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ESTUDIO BIBLICO: PATERNIDAD, ESPIRITUALIDAD Y LEGADO

(1 SAMUEL 1, 2)
Ps. Eduardo Vásquez C.

INTRODUCCION:
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” dice
el proverbio. Qué difícil es encontrar padres que se hagan cargo de sus hijos en
estos tiempos posmodernos. Se delega la paternidad a la escuela, la iglesia, el
psicólogo, los abuelos, la televisión, las redes sociales… la cuestión es quitárselos
de encima, y mientras más tiempo, mejor. Son personas que tienen hijos, pero que
se niegan a dejar la adolescencia (aunque tengan varios años encima), no
asumen la responsabilidad ni forman hogar. Otro problema aún mayor lo tendrán
cuando esos niños desatendidos crezcan y les toque formar hogar. Con cada
generación tendremos personas más vacías afectiva y espiritualmente hablando,
sin salud mental y frustrados espirituales. Felizmente la Palabra de Dios nos
muestra el modelo divino de paternidad que todo creyente debe entender y
practicar.

1. DOS ESTILOS DE VIDA: GRACIA SERVICIAL VS. PECADO INDIGNO (1


Samuel 2. 11 – 18, 26)
El hijo de Ana y los hijos de Elí son dos contrastes de vida espiritual. Mientras
que Samuel servía al Señor y crecía en gracia para con Dios y las personas;
los hijos de Elí eran hombres indignos, que pecaban contra Dios despreciando
Su servicio. Hasta en tres ocasiones el testimonio bíblico deja en claro el
carácter de Samuel: “Y el niño Samuel se quedó sirviendo al SEÑOR…” (2.
11); “Samuel, siendo niño, ministraba delante del SEÑOR…” (2. 18); “Y el niño
Samuel crecía en estatura y en gracia para con el SEÑOR y para con los
hombres.” (2. 26).
Por otro lado, la Biblia dice de los hijos de Elí: “Pero los hijos de Elí eran
hombres indignos; no conocían al SEÑOR ni la costumbre de los sacerdotes
con el pueblo… El pecado de los jóvenes era muy grande delante del SEÑOR,
porque despreciaban la ofrenda del SEÑOR.” (2. 12-17).
En ambos casos eran hijos de creyentes, pero los caminos que tomaron fueron
muy distintos. Sin duda todo padre creyente está interesado porque sus hijos
se parezcan más a Samuel y se alejen lo más posible del ejemplo de los hijos
de Elí. Entonces, ¿qué hace la diferencia entre una cosa y la otra? La
respuesta está en la paternidad. Lo que Ana y Elí hicieron como padres fue
decisivo para el futuro de sus hijos. Sin restar importancia a la elección
personal de los hijos, la influencia que reciban de sus padres, sobre todo en las
edades más tempranas, inclinará la balanza en una dirección u otra.
2. DOS ESTILOS DE ESPIRITUALIDAD: DEVOCIÓN PENITENTE VS.
COMODIDAD ANGUSTIOSA (1 Samuel 1. 9-11; 4. 13)
Una primera gran diferencia encontrada entre Ana y Elí es el estilo de
espiritualidad que tenían. De Ana la Biblia dice: “Pero Ana… muy angustiada,
oraba al SEÑOR y lloraba amargamente. Entonces hizo voto y dijo: ‘Oh
SEÑOR de los ejércitos, si Te dignas mirar la aflicción de Tu sierva, Te
acuerdas de mí y no Te olvidas de Tu sierva, sino que das un hijo a Tu sierva,
yo lo dedicaré al SEÑOR por todos los días de su vida y nunca pasará navaja
sobre su cabeza’.” (1. 9-11).
Acá vemos varias cosas. Primero, Ana se humilla ante Dios y expone
abiertamente sus sentimientos a Su Creador. Reconoce su lugar y posición
ante el Dios Soberano. Al mismo tiempo sabe acudir a Dios en tiempos de
angustia, Él era su refugio.
Buscaba alinear su voluntad con la voluntad de Dios, y no al revés. No
buscaba torcerle el brazo a Dios con artimañas religiosas. Todo lo contrario,
buscaba ardiente y sinceramente la voluntad de Dios para luego sumarse a
ella. También se puede notar el sacrificio personal de Ana ante la voluntad de
Dios. El hijo no lo pidió para satisfacer sus egoístas deseos personales, sino
que estuvo dispuesta a desprenderse de él por el bien de la obra del templo.
Por otro, vemos a un Elí ansioso, pero sin buscar a Dios y sin estar ocupado en
lo que debería estar haciendo, es decir, su labor de sacerdote. Estaba sentado
junto al camino, cuando su lugar era junto al pueblo durante la batalla: “Cuando
llegó, Elí estaba sentado en su asiento junto al camino esperando
ansiosamente, porque su corazón temblaba por causa del arca de Dios…”
(4.13).
Al igual que Ana, Elí estaba pasando por problemas, estaba anciano, las
fuerzas lo habían dejado y ya no podía desempeñar su función de líder
espiritual. Por otro lado, sus hijos no eran precisamente su mejor soporte.
Pero, a diferencia de Ana, no vemos a Elí buscando a Dios ni humillándose en
oración. No pudo salir de su comodidad. Al parecer no estaba dispuesto a
desacomodarse y buscar a Dios, tal vez porque no estaba dispuesto a hacer
los sacrificios necesarios ni obedecer a la respuesta del Señor.

3. DOS ESTILOS DE PATERNIDAD: HACERSE CARGO AMOROSAMENTE


VS. UN DISCURSO DESVINCULADO (1 Samuel 1. 22; 2. 19, 22-25)
Otra gran diferencia entre Ana y Elí, además de cómo conducían su vida
espiritual, era como conducían su paternidad. De Ana la Biblia dice: “Pero Ana
no subió, pues dijo a su marido: ‘No subiré hasta que el niño sea destetado.
Entonces lo llevaré para que se presente delante del SEÑOR y se quede allí
para siempre’.” (1. 22); y, “Su madre le hacía una túnica pequeña cada año, y
se la traía cuando subía con su marido a ofrecer el sacrificio anual.” (2. 19).
Ana supo establecer sus prioridades como madre. Supo poner en segundo
lugar las cosas que debía postergar con la finalidad de atender las
necesidades físicas y emocionales de su hijo, y lo hizo desde la más temprana
infancia. El vínculo afectivo de los primeros tres años de vida es fundamental
para la formación de la estructura de personalidad del niño. De la satisfacción
de las necesidades afectivas y físicas en este periodo va a depender la
autoestima, carácter, confianza personal y seguridad de la persona en su vida
adulta. Ana supo atender estas necesidades desde el principio. Luego, cuando
tuvo que separarse de Samuel para cumplir con su voto a Dios, supo mantener
con su hijo un vínculo sano de cuidado y protección, pero respetando su
espacio personal y dejándolo crecer.
Por otro lado, se dice de Elí lo siguiente: “Elí era ya muy anciano; y oyó todo lo
que sus hijos estaban haciendo a todo Israel, y cómo se acostaban con las
mujeres que servían a la entrada de la tienda de reunión, y les preguntó: ‘¿Por
qué hacen estas cosas, las cosas malas de que oigo hablar a todo este
pueblo? No, hijos míos; porque no es bueno el informe que oigo circular por el
pueblo del SEÑOR. Si un hombre peca contra otro, Dios mediará por él; pero si
un hombre peca contra el SEÑOR, ¿quién intercederá por él?’ Pero ellos no
escucharon la voz de su padre…” (2. 22-25).
Es evidente que Elí reaccionó tarde al intentar corregir a sus hijos. Estos eran
ya adultos y estaban mal formados, ni siquiera escucharon las palabras de su
padre. No se nos dice por qué, pero es evidente que Elí no estableció los
vínculos de afecto y corrección en el momento indicado, es decir,
tempranamente. Tampoco supo establecer un canal efectivo de comunicación
con sus hijos. Los sermoneaba, pero no lograba conectar afectivamente con
ellos. Tenía buenas intenciones, pero la voluntad sola no es suficiente, también
se requiere pertinencia, diligencia, agilidad y pericia para enseñar.

CONCLUSION:
El legado espiritual que los padres creyentes pueden dejar a sus hijos es un
ejemplo de oración, búsqueda de Dios, aceptación humilde de la voluntad divina,
sacrificio personal, establecimiento de vínculos afectivos oportunos, canales de
comunicación efectivos y la capacidad de comunicar a sus hijos el amor que se les
tienen, aceptándolos incondicionalmente. Suena obvio pero no lo es, si los padres
se esforzaran por comunicar efectivamente a sus hijos el hecho de que son
amados y aceptados, harían una gran diferencia positiva en sus vidas. De esta
manera les ayudan a construir una personalidad sólida, un carácter equilibrado,
una confianza y seguridad personal y una autoestima saludable. Y lo más
importante, no les ponen obstáculos a su vida espiritual, permitiendo que lleguen a
conocer a Dios y le puedan aceptar y amar con un corazón y mente saludables.