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Creando la izquierda abertzale (III de IV)

Petri Rekabarren
Creando la izquierd
izquierdaa abertzale (III de IV
IV))
2018ko ekainaren 18(e)an

Edukien taula / Tabla de contenidos

1) Uno
2) Dos
3) Tres
4) Cuatro
5) Cinco

1 Uno

En la primera entrega de esta serie insistiamos en la importancia clave de la crítica filosófica


del pragmatismo anglosajón, aceptado como método epistemológico por EH Bildu. Vimos cómo
el pragmatismo desprecia el conocimiento teórico profundo de la sociedad, las lecciones que
pueden extraerse mediante el estudio sistemático de la práctica. Vimos que el pragmatismo
valora sobre todo la cuestión de cómo obtener resultados positivos inmediatos menospreciando
la totalidad de los problemas y los efectos colaterales a largo plazo. Mediante esta ideología
pragmática de intelectuales norteamericanos de finales del siglo XIX, EH Bildu y el soberanismo
reformista han justificado la entrega de las armas al Estado opresor, etc.

En la segunda entrega analizamos que el concepto de ciudadanía, pueblo, etc., que


estructura el modelo de EH Bildu está restringido exclusivamente a la ideología burguesa del
trabajo, es decir, para EH Bildu «son vascas todas las personas que viven y trabajan en
Euskal Herria». Vimos que esta definición está hueca, vacía de conceptos porque es, como el
pragmatismo, una parte de la actual ideología burguesa que borra cualquier existencia de las
clases sociales explotadoras y explotadas, de su lucha permanente, del proceso entero de la
producción de plusvalía y de la dictadura del salario…

Vimos que la definición del independentismo socialista es la contraria: vasca es la persona


que vende su fuerza de trabajo en Euskal Herria. Es decir, toda persona explotada socialmente
porque, en el capitalismo, el salario, o sea el precio de la fuerza de trabajo, es una de las
bases de la explotación que vertebra la sociedad en su conjunto y, por ello mismo, define el
concepto de pueblo trabajador, que se basa en la objetividad de que la mayoría de la población
solo puede vivir –malvivir si tenemos en cuenta el potencial productivo desaprovechado por el
irracionalismo global burgués– vendiendo su fuerza de trabajo por un salario que nunca, jamás,
llegará a ser «justo» y mucho menos «digno». La expresión de Marx de «nación trabajadora»
viene a decir exactamente lo mismo pero con el añadido de que el pueblo trabajador ya ha
asumido la necesidad de construir su Estado, su poder comunal. En esta tercera entrega vamos
a desarrollar este proceso contrastándolo con el documento de EH Bildu.

1
Creando la izquierda abertzale (III de IV)

2 Dos

Avisábamos al finalizar la segunda entrega que en esta, en la tercera, desarrollaríamos


el concepto de «nación trabajadora» empleado por Marx y los medios políticos que debe
practicar para la toma del poder, sobre las interrelaciones entre la lucha de clases económica,
antipatriarcal, popular, democrática, lingüística y cultura, socioecológica… e institucional. Lo
vamos a hacer explicando por qué es necesario actualizar la Alternativa KAS de 1978 para
luchar contra el capitalismo que nos oprime nacional, patriarcal y socialmente. En la cuarta
y última entrega hablaremos sobre el pacifismo, la rendición de ETA y adelantaremos una
propuesta de Alternativa KAS para el debate.

La fuerza decisiva de emancipación es la clase obrera que dota de centralidad al pueblo


trabajador. La diferencia entre este y la nación trabajadora no es otra que el nivel de desarrollo
de la autoorganización, del contrapoder y situaciones de doble poder generadas en la lucha
diaria de liberación nacional, es decir, el grado de autoorganización material de la conciencia
subjetiva explotada: la nación trabajadora se va autoconstituyendo en la medida en que empieza
a disputar materialmente poderes a la burguesía autonomista y al Estado opresor, hasta dar el
salto al poder popular y al Estado propio. Se trata de un proceso complejo, multifacético, incierto
y siempre supeditado a los vaivenes de la lucha de liberación: la clase obrera se constituye en
pueblo trabajador y este, si el proceso avanza, puede llegar a ser la nación trabajadora dotada
de su propio poder.

Lo que recorre internamente a las fases y lo que mide su fuerza o debilidad es el avance
o retroceso de la confrontación entre la propiedad capitalista y la propiedad socialista. O si se
quiere, la respuesta a la pregunta ¿de quién es la nación vasca: de ella misma o del capital
financiero? La Alternativa táctica, el programa de transición y la Alternativa estratégica expresan,
miden y orientan ese avance.

El movimiento revolucionario internacional comenzó muy pronto a presentar de manera


resumida y muy asequible sus objetivos al pueblo en forma de Alternativa táctica que explicase
los objetivos históricos dentro de una Alternativa estratégica, es decir, la interrelación entre lo
táctico y lo estratégico. Una muestra casi perfecta de alternativa en las condiciones de 1848
fue el decálogo de reivindicaciones que proponía el Manifiesto comunista y que mantiene una
vigencia sorprendente en su esencia y hasta en alguna de sus formas. De este modo se llenaba
el vacío de la lucha teórica de divulgación de los objetivos comunistas, sobre todo en un contexto
de crisis total, de revolución en ciernes.

Pareciera que se había encontrado la manera perfecta de divulgar los objetivos


revolucionarios entre los sectores menos concienciados de las clases trabajadoras. Sin
embargo, ya desde 1850 se vio la necesidad de enriquecer ese método que conectaba lo
táctico con lo estratégico mediante una propuesta de transición concreta en momentos de
gran complejidad social. Los errores de la Comuna de 1871 demostraron la necesidad de
una intensa preparación anterior, lo mismo que en 1905. La crisis desatada por la Primera
Guerra Mundial volvió a demostrar la urgencia de relacionar permanentemente las formas
concretas de transición entre lo táctico y lo estratégico. La Tercera Internacional demostró en sus
primeros cuatro congresos celebrados hasta 1922 cómo podía y debía buscarse la prefiguración
de los objetivos históricos y la estrategia correspondiente en las tácticas aplicadas en cada
circunstancia: los programas de transición enlazaban uno y otro polo.

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Creando la izquierda abertzale (III de IV)

Para entonces la Segunda Internacional había impuesto definitivamente un mecanicismo


ciego en la política: había que esperar a que se creasen las «condiciones objetivas» mediante
acuerdos y pactos con la burguesía para crear una mayoría electoral que facilitase el segundo
paso: el tránsito pacífico y gradual a lo que entendía por «socialismo». La Tercera Internacional,
por su parte, fue abandonando desde el V Congreso en 1924 las lecciones anteriores y en 1935,
en el VII y último Congreso, desarrollo una versión «marxista» del etapismo: hay que convencer
a la «burguesía nacional», «democrática», para avanzar junto con ella a la «primera fase» y,
luego, conquistada esta, avanzar a la «segunda fase». Este esquema no se ha cumplido nunca
en la historia real por varias razones, entre las que destacan que la «burguesía democrática»
nunca ha querido aliarse con el pueblo a pesar de la moderación de este, o que le ha traicionado
casi desde el primer momento, o que han sido tantas las cesiones de la izquierda que ella
misma se ha desmoralizado internamente… Las experiencias europeas de Syriza, 5 Estrellas,
Podemos, EH Bildu, el estancamiento del procés català, etc., son concluyentes a pesar de la
espuma electoral; pero también lo son las del «socialismo del siglo XXI» en América Latina.

3 Tres

Es imposible reelaborar y actualizar la Alternativa desde el pragmatismo y la ideología


interclasista de EH Bildu que hemos analizado en las dos entregas anteriores. El pragmatismo
es irreconciliable con el método político basado en la necesidad de la interacción entre lo
táctico, lo transicional y lo estratégico, método que necesita la prefiguración de los objetivos
en las luchas presentes en la medida de lo posible en cada circunstancia. Prefigurar en lo
posible en cada táctica los objetivos por los que se lucha es esencial porque puede visualizar
materialmente lo que se consigue con el esfuerzo militante. Prefigurar no es fácil, requiere una
formación política y teórica siempre en enriquecimiento y, sobre todo, una coherencia autocrítica
indoblegable lo que explica que prefiguración y pragmatismo sean inconciliables.

No puede sostenerse que se avanza hacia la independencia aceptando el marco


constitucional español y europeo, tal cual lo recoge el documento de EH Bildu. Y eso sin hablar
en absoluto de socialismo, huyendo de todo lo que pudiera recordar la lucha de clases y la
socialización de la propiedad capitalista. Las constituciones burguesas son los cepos de acero
que solo las revoluciones sociales pueden destruir. La ligereza y vacuidad ideológica le lleva a
EH Bildu a decir lo que sigue sin preocuparse por la realidad:

Apartado dos sobre el derecho a decidir 2. La soberanía del Pueblo Vasco, que se
expresa por medio del derecho a decidir de su ciudadanía, se fundamenta en el principio
democrático, y puede ser reconocida por el Estado español en el marco de los principios
y derechos históricos amparados constitucionalmente.

Leamos también:

3. Junto con la posibilidad de establecer un listado propio de derechos, la


Comunidad Estatal Vasca deberá contar con la capacidad normativa para desarrollar
libremente los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución española, la
Convención Europea de Derechos Humanos, la Carta Europea de Derechos
fundamentales y demás tratados internacionales en la materia, limitando para ello la
capacidad de incidencia de la normativa orgánica española.

Y esto otro:

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Creando la izquierda abertzale (III de IV)

Capítulo 8 sobre el procedimiento de reforma estatutaria. 5. Una vez aprobado


dicho texto, se procederá a dar cauce a una primera manifestación de la democracia
directa –mediante una consulta habilitante no vinculante jurídicamente–, que ofrezca a la
ciudadanía vasca la oportunidad de validar y legitimar la propuesta articulada de nuevo
estatus, y refuerce la posición vasca en la fase de negociación con el Estado español.

EH Bildu no solo se ha puesto el cepo de acero constitucional en su cuello, como la argolla


de los esclavos, sino que además hace una grosera trampa ética y política al decir que la primera
práctica de «democracia directa» –tema que trataremos en la cuarta y última entrega– no tendrá
carácter vinculante, es decir, no va a servir para nada práctico. El pragmatismo riza el rizo: quiere
contentar a tirios y troyanos pero beneficiando a los primeros.

4 Cuatro

Como hemos dicho, el pragmatismo es inconciliable con la Alternativa, pero también lo


es la ideología interclasista que niega la explotación de clase, según veíamos en la segunda
entrega. Verdad es que la debilidad de la Alternativa de 1978 con respecto a «lo social»
se ha transformado en ausencia absoluta en EH Bildu y en agujero negro en el reformismo
abertzale. Elaborar o re-elaborar otra Alternativa debe empezar por llenar ese agujero, por saber
cómo es el capitalismo que nos oprime nacional, social y patriarcalmente, qué límites de clase
insuperables hacen que la mediana burguesía y gran parte de la pequeña burguesía opten por
«sentirse cómodos» en España, cómo es el nacionalismo español –y francés– tan anclados en
partes de la sociedad vasca…

Un ejemplo, el Informe Anual 2016 del gobiernillo vascongado indica que la productividad
del trabajo estaba en la media de la Unión Europea, con 41 euros/hora, siendo la alemana de
45 euros/hora y la española de 36 euros/hora. Y para entender qué es la decisiva productividad
del trabajo hay que utilizar los conceptos de fuerza de trabajo, plusvalía, salario… es decir, clase
social y lucha de clases en una nación oprimida que, como también dijimos, permanece en la
media de la división de clases del capitalismo europeo: 81% de la población explotada que vive
directa o indirectamente del salario y el 19% que vive de la explotación de la fuerza de trabajo
ajena, o también y para centrarnos en recientes estudios sobre la media del Estado: el 90% sufre
la explotación asalariada contra el 10% que goza con su propiedad de las fuerzas productivas.
Los informes muy serios de Elkartzen nos aportan datos terribles sobre el empobrecimiento real
de nuestro pueblo trabajador.

Frente a esta realidad ¿sobre qué formas de propiedad colectiva se sustenta el


soberanismo de EH Bildu? Entre el páramo, el desierto conceptual que es el texto solo hemos
podido encontrar lo que sigue:

9. Se considera imprescindible la protección específica de los bienes comunes


y la consagración de instrumentos de control público (estatal y/
y/oo social) de recursos
productivos, financieros y energéticos clave
clave.

Se nos dirá que EH Bildu, en cuanto marca electoral interclasista, debe mantener un «perfil
bajo» para no espantar a la pequeña y mediana burguesa, y que por eso no puede hablar ni de
lucha de clases ni menos aún de socialización de las fuerzas productivas; se nos dirá que ya se
hablará de eso una vez que llegue el momento. Aquí radica una de las trampas. Vayamos por
partes.

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Creando la izquierda abertzale (III de IV)

Primero, el término «bien común» puede ser definido de muchas formas, contradictorias
incluso entre ellas, si no se especifican los derechos concretos y los medios de propiedad
colectiva, social –patriarcal, nacional y de clase– que definen a ese bien común: en una sociedad
basada en la explotación hablar en abstracto de «bienes comunes» es posponer al infinito el
debate para llegar a la raíz del problema. Por ejemplo, la presión creciente contra los gaztetxes
y toda forma de recuperación popular y obrera de bienes privatizados por la burguesía. Los
movimientos populares, sobre todo el juvenil y el feminista, pueden ridiculizar si quieren la
metafísica de EH Bildu al respecto.

Segundo, las contradicciones de EH Bildu se agudizan más si profundizamos en el


contenido socioeconómico fuerte de los «bienes comunes» en lo que hace al territorio, a la
geografía, a la planificación urbanística, al poder omnipotente de la empresa privada en el
turismo y en los servicios de transporte y de subsistencia en una sociedad estructurada por la
lógica del beneficio empresarial. Más todavía si nos preguntamos sobre la degradación de los
hospitales públicos, de las pensiones y jubilaciones, de las asistencias sociales, de los salarios:
¿Acaso la salud no es el fundamental bien público? La vacuidad pomposa de EH Bildu solo sirve
para ocultar estas sangrantes realidades. El movimiento obrero puede hundir en el ridículo si lo
desea a EH Bildu por su posicionamiento de facto en el lado de la propiedad burguesa.

Tercero, no sirve de nada, excepto para confundir y generar falsas expectativas, hablar
de «instrumentos
instrumentos de control público (estatal y/
y/o
o social) de recursos productivos, financieros y
energéticos clave
clave» pero sin especificar si ese «control público» implica «propiedad pública»
o no. Controlar una cosa no quiere decir ser propietaria de ella. En los años dorados del
keynesianismo socialdemócrata y laborista hubo un altísimo «control público» de la economía,
pero la propiedad de las fuerzas productivas siguió en manos del capital privado, de modo que
cuando la burguesía decidió pasar al contraataque desde la mitad de la década de 1970, el
«control público» fue dejando paso a las privatizaciones. En 2008 el gobierno de Estados Unidos
controló grandes empresas en crisis, confirmando que el mito neoliberal de la «desaparición del
Estado» es otra mentira: atenuada la crisis, el «control» desapareció. Son las contradicciones
sociales y económicas, o sea, la lucha de clases, las que determinan la efectividad del «control
público» y su suerte última. Pero estos conceptos –contradicción, lucha de clases…– no existen
en EH Bildu.

Cuarto, tampoco sirve de nada reivindicar un abstracto «control público» sin hablar del
poder de clase, del poder popular autoorganizado y dotado de capacidad de autodefensa. No
sirve de nada incluso aunque no se plantee aún la cuestión crítica de la propiedad. Si el «control
público» no es realizado por colectivos, organizaciones y movimientos del pueblo trabajador,
sino solo o fundamentalmente por la burocracia estatal y reformista, por esa cosa indefinible que
llaman «cuarto poder social-ciudadano», lo positivo que tiene el «control público» apenas será
defendido por el pueblo porque no lo interiorizará como suyo, como propio, porque no habrá
aprendido en su experiencia diaria que el «control público» puede ser un arma muy importante
hacia el socialismo si está dentro de una Alternativa revolucionaria. Entonces, ¿por qué lo
reivindica EH Bildu?

La respuesta es simple: esta frase cumple la misma función, pero en la deriva de EH Bildu,
que la consigna de la «nacionalización de los sectores básicos» que tenía la socialdemocracia
de los años 50, la «cogestión obrera» de una parte del Partido Socialista Francés en esos
años, el «golpe a los monopolios», la «nacionalización de la banca, de industrias básicas…», de
«intervención de los trabajadores en todos los aspectos de la vida económica…» del programa
de 1960 del Partido Comunista Español supeditado a la estrategia de la «reconciliación
nacional», etcétera. Pero con una diferencia cualitativa que marca el retroceso de EH Bildu: la
coalición vasca no habla para nada de la propiedad privada capitalista, sino de «recursos». Ha

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Creando la izquierda abertzale (III de IV)

retrocedido más allá que estos grandes referentes del reformismo histórico, como se aprecia
en el apartado 7 sobre el Ámbito Competencial de la Comunidad Estatal Vasca y en especial
en las dieciséis políticas propias que se presentan en el punto 4, porque están absolutamente
descontextualizados.

Cinco, cada uno de los dieciséis planes atañen a los «recursos» que deben «controlarse».
Pero, como hemos dicho, el «control social» no tiene por qué significar propiedad social,
propiedad colectiva, es decir la expropiación de esos «recursos» de propiedad capitalistas. La
sociología de los «managers», de la tecnocracia que «controla» los negocios pero que no es
propietaria de ellos a pesar de su poder, porque estos siguen perteneciendo a los grandes
burgueses individuales, cuadra perfectamente con el proyecto de EH Bildu y tranquiliza a la
pequeña y mediana burguesía que, en lo básico, no ve peligrar sus intereses aunque surjan
disputas matrimoniales sobre detalles particulares.

Y seis, la ambigüedad e indefinición que caracteriza a EH Bildu es extremadamente


inquietante a la luz de la aplastante experiencia histórica sobre la burocratización de las
organizaciones que fueron de izquierda. La «adaptación» al institucionalismo del poder
dominante, la conversión al pacifismo y el pragmatismo oportunista concluyen más temprano
que tarde en la burocratización. Si no existen dos contrapesos fundamentales, es prácticamente
imposible contener la burocratización. Los contrapesos son: una militancia crítica, muy formada
teórica y políticamente, que no se deje engañar con cantos de sirena; y un poderoso movimiento
obrero y popular exterior a la organización que vigile desde fuera la burocratización inherente
al pragmatismo pacifista e institucional. La deriva reformista del abertzalismo oficial hizo todo lo
posible por eliminar ambos contrapesos que en realidad son otras tantas expresiones del poder
popular.

5 Cinco

Como vemos, las seis críticas nos conducen al problema del poder en sus dos expresiones
antagónicas, el poder opresor y el precario contrapoder y doble poder puntual que crea la nación
trabajadora en su resistencia a la nación burguesa. Siempre que se avanza en alguna forma de
autoorganización obrera y popular, de mujeres trabajadoras, gaztes, etc., la cuestión del poder
recobra su papel central: una empresa recuperada, un gaztetxe, un local vecinal, un parque
público, una huelga bien organizada, movilizaciones sostenidas, acción reivindicativas dentro de
las instituciones, etc., en avances así siempre chocamos con el poder opresor porque topamos
con la propiedad privada, con el poder del capital, con su Estado, que nunca lo comparte en lo
decisivo con las clases oprimidas.

El pueblo catalán lo ha redescubierto a golpes, si es que no lo sabía o se le había


olvidado: el capitalismo español no está dispuesto a perder a Catalunya como propiedad suya,
a permitir que Catalunya sea propiedad colectiva de la nación trabajadora catalana. Tenemos
que ir bajando de las grandes reivindicaciones populares a las más pequeñas para ver cómo la
burguesía solo empieza a ceder en las reivindicaciones más anodinas, las que no le suponen
grandes pérdidas.

Aceptando la mentira burguesa de la supuesta división de poderes –legislativo, ejecutivo y


judicial–, EH Bildu dice en el apartado 6 sobre los derechos sociales:

2. Se propone la institucionalización de un cuarto poder social-ciudadano que

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permita vehiculizar propuestas de la ciudadanía, monitorizar el desempeño institucional y


evaluar las políticas públicas impulsadas por la Comunidad Estatal vasca.

9. Se arbitrarán vías para descentralizar el funcionamiento de las Juntas Generales


de los Territorios Históricos, e impulsar la participación ciudadana en el diseño de las
políticas públicas a través de las comarcas y los valles
valles.

11. El nuevo estatus político configurará a los municipios vascos como verdaderos
poderes territoriales vascos, con autonomía política y financiera, subsanando la omisión
actual en el Estatuto vigente.

12. El principio de autonomía local garantizará a las entidades locales su


participación en todas aquellas cuestiones que afecten directamente a los intereses
de los vecinos y vecinas
vecinas, más allá de su concepción como meros entes prestadores
de servicios públicos o el resultado de una simple descentralización administrativa. El
municipio ocupará un lugar propio en la estructura institucional derivada del modelo de
reparto interno del poder político vasco.

Formas de «democracia municipal» muy parecidas a esta tan difusamente presentada son
típicas del socialismo utópico antiguo y contemporáneo, y son perfectamente compatibles con
el poder capitalista por la sencilla razón de que se mueven fuera del problema crucial de la
propiedad, de la producción y del núcleo del poder estatal. Como vemos, la cuestión decisiva
que no es otra que el poder de clase del pueblo trabajador dotado de medios de autodefensa e
imposición, no aparece por lado alguno. Quitando el flatus vocis sobre el «cuarto poder social-
ciudadano» que podría ser aceptado como pócima milagrosa hasta por sectores fascistas, solo
se referencia a las «políticas públicas», a la vida vecinal y a los municipios como «verdaderos
poderes territoriales», nada más.

¿Cómo se relaciona la administración de los «bienes comunes» que hemos visto antes
con esto el «poder social-ciudadano» en municipios y vecindades? Para responder, antes
debemos fijarnos en que el texto solo habla de «políticas públicas», con lo que surgen dudas
irresolubles ¿Y las políticas impuestas por la Unión Europea y el capital financiero mundial?
¿Y las políticas impuestas por el Estado español? ¿Y las políticas impuestas por la burguesía,
o «políticas privadas»? ¿Y la OTAN? Pero estas dudas generales se concretan en otras
más próximas: ¿qué relación existe entre el municipio y el movimiento obrero, ecologista,
euskaltzale, feminista, etc., que por sí mismas desbordan el municipio, sobre todo si llegan
a sostener duros enfrentamientos con la burguesía? Más todavía ¿no existe la lucha política
entre corrientes progresistas y reaccionarias en los ayuntamientos, con sus relaciones con otras
fuerzas externas e internacionales…?

Si los municipios deben ser «verdaderos poderes territoriales» ¿qué fuerza coercitiva
tendrán para hacerse respetar como «verdaderos poderes»? ¿O serán «verdaderos poderes»
sin poder práctico, sin fuerza material, coercitiva, que atemorice lo suficiente al capital? ¿Qué
ocurrirá si unas «vecinas trabajadoras» se enfrenten al «vecino empresario» que tiene a su favor
el poder del capital y de su representante autonómico? El trozo de poder que toque al municipio
una vez repartida entre las instituciones la tarta negociada con España ¿podrá extender los
«bienes comunales» recortando la propiedad burguesa? ¿Podrá hacer de «propiedad
municipal» bienes privados para mejorar la calidad de vida del vecindario sin indemnizar a los
burgueses damnificados más allá de la cantidad para vivir según el nivel medio alcanzado por el
pueblo?

Ninguna de las preguntas que nos hagamos sobre qué relaciones tiene que haber entre
los múltiples componentes de la lucha de clases y las formas básicas de «autonomía local»

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Creando la izquierda abertzale (III de IV)

obtendrán respuesta porque en el documento de EH Bildu no existen ni las clases, ni la


propiedad, ni el poder armado de la burguesía… Fantaseando, imaginemos que tuviera alguna
parte de razón la tesis que dice que por pragmatismo oportunista electoral, EH Bildu debe evitar
toda referencia a las contradicciones sociales, es decir, a la realidad, y centrarse solo en un
mundo idílico y más incoloro que el rosa y el morado, y entonces surge la pregunta ¿no debieran
hacer esa tarea Sortu, LAB, Ernai…? ¿No debieran LAB y Ernai superar el perfil casi plano de
sus denuncias moralistas de la «injusticia social» para elaborar una Alternativa revolucionaria
que vaya más allá del «cambio social»? Hemos fantaseado… ni siquiera LAB piensa ya en lucha
de clases en su documento El cambio social de febrero de 2018 en que limita el «derecho a
decidir» solo a la CAV.

Concluimos aquí esta tercera entrega de la crítica del documento de EH Bildu De la


autonomía a la soberanía. En la cuarta y última expondremos algunas propuestas concretas
sobre la Alternativa a la luz de la crítica al pacifismo y a la rendición de ETA.

Petri Rekabarren

14 de junio de 2018

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