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Hacia un

Plan Nacional
contra la
Discriminación
La discriminación
en Argentina
Diagnóstico y propuestas

Equipo de Autores

Coordinador Waldo Villalpando


Expertos Daniel Feierstein
Norma Fernández
Ana González
Horacio Ravenna
María Sonderéguer
Asistente Miranda Cassino
RACISMO

Las problemáticas del racismo y los procesos de discriminación, segrega-


ción o exclusión pueden ser abordados desde diversos puntos de vista. El
término “raza”, predominante en los siglos XVIII y XIX, hoy ha sido aban-
donado, tanto por su inconsistencia científica (la biología nunca ha podido
demostrar la existencia de estructuras genéticas de raza) como por razones
políticas (los efectos de terror y muerte colectiva a que ha llevado).
Pese a ello, el concepto de racismo se continúa utilizando, como modo
de referir al conjunto de ideas o de prácticas sociales basado en la creencia
de la existencia de razas. Al tomar conciencia de estos problemas, vale la
pena iniciar nuestro abordaje distinguiendo y explicitando dos campos
distintos de prácticas sociales agrupadas muchas veces bajo el concepto de
racismo:
a) De una parte, lo que daremos en llamar “heterofobia”, constituida por
el miedo, extrañeza o confusión ante el otro, miedo que se expresa co-
mo miedo a lo desconocido y que forma parte de la propia estructura de
personalidad de los sujetos sociales;
b) De otra parte, lo que distinguiremos propiamente como concepto de ra-
cismo (que Todorov reformula como “racialismo” para distinguirlo del
uso vulgar del término racismo20) y que da cuenta de un conjunto ideo-
lógico que implica modalidades de construcción de la propia identidad
y de las alteridades que aparecen contrapuestas (por lo general, jerárqui-
camente) a la misma.
Esta primera distinción es fundamental a la hora de pensar un modelo
explicativo de esas prácticas sociales. Mientras la heterofobia es un proce-
so social muy antiguo, cuyo rastreo debiera vincularse más a la exploración
antropológica y psicológica de los primeros conjuntos humanos y a los fan-

20 Todorov T., Nosotros y los otros, Siglo XXI, México, 1991, pág. 115.
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tasmas que evoca lo desconocido, el racismo es un armazón ideológico mo-


derno, cuya antigüedad no supera los tres siglos. Más allá de la utilización
que haga el racismo de la heterofobia, más allá de sus mutuas interrelacio-
nes, la especificidad del racismo de modo alguno se agota en la heterofo-
bia. Por tanto, aquellos abordajes fenomenológicos, situacionales o psico-
lógicos que pretenden explicar las características de los procesos de discri-
minación, segregación y exclusión actuales sin hacer referencia a su “fun-
cionalidad” social, terminan oscureciendo uno de los nudos centrales de la
problemática, al no poder historizar la especificidad concreta de estas prác-
ticas sociales en su ocurrencia en el presente y en el pasado reciente.
Entendemos, por tanto, al racismo como un fenómeno fundamental-
mente social y moderno, como un conjunto de ideologías, pre-conceptos,
estereotipos y prejuicios que tienden a segmentar al conjunto humano en
supuestos grupos que tendrían características comunes entre sí (y jerarqui-
zables entre los distintos grupos), cuya explicación radicaría en una su-
puesta herencia genética que impondría la posibilidad (e, incluso, la inevi-
tabilidad) de ciertos comportamientos en detrimento de otros.

Racismo evolucionista y racismo degenerativo


Zaffaroni21 distingue, reformulando a Hannah Arendt, entre dos modali-
dades básicas de funcionamiento de la ideología racista:
a. el racismo evolucionista (que opera por “inferiorización” de sus víctimas)
y que fue el modelo básico del colonialismo inglés o de las explicacio-
nes evolucionistas de Morgan, Tylor o Spencer; y
b. el racismo degenerativo (que opera por “degeneración” de sus víctimas,
considerando que las mismas constituyen un peligro para la especie).
Es el modelo del racismo francés del siglo XIX y de los trabajos del Con-
de de Gobineau, reformulado y aplicado por el nazismo en sus campa-
ñas eugenésicas.
Ambas modalidades racistas han generado procesos de segregación, ex-
clusión, discriminación e incluso han llegado numerosas veces a la imple-
mentación de prácticas sociales genocidas. Las consecuencias de ambas
modalidades del racismo deben ser confrontadas pero resulta importante
distinguir sus modos de operatoria conceptual, dado que no son iguales ni

21 Véase, Zaffaroni E., Criminología. Aproximaciones desde un margen, Ed. Temis, Bogotá,
1998.
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producen los mismos discursos, por lo cual quizás sus modos de desacti-
vación también deban ser distintos.
A su vez, uno puede observar, con Zygmunt Bauman22, que todo Esta-
do-Nación produce dos modos simultáneos de negación de la alteridad:
a. el modo liberal, que tiende a homogeneizar la figura del otro en el “ciu-
dadano estatal”, produciendo una negación de su propia alteridad (se
trata en este caso de un aniquilamiento de la alteridad del otro, a través
de la negación de su lenguaje, de su cultura, de sus costumbres). Fue la
política seguida, por ejemplo, por el Estado argentino con respecto a la
inmigración llegada de Europa, del norte de África o de Asia; y
b. el modo nacionalista, que tiende a homogeneizar a la población a partir
de la eliminación del cuerpo que representa la alteridad (se trata de las
políticas propiamente genocidas, en donde ya no se trata del aniquila-
miento de la alteridad del otro sino de su propia existencia material, de
su propio cuerpo). Fue la política seguida, por ejemplo, por este mismo
Estado con respecto a las poblaciones indígenas, tanto en el Chaco co-
mo en la Patagonia, durante las denominadas “Campañas al Desierto”
o, también, con relación a las políticas estatales hacia la población afro-
descendiente durante el siglo XIX.

El racismo en Argentina
Si bien estos fenómenos han sido comunes a todo Estado-Nación moder-
no, cobran sus especificidades en cada configuración histórica específica.
En el caso argentino, las dos modalidades racistas se conjugan en un trata-
miento diferenciado frente a lo que el Estado considera diversas “alterida-
des” a través del concepto de asimilación.
El Estado argentino se constituye sobre la base de la negación de su pro-
pia historia y del intento de transformar su propia conformación a partir de
la inmigración de aquellos seres humanos que se consideraba encarnaban
la modernidad y el progreso.
Es decir, haciendo una muy apretada síntesis y a diferencia del etnocen-
trismo clásico, el primer racismo argentino se conforma como un racismo
“importado”, que retoma el racismo europeo (fundamentalmente inglés) y
mantiene sus valores, considerando a la población originaria o afro-descen-
diente como “primitiva”, “bárbara” o “poco evolucionada” y pretendiendo
22 Véase, Bauman Z., Comunidad, Siglo XXI, Buenos Aires, 2003.
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reemplazarla por la inmigración de aquellas colectividades que se conside-


raba “civilizadas”, provenientes fundamentalmente del norte de Europa.
Esta preferencia por la inmigración europea aún subsiste en la propia
Constitución Nacional, donde en su artículo 25 se sostiene que “el Gobier-
no Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni
gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranje-
ros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y
enseñar las ciencias y las artes.”
Con respecto a la población originaria o afro-descendiente, la política de-
sarrollada por el Estado argentino apuntó a su aniquilamiento (tanto material
como simbólico) debido a lo que se consideraba su “inasimilabilidad” esen-
cial; su imposibilidad de “fundirse” en el “crisol” de la identidad nacional.
Pese a recibir una inmigración muy distinta a la esperada (que no venía
del norte sino del centro y sur de Europa, como así del norte de África o del
Cercano Oriente), la política estatal frente a estas fracciones tendió a adop-
tar lo que Bauman caracteriza como el “modo liberal”. Intentó “asimilar-
los” a la identidad nacional a través, particularmente, del abandono de sus
tradiciones y de su lengua, procurando su integración por intermedio del
sistema escolar y del conjunto de efemérides insertas en él.
Es así como el racismo despliega sus dos caras en la conformación del
Estado-Nación argentino: nacionalista y genocida con respecto a los pueblos
originarios y a los afro-descendientes; liberal y “asimilador” con respecto a
los inmigrantes españoles, italianos, ingleses, franceses, alemanes y, en me-
nor medida, con respecto a árabes y judíos, a quienes según los períodos y
los sectores intelectuales se los consideró más o menos “asimilables”.

Carácter transversal del racismo


Estos modos del racismo (evolucionista, degenerativo o una combinación
de ambos; liberal, nacionalista o una combinación de ambos) tiende a per-
mear todos los modelos identitarios, todas las figuras de alteridad y, por
tanto, todos los procesos de discriminación, segregación o exclusión.
En definitiva, la discriminación de pueblos originarios, afro-descen-
dientes o migrantes de países limítrofes se articula en esta lógica de “civi-
lización o barbarie” que impregna la propia conformación nacional. El an-
tisemitismo o la islamofobia se articulan con fenómenos racistas de carác-
ter internacional que penetran y especifican las modalidades en las que se
desarrolla el racismo autóctono. La discriminación a personas con discapa-
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cidad o a personas que sufren determinadas enfermedades se entronca con


un modelo de concepción de la salud y del cuerpo humano basado en esta
lógica de “normalización” de la identidad; una lógica de conformación de
ciudadanos idénticos, “productivos y civilizados” que tuvo fuerte presencia
en el modelo del “higienismo social” de herencia francesa. La “normaliza-
ción” también se aplica a los modos de comprender las identidades sexua-
les, a los papeles normativamente establecidos para hombres y mujeres, a
la falta de productividad de los adultos mayores, a la estereotipificación de
la “delincuencia” y su asociación con ciertos sectores sociales, nacionales o
culturales.
Es por ello que, más allá de las problemáticas específicas (que serán
abordadas en cada área de análisis), se requiere tomar conciencia del papel
del racismo como articulador ideológico de los diversos fenómenos discri-
minatorios y, por tanto, pensar en modalidades de acción institucional que,
además de las medidas de urgencia tendientes a desactivar las consecuen-
cias más notorias e intolerables de los fenómenos de discriminación, pue-
dan tender a desmontar las matrices racistas que sustentan las prácticas de
segregación y exclusión en nuestras sociedades.

Nuevas modalidades del racismo: la “estética racista”


Uno de los cambios fundamentales en la transición de la modernidad a la
posmodernidad es el cambio de foco: el pasaje de una perspectiva de com-
prensión del mundo basada en la ética del trabajo a una nueva perspectiva
centrada en la estética y vinculada al consumo23. Podríamos pensar que para
los modos de implementación del racismo vale una metáfora algo similar.
El racismo hegemónico hasta mediados del siglo XX implica una visión
del otro que quiere ser científica. Las ideas de una evolución humana divi-
dida en estadios inferiores y superiores intentaban sostenerse en una fun-
damentación antropológica de la diferencia jerárquica (mediciones de crá-
neos, coeficientes intelectuales, teorías sobre los tipos de sangre y su dege-
neración, sobre los efectos monstruosos de los “cruzamientos”, sobre los
caracteres psicológicos derivados de una conformación fenotípica, etc.).
La deslegitimación del racismo clásico a partir del fin de la Segunda

23 Véase, en particular, la obra de Bauman Z., Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Gedisa,
Barcelona, 1999 y Modernidad líquida, FCE, Buenos Aires, 2002.
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Guerra Mundial y los avances de la biología han desterrado la posibilidad


de sustento de semejantes teorías (hoy desplazadas al ámbito de pequeños
grupos radicalizados).
Sin embargo, que se haya desacreditado la posibilidad de sustento teó-
rico no implica que este racismo abierto no continúe teniendo vigencia en
innumerables territorios. Como en todo proceso ideológico, las formas de
lo viejo perviven, conviven y fluctúan entre las marcas de lo nuevo. El vie-
jo racismo se resiste a desaparecer, aún cuando su sustento “científico” y
su funcionalidad hayan perdido su sentido, aún cuando ya un nuevo racis-
mo esté en condiciones de sumarse y desarrollar tareas similares con ma-
yor eficacia.
Pero quizás también habría que pensar que este “viejo racismo” ya no
resultaba del todo funcional a un mundo interconectado donde, con el di-
nero suficiente, aún los rasgos supuestamente permanentes (como el color
de la piel o la estructura sexual o el color de los ojos, el ancho de las cade-
ras, de los pechos o de los labios, la forma de la cara, los signos de la vejez,
los gestos, los modos de vestir) pueden ser transformados. Porque si las ca-
racterísticas fenotípicas no pueden sostenerse en el tiempo, ¿cómo soste-
ner un discurso racista basado en un aspecto biológico que podría llegar a
cambiar? La deslegitimación relativa del “racismo clásico” no debe verse
tan sólo como resultado del espanto generado en Occidente por la violen-
cia nazi sino también (en una medida difícil de establecer) por las contra-
dicciones que generan los cambios que introduce la fluidez posmoderna en
la coherencia interna de dicho discurso.
La normalidad, que antes se basaba en un modo de ganarse la vida (por
lo general, trabajando) ha tendido a transformarse, poco a poco, en norma-
lidad estética, en un estilo de vida, basado en cierto modo de caminar, de ves-
tir, de lucir. Hoy se vuelve difícil sostener el modelo ético de la familia nu-
clear, el trabajo estable y rutinario, las actividades normales y repetitivas,
todos modelos de “normalidad” que construyeron (y golpeados, aún cons-
truyen todavía) los modos de definir la “normalidad”. Ni el trabajo ni la fa-
milia, ni los amigos ni las actividades para el tiempo libre han resistido el
proceso flexibilizador de la posmodernidad. Todo cambia, con una vertigi-
nosidad que impide cualquier análisis o procesamiento. Las familias y los
trabajos parecen desbordar, con sus permanentes e imprevisibles transfor-
maciones, todo orden de estabilidad.
Como resulta difícil instalar la norma en el manejo de las actividades o
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las decisiones de vida, se intenta aunque sea “normalizar” el propio cuer-


po, lo que se muestra, la “estética”. Si no es posible lograr una “vida” nor-
mal, se intenta “normalizar” la apariencia, “lucir como todos”. Claro que
esta normalidad estética se encuentra restringida para aquellos sectores de
población que tienen dificultades económicas para transformar su aspecto,
aún cuando aparecen mercados clandestinos o de segunda clase, vestimen-
tas de reemplazo, cirugías de bajo costo. Pese a que el acceso a un modo de
lucir es restringido, parece ofrecerse como una opción para toda la socie-
dad, estratificando niveles de cercanía al modelo ideal según posibilidades
económicas.
Pero dado precisamente que el aspecto ahora puede transformarse, la
“fealdad” se postula entonces como un asunto de “elección”. Es así como
este nuevo modelo de normalidad estética y racismo de la apariencia le
otorga mayor fuerza y supuesta legitimidad a la criminología “preventiva”.
La llamada “portación de cara” será marca suficiente para el arresto por
averiguación de antecedentes. La falta de adecuación al modelo estético
predominante se define como símbolo de peligrosidad. El racismo se vuel-
ve más sutil pero se instala casi inconscientemente en nuestro modo de re-
lación con nuestros semejantes.
La condena del “racismo clásico” permite, sin embargo, que este nuevo
racismo no sea tildado de racista. Es decir, y para no confundirnos sobre la
fuerza real de cada uno de estos paradigmas racistas, si aún el viejo racismo
basado en el color de la piel o la disposición de la cara puede seguir resul-
tando útil para adoctrinar ideológicamente a los sectores populares del Ter-
cer Mundo, intentando su dispersión y la multiplicación de confrontaciones
entre sometidos, un nuevo racismo más sutil y aparentemente menos reñi-
do con la formulación de los derechos humanos universales puede ser asu-
mido por los ciudadanos de las grandes urbes y por las clases medias y al-
tas, de modo tal que incluso la lucha contra el racismo puede reconfigurar-
se como estrategia racista, como lucha contra ese “racismo de los pobres”
que se tiende a explicar como subproducto de su propia “ignorancia”.
El empresario, el funcionario político, el dueño de un medio de comu-
nicación contratará a gente de distinto color o distinta religión para mos-
trar su pluralismo. Sin embargo, no se considerará racista por elegir a sus
subalternos (sus secretarias, asesores de imagen, publicistas, etc.) de acuer-
do a un paradigma de belleza y no a sus cualidades para la labor. Este em-
pleador no se siente racista cuando impone la “buena presencia” como con-
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dición de acceso a un empleo. Es por eso que este racismo aparece como
más sutil. Margina más o menos a los mismos de siempre, pero con una
argumentación que parecería más natural, producto del “gusto” y no de la
ideología.
El pluralismo que se postula se transforma, entonces, en un pluralismo
cerrado, un pluralismo que sólo se ejerce “dentro” de un solo modelo esté-
tico. Pero ese modelo es un modelo inalcanzable y allí radica parte de su
éxito. El acceso al estatuto de “normalidad” tan sólo se logra transforman-
do el propio ser y, por mucho que se lo intente, nunca se llega a tener tan
pocos kilos como se debe, tan buen perfil como el del modelo de moda, tan
pocos años como los que se requieren. Y, al modo de cualquier proceso de
quiebre de solidaridades, el modo de acercarse al criterio de normalidad es-
tética pareciera ser señalar al “anormal”, encontrar un cuerpo aún más ale-
jado del ideal que el propio, para instalar en él la burla, la mofa, el insulto.
Que haya programas televisivos destinados a burlarse del cuerpo del otro,
que pretendan transformarlo y vestirlo –en la jerga de la moda, “producir-
lo” –, nos habla de la fuerza con la que este segundo modo de racismo se
va instalando en nuestras sociedades.
Las propuestas de acción transversal a largo plazo, por tanto, deben pro-
ponerse desmontar tanto el viejo racismo –anclado en las diferencias na-
cionales, culturales o fenotípicas– como este nuevo racismo de carácter
mucho más social, ligado a un paradigma estético que se asume como uni-
versal, como modelo a alcanzar por el conjunto de la humanidad.