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LA DOCTRINA SOCIAL Y EVANGELIZACIÓN

La Doctrina Social de la Iglesia se enfrenta con muchos y complejos desafíos en esta


época hipermoderna. Por doquier se habla del “cambio de época” al que estamos
asistiendo y que algunos han analizado de manera por demás interesante y atractiva.
Pero no es sólo la Doctrina Social de la Iglesia la que está emplazada a dar lo mejor de sí,
también la Iglesia y, por tanto, el testimonio cristiano en el mundo. Pero siempre ha sido
así, en todas las etapas de la historia el cristianismo ha enfrentado situaciones de
adversidad. Sin embargo, no debemos desanimarnos, sino por el contrario, debemos
recordar la promesa del Maestro, de estar siempre presente hasta el fin de los tiempos.
Ya que no es el peor de los mundos el que nos tocó vivir, pero hay realidades ante las
cuales un cristiano no puede quedar indefenso.

Muchas de estas realidades han mostrado su caducidad, sus límites insalvables, y


desventajas. La humanidad vive tiempos inciertos, complejos e interesantes, pero también
llenos de oportunidades y demandantes de esperanza. Lo mismo que las instituciones de
portada global no han logrado dar respuesta a las preguntas más profundas del ser
humano. Esas cuestiones más fundamentales que hace ya casi 50 años señaló la
Gaudium et spes, “¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la
muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen
las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué
puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?”.

Todo cristiano, en lo personal y en lo comunitario, desde su individualidad o trabajando


conjuntamente debe poder dar razón de su esperanza a un mundo que no la tiene o que
fácilmente la pierde. Esperanza que ha de ser sostenida por la fe en Cristo, desde la
caridad, operante con obras concretas y teniendo como destinatario central y preferencia
a los pobres de este planeta, que no son pocos.

Es totalmente insuficiente y debemos buscar la manera de ser más eficaces, más


efectivos, más prácticos y concretos, más dinámicos, ya que el contenido de nuestra fe no
puede quedarse en una narrativa del pasado sin proyección, en un discurso quedado y
obsoleto que no ofrece respuestas a la Iglesia. Porque la Iglesia es solidaria tanto con
cada hombre como con cada mujer de cualquier lugar y tiempo, y les lleva la alegre
noticia del Reino de Dios, que con Jesucristo ha venido y viene en medio de ellos. La
Iglesia es entre los hombres la tienda del encuentro con Dios y el sacramento del amor
de Dios y la esperanza más grande, que activa y sostiene la liberación; de modo que el
hombre no está solo, perdido o temeroso en su esfuerzo por humanizar el mundo, sino
que encuentra apoyo en Cristo.

Los desafíos que hoy enfrentamos al momento de evangelizar en lo social pasan


necesariamente por la parte del desarrollo de la cultura, lo cual la Iglesia se dirige con su
doctrina social, con la experiencia que tiene de la humanidad puede comprenderlo en su
vocación y en sus aspiraciones, en sus límites y en sus dificultades.

Sin embargo la Iglesia anuncia y actualiza el Evangelio en la compleja red de relaciones


sociales ya que no se trata simplemente de alcanzar al hombre en la sociedad, sino de
fecundar y fermentar la sociedad misma con el Evangelio ya que en el hoy del hombre, es
palabra que significa que posee la eficacia de verdad y de gracia del Espíritu de Dios y le
descubre las exigencias de la justicia y de la paz.

Con su doctrina social la Iglesia se propone ayudar al hombre en el camino de la


salvación se trata de su fin primordial y único, no existen otras finalidades que intenten
arrogarse o invadir competencias ajenas, descuidando las propias, o perseguir objetivos
extraños a su misión. Ya que esta configura el derecho y el deber de la Iglesia a elaborar
una doctrina social propia y a renovar con ella la sociedad y sus estructuras, mediante las
responsabilidades y las tareas que esta doctrina suscita. La Iglesia tiene el derecho de ser
para el hombre maestra de la verdad de fe; no sólo de la verdad del dogma, sino también
de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del Evangelio, no es sólo
para escucharlo, sino también para ponerlo en práctica.

Por esto la doctrina social no es para la Iglesia un privilegio, una digresión, una ventaja o
una injerencia, es su derecho a evangelizar el ámbito social, es decir, a hacer resonar la
palabra liberadora del Evangelio en el complejo mundo de la producción, del trabajo, de la
empresa, de la finanza, del comercio, de la política, de la jurisprudencia, de la cultura, de
las comunicaciones sociales, en el que el hombre vive.