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Ricardo Sidicaro plantea una perspectiva interdisciplinaria sobre el vinculo establecido

entre los actores políticos y los agentes económicos durante los tres gobiernos peronistas
que hubo en el siglo XX. La definición de los agentes y de los espacios las sustenta
teóricamente con el planteamiento weberiano (para lo que serian las acciones partidarias y
el Estado como organización racional de la sociedad), los aportes bourdianos (para definir
los espacios -o campos- de lucha, de los diferentes actores, y como operan las
interrelaciones de los mismos) y el aporte de A. Touraine para explicar las relaciones de
dominación.

El autor parte de la división de los distintos gobiernos peronistas en tres experiencias


diferenciadas cronológicamente y en función del rol del estado y el sentido de las acciones
de los distintos actores políticos y socioeconómicos: el primer peronismo lo sitúa entre
1946 y 1955, que constituirían la primera y segunda presidencia de Juan Domingo Perón, y
el rol intervencionista del estado como factor explicativo clave, puesto que también las
relaciones entre los actores económicos (que solo toma tres del gran abanico existente: las
empresas de bienes, los grupos que ocupan cargos monopólicos y los inversores tanto
nacionales como extranjeros). El segundo peronismo lo sitúa entre 1973 y 1976, que
constituyen los gobiernos de Héctor J. Campora, el tercer mandato de Juan D. Perón y el
de, su tercera esposa, María Estela Martínez; en este punto la tensión de los diferentes
actores políticos y socioeconómicos ponen en una actitud beligerante a los segundos contra
los primeros provocando una crisis del estado intervencionista. Finalmente, el tercer
peronismo, lo constituye las dos presidencias de Carlos Menem entre 1989 y 1999,
señalando los límites del Estado intervencionista y la articulación de sus actores, llevando a
la “subordinación” del campo político al campo socioeconómico, el cual mide su fuerza en
función de su poder sobre el poder del Estado. Para el presente resumen solo tomaré lo
analizado en el primer peronismo (1946-1955).
Sin embargo, antes de iniciar su análisis el autor señala una singularidad del contexto
argentino, el cual es la necesidad imprescindible del Estado para los distintos actores
señalados. Para poder comprender esto la noción del Estado Intervencionista ocupa el
inicio del trabajo de Sidicaro. El mismo lo apunta dentro del periodo 1930-1943, aunque
señala sus antecedentes, en Argentina, para la década de 1910 (con el proyecto de Carlos
Ibarguren, del Partido Demócrata Progresista, durante la presidencia de Roque Sáenz Peña).
Sin embargo, ante la emergencia de la crisis de 1930, el gobierno emergido del reciente
golpe de Estado de septiembre necesitó consolidar una estructura nueva, y en ello se
configuraron nuevas relaciones entre los actores políticos y socioeconómicos. Sin embargo
no significó un tipo de relación, todo lo contrario. Como define el autor:

“Los políticos que gobernaron entre 1930 y 1943 tenían distintos tipos de
vínculos con los actores socioeconómicos predominantes, pero una
aproximación analítica […] evita la confusión entre aquellos definidos por su
pertenencia al espacio político y lo que tenían su inserción principal en el
campo económicos”1

Es decir, para los años de la Concordancia, estos vínculos terminan por confluir en la
capacidad del estado como “dirigente” de la economía, frente a las necesidades de enfrentar
a la crisis. Un ejemplo de esto, fueron las Juntas y Comisiones Reguladoras de los
diferentes tipos de actividades, el Banco Central y la Corporación de Trasportes de la
Ciudad de Buenos Aires. Esto implico la entrada del estado como agente determinante (o de
gran peso) de la economía. Estas representaron la primera experiencia de dirección del
Estado Intervencionista, pero durante sus primeros años, estuvieron bajo una matriz de
administración del tipo privado. Esta percepción corporativista fue en aumento provocando,
para mediados de los años treinta, las primeras fracturas de ese Estado Intervencionista. Si
bien la apertura del estado hacia los empresarios, y otros actores, a la participación en la
economía llevo a su entrelazamiento, no sucedía lo mismo cuando estos agentes
económicos pretendían cargos de la administración política que se reservó a los dirigentes
partidarios. Un punto que señala el autor como “importante” fue la experiencia del Plan de
Reactivación Económica de 1940, conocido como Plan Pinedo. En el mismo se vieron
contrapuestos los intereses de los agentes económicos (nucleados en la Sociedad Rural
Argentina) en función de mantener su campo sin entrada estatal; contra los intereses del
Estado el cual, frente a la crisis beligerante desatada en 1939, debería (según el Plan) optar
por una alternativa fabril, superando la dependencia agrícola. Esto llevó a ampliar la
fractura entre este Estado y los actores socioeconómicos. Ya para los albores del año de
1943 los intereses de los conservadores ya no coexistían con los del sector socioeconómico,
puesto que la ulterior necesidad de mantener el control y privilegios materiales y simbólicos
de los actores políticos, los llevó a un desgaste de su legitimidad (sumado al abandono del
apoyo de los actores socioeconómicos) provocando una reacción dentro de los esquemas de

1 SIDICARO, R (2011) – Los Tres peronismos. Estado y poder económico, 1946-1955, 1973-1976, 1989-
1999. 2ª Ed. Buenos Aires. Ed.: siglo veintiuno, pp. 27
poder del mismo estado, confluyendo en el golpe de estado del 4 de Junio de 1943.
Si bien hubo un clima de normalización, las direcciones tomadas por el gobierno militar en
función de la herencia dejada por el gobierno de Castillo (sobre el Estado Intervencionista)
resultan claves para comprender los procesos venideros. La orientación social del régimen
militar chocó con los intereses de los sectores socioeconómicos (principalmente los
industriales que vieron poco atractiva la propuesta del mercado interno y el fomento
industrialista). Esto, como plantea Sicario, se reflejó en un constante conflicto por causas y
razones políticas, más que los efectos negativos a la economía de esas propuestas. La
cuestión del aguinaldo en 1944 representó un claro punto de este conflicto, donde se buscó
medir la fuerza política de cada uno de los actores involucrados. Ya entrados en el gobierno
de Perón, desde 1946, las estrategias de los actores socioeconómicos frente a la propuesta
estatal jugaron en una lógica de costos/beneficios (como en el caso de la SRA) o en
protección de sus propios intereses

(como la Bolsa de Comercio de Buenos Aires). Un espacio importante del campo


económico, el sector agropecuario, no vio modificada su estructura con el peronismo, pero
si vio intervenida sus ganancias-excedentes. Esto se debió a la herramienta institucional que
significó el Instituto Argentino de Promoción e Intercambio (IAPI). Como plantea el autor:

“Con las actividades del IAPI […] veían revertirse los mecanismos que
clásicamente se habían utilizado para defender sus intereses económicos. No
solo dejaban de ser favorecidos […], sino que se los perjudicaba. Sus críticas a
la política económica del gobierno abarcaron tanto la fijación de precios como
el monopolio estatal del comercio exterior”

Esto trajo como consecuencia su paulatina inactividad en el ingreso nacional, plantea


Sidicaro. Todo esto, en función de que el estado garantizaba, por medio de esta
intervención al sector rural, el proceso de industrialización. Sin embargo, para el año 1952,
la situación crítica de la economía, la baja productividad, el déficit del IAPI, condujeron a
que el gobierno de Perón (frente a la imposibilidad de cambiar la Estructura Agraria del
país) recurriera a compensaciones o amenazas.
En este contexto la relación del gobierno con los industriales fue complejas debido al
choque entre las nuevas empresas que respondían al programa industrializador del gobierno
y las empresas vegetativas (pp. 74). También por la política del control de precios y su
regulación con los sectores rurales proveedores de estas empresas vegetativas. Esto alcanzó
puntos de tensión en 1952 cuando el gobierno lanzó el Plan Económico que tuvo como
objetivo aumentar los controles sobre las pequeñas empresas (régimen de licencias). Dentro
de este contexto, la falta de divisas llevó a que las importaciones de maquinarias e insumos
sestaran otro golpe para las pequeñas industrias, sumado a la incorporación de inversiones
extranjeras, para continuar con los planes industrialistas del gobierno.
Las acciones del gobierno, para 1953, se habían transformado con lo que respectaba a sus
inicios en 1946. El intervencionismo del estado había entrado en todas las esferas de la vida
del país. Y esto llevó a fenómenos sociopolíticos intensos. Como dice el autor:

“la acción de los aparatos estatales apuntó a limitar la libre incoativa en,
prácticamente, todas las esferas de la sociedad civil, el gobierno peronista
encontró adversarios en los diversos sectores sociales […] la mayoría de los
asalariados se identificaban con el peronismo, la perdida de algunas de sus
libertades […] no apareció como una cuestión ideológicamente significativa”

Es decir, la entrada total del estado intervencionista peronista en la sociedad había creado y
generado un clima politizado en todas las capas y áreas de la vida social. De esta forma, el
gobierno había logrado conformarse como un espacio –campo- de acción con la capacidad
de hacer frente a los intereses de los distintos actores socioeconómicos. Se puede sintetizar
con que, frente a la incapacidad de los actores socioeconómicos de asegurar una dirección
consensual en la sociedad argentina, se vieron en la necesidad de construir un Estado
Intervencionista en los años treinta, sin embargo, los conflictos de intereses entre los
actores políticos y económicos llevaron a su gradual separación, y para principios de los
años cuarenta había una clara división. Con la irrupción del peronismo este papel autónomo
del Estado intervencionista operó en función del debilitamiento del peso político de los
actores socioeconómicos. El desgaste ideológico provocado por el peronismo a los sectores
económicos rurales provocó que la idea de “beneficiar al campo para aumentar el progreso”
entrara en un deterioro impresionante terminando, en teoría, con la noción agropecuaria de
la economía argentina, dando inicio, como plantea Sicario, a iniciar un nuevo ciclo del
crecimiento económico.