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Discurso médico, cultura higiénica y la mujer en la

ciudad de México al cambio de siglo (XIX –XX)


Claudia Agostoni
U niversidad Nacional Autónoma de México

This article explores why alongside sanitar y legislation and public health
works, Mexican physicians of the late nineteenth centur y attempted to trans-
form the habits, customs and day to day activities of the population. It stresses
the importance that the teaching of the principles of private and public hy-
giene had for the future of the countr y, how this education was to be carried
out, and why some members of the medical profession believed that the hy-
gienic education of mothers/women was an unavoidable requirement for the
progress of the nation.

Este artículo analiza por qué durante las décadas Žnales del siglo diecinueve, el
gremio médico mexicano consideraba que era absolutamente indispensable que
los habitantes del país, y en particular las mujeres de la capital, contaran con
una cultura de la higiene. No sólo era fundamental sanear y ordenar a la ciudad
de México mediante obras de infraestructura sanitaria, y emitir leyes que regu-
laran la salubridad de la nación, sino que era igualmente importante, y quizás
más urgente, que los habitantes transformaran sus hábitos y costumbres de
acuerdo con lo establecido por la higiene pública y privada. Asimismo, el artículo
examina los métodos mediante los cuales se procuró crear una cultura de la
higiene, y por qué la madre de familia fue considerada como una aliada impres-
cindible para la empresa de los higienistas.

Los avances registrados en materia de salud, higiene y atención médica


durante las últimas décadas del siglo diecinueve y la primera del siglo
veinte fueron presentados como pruebas ineludibles de la modernidad,
el orden y el progreso alcanzados por el gobierno de PorŽrio Díaz y de
Manuel González (1876–1910). Además, los adelantos médicos y cientí-

Mexican Studies/ Estudios Mexicanos Vol. no. 18(1), Winter 2002, pages 1–22. ISSN 07429797 ©2002
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1
2 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

Žcos reaŽrmaban el orgullo nacional y los positivistas designaban al


período porŽriano como el estado positivo de la medicina. 1
Así, en periódicos, revistas, libros conmemorativos y publicaciones
oŽciales, o bien en las memorias de los congresos nacionales e interna-
cionales de medicina e higiene, el acento estaba puesto en los adelan-
tos cientíŽcos de los médicos mexicanos, en las novedades terapéuticas,
así como en la acción, tenacidad e interés gubernamentales para mejo-
rar la salud pública, la salubridad de la nación y en particular la de la ciu-
dad capital. 2
Lugar destacado ocupó la información sobre la construcción de las
obras del desagüe del valle y de la ciudad de México (1886–1900), y de
su complemento indispensable, el sistema de drenaje (1887–1905). Tanto
los profesionales de la medicina como diversos ministerios guberna-
mentales sostenían que a través de esas obras de infraestructura sanitaria
la ciudad de México se convertiría en un escaparate del orden, progreso,
limpieza y salubridad. 3
Durante las últimas décadas del siglo diecinueve la salud y su cui-
dado se convirtieron en indicadores del grado de civilización y moder-
nidad de una nación.4 En Europa y Estados Unidos, así como en América

1. Uno de los más importantes exponentes de la visión positivista de la historia de


la medicina mexicana fue Francisco de Asis Flores y Troncoso. Ver Historia de la Medi-
cina en México desde la época de los indios hasta la presente (México: OŽcina TipográŽca
de la Secretaría de Fomento, 1886–1888). Ver también PorŽrio Parra, “Discurso pronun-
ciado en la solemne inauguración del IV Congreso Médico Nacional Mexicano por su Presi-
dente, el Dr. PorŽrio Parra,” en Memoria General del IV Congreso Médico Nacional de
México efectuado en la ciudad de México del 10 al 25 de septiembre de 1910 (México:
Tipografía Económica, 1910), 32–44.
2. Ver Genaro García, Crónica oŽcial de las Žestas del Primer Centenario de la In-
dependencia de México (México: Talleres del Museo Nacional, 1911), y Consejo Superior
de Salubridad, La salubridad e higiene pública en los Estados U nidos Mexicanos.
Brevísima reseña de los progresos alcanzados desde 1810 hasta 1910 (México: Casa
Metodista de Publicaciones, 1910).
3. Sobre la construcción del desagüe, del drenaje y la salud pública durante el por-
Žriato ver Claudia Agostoni, “Monuments of Progress: Modernisation and Public Health in
Mexico City, 1876–1910” (Ph.D. diss., University of London, 1997) 216–83, y Claudia Agos-
toni, “Sanitation and Public Works in Late Nineteenth Century Mexico City,” Quipu.Revista
Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología 12, no 2, (1999): 187–201.
Los siguientes libros: Priscilla Connolly, El contratista de don PorŽrio.Obras públicas, deuda
y desarrollo desigual (México: Fondo de Cultura Económica, 1997) y Manuel Perló Cohen,
El paradigma porŽriano. Historia del desagüe del valle de México (México: Porrúa, 1999)
son lectura imprescindible para el tema del desagüe. Sin embargo, el acento de los mismos
no está puesto en la relación entre las obras de infraestructura sanitaria y la salud pública.
4. La importancia que adquirió la salud pública a nivel internacional durante el trans-
curso del siglo diecinueve y en particular durante sus últimas décadas ha sido estudiado
por numerosos autores, por ejemplo, George Rosen, A History of Public Health (Balti-
Agostoni: Discurso médico y la mujer 3

Latina5 , las medidas para prevenir la enfermedad cesaron de ser dis-


puestas de manera esporádica y solo en momentos en los que reinaba
una epidemia. Esto se debió al deseo de diferentes gobiernos en dis-
tintas partes del mundo de prevenir el ingreso y la propagación de en-
fermedades epidémicas, al anhelo de controlar el crecimiento desor-
denado de las ciudades, y a la necesidad de fomentar el comercio
internacional. 6 Aunado a lo anterior, el gran impulso que recibió la
higiene7 y el fomento de la salud pública se debió a los descubrimien-
tos bacteriológicos registrados a partir de la década de 1880, cuando
se estableció que los peligros invisibles para la salud se encontraban
por doquier (gérmenes, bacilos y bacterias).8 Por tanto, para que las
políticas de salud pública tuvieran éxito, la higiene fue considerada
como el arma principal para prevenir y combatir la enfermedad.9 Así,

more: The Johns Hopkins University Press, 1993), y Dorothy Porter, “Public Health” en
Companion Encyclopedia of the History of Medicine, vol. 2, ed. W.F. Bynum & Roy Porter
(London: Routledge, 1993): 1231–61.
5. Sobre Brasil véase Sidney Chalhoub, “The Politics of Disease Control:Yellow Fever
and Race in 19th Century Brazil,” Journal of Latin American Studies 25 (1993):441–64,
y Luis Antonio Castro Santos, “O pensamento sanitarista na Primeira Repúbica: una ideo-
logía da construçao da nacionalidade” Dados. Revista de Ciências Sociais 28 (1985):
193–210. Para Argentina ver Héctor Recalde, La higiene y el trabajo (1879–1930) (Buenos
Aires: Ceal, 1988), y Diego Armus, “Enfermedad, ambiente urbano e higiene social. Rosario
entre Žnes del siglo XIX y comienzos del XX”, en Diego Armus et. al., Sectores populares
y vida urbana (Buenos Aires: CLACSO, 1984): 37–66.
6. Para un análisis de las políticas de salud pública implementadas en diversos países
durante el transcurso del diecinueve véase Lourdes Márquez Morfín, La desigualdad ante
la muerte en la ciudad de México. El tifo y el cólera (1813 y 1833) (México: Siglo XXI,
1994); Ann La Berge, Mission and Method.The Early-Nineteenth Century French Public
Health Movement (Cambridge: Cambridge University Press, 1992); Marcos Cueto (editor)
Salud, cultura y sociedad en América Latina.Nuevas perspectivas históricas (Lima: Ins-
tituto de Estudios Peruanos/Organización Panamericana de la Salud, 1996); John Duffy,
The Sanitarians:A History of American Public Health (Urbana:University of Illinois Press,
1990); Martha Hildreth, Doctors, Bureaucrats and Public Health in France, 1888–1902
(New York: Garland, 1987), Richard Evans, Death in Hamburg: Society and Politics in
the Cholera Years 1830–1910 (New York: Oxford University Press, 1987), y R.A. Lewis,
Edwin Chadwick and the Public Health Movement, 1832–1854 (London: Longmans
Green 1952), entre otros.
7. El alcance y la transformación que se registró en el concepto de higiene durante
el siglo diecinueve ha sido el objeto de estudio de Georges Vigarello. Ver Lo limpio y lo
sucio.La higiene del cuerpo desde la Edad Media (Madrid: Alianza Editorial, 1985):240–87,
y del mismo autor Histoire des pratiques de sanité.Le sain et le malsain depuis le Moyen
Âge (Paris: Éditions de Seuil, 1999)
8. Bruno Latour, The Pasteurization of France (Cambridge: Cambridge University
Press, 1988); Rosen, A History of Public Health, 270–319.
9. Nancy Tomes, “The Private Side of Public Health: Sanitar y Science, Domestic Hy-
giene and the Germ Theory, 1870–1900,” Bulletin of the History of Medicine, no. 64 (1990):
509–39.
4 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

la difusión de hábitos y costumbres higiénicas se convirtió en un req-


uisito indispensable para que los individuos se transformaran en per-
sonas sanas, trabajadoras y aptas para el progreso nacional.
A pesar de que los logros en materia de salud y saneamiento eran
presentados como pruebas del orden y del progreso de los gobiernos
de PorŽrio Díaz (1876–1880, 1884–1911) y de Manuel González (1880–
1884), el gremio médico lamentaba que en México no existiera una cul-
tura de la higiene. Es decir, los médicos deploraban que no existiera una
correspondencia entre la legislación sanitaria y las obras públicas con
los hábitos y costumbres de los mexicanos. En este artículo analizaré las
opiniones y algunas de las actividades que los médicos desempeñaron
para hacer que los habitantes de la ciudad de México hicieran suyos los
preceptos de la higiene.
En el primer apartado del trabajo mostraré que, si bien para 1891 el
país poseía un preciso Código Sanitario mediante el cual se procuró trans-
formar a la ciudad de México y a los territorios de Baja California y Tepic
en verdaderos escaparates de la modernidad sanitaria, los profesionales
de la medicina expresaban una y otra vez que las disposiciones legisla-
tivas y las acciones gubernamentales eran ineŽcaces frente a la falta de
una educación moral, intelectual e higiénica de los mexicanos.
Los médicos sostenían que, para fomentar una verdadera cultura
de la higiene, era menester enseñar los principios y preceptos de la
higiene a la población. Por tanto, en la segunda sección de este artículo
analizaré los medios a los que los médicos recurrieron para procurar
transformar los hábitos y costumbres de los mexicanos. Asimismo,
mostraré que los profesionales de la medicina reconocían que para esta
empresa requerían contar con el apoyo de diversos grupos sociales, y
en particular con la participación de la madre de familia. Se pensaba
que la madre de familia era una educadora por naturaleza y que era pre-
cisamente ella quien podría ayudar a transformar las formas de vida de
los mexicanos higiénica o positivamente. Por tanto, en el último
apartado, analizaré por qué los médicos opinaban que la madre de fa-
milia era una aliada natural de médicos e higienistas, así como la man-
era en la cual la educación higiénica de la mujer se convirtió en una de
las principales preocupaciones del gremio médico durante el cambio
de siglo.

Del Código Sanitario a la práctica de la higiene:


los obstáculos
Las actividades de los médicos congregados en la ciudad de México eran
numerosas. Si bien ejercían su profesión en hospitales y consultorios
Agostoni: Discurso médico y la mujer 5

privados,10 su labor abarcaba mucho más que la observación, la ausculta-


ción, el diagnóstico, el pronóstico y Žnalmente el tratamiento de la enfer-
medad. Se ocupaban también de levantar estadísticas médicas, de esta-
blecer laboratorios y de fomentar la vacunación obligatoria. Por otra
parte, editaron y publicaron en revistas y periódicos, artículos o notas
breves en donde reseñaban los adelantos más signiŽcativos de las cien-
cias médicas de la época. Así, los profesionales de la medicina se convir-
tieron en importantes artíŽces de la modernidad porŽriana al tiempo que
la salud pública, la higiene y la atención médica eran presentados como
símbolos de civilización y cultura.11
Una prueba de esta modernidad y cultura fue constituida por la
emisión del primer Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos
en 1891. No obstante, es importante señalar que la idea de reglamentar
todo lo relacionado con la salubridad y la higiene data para el período
nacional de 1833, cuando el Real Tribunal del Protomedicato fue reem-
plazado por la Facultad Médica del Distrito Federal. A esta Facultad
Médica se le atribuyó la responsabilidad de redactar a la brevedad posi-
ble un código de leyes sanitarias.12 Sin embargo, la coyuntura política
del momento era desfavorable; reinaba en la república mexicana no sólo
un clima de sublevación política, sino también un estado de emergen-
cia sanitaria debido a las epidemias de cólera, tifo y paludismo en diversos
puntos del territorio nacional. Así, no fue sino hasta 1876, durante el
primer Congreso Médico celebrado en la capital, cuando se volvió a su-
brayar la imperiosa necesidad de contar con legislación clara y especí-
Žca en materia de salubridad y salud pública. 13

10. Los hospitales de la ciudad de México estaban divididos en dos grupos, los que
dependían de la Dirección General de la BeneŽcencia Pública y las instituciones estable-
cidas por particulares. De los primeros se encontraban los siguientes: Hospital de Hom-
bres Dementes, Hospital de Epilépticos, Hospital de Mujeres Dementes, Consultorio Cen-
tral, Hospital Juárez, Hospital Morelos, Hospital de Maternidad e Infancia, Hospital General
de San Andrés, Hospital González Echeverría, Hospital Homeopático, y a partir de 1905,
el Hospital General. De los hospitales pertenecientes a particulares se encontraban el Hos-
pital Béistegui, Hospital de Jesús, Hospital Francés, Hospital Americano, Hospital Español,
entre otros.
11. Consejo Superior de Salubridad, La salubridad e higiene pública, p. lxxxii.
12. El origen del Código Sanitario fue reseñado por José Alvarez Amézquita en el li-
bro Historia de la salubridad y de la asistencia en México (México: Secretaría de Salu-
bridad y Asistencia, 1960): 227–50. También ver Eduardo Liceaga, Mis recuerdos de otros
tiempos (México: Talleres GráŽcos de la Nación, 1949).
13. Sobre la convocatoria y deliberaciones del Primer Congreso Médico ver “Con-
greso Médico. Dictamen de la comisión de higiene pública,” Gaceta Médica de México
11, núm. 22 (15 de noviembre de 1876): 430–36, y “Congreso Médico” Gaceta Médica
de México 13, núm. 14 (11 de mayo de 1878): 307–8.
6 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

Doce años más tarde, en 1889, el Dr. Eduardo Liceaga (presidente


del Consejo Superior de Salubridad de 1885 a 1913) sometió a conside-
ración del Ministro de Gobernación, Manuel Romero Rubio, el proyecto
sanitario para el país. En el preámbulo del proyecto, Liceaga subrayó la
importancia que representaba para el país contar con leyes precisas y
especíŽcas para terminar con la insalubridad y para prevenir la propa-
gación de enfermedades epidémicas. Además, añadía que para la redac-
ción de los 353 artículos de la legislación sanitaria, el gremio médico se
había basado en
los principios cientíŽcos mejor aceptados; ha comparado los Códigos de di-
versas naciones: ha tomado de ellos lo que le ha parecido más susceptible de
aplicación a nuestras leyes y costumbres; ha procurado investigar las causas de
insalubridad de nuestra atmósfera, de nuestro suelo, de nuestras habitaciones,
etc., para proponer los medios de contrariarlas . . . la obra imperfecta que
ahora se presenta, al pasar al estudio de los distinguidos juriconsultores que
van a proponer la parte penal y a darle forma de ley, y al sufrir la inteligente
revisión de la Secretaría de Gobernación, alcanzará el grado de perfección a
que pueden aspirar las obras humanas. 14

El Congreso de la Unión aprobó el Código Sanitario en 1891,15 y a par-


tir de ese documento normativo y descriptivo los médicos procuraron
transformar a la ciudad de México, y a los territorios de Tepic y Baja Cali-
fornia en pruebas tangibles de la modernidad sanitaria.
El Código Sanitario estaba dividido en cuatro libros en los cuales se
detallaba cómo debía estar organizada la administración sanitaria local
y federal. En él, se establecían los lineamientos que debían regir la sanidad
marítima, los de poblaciones fronterizas y lazaretos, y se hacía hincapié
en la importancia de contar con estadísticas médicas.16 Además, se deta-
llaban los principios higiénicos que debían seguirse al construir casas,
ediŽcios y escuelas; la manera en la cual debían ser inspeccionados mer-
cados, rastros, fábricas y otros sitios de aglomeración de personas, así
como las condiciones sanitarias que debían reinar en farmacias y boti-

14. Eduardo Liceaga citado en Alvarez Amézquita, Historia de la salubridad, 332–3.


15. Sobre la historia del Código Sanitario y las modiŽcaciones que sufrió durante el
porŽriato ver Alvarez Amézquita, Historia de la salubridad, 333–97; Secretaría de
Gobernación, Código Sanitario de los Estados U nidos Mexicanos (México: Herrero Hnos.
editores, 1901) y Secretaría de Gobernación, Código Sanitario de los Estados U nidos Mexi-
canos (México: Talleres J. de Elizalde, 1903).
16. Sobre la importancia que adquirió la estadística para las políticas y los programas
de salud pública ver Ann La Berge, Mission and Method. The Early-Nineteenth-Century
French Public Health Movement (Cambridge: Cambridge University Press, 1992), 49–81.
Para el caso mexicano ver Laura Cházaro García, “Medir y valorar los cuerpos de una nación:
un ensayo sobre la estadística médica del siglo XIX mexicano” (Tesis doctoral, Universi-
dad Nacional Autónoma de México, 2000).
Agostoni: Discurso médico y la mujer 7

cas, entre muchos otros temas. Los delitos o faltas contra la salud pública
estaban claramente establecidos en el Código Sanitario, señalándose que
estaban referidos en el Código Penal.
Si bien el Código Sanitario era un Žel reejo del interés guberna-
mental en mejorar la salud pública, los médicos subrayaban que la pre-
cisión de la disposiciones sanitarias e higiénicas en él contenidas no era
suŽciente para garantizar el pleno desarrollo del país o el futuro de la
capital. La causa era que no existía una cultura de la higiene.
El que los mexicanos no contaran con hábitos y costumbres higié-
nicas fue el tema que llevó a que en 1882 se celebrará el Congreso Hi-
giénico Pedagógico en la capital de la república. Durante la conferencia
de apertura, el Dr. Ildefonso Velasco subrayó la necesidad impostergable
de promover una educación completa, es decir, una educación que in-
cluyera los principios y preceptos de la ciencia la higiene:
La educación exclusivamente intelectual, sin atender al mejor desarrollo cor-
poral por medio de la higiene, forma hombres instruidos, es verdad, pero
debilitados, achacosos, enfermos. No basta poseer los conocimientos culti-
vados en los planteles de instrucción para satisfacer las exigencias de la vida
social. Es preciso también gozar de buena salud sin la cual la vida es una des-
gracia y el trabajo, medio de bienestar, una carga.17

La preocupación ante la ausencia de una educación higiénica fue sub-


rayada por los médicos año tras año, y en 1903 el Dr. Luis Lara y Pardo
sostenía que el aumento demográŽco, el bajo poder adquisitivo, así como
las condiciones laborales de los trabajadores y de las trabajadoras mexi-
canas, eran tan sólo algunos de los factores que explicaban la ausencia
de una cultura de la higiene. No obstante, recalcaba: “sin educación, es
imposible esperar de un pueblo prácticas de higiene.”18
El gremio médico asumió la tarea de promover que los mexicanos
adoptaran e hicieran suyos los principios de la higiene pública y pri-
vada.19 Con ello los médicos perseguían no sólo transformar hábitos y

17. Dr. Ildefonso Velasco, “Discurso pronunciado por el presidente del Consejo Su-
perior de Salubridad en la instalación del Congreso Higiénico Pedagógico,” en Memorias
del Primer Congreso Higiénico Pedagógico reunido en la ciudad de México el año de
1882 (México: Imprenta del Gobierno en Palacio, 1883): 10.
18. Dr. Luis Lara y Pardo, “La puericultura en México,” Gaceta Médica de México
13, núm. 19 (1 de octubre de 1903): 275, y “La puericultura en México. Salario. El Trabajo
de la mujer—poder adquisitivo del dinero,” Gaceta Médica de México 2 (núm. 18, 15 de
septiembre de 1903): 259.
19. Sobre los deberes, las normas de conducta y la deontología médica de la época
ver Claudia Agostoni, “El arte de curar. Deberes y prácticas médicas porŽrianas,” en Mo-
dernidad, tradición y alteridad. La ciudad de México en el cambio de siglo (XIX–XX),
ed. Claudia Agostoni y Elisa Speckman (México: Instituto de Investigaciones Históricas—
UNAM, 2001), 97–111.
8 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

costumbres cotidianas, sino también constituirse como los intermedi-


arios entre la ciencia y la experiencia privada. Por tanto, asumieron la
tarea de dictar, proponer y promover numerosas medidas prácticas de
fácil seguimiento para conservar la salud y prevenir la enfermedad.
Otro serio obstáculo para el progreso nacional era la diŽcultad que
encerraba la propia disciplina de la higiene. El médico Luis E. Ruiz opi-
naba que para ser médico e higienista era necesario poseer numerosos
conocimientos teóricos y estudios clínicos, pero también considera-
ciones de orden moral. Es decir, para llegar a ser un galeno respetable
era menester poseer profundos conocimientos de medicina teórica y
práctica, pero también acciones y prácticas de vida morales. Sólo con-
jugando lo intelectual con lo moral sería posible, por una parte, enseñar
los preceptos de la higiene, y por la otra, lograr que la población los
pusiera en práctica.20 Por tanto, para crear una cultura de la higiene, los
médicos así como todos los habitantes del país, requerían contar con
una sólida educación intelectual y moral. Estas ideas eran compartidas
por PorŽrio Parra, quien opinaba que la ausencia de una cultura moral
e intelectual eran los más serios obstáculos para la higiene:
Los preceptos higiénicos no pueden ser cumplidos sino por personas de
cierta cultura intelectual y moral, sólo pueden ser puestos en práctica por
individuos capaces de forjarse un ideal, y de proponerse una norma de con-
ducta para la vida; el cumplimiento de un precepto es siempre doloroso y
supone una prohibición, y para cumplirlo voluntariamente se requiere, haber
adquirido aquella disciplina de carácter que nos hace renunciar a un placer
transitorio e inmediato, para conquistar con este sacriŽcio un bien de más
estima.21

PorŽrio Parra, al igual que Lara y Pardo, sostenía que amplios sec-
tores de la población capitalina (a quien él llamó los “desheredados de
la fortuna”) vivían en la pobreza y que por consiguiente carecían de los
medios para tener a su alcance los recursos materiales para adoptar una
forma de vida higiénica. No obstante, Parra añadía que numerosas per-
sonas sí tenían dinero pero no los “recursos intelectuales y morales que
se necesitan para vivir conforme a la higiene.”22 Por tanto, no era de ex-
trañar que entre las clases acomodadas numerosos individuos
ya por propensión hereditaria, ya por hábitos profundamente arraigados,
desdeñan toda cultura intelectual, todo placer elevado y noble y su naturaleza

20. Luis E. Ruiz, “Higiene,” Gaceta Médica de México 3 (núm. 15, 1 de agosto de
1903): 219.
21. PorŽrio Parra, “Pecados mortales contra la higiene,” Revista Positiva 12 (núm.
12, 1 de diciembre de 1901): 500.
22. Parra, “Pecados mortales,” 500.
Agostoni: Discurso médico y la mujer 9

mezquina no alcanza a forjar otro ideal que el del cerdo, revolcándose en todos
los fangos de la disolución, y se le ve derrochar fortunas cuantiosas en la satis-
facción de inmundos apetitos.23

Parra aclaraba que entre los “desheredados de la fortuna” y aquel-


los que contaban con los medios económicos para adoptar los princip-
ios de la higiene, existía un sector intermedio de la población que rep-
resentaba un peligro aun mayor para la higiene. Se refería en concreto
a las personas que “ostentan el engañoso ropaje de una cultura incom-
pleta o a medias, y que están destinadas a hacer trizas, tanto al código
higiénico como al código moral.” 24 Este médico establecía una relación
causal entre moralidad e higiene. Señalaba que “los falsos apóstoles de
la higiene” o los “semi-cultos” eran los verdaderos enemigos de la
higiene, y que estaban conformados por dos tipos o grupos de individ-
uos: los escépticos y los soŽstas. De los primeros señalaba que se refería
a personas que
haciendo alarde del buen gusto y de superioridad de espíritu y de cuerpo,
se burlan . . . de los preceptos de la higiene, sosteniendo que fueron hechos
para los seres débiles, para los sietemesinos y enclenques, pero que las natu-
ralezas privilegiadas, en cuyo número ellos Žguran . . . pueden eludirlos per-
fectamente, multiplicando así los veneros del escaso raudal de las venturas
humanas. 25

De los segundos, es decir de los soŽstas, opinaba que eran aque-


llos de
lenguaje ático y de espíritu sagaz . . .Estos dirían . . .que el ideal que la higiene
persigue es mezquino, comparado con las múltiples e insaciables aspiraciones
de la vida humana, que más vale vivir intensa y plenamente durante algunos
años, que disfrutar durante un siglo la vida casi vegetativa de un patriarca: que
es más poético consumir como la mariposa las alas satinadas en el fuego abra-
sador de una sensación intensa, que extender como la encina los nudosos y
retorcidos ramos, azotados por la lluvia y conmovidos por el huracán.26

Tanto los escépticos como los soŽstas eran para Parra los verdaderos
enemigos de la razón. Se oponían al progreso del ser humano y repre-
sentaban el más temible enemigo de la higiene. Además, con sus actitudes
y desdén desprestigiaban “a la más hermosa de las ciencias médicas.” 27
Para el gremio médico, la gran distancia entre la acción guberna-
mental y la individual en materia de higiene era una de las manifesta-

23. Parra, “Pecados mortales,” 501.


24. Ibid.
25. Ibid.
26. Ibid., 501–2.
27. Ibid., 502.
10 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

ciones de la ausencia de una cultura moral, intelectual e higiénica. La


negligencia del público para observar las prevenciones de higiene y para
denunciar las infracciones llevó a los médicos residentes en la capital y
al Consejo Superior de Salubridad a destacar que los esfuerzos de las au-
toridades y del propio gremio médico carecían de eŽcacia frente a los
hábitos y costumbres de los capitalinos. Como se puede apreciar, los obs-
táculos para crear una cultura de la higiene eran numerosos y diversos,
pero el gremio médico coincidía al aŽrmar que la educación higiénica
era una urgente necesidad.

Por una cultura de la higiene: la educación


La necesidad de inculcar una educación higiénica a todos los habitantes
del país fue un asunto tratado en numerosos libros, compendios, impre-
sos sueltos, periódicos y en almanaques. Además, en las revistas espe-
cializadas en medicina y farmacia que aparecieron durante el transcurso
del siglo diecinueve—y en particular durante sus últimos años28 —la in-
quietud frente a la ausencia de hábitos y prácticas higiénicas se expresaba
una y otra vez. Así, en la Gaceta Médica de México, en La Medicina
CientíŽca, o bien en la Crónica Médica Mexicana, es posible constatar
que los médicos asumieron la tarea de dirigir la educación higiénica de
los habitantes del territorio nacional, labor que además buscaban com-
partir con maestros de instrucción primaria, sacerdotes, y en particular
con madres de familia. 29

28. Algunas de las publicaciones especializadas en medicina que aparecieron durante


el porŽriato fueron las siguientes: El Anunciador Médico, “Periódico dedicado a la pro-
fesión de medicina”(apareció el 6 de agosto de 1878); Boletín del Instituto Patológico
(apareció el 10 de septiembre de 1901, mensual); Crónica Médica Mexicana, “Revista de
medicina, cirugía y terapéutica,” Organo de los hospitales de la república, (apareció el 1
de julio de 1897, quincenal);La Escuela de Medicina “Periódico cientíŽco dedicado a las
ciencias médicas” (apareció el 1 de julio de 1897, quincenal); El Estudio “Semanario de
Ciencias Médicas,” Organo del Instituto Médico Nacional (apareció el 6 de enero de 1890,
semanal); La Farmacia, Periódico de la Sociedad Farmacéutica Mexicana, destinado a di-
fundir los conocimientos cientíŽcos del ramo y sostener los derechos del profesorado
(apareció el 15 de febrero de 1890, bimensual); La Homeopatía, “Periódico mensual de
propaganda. Organo de la Sociedad Hahnemann,” (apareció el 5 de septiembre de 1893,
mensual), Independencia Médica. Semanario destinado especialmente a defender los in-
tereses cientíŽcos, morales y profesionales del cuerpo médico mexicano (apareció el 1 de
mayo de 1880, semanal); La Medicina CientíŽca (apareció el 1 de junio de 1893, men-
sual), y la Revista Médica, “Periódico quincenal”. Organo de la Sociedad de Medicina In-
terna, entre otros más.
29. Cabe recordar que durante el porŽriato, el proporcionar una educación básica
a todos los ciudadanos constituyó uno de los mayores anhelos del Estado. La educación
era vista como el medio a través del cual se alcanzaría la democracia, la unidad nacional
Agostoni: Discurso médico y la mujer 11

Los profesionales de la medicina recurrieron a tres ámbitos especí-


Žcos en su búsqueda por inculcar entre la población capitalina los prin-
cipios de la higiene. Por una parte, se abocaron a la tarea de publicar los
principios de la higiene en libros, periódicos y revistas.30 Esta difusión
de los preceptos higiénicos estaba destinada a un público que sabía leer,
y del cual se esperaba que contaría con la disposición e interés para adop-
tar y hacer suyas las recomendaciones presentadas. Si bien la ciudad de
México albergaba al mayor número de personas que sabían leer y es-
cribir, 31 para el propósito del presente trabajo tal vez convendría con-
siderar o entender al lector no cómo un público lector concreto, sino
como un público o lector ideal. Es decir, las recomendaciones higiénicas
estaban dirigidas a lectores que eran fruto de la representación construida
en el imaginario del autor, o bien, a lectores o lectoras instruidos,
pertenecientes a la clase media y alta de la sociedad de la época, y que
además contaban con el tiempo y con los recursos para poner en prác-
tica las reglas de higiene pública y privada. Este acercamiento es más fruc-
tífero debido a las limitaciones metodológicas que suponen el tipo de
fuentes con las que trabajamos, dado que éstas nos dicen muy poco ac-
erca del lector concreto que tuvo efectivamente el texto en sus manos.32

y el progreso moral y material. Ver Mílada Bazant, Historia de la educación durante el


porŽriato (México: El Colegio de México, 1993), 19.
30. Los manuales o libros de higiene se multiplicaron a un ritmo impresionante en
diversos países a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve. Por ejemplo, en Francia
los Hygiène des familles o las Hygiènes populaire daban a conocer preceptos, sugeren-
cias y consejos sobre cómo preservar la salud. Ver Vigarello, Lo limpio y lo sucio, 243. En
México, al igual que en Francia y otras naciones, los libros de higiene que circularon tanto
en la capital como en los estados fueron numerosos. Ver por ejemplo: Antonio Casillas,
Cartilla de higiene militar (México: Talleres del Departamento de Estado Mayor, 1905);
Donaciano González, Breve estudio sobre higiene de los templos (México, Tipografía de
la Secretaría de Fomento, 1902); Alberto D. Landa, Tratado elemental de gimnástica
higiénica y pedagógica (México: Gallegos, 1894); Gonzalo Méndez Lucke, La ciudad de
México a los ojos de la higiene (México: Imprenta de Miguel y Llanez Blanco, 1903); Pe-
dro Felipe Monlau y Roca, Higiene del matrimonio;o el libro de los casados (París: Garnier
Hnos, 1885); Luis E. Ruiz, Cartilla de higiene. ProŽlaxis de las enfermedades transmi-
sibles para la enseñanza primaria (París: Viuda de Charles Bouret, 1903), y Luis E. Ruiz,
Tratado elemental de higiene (México: OŽcina TipográŽca de la Secretaría de Fomento,
1904). Máximo Silva, Higiene popular. Colección de conocimientos y de consejos indis-
pensables para evitar las enfermedades y prolongar la vida, arreglado para uso de las
familias (México: Departamento de Talleres GráŽcos, 1917), 15.
31. En 1900 la ciudad de México contaba con 541,516 habitantes. De éstos, 43.86
por ciento de los hombres y 33.69 por ciento de las mujeres sabían leer y escribir. Para
1910, la población de la ciudad se ubicaba en 720,753 habitantes, y 54.88 por ciento de
los hombres y 46.01 por ciento de las mujeres podían leer y escribir. Ver Estadísticas So-
ciales del PorŽriato 1877–1910 (México: Secretaría de Economía, 1956), 7, 123.
32. Los problemas que enfrenta tener acceso a evidencia tangible sobre la relación
entre obra escrita y público lector ha sido analizado por Wolfang Iser en “El acto de la lec-
12 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

Ahora bien, los médicos también se ocuparon de dictar conferen-


cias públicas, gratuitas y populares en las que daban a conocer reglas y
prácticas preventivas. En éstas, los galenos recurrían a un discurso in-
formativo y educativo para que los preceptos higiénicos llegaran a to-
dos los habitantes de la capital. Por otra parte, la educación higiénica
fue una tarea desempeñada por los médicos inspectores del Consejo Su-
perior de Salubridad. 33 Éstos tenían la obligación de realizar detalladas
topografías médicas de la capital, 34 a saber, identiŽcar todo aquello que
consideraran nocivo para la salud, como por ejemplo, suciedad, aglome-
ración de basura o de personas. Así, a través de esos tres dispositivos se
procuró realizar la difusión de hábitos higiénicos capaces de impulsar
una reforma de las costumbres cotidianas de los mexicanos.
En la opinión del médico militar Manuel S. Iglesias la educación
higiénica era una tarea que “incumbe a todos los maestros, sean laicos
o religiosos, particulares o al servicio de los municipios, y también al go-
bierno, declarando obligatoria esta enseñanza.” 35 Por tanto, proponía
publicar “periódicamente reglas y consejos de higiene, en la forma de
cuentos y anécdotas que impresionen la mente de las masas populares.”
Al referirse a la prensa, aludía no sólo a los diarios políticos, de literatura,
o de información “que llegan a todos los hogares,” sino también a “las
hojas volantes que contengan los propios consejos, acompañadas de
viñetas e ilustraciones, que llamen la atención de aquellos a cuyas
manos lleguen, y se repartirán con profusión en las Žestas y reuniones
populares.”36 Iglesias abogaba por la transformación de las prácticas
públicas y privadas de los habitantes de la ciudad, señalaba que corres-
pondía a los médicos trazar y delimitar lo que era y lo que no era per-
misible para la salud pública, y a los medios de comunicación difundir
los conocimientos cientíŽcos conducentes a prevenir la enfermedad. Por
tanto era necesario:
mancomunar esfuerzos para que se presten mutua y eŽcaz ayuda: las asocia-
ciones médicas y los médicos en particular, para que formulen dichos con-
sejos y preceptos higiénicos; los editores y propietarios de periódicos, para

tura; consideraciones previas sobre una teoría del efecto estético”, en ed. Rall Dietrich,
En busca del texto;teoría de la recepción literaria (México: UNAM, 1987), 121–43.
33. Agostoni, “Monuments of Progress,” 130–51.
34. Sobre las actividades del Consejo Superior de Salubridad, y en particular sobre
las topografías médicas realizadas por los inspectores sanitarios de cuartel, ver Agostoni,
“Monuments of Progress,”130–51.
35. Manuel S. Iglesias, “Medidas que deben adoptarse para disminuir el número de
fallecimientos en los cinco primeros años de vida,” Gaceta Médica de México 3 (núm. 22,
15 de noviembre de 1903): 335.
36. Iglesias, “Medidas que deben adoptarse . . .”, 335.
Agostoni: Discurso médico y la mujer 13

que les den cabida en sus publicaciones, sea gratuitamente, sea a precios
reducidos . . .37

Como ya se mencionó, la educación higiénica requería del apoyo de con-


ferencias públicas, gratuitas y populares, o bien como señalaba Iglesias:
“deben fomentarse las conferencias públicas y repetidas periódicamente
sobre el mismo tema, dadas por los sacerdotes de todas las religiones,
en las diversas manifestaciones de sus respectivos cultos; por los profe-
sores y maestros, y por todas aquellas personas que se interesan por el
bienestar común.” 38
La pertinencia en torno a la necesidad de organizar este tipo de con-
ferencias era, en la opinión del Dr. Eduardo Liceaga, una obligación
moral del gremio médico. Por tanto, instaba a los miembros de la Aca-
demia Nacional de Medicina a que dieran cumplimient o a la misma.
Liceaga sostenía que dichas conferencias eran necesarias para “vul-
garizar” las medidas preventivas para evitar la propagación de enfer-
medades como la tuberculosis.39 Por otra parte, el médico José Terrés
opinaba que dictar conferencias a diversos grupos sociales era absolu-
tamente indispensable
puesto que se necesita que todos los individuos de la colectividad social,
tanto los sanos como los enfermos, conozcan los recursos que se deben ape-
lar para evitar la enfermedad . . . y se acostumbrarán a ponerlos en práctica,
por íntima convicción al principio y por hábito inconsciente después.40

Uno de los principales objetivos de esas conferencias era promover


hábitos de limpieza. Por tanto, asear pisos, casas, cuerpos, manos; edu-
car a las “señoras o a los criados” respecto a como realizar la limpieza
doméstica; evitar consumir alimentos con las manos “que por desgracia
es entre nosotros bastante frecuente,” eran parte de la solución en la
opinión de Terrés. Incluso la costumbre de “besar en la boca” era vista
por este médico como un peligro potencial.41
Un tema recurrente del discurso médico era la importancia que
revestía la limpieza. Para Luis E. Ruiz la limpieza era el fundamento de

37. Ibid., 337.


38. Ibid.
39. Liceaga, Mis recuerdos, 233.
40. José Terrés, Medios adecuados para evitar el desarrollo de la tuberculosis
(Nuevo León: Tipografía del Gobierno del Estado, 1907): 3–4.
41. Ibid., 14–5. En Argentina, como ha sido analizado por Diego Armus, durante los
años Žnales del siglo XIX el énfasis en la limpieza condujo a una proliferación de textos y
conferencias sobre las virtudes de la higiene. Ver Diego Armus, “La tuberculosis en el dis-
curso”, 111–33.
14 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

la higiene, y aclaraba lo siguiente: la limpieza personal era deber del in-


dividuo, la del hogar correspondía a la familia, y la de la ciudad era res-
ponsabilidad de las autoridades municipales. 42 Este énfasis en la limpieza
como sinónimo de salud también fue mencionado por Liceaga, quien
sostenía que “todas las medidas para evitar caer preso de alguna enfer-
medad pueden reducirse a una sola palabra: limpieza.” 43 Higiene y
limpieza se usaban como términos intercambiables y se convirtieron en
temáticas de constante reexión.44 Ahora bien, es importante subrayar
que la palabra y el concepto de limpieza era uido, vago, y por lo tanto
difícil de precisar. Bien podía referirse a la limpieza social, moral, racial,
o bien a la limpieza corporal.
Sin embargo, la falta de aseo público y privado entre los habitantes
de la capital no era el único factor que contribuía a boicotear los esfuerzos
en pro de la salud pública. Existían otros elementos, entre ellos, la resis-
tencia de acudir a los establecimientos de vacunación contra la viruela
a causa de “una aversión infundada y de prejuicios,” 45 el alcoholismo
generalizado, así como la transmisión hereditaria de enfermedades tales
como la síŽlis. Por otra parte, el desconocimiento o negligencia de los
cuidados que los padres—y sobre todo los que la madre—debían tener
con sus hijos, contribuían a que la población capitalina fuera cada vez
más débil y propensa de contraer numerosas enfermedades. Dado lo an-
terior, y debido también a que la educación era considerada como la base
a partir de la cual se lograría crear una verdadera cultura de la higiene,
los médicos reconocieron que necesitaban contar con el apoyo de di-
versos sectores sociales en esta empresa. En particular, consideraban que
el apoyo que podrían recibir de la madre de familia instruida en los prin-
cipios de la higiene era esencial.46
Una de las ideas principales que se tenían de las obligaciones de la
mujer en la sociedad mexicana durante las décadas Žnales del siglo
diecinueve, establecía que las mujeres debían ocuparse fundamental-

42. Luis E. Ruiz, Tratado elemental de higiene (México: OŽcina TipográŽca de la


Secretaría de Fomento, 1904), 166.
43. Archivo Histórico de la Ciudad de México (AHCM). Consejo Superior del Gobier-
no del Distrito. Salubridad e higiene, volumen 645, expediente 21.
44. Vigarello, Lo limpio y lo sucio.
45. Iglesias, “Medidas que deben adoptarse,” 334.
46. Sobre el papel de la mujer como aliada de los higienistas ver Martha Hildreth,
“Doctors and Families in France, 1880–1930: The Cultural Reconstruction of Medicine,”
en French Medical Culture in the Nineteenth Century, ed. Ann La Berge and Mordechai
Feingold (Amsterdam: Editions Rodopy—Clio Médica,1994), 189–209, y Suellen M. Hoy
“Municipal Housekeeping”: The Role of Women in Improving Urban Sanitation Practices,
1880–1917,” in Pollution and Reform in American Cities, 1870–1930, ed.Martin V. Melossi
(Austin: University of Texas Press, 1980), 173–98.
Agostoni: Discurso médico y la mujer 15

mente de actividades acordes con su condición natural, lo cual impli-


caba ser buenas hijas, esposas y madres. Es decir, el papel social de la
mujer estaba determinado por una representación de su cuerpo y de su
capacidad reproductiva.47
Durante el transcurso de los siglos dieciocho y diecinueve, las cien-
cias médicas y la biología trazaron una serie de distinciones entre hom-
bres y mujeres, siendo la más trascendental aquella que asociaba a la mu-
jer con la naturaleza y al hombre con la cultura.48 La idea que establecía
que las mujeres se encontraban más cerca de la naturaleza se explicaba
y justiŽcaba apelando a su capacidad reproductiva. Así, los médicos su-
brayaban que las mujeres estaban dominadas por los ciclos biológicos
de la menstruación, la gestación y la menopausia, así como por la emo-
ción, la credulidad y la superstición.49 Por tanto, las mujeres eran con-
sideradas como reproductoras de la especie, y los hombres como re-
productores de la cultura, “el varón hace, la mujer es. Él es productivo,
puede cambiar las cosas; ella es improductiva, más conservadora que
creadora.” 50
El gremio médico sostenía que el trabajo de la mujer debía ser
un trabajo adecuado a sus circunstancias, o digamos a la misión importan-
tísima que le conŽó la naturaleza: es y debe ser madre, no entendiéndose
como tal la que pare y amamanta su vástago, o lo abandona a manos
mercenarias, sino la que dirige, vigila y desarrolla las facultades físicas
e intelectuales del hijo que dio a luz.51

Es decir, correspondía a la mujer la misión de la maternidad, pero de la


maternidad responsable. Esto implicaba educar, cuidar y hacer de sus hi-

47. Verena Radkau, “Hacia la construcción de los ‘eterno femenino.’ El discurso cien-
tíŽco del PorŽriato al servicio de una sociedad disciplinaria,” Papeles de la Casa Chata
6, núm. 8 (1991): 23–34.
48. Sobre la dicotomía conceptual cultura/naturaleza ver Ludmilla Jordanova, Sexual
Visions. Images of Gender in Science and Medicine between the Eighteenth and Twen-
tieth Centuries (Wisconsin: The University of Wisconsin Press, 1989), 19–42; Sherry B.
Ortner, “Is Female to Male as Nature is to Culture?,” en Feminism, the Public and the Pri-
vate, ed. Joan B. Landes (Oxford: Oxford University Press, 1998), 21–44.
49. Jordanova, Sexual Visions, 29 y 20–2. Ver también Mary Poovey, “Scenes of an
Indelicate Character: The Medical ‘Treatment of Victorian Women,” en The Making of the
Modern Body. Sexuality and Society in the Nineteenth Century, ed. Catherine Gallagher
y Thomas Laquer (Berkeley—Los Angeles: University of California Press, 1987), 137–68.
50. Verena Radkau, “Imágenes de la mujer en la sociedad porŽrista. Viejos mitos en
ropaje nuevo,” Revista Encuentro 4, núm. 3 (1987): 16.
51. Jesús Guzmán, “Inuencia que la mujer mexicana tiene y puede tener en la for-
mación del carácter de sus hijos, e inujo que las enseñanzas maternales tienen en el carác-
ter y desarrollo de las fuerzas colectivas de la nación,” Memorias de la Sociedad Cientí-
Žca Antonio Alzate. Revista CientíŽca y BibliográŽca 32, núm. 3–4, (1911–1912), 335,
cursivas en el original.
16 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

jos verdaderos ciudadanos. Así, la supuesta función natural por excelen-


cia de la mujer, a saber, la maternidad, era representada apelando a una
exaltación romántica de dicha condición, e implicando que sólo siendo
bien guiada y supervisada podría dar los frutos que conducirían al en-
grandecimiento nacional. La educación higiénica de la mujer, así como
las enseñanzas que la madre otorgaría a sus hijos, eran para los médicos
e higienistas elementos de suma importancia para el futuro de la nación.

La higiene y la madre de familia


Un libro que da cuenta de la importancia que adquirió la educación
higiénica y del apoyo que se esperaba obtener de la mujer para esta em-
presa, es el intitulado Higiene Popular. Colección de conocimientos y
de consejos indispensables para evitar las enfermedades y prolongar
la vida, arreglado para uso de las familias. Su autor, el doctor Máxi-
mo Silva, miembro del Cuerpo Médico Militar, escribió la obra durante
el porŽriato, y si bien fue publicado en 1917, es sin duda uno de los mas
importantes libros sobre higiene del México de Žn de siglo.52
La Žnalidad del libro de Silva consistía en “popularizar los cono-
cimientos más indispensables de la higiene . . .difundir sencillas nociones
y reglas de innegable utilidad práctica para la generalidad del publico.” 53
Es decir, buscaba divulgar con un lenguaje sencillo, accesible y libre de
tecnicismos cientíŽcos los conocimientos y consejos indispensables para
que todos los integrantes de la sociedad supieran qué hacer para con-
servar la salud, prevenir la enfermedad, y así tener una vida sana, vigo-
rosa y de utilidad para el estado. De ahí que Silva aŽrmara: “La educación
higiénica del pueblo. He ahí la suprema salud pública.” 54
El autor retomaba las preocupaciones clásicas de la higiene—es de-
cir, las consideraciones en torno al clima, los alimentos y las bebidas, las
emanaciones y evacuaciones corporales, la actividad sexual, el ejercicio
y el reposo, así como los ciclos de sueño y de vigilia—pero dándoles una
dimensión moderna, o lo que es lo mismo, otorgándole un lugar prin-
cipal no al individuo aislado sino a la colectividad.55

52. Máximo Silva señala en la “Advertencia” a Higiene popular lo siguiente: “Las nu-
merosas diŽcultades que ha sido indispensable vencer para llevar a cabo la impresión del
presente libro, han hecho que esta labor se prolongue durante varios años. Téngase esto
muy en cuenta para no tachar de inoportunos o de inexactos algunos de los comentarios,
informes, datos, etc., etc., que en él aparecen.”
53. Ibid., 15.
54. Ibid., 467.
55. Sobre la distinción entre higiene individual y colectiva ver Andrew Wear, “The
History of Personal Hygiene,” Companion Encyclopedia of the History of Medicine, ed.
Roy Porter y William Bynum, (London: Routledge, 1993) vol. 2, 1283–1308.
Agostoni: Discurso médico y la mujer 17

El énfasis en la colectividad se puede percibir en la distinción de los


diferentes campos o áreas de la higiene propuestos por el autor. Para
Silva la higiene estaba constituida por cuatro ámbitos. Uno de ellos era
el referente a la higiene privada, que se ocupaba de establecer todas las
reglas o normas mediante las cuales se lograría preservar la salud de una
persona aislada. La higiene pública se ocupaba de reglamentar la salu-
bridad de las colectividades, lo cual era fundamental para “una buena
administración de los intereses del pueblo.” La higiene general se ocu-
paba de la salud del hombre “como si se tratara de toda la especie, cua-
lesquiera que sean las condiciones en que aquél se encuentre.” Final-
mente, la higiene especial se ocupaba de grupos especíŽcos, es decir,
de personas “formando agrupaciones”, como en el caso de niños, mu-
jeres o militares.56 Es decir, tres de los cuatro ámbitos de la higiene de-
limitados por el autor se ocupaban de grupos sociales especíŽcos.
Silva estaba convencido de que su obra sería de utilidad para “todas
aquellas personas . . . en cuyas manos depende el bienestar físico de las
colectividades.” 57 Y debido a que su obra estaba dirigida a un público
amplio, diverso y proveniente de diferentes estratos sociales, aclaraba
que el lenguaje empleado en ningún momento causaría alarma o afec-
taría el pudor de los lectores. Además, añadía que los preceptos y prin-
cipios de la higiene presentados estaban basados en las enseñanzas de
las ciencias médicas, pero también en consideraciones ŽlosóŽcas, socio-
lógicas, morales e históricas.
Pero a pesar de que el libro iba dirigido a diversos sectores sociales,
Silva señalaba que la mujer podía llegar a desempeñar un papel de suma
importancia en la tarea de crear una cultura de la higiene. Ahora bien,
al referirse a la mujer tenía en mente a la madre de familia:
Vosotras madres de familia, tenéis que ser, para vuestros hijos, ese sabio con-
ductor, ese benéŽco consejero. Vosotras sois las llamadas, sois las elegidas
para dar buena dirección a esos tiernos arbolitos, que surgen, se levantan, o-
recen y fructiŽcan a vuestra sombra bienhechora. ¡Nadie tiene más ni mejor
derecho; nadie tiene tampoco, más estricto deber de procurar a toda costa su
bienestar físico y moral! 58

La mujer, en la opinión de este médico, era la promotora natural de


los principios y preceptos de higiene. Pero no sólo eso. También conside-
raba que a través de las enseñanzas de la higiene la mujer lograría cumplir
con sus “deberes maternales” al interior de la familia. 59 Es importante

56. Silva, Higiene popular, 10.


57. Ibid., 15.
58. Ibid., 12.
59. Ibid., 14.
18 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

destacar que la familia se convirtió en uno de los principales motivos de


preocupación y en uno de los ámbitos privilegiados de la práctica médica
durante las décadas Žnales del siglo diecinueve. El motivo de la familia,
y en particular su salud y reproducción, permeó todos los ámbitos del
discurso médico, fuese en palabras escritas para el público en general o
para el propio gremio.60
Máximo Silva opinaba que “el matrimonio es a la vez higiénico, moral
y social, recibiendo no sólo la sanción de la ley civil, sino que las religio-
nes lo elevan a la categoría de sacramento.” 61 Por tanto, añadía
El matrimonio . . . contribuye poderosamente al incremento material, político
y social de las naciones, y en este sentido cae bajo la inmediata férula de la
higiene pública, que estudia, dentro de los elevados Žnes que persigue, las
condiciones Žsiológicas, orgánicas, de los cónyuges para que se cumplan
mejor los destinos ya indicados.” 62

En el interior de la familia, la mujer tenía un lugar principal debido a la


concepción en torno al papel que la cónyuge debía desempeñar en la
sociedad:
La naturaleza, al ordenar a la humanidad que perpetuase su especie sobre la
tierra, conŽó a la mujer una parte importantísima en el cumplimiento de está
sublime misión. Mientras que el hombre, en efecto, está designado tan sólo
para comunicar el germen de la vida, la organización de la mujer la destina a
llevar consigo este mismo germen, hasta su completo desarrollo. Su misión se
extiende más lejos aún, toda vez que al venir al mundo, el hijo encuentra en el
pecho maternal el alimento necesario para su conservación y crecimiento.63

Los consejos dedicados a la madre de familia eran numerosos, tanto


los referentes a los cuidados que debía tener con sus hijos como con-
sigo misma. Silva prestó gran atención a las medidas higiénicas se de-
bían observar durante el embarazo pues, según él, toda mujer en esa
condición es un “ser doblemente débil.” 64 Así, señalaba que durante la
gestación era importante el descanso; respirar aire puro; vestir ropa hol-
gada y por ningún motivo esconder la preñez, es decir no usar corsé, fa-
jas o vendas para aplanar el vientre, debido a que “la preñez honra a la
madre de familia.” 65 Además, consideraba absolutamente indispensable

60. Sobre la importancia que adquirió la familia para legitimar y otorgar mayor au-
toridad a la práctica médica durante las décadas Žnales del siglo diecinueve en Francia ver
Hildreth, “Doctors and Families in France,” 189–209.
61. Silva, Higiene popular, 25.
62. Ibid., 14.
63. Ibid., 12.
64. Ibid., 32.
65. Ibid., 32–3.
Agostoni: Discurso médico y la mujer 19

que la futura madre evitara emociones fuertes por lo que aconsejaba lo


siguiente:
huir de todo lo que pueda estimular perjudicialmente sus pasiones. La lectura
de novelas, el teatro y los espectáculos todos capaces de excitar exagerada-
mente la sensibilidad; el cólera, el miedo, la alegría, la tristeza, sobre todo, en
sus manifestaciones intensas, deben abandonarse para más tarde.66

Silva también se ocupó de establecer los preceptos y principios higiéni-


cos que debían ser adoptados durante el trabajo de parto, señalando que
era absolutamente indispensable que el aire de la recamara en donde es-
tuviera la parturienta fuera renovado constantemente, que se prohibieran
las fumigaciones de “alhucema y otra plantas aromáticas usadas tan gene-
ralmente por cierta clase social,” 67 que reinara el más absoluto silencio,
y sobre todo que se evitará recurrir a las “matronas ignorantes . . . que
con sus insensatos procederes ponen en peligro vuestra vida y la de vues-
tros hijos.” 68
La madre de familia debía tener cuidados muy especiales con el re-
cién nacido. Después del nacimiento, el bebé debía ser bañado en agua
tibia y no fría, teniendo especial cuidado en el lavado de sus ojos. Por
ningún motivo debía sacarse al bebé de la casa, ni siquiera para bautizarlo:
“La Higiene aconseja que la ceremonia . . . tenga lugar a domicilio.” 69 So-
bre la disposición legal de registrar al recién nacido, Silva señalaba que la
higiene no estaba de acuerdo con la “obligación de presentar a los niños
al Registro Civil durante los primeros días que siguen al de su nacimiento,
por ser causa de enfermedades y aun de muerte por enfriamiento . . .” 70
Para este médico la educación higiénica de la familia y en particu-
lar la de la mujer, era esencial para garantizar el futuro de la nación. Así,
al mismo tiempo que la mujer se convirtía en la destinataria de cuan-
tiosas recomendaciones higiénicas que debía seguir cotidianamente, se
le transformo en uno de los objetos de estudio más privilegiados de médi-
cos e higienistas.
Por ejemplo, en el escrito Ligeros apuntes sobre la higiene de las

66. Ibid., 35.


67. Ibid., 44.
68. Ibid., 49. Sobre las prácticas médicas en torno al trabajo de parto, y la subordi-
nación de las parteras ver Claudia Agostoni, “Médicos y parteras en la ciudad de México
durante el porŽriato” (México, 1999, artículo inédito).
69. Silva, Higiene popular, 56.
70. Ibid., 57. El autor además subrayó la importancia de la lactancia materna, los requi-
sitos que debían satisfacer las nodrizas en caso de ser necesario recurrir a ellas, la cuna,
sueño y aseo de los niños, la importancia de la vacuna antivariólica, la educación paterna
(disciplina, cultura física, voluntad Žrme y constante), y dedicó varias páginas a la inu-
encia de la higiene en la formación del carácter, entre muchos otros temas.
20 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

edades de la pubertad y de la menopausia, el médico José Ladrón de


Guevara establecía la importancia de enseñar a la mujer los preceptos
de la higiene en general y sobre todo las normas de higiene referentes
al ciclo reproductivo. Añadía que estos conocimientos eran sumamente
relevantes dado que serían transmitidos de madre a hija.71
Las madres tienen la obligación imprescindible . . . de ser siempre y sobre
todo en esta época de la vida, las sabias y afectuosas mentoras que ayuden
a sus hijas a penetrar los arcanos de su naturaleza, para no obligarlas a seguir
la senda del disimulo en cuestiones que están tan íntimamente relacionadas
con su castidad. 72

Ladrón de Guevara opinaba que la madre debía estar enterada de la apari-


ción de la primera regla de su hija, de la duración de la misma, así como
de cualquier alteración en el carácter de la joven. Esta información era
requerida por el médico, quien en caso de ser necesario, contaría con
todos los elementos para formar en cuadro clínico y actuar de manera
apropiada. 73 Ladrón de Guevara además sostenía que era indispensable
instaurar la obligatoriedad de un estudio médico antes del matrimonio
para así emitir un certiŽcado en el que constara que la mujer “tenía la
aptitud maternal para contraerlo.” 74 Es decir, el estudio médico deter-
minaría si la ausencia de menstruación implicaba o no esterilidad. En
caso de ser estéril, añadía este médico, “sería necesario prohibirle abso-
lutamente el matrimonio.” 75
Por otra parte, Ladrón de Guevara señalaba que existía una gran dife-
rencia entre las mujeres de las clases acomodadas de las grandes ciudades
y las mujeres pobres del ámbito rural. Las primeras llegaban primero a
la pubertad, en ocasiones muy tempranamente a causa de “las exigen-
cias de la vida siempre agitada que se lleva (en la ciudad),” y debido a
que en los centros urbanos “el organismo se gasta sin cesar por el con-
tinuo movimiento físico y moral que le someten las costumbres socia-
les.”76 Por tanto, y de acuerdo con lo que la higiene dictaba, Ladrón de
Guevara señalaba que la mujer citadina debía evitar todo tipo de im-
presiones morales, entre éstas las causadas por la música debían ser vigi-
ladas con mucho cuidado por la madre para evitar la sobreexcitación
que podría llevar a la joven a la histeria.77

71. José Ladrón de Guevara, Ligeros apuntes sobre la higiene de las edades de la
pubertad y de la menopausia (México: Escuela Nacional de Medicina, 1887).
72. Ibid., 24–5.
73. Ibid., 21–3.
74. Ibid., 46.
75. Ibid., 48.
76. Ibid., 12–3.
77. Ibid., 13 y 16.
Agostoni: Discurso médico y la mujer 21

Debido a que durante la edad de la pubertad era necesaria una sóli-


da educación física, moral, intelectual e higiénica, Ladrón de Guevara
opinaba que la madre debía imponer a la hija un estricto régimen ali-
menticio, fomentar el uso de ropa amplia, el ejercicio físico, y evitar todo
tipo de impresiones morales.78 La madre inteligente e instruida era la
única capaz de ahorrarle a la hija “los malos efectos de las impresiones
bruscas”, cuidando las lecturas, la música y fomentando la “educación
religiosa.” 79
Por otra parte, Ladrón de Guevara señalaba que si la mujer al llegar
a la menopausia tenía el deseo de preservar su salud hasta “los últimos
días de su existencia” debía “considerarse como anciana mucho tiempo
antes de serlo en realidad.” 80 Es decir, al terminar su ciclo reproductivo,
su función en la sociedad también concluía, por lo que se recomendaba
se dedicara a
ocupaciones que absorban la actividad nerviosa que empleaban, antes de
enfermarse, en las diversiones y la molicie. Las mejores son las que propor-
cionan el alivio de las clases menesterosas, porque además de que requieren
una constante actividad del espíritu, la satisfacción que producen siempre las
buenas acciones, devuelve la esperanza de felicidad a estas pobre mujeres que
la creían ya perdidas para siempre. El médico es el que puede guiarlas mejor
por esta vía . . .81

Como se puede apreciar, durante las décadas Žnales del siglo dieci-
nueve la mujer—y en particular la madre de familia—se convirtió en la
destinataria de cuantiosas recomendaciones higiénicas, así como en un
verdadero objeto de estudio. Las opiniones y sugerencias tanto de
Ladrón de Guevara como de Máximo Silva, que parten de la supuesta
objetividad de las ciencias médicas, y en este caso particular de los pre-
ceptos de la higiene, incursionaban en los hábitos, costumbres y mora-
lidad de los habitantes. Es decir que a través del discurso normativo y
descriptivo de los médicos e higienistas se procuró dar continuidad a
los roles y jerarquías sociales.

Conclusión
Durante las últimas décadas del siglo diecinueve y la primera del siglo
veinte, la salud pública, el saneamiento y la higiene pública y privada
fueron temáticas que ocuparon un lugar principal en la atención de di-

78. Ibid., 25, 27–36.


79. Ibid., 37–8.
80. Ibid., 50.
81. Ibid., 56.
22 Mexican Studies/Estudios Mexicanos

versos ministerios gubernamentales y de los profesionales de la medici-


na. Para las elites en el poder era fundamental transformar al país y hacer-
lo concordar con la imagen de orden y progreso, y la salud pública era
uno de los componentes esenciales de la modernidad porŽriana. Sin em-
bargo, la construcción de grandes obras de infraestructura sanitaria así
como la promulgación del primer Código Sanitario de los Estados Unidos
Mexicanos (1891) eran medidas insuŽcientes en la opinión del gremio
médico.
Por tanto, algunos médicos—entre ellos Eduardo Liceaga, José Te-
rrés, Luis E. Ruiz y PorŽrio Parra—sostenían que hasta que los habitantes
del país no cambiaran sus hábitos y costumbres de acuerdo con lo es-
tablecido por la higiene pública y privada, el país carecería de una cul-
tura higiénica. Esto únicamente se lograría a través de una educación
intelectual, moral y que incluyera las enseñanzas de este ramo de la medi-
cina. Por tanto, una tarea u obligación adicional que asumieron los pro-
fesionales de la medicina fue la de promover la educación completa de
la población, labor que además buscaron compartir con la madre de
familia.
La educación higiénica fue promovida en libros, revistas, hojas
sueltas, a través de conferencias gratuitas públicas y populares, y algunos
destacados médicos e higienistas redactaron libros de medicina práctica
o higiene doméstica en los que detallaron lo que cada integrante de la
sociedad debía hacer para preservar la salud y prevenir la enfermedad.
De acuerdo con el gremio médico, la mujer era una aliada natural de la
empresa de los higienistas, y en particular la madre de familia, ya que
tenía la misión de la maternidad, así como la de educar a sus hijos.
Los preceptos de la higiene pública y privada presentados por Má-
ximo Silva y José Ladrón de Guevara demuestran que el discurso médico
y en particular la disciplina de la higiene estaba muy lejos de ser neu-
tral, objetiva o apolítica. A partir de la higiene se estableció una deŽni-
ción de lo que signiŽcaba ser madre de familia, y se estableció cómo la
mujer debía vestir, comer, descansar y hasta procrear. Todo ello para for-
talecer a la nación y contar con verdaderos ciudadanos: sanos, aptos para
el trabajo y libres de vicios y enfermedad.
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