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La educación

para el pensamiento cuidadoso(*)

Matthew Lipman

El lugar de las pasiones en el pensamiento

Cualquier colección de los grandes sonetos del mundo debería incluir –en ello los
críticos aparentemente estarían de acuerdo- la mayoría de los de Shakespeare. Y, si
alguien se pusiera a buscar las mejores ilustraciones del pensamiento multidimensional,
debería remitirse nuevamente a los llamados “Poetas Metafísicos”, especialmente a
Shakespeare y a John Donne, cuyas obras expresan un balance entre el pensamiento
crítico, creativo y cuidadoso. Shakespeare, por ejemplo, no vacila en comenzar un soneto
con un cuestionamiento crítico acerca de cómo debería empezar, con qué tipo de símil:
“¿Debería compararte acaso con un día de verano?”. Sus figuras retóricas son altamente
inventivas: cada soneto contiene metáforas tremendamente imaginativas; y, al mismo
tiempo, sus sentimientos hacia la persona a quien dirige el soneto usualmente son de un
intenso amor y admiración, y ello es lo que guía su selección de las palabras e imágenes.
De un modo semejante, las cartas de amor de Eloísa a Abelardo se elevan al nivel de la
gran literatura debido a que entremezclan el pensamiento crítico y creativo con la
delicada pasión que permea su escritura.
Es este asunto de la pasión lo que resulta más controvertido cuando se pretende
explicar el pensamiento como una combinación de pensamiento crítico, creativo y
cuidadoso. Tendemos a identificar el pensamiento crítico con el razonamiento y la

(*)
El siguiente texto corresponde al capítulo 12 del libro de Matthew Lipman Thinking in Education. Second
Edition, Cambridge (United Kingdom), Cambridge University Press, 2003, pp. 261-271. Cabe anotar que este
capítulo no existía en la primera edición del libro, publicada en los Estados Unidos en 1991, y del cual existe
una traducción española completa bajo el título Pensamiento complejo y educación, hecha por Ediciones de la
Torre, de Madrid, y publicada en 1997.

La traducción fue hecha por Diego Antonio Pineda R., Profesor Asociado de la Facultad de Filosofía de la
Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia) y es exclusivamente para uso de sus estudiantes. No se
debe reproducir, por ningún motivo, ni bajo ninguna forma, sin su autorización por escrito.

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2

argumentación, con la deducción y la inducción, con la forma, la estructura y la


composición. Fallamos a la hora de darnos cuenta cuán profundamente nuestras
emociones modelan y dirigen nuestros pensamientos, les proporcionan una estructura, un
sentido de la proporción, una perspectiva, o, mejor aún, una cantidad de perspectivas
diferentes. Sin emoción, el pensamiento sería plano y carente de interés. Ni siquiera la
imaginación dramática del artista nos conmovería. Cuidar es enfocarnos hacia lo que
respetamos, apreciar lo que vale, valorar su valor.
El pensamiento cuidadoso contiene un doble significado. Por un lado, pensar
cuidadosamente significa pensar de forma solícita acerca de aquello que es materia de
nuestro pensamiento. Por otro lado, pensar cuidadosamente implica estar comprometido
con la propia manera de pensar. De esta forma, por ejemplo, un hombre que escribe una
carta de amor la escribe amorosamente para la persona a quien se la dirige, mientras
que, al mismo tiempo, está ansioso por la carta misma.

El pensamiento cuidadoso como algo que está comprometido con asuntos de


importancia

Gilbert Ryle hizo casi todo lo posible por superar la falacia de suponer que
nuestro pensamiento es el efecto de una causa carente de pensamiento, algo así como si
nuestra risa ante un incidente ridículo pudiera analizarse de esta forma: primero habría
una observación del suceso totalmente carente de emoción, y sólo después vendría un
espasmo de sentimiento y la risa; en vez de que el incidente mismo fuera, desde el
comienzo, risible y nosotros sólo respondiéramos a él con la apreciación adecuada cuando
nos reímos. Sería mejor, nos dice Ryle, decir simplemente que uno encuentra chistoso el
incidente.
Tampoco la madre angustiada piensa desapasionadamente al principio una verdad clara
sobre la enfermedad de su hijo y después pasa a tener sentimiento de angustia y después
se restriega las manos; piensa con ansiedad, y está lo suficientemente angustiada como para
seguir pensando sobre su hijo, y no pensar en otras cosas, a no ser cosas que sean cosas
relacionadas e iluminadas por el peligro que él corre1.

Han pasado ya más de treinta años desde que este particular ensayo de Ryle fue
publicado por primera vez; sin embargo, seguimos todavía inclinados a cometer el mismo
error epistemológico que él ya había criticado de forma tan radical. Algunos dirían, por
ejemplo, “Es porque ella está preocupada por su hijo que cuida de él”; mientras que otros
replicarían: “No, es precisamente porque cuida de él que ella está preocupada por su
hijo”. Sin embargo, así como nos reímos ante el incidente porque éste es ridículo o

1
RYLE, Gilbert: “A Rational Animal”, in Dilemmas, p. 182.

NOTA DEL TRADUCTOR: Hay traducción española de este artículo de Ryle, bajo el título “Un animal
racional” en el libro de DEARDEN, R. F.; HIRST, P. H. y PETERS, R. S.: Educación y desarrollo de la razón.
Formación del sentido crítico, Madrid, Nancea, 1982, pp. 174-188). Utilizo la traducción que aparece en este
libro. El pasaje citado es de la página 179 de dicho libro.
3

risible, la madre cuida de su hijo porque éste le importa, y su cuidado constituye el juicio
de que le importa. Todavía continuamos hoy debatiendo acerca de cómo lo ético emerge
de lo no-ético, y sobre cómo lo estético surge de lo no-estético, ignorando por completo
la inferencia que se puede construir a partir del argumento de Ryle: que lo no-ético y lo
no-estético no son más que mitos que hunden sus raíces en ideas epistemológicas
totalmente anticuadas. Mucha gente se sigue preguntando, de forma que resulta
increíble, cómo la música con propiedades estéticas puede emerger de “meros sonidos” y
cómo las pinturas con propiedades estéticas pueden surgir de “simples trazos”, olvidando
por completo (si es que alguna vez lo supieron) que los “meros sonidos” y los “simples
trazos” ya están intensamente impregnados de cualidades estéticas. La creación no es
una extracción de lo estético de aquello que es completamente no-estético, sino la
transformación de un tipo de cualidad estética en otra. De un modo semejante, la
educación no es la extracción de un adulto razonable de un niño carente de
razonabilidad, sino, más bien, el desarrollo de los impulsos, ya presentes en los niños y
jóvenes, por ser razonables. La verdad, sin embargo, es que lo que a menudo pasa como
educación es el enfriamiento y disminución de los saludables impulsos filosóficos de los
niños y jóvenes, de un modo tal que los niños y jóvenes que tenían alguna inclinación
filosófica llegan a ser adultos totalmente carentes de inclinaciones filosóficas.
Lo anterior nos lleva de vuelta al argumento de Ryle: nos reímos ante un chiste
porque éste es gracioso, ante una escena porque ésta es cómica, ante un incidente
porque éste es ridículo, y así sucesivamente. De un modo semejante, cuidamos de las
cosas que nos importan, aunque en qué medida nos importen dichas cosas sea más bien
una cuestión de grado, pues es algo que depende de qué tanto nos interesamos por ellas.
Las piedras exóticas no son en sí mismas ni más ni menos preciosas que las piedras
comunes; lo que determina que una piedra sea más preciosa que otra es nuestra propia
apreciación, es decir, la cuidadosa discriminación que hacemos de su valor.
Fácilmente un tipo de apreciación se transforma en otro, como ocurre en Alicia a
través del espejo, que el bebé de la cocinera se convierte primero en un cerdito y luego,
de nuevo, en un bebé. X lee cuidadosamente y de principio a fin un texto escrito de Y;
sin embargo, X ha podido comenzar a hacer dicha lectura porque aprecia personalmente
a Y, seguirlo haciendo porque siente que, como editor responsable, debe hacerlo, y
terminar su lectura porque encuentra el texto escrito genuinamente atractivo y
agradable. Cada una de estas situaciones es una forma específica de cuidado que aporta
una razón fundamental para la lectura del texto escrito; sin embargo, se trata de tres
razones que, aunque fundamentales, son enteramente diferentes para un mismo acto.
Como un tipo específico de razón, cada una de estas formas específicas de cuidado
representa una respuesta a la pregunta “¿por qué X cree que vale la pena leer el texto
escrito de Y?”; y es, por tanto, una forma de pensamiento, aunque alguien pudiera
identificarlo a primera vista como un “mero sentimiento”.
4

Algunos tipos de pensamiento cuidadoso

Hasta aquí he estado enfatizando que el cuidado no es solamente una condición


causal del pensamiento –o que no necesita serlo, de todas maneras-, sino que, a cambio
de ello, puede ser un modo, o dimensión, o aspecto, del pensamiento mismo 2. De esta
forma, el cuidado es un tipo de pensamiento cuando efectúa operaciones cognitivas como
la búsqueda de alternativas, el descubrimiento o invención de relaciones, el
establecimiento de conexiones entre conexiones y la evaluación de diferencias. Y, sin
embargo, está en la naturaleza misma del cuidado eliminar distinciones y jerarquías
cuando éstas amenazan con volverse complicadas y cuando, por ello mismo, se revelan
inútiles. De esta forma, los padres que son cuidadosos, puesto que reconocen que “ser
humano” no es una cuestión de grado, tanto como “ser natural” no es una cuestión de
jerarquía, no pretenden asignar rangos determinados a sus hijos, y al mismo tiempo
reconocen que hay diferencias significativas de perspectiva y que ello es lo que hace que
las cosas tengan diferentes proporciones según se vean desde una perspectiva o desde
otra. De esta forma, quienes cuidan de algo luchan continuamente por lograr un balance
entre aquella paridad ontológica que ve a todos los seres en posición de igualdad y
aquellas posiciones perspectivistas que se fijan en las diferencias de proporción y en los
matices perceptivos que surgen de nuestras discriminaciones emocionales.
Sin embargo, y a pesar de lo anterior, siento que aún no estoy en una posición que
me permita ofrecer una definición del pensamiento cuidadoso, por lo menos en el mismo
sentido en que podía sostener que los criterios que ofrecí para el pensamiento crítico
podrían ser combinados en orden a formar una definición de ese aspecto de la cognición.
Lo que puedo ofrecer, en vez de eso, es un inventario de un cierto número de variedades
de pensamiento cuidadoso que, aunque siento que son específicas (pues no se superponen
las unas con las otras), no son exhaustivas. Son, sin embargo, rasgos prominentes de este
dominio, y, por tanto, haríamos bien en tomar nota de ellas.

Pensamiento apreciativo
Fue John Dewey quien nos enseñó que debemos distinguir entre apreciar y poner
precio, entre tener algo en estima y hacer una estimación, y entre valorar y evaluar3.

2
Lo que viene a continuación apareció originalmente como una parte del artículo “Caring as Thinking”, en
Inquiry: Critical Thinking across the Disciplines, Vol. 15, Nº 1 (Autumm 1995), pp. 1-13.

NOTA DEL TRADUCTOR: De este artículo existe una traducción española completa, realizada por la
argentina Vera Waksman y publicada como “Cuidar como forma de pensar” en el libro de Walter Kohan y
Vera Waksman (comps.): ¿Qué es filosofía para niños? Ideas y propuestas para pensar la educación, Buenos
Aires, Universidad de Buenos Aires, 1997, pp. 259-274.
3
Cfr. DEWEY, John: “Theory of Valuation”, in International Encyclopaedia of Unified Science, Chicago,
University of Chicago Press, 1939, p. 5. Dewey sugiere allí que apreciar significa considerar algo como
precioso o querido, mientras que “poner precio” significa asignar un valor a algo. Apreciar tiene una
referencia personal definida y “una cualidad de aspecto que podemos llamar emocional”. En el acto de “poner
precio”, por otra parte, es el aspecto intelectual el que prevalece.
5

Valorar es reconocer las cualidades de algo, apreciarlo, preocuparse por ello; evaluar es
calcular su posible valor. La diferencia entre apreciar y poner precio, así como en
cualquier otro par de términos similares, es una diferencia de grado: no hay apreciación
que no contenga al menos un germen de “poner un precio”, así como no hay ningún acto de
“poner un precio” que no contenga al menos un germen de apreciación.
En cualquier caso, cuando ponemos un precio, admiramos, estimamos y apreciamos
estamos comprometidos en la valoración de algo por las relaciones que mantiene con
otras cosas. Valorar un regalo es valorar la cosa que nos ha sido dada por los
sentimientos que ella expresa hacia nosotros de parte de quien nos dio el regalo. El
regalo es valioso porque establece conexiones entre nuestras actitudes, disposiciones y
emociones y las de quien nos otorgó el regalo, conexiones que difícilmente se podrían
establecer de otra forma.
De esta forma, apreciar una obra de arte es encontrar placer en observar las
relaciones que comprenden la obra, tanto las relaciones que cada una de las partes de la
obra mantiene con las demás partes como las relaciones que esas partes mantienen con
el todo. Apreciar las cualidades cinematográficas de una película es apreciar las
relaciones pictóricas que la cámara pone a disposición del espectador, así como las
relaciones que existen entre el trabajo que se hace con la cámara y la actuación, la
dirección, la música y otros aspectos de la película. Así también, que una cara nos
parezca interesante o bella implica admirar y disfrutar las relaciones entre sus diversos
rasgos, así como apreciar las relaciones existentes entre esos rasgos. Si se nos
presionara para ello, hasta podríamos referirnos a las relaciones que hay al interior de
esos rasgos, así como siempre podemos referirnos a esas relaciones internas como las
razones que tenemos para admirarnos de lo que experimentamos.
Apreciar algo, entonces, es prestar atención a lo que ocurre, a lo que nos
interesa, a lo que es de importancia. No importa mucho la aparente circularidad: aquello
que nos interesa es de importancia precisamente porque le prestamos atención. Esto, por
supuesto, es sólo parcialmente cierto. Las cosas de la naturaleza no son ni mejores ni
peores que las otras cosas, pero, cuando las comparamos y contrastamos desde
perspectivas particulares, ponemos atención en ellas y, por tanto, valoramos sus
semejanzas y diferencias. Tomados en sí mismos, un lago no es ni mejor ni peor que un
océano, y un cerro no es ni mejor ni peor que una montaña. Es solamente en contextos
particulares que los experimentamos relacionalmente y, por tanto, de forma valorativa.
Es en este sentido que los curadores cuidan de las obras de arte, que los médicos cuidan
de la salud y que los sacerdotes cuidan de las almas. Éstas son personas que cuidan de
otras personas en cuanto se preocupan de lo que a ellas les ocurre; y hacer esto no es un
despliegue “puramente emocional”, sino que tiene un genuino valor cognitivo4.

4
Harry Frankfort escribe a este respecto: “¿Cómo es posible, entonces, que algo sea genuinamente carente
de importancia? Ello es posible únicamente porque la diferencia que hace que una cosa sea tal cosa carece
ella misma de importancia. De esta forma, es evidente que resulta esencial incluir en el análisis del concepto
de importancia una condición según la cual nada es importante a menos que aquello que lo distingue de otras
cosas sea una distinción importante”. (Tomado de The Importance of What We Care About, New York,
Cambridge University Press, 1988, p. 82). Tengo mis reservas, sin embargo, ante la afirmación de Frankfort
6

Pensamiento afectivo
La sola idea de “pensamiento afectivo” es un concepto que rompe radicalmente,
como lo haría un rayo láser, con la dicotomía Razón vs. Emoción. En vez de suponer que
las emociones son tormentas psicológicas que entorpecen la clara luz de la razón, uno
puede concebir que las emociones sean en sí mismas ciertas formas de juicio o incluso,
más ampliamente, ciertas formas de pensamiento. Al respecto escribe Martha
Nussbaum:
La emoción es un tipo de pensamiento. Como cualquier otro tipo de pensamiento, pueden
resultar erróneas. Incluso Aristóteles y Rousseau insistirán en que uno puede tener
emociones equivocadas, como, por ejemplo, la excesiva preocupación por la propiedad o por
la propia reputación. […] Uno tendría que aceptar, además, que si la emoción no está
presente, tampoco está completamente presente el juicio […]. Esto significa que, en orden a
representar cierto tipo de verdades, uno debe también representar las emociones. Y
significa también que, para comunicar ciertas verdades al lector de lo que uno ha escrito,
tendría que escribir de tal forma que despierte las emociones del propio lector5.

Una vez más, el punto en el que estamos insistiendo es en que, al menos algunas
emociones, no son simplemente las consecuencias fisiológicas de los juicios humanos, sino
en que ellas mismas constituyen dichos juicios. Por ejemplo, la profunda indignación que
uno siente cuando lee acerca de alguna indignidad innombrable cometida contra alguien
extraño es ella misma un juicio acerca de lo bochornoso que resulta dicho evento. Los
esquemas que construimos para mejorar el pensamiento difícilmente pueden florecer
mientras sigamos creyendo que la única clase de pensamiento que merece el nombre de
racional es el pensamiento deductivo, o alguna otra forma austera de racionalidad. El
enfoque educativo que propende por una enseñanza para el pensar tiene que incluir el
pensamiento afectivo, no simplemente como una especie de deferencia, por alguna vaga
alianza que éste mantiene con el pluralismo democrático, sino porque el bajo énfasis que
se hace sobre otras variedades del pensamiento solamente conduce a la superficialidad
en el tratamiento de cada una de las variedades intelectuales que hemos reconocido.
Consideremos este ejemplo. Tú observas que alguien está abusando de un niño
inocente, y te sientes indignado. ¿Debemos calificar tal indignación como pensamiento?
Seguramente tu indignación implica una conciencia de que el abuso que se comete hacia
una persona inocente es algo impropio; y ello a su vez implica la conciencia adicional de
que la indignación que sientes está justificada. Es poco probable que la indignación se
produzca por un evento causal aislado; necesita una razón. Puede que la razón no sea
fuerte, o que no sea buena, pero en todo caso es una razón, no una causa; y dicha razón
es parte de la indignación misma.
Así pues, la indignación que uno siente es el desarrollo de la comprensión inicial
que tiene de que se está lastimando a alguien inocente, así como de la comprensión de

según la cual el cuidado tiene que ver con asuntos que le interesan a uno personalmente, en contraste con los
que le interesan de forma interpersonal y, por tanto, éticamente.
5
NUSSBAUM, Martha: “Emotions as Judgements of Value”, in Yale Journal of Criticism, Vol. 5, Nº 2, 1992,
pp. 209-210.
7

que tal conducta es inapropiada. Y lo que es inapropiado en un contexto dado es algo que
carece tanto de respaldo como de justificación. El abuso, entonces, se percibe como
inapropiado, mientras que la indignación se percibe como apropiada. Y este “ser
apropiado a” es un criterio cognitivo tan importante como, digamos, la coherencia o la
relevancia.
Éste es un asunto cuya importancia para la educación moral no puede
subestimarse. Con mucha frecuencia, nuestras acciones se siguen directamente de
nuestras emociones. Si uno odia, entonces se comporta de forma destructiva; si uno ama,
entonces se comporta amigablemente; y así con otras emociones. En consecuencia, si
podemos modular las emociones antisociales, es muy probable que podamos modular la
conducta antisocial.

Pensamiento activo
A partir de lo que acabamos de decir acerca del carácter cognitivo de las
emociones, difícilmente deberíamos sorprendernos si nos encontramos con la afirmación
de que también las acciones pueden ser descritas en algunas ocasiones como cognitivas.
Hay lenguajes de gestos y de otros movimientos corporales, como por ejemplo las
expresiones faciales; e incluso un acto que no tiene un significado estándar asignable
podría adquirir un significado específico cuando se ejecuta en un contexto apropiado.
Algunas discusiones sobre el cuidado fallan a la hora de darse cuenta de la
ambigüedad existente en el uso de los términos caring for o about (en el sentido de
tener un sentimiento de afecto hacia algo a alguien) y caring for (en el sentido de tomar
bajo cuidado o preocuparse por algo o alguien)6. Podríamos distinguir entre estos dos
sentidos de los términos clasificando el primero bajo la categoría de pensamiento
afectivo y el segundo bajo la categoría de pensamiento activo. Estoy usando el término
“activo” en este contexto para referirme a aquellas acciones que son al mismo tiempo
formas de pensamiento.
De esta forma, un tipo de pensamiento activo es el que podríamos llamar
curatorio, y que consiste en conservar aquello que uno estima. Así, por ejemplo, las
personas tratan de conservar la apariencia o la juventud; y para ello toman medidas que
les permitan salvar las cosas que valoran del paso del tiempo. Hay otras personas
también que tratan de preservar valores abstractos, como los lógicos que tratan de
preservar la verdad de las premisas en la conclusión de un argumento; y como los
traductores, que tratan de preservar el significado de una afirmación cuando la
traducen de un lenguaje a otro.
Hay otro tipo de pensamiento activo que se puede ilustrar por medio de
actividades profesionales como el deporte. Es así como un juego como el béisbol en
ciertos aspectos está meticulosamente guiado por reglas y en otros aspectos permanece

6
Una forma posible de expresar esto en español sería decir que el primero se refiere a “sentir cariño o
afecto por algo”, mientras que el segundo indica el acto de “preocuparse y tomar bajo cuidado algo” (Nota
del traductor).
8

abierto y está guiado por criterios. Algunas situaciones requieren una conducta
simplemente mecánica, como salir corriendo desde el plato una vez se ha golpeado la
pelota, mientras que otras situaciones requieren juicios creativos, como tratar de hacer
una triple matanza (triple play). Podemos llamar cognitivas a tales actividades porque,
como muchas otras conductas profesionales, se disparan por medio de juicios.
Lo anterior requiere que tengamos una nueva mirada de la noción de juicio, como
la que nos ofrece Justus Buchler. De acuerdo con Buchler, todo juicio expresa a la
persona que lo formula y constituye una evaluación del mundo de esa persona7. Lanza una
pelota de béisbol: el modo como la lances expresará lo que eres tú; aunque, por supuesto,
el modo como la lances también deberá tomar en cuenta determinadas consideraciones
acerca de la velocidad del viento, la destreza del receptor y la eficacia del bateador. En
todo acto se da la intervención de distintas circunstancias que nos ponen a prueba.
Así pues, hay un lenguaje de actos así como hay un lenguaje de palabras. Y, si
debemos encontrar los significados de las palabras en sus conexiones con las oraciones a
las que se incorporan, así también los significados de los actos se deberían encontrar en
sus relaciones con los proyectos y escenarios a que dichos actos se incorporan. Estos
significados se deberían encontrar también en las relaciones que tales actos tienen con
las consecuencias que se siguen de ellos, así como en sus relaciones contextuales.

Pensamiento normativo
Lo que diremos a continuación tiene que ver con el pensamiento tomado en
conjunto, que reúne tanto el pensamiento acerca de lo que es como el pensamiento
acerca de lo que debe ser. En alguna medida, esto es un asunto que compete al
crecimiento moral de los niños, tanto en las casas como en las escuelas. Insistimos en
que el niño considere, cada vez que desee algo, qué es lo que debe ser deseado; y en que,
a partir de ello, relacione siempre lo deseado con lo deseable. Lo deseable es en cada
caso el resultado de la reflexión sobre la práctica real, puesto que la indagación sobre lo
que se ha hecho debería ayudarnos a construir un esbozo o esquema de lo que debe ser
hecho, siempre y cuando la indagación esté suficientemente soportada y se haya
prolongado por el tiempo suficiente.
Esta conjunción de lo normativo con lo real intensifica el componente reflexivo
tanto de la acción como del propio cuidado. Una persona que es cuidadosa está siempre
interesada en las posibilidades ideales de su propia conducta cuidadosa, de tal manera
que la reflexión sobre los ideales llega a ser parte integral de la atención que uno presta
a aquello que está efectivamente sucediendo. Dado que el elemento normativo es siempre
cognitivo, su inseparabilidad de otros aspectos del cuidado agrega un nuevo ingrediente a
su reclamo de un estatus cognitivo.

7
Michael Lewis y Linda Michalson desarrollaron esta “teoría fugal” en Children’s Emotions and Moods, New
York, Plenum Press, 1983, pp. 87-93.
9

Aquellas personas que son capaces de reflexionar sobre quiénes son requieren
también ser capaces de tomar en cuenta tanto el tipo de personas que desean ser como
el tipo de personas que deberían desear ser. A aquellas personas que son capaces de
considerar el mundo tal como es se les debería ayudar a considerar el tipo de mundo en
que desearían vivir y el tipo de mundo en que deberían desear vivir. Una agenda como
éstas bien podría ocuparles una parte muy amplia de sus vidas, pero en todo caso ése
sería un tiempo muy bien empleado.

Pensamiento empático
El término “empatía” tiene una amplia gama de significados. Sin embargo, para mis
propósitos actuales, lo tomaré solamente en el sentido de lo que nos ocurre cuando nos
ponemos en la situación de otros y hacemos la experiencia de intentar sentir las
emociones de otras personas como si fueran las nuestras. De esta forma, la importancia
de este término es primordialmente ética. Es decir, una forma de cuidado es aquella en
la cual nos situamos por fuera de nuestros propios sentimientos, perspectivas y
horizontes y, a cambio de ello, nos imaginamos como si tuviéramos los sentimientos,
perspectivas y horizontes de otros. Como dice Mark Johnson, “No es necesario que nos
empeñemos en la idea de que la imaginación empática es un cierto tipo de actividad
privada, personal o completamente subjetiva. Más bien, es ella la actividad principal por
medio de la cual somos capaces de habitar en un mundo más o menos común: un mundo de
gestos, acciones, percepciones, experiencias, significados, símbolos y narrativas
compartidos”8. Dado el importante papel que juegan nuestros sentimientos en nuestra
propia comprensión de nuestra situación, no es difícil ver que la sustitución de éstos por
los sentimientos de otra persona nos haría capaces de comprender mucho mejor cómo
esa otra persona percibe su propia situación. En realidad lo que con frecuencia produce
una ruptura en la comprensión es que las partes comprometidas son capaces de apreciar
únicamente los factores lingüísticos o cognitivos involucrados en su interacción con los
otros, pero fallan a la hora de lograr aquel intercambio de emociones que haría de su
comprensión mutua una realidad.
Algunas veces, cuando se trata de la imaginación moral, ésta es vista como si no
fuera más que un divertido juego con situaciones ficticias. Por el contrario, estamos
ante una forma de proceder que hace posible que nos tomemos en serio la moralidad. Es
más bien cuando no nos ponemos en el lugar de la otra persona cuando simplemente
estamos jugando a ser éticos. Por supuesto, el acto empático no implica que tengamos
que aceptar el modo como la otra persona evalúa o valora la situación: nosotros todavía
tenemos un juicio que hacer. Pero ahora tenemos mejores razones, y el juicio que
podamos hacer será ahora más sólido.
He estado insistiendo en la necesidad de agregar el pensamiento cuidadoso al
pensamiento crítico y al creativo en toda consideración acerca de los principales

8
JOHNSON, Mark: Moral Imagination, Chicago, University of Chicago Press, 1993, p. 201.
10

aspectos que se deben tener en cuenta en orden a un mejoramiento del pensamiento en


la educación por dos razones fundamentales:
(1) La idea del cuidado tiene amplias credenciales como empresa cognitiva, aunque
con frecuencia consista en actos mentales difícilmente discernibles, como
proyectar, filtrar, ponderar, sopesar, etc., en vez de consistir en actos
claramente discernibles, como inferir y definir. Sin embargo, lo cognitivo no está
restringido exclusivamente a actos de gran visibilidad, del mismo modo que los
órganos vitales de nuestro cuerpo no podrían ser limitados a aquellos que
involucran dramáticas actividades de bombeo, como el corazón y los pulmones.
También el hígado y los riñones son órganos vitales, ya que las selecciones o
discriminaciones que efectúan son esenciales para nuestras vidas.
(2) Sin la noción de cuidado, el pensamiento quedaría desprovisto de un componente
de valores. Y si el pensamiento no tiene este componente de evaluación o
valoración, quedaría propenso a abordar sus asuntos de forma apática,
indiferente y descuidada, y ello implicaría que fuera poco confiable la indagación
misma. Con este intento por argumentar a favor del pensamiento cuidadoso no
pretendo de ninguna manera menospreciar el pensamiento crítico y el
pensamiento creativo, así como, si argumentara a favor del pensamiento aplicado,
ello no querría decir que despreciara el pensamiento teórico. Soy consciente, sin
embargo, de que el dualismo casi maniqueo racionalismo/irracionalismo es algo con
lo cual mucha gente está profundamente comprometida, de tal manera que una
reorientación de estas personas hacia un ideal de razonabilidad sería, en su caso,
algo más fácil de decir que de hacer.
Sospecho que sentimos emociones cuando hacemos elecciones y cuando tomamos
decisiones, y que esas elecciones y decisiones son los cauces dentro de los cuales se
conduce el juicio. En realidad, tan importante es el papel de la emoción en el pensamiento
que precede al juicio, y en el pensamiento que proviene y va más allá de él, que nos
resultaría difícil ponernos aquí a hablar acá de una y otra cosa. En efecto, estas cosas
bien podrían ser indistinguibles; podrían incluso ser bastante idénticas, en cuyo caso
tendría perfecto sentido decir que la emoción es la elección, es la decisión y es el juicio.
Y es precisamente a este tipo de pensamiento, cuando tiene que ver con asuntos que son
de importancia, a la que bien podemos llamar pensamiento cuidadoso.