimos sofisticadas
razones de rentabilidad y de eficacia”, sustituyendo con ellas “la auscultación profunda de nuestro espacio interior
y el discernimiento de nuestra sed”.
Y dado que “no existen las píldoras que resuelvan mecánicamente nuestros problemas”, el padre José Tolentino
invitó al concluir, a ralentizar “nuestro paso”, a “tomar conciencia de nuestras necesidades”. Sentémonos a la
mesa de la fe, no por razones materiales o económicas – dijo – sino “por razones de vida”. La sed de “relaciones,
de aceptación y de amor” está presente en todo ser humano, es un patrimonio “biográfico” que estamos llamados
a reconocer y del que debemos dar gracias. No es algo banal, y entonces “pongamos en Dios nuestra sed”.

«SEÑOR ACRECIENTA MI SED»


III Meditación

En la tercera meditación, en la segunda jornada de ejercicios espirituales en los que participa el Santo Padre y la
Curia romana en la localidad de Ariccia, el padre Tolentino prosiguió con su meditación acerca del elogio de la
sed.
"Puede suceder que estamos completamente sedientos y no nos damos cuenta. Puede parecer que todo fluye, pero
que en profundidad, no sea así". Fue la advertencia con la que el predicador prosiguió la segunda meditación del
día, la tercera desde el inicio de los ejercicios espirituales, en la que, en primer lugar, manifestó cómo el “entrar
en contacto con la propia sed”, no sea una tarea fácil, pero que “si no lo hacemos, la vida espiritual pierde adhesión
a la realidad”. Ese fue el motivo por el cual el sacerdote portugués señaló que “debemos perder el miedo de
reconocer nuestra sed y nuestra sequedad”. Pero… ¿cómo se mide la sede espiritual?

No intelectualizar demasiado la fe
El padre Tolentino explica que estamos, "mayormente preocupados por la credibilidad racional de la experiencia
de fe que por su credibilidad existencial, antropológica y afectiva". Nos ocupamos más de la razón que del

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sentimiento. Nos dejamos a la espalda la riqueza de nuestro mundo emocional, mientras que en cambio,
necesitamos mirarnos en nuestra entereza, no temerla, no negarla, sino abrazarla con madurez, lucidez y
confianza. Porque es así que Dios nos mira. “Somos una mezcla de tantos componentes emocionales, psicológicos
y espirituales, y de todos debemos adquirir conciencia”. “Dios nos ama al completo”, recuerda.

Cómo verificar el estado de nuestra fe


Una herramienta para evaluar el estado de la propia sed "puede venir de la literatura", indica el predicador
haciendo alusión al utilizo de ésta para el análisis de itinerarios religiosos. ¿Por qué? Primero, “porque la literatura
logra generarse como metáfora integral de la vida y de sus diversos niveles, su fin es describir la entereza, no sólo
ésta o aquella dimensión unívoca. Y la vida espiritual, progresa sólo cuando es un revisación de la existencia en
su totalidad".
Segundo, "porque otorga un conocimiento concreto, no conceptual: tampoco la vida espiritual es una ideología o
una idealización que sobrevuela la realidad". Y tercero porque "es un instrumento de precisión como pocos: logra
poner en relación el yo y el nosotros, lo personal y lo colectivo, la gracia y el pecado, el encuentro y la soledad,
el dolor y la redención". ¿Y la vida espiritual? Ella no está prefabricada, está involucrada en la radical singularidad
de cada sujeto.

Me di cuenta de estar sediento


Haciendo efectivo el ejemplo de la premisa anterior, el sacerdote reflexionó sobre un texto de la escritora brasileña
Clarice Lispector, en el que narra "con la fuerza de una declaración autobiográfica", la toma de conciencia de
cuánto ella estuviese sedienta de libertad.
“Hablar de la sed es hablar de la existencia real, [...] es iluminar una experiencia más que un concepto, [...]es
adentrarse en una escucha profunda de la vida”, dice el sacerdote, y avisa que “puede suceder que tenemos
dificultad a admitir que estamos sedientos”. “¿Sedientos de qué? ¿De quién?" Es la pregunta que podemos
ponernos en medio de nuestra gran dificultad a admitir que estamos sedientos. Sin embargo, no podemos hacer
como si la sed no existiera: “del ponerse a su escucha depende la calificación espiritual de la vida”. Uno de los
requisitos para recibir el agua de la vida es estar sedientos y reconocerse como tales. "Sabemos interpretar el agua.
Pero ¿cómo interpretar la sed?"

Interpretar la sed
“Escuchar la propia sed es interpretar el deseo que está en nosotros”: responde así a la pregunta presentada antes
el padre Tolentino, echando mano luego a la parte final del Simposio de Platón. "El deseo - explica –es entendido
como carencia y no como necesidad". "Debemos – prosigue párrafos más adelante –distinguir el deseo de una
mera necesidad que se placa y se satisface con la posesión de un objeto. El deseo es una carencia que no ha sido
nunca completamente satisfecha, una tensión, [...] una interminable exposición a la alteridad. Una aspiración que
nos trasciende y que no determina, como la necesidad, un término o fin".
Simone Weil, agrega el sacerdote, "revisa el discurso platónico en clave mística", asegurando que "el deseo es
bueno porque contiene una energía que se deja orientar hacia lo alto, a lo divino", y en ese sentido "propone una
educación del deseo que nos haga vigilantes en relación a las tentaciones de sustitución, enseñándonos, más bien,
a permanecer en lo incompleto, en el vacío y en la espera". Esto porque para Simone Weil, no es nuestro deseo
el que alcanza a Dios: si permanecemos sedientos y deseosos, es Dios mismo quien desciende hacia nuestra
humanidad para colmar de plenitud nuestro deseo.
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El padre Tolentino prosigue citando a Hegel, según el cual el deseo humano dirigido al otro se manifiesta como
un deseo de reconocimiento. Un deseo del ser humano es el de ser amado, mirado, cuidado, deseado y reconocido.
Mientras deseamos objetos, o dejamos que a movernos sea el conseguir cosas, títulos, premios, nuestro desear no
es un "verdadero desear". Y hoy en día - ahonda - es cada vez más claro que las sociedades capitalistas,
organizadas entorno al consumo [...] están removiendo la sed y el deseo típicamente humanos. "Cuando el placer,
la pasión, la alegría acaban en un consumismo desenfrenando, llegamos a la extinción de la sed y a la agonía del
deseo, en el que la vida pierde su horizonte". Algo que sucede, observa Tolentino, en nuestras culturas y también
en nuestras Iglesias: un déficit de deseo. ¿Nosotros bautizados formamos una comunidad de deseosos? ¿Los
cristianos tienen sueños? ¿La Iglesia tiene hambre y sed de justicia? ¿Cómo nos ponemos ante el sueño misionero
de llegar a todos? En relación a esta "sed" que la exhortación apostólica Evangelii Gaudium deposita en el corazón
de la Iglesia… ¿nos arremangamos o estamos con las manos en mano?

La sed de Dios
En el final de su meditación el padre Tolentino apela al salmo 42: «Como la cierva sedienta busca las corrientes
de agua así mi alma suspira por ti, mi Dios». Una imagen que describe “la distancia física que amplía el deseo”. Es
necesario reencontrar el deseo, dice el predicador, los cristianos y en particular los pastores. Un deseo cuya
experiencia es una condición de mendicidad: el creyente es un mendigo de misericordia. “El deseo nos expropia
de nuestro saber acostumbrado, de nuestros diagnósticos y convicciones consolidadas, del patrimonio acumulado
que nos atora, de la tiranía de nuestros puntos de vista absolutistas”. El deseo, según el padre Tolentino, “no
refuerza la cerrazón en el proprio yo, sino que la trasciende y redimensiona, poniéndonos ante el Otro y su
Alteridad”.
“El deseo es la brújula: nos orienta hacia Dios”. Y lo importante, recuerda el sacerdote, "no es lo que he sido, ni
lo que soy, sino la potencialidad que Dios, el deseo de Dios, despierta en mi".
“El Papa recuerda que una de las peores tentaciones son la autosuficiencia y la auto- referencialidad - concluye.
Cuando eso sucede, hacemos de la vida una cápsula insonorizada, que puede asemejar a una cómoda zona de
confort, pero que nos hunde en una anorexia mortal, porque el don de Dios y de los hermanos no circula, ni nos
alimentamos”.
El padre Tolentino finalizó esta meditación con la oración de la sed: Enséñame, Señor, a rezar mi sed y a pedirte
que no me la quites o canceles rápidamente, sino acreciéntala aun en aquella medida que yo no conozco y que
sólo sé, que es tuya [...].

EL REMEDIO CONTRA LA SED DE NADA


ES LA COMUNIÓN CON JESÚS
IV Meditación

La sed de nada que nos enferma


“Lo opuesto a la sed es a veces, en nuestra vida, la acedia, esta “sed de nada” que nos invade, más o menos
imperceptiblemente, y nos hace enfermar”; con estas palabras inicia la cuarta meditación del padre Tolentino,
encargado de guiar los Ejercicios Espirituales de Cuaresma que están realizando esta semana el Papa Francisco y

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algunos miembros de la Curia Romana, citando un fragmento escrito por el filósofo Søren Kierkegaard en su
famoso Diario donde describe con cierto detalles una situación parecida.
“Extraña inquietud que a menudo me agarra. Es decir, me parece que la vida que vivo no es la mía, sino que
corresponde punto por punto a la de otra persona, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. No tengo ganas de
nada. No tengo ganas de caminar, eso me cansa; no quiere recostarme porque debería estar un largo tiempo
tumbado y eso no me va; tampoco levantarme de inmediato me agrada. No quiero cabalgar, es un ejercicio
demasiado duro para mi apatía”.
“ Lo opuesto a la sed es a veces, en nuestra vida, la acedia, esta sed de nada que nos invade, más o menos
imperceptiblemente, y nos hace enfermar ”
“Y es justamente así: ya no tenemos más ganas de nada, miramos la vida sin color, sin sabor, con esta sed de nada
que acaba enfermándonos”, explica el padre Tolentino señalando que no es la sed en sí misma la que nos hace
“morir en vida”, sino que precisamente esta sed es la que nos enseña el arte de buscar, de aprender, de colaborar...
la pasión de servir”.

El riesgo de abandonarse en uno mismo


El peligro reside por tanto, en dejarse ahogar por esa “sed de nada” que deriva en indiferencia, en apatía, en la
falta de interés por los demás y en el encierro en uno mismo.
Un riesgo que afecta a todos, tanto de manera individual como de manera colectiva, cuando hablamos por ejemplo
de la Iglesia como Institución, como familia y comunidad, que también puede dejarse arrastrar a la deriva por este
“deseo de nada”.
“ El peligro reside por tanto, en dejarse ahogar por esa sed de nada que deriva en indiferencia, en apatía, en la
falta de interés por los demás y en el encierro en uno mismo ”
Esa “psicología de la tumba” de la que habla Evangelii gaudium cuando advierte sobre los peligros de que los
cristianos, poco a poco, se conviertan en momias de museo: desilusionados con la realidad, con la Iglesia o
consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza,que se apodera del
corazón como «el más pre-ciado de los elixires del demonio».

La anatomía de la tristeza
Por otra parte, uno de los sinónimos de acedia, entendida como “apatía del alma”, es la tristeza. Y en este sentido
tenemos que reconocer que, a menudo nuestra tristeza, es la misma que la de aquel joven rico, que aún habiendo
sido llamado por Jesús, no lo sigue.
En tres ocasiones encontramos en los textos evangélicos esa narración, (Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23)
y asistimos al “colapso del deseo” en el joven que antes, se había arrodillado delante de Jesús llamándolo “Maestro
Bueno”, pero que al final no lo sigue.
“Uno de los sinónimos de acedia, entendida como apatía del alma, es la tristeza. Y en este sentido tenemos que
reconocer que, a menudo nuestra tristeza, es la misma que la de aquel joven rico que aún habiendo sido llamado
por Jesús, no lo sigue. ”
Todo parece indicar que tenía una sed grande y sincera de Jesús, y cumplía con los mandamientos desde su
juventud, no obstante, en la hora decisiva prefirió la seguridad y la protección de aquello que consideraba que
eran sus bienes, en lugar de lanzarse a la aventura abierta de vivir en confianza con el Señor, con esa disponibilidad
que una relación de tal magnitud exige por parte de nosotros.

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“Por tanto, no es raro que nuestra tristeza provenga precisamente de esta incapacidad de entregarnos al Señor”,
añade el padre Tolentino.

La debilitación del deseo que marca el alma


Y en este sentido, el fragmento 82 de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium nos puede ayudar a realizar
un examen de conciencia oportuno sobre esa debilitación del deseo que no raramente nos caracteriza.
“ No es raro que nuestra tristeza provenga precisamente de esta incapacidad de entregarnos al Señor ”
Dice el Papa Francisco: “El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal
vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable.
De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino
tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes.
Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer.
Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros caen en la
acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace
que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una
crítica, una cruz”.

Aprendan de mí
El mejor remedio para luchar contra esa acedia, esa tristeza, esa indiferencia y apatía del alma, nos lo ofrece Jesús
mismo, quien nos invita a vivir en comunión con Él, no sólo cultivando un vínculo intelectual sino
configurándonos en su Pasión, viviendo el estilo de vida según el suyo.
En su Palabra encontramos todo lo que nuestra alma necesita para encontrar sentido y esperanza; ya que muchas
veces la razón de nuestra desesperación, nuestras caídas y nuestro cansancio es precisamente nuestra necesidad
de buscar regugio en Dios para poder superar todo esto.
“ El mejor remedio para luchar contra esa acedia, esa tristeza, esa indiferencia y apatía del alma, nos lo ofrece
Jesús mismo, quien nos invita a vivir en comunión con Él ”
Y es eso lo que Jesús nos propone cuando dice: “Vengan a mí todos los que estén cansados y agobiados y yo les
daré descanso. Tomen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para
sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mt 11, 28-30).

“LA SED DE JESÚS”


V Meditación

Prosiguiendo con sus reflexiones sobre “la ciencia de la sed”, por la tarde de la tercera jornada de Ejercicios el
predicador comenzó recordando que Jesús, sabiendo que ya todo se había cumplido, a fin de que la Escritura se
cumpliera, dijo: “Tengo sed”. Y puesto que allí había un vaso lleno de vinagre, le acercaron a la boca una esponja.
De manera que el Señor, tras haber tomado el vinagre dijo: “Se ha cumplido”, e inclinando su cabeza entregó su
espíritu, tal como relata el Evangelio de Juan.
De este relato el predicador destacó que es interesante notar que los Padres de la Iglesia no valoraran tanto el
inmediato sentido alegórico contenido en la declaración de sed de Jesús, cuanto la interpretación prevalente como
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sed corporal, puesto que estaban motivados a subrayar de modo especial el aspecto físico y psicológico de los
sufrimientos del Hijo de Dios. Y en este contexto, consideraban que la sed era importante, sobre todo, como
prueba de su encarnación y como signo del realismo de su muerte.
Tras hacer algunas disquisiciones sobre los diversos modos de pensar, el predicador afirmó que cada época se
identifica con una palabra o busca la gramática precisa que mejor ilumine esto que nos hace pensar. Y es – agregó
– muy revelador también, que los lectores de hoy nos anclemos al tema de la sed de Jesús relacionándolo con la
escasez y el grito que habitan dentro de nosotros.

Para una hermenéutica de la sed


En el este segundo punto, el Padre Tolentino destacó que a lo largo del Evangelio Juan emplea tres veces el verbo
“dipsan”, que significa “tener sed”. En efecto, lo propone en la escena con la mujer samaritana, donde Jesús le
dice “quien beba de esta agua tendrá de nuevo sed, per el que beba del agua que yo le daré, ya no tendrá más sed;
puesto que el agua que yo le daré será fuente de agua para la vida eterna”. O cuando la mujer le pide: “Señor,
dame de esta agua, para que yo ya no tenga más sed y no siga viniendo aquí para tomar el agua”; o cuando en la
auto-declaración del pan de vida Jesús dice: “Yo soy el pan de vida; quien viene a mí no tendrá hambre y quien
cree en mí jamás tendrá sed”.

La sed de la samaritana y la sed de Jesús


En este tercer punto de su meditación, el predicador destacó que en el encuentro con la samaritana se produce un
cambio de papeles que no debe pasar inobservado. Sí, porque Jesús pide beber, pero es Él quien da de beber.
Naturalmente la samaritana no entiende inmediatamente las palabras del Señor que le promete agua viva, pero
está claro – dijo el Padre Tolentino – que Jesús aludía a un sentido espiritual. Que su deseo apuntaba siempre “a
otra sed”, como Él mismo le explicó a la mujer: “Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame
de beber’, tú se la habrías pedido a Él y Él te habría dado el agua viva”.

El que tanga sed, que venga a mí


En este cuarto punto el predicador se refirió a “la sed de los creyentes” de la que habla Jesús, es decir de “nuestra
sed”. Y dijo que podemos concluir que la sed de Jesús es sed de dar agua viva, la sed de conceder a la Iglesia el
don del agua viva. A la vez que para los creyentes – dijo – “la sed de agua viva es una sed de profundización de
la fe”, es sed de “penetrar en el misterio de Jesús”, es “sed del Espíritu”. Y para Jesús, “la sed es el deseo de dar
a todos estos dones”.

La sed de Jesús revela la sed humana


En el quinto punto de su predicación, el Padre Tolentino se preguntó: “¿Por qué Jesús dice a la Iglesia que tiene
sed?” Y explicó que esta sed de Jesús en la cruz tiene una dimensión reveladora, que nos permite comprender la
elección que alberga en el corazón humano y nos dispone a servirla, puesto que la sed de Jesús “ilumina y responde
a la sed de Dios, a la carencia de sentido y de verdad, al deseo que subsiste en cada ser humano de ser salvado,
incluso si se trata de un deseo oculto o sepultado bajo los detritos existenciales”. Por esta razón aquella palabra
de Jesús – “¡Tengo sed!” – constituye una efectiva serie de deberes para la Iglesia de todos los tiempos, y de
modo especial para los nuestros.

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Acoger al Espíritu, don de la sed
En este último punto de su meditación vespertina el predicador afirmó que el Espíritu sigue haciéndonos oír la
voz de Jesús que dice: “¡Tengo sed!”. Sí, porque es el Espíritu de la Verdad, el Consolador, el Re-creador, Aquel
que dentro de nosotros defiende la Buena Nueva liberadora y resplandeciente del Evangelio.
Y destacó que el Espíritu activa en nosotros la capacidad de creer, de esperar y de seguir siendo fieles al Amor
mismo. Porque cada cristiano – dijo al concluir – es una consecuencia del Espíritu Santo. Y nosotros profesamos
el símbolo de nuestra fe porque el Espíritu Santo está en nosotros.
De ahí la necesidad de redescubrir al Espíritu Santo; puesto que sin Él la Iglesia es sólo memoria, mientras es el
Espíritu el que dice “el cristianismo es también presente y futuro. Y hoy nosotros estamos llamados a vivir con
alegría también el sufrimiento, la persecución, la enfermedad, el luto y la muerte. Estamos llamados a vivir en la
esperanza toda situación de la vida, “porque el Espíritu Santo, la fuerza de Dios, el viento, el soplo, el aliento, el
respiro, está en nosotros, que no hemos perdido el principio vital”.

LAS LÁGRIMAS NARRAN UNA SED


VI Meditación

“El Evangelio de Lucas es aquel que mayormente custodia la memoria de las mujeres… ¡Cuántas mujeres! Esta
lista femenina de figuras que atraviesan el Evangelio podría naturalmente ser observada de manera diversa, pero
una cosa es cierta, no podemos ignorarla”, con estas palabras el predicador portugués, José Tolentino de
Mendonça, introdujo la sexta meditación de los Ejercicios Espirituales para el Papa y la Curia romana, la mañana
del miércoles 21 de febrero, en la Casa “Divino Maestro”, de la localidad romana de Ariccia.

Las mujeres nos abren el Evangelio


Las mujeres, dijo el Predicador, no están ausentes en los Evangelios, es un hecho, pero es necesario que
aprendamos a apreciar mejor su presencia, porque en ellas podemos captar un estilo singular de búsqueda de Jesús
y de un discipulado genuino. “Las mujeres del Evangelio – precisa el P. Tolentino – se expresan preferiblemente
con gestos. Su fe busca la consolación de ser tocada (sensible, emotiva, abierta), en vez que la abstracción. Se
empeñan en el servicio escondido, donde el bien del otro es colocado en primer lugar, más que en las
preocupaciones de poseer el liderazgo o de estar siempre un paso adelante”.
Es curioso, afirma el sacerdote portugués, como el evangelista Lucas usa una fórmula en el capítulo 8, para
describir a las mujeres que seguían a Jesús. Las mujeres “estaban con” Jesús (8,1-3), usa el mismo término que
usa para describir a los 12 apóstoles. Pero el texto, agrega el Predicador, especifica una cosa que sólo se refería a
las mujeres, es decir, “servían”. Y en la gramática de Jesús no existe un verbo más noble ni más religioso que
este, “servir”. Y esta es la lección central de la enseñanza de Jesús, servir, y de ellas, las mujeres, no escucharemos
grandes preguntas o comentarios; no vemos a ninguna de ellas preguntar a Jesús: ¿Señor son pocos aquellos que
se salvan? (Lc13,23) ¿Maestro, que debo hacer para heredar la vida eterna? (Lc 10,25).
“En la mujer, existe una densidad existencial, un sabor de la cotidianeidad, que perfuma la fe; existe una
sensibilidad que envuelve el todo de la vida, incluso cuando esta es minúscula y frágil”

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Una especie de sed
Curiosamente, afirma el P. Tolentino, uno de los elementos que une a los varios personajes femeninos en Lucas,
son las lágrimas. La viuda de Nain, la pecadora, las mujeres de Jerusalén… Las lágrimas, afirma el Predicador,
expresan el exceso de algo: emociones, conflictos, alegrías, soledad, heridas. “Somos muchas veces arrastrados
por nuestras mismas lágrimas – señala – lloramos incluso sin quererlo. Pero las lágrimas dicen que Dios se encarna
en nuestras vidas, en nuestros fracasos, en nuestros encuentros”.
Sabemos muy poco de este misterioso país que son nuestras lágrimas, subraya el P. Tolentino, a pesar de ser un
evento no verbal, no por esto las lágrimas no son un lenguaje, un grito fuerte a pesar de ser silencioso, una especia
de sed que viene declarada y se revela, se expone. “Las mujeres de los Evangelios – agrega – conceden el derecho
de la ciudadanía a las lágrimas, mostrando cuanto sea grande la importancia de este signo”. Porque las lágrimas
son también la zona visible, transparente y viva de nuestros deseos; fluyen desde dentro de nuestro cuerpo, pero
expresan la más recóndita e intensa interioridad. Ya que en los humanos, recuerda el Predicador, el llanto es
siempre una forma de relación.
“Pensemos en nuestras lágrimas – invita el P. Tolentino – a las primeras que hemos derramado y a las ultimas, a
las más recientes. Nuestra biografía puede ser narrada también a través de las lágrimas: de alegría, de fiesta, de
emoción, y también de noche oscura, de sufrimiento, de abandono, de arrepentimiento y de constricción”. El dolor
de aquellas lágrimas, afirma el Predicador, Dios las conoce todas y las acoge como una oración. Tengamos
confianza en Él, no las escondamos a Él.

Las lágrimas de la mujer anónima


En el Evangelio de Lucas, 7,36-50 vemos una mujer llorar, señala el P. Tolentino, y que nos enseña a llorar. Se
trata de la escena de la comida en la casa de un fariseo, donde aparece la figura de una mujer como una intrusa,
va a esa casa sólo porque Jesús está ahí. “La mujer – puntualiza el P. Tolentino – es un personaje que va a seguir
a Jesús, como una discípula anónima, discípula de Jesús in pectore, como lo son tantos de nuestros
contemporáneos”.
En ese escenario, la mujer anónima presenta su propia historia y lo hace como puede: con su llanto prolongado,
los cabellos sueltos y arrastrándolos sobre el piso de la casa, en una coreografía humilde y silenciosa, con besos
y perfumes que ninguno había pensado ofrecer a Jesús. “No es un espectáculo agradable – señala el Predicador –
pero la calidad afectiva de su gesto es testimoniado por el territorio simbólico en el cual se mueve, a los pies de
Jesús, como una sierva”. Es esto lo que sorprende del relato, afirma el P. Tolentino, la mujer intrusa y silenciosa
que narra su historia con las lágrimas. “Existen muchas maneras de llorar, que revelan no solamente la intensidad
de nuestro dolor, sino también la naturaleza de nuestra sensibilidad. Porque cuando lloramos – agrega – incluso
en la más íntima soledad, en realidad nos esforzamos para que alguien lo vea. Es la sed del otro lo que nos hace
llorar”.
“En estas ocasiones, las lágrimas son una súplica a una presencia capaz de acoger nuestra confianza sin palabras
y abrazar nuestra vida, sin juicios y por completo”

¿Ves a esta mujer?


Sabemos que los fariseos representaban en el judaísmo común, no sólo el devoto celo por Dios y por la Ley,
recuerda el P. Tolentino, sino también la obediente observancia de los mandamientos en la vida diaria. Por ello,
para los fariseos mantener la pureza ritual en ciertas circunstancias era fundamental. Es por esto que la presencia
de la intrusa y su llanto los llevaron a exclamar: ¿ves a esta mujer? Muchas veces tomamos fácilmente una
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distancia crítica de la religiosidad popular, donde se expresa también con abundancia de lágrimas, afectividad o
necesidad de tocar. Contrariamente, Jesús dirige la pregunta a los comensales: ¿Ves a esta mujer? Y la presenta
como la verdadera discípula, que ha hecho lo que los otros no hicieron con sus besos y su perfume, elementos
que evocan el agua, el aceite y el beso.

BEBER DE LA PROPIA SED


VII Meditación

Prosiguiendo con sus reflexiones sobre “la ciencia de la sed”, por la mañana de la cuarta jornada de Ejercicios el
predicador comenzó diciendo que sobre Dios y sobre el camino espiritual, “a nosotros los creyentes nos hace bien
escuchar a los no creyentes”, tal como él mismo puede testimoniarlo en primera persona, puesto que a lo largo de
los años le han enseñado mucho.
“La fe no es un podio”, sino un camino. Es una de las afirmaciones del predicador que dijo que “con gran facilidad
nos convertimos en “custodios de lo sagrado, en lugar de buscadores”. Y añadió: Nos comportamos “como
administradores, en lugar de considerarnos exploradores, que se interrogan y que están enamorados”. Asimismo
aludió al carácter sedentario como enfermedad típica de nuestro siglo, en que nuestros hábitos suelen estar cada
vez más viciados por el confort de la vida moderna, mientras se asiste a una grave disminución de la actividad
física. Sí, porque somos una “sociedad de gente detenida, encerrada en las diversas cápsulas en las que se
transcurre la vida cotidiana. De ahí la pregunta de si el carácter sedentario no ha ido también a la vida espiritual
y si la Iglesia no ha perdido su fibra muscular, convirtiéndose en una Iglesia de oficina, sumamente ocupada que
no tiene tiempo para ponerse en marcha y en camino.

Beber en el propio pozo


En otro punto de su predicación, el Padre Tolentino dijo que “debemos aprender a beber de nuestra sed”. Es decir,
tener la osadía de valorarla espiritualmente. Y aludió al libro del teólogo Gustavo Gutiérrez titulado “Beber del
propio pozo”, en que presenta la espiritualidad como una aventura comunitaria, como el caminar de un pueblo
que procede siguiendo las huellas de Jesús, no en condiciones históricas idealizadas, a salvo de las dificultades y
los sufrimientos, sino a través de la soledad, la fatiga y las amenazas del desierto, como el pueblo de Dios en su
éxodo hacia la Tierra Prometida.
Además dijo que “la fe no resuelve nuestra sed”. Sino que con frecuencia la intensifica y hasta la hace incluso
más dramática. Y sin embargo – añadió – la fe “nos ayuda a ver en la sed una forma de camino y de oración”.

La fuerza se manifiesta en la debilidad


Tras recordar que Santa Teresa de Jesús – que sabía conjugar muy bien la santidad con el sentido del humor –
afirmó que estamos llamados a vivir el don de Dios hasta el final, en la fragilidad, en la debilidad, en la tentación
y en la sed. Y si bien las tentaciones existirán siempre, lo que cambia en un proceso de maduración humana y
espiritual, es nuestro modo de acogerlas, la sabiduría para interpretarlas y la libertad interior que desmiente los
determinismos.

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Una existencia atacada por la sed
Por otra parte, avanzando en su meditación, el predicador afirmó que “el sueño de la perfección puede ser un
camino que nos mantiene en la superficie y que nos impide acceder a la autenticidad de la vida. “Jamás
encontraremos la paz – prosiguió diciendo – si escuchamos esa ceguera que nos sugiere que el conflicto está
superado. Sólo tendremos paz cuando seamos capaces de escuchar y de abrazar la danza contradictoria que agita
nuestra sangre... Es allí donde se escuchan mejor los ecos de la victoria del Resucitado”.

Las tentaciones de Jesús: de nuestra sed a la sed de Dios


En este punto de su reflexión, el padre Tolentino invitó a dirigir la mirada hacia Jesús y a imaginar las le voces
contrastantes que habrá oído a lo largo de su vida, las presiones que habrá advertido, el conflicto interior, los
dilemas que le esperaban, el peso insostenible de las expectativas de quien lo quería rey, o taumaturgo, etc., hasta
llegar a un “fácil mesías”. Y agregó que las tres tentaciones de Jesús son emblemas de nuestra sed y, sobre todo,
de la sed de Dios que Él enciende en nosotros, revelándonos su imagen, su rostro.

Y entonces, ¿de qué vivimos?


Llegado a este punto el predicador se detuvo a considerar aquella respuesta de Jesús: “Está escrito que no sólo de
pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Y destacó que Jesús no sólo plantea el
problema del pan o de la materialidad de la vida, sino que nos lleva más lejos, desde el momento en que nos
obliga a confrontarnos con lo que nos hace vivir, puesto que precisamente, no vivimos sólo de pan...
Jesús – prosiguió – nos pone ante una pregunta ineludible, dejándola abierta para que nos contemplemos en ella
como ante un espejo: “¿De qué tenemos sed, y qué es lo que sacia verdaderamente nuestra sed?”. De manera que
Jesús “relanza la cuestión de fondo del ser humano”, cuestión que no se reduce a la lucha por la supervivencia, ni
se explica solamente con ella, porque “el ser humano es más”. Y la vida está llamada a ser más.
Si nuestro pan será más que pan, si se dejará atravesar por la palabra que sale de la boca de Dios, ganará un poder
que el sencillo pan no posee y podrá convertirse en comida para muchos tipos de hambre. De ahí las preguntas:
“¿De qué vivimos?; ¿Cuál es nuestra verdadera hambre, nuestra verdadera sed?; ¿Dónde termina y a dónde
conduce?”.

Amar a Dios por lo que nos quita


Para creer – dijo el predicador tras aludir a la segunda tentación de Jesús – queremos ver satisfecha nuestra sed.
Y Jesús nos enseña a entregar, como oración, el silencio, el abandono y la sed. A la vez que nosotros queremos
amar a Dios por lo que nos da. Pero de a poco aprendemos que este modo de ver es un lugar de tentación. De
hecho, la Madre Teresa de Calcuta decía: “Quiero amar a Dios por aquello que me quita”.

¿Qué ha hecho de mí el poder?


Después de referirse a la tercera tentación de Jesús, el Padre Tolentino afirmó que el cristiano debe preguntarse
siempre, no sólo “¿qué hago con el poder que tengo o con el que me ha sido encomendado”?, sino también:
“¿Qué ha hecho de mí el poder?”. Sí, porque es un riesgo enorme, cuando la tentación del poder nos aleja del
misterio de la Cruz. Cuando deja de ser claramente un servicio a los hermanos y se convierte en delirio de auto-
afirmación y de auto-referencialidad. Y a no olvidarnos de que Jesús se negó categóricamente a arrodillarse ante
Satanás, sino que voluntariamente se arrodilló ante los discípulos para lavarles los pies. Y concluyó diciendo:
“No somos patrones, somos pastores”.
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LA MISERICORDIA, UN EVANGELIO POR DESCUBRIR


VIII Meditación

“Uno de los grandes peligros en el camino interior es la imagen de auto-referencialidad, centrado en el yo, que
se convierte en principio y fin de todas las cosas”, con estas palabras el predicador portugués, José Tolentino de
Mendonça, introdujo la octava meditación de los Ejercicios Espirituales para el Papa y la Curia romana, la mañana
del jueves 22 de febrero, en la Casa “Divino Maestro”, de la localidad romana de Ariccia.
Presentando la parábola del hijo prodigo, el Predicador portugués señaló que, esta parábola es un espejo que Jesús
nos pone y que el núcleo de la parábola es la experiencia de relación que ahí se manifiesta y se recompone. “En
este espejo está todo – precisó el P. Tolentino – la necesidad de la libertad del hijo más joven, sus sueños sin
fundamentos, sus pasos falsos, la fantasía de omnipotencia, su incapacidad de conciliar deseos y leyes. Pero
también está la historia del hijo mayor – agregó el Predicador – sus expectativas enfermas, su dificultad de vivir
la fraternidad, la pretensión de condicionar las decisiones del padre, el rechazo del gozo por el bien del otro”.
La parábola nos muestra todo esto, como el resentimiento latente y la incapacidad de acoger la “lógica de la
misericordia”, de la cual muchas veces nos volvemos opositores.

El hijo más joven y la búsqueda del “verdadero deseo”


La parábola del hijo prodigo, señaló el Sacerdote portugués, nos plantea algunas interrogantes, nos cuestiona.
¿Hasta qué punto nos dejamos reconciliar profundamente, con la lógica del Evangelio en lo más íntimo de
nosotros?
“En el hijo más joven – subrayó el Predicador – se encuba un deseo enorme de autonomía, y esto, de por sí es
normal y sano. Pero el hijo no lo hace en diálogo, sino lo hace con una ruptura. Sustituye al padre con los bienes
materiales y se pone en búsqueda de la felicidad de modo individual, autónomo y pretende ser el señor de sí
mismo”. Es este deseo equivocado, señaló el P. Tolentino, es el que aleja al hijo más joven de lo que
verdaderamente cuenta; en cambio el deseo verdadero, es estructuralmente marcado por una carencia, una
insatisfacción, una sed de algo que no puede ser poseído, y esto es el sentido, que nos lleva a profundizar y no a
saciarnos.

El hijo mayor y el peligro de la envidia


Por su parte, el hijo primogénito, afirmó el Sacerdote portugués, es aquel que se queda cerca del padre, no parece
tener la misma inconsistencia interior de su hermano más joven, pero tampoco mantiene una relación integrada
con el padre. “En él – señaló el Predicador – se nutre la ira y el resentimiento por el regreso del hermano, y se
despierta en él la incapacidad de sentir compasión por quien estaba perdido y muerto”. En el fondo, concluye,
también esta es una enfermedad del deseo que crea la envidia.
“La envidia – precisó el P. Tolentino – es una falta de amor, una reivindicación estéril e infeliz. La envidia es un
sentimiento perjudicial en relación a otro que posee o goza de algo y en esto surge un impulso envidioso de
eliminar o destruir la fuente de ese gozo”. Lo contrario de la envidia, subrayó el Predicador, es la gratitud, que
está estrechamente relacionada con la confianza en el bien que crece en los demás, en lo bueno que tiene el otro,
independientemente de mí y en el bien que de él recibo. La gratitud, dijo, construye y reconstruye el mundo por
dentro y por fuera.

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La misericordia, un Evangelio por descubrir
Finalmente, junto a las figuras de estos dos hijos, cada uno a modo suyo y en el cual nos reflejamos, dijo el
Predicador, emerge la figura del padre y él es el icono de la misericordia. “A los ojos del padre, un hijo es un hijo
y nada más, por ello, por la inmensa compasión que siente, el padre es capaz de salir y abrazar al hijo perdido,
restituirlo a la intimidad de la casa; porque en él desborda la compasión, hay un exceso de misericordia. Y Dios
nos dice: la misericordia es el arte necesario para salvar una vida, la misericordia es un camino que todos debemos
aprender”.
“La misericordia – concluyó el P. Tolentino – no es dar al otro aquello que se merece. Con un efecto ético de
inversión, podemos afirmar que la misericordia es ofrecer al otro precisamente aquello que no se merece. La
misericordia es bondad, perdón, reconciliación. La misericordia es un Evangelio por descubrir”.

ESCUCHAR LA SED DE LAS PERIFERIAS


IX Meditación

Prosiguiendo con sus reflexiones sobre “la ciencia de la sed”, por la tarde de la quinta jornada de Ejercicios el
predicador comenzó afirmando que mirar con los ojos bien abiertos la realidad del mundo que nos circunda es
esencial, puesto que de lo contrario, nuestra espiritualidad se convierte en una especia de bola de confort o una
forma de evasión de nuestra responsabilidad social. Mientras la voz de Dios siempre debe confrontarse con la
pregunta formulada en los orígenes: “¿Dónde está tu hermano?”. De ahí la invitación a interrogarnos entonces:
“¿Dónde está nuestro hermano?”.
Y añadió que “la sed espiritual y de sentido” sobre la que habían meditado hasta el momento permanecería
“incompleta” si no los condujera “cerca de la sed literal”, es decir cerca de esa “sed elemental” que atormenta y
limita la existencia de tantas personas de nuestro presente histórico que es tan “asimétrico”.
“La Iglesia – dijo el padre Tolentino – no debe tener miedo de ser profética y de meter el dedo en la llaga. Si bien,
como recordaba el arzobispo brasileño Hélder Câmara: “Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo.
Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista”.

Jesús es un hombre periférico


El predicador también recordó que multitudes de sedientos pueblan hoy las periferias del mundo en los cinco
continentes. A la vez que añadió que el mismo Jesús es un hombre periférico. Sí, porque no era un ciudadano
romano, dado que no pertenecía al primer mundo de su época, ni formaba parte de la élite judía. De ahí la pregunta
de si de Nazaret podría venir algo bueno. Mientras Galilea representaba el lugar preferencial del anuncio del
Reino y Jesús venía a poner en la justa perspectiva la realización de la salvación de Dios, salvación que, según su
palabra, obraba ya en el presente a través de la dignificación de la vida de todos y la capacidad de reconciliar a
los periféricos, es decir, a los enfermos, a los pobres y a los extranjeros.
El Padre Tolentino también dijo que “la periferia está en el ADN cristiano, lo acerca a su contexto originario y
también a su programa. Lo que representa una clave indispensable para su hermenéutica espiritual y existencial.
A la vez que destacó que en todas las épocas seguirá siendo, para la experiencia cristiana, el lugar en el que
encontrar y volver a encontrar a Jesús.

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Para el Santo Padre y los miembros de la Curia Vaticana
El cristianismo en la periferia
Por otra parte, el predicador puso de manifiesto que Jesús y los primeros discípulos no son los únicos que
representan el universo de las periferias, porque el mismo cristianismo es una “realidad periférica”. Sin embargo,
avanzando en su meditación afirmó que cuando los pastores se transforman en príncipes, pierden el contacto con
el rebaño y observan la realidad de un modo distante y filtrado. Y se vuelven sectarios y elitistas, casi sin darse
cuenta.
Por esta razón afirmó que “una Iglesia que se encierra en un centro, ya no siente la sed de las periferias, habiéndose
vuelto “auto-centrada y auto-referencial”. Y cuando “la Iglesia no sale, se pliega sobre sí misma y se enferma”.
A la vez que gran parte de las patologías que afectan a las instituciones eclesiales, tienen sus raíces en esta “auto-
referencialidad que es un tipo de narcisismo teológico”.

“¿Señor, cuándo te hemos visto?”


El padre Tolentino volvió a recordar a Hélder Câmara y su preocupación por la Iglesia de nuestro tiempo cuando
se preguntaba: “¿Qué hemos hecho del mensaje de Cristo? La multitud de los excluidos, de los olvidados, de los
sin techo, de los sin tierra, de los sin nada, ¿cómo pueden creer aún que el Creador es un Padre que los ama, si
nosotros, que osamos llamarnos cristianos, que tenemos todo, seguimos dejando sus platos vacíos? ¡Nosotros no
somos sólo creyentes! ¡Tratemos de ser creíbles!”.

Encuentro en las periferias existenciales


Tras recordar el hermoso diálogo de la Iglesia contemporánea que protagonizó el Papa Benedicto XVI con los
astronautas de la estación espacial que orbita en torno a la Tierra, y que a su juicio ofrece un paradigma cordial
de relación, casi una “metáfora” de lo que puede ser un verdadero encuentro con las periferias existenciales; el
predicador concluyó afirmando que “las periferias, en efecto, no son sólo lugares físicos, sino también puntos
internos de nuestra existencia y lugares del alma”. Sí porque todos sabemos que a veces “quien está a nuestro
lado”, en realidad “está distante, a causa de distancias infinitas que debemos abrazar y abatir”.

LA DICHA DE LA SED
X Meditación

Durante la mañana de la sexta y última jornada de Ejercicios Espirituales de Cuaresma en los que participa el
Papa Francisco y la Curia Romana en la localidad de Ariccia a las afueras de Roma, el sacerdote José Tolentino
de Mendonça impartió la X meditación inspirada en la “dicha de la Sed”.
Continuando con sus reflexiones sobre “la ciencia de la sed”, el predicador destacó que del tipo de escenografía
que el evangelista Mateo presenta para el Sermón de la Montaña, podemos deducir la intención de crear un
paralelismo entre Jesús y la figura de Moisés, entre la presentación de la ley antigua, el Decálogo, y el de la nueva
Ley, las Bienaventuranzas; ya que lo cierto es que las Bienaventuranzas son más que una ley: son en sí mismas
un marcador audaz de identidad. Más que una norma codificada, las Bienaventuranzas son una configuración de
la vida, “una verdadera llamada existencial”.

Las Bienaventuranzas: el retrato más exacto de Jesús


El sacerdote, profundiza más aún sobre la esencia de las Bienaventuranzas, indicando que son probablemente el
autorretrato más fascinante y más exacto de Jesús.
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Ejercicios Espirituales Cuaresmales 2018
Para el Santo Padre y los miembros de la Curia Vaticana
En cada uno de ellas es como si pudiéramos, ante todo, contemplar las líneas y rasgos del rostro de Jesús; porque
es exactamente así, como las Bienaventuranzas lo describen, que lo hemos visto en medio de nosotros.
Así es como lo reconocemos en nuestra puerta: pobre en espíritu, manso y misericordioso, sediento; un hombre
de paz, con hambre de justicia y con la capacidad de recibir a todos, vibrante de alegría en el ser testigo de la
acción portentosa del Padre, sobre los últimos y los más pequeños de todos.
“ Las Bienaventuranzas son probablemente el autorretrato más fascinante y más exacto de Jesús ”
“Lo vemos puro de corazón, lo opuesto al cinismo y a las defensas de la autosuficiencia. Lo vemos transparente
y auténtico en cada momento. Lo reconocemos como el que rompe las paredes de la enemistad, acerca a los
rivales y a los que están alejados...construye siempre la paz”.

La Bienaventuranza que nos salva


Por otro lado, el Padre Tolentino recordó que Dios “está sediento” de que la vida de sus criaturas sea una vida de
bienaventuranza: Dios redime la vida y la pone en el centro como el bien más precioso; y esto es lo que Jesús nos
demuestra en cada situación cuando va hacia los más desprotegidos, desamparados y marginados, llama a la
puerta de los “sin esperanza”, corre a alcanzar a los que se han alejado.
Asimismo, destaca que el método de Jesús es primero amarnos y darnos confianza: “Él no nos presenta un contrato
con cláusulas preliminares para salvarnos, no negocia con cada uno, no nos pone condiciones”.
“ Dios está sediento de que la vida de sus criaturas sea una vida de bienaventuranza ”
Lo que nos salva es su exceso de amor por nosotros: ésta es precisamente la bienaventuranza que nos salva, “este
asombro de amor suyo” que nos hace empezar de nuevo, nos conduce hacia la verdad y nos llena de vida.

Mi sed es mi bendición
Y tras hacer hincapié en cómo el Señor quiere nuestra salvación y sale a nuestro encuentro “sediento de amor por
nosotros”, el sacerdote añadió que resulta urgente “redescubrir la dicha de la sed”.
Lo peor para un creyente, es “estar saciado de Dios”. A veces, la rutina de las expresiones de vida espiritual
pueden convertirse en “una porción más que suficiente para nosotros” y de esa forma, pasamos a ser unos
conformistas , que no desean ya más nada y nos decimos a nosotros mismos: “Ya he rezado lo suficiente, ya he
ofrecido mis sacrificios, ya he visitado la Iglesia, ect...”
Tal vez hemos creado una imagen equivocada de lo que verdaderamente es la vida cristiana. Creyente no es quien
está saciado de Dios, sino que creyente es quien tiene sed y hambre de Dios”, por lo que esa sed es al mismo
tiempo nuestra bendición.

La mirada de María nos humaniza como hijos e Iglesia


La meditación del predicador culmina con un guiño especial dedicado a María, Madre de Dios, Madre nuestra y
de toda la Iglesia.
“ Creyente es quien tiene sed y hambre de Dios, por lo que esa sed es al mismo tiempo nuestra bendición ”
Observado que desde el origen de los tiempos, las madres velan por el cuidado de la primera alimentación de sus
hijos garantizando así su supervivencia, con un amor incondicional y desinteresado; del mismo modo, María
Madre, dirige su mirada atenta permanentemente sobre nosotros, sus hijos, no sólo para cuidarnos y protegernos,
sino también para humanizarnos.
El padre Tolentino concluye señalando que “la Iglesia debe aprender de María la compasión, la ternura y la
atención a la sed que cada ser humano clama sin palabras”, y recuerda lo que dice el Papa Francisco al final de
su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la
Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer”(EG288). ¿No es esta, por tanto, la hora de
hacerlo?

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