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Emiliano Jiménez Hernández

EL ESPÍRITU SANTO
DADOR DE VIDA, EN LA IGLESIA, AL CRISTIANO

1
Espíritu divino, perla preciosa,
en El amamos al Padre,
como El ama a su Hijo, y amamos
a su Hijo como lo ama el Padre.

Kiko Arguello

2
CONTENIDO

INTRODUCCIÓN 1

I. SEÑOR Y DADOR DE VIDA 9

1.1. Tercera Persona de la Trinidad 10


1.2. Amor mutuo del Padre y del Hijo 16
1.3. El Espíritu Santo en la Creación 22
1.4. El Espíritu Santo en la historia de la Salvación 28
1.5. El Espíritu Santo en la vida de Cristo 34
1.6. Pentecostés: manifestación plena de Dios 40
1.7. El Espíritu Santo en la plenitud escatológica 46

II. EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA 52

2.1. Don de Cristo a la Iglesia 53


2.2. La Iglesia nace del Espíritu 59
2.3. El Espíritu hace una a la Iglesia 65
2.4. El Espíritu Santo, principio de catolicidad 71
2.5. El Espíritu mantiene la apostolicidad de la Iglesia 77
2.6. El Espíritu, principio de santidad en la Iglesia 83
2.7. El Espíritu Santo en la liturgia 89

III. EL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA DEL CRISTIANO 100

3.1. Espíritu de filiación 101


3.2. La unción con el sello del Espíritu Santo 107
3.3. Vida en el Espíritu 113
3.4. Vida según el Espíritu 119
3.5. El Espíritu Santo, maestro de oración 125
3.6. El Espíritu en la lucha contra la carne 131
3.7. Dones y frutos del Espíritu Santo 137

BIBLIOGRAFÍA 143

3
INTRODUCCION

a) Fe y vida trinitaria

Pablo VI, que llevó a término el concilio inaugurado por Juan XXIII, decía en una audiencia:

A la cristología, y especialmente a la eclesiología del Concilio, debe seguir un estudio nuevo y un culto nuevo
sobre el Espíritu Santo justamente como complemento que no debe faltar a la enseñanza del Concilio.1

H.U. von Balthasar llama al Espíritu Santo "el desconocido allende el Verbo". Con esta
expresión manifiesta la unión del Espíritu con Cristo y la continuación del Espíritu hacia adelante, en
el espacio y en el tiempo abiertos por Cristo en la historia de la salvación.

Por el olvido o ignorancia del Espíritu Santo, la fe, la oración y la vida de muchos cristianos
sigue siendo más monoteísta que trinitaria. En muchos casos esto lleva a una fe abstracta, fría, teísta; a
una oración individualista, desligada de la comunión eclesial, expresión viva de la unión trinitaria; a
una vida en evidente divorcio de la fe, pues sólo el Espíritu vivifica, interioriza y hace actual en la
vida la fe confesada y celebrada.2

La fe no está completa si se excluye a alguna de las personas divinas. Y por otra parte, la
liturgia y la vida, que se derivan de la fe y se expresan en la adoración y glorificación no pueden
excluir a ninguna de las tres personas. Así lo dicen, por ejemplo, San Basilio y San Cirilo de
Jerusalén:

A quien confiese a Cristo, pero reniegue de Dios, le aseguro que no le servirá de nada. De igual modo, vana es la
fe de quien invoca a Dios pero rechaza al Hijo; siendo vacía también la fe de quien rechaza al Espíritu Santo,
creyendo en el Padre y en el Hijo, pues esta fe no existe si no se incluye al Espíritu. En efecto, no cree en el Hijo
quien no cree en el Espíritu, ya que "nadie puede decir Jesús es el Señor si no es en el Espíritu Santo" (1Cor
12,3);se excluye, pues, de la verdadera adoración, pues no se puede adorar al Hijo si no es en el Espíritu Santo,
como no es posible invocar al Padre sino en el Espíritu de adopción (Gál 4,6;Rom 8,15). Nombrar a Cristo es
confesar al Dios que le unge, al Cristo que es ungido y al Espíritu que es la unción misma (He 10,38;Lc 4,18;1Cor
1,22-23). Se cree en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, así como se es bautizado "en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo" (Mat 28,19)".3

1 PABLO VI, Audiencia general del 6-6-1973, Ecclesia 16-6-1973,p.5. Y en marzo de 1974, en la exhortación apostólica
Marialis Cultus volvía a invitar a "profundizar la reflexión sobre la acción del Espíritu en la historia de la salvación"(n.27).
2 El Metropolita ortodoxo Ignacio Hazim de Lattaquié decía en Upsala en 1968: "¿Cómo se hace hoy nuestro el
acontecimiento pascual, ocurrido una vez para siempre? Por obra de Aquel que es su artífice desde el principio y en la
plenitud de los tiempos: el Espíritu Santo. El es personalmente la Novedad que obra en el mundo. El es la Presencia de Dios-
con-nosotros, 'unido a nuestro espíritu'(Rom 8,16); sin él, Dios está lejano; Cristo, en el pasado; el Evangelio es letra muerta;
la Iglesia, una simple organización; la autoridad, una dominación; la misión es propaganda; el culto, una evocación; y el
obrar cristiano, una moral de esclavo...Pero en El, Cristo resucitado está aquí, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia
significa Comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la Liturgia es memorial y
anticipación, el obrar humano es deificado...El es Señor y Dador de vida".
3 SAN BASILIO, De Spiritu Sancto, 22-47.

4
Nuestra esperanza está puesta en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No predicamos tres dioses: callen los
marcionistas. Sino que predicamos un solo Dios Padre que actúa por medio del único Hijo con el Espíritu Santo.
La fe es indivisible, la piedad inseparable. Ni separamos la Trinidad Santa, como hacen algunos (los arrianos) ni
introducimos confusión, como Sabelio.4 Sino que reconocemos con devoción al único Padre, que nos envió como
Salvador al Hijo. Reconocemos un único Hijo que prometió enviar de junto al Padre al Paráclito. Reconocemos al
Espíritu Santo, que habló en los profetas y que en Pentecostés bajó sobre los apóstoles en forma de lenguas de
fuego...Pues la piedad es indivisible.5
Y Juan Pablo II nos dice que "reconocer al Espíritu Santo como Persona es una condición
esencial para la vida cristiana de fe y de caridad".6

En las fuentes de la revelación, el Espíritu Santo es el enviado por el Padre en nombre de


Cristo resucitado, para llevar a cumplimiento su obra de salvación. El Espíritu Santo es el lazo de
amor en la vida trinitaria, autor de la santificación en la Iglesia entera y en cada uno de los redimidos.

b) Conocer al Espíritu en el Espíritu

Como leemos en la Dei Verbum, "la revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha
sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo", por lo tanto la misma Escritura "se ha
de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita" (n.11 y 12).

La Escritura designa al Espíritu siempre mediante símbolos que ponen de manifiesto el


impulso que suscita: soplo y viento, fuego, agua viva, paloma que vuela, lenguas; el Espíritu es el
impulso de los comienzos de la evangelización, crea la libertad, la apertura al otro...No es algo
cerrado, extático...En la obra que Dios realiza fuera de sí por la doble misión del Verbo y del Espíritu,
éste es "la energía que exorciza la fascinación del pasado y del origen para proyectar hacia adelante,
hacia un futuro que tiene la novedad como característica principal" (Dionisio). El es Señor y dador de
vida.

Pero para conocer al Espíritu Santo carecemos de las mediaciones de las que disponemos
respecto al Padre y al Hijo. Todos conocemos la paternidad y la filiación, que caracterizan el ser y las
relaciones mutuas del Padre y del Hijo. En cambio en relación al Espíritu Santo nos falta una
connotación similar, lo que hace de El el "Dios desconocido". Carece de un rostro personal
reconocible para nosotros. El Verbo encarnado tiene un rostro, nos lo ha dado a conocer en nuestra
historia, "haciéndose en todo semejante a nosotros". Y el Padre se nos ha revelado en el Hijo.

El Espíritu Santo, en cambio, no presenta esos rasgos personales, está como escondido en la
obra del Padre y del Hijo, que él consuma. Se ha hablado, por ello, de una especie de kénosis del
Espíritu Santo, aún mayor que la del Hijo en su encarnación. El Espíritu Santo, en su manifestación a
los hombres, se habría vaciado de su propia personalidad para ser todo relativo, por un lado a "Dios" y
a Cristo y, por otro, a los hombres llamados a realizar la imagen de Dios y de su Hijo. Ya San Agustín
decía que apenas se hablaba del Espíritu Santo ni se escudriñaba su misterio.7

Pero sin el Espíritu Santo no conocemos a Dios como Padre, a Jesús como Señor ni a la
Iglesia como sacramento de salvación. San Juan Crisóstomo lo confiesa con fuerza:

4 El error del sabelianismo consiste en confundir las personas divinas hasta el punto de reducirlas a una sola que asume
rasgos paternales, filiales o espirituales según los diversos momentos de la economía de la salvación.
5 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVI,4;IV,2;VII,1;Cfr. ATANASIO, Epist. al Serapionem I,14.17.30. 33;IV 12.
6 JUAN PABLO II, Audiencia del 29-8-1990.
7 SAN AGUSTIN, De fide et symbolo, 9,19.

5
¿Dónde se encuentran ahora los que blasfeman contra el Espíritu? Porque si El no perdona los pecados, en vano le
recibiremos en el bautismo. Si, por el contrario, perdona los pecados, los herejes blasfeman contra El en vano. Si el
Espíritu Santo no existiera, no podríamos decir que Jesús es nuestro Señor. "Porque nadie puede decir: Jesús es
Señor, sino en el Espíritu Santo' (1Cor 12, 3). Si no existiera el Espíritu Santo, los creyentes no podríamos orar a
Dios. En efecto, decimos 'Padre nuestro que estás en los cielos" (Mt 6,9). Pero, así como no podríamos llamar a
Jesús nuestro Señor, tampoco podríamos llamar a Dios Padre nuestro. ¿Quién lo prueba? El Apóstol que dice: "La
prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba, Padre!"
(Gál 4,6). Por consiguiente, cuando invoquéis al Padre, recordad que fue necesario que el Espíritu tocara primero
vuestra alma para que fuerais considerados dignos de llamar a Dios con ese nombre. Si el Espíritu no existiera, los
discursos de la sabiduría y de la ciencia no estarían en la Iglesia, "porque a uno se le da, mediante el Espíritu,
palabra de sabiduría; a otro, según el mismo Espíritu, palabra de conocimiento" (1Cor 12,8). Si el Espíritu Santo
no existiera, no habría pastores ni doctores en la Iglesia, porque son obra del Espíritu, según la palabra de San
Pablo: "...en la cual el Espíritu Santo os ha constituido inspectores para pastorear la Iglesia de Dios" (He 20,28).
¿Comprendéis que también esto se hace por obra del Espíritu? Si el Espíritu Santo no estuviera en quien es nuestro
común padre y doctor, cuando hace un momento ha subido a la sede santa, cuando os ha dado a todos la paz,
vosotros no habrías podido responderle con una voz unánime: "Y con tu espíritu"; por eso, no sólo cuando él sube
al altar, habla con vosotros u ora por vosotros pronunciáis estas palabras, sino también cuando habla desde esta
cátedra, cuando va a ofrecer el sacrificio tremendo; esto lo saben muy bien los iniciados: él no toca las ofrendas
antes de haber implorado la gracia del Señor para vosotros, antes que vosotros le hayáis respondido: 'Y con tu
espíritu'. Esa respuesta os recuerda que quien está aquí nada hace por sí mismo, que las obras que esperamos no
son, en modo alguno, obras de los hombres; que es la gracia del Espíritu, derramada sobre todos, la que realiza
sola este sacrificio místico. Por supuesto, un hombre está presente, pero Dios es quien actúa por medio de él. Por
consiguiente, no os agarréis a lo que ven vuestros ojos, sino pensad en la gracia invisible. Ninguna de las cosas que
se realizan en el santuario vienen del hombre. Si el Espíritu no estuviera presente, la Iglesia no formaría un todo
bien compacto: la consistencia de la Iglesia manifiesta la presencia del Espíritu.8

A diferencia de Yahveh en el Antiguo Testamento y de Jesús en el Nuevo, el Espíritu Santo


no ha empleado el pronombre personal "yo".9 Se nos revela no en sí mismo, sino por lo que obra en
nosotros. Por ello, como sólo conocemos al Espíritu Santo por el fruto de su actuación, rastrearemos
su manifestación en la Escritura, en la que Dios nos habla y comunica lo que necesitamos saber para
responder al designio de amor que El acaricia sobre nosotros y que el Espíritu Santo realiza en
nosotros. San Cirilo de Jerusalén ya nos dejó escrito:

Digamos, pues, sobre el Espíritu Santo sólo lo que está escrito. Si algo no ha sido escrito, no nos ocupemos de ello.
El Espíritu Santo mismo dictó las Escrituras y dijo de sí mismo todo lo que quiso o lo que somos capaces de
captar. Digamos, pues, lo que El dijo y no osemos decir lo que El no ha dicho.10

¿Qué debe investigarse? Lo que encontramos en las Escrituras. Pero no investiguemos lo que no encontramos en
las Escrituras. Pues si nos conviniera saberlo, ciertamente el Espíritu Santo lo hubiera expuesto en las Escrituras:
en efecto, no somos más sabios que el Espíritu Santo.11

Pero, nos ayudaremos también de la Tradición viva de la Iglesia para captar lo que el Espíritu
nos ha querido revelar de El mismo. En los testigos (Heb 12,1), -bíblicos, patrísticos y actuales-, de su
actuación, vislumbraremos su ser. Pues el Espíritu, que se cernía sobre las aguas de la creación, que
habló por los profetas, guió a los primeros cristianos, sigue también hoy actuando en nosotros. La
Escritura y la Tradición viva de la Iglesia se unifican gracias al Espíritu Santo, presente y actuante en
ambas. La Escritura es el vestíbulo del Reino de Dios. Misión del Espíritu Santo es introducirnos en
él. Y este Espíritu es único y el mismo en toda la historia de la salvación:

8 SAN JUAN CRISOSTOMO, 1ª homilía sobre Pentecostés,n.4.


9 H. MUHLEN, Mysterium salutis,V,p.182, Madrid 1969.
10 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis XVI,2.
11 EUSEBIO DE EMESA, Homilía IV 4.

6
El mismo Espíritu dictó las Escrituras. No hay dos Espíritus. Uno, por ejemplo, que haya actuado en el Antiguo
Testamento y otro en el Nuevo y en la Iglesia. La actividad del Espíritu a lo largo de toda la historia de la
salvación con ser múltiple y abundante no divide al Espíritu, sino que permanece siempre uno y el mismo en la
rica variedad de sus manifestaciones, como también en sus muchos nombres. Sólo existe un único Espíritu Santo,
como también sólo existe un único Dios Padre y un único Hijo de Dios. Esta es la fe que confiesa el Credo: Un
solo Padre, un solo Hijo y un solo Espíritu Santo.12

Como nos dice el Vaticano II: "La Iglesia, Esposa de la Palabra hecha carne, instruida por el
Espíritu Santo, procura comprender cada vez mejor la Sagrada Escritura" (DV n.23).

c) Del conocimiento a la vida en el Espíritu

Pero no se trata sólo de conocer. En el cristianismo, el conocimiento es sólo camino para la


comunión y el amor. Espero que estas páginas nos lleven a la comunión y al amor, a la experiencia de
la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros. Y con el Espíritu, vivir una vida en la libertad de los
hijos de Dios, en una doxología constante: vida en el Espíritu que es vida de alabanza y celebración de
la vida según el Espíritu.

Rastrear la experiencia es ir tras la acción del Espíritu, que viene a nosotros, actúa en nosotros
y por medio de nosotros, arrastrándonos hacia El en una comunión y amistad, que hace ser el uno para
el otro. Se trata de descubrir esa presencia invisible, que se hace visible a través de los signos y de los
frutos de paz, gozo, consuelo, iluminación, discernimiento que deja en nuestro espíritu. En la oración,
en los sacramentos, en la vida de Iglesia y de evangelización, en el amor de Dios y del prójimo,
percibimos la experiencia de una presencia que supera nuestros límites. "El Espíritu mismo da
testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios" (Rom 8,16). Y sólo el Espíritu "nos llevará
a la verdad plena" (Jn 16,13).

Sin el Espíritu Santo, este escrito no servirá de nada. Espero, con San Cirilo, que el Espíritu
me ayude a decir lo que la Escritura dice de El y que el mismo Espíritu comunique a los lectores una
noticia más acabada y perfecta de Sí mismo que lo aquí escrito:

Que la prolijidad de mis palabras, carísimos, no os fatigue, y que el mismo de quien hablamos nos conceda fuerza,
a mí que hablo y a vosotros que me escucháis...Es tarea del mismo Espíritu Santo perdonarme a mí por lo que he
omitido y a vosotros, que me escucháis, concederos el conocimiento perfecto de lo que resta".13 Pues la salvación
de nuestra fe no procede de la locuacidad, sino de la demostrcación de las Sagradas Escrituras.14

Es el mismo Espíritu quien, en el silencio de la oración, viene en ayuda de nuestra debilidad y


se nos comunica, revelándonos el designio pleno de Dios. Más que de estudio, se trata de oración,
pues como dice el Vaticano II:

Al no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de derramar el
Espíritu prometido por Cristo, vemos a los apóstoles, antes del día de Pentecostés, "perseverar unánimes en la
oración, con las mujeres y María la madre de Jesús y los hermanos de Este" (He 1,14); y a María implorando con
sus ruegos el don del Espíritu Santo, que en la Anunciación ya la había cubierto con su sombra (LG,n.59).

El INDICE del libro tiene una estructura lógica, pero su desarrollo ya no lo es tanto. El
Espíritu, que sopla cómo, dónde y cuándo quiere, no se deja fácilmente encasillar en un esquema. Por

12 Cfr. SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis XVI,2,3,12,15,24,25.


13 SAN CIRILO DE JERUSALEN, cat. XVI,25;XVII,34.
14 IDEM, Cat. XVII,2.

7
ello se interfieren unos capítulos con otros y se hace necesario repetir textos de la Escritura y de los
Padres, que son lo principal del libro, hasta parecer a veces un simple mosaico de textos bíblicos y
patrísticos sobre el Espíritu Santo. Por tanto, se puede empezar la lectura lo mismo por la primera
parte que por la tercera o por la segunda.

El P. Congar, como cristiano y como teólogo, escribe: "¡Permítasenos cantar nuestro canto! El
espíritu es soplo. El viento canta en los árboles. También nosotros querríamos ser una lira humilde a
la que haga vibrar y cantar el soplo de Dios. El estudio sólo pretende tensar y ajustar las cuerdas de
esa lira. ¡Que el Espíritu les haga emitir un canto armonioso de oración y de vida!"

Y mejor dicho aún en la VI Oda de Salomón:

Como las manos se pasean por la cítara y las cuerdas hablan, así habla el Espíritu del Señor en mis miembros y yo
hablo por su amor.

I. SEÑOR Y DADOR DE VIDA

8
1. TERCERA PERSONA DE LA TRINIDAD

a) Padre, Hijo y Espíritu Santo

El Símbolo de nuestra fe parte de la confesión de fe "en Dios Padre", que supone y nos lleva a
la confesión de fe en Jesucristo, su único Hijo, hecho hombre por nuestra salvación, y que desemboca,
como culminación, en la profesión de fe en el Espíritu Santo. La cristología se abre a la
pneumatología, que el Símbolo apostólico expresa en la fórmula concisa: "Creo en el Espíritu Santo".
Y el Símbolo niceno-constantinopolitano amplía, diciendo: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador
de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y
gloria y que habló por los profetas".

La personalidad divina del Espíritu Santo ha sido revelada de manera progresiva. Anunciada
veladamente en el Antiguo Testamento, se desvela en la palabra de Cristo, que manifiesta la plenitud
del misterio trinitario. En la posterior vida de la Iglesia, iluminada por el mismo Espíritu, se precisará
su divinidad y su ser personal, distinta y en relación con el Padre y el Hijo.

San Gregorio Nacianzeno (+390) pone de manifiesto el lento progreso de la revelación de


Dios a lo largo del Antiguo Testamento, del Nuevo y en la misma reflexión cristiana:

En efecto, el Antiguo Testamento predicaba abiertamente al Padre y, de manera más oscura, al Hijo. El Nuevo
Testamento ha manifestado al Hijo y ha insinuado la divinidad del Espíritu. En la actualidad, el Espíritu habita en
nosotros y se nos manifiesta con mayor claridad. Porque no era seguro, cuando la divinidad del Padre no había
sido confesada aún, predicar abiertamente al Hijo, y, antes del reconocimiento de la divinidad del Hijo,
imponernos, además -hablo con mucha audacia-, al Espíritu Santo...Convenía, sin embargo, que mediante avances
y, como dijo David, mediante ascensiones parciales, progresando y creciendo de claridad en claridad, la luz de la
Trinidad iluminara a los que habían recibido ya luces...15

Sin embargo, el bautismo era administrado ya "en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo" cuando Mateo redacta su Evangelio (Mt 28,19). Y la afirmación trinitaria era
patrimonio de la Iglesia desde san Pablo. Como fórmula bautismal, además de en Mateo, la
encontramos en la Didakhé y en San Justino.16 En San Ireneo aparece desarrollada en una confesión
de fe dentro de una catequesis:

15 SAN GREGORIO NACIANZENO, Orat. XXXI,26.


16 SAN JUSTINO, 1Apol.,61,3.

9
En primer lugar, la fe recomienda que nos acordemos de que hemos recibido el bautismo para la remisión de nues-
tros pecados en el nombre de Dios Padre y en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, muerto y
resucitado, y en el Espíritu Santo de Dios.17

Por esta razón, el bautismo nos confiere la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio del Hijo en el
Espíritu Santo. Porque los que llevan el Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir, al Hijo; pero el Hijo
les presenta al Padre y el Padre les otorga la incorruptibilidad. Por consiguiente, sin el Espíritu no es posible ver al
Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede aproximarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo y el
conocimiento del Hijo de Dios se realiza por medio del Espíritu Santo. En cuanto al Espíritu, es dispensado por el
Hijo, en la manera que place al Padre, a título de ministro, a quien quiere y como quiere el Padre.18

En Oriente, la herejía de Macedonio y de los "pneumatómacos", enemigos del Espíritu Santo,


-para quienes el Espíritu era sólo una fuerza, un instrumento de Dios, creado para actuar en nosotros y
en el mundo- suscitaron la reacción de los doctores ortodoxos Atanasio, Basilio y Gregorio
Nacianzeno. Atanasio concluye, de la fórmula bautismal, que el Espíritu Santo comparte con el Padre
y con el Hijo la misma divinidad en la unidad de una misma sustancia. 19 Y San Basilio escribe todo un
tratado sobre el Espíritu Santo, donde dice: "Es preciso ser bautizado según la forma que se ha
recibido, creer como se es bautizado, alabar como se cree", 20 repitiendo que si el Espíritu no es
consustancial al Padre y al Hijo, no puede hacernos conformes al Hijo ni unirnos, mediante esta
conformación, al Padre; no puede, en definitiva, divinizarnos.

En la misma línea, el Concilio de Constantinopla del 381 completó la fe de Nicea sobre el


artículo del Espíritu Santo, confesándole: "Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los Profetas". Es la fe
que seguimos proclamando en nuestro Credo Niceno-Constantinopolitano, que nos viene de Atanasio,
Basilio y de los demás 150 padres conciliares.

La dificultad está en que, así como de Dios Padre tenemos la visión personal y confiada de
hijos, asegurada por la palabra de Cristo (Mt 6,30-33), y de Dios Hijo tenemos una visión aún más
completa, al haber aparecido entre nosotros en todo igual a nosotros, del Espíritu Santo, en cambio, no
poseemos una visión concreta, que corresponda en nuestro lenguaje o ideas a algo similar a lo que
significa Padre o Hijo. Aún sabiendo y creyendo que es la tercera persona de la Trinidad, nos cuesta
representárnosle como persona. Aunque le llamamos Persona, al referirnos a El, no recurrimos a
imágenes personales, sino a símbolos infrahumanos. Es más, si alguna vez se hizo, en los siglos XI-
XVIII, los símbolos humanos resultaron tan poco adecuados que Benedicto XIV prohibió representar
al Espíritu Santo en forma humana.21

Esto tiene el peligro de que el cristiano, en su relación con el Espíritu Santo, se olvide de El,
como Persona viviente y vivificadora, fijándose únicamente en sus obras, dones o frutos,
desapareciendo la intimidad con el creador de su vida interior y, así, pierde, al mismo tiempo, la
piedad trinitaria por falta de relaciones personales con una de las Tres personas. Es, pues, necesario
ver al Espíritu Santo como Persona, que nos lleva a confesar a Jesús como Señor y a llamar a Dios
Padre. Para San Pablo el Espíritu Santo es Persona hasta el punto de que le podemos contristar:

No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el cual habéis sido sellados para el día de la redención (Ef 4,30).

17 SAN IRENEO, Demostración de la Predicación apostólica, c.3; Cfr. Adv.Haer. III,17,1.


18 SAN IRENEO, Ibidem, c. 7.
19 SAN ATANASIO, Ad Serapionem Ep.I,28.
20 SAN BASILIO, Tratado del Espíritu Santo, c. 10.
21 BENEDICTO XIV, Breve del 1-10-1745. La prohibición fue renovada por el Santo Oficio el 16-3-1928.

10
b)De la economía de la salvación a la vida trinitaria

La obra de Dios en el mundo se debe a las Tres Personas de la Trinidad. Por esta actuación
conocemos a Dios, ya que Dios revela sus planes realizándolos y, realizando sus planes, se revela y
comunica a sí mismo.

Según la formulación de K. Rahner, aceptada por otros muchos teólogos, inspirándose en la


Escritura, el Símbolo de la fe y los primeros Padres, "la Trinidad que se manifiesta en la economía de
la salvación es la Trinidad inmanente". La historia de la salvación no es solamente la historia de la
autorevelación de Dios; es la historia de su autocomunicación. Dios mismo es el contenido de esa
historia. La Trinidad económica, revelada y comunicada, y la Trinidad inmanente son idénticas
porque la autocomunicación de Dios a los hombres en el Hijo y en el Espíritu no sería una
autocomunicación de Dios si lo que es para nosotros en el Hijo y en el Espíritu no fuera propio de
Dios en sí mismo. De aquí que podamos conocer a Dios por lo que El nos ha comunicado de El
mismo.

De aquí que las "misiones divinas" del Verbo y del Espíritu se correspondan a las
"procesiones" mismas de estas personas. Esto da a la vida del cristiano y a la Iglesia una calidad de
vida teologal y divina. El cristiano y la Iglesia viven, en las condiciones de la carne, de la
comunicación de Dios. La Iglesia es una y santa con la unidad y santidad de Dios (Cfr. LG,n.4). Y en
la vida del fiel cristiano, el misterio de la vida divina tiene un reflejo en su alma santificada porque las
operaciones propias de la vida trinitaria determinan el modo de la relación que mantiene el alma con
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, según atestiguan los místicos. San Cirilo de Jerusalen lo dice así
a los iluminados:

El Espíritu Santo ilumina las almas de los justos: profetas y apóstoles. Hay un solo Dios, el Padre, Señor del
Antiguo y del Nuevo Testamento. Y un solo Señor, Jesucristo, profetizado en el Antiguo y hecho presente en el
Nuevo. Y un solo Espíritu Santo, que por medio de los profetas predicó a Cristo y, una vez venido Cristo,
descendió y lo mostró...El Espíritu Santo es copartícipe de la gloria del Padre y del Hijo. Reina sin principio y sin
fin con el Padre y el Hijo sobre todos los seres existentes. Santifica a los espíritus servidores que son enviados en
ministerio en favor de los que han de heredar la salvación. Descendió sobre la santa y bienaventurada Virgen
María, de la cual nació Cristo según la carne, y también sobre el mismo Cristo en figura corporal de paloma en el
río Jordán. Se hizo presente sobre los apóstoles bajo figura de lenguas de fuego. Dador y revelador de todos los
carismas espirituales en la Iglesia. Procede del Padre. Existe por la divinidad del Padre y del Hijo. Es
consustancial, indivisible e inseparable del Padre y del Hijo.22

Ya en la perspectiva de los padres conciliares de Oriente al definir la divinidad del Espíritu


Santo, se trataba, no sólo de la verdad de Dios, sino también de la verdad del hombre y de su destino
absoluto. Si el Espíritu Santo no es Dios, nosotros no seremos divinizados, dicen Atanasio y Gregorio
Nacianzeno, refiriéndose a la fórmula del bautismo. El Espíritu Santo es Dios porque realiza lo que
sólo Dios puede obrar: nuestra divinización(theiosis). Es lo que repetirán otros muchos Padres, sobre
todo orientales. Sirviéndose de las imágenes bíblicas, dirá San Atanasio:

El Padre es luz, el Hijo su resplandor, el Espíritu el que nos ilumina. Y, siendo el Padre fuente y el Hijo llamado
río, se dice que bebemos del Espíritu...Y así sucesivamente para todo lo que concierne a la comunicación de la
vida divina. El Espíritu realiza todo esto porque es consustancial al Padre y al Hijo.23

c) Perikhoresis
Entre las tres Personas divinas se da una perikhoresis24 o "circumincesión", que formula así
san Juan Damasceno:

22 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat XVI 3. La parte final de este texto sólo en algún manuscrito.
23 SAN ATANASIO, Primera carta a Serapión, 19 y 27.

11
Estas hipóstasis están la una en la otra, no para confundirse, sino para contenerse mutuamente, siguiendo la palabra
del Señor: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí...No decimos tres dioses: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Al contrario, hablamos de un solo Dios, la Santísima Trinidad, ya que el Hijo y el Espíritu se refieren a un solo
principio, sin composición ni confusión, contrariamente a la herejía de Sabelio. Porque estas personas están unidas,
no para confundirse, sino para contenerse la una a la otra; y existe entre ellas una circumincesión, sin mezcla ni
confusión alguna, en virtud de la cual no están ni separadas ni divididas en sustancia, contrariamente a la herejía de
Arrio. Efectivamente, para decirlo todo en una palabra, la divinidad está indivisa en los individuos, al igual que en
tres soles contenidos el uno en el otro habría una sola luz por compenetración íntima.25

Con palabras llanas, una mística como santa Gertrudis (+1302) expresa su experiencia de
forma similar: "Entonces las tres persona irradiaron conjuntamente una luz admirable, cada una
parecía lanzar su llama a través de la otra y ellas se encontraban, sin embargo, todas la una con la
otra".

Pero en esta perikhoresis no se da confusión. La verdad viene del Padre a través del Hijo y da
la vida a todo por medio del Espíritu. En efecto el Espíritu es vida y da vida. Y en cuanto a la vida
trinitaria: El Padre que engendra, no es engendrado; el Hijo, que es engendrado, no engendra; y el
Espíritu, que ni engendra ni es engendrado, sino que procede del Padre y del Hijo. Son tres personas
santas en tres propiedades distintas, pero un solo Dios verdadero. Desde toda la eternidad, el Padre es
"Padre de la gloria" (Ef 1,17), el Verbo es "Esplendor de la gloria" (Heb 1,3) y el Espíritu Santo es "el
Espíritu de gloria" (1Pe 4,14):

No se nos ha enseñado a decir que el Padre obre solo, sin que el Hijo le acompañe o que, a su vez, el Hijo actúe
individualmente sin el Espíritu. Toda fuerza operante que parta de Dios para penetrar la creación, arranca del
Padre, pasa por el Hijo y alcanza su consumación en el Espíritu Santo. Por esta razón, la fuerza operante no se
divide en varios operadores porque el cuidado que cada uno tiene no es individual ni separado. Todo lo que se
hace, es hecho por los Tres, sin que por ello sea triple.26

En alguna manera, nuestra renovación es la obra de la Trinidad entera...Aunque parezca a veces que atribuimos a
cada una de las personas algo de lo que nos sucede o de lo que es hecho con relación a la criatura, creemos, sin
embargo, que todo se hace por el Padre, pasando por el Hijo en el Espíritu Santo.27

Serán los Padres de Occidente los que darán la formulación definitiva a la fe en la Trinidad:
Tertuliano, San Hilario, Teodoro de Mopsuestia, San Ambrosio, San Agustín...

Agustín nos ha dejado páginas magníficas, que nos aproximan al misterio de Dios Uno y
Trino. El Padre no es Padre más que del Hijo y el Hijo no es Hijo más que del Padre, pero el Espíritu
es el Espíritu de los dos. Es el Espíritu del Padre, según Mt 10,20 y Rom 8,11 y Espíritu del Hijo
según Gál 4,6 y Rom 8,9. Por consiguiente, el Espíritu sería lo que, siendo distinto, es común al Padre
y al Hijo, su santidad común, su amor, unidad del Espíritu por el lazo de la paz:

Ora se le llame unión, santidad o amor de ambos; ora unidad, porque es amor, o amor porque es santidad; pues es
manifiesto que ninguna de las dos es la unión que a ambos enlaza...El Espíritu Santo es algo común al Padre y al
Hijo, sea ello lo que sea. Más, esta comunión es consustancial y coeterna. Si alguien prefiere denominarla amistad,
perfectamente; pero juzgo más apropiado el nombre de caridad... Y he aquí por qué no existen más que tres: Una
que ama al que procede de ella, otra que ama a aquel de quien procede, y el amor mismo. Porque si el amor no
existe, ¿cómo Dios es amor? (1Jn 4,8.16). Y si no es sustancia, ¿cómo Dios es sustancia?.28

24 Perikhoresis significa la existencia de las personas divinas la una en la otra, conteniéndose y manifestándose la una a la otra;
cada una está volcada a la otra, abierta y entregada a la otra. Son inconcebibles la una sin la otra.
25 SAN JUAN DAMASCENO, De fide orthodosa I,8.
26 SAN GREGORIO DE NISA, Quod non sint tres dii, PG 45, 125 C.
27 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, In Ioan X,c.2.
28 SAN AGUSTIN, De Trinitate VI,5,7.

12
San Agustín, después de haber escrito páginas y páginas, puede resumir su pensamiento
trinitario en esta frase:

Según las Sagradas Escritura, este Espíritu no lo es del Padre solo, o del Hijo solo, sino de ambos; y por eso nos
insinúa la caridad mutua con que el Padre y el Hijo se aman.29

Envía aquel que engendra; es enviado aquel que es engendrado. Como, para el Hijo, nacer es nacer del Padre, así,
para el Hijo, ser enviado es ser conocido en su origen del Padre. De igual manera, como, para el Espíritu Santo, ser
el don de Dios es proceder del Padre, así ser enviado es ser conocido en su procesión del Padre. Pero, además, no
podemos negar que el Espíritu procede también del Hijo. No entiendo qué otra cosa habría querido decir el Señor
cuando, soplando sobre el rostro de sus discípulos, declaró: Recibid el Espíritu Santo (Jn 20,20).30

d) El Espíritu Santo: Dios personal

El Espíritu Santo no es sólo don del Padre y del Hijo. Es Dios mismo en cuanto comunicado,
donado, presente y activo en nosotros. Es Dios como amor actuante en nosotros (Cfr.Rom 5,5). Como
don personal, tercera persona de la Trinidad, el Espíritu actúa personalmente: "escudriña las
profundidades de Dios" (1Cor 2,10ss). "Enviado", entra activamente en la historia de la salvación,
realizándola y dándonos a conocer la voluntad salvífica de Dios (1Cor 2,10-14), crea la comunión
entre Dios y los hombres y de los hombres entre ellos (2Cor 13,13), testimonia a nuestro espíritu que
somos hijos de Dios (Rom 8,16), grita en nosotros: ¡Abba!¡Padre! (Gál 4,6) e interviene ante Dios en
favor nuestro (Rom 8,26ss)...

Un sujeto que actúa de esa manera ha de ser una persona tan real como lo es el Padre o el
Hijo. Este carácter personal del Espíritu Santo aparece claramente señalado en 1Cor 12,11, donde
Pablo presenta al Espíritu distribuyendo los dones "como El quiere". Lo concibe igualmente como una
persona cuando habla de su habitación en los fieles (1Cor 3,16;6,19). Dios está presente en el Espíritu
como en el Hijo porque El es Dios mismo (1Cor 3,16). Como Espíritu "que viene de Dios" es para
nosotros "don", pero no como una cosa, sino como alguien que dona, porque Dios se entrega a sí
mismo en el Espíritu (1Tes 4, 8). Por último, las fórmulas de triada en las que el Espíritu se presenta
en igualdad con Dios Padre y Cristo (1Cor 12,4-6; 2Cor 13,13), no indican una simple comunidad de
acción, sino una igualdad de tres Personas en el ser. Según el Evangelio de san Juan manifiesta su ser
personal en sus acciones personales:

-Procede del Padre: 15,26. Viene: 16,7s;16,13; convence al mundo de pecado: 16,8.
Comunica (hace conocer): 16,13s; guía hasta la verdad plena: 16,13.

-Recibe lo que es de Jesús:16,14s; da testimonio: 15,26. glorifica a Jesús: 16,14.

-Mora con los discípulos: 14,17; estará en ellos: 14,17; habla (revela): 16,13; Oye: 16,13;
enseña, recuerda: 14,26; anuncia lo que ha de venir: 16,13.

Por tanto, El Espíritu Santo es un ser personal (tercera Persona de la Trinidad) con un obrar
propio personal.

29 IBIDEM, XV,17,27.
30 IBIDEM, IV 20,28-29.

13
2. AMOR MUTUO DEL PADRE Y DEL HIJO

a) Imágenes del Espíritu Santo

Para conocer al Espíritu Santo nuestra fuente primera es la Escritura. Como dice el Vaticano
II: "Dios dispuso en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad,
mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el
Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina...Este plan de la revelación se realiza con
palabras y gestos intrínsecamente unidos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la
historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras,
y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas" (DV,n.2).

Pero la Escritura, con mucha frecuencia, habla de Dios y, en concreto, del Espíritu Santo, en
imágenes. El mismo nombre del Espíritu es soplo, aire, viento. Se le llama agua viva, fuego, lenguas
de fuego, imágenes todas ellas tomadas de la naturaleza que evocan sobre todo la invasión de una
presencia, que impulsa de forma irresistible.

Pero no son sólo estas las imágenes con las que nos habla la Escritura del Espíritu Santo. Se
sirve también para nombrarlo de la paloma, la unción, dedo de Dios, sello...A estas imágenes se
pueden añadir las utilizadas por la liturgia (en el Veni Creator y en el Veni, Sancte Spirutus) y por
los Santos Padres. San Simeón compara al Espíritu Santo con la llave que abre la puerta y San
Bernardo con el beso que intercambian el Padre y el Hijo...31

El que Dios se haya revelado preferentemente en imágenes responde a una razón profunda. Y
es que las imágenes más materiales son metáforas que no pretenden expresar, en modo alguno, el ser
en sí, sino el modo de actuar para nosotros. Dios es una roca; Cristo es un cordero; el Espíritu Santo
es agua viva. Ni Dios es un mineral, ni Cristo es un animal ni el Espíritu Santo un líquido con una
fórmula químicamente conocida. Pero Dios es firmeza para nosotros; Cristo una víctima ofrecida y
el Espíritu una fuerza portadora de vida.

Juan Pablo II, hablando de los símbolos evangélicos del Espíritu Santo, comenta el símbolo
del fuego, diciendo:

31 SAN BERNARDO, Sermón 8 sobre el Cantar de los Cantares,n.2.

14
Jesús mismo decía: "He venido a arrojar fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc
12,49). En este caso se trata del fuego del amor de Dios que "ha sido derramado en nuestros corazones por el Espí-
ritu Santo" (Rom 5,5). Las "lenguas como de fuego" que aparecieron el día de Pentecostés sobre la cabeza de los
Apóstoles significaban que el Espíritu traía el don de la participación en el amor salvífico de Dios. Santo Tomás
dirá que la caridad, el fuego traído por Jesucristo a la tierra, es "una cierta participación del Espíritu Santo". En
este sentido, el fuego es un símbolo del Espíritu Santo, Persona que es amor en la Trinidad divina.32

b) Espíritu del Padre y del Hijo

Ya los nombres que recibe el Espíritu Santo en la Escritura expresan su relación con las otras
dos personas divinas. Así se le llama "Espíritu de Dios" (Jn 1,32;Rom 8,14), "Espíritu del Padre" (Mt
10,20;Ef 3,16), "Espíritu del Señor" (He 5,9), "Espíritu de Dios (Padre) y de Cristo" (Rom 8,9),
"Espíritu del Hijo de Dios" (Gál 4,6), "Espíritu de Cristo" (1Pe 1,11), "Espíritu de Jesucristo" (Filp
1,19):
Los nombres son distintos, pero el Espíritu Santo es uno y el mismo; viviente y subsistente y que está siempre
presente con el Padre y el Hijo.33

Los textos del Nuevo Testamento, que hablan de la relación entre el Paráclito y el Hijo
conciernen al Verbo encarnado y a la economía de la gracia. Pero en ellos se nos manifiesta la
relación eterna del Espíritu y del Hijo. Como se dice que el Espíritu "procede del Padre" (Jn 15,26), se
nos dice también que nosotros somos hijos de Dios y podemos invocar a Dios como Padre porque
hemos recibido "el Espíritu del Hijo" (Gál 4,6). La filiación de Cristo es eterna; el Espíritu es
eternamente Espíritu del Hijo (Jn 16,14-15;20,22). Jesús podrá decir del Espíritu que "recibe de lo
mío", como procedente de El. Así leemos en el Apocalipsis:

Y me mostró un río de agua de vida, reluciente como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero (22,1).

El agua viva es el Espíritu (Jn 4,10s;7,37-39;Ap 21,6). Procede del trono de Dios y del
Cordero, como de una sola fuente.

La revelación pretende, en primer lugar, decirnos lo que Dios es para nosotros. Pero, al
mismo tiempo, de este modo desvela algo de lo que es en sí mismo. "Sé lo que es Dios para mí, dice
San Bernardo, lo que es en sí, El lo sabe". Pero la revelación económica, lo que Dios ha hecho por
nosotros, corresponde al misterio íntimo y eterno de Dios.34

San Agustín ve al Espíritu Santo como lazo del amor del Padre y del Hijo:

Por su manera propia de espirar al Espíritu, el Padre dirige un amor paterno a su Hijo; se complace en éste al que
engendra como su igual. Recíprocamente, el Hijo se complace en su Padre, pero filialmente, naciendo de El...Por
el Espíritu filialmente espirado, el Hijo se torna hacia su principio; tiene su complacencia en el Padre, queriéndole
en lo que El es personalmente, el principio sin principio, el no engendrado.35

Por consiguiente, por la espiración del Espíritu por el Padre, como fuente primera, y por el
Hijo, en dependencia del Padre, se establece entre las dos primeras personas una reciprocidad de
amor, que es el Espíritu, en la consustancialidad de las Tres Personas."Entre las Tres, todo es idéntico,
salvo la relación de origen", se ha repetido desde Gregorio Nacianzeno.36
32 JUAN PABLO II, catequesis sobre el Espíritu Santo del 17-10-1990.
33 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 5.
34 Es lo que K. Rahner ha formulado diciendo que la Trinidad económica corresponde a la Trinidad transcendente.
35 E. BAILLEUX, L'Esprit du Père et du Fils selon S. Agustín, Rev.Thomiste 77(1977)5-29.
36 GREGORIO NACIANZENO, Oratio 34.

15
El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo, pues se le llama tanto Espíritu del Padre
(Mt 10,28;Jn 15,26) como Espíritu del Hijo (Gál 4,6;Jn 14,26;20,22;Lc 6,19). El es, pues, común a
ambos:

La Escritura nos hace conocer en el Padre el principio, en el Hijo la generación, en el Espíritu Santo la unión del
Padre y del Hijo... La comunidad formada por la unidad de la Iglesia de Dios, fuera de la cual no tiene lugar la
remisión de los pecados, es, en cierta medida, la obra propia del Espíritu Santo, con la cooperación desde luego,
del Padre y del Hijo, ya que el Espíritu Santo mismo es, en cierto sentido, la comunión del Padre y del Hijo. El
Padre no es común al Hijo y al Espíritu Santo, ya que no es Padre de los dos. Y el Hijo, a su vez, no es común al
Padre y al Espíritu Santo, pues no es Hijo de los dos. Pero el Espíritu Santo es común al Padre y al Hijo por ser el
Espíritu del Padre y del Hijo.37

El Espíritu es, pues, la comunión sustancial del Padre y del Hijo. Por ser común al Padre y al
Hijo, recibe en propiedad los nombres que son comunes a los dos. Se le llama "Amor", que se dice
también del Padre y del Hijo: "Dios es amor" (1Jn 4,16). San Agustín, concluye:

Son Tres. Uno ama al que procede de El; el otro ama a aquel de quien procede y este Amor mismo.

San Bernardo, comentando el versículo del Cantar de los Cantares: "Que me bese con un beso
de su boca", entiende por este beso al Espíritu Santo:

Si el Padre es el que besa y el Hijo es besado, no es descabellado ver en el beso al Espíritu Santo, que es la paz
inalterable del Padre y del Hijo, su conexión inconmovible, su amor singular, su unidad indivisible.38

En la Teología oriental no es frecuente la concepción del Espíritu Santo como comunión entre
el Padre y el Hijo, pero no es del todo extraña. El Espíritu Santo es visto como aquel que es la unidad
del Padre y del Hijo y el vínculo de la Trinidad por San Cirilo de Alejandría y San Epifanio. En
el siglo XIV, el monje Gregorio Palamas, arzobispo de Tesalónica, escribe:

El Espíritu del Verbo supremo es como un cierto amor del Padre hacia el Verbo misteriosamente engendrado; y es
el mismo amor que el amadísimo Verbo e Hijo del Padre tiene a aquel que lo ha engendrado.39

Y en la época actual, Serge Boulgakov escribe: "Si Dios, en la Trinidad, es Amor, el Espíritu
Santo es Amor del Amor".40 Y, comentando el admirable icono de Andrei Rublev, Paul Evdokimov
interpreta el personaje del centro con estas palabras: "El Espíritu Santo está en medio del Padre y
del Hijo; es el que realiza la comunión. Es la comunión; es el amor entre el Padre y el Hijo. Se pone
esto claramente de manifiesto en que el movimiento parte de él. En su soplo, el Padre se desplaza en
el Hijo, el Hijo recibe a su Padre y la palabra resuena".41

Santo Tomás repite con concisión la idea del Espíritu Santo como lazo de amor entre el
Padre y el Hijo: "Siendo el Espíritu Santo el amor mutuo y el lazo de los dos, conviene que proceda
de los dos". "Procede de los dos como amor unitivo de los dos".42

Juan Pablo II, en la encíclica sobre el Espíritu Santo, Dominum et Vivificantem, citando a
Santo Tomás, dice:

37 SAN AGUSTIN, Sermo 71,18 y 33.


38 SAN BERNARDO, Sermo 8 in Cant.,2.
39 G. PALAMAS, Capita Physica, 36.
40 S. BOULGAKOV, Le paraclet, París 1964, p.74, que cita a San Agustín.
41 P. EVDOKIMOV, L'Icône, La Vie spirituelle 82(1956)24-37.
42 SANTO TOMAS, De Potencia, q.9,a.9;q.10,a.2...

16
Dios, en su vida íntima, "es amor" (1Jn 4,8.16), amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo
es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto "sondea hasta las profundidades de Dios" (1Cor
2,10), como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se
hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios
existe como don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-amor. Es Persona-
amor. Es Persona-don".43

c) El Espíritu Santo, soplo de Amor para el hombre

El Espíritu, como amor unitivo del Padre y el Hijo, es el que expresan los textos del
Evangelio según san Juan, que nos hablan del amor del Padre a Jesús (3,35;5,20; 10,17;17,23-24) y
del amor de Jesús al Padre (14,30;15,10). En ellos se habla evidentemente del Cristo encarnado, pero
la economía de la salvación es manifestación de la vida intradivina, como refleja Jn 17,24 que habla
del Cristo encarnado, pero suponiendo la preexistencia de Cristo.

Y Lucas nos refiere las palabras del ángel que anuncia el nacimiento de Jesús por obra del
Espíritu Santo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra"
(Lc 1,35). Juan Pablo II, comentando este texto, dice:

El Espíritu del que habla el evangelista, es el Espíritu que da vida. No se trata sólo de aquel "soplo de vida" que
es la característica de los seres vivos, sino también de la Vida propia de Dios mismo: la vida divina. El Espíritu
Santo que está en Dios como soplo de Amor, Don absoluto (no creado) de las divinas Personas, en la Encarnación
del Verbo obra como soplo de este Amor para el hombre: para el mismo Jesús, para la naturaleza humana y para
toda la humanidad. En ese soplo se expresa el amor del Padre, que amó tanto al mundo que le dio su Hijo
unigénito (Jn 3,16). En el Hijo reside la plenitud de la vida divina para la humanidad.44

Y en la catequesis del 14 de noviembre de 1990, dedicada "al Espíritu Santo, amor del Padre
y del Hijo", dice:

El amor recíproco del Padre y del Hijo procede en ellos y de ellos como persona: el Padre y el Hijo "espiran" al
Espíritu de Amor, consustancial a ellos..."Dios es amor", dice San Juan (1Jn 4,8). La Trinidad en su totalidad es
amor. Pero la atribución del Amor al Espíritu Santo, como su nombre propio en el seno de la Trinidad, que es
Amor, se encuentra en la enseñanza de los Padres de la Iglesia, herederos, a su vez, de la revelación de Jesús y de
la predicación de los Apóstoles. Así, en la oración sacerdotal de Jesús, dirigida al Padre, Jesús dice: "Yo les he
dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en
ellos y yo en ellos" (Jn 17,26). Se trata del amor con el que el Padre ha amado al Hijo "antes de la creación del
mundo" (Jn 17,24)...El Espíritu Santo es el amor con el que el Padre ama eternamente al Hijo, eternamente
amado por El. Como dice Santo Tomás: "De la misma manera que decimos que el árbol florece en las flores, así
decimos que el Padre se dice a sí mismo y a la Creación en el Verbo, el Hijo; y que el Padre y el Hijo se aman a sí
mismos y a nosotros en el Espíritu Santo, es decir, en el Amor procedente.

En esta misma perspectiva se ha de considerar el otro pasaje de la oración sacerdotal, cuando Jesús pide al Padre
por la unidad de sus discípulos: "Para que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado" (Jn 17,21). Si los discípulos han de ser "uno
en nosotros" -es decir, en el Padre y el Hijo-, esto sólo puede tener lugar por obra del Espíritu Santo, cuya
venida y permanencia en los discípulos es anunciada por Cristo al mismo tiempo: él "mora con vosotros y en
vosotros está" (Jn 14,17).

Este anuncio fue recibido y comprendido en la Iglesia primitiva, como lo demuestran la alusión de San Pablo al
amor de Dios "que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5) y
las palabras de San Juan: "Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en
nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en El y El en nosotros: en que nos ha dado su
Espíritu (1Jn 4,12-13).

43 JUAN PABLO II, Dominum et vivificantem,n.10.


44 JUAN PABLO II, catequesis sobre el Espíritu Santo del 23-5-1990.

17
De estas raíces se desarrolló la tradición sobre el Espíritu Santo como Persona-Amor.45

El bautismo cristiano, en agua y Espíritu Santo, nos introduce en la relación personal con las
tres Personas divinas, introduciéndonos en la intimidad de Dios. En el nombre de las Tres somos
sumergidos en el agua y unidos a las Tres ascendemos por el don del Espíritu Santo, que nos hace
partícipes de la naturaleza divina, es decir, del Amor del Padre y del Hijo, que es el mismo Espíritu
Santo. Y cada vez que hacemos la señal de la cruz, nos dice Juan Pablo II, "renovamos nuestra
relación con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo", inaugurada el día del bautismo.

Guillermo de Lieja, abad de Saint-Thierry (+1148), nos dejó esta oración que expresa la
profunda comunión nuestra con Dios, reflejo del misterio de unión trinitaria:

¡Oh amable Señor!, Tú te amas en ti mismo, cuando del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo, amor del
Padre al Hijo, amor del Hijo al Padre, amor tan alto que es unidad, unidad tan profunda que única es la sustancia
del Padre y del Hijo.

Y te amas a ti mismo en nosotros, cuando el Espíritu de tu Hijo enviado a nuestros corazones, por la dulzura del
amor y el ardor de la buena voluntad que Tú nos inspiras, grita: '¡Abba, Padre!' y haces de manera que te amemos.
Más aún, Tú te amas a ti mismo en nosotros, hasta el punto que nosotros esperemos en ti y adoremos tu nombre de
Señor...Henos aquí osando creer por la gracia de tu Espíritu de adopción que todo lo que hay en el Padre es
nuestro. Te llamamos con el mismo nombre con el que te llama tu Hijo único por naturaleza.

Se produce así una tal conjunción, una tal adhesión, un tal gusto de tu dulzura, que Nuestro Señor, tu Hijo, lo ha
llamado unidad, diciendo: "Que sean uno en nosotros"; y adquiere tal dignidad, tal gloria, que añade: "Como yo y
tú somos uno". ¡Oh gozo, oh gloria, oh riqueza, oh arrogancia! Porque la sabiduría tiene también su arrogancia...

Así, nosotros te amamos o, mejor, Tú te amas en nosotros, nosotros con afecto, Tú con eficacia, haciéndonos uno
en ti por tu propia unidad, quiero decir, por tu propio Espíritu Santo que nos has dado...

¡Adorable, terrible, bendito, dánoslo! Envía tu Espíritu y todo será creado y renovarás la faz de la tierra...¡Venga la
paloma con el ramo de olivo!¡Santifícanos con tu santidad! ¡Unenos con tu unidad!46

Podemos concluir con San Agustín:

El amor es de Dios y es Dios. Por tanto, propiamente es el Espíritu Santo, por el que se derrama el amor de Dios en
nuestros corazones, haciendo morar en nosotros a la Trinidad...El Espíritu Santo es llamado con propiedad Don,
por causa del Amor.47

45 SANTO TOMAS, Summa Theol. I,q.37,a.2.


46 GUILLERMO DE LIEJA, De contemplando Deo.
47 SAN AGUSTIN, De Trinitate XV,18,32.

18
3. EL ESPIRITU SANTO EN LA CREACION

a) La ruah de Dios, creadora de vida

El término hebreo ruah, traducido por el griego pneuma, significa soplo, aliento, aire, viento,
alma. Cualquiera de estos significados da a los textos bíblicos un realismo que, con frecuencia, no
sugiere la palabra española espíritu. La ruah es el viento, tanto el suave soplo de la brisa como el
huracán irresistible.

La narración bíblica de la creación es un testimonio de fe en la acción de Dios, que saca las


cosas de la nada. Así confiesa que "el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas" (Gén 1,2);con su
soplo (espíritu), "Dios amontona las aguas" (Ex 15,8.10) y las devuelve a su cauce, para salvar a
Israel. El espíritu de Dios sopla durante toda la noche para hacer vadeable el mar Rojo (Ex 14,21), lo
mismo que había hecho después del diluvio: "hizo soplar un viento sobre la tierra y comenzaron a
menguar las aguas" (Gén 8,1). El salmo 147 canta a Dios que "hace soplar al viento y manan las
aguas" (v.18). Israel ve la actuación de Dios y de su Espíritu en el viento solano que derrite el hielo y
la nieve, al llegar la primavera.

Los seres son obra de las "manos de Dios". La vida es don del Espíritu de Dios. Dios exhala
su aliento y su hálito penetra como vida en sus criaturas; Dios retira su hálito, escondiendo su rostro, y
mueren: "Si Tú escondes tu rostro, los seres se conturban; si les quitas el espíritu, expiran y vuelven al
polvo. Si mandas tu aliento, se recrían" (Sal 104,29-30). Job dirá: "El Espíritu divino me creó" (33,4)
y "si El volviera a sí su soplo y retrajera a sí su aliento, expiraría a una toda carne y el hombre
volvería al polvo" (34, 14-15).

La ruah bíblica es fuerza viva en el hombre; es el principio de vida, sede del conocimiento y
de los sentimientos. Debido a su importancia vital, la ruah se atribuye a Dios, es la fuerza de vida por
la que El actúa y hace actuar.48 No se trata de algo desencarnado, sino de la animación de un cuerpo.
Se opone a basar, carne, que no es el cuerpo, sino la realidad puramente terrestre del hombre,

48 Gén 1,2;1Re 18,45;Job 1,19;Sal 33,6;Sab 1,7.

19
caracterizada por la debilidad y por su carácter perecedero: "El egipcio es un hombre y no un dios y
sus caballos son carne y no espíritu" (Is 31,3); es inútil buscar en los egipcios el apoyo: son
perecederos; la verdadera fuerza y la vida no está en ellos. Antes del diluvio, Dios constata que los
hombres viven, no de su espíritu, no apoyados en El, sino buscando la vida en sí mismos, en su
principio terrestre, débil y perecedero. Por ello, dirá: "No permanecerá para siempre mi suplo, mi
ruah, en el hombre, puesto que él es pura carne" (Gén 6,3).

La ruah, como aliento vital, es señal de vida y tiene su origen en Dios mismo (Gén 2,7). El
hombre vive mientras Dios le comunica su ruah, pues puede darla o quitarla. 49 La ruah Yahveh es
siempre fuerza, principio de acción; anima y hace actuar para realizar el plan de Dios. Es siempre
energía de vida. De forma plástica lo expresaba J. Danielou:

¿Qué queremos decir cuando hablamos de espíritu, cuando decimos Dios es espíritu? ¿Hablamos en griego o en
hebreo? Si hablamos en griego, decimos que Dios es inmaterial. Si hablamos en hebreo, decimos que Dios es un
huracán, una tempestad, una fuerza irresistible. ¿Consiste la espiritualidad en hacerse inmaterial o en estar
animado por el Espíritu Santo?.50

Aunque Elías descubrió la presencia de Dios, no en el huracán ni en el fuego, sino en el


susurro de una brisa suave, esto no tiene nada que ver con la "suavidad" de su acción, sino con la
intimidad de Dios que penetra por dentro al profeta y lo arranca de su abatimiento y lo impulsa a la
misión (Cfr 1Re 19; particularmente v.15-17).

Según el contexto, la ruah puede ser simplemente el viento (Jn 3,8;He 2,1-4.6) o el aliento de
Dios que comunica la vida (Ex 15,8-10;Sal 33,6) y, por derivación, el aliento del hombre, principio y
signo de vida (Gén 7,22;Sal 104,29-30).Es también el soplo, la inspiración que hace realizar una obra
de Dios, como el santuario (Ex 31,3ss). Así se habla de espíritu de inteligencia (Ex 28,3), de sabiduría
(Dt 31,3;24,9;35,31). Pero el calificativo principal es el de espíritu de Dios, que expresa el sujeto por
cuyo poder surge algo en el mundo, en el hombre, en los jueces, reyes, profetas...En estos casos, Espí-
ritu de Dios es lo mismo que Dios en persona (Is 40,13): "Mas ellos se rebelaron y ofendieron su
Espíritu Santo" (Is 63,10).

Espíritu Santo, le llama Isaías (y Sal 51,13). Es santo porque es de Dios. Y Dios es santo
porque es Dios. De aquí que el Espíritu de Dios sea el que hace actuar de modo que se realice el plan
de Dios en la creación y en la historia.

b) La Palabra y el Espíritu, manos de Dios

Espíritu y Palabra se hallan frecuentemente unidos en la Escritura: "Por la Palabra de Yahveh


fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento de su boca" (Sal 33,6). "Manda su Palabra y
las derrite, sopla su Espíritu y manan las aguas" (Sal 147,18). "El Espíritu de Yahveh habla por mí, y
su Palabra está en mis labios" (2Sam 23,2). "Mi Espíritu que está sobre tí y mis palabras que yo pongo
en tus labios" (Is 59,21):

Si la creación y recreación se lleva a cabo por medio del Espíritu, no hay duda de que el comienzo de la creación
no tuvo lugar sin el Espíritu, lo mismo que con el Verbo. El Verbo ciertamente crea los cielos, pero el Espíritu
Santo crea todo su ejército, es decir, su ornato.51

Pero, donde aparece con fuerza la acción de las manos-Palabra y Espíritu- de Dios es en la
creación y recreación del hombre:

49 Job 27,3;33,4; Sal 104,27ss.


50 J. DANIELOU, L'horizon patristique, en Orientations actuelles, Paris 1971, p.22-23.
51 NICETAS DE REMESIANA, De Spiritus Sancti potentia 8.

20
Por medio de las manos del Padre, esto es, por medio del Hijo y del Espíritu, se hace el hombre a imagen de Dios
(Gén 1,26).52

...Si eres obra de Dios, estáte atento a la mano de tu Artífice que lo hace todo oportunamente. Ofrécele un
corazón blando y moldeable y conserva la figura con que te modeló el Artífice, guardando en ti mismo la
humedad, no sea que, endurecido, dejes que se desvanezcan las huellas de sus dedos. Pues por la habilidad de
Dios queda escondido lo que en ti hay de barro. Su mano fabricó la sustancia que hay en ti y te cubrirá por dentro
y por fuera con oro puro y plata (Ex 25,11) y hasta tal grado te embellecerá que el mismo Rey quedará prendado
de tu hermosura (Sal 44,12). Mas, si endurecido, te resistes a su arte y te muestras desagradecido con El, porque
has sido hecho hombre, convirtiéndote en ingrato para con Dios, entonces perderás, al mismo tiempo, su arte y tu
vida....53

El hombre, modelado al principio de la creación por las manos de Dios, para llegar a ser
hombre perfecto ha de confiarse al arte de tales manos que saben dar el toque y el retoque oportuno al
modelado. Mientras el barro, que es el hombre, permanezca húmedo, con docilidad de corazón, las
manos de Dios, que son la Palabra y el Espíritu, lograrán plasmar en él la imagen y semejanza
perfecta de Dios.54

En la unidad de Palabra y Espíritu está presente Dios, creando y comunicándose. El mundo


fue creado "por el Padre por medio del Hijo en el Espíritu Santo", como repite san Agustín y otros
muchos Padres.55 El mundo fue creado por Dios Padre, "Señor del cielo y de la tierra" (Mt
11,25),"creador de todo" (He 4,24;Ef 3,9;Heb 1,2). En la vida trinitaria ad intra, el Padre es el
principio sin origen; así también, el Padre es el principio último en la acción divina ad extra. Pero el
mundo fue creado por medio del Hijo, Palabra del Padre. El Padre, de quien todo procede en el cielo
y en la tierra, creó el mundo por medio del Hijo56 y en orden a Cristo (Col 1,16).

El Padre crea por medio del Hijo en el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el don original
del amor intradivino, don que actúa en toda la actividad de donación de Dios "hacia fuera". El
Espíritu es "la fuerza de arriba" (Lc 24,49). "El Espíritu del Señor llena el mundo" (Sab 1,7), es el
aliento de vida.57 "El soplo incorruptible de Dios está en todas las cosas" (Sab 12,1),"en todo
viviente".58 Es un espíritu creador (Jdt 16,27;Sal 37,6)."El Espíritu de Dios me ha creado y el soplo
del Omnipotente me da vida" (Job 33,4)."Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tie-
rra" (Sal 104,30):

El don del Espíritu ha sido enviado "a toda la tierra"; en los últimos tiempos, "ha sido derramado sobre todo el
género humano"; y, al "descender sobre el Hijo de Dios convertido en Hijo del hombre, con El se acostumbró a
habitar en el género humano, a reposar sobre los hombres, a residir en la obra modelada por Dios".59

El don es siempre gratuito, sin espera de contracambio. El origen del don es, pues, el amor. Y
lo primero que el amor da, es a sí mismo. El mismo es el don primero del que parten todos los demás
dones. Puesto que el Espíritu Santo procede como amor del Padre y del Hijo, El es el Don primario.

52 SAN IRENEO, Adv.Haer. V 6,1 y V 28,4.


53 IBIDEM, IV 39,2-3.
54 Cfr. C. GRANADOS, Las manos de Dios. Lectura de textos patrísticos, Proyección 29(1982)83-94.
55 SAN AGUSTIN, Com. in Ioan 20,9;De vera religione 55,113;De Trinitate, 1,6,12...
56 1Cor 8,6;Heb 1,2;Jn 1,3.10;Col 1,15-17.
57 Gén 6,3)Eclo 12,7;Job 27,3;34,14.
58 Sal 104,28-30;Job 34,14-15.
59 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,11,8; 11,9 y 17,1.

21
Por eso "por medio del Don que es el Espíritu Santo, se reparten entre los cristianos muchos dones
especiales".60

La ruah de Dios que aletea sobre la creación, como principio vivificante y culminador de la
creación, es el Don primario, la manifestación del amor con que Dios se da a la creación de sus
manos (Sab 11,24-26): "su Hijo y el Espíritu Santo". Para san Basilio las propiedades de las
personas divinas repercuten en la creación: el Padre es la causa que prepara; el Hijo, la causa que
realiza, y el Espíritu, la causa que culmina la creación.61

San Agustín fusiona la teología de la creación y la teología trinitaria, diciendo que "a todas
las criaturas les ha dado el ser la Trinidad creadora: el Padre por el Hijo en la donación del Espíritu
Santo, quien garantiza que son buenas".62 Este origen imprime en las cosas creadas las huellas
(vestigia) de la Trinidad, de su ser eterno, de su sabiduría, del gozo de su amor. 63 Y el hombre -con
memoria, entendimiento, y voluntad- es imagen del Dios uno y trino, que se expresa en la vida de fe-
esperanza-amor.64

Según Santo Tomás, siguiendo a san Agustín, la creación está en íntima relación con la vida
trinitaria de Dios. El Padre se reconoce en su perfecta reproducción, el Verbo: engendra
eternamente al Hijo; Padre e Hijo se abrazan con un amor que da un fruto personal: espiran
eternamente el Espíritu. La creación tiene su origen en ese mismo conocimiento y en ese amor de
Dios. Igual que la naturaleza divina el Hijo la tiene del Padre y el Espíritu Santo la tiene de ambos,
también la fuerza creadora, a pesar de ser común a las tres personas, les corresponde con un cierto
orden, de acuerdo con la peculiaridad de su origen propio: Dios Padre ha llevado a cabo la creación
por su palabra, que es el Hijo, y por su amor, que es el Espíritu Santo. Son, por tanto, los orígenes de
las personas los fundamentos del origen de las criaturas. Así, al igual que el Padre se expresa a sí
mismo y a todas las criaturas por la Palabra que El engendró, así se ama a sí mismo y a todas las
criaturas por el Espíritu Santo.65

Pero el Espíritu, como el viento, es imprevisible e inasible. Donde está el Espíritu está la
libertad. El Espíritu abre al hombre a la novedad creadora e insospechada, que El crea: "El viento
sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que
nace del Espíritu" (Jn 3,8).

c) El Espíritu recrea en el hombre su ser original

Isaías anuncia una creación nueva en el Espíritu de Dios: "Al fin será derramado sobre
vosotros el Espíritu de lo alto y el desierto se convertirá en vergel, y el vergel será tenido por selva; el
derecho morará en el desierto y la justicia en el vergel...y su fruto será el reposo y la seguridad" (Is 32,
15-18). Es lo que pide el israelita piadoso: "Crea en mí, oh Dios, un corazón puro y renueva dentro de
mí un espíritu nuevo...No me quites tu Santo Espíritu" (Sal 51,12-13). Es lo que, ante la visión de la
casa de Israel como un campo de huesos secos, anuncia Ezequiel: "Así dice el Señor Yahveh a estos
huesos: he aquí que voy a hacer entrar en vosotros el Espíritu y viviréis...Sabréis que yo soy Yahveh

60 SAN AGUSTIN, De Trinitate 15,19; SANTO TOMAS, I,q.38, a.2.


61 SAN BASILIO, De Spiritu Sancto, 16,38.
62 SAN AGUSTIN, De vera religione, 7,13;De civitate Dei, 11,22.
63 IDEM, De Trinitate 6,10,12;9,3-10...
64 SAN BUENAVENTURA, I Sent.3,1,1,2; Breviloqium 2,12.
65 SANTO TOMAS,I,q.32,a.1 ad 3;I,q.45,a.6 ad 2;I, q.37,a.2 ad 3...

22
cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestros sepulcros, pueblo mío. Infundiré mi espíritu
en vosotros y viviréis" (37,5.13-14).

El Espíritu Creador es el que recrea y hace nuevas todas las cosas. "Como el árbol seco,
asociándose al agua, echa brotes, así el alma en pecado, hecha digna del Espíritu Santo por la
conversión, produce racimos de justicia":

Bebamos del "agua viva, que salta hasta la vida eterna" (Jn 4,14). El Salvador dijo esto en relación al Espíritu que
recibirían los que creyeran en El (Jn 7,39). Atiende a lo que dice: "El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos
de agua viva manarán de sus entrañas" (Jn 7,38). No ríos visibles, que sólo riegan una tierra que produce espinas y
árboles, sino que iluminan las almas. Y en otra parte dice: "Pero el agua que yo le daré, se hará en él una fuente de
agua viva que salta hasta la vida eterna" (Jn 4,14).

Y ¿por qué llamó agua a la gracia del Espíritu? Porque al agua se debe la conservación de todas las cosas; porque
el agua es la que produce la hierba y los seres vivos; porque el agua de las lluvias viene de los cielos; porque viene
de una sola forma, pero obra de muy diversas maneras. Una sola fuente riega todo un jardín; una misma lluvia cae
en todo el mundo, y es blanca en la azucena, roja en la rosa, purpúrea en la violeta y el jacinto, y distinta y variada
en las diversas clases de flores. En la palma es una; en la vid otra; y todo en todo. Es uniforme y no diferente de sí
misma. No es que la lluvia se transforme, y ahora caiga una y luego otra, sino que se acomoda a la manera de ser
del que la recibe y es para cada uno lo que le conviene. Del mismo modo el Espíritu Santo, siendo uno, simple e
indivisible, distribuye a cada uno la gracia como quiere (1Cor 12,11). Y como el árbol seco, asociándose al agua,
echa brotes, así el alma en pecado, hecha digna del Espíritu Santo por la conversión, produce racimos de justicia.66

Como el hombre, con la primera insuflación, resultó un ser viviente (Gén 2,7), con la nueva
insuflación fue devuelto a la vida, perdida por el pecado:

Cristo Resucitado agració a los Apóstoles con la comunicación del Espíritu Santo, pues está escrito: "Y diciendo
esto sopló y les dijo: recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados y a quienes
se los retengáis, les serán retenidos" (Jn 20,22). Esta es la segunda insuflación, porque la primera quedó oscurecida
a causa del pecado.67

La imagen y semejanza de Dios se daban en el hombre hecho por las manos de Dios, el
Verbo y el Espíritu (Cat XII,5). El hombre recibió el ser imagen y permanece para siempre. Sin em-
bargo, la semejanza, quedó desfigurada, rota, velada por el pecado. Con la insuflación de Cristo
resucitado sobre los Apóstoles para el perdón de los pecados, se restablece al hombre en su primer ser,
tal como salió de las manos de Dios:

Entonces dijo Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza" (Gén 1,26). Lo de según la
imagen lo recibió, pero lo de según la semejanza se oscureció por la desobediencia. Pues bien, en el tiempo en
que lo perdió, en ese mismo tuvo lugar también la restauración. Cuando el hombre creado fue por desobediente
expulsado del paraiso, entonces el creyente fue por su obediencia introducido. Entonces, pues, tuvo lugar la
salvación, cuando tuvo lugar la caída: cuando aparecieron las flores y vino el tiempo de la poda (Cant 2,12).68

El Espíritu, recreando al hombre, da ojos nuevos al corazón para ver a Dios (Mt 5,8) y para
ver la creación recreada con los ojos de Dios. El Espíritu, como la luz, con la emisión de un solo rayo,
lo alumbra todo, repiten San Cirilo y San Basilio a los catecúmenos, que van a ser iluminados:

Simple en su esencia y variado en sus dones, el Espíritu está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se
reparte sin sufrir división, deja que participen de El, pero El permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos
beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el
mar.69

66 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat.XVI,11 y 12.


67 SAN CIRILO DE jERUSALEN, Cat XVII,12.
68 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XIV 10.
69 SAN BASILIO, De Spiritu Sancto 9,22; SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat.XVI,22.

23
El Espíritu no abandonó a Cristo después de la resurrección de entre los muertos. Cuando el Señor, para renovar
al hombre y para devolverle, pues la había perdido, la gracia recibida de la insuflación de Dios, insufló sobre el
rostro de sus discípulos, ¿qué dice?: 'Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados....70

El paraíso, cerrado con la espada de fuego (Gén 3,24), con la venida del Espíritu Santo en
forma de lenguas de fuego (He 2,3) se abrió de nuevo. La "espada del Espíritu" (Ef 6,17) vence al
Maligno y restaura la gracia original, permitiendo a los hombres entrar de nuevo en el paraíso, que es
la Iglesia. La puerta iluminada que indica el acceso son los Apóstoles coronados por el fuego del
Espíritu:

Para que no se ignorase la magnitud de la gracia que descendía "se oyó de pronto un ruído que venía del cielo,
como el de un viento impetuoso" (He 2,2), que indicaba la venida del que se concedía a los hombres para arrebatar
con violencia el reino de Dios (Mt 11,12), para que los ojos vieran las lenguas de fuego y los oídos oyeran el ruído.
"Y se llenó toda la casa en la que estaban aguardando" (He 2,2). La casa se convirtió en recipiente del agua
espiritual. Los discípulos, que aguardaban dentro, fueron, pues, bautizados completamente según la promesa.
Quedaron revestidos en alma y cuerpo de una vestidura divina y salvadora. "Y se les aparecieron repartidas
lenguas como de fuego, y se posaron sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo" (He 2,3-
4). Recibieron un fuego que no quema, sino un fuego que es salvador, que consume las espinas de los pecados y
que da luminosidad al alma. Este va a venir ahora también sobre vosotros, y va a quitar y consumir las espinas de
vuestros pecados, hará mucho más brillante el precioso tesoro de vuestras almas y os dará la gracia, que entonces
dio a los apóstoles. Se posó sobre ellos en forma de lenguas de fuego, para que con las lenguas de fuego nuevas y
espirituales coronaran sus cabezas. Una espada de fuego había cerrado antes la entrada al paraíso, una salvadora
lengua de fuego restauró la gracia.71

Como Espíritu Creador le invocamos en el himno de Vísperas de la fiesta de Pentecostés:

Ven, Espíritu Creador,


y visita nuestras mentes,
llena de celeste gracia
los pechos que tú creaste.

70 SAN BASILIO, De Spiritu Sancto 16,39.


71 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVI,15.

24
4. EL ESPIRITU SANTO EN LA HISTORIA DE LA SALVACION

En la "brisa de la tarde" (Gén 3,8) Dios va al encuentro del hombre en el paraíso. En la


medida en que el hombre entra en la ruah de Dios, tiene vida; si se esconde, queda sin espíritu, sin
aliento, sin vida.72 Dios crea y renueva la tierra dando la ruah (Sal 104,30).

El Espíritu de Dios tiene como misión asegurar la realización de su plan en la historia. Para
ello da a los elegidos sabiduría y discernimiento. El faraón lo reconoce en José: "Podemos encontrar
un hombre como éste, en quién está el espíritu de Dios?" (Gén 41,38). El espíritu invade a Moisés
para guiar al pueblo; y de él toma Dios y reparte entre los setenta ancianos, que ayudarán a Moisés
en su misión (Núm 11, 16ss.25). Y Moisés desearía que todo el pueblo participara del mismo espíritu:
"¡Ojalá que todo el pueblo de Yahveh fuera profeta y pusiera Yahveh su espíritu sobre ellos!" (Núm
11,29). Cuando Moisés esté a punto de morir, Dios asegura la sucesión, dando a Josué su espíritu
(Núm 27,18): "Y Josué, el Hijo de Núm, fue lleno del Espíritu de sabiduría, porque Moisés impuso
sus manos sobre él" (Dt 34,9).

Dios llena de espíritu de sabiduría a los artesanos que han de hacer las vestiduras
sacerdotales (Ex 28,3). Y a Besalel, Dios le llama por su nombre y le hace partícipe de su sabiduría,
llenándolo de su Espíritu, para que edifique el Santuario con habilidad, pericia y experiencia (Ex
31,3;35,31). Sobre el Santuario, que él y sus ayudantes levantan, se posará la gloria de Dios, como
presencia vivificante de Dios para el pueblo. Dios, pues, da su Espíritu a quienes aseguran su pre-
sencia en el culto de la asamblea. Así Dios, más tarde, moverá el espíritu de los sacerdotes y levitas

72 Sal 104,29;78,39;Qo 3,21;12,7.

25
para que construyan la casa de Yahveh en Jerusalén (Esd 1,5). Y ya, cuando David proyecta
construir el templo, recibe por el Espíritu el diseño de la casa de Dios (2Cro 28,12).

Es tal la fuerza del espíritu de Dios que, para asegurar la realización de su plan en la
historia, arrastrará a Balaam a profetizar contra su voluntad:

Cuando Balaam alzó los ojos y vio a Israel acampado por tribus, vino sobre él el espíritu de Yahveh y pronunció
su oráculo diciendo: Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del hombre que ve lo secreto, oráculo del que oye
las palabras de Dios, del que ve la visión de Sadday, del que, al caer en éxtasis, se le abren los ojos (Núm 24,2ss).

a) El Espíritu en los Jueces

El espíritu de Dios se manifiesta en los jueces, suscitados por Dios para liberar al pueblo de la
opresión. Son los salvadores de Israel. Para ello, Dios infunde en ellos su espíritu:

-Dios suscitó a los israelitas un libertador que los salvó: Otniel, hijo de Quenaz y hermano
menor de Caleb. El espíritu de Yahveh vino sobre él...(Ju 3,9-10).

-El espíritu de Yahveh revistió a Gedeón y le llenó de fuerza (Ju 6,34).

-El espíritu de Yahveh vino sobre Jefté...(Ju 11,29).

-Y Sansón, "cuando aún obedecía al Espiritu y no le entristecía (Ef 4,30), realizó cosas
sobrehumanas", comenta San Cirilo. La Escritura dice de él: "La mujer dio a luz un hijo y le llamó
Sansón. El niño creció y Yahveh le bendijo. El espíritu de Yahveh comenzó a excitarlo...(13,25). "El
espíritu de Yahveh lo invadió..." (14,6.19).

A Saúl, último juez y primer rey, le anuncia Samuel: "Te encontrarás con un grupo de
profetas que bajan del lugar alto...Entonces te invadirá el espíritu de Yahveh..., de suerte que te
transformarás en otro hombre" (1Sam 10,5-6). Y, luego, cuando debe liberar Yabés Galad "el espíritu
de Dios le invade de nuevo" y se duplican sus fuerzas (1Sam 11,6).

b) En David y su descendencia

Pero hasta aquí el espíritu de Yahveh aparece como un don momentáneo que Dios da a los
elegidos para una misión concreta. Con David ocurre algo nuevo. Cuando le unge Samuel, se dice: "A
partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahveh" (1Sam 16,13). El espíritu de Yahveh le
acompañará durante todos los días de su vida (2Sam 7). Más aún, según la profecía de Isaías: "Saldrá
un renuevo del tronco de Jesé, un tallo de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh"
(Is 11,2). El espíritu de Yahveh, posado sobre el rey David, se prolongará en sus descendientes, hasta
llegar a Jesús, "hijo de David". El descendiente de David, sobre el que reposará permanentemente el
Espíritu con la plenitud de sus dones, asegura a sus súbditos el reino deseado, gracias al Espíritu que
lo reviste de fuerza divina.

La ruah alcanza al rey, lo penetra y le confiere una fuerza superior; como el óleo de la unción,
el espíritu le invade por dentro y le llena de fuerza.

c) En los profetas

El Espíritu actúa, de modo particular, en los profetas. Ya el símbolo cristiano, al confesar la fe


en el Espíritu Santo, dirá de El que "habló por los profetas". La palabra profética se atribuye a la

26
inspiración del Espíritu.73 El Espíritu hace del profeta "la boca de Dios" (Jr 15,19). Sólo cuando han
recibido el don del Espíritu pueden profetizar (Nu 11,25-26; 24,2). Por ello Miqueas "se siente lleno
de fuerza, por el Espíritu de Yahveh, y de juicio y de valor, para denunciar a Jacob su delito y a
Israel su pecado" (3,8). El nos dirá que la ruah es una fuerza de vida que Dios envía (2,11).
Igualmente Isaías, que se siente enviado por el Espíritu (48,16), presentará a la ruah como una
fuerza irresistible, tremenda, como el viento que agita los árboles (7,2) o el torbellino que esparce el
tamo por los montes (17,13) o como un torrente que se desborda y cubre hasta el cuello (30,28).

Dios actúa en los profetas por medio de su Espíritu. Hombre de Dios, el profeta es, como tal,
hombre del Espíritu, hombre que goza del don del Espíritu, poseído por el Espíritu de Yahveh. Elías
está enteramente en su poder (1Re 18,12;2Re 2,16). Y cuando Elías desaparece en el carro de fuego,
el espíritu que animaba a Elías reposa sobre Eliseo (2Re 2,15-16). Tanto de Elías (1Re 46), como de
Eliseo (2Re 3,15) se dirá igualmente que posa sobre ellos la mano de Dios. "Mano o dedo de Dios"
será un nombre frecuente dado al Espíritu.

El Espíritu llenó de sabiduría a Daniel -"Suscitó Dios al Espíritu Santo en un muchacho"


(Dan 13,45)-, para confundir a los ancianos y liberar a la casta Susana. Hasta Nabucodonosor
reconoce la presencia del Espíritu en él: "He sabido que el Espíritu de Dios está en ti" (Dan 4,6).
Dios "otorga su buen Espíritu para instruirlos" (2Esd 9,20) a Azarías (2Cr 15,1), a Oziel (2Cr 20,14)
a Zacarías (2Cr 24,20).

Isaías presenta la ruah como principio de vida. Lo que es digno de este nombre, viene de
Dios (28,5-6). En la tempestad y en los peligros, Isaías anuncia la esperanza de liberación: a Ajaz
con la profecía del Emmanuel (7,10ss), a Ezequías cuando la invasión de Senaquerib: "El resto que
se salve, echará raíces en profundidad" (37,21-35). En medio de estos dramas predice Isaías:
"Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un tallo de sus raíces brotará. Reposará sobre El el Espíritu
de Yahveh, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de
ciencia y de temor de Yahveh" (11,1ss). Se trata del anuncio del Mesías, el Ungido por excelencia,
que recibirá del Espíritu todos los dones necesarios para reinar según justicia. La efusión del
Espíritu recreará el mundo, devolviéndole el esplendor del paraíso:

Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros el Espíritu. Se hará la estepa un vergel, y el vergel será
considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el fruto de la justicia
será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua. Y habitará mi pueblo en albergue de paz, en moradas
seguras y en posadas tranquilas (32,11-18).

d) En el Siervo de Yahveh

Esto será obra del Siervo de Yahveh, sobre quien Dios pone su Espíritu (Is 42,1). Se trata,
sin duda, del anuncio del Mesías. Pero, con el Mesías, lleva a cabo esta obra todos los elegidos por
Dios para realizar su plan de salvación, a los que la Escritura llama siervos.74 La salvación es obra del
soplo de Dios, de ese impulso de vida y de actividad que es su Espíritu. Así lo celebra Isaías en los
capítulos 60 y 61, dirigidos a los exiliados de Israel y que comienzan con la declaración solemne:

El Espíritu de Yahveh está sobre mí, puesto que Yahveh me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a
los humildes...

73 Os 9,7;2Sam 23,2;Is 48,16;61,1;Ez 2,2;11,5; Zac 7,12;2Cro 15,1;20,14;24;28;Sab 9,17...


74 Son llamados siervos(Ebed) de Dios: Abraham(Gén 26,24;Sal 105,6), Moisés(Ex 14,31;Núm 12,7;Dt 34,5;Jos
1,1.2.7;9,24;11,15;1Re 8,53;2Re 21,8;Mal 3,22;Sal 105,26;Neh 1,7.8;9,14), Josué(Jos 24,29;Ju 2,8), David (2Sam
3,18;7,5.8; 1Re 3,6;8,66;11,13;14,8;2Re 20,6;Is 37,35; Jr 33,21ss.26;Sal 18,1;36,1;78,70), Elías(2Re 9,36;10,10), Isaías(Is
20,3), Zorobabel (2Re 9,36;10,10). Y de manera colectiva, todos los profetas(2Re 9,7;Jr 7,25;Am 3,7).

27
Jesús, fiel Siervo de Yahveh, proclamará su cumplimiento en la sinagoga de Nazaret: "Hoy se
ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír" (Lc 4,21).

e) El Espíritu, principio de nueva vida

Ezequiel, el gran profeta de la ruah, confesará con fuerza expresiva: "Y el Espíritu cayó
sobre mí y me dijo: Di, esto dice el Señor" (11,5). Cuando el Espíritu de Dios cae sobre el profeta no
sólo le alcanza, le toca, sino que, como fuego (Am 5,6), le penetra (Ez 15,4;17,9). Ha desaparecido la
monarquía y el sacerdocio, el profeta es el apoyo del pueblo y sobre él se posa el Espíritu de Dios. Al
momento de la elección no sólo cae sobre él y lo lleva de un lugar a otro, sino que "entra en él" (2,2),
"entra en él, lo pone en pie y le arrebata hasta hacerle sentir quemazón de espíritu" (3,24). En
Ezequiel actúa el Espíritu como en las ruedas de la merkabá (1,20). Por eso, Ezequiel anunciará al
pueblo abatido, sin ruah, un Espíritu nuevo (11,19;18,31;36, 26). Dios mismo lo infundirá sobre la
casa de Israel (39,29).

Ezequiel es consciente de estar bajo el influjo del Espíritu, de hablar y actuar por inspiración
suya (2,2;3,12.14.24). Ezequiel ha visto la ruina de Jerusalén, que había predicho, la destrucción del
templo, del que había "visto" marchar la Presencia y, por último, ha contemplado la deportación del
pueblo a Babilonia. Ha muerto el culto y el pueblo que lo celebra. Pero Yahveh está más presente que
nunca en sus fieles. Por ello, su Espíritu reanimará sus huesos (37,3-5.10), su soplo los devolverá a la
vida y, además, se comunicará a sus corazones. Son los capítulos 36 y 37:

Os rociaré con agua pura y quedaréis limpios; os limpiaré de todas vuestras inmundicias y de todas vuestras
idolatrías. Os daré un corazón nuevo e infundiré en vuestro interior un espíritu nuevo; quitaré de vuestro cuerpo el
corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu en vuestro interior y procederéis según mis
leyes (36,25-27).

Así dice el Señor: He aquí que voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis...Os infundiré espíritu y viviréis;
y sabréis que yo soy Yahveh (37,5-6).

No les ocultaré más mi rostro, porque habré derramado mi espíritu sobre la casa de Israel, oráculo del Señor
Yahveh (39,29).

Es el Espíritu quien conduce a Ezequiel a donde están los exiliados (Ez 3,12-15) y también al
templo de Jerusalén (Ez 8,3; 11,1;43,5). La prueba del exilio, interpretada por los profetas, llevó a una
visión del Espíritu de Dios que purifica los corazones, que penetra en la interioridad y santifica a los
fieles del Señor. Se tratará de un nuevo comienzo, un nuevo éxodo, una nueva alianza, un pueblo
renovado.75

Continuando a Ezequiel, el Deutero-Isaías anuncia que Dios, por su Espíritu, será principio
de vida nueva, fiel y santa para Israel:

Ahora, pues, escucha, Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo elegí. Así dice Yahveh que te creó, te plasmó ya en el
seno y te da ayuda: No temas, siervo mío, Jacob, Yesurún a quien yo elegí. Derramaré agua sobre el suelo
sediento, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca.
Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas. El uno dirá: Yo soy de Yahveh, el
otro llevará el nombre de Jacob. Un tercero escribirá en su mano: De Yahveh y se llamará Israel (Is 44,1-5).

Dios pondrá su Espíritu sobre su Siervo, su elegido (Is 42,1). Pero Joel extenderá este don a
todos los pueblos. La ruah, que era un don privilegiado primero del rey y luego del profeta, en la
profecía de Joel, esta destinada a todas las categorías del pueblo elegido, sin distinción de sexo o
edad:

75 Jr 31,31-34;Is 44,3-5;63,11-14;Ag 2,5;Zac 4,6;12,10;Neh 9,20.

28
Después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros
ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Aún sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi
Espíritu en aquellos días (Jl 3,1-2).

Pedro anunciará el día de Pentecostés el cumplimiento de esta promesa. Y San Pablo, a la luz
de la historia de la salvación, llegada a su plenitud en Cristo Resucitado, que derrama su Espíritu,
puede decir:

A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para utilidad común. Así a uno se le da por medio del Espíritu
palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe en el mismo Espíritu; a otro,
carismas de curaciones en el mismo Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de
espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, interpretación de lenguas. Pero todo esto lo realiza un único y
mismo Espíritu, distribuyendo a cada uno en particular según su voluntad (1Cor 12,7-11).76
f) Espíritu y Sabiduría

Al final del Antiguo Testamento, los escritos sapienciales harán casi una identificación entre
Sabiduría y Espíritu. Idénticas son sus acciones y frutos. La Sabiduría, como el Espíritu, procede de
Dios y guía a los hombres de acuerdo con la voluntad de Dios; ha elegido como residencia a Israel,
donde ha formado amigos de Dios y profetas; la Sabiduría posee un espíritu (7,22), o es un espíritu
(1,6), actúa bajo la forma de espíritu (7,7); es la gran maestra interior de las almas:

En la Sabiduría hay un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, amigo de los hombres, firme, seguro,
sin zozobras, que todo lo puede, que está atento a todo, que penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros,
los más sutiles. La Sabiduría es más ágil que todo movimiento; todo lo atraviesa y penetra por su pureza. Porque es
un soplo del poder de Dios, emanación pura de la gloria del todopoderoso; por eso, nada manchado penetra en
ella...Siendo una, todo lo puede; y, permaneciendo la misma, todo lo renueva. En todas las edades entra en las
almas santas; hace de ellas amigos de Dios...Se extiende de un extremo al otro y todo lo gobierna conve-
nientemente (Sab 7,22-8,1).

"El soplo del hombre es una lámpara del Señor que explora todos los rincones de su ser" (Pr
20,27), citado por Clemente de Roma bajo la forma: "El Espíritu del Señor es una lámpara cuya luz
penetra hasta lo más profundo del corazón" (Cor. XXI, 2). Así el Espíritu de Dios conduce sus fieles a
la realización interior de su plan. Salomón, que ha pedido a Dios y recibido de El "el Espíritu de
Sabiduría" (Sab 7,7), dirá:

Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu
santo Espíritu? (Sab 9,17).

Ya en estos textos sapienciales hay una personalización del Espíritu Santo. El monoteísmo
riguroso de la religión judía asociaba a Dios realidades que eran Dios pero que, en Dios,
representaban modos de acción, de presencia, de estar con los hombres: la Sekinah, la Sabiduría. Así
lo que se dice de la Sabiduría en los capítulos 8 y 9 expresa una acción íntima del Espíritu de Dios y
es aplicable al Espíritu Santo. Sabiduría y Espíritu, frecuentemente, aparecen unidos y significan lo
mismo (Sab 1,4-5;7,22-23;9,17). Son Dios para nosotros, con nosotros. Erik Sjöberg escribe:

La autonomía progresiva de la noción de espíritu en el judaísmo constituye un fenómeno llamativo. Con mucha
frecuencia, la literatura rabínica habla del Espíritu como de una persona. Son muchos los textos que nos presentan
al Espíritu Santo que habla, que camina, que exhorta, se aflige, llora, se alegra, consuela, etc. De igual manera, se
describe a veces al Espíritu hablando a Dios. De ahí que se estimara frecuentemente que aparece en el judaísmo
como una hipóstasis, como un ser personal semejante a un ángel...El Espíritu Santo es una realidad divina enviada
por Dios y que actúa con una cierta autonomía, dentro de los límites impuestos por la voluntad de Dios.77

76 Estoy leyendo estos textos en San Cirilo que hace a los catecúmenos su síntesis de la actuación del Espíritu en la
historia de la salvación, para el Antiguo Testamento, cat.XVI 25-32.
77 En Kittel, Esprit, p.110-111.
29
En todo el Antiguo Testamento el Espíritu aparece como un ser, dependiente de Dios, que
obra en el mundo y crea el ambiente vital en el que Dios se hace presente, se encuentra con el hombre.
El Espíritu alcanza al hombre, le penetra para llevarle a realizar las obras de Dios, acciones de
salvación en los jueces y reyes, anunciando por los profetas al Mesías y una creación nueva, por su
efusión en los corazones de todos los miembros del pueblo elegido, pero reposará esencialmente sobre
el Ungido por excelencia, el Mesías, Cristo.

5. EL ESPIRITU SANTO EN LA VIDA DE CRISTO

a) Espíritu de la Promesa

En Jesús se cumplen todas las promesas y esperanzas del Antiguo Testamento. Y el Espíritu
es "la Promesa del Padre".78 Pablo le llama "el Espíritu de la Promesa" (Gál 3,14),"Espíritu Santo de
la Promesa" (Ef 1,13). Por ello, al llegar la plenitud de los tiempos con Cristo, el Espíritu de Dios se
posa y permanece en El. Jesús es, pues, el Ungido, el Cristo. "La primera y suprema maravilla
realizada por el Espíritu Santo es Cristo mismo. El Espíritu ha dejado la impronta de su persona-
lidad divina en el rostro de Cristo", dirá Juan Pablo II.79

El Evangelio es la Buena Nueva de que todas las promesas de salvación, hechas por Dios, se
cumplen en Jesús de Nazaret. Marcos coloca el "comienzo de la Buena Nueva" en la llamada de Juan
a la conversión y en el bautismo de Jesús (Mc 1,1ss). Es la llamada a la conversión porque comienza
un tiempo nuevo, el tiempo caracterizado por la donación del Espíritu al pueblo de Dios. Jesús,

78 Lc 24,49;He 1,4;2,33.39.
79 JUAN PABLO II, Cat. del 28-3-1990.

30
situado en la fila de ese pueblo pecador, es el primero en recibir ese Espíritu, que se posa sobre El al
salir de las aguas del bautismo.

b) Jesús Ungido con el Espíritu en el bautismo

Concebido por el Espíritu Santo en el seno de María, Jesús es Ungido para su misión de
Mesías en el bautismo.

En el bautismo se abren los cielos, cerrados por el pecado. El cielo en Jesús se hace accesible
al hombre.80 El Espíritu desciende sobre Jesús: "La paloma descendió volando sobre Cristo, porque
El era su príncipe. Cantó sobre El y su voz resonó" (Oda de Sal.24).

Sin duda, el Espíritu había actuado con anterioridad, en el Antiguo Testamento y, sobre todo,
en la concepción de Jesús en el seno de María. Pero es en el bautismo donde Jesús recibe la unción
del Espíritu Santo, su consagración y proclamación pública como Cristo. La actuación de Jesús con
la fuerza del Espíritu y la comunicación del Espíritu, que Jesús hace a sus discípulos, los evangelios
las relacionan con el bautismo. San Ireneo, hablando contra los gnósticos, nos dice con fuerza:

El Verbo de Dios, el Salvador de todos y el Señor del cielo y de la tierra, por haber asumido una carne y haber sido
ungido con el Espíritu por el Padre, se convirtió en Jesucristo. El Espíritu reposó sobre El y fue ungido para
evangelizar a los humildes. Por consiguiente, fue el Espíritu de Dios quien descendió sobre El, el Espíritu de ese
Dios mismo que, por medio de los profetas, había prometido conferirle la unción a fin de que seamos salva dos
nosotros mismos recibiendo de la sobreabundancia de esta unción.81 Cristo, pues, presupone juntamente el que da
la unción, el que la recibe y la unción misma que viene hecha. Como dice el Verbo mismo mediante Isaías: El
Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido, con lo que indica que el Padre es quien ungió, el ungido es
el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu, que es la unción. 82

Santo Tomás habla de un primer envío del Espíritu Santo a Jesús, en su concepción. Este
envío constituye a Jesús "santo" e "Hijo de Dios". Y en el acontecimiento del bautismo se lleva a cabo
una nueva misión o comunicación del Espíritu Santo. En el bautismo Jesús es constituido y
proclamado como Mesías, como aquel sobre quien reposa el Espíritu Santo, aquel que obrará por el
Espíritu, aquel que, glorificado y constituido Señor, dará el Espíritu. Pues si es consagrado en su
bautismo para su ministerio mesiánico, sólo cuando sea "exaltado a la derecha de Dios", consumado
realmente su bautismo, podrá derramar el Espíritu (He 2,23).

Para Juan Jesús, Verbo hecho carne, tiene ya el Espíritu, y el bautismo del Jordán es sólo una
atestación, una manifestación de ello (Jn 1,32-34).

c) El símbolo de la paloma

En el Jordán, al ser bautizado por Juan, se abre el cielo y el Espíritu desciende y se posa sobre
Jesús, "bajo una forma corporal como de paloma". En la tradición cristiana, la paloma será el símbolo
del Espíritu Santo. La iconografía y la liturgia se servirán constantemente de este símbolo. En la
Iglesia se llegó a prohibir presentar a las personas divinas a no ser bajo rasgos atestados por la
Escritura.83 En consecuencia, al Espíritu Santo se le representó en forma de paloma, lenguas de fuego

80 Ez 1,1;Jn 1,51;He 7,55;Ap 10,1;4,1.


81 Adv.Haer. III,6,1.
82 Adv.Haer. III,6,1.
83 Cfr. M. MESCHLER, Le don de la Pentecôte, París 1895,t.II,p.226. Y el Decreto del Santo Oficio del 16-3-1928, AAS
20(1928)103.

31
o como el dedo de Dios. En Oriente, además de esas tres formas, se le representó en forma de luz, de
nube luminosa, de rayo y, también, bajo forma humana: los tres magos, los tres huéspedes de
Abraham (Andrei Rublev) y bajo esquematizaciones geométricas. La paloma tiene un papel
significativo en la eclesiología de San Agustín, donde aparece referida a la Iglesia una y santa y
también al Espíritu Santo. Y San Cirilo comenta:

Convenía que las primicias y las ventajas del Espíritu Santo, que reciben los bautizados, se pusieran a disposición
de la humanidad del Salvador que es quien da esta gracia. Bajó tal vez en figura de paloma, porque es ave pura,
inocente y sencilla y coopera con sus oraciones por los hijos engendrados y por el perdón de los pecados...Así
estaba ya anunciado en el Cantar que Cristo, semejante a los ojos de las palomas (5,12), había de manifestarse
visiblemente en las aguas del bautismo.84

Y según otros, la paloma de Noé era en cierto sentido figura de ésta. Porque como en su tiempo, por medio del
leño y del agua les vino la salvación, principio de una nueva generación, y la paloma volvió a él por la tarde
trayendo un ramo de olivo (Gén 8,11), así el Espíritu Santo bajó sobre el verdadero Noé, autor de la segunda
generación, reuniendo en la unidad a todos los pueblos, cuya figura eran las diversas clases de animales en el
arca. Después de cuya venida, los lobos racionales pacen con los corderos; su Iglesia, arca de salvación, tiene al
novillo, al toro y al león paciendo juntos...Bajó, pues, la paloma espiritual en el momento del bautismo para
mostrar que éste es el que salva a los creyentes por el leño de la cruz, el que hacia el atardecer iba a conceder la
salvación por medio de su muerte.85

d) El Espíritu en la concepción de Jesús

Jesús, concebido por el Espíritu Santo es Hijo de Dios y está habitado por el Espíritu de Dios
desde el origen de su vida. Jesús es Emmanuel, Dios con nosotros, porque es concebido por el Espí-
ritu Santo:

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a
estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18.20).

El ángel dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el
que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35).

Como dice san Cirilo:

Este mismo Espíritu Santo es el que vino sobre la Santa Virgen María. Pues ya que Cristo era el Unigénito e iba a
ser engendrado, la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra y el Espíritu Santo vino sobre ella (Lc 1,35) y la
santificó para que pudiera recibir a aquel 'por cuyo medio fueron hechas todas las cosas' (Jn 1,3).86

Se trata de una generación virginal. Jesús nace de una mujer, es decir, de una Virgen. San
Cirilo explica a los catecúmenos cómo es posible una generación sin varón, sólo de María como
elemento humano y del Espíritu divino que la santificó, siendo con todo una verdadera generación, de
la Virgen verdaderamente, y no en apariencia. San Cirilo lo ilustra bellamente recurriendo a la
procedencia de Eva a partir de Adán:

¿De quién fue engendrada Eva al principio? ¿Qué madre concibió a la sin madre? Dice la Escritura que fue hecha
del costado de Adán (Gén 2,22). Pues si Eva nació del costado del varón sin contar con una madre, de un vientre
virginal ¿no podrá nacer un niño sin consorcio de varón? Por parte de la descendencia femenina se debía a los
hombres la gracia, pues Eva había nacido de Adán, sin ser concebida de una madre sino como dada a luz de sólo
un varón. María, pues, devolvió la deuda de la gracia, al engendrar (al segundo Adán) no por obra de varón sino de
ella sola virginalmente, del Espíritu Santo con la fuerza de Dios. 87 María devuelve agradecida a Adán la deuda

84 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat.XVII 9 y PG 33,980Ds.


85 IDEM, Cat.XVII 10.
86 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat XVII 6.

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que con él había contraído la mujer. Pero, distintamente de Eva, por cuyo medio nos vino la muerte, no es por
medio de la Virgen, como si fuera a través de un canal (Cat IV 9), sino de ella como nos viene la vida (XII 15).

e) El Espíritu del Siervo

Tanto en la anunciación a María (Lc 1,35), como en el bautismo, la Palabra y el Espíritu


vienen juntos. Como dice bellamente un monje de oriente: "Vemos a la paloma posarse sobre el
cordero y escuchamos al Padre, que ha enviado al Espíritu, proclamar a su Hijo amado". La palabra
es: "Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido" (Mt 3,17) o "Tú eres mi Hijo amado; en ti
me he complacido" (Mc 1,11). Esta palabra une un versículo del salmo 2,7, salmo real y mesiánico
-"El Señor me ha dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy"- y el primer versículo del primer
Canto del Siervo: "Mirad a mi Siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien se complace mi alma.
He puesto mi Espíritu sobre El" (Is 42,1).

Es éste el momento inaugural de la vocación y envío de Jesús como Mesías. En El aparecen


los rasgos de profeta, de rey, en la línea de David, y los rasgos del Siervo, "cordero de Dios que quita
el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Jesús fue al bautismo y lo vivió en la disposición de ofrecerse y abrirse al plan que el Padre
tenía sobre El, como Siervo que entrega su vida al Padre por nosotros (Heb 10,5-10). Jesús vio su
muerte como un "bautismo" (Mc 10,38;Lc 12,50): "Por el Espíritu Santo, Cristo se ofreció a sí mismo
-su sangre- sin tacha a Dios, para purificar de las obras muertas nuestra conciencia para poder rendir
un culto a Dios vivo" (Heb 9,14). Su muerte en la cruz fue la culminación del bautismo; y la gloria, la
consecuencia de su obediencia al Padre. Es lo que responde Cristo a los hijos de Zebedeo (Mc
10,35ss). Nosotros somos bautizados en su muerte (Rom 6,3), pero también "en un solo Espíritu para
ser un solo cuerpo" (1Cor 12,13).

f) Jesús vence al demonio con la fuerza del Espíritu

Elegido, enviado, Hijo de Dios y Siervo-Cordero de Dios son los títulos que recibe Jesús en
su bautismo. Con ellos comienza su misión por y para nosotros. Por ello, apenas Ungido en el Jordán,
el Espíritu le conduce al desierto para afrontar allí al demonio(Mt 4,1;Mc 1,12;Lc 4,1).

La lucha contra el demonio aparece unida al bautismo y a la declaración del Padre: "Tú eres
mi Hijo amado". El tentador repetirá por dos veces: "Si eres el Hijo de Dios". Pero Jesús actúa como
Hijo obediente a la voluntad del Padre y como Siervo que el Padre ha mandado a combatir contra el
demonio hasta deshacer sus engaños en la cruz. Para este combate ha recibido la unción del Espíritu.
Jesús expulsará a Satanás por medio del dedo o Espíritu de Dios (Lc 11,20;Mt 12,28).88

Jesús experimenta la presencia del Espíritu en su anuncio del Reino de Dios y en su victoria
contra el maligno, que se opone al Reino de Dios: "Si por el Espíritu de Dios expulso yo los
demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mt 12,28), proclama Cristo frente a los que
blasfeman contra el Espíritu Santo, al no querer reconocer esa presencia y fuerza del Espíritu allí
donde ejerce su poder.89

87 IDEM, Cat XII 29.


88 Dedo de Dios aparece en Ex 8,19;31,18;Dt 9,10;Sal 8,3.
89 Mt 9,32-34;12,22-32;Mc 3,20-30;Lc 11,14-23;12,8-10.

33
La unción del Espíritu ha constituido a Jesús profeta para cumplir su misión de anuncio del
Reino. Terminadas las tres tentaciones del desierto, Jesús vuelve a Galilea "en el poder del Espíritu"
(Lc 4,14). Y en la sinagoga inaugura el anuncio del Evangelio, proclamando: "El Espíritu del Señor
está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y
proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4,18-19).

Y el Reino de Dios, que anuncia, lo realiza arrojando a los demonios por el Espíritu de Dios
(Mt 12,28). Más tarde, al ver cumplida esta revelación de Dios en los pobres, contemplando a
Satanás caer como un rayo del cielo, "lleno del júbilo del Espíritu, Jesús exclamará: Yo te bendigo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las
has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito" (Lc 10,21).

Cristo, "lleno", "revestido" del Espíritu (Lc 4,1.14), queda investido como sacerdote, profeta
y rey. En todo su ministerio resplandece en El la acción del Espíritu. Gracias al Espíritu "tiene la
vida en sí mismo" (Jn 5,21) y, a su paso por el mundo, va dejando un reguero de vida. El Espíritu
Santo es esa autoridad que tiene su palabra, que cura (Lc 6,17-19), que expulsa los demonios (Lc
11,20), que llama y arrastra a los discípulos (Mt 4,19-22).

Cristo es realmente el receptáculo del Espíritu, que hace que "en su rostro resplandezca la
gloria de Dios" (2Cor 4,6). El Espíritu mantiene a Jesús anclado en el Padre durante toda su vida
con un amor tan íntimo que Padre e Hijo son realmente "uno" (Jn 10,30). Este lazo de amor personal
que crea el Espíritu entre el Hijo y el Padre se manifiesta con mayor evidencia en la cruz.
"Abandonado" por Dios, en cuanto que Jesús encarna todo el pecado del mundo y Dios no puede
estar en comunión con el pecado, Cristo halla en el Espíritu la fuerza de exclamar: "Abba, Padre
mío" (Mt 27,46), manteniéndose fiel hasta la muerte.

El Espíritu Santo, manifestado particularmente en la lucha de Jesús contra el espíritu


inmundo, resplandece en el combate final que lleva a Jesús a "entregar el espíritu" en la cruz. Pero
lo recupera, como trofeo de victoria, en la mañana de Pascua, en que es "constituido Hijo de Dios
con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rom 1,4). El
cuerpo de Cristo, "vivificado por el Espíritu" (1Pe 3,18) es transformado en cuerpo glorioso o
"Espíritu vivificante" (1Cor 15,45).

g) De Cristo mana el agua del Espíritu

San Juan nos presenta a Jesús como el que da el Espíritu. Pero lo da porque lo tiene "sin
medida" (3,34). En el bautismo descendió sobre El y "permaneció en El" (1,32). De él, pues, manará
el Espíritu como ríos de agua viva:

En el último día de la fiesta, que era el más solemne, Jesús, puesto en pie, exclamó con voz fuerte: Quien tenga
sed, venga a mí y beba quien cree en mí. Como ha dicho la Escritura: ríos de agua viva correrán de su seno. Esto lo
dijo refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en El, pues todavía no había Espíritu, porque
Jesús todavía no había sido glorificado (7,33-39).

El Espíritu es el agua viva que brota de la roca,90 que es Cristo (1Cor 10,4). Es la fuente
fecundante que mana del templo,91 que es Cristo (Jn 2,21;Ap 21,22;22,1.17).
La donación del Espíritu, propia de los tiempos mesiánicos, la realizará Cristo después de su
glorificación, cuando sea elevado a su condición de Señor. Pero la gloria de Jesús no es la gloria
90 Ex 17, 17;Nu 20,1-13;Sal 78,16-20;114,8;Is 48,21-22.
91 Ez 47,1.8-12;Zac 13,1;14,8-9;Joel 4,18;Sal 46,5.

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mundana del aprecio de los hombres, del éxito humano. Es la gloria que tiene del Padre como Hijo
único (Jn 1,14), que le obedece y realiza su plan.92 En el momento de entrar en su Pasión, Jesús dice:
"Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios en El;...Dios lo glorificará en sí mismo, y lo
glorificará en seguida" (Jn 13,31-32). Y más tarde, dirá: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu
Hijo...Y ahora glorifícame Tú, Padre, junto a ti mismo, con la gloria que yo tenía junto a Ti antes que
el mundo existiera" (Jn 17,1.5).

Esta glorificación de Jesús consiste en que su gloria celeste de Hijo sea comunicada a su
humanidad ofrecida e inmolada. Así ve Juan esta humanidad de Jesús bajo la forma de Cordero
inmolado puesto en pie (Ap 5,6), compartiendo el trono con Dios. Y de este trono brota un río de
agua viva (Ap 22,1), para que "el que tenga sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua
de la vida" (Ap 22,17): el Espíritu Santo.

El Espíritu eterno, que ha llevado a Jesús a ofrecerse como cordero sin mancha al Padre
(Heb 9,14), es el Espíritu del Padre que le resucita de entre los muertos (Rom 8,11) y le glorifica
plenamente, como "el que tiene los siete Espíritus" (Ap 3,1), la plenitud rebosante del Espíritu, que
será derramada sobre la Iglesia.

16. PENTECOSTES: MANIFESTACION PLENA DE DIOS

a) Los Apóstoles revestidos del Espíritu

Pentecostés es para la Iglesia lo que el bautismo fue para Jesús. Cristo resucitado
sopla sobre los Apóstoles y les da el Espíritu, pero será en Pentecostés cuando le recibirán en
plenitud:

Es cierto que después de la resurrección Cristo insufla sobre los apóstoles, dándoles la gracia, pero después les será
concedida con prodigalidad, pues les dice: Estoy preparado para dárosla ahora, pero el recipiente no tiene aún
capacidad. Recibid ahora la gracia de que sois capaces, pero esperad mucha más. "Permaneced en la ciudad hasta
que seáis revestidos de la fuerza de lo alto" (Lc 24,49). Entonces la recibiréis plenamente. Porque el que recibe,

92 Jn 5,36.41.44;7,13;8,50.54;12,43.

35
recibe muchas veces parcialmente lo dado, pero el que es revestido queda rodeado del vestido por todas partes. No
temáis, dice, las armas y dardos del diablo, porque tendréis la fuerza del Espíritu Santo.

Subió, pues, Jesús a los cielos y cumplió la promesa, pues les había dicho: "Yo rogaré al Padre y os dará otro
Paráclito" (Jn 14,16). Aguardaban expectantes la venida del Espíritu Santo. "Y al cumplirse el día de Pentecostés"
(He 2,2), el Espíritu Santo descendió para revestir de fuerza y bautizar a los apóstoles, como les había anunciado el
Señor: "Vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo no después de muchos días" (He 1,5). No era parcial la
gracia, sino que la fuerza era perfecta. Porque así como el que se sumerge en el agua y es bautizado está rodeado
de agua por todas partes, así también fueron completamente bautizados por el Espíritu. Pero el agua rodea por
fuera, mas el Espíritu bautiza íntegramente incluso el interior del alma, al igual y más de lo que hace el fuego
cuando penetra la masa del hierro, que lo transforma todo en fuego y lo frío se pone hirviendo y lo negro
resplandeciente. Si el fuego, siendo un cuerpo, penetra en el hierro y realiza esto, ¿qué no hará el Espíritu Santo
que penetra en las interioridades del alma?.93

Por el don y la fuerza del Espíritu, posado en forma de lenguas de fuego sobre los apóstoles,
la Iglesia es consagrada para la misión, para el testimonio:

El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que
es Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó
el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo El pasó haciendo
el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con El; y nosotros somos testigos de
todo lo que hizo... y nos mandó que lo predicáramos al pueblo (He 10,36-42).

En la Iglesia se da la presencia y acción del mismo Espíritu personal que ungió a Jesús como
Mesías: "una sola persona, la del Espíritu Santo, en muchas personas, Cristo y nosotros, sus fieles"
(H. Mühlen).

b) Los Apóstoles ebrios del Espíritu

Pentecostés era la fiesta de la recolección, cuyas primicias habían sido ofrecidas el día
después de pascua, con lo que ambas fiestas quedaban unidas como principio y fin de la cosecha.
Luego, Pentecostés pasó a ser la fiesta de la donación de la Ley de la alianza. Pentecostés será el don
pleno de la ley de la nueva alianza: el Espíritu Santo. Las tablas de la ley fueron escritas por el dedo
de Dios (Ex 31,18). En adelante ese dedo será el Espíritu Santo (Lc 11,20), que graba la ley nueva en
el corazón de los cristianos.

Así como el nuevo santuario es Jesucristo, abierto a todas las naciones, la ley nueva será el
Espíritu Santo, que da testimonio de Jesús en todos los pueblos. El signo de las lenguas profetiza la
catolicidad de la evangelización. Los discípulos hablan la lengua de todos los pueblos, anuncian en
esas lenguas las maravillas de Dios. Los padres de la Iglesia, la liturgia y, sin duda, también ya san
Lucas, han visto en este milagro la inversión de la dispersión de Babel (Gén 11,1-9).

"Pero otros burlándose decían: están llenos de mosto" (He 2,8). Decían la verdad, aunque fuera de burla. Porque el
vino era realmente nuevo: la gracia del Nuevo Testamento. Pero este vino nuevo procedía de la viña espiritual que
ya había dado muchas veces fruto en los profetas y que había rebrotado en el Nuevo Testamento. Porque así como
de manera visible la viña permanece siempre la misma, pero a sus tiempos da frutos nuevos, de igual manera el
mismo Espíritu, permaneciendo lo que es, actuó también muchas veces en los profetas y ahora se ha mostrado en
modo nuevo y admirable. En efecto, la gracia vino también sobre los Padres, pero ahora ha venido
sobreabundantemente. Cierto que allí participaban del Espíritu Santo, pero aquí han sido plenamente bautizados.94

93 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 14.


94 Lo mismo dice Novaciano: "Es, pues, el único e idéntico Espíritu el que actúa en los profetas y en los Apóstoles,
salvo que en aquellos eventualmente y en éstos siempre. Por lo demás, allí no con el propósito de estar en ellos siempre, en

36
Pero Pedro, que tenía el Espíritu Santo y era consciente de ello, dice: "Israelitas", que predicáis a Joel sin conocer
las Escrituras, "éstos no están ebrios como vosotros pensáis", sino como está escrito: 'Se embriagarán de la
abundancia de tu casa y les darás a beber de los torrentes de tus delicias' (Sal 35,9). Están ebrios con sobria
embriaguez que da muerte al pecado y vivifica el corazón, con una embriaguez contraria a la del cuerpo. Pues ésta
produce el olvido incluso de lo conocido, y aquella proporciona el conocimiento incluso de lo desconocido. Están
ebrios porque han bebido de la vid espiritual, que dice: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos" (Jn 15,15).95

La embriaguez del Espíritu es embriaguez no de vino, de aquí que sea sobria, lúcida y
penetrante. Son muchos los Padres que hablan de la sobria embriaguez, viendo en el Espíritu Santo el
vino nuevo. Baste citar un texto más:

Nuestro Salvador después de su resurrección, cuando todo lo viejo ya había pasado y todo se había hecho nuevo
(2Cor 5,17), siendo El en persona el hombre nuevo (Ef 2,15) y el primogénito de entre los muertos (Col 1,18), dice
a los Apóstoles, renovados también por la fe en su resurrección: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22). Esto es sin
duda lo que el mismo Señor y Salvador indicaba en el Evangelio cuando decía que el vino nuevo no puede verterse
en odres viejos (Mt 9,17), sino que mandaba que los odres se hicieran nuevos, es decir, que los hombres
anduvieran conforme a la novedad de vida (Rom 6,4), para recibir el vino nuevo, es decir, la novedad de la gracia
del Espíritu Santo.96

c) Pentecostés culmen de la glorificación de Cristo

Al principio, los cristianos celebraron Pentecostés como el final de una pascua de cincuenta
días. Se consideraba el misterio pascual como un todo, como una única fiesta: resurrección,
glorificación (ascensión), don del Espíritu, o vida de hijos de Dios comunicada por el Señor mediante
el envío de su Espíritu. Sólo a finales del siglo IV se comienzan a celebrar separadamente cada uno de
los momentos de este misterio único. Hoy, con la renovación litúrgica del Vaticano II, se ha recobrado
la unidad. Pero nunca hubo una fiesta del Espíritu Santo. Pentecostés fue siempre una fiesta pascual.
Todo el año litúrgico es cristológico y pascual.

La glorificación de Cristo culmina en Pentecostés con el don del Espíritu Santo (Jn 7,39;He
2,33), que es la manifestación plena de Dios, Uno y Trino. El Dios tres veces santo comenzó a revelar
su santidad en la historia de la salvación de la Antigua Alianza. Dios habitaba en medio de su pueblo;
su Sekinah acompañaba al pueblo, tenía su morada en Sión. Su Espíritu actuaba y estaba presente en
sus elegidos, por los que llevaba adelante su obra de salvación: jueces, reyes, profetas, sabios y fieles
piadosos que le servían con fidelidad. Sin embargo, la manifestación del Espíritu de Dios cobra un
sentido nuevo, de cumplimiento, en la Nueva alianza: encarnación, vida de Cristo, muerte y
resurrección, Pentecostés.

En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo es, sobre todo, un poder que se apodera de los
individuos en ocasiones concretas. El Nuevo Testamento, en cambio, comienza por describir cómo el
Espíritu Santo descendió sobre Jesús y permaneció sobre El:

éstos para morar siempre en ellos. Y allí distribuido limitadamente, aquí en una total efusión; allí otorgado con parsimonia,
aquí concedido con largueza"(De Trinitate, XXIX 165).
95 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 18-19.
96 ORIGENES, De Principiis I 3,7. San Pablo dirá a los Efesios: "No os embriaguéis con vino, que es causa de
libertinaje; llenaos más bien del Espíritu"(5,18).

37
Existía en los santos profetas una riquísima iluminación del Espíritu...Pero en los fieles de Cristo no hay solamente
esa iluminación; está el Espíritu mismo que habita y permanece en nosotros. Por eso, somos llamados templos de
Dios, lo que jamás se dijo de los profetas.97

La permanencia del Espíritu de Dios es el signo de los tiempos mesiánicos: "Yo no le


conocía; pero Aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas descender el
Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo" (Jn 1,33). Por ello,
aunque entre los nacidos de mujer, no haya ninguno mayor que Juan, sin embargo, "el más pequeño
en el reino de Dios es mayor que él" (Lc 7,28). Y lo mismo dirá san Pablo, comparando el ministerio
evangélico, ministerio del Espíritu, con el ministerio de Moisés:

Si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de no poder
los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, ¡cuánto
más glorioso no será el ministerio del Espíritu!...Porque si aquello, que era pasajero, fue tan glorioso, ¡cuánto más
glorioso será lo permanente! (2Cor 3,7-8.11;Cfr. todo el c.3).

La liturgia de Pentecostés canta en el prefacio el cumplimiento del misterio pascual y la


revelación plena del plan salvífico de Dios a toda la familia humana:

Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como
hijos por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia
naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos: el Espíritu que congregó en la
confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.

El fruto del misterio pascual, plenitud de la salvación, es el Espíritu Santo, en el que se realiza
la recreación del mundo, se renueva la faz de la tierra. La alegría, o mejor, la exultación universal es
efecto de esta penetración interna del Espíritu, que impregna la nueva creación y hace brotar de ella,
como de una fuente,"un río de delicias" (Sal 36,9). Es tan radical la novedad que, por el don y
permanencia del Espíritu, el pueblo de Dios es constituido cuerpo de Cristo y templo del Espíritu. Con
el Espíritu ha llegado la hora de los verdaderos adoradores del Padre:

Llega la hora, ya estamos en ella, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y
verdad (Jn 4,23-24).

El Espíritu es el principio del nuevo culto espiritual (Jn 2,20-21;Rom 1,9). El Espíritu nos
abierto el acceso al verdadero sancta sanctorum,98 que es el seno del Padre, cosa que la Ley era
incapaz de procurar.99 Pues, en definitiva, el Espíritu es quien testifica a nuestro espíritu que somos
hijos de Dios, haciéndonos exclamar: ¡Abba, Padre!.

d) Espíritu de revelación (Ef 1,17)

Cristo, revelación en su persona y en su palabra del Padre, dirá a sus discípulos: "Mucho
tengo aún que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga El, el Espíritu de la verdad, os
guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,12-13). Con la manifestación del Espíritu Santo Dios se
revela en su plenitud. No creemos sólo en Dios. Creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres
personas en un solo Dios. La vida eterna, a la que somos llamados, es conocer al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo.

97 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Com.in Ioan L.V,c.2, sobre Jn 7,39;Cfr. GREGORIO NACIANZENO, Orat.
XLI,11;SAN JUAN CRISOSTOMO, In 2Cor, hom.7,1.
98 Heb 4,14-16;6,9-20;10,19-22;12,22-22.
99 Heb 7,19;9,9s; 10,1; 11,9-13.

38
Dios que "habita en la región inaccesible de la luz, a quien ningún hombre vio ni puede ver"
(1Tim 6,16), en Jesucristo nos descorrió el velo y nos permitió mirar en lo más profundo y secreto del
ser y de la vida de Dios: "A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, Dios, el que está en el seno
del Padre, El es quien lo dio a conocer" (Jn 1,18). Con el Don del Espíritu, el "único que escruta las
profundidades de Dios", ésta revelación de Dios llegó a su plenitud.

Pentecostés, repitiendo los signos de la teofanía del Sinaí (Ex 19,18), completa la epifanía de
Dios a los hombres. La teofanía de Pentecostés es la culminación de la serie de manifestaciones con
que Dios se ha ido dando a conocer progresivamente al hombre a lo largo de la historia de la
salvación. El Dios "que es", que "está con los hombres", que se ha hecho Enmanuel, Dios-con-
nosotros, en Cristo, culmina su comunicación, haciéndose "Dios en nosotros", mediante el Espíritu
Santo:

Cristo se manifestó a sí mismo y a su Padre con obras y palabras, llevó a cabo su obra muriendo, resucitando y
enviando el Espíritu Santo...A otras edades no fue revelado éste misterio, como lo ha revelado ahora el Espíritu
Santo (Dei Verbum,n.17).

Pentecostés constituye la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo el domingo
de Pascua. Cristo resucitado comunicó el Espíritu Santo a los Apóstoles en el interior del Cenáculo, "estando las
puertas cerradas". El día de Pentecostés se abren las puertas del Cenáculo y los Apóstoles se dirigen a los
habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusalén para dar testimonio de Cristo por el poder del Espíritu Santo.100

El Padre y el Hijo en su amor eterno y recíproco dan la vida divina al Espíritu Santo. Padre e
Hijo se la dan recíprocamente, como fruto de su íntima comunión. El Espíritu Santo es, pues, el amor
personal del Padre y del Hijo, su beso mutuo y eterno, inefable éxtasis de su amor. Así la comunión
de vida y amor en Dios es sellada por el Espíritu Santo. Toda la vida divina brota de la fuente
primigenia del Padre, que no tiene origen ni es engendrado;con flujo eterno el Padre se derrama en el
Hijo engendrado como Unigénito y de ambos procede el Espíritu Santo, como Amor del Amor. Sólo
el Espíritu, que escruta las profundidades de Dios, nos revela plenamente a Dios:

Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una
demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder
de Dios. Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos
para gloria nuestra. Como dice la Escritura, anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del
hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del
Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo
íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios,
sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios,
para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino
aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en palabras espirituales (1Cor 2,4-13).

Por ello, Esteban, "lleno del Espíritu Santo, contempla los cielos abiertos y ve la gloria de
Dios y a Jesús en pie a la derecha del Padre" (He 7,55-56). Es la experiencia de Isabel que, al oír la
voz de María, queda "llena del Espíritu Santo" y descubre y confiesa a Cristo como Señor y a Dios
como Padre (Lc 1,41.43.45). Es la misma experiencia de Zacarías (Lc 1,67ss) y del anciano Simeón
(Lc 2,26ss). La experiencia de Pentecostés fue un hecho excepcional, pero no único, pues la efusión
del Espíritu se repitió en diversas ocasiones.101

100 JUAN PABLO II, Dominum et vivificantem, n.25.


101 He 4,31;8,15-17.29;10,44s;19,6...

39
e) El Espíritu Santo introduce al cristiano en la vida trinitaria

Este misterio es el que vive la Iglesia y el cristiano en ella. La presencia del Dios Uno y Trino
en la Iglesia nos envuelve en la circular fuerza de su amor. Cristo nos mantiene unidos al Padre en el
impulso de Amor por el que se da enteramente a El: "Por medio de Cristo tenemos acceso, en un solo
Espíritu, al Padre" (Ef 2,18). San Ireneo en diversas ocasiones ha señalado esta doble dirección de la
historia de la salvación: desde el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo llega la salvación a la Iglesia
y, en ella, al cristiano; y en la Iglesia, el Espíritu nos une a Cristo que nos presenta con El al Padre.
Cada persona de la Trinidad actúa personalmente en la economía de la salvación. En primer lugar, el
Padre actúa enviando al Hijo, el Verbo encarnado, quien deja a la Iglesia el Espíritu con el que ha sido
ungido, como prenda de la presencia divina. El hombre, por su parte, sube al Padre, pero lo hace en el
Espíritu Santo, mediante el Hijo. Por la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, el cristiano entra en
comunión con Cristo y con El sube al Padre:

En efecto, el Señor nos ha rescatado; El ha dado su alma por nuestra alma y su carne por nuestra carne; El ha
derramado el Espíritu del Padre para crear la unión y comunión de Dios y el hombre, poniendo a Dios junto al
hombre mediante el Espíritu; y también El ha llevado el hombre a Dios por medio de su encarnación, dándonos
real y verdaderamente la incorruptibilidad cuando vino a la tierra, mediante la comunión que tenemos con El.102

Toda la fe cristiana es la vivencia de este misterio, por tanto tiempo escondido y que, en los
últimos tiempos, Dios nos ha revelado en su Hijo Encarnado y del que nos hace partícipes por el
Espíritu Santo. En todo acto litúrgico el misterio de la Trinidad es anunciado y hecho presente,
revelado y comunicado al creyente. Todo el año litúrgico, sin interrupción, es un perenne himno de
alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Y toda oración se eleva, igualmente, al Padre por el
Hijo en la unidad del Espíritu Santo. En todos los sacramentos se revela, actualiza y penetra en el
creyente el misterio de Dios Uno y Trino: "Yo te bautizo, te absuelvo, te unjo...en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo". Todo nos viene del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, que hace
penetrar su gracia en nuestros corazones, y todo vuelve al Padre, por Jesucristo en el Espíritu. Así la
Iglesia comienza siempre "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" y concluye con el
"Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo", porque entre el comienzo y el fin no ha quedado
defraudada.

7. EL ESPIRITU SANTO EN LA PLENITUD ESCATOLOGICA

a) El Espíritu Santo, don escatológico

102 SAN IRENEO, Adv.Haer. V,1,1.

40
El Espíritu Santo vino en Pentecostés para cumplir las promesas contenidas en el anuncio de
la salvación, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: "Y exaltado Jesús por las diestra de Dios,
ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís" (2,33).

La Iglesia es el misterio de la efusión del Espíritu en los últimos tiempos. Lo que Joel había
anunciado que "sucedería en los últimos días", Pedro lo proclama como acaecido en Pentecostés (He
2,17). Por ello, el tiempo de la Iglesia, que camina por el mundo hasta la parusía, es el tiempo del
Espíritu Santo:

"El Espíritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de
Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó pú-
blicamente ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación entre los paganos" (Ad gen-
tes,n.4).

Con la venida del Espíritu Santo, la vida nueva, inaugurada con la Resurrección de Cristo, ha
hecho su irrupción en el mundo y avanza hasta la revelación plena que tendrá lugar en la Parusía del
Señor de la Gloria. El Espíritu Santo es el término y contenido de la Promesa hecha por Dios a los Pa-
triarcas y a la Profetas. Es el don escatológico, que constituye a Jesús en Kyrios, dando cumplimiento
pleno a su obra salvadora:

"...Acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el
Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro" (Rom 1,3-4)

"Si la Pascua es el comienzo de la gracia, Pentecostés es su coronación", dirá san Agustín.


Pentecostés es la misma Pascua considerada en su plenitud, con su fruto, que es el Espíritu Santo. Así
la fiesta de Pascua inaugura la gran fiesta, que se prolonga por cincuenta días, como "tiempo pascual",
imagen anticipada del cielo:

"Una vez celebrada la Pascua, nos espera una fiesta, que lleva la imagen del cielo, una fiesta espléndida, como si
ya estuviéramos reunidos con nuestro Salvador en posesión de su Reino. Por ello, durante esta fiesta de
Pentecostés no nos está permitido someternos a la fatiga y así aprendemos a ofrecer una imagen del reposo
esperado en los cielos...Por esto, celebramos, después de Pascua, durante siete semanas enteras, multiplicando para
nosotros el descanso, del que es símbolo el número siete". 103

"Siendo Pentecostés para nosotros símbolo del mundo futuro, celebramos el gran domingo, gustando aquí ya la
prenda de la vida eterna futura. Cuando al fin emigremos de aquí, entonces celebraremos la fiesta perfecta con
Cristo".104

Este cumplimiento de la promesa se proyecta hacia toda la historia, hasta los últimos tiempos.
Para quienes acogen en la fe la palabra de Dios, que Cristo reveló y los Apóstoles predicaron, la
escatología ha comenzado a realizarse, es más, puede decirse que ya se ha realizado en su aspecto
fundamental: la presencia del Espíritu Santo en la historia humana, cuyo significado e impulso vital
brotan del acontecimiento de Pentecostés, con vistas a la meta de cada hombre y de toda la
humanidad. En el Antiguo Testamento, la esperanza tenía como fundamento la promesa de la
presencia permanente y providencial de Dios, que se manifestaría en el Mesías; en el Nuevo
Testamento, la esperanza, que infunde en el cristiano el Espíritu Santo, implica ya una posesión
anticipada de la gloria futura.105 Esta esperanza lleva al fiel a "penetrar más allá del velo" (Heb 6,19).
Así el Espíritu Santo es prenda poseída de la gloria futura:

103 EUSEBIO DE CESAREA, De solemnitate Paschali 5.


104 SAN ATANASIO, Epistula festalis 1,10.
105 Cfr. JUAN PABLO II, Catequesis sobre el Espíritu Santo del 3-6-91.

41
"Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del
pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria" (Ef 1,13-14;Cfr.4,30;2Cor 1,22).

"Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena en la gloria de
Dios; y el Espíritu Santo es la garantía de alcanzar la plenitud de la vida eterna, cuando, por efecto de la
Redención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la muerte. Así, la esperanza cristiana no
sólo es garantía, sino también anticipación de la realidad futura".106

b) Es Espíritu Santo, prenda de la gloria futura,


fundamento de la esperanza

Pero si el Evangelio proclama que el tiempo se ha cumplido (Mc 1,15) y estamos ya en la


plenitud, sin embargo no ha llegado aún a toda su gloria. El Reino de Dios ha llegado ya (Mt 3,2); sin
embargo, por mandato de Jesús, seguimos orando: "Venga tu Reino" (Mt 6,10). El Mesías ha llegado,
pero aún el Espíritu y la Esposa le dicen: "Ven" (Ap 22,17), "Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20). El
Espíritu ha sido derramado (He 2,16), pero sólo como primicias; puede "ser apagado" (1Tes 5,19). Lo
comenzado en Espíritu puede terminar en carne (Gál 3,3), si no "se mortifican los miembros terrenos:
fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y codicia, que es una idolatría..., cólera, ira, maldad,
maledicencia y palabras groseras (Col 3,5-8). Es decir los frutos de la carne que lucha contra el
Espíritu.

El Espíritu Santo es la suprema comunicación de Dios mismo, Dios como gracia, Dios en
nosotros. Su presencia en nosotros nos hacer vivir ya en la tierra el don celestial, dándonos a gustar, a
saborear los prodigios del mundo futuro (Heb 6,4-5). Pero el Espíritu es realmente una realidad esca-
tológica. El es "el Prometido". Aquí en la tierra tenemos tan sólo sus arras:

"El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también
herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con El, para ser también con El
glorificados...También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, anhelando
el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza" (Rom 8,16-23).

"En Cristo, también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído
también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para
redención del Pueblo de su posesión para alabanza de su gloria" (Ef 1,13-14).

"Porque realmente, los que estamos en esta tienda, gemimos agobiados, por cuanto que no queremos ser
desvestidos, sino sobrevestidos, de suerte que lo mortal quede absorbido por la vida. Y el que nos dispuso para
esto mismo es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu" (2Cor 5,4-6).

Estos gemidos no son una queja o lamento, sino el deseo ardiente del Reino de Dios. Estas
primicias son una garantía de nuestra herencia y tienen por finalidad afirmarnos en nuestra confianza:
"Es Dios el que nos conforta en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el
Espíritu en nuestros corazones" (2Cor 1,21-22).

El Espíritu, que el Padre nos ha dado, nos hace partícipes de la vida nueva en Cristo
resucitado:

"Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, El nos salvó, no por obras de
justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de
renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador,
para que justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna" (Tit 3,4-7).

El Espíritu Santo, "manantial de agua que brota para vida eterna" (Jn 4,14), llevará a cabo esta
obra hasta la resurrección de nuestros cuerpos, como resucitó a Cristo (Rom 1,4;1Pe 3,18):

106 JUAN PABLO II, Ibidem.

42
"Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no
tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece... Pero, si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos
habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos
mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rom 8,9.11).

El hombre creado a imagen de Dios, "clama por su origen",107 tiende a Dios Padre por Cristo
en el Espíritu Santo: "Así como el brotar de las personas divinas es el fundamento del brotar de las
criaturas en el principio, así aquel mismo brotar es el fundamento de su regreso al fin; pues por
medio del Hijo y del Espíritu Santo no sólo somos constituidos originariamente, sino vinculados
también al fin"108:

"Pues, si sin el Espíritu Santo no renacemos en el nombre del Padre y del Hijo, tampoco somos santificados ni
avanzamos hacia la eternidad!".109

"Nuestro regreso a Dios se hace por Cristo Salvador y tiene lugar sólo a través de la participación y la santi-
ficación del Espíritu Santo. Aquel que nos lleva y por decirlo así, nos une a Dios es el Espíritu, que, cuando lo
recibimos, nos hace partícipes de la naturaleza divina; nosotros lo recibimos por medio del Hijo y en el Hijo
recibimos al Padre".110

Por medio de la entrega del Hijo para la salvación del mundo y por la misión del Espíritu
Santo como principio vivificador y santificador del mundo redimido por el Hijo, Dios Padre lleva a
cabo la culminación de la salvación de los hombres y del mundo entero.

d) El Espíritu, luz para la peregrinación por la tierra

Por eso los cristianos, gozando de los frutos del Espíritu, "han crucificado la carne con sus
pasiones y apetencias... y no buscan la gloria vana, provocándose unos a otros y envidiándose
mutuamente" (Gál 5,22-26). Con la esperanza escatológica de la vida eterna, pregustada en las
primicias del Espíritu, todo lo caduco queda redimensionado.

Por eso, "quienes han recibido el Espíritu de adopción y han podido llamar a Dios "Abba",
gimen anhelando la redención del cuerpo (Rom 8,16.23), "buscan las cosas de arriba, donde está
Cristo sentado a la derecha del Padre; aspiran a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han
muerto y su vida está oculta en Dios" (Col 2,1-3). Con el Espíritu gritan al Señor que vuelva en su
gloria; porque saben que "cuando aparezca Cristo, vida vuestra, también vosotros apareceréis
gloriosos con El" (Col 2,4).

Pero es preciso pasar con Cristo por la cruz. El bautismo, que significa la incorporación a
Cristo y la participación del don del Espíritu, como primicias de la gloria, es la incorporación a su
muerte:

"¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con
él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por
medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6,3-4ss).

107 SAN BUENAVENTURA, Hexaemerom,11,13.


108 SANTO TOMAS, I Sent 11,2,2.
109 NICETAS DE REMESIANA, De Spiritus Sancti Potentia 6.
110 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Com. al Evangelio de Juan 9,10.

43
El Espíritu Santo, pues, vive, ora y actúa en la conciencia, es decir, en el sagrario más íntimo
del cristiano, introduciéndolo en la íntima relación escatológica de Cristo con el Padre, allí donde
Cristo glorificado intercede por nosotros (Heb 7,25;1Jn 2,1). Así, el Espíritu salva al creyente de las
ilusiones vanas de los falsos caminos de salvación. Moviéndolo hacia Dios, verdadero sentido de la
vida humana, libera al cristiano de la desesperación nihilista y de la arrogancia de la autorealización
de sí mismo. En la Gaudium et spes leemos:

"La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en
su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la Buena Nueva de la salvación para comunicarla a todos"
(n.1).

Guiado por el Espíritu de Cristo resucitado, San Pablo, dando culto según el Espíritu a Dios y
gloriándose en Cristo Jesús, sin poner su confianza en la carne, olvida el pasado y corre hacia la meta
final:

"Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Más aún: juzgo que todo es pérdida
ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por
basura para ganar a Cristo, y ser hallado en El, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por
la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección y la
comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a El en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de
entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si
consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado
todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta,
para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús" (Filp 3,7-14).

"Por eso no desfallecemos. Aún cuando nuestro hombre exterior (hombre de la carne) se va desmoronando, el
hombre interior (hombre del Espíritu) se va renovando de día en día. En efecto, la leve tribulación de un momento
nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las
cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas" (2Cor
4,16-18).

La esperanza, que el Espíritu Santo enciende en el cristiano, abarca también una dimensión
cósmica, pues incluye a todo el hombre, cuerpo y espiritu en su totalidad unificada, la tierra y el cielo,
lo experimentable y lo inaccesible, lo conocido y lo desconocido:

"La ansiosa espera de la creación desea vivamente la manifestación de los hijos de Dios. Pues sabemos que la
creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestros interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo"
(Rom 8,19-23).

La Iglesia, como cada uno de sus miembros, animada por el Espíritu vivificador, que ya la
une vitalmente a Cristo, sostenida y estimulada por la visión de lo que será según el plan de Dios,
desde ahora se abre al Espíritu, que la vivifica y, dejándose plasmar por El, intenta responder al deseo
de Dios, que quiere que se construya el Cristo total, en el que toda la humanidad -y mediante ella, la
creación entera-, pueda ofrecer a Dios la alabanza plena y perfecta "cuando llegue el tiempo de la
restauración de todas las cosas" (He 3,21).

El cristiano, escuchando en su interior los gemidos inefables del Espíritu, capta el sentido de
esta gestación universal y descubre que se trata de la adopción divina para todos los hombres,
llamados a participar en la gloria de Dios, que se refleja en toda la creación. El cristiano, poseyendo
ya las primicias de esa adopción en el Espíritu Santo, mira con esperanza serena el destino del mundo,
aun en medio de las tribulaciones del tiempo presente, pues "sabe que en todas las cosas interviene
Dios para bien de los que lo aman; de aquellos que han sido llamados según su designio" (Rom 8,26-
28).

44
e) El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!

Esta es la esperanza cristiana, fruto del don del Espíritu Santo, que es la garantía segura del
cumplimiento de nuestra aspiración a la salvación: "La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha
sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado" (Rom 5,5). Este es, pues,
el deseo del cristiano: "rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo" (Rom 15,13).

Siendo todas las manifestaciones del Espíritu Santo tan solo una primicia de la gloria futura,
el comienzo y la anticipación de la plenitud de la vida prometida, el Espíritu Santo se hace la garantía
de la esperanza y la fuerza de la vida fundada en la esperanza segura:

"Ahora recibimos sólo una parte de su Espíritu, que nos predispone y prepara a la incorrupción, habituándonos
poco a poco a acoger y llevar a Dios. El Apóstol define al Espíritu prenda, es decir, parte de aquel honor, que nos
ha sido conferido por Dios: 'En Cristo también vosotros, después de haber oído la Palabra de la verdad, el
Evangelio de nuestra salvación, habéis recibido el sello del Espíritu de la promesa, que es prenda de nuestra
herencia' (Ef 1,13-14). Si, pues, esta prenda, que habita en nosotros, nos hace espirituales y gritar 'Abba, Padre',
¿qué sucederá cuando, resucitados, le veamos cara a cara? (1Cor 13,12;1Jn 3,2). Si ya la prenda del Espíritu,
abrazando en sí a todo el hombre, le hace gritar 'Abba, Padre', ¿qué no hará la gracia plena del Espíritu, cuando sea
dada a los hombres por Dios? ¡Nos hará semejantes a El y realizará el cumplimiento del designio de Dios, pues
hará realmente 'al hombre a imagen y semejanza de Dios'!".111

Rebosando de esperanza, el cristiano une, pues, su invocación al suspiro del Espíritu,


invitando al Señor a volver glorioso para consumar la historia y la salvación: "El Espíritu y la novia
dicen: ¡Ven!" (Ap 22,17). Es lo que recoge, en síntesis, la Lumen Gentium:

"Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (Jn 17,4), fue enviado el Espíritu Santo en el día
de Pentecostés para que indeficientemente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran
acercarse al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2,18). El es el Espíritu de la vida o la fuente del agua que salta hasta la
vida eterna (Jn 4,14;7,38-39), por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en
Cristo sus cuerpos mortales (Rom 8,10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en
un templo (1Cor 3,16;6,19) y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (Gál 4,6;Rom 8,15-16.26)...Así,
pues, el Espíritu Santo rejuvenece a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con
su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Ap 22,17)" (n.4).

111 SAN IRENEO, Adv.Haer. V 8,1-2.

45
II. EL ESPIRITU SANTO EN LA IGLESIA

46
1. EL ESPIRITU SANTO, DON DE CRISTO A LA IGLESIA

a) El Espíritu Santo como Don

El Espíritu Santo es el Don por excelencia. Es cierto que el Hijo de Dios nos ha sido dado 112.
Pero el Espíritu es llamado Don. Es el Don prometido113, que nos ha sido dado, aunque sólo sea
como arras o primicias, inaugurando así para nosotros la vida eterna. 114 Pues el Espíritu Santo, Don
del Padre y del Hijo, es, como única persona, el fruto y el testimonio eternos del amor mutuo del
Padre y del Hijo.

El Espíritu Santo es el Don primordial del Padre que, dándose eternamente, comunicando
todo lo propio, engendra al Hijo Unigénito, quien, a su vez, devuelve eternamente al Padre el
Espíritu de amor recibido. Así, si el Padre engendra al Hijo en el amor y el Hijo responde al Padre
con el Don del Espíritu de amor recibido, el Espíritu Santo, Don mutuo del uno al otro, es como la
llama de amor entre ambos, como origen y fruto de amor al mismo tiempo. Como dice Juan Pablo II:

El Espíritu Santo es el Don increado y eterno, que las divinas personas se hacen en la vida íntima del Dios uno y
trino. Su ser-amor se identifica con su ser-don. Se podría incluso decir que por el Espíritu Santo Dios "existe"
como Don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-Amor. Es Persona-
Amor. Es Persona-Don.115

Y sigue Juan Pablo II, en la misma catequesis, citando a san Agustín y a Santo Tomás:

Escribe san Agustín que, "como el ser nacido significa para el Hijo proceder del Padre, así el ser Don es para el
Espíritu Santo proceder del Padre y del Hijo". 116 Existe en el Espíritu Santo una equivalencia entre el ser-Amor y
el ser-Don. Explica muy bien Santo Tomás: "El amor es la razón de un don gratuito, que se hace a una persona
porque se la ama. El primer don es, pues, el amor. Por eso, si el Espíritu Santo procede como Amor, procede
también como primer Don".117 Todos los demás dones son distribuidos entre los miembros del cuerpo de Cristo
por el Don que es el Espíritu Santo, concluye el Angélico, con san Agustín.

San Agustín fue el principal impulsor del tema del Espíritu Santo como Don, aunque se apoya
constantemente en San Hilario, que escribe:

Cristo ordenó bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, confesando el Autor, el Hijo
Unico y el Don. Uno solo es el autor de todo. Porque no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien vienen todas
la cosas, y un solo Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y un solo Espíritu, el Don,
en todas las cosas. De esta manera, todos están ordenados según sus virtudes y sus méritos: un solo poder de donde
vienen todas las cosas, un solo Hijo por quien vienen todas las cosas, un solo Don de la esperanza perfecta. Nada
falta a una perfección tan consumada, en cuyo interior existe, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la infinitud
en lo eterno, la belleza en la imagen, la puesta en práctica y gozo en el Don.118

San Agustín, comentando este texto, dice:

112 Jn 3,16;Rom 8,32.


113 Lc 24,49;He 1,4;2,33.39;Gál 3,14;Ef 1,13.
114 1Jn 2,25;Heb 4,1;9,15;10,36;2Tim 1,1.
115 JUAN PABLO II, Catequesis sobre el Espíritu Santo del 21-11-1990.
116 SAN AGUSTIN, De Trinitate, IV,20.
117 SANTO TOMAS, Summa Theol. I,q.38,a.2.
118 SAN HILARIO, De Trinitate, II,1;II 29.

47
El inefable abrazo del Padre y de la Imagen no carece de fruición de caridad, de gozo. Esta dilección, este gozo,
esta felicidad o dicha, si es posible que un término humano pueda expresarlo dignamente, Hilario la llamó de
manera concisa "goce" y es, en la Trinidad, el Espíritu Santo. No engendrado, es la suavidad del que genera y del
engendrado, que se difunde por todas las criaturas con infinita liberalidad y abundancia, según su capacidad, de
manera que las criaturas puedan tener su rango respectivo y ocupen el lugar que les corresponde.119

San Agustín hizo del Don un nombre propio del Espíritu Santo. Es el nombre personal,
porque expresa la relación del Espíritu Santo con el Donador. El Donador es aquel que envía al
Espíritu Santo, siendo idénticos misión y don: son el Padre y el Hijo. Lo son eternamente. Ambos
envían al Espíritu Santo en el tiempo, pero el Espíritu procede eternamente de los dos como su
Espíritu común, su amor, su comunión substancial.120

Al mismo tiempo y eternamente, en el ahora de Dios, el Espíritu es el Don permanente del


Padre al Hijo y del Hijo al Padre. En ese ahora, en Cristo, entra la Iglesia, Cuerpo y Esposa de
Cristo, participando del Don de Dios, que la recrea y santifica para poder responder al amor de Dios
con el Don recibido del Espíritu. Es el milagro inescrutable del bautismo y la Eucaristía, brotados
del costado abierto de Cristo.

De esta manera se nos da Dios mismo en persona en el Don del Espíritu Santo. Dios no se
contenta con darnos algo que no sea El mismo.121 Por ello, amamos a Dios, nos amamos mutuamente
y la Iglesia es una por Aquel que, en Dios, es Amor y Comunión.122 Nos hacemos plenamente felices,
alcanzamos la plenitud de nuestro ser, gozando de Dios, que se nos da en su Don.

Cristo, el Esposo divino, entrega a la Iglesia, su Esposa, el gran Don del Espíritu, con el que
es amado por el Padre y con el que El ama al Padre en el misterio trinitario de unidad eterna. Así el
Vaticano II ha podido definir a la Iglesia, santificada por el Don del Espíritu Santo, como "el pueblo
reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (LG,n.4)

b) Don de Cristo a la Iglesia

Cristo resucitado se comunica a la Iglesia en el don de su Espíritu: "Cristo nos concedió


participar de su Espíritu para que incesantemente nos renovemos en El" (LG,n.7). Así, la Iglesia es la
Iglesia de Cristo en cuanto es la Iglesia del Espíritu de Cristo, que El, una vez glorificado, derrama
sobre sus discípulos:

Porque Cristo, levantado sobre la tierra, ha atraído hacia sí a todos los hombres (Jn 12,33) y, habiendo resucitado
de entre los muertos, envió su Espíritu vivificante a los discípulos y por El constituyó su cuerpo, que es la Iglesia,
como sacramento universal de salvación;estando sentado a la derecha del Padre actúa sin cesar en el mundo para
llevar a los hombres a la Iglesia y para unirlos más estrechamente consigo por medio de la misma y hacerles
partícipes de su vida gloriosa, al darles en alimento su cuerpo y sangre. Así, pues, la restauración prometida, que
esperamos, ya empezó en Cristo, está impulsada por la misión del Espíritu Santo y por El se continúa en la
Iglesia (LG,n.48).

El don del Espíritu hace de la Iglesia un Pentecostés continuo. Todos los evangelistas ponen
de manifiesto la continuidad dinámica entre Cristo y la Iglesia. Esta continuidad se refleja
particularmente en Lucas. Y Lucas nos presenta esta continuidad bajo el signo del Espíritu Santo. El
Espíritu que suscitó a Jesús en el seno de María, da a luz a la Iglesia; al igual que condujo a Jesús en
119 SAN AGUSTIN, De Trinitate VI 19,11.
120 SAN AGUSTIN, De Trinitate V,11,12 y 15,16.
121 SAN AGUSTIN, De fide et Symbolo, 9,19; Sermo 128,4;Enar.in Ps.141,12.
122 SAN AGUSTIN, De trinitate XV,1935;Sermo 71,12,18.

48
su ministerio después de la unción en el bautismo, impulsa a la Iglesia en su misión "desde Jerusalén
hasta los confines de la tierra".

Los Hechos de los Apóstoles son el testimonio del Espíritu Santo impulsando a la Iglesia en
su misión evangelizadora. El Espíritu irrumpe en Pentecostés sobre los discípulos y con Pentecostés
arranca el anuncio de Jesucristo y su Evangelio.

Pedro, el día de Pentecostés, anunciará: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga
bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo" (He 2,38). En Cesarea, en la conversión de Cornelio, "se maravillaron los fieles judíos, que
habían venido con Pedro, de que el don del Espíritu Santo era derramado también sobre los gentiles"
(He 10,45). Es el mismo don que recibieron los discípulos en Pentecostés (He 11,17), con los mismos
signos manifestativos de la venida del Espíritu Santo...El Espíritu Santo es el Don escatológico, que
lleva a plenitud el designio de Dios. Cristo corona su obra redentora con el Don del Espíritu Santo, en
el que van incluidos todos los dones.

c) El Espíritu don interior

El Espíritu Santo es don interior que el Padre bueno da a sus hijos, si se lo piden en la oración
(Lc 11,13). Pero como don sólo puede recibirse gratuitamente, acogido en la fe. Simón es reprobado
por haber creído que podía comprar "el don de Dios", es decir, el Espíritu "dado por la imposición de
las manos de los apóstoles" (He 8,20). Jesús dirá a la samaritana: "Si conocieras el don de Dios" (Jn
4,10), que es el agua viva que sacia y salta hasta la vida eterna, lo habrías pedido y te lo habría dado.

Este don del Espíritu, que el Padre nos hace, sin añadir nada a las palabras de Cristo, las
explica desde dentro, haciéndonos vivirlas, no como ley externa, sino por connaturalidad. Por ello,
Cristo dice a sus discípulos: "Os conviene que yo me vaya para que venga el Espíritu Paráclito" (Jn
16,7), que os introducirá en la verdad plena, haciendo mi palabra eficaz en vuestro interior. Por el
Espíritu, quienes siguieron a Jesús sin entenderlo, le reconocerán como el verdadero Cristo glorioso,
como Señor (1Cor 12, 3), y al Padre le sentirán en su espíritu como Padre, reconociéndose a sí
mismos como hijos de Dios (Gál 4,6;Rom 8,14-16).

El Espíritu nos revela el misterio de Dios, no hablando, sino introduciéndonos vitalmente en


él. Nos revela nuestra vida en Cristo, edificando la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Juan emplea una expresión singular para decir que Jesús muere. No usa los términos de
Mateo: "Exhaló el espíritu" (27,50) o de Marcos (15,37) y Lucas (23,46): "expiró", que no tienen
ninguna intención doctrinal. Juan dice: "Inclinó la cabeza y entregó el espíritu" (19,30). Jesús inclina
la cabeza y "expira", entregando su Espíritu sobre María y Juan, que son la Iglesia junto a la cruz.
Entrega su espíritu a la Iglesia. Juan sabe cargar de significación todos los signos. Aquí pone de
manifiesto el lazo estrecho entre el don del Espíritu y Jesús inmolado. Así lo entendieron San Ireneo,
San Cesáreo de Arlés y San Gregorio.123

Jesús entrega su último suspiro y, por su muerte voluntariamente aceptada, entrega el


Espíritu a sus discípulos. También ven simbolizado al Espíritu algunos en el agua que brota del
costado de Cristo abierto por la lanza.

123 SAN IRENEO, Adv.Haer. IV,31,2;SAN CESAREO DE ARLES, Sermón 40,4; SAN GREGORIO, Moralia
XXXV,8,18.

49
Así Cristo, que asciende al Padre, no deja huérfanos a sus discípulos. Les deja el Otro
Paráclito, que es como si fuera El mismo; el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, que continúa su
obra, la corona desde dentro de los discípulos. Así lo experimentarán ellos, hasta poder decir San
Pablo: "El Señor es el Espíritu" (2Cor 3,17).

El Espíritu es el don pascual de Cristo a los discípulos. La resurrección de Cristo y la


efusión del Espíritu están íntimamente unidas. Cristo resucitado comunica el Espíritu Santo y el
Espíritu nos abre los ojos para ver en Cristo Resucitado el cumplimiento de la historia de la
salvación. Jesús se aparece a los discípulos y les dice:

Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos (Jn 20,21-23).

d) El Espíritu Santo don de la Iglesia

El Símbolo de la fe muestra cómo el Espíritu no puede separarse de la Iglesia ni la Iglesia del


Espíritu Santo: "Creo en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica". El Espíritu habita en la Iglesia
y actúa en ella y a través de ella. No cabe ninguna oposición entre el Espíritu y la Iglesia. El Espíritu
de Cristo actúa en su cuerpo que es la Iglesia y no fuera o contra ella.

El Espíritu Santo hace referencia siempre a Cristo. Nos impulsa a confesar que "Jesús es el
Señor" (1Cor 12,3). Sin el Espíritu es imposible reconocerlo. El Espíritu hace conocer, reconocer y
vivir a Cristo, que, a su vez, nos hacer conocer, reconocer y vivir a Dios como Padre. 124 No hay un
cuerpo del Espíritu, sino un cuerpo de Cristo. ¿Acaso el Espíritu no es el Espíritu de Cristo (Rom
8,9;Filp 1,19), del Señor (2Cor 3,17),"Espíritu de su Hijo" (Gál 4,6)?. "El Espíritu establece la
comunión con Cristo".125

En la Iglesia el Espíritu Santo nos conduce a las palabras de Cristo y a Cristo-Palabra, en


quien retornamos al Padre, integrándonos en la vida trinitaria. El Espíritu no inventa nada, no
introduce otra economía de salvación distinta de la de Cristo. El Espíritu vivifica la carne y las
palabras de Jesús (Jn 6,63); hace recordar las palabras de Jesús y penetrar toda la verdad contenida
en ellas: "No hablará por cuenta propia, sino que hablará lo que oiga...El me glorificará porque
recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros" (Jn 16,14-15). Jesús es el camino y el Espíritu es el
guía que hace avanzar por este camino.
Según los Hechos, el papel del Espíritu Santo consiste en actualizar, interiorizar y extender
la salvación, lograda en y por Cristo. La salvación se atribuye siempre a Cristo, se nos comunica en
el "nombre de Cristo", es decir, en virtud de Cristo. El Espíritu anima a los discípulos a anunciarla.
En la evangelización, El Espíritu guía a los apóstoles hasta marcándoles el itinerario.126

El Espíritu Santo interviene en cada uno de los momentos decisivos de la evangelización. San
Lucas va señalando una especie de pentecostés sucesivos: en Jerusalén (2;4,25-31), en Samaría
(8,14-17); el que pone en marcha la aventura misionera con Cornelio y el acontecimiento de Cesarea
(10,44-48;11,15-17); en Efeso (19,1-6). En cada uno de estos grandes momentos se da un signo de la
intervención del Espíritu, don de Cristo a la Iglesia.

124 SAN IRENEO, Adv.Haer. IV,24,1;V,36,2.


125 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,24,1.
126 He 16,6-7;19,1;20,3.22-23;21,4.11.

50
El Concilio Vaticano II, fiel a la Escritura, ha mantenido al hablar del Espíritu Santo, la
referencia cristológica. La pneumatología no es pneumatocentrica. El Espíritu es Espíritu de Cristo
(LG,n.7,8,14,etc); realiza la obra de Cristo, la construcción del Cuerpo de Cristo; es el principio de
la vida de este cuerpo que es la Iglesia (AAS,n.3;29;LG, n.21...). Cristo hace a la Iglesia partícipe de
su unción por el Espíritu:

Dios, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo
(SC,n.5).

Para que incesantemente nos renovemos en El (Ef 4,23), Cristo nos concedió participar de su Espíritu, que siendo
uno mismo en la cabeza y en los miembros, de tal forma vivifica, unifica y mueve el cuerpo entero (LG,n.8).
Cristo llenó a la Iglesia de su Espíritu (n.9).

El Señor Jesús, "a quien el Padre santificó y envió al mundo" (Jn 10,36), hizo partícipe a todo su cuerpo místico de
la unción del Espíritu con que El está ungido (PO,n. 2).

En conclusión, la Iglesia es la única Esposa de Cristo, como dice San Pablo, amigo del
Esposo: "Os he desposado con un solo Esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo" (2Cor
11,2). Y como única Esposa, sólo ella puede engendrar hijos de Dios, mediante el nuevo nacimiento
de lo alto y del Espíritu Santo" (Jn 3,6). Sólo en la Iglesia actúa el Espíritu Santo:

Somos un solo pan; aunque seamos numerosos, somos un solo cuerpo. Por tanto, sólo la Iglesia católica es el
cuerpo de Cristo, del que El, como Salvador de su cuerpo, es la cabeza. Fuera de este cuerpo, el Espíritu no vivi-
fica a nadie, porque, como dice el Apóstol, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espí-
ritu Santo que se nos ha dado. No participa, pues, del amor de Dios quien es enemigo de la unidad. Por tanto, no
poseen el Espíritu Santo quienes están fuera de la Iglesia...Quien quiera poseer el Espíritu Santo, que no se quede
fuera de la Iglesia ni se conforme con fingir estar en ella, para poder participar del árbol de la vida.127

"Que sean el cuerpo de Cristo, si quieren vivir del Espíritu de Cristo. No vive del Espíritu de
Cristo quien no es del cuerpo de Cristo", dice Agustín de los Donatistas. Por ello, la Eucaristía es el
signo visible del don del Espíritu Santo a la Iglesia. Unos hombres distintos, separados y dispersos por
todos los gérmenes de división que llevan consigo por su condición de pecadores, pero lavados en el
baño de regeneración y vivificados por el Espíritu, se convierten en Iglesia, que bendice con una sola
voz y un solo corazón al Padre. Una misma savia, que emana de Aquel que es, a la vez, cabeza y
plenitud, un mismo soplo vital, el Espíritu Santo, que actúa de modo distinto en los diversos
miembros, prepara, mediante el ministerio de todos, el crecimiento armonioso del cuerpo eclesial
hasta llevar a todos y a cada uno hasta la estatura del hombre perfecto, en el día en que Cristo, cabeza
y miembros, se presentará al Padre en la Pascua por fin plenamente realizada.

127 SAN AGUSTIN, Epist. CLXXXV, en PL 33,815.

51
2. LA IGLESIA NACE DEL ESPIRITU

a) La Iglesia nace de Cristo y del Espíritu

La Iglesia, "pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG,n.4),
ha nacido y vive de dos "misiones", la de Cristo y la del Espíritu Santo. "Cuando llegó la plenitud de
los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, a fin de que recibiéramos la adopción filial" (Gál
4,4-5).128 Y en el versículo siguiente, se dice: "Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo". El Padre envía al Hijo y al Espíritu Santo para fundar la familia de sus hijos. Jesús nos invita
a orar a Dios, diciéndole: "Padre nuestro" y el Espíritu testifica a nuestro espíritu que somos hijos,
haciéndonos exclamar: "¡Abba, Padre!".

San Ireneo expresó, con la imagen de las dos manos de Dios, el nacimiento de la Iglesia de
las dos misiones, la del Verbo y la del Soplo:

Dios será glorificado en la obra modelada por El cuando la haya hecho conforme y semejante a su Hijo. Ya que
por las manos del Padre, es decir, por el Hijo y el Espíritu, el hombre se hace a imagen y semejanza de Dios.129

El Padre manda primero al Hijo y luego, cuando el Hijo regresa a El, envía el Espíritu Santo.
El Hijo, cumplida su misión, vuelve al Padre para que descienda el Espíritu en Persona. Pentecostés es
la culminación salvífica. San Atanasio ve la obra de Cristo como una preparación de la venida del
Espíritu Santo a los hombres: "El Verbo asumió la carne para que nosotros pudiéramos acoger al
Espíritu Santo. Dios se ha hecho sarcóforo para que el hombre llegara a ser pneumatóforo". 130 Por
ello dirá Cristo: "Es mejor para vosotros que yo me vaya... Yo rogaré al Padre y El os dará otro
Paráclito". La ascensión de Cristo es la gran epíclesis, la epíclesis divina, en la que el Hijo pide al
Padre que envíe al Espíritu Santo y el Padre, como respuesta a la oración del Hijo, envía el Espíritu
con toda la fuerza de Pentecostés.

Ascendido al cielo, Cristo, sumo Sacerdote, cumple eternamente su intercesión sacerdotal. Su


epíclesis ante el Padre hace de la Iglesia un Pentecostés continuado en la evangelización y los
sacramentos. El día de Pentecostés, la Iglesia nace y se manifiesta en la predicación apostólica y en
la eucaristía de la comunidad convocada por el Espíritu Santo.

El nacimiento de la Iglesia es una nueva creación (Ef 2, 15). Cristo resucitado,


apareciéndose a los Apóstoles, "sopló sobre ellos", dándoles el Espíritu Santo, como en la primera
creación el soplo del Padre dio la vida al hombre. Este Pentecostés anticipado del día de Pascua, en
el interior del Cenáculo, se hizo público el día de Pentecostés, cuando Jesús, "exaltado por la diestra
de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido y lo derramó sobre los Apóstoles" (He 2,33).
Entonces, por obra del Espíritu Santo, se realizó la nueva creación.

En Pentecostés, Cristo bautiza a los Apóstoles en "Espíritu Santo y fuego" (Mt 3,11), según
la promesa de Jesús: "Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días" (He 1,5). En
Pentecostés, cuando los Apóstoles "quedaron llenos del Espíritu Santo" (He 2,4), "se da la revelación

128 Cfr. Mt 10,40;Mc 9,37;12,6;Lc 9,48;10,16;Jn 3,17.34;5,37;6,57;7,28;8,42;10,36;17,18;20,21.


129 SAN IRENEO, Adv,Haer. V,6,1;V,28,4.Cfr. J. MAMBRINO, Les deux mains du Père dans l'0uvre de S. Irénée,
Nouv.Rev.Théol. 79(1957)355-370.
130 SAN ATANASIO, De incarnatione 8.

52
del nuevo y definitivo bautismo, que obra la purificación y santificación para una vida nueva: el
bautismo, en virtud del cual nace la Iglesia".131

De las lenguas de fuego del Espíritu nace la Iglesia, cuerpo de Cristo; el Espíritu hace de
cada bautizado un miembro de Cristo; del vino y del pan hace la sangre y el cuerpo del Señor, que
nutre y hace perennemente la Iglesia, cuerpo de Cristo. El Espíritu forma el cuerpo de Cristo
uniendo a los miembros entre sí y con la Cabeza. En la unidad del cuerpo, fruto del mismo Espíritu
en todos, el Espíritu Santo crea la diversidad de miembros con la multiplicidad de sus dones: "Las
lenguas de fuego se dividieron y se posaron sobre cada uno de ellos" (He 2,3). "Nosotros somos
como fundidos en un solo cuerpo, pero distintos singularmente, personalmente", dice San Cirilo de
Alejandría.132

b) La Iglesia se manifiesta en Pentecostés

El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida del costado abierto de Cristo en la cruz, se manifiesta
al mundo, por obra del Espíritu Santo. Cristo, transmitiendo a los Apóstoles el Reino recibido del
Padre (Lc 22,29;Mc 4,11), coloca los cimientos para la construcción de la Iglesia. Pero estos
cimientos, los apóstoles, reciben la fuerza para anunciar y realizar el Reino en Pentecostés, mediante
la efusión del Espíritu Santo:

Como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido
en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre, y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre
(LG,n.5).

Cristo, dirá Juan Pablo II, anunció la Iglesia, la instituyó y, luego, definitivamente la
"engendró" en la cruz. Sin embargo, la existencia de la Iglesia se hizo patente el día de Pentecostés,
cuando vino el Espíritu Santo y los Apóstoles comenzaron a dar testimonio del misterio pascual de
Cristo. Podemos hablar de este hecho como de un nacimiento de la Iglesia, como hablamos del
nacimiento de un hombre en el momento en que sale del seno de la madre y "se manifiesta" al
mundo.133

"Fue en Pentecostés cuando empezaron los hechos de los Apóstoles" (Ad Gentes 4). De este
modo la Iglesia nació como misionera. Bajo la acción del Espíritu Santo, "las lenguas de fuego" se
convirtieron en palabra en los labios de los Apóstoles: "Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y
se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les concedía expresarse (He 2,4).

La misión del Espíritu Santo fue manifestada en Pentecostés y coexiste con la vida de la
Iglesia (Hechos) y de los cristianos (Pablo). El Espíritu desciende sobre los apóstoles reunidos en el
cenáculo, impulsándolos a la evangelización del mundo, y es "derramado en el corazón de los
cristianos". San Ireneo, une los dos aspectos, presentando a los apóstoles instituyendo y fundando la
Iglesia al comunicar a los creyentes el Espíritu que ellos habían recibido:

Instituyeron y fundaron la Iglesia distribuyendo a los creyentes este Espíritu Santo que ellos habían recibido del
Señor.134

131 JUAN PABLO II, Catequesis del 6-9-1989.


132 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, In Joan XI.
133 JUAN PABLO II, Catequesis del 3-9-1989.
134 SAN IRENEO, Demostración 41.

53
Es lo que dice también Juan Pablo II en su encíclica Dominum et vivificantem:

El día de Pentecostes es manifestado en el exterior, ante los hombres, lo que el domingo de Pascua había ocurrido
en el interior del Cenáculo, "estando las puertas cerradas". En Pentecostés se abren las puertas del Cenáculo y los
Apóstoles se dirigen a los habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusalén, para dar testimonio de Cristo por el
poder del Espíritu Santo. De este modo se cumplía el anuncio: "El Espíritu Santo dará testimonio de mí; pero
también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio (Jn 15,26s).

La era de la Iglesia empezó con la venida, es decir, con la bajada del Espíritu sobre los Apóstoles reunidos en el
Cenáculo junto con María, la Madre del Señor (He 1,14). Dicha era empezó en el momento en que las promesas y
las profecías, que explícitamente se referían al Paráclito, el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con
toda su fuerza y evidencia sobre los apóstoles, determinando así el nacimiento de la Iglesia (n.25).

c) La Iglesia, Pentecostés continuado

En las fórmulas más antiguas del Credo, la Iglesia aparece unida a la confesión de fe en el
Espíritu Santo: "Creo en el Espíritu Santo en la santa Iglesia, para la resurrección de la carne". El
Espíritu Santo no puede ser separado de la Iglesia, ni la Iglesia del Espíritu Santo. El Espíritu mora en
la Iglesia, creándola, renovándola, santificándola, guiándola y obrando a través de ella. "La Iglesia,-
dice Y. Congar-, es el cuerpo del Señor resucitado y glorificado; es el Pentecostés continuado, el
signo permanente de la misión del Espíritu Santo en el mundo redimido".135

Tertuliano explica esta unidad del modo siguiente:

Puesto que tanto el testimonio de la fe como la garantía de la salvación tienen por garantes a las Tres Personas, la
mención de la Iglesia (en la confesión de fe) se encuentra añadida necesariamente a ella. Porque allí donde están
los Tres, Padre, Hijo y Espíritu Santo, allí también se encuentra la Iglesia, que es el cuerpo de los Tres.136

Y San Agustín une siempre la santa Iglesia con el Espíritu Santo del que ella es el templo.137
Este es el sentido de la confesión de fe apostólica y bautismal con su estructura trinitaria. Si la
creación es atribuida al Padre, la redención al Hijo hecho carne, la santificación es fruto del
Espíritu Santo. El tercer artículo engloba la Iglesia, el bautismo, la remisión de los pecados, la
comunión de los santos, la resurrección y la vida eterna, todo ello como fruto del Espíritu Santo.

En la escolástica explicaron el artículo del Credo niceno-constantinopolitano referente al


Espíritu Santo y a la Iglesia, dándole el siguiente sentido: Creo en el Espíritu Santo, no sólo en sí
mismo, sino como Aquel que unifica, santifica a la Iglesia, la hace católica y apostólica.138 Citemos
un texto de San Alberto Magno:

Decimos "la santa Iglesia". Pero todo artículo de fe se funda en la verdad divina y eterna, no en la verdad creada,
porque toda creatura es vana y carece de verdad firme. Por esto, este artículo tiene que ser relacionado con la obra
propia del Espíritu Santo, es decir, con "Creo en el Espíritu Santo", no sólo en sí mismo, como lo enuncia el
artículo anterior, sino que creo en él igualmente en cuanto a su obra propia, la de santificar a la Iglesia. Comunica
esta santidad en los sacramentos, virtudes y dones que distribuye para consumar la santidad; y en los milagros y
gracias gratuitas, tales como la sabiduría, la ciencia, la fe, el discernimiento de los espíritus, las curaciones, la
profecía y todo lo que el Espíritu da para manifestar la santidad de la Iglesia.139

135 Y. CONGAR, Santa Iglesia, Barcelona 1965,p. 441.


136 TERTULIANO, De baptismo 6.
137 SAN AGUSTIN, De fide et symbolo, c.X;De symbolo ad catechumenos 6,14;Enchiridion, c. LVI.
138 ALEJANDRO DE HALES, Summa, libro III, parte III, inq. 2,t.2; ALBERTO MAGNO, In III Sent.,d.25, q.2,a.2
c;TOMAS DE AQUINO, In III sent,d.25,q.1, a.2 ad 5...
139 SAN ALBERTO MAGNA, De sacrificio Mossae, II,c.9,art.9. Cfr. CATECISMO ROMANO, parte 1ª, art.9,n.22.

54
d) El Espíritu forma el cuerpo de Cristo

El Espíritu realiza una tarea decisiva en la construcción de la Iglesia. La vida en Cristo es


eclesial: "Todos fuimos bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo" (1Cor 12,13).
Espíritu y cuerpo eclesial se reclaman mutuamente. El que se une al cuerpo glorioso de Cristo,
totalmente penetrado por el Espíritu, por la fe viva, el bautismo, el pan y el vino de la eucaristía, se
convierte realmente en miembro de Cristo: forma un cuerpo con El.

Este cuerpo de Cristo, que los fieles forman en la tierra, ha de ser construido (1Cor 3,9;Ef
2,20;4,12), para llegar a ser "una morada de Dios por el Espíritu" (Ef 2,22), una "casa espiritual" (1Pe
2,5ss;Filp 3,3).

La Iglesia de Cristo es, pues, creación del Espíritu Santo. Ha nacido de la efusión del Espíritu,
que ha comunicado, actualizando e interiorizando en los hombres, la salvación cumplida en Cristo. La
Iglesia nace de Pentecostés y depende siempre de él. El Espíritu es su fuerza vital.

Pero hay que repetir que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo. Su misión es configurar a la
Iglesia y a cada cristiano con Cristo. El Espíritu Santo no atrae hacia sí, sino que lleva a Cristo.
Reune, congrega la Iglesia y la centra en Cristo. Nosotros no pertenecemos al Espíritu Santo como
pertenecemos a Cristo; pero pertenecemos a Cristo por el Espíritu Santo: "Si alguno no tiene el
Espíritu de Cristo no es de Cristo" (Rom 8,9).

El Espíritu que da vida y anima a la Iglesia es el Espíritu de Cristo, maestro y esposo de la


Iglesia. Es el mismo Espíritu en la cabeza y en los miembros del cuerpo de Cristo. El mismo Espíritu
que ungió a Cristo para su misión como Mesías, es quien, con su venida el día de Pentecostés, funda
la Iglesia en cuanto comunidad que continúa la obra salvadora de Cristo. Es el mismo Espíritu el que
habita y anima a Cristo y a la Iglesia.

El Espíritu habita en nuestros cuerpos y en la comunidad de los cristianos: "¿O no sabéis que
sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1Cor 3,16;6,19;2Cor 6,16). El
Espíritu es principio de comunicación y de comunión entre Dios y nosotros y entre todos nosotros. El
Espíritu une las personas sin profanar la interioridad ni poner acotaciones a la libertad (2Cor 13,13).
El Espíritu, penetra lo más íntimo de la persona. Es enviado a los corazones (Gál 4,6;2Cor 1,22; 3-
,2;Rom 5,5;Ef 3,17;2Tes 3,5). El Evangelio, acogido, es una carta de Cristo "escrita no con tinta, sino
con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones de carne" (2Cor 3,2-
3).

El Espíritu es, como le llama Jesús mismo, el otro Paráclito, "Espíritu de la verdad" (Jn
14,17;15,26), que "guía hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El es, según los significados de
Paráclito, defensor, ayuda, consolador, auxiliador, abogado, consejero, mediador, el que exhorta y
hace los llamados apremiantes... El "estará siempre con y en los discípulos" (Jn 14,16), "les enseñará
y recordará todo lo que Jesús ha dicho" (Jn 14,26), "dará testimonio de El" (Jn 15,26) y "convencerá
al mundo de pecado" (Jn 16,8).

e) El Espíritu hace fiel a la Iglesia

Así la vida de la Iglesia está siempre bajo el signo del Espíritu Santo Dominum et
Vivificantem. Y de modo particular se atribuye al Espíritu Santo la fidelidad de la Iglesia a la fe
recibida de los apóstoles. Nadie lo expuso mejor que san Ireneo, que presenta la fe como habitando en

55
la Iglesia como en su lugar propio de residencia, fundada sobre el testimonio de los profetas, de los
apóstoles y de los discípulos, fe que "siempre, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un licor
exquisito conservado en vaso de buena calidad, rejuvenece y hace incluso rejuvenecer el vaso que lo
contiene". En este don de la fe confiada a la Iglesia se contiene "la intimidad de la unión con Cristo,
es decir, el Espíritu Santo", "porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios y
allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia. Y el Espíritu es la verdad".140

La seguridad de la fidelidad, de la que el Espíritu es el principio y el garante, es otorgada a


la Iglesia. Esta goza de tal firmeza que imputarle un error equivaldría a acusar de un
desfallecimiento al Espíritu.141 Para ello, el Espíritu Santo confiere a los fieles el "sensus fidei" y "da
a los que se encuentran a la cabeza de la Iglesia, que tienen una fe recta, la gracia perfecta de saber
cómo tienen que enseñar y guardar todo".142

Contra la Reforma protestante, el cardenal Hosius (+ 1579), escribirá un texto que,


despojado de su carácter polémico, es precioso:

No hay Evangelio si no hay Iglesia. No es que no pueda tenerse Escritura fuera de la Iglesia...Pero el evangelio
viviente es la Iglesia misma. Fuera de ella podemos tener los pergaminos, o los papeles, la tinta, las letras, los
caracteres con los que fue escrito el Evangelio. Por esta razón, los apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no dijeron
en el Símbolo: "Creo en la Biblia o en el Evangelio", sino que afirmaron: "Creo en la santa Iglesia". En ella
tenemos la Biblia, el Evangelio, la auténtica interpretación de éste. O, para ser más exactos, ella misma es el
evangelio, escrito no con tinta, sino por el Espíritu del Dios viviente, no sobre tablas de piedra, sino sobre las
tablas de carne del corazón.143

140 SAN IRENEO, Adv, Haer. III,24,1.


141 TERTULIANO, De Praescriptione 28,1-3.
142 SAN HIPOLITO, Prólogo a la Tradición Apostólica.
143 CARDENAL HOSIUS, Opera omnia, Colonia 1584, t.I,p.321.

56
3. EL ESPIRITU HACE UNA A LA IGLESIA

a) El Espíritu, vínculo de comunión

El día de Pentecostés, sobre los Apóstoles reunidos en oración junto con María, Madre de
Jesús, bajó el Espíritu Santo prometido y "quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en
otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse" (He 2,4), "volviendo a conducir de este modo
a la unidad las razas dispersas, al ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones".144

El Espíritu Santo crea la koinonía de la Iglesia, une los fieles a Cristo y entre sí. Pues el
Espíritu distribuye la variedad de sus dones en la unidad de la Iglesia. El Espíritu Santo es el vínculo
de unión del misterio de la Trinidad, modelo y fuente de la unidad de la Iglesia:

La unidad de comunión eclesial tiene una semejanza con la comunión trinitaria, cumbre de altura infinita, a la que
se ha de mirar siempre. Es el saludo y el deseo que en la liturgia se dirige a los fieles al comienzo de la Eucaristía,
con las mismas palabras de Pablo: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del
Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2Cor 13,13). Estas palabras encierran la verdad de la unidad en el
Espíritu Santo como unidad de la Iglesia.145

El Papa Juan Pablo II cita, a continuación, a San Agustín:

La comunión de la unidad de la Iglesia es casi una obra propia del Espíritu Santo con la participación del Padre y
del Hijo, pues el Espíritu mismo es en cierto modo la comunión del Padre y del Hijo. El Padre y el Hijo poseen en
común el Espíritu Santo, porque es el Espíritu de ambos.146

San Agustín llama al Espíritu Santo "Don de Dios", tomándolo de la Escritura.147 Ciertamente
el Espíritu es dado sólo cuando existen criaturas capaces de "poseerlo" y de gozar de El, pero El
procede eternamente del Padre y del Hijo como "donable" y, en este sentido, es Don. Es uno de sus
nombres personales. Cuando nos es dado, nos une a Dios y entre nosotros por el mismo principio que
sella la unidad del amor y de la paz en Dios mismo. Así se nos da el Espíritu mismo como principio
de unidad de la Iglesia:

En nuestro lenguaje, el Espíritu Santo es no sólo el Espíritu del Padre y del Hijo que lo dieron, sino el nuestro
también, para quienes lo hemos recibido. El Espíritu Santo es el de Dios porque nos lo da y el nuestro porque lo
recibimos. Han querido, por lo que une al Padre y al Hijo, unirnos entre nosotros y con ellas y hacer de nosotros
una unidad por obra de aquel Don que a las dos les es común; es decir, el Espíritu Santo, que a la vez es Dios y
Don de Dios.

Por El, efectivamente, nos reconciliamos con la divinidad y nos deleitamos en ella. El Espíritu Santo unifica la
congregación de la Iglesia. Como la remisión de los pecados no tiene lugar sino en el Espíritu Santo, sólo puede

144 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,17,2.


145 JUAN PABLO II, Catequesis del 5-12-1990.
146 SAN AGUSTIN, Sermo 71,20,33.
147 He 2,37-38;8,18-20;10,44-46;11,15-17;Ef 4,7-8.

57
darse en la Iglesia que tiene el Espíritu Santo...La comunidad formada por la unidad de la Iglesia de Dios, fuera de
la cual no tiene lugar la remisión de los pecados, es considerada como la obra propia del Espíritu Santo, con la
colaboración, desde luego, del Padre y del Hijo por ser el Espíritu Santo, en alguna manera, el lazo propio del
Padre y del Hijo...porque el Espíritu Santo es común al Padre y al Hijo, por ser el Espíritu del Padre y del Hijo.148

Del mismo modo, el Concilio Vaticano II, presentando a la Iglesia como pueblo de Dios,
cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo (PO,n.1;AG ,n.7), ve reflejada en ella la unidad trinitaria:

El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (1Cor 3,16;6,19) y en ellos ora y da
testimonio de la adopción de hijos (Gál 4,6;Rom 8,15-15.26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige
y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (Ef 4,11-12;1Cor 12,4;Gál 5,22), a la que guía hacia toda verdad (Jn
16,13) y unifica en comunión y ministerio...Así se manifiesta toda la Iglesia como "un pueblo reunido por la
unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"149 (LG,n.4).

Así, pues, el misterio de la Iglesia, teniendo al Espíritu Santo como principio de unidad, tiene
como "modelo supremo y como principio la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas, Padre,
Hijo y Espíritu Santo":

Una vez que el Señor Jesús fue exaltado en la cruz y glorificado, derramó el Espíritu que había prometido, por el
cual llamó y congregó en unidad de fe, esperanza y caridad al pueblo del Nuevo Testamento, que es la Iglesia (Ef
4,4-5;Gál 3,27-28). El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y gobierna toda la Iglesia, efectúa esa
admirable unión de los fieles y los congrega tan íntimamente a todos en Cristo, que El mismo es el principio de la
unidad de la Iglesia...Este es el gran misterio de la unidad de la Iglesia en Cristo y por medio de Cristo,
comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones. El modelo supremo y el principio de este misterio es la
unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo (UR,n.2).

b) El Espíritu crea la unidad en la multiplicidad

El Espíritu, término y sello de la fecundidad intradivina, y que se nos comunica a nosotros, es


también el principio de nuestro retorno al Padre por el Hijo. Es, en profundidad, el deseo que nos
mueve hacia el Padre y que nos hace desembocar en El. "Donec requiescat in Te".

Pero, en este retorno al Padre, el Espíritu Santo actúa en la Iglesia, a lo largo de su historia,
creando en ella constantemente una novedad para nosotros desconcertante. Anselmo de Havelberg,
premonstratense, en 1149, a los que se preguntan "¿por qué tantas novedades en la Iglesia?, responde:

Existe un solo cuerpo de la Iglesia, que el Espíritu Santo vivifica, rige y gobierna; al que está unido el Espíritu
Santo, múltiple, sutil, móvil, desatado, puro, fuerte, suave, que ama el bien, penetrante, que hace el bien sin traba
alguna, amigo de los hombres, benefactor, estable, seguro, que todo lo ve y lo puede, recipiente de todos los
espíritus, inteligible, inmaculado; en este Espíritu Santo, según san Pablo, "hay diversidad de gracias, pero el
Espíritu es el mismo" (1Cor 12,4). Y también :"A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para un fin
útil. Porque a uno se le da, por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;
a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a
otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero
todos estos dones los obra el único y mismo Espíritu, distribuyéndolos a cada uno en particular según su voluntad"
(1Cor 12,7-11).

De esta manera, aparece patentemente que el cuerpo de la Iglesia, que es uno, es vivificado por el Espíritu Santo,
que es uno, único en sí mismo y múltiple (1Pe 4,10) en la distribución multiforme de sus dones. Este verdadero
cuerpo de la Iglesia, vivificado por el Espíritu Santo, diversificado en diversos miembros en épocas y edades
diferentes, comenzó con el primer justo, Abel, y se consumará en el último elegido, siempre uno en la única fe,
pero diversificado en formas múltiples por la variedad múltiple de las maneras de vivir.150

148 OBRAS DE SAN AGUSTIN, BAC, t. VIII, Sermón 26.


149 SAN CIPRIANO, De orat. dom. 23.
150 ANSELMO DE HAVELBERG, Diálogos, I.

58
El Espíritu Santo es quien forma el cuerpo del que Cristo es la cabeza. La Cabeza es la
primera en tener el Espíritu y la única que lo posee en plenitud. De ella desciende a los miembros. Y
como Espíritu de Cristo, con la diversidad de sus dones, hace que exista un solo cuerpo, que es el
cuerpo de Cristo (1Cor 12,12-13). Así lo expone, siguiendo a San Agustín, Hugo de San Víctor
(1137), fuente de inspiración para otros muchos teólogos:

De igual manera que el espíritu de la persona desciende, por la cabeza, para vivificar los miembros, de igual
manera el Espíritu Santo, por Cristo, viene a los miembros. Cristo, es efectivamente, la cabeza; el cristiano es el
miembro. La cabeza es una, los miembros son muchos, y se forma un solo cuerpo con la cabeza y los miembros; y
en este único cuerpo no existe sino un solo Espíritu. La plenitud de este Espíritu reside en la cabeza; la parti-
cipación, en los miembros. Si, pues, el cuerpo es uno y el Espíritu es uno, aquel que no está en el cuerpo, no puede
ser vivificado por el Espíritu...La santa Iglesia es el cuerpo de Cristo; es vivificada por un solo Espíritu, unida y
santificada por una sola fe. Cada uno de los fieles es miembro de este cuerpo; todos son un solo cuerpo a causa del
Espíritu único y de la fe única. Y, al igual que en el cuerpo humano cada uno de los miembros tiene su función
propia y peculiar y, sin embargo, no obra para sí solo lo que obra por sí, de igual manera, en el cuerpo de la santa
Iglesia, los dones de gracia son distribuidos a los individuos, pero nadie retiene para sí solo lo que recibe él
solo...151

El Espíritu es dado a la comunidad y es dado a las personas. La Iglesia es una comunión, una
fraternidad de personas. En ella el Espíritu armoniza la singularidad de cada miembro y la unidad de
todos en el único Cuerpo de Cristo. El Espíritu crea la unidad en la multiplicidad. De aquí la
exhortación de San Pablo a "conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4,3).

c) El Espíritu es dado a la Iglesia

El Espíritu Santo es dado a la Iglesia. Fue prometido a los apóstoles, pero con miras al nuevo
pueblo del que ellos eran las primicias.152 Fue dado en primer lugar a los apóstoles (Jn 20,22) e
inmediatamente después a toda la primera comunidad en el día de Pentecostés, cuando estaban todos
"juntos", en el mismo lugar (He 1,15;2,1;2,27), y "unánimes, con un mismo espíritu".153 Como dice
Möhler:

Cuando recibieron la fuerza y la luz de lo alto, los jefes y los miembros de la Iglesia naciente no se habían
dispersado por diferentes lugares, sino que se encontraban reunidos en un mismo lugar y tenían un mismo corazón,
constituían una asamblea de hermanos...Cada discípulo fue llenado de los dones de lo alto porque formaba una
unidad con los restantes discípulos.154

Y San Agustín, por una parte, dice que es preciso estar en el cuerpo de Cristo para tener el
Espíritu de Cristo y, por otra, que se tiene el Espíritu de Cristo, que se vive verdaderamente de él,
cuando se está en el cuerpo de Cristo.155 Se recibe el Espíritu cuando hay un sólo cuerpo y hay un
solo cuerpo porque hay un solo Espíritu de Cristo. El Espíritu actúa para hacernos entrar en el
cuerpo, pero es dado al cuerpo y en éste se recibe el don: "Todos fuimos bautizados en un solo
Espíritu para formar un solo Cuerpo" (1Cor 12,13;Ef 4,4):

Si la Iglesia es como un cuerpo, y el Espíritu es como su alma, es decir, el principio de su vida divina; si el Espíri -
tu, por otra parte, dio comienzo, el día de Pentecostés, a la Iglesia al venir sobre la primitiva comunidad de Jerusa-

151 HUGO DE SAN VICTOR, De sacramentis, II, pars 2,c.1.


152 Jn 14,26;15,26;16,12-13.
153 He 1,14;2,1;2,46;4,24;5,12; 15,25;Rom 15,6.
154 J.A. MÖHLER, La Symbolique, 37. Esto mismo se encuentra en San Pedro Crisólogo: "A Dios no le agrada la singularidad,
sino la unidad; el Espíritu Santo llenó de la riqueza de sus dones a los apóstoles reunidos en unidad",Sermón 132.
155 SAN AGUSTIN, Epist.185,9,42;11,50; In Ioan. tr.XXVI, 6,13;Tr.XXVII 6,6.

59
lén (He 1,13), El ha de ser desde aquel día y para todas las generaciones nuevas que se insertan en la Iglesia, el
principio y la fuente de la unidad, como lo es el alma en el cuerpo humano.156

d) Unidad del Espíritu y la Iglesia

Los primeros Padres viven la experiencia del Espíritu Santo, gozando de sus dones en medio
de la comunidad cristiana, sin sentir la necesidad de elaborar una teología sobre El. Es tal la
compenetración con el Espíritu que San Ignacio de Antioquía le parangona con las cuerdas del órgano
que hace subir al Padre las piedras vivas del Templo de Dios.157 Y, con precisión feliz, connatural a su
experiencia, señala la unidad de la Iglesia, diciendo que "es una sola realidad con su Obispo, con los
presbíteros y los diáconos, unidad firmemente fundada, por voluntad de Cristo, en el Espíritu San-
to".158

No hay más que una Iglesia, jerárquica y pneumática, institucional y espiritual. La oposición
de Tertuliano, ya montanista, entre la Iglesia-Espíritu y la Iglesia-colección de Obispos, 159 nace de
una eclesiología sectaria. Los escritores, que expresan la tradición, saben dar su sitio al Espíritu en
la Iglesia. Ireneo, el primer gran teólogo posterior a la época apostólica, a finales del siglo II, exalta
al Espíritu como principio vivificador de la fe y de la Iglesia en su célebre texto:

Fe recibida de la Iglesia y que guardamos; fe que siempre, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un licor añejo
conservado en vaso de buena calidad, rejuvenece y hace, incluso, rejuvenecer el vaso que le contiene. La Iglesia,
en efecto, se sabe depositaria de este don de Dios, así como Dios mismo ha confiado el soplo a la carne modelada
para que todos los miembros reciban la vida de ella; y en este don estaba contenida la intimidad del don de Cristo,
es decir, el Espíritu Santo. Dios ha establecido en la Iglesia los apóstoles, los profetas, los doctores y todos los
otros medios de operación del Espíritu, de los que no participan quienes no pertenecen a la Iglesia...Porque donde
está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios. Y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda
la gracia. Y el Espíritu es la verdad.160

Puesto que el Espíritu es dado a la Iglesia, Ireneo puede decir que allí donde está el Espíritu,
allí está la Iglesia. Y como no hay más que una Iglesia, puede invertir la proposición y decir que allí
donde está la Iglesia, allí está el Espíritu. No se puede afirmar de un modo más fuerte el vínculo entre
el Espíritu y la Iglesia, percibido desde los albores de la teología cristiana.

Ireneo habla, ciertamente, de la Iglesia, que mantiene la fe transmitida desde los apóstoles por
la sucesión de los ministros, actualizada y refrescada incesantemente por el Espíritu. Es la Iglesia
total, pero concretizada en la comunidad local. Participando en esta asamblea local, se participa de los
dones del Espíritu. Esta es la Iglesia que conocía Ireneo, la de la sucesión de los presbíteros y de la
asamblea fraterna en la comunión en la fe de los apóstoles.

Esta teología de Ireneo recoge la enseñanza del Nuevo Testamento y la experiencia diaria de
la comunidad primitiva, que goza en su seno de la presencia y fuerza del Espíritu Santo, manifestadas
en los dones de vida que engendra entre los fieles y, en particular, el más estimable de los dones: el
martirio. "Entrenador" y "unción de los mártires", se llamará al Espíritu Santo. El Espíritu Santo
entrena y unge al cristiano para la lucha contra el maligno y le prepara así para la fidelidad hasta
derramando su sangre en el martirio:

156 JUAN PABLO II, Ibidem.


157 SAN IGINACIO DE ANTIQUIA, Ad Ephesios 9,1.
158 SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Ad Philad.,Proemio.
159 TERTULIANO, De pudicitia, XXI,17-18.
160 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,24,1.

60
Mediante el Espíritu Santo son fortalecidos quienes no temen afrontar cárceles y cadenas por el Nombre del Señor;
más aún, han pisoteado las potencias del mundo y los suplicios, armados y fortalecidos por el Espíritu con los
dones que este mismo Espíritu destina a la Iglesia, Esposa de Cristo, y se los da como adorno.161

Hipólito, que escribe por las mismas fechas de Tertuliano, ya en el prólogo de la Tradición
apostólica, señala el don del Espíritu conferido a los ministros de la Iglesia: "El Espíritu Santo
confiere a los que tienen una fe recta la gracia perfecta de saber cómo deben enseñar y guardar todo
los que están a la cabeza de la Iglesia".

e) El Espíritu crea la comunión de los santos

El Espíritu no sólo crea la unidad entre la cabeza y los miembros del cuerpo de Cristo. Sino
que crea la unidad también entre las tres realidades que conforman el "Cuerpo de Cristo": su cuerpo
humano y personal, nacido de María, su cuerpo sacramental y su cuerpo eclesial. El Espíritu Santo
crea el lazo de unidad en cada uno de estos tres cuerpos, de modo que podemos afirmar que "no son
tres sino un solo cuerpo unido por el Espíritu Santo" 162. El Espíritu Santo actúa como principio de
santificación de Jesús (Lc 1,35), de los dones del pan y del vino y de los fieles que forman la Iglesia.
El tercer cuerpo, el eclesial, está unido al primero por medio del segundo, el eucarístico.

San Agustín ve en la Iglesia como dos aspectos, el de la communio sacramentorum, que es


obra de Cristo, y el de la communio sanctorum, que es obra del Espíritu Santo. En este aspecto
llama a la Iglesia ecclesia in sanctis, unitas, caritas, pax y también columba, porque su principio es
el Espíritu Santo. Este hace en la Iglesia lo que el alma realiza en el cuerpo.163 Cristo dotó a su
Iglesia de la Palabra, de los sacramentos y del ministerio. Pero, para que la Iglesia alcance su fruto
cristiano de salvación y de comunicación con Dios es necesario el acontecimiento del Espíritu Santo.
Dios quiere reunirnos con El por el mismo Espíritu que es el lazo entre el Padre y el Hijo.

Así el Espíritu crea la "comunión de los santos" (communio sanctorum: de las cosas santas y
de los santos), que transciende el tiempo y el espacio. El hace presente en el momento actual el
pasado (Jn 14,26;16,13-15) y el futuro escatológico, al menos como arras. 164 El hace una a la
Iglesia desde Abel hasta el último justo elegido, la Iglesia de la tierra y la del cielo, la cabeza y los
miembros, porque en todos está el mismo Espíritu. Ese mismo Espíritu que, en Dios, sella en el amor
la unidad del Padre y del Hijo, de los que procede:

El Padre y el Hijo han querido que entrásemos en comunión entre nosotros y con ellos por lo que les es común; y
unirnos en uno por ese don que los dos poseen conjuntamente, es decir, por el Espíritu Santo, Dios y Don de
Dios.165

161 NOVACIANO, De Trinitate liber 29.


162 HONORIUS AUGUSTODUNENSIS, Eucharistion seu de Corpore et Sanguine Domini, c.1.
163 Este texto lo cita la Lumen Gentium, n.7.
164 Rom 8,23;2Cor 1,22;5,5;Ef 1,14.
165 SAN AGUSTIN, Sermón 71,22,18; Cfr. SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Com. in Ioan XI,11.
61
4. EL ESPIRITU SANTO, PRINCIPIO DE CATOLICIDAD

a) El Espíritu recrea la unidad de lenguas

La Iglesia de los orígenes fue plenamente consciente de encontrarse bajo la acción del
Espíritu Santo y de estar llena de sus dones. Clemente de Roma escribe:

Llenos de la seguridad que da el Espíritu Santo, los apóstoles partieron para anunciar por todas partes la Buena
Nueva de la venida del Reino de los cielos.166

En los Hechos, los apóstoles aparecen equipados con el Espíritu para emprender su misión,
penetrados y configurados por el Espíritu. Cristo, antes de volver al Padre, les había prometido:
"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (He 1,8). El día de Pentecostés vieron
cumplida esta promesa.

Y no sólo los doce experimentan esta fuerza del Espíritu, sino todos los enviados a la cons-
trucción de la Iglesia, con hombres de todos los pueblos sin distinción de lengua o raza: Esteban
(5,8;7,55), Bernabé (11,24), Pablo (13,9) etc. San Ireneo ve en el Espíritu Santo el restaurador de la
unidad del género humano, disperso por el pecado:

Del Espíritu, Lucas nos dice que, después de la ascensión del Señor, descendió sobre sus discípulos en Pentecostés,
porque El tiene poder sobre todas las naciones, para introducirlas en la vida y abrir para ellas la nueva alianza; por
ello, mediante su efusión, se acordaron todas las lenguas en el canto del himno a Dios. Así el Espíritu Santo
devolvía a la unidad las razas dispersas y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones.167

El Espíritu, en Pentecostés, restaura lo que destruyó el pecado de Babel, la comunión de los


hombres y la comunicación entre las naciones. Las primeras comunidades cristianas, esparcidas
gracias a la fuerza evangelizadora del Espíritu por el mundo entero, son las primicias de la
humanidad, ofrecida en Pentecostés al Padre: "todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas
de Dios" (He 2,11). Un autor africano del siglo VI lo comenta así:

Los apóstoles se pusieron a hablar en todas las lenguas. Así quiso Dios, por aquel entonces, significar la presencia
del Espíritu Santo, haciendo que todo el que lo recibía hablase en todas las lenguas. Hay que entender que se trata
del Espíritu Santo por el cual el amor de Dios se derrama en nuestros corazones. Y, ya que el amor había de
congregar a la Iglesia por todo el orbe de la tierra, del mismo modo que entonces cada persona que recibía el Espí-
ritu Santo podía hablar en todas las lenguas, así ahora la unidad de la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, se
manifiesta en la pluralidad de lenguas.

166 CLEMENTE DE ROMA, Cor., XLII,3.


167 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,17,2.

62
Por tanto, si alguien nos dice: "Has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no hablas en todas las lenguas?", debemos
responderle: "Hablo ciertamente en todas las lenguas, ya que pertenezco al cuerpo de Cristo, esto es, a la Iglesia,
que habla en todas las lenguas. Lo que Dios quiso entonces significar por la presencia del Espíritu era que la
Iglesia, en el futuro, hablaría en todas las lenguas". De este modo, aquel milagro prefiguraba la catolicidad de la
Iglesia, que había de abarcar a los hombres de toda lengua.168

La Iglesia, por obra del Espíritu Santo, nace misionera y desde entonces permanece "in statu
missionis" en todas las épocas y en todos los lugares de la tierra.

b) El Espíritu en el apóstol y en los oyentes

San Lucas presenta al Espíritu, que santificó a Jesús desde su concepción (1,35), y que le
ungió en el Jordán y al comienzo de su misión en Nazaret, enviado a la Iglesia para darle vida e
impulsarla a la misión. Y Pablo anuncia el Evangelio de Dios que, objeto de promesa y escondido en
la antigua disposición, se ha manifestado convertido en realidad gracias a Jesús, "nacido del linaje de
David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador, a partir de su
resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro" (Rom 1,3-4;8,11).

La experiencia de Pablo del Espíritu Santo está ligada entera e inmediatamente al


acontecimiento de la pascua, a la resurrección y glorificación de Jesús como Cristo y Señor. El don
del Espíritu a la Iglesia es fruto de la redención de la cruz, donde llega a cumplimiento la promesa
hecha a Abraham:

"Cristo, muriendo en la cruz, se hizo maldición por nosotros para que en Cristo llegara a los gentiles la bendición
de Abraham y por la fe recibiéramos el Espíritu de la promesa" (Gál 3,13-14).

La bendición de Abraham, promesa para todas las naciones, es el Espíritu Santo, Espíritu de
la promesa, que viene de Dios y llega a los gentiles por la predicación que suscita la fe. El Espíritu,
objeto de la promesa, actúa en el anuncio del Evangelio y, simultáneamente, en la acogida del
Evangelio en la fe. Y el Evangelio predicado y acogido en la fe, hace "a los gentiles ofrenda
agradable, consagrada por el Espíritu Santo" (Rom 15,16).

Es el Espíritu el que da fuerza y poder a la palabra débil del apóstol y el que la sella en los
oyentes, como repite Pablo en sus cartas:

Conocemos, hermanos queridos de Dios, vuestra elección; porque nuestro Evangelio no llegó a vosotros sólo con
palabras, sino también con poder y con el Espíritu Santo...y vosotros acogisteis la palabra, en medio de tantas
tribulaciones, con alegría del Espíritu Santo (1Tes 1,4-6).

Mi palabra y mi predicación no consistían en hábiles discursos de sabiduría, sino que fueron una demostración del
Espíritu y del poder...Nuestro lenguaje no consiste en palabras enseñadas por humana sabiduría, sino en palabras
enseñadas por el Espíritu, expresando las cosas del Espíritu con lenguaje espiritual (1Cor 2,4-5.13).

¡Oh insensatos gálatas!...Sólo quiero saber de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en
la predicación? (Gál 3,1-2).

c) El Espíritu crea la unidad en la catolicidad

El Espíritu Santo hace a la Iglesia católica tanto en el espacio del ancho mundo como en el
tiempo de la historia. Los Hechos de los Apóstoles atribuyen al Espíritu Santo el crecimiento de la

168 De un autor anónimo del s. VI, Sermo 8,1-3:PL 65,743.

63
Iglesia: "La Iglesia por entonces gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría; se edificaba y
progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo" (He 9,31).
Reconciliados con Dios por la cruz de Cristo, el Espíritu Santo edifica la casa de Dios con las piedras
vivas de todos los pueblos:

Ahora, en Cristo Jesús, los que antes estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque El
es nuestra paz. El ha hecho de los dos pueblos uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad...,
reconciliando con Dios a ambos en un solo Cuerpo por medio de la cruz...Por El unos y otros tenemos libre acceso
al Padre en un mismo Espíritu. Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y
familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo,
en quien toda edificación, bien trabada, se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también
vosotros estáis siendo edificados, hasta ser casa de Dios en el Espíritu (Ef 2,13-22).

Si durante la existencia terrestre de Jesús, el Espíritu residía en El y actuaba en El, las


apariciones pascuales del Señor comportaron un envío misionero. 169 Pero fue el don del Espíritu en
Pentecostés el principio de la misión.170 Los Hechos son el testimonio de esa acción del Espíritu, que
se prolonga hasta nuestros días en los evangelizadores por todas las partes de la tierra. Pentecostés
hizo nacer a la Iglesia universal, abierta a todas las naciones, haciendo que en todas las lenguas de
la tierra se proclamen las maravillas de Dios (He 2,6-11):

Lo que el Señor había predicado una vez o lo que en El se ha obrado para la salvación del género humano, hay que
proclamarlo y difundirlo hasta las extremidades de la tierra (He 1,8), comenzando por Jerusalén (Lc 24,47), de
suerte que lo que se ha efectuado una vez para la salvación de todos, consiga su efecto en todos a lo largo de la
sucesión de los tiempos.

Y para conseguir esto, envió Cristo al Espíritu Santo de parte del Padre, para que realizara interiormente su obra
salvadora e impulsara a la Iglesia a su propia dilatación. Sin duda alguna, El Espíritu Santo obraba ya en el mundo
antes de la glorificación de Cristo. Sin embargo, descendió sobre los discípulos en el día de Pentecostés, para
permanecer con ellos eternamente (Jn 14,16); la Iglesia se manifestó públicamente delante de la multitud, empezó
la difusión del Evangelio entre las gentes por la predicación y, por fin, quedó presignificada la unión de los
pueblos en la catolicidad de la fe por la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla en todas las lenguas, entiende y
abarca todas las lenguas en la caridad y supera de esta forma la dispersión de Babel (Ad gentes,n.3 y 4).

Es lo que explica San Agustín contra los Donatistas, presentando la comunión en el amor
como el signo visible de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia católica:

El prodigio de las lenguas en Pentecostés significa que todos los pueblos un día abrazarán la fe y que la Iglesia
universal hablará las lenguas de todas las naciones, como aquel día las hablaba cada uno de los que había recibido
el Espíritu Santo. Estamos en la verdad creyendo que el Espíritu Santo ha querido que el don de las lenguas fuese
entonces la prueba y el signo de su presencia, para que también hoy, cuando él ha cesado de manifestar su presen-
cia con el mismo signo, comprendiésemos que no se puede poseer el Espíritu Santo, incluso después de haber
recibido el bautismo, si uno se separa de esta unidad que abraza a todos los pueblos...Así como el don de las
lenguas era entonces en un hombre el signo de la presencia del Espíritu Santo, así ahora su presencia es atestiguada
por el amor que tenemos, por la unidad que existe entre todos los pueblos.171

La catolicidad de la Iglesia implica, por una parte, la unidad y, por otra, la pluralidad. Desde
el inicio, la Iglesia nació universal. Ciertamente nació en Jerusalén como pequeña comunidad formada
por los Apóstoles y los primeros discípulos, pero ya entonces quedó manifiesta su universalidad, "al
hablar los Apóstoles en otras lenguas según el Espíritu les concedía expresarse" (He 2, 4), de forma
que las personas de diversas naciones, presentes en Jerusalén, oían "las maravillas de Dios" (He 2,11)
en sus propias lenguas, aunque los que hablaban eran galileos (He 2,7).

169 Mc 16,15-18;Mt 28,18-20; Gál 1,16.


170 Lc 24,46-49;He 1,6-11;Jn 20,21.
171 SAN AGUSTIN, Sermón CCLXIX, en PL 38,1235-1236.

64
Es también significativo y elocuente el origen galileo de los Apóstoles. La Galilea era
designada como "Galilea de los gentiles" (Is 9,1;Mt 4,15;1Mac 5,15). La Iglesia, por consiguiente,
nació en Jerusalén, pero el mensaje de la fe no fue proclamado allí por ciudadanos de Jerusalén, sino
por un grupo de galileos; y, por otra parte, su predicación no se dirigió exclusivamente a los
habitantes de Jerusalén, sino a los judíos y prosélitos de toda procedencia: "pertenecientes a todas las
naciones que hay bajo el cielo" (He 2,5).

Ya en el momento de su nacimiento la Iglesia era universal y estaba orientada a la


universalidad, que se manifestaría a continuación por medio de todas las Iglesias particulares, unidas
entre sí por su enraizamiento en la apostolicidad. Pedro será, en el primer concilio de Jerusalén, el
heraldo de la universalidad de la Iglesia, abierta a acoger en su seno tanto a los miembros del pueblo
elegido como a los paganos (He 15,13; 21,18).172

Bajo la acción del Espíritu Santo queda, pues, inaugurada la catolicidad de la Iglesia,
expresada desde el inicio en la multitud y diversidad de las personas, lenguas y naciones que
participan en la primera irradiación de Pentecostés. El carácter misionero de la Iglesia pertenece a
su misma esencia, es una propiedad constitutiva de la Iglesia de Cristo, porque el Espíritu Santo la
hizo misionera desde el momento de su nacimiento173:

El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a
toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e
infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo (Ad gentes,n.4).

d) El Espíritu alcanza a todo hombre y a todo el hombre

San Ireneo ilustra la misión unificadora del Espíritu Santo, que crea la unidad de la Iglesia en
la catolicidad o universalidad del género humano, con la imagen del agua, puesta en relación con tres
figuras de la Escritura:

Por esto el Señor ha prometido enviarnos el Paráclito para irnos adaptando a Dios. Pues así como la harina seca no
puede convertirse en una sola pasta sin el agua (1Cor 10,16-17), así tampoco nosotros podemos convertirnos en
una única realidad en Cristo Jesús sin el agua que viene del cielo. Y como la tierra árida, si no recibe el agua, no da
fruto, tampoco nosotros, que éramos leño seco, hubiéramos podido dar fruto de vida sin la lluvia generosa
derramada desde lo alto. En efecto, nuestros cuerpos han recibido en el baño del bautismo la unidad que les hace
incorruptibles, y nuestras almas han recibido esa unidad mediante el Espíritu. Por eso, el agua y el Espíritu son
necesarios para recibir la vida de Dios.

Después de explicar la imagen del agua que transforma la harina en pasta y fertiliza la tierra,
Ireneo pasa a ver el agua que quita la sed:

Nuestro Señor tuvo piedad de la Samaritana prevaricadora, que no había permanecido unida a su único marido,
sino que había fornicado en múltiples bodas. Pero el Señor le ha mostrado y prometido el agua viva para que desde
entonces no tuviera más sed y no viviera siempre afanada en saciar su sed con agua lograda fatigosamente. Desde
entonces ella llevaría en sí misma la bebida que salta para la vida eterna. Se trata de la bebida que el Señor recibió
como don del Padre y que El, a su vez, ha dado a cuantos participan de El, enviando el Espíritu Santo sobre toda la
tierra.

Y, finalmente, como tercera figura del Espíritu, Ireneo evoca el rocío celestial caído sobre el
vellón de lana de Gedeón (Ju 6,36-40):

172 Cfr. JUAN PABLO II, Catequesis del 27-10-1989.


173 Cfr. JUAN PABLO II, Catequesis del 20-10-1989.

65
Gedeón, este israelita elegido por Dios para salvar a su pueblo Israel de la dominación extranjera, veía anticipa-
damente esta gracia del don del Espíritu Santo cuando cambió su petición. La primera vez, sólo cayó el rocío sobre
el vellón de lana, figura del pueblo de Israel; pero al cambiar su petición, quedando seco el vellón, Gedeón mostró
en profecía la sequedad de este pueblo, que ya no recibiría más de Dios el Espíritu Santo (como dice Isaías:
mandaré a las nubes que no lluevan más sobre él); mientras que sobre toda la tierra se esparciría el rocío que es
el Espíritu de Dios, el Espíritu que descendió sobre el Señor, el Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de
consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad, Espíritu de temor de Dios. Este mismo Espíritu lo dio el
Señor, a su vez, a la Iglesia, enviando desde los cielos el Paráclito a la tierra, de dónde ha sido expulsado el diablo,
cayendo como un rayo. Por ello, este rocío de Dios nos es necesario para no quedar consumidos y estériles y para
que allí donde se nos presente el acusador, tengamos presente un defensor. El Señor ha entregado el Espíritu al
hombre (al género humano), que es suyo, pero que ha caído en manos de salteadores, que le han dejado medio
muerto. El Señor ha tenido piedad de él, le ha curado las heridas y ha dado a la Iglesia dos monedas reales, para
que, mediante el Espíritu imprima en nosotros la imagen e inscripción del Padre y del Hijo, esperando que
nosotros hagamos fructificar el dinero que se nos ha confiado y lo devolvamos al Señor multiplicado.

El Espíritu Santo, saciando las exigencias más íntimas del hombre, recrea la unidad de todo el
hombre, cuerpo y espíritu, abriéndole a la comunión con todos los hombres, rompiendo las barreras
que alienan al hombre consigo mismo y con los demás. La catolicidad que crea el Espíritu no conoce
límites de raza, pueblo o nación. En una sola lengua, la del amor, que crea un solo corazón en un
único pueblo, extendido hasta los confines del mundo, el Espíritu inspira el mismo himno de alabanza
a Dios por su Hijo Jesucristo.

Pero esta presencia del Espíritu en el mundo, en el género humano, en medio de todas las
naciones, para San Ireneo, se lleva a cabo mediante la Iglesia y en la Iglesia. Sólo a través de la
Iglesia, el Espíritu actúa en el mundo entero. Pues, el Espíritu, principio de catolicidad de la Iglesia, es
el mismo Espíritu de Cristo, el mismo Espíritu que recibieron los Apóstoles y que mantiene por los
siglos la apostolicidad de la Iglesia; es el Espíritu con el que los Apóstoles regeneran y bautizan en
todas las naciones, llevando a la unidad a todas las razas, dispersas por el pecado y, una vez regenera-
das, son ofrecidas como primicias al Padre. Las primicias de todas las naciones, llenas del Espíritu
Santo, forman la Iglesia en su catolicidad:

Es preciso amar entrañablemente a cuantos pertenecen a la Iglesia, por haber adherido a la tradición de la verdad.
A esta tradición han adherido numerosos pueblos bárbaros, que creen en Cristo, poseen la salvación, escrita no con
tinta sobre papel, sino por el Espíritu Santo en sus corazones...Si comparamos su lengua con la nuestra, son
bárbaros para nosotros; pero si contemplamos sus pensamientos, sus costumbres, su estilo de vida, vemos que son
como nosotros, pues a causa de la fe logran la más alta sabiduría y a Dios le agrandan porque viven según toda
justicia, castidad y sabiduría.174

Las multitudes de pueblos bárbaros, de un extremo al otro del universo, adhiriendo a la misma
fe, llevan en su corazón la misma impronta del sello del Espíritu Santo, que crea la catolicidad en la
unidad de la Iglesia:

La predicación del kerygma, que la Iglesia ha recibido, ella, esparcida por todo el mundo, la conserva con esmero,
como si morase en una sola casa; cree de tal modo en lo mismo como si tuviera un solo corazón y una sola alma.
En una perfecta comunión predica, enseña y transmite en todas partes lo mismo, como si tuviera una sola boca. En
efecto, aún siendo diversos los idiomas a lo ancho del mundo, la fuerza de la tradición es la misma e idéntica en
todas partes. De este modo, las Iglesias fundadas en Germania no creen de un modo distinto de como creen las
Iglesias Celtas, o las Iberas, o las del Oriente, de Egipto o de Libia o las fundadas en el centro del mundo. Sino
que, como el sol, criatura de Dios, es único y el mismo en todo el mundo, así el kerygma de la verdad resplandece
en todas partes e ilumina a todos los hombres que quieren llegar al conocimiento de la verdad.175

174 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,4,2.


175 SAN IRENEO, Adv.Haer. I,10,2. En una época como la nuestra con tantas tentaciones de crear Iglesias nacionales
y con los riesgos de la tan cacareada inculturación, no se debería olvidar este texto de San Ireneo contra las herejías.

66
5. EL ESPIRITU SANTO MANTIENE LA APOSTOLICIDAD DE LA IGLESIA

a) El Espíritu da, con los Apóstoles,


testimonio de Cristo

La apostolicidad de la Iglesia es la expresión de la unidad de la Iglesia con Cristo a través de


los tiempos. La Iglesia, edificada por el Espíritu de Cristo, se mantiene una, en continuidad con la
Iglesia "edificada sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas" (Ef 2,20). A esta Iglesia ha sido
dado el Espíritu de Cristo. Sólo en ella actúa, suscitando carismas para mantener su edificación a lo
largo de los siglos; en ella, junto con los apóstoles, el Espíritu da testimonio de Cristo como Señor; y
en ella ora con gemidos inenarrables, testificando al espíritu de los fieles que Dios es Padre. Con la
Iglesia, el Espíritu implora la venida gloriosa de Cristo, el Esposo, que introducirá a la Iglesia, como
su Esposa, en las bodas del Reino.

Cristo es "el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin, el Primero y el Ultimo, el que es, el que
era y el que ha de venir, el Pantocrator" (Ap 1,8;21,6;22,13). La apostolicidad de la Iglesia es don de
gracia que Dios concede a la Iglesia para llenar el espacio intermedio entre el Alfa y la Omega, asegu-
rando la continuidad entre el principio y el fin, cuando "el Señor vuelva".

Con la apostolicidad se trata de juntar el Alfa del plan de Dios a su Omega de modo que
permanezcan idénticos a través de la historia. Cristo vino a restaurar el plan original de Dios, desviado
por el pecado. Con su muerte y resurrección inauguró el Omega escatológico, el eschatón de la
historia. Para llevar a término su obra, eligió a los apóstoles, derramando sobre ellos su Espíritu, que
"recuerda" lo que El hizo y dijo, hace presente, actual, su redención e impulsa el crecimiento y
multiplicación de la Palabra (He 6,7;12,24; 19,29), que por su poder los Apóstoles predican con
parresía.

El tiempo de la Iglesia es el tiempo del Espíritu. Y este tiempo se caracteriza por la misión, el
testimonio y el Kerygma. Es significativo que todos los evangelios terminan con el envío de los
apóstoles a la misión y con la donación del Espíritu Santo para realizar esa misión. 176 En Juan el
Espíritu Santo aparece como el Espíritu de la verdad y, como tal, da testimonio de Cristo juntamente
con los Apóstoles (Jn 15,26-27; He 5,32). El testimonio del Espíritu va unido al de los testigos de la

176 Mt 28,15;Mc 16,15;Lc 24, 47ss;He 1,8;Jn 17,18;20,20.

67
vida de Jesús y de su resurrección.177 Pero esto es válido también para todos los discípulos que
existirán a lo largo del tiempo de la Iglesia. El Espíritu los guía en el conocimiento de la verdad
plena; incluso les anuncia lo que vendrá (Jn 16,13).

b) Espíritu de la verdad

Mientras los discípulos acompañaban a Jesús, le veían y escuchaban, su fe iba unida a la falta
de ella, sobre todo a la falta de inteligencia. El Espíritu hará que se presenten en primer plano de sus
recuerdos las enseñanzas de Jesús y madurará en ellos el testimonio, dándoles la inteligencia y el
contenido pleno de hechos y palabras de Jesús (Jn 2,22;12,16; 14,26). A todos los cristianos, escribe
Juan:

En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y todos tenéis conocimiento...La unción que recibisteis de él
permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pues como su unción os enseña todas las cosas -y es
verdadera y no mentirosa-, tal como os enseñó, permaneced en él (1Jn 2,20.27).

Esta unción se recibe de Cristo y consiste en la palabra de Jesús asimilada en la fe bajo la


acción del Espíritu. Se trata de mantener "el testimonio de Jesús" en medio de las tribulaciones.178 De
esta manera, la Iglesia lleva adelante el combate de la fe con la fuerza del Espíritu de la verdad.179
Pablo exhorta a Timoteo: "Guarda ese buen depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en
nosotros" (1Tim 1,14).

El Espíritu Santo, como Don del Padre y del Hijo, asegura el lazo de continuidad e incluso
de identidad entre el Alfa y la Omega, haciendo de los Apóstoles testigos fieles hasta derramar su
sangre por el testimonio de Cristo. Los Apóstoles son testigos de lo "sucedido en Jerusalén",
enviados en misión en vista de la realización de la salvación escatológica, porque "el mismo Jesús
que han visto subir al cielo, volverá" (He 1,11).

El Nuevo Testamento está escrito en griego pero con mente hebrea. El verbo ud, que
significa "testimoniar", expresa la idea de repetición, de fidelidad a lo recibido. Es lo que significa
en el griego del Nuevo Testamento la palabra mártir o testigo. No se es mártir porque se muere; se
es mártir cuando se muere por fidelidad a Cristo, el primer "testigo fiel" (1Tim 6,13ss; Ap 1,5;3,14).
El Espíritu Santo da testimonio de Cristo y hace de los apóstoles testigos de Cristo:

Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad, que proviene del Padre, El dará
testimonio de mí; y vosotros también daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo (Jn 15,26-27).

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis testigos míos (He 1,8).

Por eso podrán decir los Apóstoles:

Testigos de estas cosas somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha concedido a los que le obedecen (He 5,32).

c) El Espíritu envía y acompaña a los Apóstoles

177 He 1,8.21-22;2,32;3,15;4,13;10,39.41;13,31.
178 Ap 5,10;12,11.17;17,6;19,10;20,4.
179 Jn 16,8-11;1Jn 2,18-19.22; 4,1;Ap 4,14.

68
Los Hechos y las Cartas de San Pablo nos presentan esta unión en la misión entre el Espíritu y
los enviados de Cristo. Los profetas y los doctores de Antioquía imponen las manos, para enviar a la
misión, a Pablo y Bernabé, pero se dice que éstos son enviados en misión por el Espíritu Santo:

En la Iglesia fundada en Antioquía había profetas y doctores...Mientras estaban celebrando el culto del Señor y
ayunando, dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado. Entonces,
después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu
Santo, bajaron a Seleucia... (He 13,1-4).

De igual manera, Pablo instituye ancianos en Listra, Iconio, Antioquía (He 14,23), pero,
cuando se dirige a los de la Iglesia de Efeso, les dice:

Mirad por vosotros mismos y por toda la grey, en la cual el Espíritu Santo os ha constituido como vigilantes para
pastorear la Iglesia de Dios, que El se adquirió con la sangre de su Hijo (He 20,28).

El Espíritu Santo enriquece a la Iglesia con los diversos ministerios necesarios para garantizar
la vida en fidelidad al único Señor, Jesucristo (1Cor 12,5). Los Apóstoles eran conscientes de este don
del Espíritu Santo en su acción evangelizadora y de gobierno. Pedro, dirigiéndose a los fieles, espar-
cidos por diversas regiones del mundo pagano, les recuerda que la predicación del Evangelio fue
realizada "en el Espíritu Santo enviado desde el cielo" (1Pe 1,12). Lo mismo dice Pablo a la
comunidad de Corinto: "Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de la
Nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu" (2Cor 3,5-6;Cfr. Rom 15,17-19).

El "servicio de la Nueva Alianza",-"ministerio del Espíritu" (2Cor 3,8)-, está vivificado por el
Espíritu Santo, en virtud del cual tiene lugar el anuncio del Evangelio y toda la obra de santificación,
como escribe Pablo a los romanos:

Os he escrito en virtud de la gracia que me ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro de Cristo
Jesús, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable,
santificada por el Espíritu Santo (Rom 15,16).

Pablo sabe muy bien que su apostolado es un servicio:"No nos predicamos a nosotros
mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús" (2Cor 4,5).
Así es el ministerio de la Iglesia y en la Iglesia a lo largo de los siglos:

Podríamos decir que dos coordenadas sitúan el ministerio de la Iglesia: el espíritu de servicio y la conciencia del
poder del Espíritu Santo, que actúa en la Iglesia. Humildad de servicio y fuerza de espíritu, que deriva de la
convicción personal de que el Espíritu Santo nos asiste y sostiene en el ministerio, si somos dóciles y fieles a su
acción en la Iglesia...Servicio humilde de amor, aun teniendo presente lo que el Apóstol Pablo afirma: "Os fue
predicado nuestro Evangelio no solo con palabras, sino también con poder y con Espíritu Santo, con plena persua-
sión (1Tes 1,5).180

Pero no son sólo Pedro y Pablo, sino todo el colegio apostólico se sabe enviado, mandado y
movido por el Espíritu Santo en el servicio a los fieles. Esta unión del Espíritu y los Apóstoles se
subraya con fuerza en el primer Concilio de Jerusalén: "El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido"
(He 15,28).181

d) El Espíritu da parresía a los Apóstoles

180 JUAN PABLO II, Catequesis del 6-2-1991.


181 Ananías y Safira creían engañar únicamente a los apóstoles, pero en realidad a quien mienten es al Espíritu
Santo(He 5,3-9).

69
El ministerio apostólico es "un ministerio del Espíritu" (2Cor 3,4-18). La Iglesia nace y se
multiplica por la predicación de los Apóstoles acompañada de la fuerza del Espíritu Santo (He
6,7;4,33;9,31). Antes de nada, los mismos Apóstoles han sido fortalecidos por el Espíritu en la verdad
(Jn 16,8-13;1Jn 5,6). Y luego predican el kerygma "bajo la acción del Espíritu" (1Pe 1,12) y su
palabra es palabra con poder "por la acción del Espíritu Santo" (1Tes 1,5;He 4,31.33):

La palabra de salvación comenzó a ser anunciada por el Señor, y nos fue luego confirmada por quienes la oyeron,
testificando también Dios con señales y prodigios, con toda suerte de milagros y dones del Espíritu Santo
repartidos según su voluntad (Heb 2,3-4).

De tal modo está unido el Espíritu Santo a la misión apostólica que Pablo confiesa que el
Espíritu "le impidió pasar a Asia" (He 16,6-7) y que, después, le empuja a tomar la ruta de Macedonia
(He 19,1;20,3). Y a los ancianos de Efeso les dirá:

Y ahora, encadenado por el Espíritu, voy camino de Jerusalén, sin saber lo que en ella me sucederá; solamente sé
que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me esperan cadenas y tribulaciones (He 20,22-23).

Los Padres de la Iglesia consideraron la "tradición" o comunicación del Espíritu Santo como
un don de Dios para asegurar la unidad de la fe en las Iglesias diseminadas por toda la tierra. San
Ireneo dirá:

Los bárbaros poseen la salvación escrita, sin papel ni tinta, por el Espíritu Santo en sus corazones y guardan
escrupulosamente la antigua tradición.182

Pues

Como discípulos de Cristo y testigos de todas sus buenas obras, de su enseñanza, de su pasión, de su muerte, de su
resurrección, de su subida al cielo después de su resurrección según la carne, los Apóstoles, con el poder del
Espíritu Santo, enviados por toda la tierra, realizaron el llamamiento a los gentiles..., purificando sus almas y sus
cuerpos por medio del bautismo de agua y del Espíritu Santo; instituyeron y fundaron esta Iglesia compartiendo
ese Espíritu que ellos habían recibido y distribuyéndolo a los creyentes.183

e) El Espíritu mantiene fiel a la Iglesia

Desde Pentecostés, al comienzo de la misión apostólica de la Iglesia, el Espíritu crea la


comunión entre los Apóstoles. Lleno del Espíritu Santo "Pedro, presentándose con los Once, levantó
su voz y dijo" (He 2,4). Los Once comparten con Pedro la misma misión, la vocación de dar con
autoridad el mismo testimonio de Cristo:

Pedro habla como el primero entre ellos en virtud del mandato recibido directamente de Cristo. Nadie pone en
duda la tarea y el derecho que precisamente él tiene de hablar en primer lugar y en nombre de los demás. Ya en ese
hecho se manifiesta la acción del Espíritu Santo, quien -según el Concilio Vaticano II- "guía a la Iglesia, la
unifica y la gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (LG,n.4).184

Al decirnos que Pedro "levantó su voz", Lucas no se refiere sólo a la fuerza de la voz de
Pedro, sino también y sobre todo a la fuerza de convicción y a la autoridad con que tomó la palabra.
En el Pedro cobarde, que había negado a Jesús, una vez bautizado en el Espíritu Santo, sucede lo que
tantas veces subrayan los Evangelios en relación a Jesús: que "enseñaba como quien tiene autoridad"
(Mc 1,22;Mt 7,29;Lc 4,32). El día de Pentecostés, Pedro y los demás Apóstoles, habiendo recibido el

182 SAN IRENEO, Adv.Haer. III,4,2.


183 IDEM, Demostración de la Predicación apostólica, 41.
184 JUAN PABLO II, Catequesis del 25-10-1989.

70
Espíritu de la verdad, podían hablar con fuerza, como Cristo, con la autoridad de la misma verdad
revelada.

Es lo que con toda precisión afirma San Ireneo en la conclusión del libro III de su Adversus
Haereses, que habría que citar todo entero:

La predicación de la Iglesia es la misma en todas partes y permanece siempre igual, apoyada sobre el testimonio de
los Profetas, de los Apóstoles y de todos los discípulos, a través del inicio, el medio y el final, es decir, a través de
toda la economía divina, a través de la operación habitual de Dios que obra la salvación del hombre y reside en el
interior de nuestra fe. Esta fe la hemos recibido de la Iglesia y la custodiamos. Esta fe, como un precioso depósito
en un vaso de buena calidad, bajo la acción del Espíritu de Dios se renueva continuamente y rejuvenece al mismo
vaso que la contiene.

Este vaso de buena calidad o cantina bien provista de la bebida de la vida es la Iglesia. 185Por
tanto:

A la Iglesia se le ha confiado el Don de Dios, el Espíritu Santo, para que, como Dios infundió el hálito a la carne
por él plasmada (el primer Adán) para que todos los miembros recibiéramos vida; así en el don confiado a la
Iglesia se hallaba contenida la comunión con Cristo (segundo Adán), es decir, el Espíritu Santo, prenda de inco-
rruptibilidad, consolidación de nuestra fe y escala de nuestra subida a Dios. Por tanto, quienes no participan del
Espíritu no reciben del seno de su madre el alimento de la vida; no perciben nada de la purísima fuente que mana
del cuerpo de Cristo, sino que se cavan para sí mismos cisternas agrietadas en las fosas de la tierra y beben aguas
pútridas del pantano; esos rechazan la fe de la Iglesia por temor a ser probados como culpables y rechazan el
Espíritu Santo para no ser instruidos.186

La tradición, transmisión, del Espíritu Santo, que asegura a la Iglesia la fidelidad y la unidad
de su fe, está ligada a los Apóstoles y a sus sucesores los Obispos.187 San Ireneo dice:

Es necesario escuchar a los presbíteros (obispos) que están al frente de la Iglesia. Ellos son los sucesores de los
apóstoles y, con la sucesión del episcopado, han recibido el carisma de la verdad según el beneplácito del Padre.188

El Espíritu hace apostólica a la Iglesia y la mantiene apostólica. Sobre la Iglesia, reunida y


unánime alrededor de los apóstoles, descendió el día de Pentecostés. Cuando a la primera comunidad
de los ciento veinte se agreguen nuevos miembros, el Espíritu Santo les insertará en la comunión de
los santos, haciendo de ellos miembros del cuerpo eclesial de Cristo. La apostolicidad de la Iglesia es
la comunión con los apóstoles y, por ellos y con ellos, la comunión con el Padre y con su Hijo
Jesucristo (1Jn 1,3.7) en el Espíritu Santo, lazo de esa comunión (2Cor 13,13).

Al final, en el momento Omega de la historia, "los Doce" se sentarán en doce tronos para el
juicio final, donde aparecerá lo que "haya sido construido sobre el fundamento, que es Cristo, con oro,
plata y piedras preciosas y lo que haya sido construido con madera, heno y paja y que será consumido
por el fuego" (1Cor 3,12-15). Los apóstoles juzgarán si lo que llega al término, a la Omega, es
conforme a lo que fue dado en el Alfa, en aquel comienzo del que ellos fueron, son y serán los
testigos.

185 SAN IRENEO, Adv. Haer. III,4,1.


186 SAN IRENEO, Adv.Haer.III,24,1.
187 Cfr. IGINACIO DE ANTIOQUIA, Smyrn.VIII y IX,1.
188 SAN IRENEO, Adv.Haer. IV,26,2; Cfr. SAN JUAN CRISOSTOMO, Adv.Iud 3,3;CIRILO DE ALEJANDRIA, Epist.
1;17;53; LEON MAGNO, Ep. 103; Ep 104,3. Hablan de la asistencia del Espíritu Santo a los Obispos reunidos "en concilio
en el Espíritu Santo".

71
6. EL ESPIRITU SANTO, PRINCIPIO DE SANTIDAD EN LA IGLESIA

a) Espíritu de santificación (Rom 1,4)

La santidad de la Iglesia es la expresión de su unidad con Cristo en un mismo Espíritu. El


Espíritu de Cristo, presente en la Iglesia, su Cuerpo, libera a la Iglesia del espíritu del mundo. El
Espíritu suscita en la Iglesia y en cada uno de sus miembros la santidad, uniéndolos a Cristo crucifica-
do y resucitado. Es la santidad que no viene de nosotros, de las obras de la carne, sino del Padre, que
en su Hijo nos hace partícipes de su santidad, infundiéndonos su Espíritu.

El Concilio puso de relieve la estrecha relación que existe en la Iglesia entre el don del
Espíritu Santo y la vocación y aspiración de los fieles a la santidad:

Pues Cristo, el Hijo de Dios, que con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado "el único santo", amó a la Iglesia
como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (Ef 5,25-26), la unió a sí como su propio
cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello, en la Iglesia, todos están
llamados a la santidad. Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de la
gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con
edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida (LG,n.39).

"Espíritu de santificación" (Rom 1,4), llama San Pablo al Espíritu. Este es el rasgo que define
al Espíritu Santo en la economía de la salvación. El Espíritu nos santifica uniéndonos con Dios: "En
esto conocemos que permanecemos en Dios y El en nosotros: en que nos ha dado el Espíritu" (1Jn
4,13). El Espíritu nos lleva, en primer lugar, a creer que el Hijo de Dios fue enviado en nuestra carne;
hace, luego, que le conozcamos y le confesemos. Y esto supone amarlo como El nos amó (1Jn 4,
14ss;3,23). Por ello, el Espíritu une su testimonio al que Jesús, enviado por el Padre en nuestra carne,
dio y que es actualizado en la Iglesia por el bautismo y la Eucaristía:

Este es el que viene por agua y sangre: Jesucristo; no en el agua solamente, sino en el agua y en la sangre. Y el
Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Son, pues, tres los que testifican: el Espíritu, el
agua y la sangre (1Jn 5,6-8).

72
Aquí vemos la venida de Jesús en el agua por su bautismo, su venida por la sangre en su
pasión y el Espíritu que nos fue dado en virtud de ambas venidas. Pero Juan no piensa sólo en el
hecho histórico, sucedido una sola vez, del bautismo y de la muerte de Jesús. Según ha puesto de
manifiesto O. Cullmann, en el Evangelio de Juan los gestos de la vida de Jesús tienen un significado
doble: además del hecho histórico que recuerda, señala también la inauguración de los signos
sacramentales que se realizan en la Iglesia. Así el Espíritu actúa en el oyente de la Palabra para
suscitar la fe, que sella el bautismo (Jn 3,5) y alimenta la Eucaristía (Jn 6,27.63).

En realidad la Iglesia se nutre de dos mesas: la Palabra y la Eucaristía.189 Pero, para que se dé
fruto de santidad en la actualización en nuestras vidas del misterio de Cristo en la Palabra y en la
Eucaristía, es preciso invocar al Espíritu Santo.190 "El hombre no puede entender la lengua de la
Palabra de vida si no se la habla el Espíritu Santo al corazón".191 Es necesario que Dios abra con su
Espíritu el corazón de los fieles (He 16,14). La unción de la fe viene del Espíritu Santo (1Jn
2,20.27;2Cor 1,21). Sin el Espíritu, en la proclamación y predicación de la Palabra, no se da el evento
espiritual, no se comunica el misterio de Jesús en ellas: "Nada hacemos los predicadores si El no actúa
en el corazón con su gracia. Por tanto, para que podamos comprender y oír esta lengua, imploremos el
Espíritu Santo que nos ayude, a mí a hablar, a vosotros a escuchar".192

b) Un mismo Espíritu en la Cabeza y en los miembros

Acogida la Palabra en el Espíritu, el mismo Espíritu incorpora el fiel a Cristo, incorporándolo


a su cuerpo eclesial, en el bautismo: "Fuimos bautizados en un solo Espíritu para formar un solo
cuerpo" (1Cor 12,13). Así el Espíritu inserta al creyente en el pueblo de Dios (Ef 2,18), transfor-
mándolo en habitación santa de Dios (Ef 3,18-22;Rom 5,5), pues es el mismo e idéntico Espíritu de
Cristo: "Este Espíritu, idéntico en la cabeza y en los miembros, da a todo el cuerpo unidad y
movimiento" (LG,n.7).

La santidad de la Iglesia tiene su inicio en Jesucristo. Pero la santidad de Jesús en su misma


concepción y en su nacimiento por obra del Espíritu Santo está en profunda comunión con la santidad
de aquella que Dios eligió para ser su madre, María, "la llena de gracia", "totalmente santa e inmune
de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo"
(LG,n.56). María es la primera y más alta realización de santidad en la Iglesia, por obra del Espíritu,
que es Santo y Santificador.

Y María, la santa madre de Dios, es figura de la Iglesia. Lo que se dice especialmente de


María, se dice en general de la Iglesia y en particular de cada fiel.193 "Jesús, constituido Hijo de Dios
con poder, según el Espíritu de Santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rom 1,4), hace
partícipe a la Iglesia de su mismo Espíritu de Santidad.

San Pablo presenta a la Iglesia como esposa de Cristo, que "la amó y se entregó a sí mismo
por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y
presentándosela resplandeciente a sí mismo, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e

189 VATICANO II: DV,n.21;SC,n.48;PO,n.18;PC,n.6.


190 SAN JERONIMO, In Mich. 1,10-15.
191 SAN BUENAVENTURA, De S. Andrea Sermo,1;De S. Stephano Sermo,1.
192 SAN BUENAVENTURA, De S. Andrea Sermo, n.19.
193 Cfr. BEATO ISAAC, Sermo 51.

73
inmaculada" (Ef 5,26-27), y también como templo santo de Dios: "¿No sabéis que sois templo de
Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le
destruirá a él; porque el santuario de Dios es santo y vosotros sois ese santuario" (1Cor 3,16-17).

Porque la Iglesia es santa, a sus miembros se les llama "santos"194, "sacerdocio santo, nación
santa" (1Pe 2,5-9), "templo santo" (Ef 2,21). Ya desde Hipólito se formula la tercera pregunta
bautismal: "¿Crees en el Espíritu Santo en la santa Iglesia para la resurrección de la carne?".

Santo Tomás, en su comentario del Credo, explica:

La Iglesia de Cristo es santa. El templo de Dios es santo y este templo sois vosotros (1Cor 3,17). De ahí la
expresión santa Iglesia. Los fieles de esta santa asamblea son hechos santos por cuatro títulos. En primer lugar, así
como una Iglesia es lavada materialmente en su consagración, los fieles son lavados con la sangre de Cristo: "El
que nos ama y que nos lavó nuestros pecados con su sangre" (Ap 1,5) y "Jesús para santificar al pueblo por su
propia sangre" (Heb 13,12)...En segundo lugar, por una unción: de la misma manera que la iglesia recibe una
unción, los fieles son ungidos para ser consagrados por una unción espiritual; de otro modo no serían cristianos,
porque Cristo significa ungido. Esta unción es la gracia del Espíritu Santo: "Dios es quien nos da la unción" (2Cor
1,21); "habéis sido santificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6,11).
En tercer lugar, por la inhabitación de la Trinidad; porque allí dónde Dios habita, es lugar santo: "verdaderamente,
este lugar es santo"; "a tu casa conviene la santidad" (Sal 92,5). En cuarto lugar, porque Dios es invocado: "Tú
estás entre nosotros, Señor, y tu nombre ha sido invocado sobre nosotros" (Jr 14,9). Es preciso, pues, vigilar para
que, así santificados, no mancillemos, por el pecado, nuestra alma que es el templo de Dios. El Apóstol dice: "Al
que destruya el templo de Dios, Dios lo destruirá a él".195

c) La Iglesia, morada de Dios en el Espíritu

La Iglesia santa, constituida edificio de Dios en el Espíritu, es el lugar donde se rinde un culto
espiritual a Dios. Frente al culto de la Antigua Alianza, "Dios nos ha capacitado para ser ministros de
una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata, mas el Espíritu da vida" (2Cor
3,6):

Porque, por medio de El, los unos y los otros tenemos acceso, en un solo Espíritu, al Padre. Así, pues, ya no sois
extraños ni forasteros, sino que compartís la ciudadanía del pueblo santo y sois de la familia de Dios, edificados
sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo Jesús, en el cual toda construcción,
bien ajustada, crece hasta formar un templo santo en el Señor; en el cual también vosotros sois edificados
juntamente, hasta ser morada de Dios en el Espíritu (Ef 2,18-22).

Igualmente, San Pedro, a los "fieles que viven como extranjeros en la Dispersión", les
recuerda que "han sido elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción
santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre" (1Pe 1,1-2). Por
ello:

Acercándoos a El, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual
piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo. Pues vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación
santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable
(1Pe 2,4-10).

Cada cristiano, porque está insertado en Cristo y es miembro de la Iglesia, es templo de Dios
y del Espíritu (Rom 8,11). Los cristianos son templo de Dios porque, como piedras vivas, forman
parte del gran templo que es la Iglesia y porque están inhabitados personalmente por el Espíritu de
194 Rom 12,13;1Cor 1,2;6,12; 14,33;Filp 1,1;4,21-22;Col 1,1.4;Ef 4,12;He 9,13.32.41; 26,10.18;Ap 13,7.
195 SANTO TOMAS, Collationes de "Credo in Deum",art.IX.

74
Dios (Jn 14, 23). Ambas cosas están ligadas: puesto que el cuerpo resucitado de Jesús, en el que
habita corporalmente la divinidad (Col 2,9), es el templo de Dios por excelencia, los cristianos por su
inserción en Cristo forman parte de ese cuerpo y así son con El templo espiritual. Así Cristo es la
piedra viva rechazada por los hombres pero escogida por Dios (Sal 118,22), la piedra angular del
templo santo que se edifica en El.196 Apoyados en esta piedra firme, los fieles son también ellos pie-
dras vivas (1Pe 2,5), pues han sido incorporados a la construcción de la morada de Dios (Ef 2,21).
Más aún, "Dios les ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora
del Espíritu y la fe en la verdad" (2Tes 2,13).
De este modo, los hombres "lavados, santificados y justificados en el nombre de Jesucristo",
se convierten en santos "en el Espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6,11), "pues el que se une al Señor, se
hace un solo espíritu con El" (1Cor 6,17). Y esta santidad es el verdadero culto que agrada al Dios
vivo: es "el culto en el Espíritu" (Filp 3,3), "el culto en espíritu y verdad" (Jn 4,23-24).

d) El Espíritu, fuente de santidad

En realidad sólo Dios es santo. Pero el Dios Santo nos santifica derramando su Espíritu en
nuestros corazones: "Dios os ha escogido como primicias para la salvación por la santificación del
Espíritu y por la fe en la verdad" (2Tes 2,13). "Fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre
del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6,11; Rom 15,16;Heb 2,11). La Iglesia es
Santa porque en ella habita y actúa el Espíritu Santo.

Podemos decir con J. Mahé: "La obra de santificación no es propia del Espíritu Santo hasta el
punto de pertenecerle únicamente a El. Pero puede decirse que le es propia y le pertenece a título
especial, que no conviene a las otras personas, por tres razones, basadas en la concepción de la
Trinidad de los Padres griegos: a)El Espíritu Santo es el lazo, el trazo de unión que liga nuestras
almas al Hijo y al Padre;b)El es la imagen del Hijo; imprimiéndose en nuestras almas, las configura
con la imagen del Hijo y, por consiguiente con la imagen del Padre;c) El Espíritu Santo es la virtud
santificadora de la divinidad; la santidad es tan esencial al Espíritu Santo como la paternidad al Padre
y la filiación al Hijo".197

Aunque también es verdad que donde está y actúa el Espíritu Santo, está y actúa el Padre, está
y actúa el Hijo, que el Espíritu como lazo de amor une. Es lo que afirman tantos textos de los Padres:

El Padre hace todas las cosas por el Verbo en el Espíritu Santo; de esta manera se salvaguarda la unidad de la santa
Tríada. La gracia y el don concedidos en la Tríada son dados de parte del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. En
efecto, de igual manera que la gracia concedida viene del Padre por el Hijo, así no puede darse comunicación del
don en nosotros a no ser en el Espíritu Santo ya que, participando de El, tenemos la caridad del Padre y la gracia
del Hijo y la comunicación del Espíritu Santo.198

Como en la creación, también en el proceso de santificación de la Iglesia y del cristiano,


como miembro de ella, se conserva el orden que existe entre las personas de la Trinidad: el Padre
dispuso la creación, el Hijo ejecutó la orden, el Espíritu Santo tiene cuidado de los seres creados.
Continuando la misión del Verbo encarnado, que nos dio la filiación adoptiva, el Espíritu Santo nos
santifica y nos une con el Hijo, y éste nos conduce al Padre. El hombre verá al Padre en el cielo
cuando haya recibido la incorruptibilidad y la inmortalidad; para ello el Espíritu Santo desarrolla en

196 Mt 21,42; He 4,11;Ef 2,20ss.


197 J. MAHE, La sanctification d'après S. Cyrille d'Alexandrie, Rev.Asc.et Myst. 7(1926)30-40 y 469-492.
198 SAN ATANASIO, Ad Serapionem, I,28 y 30. Cfr. igualmente: SAN GREGORIO DE NISA, Quod non sint tres dii,
PG 45,125 C;SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, In Ioan.,l.X,c.2...

75
los redimidos la acción que empezó en la encarnación y luego en el Verbo encarnado durante su
existencia. Actuando en el Verbo encarnado se acostumbró a habitar y actuar en los hombres.199

Pero, al mismo tiempo, habitando en el cristiano, habitúa al cristiano a vivir en la comunión


con Dios, despojándole de su vetustez de vida y pasándole a una vida nueva en Cristo. Esta
compenetración de vida entre el fiel y el Espíritu Santo lleva al cristiano a sentir el habla del Espíritu
en su interior, cuando se dirige a Dios y cuando se dirige a los hombres para dar testimonio de Cristo
antes los enemigos: "no seréis vosotros quienes hablaréis, sino que será el Espíritu de vuestro Padre el
que hablará en vosotros" (Mt 10,20).

e) Espíritu Santo y Santificador

El Espíritu es Santo y, como fuente de santidad, es Santificador. Hace a la Iglesia santa y,


como fruto de su presencia, nace la comunión de los santos, de las cosas santas y de los fieles santos,
en el cielo y en la tierra. Por eso, en el Símbolo de la fe, están vinculados entre sí los artículos sobre el
Espíritu Santo, la Iglesia y la comunión de los santos:

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos.

La plenitud de esta comunión de los santos será el fruto escatológico de la santidad sembrada
en la tierra por el Espíritu Santo en los hijos que engendra en la Iglesia. La Escritura nos señala el
comienzo y las vicisitudes de esta semilla de santidad encaminada por el Espíritu hasta llevarla a su
plena granazón.

La acción santificadora del Espíritu comienza en el bautismo, donde crea nuestro ser en Cristo
(1Cor 6,11;Tit 3,5), haciéndonos hijos de Dios (Gál 4,6-8;Rom 8,14-16). Después del bautismo
permanece en nosotros como don del Padre (Gál 3,5): habita establemente en los fieles (Rom 8,11.13-
14), enriqueciéndoles con sus dones y frutos de santidad (Gál 5,22), el primero de los cuales es el
amor. Con esta presencia, el Espíritu Santo nos transforma en templo de Dios (1Cor 6,16-19), im-
pulsándonos a ofrecer "nuestro cuerpo como víctima viva" en culto espiritual (Rom 6,19;12,1-2). Nos
santifica siendo en nosotros fuerza interior que lucha contra los deseos de nuestra carne (Gál
5,17;Rom 5,8), sosteniendo nuestra debilidad en la oración, intercediendo en y por nosotros "según la
voluntad de Dios" (Rom 8,26-27). El Espíritu nos hace libres: del pecado;200de la muerte, siendo
principio de resurrección (Rom 8, 11); de la carne, llevándonos a suspirar por las cosas del Espíritu
(Rom 8,5-6); incluso nos libera de la ley, pasándonos a la economía de la gracia, que es economía del
Espíritu (2Cor 3,6). La ley se hace interior como "ley de la fe" (Rom 3,27), "ley de Cristo" (Gál 6,2),
"ley del Espíritu" (Rom 8,2), que se resume en el amor (Gál 5,14;Rom 13,8), derramado en nuestros
corazones por el Espíritu (Rom 5,5), haciendo de nosotros siervos fieles de Dios (Rom 6,22;1Cor
7,22) y de la justicia (Rom 6,16-18). Este amor elimina en nosotros el temor (1Jn 4,18), dándonos la
confianza de hijos, que esperan del Padre la herencia del Reino de los cielos (Rom 8,15-18).

Por ello, podemos implorar en la liturgia Eucarística:

Padre de bondad,
que todos tus hijos nos reunamos
en la heredad de tu reino,
con María, la Virgen Madre de Dios,

199 SAN IRENEO lo desarrolla ampliamente en sus obras Demostración de la predicación apostólica y Adversus
Haereses.
200 2Cor 3,17;Gál 5,13;Rom 8,2.

76
con los apóstoles y los santos;
y allí, junto con toda la creación
libre ya del pecado y de la muerte,
te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.
(Plegaria IV)

7. EL ESPIRITU SANTO EN LA LITURGIA

a) El Espíritu, don pascual de Cristo a la Iglesia

La liturgia celebra la fe de los fieles con palabras y gestos. Ella actualiza, en el tiempo, la
gracia que Dios nos ha dado en su designio de salvación y, sobre todo, en Jesucristo y su pascua. Esta
actualización e interiorización en el corazón de los fieles es obra del Espíritu Santo. Así la liturgia
realiza un movimiento de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia Dios, movimiento que parte del
Padre por el Hijo en el Espíritu Santo y asciende desde el Espíritu por el Hijo hasta la gloria del
Padre, que nos introduce en su comunión como hijos.

La visión trinitaria de la Iglesia, que nos ha presentado el Vaticano II, 201 hace de la Iglesia
una comunidad de culto en espíritu y verdad, que recorre el proceso señalado por C. Vagaggini con
cuatro partículas ab, per, in, ad: Desde el Padre, por el Hijo encarnado, en el Espíritu, hacia el Pa-
dre.202

La liturgia se realiza siempre en el Espíritu Santo o por virtud del Espíritu Santo.203 No es
posible la liturgia sin el Espíritu Santo; la liturgia sería una simple evocación y no la actualización
en el memorial de los misterios de la salvación. La salvación, como vida del Padre en Cristo, nos es
ofrecida en el Espíritu Santo. El misterio pascual de Cristo nos llega a través del Espíritu que es el
don pascual de Cristo muerto y resucitado a su Iglesia.

201 Cfr. LG,n.4;UR,n.2.


202 C. VAGAGGINI, Initiction à la liturgie, Brujas-París 1959.
203 LG,n.50;PO,n.5.

77
La Iglesia, Cuerpo de Cristo, está animada por el Espíritu en todas sus actividades y ,de
modo particular, en el culto. La liturgia, como respuesta de la Iglesia por medio de Cristo al Padre,
brota de la fuerza del Espíritu, que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!. Por tanto no hay acción
litúrgica que no tenga necesidad de ser vivificada por el Espíritu Santo: la proclamación y escucha
de la Palabra, la oración y la alabanza, la acción santificante de los sacramentos:

La unidad de la Iglesia orante es obra del Espíritu Santo, que es el mismo en Cristo, en toda la Iglesia y en cada
bautizado...Por tanto, no puede haber oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo, que, uniendo a toda la
Iglesia por medio del Hijo, la conduce al Padre.204

b) En el bautismo

La iniciación cristiana comienza en el agua sobre la que, como al comienzo del mundo (Gén
1,2), el Espíritu aletea como si la incubara, en expresión de los Padres. Por la invocación del Espíritu
Santo, el agua del bautismo adquiere la fuerza de santificar. El Espíritu mismo es simbolizado por el
agua: El es el agua viva que brota hasta la vida eterna. Y dado que la liturgia traduce en ritos,
acompañados por la palabra, lo que Dios obra, la Iglesia consagra el agua bautismal invocando el
Espíritu en una solemne epíclesis. En la bendición del agua se evoca el lazo que, a lo largo de la
historia de salvación, une al Espíritu y al agua:
Oh Dios, cuyo Espíritu, en los orígenes del mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces
concibieran el poder de santificar.

Oh Dios, cuyo Hijo, al ser bautizado por Juan en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo; colgado en la
cruz vertió de su costado agua, junto con la sangre; y después de su resurrección mandó a sus apóstoles: "Id y
haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo".

Mira ahora a tu Iglesia en oración y abre para ella la fuente del bautismo. Que esta agua reciba, por el Espíritu
Santo, la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen y limpio en el bautismo, muera al hombre
viejo y renazca, como niño, a nueva vida por el agua y el Espíritu.

Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente, para que
los sepultados con Cristo en su muerte, por el bautismo, resuciten con El a la vida.

Y después de la triple inmersión en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el
bautizado es ungido con el crisma, mientras el celebrante hace la siguiente oración:

Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua
y el Espíritu Santo, os consagre con el crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis
para siempre miembros de Cristo.

El Espíritu Santo nos es dado, en primer lugar, en el bautismo. El Espíritu, que resucitó a
Jesús (Rom 1,4;8,11), hace que el cristiano entre en la pascua del Señor; en él son bautizados los
fieles para formar un solo cuerpo, que es cuerpo de Cristo (1Cor 12,13). Y esto incluso para los niños
apenas nacidos, pues como dice Santo Tomás: "Si la fe de uno solo o, más bien, la fe de la Iglesia
sirve al niño, se debe a la acción del Espíritu Santo que es el vínculo de la Iglesia por el cual los
tesoros de cada uno son comunes a los demás".205

El bautismo es el "nuevo nacimiento del agua y del Espíritu Santo" (Jn 3,5). Para hacernos
nacer de nuevo y poder entrar en el Reino del Padre ha venido Jesucristo, "que bautiza con Espíritu
Santo" (Jn 1,33), "en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3,11). Acogido el Evangelio, es preciso "que cada
uno se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de los pecados y para recibir el don
del Espíritu Santo" (He 2,38). Pues el bautismo es "el baño de regeneración y de renovación del

204 Principios y normas generales de la liturgia de las horas, n.8.


205 SANTO TOMAS, ST.,III, q.68,a.9 ad 2.

78
Espíritu Santo" (Tit 3,5-6);en él "hemos sido lavados, santificados y justificados en el nombre del
Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6,11).

c) En la Confirmación

El bautismo y el "sello del Espíritu" o "unción con el crisma" son dos momentos de un mismo
proceso sacramental. En la Iglesia antigua, los dos sacramentos se realizaban en una sola celebración.
Hoy, en cambio, están separados. Pero tanto en la invitación a la oración, como en la oración que
acompaña la imposición de manos en el sacramento de la confirmación aparece la unión entre los dos
sacramentos:

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso y pídámosle que derrame el Espíritu Santo sobre estos hijos de
adopción, que renacieron ya a la vida eterna en el Bautismo, para que los fortalezca con la abundancia de sus
dones, los consagre con su unción espiritual y haga de ellos imagen perfecta de Jesucristo.

Y, a continuación, el Obispo, imponiendo las manos sobre los confirmandos, ora:


Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos
siervos tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo
Paráclito;llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de
ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor.

Y, luego, mientras reciben la unción del crisma, que se hace con la imposición de las manos,
dice a cada uno: "Recibe el sello del don del Espíritu Santo".206

El bautismo cristiano es bautismo en el Espíritu Santo; confiere la regeneración, introduce


en la vida de Cristo, en su cuerpo eclesial. 207 ¿Qué añade la confirmación? La confirmación sella el
bautismo con el don del Espíritu Santo:

Por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza
especial del Espíritu Santo...para difundir y defender la fe con sus palabras y su vida, como verdaderos testigos de
Cristo (LG,n.11).

Pentecostés es la culminación de la pascua, su consumación. El bautismo nos asemeja a la


muerte y resurrección de Jesús (Rom 6,3-11). La confirmación da plenitud a esa nueva vida con el
don del Espíritu del Señor, fruto maduro de su pascua. En Cristo se dio un primer envío del Espíritu
Santo, que hizo que existiera en el seno de María, y después recibió la unción del mismo Espíritu en el
bautismo para su misión de Mesías. La venida del Espíritu sobre María hace que nazca en nuestra
carne el Hijo de Dios; al salir del agua en el Jordán desciende de nuevo el Espíritu y permanece en El,
consagrándolo para su Misión de revelador del Padre, como Siervo suyo.

Así el bautismo hace que seamos concebidos en el seno de la Iglesia y nazcamos como hijos
de Dios. Y la confirmación nos consagra para la misión como testigos de Cristo y su Evangelio. Es lo
que desde el principio hizo Dios: primero crea un cuerpo y luego le dio el soplo, el espíritu (Gén
2,7;Ez 37).208 Cristo significa ungido. Los padres y la liturgia nos dicen que no podemos ser
plenamente cristianos sin que se exprese sacramentalmente la unción del Espíritu.209
206 Cfr.Constitución apostólica Divine consortium naturae del 15-8-1971 en AAS 63(1971)657-664, que dice: "El
sacramento de la confirmación se confiere mediante la unción del crisma, que se hace con la imposición de las manos, y
con las siguientes palabras: Accipe signaculum doni Spiritus Sancti". Es la fórmula del rito bizantino.
207 Mc 1,8;Jn 1,33;1Cor 6,11;12,13;Tit 3,5;Rom 6,4s;Gál 3,27.
208 SAN CIPRIANO, Epist. 74,5.
209 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis mistagógicas III,1.

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"Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, como prenda de nuestra herencia" (Ef 1,13-14). "Es
Dios quien nos ungió y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2Cor
1,21-22).

En el sacramento de la confirmación, con el sello del don del Espíritu, el bautizado queda
plenamente acogido en la Iglesia. Por ello la confirmación está reservada al Obispo: se trata de la
inserción plena en la comunidad apostólica de la Iglesia. El Obispo, representante de la apostolicidad
de la Iglesia, marca al bautizado con el sello del Espíritu. Es lo que ya hicieron Pedro y Juan con los
samaritanos; evangelizados y bautizados por Felipe, los apóstoles les imponen las manos (He 8,14-
17). Lo mismo Pablo, en Efeso, hace bautizar en el nombre del Señor a los discípulos de Juan y él les
impone las manos (He 19,1-6). La iniciación cristiana es eclesial y la realiza el didáskalo o maestro,
pero la sella el Obispo, que preside la Iglesia como portador de la apostolicidad de la Iglesia y
representante de su unidad y catolicidad.210

d) En la Eucaristía

En la renovación litúrgica es fundamental la importancia dada a la Palabra y la introducción


de la doble epíclesis en las nuevas Plegarias Eucarísticas. Palabra y Eucaristía son las dos mesas en
que se alimenta el pueblo de Dios.211 En las dos mesas es invocado el Espíritu para que haga eficaz
en los fieles su alimento.212 La segunda Plegaria eucarística reproduce casi a la letra la Plegaria de
san Hipólito, que es el texto litúrgico más antiguo que existe.

La primera epíclesis es la invocación del Espíritu Santo sobre los dones:

Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión
de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.

Y en la segunda epíclesis se invoca el Espíritu Santo para que santifique, llene, reúna a los
fieles en Cristo:

Te pedimos humildemente que el Espíritu santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y
Sangre de Cristo" (II). "...Para que, fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos del Espíritu Santo,
formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (III). "...Concede a cuantos compartimos este pan y este
cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu
gloria (IV).

La Eucaristía nos comunica sacramentalmente lo que Dios ha hecho por nosotros en


Jesucristo y por Jesucristo. La plegaria Eucarística, con sus dos epíclesis, pide al Padre el Espíritu
para que realice en el sacramento el misterio de la salvación, actualizando e interiorizando en el
cuerpo eclesial la filiación-divinización que Cristo adquirió para nosotros por medio de su
encarnación, muerte, resurrección y glorificación por el Espíritu.

La Eucaristía es, según el testimonio de los Padres, como un engendramiento perenne de


Cristo, carne y sangre. Así como la encarnación fue realizada en el seno de María bajo la acción del

210 Cfr. SAN HIPOLITO, Tradición apostólica 22,23; SAN CIPRIANO, Ep. 73,9,2; VATICANO II, LG,n.26.AA,n.3.
211 DV,n.21; SC,n.48;PO,n.18;PC,n.6.
212 San Buenaventura, refiriéndose a la Palabra, habla de que sólo podemos comprender un saber cuando entendemos
su lenguaje. Cuando se trata de la vida eterna, "su lengua es el Espíritu Santo. El hombre no la puede entender a no ser que
el Espíritu Santo le hable al corazón"(S.Andrea Sermo,1...).

80
Espíritu Santo, de igual manera realiza la consagración y santificación de los dones, que deben
santificar a los fieles e incorporarlos a Cristo.213

La consagración de los santos dones es el acto de Cristo, sumo sacerdote, obrando por su
ministro, que pronuncia sus palabras, y a través del Espíritu invocado en la epíclesis. La Palabra y el
Espíritu actúan juntos (Sal 33,6;Is 59,21). Por ello Jesús nos dejó, para actualizar su obra de
salvación, el ministerio apostólico y el Espíritu Santo (Jn 14-17). Bajo la acción del Espíritu Santo,
recibido en la ordenación, actúa el ministro de la Eucaristía. La Plegaria eucarística, por ello,
comienza con el diálogo entre el sacerdote y los fieles: "El Señor esté con vosotros"-"Y con tu
Espíritu". Esto no significa solamente "y contigo", sino: con la gracia que has recibido por la
ordenación para utilidad común y cuya actualización pedimos ahora, en esta celebración.214 De esta
manera, se encontrarán unidos el "poder" recibido en la ordenación y la actualidad del don del
Espíritu, el celebrante ordenado y la comunidad eclesial. La Epíclesis, como toda la plegaria euca-
rística tiene por sujeto a la Iglesia, está siempre en plural, aunque la pronuncie el ministro solo:

Como el Icono, el sacerdote tiene que ser transparente al mensaje que encierra sin identificarse con él. Debe saber
estar allí sin imponer su presencia. Si el sacerdote penetra en el santuario, detrás del iconostasio, no lo hace en
virtud de un derecho ni de un privilegio, ya que sólo Cristo puede estar allí de pleno derecho. El sacerdote está
como un icono, in persona Christi.

En la Eucaristía se manifiesta continuamente en el tiempo el sacerdocio eterno de Cristo. El celebrante, en su


acción litúrgica, tiene un doble ministerio: como icono de Cristo, actuando en nombre de Cristo para la comuni-
dad; y también como representante de la comunidad expresando el sacerdocio de los fieles.

El celebrante actúa in nomine Christi por el poder del Espíritu que se le ha conferido en el sacramento del orden;
de este modo actúa efectivamente in persona Christi para la consumación de la oikonomia del misterio.215

En el rito oriental existe lo que llaman el "zeon". El celebrante o el diácono derrama sobre el
cáliz, antes de la comunión, un poco de agua hirviendo, mientras dice: "El fervor de la fe, lleno del
Espíritu Santo". Los significados, que han dado a este rito son muchos. Recojo dos: los fieles, al
comulgar del cáliz caliente, reciben la sangre caliente brotando del costado de Cristo (con el agua y el
Espíritu: 1Jn 5,8) y son llenados del Espíritu Santo, que es calor. Y Nicolás Cabasilas explica cómo la
liturgia, habiendo desarrollado simbólicamente la secuencia de los misterios desde la encarnación
hasta la pasión y la resurrección, simboliza ahora Pentecostés:

El Espíritu Santo descendió al Cenáculo cuando fueron cumplidos todos los misterios de Cristo. De igual manera,
ahora, una vez que los dones sagrados han alcanzado su perfección suprema, se les añade esta agua simbólica...En
el Cenáculo, la Iglesia recibió el Espíritu Santo después de la Ascensión de Cristo al cielo. Ahora recibe ella el don
del Espíritu Santo después que los dones sagrados han sido aceptados en el altar celestial.216

La epíclesis segunda pide que el Espíritu Santo, que ha procurado la consagración de los
dones en cuerpo y sangre de Cristo, procure también los frutos, en el fiel, al recibir en comunión el
cuerpo y la sangre de Cristo. Pues

Así como la virtud de la santa carne hace miembros de un mismo cuerpo a aquellos que la reciben, de igual manera
el Espíritu único que habita en todos les conduce a la unidad pneumática.217

213 SAN JUSTINO, 1ª Apol.66,2;SAN IRENEO, Adv.Haer. IV,18,5;V,2,2.SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat.5,7; en la
liturgia de san Basilio y en la de san Juan Crisóstomo...
214 HIPOLITO, Tradición apostólica 4;7;22;26;SAN JUAN CRISOSTOMO, In 2Tim homilia 10,3; TEODORO DE
MOPSUESTIA, Hom.Cat XV,37-38; SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat.mist. V.
215 Textos de teólogos orientales recogidos por Y. CONGAR, El Espíritu Santo,p.670.
216 N. CABASILAS, Explicación de la divina liturgia, c. XXXVII.

81
San Atanasio, glosando 1Cor 10,3-4, dice: "Imbuidos del Espíritu, bebemos a Cristo".218
Nosotros comemos y bebemos al mismo Cristo por el pan y el vino eucarísticos (1Cor 10,3-4). Pero,
para que no nos pase como a los hebreos del Exodo, es necesario ser del cuerpo eclesial de Cristo
para recibir y vivir del Espíritu que es para este cuerpo lo que el alma es para el cuerpo humano. El
cuerpo eclesial y el cuerpo sacramental se interrelacionan necesariamente: "La Iglesia hace la
Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia". Por eso, San Agustín se atreve a decir que la carne de
Cristo, sacramentalmente presente, no vale nada si está sola. Es necesario que esté vivificada por la
caridad en la manducación que hacemos de ella. Y esto es lo que hace el Espíritu Santo, que vivifica
a los que comulgan.219

El que come y bebe, no sólo materialmente, sino espiritualmente, participa del Espíritu Santo
por el que somos unidos a Cristo con una unión de fe y caridad, convirtiéndonos en miembros vivos
de la Iglesia. El Espíritu Santo da, en la comunión, el don de la fe y de la caridad por la que el cre-
yente es unido, como miembro, a Cristo y a la Iglesia.220

Para hacernos miembros de Cristo, para consumar y santificar su cuerpo, el Espíritu Santo
actúa en las tres realidades que llevan el nombre de "Cuerpo de Cristo" y que se encadenan
dinámicamente:-> Jesús, nacido de María, que sufrió, murió, fue resucitado y glorificado-> el pan y
el vino eucaristizados-> el cuerpo eclesial del que somos miembros. El mismo y único Espíritu
santifica el Cuerpo de Cristo en los tres estados.

El Espíritu vino primero sobre Jesús y lo llenó. De esta manera, Jesús llenó el pan y la copa
eucarística de Espíritu Santo, como dice la liturgia de Santiago:

De igual manera, después de la cena, tomó la copa, hizo una mezcla de vino y agua, levantó los ojos al cielo, la
presentó a ti, Dios y Padre, dio gracias, la consagró y la bendijo, la llenó del Espíritu Santo y la dio a sus santos y
bienaventurados discípulos, diciendo...

Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de El mismo y del Espíritu, extendió su mano y les
dio el pan: Tomad y comed con fe y no dudéis que éste es mi cuerpo. Y el que lo come con fe, por él,
come el fuego del Espíritu", dice san Efrén, que canta:

Fuego y Espíritu en el seno de tu madre;


Fuego y Espíritu en el río en el que fuiste bautizado.
Fuego y Espíritu en nuestro bautismo,
En el pan y en la copa, fuego y Espíritu Santo.
En tu pan está oculto el Espíritu que no comemos;
En tu vino habita el fuego que no podemos beber.
El Espíritu en tu pan, el fuego en tu vino,
Maravilla singular que nuestros labios han recibido.221

Y, finalmente, la plegaria eucarística concluye siempre con la doxologia al Padre por Cristo
en el Espíritu Santo:

Por Cristo, con El y en El,


a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,

217 SAN CIRILO, In Ioan l.XI,9.


218 SAN ATANASIO, 1ª carta a Serapión:PG 26,576A.
219 SAN AGUSTIN, De Trinitate XXVI, 13;XXVII,4-6.
220 SANTO TOMAS, In Ioan c.6,lect.7.
221 SAN EFREN, Himno de Fide VI,est.17; X, est.8.

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todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.¡Amén!

El Vaticano II, fiel a la tradición de la Iglesia, nos dice:

En la sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua
y pan vivo, que, por su carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres (PO,n.5).

e) En la Penitencia

Cristo resucitado se aparece a los discípulos y les dice: "La paz con vosotros. Como el Padre
me envió, también yo os envío". Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo.
A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos (Jn 20,21-23). Fiel al Evangelio, la fórmula del sacramento de la Penitencia marca con
fuerza la acción del Espíritu Santo en el perdón de los pecados:

Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó
el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.
Y Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Y quizá más marcado aún en la otra fórmula larga, menos conocida:

Dios Padre, que no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva, que nos amó primero y
mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él, os muestre su misericordia y os conceda la paz. Amén.

Nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, que
infundió el Espíritu Santo en sus apóstoles para que recibieran el poder de perdonar los pecados, os libre, por mi
ministerio, de todo mal y os llene de su Espíritu Santo. Amén.

El Espíritu Consolador, que se nos dio para el perdón de los pecados, purifique vuestros corazones y los llene de su
claridad, para que proclaméis las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.
Amén.

Y yo os absuelvo...

f) En el Orden

La ordenación de un ministro -diácono, presbítero, obispo- se desarrolla bajo la invocación


del Espíritu Santo. El rito de la imposición de manos para la ordenación es por sí mismo un gesto de
comunicación del Espíritu Santo, que practicaron ya los apóstoles y discípulos de Cristo.222

En la ordenación de un obispo, todos los obispos presentes son ministros del Espíritu en el
seno de la epíclesis de la asamblea entera. Y en toda ordenación de obispo, presbítero o diácono, las
plegarias consacratorias imploran, para el nuevo ministro, una comunicación del Espíritu Santo
para su misión. Para la consagración de Obispo todos los obispos consagrantes oran juntos al
Padre:

Derrama ahora también sobre este siervo tuyo la fuerza que procede de ti: el Espíritu Santo que comunicaste a tu
Hijo Jesucristo, y que El transmitió a los apóstoles, quienes fundaron en todo lugar la Iglesia, como santuario tuyo,
para alabanza y gloria de tu nombre.

222 He 6,6;1Tim 4,16;2Tim 1,6.

83
El rito de la imposición de los evangelios sobre la cabeza del elegido, -ahora sólo entrega-,
significa las lenguas de fuego que, en el primer Pentecostés, inauguraron la evangelización
cristiana.223

Para la ordenación de presbíteros leamos la epíclesis del eucologio llamado de Serapión:

Elevamos nuestras manos, soberano Dios de los cielos, Padre de tu Hijo único, sobre este hombre y te suplicamos
que lo llene el Espíritu de verdad. Concédele la inteligencia y el conocimiento de un corazón recto. Que el Espíritu
Santo esté con él para que pueda gobernar a tu pueblo contigo, Dios increado. Por el Espíritu de Moisés derramaste
el Espíritu Santo sobre los elegidos. Concede también a éste el Espíritu Santo, por el Espíritu de tu Unico, en
gracia de sabiduría, de crecimiento, de fe recta; para que pueda servirte con una conciencia pura, por tu Unico
Jesucristo. Por El te sean dados gloria y honor por los siglos de los siglos. Amén.224

g) En el matrimonio

En las Iglesias orientales, la celebración del matrimonio culmina en la coronación de los


esposos por el sacerdote. Las coronas simbolizan la venida del Espíritu Santo sobre los esposos. Y
como escribe Juan Pablo II:

Deseo recordar que el matrimonio sacramental, 'gran misterio...respecto a Cristo y a la Iglesia' (Ef 5,32), en el que
tiene lugar, en nombre y por virtud de Cristo, la alianza de dos personas, un hombre y una mujer, como comunidad
de amor que da vida, es la participación humana en aquel amor divino que 'ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo' (Rom 5,5). La tercera Persona de la Santísima Trinidad, que, según San Agustín,
es en Dios la 'comunión consustancial' del Padre y del Hijo, por medio del sacramento del matrimonio forma la
'comunión de personas' del hombre y de la mujer.225

La nueva versión del Ritual del Matrimonio, de 1990, en las tres fórmulas de bendición
nupcial, introduce la invocación explícita del Espíritu Santo sobre los esposos:

...Envía sobre ellos la gracia del Espíritu Santo, para que, infundido tu amor en sus corazones, permanezcan fieles
en la alianza conyugal.

h) En la unción de enfermos

El cristiano, ungido con el Espíritu Santo a lo largo de su vida, desde el bautismo, es de nuevo
ungido para su entrada en el Reino de Dios. La Iglesia, en la bendición del óleo, pide al Padre que
"derrame desde el cielo su Espíritu Paráclito sobre el óleo". Y en la unción del enfermo, dice:

Por esta santa Unción


y por su bondadosa misericordia
te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo.

i) En el Año litúrgico

Si miramos el ciclo del año litúrgico, tenemos que fijarnos al menos en la fiesta de
Pentecostés. No se trata de una fiesta del Espíritu Santo, sino de la culminación pascual de Cristo.
Pero la plenitud pascual de Cristo se realiza con el envío del don del Espíritu Santo a la Iglesia. Me
limito a trascribir el himno Veni Creator (del s.IX) y la secuencia Veni, Sancte Spiritus (S.XIII):

223 Es el significado que, ya hacia el año 400, daba Severino de Gabala.


224 Cfr. en F.X. FUNK,T. II,1905,p.188-190.
225 JUAN PABLO II, Catequesis del 30-1-1991. El matrimonio como imagen de la Trinidad lo he desarrollado en
Moral sexual,Bilbao 1990.

84
Ven, Espíritu Creador
y visita nuestras mentes
llena de celeste gracia
los pechos que tú creaste.
Consolador te llamamos,
don del Dios altísimo,
fuente viva, fuego, amor
y espiritual unción.
Tú septiforme en tus dones,
dedo de la diestra de Dios,
Tú la promesa del Padre,
palabra nos da tu aliento.

Luz enciende en los sentidos,


amor en los corazones;
lo flaco de nuestro cuerpo
afiáncenlo tus dones.
Lejos huya el enemigo,
de la paz de ti gocemos;
llevándote a ti por guía
todo daño evitaremos.
Por ti conozcamos al Padre,
conozcamos también al Hijo,
y en ti, de los dos Espíritu,
en todo tiempo creamos.

+++

Ven, Espíritu divino,


manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre:
Don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,


descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,


divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,


sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones


a los fieles que en ti confían.
Por tu bondad y tu gracia,
da el mérito de la virtud,
da el logro de la salvación,

85
danos tu gozo eterno.
Sólo nos queda repetir en oración la antífona de las primeras vísperas de Pentecostés:

Ven, Espíritu Santo,


llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor,
tú que, por la diversidad de todas las lenguas,
has reunido los pueblos en la unidad de la fe.

86
III. EL ESPIRITU SANTO EN LA VIDA DEL CRISTIANO

1. ESPIRITU DE FILIACION

a) Dios Padre en el Antiguo Testamento

San Pablo habla de la adopción de Dios en relación al Pueblo de Israel (Rom 9,4). Esta
adopción expresa la gratuidad de la elección divina, inspirada únicamente en el amor de Dios, que
crea una relación particular entre Dios y su Pueblo. Cuando Dios está formando a su Pueblo, lo llama
hijo suyo, su primogénito (Ex 4,22-23). Todos los israelitas, en cuanto miembros del pueblo elegido,
son hijos de Dios (Dt 14,1), objeto de su protección y misericordia:

Bendice, alma mía, al Señor,


y no olvides sus amores.
El, que tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y ternura...
Como se eleva el cielo sobre la tierra,
se eleva su bondad sobre sus fieles...
Como un padre siente ternura sobre sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles. (Sal 103,2-4.11.13).

"Padre de los huérfanos y defensor de la viudas", se llama a Dios en los Salmos (68,22). Israel
es el hijo predilecto, el hijo del corazón:

87
Vienen con llanto y los guío con consuelo; los llevo a torrentes de agua, por camino recto, donde no tropiecen,
porque soy para Israel un padre, y Efraím es mi primogénito (Jr 31,9).

Isaías, ante las ruinas del templo y el pueblo en el destierro, elevaba una conmovida súplica a
Dios, recordándole sus amores de Padre:

Quiero recordar las misericordias de Yahveh, su gran bondad para con la casa de Israel. El fue su salvador en todas
sus angustias. Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Santo Espíritu y El se convirtió en su enemigo. ¿Dónde
está el que los sacó del mar, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en Israel su Santo Espíritu? El Espíritu de
Yahveh los llevó a descansar. Así guiaste a tu pueblo para hacerte un nombre glorioso. Pero, ahora, ¿dónde está tu
celo y tu fuerza, la conmoción de tus entrañas? Porque tú eres nuestro Padre, ya que Abraham no nos conoce, ni
Israel nos recuerda. Tú, Yahveh, eres nuestro Padre, tu nombre es 'el que nos rescata' por siempre...¡Ah si
rompieses los cielos y descendieses! (Cfr. Is 63,7-64,11).

Incluso, alguna vez, el israelita piadoso se atrevió, como individuo, a dirigirse a Dios como
Padre (Sab 14,3;Eclo 23, 1.4). Pero en el Nuevo Testamento la palabra Padre y su correspondiente
Hijo adquieren un significado del todo particular. Ningún israelita se atrevió a dirigirse a Dios con la
familiaridad íntima que encierra la palabra "ABBA".226 Cristo fue el primero que la usó, sólo El tenía
derecho a hacerlo como Hijo unigénito del Padre. Y los cristianos, después, en la medida en que
participamos de la filiación de Cristo (Rom 8,29), por haber recibido su Espíritu, podemos invocar al
Padre con la misma palabra familiar, expresando todo el abandono filial en el Padre.

Al dirigirse a Dios en la oración, Jesús emplea el término arameo Abba, que no tiene
paralelos en todo el Antiguo Testamento. Abba es la palabra con la que los niños se dirigen a su
padre: "papá". Jesús, al enseñar a sus discípulos a orar con la oración del Padre nuestro, inyecta en
la oración una nota de confianza total. Cierto, sólo puede orar así quien ha renacido del agua y del
Espíritu, quien se ha hecho niño. Sólo el que es como un niño puede abrir su corazón al Padre sin te-
mor, con toda la intimidad y ternura que encierra el término Abba. Sin el Espíritu del Hijo, que
testimonia a nuestro espíritu que somos hijos de Dios y ayuda a nuestra debilidad a pronunciar la
palabra Abba, ningún hombre se atrevería a hacerlo. Es la gran novedad de la oración cristiana.

El Antiguo Testamento no nos revela a Dios en su relación trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Por ello el israelita no podía sentirse hijo en el Hijo, gozando del mismo Espíritu.

b) Espíritu filial en Jesús

El Padre no ha cesado de decir: "Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco". Y Jesús no
ha cesado de decir: Tú eres mi Padre, he venido para hacer tu voluntad". Recordemos que las
"misiones" de la segunda y tercera personas son la manifestación en la creación y en la historia de las
"procesiones" eternas. Así, pues, la generación eterna del Hijo se manifiesta en una humanidad que, al
entrar en el mundo, dice: "Tú eres mi Padre, tú me has preparado un cuerpo; aquí estoy para hacer tu
voluntad" (Sal 40,7;Heb 10,5-9).

Cuando el Espíritu Santo cubre con su sombra a María, en el seno de María se forma una
humanidad a la que el Padre dice con verdad: "Tú eres mi Hijo amado" (Heb 1,5ss). El Espíritu Santo
santifica el germen concebido en María, dándole un alma filial, un amor filial. Jesús, concebido en
María por el Espíritu Santo, puede decir desde este momento lo que leemos en la carta a los Hebreos:

Al venir al mundo, Cristo dice: "Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y
sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del
libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad" (10,5-7).

226 Ver 2Cor 1,2-3;Ef 1,2-3.

88
Cristo, por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios (He 9,14).

Este espíritu filial llena los días y las noches de Jesús en oración e intimidad con el Padre. El
diálogo entre el Padre y el Hijo "Tú eres mi Hijo-Tú eres mi Padre" es permanente. El Evangelio
recoge solo algunos momentos de este intercambio de amor. A los doce años, Jesús dirá a José y a
María: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tenía que estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2,49).
En el Bautismo, al ser ungido con el Espíritu Santo para su misión, se oyó la voz del cielo: "Tú eres
mi Hijo amado, en ti me complazco"según Mc 1,10-11. Pero Lucas nos dice que Jesús, después del
bautismo, se puso en oración -y ya conocemos su oración: "Tú eres mi Padre, aquí estoy para hacer tu
voluntad"- y entonces el Espíritu Santo descendió sobre El y se oyó la voz del cielo: "Tú eres mi Hijo,
yo hoy te he engendrado" (Lc 3,21-22; Sal 2,7).

"El Padre engendra a su Hijo incesantemente, en un hoy perpetuo, eterno", comentará


Orígenes.227 Le engendra eternamente en su seno y le engendra como Hijo en todas las etapas de su
vida como Mesías: concepción, bautismo, unción mesiánica (He 10,38), resurrección, glorificación,
hasta que la humanidad de Jesús es revestida plenamente de la condición de Hijo de Dios (Filp 2,9-
11).

El espíritu filial de Jesús se expresa en la obediencia, como Siervo fiel a la misión que el
Padre le ha confiado. Aunque Satanás se interponga, tratando de confundirlo con sus tentaciones:
"Si eres Hijo de Dios no seas siervo, no sufras hambre, muestra el poder de Dios, reina sobre el
mundo", Jesús, con la fuerza del Espíritu, se mantendrá fiel al Padre: "Adorarás al Señor, tu Dios, a
El solo darás culto".

"Para el Hijo, -dirá San Agustín-, haber nacido es tener el ser de su Padre. Y de igual
manera, ser enviado es conocerse como enviado del Padre".228 Su alimento es hacer la voluntad del
que le ha enviado y llevar a término su obra (Jn 4,34;Mt 7,21). Su doctrina no es suya, sino del que le
envió (Jn 7,16). Vive por el Padre (Jn 6,57). Por ello dirá:

No hago nada por mi cuenta, sino que lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo (Jn 8,28;12,49-
50;14,10). Yo hago siempre lo que le agrada a El (Jn 8,29). Pues el mundo ha de saber que amo al Padre y que
obro según el Padre me ha ordenado (Jn 14,31).

Y esto no son sólo palabras. Apenas lo ha dicho, añade en el mismo versículo: "Levantaos,
vámonos de aquí" (Jn 14,31). Y deja el Cenáculo para ir a Getsemaní. Allí el diálogo eterno y de toda
la vida de Jesús se carga de realismo humano: "¡Abba, Padre, todo te es posible; aparta de mí este
cáliz! pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14,36). "Tú eres mi Padre, yo he
venido para hacer tu voluntad". "Ahora mi alma se encuentra turbada. ¿Y qué voy a decir: Padre,
líbrame de esta hora? ¡Si precisamente para esto he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!".
Y el Padre que responde: "Vino entonces una voz del cielo: 'Lo he glorificado y de nuevo lo
glorificaré" (Lc 12,27-28).

En el abandono de la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado"229, la
esperanza y confianza en el Padre emergió de su corazón de Hijo:

A ti se abandonaron nuestros padres,


esperaron y tú los libraste;
clamaron a ti y fueron salvados,

227 ORIGENES, Ioan.Com. I,39,204.


228 SAN AGUSTIN, De Trinitate, IV, 29,29.
229 Sal 22;Mt 27,46;Mc 15,35.

89
en ti confiaron y no quedaron confundidos...
desde el vientre materno ya eres tú mi Dios (Sal 22,5-6.11).

Así, Jesús, con los salmos en los labios (Sal 31,6), muere diciendo: "Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). Y poner su espíritu en las manos de Dios no significa para El
morir (Sal 31), sino, al contrario, reencontrar la vida segura y la paz. La respuesta del Padre llegó al
tercer día: "Tú eres mi Hijo", como anuncia Pablo:

Nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros,
los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy...A
quien Dios resucitó no experimentó la corrupción (He 13,32-37).

Ahora, resucitándolo de la muerte, el Padre engendra a Jesús como su Hijo en poder, como
Señor:

Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido
por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne,
constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos,
Jesucristo Señor nuestro (Rom 1,1-4).

El mismo Hijo de Dios, el mismo Cristo, después de haber tomado la condición de siervo,
después de haber obedecido hasta la muerte de cruz -"Tú eres mi Padre, yo he venido para hacer tu
voluntad"-, El mismo ha recibido de Dios, su Padre, en su humanidad, la condición de Hijo de Dios
con poder, con título de Señor.230 El mismo Espíritu Santo, cuyo poder había suscitado en María un
retoño del linaje da David, ha hecho nacer, como don escatológico, a Jesús según la gloria que co-
rresponde al Hijo de Dios. Ahora el mismo Jesús puede dar el Espíritu (1Cor 15,45;Jn 7,37-39),
haciéndonos partícipes de su espíritu filial.

c)Espíritu filial en el cristiano

El Espíritu que ha hecho de la humanidad de Jesús, nacido de María según la carne (Rom
1,3;Gál 4,4), una humanidad consumada de Hijo de Dios, por su resurrección y glorificación,231 hace
de nosotros, carnales por nacimiento, hijos de Dios, hijos en el Hijo, llamados a heredar con El.
Como "Espíritu de adopción" (Rom 8,15), nos hace clamar: "¡Abba!¡Padre!" (Rom 8, 14-17). En
lograda síntesis nos dice San Pablo: "Cuando se cumplió la plenitud de los tiempos envió Dios a su
Hijo, nacido de mujer, sometido a la Ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para
que recibiéramos la condición de hijos. Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba, Padre! (Gál 4,6). Santo Tomás lo comenta:

El Espíritu Santo hace de nosotros hijos de Dios porque El es el Espíritu del Hijo. Nos convertimos en hijos
adoptivos por asimilación a la filiación natural; como se dice en Rom 8,29, estamos predestinados a ser conformes
a la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito de una multitud de hermanos.232

La adopción, aunque es común a toda la Trinidad, es apropiada al Padre como a su autor, al Hijo como a su
ejemplar, al Espíritu Santo como a quien imprime la semejanza de este ejemplar en nosotros.233

El Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo. Al marcarnos con su sello nos asimila, nos hace
semejantes, conforme al Hijo Unigénito. Nos hace partícipes de lo que el Hijo ha recibido del Padre

230 Filp 2,6-11;He 2,36;Rom 14,9.


231 Rom 1,4;Ef 1,20-22;Heb 5,5.
232 SANTO TOMAS, Contra Gentiles IV,21.
233 IDEM, III,q.23,a.2 ad 3.

90
(2Pe 1,4). Hermanos de Jesús234, somos Hijos del Padre. Como Jesús es de Dios (Jn 8, 42.47;16,25),
los que creen en El son de Dios (1Jn 4,4.6;5,19; 3Jn 11). Como El es engendrado por el Padre, ellos
son engendrados por el Padre (Jn 1,13) y llevan en ellos el germen (Jn 3,9); como El permanece en
el Padre y el Padre en El, también ellos permanecen en el Padre y el Padre en ellos. En una palabra,
renaciendo en Cristo por el Espíritu, nacen en Dios (1Jn 5,1.18).

El Espíritu Santo, enviado por Dios, es el que hace que, en el Hijo y con el Hijo, los
redimidos puedan dirigirse a Dios como Padre. Dios Padre quiere ser para nosotros Padre. El
Espíritu nos certifica no sólo que estamos redimidos y que Dios vuelve a aceptarnos como hombres,
en relación pacífica de criatura y Creador, liberados de su ira. Ya esto sería maravilloso y suficiente.
Pero el don del Espíritu, derramado en nuestro interior, nos testifica que Dios nos acoge como
Padre, nos acepta como hijos, con el cariño que tiene a su Hijo Unigénito. Este es el nuevo, único
don del Padre: en el Espíritu podemos llamarle Abba, Padre, pues nos ha adoptado realmente como
hijos. Por el Espíritu del Hijo que nos ha otorgado "nos llamamos hijos de Dios y ¡lo somos!" (1Jn
3,1;4,5).

Se cumple el designio del Padre, que nos llamó a ser hijos en el Hijo por el Espíritu:

Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han
sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también de antemano los destinó a
reproducir la imagen de su Hijo, para que El fuera el primogénito de muchos hermanos (Rom 8,28-29).

Por cuanto nos eligió en El antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia. En su
amor nos había predestinado a ser hijos adoptivos suyos por medio de Jesucristo...En El fuisteis sellados con el
Espíritu Santo de la Promesa, el cual es arras de nuestra herencia (Ef 1,4-5.13-14).

"Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros" somos
amados con el mismo amor con que el Padre ha amado a su Hijo y "dará también la vida a nuestros
cuerpos mortales por el Espíritu que habita en nosotros".235 Es decir, nos constituye hijos en el Hijo
por el mismo Espíritu, con la sola diferencia de que él es Hijo por naturaleza y nosotros lo somos por
adopción (Gál 4,5;Rom 1,15. 23). Pero somos realmente hijos por adopción y por gracia.
Formamos con el Hijo un solo ser filial:

Cristo es al mismo tiempo el Hijo único y el Hijo primogénito. Es el Hijo único como Dios; es Hijo primogénito
por la unión salvífica que ha establecido entre El y nosotros, haciéndose hombre. Por ello, en El y por El, somos
hechos hijos de Dios, por naturaleza y por gracia. Lo somos por naturaleza en El, y solamente en El; lo somos por
participación y por gracia, por El en el Espíritu.236

Hijos en el Hijo por el Espíritu Santo, también a nosotros el Padre nos dice: "Tú eres mi hijo".
Y nosotros, participando del Espíritu del Hijo, le decimos: ¡Abba, Padre! El Espíritu Santo es en
nosotros como un agua viva que "murmura: ven hacia el Padre".237 Pues Cristo nos "ha abierto el
acceso al Padre en un mismo Espíritu" (Ef 2,18). Somos hijos y podemos invocar a Dios como Padre
porque "hemos recibido el Espíritu de su Hijo" (Gál 4,6).

Y si el Padre, enviándonos el Hijo y el Espíritu Santo, nos dice: "Tú eres mi hijo", nosotros
podemos responderle con Cristo: "Tú eres mi Padre, heme aquí para hacer tu voluntad". Lo decimos
cuando, acogiendo la enseñanza de Jesús, elevamos nuestra oración: "Padre nuestro, santificado sea

234 Mt 18,10;Jn 20,17; Rom 8,29.


235 Rom 8,11.28-30.39;2Cor 5,19;Ef 4,32;Jn 17,23.26.
236 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, De recta fide ad Theodosium: PG 76,1177.
237 SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Ad Rom VII,2; SAN ATANASIO, Ad Serapionem 1,25.

91
tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" (Mt 6,9-
10).

Y la oración se prolonga luego en el "culto espiritual" de la vida (Rom 12,1) según el


Espíritu, en nuestra lucha contra la carne, para vivir en el amor, como siervos de Dios, que entregan
su vida por los otros, acelerando el rescate de este mundo de la corrupción con la manifestación de
los hijos de Dios (Rom 8,18-25;Ef 1,3-14).

El mismo Espíritu en Cristo y en nosotros, miembros de su cuerpo, nos lleva a reproducir su


imagen en nuestra vida. En Cristo, como Cabeza, se encuentra en plenitud total, en nosotros según la
medida del don de Dios y de nuestra acogida.

Y dado que Dios Padre, origen inagotable de todo ser y de toda vida, quiere ser nuestro
propio Padre y lo es por Cristo en su Espíritu, tenemos abierto el acceso a la plenitud de la vida
divina en su misma fuente, Dios Padre. Por el Hijo en el Espíritu Santo, somos partícipes de la vida
divina y eterna del Padre, fuente inagotable de vida, que nunca dejará de manar (Rom 8,26-39). "Os
infundiré mi Espíritu y viviréis", había prometido Dios por boca de Ezequiel (37,14). En el don
pascual que Cristo nos hace se cumple la promesa: "Yo vivo y también vosotros viviréis" (Jn 14,19).
El Espíritu es el Dador de vida (Jn 6,63; 2Cor 3,6), creador de la nueva vida, la vida divina, la vida
eterna en los que el Padre ha dado como hermanos a su hijo (Jn 17,1-2).

92
2. LA UNCION CON EL SELLO DEL ESPIRITU

a) Cristo: Ungido con el Espíritu Santo

Jesús comienza su vida pública, presentándose como Mesías, el Ungido por Dios con el
Espíritu Santo. En la sinagoga de Nazaret Jesús se aplica a sí mismo el texto de Isaías: "El Espíritu del
Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh"(Is 61,1;Lc 4,18). Dios, con la
unción del Espíritu, ha constituido a Jesús en Cristo, Mesías, Ungido para la misión salvadora de los
hombres. Así le presenta San Pedro el mismo día de Pentecostés ante el pueblo congregado en torno
al Cenáculo y, luego, en la misma forma, en su discurso en casa de Cornelio:

Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros
habéis crucificado (He 2,36).

Dios ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo
que es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan
predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo El pasó
haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con El (He 10,36-38).

Y lo mismo que Pedro, hacían los demás Apóstoles, que "no dejaban de proclamar en el
templo y por las casas la Buena Noticia de que Jesús es el Cristo" (He 5,42). Para testimoniar que
Jesús es el Cristo, el Ungido, escribió Juan su Evangelio:

93
Jesús realizó, en presencia de los discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han
sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre
(Jn 20,30).

Esto es lo que "confiesa con valentía Pablo" (He 9,22) y también Apolo, que "rebatía
vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Cristo" (He 18,
28).238

El Espíritu Santo penetra todo el ser del Mesías-Jesús, confiriéndole el poder salvador del
hombre. Por medio de la unción del Espíritu Santo, el Padre realizó la consagración mesiánica del
Hijo:

Cristo significa ungido, no con óleo común, sino con el Espíritu Santo...Pues la unción figurativa, por la que antes
fueron constituídos reyes, profetas y sacerdotes, sobre El fue infundida con la plenitud del Espíritu divino, para
que su reino y sacerdocio fuera, no temporal como el de aquellos, sino eterno.239

Como dirá San Justino:

Nombrar a Cristo es confesar al Dios que le unge, al Cristo que es ungido y al Espíritu que es la unción misma.240

b) La unción con el sello del Espíritu


nos hace cristianos

Los que acogen a Cristo en la fe y en el amor participan de la unción de Cristo con el Espíritu
Santo. El cristiano es ungido y la unción permanece en él: "En cuanto a vosotros, estáis ungidos por
el Santo...y la unción que de El habéis recibido permanece en vosotros" (1Jn 2,20.27).

Como Jesús es el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo, nosotros somos cristianos en
cuanto discípulos de Cristo y en cuanto ungidos por el mismo Espíritu, partícipes de la unción de
Cristo:

Salidos del baño bautismal, somos ungidos con óleo bendecido, en conformidad con la antigua praxis, según la
cual los elegidos para el sacerdocio eran ungidos con óleo, derramado por aquel cuerno con el que Aarón fue
ungido por Moisés (Ex 30,30;Lv 8,12), por lo que se llamaban cristos, es decir, ungidos, ya que el vocablo grie-
go "chrisma" significa unción. También el nombre del Señor, es decir, Cristo, tiene la misma derivación...241

El Espíritu realiza en la Iglesia y en la vida del cristiano lo que realizó en Cristo en su


concepción, bautismo y resurrección. El Espíritu es vida y vivifica: es dador de vida. Se le invoca de
manera especial en las sacramentos de la iniciación: bautismo, confirmación y eucaristía. El myron o
unción del óleo santo, con su epíclesis, sella a fuego en el cristiano la imagen de Cristo:

El fuego y el Espíritu están en nuestro bautismo; en el pan y el cáliz también están el fuego y el Espíritu" (San
Efrén). "Venid a beber, a comer la llama que os convertirá en ángeles de fuego; gustad la dulzura del Espíritu
Santo" (Isaac de Antioquía). Y en la liturgia del tiempo de Pentecostés, la Iglesia griega, en su oración, confiesa:
"He aquí que el cuerpo y la sangre son un horno en el que el Espíritu Santo es el fuego". "Te adoramos, Señor
Dios, Espíritu Santo Paráclito, que nos consuelas y oras en nosotros...Tú has sellado la alianza de la Iglesia, esposa
del Verbo, Hijo de Dios, dándole los tesoros de tus dones"."En el día del domingo triunfó la esposa, la santa

238 Cfr. He 3,18.20;8,5.12;24,24;26,23.


239 SAN PEDRO CRISOLOGO, Sermón 58.
240 SAN JUSTINO, 1ª Apol. 61,10.
241 TERTULIANO, De baptismo 5,7-8,4.

94
Iglesia, y se tornó excelsa, porque la alianza de sus nupcias concluyó con la venida del Espíritu Santo Paráclito
sobre ella.

La unción con el sello del Espíritu nos hace, pues, cristianos:

Ya que os habéis bautizado en Cristo y os habéis revestido de El, os habéis hecho semejantes al Hijo de Dios. Pues
Dios nos ha predestinado a ser sus hijos, nos ha hecho semejantes al cuerpo glorificado de Cristo. Desde que
habéis tenido parte en el Ungido, sois llamados justamente ungidos (cristianos). Cristo fue ungido con óleo de
alegría, es decir, con el Espíritu Santo y vosotros también fuisteis ungidos con ungüento, haciéndoos consortes y
partícipes de Cristo. De vosotros ha dicho Dios: "¡No atentéis contra mi Ungido!". Pues vosotros os habéis vuelto
ungidos, porque habéis recibido la imagen (el sello) del Espíritu. Todo se ha realizado en vosotros en figura,
porque sois figura de Cristo. Mientras Cristo fue ungido con óleo de alegría, es decir, con el Espíritu Santo, quien,
como fuente de alegría espiritual, se llama óleo de alegría, vosotros fuisteis ungidos con aceite, por el que os
convertisteis en partícipes y compañeros de Cristo. En honor a esta unción santa sois llamados cristianos.242

c) La unción con el Espíritu nos configura con Cristo

El sello del Espíritu Santo nos configura con Cristo. Somos sellados con el Espíritu Santo en
el bautismo y en la confirmación:

El sello confiere la forma de Cristo, que es quien sella y cuantos son sellados y hechos partícipes, son sellados en
El. Por eso dice el Apóstol: "Hijos míos, nuevamente estoy por vosotros como en dolores de parto hasta que Cristo
tome forma en vosotros".243

La unción con el sello del Espíritu ya en el bautismo, al nacer como hijos de Dios, significa
que Dios acoge al recién nacido como hijo en el Hijo. Lo sella, lo marca con su Espíritu. Luego, la
vida entera del cristiano será sostenida y marcada por el Espíritu "hasta hacerle conforme a Cristo",
hasta hacer de él "fragancia de Cristo" (2Cor 2,15): "Quienes se dejan conducir por el Espíritu de
Dios, son hijos de Dios...Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo"
(Rom 8,14.17):
En Cristo también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído
también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de vuestra herencia, para
redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria (Ef 1,13-14).

La venida del Espíritu Santo es suave, dulce y fragante. Se advierte su buen perfume: "Ya se
aspira la fragancia del Espíritu Santo", dirá san Cirilo a los bautizandos. Y ya en la catequesis XVI les
había dicho:

La venida del Espíritu Santo es apacible; su percepción, fragante; su yugo, suavísimo. Antes de su venida refulgen
rayos de luz y ciencia. Viene con entrañas de un verdadero bienhechor, porque viene a salvar y a curar, a enseñar,
corregir, fortalecer, consolar, iluminar la mente del que lo recibe, primero, y, después, también de los otros por su
medio.244

En el momento del bautismo, acércate al que te va a bautizar, pero acércate sin atender a la persona que se ve,
sino pensando en el Espíritu Santo. En efecto, El está preparado para sellar tu alma y te dará un sello que temen
los demonios, algo celestial y divino, según está escrito: "En el cual, cuando creísteis, fuisteis sellados con el
Espíritu Santo de la promesa" (Ef 1,13).245

242 CIRILO DE JERUSALEN, Cat. mist. III,1.2.5.


243 SAN ATANASIO, A Serapión, carta I,23.
244 SAN CIRILO, Cat. XVI 16.
245 IBIDEM, n.35.

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Pero, a lo largo de todas sus catequesis, les ha explicado frecuentemente el significado de la
unción con el sello del Espíritu Santo. El Espíritu sella con sello celestial y divino, santo e
indeleble,246 con sello místico. Por él quedamos agregados a la grey del Señor.247 Tal sello es señal
para ser reconocido por el amo y propietario. Ello indica que se ha pasado del dominio de Satanás al
dominio y posesión de Cristo, el gran Rey. 248 Y puesto que la signación es alistarse en el ejército, no
es una ceremonia que se haga en lo secreto. Se realiza delante de Dios y en presencia de los ejércitos
celestiales. Ante tal concurrencia se alista el bautizado. El sello le servirá también de arma,249
provocando en los demonios terror e impidiendo que se le acerquen. La unción con el sello es en sí
misma un exorcismo para los demonios (Mt 12,28). Marcados con el sello del Espíritu Santo, los
ángeles lo reconocen y se acercan a los cristianos, con él signados, como a sus familiares (Cat.I 3).

Marcados con el sello del Espíritu, los fieles se hacen cristóforos, portadores de Cristo, para
convertirse así plenamente en templos de la Trinidad. Lo dice bellamente una fórmula del rito de
confirmación de la Iglesia oriental:

Oh Dios, márcalos con el sello del crisma inmaculado. Ellos llevarán a Cristo en el corazón, para ser morada
trinitaria.

San Pablo se siente confortado en sus tribulaciones, sabiéndose ungido con el sello del
Espíritu:

Es Dios el que nos conforta en Cristo y el que nos ungió y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el
Espíritu en nuestros corazones (2Cor 1,21-22).

Por ello, Pablo, para salvaguardar la unidad del cuerpo eclesial de Cristo, creada por el
vínculo del único Espíritu, recomendará a los efesios que "no entristezcan al Espíritu Santo de Dios,
con el que fueron sellados en el día de la redención" (4,30). Pablo les habla desde su experiencia
personal de la acción del Espíritu, que le transformó de perseguidor en vaso de elección:

También Pablo, después que nuestro Señor Jesucristo lo llamó, se llenó del Espíritu Santo. Y sírvanos como tes-
tigo de esto el piadoso Ananías, que estaba en Damasco, y que dijo: "El Señor Jesús, que se te apareció en el cami -
no por donde venías, me envía a ti para que vuelvas a recobrar la vista y seas lleno del Espíritu Santo" (He 9,17).
El cual actuando inmediatamente no sólo transformó en visión la ceguera de los ojos de Pablo, sino que, im-
primiéndole un sello en el alma, le hizo "vaso de elección" para que llevase el nombre del Señor, que se le había
aparecido, ante los reyes y los hijos de Israel (He 9,15). Y el anterior perseguidor se transformó en un predicador y
en un siervo bueno y fiel.250

d) La unción con el Espíritu nos hace


ser con El un solo espíritu

La unción del Espíritu Santo nos penetra tan íntima y profundamente que en el Nuevo
Testamento nos encontramos con infinidad de textos en los que no sabemos si "espíritu" se refiere al
Espíritu Santo mismo o al ser del cristiano que El crea en el espíritu humano. "Lo nacido de la carne
es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu" (Jn 3,6). El Espíritu Santo penetra y empapa de tal modo el
espíritu del cristiano que los Padres comparan su acción a la del "alma" en el cuerpo. Esto a nivel
individual y a nivel eclesial:

246 Procat.16.17
247 Mist.IV 7.
248 Cat. III 3.
249 Cat. IV 17;Mist. III 7.
250 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 26.

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En efecto, todos los que están animados por el espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido
un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar:
¡Abba, Padre!. Y el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8,14-16).

Esta penetración de la unción del Espíritu Santo transforma y santifica todo el ser del
cristiano, cuerpo y espíritu, en su unidad personal:

¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios y no
os pertenecéis? Glorificad por tanto a Dios en vuestro cuerpo (1Cor 3,16;6,11).

En los cristianos "fervorosos en el Espíritu" (Rom 21,11), "abrevados" (1Cor 12,13),


"colmados de Espíritu Santo" (He 2,4;Ef 5,18), el Espíritu actúa con tal intensidad y profundidad que
crea una misteriosa unión entre el espíritu humano y el Espíritu divino: "El que se junta con el Señor
se hace con El un solo espíritu" (1Cor 6,17).

e) El Espíritu imprime en el cristiano


la imagen de Dios

El Espíritu lleva al cristiano a la conformación con Cristo, renovando todo su ser, pues su
unción penetra en lo más profundo del espíritu humano, revelando el misterio de Dios, haciéndonos
partícipes de él, hasta hacernos una criatura radicalmente nueva. En definitiva, el Espíritu nos lleva a
la deificación:

La renovación se realiza en nosotros por medio del Espíritu Santo...Nuestra mente, iluminada por el Espíritu Santo,
se fija en el Hijo y, como en Imagen viva, ve al Padre. Pues por la iluminación del Espíritu Santo, en sentido
propio y verdadero, contemplamos el esplendor y la gloria de Dios; por la caridad, que infunde en nuestros
corazones, somos llevados a aquel que es su carácter y sello iguales. Así el cristiano entra en el círculo de la vida
trinitaria, en la participación de todos los dones paternos, de las efusiones de sangre de Cristo y en la caridad
vivificante del Espíritu. Y de esta acción del Espíritu santificador proviene el gozo perenne, la perseverancia en el
bien, la semejanza con Dios.251

Para actualizar la unión con Dios en Cristo, dirá san Cirilo, es necesaria la acción
espiritualizadora del Espíritu Santo, que imprime en nuestros corazones, como en la cera, la Imagen
de Cristo, Imagen de Dios:

El Espíritu Santo es fuego que consume nuestras inmundicias, fuente de agua viva que fecunda para la vida eterna,
sello que se imprime en el hombre para restituirle la imagen divina. Inserto en nosotros nos hace conformes con
Dios y nos ensambla en el cuerpo eclesial de Cristo con su fuerza unificadora, que funde, en la unidad, la Cabeza y
los miembros. Tanto por la Eucaristía como por el Espíritu Santo, nos fundimos todos, por así decir, entre nosotros
y con Dios. En efecto, por la presencia en nosotros del Espíritu Santo, se realiza la presencia del Padre, Dios de
todos, el cual junta en la unidad mutua y en la unión consigo mismo, por medio del Hijo, a cuantos participan del
Espíritu.252

Y con un ejemplo gráfico:

¿Cómo puede decirse hecho (no Dios) a aquel que imprime en nosotros la imagen de la esencia divina y fija en
nuestras almas el distintivo de la naturaleza increada? El Espíritu Santo no diseña en nosotros a la manera de un
pintor que, siendo extraño a la esencia divina, reprodujera sus rasgos; no, no nos recrea a imagen de Dios de esta
manera. Porque El es Dios y procede de Dios, se imprime, como en la cera, en los corazones de los que le reciben,
a la manera de un sello, invisible; así por esta comunicación que hace de sí mismo, devuelve a la naturaleza
humana su belleza original y rehace el hombre a imagen de Dios. (Ibidem)

251 SAN BASILIO, De Spiritu Santo,16,37-39; 24,57;26,64; 29,49;9,22...


252 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Tesaurus 34.

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Y San Ireneo, en su lectura del evangelio del buen Samaritano, ve a todo hombre (al género
humano) caído en manos de los salteadores y a Cristo como el buen Samaritano que, movido a piedad,
recoge al hombre, le cura las heridas y, luego, habiéndole llevado a la posada de la Iglesia, entrega
dos monedas reales, para que "nosotros mismos, habiendo recibido mediante el Espíritu Santo la
imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el dinero que se nos ha dado y lo
podamos devolver, multiplicado, al Señor".253 Esta inscripción de las monedas es el sello del Espíritu
Santo, que reviste al cristiano de santidad, devolviéndole la semejanza con Dios, desfigurada por el
pecado.254

3. VIDA EN EL ESPIRITU

a) Sekinah de Dios-Emmanuel-Espíritu Santo

Israel vivió siempre en la convicción de que Dios estaba con él. Lo señala de modo particular
Ezequiel: "Pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará entre ellos, yo seré
su Dios y ellos serán mi pueblo" (37,26-27).255

Lo mismo aparece ya en el Pentateuco:

Pondré mi morada en medio de vosotros y yo no sentiré hastío de vosotros. Andaré en medio de vosotros, yo seré
vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo (Lv 26,11-12).

Dios promete a Moisés consagrar la tienda de la reunión con su gloria y, en efecto, cuando la
tienda estuvo terminada, Dios tomó posesión de ella, cubriéndola con la nube y llenándola de su
gloria:

253 SAN IRENEO, Final del capítulo XVII de Adv.Haer. dedicado al Espíritu Santo.
254 SAN IRENEO, ibidem V,6,1.
255 Cfr Jl 2,27;Ag 2,4-5;Zac 2,9.14-17.

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Me encontraré contigo a la entrada de la Tienda de la reunión para hablarte allí. Me encontraré con los israelitas en
ese lugar que será consagrado por mi gloria...Habitaré en medio de los hijos de Israel y yo seré su Dios. Ellos
conocerán que yo soy Yahveh, su Dios, que les hice salir del país de Egipto para poner mi morada en medio de
ellos (Ex 29,42-46).

Apenas acabó Moisés los trabajos, la Nube cubrió la Tienda de la reunión y la gloria de Yahveh llenó la morada.
Moisés no podía entrar en la Tienda de la reunión, pues la Nube moraba sobre ella y la gloria de Yahveh llenaba la
morada (Ex 40,33-38).

Lo mismo sucedió también después al consagrar Salomón el Templo (1Re 8,10s). Para
marcar, al mismo tiempo que la presencia, la transcendencia de Yahveh, se evitaba pronunciar o
escribir ese vocablo; se hablaba de su Nombre, su Gloria. 256 En el judaísmo intertestamentario, el de
los Targums, se expresó el lazo entre presencia y transcendencia de Yahveh usando la palabra
Sekinah.

Mientras los textos citados están en futuro o señalan la presencia de Dios en la Tienda o el
Templo, donde los israelitas no pueden entrar (1Re 8,11), cuando pasamos al Nuevo Testamento nos
encontramos con las mismas expresiones, pero en presente y Dios no habita fuera sino dentro del
creyente. Cristo es Emmanuel, Dios con nosotros, y el Espíritu de Dios está en nuestros corazones:

¿No sabéis que sois el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1Cor 3,16).

Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no
tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros...Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a
Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida
a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,9-11).

Ciertamente, el Espíritu Santo está presente y actúa en toda la Iglesia; pero "la realización
concreta de su presencia y acción tiene lugar en la relación con la persona humana, con el alma del
justo en quien establece su morada e infunde el don obtenido por Cristo con la redención. La acción
del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre, en el corazón de los fieles, y allí derrama la
luz y la gracia de la vida".257

b) Inhabitación de Dios en el cristiano


La venida del Espíritu Santo significa su presencia en aquellos a quienes se comunica. "Dios
les ha concedido el mismo don que a nosotros", dirá Pedro hablando de los gentiles (He 11,17).

Es lo que los discípulos han experimentado en el Cenáculo. En Pentecostés desciende el


Espíritu Santo y se posa sobre los Apóstoles y discípulos en forma de lenguas de fuego. Pero en esta
venida del Espíritu Santo sobre los presentes en el Cenáculo, el Espíritu se dona, provocando en ellos
la transformación de su ser y de su vida (He 2,1-12). Se realiza la profecía de Ezequiel: "Infundiré mi
Espíritu en vosotros y viviréis" (37,14) y la súplica de Jesús: "Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu
Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que Tú le has dado sobre toda carne, dé
también El vida eterna a todos los que Tú le has dado" (Jn 17,1-2). El Espíritu Santo da esta vida,
tomándola de Cristo: "El Espíritu es el que da vida" (Jn 6,63;2Cor 3,6), pero para ello "tomará de lo
mío" (Jn 16,14).

La vida eterna que "da el Espíritu" es la vida divina, la inhabitación de Dios en el cristiano.
Esta inhabitación de Dios en el cristiano y en la comunidad eclesial es el fruto de la salvación en

256 Ex 24,16-17;1Re 8,10;Sal 85,10.

257 JUAN PABLO II, Catequesis del 20-3-1991.

99
Cristo, hecha realidad por el Espíritu Santo, "infundido o derramado en nuestros corazones". Es el
cumplimiento de la promesa de Cristo en la cena pascual:

Y yo rogaré al Padre y El os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad a
quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque mora en vosotros
(Jn 14,16-17).

Con la presencia visible en Cristo, Dios prepara por medio de El una nueva presencia,
invisible, que se realiza con la venida del Espíritu Santo. La presencia de Cristo en medio de los
hombres abre el camino a la presencia del Espíritu Santo, que es una presencia interior, una presencia
en los corazones humanos. Así, la presencia del Padre y del Hijo se realiza mediante el Amor, es
decir, en el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo. En el Espíritu Santo, Dios, en su unidad
trinitaria, se comunica al espíritu del hombre.258La corriente de amor que circula entre el Padre y el
Hijo, "ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5).

Juan presenta la salvación, después de la marcha del Salvador, como una habitación durable
del Espíritu en los fieles. Y con el Espíritu el Padre y el Hijo:

Si uno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él para fijar morada en él (Jn 14,23).

Este amor, que prepara la morada del Padre y del Hijo en el cristiano, es fruto de la presencia
del Espíritu en el corazón del cristiano. El Espíritu testifica al creyente que Dios es amor y le hace
confesar la fe en Jesús:

Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto
conocemos que permanecemos en El y El en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu...Quien confiese que Jesús
es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios...Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en
Dios y Dios en él (1Jn 4,12-16).

La habitación de Dios en su pueblo, expresada en términos cultuales en el Antiguo


Testamento259, esperada, en virtud de la promesa, para la época final260, aparece ya realizada en el
presente de la comunidad eclesial por el Espíritu Santo. La Iglesia es el templo de Dios en el que
habita su Espíritu (1Cor 3,16). Aunque su consumación plena se realizará al fin de los tiempos, en la
Jerusalén celestial, cuando se consumen las bodas de la Iglesia y el Cordero:
Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia para su
esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: "Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su
morada entre ellos y ellos serán su pueblo y El, Dios-con-ellos, será su Dios" (Ap 21,2-3).

Pero ya aquí, en esta tierra, el cristiano y la comunidad eclesial viven una relación definitiva
de alianza y de comunión con Dios, como templo en el que Dios habita y donde se le da culto:

Porque por medio de Cristo, tenemos acceso, en un solo Espíritu, al Padre. Así, pues, ya no sois extraños ni
forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y
profetas, siendo la piedra angular Cristo Jesús, en el cual toda construcción, bien trabada, se eleva hasta formar un
templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios
en el Espíritu (Ef 2,18-22).

Para los discípulos, Pentecostés es el día de la Resurrección, es decir, el día del inicio de la
nueva vida en el Espíritu Santo. Por el Espíritu Santo los cristianos se transforman en "hombres
pascuales", renacidos. El Espíritu Santo obra su transformación interior, infundiéndoles la nueva vida,
que Cristo recuperó en su resurrección y ahora infunde en sus seguidores.

258 Cfr. SANTO TOMAS, Summa Theol. I,q.38,a.1.

259 Ex 25,8;29,45;Lv 26,11.

260 Ez 37,26;Zac 2,14.

100
Los Padres de la Iglesia, fieles a la Escritura, subrayan que no se trata simplemente de la
presencia de Dios, sino de la habitación o, como suelen decir, inhabitación.261 Eusebio, en su Historia
Eclesiástica, narra el siguiente hecho que se sitúa hacia el año 195: Leónidas, que moriría mártir, se
detenía por la noche junto a su hijo, Orígenes, mientras dormía; destapaba su pequeño pecho y le
besaba, pensando que era un templo donde moraba el Espíritu Santo, porque el niño estaba ya
habitado por el amor de Jesús y de las Escrituras que hablan de El, como lo probaría luego a lo largo
de su vida.262 Orígenes mismo nos dirá en una de sus homilías que el alma que no posee a Dios, no
posee a Cristo, no tiene el Espíritu; está desierta; se encuentra habitada sólo cuando está llena de las
Tres Personas:

Dios no habita la tierra, sino el corazón del hombre. ¿Buscas la morada de Dios? El habita en los corazones
puros...En cada una de nuestras almas ha sido excavado un pozo de agua viva: allí se encuentra cierto sentido ce-
lestial, allí mora la imagen de Dios.263

En realidad el hombre fue creado, según el designio de Dios, para ser morada de su Espíritu,
única imagen de su presencia en la tierra. El hombre no debía hacerse imagen alguna de Dios, pues la
llevaba ya en sí mismo, por el Espíritu que Dios sopló e infundió en él. Con gran lirismo el llamado
Pseudo-Macario ha cantado en sus cincuenta Homilías la grandeza del alma humana convertida en
habitación del Espíritu Santo:

Obra verdaderamente grande, divina, estupenda es el alma. Mientras la creaba, Dios no incorporaba nada malo a su
naturaleza, sino que la plasmaba según la misma imagen del Espíritu...Dios creó al hombre, alma y cuerpo, para
que fuera su habitación; en él deposita y amasa todas las riquezas del Espíritu. Ninguna inteligencia humana puede
medir la grandeza del alma, cuyos secretos son revelados por el Espíritu Santo. Aunque por sí misma esté infinita-
mente lejos de Dios, El se ha complacido, por la infinita ternura de su amor, en habitar en su criatura, admitiéndola
a la participación de la sabiduría y amistad, llamándola a permanecer en El, a ser su esposa pura...Hecha perfecta,
pura de toda mancha e impregnada por el Espíritu, el alma se convierte toda ella en luz, ojo, espíritu, gozo, amor,
bondad, benignidad; inmersa en el Espíritu, como una piedra en el océano, se hace conforme a Cristo...264

c) El Espíritu de Dios deifica al cristiano

La unión con Cristo y, por El, con el Padre, en que consiste nuestra divinización, es obra de la
inhabitación del Espíritu Santo en nosotros. El término del camino es Dios y a Dios sólo se llega
llevado por Dios mismo. Esta es la acción del Espíritu Santo, como nos dicen San Basilio, San Grego-
rio Nacianzeno y San Atanasio, los Padres que más han hablado de la divinización del cristiano por la
unión de las Personas divinas con él:

El Espíritu Santo, como el sol, si encuentra tu ojo puro, te revelará en sí mismo la imagen del invisible (Cristo). En
la bienaventurada contemplación de esta imagen verás la inefable belleza del arquetipo (el Padre). Por El se
levantan los corazones, los débiles son guiados, los proficientes son llevados a la perfección. El, brillando ante los
que son puros de todo pecado, los hace espirituales por la comunión que establece con ellos.265

El Espíritu Santo, dedo de Dios, fuego, lo conoce y lo enseña todo, sopla donde quiere y cuando quiere: guía,
habla, envía, separa;es revelador y comunicador de vida, porque él mismo es vida y luz; construye el templo de

261 Cfr. SAN EPIFANIO, Adv.Haer. III,74,n.13;SAN BASILIO, Epist. 2,4; SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, In Ioan,l.V,c.2; SAN AGUSTIN, Epist.187 ad
Dardanum,c.13,n.38...

262 EUSEBIO, Historia Eclesiástica, VI,2,11.

263 ORIGENES, Hom. 13 in Gén.

264 Cfr. PSEUDO-MACARIO, Homilías 46,49,18...

265 SAN BASILIO, De Spiritu Sancto, 9,23.

101
Dios, deifica, perfecciona, de modo que antes del bautismo es invocado y luego es requerido, porque todo lo lleva
a cumplimiento, distribuye los dones, crea a los apóstoles, profetas, evangelistas, doctores y forma el cuerpo
íntegro y verdaderamente digno de nuestra cabeza, Cristo.266

Así como nos convertimos en hijos y dioses a causa del Verbo que está en nosotros, así también estaremos en el
Hijo y en el Padre, y seremos considerados como uno en ellos, gracias a la presencia en nosotros del Espíritu que
está en el Verbo, el cual a su vez está realísimamente en el Padre.267

Evagrio Póntico, lapidariamente, dice:

Cuando el espíritu se hace digno de la contemplación de la Santa Trinidad, por gracia es llamado Dios, en cuanto
que ha llegado a la imagen de su Creador.268

Esta "participación de la naturaleza divina" (2Pe 1,4), comenzada en esta vida, llegará a su
plenitud en la visión celestial, como afirma Pío XII en la encíclica Mystici Corporis:

En aquella visión celestial se concederá a los ojos de la mente humana, fortalecidos con luz sobrenatural,
contemplar de modo totalmente inefable al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, asistir por toda la eternidad a las
procesiones de las divinas personas, embriagándose con un goce muy semejante a aquel con que es feliz la
santísima e indivisa Trinidad.

San Pablo lo testimoniará de sí mismo: "No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí"
(Gál 2,20). Es la experiencia de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Avila, Isabel de la Trinidad... 269
"Estas almas no desean ya gozos ni gustos como en otro tiempo, pues tienen en ellas al Señor mismo;
su Majestad vive ahora en ellas" (Teresa de Avila).

La inhabitación del Espíritu Santo en el cristiano no es mera presencia, sino presencia


activa: consagra, santifica, dignifica con su presencia cuerpo y espíritu, hasta hacer del cristiano
templo de Dios. Es el Espíritu quien le hace vivir y actuar. El Espíritu actúa en el espíritu y en la
conciencia270 del hombre:

En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de
esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar:
¡Abba, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (Rom
8,14-16;Cfr.9,1).

Como hijos de Dios, "El nos ungió y nos marcó con su sello y nos dio en arras su Espíritu en
nuestros corazones" (2Cor 1,21-22). Estas "arras", "primicias del Espíritu", son las que nos hacen
gemir, anhelando la herencia total:

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos;
herederos de Dios y coherederos de Cristo...Y nosotros, que posemos las primicias del Espíritu, gemimos en
nuestro interior, anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rom 8,16-23).

Y mientras esperamos anhelantes que se manifieste plenamente lo que ya somos: hijos de


Dios, el Espíritu nos ayuda a invocar a Dios como "Abba,Padre". Esta vida filial, que el Espíritu
anima en nosotros, nos encamina hacia el Padre, a verle como El nos ve (1Jn 3,1-2). Se trata, pues, de
nuestra divinización. Dios es Dios no sólo en sí mismo, sino también en nosotros. El Espíritu, que es

266 SAN GREGORIO NACIANZENO, Orac. 5,29-30;32,10-11.

267 SAN ATANASIO, Contra arrianos, III,15.

268 EVAGRIO PONTICO, Centuriae 5,81.

269 Cfr. ARSENE-ENRY, Les plus beaux testes sur le Saint-Esprit, París 1968.

270 San Agustín dice: "Pregunta a tus entrañas. Si están llenas de caridad, tienes el Espíritu de Dios" (In
Epist.Ioan,VIII, 12).

102
el término de la comunicación de la vida intradivina, es el principio de esta comunicación de Dios
fuera de sí, más allá de sí mismo, en nosotros. Es la vida en el Espíritu.

Esta vida en el Espíritu se manifiesta en la vida del cristiano en docilidad a la voz interior del
Espíritu, que "susurra: ven al Padre" (Ignacio de Antioquía), pero por donde El quiere, siguiendo
caminos que sólo El conoce, incomprensibles para el mundo, a veces absurdos (1Cor 1-2;Jn 15,27). El
mismo cristiano, al verse incomprendido y perseguido no sabría explicar su vida si el Espíritu no se lo
sugiriera:

Por mi causa seréis llevados ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Pero, cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Porque no seréis vosotros los que
hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros (Mt 10,18-20). 271

4. VIDA SEGUN EL ESPIRITU

a) El Espíritu, germen de nueva vida

Ser cristiano es "ser en Cristo". El Espíritu de Cristo en nosotros nos hace "ser en Cristo", es
decir, que "Cristo, esperanza de la gloria, esté en nosotros" (Col 1,27). El Espíritu, que hizo fecunda a
María, es el que hace fecunda a la Iglesia y al cristiano. Los Padres de la Iglesia han identificado con
el Espíritu Santo el "germen", "semilla" o "esperma de Dios",272por el que nosotros nacemos de Dios,
como hijos suyos, citando siempre 1Jn 3,9:

271 Es lo que experimenta San Pedro(He 4,8.31).

272 SAN IRENEO, Adv.Haer.,IV,31,2; SAN AMBROSIO une la palabra y el Espíritu: "Cui nupsit Ecclesia, quae Verbi
semine et Spiritu Santo plena, Cristi corpus effudit, populum scilicet christianum"(In Lucam III,38). Y SANTO TOMAS, al
explicar nuestra filiación divina, dice: "Semen auten spirituale a Patre procedens est Spiritus Sanctus"(In Rom,c.8,lect 3.

103
Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él;y no puede pecar porque ha
nacido de Dios.

Este germen, que permanece en quien ha renacido del agua y del Espíritu, es "la unción que
hemos recibido de Cristo y que permanece en nosotros" (1Jn 2,27). Dios Padre, por su Espíritu, que
permanece como huésped en nosotros, hace que Cristo habite en nuestros corazones, en lo más íntimo
de nosotros, allí donde nace la orientación de nuestra vida:

Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os
conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción del Espíritu Santo en el hombre
interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor...lleguéis
hasta la Plenitud de Dios (Ef 3,14-17.19).

Por la fe y el bautismo (1Cor 1,13ss), el creyente comienza una vida en y por el Espíritu, bajo
el régimen del Espíritu" (Rom 7,6;8,2). Es un entrar y caminar en el camino santo: "Dios os ha
escogido para la salvación del Espíritu y por la fe en la verdad" (2Tes 2,13;1Tes 4,7-8). Todo el
capítulo 8 de la carta a los romanos describe esta vida según el Espíritu. Es una vida de hijos de Dios:

Porque todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos suyos. Y vosotros no recibisteis un
espíritu que os haga esclavos y os lleve de nuevo al temor, sino que recibisteis un Espíritu que os hace hijos
adoptivos en virtud del cual clamamos: ¡Abba! ¡Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo... (Rom 8,14-17;Gál
4,5-7).

Y san Juan exclamará, lleno de asombro: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". Ciertamente "ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha
manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le
veremos tal cual es" (1Jn 3,1-2). Nuestra herencia es escatológica. Pero ya se nos ha dado el Espíritu
"como arras de nuestra herencia" (Ef 1,14). "Y el que nos ha destinado a eso es Dios, que nos dio la
fianza del Espíritu" (2Cor 5,5).

b) Vivir en el Espíritu lleva a vivir según el Espíritu

Se trata de una prenda real, arras fecundas, que fructificarán en vida eterna. Pero supone no
malgastarlas. Pues "habiendo empezado por el Espíritu, podría terminarse en la vida de la carne" (Gál
3,3). Por ello es preciso que "si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu" (Gál
5,25).

La vida en Cristo bajo la acción del Espíritu es una vida filial. "El Espíritu nos lleva al Hijo, y
el Hijo nos lleva al Padre" como repiten los Padres. Jesús descendió del cielo como Hijo Unigénito
del Padre y volvió a El como "primogénito de una multitud de hermanos" (Rom 8,28):

Cristo es, a la vez, el Hijo único y el Hijo primogénito. Es el Hijo único como Dios; es el Hijo primogénito por la
unión salvadora que ha constituido entre nosotros y El, haciéndose hombre. Por ello, nosotros, en El y por El,
somos hechos hijos de Dios, por naturaleza y por gracia. Lo somos por naturaleza en El y sólo en El; lo somos por
participación y por gracia, por El, en el Espíritu.273

El Espíritu nos lleva a la comunión con el Hijo (1Cor 1,9) para que el Hijo único sea
realmente Hijo primogénito. Sobre Jesús descendió el Espíritu, al mismo tiempo que escuchaba la
palabra del Padre: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco" (Mc 1,11). Desde entonces la vida de
Jesús se nos muestra como vida filial, de obediencia y confianza en el Padre:

273 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, De recta fide ad Theodosium, PG 76,1177.

104
El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace El, eso también lo hace
igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace (Jn 5,19-20).

"Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra" (Jn 4-34;6,38; 10,18)."No es
mi voluntad lo que busco, sino la voluntad del que me ha enviado" (5,30)."Mi doctrina no es mía, sino del que me
envió" (7,16). "Nada hago por mi cuenta, sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo...porque yo
hago siempre lo que le agrada a El" (8,28-29). "Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me
ha enviado, él me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso lo
que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí" (12,49-50). "Pues el mundo tiene que saber que yo amo
al Padre, y que según el Padre me ordenó así actúo" (14,31)...

Pero este Hijo, que, cuando lleve a término la obra encomendada por el Padre, "se someterá al
Padre, para que Dios sea todo en todos" (1Cor 15,28, no es únicamente nuestra cabeza, Cristo, sino
también su cuerpo, del que somos los miembros. Hijos de Dios, somos el cuerpo del Hijo único. 274
Dios nos infunde su Espíritu, que nos lleva a vivir en fidelidad a Dios: "Os infundiré mi Espíritu y
haré que os conduzcáis según mis preceptos y practiquéis mis normas" (Ez 36,27).

La vida según el Espíritu, infundido en el corazón, es un don de Dios, que nos comunica su
mismo amor y nos hace vivir de su amor. Pentecostés es el inicio de una vida y de un estilo de vida
nuevos. La vida y la moral cristiana son fruto del Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, en
nosotros, que nos lleva a amar con el mismo amor con que nos ama el Padre, amor manifestado en
su Hijo Jesucristo, que dio la vida por nosotros, cuando éramos pecadores (Rom 5,8),
capacitándonos para amar como Cristo nos ha amado: "Amaos como yo os he amado" (Jn 15,12).

El Espíritu Santo, presente en el corazón del cristiano, es la fuente íntima de la vida nueva
con la que Cristo vivifica a los que creen en El: una vida según el Espíritu. Esta es la nueva
economía, instaurada por Cristo, en la que la ley cede el puesto al Espíritu. El Espíritu es la nueva
ley. Repitamos con san Pablo: "No estáis bajo la ley, sino en la gracia" (Rom 6,4), entendiendo por
gracia la presencia del Espíritu en nosotros: "pues si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis
bajo la ley" (Gál 5,18):

La ley nueva se identifica ya con la persona del Espíritu Santo, ya con la actividad del Espíritu Santo en noso-
tros.275

La vida filial nuestra, conducida por el Espíritu, es la vida "conforme al Hijo", en obediencia
al Padre, con la confianza de hijos, "transfigurados en la imagen del Hijo por el Señor, que es
Espíritu" (2Cor 3,18):
Cuando el Espíritu unido al alma se une con el hombre, a causa de la efusión del Espíritu, el hombre se hace espi-
ritual y perfecto; y éste es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios.276

Por eso, el núcleo de nuestra vida filial consiste en unirnos a Jesús en su oración confiada,
entrañable, transida de familiaridad con el Padre. Para ello "el Espíritu viene en ayuda de nuestra
debilidad. Pues nosotros no sabemos orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por
nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del
Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rom 8,26-27).

Esta presencia del Espíritu de Cristo en nosotros nos permite orar como hijos: "¡Abba,
Padre!"277, lo mismo que el Hijo Unigénito, que bajo la acción del Espíritu, exclamaba: "Yo te

274 SAN AGUSTIN, De div. quest., LXXXIII, t.69,10;Epist. Ioan ad Parthos, t.X,V,9; In Joan.Ev.,t.XX,5;XLI,8; En.in
Ps., 122,5...
275 SANTO TOMAS, In Rom c.8,lett. L.;Summa Theol I-II,q.106,a.1.;SAN AGUSTIN, De spiritu et littera,c.24.
276 SAN IRENEO, Adv. Haer. V,6.

105
bendigo, Padre" (Lc 10,21),"Padre, glorifica a tu hijo" (Jn 17,1),"Abba, Padre" (Mc 14,36;Lc
22,42),"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46).

c) Espíritu de la gracia (Heb 10,29)

Sólo por la invitación del Hijo y gracias al Espíritu, que la articula en nuestro espíritu, nos
atrevemos a decir: "Padre nuestro" (Lc 11,2;Mt 6,9). Pero, como dirán los Padres antes de la entrega
del Padrenuestro a los neófitos, invocar a Dios con el nombre de Padre supone tener el Espíritu y los
sentimientos del Hijo del Padre, que se resume, como hemos visto en "hacer la voluntad del Padre".
Es lo que no habían entendido algunos corintios. La comunidad de Corinto "enriquecida en
todo, sin carecer de ningún don" (1Cor 1,5-7), se siente acosada por muchos peligros, inmersa como
está entre tantas corrientes de ideas. Cada uno goza de los dones del Espíritu, sin vivir según el Espíri-
tu, que crea la comunión. Se deleitan en hablar lenguas y hacer profecías, sin preocuparse del servicio
ni de la unidad de la comunidad, de ahí los clanes y divisiones (c.6), el individualismo en las asam-
bleas, incluso en las eucaristías (11, 17ss). Se sentían encantados por las manifestaciones externas del
Espíritu, viviendo un laxismo moral con toda clase de problemas (C.5,6,12;10,23).

San Pablo, primero, se burla de ellos: "¡Ya os sentís saciados!¡Ya os habéis hecho ricos!¡Ya
habéis logrado el reino sin nosotros! Nosotros, insensatos por Cristo; vosotros, sensatos; nosotros,
débiles; vosotros, fuertes; vosotros, estimados; nosotros, despreciados (4,8-10). Luego, Pablo, les
grita: "¡Despertad!" (15,34), diciéndoles: "Ya que aspiráis con ardor a los dones del Espíritu, procurad
tenerlos en abundancia para edificación de la asamblea" (14,12).

No existe la Iglesia del Espíritu, ni individualismo de la inspiración, ni un gozo individual de


los dones del Espíritu. Pablo relaciona todo, en primer lugar, con Cristo, al que se dirige toda la
acción del Espíritu: "Nadie que habla con el Espíritu de Dios dice:¡Maldito sea Jesús!; y nadie puede
decir: ¡Jesús es el Señor!, sino en el Espíritu Santo" (12,3).

Cristo es el único fundamento de la fe (3,11), El es todo en nosotros (1,30-31); es juez (4,4-5);


existimos en El (3,23), vivimos en El, de El (1,9;4,15-17;6,11). Es el Cristo crucificado; la única
sabiduría es la de la cruz (1,23ss;2,2). El hombre espiritual es el que tiene la mente en Cristo (2,16).

A los corintios, en realidad, no les interesa el Espíritu Santo, sino los dones del Espíritu. El
Espíritu une a Cristo y a su cuerpo eclesial y da sus dones para la edificación de la Iglesia (12,17). Por
ello, "si no tengo amor...no soy nada" (c.13).

Esta manera de entender los dones o carismas variados del Espíritu en vistas a la construcción
de la Iglesia la mantiene Pedro (1Pe 4,10), los Padres y la liturgia de la Iglesia...Y el Vaticano II lo ha
refrendado ampliamente (LG,n.12;AA,n.3). Los carismas son dones puestos por el Espíritu Santo al
servicio de la construcción de la comunidad y del Cuerpo de Cristo.

Los renacidos del Espíritu, "son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección...,que viven
para Dios" (Lc 20,36.38), de igual manera que en Cristo Resucitado, "su vida es un vivir para Dios.
Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rom
6,10-11). "Pues Dios no nos llamó a una vida impura, sino a la santidad. Así, pues, el que desprecia
esto, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo" (1Tes 4,7-8). Por
ello, Pablo gritará con fuerza a los corintios:

277 Rom 8,15;Gál 4,6;Ef 6, 18;Judas 20.

106
¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y
que no os pertenecéis? ¡Habéis sido comprados a buen precio!¡Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo
(1Cor 6,19-20).

d) El Espíritu guía la vida del cristiano

El Espíritu actúa en toda la vida del cristiano. Actúa dando poder y eficacia a la palabra
predicada (1Tes 1,5;1Pe 1, 12); actúa en la escucha de esa palabra, abriendo el corazón para acogerla
(He 16,14); da testimonio de Jesús (Jn 15,26) y hace testigos de El (He 1,8;Ap 19, 10). El Espíritu,
como Espíritu de la verdad, interioriza, actualiza y fortalece la fe de los discípulos (Jn 14,17;15,26;
16,13). El Espíritu, que actúa plenamente en Cristo, desvela la Escritura:

Porque hasta el día de hoy en la lectura del Antiguo Testamento perdura el mismo velo. El velo no se ha
descorrido, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto
sobre sus corazones. Y cuando se convierten al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el Espíritu, y donde
está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2Cor 3,14-17).

El Espíritu Santo, el "único que escudriña las profundidades de Dios", nos revela el misterio
íntimo de Dios:

Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades
de Dios...Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del
mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos las gracias que Dios nos ha concedido. Este es
también nuestro lenguaje, que no consiste en palabras aprendidas de humana sabiduría, sino en palabras aprendidas
del Espíritu, expresando las realidades del Espíritu con lenguaje espiritual. El hombre naturalmente no capta las
cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él (1Cor 2,10-14).

San Agustín, cuando predica, es consciente de que sólo el Espíritu Santo puede hacer penetrar
su palabra y sellarla en el corazón de los oyentes:

El sonido de nuestras palabras hiere el oído, pero el Maestro está dentro. ¿Acaso no oísteis todos este sermón? Y,
sin embargo, ¡cuántos saldrán de aquí sin instruirse! Por lo que a mí toca, a todos hablé; pero a aquellos a quienes
no habla aquella unción, a quienes el Espíritu Santo no enseña interiormente, se van sin haber recibido nada. El
magisterio externo consiste en ciertas ayudas y avisos. Pero quien instruye los corazones tiene la cátedra en el
cielo. En vano voceamos nosotros si no os habla interiormente aquel que os creó, os rescató, os llamó y habita en
vosotros por la fe y el Espíritu Santo.278

Pero la vida según el Espíritu es expresión de su presencia en todos los actos del cristiano:

Hagamos todas las cosas con la fe de que El mora en nosotros, a fin de ser nosotros templos suyos, y El en
nosotros Dios nuestro (Ef 15,3).279

Con la venida del Espíritu Santo, la nueva Alianza, anunciada por los profetas, supone un
cambio radical en la relación del hombre con Dios. La ley de Dios, en vez de ser una norma externa,
escrita en tablas de piedra, se convierte, gracias al Espíritu, en ley interna "grabada en lo profundo del
ser humano", en su mismo corazón:

Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo de Yahveh-: pondré mi
ley en su interior, la escribiré en sus corazones (Jr 31,33).

Esta ley se resume en el amor (Mt 22,40), escrito, derramado (Rom 5,5) en el corazón de los
fieles:

278 SAN AGUSTIN, Exposición de la 1ª ep. de s. Juan III,13 y IV,1.


279 SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, PG 5,657.

107
Evidentemente sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu
de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones (2Cor 3,3).

La ley del Espíritu es el mismo Espíritu Santo, que desde el interior del cristiano le enseña y
guía en toda su vida. Esta es la ley del Evangelio, ley de libertad:

La ley del Espíritu, que da la vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era
imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne
semejante a la del pecado, condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros
que seguimos una conducta no según la carne, sino según el Espíritu...Pues, si vivís según la carne, moriréis.
Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom 8,2-4.12-13).

La vida en el Espíritu es una vida sacramental que lleva al cristiano a vivir según el Espíritu
en todos sus actos:

Por la gracia del Espíritu Santo, los nuevos ciudadanos de la sociedad humana quedan constituidos en hijos de
Dios para perpetuar el pueblo de Dios en el correr de los tiempos: Los bautizados son consagrados como casa
espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que, por medio de todas
las obras del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a
la luz admirable (1Pe 2,4-10) (LG, n.10).

5. MAESTRO DE ORACION

a) El Espíritu nos incorpora a la oración de Cristo

El Nuevo Testamento concluye con la oración del Espíritu y la Esposa suspirando por la
venida de Cristo, con la que concluirá su obra de salvación: "Amén, ven, Señor Jesús, Maranathá"
(Ap 22,20).

Esta es la Oración de la Iglesia y del cristiano en su peregrinación por la tierra. El Espíritu


Santo se une al cristiano que implora entrar plenamente, cara a cara, en la relación del Hijo con el
Padre. La inserción en Cristo, por obra del Espíritu Santo, nos hace partícipes de aquella relación de
amor que es la vida, más aún, que es el mismo ser del Hijo de Dios. La novedad de la oración

108
cristiana, suscitada por el Espíritu Santo, está en el hecho de que la misma oración de Cristo se nos
comunica a nosotros. Cristo, al comunicarnos su Espíritu, se nos da El mismo, nos incorpora a El,
como su cuerpo, ora con nosotros o nosotros con El, introduciéndonos de esta manera en el misterio
de su relación personal, filial, con el Padre. El Espíritu nos une a Cristo y por Cristo llegamos al
Padre.

Dios mismo se comunica a nosotros, actúa en nosotros para suscitar en nuestro interior los
actos de la vida filial, los de "Cristo en nosotros" (Filp 2,5). Especialmente el grito, la invocación del
Nombre de Dios en la forma en que lo hizo Cristo: "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu
de su Hijo que grita: ¡Abba!¡Padre!". Así

El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos orar como conviene, pero el
Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la
aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios (Rom 8,26).

La presencia del Espíritu de Cristo en el cristiano le garantiza el orar con espíritu de hijo. 280 Y
mientras el Espíritu de Cristo inspira la oración del cristiano, Cristo mismo, a la derecha del Padre,
intercede por el cristiano.281 Y entonces el Padre otorga su favor en forma incomparablemente mejor
de lo que podemos nosotros pedir o pensar (Ef 3,20).

El Espíritu Santo es el Paráclito, el Consolador que Cristo pide al Padre como don para sus
discípulos y el Padre, escuchando la oración del Hijo, le envía para que esté siempre con ellos (Jn
14,16). Es el Espíritu que ha conducido la vida de Cristo y que El desea para los suyos. Cristo mismo
lo pidió al Padre para sí: "Cuando Jesús estaba en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre El el
Espíritu Santo" (Lc 3,21-22).

Es la experiencia de la primera comunidad, reunida en el Cenáculo con María, la Madre del


Jesús, cuando "todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (He 1,14). Y "estando
todos reunidos", descendió sobre ellos el Espíritu Santo (He 2,1).282

b) El Espíritu hace eclesial la oración del cristiano


La presencia del Espíritu Santo en el cristiano, hace de éste "un templo de Dios" (1Cor 3,16).
Habitando en él el Espíritu, el cristiano queda consagrado para el culto a Dios. Y si Cristo y el
Espíritu son el apoyo y el impulso de la oración del cristiano, entonces esta oración es una oración
eclesial. El cristiano que ora no está nunca solo; por el Espíritu está siempre orando con Cristo, cabeza
y cuerpo, con el Cristo total. Por ello, la Iglesia es la gran orante ante el Padre (Ef 3,21). En la oración
todos los creyentes están unidos ante el rostro del Padre, como si fuesen una sola persona: "Somos
uno en Cristo Jesús" (Gál 3,28).

El cristiano, que ora, hace, pues, la experiencia de la comunión eclesial, ora con y por los
283
demás, participando en la oración de todos los demás y entrando así en esa circulación misteriosa
de la "communio sanctorum": participación con los santos de las cosas santas. Así puede gozar de la
experiencia a la que invita Pablo a los fieles de la comunidad de Efeso:

280 Rom 8,15;Gál 4,6;Ef 6,18.


281 Rom 8,34;Heb 7,25;1Jn 2,1.
282 Parakletos, literalmente significa "aquel que es invocado": de para-kaléin: llamar en ayuda.
283 Rom 15,16;2Cor 1,11;4,15...

109
Dejaos llenar del Espíritu Santo, recitando entre vosotros salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y
salmodiando con todo vuestro corazón al Señor, dando constantemente gracias por todo a Dios Padre, en nombre
de nuestro Señor Jesucristo (5,19).

Es lo que los Apóstoles contemplaron en su Maestro: "En aquel momento, Jesús se llenó de
gozo en el Espíritu Santo y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra" (Lc 10,21).
Es la oración de exultación y alabanza al Padre, que brota en Jesús del gozo interior "en el Espíritu
Santo". Esta misma oración la suscita el Espíritu en los discípulos en casa de Cornelio, cuando "los
presentes recibieron el don del Espíritu Santo y glorificaban a Dios" (He 10,45-47).

Y esta es la oración de la Iglesia de todos los tiempos en la conclusión de cada salmo, de la


plegaria eucarística y, según la recomendación de San Pablo, en la incesante oración de cada día:
"Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos
de los siglos. Amén". Esta "breve, densa y espléndida doxología",284 es la vida, el respirar del
cristiano en la Iglesia.

En medio de todas las tribulaciones, la Iglesia se siente sostenida por el Consolador, el


Espíritu Paráclito:

Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaría; se edificaban y progresaban en el
temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo (He 9,31).

c) El Espíritu nos introduce con Cristo


en el seno del Padre

El Espíritu ora en nosotros. Y no es que nos sustituya, sino que nos infunde el poder orar
como hijos de Dios, pues "todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, estos son hijos de
Dios...Pues recibimos un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba!¡Padre!" (Rom
8,14-15).

Esto es lo que la tradición patrística, fiel a la Escritura, ha llamado "nuestra deificación". Este
es el fruto propio del Espíritu, principio de nuestra vida escatológica (1Cor 15,44ss). El Espíritu que
habita en nuestros corazones es nuestra unión con Dios. El es presencia, don, habitación de Dios
mismo en esa profundidad, "intimior intimo meo", más interior que mi mismo interior. De esta
manera, el corazón del fiel, habitado por el Espíritu Santo, es el lugar donde Dios se encuentra
consigo mismo, donde se da la inefable relación de las personas divinas entre sí. Es lo que pidió Jesús
al Padre para sus discípulos: "Padre, quiero que, donde yo esté, estén conmigo los que Tú me has
dado...para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17,24.26).

El cristiano, vivificado por el Espíritu del Padre y del Hijo, entra en comunión con la inefable
oración de Dios en su vida trinitaria. Cristo por su Espíritu vive en nosotros y nos introduce con El,
hijos en el Hijo, en el misterio de su relación personal con el Padre. De este modo, el cristiano, en su
oración, entra en el diálogo de la Trinidad, contempla al Padre con la mirada de Cristo, lo ama con el
amor de Cristo, que es el Espíritu Santo, que está en Cristo y habita en el corazón del cristiano. El
cristiano, como familiar de Dios, hijo del Padre en Cristo Jesús (Gál 4,5), participa en el diálogo entre
el Padre y el Hijo, es acogido en el seno de la vida que se desenvuelve entre las personas divinas,
como partícipe de su naturaleza (2Pe 1,4;Ef 2,18).

En el coloquio inefable y eterno, el Padre dice una Palabra sustancial, engendrando al Hijo, y
el Hijo se da incondicionalmente al Padre en el Espíritu y reposa en el seno del Padre (Jn 1,18). En
esa comunicación inefable, que se da en el seno de la Trinidad, en ese flujo y reflujo, -pericoresis-, de
284 JUAN PABLO II, Catequesis del 17-4-1991.

110
conocimiento y de amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, en el lazo o beso del Espíritu Santo...ahí
introduce el Espíritu al cristiano en su oración.

En la medida en que el Espíritu hace al cristiano uno con Cristo, según la oración misma de
Cristo (Jn 17,20-21), la oración pasa de ser monoteísta a ser trinitaria, filial: diálogo de hijo en el Hijo
con el Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que sostiene nuestra debilidad (Rom 8,26).

d) Oración en el Espíritu

El Espíritu es quien articula en nosotros la palabra: ¡Abba, Padre", para poder poner en
práctica la invitación de Jesús: "Cuando vayáis a orar, decid: Padre nuestro" (Lc 11,2;Mt 6,9). En la
carta de Judas leemos la exhortación "a orar en el Espíritu Santo" (v.20). Y Pablo nos exhorta a vivir
"siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu" (Ef 6,18).

El Espíritu nos lleva a orar reconociendo a Dios como Dios. Hace que el deseo de Dios sea
nuestro deseo, llevándonos a desear vivir en la voluntad del Padre y no que Dios haga la nuestra. El
Espíritu educa nuestro deseo, lo dilata y ajusta al deseo de Dios. El Espíritu, que Dios ha derramado
en nuestros corazones, dilata el corazón hasta hacerle desear nada menos que a Dios mismo, y solo a
Dios. El Cántico espiritual de San Juan de la Cruz no expresa más que esto:

¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?


Acaba de entregarte ya de vero,
y no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero
que no saben decirme lo que quiero...

Apaga mis enojos,


pues ninguno basta a desacellos,
y veante mis ojos
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.285

Como maestro de oración, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, para introducirnos
con Cristo en la intimidad del Padre. Por ello, la oración de la Iglesia y del cristiano se dirige,
normalmente, al Padre, por Cristo en el Espíritu Santo. Las doxologías de la liturgia son siempre
trinitarias, según este esquema: Al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Por el Hijo en el Espíritu
tenemos acceso al Padre. La Iglesia, "templo de Dios en el Espíritu", con "Cristo como piedra
angular", entra en comunión "con el Padre en un sólo Espíritu".286

A. Hamman, después de su estudio de la oración en la Iglesia primitiva, puede concluir:

La oración cristiana es ante todo la expresión de la fe, comunión en el misterio de Cristo. Ella transciende todas las
otras formas de oración, porque es la oración de los hijos de Dios en el único Hijo. Es la contemplación del
misterio que Jesús vino a revelar a los hombres y en el que los introduce por la fe y la Iglesia ( filii in Filio). Se

285 Y, comentando la canción 37, escribe: "El alma ama a Dios con voluntad de Dios, que también es voluntad suya; y
así le amará tanto como es amada de Dios, pues le ama con voluntad del mismo Dios, en el mismo amor con que El a ella la
ama, que es el Espíritu Santo, que es dado al alma según lo dice el Apóstol:Rom 5,5.
286 Ef 2,18-22; Heb 4,16;7,25;10,1;11,6; 12,18.

111
centra y cifra en el grito que el Espíritu lanza en el alma del fiel y de la Iglesia: Abba, Padre. La comunidad de los
fieles -y cada uno de sus miembros- percibe la invocación del Espíritu que confiesa el nombre del Padre y comulga
a su vez por la oración y la confesión en el misterio percibido. Toda oración inmerge al discípulo de Cristo en
pleno misterio trinitario. Esto es lo que le da su dimensión e interioridad. Este carácter teologal constituye la
novedad de la fe de la Iglesia. Por esto la oración cristiana supone primeramente una aceptación del Señor y
termina en contemplación reconocida de la gracia recibida por obra de Cristo y en el Espíritu.287

Todo ha partido del Padre, que se nos ha comunicado enviando a su Hijo y al Espíritu Santo,
engendrándonos como hombres nuevos, partícipes de su ser, de su bondad y santidad. Y todo vuelve
al Padre en alabanza de los labios (Heb 13,15), de la vida entera, ofrecida como culto en el Espíritu
(Rom 12,1; Jn 4,24;1Pe 2,5) y vivida en el amor fraterno (Heb 13,16ss). Este culto asciende hasta el
Padre por Cristo, sacerdote único de la nueva y definitiva alianza, porque somos miembros de su
cuerpo, gracias al Espíritu Santo, el mismo en El y nosotros, pues "hemos sido bautizados en un solo
Espíritu para formar un solo cuerpo" (1Cor 12,13;Ef 4,4).

e) Invocación del Espíritu Santo

Al Padre mismo pedimos que nos envíe el Espíritu Santo. "Y si vosotros, que sois malos,
sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿con cuánta más razón el Padre que está en los cielos no dará
el Espíritu Santo a quienes se lo piden?" (Lc 11,13). Pero, algunas veces, la oración sale del alma
pidiendo directamente al Espíritu Santo su venida a nosotros: "Ven, Espíritu Creador", "Ven, Espíritu
Santo". Nos dirigimos a El, como si El fuera la inclinación de Dios hacia nosotros.

A los himnos litúrgicos, se pueden añadir otras oraciones dirigidas al Espíritu Santo, pidiendo
su venida, como las de San Simeón el Nuevo Teólogo (+1022):

Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio oculto. Ven, tesoro sin nombre. Ven, realidad inefable. Ven,
persona inconcebible. Ven, felicidad sin fin. Ven, luz sin ocaso. Ven, espera infalible de todos los que deben ser
salvados. Ven, despertar de los que están dormidos. Ven, resurrección de los muertos. Ven, oh poderoso, que haces
siempre todo y rehaces y transformas por tu solo poder. Ven, oh invisible y totalmente intangible e impalpable.
Ven, tú que siempre permaneces inmóvil y a cada instante te mueves todo entero y vienes a nosotros, tumbados en
los infiernos, oh tú, por encima de todos los cielos. Ven, oh Nombre bien amado y respetado por doquier, del cual
permanece prohibido expresar el ser o conocer la naturaleza. Ven, gozo eterno. Ven, corona imperecedera. Ven,
púrpura del gran rey nuestro Dios. Ven, cintura cristalina y centelleante de joyas. Ven, tú que has deseado y deseas
mi alma miserable. Ven tú, el Solo, al solo, ya que tú quieres que esté solo. Ven, tú que me has separado de todo y
me has hecho solitario en este mundo. Ven tú, convertido en ti mismo en mi deseo, que has hecho que te deseara,
tú, el absolutamente inaccesible. Ven, mi soplo y mi vida. Ven, consuelo de mi pobre alma. Ven, mi gozo, mi
gloria, mis delicias sin fin.288

Otra, de pocos años después, es la oración de Juan de Fécamp:

Ven, oh consolador buenísimo del alma que sufre. Ven, tú que purificas las manchas, tú que curas las heridas. Ven,
fuerza de los débiles, vencedor de los orgullosos. Ven, oh tierno padre de los huérfanos. Ven, esperanza de los
pobres. Ven, estrella de los navegantes, puerto de los que naufragan. Ven, oh gloriosa insignia de los que viven.
Ven tú el más santo de los Espíritus, ven y ten compasión de mí. Hazme conforme a ti.289

¿Y cómo no recordar la oración de Sor Isabel, dirigida a "sus Tres": "¡Oh, Dios mío, Trinidad
a quien adoro!", que, en la parte dirigida al Espíritu Santo, reza así:

287 A. HAMMAN, La oración, Barcelona 1967,p.425.


288 SAN SIMEON EL NUEVO TEOLOGO, Oración que encabeza los himnos, transcrita por Y. CONGAR, El Espíritu
Santo, Barcelona 1983,p.317.
289 Ibidem.

112
¡Oh, fuego abrasador (Dt 4,24), Espíritu de amor!, descended a mí para que se realice en mi alma una especie de
Encarnación del Verbo. Que yo sea para El una especie de humanidad complementaria en la cual pueda El
renovar su Misterio.

Y el Espíritu viene y une su voz a la plegaria de la Iglesia y, de este modo, "el Espíritu y la
Esposa dicen al Señor: '¡Ven!'" (Ap 22,17). Y el Esposo, Cristo, viene a actualizar su Pascua para
nosotros en la Eucaristía, pasándonos con El al Padre. Y la vida se hace una eucaristía, un canto de
alabanza:

La Palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad
agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados por el Espíritu, y todo cuanto
hagáis, de palabra y de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de El a Dios Padre
(Col 3,16-17).

6. EL ESPIRITU EN LA LUCHA CONTRA LA CARNE

a) Carne contra Espíritu

El Espíritu, derramado en el cristiano en su bautismo, es el germen de la vida nueva. Por ello,


el Espíritu está en lucha con la vida pasada de pecado y de muerte; en combate contra la carne.

Carne en la Escritura significa, fundamentalmente, la condición terrestre del hombre, con su


connotación de fragilidad y limitación. No alcanza la comunicación con Dios, que es la aspiración del
Espíritu que Dios ha infundido en el hombre. De aquí el drama de la vida del hombre con la carne en
tensión con el Espíritu. La carne se hace sede de la oposición a lo que quiere el Espíritu. La carne
habita en nosotros lo mismo que habita el Espíritu. Por el pecado, la carne, la situación existencial del

113
hombre, se ve poseída por una inclinación contraria a la vocación de los hijos de Dios, miembros del
cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo.

En nosotros se da, pues, una lucha entre dos formas de existencia: entre vivir en la carne o
vivir en el Espíritu. San Pablo ve la insensatez de los gálatas, que después de haber recibido por la fe
la libertad de Cristo, quieren volver a vivir en la esclavitud de la carne. Con la fuerza de apóstol de
Jesucristo, les gritará: "Caminad en el Espíritu y no dejéis que se cumplan los deseos de la carne. Pues
la carne tiene apetencias contrarias al Espíritu, y el Espíritu contrarias a la carne, como que son
antagónicos" (Gál 5,16-17).290

La carne, el hombre no redimido, con toda su sabiduría, condenó a morir en cruz a Cristo
(1Cor 1,17ss). Desde Adán, el hombre busca la autonomía de Dios y mata a sus enviados. Ni ante el
amor entrañable de Dios, que manda a la viña a su Hijo único, el hombre de pecado acepta la vida
como don de Dios, en obediencia a Dios. Más bien se dice: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y
quedémonos con su herencia" (Mt 21,37). Donde aparece el Espíritu de Dios, allí se alza la carne
contra El. "Maldito el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su apoyo, apartando su
corazón de Yahveh" (Jr 17,5).

Jesús, ungido por el Espíritu en su bautismo con miras a su misión de Mesías,


inmediatamente después, fue conducido por el Espíritu al desierto, a enfrentarse con el demonio. El
demonio le combate en su cualidad de Hijo amado, enviado por el Padre a cumplir una misión como
Siervo, según la voz que escucha al salir del agua. El cristiano, por su parte, ungido por el Espíritu
en el bautismo, se enfrenta en su vida con el mismo combate contra el Príncipe del imperio del aire,
el Espíritu que actúa en los rebeldes (Ef 2,2), contra las asechanzas del Diablo, contra los
Dominadores del mundo tenebroso, los Espíritus del mal que están en las alturas. Para este combate
es preciso armarse con el Espíritu, la fuerza poderosa del Señor (Ef 6,10ss).

Contra el Espíritu de Dios combate el "espíritu de la mentira" (1Re 22,21-23), el "espíritu


inmundo", que subyuga a los hombres, sometiéndolos a la idolatría. 291 Contra el "espíritu inmundo"
luchará Jesús, arrojándole con el Espíritu Santo.292 Ya el libro de la Sabiduría afirmaba la
incompatibilidad entre el espíritu santo y el espíritu de iniquidad:

Pues el espíritu santo que nos educa, huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y se ve rechazado al
sobrevenir la iniquidad (1,5).

b) Bajo la ley o bajo el Espíritu

"Pero los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias"
(Gál 5,24)."Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en
vosotros" (Rom 8,9). Y el Espíritu no está pasivo en nosotros. Actúa en nuestro interior. Por El nos
dirigimos a Dios como un hijo al Padre. Este Espíritu de la promesa 293 caracteriza la nueva alianza en
oposición a la antigua.294 No es sólo una manifestación exterior de poder (He 1,8), es sobre todo un
principio interior de vida nueva que Dios nos da, sustituyendo al principio malo de la carne. 295 Al

290 Cfr. Gál 5,13-6,18.


291 Za 13,1-2;Jr 23,9s;Ez 13,2ss.
292 Lc 9,42;11,24;Mt 12,28;Jn 16,8,11.
293 Ef 1,13;Gál 3,14;He 2,33.
294 Rom 2,29;7,6;2Cor 3,6;Gál 3,3;4,29;Ez 36,27.
295 2Cor 1,22;Ef 1,13;4,30.

114
cristiano "le mueve el Espíritu a aguardar por la fe la justicia esperada, porque en Cristo Jesús ni la
circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad" (Gál
5,5).

Vivir en la carne es vivir bajo la ley, impotente para agradar a Dios y para comunicar la
vida. El hombre sin el Espíritu de Dios, abandonado a sus fuerzas, no puede agradar a Dios. Por
ello, quien vive según la carne, morirá (Rom 8,1-13). Y vive según la carne quien intenta lograr la
salvación por sí mismo, con el cumplimiento de la ley, sin acogerla como don gratuito del amor de
Dios, manifestado en la muerte y resurrección de Cristo, que el Espíritu actualiza e interioriza en el
cristiano:

¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? Quiero
saber de vosotros una sola cosa: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación? ¿Tan
insensatos sois? Comenzando por espíritu, ¿termináis ahora en la carne? ¿Habéis pasado en vano por tales
experiencias? ¡Pues bien vano sería! El que os otorga, pues, el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace
porque observáis la ley o porque tenéis fe en la predicación? (Gál 3,1-5).

El hombre viejo, sometido a la ley de su autoperfección, acaba en el pecado y en la muerte. El


renacido en Cristo, conducido por el Espíritu, goza de la libertad y la vida. El hombre viejo, esclavo
de la ley, en su orgullo rechaza la gracia de Dios. Buscando justificarse por sí mismo, crucifica a Cris-
to y hace vana su cruz (1Cor 1,17). Se opone a la gratuidad y libertad de los hijos de Dios, que viven
de su Espíritu:

Pues, así como entonces el nacido según la carne perseguía al nacido según el Espíritu, así también ahora. Pero,
¿qué dice la Escritura? Despide a la esclava y a su hijo, pues no ha de heredar el hijo de la esclava con el hijo de la
libre. Así que, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre (Gál 4,29-31).296

En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de
esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:
¡Abba, Padre! (Rom 8,14-15).

c) Palabra y Sacramentos

"Termina en carne lo comenzado en Espíritu" (Gál 3,3), quien separa la Palabra de los
Sacramentos. El Espíritu de Dios crea el lazo indisoluble entre la Palabra, dando testimonio de Cristo
junto con los Apóstoles, y los Sacramentos, en los que actualiza para nosotros la Palabra anunciada.
Así el anuncio de Jesucristo, muerto y resucitado, se hace presente, se realiza para nosotros en los
sacramentos. Sin los sacramentos, Cristo, al final, se reduce a un modelo externo a nosotros, que
tenemos que reproducir en la vida con nuestro esfuerzo.297 También vale lo contrario: los
sacramentos sin evangelización previa se convierten en puro ritualismo, en puro cumplimiento de
prescripciones externas, obras de la carne, que no agradan a Dios ni dan vida al hombre.

Esta lucha no termina cuando viene el Espíritu; al contrario, entonces es cuando comienza
verdaderamente. El cristiano tiene ya el Espíritu, es ya hijo, pero se encuentra todavía en la carne;
experimenta en sí una resistencia al Espíritu. Por eso, lucha y gime aguardando la manifestación
plena de su filiación, la redención de su cuerpo. Es lo que se ha cumplido en Cristo, que fue
crucificado y murió según la carne, pero fue resucitado y glorificado según el Espíritu.298 En el
bautismo de Cristo, anticipo de su pascua y del bautismo del cristiano, "Jesús desciende al agua para

296 Un ejemplo es el hermano mayor, que obedece en todo, pero no tiene el corazón del padre, para acoger
gratuitamente al hermano pródigo. Este participa de la fiesta y el fariseo se queda fuera(Lc 15,11ss).
297 Este es el moralismo de tantas sectas, que anuncian el kerigma y luego todo se reduce a un sin fin de normas y
prohibiciones, sin la gracia sacramental para vivir la alegría de la salvación.

115
enterrar completamente al hombre viejo en el fondo del agua".299 La inauguración de la vida filial en
el bautismo ha de prolongarse a lo largo de toda una existencia filial. "Cuanto más entendamos la
palabra de Dios, más seremos hijos suyos, siempre y cuando esas palabras caigan en alguien que ha
recibido el Espíritu de adopción".300 En efecto, sigue diciendo Orígenes, uno se convierte en hijo de
aquel cuyas obras practica:

Todos los que cometen el pecado han nacido del diablo (1Jn 3,8); por consiguiente, nosotros hemos nacido, por así
decirlo, tantas veces del diablo cuantas hemos pecado. Desgraciado aquel que nace siempre del diablo, pero
dichoso el que nace siempre de Dios. Porque yo digo: el justo no nace una sola vez de Dios. Nace sin cesar, nace
según cada buena acción, por la que Dios lo engendra... De igual manera, también tú, si posees el Espíritu de
adopción, Dios te engendra sin cesar en el Hijo. Te engendra de obra en obra, de pensamiento en pensamiento.
Esta es la natividad que tú recibes y por la que te conviertes en hijo de Dios engendrado sin cesar en Cristo
Jesús.301

d) El Espíritu, Abogado del Padre, convence al mundo


de pecado y comunica el perdón

El Espíritu, el Paráclito que Jesús promete enviar, tiene como misión "convencer al mundo de
pecado". Como abogado del Padre, al revisar el proceso injusto, hecho por los hombres a al Hijo
querido, condenándolo como malhechor y blasfemo y entregándolo a la ignominiosa muerte de cruz,
el Espíritu convence a los hombres de su injusticia, declarándoles culpables, declarando a Jesús
inocente, acogido por el Padre. De este modo el Paráclito manifestará el sentido de la muerte de Jesús,
derrota y condenación del Príncipe de este mundo:

Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré, convencerá al mundo de pecado, por no haber creído en mí y de
justicia porque me voy al Padre y hará el juicio del Príncipe de este mundo, que ya está condenado (Cfr. Jn 16,7-
11).
El mismo día de Pentecostés halló cumplimiento esta promesa de Cristo. Pedro, "lleno del
Espíritu Santo", convence a sus oyentes de pecado, por no haber creído en Cristo, condenándolo a
muerte de cruz. Les anuncia la justicia que ha hecho el Padre, resucitando a su Hijo y exaltándolo a su
derecha como Señor. Y les anuncia la condena de Satanás, llamándoles a acoger el perdón de Cristo.
Con el corazón compungido preguntaron a Pedro y a los demás Apóstoles:

¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en
el nombre de Jesucristo, para el perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo" (He 2,14ss).

El Espíritu Santo, actuando en el interior del hombre, penetra hasta lo más hondo, como una
unción. Así nos hace sentir la mentira y el engaño de nuestra vida frente al amor de Dios, puesto al
descubierto en la cruz de su Hijo. Iluminándonos la cruz de Cristo, el Espíritu nos hace sentirnos
juzgados y, al mismo tiempo, acariciados por el perdón de Dios, cuyo amor es más grande que nuestro
pecado. Ante la luz penetrante del Espíritu, caen todas nuestras falsas excusas; se derrumba todo
intento de autojustificación, apareciendo la falsedad de la construcción egocéntrica de nuestra vida.302
El fariseo, que no quiere reconocerse pecador, buscando la justificación por sí mismo, tendrá la
tentación de "apagar el Espíritu", para no "dar gracias en todo, que es lo que Dios, en Cristo Jesús,
quiere de nosotros" (1Tes 5,18-19).

298 Rom 1,3-4;6,4-11;7,4;8,3.10-11;Gál 4,4-5;2Cor 4,10-14;Col 1,21; 2,12;1Tim 3,16;1Pe 3,18.


299 SAN GREGORIO NACIANZENO, Orat. XXXIX in sancta lumina, PG 36,302.
300 ORIGENES, Com al Evangelio de san Juan XX,293.
301 ORIGENES, Homilías sobre Jeremías IX,4.
302 Esta es la experiencia de Zaqueo; la salvación entra en su casa e inmediatamente se le ilumina el pecado de su
vida(Lc 19,1-10).

116
La conversión comienza por el reconocimiento del propio pecado, imposible a la carne, que
siempre busca la autojustificación farisea. Sólo el Espíritu, que escruta las profundidades del
espíritu, puede convencer al hombre de pecado, ofreciéndole simultáneamente el perdón de Dios. El
Espíritu convence de pecado para anunciar la condenación del Príncipe de este mundo, ofreciendo
así la posibilidad de la conversión, acogiendo la salvación de la cruz de Jesucristo.303

El Espíritu Paráclito, como Abogado Defensor de la obra de salvación, realizada por Cristo,
es el garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado,
liberando así al creyente del pecado e introduciéndolo en el camino de la salvación. El Credo
confiesa como fruto del Espíritu la remisión de los pecados. Es lo que ya afirma san Juan en su
Evangelio:

Jesús resucitado se presentó a sus discípulos y les dijo: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo
os envío". Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibir el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,
les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20,21-23).

e) Espíritu de libertad

"La Iglesia puede perdonar los pecados porque el Espíritu habita en ella", dice san
Ambrosio.304 Pentecostés era ya en la Antigua Alianza el año jubilar, año de remisión de deudas y de
libertad (Lv 25,8ss). La Iglesia celebra el don del Espíritu como perdón de los pecados. Por ello el
Espíritu trae al cristiano la verdadera liberación:"Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad"
(2Cor 3,17):
Vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad...Si os dejáis guiar por el Espíritu, no estáis ya bajo la ley (Gál
5,13.18).

Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu,
dador de la vida en Cristo Jesús, nos liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible a la ley,
reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del
pecado, y en orden al pecado, condenó al pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en
nosotros, no según la carne, sino según el Espíritu. Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal;
mas los que viven según el espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu,
vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio a Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera
pueden; así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el
Espíritu, ya que el Espíritu de Cristo habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas
si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el Espíritu es vida a causa de la
justicia...Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la
carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que se dejan
guiar por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el
temor, antes bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar: ¡Abba, Padre! (Rom 8,1-15).

Como dice San Agustín, el cristiano, a quien el Espíritu ha infundido el amor de Dios, realiza
espontáneamente una ley que se resume en el amor: "no está bajo la ley, pero no está sin ley". 305 Esta
es la verdadera libertad:

El hombre libre es aquel que se pertenece a sí mismo. El esclavo es el que pertenece a su amo. Así, el que actúa
espontáneamente, actúa libremente; pero el que recibe el impulso de otro, no actúa libremente. Aquel que evita el
mal, no porque es mal, sino porque es un precepto del Señor, no es libre. Por el contrario, el que evita el mal
porque es un mal, ése es libre. Justamente ahí es donde actúa el Espíritu Santo, que perfecciona interiormente
nuestro espíritu, comunicándole un dinamismo nuevo. Se abstiene del mal por amor, como si la ley divina mandara

303 Cfr. JUAN PABLO II, Dominum et vivificantem, parte II.


304 SAN AMBROSIO, De poenitentia 1,8.
305 SAN AGUSTIN, In Ioan.Ev. III,2; De spiritu et littera, IX,15.

117
en él. Es libre no en el sentido de que no esté sometido a la ley divina, sino porque su dinamismo interior le lleva a
hacer lo que prescribe la ley divina.306

La ley nueva no es otra cosa que el mismo Espíritu Santo o su efecto propio, la fe que obra
por el amor.307 El Espíritu es tan interior a nosotros que El es nuestra misma espontaneidad. Así el
Espíritu nos hace libres en la verdad. Santiago puede llamar a esta ley del cristiano: "ley perfecta de
libertad" (1,5;2,12). Y San Pablo:

Porque, cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, excitadas por la ley, obraban en nuestros
miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte. Mas, al presente, hemos quedado emancipados de la ley,
muertos a aquello que nos tenía aprisionados de modo que sirvamos con un espíritu nuevo y no con la letra muerta
(Rom 7,5-6).

Porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad. Solamente que esta libertad no dé pretexto a la carne;
sino al contrario, por medio del amor poneos los unos al servicio de los otros. Pues toda la ley queda cumplida con
este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo (Gál 5,13-14).

Es la libertad, hecha capacidad de servicio a los demás, como la vive san Pablo:"¿No soy
libre? Y, siendo libre respecto de todos, me hice esclavo de todos para ganar al mayor número
posible" (1Cor 9,1.19). Esta libertad, don del Espíritu, lleva al apóstol a anunciar a Jesucristo con
parresía.308 Es la libertad e intrepidez que da el Espíritu a los mártires frente a los torturadores.

7. DONES Y FRUTOS DEL ESPIRITU

a) El Espíritu Santo, Don del Padre

Hablando de la oración, Lucas dice: "Porque si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros
hijos cosas buenas, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!"
(11,12-13). El Espíritu Santo es el Don del Padre, compendio de todos los dones o "cosas buenas" que

306 SANTO TOMAS, In 2Cor,c.3,lect.3.


307 SANTO TOMAS, I-II, q. 106,a.1 y 2; In Rom,c.8,lect.1;In Heb.,c.8,lect.2.
308 Filp 1,19s;2Cor 3,7-12;He 4,8;4,31;18,25s.

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el cristiano puede recibir de Dios. El Espíritu Santo es el verdadero Don, que no hay que olvidar,
mirando sólo a los dones o manifestaciones de su acción en nosotros.309

Los siete dones del Espíritu Santo, que recoge la teología y la vida espiritual de la Iglesia,
aparecen en el texto mesiánico de Isaías:

Saldrá un renuevo del tronco de Jesé,


un retoño brotará de sus raíces.
Reposará sobre él el Espíritu de Yahveh:
espíritu de sabiduría y de inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y de piedad,
y lo llenará el espíritu de temor del Señor (11,1-3).310

El Espíritu que, desde antes de la creación, se cernía sobre el caos (Gén 1,2), da vida a todos
los seres,311 suscita a los Jueces312 y a Saúl (1Sam 11,6), da la habilidad a los artesanos (Ex
31,3;35,31), discernimiento a los Jueces (Nu 11,17), la sabiduría a José (Gén 41,38) y, sobre todo,
inspira a los profetas,313... este mismo Espíritu será dado al Mesías, confiriéndole la plenitud de sus
dones: la sabiduría e inteligencia de Salomón, la prudencia y fortaleza de David, la ciencia, piedad y
temor de Yahveh de los Patriarcas y Profetas...

Pero el mismo Isaías no separa los siete dones del Espíritu mismo. No habla del don de
sabiduría o del don de inteligencia, sino del Espíritu de sabiduría o Espíritu de consejo. Así nos
invita a ver en los dones la presencia y actuación personal del Espíritu Santo. Es el Espíritu mismo
quien, en cada caso, en las innumerables situaciones, se comunica, dando sabiduría, inteligencia,
piedad o santo temor de Dios.314

b) Dones del Espíritu Santo

El único Espíritu enriquece a la Iglesia con la diversidad de sus dones315: "El Espíritu Santo
habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo...Guía a la Iglesia y la provee con
diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos" (LG,n.4). La acción vivifi-
cante del Espíritu inspira con la multiforme variedad de su dones toda la vida del cristiano. El es el
inicio de la justificación, moviendo al pecador a conversión (Denz.797):

También el inicio de la fe, más aún, la misma disposición a creer tiene lugar en nosotros por un don de la gracia, es
decir, de la inspiración del Espíritu Santo, quien lleva nuestra voluntad de la incredulidad a la fe.316

309 Cfr. SANTO TOMAS, Summa T. I,38,1.


310 Los LXX y la Vulgata, añaden el don de piedad, desdoblando el don de temor y así da la clásica lista de los "siete
dones del Espíritu Santo", tan repetida por los Padres: SAN IRENEO, Adv.Haer.,III,17,3.
311 Sal 104,29-30;Gén 2,7;Ez 37,5-6.9-10.
312 Ju 3,10;6,34;11,29.
313 Nú 11,17: a Moisés;11,25-26;24,2;1Sam 10,6.10;19,20;2Sam 23,2: a David;2Re 2,9:a Elías; Mq 3,8;Is 48,16;
61,1;Zaq 7,12;2Cro 15,1;20,14;24,20...
314 Cuando el Nuevo Testamento habla del "don del Espíritu Santo" usa casi siempre el genitivo epexegético o
explicativo, con el sentido: don que es el Espíritu Santo.
315 1Cor 3,10;12,4-10;Rom 15,20.
316 Concilio de Orange (529), can. 5:DS 375. Ya San Pablo dice: "A vosotros se os ha dado la gracia de que creáis en
Cristo" (Flp 1,29); esta fe en Cristo es suscitada por el Espíritu Santo:1Cor 12,3.

119
Nadie puede acoger la predicación evangélica sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo, que da a
todos la docilidad necesaria para aceptar y creer en la verdad.317

Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere
indefectiblemente a la fe...y penetra más profundamente en ella con juicio certero (LG,n.12).

Esta fe suscitada en el fiel por el Espíritu Santo, luego, la guía e impulsa en todas las etapas
de su santificación, como "Espíritu santificador".318 Actúa como principio de vida nueva en el baño de
regeneración (Tit 3,5-7), que sella con su unción; forma el hombre nuevo (Ef 3,16) o la nueva criatu-
ra (2Cor 5,17);consagra a los fieles como pueblo de Dios (2Cor 1,22), templo de Dios y templo pro-
pio (1Cor 6,19-20);como dador de conocimiento y sabiduría (1Cor 12,8), instruye,319 manifiesta y
revela a Dios (Ef 1,17), enseña a orar (Rom 8,26);habitando en el cristiano, su templo (1Cor 6,19-
20), crea y atestigua nuestra filiación adoptiva (Rom 8,16;Gál 4,5-6), derrama en nosotros el amor
de Dios (Rom 5,5), nos guía hacia Dios (Rom 8,14), nos une con Cristo (Rom 8,9), nos atestigua que
estamos en el amor de Dios y en Dios mismo (1Jn 4,19;3,24), nos consagra a Dios (Ef 1,13-14), nos
inserta en la vida trinitaria en comunicación con el Padre y el Hijo (1Jn 1,3);es prenda y primicia de
nuestra glorificación plena en el cielo (Rom 8,23). Como dice San Ireneo, el Espíritu Santo es la
escala de nuestras ascensiones hacia Dios.320 Y San Cirilo nos dice:

El Espíritu predicó acerca de Cristo en los profetas. Actuó en los Apóstoles. El, hasta el día de hoy, sella las almas
en el bautismo. Y el Padre da al Hijo y el Hijo comunica al Espíritu Santo. Y el Padre por medio del Hijo, con el
Espíritu Santo, da todos los dones. No son unos los dones del Padre y otros los del Hijo y otros los del Espíritu
Santo, pues una es la salvación, uno el poder, una la fe (Ef 4,5). Un solo Dios, el Padre; un solo Señor, su Hijo
unigénito; un solo Espíritu Santo, el Paráclito.321

Entre los dones del Espíritu Santo cabe destacar el don de la esperanza (1Cor 12,13), que se
ofrece a quien se abre a Cristo. Pablo desea que rebosemos "de esperanza por la fuerza del Espíritu
Santo" (Rom 15,13). Y Juan Pablo II dirá:

Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena en la gloria de
Dios; y el Espíritu Santo, como prenda de la felicidad futura (Ef 1,13-14), es la garantía de alcanzar la plenitud de
la vida eterna cuando, por efecto de la Redención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la
muerte. Así, la esperanza cristiana no sólo es garantía, sino también anticipación de la realidad futura.322

Don importante del Espíritu es la parresía que hace a los apóstoles anunciar con fuerza el
Evangelio.323 El es el Paráclito, que defiende en la persecución e inspira el testimonio ante jueces y
magistrados (Mt 10,20). El Espíritu Santo, con el don de fortaleza, otorga al cristiano la fidelidad, la
paciencia y la perseverancia en el camino del Evangelio (Gál 5,22).

Orígenes, por su parte, considera el don del discernimiento como el más necesario y
permanente en la Iglesia.324 Este discernimiento se basa, no en criterios de sabiduría humana, que es
necedad ante Dios, sino en la sabiduría que viene de Dios. Y Novaciano, antes de su cisma de la
Iglesia, escribió esta bella página:

317 Concilio de Trento, Const. Dei Filius, c.3:DS 3010.


318 Ef 1,7;Rom 1,4;1Pe 1,2.
319 Jn 16,15;Lc 12,11-12;1Jn 1,2.
320 SAN IRENEO, Adv.Haer. 3,24,1.
321 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVI 24.
322 JUAN PABLO II, Catequesis del 3-6-1991.
323 He 1,8;2,29;4,13.29;4,31;14,3;Lc 24,49;Ef 3,16-17.
324 In Num, homilía XXVII,11.

120
El Espíritu que dio a los discípulos el don de no temer, por el nombre del Señor, ni los poderes del mundo ni los
tormentos, este mismo Espíritu hace regalos similares, como joyas, a la esposa de Cristo, la Iglesia. El suscita
profetas en la Iglesia, instruye a los doctores, anima las lenguas, procura fuerzas y salud, realiza maravillas, otorga
el discernimiento de los espíritus, asiste a los que dirigen, inspira los consejos, dispone los restantes dones de la
gracia. De esta manera perfecciona y consuma la Iglesia del Señor por doquier y en todo.325

Santo Tomás, confrontando la ley antigua con la nueva, dice límpidamente: "...Puesto que el
reino de Dios está hecho de santidad, paz y gozo interiores, todos los actos externos que se oponen a
la santidad, a la paz y al gozo espirituales son contrarios al reino de Dios y, por tanto, deben
rechazarse en el evangelio del reino".326 Para él, precisamente, el don de consejo tiene la misión de
"calmar el ansia de la duda". La acción del Espíritu Santo da una luz especial, como una intuición
que hace al cristiano actuar "con prontitud y seguridad", "como si hubiese pedido consejo a Dios".327

Conviene insistir, con San Pablo, en que la riqueza de los dones del Espíritu Santo, al ser
suscitados por el único Espíritu, hace que todos ellos converjan en "la edificación del único Cuerpo"
de Cristo, que es la Iglesia (1Cor 12,13):

Ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea (1Cor 14,12).

Por ello, es evidente que el don más excelente del Espíritu Santo es el amor (1Cor 14,1), al
que Pablo eleva el himno del capítulo 13 de esta carta, "himno a la caridad que puede considerarse un
himno a la influencia del Espíritu Santo en la vida del cristiano".328 En el cristiano hay un amor
nuevo, participación del amor de Dios:

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).

El Espíritu Santo hace al cristiano partícipe del amor de Dios Padre y del amor filial del Hijo
al Padre. Amor que lleva al cristiano a amar, no sólo a Dios, sino también al prójimo como Cristo le
ama a él. Es el amor signo y distintivo de los cristianos (Jn 13,34-35).

c) Frutos del Espíritu Santo

San Agustín relacionó los dones del Espíritu Santo con las bienaventuranzas y con las
peticiones del Padrenuestro.329Pues los dones, que el Espíritu siembra en el cristiano, producen su
fruto, que es "la cosecha del Espíritu". Frente a las obras de la carne, San Pablo enumera los frutos
del Espíritu: "Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría,
hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces,
orgías y cosas semejantes. En cambio el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza" (Gál 5,19-23).330

325 NOVACIANO, De trinitate, l.XXIX.


326 SANTO TOMAS, Summa Teol. I-II, 108, 1 ad 2.
327 IDEM, II-II,52, 1 ad 1;52,3.
328 JUAN PABLO II, Catequesis del 22-5-1991.
329 SAN AGUSTIN, De sermone Domini in monte I,4,3;II,11,38.
330 Pentecostés ya era en la tradición de Israel la fiesta de la siega. Ahora ha adquirido el significado nuevo de fiesta
de la cosecha del Espíritu: Cfr. JUAN PABLO II, Catequesis del 5-7-1989.

121
Pablo presenta otras enumeraciones de estos frutos deleitables, provenientes de la savia del
Espíritu:

-bondad, justicia, verdad (Ef 5,9)


-justicia, piedad, fe, amor, perseverancia, dulzura (1Tim 6,11)
-justicia, paz, alegría en el Espíritu Santo (Rom 14,17): "El Dios de la esperanza
os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la
fuerza del Espíritu Santo" (Rom 15,13)
-honradez, conocimiento, comprensión, Espíritu Santo, amor sincero, palabra de
verdad, poder de Dios (2Cor 6,6-7;Sant 3,17-18).331
-el espíritu de sabiduría (Ef 1,17)
-el espíritu de dulzura (1Cor 4,21)
-la fe (2Cor 4,13)
-espíritu de adopción (Rom 8,15)
-unción gozosa, agradable (Heb 6,5), refrigerante (1Cor 12,13).

Pero, entre todos estos frutos, San Pablo coloca como fruto primero del Espíritu el amor.
Este fruto no es el primero de una lista, sino el generador de los demás, que engloba y da sentido a
los otros. El que ama, cumple la totalidad de la ley (Rom 13,8). Pero no se trata de un amor
cualquiera, sino del amor de Dios "que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5). Este Espíritu nos constituye hijos de Dios, hace que nuestra
vida sea santa, como participación de la santidad de Dios.

Este amor se manifiesta en la alegría, fruto genuino del Espíritu (Gál 5,22); es la alegría
profunda, plena, a la que aspira el corazón de todo hombre. Es la alegría del saludo del ángel a
María, la alegría que el Espíritu suscita en la visitación de María a Isabel (Lc 1,44);la alegría que
canta María en el Magnificat: "mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador" (Lc 1,47);es la alegría de
Simeón, al contemplar al Mesías (Lc 2,26,32). Es la alegría en el Espíritu que experimenta Jesús
hasta exclamar en exultación al Padre:

Jesús, en aquel momento, se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y las has revelado a los sencillos (Lc
10,21).

Esta es la alegría, "gozo colmado", que desea Jesús para sus discípulos (Jn 15,11;17,13). Esta
alegría, la misma alegría de Jesús, el Espíritu Santo la da a los discípulos, la alegría de la fidelidad al
amor que viene de Dios: "Los discípulos quedaron llenos de gozo y de Espíritu Santo" (He 13,52).332

San Cirilo de Jerusalen eleva un bello canto al Espíritu, describiendo con riqueza de
imágenes la acción del Espíritu en el cristiano, especialmente con su actuación en los sacramentos.
La acción del Espíritu es como el agua que se asimila en una variedad maravillosa de flores; su
venida es dulce y suave, fragante su sentimiento; como rayo puro ilumina la mente más allá de todo
poder con sus carismas; de su poderosa y oculta acción proceden todas las iniciativas y virtudes:
"Hay algo grande, omnipotente, en sus dones, algo admirable: el Espíritu Santo". En su catequesis
XVI, podemos leer:

La acción del Espíritu Santo penetra en los fieles y en la vida de la Iglesia. Es la gran luz que se esparce por
doquier y rodea con su fulgor a todas las almas y las enriquece con sus dones. Enseña el pudor a unos, convence a

331 Los frutos del Espíritu coinciden, en realidad, con las manifestaciones del amor descritas en 1Cor 13,4-7, Gál
5,19-21 y Rom 1,29-31.
332 La alegría en el Espíritu llena la vida de la comunidad primitiva: He 2,46-47;5,41-42;Lc 24,52-53; 1Tes 1,6. Es la
alegría de la bienaventuranzas: Mt 5,4.10-12;Col 1,24;1Pe 4,13.

122
otros a mantenerse vírgenes, a los de más allá les comunica la fuerza para ser misericordiosos, pobres, fuertes
contra los asaltos del demonio. Ilumina las mentes, fortalece las voluntades, purifica los corazones, nos hace
estables en el bien, libra las almas del demonio, nos somete a todos a la caridad de Dios. Es verdaderamente bueno
y comunica al alma la salvación; se acerca con suavidad y ligereza; su presencia es dulce y fragante. Viene para
salvar, sanar, enseñar, advertir, reforzar, consolar, iluminar la mente de quien lo recibe en primer lugar y, luego,
por medio de éste, de los demás. La docilidad al Espíritu eleva al alma a contemplar, como en un espejo, los cielos
y a ser revestida con toda su potencia del mismo Espíritu Santo.333

Y Nicetas de Remasiana, en el siglo IV, hace él mismo una síntesis de su escrito sobre el
Espíritu Santo, donde recoge los dones y frutos del Espíritu Santo:

Así pues haré un resumen de lo dicho: si, como dice el Apóstol, procede del Padre; si libera; si santifica; si es
Señor; si crea con el Padre y con el Hijo; si vivifica; si tiene presciencia como el Padre y el Hijo; si revela; si está
en todas partes; si llena el orbe de la tierra; si habita en los elegidos; si acusa al mundo; si juzga; si es bueno y
recto; si creó a los profetas; si envió a los Apóstoles; si es consolador; si purifica y justifica; si aniquila a los que le
tientan; si aquel que blasfema contra El no tiene perdón ni en este mundo ni en el futuro, lo cual es ciertamente
propio de Dios; si estas cosas son así, más aún, puesto que son verdaderas, ¿para qué se me pide que diga qué es el
Espíritu Santo si mediante la grandeza de sus obras se manifiesta lo que El es en persona? Ciertamente no es
extraño a la majestad del Padre y del Hijo, el que tampoco es extraño al poder de sus obras. En vano se le niega el
nombre de la divinidad a aquel cuya potestad no puede negarse; en vano se me prohíbe que adore con el Padre y el
Hijo a aquel a quien me veo obligado por la misma verdad a confesarlo con el Padre y el Hijo. Si El junto con el
Padre y el Hijo me confiere el perdón de los pecados, me dona la santificación y la vida perpetua, seré demasiado
ingrato, si no le rindo gloria con el Padre y el Hijo. Y si no ha de ser venerado junto con el Padre y el Hijo,
tampoco se le ha de confesar en el bautismo. En efecto también daré culto, como es debido, a aquel en quien se
me manda creer.334

Concluyamos con las palabras con que termina San Cirilo sus catequesis sobre el Espíritu
Santo:

Que el mismo Dios de todas las cosas, que habló en el Espíritu Santo por medio de los profetas, que lo envió sobre
los Apóstoles el día de Pentecostés, que ese mismo os lo envíe a vosotros y que por El nos guarde, concediéndonos
a todos nosotros su común benignidad, para que demos siempre los frutos (Gál 5,22) del Espíritu Santo: amor,
alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia, en Cristo Jesús Señor nuestro, por
quien y con quien juntamente con el Espíritu Santo sea la gloria al Padre ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.335

BIBLIOGRAFIA

333 CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis 16,2. Las cat XVI y XVII recorren la acción del Espíritu Santo en el Antiguo
y Nuevo Testamento y en la evangelización de los Apóstoles.
334 NICETAS DE REMESIANA, De Spiritus Santi potentia,n.20.
335 SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 38.

123
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124
INDICE

CONTENIDO 3

INTRODUCCION 4
a) Fe y vida trinitaria 4
b) Conocer al Espíritu en el Espíritu 5
c) Del conocimiento a la vida en el Espíritu 7

I. SEÑOR Y DADOR DE VIDA 9

1.1. TERCERA PERSONA DE LA TRINIDAD 11


a) Padre, Hijo y Espíritu Santo 11
b) De la economía de la salvación a la vida trinitaria 13
c) Perikhoresis 14
d) El Espíritu Santo: Dios personal 15

1.2. AMOR MUTUO DEL PADRE Y DEL HIJO 17


a) Imágenes del Espíritu Santo 17
b) Espíritu del Padre y del Hijo 17
c) El Espíritu Santo, soplo de Amor para el hombre 20

1.3. EL ESPIRITU SANTO EN LA CREACION 23


a) La ruah de Dios, creadora de vida 23
b) La Palabra y el Espíritu, manos de Dios 24
c) El Espíritu recrea en el hombre su ser original 26

1.4. EL ESPIRITU SANTO EN LA HISTORIA DE LA SALVACION 29


a) El Espíritu en los Jueces 29
b) En David y su descendencia 30
c) En los profetas 30
d) En el Siervo de Yahveh 31
e) El Espíritu, principio de nueva vida 31
f) Espíritu y Sabiduría 33

1.5. EL ESPIRITU SANTO EN LA VIDA DE CRISTO 35


a) Espíritu de la Promesa 35
b) Jesús Ungido con el Espíritu en el bautismo 35
c) El símbolo de la paloma 36
d) El Espíritu en la concepción de Jesús 37
e) El Espíritu del Siervo 37
f) Jesús vence al demonio con la fuerza del Espíritu 38
g) De Jesús mana el agua del Espíritu 39

1.6. PENTECOSTES: MANIFESTACION PLENA DE DIOS 41


a) Los Apóstoles revestidos del Espíritu 41
b) Los Apóstoles ebrios del Espíritu 41
c) Pentecostés, culmen de la glorificación de Cristo 42
d) Espíritu de revelación (Ef 1,17) 44
e) El Espíritu Santo introduce al cristiano en la vida trinitaria 45

125
1.7. EL ESPIRITU SANTO EN LA PLENITUD ESCATOLOGICA 47
a) El Espíritu Santo, don escatológico 47
b) El Espíritu Santo, prenda de la gloria futura, fundamento de la esperanza 48
c) El Espíritu, luz para la peregrinación por la tierra 50
d) El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven! 51

II. EL ESPIRITU SANTO EN LA IGLESIA 53

2.1. EL ESPIRITU SANTO, DON DE CRISTO A LA IGLESIA 55


a) El Espíritu Santo como Don 55
b) Don de Cristo a la Iglesia 56
c) El Espíritu, don interior 57
d) El Espíritu Santo, don de la Iglesia 58

2.2. LA IGLESIA NACE DEL ESPIRITU 61


a) La Iglesia nace de Cristo y del Espíritu 61
b) La Iglesia se manifiesta en Pentecostés 62
c) La Iglesia, Pentecostés continuado 63
d) El Espíritu forma el Cuerpo de Cristo 64
e) El Espíritu hace fiel a la Iglesia 65

2.3. EL ESPIRITU HACE UNA A LA IGLESIA 67


a) El Espíritu, vínculo de comunión 67
b) El Espíritu crea la unidad en la multiplicidad 68
c) El Espíritu es dado a la Iglesia 69
d) Unidad del Espíritu y la Iglesia 70
e) El Espíritu crea la comunión de los santos 71

2.4. EL ESPIRITU SANTO, PRINCIPIO DE CATOLICIDAD 73


a) El Espíritu recrea la unidad de lenguas 73
b) El Espíritu en el Apóstol y en el creyente 74
c) El Espíritu crea la unidad en la catolicidad 74
d) El Espíritu alcanza a todo hombre y a todo el hombre 76

2.5. EL ESPIRITU SANTO MANTIENE LA APOSTOLICIDAD DE LA IGLESIA 79


a) El Espíritu da, con los Apóstoles, testimonio de Cristo 79
b) Espíritu de la verdad 80
c) El Espíritu envía y acompaña a los Apóstoles 80
d) El Espíritu da parresía a los Apóstoles 82
e) El Espíritu mantiene fiel a la Iglesia 82

2.6. EL ESPIRITU SANTO, PRINCIPIO DE SANTIDAD EN LA IGLESIA 85


a) Espíritu de Santificación (Rom 1,4) 85
b) Un mismo Espíritu en la Cabeza y en los miembros 86
c) La Iglesia, morada de Dios en el Espíritu 87
d) El Espíritu, fuente de santidad 88
e) Espíritu Santo y Santificador 89

2.7. EL ESPIRITU SANTO EN LA LITURGIA 91


a) El Espíritu Santo, don pascual de Cristo a la Iglesia 91
b) En el bautismo 91
c) En la Confirmación 92
d) En la Eucaristía 94
e) En la Penitencia 97
f) En el Orden 97
g) En el Matrimonio 98
h) En la Unción de enfermos 98
i) En el Año litúrgico 99

126
III. EL ESPIRITU SANTO EN LA VIDA DEL CRISTIANO 101

3.1. ESPIRITU DE FILIACION 103


a) Dios Padre en el Antiguo Testamento 103
b) Espíritu filial en Jesús 104
c) Espíritu filial en el cristiano 106

3.2. LA UNCION CON EL SELLO DEL ESPIRITU 109


a) Cristo: Ungido con el Espíritu Santo 109
b) La unción con el sello del Espíritu 110
c) La unción con el Espíritu nos configura con Cristo 110
d) La unción con el Espíritu nos hace ser con El un solo espíritu 112
e) El Espíritu imprime en el cristiano la imagen de Dios 112

3.3. VIDA EN EL ESPIRITU 115


a) Sekinah de Dios-Emmanuel-Espíritu Santo 115
b) Inhabitación de Dios en el cristiano 116
c) El Espíritu de Dios deifica al cristiano 118

3.4. VIDA SEGUN EL ESPIRITU 121


a) El Espíritu germen de nueva vida 121
b) Vivir en el Espíritu lleva a vivir según el Espíritu 121
c) Espíritu de gracia (Heb 10,29) 123
d) El Espíritu guía la vida del cristiano 124

3.5. MAESTRO DE ORACION 127


a) El Espíritu nos incorpora a la oración de Cristo 127
b) El Espíritu hace eclesial la oración del cristiano 128
c) El Espíritu nos introduce con Cristo en el seno del Padre 128
d) Oración en el Espíritu 129
e) Invocación del Espíritu Santo 131

3.6. EL ESPIRITU EN LA LUCHA CONTRA LA CARNE 133


a) Carne contra Espíritu 133
b) Bajo la ley o bajo el Espíritu 134
c) Palabra y Sacramentos 135
d) El Espíritu, Abogado del Padre, convence al mundo de pecado
y comunica el perdón 135
e) Espíritu de libertad 137

3.7. DONES Y FRUTOS DEL ESPIRITU 139


a) El Espíritu Santo, Don del Padre 139
b) Dones del Espíritu Santo 140
c) Frutos del Espíritu Santo 142

127