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ARS ARTIUM

\ CONFESION
SEGÚN LOS G R A N D E S MAESTROS
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L R. P. J . Z E L L E , S. J .
WI«(ONCRO Y P R O r C t O R DC TCOLOQÍA

TSASÜOIDl i l . OAflTELLAÏO
fon
EL P. SABINO DE LA NATIVIDAD, T. D.
(Obra âêdlcada á los Cooiesoret)

A. M. D. G.

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liDpreota ; RncaadernAcíún <la An<lr¿s P.-Cardenkl
1899
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ARS ARTIUM

LA CONFESIÓN

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APROBACIONES

En carta fechada en Paray le Monial (Francia) el 9 de


Septiembre de 1897, nos decía el autor:
«Es bueno sepáis que mi libro ha sido examinado en
Roma y que el M. R. P. Martín, General de nuestra Compa­
ñía, me ha escrito diciendo que la respuesta de los que lo
han revisado ha sido: librtim esse erroris expertemt>.

El M. R. P. General de la Compafiia de Jesús


Fesulís, 25 Julii 1894
Reverende in Christo Pater.
P. C.
Opus «La Confesión según los grandes Maestros» á
R.* V.» conscriptum grato animo nuper accepi. Valde cupio
ut plurímum divulgetur, pesuasum habens illud legentibus
esse profuturum. Tum libro, tum auctori benedictiorem li-
bentissime impertior.
L. M a r t ín S. J.

Hay un sello que dice: Obispado de Vitoria,

t
Por la presente concedemos nuestra licencia para que
pueda imprimirse y publicarse la obra titulada «La confe­
sión según los grandes Maestros», toda vez que según la
censura, se encuentra enteramente conforme á los dogmas
de nuestra santa fe y á los'principios de la sana moral; pro­
vista, además, de excelentes consejos que pueden servir
de suma utilidad á los confesores en el desempeño de su
importante y difící! ministerio.
Dios guarde á usted muchos años.
Vitoria, l8 de Febrero de 1899.
E l O b isp o de V it o r ia .

R. P. Fr. Sabino de la Natividad, Religioso Trinitario


Descalzo.— Algorta.

B. S. SS. T.

Por la presente, y por lo que á Nos toca, damos licen­


cia para que se pueda imprimir é imprima el libro titulado:
«A rs Artium», 6 «La confesión según los Grandes Maes­
tros», compuesto en lengua francesa por el R. P. José Zelle,
de la Compañía de Jesús, y traducida en idioma español
por el R. P. Sabino de la Natividad, Sacerdote de nuestra
Sagrada Religión.
Dada en nuestro Convento de Algorta á 25 de F e ­
brero de 1899.
Fr. Estebao del P arisino Coraaiii de H aría.
Ministro Qeneral.

Hay un sello; Pater Minister Generalis.


ARS ARTIUM

LA CONFESION
SEGÚN LOS G R A N D E S MAESTROS
E S C B IT A EN FBANOÉS
9
POR
Kl. R. P. J . ZKIvLK. S . J .
MISIONERO Y PRO FESO R DE TEOLOGIA

TBADÜOIDA AL OASTELLAHO

POR

EL P*. SABINO DE LA NATIVIDAD, T. D.


(Obra dedicada á los Confesores)

A. M. D. G.

)lCIÔ3îT

BILB A O
Imprenta 7 Enooademaoión de Andrée F .-Cardenal
1899
Es propiedad: Queda hecho el de­
pósito qae marca la Ley.
INTRODUCCIÓN

Uq joven sacerdote y a a Tiejo Misioaero,— Medio de salvar muchos pe­


cadores.— Objeciones y réplicas.— El joven sacerdote es conven­
cido por el viejo Misionero.— Industrias complementarias.— Idea y
objeto de esta obra, qae es, sobre todo, práctica.— Su gran utili­
dad.— División: m ai, remedia y preservativos de la falsa vergüenza

Un joven sacerdote, profesor en una facultad de


Teología, platicaba un día con un venerable Mi­
sionero, encanecido en las lides y fatigas del apos­
tolado. Los dos interlocutores, aunque muy distan­
ciados entre sí por su edad y habituales ocupacio­
nes, sentían en el corazón una pasión común: el
amor de las almas redimidas por Jesucristo. E l uno
experimentaba los primeros ímpetus de un celo impa­
ciente y ardía en deseos de entregarse á las labores
del apostolado; pero aún le faltaba la necesaria ex­
periencia. E l otro, por el contrario, poseía á fondo la
ciencia práctica del gobierno de las almas, y le eran
perfectamente conocidos los más recónditos secre­
tos de este A rte de las A rtes (i).
— ¿Queréis, dice el anciano, que os descubra un
medio de librar del pecado y de la muerte eterna á
muchos infelices pecadores?

( i) San G reg o rio i l G rand*.— pastor, o ffie. cap. i. «Ars


artiom, regimen aaim aram .»
— Sí; os lo ruego.
— Pues bien; este medio consiste en que os per­
suadáis, desde luego, que muchas personas callan
pecados en sus confesiones ordinarias.
— Padre, no lo puedo creer. Si esto que decís fue­
ra verdad, los Teólogos y los Moralistas me lo hu­
biesen enseñado; mis maestros en la Ciencia sagra­
da me lo hubiesen ya advertido. Pero, hasta ahora,
ni lo he oído, ni lo he leído.
— No hay que maravillarse de que ni los Teólo­
gos ni los Moralistas hayan tratado á fondo esta
cuestión, que, después de todo, más pertenece á la
experiencia que á la teoría; pero puedo aseguraros,
y os aseguro, que el hecho es incontestable. Los
más grandes Santos lo afirman en sus escritos; los
más célebres Misioneros la afirman también..... y si
me fuera dado unir mi testimonio personal al de es­
tos ilustres personajes, os diría que, después de las
trem ía m¿¿ confesiones generales que llevo oidast
me es absolutamente imposible abrigar la menor
duda en este punto.
— Pero ¿cómo un hecho de tamaña trascenden­
cia— si existe— no ha sido denunciado antes de
ahora?
— Porque muchos lo ignoran y no pocos lo po­
nen en tela de juicio. Por otra parte, es hecho
cierto, que estas cosas prácticas se leen, sin que
llamen la atención, y se oyen, sin comprender­
las bien. A menudo, sólo la experiencia personal
puede abrir los ojos. De aquí el clásico aforismo de
los antiguos que, á este propósito, decían: N u lla
intelligentia sine p ra x i.
— Bueno, pero ^qué interés puede tener nadie en
ocultar pecados en la confesión, cuando, precisa-
mente, va á confesarlos, para obtener el perdón de
ellos?
— Que ¿qué interés? ¡Ay! el interés que tiene la
naturaleza humana, después de las derrotas del Pa­
raíso terrenal, en disimular y esconder sus vergüen­
zas é ignominias. Sin duda, que, lejos de ganar na­
da, pierde mucho en estos amaños y astucias de
que se vale para mentir-, pero es lo cierto que mien­
te, sea por un cierto instinto de bajeza y ruindad,
sea por los engañosos y falaces cálculos que hace.
E s preciso también tener en cuenta la acción del
demonio, de quien un Santo Padre ha dicho: que
p rim ero pone en ¿as alm as una crim in a l audacia
p a ra inducirlas a l pecado^ y que después las in sp ira
vergüenza p a ra estorbar que de é l se acusen (i).
— Padre, ya no me atrevo á contradeciros más;
pero, antes de dar por entero mi asentimiento á
una afirmación de tan notoria gravedad, como esa
que mantenéis, permítaseme pediros pruebas en
m ayor abundancia, las cuales— os lo declaro con
sinceridad— no han de convencerme, sino á trueque
de que sean sólidas é irrefutables.

E s preciso lo manifestemos ante todo. Las pedi­


das pruebas se adujeron y, por cierto, con lealtad y
en abundancia tanta, que la más plenapersuasión y
hondo convencimiento sucedieron en el joven sacer­
dote á su primera incredulidad, rayana, como se ha
visto, en obstinación. Por eso, toma hoy la pluma para
defender resueltamente lo que un día rechazara co­
mo una gran exageración. Pero ¿está suficiente-

( l) San Juam Crisòstomo.— De Pctnitentia. Hom. 3. cPeccato prae-


b et fídactam, confessioni pndorem.»
mente motivado este cambio de opinión? El lector
lo juzgará, porque, en este modesto trabajo, hemos
de presentarle todos los argumentos que se desen­
volvieron y razones que se discutieron en estas plá­
ticas y conversaciones.
L a primera lección fué, en efecto, seguida de
otras muchas. Conocida la existencia del mal, era
menester pensar en los remedios. ¿Cómo impedir y
prevenir, en lo posible, la falta de sinceridad en el
tribunal de la Penitencia?.....¿Cómo socorrer á las
pobres almas en trance tan apretado y contra una
tan funesta tentación?.....¿Cómo ayudarlas á librar­
se del peso de sus más secretos pecados, mediante
una confesión íntegra y sincera, que, para ellas, es
el único medio de salud?.....
Para responder á todas estas cuestiones, el buen
Misionero nos inició en todas sus industrias. Estas
constituían un Método completo y razonado, cuya
base y fundamento era la autoridad incontestable
de los hombres de Dios más competentes en esta
materia. El autor de estas páginas se cree en el de­
ber de declarar que, después de haber escuchado to­
do y examinádolo atentamente, sometió á la prueba
de su experiencia personal esta teoría, cuyo valor
y eticacia quiso por sí mismo comprobar. Los re­
sultados obtenidos no le permiten la menor duda
en este punto.
En esta modesta obra se propone el autor llevar
á las almas de sus hermanos en el sacerdocio el
mismo convencimiento, para moverlos á adoptar
los propios procedimientos ó industrias. No tiene
otra pretensión que la de reunir en un haz más
apretado y luminoso algunas importantísimas obser­
vaciones, que, á menudo, se han escapado á la aten­
ción de los más celebrados ingenios, precisamente
porque estaban esparcidas y diseminadas en las
obras de los Grandes M aestros de la ciencia prác­
tica.
Principalmente los sacerdotes jóvenes podrán sa­
car de esta obra gran provecho y utilidad, porque
no pueden ignorar que, según San Francisco de
Sales, el ministerio de la confesión es el más prin­
cipal y el más difícil de todos: Omnium m áxim um
et diffillim u m . Apoyándose en esta grave autori­
dad, apostrofa con vehemencia San Alfonso M. de
Ligorio á todos esos imprudentes, que presumen
de resolver todas las cuestiones, porque han adqui­
rido en las escuelas un conocimiento, más ó menos
ligero, de los principios generales de la Moral C a­
suística. L a ciencia especulativa, por grande que se
la suponga en un hombre, nunca es suficiente.
Acontece aún, añade e¿ Santo Doctory que ¿os más
profundos Teólogos son, á veces^ los mas in exper­
tos en la práctica d el gobierno de las almas (i).
Después de todo, no hay en esto nada que no
sea muy natural. Teoría y práctica son dos cosas
bien diferentes; y no es más fácil y hacedero impro-

(i) Sah Alphohsüs Lisoorius.— / ’rax/j Confessarii. Núm 17 .— II


E t S. Franciscas Salesías dicebat ofñcittm audieadi confessioDcs esse
omnium maximum et dificillim uvt.
......Quidain, qui eraditos et Theologos magoae notae se jactant..... .
dicnot sufficere, ut coofessiones rite excipere posslnt principia generalia
Moralis caliere; illis enim posse resolvi (aiunt) omnes casus particulares,
Quis negare potest omnes casns particulares esse his principiis resol-
vendos? Sed totum opas, totits labor est io adaptando ad casus particu­
lares tantis diversis circunstantils irretitos principia hujusmodi.....lusta
ratione motns, auctor. InstrucHonump ro n ovis conftsariis affirmat inul­
tos theologos quanto profuodiores in scientiis speculativis, tanto rndio-
res in scientiis moralibus.
visar un confesor, que un médico. Pero ya que, una
vez estudiados los principios en los libros, es me­
nester, un día ú otro, comenzar á practicarlos y po­
nerlos por obra, la razón aconseja y la prudencia
y discreción exigen al principiante, siga escrupulo­
samente la senda trazada por los más hábiles y ex­
pertos. Y con estas palabras, hábiles y expertos^ no
aludimos aquí tanto á los doctos teólogos, cuanto á
los confesores experimentados, que bien pueden ser
llamados los Grandes Em píricos de la Confesión.

Acaso este pequeño libro suscitará algunas obje­


ciones; pero las hemos ya previsto, y no nos pare­
cen de tanta solidez y fuerza de «convicción, que nos
impongan silencio.
S i el mal existe, si está derramado universalmen­
te, como lo atestiguan irrevocables testimonios, ni
el asombro, ni los lamentos, ni las recriminaciones
serán poderosos á detenerlo en la perpetración de
_ sus estragos secretos. De todos modos, parece, por
lo menos, que nadie debería ser osado á censurar
al médico que se impone el deber de señalarlo y de
excogitar los remedios. ¿Habrá quien se atreva á
tomar á cargo de su conciencia, no y a el dejar que
las cosas marchen de mal en peor, sino el exigir
que nadie se preocupe de ello en adelante? Creemos
que no.
Tanto más, cuanto que aquí se trata de la salva­
ción de las almas, es decir, del cielo ó del infierno,
de una eternidad feliz ó desgraciada. Por esto, una
solicitud ó diligencia, que, en otros casos, pudiera
parecer exagerada, no es en este sino un sagrado
deber de todo sacerdote de Jesucristo.
Por tanto, marchando á la luz y bajo la dirección
de los Grandes Maestros, estableceremos, desde
luego, la existencia d el ntal^ es decir, la fa ls a ver-
güenza de los penitentes. Después, buscaremos la
aplicación del remedio más eficaz^ que, á lo que pa­
rece, consiste en una interrogación prudente y há­
b il hecha por el Confesor. Ultimamente, trataremos
de ciertos preservativos ó medios los más indica­
dos y conducentes, para hacer que el mal sea menos
frecuente ó de más fácil curación.
S e nos preguntará, sin duda, por qué en esta
obra hemos preferido la lengua vulgar al latín. Y
respondemos que por ser á la vez más fáciles y
mejor comprendidos. Los Santos mismos han escri­
to la mayor parte de estos libros en lengua vulgar.
Por lo demás, nos reservaremos el recurrir al latín,
cuando así nos lo demanden razones de convenien­
cia ó de prudencia.
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LIBRO PRIMERO
EL M AL

LA FALSA VERGÜENZA

«La vergüenza estorba á machos de es­


tos baenos campesinos confesar todos sas
pecados á sas sacerdotes, lo que les tiene en
estado de eterna condenación».
(San Vicente de Paól.— Vtt/a, Abelly,
cap. V III).

«Los que han un poco de experiencia


saben perfectamente qne esta maldita ver­
güenza puebla de condenados elinñerno»,
(San Alfonso M. de Ligorio.— Instruc-'
eión á los M isioneros).

cL a experiencia ha ensenado á todos


harto por demás, que la mayor parte de
los cristianos se condenan por defectos
esenciales en sus confesiones ordinarias».
(P. Brydaine.— Vida, por el abate Ca­
rrón, pág. 134).

«Predicad á menudo contr? las confesio«


oes sacrilegas, porque Dios me ha revelado
que la mayor parte de los cristianos que se
condenan, es á cansa de confesiones mal
hechas».
(Santa Teresa, citada por Segneri y
Mach).
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C A P IT U LO I

Los Grandes Santos Modernos

S ig l o s xvi y x v ii

L a existencia del falso rubor añrmada frecaentemente por los Padres


de la Iglesia.— Unánimes testimonios de los más Grandes Santos Mo­
dernos.—|Es un grito de espanto!— Eleccidn de autoridades las más
convincentes.— San Francisco Javier indica el mal y su remedio.—
Necesidad de las confesiones generales reconocida por San Carlos
Borromeo.— San Felipe Neri: prácticas y tradiciones.— San Vicente
de Paul y la fundación de los Padres de la Misión.— ReSexidn de
A belly.— La confesi<5n del buen ladrón, ó sea, la cnestidn de la inte>
gridad.

¿Es verdad que un número más ó menos conside­


rable de penitentes callan por falsa vergüenza ó ru­
bor, ú otro parecido motivo, sus pecados en confe­
sión? A esta pregunta respondemos sin vacilaciones
y resueltamente: Sí; es verdad.
Evidentemente, no basta consignar aquí esta afir­
mación: es necesario probarla. Pues bien; enten­
diendo que sólo la autoridad de los hombres más
experimentados en el gobierno y dirección de las
almas puede sólidamente establecerla, no recurrire­
mos á otros, sino á ellos, en demanda de nuestras
pruebas.
Para resolver la cuestión, sería cosa fácil y hace­
dera aducir testimonios anteriores á la época lla>
mada moderna. Los Padres de la Iglesia, desde los
primeros siglos del cristianismo, han tocado á me­
nudo este punto que nos ocupa, y afirmado el he­
cho de la falsa vergüenza.
Tertuliano, á principios del siglo iii, exclamaba
con toda la vehemencia que le era peculiar: «Gran­
des son los medros y ventajas que á la vergüenza pro­
porciona el ocultar los propios pecados! Acaso, por­
que hayamos sabido encubrir nuestras faltas á los
hombres ¿podremos también encubrírselas á Dios?...
¿Es, acaso, mejor condenarnos por haber disimu­
lado, que ser absueltos mediante una sincera con­
fesión?» (i)
Doscientos años más tarde, San Agustín truena
contra este mismo crimen. «Serás condenado, dice,
por tu silencio, cuando pudieras salvarte con la con­
fesión*. (2)
A estas citas, que nos sería fácil multiplicar, se
opondrá quizá como objeción el profundo cambio y
mudanza que se ha operado, así en las instituciones,
como en las costumbres; pero, á decir verdad, esta
objeción más es aparente, que real; más parece
especioso sofisma, que argumento sólido y bien fun­
dado en razón. En efecto, aquí se trata de un vicio
inherente á la decaída naturaleza humana, y sabido
es que, salvas ligeras diferencias de matizy la natu­
raleza humana es siempre la misma en todos los
tiempos y bajo todas las latitudes.

(1) Tertuliaa.— De poenítaat. niim. 10 .— cGraade emolamentnm


verecandiae ocultaüo delicd pollicetar?... Videlicet si qaid humaaae no-
titiae sabduxerimus, proinde et Deam celabimas?... An melios est dam<
natnm latere guam palam absolví?»
(2) San Agustín.— E n a rr. in Psaim . ix v i.— cDamnaberis tacitas qni
posses Uberari confessas».
Pero, sea de esto lo que quiera, nosotros nos li­
mitaremos á los tiempos modernos, citando con pre­
ferencia los testimonios de los Santos, cuya fecha
de canonización es más próxima á nuestra época. Y
nótese bien, que de estos ilustres personajes, unos
han sido fundadores de Institutos apostólicos; otros
son honrados con el título y dictado de Doctores
de la Iglesia; y todos, finalmente, son tales, que
conquistaron la aureola de la santidad en el ejerci­
cio no interrumpido y, por ventura, harto prolonga­
do del ministerio de las almas, bajo el triple con­
cepto y calidad de apóstoles, misioneros y confe­
sores.
Viniendo de tales fuentes, un sólo texto, de
ser claro y preciso, tendría garantizado su valor
y merecería atención. Ahora bien; siendo esto así,
como lo es, ¿qué deberá pensarse y entenderse, si
todos unánimes asientan de consuno esta proposi­
ción: á menudo se callan pecados en e l sanio trib u ­
n a l de la Penitencia!^ Cuando tales personajes, to­
dos de común acuerdo, afirman una misma verdad
experimental, ¿quién osará contradecirles? En nues­
tro humilde entender, un adversario así daría prue­
bas inequívocas, cuando no de otra cosa, de vana
arrogancia é insensata presunción.
Cuando se piensa en la mucha cautela, tino y
discreción que se recomienda en esta tan delicada
materia, es preciso reconocer en las palabras que
estos hombres de Dios han dejado escapar de sus
labios, ó de sus plumas, e l g rito de espanto de un
celo ardiente, que no han podido reprimir al de­
nunciar una tan grande é inmensa desventura. A l
tratar de esta materia, mientras, por una parte, to­
man toda clase de precauciones y cautelas, por otra,
hablan en un tono y se expresan en un estilo tales,
que denotan bien ostensiblemente la profunda emo­
ción que embarga sus almas ante este misterio de
iniquidad!... ¡Tantos sacrilegios cometidos!... ¡Tan­
tas almas condenadas por obra y gracia de este fal­
so y maldito rubor, por obra y efecto de esta cri­
minal vergüenza!...
Y no hay por qué decir, pues es cosa llana y evi­
dente, que este conocimiento es sólo fruto de una
experiencia puramente humana, sí que también el
resultado de gracias especiales y de luces é inspira­
ciones sobrenaturales; porque estos Santos, á quie­
nes aquí aludimos y que luego citaremos largamen­
te, poseyeron, y á menudo en grado eminente, el
don de penetrar en las interioridades de las con­
ciencias y leer en lo más profundo de los corazones.
De intento, hemos escogido las más convincentes
autoridades, cuyo número fácilmente hubiéramos
podido multiplicar, si no hubiésemos preferido, á la
vanidad de parecer eruditos, el mérito de ser claros
y concisos en lo posible. Por lo demás, el lector que
desee instruirse y, sobre todo, edificarse más, recu­
rra á las obras que en el decurso de la presente ci­
tamos.
Por otra parte, asentado que hayamos, como co­
sa cierta y averiguada, que muchos penitentes se de­
ja n vencer del falso rubor ó vergüenza, nuestro in­
tento es hablar en términos generales, como lo hi­
cieron los Santos, sin fijar ni concretar cosa alguna
más en particular y por menudo, que lo hicieron
ellos. Los propios Santos nos servirán de guías y
directores, cuando nos sea forzoso descender á más
precisos detalles y sondear más íntimamente alguna
cuestión.
Abramos, pues, la serie de esta ilustre y gloriosa
galería de Santos y de sabios, comenzando por San
Francisco Javier (i 506-1560) quien, después de ha­
ber ejercido con tanto fruto como aplauso el minis­
terio de las almas en Europa, llegó á ser el incom­
parable apóstol de las Indias y del japón. Como á
todos es notorio, San Francisco Javier fué el más
ilustre de los compañeros de San Ignacio de L o ­
yola, y es fama que convirtió y redujo á la fe un
número casi incalculable de infieles y pecadores.
Pues bien, hé aquí lo que escribe en una carta
de Instrucciones prácticas, dirigida al P. Gaspar
Barzée». «Hay muchas personas á quienes el de­
monio inspira un tan fuerte rubor y vergüenza de
sus vicios y pecados, que, por sí solas, serían in­
capaces de hacer una confesión tan completa como
juzgaría de necesidad el confesor. A otras, y con el
propio intento, inspira el demonio gran cobardía y
descorazonamiento, y las llena de desesperación.
Con todas estas personas, es preciso adoptar tem­
peramentos de suma dulzura y amabilidad.> (i)
Más adelante, en la misma carta, leemos esto
que sigue: «Hay algunos que, á causa de la debi­
lidad de su edad ó de su sexo, suelen ser vivamen­
te tentados de sonrojo en declarar los vergonzosos
desórdenes carnales en que se revolcaron. Si os ha­
lláis con esta clase de pecadores, prevenidlos con
bondad, recordándoles que no son ellos ni los únicos
ni los primeros, que en este impuro fango cayeron; y
que habéis conocido pecados del mismo género, más
graves y, según todas las apariencias, más enor-

( 1 ) Carlos de San Francisco y<tvier. Libro V , Carta 6.^—(Versidn


Luceoa.)—Eidic. Pages. T. II, p. 44.
mes que los que ellos temen expresar....— Creedme,
algunas veces, á fin de librar las almas de una ver­
güenza que llegaría á serles fatal, y de desatar la
lengua de estas pobres víctimas, encadenadas por la
malicia del demonio, es necesario algo más. Con
efecto, conviene descubrirles, siquiera sea somera­
mente y de una manera general, las propias mise­
rias de nuestra vida pasada, si este remedio es ne-
necesario para obtener la indispensable confesión
de los pecados que, de otro modo, nos los habrían
de ocultar para su eterna condenación. Bien veo,
que este medio es un tanto difícil y penoso para el
confesor; pero ¿qué penas ni dificultades habrá que
rehuya y de sí aleje el verdadero y ardiente amor
de Dios, cuando son prenda y garantía de la sal­
vación de las almas, redimidas por la sangre de
Jesucristo?> (i)
Esta última reflexión del gran apóstol, ya que
no la practiquemos, por lo menos,siempre nos hará
admirar la generosa industria y piadoso ardid, que
en ella propone; ardid é industria, que, por lo de­
más, han sido recomendados y practicados por otros
muchos Santos, como medio eficacísimo de obtener
ciertas difíciles confesiones.
San Carlos Borromeo, ( 1 5 3 8 - 1 5 8 4 ) el ilustre
Cardenal arzobispo de Milán, debe ser citado en es­
ta galería después de San Francisco Javier. Ningún
hombre, en el siglo xvi, ejerció en la Iglesia una
influencia más general ni más profunda, ni demos­
tró un celo más ilustrado y ardiente. Bajo el título
de Instrucciones á ¿os Confesores, compuso un tra­
tado magistral, que siempre gozó de mucho presti-

(1) Cartas de San Francisco y 'a vitr.— lb i., págs. 44 y 45*


gio y autoridad, sobre el modo de administrar el
Sacramento de la Penitencia. De él tomamos los si­
guientes párrafos, acomodados y pertinentes á
nuestra tesis. « Y porque hay mucho descuido en
hacer, como es debido, la confesión, principalmente
en el tiempo en que la persona no vive en el temor
de Dios y tiene poco ó ningún cuidado de su alma,
de modo que se confiesa más por costumbre y ru­
tina, que por el conocimiento que tiene de sus peca­
dos y deseo de enmendarse-, en todo caso, por la
gran utilidad y medro espiritual que se saca de las
confesiones generales, sobre todo en los comienzos
en que el hombre se resuelve de veras á enmendar­
se y volver á Dios, los confesores deberán, según
la calidad de la persona, y en tiempo y lugar, ex­
hortar á los penitentes á que hagan una confesión
general, para que, por medio de ella, representán­
doseles ante los ojos toda su vida pasada, se con­
viertan con mayor fervor á Dios y reparen así to­
dos los defectos que hubieren tenido sus preceden­
tes. > (i) Como se ve, el gran arzobispo de Milán
( i) San Carlos Borromeo.—Instrucciones á los Confesores.— Edic.
esp. tradac. de don Francisco Lásaro de Hortal, pág. 176.
Texto origin alitaliano. — «E perche per il pW, si pao usare molta ne­
gligenza in far le confessioni, come si deve, maxime nel tempo che la
persona non viva in timor di Dio ed ha pochissima, 6 niuoa cura d'eli'
anima sua, di modo che più presto si confiesa per una certa usanza, che
per cognizione ch’egli ha dei suoi peccati, é desiderio d'ameudarsi;— ed
in ogni caso, per la grande utilità, ch’e di confessarsi generalmente, ma­
xime nel principio che l’nomo si resolve di volersi davero amandare é
convertire á Dio, esortino li confessori, secondo la qualita delle persone,
á Inogo é tempo, li penitenti á fare una bona confessione generale, aC-
cicche per mezzo di quella reppresentandosl innanzi agii occhi tuta la
▼ita passata, si convertino con magior fervore á Dio, é soddisfacciano
con questa á tatti defetti, che fossero intervenuti nelle confessione pa­
ssate.
recomienda la confesión generai <porque las más
de las veces uno se confiesa más por costumbre y
rutina, que por el conocimiento que tiene de sus pe­
cados y deseo de enmendarse.» En otros términos,
el Santo nos dice que las requeridas disposiciones
de integridad y contrición faltan en no pocos peni­
tentes. Lo cual es lo único que, por el momento,
queremos dejar asentado.
Por este mismo tiempo vivía en Roma un cele­
bérrimo confesor, un benemérito director de almas,
gran santo y siervo de Dios, que, en estas mate­
rias, formó escuela aparte. Nos referimos á San
Felipe Neri, ( i 5 1 5-159 5) fundador de la Congre­
gación del Oratorio. Su autoridad es de gran peso
en la presente cuestión. Desgraciadamente, nada
dejó escrito de esta materia. Por tanto, nos vemos
reducidos á consultar su historia y á recoger su es­
píritu y tradiciones entre los que fueron sus suce­
sores y discípulos. Después de todo, también los he­
chos tienen su elocuencia, tanto ó más convincente
que la de las palabras.
Pues bien; los graves y sesudos Bolandistas ase­
guran en varios lugares de su vida, y con múltiples
hechos lo acreditan, que el santo confesor poseía el
maravilloso don de leer en las conciencias <los pe­
cados que á menudo, dicen, se le callaban». Aquí es
un joven que pasa en silencio sus graves impurezas;
pero Felipe le reprende con dulzura, describiéndole
minuciosamente el horrible cuadro de su licenciosa
vida; y así, el pecador queda vencido y convertido.
A llí es una penitente, de la especie de falsas «de­
votas ó beatas>, que, habiendo visto elevarse de la
tierra á su director mientras celebraba el santo sa­
crificio de la misa, ha osado atribuir el milagroso
fenómeno á posesión diabólica. El día que lo tenía
por costumbre, viene á confesarse la tal <devota>;
pero le falta valor para acusarse de este grave jui­
cio temerario. «Vamos, tonta, le dice el Santo con
su acostumbrado buen humor, añade, pues, que has
hablado nial de mí. A g e estulta nempe de me detra-
xisie.y (i)
E l hagiógrafo, después de referir esta anécdota,
pone una nota que prueba que los casos del fal­
so rubor son, desgraciadamente, harto frecuentes.
«Son muchos, dice, y casi innumerables, aquellos
cuyos pecados más ocultos y tentaciones más ínti­
mas y recónditas había conocido Felipe por reve­
lación.»
Existe, además, un libro titulado Escuela de San
F elipe N eri. L a edición inglesa, que tenemos á la
vista, ha sido publicada por el célebre Oratoriano
W . Faber, quien asegura en su prefacio que la obra
original de don José Crispino L a Scuola d el g ra n
M aestro d i Sp iritu S . F ilip p o N e ri, está compues­
ta con doctrina tomada de las mejores fuentes, se­
gún el verdadero espíritu del Santo y de su Congre­
gación.
En la lección X V I, bajo el título de A visos d los
Confesores durante las confesiones^ se leen obser­
vaciones llenas de’ sabiduría, entre las cuales reco­
mendamos las siguientes: «El confesor no siempre
debe entender ha satisfecho á su obligación, dirigi­
do que haya al penitente esta pregunta: ¿Tiene al­
go más que decirme?..... ¿Tiene alguna otra cosa
más de que acusarse?.... Estas palabras, así repe­
tidas, denotan á menudo, más que otra cosa, el abu-
(l) Bolandistas. Acta Sanctorum, Mensis Maji, die. xxvi, pág. 602,
número 434.—Cf. pág. 59O, número 359 et pág. 595, número 424.
rrimíento y fastidio que siente el confesor, que, por
el contrario, debería estar armado de una gran ca­
ridad, cuya inseparable compañera es la paciencia.
Por eso San Felipe Neri, que por experiencia sabía
se callaban á menudo pecados en confesión, interro­
gaba á sus penitentes con dulzura y bondad.» (i)
Algunas líneas más adelante añade el autor:
«Cuando con estos buenos modos y blandas y come­
didas maneras haya dispuesto bien el confesor á sus
penitentes, principalmente á los tímidos y vergonzos,
para la confesión de sus pecados, debe entender no
ha conseguido nada, mientras no obtenga el número
de los pecados cometidos.
>Es tradición entre los Padres de la Congrega­
ción del Oratorio, que San Felipe, cuando, por me­
dio áa piadosas violencias^ reducía á estas personas
vergonzosas de sus pecados á confesarlos, no re­
quería de ellas precisamente el número de veces que
hubieren cometido este ó el otro pecado; sino que
enunciaba él mismo una cifra exagerada, por ejem­
plo, treinta, cuarenta veces... Entonces el peniten­
te, entendiendo que de sus pecados se había forma­
do el confesor una idea harto mayor que la reali­
dad, confesaba el número exacto, que siempre re­
sultaba ser bastante inferior al que en un principio
se había enunciado».
S i estas industrias son admirables, no son inúti­
les para ayudar á los pobres pecadores á acusarse
como es debido. Por lo menos, los Santos, nuestros
maestros y modelos, así lo han practicado y enten­
dido siempre; y el modo de pensar y de obrar de

(l) School o f S. P h ilip N e ri, pág. 250.


los Santos debe colocarse siempre fuera del alcan­
ce de toda crítica.
L a vida de San Vicente de Paúl (1576-1660)
nos suministrará una nueva y no menos sorpren.-
dente prueba del hecho en cuestión, es decir, de la
existencia de la falsa vergüenza. E l abate Maynard
cuenta cómo el apóstol de la caridad se decidió á
fundar la sociedad de los Padres de la Misión, pre­
cisamente con el fin de acudir con el remedio á las
malas confesiones.
«Hemos llegado, escribe, á una de las circunstan­
cias más decisivas de la vida del Santo. A princi­
pios del 1 6 1 7 hallábase el Santo con el general
Gondi en el castillo de Folleville, diócesis de Amiens,
cuando le llamaron al pequeño lugar de Gannes
para confesar á un labriego enfermo, que pedía sus
auxilios para morir en paz. En opinión de todos,
aquel labriego era un excelente sujeto; pero en la
presencia de Dios era un alma que el falso rubor
había encadenado al mal desde asaz largos años. V i­
cente se le acerca y con su acostumbrada dulzura y
prudencia tienta las llagas de aquella conciencia, y
descubierto que hubo ef punto delicado, propone al
paciente la operación de una confesión general.
Nuestro hombre la acepta, y queda á un mismo
tiempo libre de la enfermedad y de su causa, y cu­
rado de sus remordimientos y de su falsa vergüen­
za: los tres días que aún vivió no cesó de hacer pú­
blicamente su confesión.
«¡Ah! señora— exclamatn una de estas, dirigién­
dose en presencia de toda la gente del lugar á la
condesa de Joigny— de no haber hecho esta confe­
sión general, yo me hubiera condenado, por causa
de algunos pecados mortales que nunca me había
atrevido á confesar. Todos estaban edificados y
loaban á Dios; sólo la condesa de Joigny permane­
cía triste y silenciosa, cuando volviéndose súbita­
mente á Vicente de Paul, dice:
— «¡Ah! Señor, ¿y qué es esto que acabamos de
oir?... ¡Cuánto es de temer suceda lo propio con la
mayor parte de estas pobres gentes! ¡Oh! ¡Si ese á
quien se tenía por \m hombre de bien estaba en es­
tado de eterna condenación, ¿qué será ya de los
otros que viven peor que él? ¡Ah, don Vicente! ¡qué
de almas se pierden!... ¿Y con qué remedio se puede
ir á la mano á este grave mal?> (i)
Con el fin de mitigar su pesadumbre y calmar,
en parte, la religiosa inquietud de su corazón, la se­
ñora de Gondi rogó á Vicente fuese á la iglesia de
Folleville y predicase de la confesión general, de su
importancia y del modo de hacerla bien. E ra el 25
de Enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. El
sermón tuvo un éxito maravilloso. A tal punto se
multiplicaron las confesiones generales, que hubo
necesidad de hacer venir de Amiens á varios Pa­
dres de la Compañía de Jesús, para que ayudasen á
Vicente á escucharlas. «Aquel día, añade el histo­
riador del Santo, nació, ó, por lo menos, fué conce­
bida la Congregación de los PP. de la Misión >, cu­
yo principal objeto debía ser ofrecer á las gentes
de las aldeas y pequeños lugares ocasión para ha­
cer buenas confesiones, con las cuales reparasen las
precedentes, más ó menos defectuosas.
Abelly, antiguo biógrafo de San Vicente de Paúl,
trae también la misma razón y aún la expone más
claramente todavía. Después de relatar los hechos
(1) Vida dt San Vicente de P a ú l, por el Abate Maynard. Tom o I,
página 105.
que van referidos, continúa así: <D. Vicente, re­
firiendo después en París á los de su Compañía
ésto que en aquellas circunstancias le había acae­
cido, añadió: L a vergüenza estorba á muchos de
esos buenos campesinos confesar todos ios peca­
dos á sus sacerdotes, lo que les tiene en un estado
permanente de eterna condenación. Tiempo atrás,
fué interrogado uno de los grandes hombres de es­
ta época acerca de si los tales lugareños podían
salvarse, no obstante esta vergüenza que les quita
el valor de confesarse de ciertos pecados, y respon­
dió que, sin duda alguna, muriendo en este estado,
se condenarían miserablemente. ¡Ay, Dios mío, di­
go yo entre mí, y cuántas almas se pierden! ¡Y cuán
importante no es el uso de las confesiones genera­
les, que son las que remedian tamaña desgracia,
cuando van acompañadas de verdadera contrición,
como acaece ordinariamente!...» (i)
E s sabido, que Abelly conoció personalmente y
trató con intimidad á San Vicente de Paúl. Por lo de­
más, ocupó la sede episcopal de Rodez con gran fa­
ma de prelado no menos distinguido por su emi­
nente ciencia teológica, que por su celo en procurar
la salvación de las almas. Por todos estos títulos, es
precioso, y de inestimable valor, el testimonio de
su autoridad.
Nótese de paso, que en el siglo xvii se rechaza­
ba esa funesta teoría que quisiera reducir la confe­
sión á una declaración, más ó menos vaga, pero in­
completa, de los pecados cometidos. En nuestros
días de indiferencia religiosa, esta opinión se difun­
de y tiende á enseñorearse de las almas; y tanto es
(i) Vida de San Vicente de P a ú l, pot hhtW y, Ohxspo á t Rodez. Ca­
pitalo VIII, pág. 32.
esto así, que nosotros mismos, en una reunión de
eclesiásticos, hemos oído á un sacerdote muy avan­
zado en años, expresarse en estos términos: «Den­
tro de poco habrá que contentarse, por lo menos
en lo que respecta á los hombres, con obtener ¿a
confesión del buen ladrón. Por esto de la confesión
del buen ladrón, entendía una confesión sumaria,
reducida, poco más ó menos, á estas palabras: t P a -
drcy he pecado mucho... H e causado graves daños y
hecho muchos m ales... pero me arrepiento y pido
perdón á Dios...^
No hay por qué decir aquí, pues es cosa más que
sabida, que fuera del caso de imposibilidad física ó
moral, protestan contra semejante doctrina, tanto
la Institución misma del Sacramento, como la cons­
tante y universal enseñanza y práctica de la Igle­
sia. Todo lo más, eso podrá servir para producir
gru esas cifras de confesiones oídas; pero no condu­
cirá á nadie al Paraíso con Jesucristo. ( i )
(i) Nos ha sorprendido el hallar asentada en una obra, que Repeti­
das veces ha sido recomendada, esta extraña proposición: cPeoe ergo
»dixerim quomodocumque se examiuent adolescentes hac in materia
> (vi Praecepli\ bonum erit examen; et quomodocumqne conñteantar
»sua peccata, bona erit Confessio». (Frassinetü: Compendio della Theo-
logia morale di S. Alfonso M. de Liguorì, Trattato xvi, pàg. 535)
Cierto, que el contexto restringe 7 atenúa un tanto estas palabras; pero
no nos parece que los explica ni justiñca suñcienteinente. Es bien cono­
cido el canon dogmático del Concilio de Trento, contra el cual no pue>
de prevalecer opinión alguna. Helo aquí: «Si qnis dixerit in sacramento
»poenitentir-e, ad remissionem peccatorum, necessarium non esse jure di­
svino, coniiteri omnia et siugula peccata mortalta, quorum memoria cum
sdebita et praemeditatione babeatur, etiam occulta et quae sunt
»contra duo ultima praecepta... Anathema siti» ( Conc. Tridenl. Sess, xiv.
Canon 7).
CA PITU LO II

Los Grandes Santos Modernos

SIG L O S X V II Y X V III

£ Í ideal del coofesor está en los Santos.— San Francisco de Sales y la


Advertencia á las Confesores; su celo en prevenir el falso rubor jr
en remediarlo, según testimouio de Santa Juana Francisca de Chan­
tal.— San Leonardo de Porto.— Mauricio descubre la inmensa gra­
vedad del mal, después de haber desconocido toda su extensi<ín.—
San Alfonso M. de Ligorio confìrraa con sn tan grande autoridad el
hecho é indica los remedios.— Historia de una ilusión.— Torrentes
delnz.— Multitud de testimonios.

¿Qué sacerdote habrá, joven ó anciano, que no


se haya formado una sublime idea de su dignidad
sacerdotal, en general, y de su ministerio de con­
fesor, en particular; y que no ponga de su parte,
para el mejor desempeño del mismo, toda su ciencia
y toda su virtud? Dulzura sin debilidad, prudencia
sin escrúpulos, celo sin asperezas; hé aquí las vir­
tudes que, principalmente, deben resplandecer en
un buen confesor. Pero estas virtudes son raras,
muy raras: sólo los Santos se nos ofrecen como
verdaderos modelos y perfectos dechados de ellas.
Y , aún en ellos, no se nos revelan, ordinariamente,
sino por alguno que otro rasgo que domina todos
los demás. Para constituir el ideal completo sería
preciso reunir en una asamblea general á todos los
Doctores de Israel, á todos los maestros de la
Ciencia Sagrada, á todos los^ hombres de Dios;
y, seguidamente, interrogarlos, escucharlos, verlos
practicar, para ver de imitar su conducta á medida
de nuestras fuerzas y de la participación de la di­
vina gracia.
Pero esto es imposible. Nosotros no podemos ha­
cer otra cosa sino recoger, como quien espiga al
través de los trascurridos siglos, los ejemplos de su
virtud y los testimonios de su doctrina. Y esto es,
precisamente, lo que tratamos de llevar adelante,
bien que limitándonos á una cuestión particular;
pero que no por eso deja de tener gran interés é
importancia capital. Réstannos todavía por incluir
en este concierto de ilustres testimonios, los Santos,
cuya influencia, acción y autoridad han sido más
grandes y decisivas hasta nuestros días. Entende­
mos, por tanto, que nadie podrá, en razón, tachar,
ni de oscura, ni de vulgar, ni de menguada nuestra
tesis, ya que podemos esclarecerla con los esplendo­
res de las más grandes lumbreras de la Iglesia.
San Francisco de Sales ( 1 5 6 7 - 1 6 2 2 ) merece
aquí un lugar aparte. Apóstol de Chablais, Obispo
de Ginebra y Doctor de nuestros últimos tiempos,
es también, y sobre todo, el buen Santo^ cuya dulce
fisonomía inspira no menos afecto que respeto; no
menos confianza que admiración.
Entre otras obras maestras, escribió una A d ver­
tencia á ¿os Confesores, en la que enseña á los
sacerdotes lo que con tanto acierto y tan bien él
mismo practicó. Pues bien; á lo que parece, su gran
preocupación en esta obra es señalar la terrible lia-
ga de la falsa vergüenza. Pero oigámosle en su do­
noso lenguaje y chispeante estilo.
«Tened, dice, la prudencia de un médico, porque
también los pecados son enfermedades ó heridas
espirituales; y estudiad atentamente la disposición
de vuestro penitente, para que podáis tratarle de
modo conveniente y adecuado. Por tanto, si tenéis
que habéroslas, por ejemplo, con un penitente tra­
bajado por el rubor y vencido por la vergüenza,
fortacedlo y dadle seguridades y confianza, hacién­
dole entender que tampoco vosotros sois unos án­
geles, y que no os causa maravilla que los hombres
pequen; que la confesión y la penitencia hacen al
hombre infinitamente más digno de aprecio, que de
desprecio le había hecho el pecado; que ni Dios,
primero, ni el confesor, después, estiman á los hom­
bres, según lo que han sido en lo pasado, sino se­
gún lo que son actual y presentemente; que por la
confesión quedan los pecados sepultados para de­
lante de Dios y para delante del confesor, de tal
suerte, que nunca jamás serán recordados.....Sobre
todo, sed caritativos, añade, y discretos con toda
suerte de penitentes; pero especialmente con las
mujeres, para ayudarlas á la confesión de pecados
vergonzosos.» (i)
En este tono y sobre el mismo tema y argu­
mento, hay escritas varias páginas en su citada
obrita. Desde luego se nota en ellas la emoción que
embargaba al tierno pastor de almas, deseoso de
prevenir un mal jay! demasiado común.
En la declaración que Santa Juana Francisca de

(1) San Francisto de Sales.— Advertentia á los confesores. Cap. L —


Obras. Edic. de París, 1869. Tomo I, pág. 16 73.
Chantal hizo para la canonización de su piadoso di­
rector, asegura clara y terminantemente que el San­
to ponía toda su atención y cuidado en estorbar las
malas confesiones, ó en repararlas por medio de
otras buenas generales.
<Digo que nuestro Bienaventurado Fundador
fué perfectamente incomparable en la caridad que
ejerció en el confesonario, y en el celo que desple­
gaba en él.....Cuando sucedía que alguno sentía
dificultad en hacerse entender, fuese por vergüenza,
fuese por temor, el Santo se valía de todos los me­
dios para abrirle el corazón y acrecerle la con­
fianza.
— ¿Acaso no soy yo aquí un verdadero padre pa­
ra vosotros? solía decir.
YÜo repetía hasta que se le contestaba con un: Sí.
Y entonces añadía:
— Pues bien; si me consideráis vuestro padre, Jpor
qué no queréis decirme todo? Dios espera que abráis
vuestro corazón: que El está con los brazos abiertos
para recibiros en su pecho. ¿No veis que yo ocíupo
aquí el lugar de Dios? ¿Cómo tenéis, pues, vergüen­
za de mí? Por lo demás, yo soy pecador, y aún
cuando hubiereis cometido todos los pecados del
mundo, no por eso me asombrara yo, ni poco ni
mucho.
«Ayudaba también con una dulzura sin igual á
explicar los pecados, cuando echaba de ver que,
por ignorancia ó por vergüenza, se sentía dificultad
en declararlos...
>Y con este loable celo que tenía de purificar las
almas por medio de confesiones claras y sinceras,
estirpò ciertas malas pasiones, que, de no seguir
este método, hubiera tenido que abandonar... Dios,
y sólo Dios, puede saber el número infinito de al­
mas que se lograron para su divina Majestad, por
el ministerio de este su bienaventurado siervo. Cuan­
do se sabía que pasaba por la ciudad ó que se mar­
chaba al campo, de tal manera era asediado por los
penitentes, que le era preciso resignarse á oir sus
confesiones generales en casa de algún amigo ó
allegado^ porque, como él decía, al obispo reserva­
ban los fieles el fondo de sus conciencias y todo
aquello que á otro no hubieran descubierto sino con
mucha dificultad. —Y todo esto, sobre ser verdade­
ro, es público y notorio», (i)
Nosotros no vacilamos en creer y dar plena fe y
asentimiento á estas palabras de una Santa, que ha­
bla así de un Santo á quien conocía íntimamente.
Y no sólo ésto, sino que este testimonio es para
nosotros señaladamente precioso, como prueba au­
téntica é incontestable de que San Fransisco de Sa­
les, aquel tan modesto, docto y prudente obispo,
reconocía la existencia del azote, llamado fa/sa ver^
güenza. El Santo no lo negó jamás, como algunos,
que no son santos, han sido osados á negarlo. A n­
tes, por el contrario, él lo combatió siempre con la
práctica frecuente de confesiones generales, én las
cuales <se le descubría e l fondo de las conciencias
y todo aquello que no sin grave dificultad se hubie­
re descubierto á otros». Después de ésto, ¿habrá
todavía quien moteje de espíritu de partido, de exa­
geración y de menguadas miras, la conducta de los
sacerdotes que tratan de seguir las huellas de estos
Santos, imitando su proceder?

(l) Proceso dt la Canonización de San Francisco de Sales. Artículo 42.


— Obras de Santa Jaaaa Francisca de Chaotal. Tomo III, pág. 204-20$.
32 L\ CONFESIÓN

Pero hénos aquí enfrente de un valiente y esfor­


zado misionero, que, por espacio de más de cuaren­
ta años, y tomando á Roma por su centro de ope­
raciones, ejerció en Italia un fecundo é incansable
apostolado, á cambio de todas las fatigas y de los
más grandes peligros. Aludimos á San Leonardo
de Porto-Mauricio ( 1 6 7 6 - 1 7 5 1 ) que, en el año
1 8 6 1 , fué incluido por el Papa Pío IK en el catálo­
go de los Santos, (i)
¿Qué nos dirá, sobre el asunto que nos ocupa,
este veterano de la guerra santa? Sus palabras tie­
nen un acento inflamado, ardiente, tál, en fin, que
hasta ahora no hemos hallado igual en otro al­
guno. Esto quiere decir que sus revelaciones son
extremadamente graves. Oigámosle:
«Cuántas veces— exclama— he tenido á mis pies
personas que, por dos ó tres veces, se han hallado
á las puertas de la muerte, y que ni aún en aquel
manifiesto peligro de eterna condenación, se deci­
dieron á confesar sus pecados, ni á vencer aquella
falsa vergüenza, que les cerraba la boca! Otras ha­
bían emprendido largas peregrinaciones á Loretto
y á Roma, con deliberado intento de descargarse de
algún enorme crimen; pero, una vez allí, les faltó
ánimo para confesarse, y tornaron á sus casas con
la conciencia más sucia que antes.....
«También yo, en un principio, me figuraba que
esto de dejarse vencer de la vergüenza, no era po­
sible, sino en las mujeres y mozos de corta edad;
pero la experiencia me ha hecho entender lo con­
trario. En muchas de las Misiones que llevo dadas,
he hallado que el número de hombres, que callaban

(2) B reviario Romano, 26 Noviembre.


maliciosamente sus pecados, era bastante mayor que
el de las mujeres. De donde he venido á concluir,
teniendo para mí como cosa firme y averiguada, que
esta materia es de harta mayor importancia de lo
que á primera vista parece, y que importa mucho
volver y tornar una y muchas veces sobre ella. De
todo lo cual se desprende, que es necesario amena­
zar y aterrar continuamente á estos desgraciados
que callan sus pecados en confesión, refiriéndoles
cada día un ejemplo ó historia terrorífica y espan­
table de los que se condenaron por haber callado
pecados al confesor», (i)
Este pasaje lo hemos extractado de una Instruc­
ción sobre ¿a Confesión que el santo misionero de­
dicó á los sacerdotes. A menudo vuelve y torna so­
bre el mismo argumento. Su célebre Conferencia
sobre ¿a Confesión G eneral comienza en el mismo
sentido. Hé aquí sus palabras;
«Acaece con frecuencia, que, cuando un confesor
celoso aconseja una confesión general á alguno de
sus penitentes, responde éste:
“ -¿A qué viene, ni qué provecho hay en turbar­
me la conciencia con esta confesión general? Y o, á
Dios gracias, no he callado nunca pecado alguno al
confesor; he procurado tener siempre un verdadero
dolor de mis pecados; he tenido, en todas y cada
una de mis confesiones, firme propósito de enmien­
da, y he vivido hasta ahora en buena fe, ¿á qué, por
tanto, ahora una confesión general?
— Si las cosas de vuestra conciencia están en el
estado que decís— respondería yo áeste penitente—

(l) San Leonardo de Porto-Mauricio.— P rim era instrucción sobre la


Confesión.— Obras. Edic. LeUiiellenx, primer vol. pág. 2 14 .
tenéis razón, que os sobra. Pero un misionero de
gran celo y de mucha y bien sentada fama de sa­
bio y experimentado, solía decir, que muchas de las
confesiones generales que había oído en su vida,
habían comenzado por simple devoción y consejo.
Pero luego, examinado que hubieron su conciencia
y reflexionado bien sobre los pecados de su vida
pasada, exclamaban, suspirando, los penitentes:
— ¡Cuán engañado vivía yo cuando pensaba no
haber callado pecado alguno en confesión y haber
siempre tenido una verdadera contrición y firme
propósito de enmienda! ¡Qué ilusión y qué ceguera
las mías! De morir antes de haber hecho una con­
fesión general ¿qué hubiera sido de mí? ¡Verdadera­
mente, que por nada del mundo quisiera ahora ha­
ber dejado de hacer esta confesión!
«¿Sabéis lo que acaece ordinariamente en una
confesión general? Lo propio que al hombre que va
de caza ó correría cinegética á una espesa é intrin­
cada selva, poblada de animales. El andará, tal vez,
todo un santo día por ella, sin topar una sola J)ieza
ni hacer cosa de provecho..... Pero si, cansado y
aburrido, la pone fuego por los cuatro costados, y
este fuego, con ia ayuda del viento, se propaga por
toda ella, pronto veréis que, fugitivas y aterradas,
huyen en todas direcciones, jabalíes, lobos, ciervos,
gacelas, etc., etc.....Pues bien, he aquí puntualmen­
te lo que sucede en la confesión general. ¡Cuántas
cosas se ofrecen entonces y vienen á las mientes del
que ha sido poco cuidadoso de su eterna salvación!
Cosas en las que, por ventura no hubiera pensado
jam ás, y que en la hora de la muerte hubieran pues­
to su alma en grande aprieto y congoja. Con la
confesión general se pone fuego al corazón por to­
dos sus cuatro costados, y así se purifica perfecta­
mente de todas sus impurezas y suciedades», (i)
Esta página revela una suma delicadeza psicoló­
gica, que á nadie puede pasársele por alto. Sobre
todo, la comparación que pone al fin es altamente
pintoresca, y tan exacta y justa como pintoresca. Y
en efecto, ¿no son acaso los sacerdotes los cazado­
res <venatores> que dice la Sagrada Escritura—ca­
zadores de almas, se entiende— y que deben perse­
guir, por todas partes y con todos los medios á los
pecados, que <como malas bestias que son» buscan
siempre su guarida en las interioridades más ínti­
mas y recónditas de la conciencia? (2)
Hemos llegado á punto y sazón de aducir la más
grande autoridad que puede, á lo que se nos alcan­
za, invocarse en apoyo de una tesis como la nues­
tra. Pronunciar aquí el nombre de San Alfonso Ma­
ría de Ligorio (1696- 178 7) vale tanto como poner
en la balanza de la discusión, y por el lado que
cae nuestra doctrina, el triple peso de la ciencia,
de la prudencia y de la santidad. De buen grado
aprovechamos esta coyuntura para declarar que las
precisas, terminantes y categóricas afirmaciones del
Santo Doctor, son las que más honda y eficazmen­
te han influido en nuestro ánimo para convencer­
nos. Y es que sus afirmaciones nos parecen irrefu­
tables, sobre todo, si se tiene en cuenta que son el
resultado de largos y profundos estudios de todas
las materias de la moral, confirmados por la expe­
riencia de casi cuarenta años de Misiones. Fuera de
( 1) Sao Leonardo de Porto-Mauricio.— Cim /eretuia sobre la Confe­
sión general. Obras. Edic. Vives. Tomo III, pág. 2 1 3 -
(2) Véase Jeremías, X V I , 16: «Mittam eis mnltos venatores, et vetia-
¿an tar eos de omai monte et colie, et de cavernis petrarnm».
esto, sabido es que el Santo fundó una Congrega-
ción de hombres apostólicos, llamados Redentoris-
tas, que aún en nuestros días conservan en su pris­
tina pureza las santas tradiciones del celo por las al­
mas, que heredaron de su fundador. Principalmente
para éstos, escribió el Santo su Instrucción sobre
¿as Misionesy de donde extractamos los siguientes
párrafos:
«En las Misiones—escribe— es menester insistir
con viveza, y una y otra vez, sobre la necesidad de
vencer la vergüenza que se experimenta en confe­
sar los propios pecados. Los que han un poco de
experiencia saben perfectamente que esta maldita
vergüenza puebla de condenados el infierno. Por
eso, irá la mano á ese grave mal y remediar tamaña
desgracia es el primero y principal fruto de las Mi­
siones. Y en efecto, como en las aldeas y campiñas
los confesores son pocos y, por lo común, amigos
y parientes de sus penitentes, esta vergüenza ha
tanto más imperio y fuerza para hacer callar peca­
dos en confesión. ¡Es una lástima y causa grande
compasión el ver cuántas almas logra por este me­
dio el demonio, especialmente en materia de peca­
dos de impureza! (i)
E l Santo Doctor continúa hablando del propio
modo en varias páginas:
«Y a yo sé— añade aún— que, por lo general, en
todas las Misiones se predica un sermón particular
sobre este punto de no callar ni disimular pecado
alguno, por vergüenza, en confesión; pero también
digo, que en materia tan importante no basta un

( l ; San A Ifo n so M .d e Ligorio.— Instrucción sobre las M ition es.'


Obras. Edic. Parent. Vol. xvi, pág. 237.
sermón, siquiera esté en su totalidad dedicado á es­
te objeto. Primero, porque puede suceder que al tal
sermón no acudan las almas que más necesidad
tengan de él; y segundo, porque á los que por mu­
cho tiempo han ocultado sus pecados, no les basta
oir hablar del remedio una sola vez: es preciso que
el predicador vuelva y torne asaz de veces sobre
esta materia, que, tengo para mí, es la más impor­
tante de la Misión; puesto que muchas personas,
con todo y haber asistido á los otros sermones,
continúan ocultando pecados en confesión..... Por
tanto, es menester tocar muchas y reiteradas veces
este punto de no callar pecados por vergüenza, re­
firiendo todos los días funestos ejemplos de perso­
nas que se condenaron á causa de sus confesiones
sacrilegas», (i)
Hay en esta doctrina un punto delicado, que va­
mos á exponer, puesto que el propio San Alfonso
lo considera fundamental. Querría el Santo que, du­
rante la Misión, los confesores del país no oyesen
en confesión á sus penitentes.
«Si muchas almas— dice— no consiguen sobre­
ponerse á su falsa vergüenza, y continúan confe­
sándose sacrilegamente, aún con nosotros, los mi­
sioneros, que no las conocemos y que dentro de
poco hemos de abandonarlas, ¿qué esperanza habrá
de que venzan esta vergüenza, confesándose con
los confesores del lugar? Y no hay que decir que es­
tas personas, teniendo oportunidad de confesarse
con forasteros, dejarán de hacerlo con los paisanos;
porque una penitente, viendo en el confesonario á
su antiguo confesor, sentirá toda la repugnancia de
(t) San Alfonso M. de Ligorio. —Irutrueción sobre las M isiones.—
Obras. Ibid, pá^. 240.
siempre á dejarse ver se confiesa con forastero, y
así continuará cometiendo sacrilegios... De confesar­
se los fieles con los sacerdotes del lugar, la Misión
más servirá para perder almas, que para salvarlas;
porque con los sermones de la Misión se mueven las
conciencias, y muchos de los que antes vivían en
paz y buena fe consigo mismos, entran, por ven­
tura, en un mar de dudas y ansiedades. Ahora
bien, si estas almas no tienen oportunidad de de­
clarar sus escrúpulos á confesores forasteros, evi­
dentemente, víctimas de su repugnancia de siem­
pre, se los ocultarán á los confesores del lugar, y
fuera ya de la buena fe, por las dudas que hubieren
sobrevenido, harán confesiones sacrilegas y, por
causa de la Misión, se condenarán».
Por tanto, hé aquí la conclusión práctica que se
impone.
Habla el Santo Doctor: «cosa es muy convenien­
te, y está muy puesta en razón, que, cuando se dan
Misiones en un lugar, el obispo suspenda, para du­
rante este santo tiempo, la facultad de confesar á
todos los sacerdotes de aquel lugar, Y cuando el
obispo no hiciere esto, por lo menos uno de los pa­
dres encargados de dar ejercicios á los curas, rue-
gue á los confesores del país se abstengan de oir
confesiones durante el tiempo de la Misión. Y si el
caso lo requiere, obligúeseles en conciencia^ impo­
niéndoles el deber de enviar sus penitentes á que
se confiesen con los misioneros: que hartas veces
sucede tener más necesidad de confesarse con foras­
teros, aquellos que parecía lo habían menester me­
nos». (i)
(i) San Alfonso M. de Ligorio.— Instrucción sobre t(U M isiones.—
Obras. Ihid. págs. 207 y 208.
Afortunadamente, y gracias á Dios, la mayor
parte de ios pastores de almas comprenden la ra­
zón de este aviso, ya que, dada la ocasión, lo po­
nen en práctica. Pero, siquiera la mayor parte lo
entienda así, ¿no hay algunos otros que lo hallarán
un poco duro y un tantico por demás severo? E s­
tos experimentan desazón y pesadumbre en sepa­
rarse de sus bien amadas ovejuelas, y se imaginan
que nadie puede, en confesión, callarles ni ocultar­
les nada, á ellos ¡que son tan buenos! Dicen ade­
más, que sus absoluciones valen tanto (y quizás
más) como las de todos y cada uno de los predica­
dores habidos y por haber: Dominicos, Francisca­
nos, Capuchinos, [esuítas, Redentoristas, Lazaris-
tas, etc., etc.
— ¡Oh!, decididamente, todo eso es verdad, mu­
chísima verdad, pero es el caso, que el propio San
Alfonso les advierte que aquí no se trata de eso,
sino que se trata de ir á la mano y remediar la fal­
sa vergüenza, que, evidentemente, en cosas de con -
fesión, es siempre mayor ante un sacerdote conoci­
do, que ante un desconocido.
Y por si dudasen de esto, les referimos la si­
guiente anécdota:
Un párroco, piadoso y bueno á carta cabal, pero
un poco celoso de su autoridad.... y de sus devotas,
estaba de retiro espiritual entre religiosos, en un
lugar de peregrinación, cuyo nombre pudiéramos
citar. E ra la víspera de una gran solemnidad: los
forasteros acudían en tropel en demanda de con­
fesores. El superior de los mencionados religiosos
rogó al párroco fuese servido en ayudarles en el
ministerio de la penitencia; á lo que, con gallarda
complacencia, accedió el cura. Hacía ya algún tiem­
po en el confesonario, cuando se vino á él una no­
ble dama, cuyas primeras palabras fueron estas:
— «¡Oh, Padre, me siento feliz al poder, á sus
pies, acusarme de mis enormes pecados y descar­
gar mi conciencia sin ventura del peso que la opri­
me!.....Desde hace veinte años, vivo en un horrible
estado de sacrilegio; y todo, por no haber osado
confesarme bien con el cura de mi parroquia*.
— « Y ¿no pudisteis dirigiros á un coadjutor, ó á
algún predicador que, de paso, hubiese estado en
vuestro pueblo?»
— «No, Padre-, porque el párroco hubiese sabido,
y lo hubiese llevado mal..... En fin, que no podien­
do más conmigo misma, me ha ocurrido la idea de
venirme, so pretexto de esta peregrinación, á des­
ahogar mi conciencia y librarme del fatigoso peso
de mis pecados».
E l buen párroco escuchó todo, dejándose creer
un religioso de aquella comunidad; pero desde aquel
punto corrigió su error; porque en aquella víctima
de la falsa vergüenza que acababa de confesar, re­
conoció á una de sus más asiduas penitentes. El
mismo señor cura nos ha referido este sucedido.
Si se revuelven un poco las obras de San Alfon­
so M. de Ligorio, se hallarán en cien lugares distin­
tos las mismas afirmaciones, las mismas ideas que
nosotros venimos exponiendo. Muchas veces las
menciona y trae á colación en sus tratados de Mo^
raly y, principalmente, en su preciosa obrita, titula­
da P r a x is Confessarii. (i) Más adelante volvere­
mos nuevamente sobre ésto.

( 1) P ra x is Confessarii, Cap. 11, mím. 32; Cap. vii, nitm. 90; Capi­
talo X , D ú m . 178.
Nos parece haber citado ya un número suficien­
te de testimonios de Santos contemporáneos, para
persuadir y convencer á toda inteligencia, que no
sea obstinada y contumaz. Sí, es un hecho que está
fuera de toda duda, que no son pocos los pobres
pecadores, ó por mejor decir, que son muchos los
penitentes de uno y otro sexo, que callan pecados
en confesión. E l hecho es perfectamente cierto y
averiguado, histórico, constante, ya que, como he­
mos visto, queda afirmado en todas las formas, aun­
que más á menudo en los mismos términos, por los
más conspicuos y autorizados hombres de virtud y
ciencia en la Iglesia de Dios. Contra este grande
mal, menester es adoptar remedios eficaces. Los
hombres de Dios se dieron á ello con verdadero ce­
lo y abnegación, é invitaron á concurrir á esta obra
colosal á todos los sacerdotes de buena voluntad.
Por de contado, que los operarios apostólicos no
harán, en este negocio, buena labor, ni otras g a ­
llardías, sino á cambio de una convicción inque­
brantable y de una persuasión invencible. Por tan­
to, aquí son menester torrentes de ¿uz y nubes de
testimonios^ para disipar todas las tinieblas, desva­
necer todas las oscuridades, deshacer todas las du­
das y contestar victoriosamente á toda sutileza y
oposición. Encaminado á este fin, abriremos un nue­
vo capítulo, en el cual los más ilustres misioneros
de Europa depondrán su testimonio en pro y favor
de la verdad; para que, así como es negada y com­
batida, sea también afirmada y defendida, para ma­
yor honra y gloria de Dios y salvación de las almas.
Si no es ya la santidad eminente y canonizada
la que hable, siempre serán la ciencia más sòlida y
la experiencia más consumada.
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C A PIT U LO III

Los Misioneros Célebres

SIG LO S X V II Y X V III

A propósito de uo pasaje de Bossuet: ¿acaso en otros tiempos se preci­


saba á hacer malas confesioaes?— Preferimos á los sermones, los
testimonios de los Grandes Misioneros.— Un aviso de suma impor­
tancia y harto explícito del Padre Lejenne á los párrocos noveles.—
El P. Segneri en sus Instrueeiones del crmjesor y del penitente.— Re­
fiere el consejo de Santa Teresa á un sacerdote: «Predicad á menudo
contra las malas confesiones».— Comparación tomada de la caza de
los elefantes.— Modo de obrar en las misiones y terrible confesión
del célebre Brydatoe.

E l año 1662 predicó Bossuet ante Luis X IV y su


corte un célebre sermón sobre la integridad de la
confesión, en el cual se hallan estas solemnes sen­
tencias: «Muchos golpean el pecho, muchos dicen
con los labios y, tal vez, creen que también con el
corazón, aquel P eca vi que tanta confianza inspira y
tan fácil parece á los pecadores. Pero lo dijo Judas
ante los pontífices, lo dijo Saúl ante Samuel, lo dijo
David ante Nathan; y, sin embargo, de estos tres,
uno sólo lo dijo verdaderamente de corazón. Exis­
ten ciertos fingidos dolores, con los cuales el peca­
dor se engaña á sí mismo, y para mí tengo como
cosa cierta, que no hay un tribunal ante el cual se
digan más mentiras, que ante el tribunal de la Pe­
nitencia». (i)
En torno al gran monarca, florecía, sin duda, un
estado de cosas que ya no existe y que, en parte,
pudiera explicar estos amargos lamentos del ilustre
orador. Quizás se nos dirá también, que en aquel
tiempo se frecuentaba la confesión porque la impo­
nía la moda, y que era preciso que cada uno cum­
pliera, exteriormente, su deber, siquiera fuese á
riesgo de cumplirlo mal.
Pero ¿es posible que aquellos cortesanos fuesen
constreñidos á frecuentar el sacramento de la peni­
tencia, más que lo son ahora nuestros fieles, cuando
es sabido que por una causa, de todos conocida, el
propio rey era el primero en dar ejemplos en con­
trario? No; en este punto, sobre esta materia, no se
constreñía, no se hacía fuerza ni violencia á nadie.
E l que cometía un sacrilegio, es evidente á todas
luces, que no lo cometía porque se le forzara á ello,
sino porque le faltaba valor para confesar con hu­
mildad toda la ignominia de sus pecados.
Otros, á quienes gusta hablar de burlas, añadi­
rán, quizás, que la retórica hace lícitas álos predica­
dores ciertas exageraciones é hipérboles, que no
podrían tomarse á la letra, sin exponerse á incurrir
en gravísimos errores.
Decididamente, esta última observación envuelve
su tantico de ofensa y agravio para el ilustre obis­
po de Meaux, cuya noble gravedad parece protes­
tar contra semejante imputación. Y , en efecto, que

(i) Bossnet.— Sermón %ohrt la integridad de la confesión.— Primer


ponto.— Obras. Edic. Firmin Didot, tom. II, p. 544, 2.* col.
alguna vez se haya excedido en cumplidos, hablan­
do á la corte con palabras blandas y obsequiosas,
sea; puede esto pasar, puesto que los usos y costum­
bres de la época lo exigían así. Pero, por razones
que á nadie se le ocultan, no podían excederse lo
mismo cuando se trataba de vituperar las rotas cos­
tumbres de la corte. Después de todo, sin salir de
la exactitud, ni faltar á la verdad, ni echar mano de
exageraciones hiperbólicas, podía Bossuet hacer oir
á su real auditorio verdades harto duras; y enten­
demos que en el presente caso no hizo otra cosa.
Por lo demás, en lo sucesivo no recurriremos en
busca de nuestras pruebas, ni á los sermonarios, ni
á las colecciones de discursos sagrados. Para des­
hacer de antemano toda objeción, en adelante recu­
rriremos, como hasta ahora, á documentos auténti­
cos y á obras especialesy escritas acerca de la mate­
ria que nos ocupa; y, además, no demandaremos
testimonio, sino á los hombres apostólicos y más
célebres misioneros, que, puede decirse, han vivido
en nuestros días y rodeados de las mismas circuns­
tancias que nosotros, (i) De lo que digan éstos se
deducirá, sin duda, que la falsa vergüenza es cosa
de todos los tiempos, que existe aún y que no es ya
una enfermedad endémica propia de ésta ó de la
otra época. No; desgraciadamente, este es un fenó­
meno general, cuyas causas son inherentes á la
pobre naturaleza humana, que nos es común á todos.

(i) Entre las muchas obras, muy recomendables y dignas de estima,


por cierto, que se han escrito aobre la Pastoral, desenvolviendo en ellas,
m á; <5 menos latamente, este nuestro argumento, citamos con particular
gusto la magistral del Monseñor Gaume: M anual de los Confesores. Sin
embargo, aún á éstas, preferimos los Santos y Misioneros, en su expe­
riencia personal.
Comencemos por el Padre Juan Lejeune, de la
Congregación del Oratorio, en Francia ( 1 5 9 2 -
1672), que, por espacio de cincuenta años, evan­
gelizó esta nación. Le llamaban el P a d re CiegO y
por haber perdido la visto á la edad de treinta y
tres años, precisamente en los comienzos de su ca­
rrera apostólica, (i)
Siquiera fuese ciego, no era sordo ni mudo el
Misionero Oratoriano; porque continuó predicando
y oyendo confesiones. L a colección de sus sermo­
nes se publica, generalmente, precedida de dos
opusculitos intitulados: A visos á ¿os Predicadores
y A visos á ¿os recién P árrocos, donde se encuen­
tran excelentes y muy prácticos consejos. De este
último tomamos sólo el siguiente párrafo, lleno de
sentido, y cuyas palabras son todas palabras de oro.
«Si tenéis un poco de celo por la salud de vues­
tros feligreses, procuraréis— dice— que, de vez en
cuando, tengan confesores extraordinarios, como
manda el Concilio de Trento se procure á las reli­
giosas; puesto que se sabe por experiencia que mu­
chos feligreses, cuando han cometido algún pecado
vergonzoso, no lo confiesan jam ás á los curas de la
parroquia, porque les parece que y a en lo sucesivo
han de mirarlos siempre como manchados de aque­
lla culpa.» (2)
Ciertamente no se puede decir más en menos y
más concisos términos.
E l P. Pablo Segneri (16 2 4 -1 6 9 4 ) se creó tam-

(1) Véase el D iccionario de F eller, en la palabra: Lejeane (Joan),


(2) Avisos á los recién Párrocos.—E l Misionero de Oratorio, 6 sea«
sermones para el Adviento, Cuaresma y Fiestas del año, por el P, Le>
jeane.— Edici<$o de 1663, Prim era parte. Volamen primero, al principio.
bién en el siglo xvii una bien sentada fama de pre­
dicador y misionero. Los italianos le llaman de muy
buen grado el Bourdalonue de su país, bajo el punto
de vista literario. Fuera de sus sermones, y á más
de sus obras de controversia y piedad, ha dejado
una obrita titulada E ¿ Confesor Instruido, preciosa
por más de un concepto y estimable sobre todo en­
carecimiento y ponderación. Esta obrita parece ser
el resumen más completo de los frutos de su expe­
riencia apostólica. Hé aquí algunos párrafos de la
misma, en donde se confirma total y plenamente
nuestra doctrina.
«La rudeza de los penitentes— escribe— unida á
su poca diligencia en examinarse, en arrepentirse y
formar propósito de enmienda, obliga á menudo al
confesor á cargarse con un deber, del que debería
estar libre, como es el de preguntar.....
>De estas interrogaciones y preguntas tienen ne­
cesidad, particularmente, dos clases de pecadores,
figurados en aquellos dos famosos energúmenos,
libertados de sus familiares por Jesucristo. Los unos
no se acusan de sus faltas y no descubren la ver­
dad, por ignorancia; éstos son mudos y ciegos, pero
esta ceguera es, á menudo, voluntaria, porque no
ponen de su parte el cuidado y diligencia que fuera
razón para descubrir la verdad. Los otros no se
acusan y callan por pura malicia la verdad de sus
crímenes, y estos son mudos y sordos, porque no
quieren oir los reproches interiores de su concien­
cia, que les compele á descubrir con verdad su co­
razón... .
»Evidentemente, estos últimos padecen una enfer­
medad más grave y peligrosa que los primeros, y,
tratándose de ellos, no se puede encarecer cuán pro-
vechosas y útiles son las industrias de un buen
confesor. E s bien cierto, por lo menos, que uno de
los principales frutos de la Misión, es lograr para
Dios estas almas, siquiera á los ojos de los hom­
bres, este fruto quede sepultado á semejanza de
los metales preciosos, y más profundamente que
ellos, bajo un inviolable y perpetuo sigilo sacra­
m ental.'Acaece á menudo, que se arrancan de las
fauces del demonio algunas almas, que de largos
años se hallaban allí, como de asiento, sin esperen-
za de salir jamás.— Quomodo s i eruat pasto r de
ore leonis duo cru ra au i extrem um auriculcey sic
eruentur f i l i i Isra el. (Amos, III, 12 ) (i)
En el prefacio de otra obra del mismo religioso,
que hace pareja con la precedente y tiene por tí­
tulo E l Penitente instruidoy hallamos estas notables
palabras, que el lector nos permitirá las citemos
por entero, en gracia á que se ajustan perfecta­
mente á nuestra tesis, y en gracia también á que
son de persona de tanta competencia y autoridad.
«No es menos necesaria la penitencia á aquel que
ha pecado después del bautismo, que es el bautismo
al que no ha sido bautizado. Por tanto, no hay que
maravillarse de que el demonio, sin darse tiempo
de reposo, haga una terrible guerra á un tan prin­
cipal Sacramento, persuadiendo á muchos á que no
lo usen, ó si lo usan, sea sólo lo bastante para abu­
sar de él. E s hecho cierto, que Santa Teresa tenía
costumbre de decir que por las confesiones sacrile­
gas se llenaba continuamente de condenados el in­
fierno. Escribiendo un día á un predicador, le daba

( l) E l Confesor insruido, cap. 2.— Obras del P. Pablo Segnerl. To­


mo II, parte 2.% 148-150.
este consejo:«Padre, predicad mucho contra las malas
confesiones; porque el demonio no tiene lazo con
que logre tantas almas como con éste».
No he de ocultar que, en un principio, esta afir­
mación de la discreta virgen, siempre tan razona­
ble, me causó una cierta extrafteza; pero la la rg a
experiencia que he adquirido después en las Misio­
nes, en las cuales se trata con personas de toda
suerte y condición, me ha hecho conocer con evi­
dencia que la Santa no exageraba. Muchos pe­
cadores se contemplan seguros, porque se han
confesado á menudo, y no paran mientes en que,
quizás, nunca se han confesado bien: bajo esta
engañosa suposición sufren gran ruina espiritual
sus almas. A estos sucede lo que se cuenta de
los elefantes. Estos pobres animales se apoyan, co­
mo es sabido, contra un árbol para dormir á su
gusto y sabor, sin reparar si el árbol se está con fir­
meza y solidez, ó no. Y sucede, que los cazadores lo
han cortado al ras de la tierra, de suerte, que pa­
rece se mantiene firme; pero no está sino sobre fla­
co y liviano sostén. Así, cuando el elefante en él se
apoya, se le viene encima, y lo sorprende, y lo derri­
ba... T al es la refinada malicia del enemigo de las
almas. Corta el apoyo que tenemos en la confesión;
pero no lo corta del todo, sino lo bastante para que
de ella, lejos de sacar bien y provecho para el alma,
sólo se saque desventura? trabajo y ruina. El no os
dirá que no os confeséis; pero se dará buena maña
para que nunca os confeséis bien, haciendo de mo­
do que descuidéis el examen, la contrición, el pro­
pósito ó alguna otra de las disposiciones requeridas
y necesarias. Por de contado, que quien se apoye en
tales confesiones, caerá y su ruina será, sobre in­
evitable, irreparable. Y sin embargo, ¡cuántos se
apoyan á diario en tan liviano y falaz arrimo!» (i)
Tan convincentes nos parecen estos testimonios,
que no hemos osado, ni pasarlos en silencio, ni
abreviarlos, por temor á mermar su eficacia y dis­
minuir su fuerza. E l lector nos permitirá le ponga­
mos todavía ante los ojos una Instrucción sobre la
Confesión^ en la cual el homónimo y digno sobrino
del P. Segneri afirma: «algunos dicen que ellos
no han menester se les predique que, en confesión,
no callen maliciosamente sus pecados porque esto lo
saben ya desde que tienen dientes. Y , sin embar­
go, ¡cuántos y cuántos se condenan por el temor de
confesar sus pecados con sinceridad! Se cometen,
quizás, en los juveniles años algunos pecados y por­
que los contemplan harto vergonzosos, no se decide
la persona á confesarlos; y así avanza en años has­
ta la vejez, diciéndose á sí misma: «yo confesaré to­
dos los pecados; pero no ahora; más adelante.» En
esto, su conducta es como la de los malos deudores,
cuyo debe aumenta cada día, sin que ellos se pre­
ocupen de él ni lo paguen jamás. De la misma
manera, estas personas cargan diariamente con nue­
vos pecados su conciencia, y llegan á las postri­
merías de su vida, sin haberse nunca confesado
bien».
E n otro lugar añade el autor:
«He conocido personas* que han ido á los san­
tuarios de San Francisco y de Loreto con ánimo de
confesarse con confesores desconocidos; sus pecados,
hasta entonces callados, llegábanles hasta la punta

(i) Obras del P. Pablo SegoerL—Tom. II. E l PmiUntt instruida,


V¿g. 329-
de la lengua; pero no salían fuera. He visto también
que algunas que habían estado en la agonía, ya con la
candela bendita en las manos, (según es costumbre
en Italia) y aún en este momento supremo les faltó
valor para confesar sus pecados >.
¿No es esto terrible? ¿No es esto espantoso? ¿Y
sacerdote de Jesucristo habrá que aún quisiera ig­
norar y desconocer la existencia de este misterio de
iniquidad y de perdición? ¿No se sentirá, por el con­
trario, inflamado de celo ante estas revelaciones,
que le demuestran cuán difícil cosa es el ministerio
de la confesión? Aquí no se trata solamente de re­
partir absoluciones, sino de salvar almas; pues­
to que las absoluciones, aún las dadas en la hora
postrera de la muerte, pueden no servir sino para
sellar el sacrilegio y refrendar la sentencia de eterna
condenación.
Pero volvamos á Francia. Allí nadie hay que no
haya oído hablar de Brydaine, el más célebre mi­
sionero del siglo xvíii ( 17 0 1- 17 6 7 ) .— L a juventud
clerical del autor de estas páginas ha sido á menu­
do conmovida con los elogios á este nombre famo­
so, y aún parece resuena en sus oídos el eco so­
lemne de aquella grandiosa palabra. E ra el mode­
lo, el ideal, que acariciaba en los primeros traspor­
tes de su vida sacerdotal. Bossuet, Bourdaloue,
Masillón, excitaban más nuestra admiración por
su genio incomparable; pero á estos oradores de
los Grandes y de los Reyes hemos preferido siem­
pre el apóstol de los pequeños y de los humildes.
Este era, sin duda, un juicio crítico que, á su modo,
hacía el corazón.
»Brydaine dió, durante su carrera apostólica dos­
cientas cincuenta y seis misiones y se puede decir
que en Francia, á excepción de algunas comarcas
del Norte, no hay ciudad, villa, lugar, ni aldea don­
de no haya resonado su popular y ardiente elocuen­
cia. Masillón hace de Brydaine el más grande elo­
gio, y todo el episcopado francés le manifestó siem-
pre la misma estima. E l Papa Benedicto X IV le
confirió amplios poderes para que pudiese dar mi­
siones en toda la cristiandad, (i)
Claro está, que una figura así debe tener su lu­
gar de honor en nuestra galería; un testigo de tan­
ta excepción debe emitir su voto y exponer su opi­
nión, la cual nos será preciosísima, si nos es favo­
rable. Héla aquí; es breve, llana y fecunda, como
las sentencias de los sabios, y la tomamos de la bio­
grafía del anciano Misionero.
«Sólo después de haber fuertemente conmovido
las conciencias con la exposición de estas saluda­
bles verdades (los Novísimos), permitía Brydaine á
los fieles comenzar sus confesiones.
>Ellas son—decía á sus compañeros,— el primero
de los frutos que la palabra de Dios produce en
una misión: casi todas nuestras predicaciones no se
encaminan á otro fin que á purificar las almas
de sus pasadas manchas y suciedades; nada nos
debe parecer más importante que lograr se hagan
buenas en todos los pueblos confiados á nuestro
cuidado. L a experiencia nos ha enseñado, dema­
siado claramente á unos y á otros, que la mayor
parte de los cristianos se condenan por los defectos
esenciales de sus confesiones ordinarias.» (2)
( 1 ) Véase el D iccionario de F tlle r, eo la palabra: Brydaine.
(2) Vida de Brydaine, CarrÓD, págs. 13 3 -13 4 .— Nótese
qae el célebre misíoDero tenia buen cuidado de conmover las almas con
la exposición de de las grandes verdades, antes de admitirlas á confe-
¡Y siempre el mismo inexorable veredicto-, siem­
pre la misma nota lúgubre que habla de condena­
ción eterna <para la mayor parte de los cristianos!»
Verdaderamente, quisiéramos añadir á esta doc­
trina, de suyo tan severa é inexorable, algún ate­
nuante ó limitación que dulcificara sus rigores y
sirviera de consuelo. Pero ¿cómo atrevernos á esto?
L a experiencia está ahí, que, en términos más cla­
ros y precisos que nunca, ha emitido su sentencia
y formulado su opinión. Por tanto, no nos queda
otro arbitrio, sino rendirnos á la evidencia, incli­
nándonos, con lágrimas en los ojos y triste pe­
sadumbre en el corazón, ante la verdad del hecho,
y esforzarnos en ir á la mano á un tan grande mal,
para remediarlo. Continuar negándolo, parecería
una temeridad; pero permanecer indiferentes, sería
un crimen de lesa caridad para todos los que á su
cargo tienen y son cura de almas.

sí<5d. Nada más lógico. Es preciso agitar fuertemeote las conciencias, si


se quieren obtener 'confesiones quizás harto dolorosas 7 excitar los ne>
cesarlos sentimientos de contrición y firme propósito. Después de esto
jqué pensar de esos predicadores qne no gustan hablar del infierno, de
la muerte, etc., etc..... . so pretexto de que estas materias no está de mo­
da? ¿Y qué decir de esos otros que comienzan los D/as de R etiro ó lo»
E jtreicios eipirituaU s por una exhortación á la confesión y á la coms-
aióo? Lo menos que de unos y otros se puede decir es que no pertene­
cen á la G ran Escuela de los misioneros y de los hombres de Dios.
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C A P IT U LO IV

Misioneros y Santos Personajes

SIGLO XIX

{La nueva era de pretendida libertad ha destruido el Virus de la falsa


rergücDza?— Renacimiento religioso en Francia, á principios del si>
glo X I X . — E l Cardenal Gir&ud proclama la necesidad de las Misto*
nes.— Confesión del P. M. Bussy.— Numerosas confesiones sacrile-
gas descubiertas sobrenaturaimente y reparadas por el Venerable
Cura Párroco de Ars.— Un Misionero belga.— E l P. Mach, apóstol de
cinco reinos y de más de mil parroquias, presenta cifras espantosas
de víctimas de la falsa vergüenza.— Conclusión atajar tamaño de­
sastre.— Visión de San José Benito Labre.

Puede que, cuando hayamos traspuesto las fron­


teras del siglo X IX , toquemos en una comarca ven­
turosa, en una tierra verdaderamente afortunada.
— ¿Quién sabe si esta nueva era no nos reserva es­
te consuelo pòstumo, en medio de tantos dolores
como nos ha ocasionado y producido? ¿Acaso no se
ha visto otras veces el bien derivar del mal? ¡Tan­
tas veces hemos oído repetir que desde 1789, hay
más independencia en las inteligencias y más li­
bertad para las conciencias! E s cierto, por lo me­
nos, que hoy á nadie se le hace fuerza— si es que
alguna vez á alguien se le hizo— para que vaya á
misa y cumpla con la Pascua. Antes, por el con­
trario, ¡felices los que no padecen persecución ni
violencia en sentido opuesto! Por eso, con menos
religión en la inmensa mayoría, habrá quizás más
sinceridad entre los fieles. Después de todo, esto
sería una especie de compensación.
¡Pluguiese á Dios que así fuese!— Por nuestra
parte, de buen grado y voluntad nos inclinaríamos
á creer que la cosa marcha á medida de nuestros
deseos; pero un sinnúmero de autorizadísimos tes­
timonios contemporáneos dan en tierra con todas
estas hermosas ilusiones. El V iru s de la falsa ver­
güenza, no se puede dudar, ha atravesado las re­
voluciones y se ha adherido al hombre como el pó­
lipo á la roca, como el vampiro á su víctima. Por
otra parte, ¿cómo suponer que la disminución del
espíritu de fe, que se echa de ver en la mayor par­
te aún de aquellos mismos que se confiesan, haya
producido ese extraño efecto de facilitar un acto de
religión, que precisamente es el que de suyo exige
más espíritu de fe? A poco que se reflexione, se ob­
servará que esto es absolutamente imposible. Por
tanto, de ahora más, quedan firmes y valederas
nuestras precedentes pruebas en toda su fuerza y
en toda su solidez.
Entendemos que no se nos exigirá citemos aún
Santos como Vicente de Paúl y Leonardo de Por­
to-Mauricio; Doctores como Francisco de Sales y
Alfonso M. de Ligorio; Misioneros como Segneri y
Brydaine. Sin duda alguna, el tiempo pondrá de
relieve más tarde, nobles y santas figuras, toma­
das de entre tantos hombres apostólicos como han
desfilado, cargados de prestigios y de gloria, du­
rante el siglo xix. En tanto, nos limitaremos á adu­
cir las más graves autoridades, por muchos títulos
recomendables; pero, principalmente, por el de su
experiencia en la dirección de las almas. A sí, man­
teniéndonos en los límites que de antemano nos
hemos trazado, procuraremos ensanchar más el cír­
culo de nuestras informaciones.
Es á todos bien notorio, que en la época de la
Restauración, se sintió en Francia un magnífico re­
nacimiento religioso, debido, en gran parte, á las
misiones que se dieron casi en todos los lugares.
Entre los operarios apostólicos que más se señala­
ron, no citaremos sino dos de los más célebres: el
Cardenal Giraud y el P. Jesuíta Máximo de Bussy.
El Cardenal Giraud ( 17 5 1- 18 5 0 ) , antes de ser
elevado á la sagrada púrpura, fué un simple misio­
nero en la Francia meridional. Pues bien; el Padre
Nampón refiere de él el siguiente testimonio:
«Las Misiones son necesarias á fin de que el
pueblo pueda confesarse con confesores forasteros,
porque muchos, por falsa vergüenza ó por debili­
dad, no se atreven á confesar sus pecados á los sa­
cerdotes que les son conocidos y continúan vivien­
do en el sacrilegio», (i)
A su vez, el P. Máximo de Bussy (17 9 2 -18 5 2 ),
cuya vida estuvo enteramente consagrada á un
apostolado tan fecundo como laborioso, declaró va­
rias veces á sus hermanos en religión «que muchos
penitentes callaban sus pecados en confesión». E s­
ta es, precisamente, nuestra tesis. Quien refiere,
atribuyéndoselas al P. Máximo, las citadas pala­
bras, de tanto alcance como graves, es el R . P. Ju-
llien, S. J., provincial que fué de Lión. Por lo de­
más, que el buen Misionero suponía la cosa^ bien
claramente se deduce de las siguientes palabras,

(l) M anual de M isiones, por el P, Nampón, p. 5.


pronunciadas por él en una conferencia eclesiásti­
ca...: <Es un desconocido, un pecador que viene de
lejos. Pues bien, desde el principio, ante todo, pre­
guntadle con mucha bondad si las confesiones y
comuniones anteriores no le ocasionan alguna in­
quietud. Porque, á la verdad, ¿qué se adelantaría
con proceder á nuevas confesiones, de ser necesario
renovar las precedentes?» (i)
Se podría discutir, indudablemente, si es ó no
oportuno hacer esta pregunta «desde un principio»;
pero, toda vez que la aconseja, ¿no es evidente que
el conferenciante la supone necesaria en muchos
casos?— Por el momento, nos contentamos con de­
ja r aquí asentada esta conclusión.
Por aquel tiempo vivía en un oscuro villorrio de
la diócesis de Belley, un pobre párroco que pasaba
diez y seis horas diarias confesando una multitud
de pecadores, que, atraídos por su gran fama de
santidad y sobrehumana prudencia, venían de todas
las partes de Francia, ó, para hablar con más exac­
titud, de todos los países de Europa. El historiador
del párroco de A rs fué testigo de su vida y confi­
dente de su alma. Pues bien; este escribe que M.
Vianney (i 78 6 -18 59 ) veía venirse á sí hasta ochen­
ta mil forasteros por año, Y esto duró treinta años
consecutivos. «Evidentemente, añade el biógrafo ci­
tado, el párroco de A rs tenía otros títulos á la ve­
neración de sus contemporáneos, como un día ten­
drá otros ante la historia; pero su carácter de Con­
fesor dominaba todos los demás á los ojos de los
peregrinos. Principalmente al Confesor era á quien

( l) R etiro tcltsiásüea, por el P. Máximo d i Bussy, Conferencia sobre


la Penitencia, Manuscrito autógrafo.
buscaban aquellos innumerables forasteros, que de
las cuatro partes del mundo venían á A rs. Puede
decirse que la vida de M. Vianney se pasó toda en
el confesonario* (i)
Por tanto, es útil é interesante dar á cono­
cer el pensamiento del Párroco de A rs sobre la
cuestión que nos ocupa. Leyendo su biografía, es
imposible hacerse ilusiones, como lo prueban los si­
guientes párrafos, harto claros y precisos para todo
el que quiera entenderlos.
«La mayor parte de los que venían á A rs— dice
el abate Monín— hacían una confesión general. M.
Vianney se prestaba de muy buen grado á este pe­
noso ministerio, porque sabía que este era el medio
de arrebatar almas al infierno, mediante la repara­
ción de los sacrilegios. Este resultado fué, proba­
blemente. el más consolador de todos los que pro­
ducía’ la peregrinación.» (2)
Y más adelante dice:
«Como en libro abierto, leía Vianney en el cora­
zón de sus penitentes y descubría sus culpas escondi­
das en los más recónditos pliegues de la conciencia,
en aquellas profundas é íntimas reconditeces que no
se exploran jamás. E s imposible dejar de creer que
este buen párroco tuviese revelación del estado in­
terior de las almas que recurrían á él, y de que pe­
netraba sus más secretos pensamientos. Hemos lle­
gado á saber de una manera cierta que á muchos
les hizo entender le engañaban en confesión» (.3)
El biógrafo insiste en este punto.
(1) Vie du Curé d’ A rs, par L ’Abbé Monín.— L ivre iv , cbapitre xin,
pág. 374. (Voir chap. ii, pág. 8 o.)
(2) / iid . Chap. X I I I , pág. 38 1.
( j ) Chap. X I I I , pág. 389.
«Hay muchos ejemplos— escribe— de pecadores,
á quienes M. Vianney dijo, después de la confesión:
No me habéis declarado todo.... No me habéis ha­
blado de tal falta.....No os habéis acusado de haber
engañado hasta ahora á vuestros confesores; de ha­
ber estado en tal lugar con tal persona; de haber
cometido tal injusticia, y ser propenso á tal pecado,
é inclinado á tal pasión. Otras veces decía simple­
mente: No es esto todo: tenéis todavía algo más
que decirme, ó bien, os olvidáis de un pecado.» (i)
Si, como se ve, tantas veces se trató de «enga­
ñar al Párroco de Ars» ¿no pecarán de excesiva­
mente cándidos los que creen que á ellos nadie les
calla jamás pecado alguno en confesión?
Permítasenos todavía uno ó dos testimonios más,
y con ellos daremos por terminada nuestra tarea de
aducir pruebas, que tantas y tales nos parecen ya
las expuestas, que entendemos son más que sufi­
cientes para convencer aún á los más obstinados.
Hé aquí lo que escribía un misionero belga de
nuestros días, el P. Van Kerkhove, S. J., en su M a~
nuale M issionis.
«Ad resarciendasjuventutis ignorancias et pluri-
mos deíectus, qui in confessione fiunt a juvenibus,
saluberrimum judico, in aetate adulta, quando jam
vigent sensus et intelligentia hujus Sacramenti, ali-
quam facere confessionem generalem ab exordio vi­
tae suae cum debito studio et sollicitudine.— Peri-
culosum est eam negligere, ait S. Franciscus Salí-
sius. (Pars, i.^ Introd. ad vit. dev. c a p .’6.) Idem
S. Carolus Borromeus et alii..... A d minimam sus-
picionem de necessitate confessionis generalis, (hic

(l) Chap xiti, pág 402.


non agitur de scrupulosis), quam suscitât poenitens^
statim inquirere debet confessarius, ait S. Liguo-
rius, et saepe nidum deteget. Imo industriam po-
nere debet, ait S. Carolus Borromeus, in eo pru-
denter examinando.> (i)
Citemos, por último, el P. Mach, S . J., (18 0 5 -
1885), célebre misionero de la católica España. De
tanta y tan bien sentada fama ha gozado y goza
su libro Tesoro d el Sacerdote, que, aún viviendo el
autor, fué vertida á todas las lenguas europeas. No
se puede hablar más clara y explícitamente que ha­
bla él, en apoyo de nuestra tesis.
«¡Cuánta razón, escribe, tenía Santa Teresa pa­
ra decir á uno de nuestros PP. Misioneros: Padre,
predique V. R. á menudo contra las confesiones sa­
crilegas; porque Dios me ha revelado que los más
de los cristianos que se condenan, es á causa de
confesiones mal hechas! Aún á los que viven una
vida arreglada, aconsejan los Maestros de la vida
espiritual, que hagan de vez en cuando un repaso
desde la última confesión general que hicieron; ¿qué
sería si hubiese motivos para temer no hayan ca­
llado algún pecado grave en la confesión.....dismi­
nuido á sabiendas el número.... ocultado alguna de
las circunstancias que mudan de especie ó constitu­
yen un nuevo pecado.....confesádose sin dolor.......
ni propósito verdadero.....no cuidándose de entre­
g ar las láminas obscenas.....ni de quemar los libros
malos, restituir, perdonar al enemigo, dejar la oca­
sión próxima de pecar, etc.....? ¡Y cuántas almas
caen en estos lazos! ¡cuántos los ocultan ó niegan
al Confesor, sobre todo donde apenas hay confeso-

(1) M anuale M issionis, autore P. Van Kerkhove, S. J ., pág, 48.


res desconocidos, y los pocos que hay no pueden
soportar que ninguno de sus penitentes se dirija á
otro! Aún donde no reina esto, cuesta tanto á cier­
tas personas ser sinceras en la confesión: ¿qué será
donde reinen esos miserables celos? > ¡Pluguiese á
Dios no se hallasen en parte alguna esos crueles
verdugos de las conciencias!
Pocas misiones he dado, en las cuales, sumando
el número de confesiones oídas, no haya encontra­
do de cada diez, cinco, seis, siete, y á veces ocho ó
nueve confesiones generales necesarias. Miren, R e­
verendos PP. Confesores, qué libertad debiéramos
dar á los penitentes para ir con el que quieran; mi­
ren los R R . Sres. Párrocos con qué ansia debieran
proporcionar cada cinco años una misión á sus fe­
ligreses, y entre año, algún confesor forastero, so­
bre todo, al aproximarse el cumplimiento pascual,
recordando entonces al pueblo lo mucho que im­
porta no ocultar nada al Confesor, (i)
En una nota de la misma obra y al capítulo ci­
tado se encuentra esta importantísima observación:
«He encontrado personas que habiendo recibido
tres y cinco veces los últimos Sacramentos, persua­
didas de que iban á morir y á condenarse, ni aún
entonces habían tenido valor para decir sus peca­
dos al Confesor. Tres veces vino una joven á con­
fesarse conmigo; la vez que menos, había hecho
cuatro leguas de camino á pie, y un día, hasta cer­
ca de diez, declarándome todas las veces nuevos
pecados callados por vergüenza: ¿quién sabe lo que
hice para inspirarle confianza? Y bien parecía abri­
garla, cuando teniendo muchos otros confesores y

(x) Tesoro áel Sacerdote, por el P. Mach, segunda parte, pág. 659.
misioneros á su disposición, se dirigía á mí con
tanto trabajo, y se sentía con valor para decirme
llorando que de nuevo me había engañado. Pues tres
veces seguidas me ocultó pecados. ¡Tanto se había
apoderado de ella la vergüenza! ¡Si la cuarta vez
me engañó. Dios lo sabe!» (i)
Añade el autor:
«No extrañes, amado lector, que haga en esta
obra semejantes revelaciones-, lo reclama el bien de
las almas; y pocos tendrán más libertad de hacerlo
sin quebrantar el sigilo, habiendo tenido el consue­
lo de ejercer el ministerio en cinco reinos y en más
de mil parroquias». (2)
Este último rasgo de delicadeza y piedad del es­
critor, responde perfectamente á la objeción que se
le hubiera podido hacer, á más de que da más peso
á sus palabras y mayor autoridad á su testimonio.
Un hombre de este mérito debe ser creído sobre su
palabra. A la simple lectura de su libro, se nota
que su lenguaje está inspirado en los motivos más
elevados de una virtud valerosa y de un celo ar­
diente.
A guisa de vigilante centinela, él ha lanzado ya
el grito de alarma en el campo del Señor: ahora
toca á nosotros, sacerdotes de Jesucristo, escuchar
su voz y seguir su llamamiento!
De todo lo dicho hasta aquí, deduzcamos nuestra
conclusión general; conclusión que salta á los ojos
en cada una de las páginas que hemos leído y prue­
bas que hemos presentado. Ahora bien; una vez
esto así visto y entendido, ¿quién, en lo sucesivo,
será osado á negar lo que afirmaron y enseñaron en
(1) Ibidem . Cap. vi, pág. 66o.
(2) Ibiiem . pág. 66o.
todos los tiempos de la historia cristiana, los más
grandes Maestros de la ciencia práctica del gobier­
no y dirección de las almas?
Concluyamos, pues, diciendo: ¡Sí, muchas de las
confesiones, que parecen buenas y santas á los ojos
de los hombres, son malas y sacrilegas ante Dios!
¡Sí, desgraciadamente, es harto cierto que muchas
pobres almas ocultan sus pecados y celan sus deli­
tos á los Ministros de Dios, y por eso encuentran
la muerte, allí mismo donde hallar debieran la vida!
¡Sí, una y mil veces tenía razón el venerable ancia­
no que nos inició en este espantoso y terrible mis­
terio de iniquidad! ¡Oh, venerable anciano! ¡Oh, Pa­
dre! No quise, en un principio, prestar oídos á lo
que me decíais; pero, para mi confusión y enmien­
da, hoy conozco con dolor que tu experiencia era
cierta y segura, y mi pretendida ciencia no más que
vanidad, yerro é ignorancia. ¡Perdón! que á la ho­
ra presente he visto, he comprobado y ¡creo!
¡Cosa es que contrista y apesadumbra dolorosa­
mente, pensar que almas redimidas por Jesucristo,
lavadas en el Bautismo con su preciosa sangre y
alimentadas con su adorable carne en el Sacra­
mento de la Eucaristía, puedan vivir en sacrilegio
bajo la maldición de Dios, deshonradas por el pe­
cado, marchando, camino del infierno, á su eterna
condenación! ¡Qué terrible visión, qué doloroso cua­
dro el que ofrecen todos esos cristianos, precipitán­
dose en aquel espantoso abismo!.....Pudiera com­
pararse, quizás, al que ofrecían los pobres soldados
franceses, que, en los desastres del 1870, espanta­
dos, aterrados, se precipitaban en espesos pelotones
ante la metralla enemiga, que los diezmaba y des­
truía en un huracán de hierro y fuego!
Pero, ¡no!.....Los sangrientos horrores de la gue­
rra no pueden darnos una idea cabal y justa de es­
ta espantosa catástrofe, que arrastra miles de falsos
penitentes al infierno. In ignem inextinguibilem .
(Marc. IX , 42).
T anta verdad es esto que aquí decimos, que al­
gunas santas, favorecidas con luces extraordinarias,
han tenido esta horrible y temerosa visión, y á su
vista se han extremecido..... El lector no habrá ol­
vidado las ardientes palabras de Santa Teresa, ci­
tadas más arriba por Segneri y Mach. Por nuestra
parte, ha habido un momento en que hemos pensa»
do reunir en capítulo aparte parecidos testimonios,
lo cual hubiera constituido una espléndida confirma­
ción de la doctrina que venimos exponiendo.
Pero por no prolongar demasiado este trabajo«
nos limitaremos á referir lo que se cuenta en la vi­
da de San José Benito Labre. Este santo Peregrino
Mendicante llegó un día á Fabiano y, aceptando la
invitación que le dirigieran, se hospedó en casa de
una piadosa familia, de cuya modesta mesa tuvo á
bien participar. «Durante la comida, como recaye­
se la conversación sobre el tema de la confesión,
Benito refirió haber visto una noche, en un sueño
místico que tuvo, tres procesiones de penitentes. La
primera, se componía de personajes vestidos de
blanco, y era poco numerosa; los que formaban la
segunda, vestían vestiduras encarnadas y las dos
alas ó filas de su procesión eran bastante largas;
la tercera parecía interminable y la multitud que la
formaba llevaba indumentaria lúgubre y negra.
— Y o requerí y pregunté— añade el Santo— la
significación de aquellos colores y números, y se
me respondió, que la procesión de los que llevaban
vestidos blancos, era de los que, teniendo la con­
ciencia limpia de todo pecado, apenas expiraban,
iban derechamente al cielo; la segunda la formaban
las almas que iban al purgatorio, para allí acabar
de satisfacer por sus pecados á la justicia divina; y
la tercera la componían los desventurados pecado­
res que iban camino del infierno..... ¡Oh, y qué de
almas se precipitan voluntariamente en aquellos
abismos insondables, por haber despreciado la con­
fesión, ó por haberla practicado mala y sacrilega­
mente! ¡Tan numerosas como copos de nieve en in­
vierno, caen estas pobres y desgraciadas almas al
infierno!.....> (i)
Es, pues, hecho cierto, que el piadoso Mendican­
te, á la par de la virgen de A vila y de tantos otros
Santos y Santas, vió que almas de cristianos bau­
tizados caían en muchedumbre incalculable al in­
fierno, como arrastradas por las colosales ráfagas
de inmenso torbellino. Repitamos, una vez más,
¡qué terrible y espantoso espectáculo!.....Y nótese
bien: entre esa multitud, el Santo señala á los que
se condenan á causa de «confesiones malas y sacri­
legas». ¡Hé ahí las desgraciadas víctimas de la fal­
sa vergüenza!
Ahora bien; ¿será posible que ante esta espanto­
sa y colosal catástrofe nos limitemos á lamentarla,
ó, lo que es peor, tratemos de engañarnos á nos­
otros mismos, poniéndola en tela de juicio y aún
negándola? Pero ¿para qué servirán ya nuestros
lamentos ni nuestras objeciones? A nte tamaña des­
ventura, las lágrimas son estériles; y ante tantos y

(l) Véase Instrucción religiosa p o r ejemplos, del R . P. Schoappe, to­


mo I I I , pág. 279.
tan autorizados é incontestables testimonios, la in-
certidumbre es imposible; y aunque no lo fuera, j a ­
más podría empañar e if lo más mínimo el esplen­
dor de esa gigantesca catarata de luz y de verdad.
Y a que, pues, por la gracia de Dios, somos sa­
cerdotes, procuremos el remedio á tanta desventu­
ra; tomemos el desquite de los males que causa es­
te defecto. Ello depende de nosotros; está en nues­
tras manos; ya que las almas se pierden misera­
blemente á causa de sus «malas y sacrilegas con­
fesiones» salvémoslas procurando las hagan buenas
y sinceras.
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LIBRO SEGUNDO
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EL REM EDIO
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L a interrogación prudente y hábil

«Diligens igitar iaqnisitor et sobtlUs in­


vestigator sapiente! et quasi astate interro-
get á poenitente, qnod forsitam ignorât vel
verecande velit occultare».
(De vera et falsa poenitentia, cap. 20.^—
Atribuido á San Agustín).

«Dicendtim quod sacerdos debet perscru«


tari conscientiam peccatoris ia confessione,
quasi medicus vulnus et judex causam; quia
frecueater, que prae coofussione conñteus
tacerei, interrogatus révélât».
(Santo Tomás de Aquino.— In. iv Sent:
Lib. IV, dist. xix).

«Pasad una revista general á toda vuestra


vida, para hacer una penitencia general:
cosa es ésta que ningdn hombre de honor
debe descuidar antes de morir.

(San Francisco de Sales.—^Opúsculos).


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CA PIT U LO I

La Confesión General

¿Cuál es el remedio? L a confesión geoeral.— N o hay por qué angustiar*


se, ni hacer escrúpulos: basta íijar bien la atención.— Mal médico y
pobre confesor.— Práctica de los grandes Maestros opuesta á la de
los novicios y principiantes.— San Francisco de Sales en la Vida de-
z'0/a.-~*Preguntas ordinarias que han de hacerse á los rudos, Rudes,
según San Alfonso M. de Ligorio.—San Leonardo de P. M. d istin '
gue muy bien: la confesión general es nociva á algunos raros escrn»
pulosos; es ú til é un gran número; necesaria á muchos.— Es menes­
ter hacerla fácil.— Lo que debe permitirse.— Modo de proceder.—
Circunstancias las más favorables según el P. Mach,— Cuestión del
número de pecados.—Atracción antes que repulsión.

¿Cuál es el remedio? Esta cuestión es eminente­


mente práctica y más importante que la prece­
dente.
Una buena confesión general es, sin duda, el re­
medio, el único remedio que puede aliviar el peso
de las conciencias cargadas de pecados secretos, tal
vez, de muchos años, y no declarados, en el santo
tribunal de la penitencia. Y como este último caso
es, por desgracia, demasiado frecuente, no se pue­
de negar que bien á menudo es necesario recu­
rrir á ella. A la menor indicación que en este sen-*
tido se le haga, es deber del sacerdote examinar é
inquirir, si es caso de proceder á esta necesaria
operación. Y aún, tal vez, deberá, como más tarde
probaremos, buscar el mejor modo de provocarla.
Se objetará, por ventura, que un tal mètodo ex­
pondría las almas de los penitentes á escrúpulos y
condenaría á los confesores á vivir en una continua
ansiedad. Comenzando por esto último, contesta­
remos á la objeción diciendo que todo sacerdote,
que pretende sentarse en calidad de juez en un
confesonario, debe estar siempre, si no inquieto, al
menos muy de sobre aviso; porque, en el tribunal
de Dios, él deberá responder de las almas que han
sido confiadas á su celo; por tanto, á él importa pe­
netrar y pesar las conciencias, á fin de enviarlas
con la bendión de Dios y con una absolución de vi­
da: resultados todos que, en cuanto está de su par­
te, deben absolutamente obtenerse. Pero hé aquí,
que el penitente que está á sus pies es acaso una
de las muchas víctimas del falso rubor, y, en este
caso, ¿le será lícito permanecer indiferente y con los
brazos cruzados ante una tan terrible conjetura,
cuando se la tiene fundada sobre alguna grave ra­
zón ó seria persuasión? ¡Oh! no. Aquí es necesario
no ignorar nada y temerlo todo. ¿Qué diríais de un
médico, que en tiempo de una mortal epidemia me­
dicinase á todos sus enfermos con algún inofensivo
jarabe, como si se tratase de un simple resfriado ó
emicrania, sin inquietarse por los síntomas, más ó
menos alarmantes, que descubriese en ellos? Con
justísima razón le acusaríais de ignorancia y negli­
gencia. Pues bien; en nuestro humilde entender,
sería igualmente un pobre confesor, el que, no con-
’ tento con rehusar escuchar confesiones genera­
les, trátase de imponer á otros su menguada opi­
nión, diciendo que las tales confesiones no son úti­
les ni necesarias, sino en rarísimos casos.
Por lo demás, estos tales tendrían en contra suya
á todos los más santos y competentes directores
y confesores, que hemos citado en la primera parte
de este modesto tratado. Vuélvanse á leer sus au­
torizados testimonios, y se hallará en todos ellos
una recomendación, más ó menos explícita, de la
confesión general, que, á su juicio, es el grande y
único medio de reparar la falta de sinceridad y de
otros requisitos. Aquellos grandes Maestros del A r^
te de ¿as A rtes hacían un uso muy frecuente de la
confesión general y se la aconsejaban á sus discí­
pulos. Ahora bien-, ¿todo esto no nos da un innega­
ble derecho á afirmar que toda otra práctica es la
de los novicios y principiantes, por no llamarlos de
otra manera?
A ejemplo de San Ignacio de Loyola y varios
de otros, San Francisco de Sales quiere que por ahí,
por la confesión general, se comience toda conver­
sión. «La primera purga— dice— que se debe pro­
pinar es la del pecado mortal, y el medio de propi­
narla es el Sacramento de la Penitencia.....Bien veis,
Filotea, que hablo aquí de una confesión general
de toda la vida, la cual, confieso, francamente no
es siempre de absoluta necesidad; pero yo la con­
sidero, no obstante, útilísima en estos comienzos, y
por eso, os la recomiendo calurosamente. Aconte­
ce á menudo que las confesiones ordinarias de los
que viven una vida común y vulgar, están llenas de
grandes defectos, porque, bien frecuentemente, ó
no se preparan nada, ó muy poco, y no tienen la
contrición que es menester. A sí sudede muchas ve­
ces, que van á confesarse con una voluntad tácita
de tornar al pecado, porque, ó no quieren evitar la
ocasión, ó no se resignan á aceptar los remedios ne­
cesarios para enmendar la vida; y, en todos estos
casos, es necesario recurrir á la confesión general,
para asegurar el alma. A más de ésto, la confesión
general nos lleva al conocimiento de nosotros mis­
mos, nos inspira una saludable confusión por nues­
tra vida pasada, nos hace admirar la misericordia
de Dios, que nos ha esperado con paciencia; calma
nuestros corazones, dilata nuestro espíritu, excita
en nosotros los buenos propósitos, ofrece á nues­
tro padre espiritual ocasión de amonestarnos y nos
abre el corazón á nuevas y más hermosas esperan­
zas, inspirándonos confianza, para, en las confesio­
nes siguientes, declarar con llaneza nuestros peca-
dos>. (i)
En otra parte escribe el Santo esta sentencia:
«Pasad una revista general á toda vuestra vida
para hacer una penitencia general: cosa es ésta que
ningún hombre de honor debe descuidar antes de
morir>. (2)
Sin duda alguna, esta doctrina, tan gallardamen­
te expuesta por el Santo, parecerá bien aceptable,
y en cuanto á nosotros, admitimos, desde luego, y
de muy buen grado, todas estas sensatas razones
que aduce para hacer una Confesión general.
Pero hé aquí otro testimonio que todavía más di­
rectamente afecta á la necesidad de ir á la mano al
falso rubor.
San Alfonso María de Ligorio quiere que el con­
fesor haga al penitente esta pregunta: /A n unquam
O lim rubore suffectus in confessione aliquod pecca-

(1) SaD Francisco de Sales.— Introducción á la Vida devota.— Parte


primera, cap. vi.
(2) Idem. Algunas advertencias relativas á la confesión, sea general,
sea anual.
tum reticueriti^ ¿No habéis jamás callado p o r ver­
güenza pecado alguno en confesión?
Y añade la siguiente observación, que es de la
más alta importancia:
«Las más de las veces— utplurim um — es menes­
ter hacer esta pregunta á los ignorantes (rudes) y
á las mujerzuelas (muHerculas) que frecuentan poco
los Sacramentos, requiriéndoles: «¿Tenéis acaso al­
guna cosa, en vuestra vida pasada, que os remuerda
la conciencia?.....Procurad confesaros bien esta vez;
decid todo libremente; no temáis nada; dejad á un
lado todos los escrúpulos..... Con estas preguntas
— decía un excelente operario apostólico— he evi­
tado que muchas almas hicieran confesiones sacrile­
gas». (i)
San Alfonso pasa en seguida á dar sabios conse­
jos, encaminados á tranquilizar las conciencias, pues­
to que, al contestar á las propuestas preguntas, más
de una vez resultará necesaria la confesión general.
«En este ministerio es menester— dice en otro
lugar— evitar todo escrúpulo, no exigiendo más que
lo necesario.....Pero es muy útil hacer comprender
á los que han callado sus culpas, cuán grande ha
sido su pecado, porque con el sacrilegio que come­
tieron, profanaron la sangre de Jesucristo.
E l citado capítulo afecta especialmente á gentes
del pueblo, los rudes de ambos sexos, como indica
su propio título: D e interrogationibus facien dis poe'
nitentibus rudtbus. Pero ¿cuántos no son los que
pueden incluirse en esta categoría? Nosotros no sa­
bríamos concretar con precisión el número, ni de­
finirlo con exactitud; pero es lo cierto que, en nues-

(l) Praxis Confessarii, uüm. 22.


tros días, en ella puede comprenderse la inmensa
mayoría del pueblo. ¡Hay tanta indiferencia é igno­
rancia religiosa en personas de toda suerte, estado
y condición! Y , según las enseñanzas del Santo
Doctor, á todas estas personas es menester, la s más
de las veces, dirigir una pregunta, que pueda pro­
vocar una confesión general necesaria, á causa de
sus precedentes sacrilegios. No olvidemos jam ás es­
ta conclusión, en bien y provecho de los sacerdotes
que rehúsan, salvo rarísimos casos, recurrir á este
medio.
Por lo demás, y por no exagerar en nada y es­
tar igualmente distanciados de todos los extremos,
confesamos de muy buen grado que, en casos dados,
puede ser nocivaia confesión general,como puede ser
cualquiera otra práctica, por santa y saludable que
sea. Y esto lo demuestra perfectamente San Leonar­
do de Porto-Mauricio. Su conferencia sobreestá ma­
teria es de lo más completo y práctico que hay, por
lo que se nos permitirá la citemos en largos párrafos.
«Conviene advertir—dice el santo— que la con­
fesión general en algunos es para daño y ruina,
para muchos de utilidad y para otros de imprescin­
dible necesidad. En algunos es para daño y ruina.
¿Pero, quiénes son éstos para quienes es nociva la
confesión general? Son ciertas personas, siquiera
temerosas de Dios, muy escrupulosas, que una y
muchas veces han hecho su confesión general y , sin
embargo, tornan nuevamente á inquietarse á sí mis­
mas y al confesor. Estas personas así, excesiva­
mente escrupulosas, son ra ra s en nuestros tiempos;
pero, cuando alguna llega á los pies del confesor,
menester es acogerlas con caridad, tomar parte en
sus aflicciones espirituales y tratar de consolarlas é
ilustrarlas, para acallar sus escrúpulos y ansiedades.
Por tanto, queda asentada como regla general
é inviolable, no permitir jamás hacer una nueva
confesión general á los que, habiéndola hecho una
vez, enmendaron su vida, tranquilizaron su con­
ciencia y no han de presente cosa particular que
deba inquietarlos acerca de sus confesiones pasa­
das..... Claro está que todo esto se entiende de
personas que de su parte pusieron todo cuidado y
diligencia para confesarse bien, y se valieron de to­
dos los medios para tener un verdadero dolor: que­
remos decir, que esto se entiende de los escrupulo­
sos verdaderos y temerosos de Dios, y no de los
escrupulosos fingidos, á quienes, si se les mira lo
pasado, se les encuentra envueltos en un caos de
perversidad, y, al presente, hacen escrúpulo de
ciertas nimiedades y circunstancias de menor cuan­
tía, para después beber como agua la iniquidad; de
donde resulta que son escrupulosos y libertinos si­
multáneamente. Estos han menester un santo te­
mor de Dios, que les compunja el corazón y les
mueva á mudar de vida, después de hecha una bue­
na confesión general, que repare tantas otras he­
chas sin disposiciones y de mala manera.» (i)
¡Cuánto pulso, prudencia y moderación no se des­
cubre en estas palabras! Nótese bien, que los ver­
daderos escrupulosos son en pequeño número, y que
hay también otros que lo son fingidos, de quienes
sólo una buena confesión general puede todavía
triunfar. Todos los directores, que han un poco de
experiencia, han hallado esta clase de pretendidos

(1) San Leonardo de Porto-Mauricio.— Conferencia sobre la Con­


fesión general. Obras. Edic. Vives, 1869. Tomo m, pág. 2 15 .
escrupulosos, que callaban ciertos remordimientos,
harto bien fundados, respecto á sus precedentes y
mal hechas confesiones. No entrará la paz en estas
almas, sino después de una confesión completa, que
será también, y al mismo tiempo, el principio de
una vida nueva.
Pero reanudemos nuestra cita:
<A muchos es de utilidad la confesión general, y
no es fácil decir cuánto provecho, consuelo y felici­
dad lleva consigo á las almas que la hacen buena.
E s útil y provechosa ahora, en la vida, y mucho más
en la hora de la muerte. Provechosa en la vida, por­
que para muchos es principio de una mejor y más
santa; y cosa es esta que acredita la experiencia,
porque muchos y muchos se han visto que, después
de la confesión general, no han vuelto más al pe­
cado y se han enmendado en más de una cosa.....
Son innumerables los que, por este saludable me­
dio, han llegado á reformar su vida y á corregirse
de ciertos vicios que parecían incurables.....
Por otra parte, tan del agrado de Dios es una
confesión general, hecha con la debida sinceridad,
que á Santa M argarita María de Cortona, deseosa
de que el Señor la llamase con el dulce nombre de
H ija^ en lugar de mipobrecitay con que hasta enton­
ces la había llamado, la hizo entender que no gozaría
de un tan regalado favor mientras no hiciese una
exacta y minuciosa confesión general de todos los
pecados de su vida pasada. Hecha que hubo la cual
con muchas lágrimas la santa, con suma dulzura le
dijo su divino esposo: F ilia mea M argarita^ rem i-
tuntur tib i omnia peccata tua: hija mía M argarita,
en virtud de la confesión general que has hecho, te
perdono todos tus pecados. ¡Oh bendita confesión
general! ¿Quién no se decidirá á recurrir á ella, pa­
ra enriquecerse con tantos bienes?
L a otra utilidad de la confesión general es en or­
den á lo porvenir, en orden á la hora de la muerte.
¿Quién habrá que en aquel momento supremo de la
vida, no quisiera haber hecho con cuidado una con­
fesión general? ¡Oh! ¡cuán grande es el consuelo
que reporta á un moribundo el convencimiento de
que con Dios tiene saldadas todas las cuentas! Pe­
ro, en cambio, si para hacerla se espera á aquel mo­
mento, ¿quién puede asegurarnos el tiempo y g a ­
rantizarnos la serenidad de la razón, alterada con
tantos accidentes y sobresaltos como traen consigo
la enfermedad y la proximidad de la muerte? Por
tanto, si entendéis que en aquella hora os sería bue­
no haber hecho una confesión general, no perdáis
tiempo, no os dejéis engañar del enemigo, que,
cuando ve que uno ha concebido el buen deseo de
hacerla, trata de disuadirle en seguida, poniéndole
en la cabeza que siempre habrá lugar; y en tanto,
hace que se le ofrezcan empeños y premuras, ora
de un negocio, ora de otro, procurando entretener­
le, hasta que llega el caso de una enfermedad mor­
tal, cuando ya ni la razón acompaña, ni el corazón
está dispuesto, y se muere entre turbaciones y con­
gojas.....¡Oh! Guardaos bien de estas sugestiones y
engaños diabólicos, y tened por cierto que de nin­
guno se ha oído decir jamás se haya arrepentido
de haber hecho á tiempo su confesión general; mien­
tras se sabe de muchos, que han experimentado
amargos remordimientos, por haberla diferido con
culpable negligencia hasta la hora de la muerte», (i)
(l) San Leonardo de Porto-Maaricio.-oConferencIa sobre la confe­
sión general. Obras. Edic, V ires, 1869, t. 2.*, pág. 2 17 y sig.
Como se ve, bien lejos estamos nosotros de la
reserva, verdaderamente inconcebible, que ciertos
confesores imponen respecto á este negocio. Pero
hé aquí todavía otro trozo en el que nuestro san­
to es aún más explícito y apremiante:
«Para otros, la confesión general es de verdade­
ra necesidad; tanto, que no haciéndola, se condena­
rían infaliblemente..... Tales son, en primer lugar,
los que, por vergüenza ó por otro motivo culpable,
han callado maliciosamente algún pecado mortal al
confesor, bien porque lo creyesen, ó sólo porque
dudasen fuese mortal, continuando en todas las con­
fesiones siguientes callándolo por malicia.....Los
que se confiesan sin hacer el examen de conciencia,
por otra parte, agravada con pecados mortales, ó
que, al menos, son notablemente negligentes en
examinarse, poniéndose en peligro de no hacer ín­
tegra la confesión. Los que han como dividido la
confesión, confesando parte de sus pecados á un
confesor y parte á otro, por no hacer saber todo á
uno sólo. Los que se confiesan sin dolor y no pro­
curan enmendar sus malos hábitos; los que andan
mudando deconfesor, por no mudar de vida, como si
desearan vivir y morir en sus aficiones pecaminosas.
Los que han vivido en ocasión próxima de pecado, la
cual, aunque hayan podido, no han querido abando­
nar, y que viviendo en esta especie de amanceba­
miento ó unión, han frecuentado la confesión. Los
que, teniendo robos que restituir, pudiendo, no los
han restituido, ó que, teniendo odio á sus prójimos,
no los han saludado jamás, y con esta mala dispo­
sición han continuado confesándose por largos
años.... * Esta enumeración, bien que la hayamos
abreviado, es larga.
<Todos estos —concluye San Leonardo— tienen
precisa necesidad de hacer una confesión general
de todos los pecados mortales cometidos en todo
aquel tiempo en que, con pleno conocimiento y ad­
vertencia, principiaron á confesarse mal; y deben
hacer un examen tan minucioso y general, como si
desde aquel tiempo no se hubiesen confesado; por­
que todas sus confesiones, sobre ser malas, han si­
do sacrilegas. No hablamos aquí de los que han
puesto de su parte la diligencia y cuidado que han
podido para confesarse bien, y han procedido de
buena fe en sus confesiones, sino de aquellos otros,
que, con conocimiento y advertencia, se han confe­
sado mal. E s ciertísimo, que para que estos últimos
vuelvan á la gracia de Dios, no hay otro remedio
que una confesión general bien hecha....»
Vengan aquí ahora esos confesores, que, ape­
nas ven á sus pies un pobre penitente dispuesto
á hacer su confesión general, le preguntan inme­
diatamente si ha callado por vergüenza algún pe­
cado al confesor. Y si les responde que no, lo des­
piden luego, diciéndole que no es necesaria la confe­
sión general: como si no pudiese haber otros moti­
vos y razones para hacer la dicha confesión general,
que el haber callado pecados al confesor. Pero to­
davía peor lo entienden y más menguadamente se
portan esos otros, que ni el nombre de confesión
general quieren oir; estos tales la vituperan, la cri­
tican, y, á cuantos pueden, la estorban, bautizán­
dola con el injurioso nombre de rompecabezas de
confesores. ¡Oh, ministros de Dios! ¿No echáis de
ver el grave escándalo que podéis ocasionar á esas
pobres almas que tan indiscretamente arrojáis de
vosotros? ¡Cuántas veces se han hallado penitentes,
á quienes algún confesor, ó ignorante, ó desidioso,
ó imprudentísimo, había dicho no les era necesaria
la confesión general, cuando, en realidad de ver­
dad, les era necesarísima por muchos motivos y ra­
zones; tanto, que, si hubiesen muerto en aquel
estado, se hubieran condenado irremisiblemente!
Ahora bien; si aquella alma que alejáis de vosotros
con tanto desdén se pierde por vuestra culpa, ¿qué
será de vosotros? Por lo menos no disuadáis ja ­
más á dos clases de personas: á las que no la han
hecho nunca; porque todos los maestros de la
vida espiritual aconsejan hacerla p o r lo menos una
vez, siendo, como es fácil y corriente, se haya co­
metido algún error por negligencia culpable en al­
guna confesión mal hecha, el cual error sólo con la
confesión general se puede reparar. No estorbéis
tampoco á los que están habituados y se resienten
de algún vicio, y han acostumbrado confesarse de
tiempo en tiempo con poca ó ninguna enmienda.
Estos, según el consejo del glorioso San Carlos, no
sólo deben ser acogidos con caridad, sino exhorta­
dos é importunados, si es preciso, á que reparen
con una confesión general todas sus particulares
confesiones, como demasiadamente sospechosas, de
invalidez, ó de sacrilegio. Además, supuesto que
no sea de precisa necesidad, ¿cuánta utilidad no trae
consigo la confesión general, como lo hemos indi­
cado más arriba? ¿No sois vosotros los médicos de
las almas? ¿Y no es propio de todo buen médico to­
mar en cuenta todo aquello que puede aliviar y ha­
cer bien á su enfermo? ¡Ah! si continuáis en esa
vuestra incomprensible conducta de alejamiento y
esquivez para con las almas que os piden un poco
más de trabajo para su curación y remedio, será
menester repetir una vez más las palabras de Jesu­
cristo: F i l i i hujus saeculi prudentiores filiis lucis
in generatione sua sumt. (Luc. i6 , 8.) (i)
Por tanto, son muchos, muchísimos, los casos
en que se deberá recurrir á la confesión general:
pensar lo contrario sería una especie de preva­
ricación, ó, por lo menos, una peligrosa ilusión,
puesto que los santos y los hombres de experiencia
están unánimes y contestes en este punto. Desde
San Carlos Borromeo hasta el cura párroco de Ars,
una misma ha sido la pràtica que, respecto á este
negocio, han observado todos los grandes maestros
en el ministerio sacerdotal. Ahora bien; esta es evi­
dentemente la santa, la buena, la docta escuela;
luego, si queremos ser discípulos de la misma, de­
bemos seguir las gloriosas tradiciones de esos gran­
des Maestros.
Algunos se han impuesto, como regla general
y constante, proponer dulcemente este remedio de
la confesión general á todas las personas desconoci­
das, que se vienen á ellos por primera vez. Para ello
bastará hacer la pregunta que dice San Alfonso:
«¿de la vida pasada recordáis algo que os cause pe­
na?.....En seguida se ofrecerá á ayudar al penitente
y á hacerle fácil la confesión de sus pecados, por
medio de preguntas á que sólo tendrá que respon­
der: Sí ó no. De esta manera, le inspirará confianza,
le dará valor y le abrirá el corazón. A más de
ésto, recuérdesele, en pocas palabras, que el sacer­
dote tiene y ocupa allí el lugar de Dios, y que los
pecados confesados quedan sepultados bajo un in­
violable sigilo.

(l) Sao Leonardo de Porto>Maiiricio, Ibidem.


Como observa perfectamente el P. Mach:
«No espere el confesor que el penitente venga á
decirle:
— Padre, callé pecados por vergüenza, quisiera
hacer confesión general: esto sucederá poquísimas
veces. Casi siempre él mismo tendrá que ir sonsa-
cando con ardides ingeniosos. Para lo cual podrán
servir las reglas siguientes:
En el artículo de la muerte, en tiempo de
misión, jubileo, novenario, es decir, siempre que
Dios se digne mover los corazones como si fuera
tiempo de misión, y cuando una persona trate de
abrazar estado, induzca el celoso confesor al peni­
tente á hacer confesión general. Vea, por lo menos,
si en la niñez, juventud, ó edad viril, ocultó por
vergüenza algún pecado al confesor.
2.® Siempre que una persona de vida ordinaria,
movida de algún sermón, de una muerte repentina,
ó de algún toque extraordinario de la gracia, pidie­
re hacer confesión general y nunca, ó casi nunca,
la hubiese hecho, no la rehúse el confesor. Mire que
con ello hará á esa alma un grandísimo bien. Los
hay que se contentan con preguntar si han callado
por vergüenza pecados al confesor: en respondien­
do que no, se niegan á admitir confesiones genera­
les. ¡Ah, señores! Dejen ustedes al penitente que se
explique: no importa que lo haga sin orden ni mé­
todo: déjenle hablar: aquí saldrá una horrible blas­
femia, allí un adulterio, un hurto ú otro pecado más
nefando todavía.— Y bien; ¿había usted dicho eso al
confesor?— No, Padre; nunca me había atrevido. ¡A
cuántas almas sacará con ese ardid de las garras
del lobo infernal!
3.* Suponga al penitente más bien culpable que
inocente, pues así le disminuirá el rubor que tiene
de confesarse reo..... Con esta industria se logra
que el penitente, en vez de acusarse, tenga más
bien que excusarse; dilátase en gran manera su co­
razón, sobre todo si ve que nada espanta al confe­
sor». (i)
Bien recordará el lector, que este último ardid es
el mismo que usaba San Felipe Neri, el cual solía
exagerar el número probable de pecados cometidos,
para de esta manera conseguir más fácilmente el
número exacto, en cuanto era posible. (2) Induda­
blemente, en muchas y muchísimas circunstancias,
especialmente cuando se las ha uno con personas
tímidas y poco instruidas, este método será exce­
lente. Pero á este punto volveremos otra vez más
adelante.
A propósito del número de los pecados, San Leo­
nardo de Porto-Mauricio trae algunas considera­
ciones, que se nos permitirá ponerlas aquí, en g ra ­
cia á que nos ayudarán á dilucidar esta escabrosa
cuestión.
<La más grave dificultad con que se tropieza en
la confesión general, es el número de los pecados,
que es necesario concretar al confesor; y hé aquí una
regla bastante clara, que desvanecerá toda duda. Si
sabéis el número cierto de vuestros pecados, debéis
declararlo como cierto. Y aquí falta más de uno,
porque, preguntado por el confesor ¿cuántas ve­
ces ha cometido usted ese pecado? responde, por
ejemplo, cuatro ó cinco veces, sabiendo cierto que
lo ha cometido cinco veces. Pues bien; este tal no
(i) Padre Mach. Tesoro del Sacerdote. Segunda parte, capítulo vi,
pág. 309.
<2) Seh oolof S, F k ilip N erif pág. 2S0 -
se confiesa bien; debe decir absolutamente y sin
vacilaciones: cinco veces. Pero si no sabéis el nú­
mero preciso y justo, procurad, por lo menos, de­
cir un número probable, tratando de acercaros lo
más que se pueda al verdadero, diciendo, por ejem­
plo: este pecado lo he cometido alrededor de diez ó
doce veces; alrededor de veinte ó veinticinco ve­
ces, porque con esta palabra (alrededor ú otra pa ­
labra, frase ó locución de significación análoga) se
expresa lo bastante y se evita el peligro de mentir.
Pero cuando no se puede hallar este número, sin
riesgo de una grande equivocación, ¿qué debe hacer­
se? Se debe explicar el tiempo y la frecuencia con que
se ha cometido el tal pecado.....Sabido ésto, á nadie
deberá causar maravilla que nosotros, los misione­
ros, despachemos una confesión general en un es­
pacio de media hora, y aún de menos, especialmen­
te tratándose de personas simples. Hé aquí el cari­
tativo modo que se tiene entre nosotros; basta que
la persona sepa responder: Padre, sí; Padre, no; por­
que, preguntándola nosotros sobre todos los capítu­
los de sus pecados, que, en los simples, se reducen á
pocos, y recabando así, el número probable, ó sea, el
tiempo y la frecuencia, con facilidad desenredamos
la intrincada madeja de sus delitos y yerros», (i)
No sería fuera de propósito citar por entero toda
la instrucción, obra magistral del Santo, de donde
hemos tomado las precedente líneas; pero, en gra­
cia á la brevedad, renunciamos á este intento. Sin
embargo, es necesario que recordemos una vez más
los dos puntos esenciales de la doctrina que hemos
expuesto; conviene á saber: que la confesión gene-

(i) San Leonardo de Porto>Manricio, Ibidem.


ral reporta numerosos beneficios, entre los cuales
puede estimarse, como de señalada importancia, el
rem ediar los sacrilegios ocasionados por el falso
rubor;.y que, por otra parte, es cosa que atañe al
confesor fa c ilita r á todos este grande y, bien á me­
nudo, único medio de salud.
Y no se crea que esta práctica deba alejar del
confesonario á los fieles, no. Nosotros hemos podi­
do observar, por el contrario, que quienes de ella
se valían en las Misiones, tenían durante todo el
día gente al confesonario, y á veces, hasta muy en­
trada la noche. Y no solamente de ordinarias bea­
tas, sino también de pobres pecadores recalcitran^
teSy que manifestaban edificante premura por no
dejar pasar aquella bella ocasión de reconciliarse
con Dios. Habían oído decir que en tal confesonario
se confesaba bien^ y á él acudían en crecido tropel.
Son más numerosos que lo que parecen los hom­
bres, Viriy que abandonaron la frecuencia de los
Sacramentos, porque, habiendo hecho algunas ma­
las confesiones en su juventud, tendrían necesidad
de reparar su pasado con una buena confesión g e ­
neral. Por eso, usando bien de este remedio, lejos
de ahuyentar, los atrairíais á muchos. Y si no, prué­
bese, y luego se verá.
Cierto, que á las primeras de cambio pueden ex­
perimentar alguna excitación, como experimenta el
enfermo ante la medicina que debe curarle. Pero de
la misma manera que el instinto de conservación se
sobrepone á todas las repugnancias, así, ayudado
de la fe y compelido por los remordimientos, el pe­
cador no vacilará en superar esa dificultad, más allá
de la cual entrevé las delicias del perdón de Dios y
la paz de la conciencia.
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C A P ÍT U LO II

Sobre la obligación ^e preguntar

Aplicación del remedio, 6 en otros términos, ¿cuál es el tsptcifico contra


el falso rubor?— E s necesario preguntar.— Esta es obligación del
confesor.— Prueba sacada de la tmattimidad de la escuela teológica.
E l Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo, ó sea el maestro de
los maestros.— Profundo pensamiento de Santo Tomás de Aquino.—
E l seráfico doctor San Buenaventura,— Luminosa distinción de Suá-
rez.— E l Cardenal Lugo añade sabias razones.— Autoridad de San
Alfonso, cuyos escritos, segán la Santa Sede, nada contieaea digno
de censura. N il censura dignum .^\-A obligación t ip e r se g ra vis.—
Importante explicación de Lehmkul 7 de Gury.

L a confesión general es, ordinariamente, útil y, á


menudo, necesaria. Sin duda alguna, ella es el me­
jo r remedio para los achaques más antiguos del
alma; ella renueva al hombre viejo «y lo deja lim­
pio y puro, como cuando salió de la fuente bautis­
mal», dice San Leonardo. E n una palabra, la con­
fesión general es la verdadera panacea espiritual.
Pero ¿cómo, en qué forma aplicar este maravi­
lloso remedio al falso rubor, del cual nos ocupamos
aquí de una manera particular.? Hé aquí el punto
culminante sobre el cual debemos insistir. Porque,
á la verdad, ¿de qué serviría conocer el mal y aún sn
remedio general, si no contásemos con un especifico
para curarlo? Y perdónensenos estos términos fa-
cultativos, en gracia á que, mejor que no otros, ex­
plican nuestros pensamientos. Siquiera sea á riesgo
de abusar más ó menos, trazaremos un paralelo,
estableceremos un parangón, tomado de la medi­
cina; porque, á nuestro entender, á nadie debe can­
car extrañeza que el arte de curar almas tenga al­
guna analogía y unos ciertos asomos y semejanzas
con el de curar los cyerpos.
Parece ya cosa cierta y averiguada, dada la al­
tura á que se ha elevado la ciencia moderna, que el
cólera morbo puede ser eficazmente combatido, ex­
citando la más copiosa transpiración posible en los
individuos que lo padecen. Pero ¿cuál es el sudori­
fico especial que deba aplicarse con una casi abso­
luta seguridad de éxito en estos casos? Parece que,
hasta el presente, se ignora. Sin embargo, la tera­
péutica conocía ya, desde largos años, que la fiebre
debía combatirse con los am argos; pero sólo en el
siglo X V II entró en posesión del feb rífu g o especial:
la quinina.
Haciendo ahora aplicación de esto á nuestro caso,
decimos que el especifico del falso rubor, es la hábil
y prudente interrogación hecha por el confesor. Y
aquí es menester declarar nuevamente, y sin amba-
jes ni rodeos, que esto no es un nuevo descubri­
miento; al contrario, sostenemos que los grandes
teólogos, no menos que los más experimentados di­
rectores y misioneros, no sólo lo indicaron, sino que
lo propinaron constantemente, como remedio eficaz
y decisivo contra el apuntado mal que venimos com­
batiendo. ^Es menester pregu n tar á los penitentes?
Hé aquí la tesis, de la que queremos ser humildes
vulgarizadores.
L a probaremos con la autoridad de los Teólogos
que estuvieron al frente de las escuelas más célebres.
E s claro y perfectamente notorio, que el acuerdo
y unanimidad de todos ellos sobre un punto cual­
quiera del dogma ó de la moral, constituye una
autoridad de tanto peso y valer, que ninguno la po­
drá combatir, sin incurrir, á lo menos, en nota de
temerario. Pues bien; nosotros probaremos que to­
dos ellos previeron y sospecharon que debía ser fre­
cuente, sobre todo en cierta clase de personas, el
hecho del falso rubor, como cosa tan natural al hom­
bre caído, que toda inteligencia medianamente pers­
picaz y avisada debía deducir la misma conclusión.
Las razones y explicaciones de nuestros Doctores
pondrán la verdad todavía más en salvo que la pu­
diéramos poner nosotros; y por esto ios citaremos
sin añadirles ningún comentario, dejando que las
necesarias distinciones se desprendan por sí mismas
de su simple exposición.
Comencemos por Pedro Lombardo, denominado
el Maestro de las Sentencias, y á quien, tal vez con
más razón, se le podría llamar el M aestro de los
maestros y P a d re y fu n dado r de la Escolástica^
porque su libro no sólo fué texto, primero, y mo­
delo después, sino que de él se sirvieron los genios
más acreditados é ilustres de la Teología en los
más hermosos y venturosos días de la edad media.
Su estilo es conciso, como es profundo y sólido el
razonamiento: sus pensamientos son verdaderas sen­
tencias llenas de sabiduría.
El autor, hablando del sacramento de la peniten­
cia, dice:
«Guárdese bien el juez espiritual, no sólo de es­
tar manchado de culpa ante Dios, sino también de
no carecer de la necesaria instrucción y ciencia. Es
menester que sepa formarse una justa idea de lo que
debe juzgar; porque la potestad judiciaria requiere
que quien la ejerza sepa discernir lo que debe ser
discutido. De aquí, como hábil escudriñador, interro­
gará prudentemente al penitente acerca de lo que
éste tal vez ignora ó quisiera ca lla r p o r rubor. Una
vez formado justo concepto del pecado, infórmese
también de cuál sea su especie, haciéndose cargo de
las circunstanciáis de lugar, tiempo y otras semejan­
tes; y hecho que sea esto, préstese con amabilidad
á ayudarle y á echar de sí el peso de sus pecados;
vea de tratarlo con dulzura y benevolencia, sepa
adaptarse á los varios temperamentos y estados de
las almas, enséñeles el medio de perseverar, y lue­
go, él propio, cuide mucho de no caer en pecado,
no sea que pierda el poder que tiene de juzgar á
las almas, (i)
El A ngel de las Escuelas, Santo Tom ás de Aqui­
no, explicando este mismo texto, añade una precio­
sa nota, en la que hallamos reducida á pocas pala­
bras toda la doctrina práctica sobre la confesión,
Hé aquí lo que dice:
( i) Patrus Lombardas, Lib. iv Seotentiarum, cap. x ix . Estas pala­
bras están tomadas de un trabajo atribuido á San Agustín: D everà et
fa lsa poetentia, cap. 20 .—Pero el Maestro de las Sentencias las hizo
SQjas al adoptarlas. E l texto es algo más conciso qae nuestra tradacción*
Dice así: «Caveat espiritualis judex, ut sicut non comisit crimen nequi-
tiæ, ita non careat muñere scienciae. Oportet at sciât congnoscere qnid
quid debet jadicare. Jndiciaria enim potestas hoc postulat, ut quod de­
bet judicare discernet. D iligens ergo investigator lapienter interroget d
peccatore quod fo rsitan ignorât, vet verecundia v e lit occultare. Cogoltc
rero crimine, varietates ejus non dubitet investigare, et locum, nt tern*
pus, et caetera qulbus cognitis, adsit benevolus, paratus erigere et se-
cum onus portare; habeat dulcedinem in affectione, discretionem in va*
rietate, doceat perseverantiam, caveat ne corruat, ne forte perdat jndicia-
riam potestatem.»
<Es menester decir— dicendum— ^ t . el sacerdo­
te tiene la obligación de escudriñar en confesión la
conciencia del pecador, como el médico en el caso
de una herida y el juez en el de una causa; puesto
que acaece con harta frecuencia que aquello mismo
que el penitente hubiera callado por vergüenza,
lo confiesa luego, si es interrogado.» (i)
E l seráfico doctor San Buenaventura, cuya auto­
ridad hace ley en la gran Escuela franciscana, debe
ser citado después de Santo Tomás de Aquino.
Compuso un tratado de la Confesión— Confessio­
nale— del que tomamos estas pocas líneas:
«Si el penitente no sabe confesarse ní siquiera de
los pecados que ordinariamente se cometen, como
las más de las veces sucede á las personas poco ins­
truidas, de contado e l confesor puede y debe p regu n ­
tarle, según aquellas palabras de Ezequiel: F i l i i
hominis, fo de parieiem .— «Hijo del hombre, abre la
m uralla.^ (vin, 8.)
San Agustín, en la conclusión de su obra sobre
la verdadera y falsa penitencia, dice:
«Cual diligente inquisidor y sagaz escudriñador,
el confesor busque prudentemente y, por decirlo así,
con artificio, lo que acaso el pecador ignora, ó lo
que trata de ocultar por vergüenza. Después de in­
formado del pecado, proceda á averiguar su espe­
cie, etc. (2)

( 1 ) D, Thomas. In I V Sent., Sab. iv, dist x a , «Diceodam qaod


sacerdos debet perscratari consclentiam peccatoris in confesione; quasi me*
dicas vuIdus et judex caasam; quia frecaenter, qoae prae confusione con-
fiteas taceret, interrogatus révélât.»
(2) D. Bonaventura. Confessionale, cap. u pars i.— «Si confitens,
etiam peccata consueta nesciat confiteri, at fere communiter omnes fu­
rentes, potest et debet confessor interrogare.
E l mismo pensamiento lo hallamos repetido casi
hasta la saciedad en obras de todos los antiguos
Doctores. Y los modernos siguen la misma ruta,
hecha excepción de alguno que otro, cuya autoridad
es nula, sino es para probar una vez más que
se dan hombres, que, á falta de otro mérito, cifran
toda su gloria en ir contra la verdad. No sería
maravilla hallar representantes de esta bendita ra­
za, aún en la multitud de los propios Teólogos. Por
lo demás, dos ó tres voces débiles y discordantes
no son para destruir la armonía de un inmenso
concierto.
Suárez, de quien Bossuet hace este magnífico
elogio <que en él se oye la voz de toda la Escue­
la» distingue perfectamente la cuestión, propor­
cionándonos, con tal motivo, una nueva luz. «Dos
cosas hay ciertas, dice: la primera, que si, teniendo
en cuenta la condición del penitente, sus costum­
bres, su instrucción, el lapso de tiempo, más ó me­
nos largo, que ha desde que se acercó á los Sacra­
mentos, y otras circunstancias, juzga probable y
prudentemente el confesor que el penitente se ha
confesado con integridad, no está obligado á pre­
guntarle nada. En tal caso, no hay ninguna obliga­
ción, puesto que no se exige en estas cosas una ma­
yor y más alta certeza, sino una razonable proba­
bilidad, como la que se estima suficiente en los
otros negocios humanos de alguna importancia.
Antes bien, en tales circunstancias, cualquiera pre­
gunta pudiera parecer impertinente y enojosa al pe­
nitente, lo que siempre es menester evitar. En se­
gundo lugar, es también cierto, que si el confesor
juzga que el penitente no ha manifestado suficien­
temente su propia conciencia, ó que omite algún
pecado, sea por negligencia ó falta de examen, antes
de proceder á absolverle, está obligado á hacerle al­
guna pregunta. Esto es lo que enseñan comunmente
los Doctores, siguiendo en ello la doctrina del Maes­
tro de ias Sentencias.... Idéntica doctrina se halla ex­
puesta en el V I Concilio Trullense y en el Concilio
de Worms, Canon v i l Y la razón es, que para poder
recibir la absolución, se requiere la integridad de la
confesión.... Añádase, en confirmación, que el juez no
debe pronunciar sentencia en una causa que no le sea
suficientemente conocida; y que el médico está obli­
gado á preguntar al enfermo que no sepa explicar
suficientemente su enfermedad, hasta que obtenga
una noticia bastante precisa, para administrarle el
remedio. En el confesonario, el sacerdote es juez y
médico juntamente, por lo que son de su cuenta y
le incumben, sin duda alguna, las obligaciones co­
rrespondientes á este doble oficio, (i)

(1) Suarez, De Poenitcntia, disp. xxxtf, sect. 3, niim. 3 e l 4 .— «Duo


sunt certa: primum est, si considerata conditione poeniteatis, moribns,
sciescia, et longitudine aut brcviraie tempori» et aliis circunstaotiis, pro-
babiliter ac prudcnter judicet confessor poenitentem integre esse confes-
Sum, non tenere ad interrogaadum aliquid; quia uulla est tails obligatio,
cum in his rebus non sit major evideatia reqnireuda, sed ea probabilitas,
qnae ab alia aegotia humana gravia existimari solet sufficiens. Qui po-
tins in hujusmodi eventu jadicari pus-et quaelibet interrogatio otiosa et
onerosa poeoitenti, qaae omnia vitanda snot.—Secuodo certnm est, si
confessor jadlcet poenitentem non satis explicuisse conscientiam qnam
aliqnaque peccata relinquere, ob negiigenliam vel minus «perfectam»
examiaationem, teneri ad interrogandum priusquam absolvat. Ita docent
communiter Doctores cnm Magistro.....Similia habenlur in v i Synodo
Trullauo et in Concilio Wormatiensi, can. 7. E t ratio est, qnia integritas
coafessionis est necesaria nt bomo sit capax absolutionis..... E t confìr-
matar quia judex non debet sententiam ferre, non satis cognita caasa; et
medicos, si aegrotus nesciat aegritudinem suam satis aperire, debet in-
quirere donee safficientem notitiam habeat ad medicinam adhibendam.»
Citaremos todavía al Cardenal Lugo, que, junto
con Suárez, es uno de los maestros más autorizados
de la ilustre Compañía de Jesús. San Alfonso no
vacila en colocarle en la jerarquía de los teólogos
al lado de Santo Tomás de Aquino: P o st Divum
Thoman fa cile princeps. Oigamos, pues, su opinión,
llena de prudencia.
«Hay una dificultad que resolver, esto es, saber
si el confesor está obligado á preguntar al penitente
acerca de los pecados que éste no declara, ó bien,
si puede contentarse con los que haya declarado,
sin meterse á averiguar otros. Medina sostiene esta
última sentencia.....; pero los demás Teólogos la
han rechazado, siguiendo en esto el ejemplo del
Maestro de las Sentencias, de Santo Tomás, de
San Antonino.... y de todos los otros citados y se­
guidos por Suárez. Y en particular, todos unáni­
memente admiten que, cuando omisión de un pe­
cado nace de la falta de diligencia en el examen,
el confesor debe traerle á las mientes, sea que la
negligencia en el examen haya sido culpable, sea
que haya sido inculpable y sólo efecto de la igno­
rancia y de la rudeza del penitente, que no sabe
examinarse como es menester. L a razón á p r io r i se
deduce del oficio mismo del confesor, que, en cali­
dad de juez, pronuncia una sentencia, no sólo sobre
los pecados que ha oído, sino sobre la persona que
está á sus pies, á la cual, por el mero hecho de ab­
solverla sacramentalmente, la juzga digna de recon­
ciliarse con Dios, y, en cuanto está de su parte,
realmente la reconcilia. Pero para hacer esto, es
menester que el confesor tenga pleno y completo
conocimiento del estado de la conciencia del peni­
tente, á fin de averiguar si hay algo que impida ó
no la tal reconciliación. Por lo cual, siempre que
echa de ver que el penitente no se declara bien de
por sí mismo, el confesor, por oficio, debe interro­
garle.» (i)
Pondremos término á esta serie de ilustres tes­
timonios con el siempre grave y respetable de San
Alfonso María de Ligorio. Y con tanta más razón,
cuanto que en todas estas cuestiones prácticas, nin -
guno se expresa mejor que él-, por lo que, siquiera
sea el último de los Doctores, es el primero de los
maestros. Por lo demás, bien notorio es en cuánta
estima tiene la Iglesia sus sentencias y cuán grande
autoridad les ha concedido, pues ha declarado que
nuestro Santo nada había escrito digno de censura:
N i¿ censura dignum. (2)
Finalmente, el último oficio ó deber del confesor

( 1) Cardinalis De Lugo, De Poenitenlia, disp. xxii¡ sect. 2, n. 16 -19 .


«Difficultas est an coofessarins oblígationera habeat poeDÍtentem inte-
rrogandi circa alia peccata quae non dicit; an vero possit esse coQtenlus
ils quae dicit,ex se non quaerendo de alüs. Joannes Medina hoc docuit.....
Eam tamen sententiam rejiciunt alii Teologi cum Magistro, Thoma ibi­
dem, Antonino, etc.... quos affert et seqnitur Suárez.— E t in praxim con-
veniant omnes, quod quando omissio alicujus peccati provenit ex defectu
diligentis examinis, debet coofessarius illum in memorig.m redacere, sire
negligentia examinis fuerit culpabilís, sive etiam inculpabilis et urta ex
igaorantia et tarditate poenitentis, qui non scitse melius examinare prout
oporteret..... Ratio autem á d e s s u m i t a r ex officio confessarii, qni
judex est profertas sententiam, non solum circa peccata quae audit, sed
circa personam quam dum Sacramentaliter absolvjt, jndicat illam deberi
reconcilian cum Deo et quantum ex se est réconciliât. Ad hoc autem
oportet quod cognoscat piene totum statum conscieotiae poenitentis, ad
videnduin an sit aliquid quod obest ejusmodi reconciliation!. Quare qoo-
ties videt non piane manifestari ab ipso poenitente debet iUe ex officio
inquirere.
(2) Decreto de la S?g. Gong, de Ritos, aprobado por Pio v i i , el 18
d e Mayo de 1803.
es el de juez. Y en virtud de este oficio, así como
el juez está obligado á oir las razones de las partes
y examinar los varios aspectos de la causa, antes
de pronunciar sentencia, así también el confesor,
en primer lugar, debe informarse de la conciencia
del penitente, para de aquí deducir su disposición
y, por último, dar ó denegar la absolución. Y acer­
ca de 1a primera obligación de informarse de los
pecados del penitente, siquiera la obligación del
examen pertenezca principalmente al que se con­
fiesa, no obstante, no debe ponerse en duda que el
confesor, una vez que haya descubierto que el pe­
nitente no se ha examinado suficientemente, está en
e l deber de pregu ntarle, primero, acerca de los peca­
dos que ha cometido verdaderamente, y después,
acerca de su especie y número, como se evidencia
del texto del Corpus y u ris Canonicé que dice así:
<Sacerdos sit discretus et cautus, more p e r ¿ti m edid
diligenter inquirens peccatorum circunstancias*; y
del Ritual Romano, que hace la propia recomenda­
ción en estos términos: <Si poenitens num^rum et
speciem et circunstancias (peccatorum) non expres-
serit eum Sacerdos prudenter interroget. >
Pero todavía hay que hacer aquí otras adverten­
cias. Primera: hacen mal los confesores que despa­
chan á los rudos é ignorantes, á fin de que exami­
nen mejor su conciencia. A esto llama el P. Segneri
un erro r intolerable; y con razxSn, porque los tales
penitentes, por mucho que se esfuercen y fatiguen,
difícilmente se examinan lo bastante y tan bien
como entonces hubiera podido examinarlos el con­
fesor; á más de esto, siendo despachados, existe el
riesgo de que, aterrados por la dificultad de exami­
narse, no vuelvan más y continúen en su pecado.
Por todo esto, el confesor, él mismo debe hacerles
el examen á estos tales, preguntándoles por los man*
damientos, especialmente si son mozos, cocheros,
carreteros, servidores, soldados, gentes de policía y
otros semejantes, que suelen vivir descuidados de la
salvación é ignorantes de las cosas de Dios y lejos
de los sermones y de la Iglesia. Y todavía sería ma­
yor error despacharlos bajo el pretexto de que se
examinen mejor, si prudentemente puede sospe­
charse que en sus precedentes confesiones han ca­
llado por malicia algún pecado; y esto, aún cuando
sea necesario renovar las confesiones de muchos
años, porque entonces sería mayor el riesgo de que
no vuelvan más y se pierdan.» (i)
De todos estos textos, de suyo irrecusables y del
más alto valor, se deduce que el confesor tiene ¿a
obligación de preguntar á sus penitentes, cuando,
apoyado en algún serio motivo, sospecha que no
confiesan todos sus pecados mortales. Confróntese
esta conclusión con la que nosotros hemos deducido
en el fin de la primera parte de este trabajo, y nadie
habrá que no convenga con nosotros que los casos
en que es necesario preguntar son bien numerosos.
L os Doctores hablan, principalmente, de personas
pocas instruidas; pero sus razones tienen mayor al­
cance, van bastante más allá, y se aplican á todos
aquellos de quienes razonablemente puede creerse
que no se acusan completamente. A este propósito,

(O San Alfonso María de Ligorio, P ra x is Confessarli, Numeri 19 y


20 No dUmos el texto latino porque con facilidad puede hallársele. Ade­
más, el santo Doctor formala á menudo el mismo pensamiento en rarios
logares de sus obras.— V , Homo Apostolicus.— 'Tta.i, xvi, n. 10 2 -10 3 7
T ra t. últim. n. 18.
en el siguiente capítulo daremos más precisas y de­
talladas particularidades.
Por otra parte, como nota muy bien el P. Lehm-
kuhl, «acaece con harta'frecuencia que algunas per­
sonas, por lo demás pocos doctas, estén suficiente­
mente y aún mejor instruidas é impuestas en las
cosas sobrenaturales y que miran á la salud eterna
del alma, que otras muy versadas en las disciplinas
y ciencias humanas.» (i)
Si esta observación ha sido verdadera en todo
tiempo, evidentemente, y con más razón que nunca^
lo es también en nuestros días, en los cuales parece
que la ignorancia amenaza avasallar aún á las clases
más elevadas y mejor acomodadas de la sociedad.
Y ya que hemos probado que es deber de los
confesores preguntar á sus penitentes, no estará de­
más averigüemos de qué naturaleza es esta obli­
gación.
Los moralistas modernos, que en esta cuestión
han sido más explícitos y precisos, wnánimemente
declaran que esta obligación es grave de por sí,
g ra v is p e r se. Por no citar más que los más nota­
bles, que son también los de mayor autoridad, cita­
remos á G u ry (Cas. con., Tom. II, núm. 666); Sca-
v in i (Theol. moral., Tom. IV, núm. 1 33, pág. 167);
M arc (Inst. Moral. Alph. Tom. II, núm. 18 0 4 , pág.
3 18 ); Theol. moral., Tom. II, núm. 41 6,
pág- 303)-
Dejemos la palabra al padre Gury, que trató esta
cuestión con su acostumbrada sagacidad:
<E 1 confesor tiene grave obligación «de por sí>
p e r se, de preguntar á los penitentes, porque como

( l) I.ehmktih}, Theología Moral, tomo il, d. 614.


juez, debe procurar, en lo posible, la instrucción del
juicio sacramental. Además, el confesor está puesto
no sólo para oir al pecador, sino también para ayu­
darle á llenar cumplidamente su deber. De donde
es necesario concluir:
1. «Que el confesor peca gravemente, si por
omisión voluntaria de las preguntas resulta algún
grave daño, ó para el penitente ó para alguna otra
persona; el cual daño hubiera debido ser previsto á
lo menos en confuso. Peca también, y gravem ente,
si considerada en su conjunto la obligación de pre­
guntar, descuida de llenarla en parte considerable;
por ejemplo, si omite la mayor parte de las pre­
guntas, respecto al número y especie de los peca­
dos, y si esta omisión es á sabiendas, voluntaria­
mente y sin razonable motivo. Porque, en efecto, en
este caso faltaría gravemente á su oíicio y ocasiona­
ría grave irreverencia al sacramento.
2. .»Que no pecaría gravemente el confesor, si
por ligera negligencia ó por inadvertencia, omitiese
algunas preguntas, que hubieran debido hacerse
necesariamente.....
3. »Que viene á ser mayor la dificultad, si el confe­
sor omite, sin grave motivo y voluntariamente, ó por
grave negligencia, sólo alguna que otra'^x^^wnX.^i ne­
cesaria Probablemente en este caso no habría
pecado grave; porque considerada la obligación en
su conjunto, parece que no es sino materia leve. Fue­
ra de que, haciéndola grave, se haría la confesión
demasiado pesada y enojosa á los confesores, que
siempre podrían temer haber omitido por grave ne­
gligencia alguna que otra pregunta necesaria.» (i)
( l) Gury. Casus Couscieotiae. Tom. II, nüm. 666. Cfr. Dnmas—
Gnry, Theol. Moral. Tom. II, núm. 614.
No se podía decir cosa mejor. Pero por clara y
amplia que sea la expuesta doctrina, impone por
siempre á los confesores la grave obligación de
preguntar á sus penitentes.
El docto Scavini observa muy juiciosamente,
que este g ra ve deber mira también á las obligacio­
nes del propio estado del penitente, en torno á las
cuales débese preguntar. En lo que, añade el sabio
teólogo, son defectuosos no pocos confesores.» (i)
Fuera de esto, es de suma importancia observar
con Lehmkuhl, que «la obligación de preguntar no
es sino de un orden secundario para el confesor, es
decir, que no le incumbe sino por defectos del peni­
tente; y que por tanto, ha de variar según varíen
las circunstancias de las personas.» De manera,
que el confesor no estará obligado á preguntar á
esta ó á aquella persona, sino en la misma propor­
ción y medida en que ella misma está obligada á
acusarse, según su estado ó capacidad..... De ordi­
nario, no es necesario preguntar á penitentes que
por sí se confiesan bien, como son, por ejemplo,
las personas que frecuentan los sacramentos, los
sacerdotes, religiosos, etc., etc.; puesto que nunca hay
fundado motivo para sospechar que en su confesión
omitan alguna cosa necesaria. Pero si acaeciera lo
contrario, es menester no tener ningún respeto hu­
mano y preguntar, para de este modo ofrecer á al­
gunos ocasión de aprender el modo de oir bien las
confesiones.....> (2)
Todo sacerdote que tenga un poco de celo, se
(1) ScavÌDÌ.— Theol. Moral. Tom, IV , rtím. 13 3 , pág. 169. «Qaae
gravis i n t e r r o g a D d i obligatio tirget etiam qnoad obligationes status ip-
sius poenitentis, io quo quidem deñciuat non panci confessarli.»
(2) Lehmkuhl. 'J'heol. moral.— Tom. I i . , núm. 4 19 . p. 303.
impondrá á sí mismo el deber de interrogar siem­
pre que necesario fuere, lo que ocurre con harta
frecuencia, conservando al mismo tiempo y á este
fin en su corazón aquella especie de santa ansiedad,
que ha sido el íntimo tormento de todos los buenos
y devotos directores-, porque aquí no se trata sólo
de evitar un pecado grave, sino sobre todo de sal­
var las pobres almas. T al vez una sola palabra que
caiga de nuestros labios, puede sacarlas del abismo
y Hbrarlas del infierno: decididamente seríamos
bien crueles, si se la rehusásemos.
Ii

/ ■ ;-
C A PIT U LO III

Preguntas que deben hacerse

¿Por qué las preguntas hacen fácil una confesión penosa?— Hecho incon*
testable.—Preguntar acerca de los pecados que se callan en confe­
sión.— Teoría del rubor.— Tal vea es una cosa sujetiva,— Ejemplos:
una niña, un hombre de honor, las devotas.—-Preguntas que han de
hacerse al fin de ]a confesión.^Los pecados que más frecuente*
mente se callan son los de impureza.— Razones y testimonios.__
Respuesta de San Leonardo á los que sostienen no debe interro­
garse sobre este punto.— Gersón.— Los tres grandes pecados que
se está más expuesto á callar: incestus, sodomía, bestialitas.— ^T&cúcA
de los santos.— Una página del P. Máximo Bussy.

Quien tratase de averiguar por qué la inte­


rrogación hace fácil una confesión penosa, habría
dado, seguramente, con el tema ó argumento de
un estudio psicológico bien curioso. E l filósofo que
consagrase sus ocios á la solución de este problema,
tendría que penetrar hasta en las reconditeces más
íntimas del alma, hasta en esa región secreta donde
se esconden y recatan los resortes más delicados de
la naturaleza humana. Y , sin duda, nos mostraría
la conciencia, precisada á manifestarse, abriéndose
toda y de una vez ante el esplendor de la verdad,
á la manera que una habitación ó recinto obscuro
se ilumina todo y de una vez á la primera embes­
tida de la luz. También nos diría que la interroga­
ción es una especie de amable provocación, que
abre dulcemente los corazones, sin que á éstos cues­
te ningún trabajo. Y , después de todo, siempre ten­
dríamos esta plausible explicación: que más fácil es
entrar por una puerta abierta, que forzar otra que
está cerrada.
Pero sea de ello lo que quiera, el hecho es incon­
testable, y esto nos basta. No obstante, si hubiése­
mos menester de una confirmación más, la deduci­
ríamos de la conducta de los que en la república
desempeñan la dignidad de Jueces, quienes, como
es sabido, con sus hábiles interrogaciones y sutiles
preguntas, llegan á poner en claro intrigas compli­
cadísimas y á obtener las más completas confesio­
nes. Pero, á Dios gracias, no tenemos necesidad de
este recurso profano; porque nuestra convicción tie­
ne sus raíces en la buena escuela de los Doctores y
de los Santos.
Bastante más importa saber qué preguntas deben
hacerse en el tribunal de la Penitencia para obte­
ner la confesión de toda la verdad, lo cual vale tan­
to como preguntar cuáles son los pecados que más
frecuentemente se callan en confesión-, porque es
evidente que el remedio ha de aplicarse, precisa­
mente, allí donde esta el mal.
L a respuesta general á esta pregunta es que lo
que se calla más frecuentemente es lo que causa más
vergüenza. No obstante, el falso rubor es de suyo
tan caprichoso y venal, que en esta materia no se
puede dar una regla general y absoluta para todos
los casos. L a definición que de la vergüenza ó pudor
da Santo Tomás de Aquino, puede, tal vez, arrojar
un poco de luz sobre esta cuestión. Verecundia est
— dice— tim or alicujus turpis, quod scilicet est ex -
probabile.y E l pudor es el temor de alguna cosa tor­
pe, que puede atraernos algún reproche ó vitupe­
rio. (i) Se comprende perfectamente que este te­
mor al reproche y vituperio varíe según las circuns­
tancias; porque (y valgan estos términos filosóficos)
no es tal vez sino un fenómeno puramente sujetivo^
Y en efecto, como p lo había notado San Agustín,
(2) los pecados que inspiran más vergüenza no siem­
pre son los más graves. Hay, por el contrario, cier­
tos actos honestos, que se cubren naturalmente con
el velo del pudor. Hay personas que se sonrojan y
avergüenzan de una falta determinada que para
otras no tiene ninguna importancia. Y de estos ca­
sos pudieran citarse un sinnúmero de ejemplos.
Un niño ó una tímida jovencita experimentan
frecuentemente indecible pena en confesar una pa­
labra un tanto grosera. Y á este propósito referire­
mos aquí lo que oímos contar á un confesor. Dijo
que una niña que iba á hacer su primera comunión
se le acercó al confesonario, toda agitada y turba­
da por un pecado que le parecía grave y le daba
muchísima vergüenza confesar. No faltaban ya sino
dos horas para el momento de la comunión, cuando,
á fuerza de preguntas, pudo comprenderei confesor
se trataba de un p>ecado de por palabra.
— ¿Pero, hija mía, es acaso una blasfemia?
— ¡Sí y no!.....
— ¿Es una injuria?
— ¡Sí y no!.....
— ¿Es una impureza?
— ¡Sí y no!.....

( 1) Santo Tomás de Aquino. Summa Theol. 2. 2 .« ; qu. 144. « t l.


(2) San Agustín.— ZJí Civitate D ei,— Lib. x iv , cap. 18.
L a pobre quedaba turbada, y no podía haber paz
sino pronunciando la palabra fa ta l, que era su tor­
mento; y, sin embargo, no se atrevía á proferirla!...
El confesor invirtió más de una hora en sonsacarla,
agotando todos los ardides imaginables, pero sin
ningún resultado. Finalmente, hizo una última pre­
gunta, y quiso Dios que ésta diese el resultado ape­
tecido. En un momento de despecho, la niña había
pronunciado la legendaria palabra, atribuida al ge­
neral Cambronne, de la cual no pocos se acusan dis­
cretamente, diciendo que han proferido las cinco le­
tras. (i) (Conviene retener la expresión para otros
casos análogos.)
Supongamos ahora que tenemos que habérnoslas
con un hombre de honor, un militar, por ejemplo,
un dignatario, un prócer ó gentil-hombre. Sin inmu­
tarse os confesará que ha jurado, que ha imprecado,
que ha blasfemado, etc., etc.; pero hacedle, con dis­
creción, una ligera pregunta acerca del séptimo
mandamiento, «hurto y restitución», y de seguro
que os responderá, y tal vez con viveza, que sobre
esa materia no tiene nada que le inquiete. Gracias á
Dios, os dirá, no soy un bribón n i un bellaco.y No
insistáis por el momento: pasad adelante. Pero ha­
béis podido notar la turbación que le ha causado
vuestra pregunta, señal evidente de que habéis
puesto el dedo en la llaga. Después de algunas di­
gresiones, volved dulcemente á la carga sobre
aquel punto, y vuestro penitente os dirá, primero,
que tiene un cierto negocillo de menor cuantía, que,
efectivamente, le causa alguna inquietud..... Pedidle
más explicaciones para mejor esclarecimiento del

(t) E q castellano soa seis.


asunto, y vendréis á averiguar que tiene á cargo de
su conciencia un robo considerable: este podrá ser
un engaño en el juego, una estafa, una irre g u la ri­
dad con ocasión de alguna herencia ó transacción,
ó tal vez, un peqtuño negocio en algún Panamá!....
¡Qué queréis! ¡También este estaba tocado! Jamás
en la vida se acusó de ese pecado, y vos le libras­
teis de él.
L as beatas ó devotas naufragan en otro escollo.
Han formado, pongo por caso, graves juicios te-
merarios, ó murmurado despiadadamente, tal vez en
simples burlas más ó menos intencionadas y malig­
nas, á cuenta de su director. Ellas creen que la
cosa es grave; y, sin embargo, no la osan confesar.
E s el mismo caso de que ya hemos hablado á pro­
pósito de San Felipe Neri. Pero como no todos los
confesores tienen la clarividencia de los Santos, es
menester ponerlas á cubierto de este riesgo, ofre­
ciéndolas ocasión de dirigirse, de vez en cuando, á
otros confesores.
Como estos casos de falso rubor, á cada instan­
te pueden ocurrir, procede, en todas las confesio­
nes importantes, dar á la conciencia del penitente
una batida general, interrogándole, ordinariamen­
te, por los mandamientos de la ley de Dios y por
los de la Santa Madre iglesia. Y los grandes maes­
tros recomiendan que aún al fin se haga todavía y
con gran bondad esta pregunta: «¿'Tenéis alguna
cosa más que os inquiete.... que os cause pena»?.....
San Leonardo de Porto-Mauricio se explica en es­
tos términos: «Hace perfectamente el confesor que,
al fin de la confesión, dice á sus penitentes que si
aún tienen algunas faltas, sobre las que no les ha-
ya preguntado, se las manifiesten libremente, para
que sus conciencias queden perfectamente tranqui­
las». (i)
Pero aún hay ciertos pecados que se callan más
frecuentemente que otros, porque son causa de ma­
yor vergüenza. Y aquí, sobre este punto, se confun­
den y dan la mano todas las edades, sexos y con­
diciones, salvo alguna que otra excepción, de la
que hablaremos más adelante. Y es que se trata de
una tendencia inherente á la naturaleza humana.
Cuáles sean estos pecados, se adivina fácilmente:
son los opuestos al sexto y noveno mandamientos.
El ángel de las escuelas, Santo Tomás de Aquino,
lo ha dicho y apoyado con todo el peso de su au­
toridad: M áxim e verecundantur homines de actu
bus venereis.— L o que más vergüenza causa á ios
komóresy son ¿os actos carnales. (2) H ay en ello una
ley de maldición, que pesa sobre el humano linaje
desde la rebelión del Paraíso terrenal. Seres racio­
nales y ‘ privilegiados, no hemos sido creados para
vivir sujetos á esta ley ominosa de la carne; y, por
eso, sentimos vergüenza, al acusar nuestras debili­
dades y al confesar las derrotas de nuestro co­
razón.
Por poco que se reflexione sobre esta tendencia,
bien se echa de ver, que la mayor parte de las con­
fesiones incompletas y sacrilegas son ocasionadas
por los pecados contra la pureza. Por otra parte,
los santos y los misioneros lo añrman clara y neta­
mente. Con harta frecuencia hablan de estos peca­
dos, comprendiéndolos bajo el expresivo nombre
(l) San Leonardo de Porto-Maaricío.— Diálogo entre el confesor y
el penitente.— Obras.
(2} Santo T om ás de AqaiQO.— Sum m a T heol. 22.««, q a e s i 5 l , ar>
tículo 4.
de pecados vergonzosos^ que les ha quedado como
peculiar y privativo. Y añaden, que se experimenta
gran pena y confusión en confesarlos y que muchos
los callan efectivamente. E l lector recordará la car­
ta de San Francisco Javier, que hemos citado más
arriba, y en la que el Santo decía al P. Barzée:
«Hay personas que son vivamente tentadas de
vergüenza, para no declarar los vergonzosos des­
órdenes de la carne, en que han caído.» (i)
Citemos una vez más á San Leonardo de Porto-
Mauricio, quien responde victoriosamente á la ob­
jeción de los que quisieran que en las confesiones
generales, no se hiciese ningún examen sobre este
punto. tQueda aún que dilucidar y esclarecer, dice
el santo, una duda acerca del examen. ¿Se puede
permitir á los penitentes examinarse sobre el sexto
precepto del decálogo, corriendo, como corren, ries­
go de consentir en alguna deleitación culpable, en
el momento mismo de escudriñar su conciencia ó de
confesarse?— Esta duda no está bien fundada, por­
que, si así fuese, no sería necesario examinarse ni
confesarse de esta clase de pecados, ni aún en las
confesiones ordinarias; porque como se ve, el peligro
en éstas sería igual, y por ventura mayor, por cuan­
to el recuerdo del placer vedado sería más reciente
y, por tanto, más vivo y eficaz. Así, yo tengo para
mí, que la mayor parte de los pecadores, caídos en
este fango, tienen necesidad de hacer una confesión
general. Porque, en efecto, ¿quiénes son, sino éstos,
los que ordinariamente callan por vergüenza sus
pecados, ó dividen sus confesiones entre varios con-

( 1 ) San Fraoclsco Javier.—-C arta al P . Barzée.— Edic. Pages. Tomo.


I I , pág. 44.
fesores, ó se confiesan sin dolor y sin propósito, re­
cayendo algunas veces en el mismo día en que han
hecho su confesión?» (i) Evidentemente, seríaforzoso
suprimir pura y simplemente la confesión, si se ad­
mitiese una excepción para el sexto precepto del de­
cálogo. Que se sea prudente, prudentísimo, en esta
tan delicada y escabrosa materia, lo admitimos de
muy buen grado; pero que se deba observar el más
profundo silencio en todo lo que á la misma se refiere;
que no se haga ninguna interrogación sobre este
punto, como pretenden algunos, en esto mal acon­
sejados, eso ¡jamás! L a integridad, por lo menos
form aly de la confesión es un artículo de fe; y en
ninguna otra especie de pecados se está tan ex­
puesto como en ésta, á faltar á esta integridad. A sí
lo aseguran nuestros maestros: inclinémonos, por
tanto, ante su experiencia y tratemos de sacar de
ella el mayor provecho.
Si el confesor quiere hacer bien á las almas, fuer­
za es que interrogue con más diligencia y más por
menudo sobre este punto que sobre otros. En ello
ha de poner más prudencia, cautela y discreción;
pero, después de todo, su deber es descubrir todas
las llagas ocultas y escondidas: que si esto no hace,
las confesiones que escuche serán con harta frecuen­
cia malas y no dejará á los pobres penitentes otra
cosa que el remordimiento de un nuevo sacrilegio.
Gersón condena enérgicamente la conducta de
los confesores que dicen:
«Yo no quiero preguntar; el pecador conoce sus
pecados, y que los confiese él mismo, si quiere!—

(l) Saa Leonardo de Porto-Mauricio.— Conferencias sobre la confe­


sión general.— Obras.
A sí— añade— el confesor arroja de sí á los igno­
rantes, sin instruirlos; hace que callen sus pecados, á
los que se avergüenzan de confesarlos; y no se sir­
v e de la llave de la ciencia que le fué dada para
abrir, bien que con discreción, las secretas llagas de
las almas>. (i)
Por graves que parezcan estos reproches, no son
«ino harto bien merecidos en semejantes casos; por­
que no llenar el propio ministerio como es debido,
es traicionarlo.
L a sagrada teología enseña que es necesario con­
fesar todos los pecados, de que se tiene conciencia,
declarando, en cuanto sea posible, el número y las
varias especies de los mismos. (2)— En materia de
impureza, es cosa bien sabida que la vergüenza ata
la lengua de los penitentes para qué no se acusen
de nada, ó, por lo menos, les induce á disminuir su
número y callar las circunstancias que mudan de
especie. Si no les interrogáis con habilidad, por ven­
tura se contentarán con confesar, todo lo más, al­
gún pensamiento ó deseo, cuando en hecho de ver­
dad deberían acusarse de pecados que han cometido
por obra; y aún en éstos, tal vez, pasarán por alto
^circunstancias que mudan la especie del pecado.
H ay ciertos pecados graves, que son más difíci­
les de descubrir, sin duda porque revisten un par­
ticular carácter de fealdad y ultrajan más grave-
jnente el orden de la naturaleza. Sin embargo el con-

( 1 ) Gers<5a.— Tract. l8 super M agnificat, pars, segunda.— Nihil in-


'terrogabo, scit peccata saa, dicat illa, si vult. Sic dimitit inscios, sic vere-
caodos latere facit la peccatis suis, noa ntens clave scientae, quae data
« S t ad aperienduna, cam discretiooe tamea, secretas animi plagas».

(2) Véase el Concilio de Trento. Ses. x iv . Can. 5; y San Alfonso M.


4 e Ligorio, Tiieol. Moral. Lib. t i , núm. 465.
fesor ha menester cononocerlos. No queremos decir
con ésto que el confesor deba suponer tales nefan­
dos delitos en todos los penitentes que se dirigen á
él. «Preguntar— dice Timón David— indistintamen­
te sobre todos los pecados de impureza, según y
contra naturaleza, sería una locura, en la que nadie
pensará jamás; pero suponer que todas estas cosas
han podido acaecer, estudiar, con este objeto, esta
ó la otra alma, por el conjunto de su conducta y
por el medio en que vive; proceder lentamente, pero
proceder siempre y poco á poco, avanzando de lo
menos á lo más y de lo menor á lo mayor, no es
ciertamente una imprudencia. Es simplemente cues­
tión de tacto, delicadeza y buen juicio, cuyos límites
exactos nadie puede precisar. Siempre, pero muy
señaladamente en estos casos, es menester, por parte
del confesor, un gran temor de Dios, un grande
amor á las almas y una absoluta confianza en la
acción de la divina gracia: cosas todas con las que
siempre se consigue hacer bien>, (i)
Para concretar más y precisar mejor todavía nues­
tras ideas en esta materia, no estará de más cono­
cer los tres grandes pecados, que se callan dema­
siado frecuentemente. Nos expresaremos en latín,
porque nos permitirá más claridad y libertad.
Praeter frecuentes pollutiones, quas non raro
praetereunt, maxime verecundantur haec tria con-
fiteri, nempe: incestum, sodomiam et bestialitatem.
I.® Incestus porro, vel tactus incestuosi, seu hu­
jusmodi actiones imperfectae, quae et ipsae speda’-
lem malitiam in confessione declarandam inducunt,
(Lehmkuhl.— Theol. moral, Tomo I, núm 882. 5)
( 1) Curso de Dituonales para uso de los Confesores, por Timón Da­
vid,— Prefacio, pág. lo . (Autografia).
non raro commituntur inter personas consanguí­
neas vel afíines.— Etenim plerisque in domibus pau-
perum, opificum vel etiam saepe agricolarum, ut vi-
dere est, non nisi unicum habetur cubiculum, ubi-
simul omnes decumbunt. Imo et aliquando pueri et
puellae jam grandiusculi vel púberes in eodem lecto
dormiunt; unde et nonnunquam videre et audire
possunt quoque genitores coeuntes. Quot peccata
ex hisce circunstantiis exoriantur, quisque suspica-
bitur nisi obstinate coecus.
Idcirco S. Ligorios, ubi tractat <quomodo cum
pueris, adolescentibus et puellis sit agendum» inter
alia haec habet: «Confessarius interroget cum quo
dormiant, et si in lecto manibus jocati fuerint.....Et
á responsis procedat ad ulteriores interrogationes.
Sed caveat ab inquirendo á puellis, vel á pueris, an
adfuerit seminis efusio; cum his enim melius est dee-
sse in integritate materiali confessionis, quam esse
causam ut apprehendant quae nondum noverint, vel
ponantur in curiositate addiscendi.» (i)
Plerumque juvabit antea interrogasse poeniten-
tem: num fratres vel sorores habeat, cum quibus
íorsam rix a s habuerit?— Quod si afíirmet, via pa-
tebit ad infandum scelus inquirendum. Notum est
autem «incestum inter diverso gradu cognatos pro-
babiliter specie non differe, nisi adsit prim us cog-
nationis gradus isque lineae rectae, id est si fiat
incestus inter parentes et filios.» (San Alph. Theol.
mor., lib. iii, núm. 448.) Unde non inquirendum de
gradu propinquitatis, nisi de hoc prim o in linea
recta quod sane raro eveniet etsi nonnunquam,
praesertim si de viduis agatur.

(l) San Ligorius.— Homo Apost. Tract, últim,, panct. iv, núm. 37.
I
2.® Sodomìa quae passim difinitur: <Usus ve-
nereorum completus in vase indevito» distinguitur
in perfectam vel imperfectam, prout copula fit inter
personas ejusdem sexus, vel si sexuum distinctio ob-
servetur, organo tamen ad id non destinato coitus
perficitur. A lia videantur apud Moralistas. Sed ope-
rae pretium est nobis novisse: <quam frequens sit
nostra aetate horrendum peccatum inter juvenes
praesertim, sive agatur aliquoties de sodomia per­
fecta, sive saepius de actibus sodomÍtÍcÍs, pertactus
impúdicos ad invicem, sive de coitu in diversis cor­
poris partibus.» (i) Haec verba desumuntur ex
opusculo D. Timón Davide qui expertissimus vir
latius docet hanc nefariam plagam vigere apud Nos-
trates maxime inter pueros. Haec porro adjungit:
«Sodomia decrescit frequentia cum aetate; nempe
fit rarior, inter homines maturos, minus rara apud
juvenes multo vero frequentior in prima adolescen­
cia.....Centies et centies audivi in confessione alum­
nos publicarum scholarum latentes maximam longe
partem suorum condiscipulorum hisce nefandis sce-
leribus addictos..... Atque bene advertatur me non
tantum loqui de pravis tactibus mutuis, verum etiam
et praecipue de veris actionibus sodomiticis, id erit
aliquoties paederatio, sed saepius irrumatio.»
«Apud púberes, istud peccatum ita commune est,
imo communius evadit, quando educantur extra re-
ligionis principia.....Denique hoc crimen rarius qui-
dem fit inter homines nubiles, sed tunc difficilius cu-
ratur.....— Attamen etsi relative rarius, tale vitium
in nostris adeo malis temporibus, nimis adhuc per-

( 1 ) Tímda ’D iv iá .— Curso de Diaeonnlet, Autdg. pág. 8 1.— Hemos


tradacido en latía lo qae sigue del texto d ^1 autor.
vagatum est. Magis universale fit apud eos, quos
sua vivendi ratio ab omni commercio cum mulieri-
bus arcet, uti sunt natae idcirco et tot juventutis
institutores ad hoc crimen proclives sunt.— Passiones
ad id primum feruntur quod ipsis in promptu est.....
Dictu horribilius; sunt domus publicae ad sodomiam
destinatae.....Pro mea parte, quinqué cognovi ne­
faria hujusmodi specimina in nostra civitate (Massi-
liae). Referun autem Parisiis multo pejus fieri.
Ilud certum est, tale peccatum commune renun-
tiari inter alumnos scholarum, seu externos seu in­
ternos, sed multo magis inter internos. In omnibus
domibus ubi vera don dominatur pietas et assidue
non frequentantur sacramenta, sive culpa sit Magis-
trorum, sive Confessariorum, sodomia intellenta in
sensu generali á nobis explanato, suprema regnat.
Quod si custodia perfecta et absoluta commercium
quodcumque alumnorum inter se impediverit, tunc
res agitur vehementius in alium sensum: pollutio
nempe solitaria vigen, et diabolus nihil exinde per-
dit.> (i)
Haec referens horresco; sed sacerdos Christi de-
bet has nequitias tam execrandas non ignorare, ut
medelam praebeat animabus. Quomodo medicinam
ministrabit, si nesciat et ipsum morbum? Quomodo
et hoc crimen deteget, quod saepius alto sub siien-
tio servant poenitentes si nullam habet hujusmodi
suspicationem?— Non ignoret praeterea quod et ip­
sae puellae haec nefanda committunt inter se arte
utendo prorsus diabolica. Quid dican de conjugibus,
qui onanismo tam frequenter nunc temporis indul­
gentes, in sodimiticas abominationes vix non impin-

(i) Timdu David.— Curso de Diaeonales. Aut<5gr. pàgs. 98*102.


gent? Quam vero cante et difficile hoc peccatum ex-
piscandum sit, nemo non videt.— Nec habendum
tamen conscientiam in pace antequam exacte fue-
rit confessi mìserrimi peccatores. Felix qui po-
tuerit confessarius, prudenti utique, sed perita in-
terrogatione, istas aperire plagas et gratia Dei
curare!
3.° «Quod rarius intra civitatis muros saepius
ad agros commititur, crimen est bestialitatis cum
pecoribus, pullis aut etiam aliis hujus generis bes-
tiis.» (i)
Hoc peccatum luxuriae, omnium gravissimum, di-
cit S. Alphonsus, eamdem moralem malitiam habere,
cujusque speciei fuerit animai, vel etiam sexus.
(Theol. moral, Libro iii, num. 474). Quod retinen-
dum est ne interrogationes plurimae fiant, ultra ne-
cesitatem. Satis erit, si pedètentim protedens, tan­
dem un’ ' aifirmatione vel unico verbo tamtum ma­
lum ex. paveris. Quo vero magis expertus est con­
fessarius, eo minus multiplicat quaestiones otiosas
et forsan imprudentes. Scientia tuto procedit, ubi
ignorantia male fluctuât.»
Y no se diga que hacer preguntas encaminadas
á averiguar semejantes pecados, no es seguir la
práctica y uso de los santos y de los más célebres
misioneros-, porque precisamente estos hombres de
Dios son los que más se han señalado en preguntar
con discreción y prudencia lo que otros suelen pa­
sar en silencio. Cabalmente por esto penetraban
hasta las profundidades más íntimas de los corazo­
nes y regeneraban las almas, librándolas de sus pe­
cados ocultos y de sus sacrilegios.

( l) Timón David.— Curso de D iaconales. Autogr. p íg . 49.


Todo lo cual puede demostrarse con abundante
copia de pruebas. San Francisco de Sales da á los
confesores el siguiente documento:
<Si veis que los penitentes experimentan dificul­
tad en acusarse por sí mismos de estos pecados
vergonzosos, comenzad á preguntarles de cosas las
más ligeras, como de si se han complacido en oir
hablar de cosas deshonestas, si han tenido malos
pensamientos, y así, poco á poco, id pasando, como
por escalones, de una cosa en otra, á saber, de lo
oído á los pensamientos, y de los pensamientos á
los deseos, á los actos de voluntad, á las acciones
externas; y á medida que se descubran, inspiradles
nueva confianza y valor para que en su labor va­
yan siempre más adelante.» Y algunas líneas des­
pués dice:
«Cuando os encontréis con personas que, á cau­
sa de la enormidad de sus pecados, cOi»>' .sortile­
gios, pactos diabólicos, bestialidadesy aseaihiatos ú
otras semejantes abominaciones, se hallan' excesi­
vamente espantadas y trabajadas en su conciencia,
procurad con todos los medios posibles alentarlas
y consolarlas, prometiéndoles vuestro concurso y
ayuda en todo lo que os necesitaren, para la salud
de sus almas.» (i)
^Se quiere alguna cosa más clara? Los tres enor­
mes pecados que hemos señalado figuran en las
preguntas que San Leonardo pone en boca del con­
fesor. (2)
Pero oigamos todavía á un maestro contemporá­
neo, hombre de actualidad y lleno de experiencia
( 1 ) San Francisco de Sales.— Advertencias á los Confesores.
(2) San Leonardo de P. M.— Diálogo entre el Confesor y el Peni­
tente.
de los tiempos modernos, que en una conferencia
eclesiástica se dirige á los sacerdotes. E s el P. Má­
ximo Bussy, cuyo testimonio hemos aducido más
arriba. Aquí es más instructivo todavía, porque
nos ofrece una verdadera lección práctica acerca de
cómo se debe preguntar en la confesión.
« S e o s presenta una persona joven, á quien no
conocéis. ¡Qué de precauciones no es menester to­
mar para interrogarle acerca del sexto manda­
miento! Y o comenzaría por una palabra que pudie­
ra interpretarse en un doble sentido.
— Hijo mío, ¿tienes acaso que reprocharte alguna
inmodestia?
— Sí, padre.
— ¿Has hablado de esta materia con otros? ¿Has
pensado en ella cuando has estado sólo?
— F recuentemente.
— ¿Te has tomado alguna libertad sobre tí mismo?
— Oh, sí; todas las semanas.
— ¿Te has permitido alguna libertad que de an­
tes deseabas tomar?.....
— Sí, que me he permitido.
— ¿Con qué personas?.... ¿Con personas de otro
sexo?.....(Hacedle hablar, ayudadle.)
Después, ¿la habéis acaso cometido con personas
de vuestro propio sexo?
Si os responde que afirmativamente, pasad ade­
lante, hasta el más horrendo de los pecados, so­
domía.
«Este otro, es un joven habituado á vivir entre
los animales confiados á su cuidado, ó simplemente
un joven, cuyas pasiones parecen brutales. ¡Ay! aquí
es necesario ir más lejos, para no dejar sobre su
conciencia infandum bestialitaiis crimen.
-Amigo mío, ¿has dirigido acaso sobre tí mismo
alguna mirada pecaminosa.....? ¿sobre otros jóve­
nes..... sobre otros objetos, qué se yo, sobre los
animales?
— Padre, sí.
— ¿V la mano?
— También, sí,
— No hayas miedo, no temas nada, amigo mío.
¿Tal vez has ido más allá? V aya, se comprende; es­
tabas ofuscado, tus pasiones estaban muy excita­
das. ¿Tomaste entonces alguna libertad sobre tí
mismo? ¿Te descubriste.... ?
Todavía un paso más.... Pero en la duda, es ne­
cesario detenerse. Una vez aquí, recomienda San
Buenaventura se pregunte: P e r circunsiantias ge­
nera/es et valde remotas^ ne inexpertis detur ma­
teria v e l ocasio, quod ante nesciveranty p erp e-
trandiy. (i)
Hé aquí una página preciosa, que en nuestros
días se llamaría un documento sugestivo y humano.
Efectivamente; es un hermoso trozo de verdadera
confesión. A sí debería procederse.
Los autores modernos, en particular, recomien­
dan una gran prudencia en las preguntas; y, cierta­
mente, tienen muchísima razón. Pero so pretexto
de obrar con prudencia ¿deberá el médico aplicar el
escalpelo fuera de la úlcera. Uno de estos sacerdotes
confesó un día que estaba persuadido de que á él
le ocultaban enormes pecados sus penitentes, y, no
obstante, les concedía la absolución, sin haberles di­
rigido la más mínima pregunta. ¡Dios mío! ¿es acaso

( l) P. Máximo de Bussy,—Retrate eccUsiasHque. Litografía. Con/e'


rettila sobre el Sacranunto de la PeniUneia.
éste el ministerio que se nos ha confiado? iOh, no!
El método de interrogar prudente y hábilmente; el
de ir poco á poco avanzando, hasta llegar á los úl­
timos pliegues de la conciencia, es el método que
han seguido todos los verdaderos operarios del evan­
gelio, todos los grandes apóstoles del honor y de la
fe. Este método es el único que salva las almas. Por
tanto, éste es el único bueno.
C A P IT U L O IV

A quiénes y cómo se ha de preguntar

Caestidn práctica qae debe resolverse, sigaiendo á naestros maestros,


los hombres de Dios.— CoDtradiccioDes qae habrá qae safrir: ejein*
pío del venerable P. Jalián Maanoir.— Los niños y los adolescentes
callan.— Método de San Alfonso M. de Ligorio para cambiar ea añr-
maciones sas negaciones.— Las mujeres más propensas al falso ru­
bor; opinión general.—Maches beatas 6 devotas cargadas de sacrile­
gios, según San Alfonso.—Una palabra más del mismo doctor, acerca
de las religiosas,— Preguntas á las mujeres casadas,— Los ignoran­
tes rudes disimulan.— ¿Cómo se ha de preguntar? Con mucha bon­
dad, prudencia y habilidad,— Diversos ardides.— Observación de
Timón David.— Buena fe dei penitente,— Dificultades de la confesión
de los ni&os.— Fórmulas ó reglas de pradencia.

¿Cómo se debe preguntar,? Veremos de resolver


en este capítulo, lo más satisfactoriamente que sea
posible, esta cuestión, que es la más práctica de to­
das. L a solución no se encuentra sino en ¡os gran ­
des santos y operarios evangélicos, que son nues­
tros maestros. Por tanto, ellos han de prestarnos
aquí su indiscutible autoridad. No queremos decir
con ésto, que su método no tropezará, ni con difi­
cultades, ni con objeciones; antes por el contrario,
entendemos que no han de faltar personas ózen in -
tencionadasy que lo hallen, tal vez, defectuoso y exa­
gerado.
Con este motivo, no pocas veces hubieron de su­
frir algunos siervos de Dios graves y penosas con­
trariedades. Sin embargo, á pesar de todo siguie­
ron valerosamente por la senda que se habían tra­
zado; y el Espíritu Santo, que los animaba, los so­
corrió en la penosa contienda, haciendo que brilla­
ran con esplendor glorioso su virtud y su sabiduría,
por lo^ abundantes y maravillosos frutos de salud
que producían. Jesucristo lo ha dicho: E x fru tib u s
eorum cognoscetis eos, (S. Math. vii, 20). Y esta fe­
cundidad ha sido siempre el signo más convincente
del verdadero mérito. L as más de las veces acaece,
que, después de las primeras dificultades, la verdad
triunfa; y concluye la contienda por alabar y enca­
recer lo que en un principio se había combatido y
vituperado. Esto, después de todo, no es sino pura
justicia.
Entre otros ejemplos menos conocidos, citaremos
el del venerable P. Julián Maunoir, S. J. (16 0 6 -16 8 3 )
que fué, como es sabido, el apóstol y misionero de
la Bretaña. A él debe, en gran parte, esta religiosa
comarca el haberse conservado tan firme en la fe y
piedad de sus antepasados. E n efecto, las Misiones
que había fundado y organizado de una manera es­
pecial, se han perpetuado hasta nuestros días, con
gran bien y aprovechamiento de las almas. Pues
bien; también este venerable Padre, como todos los
misioneros célebres, hubo reconocido la plaga del
falso rubor, sobre todo, respecto á ciertos pecados
determinados, y trató de aplicarlo el remedio de
una seria y bien puntualizada interrogación. Esto,
al principio, produjo una cierta alarma y sensación,
pero, afortunadamente, concluyó como siempre, por
el triunfo de la verdad y de la razón, que estaban
del lado de nuestro misionero. Dejemos que su bió­
grafo nos refiera las peripecias de esta prueba.
«A fin—dice— de evitar el abuso de los Sacra­
mentos, con el que el demonio aseguraba sus con­
quistas y arrastraba á su perdición innumerables
almas, el Padre Maunoir inventó un método parti­
cular de interrogar y obtener de sus penitentes la
declaración de ciertos crímenes capitales, de los
cuales no se acusaban; lo que hacía fuesen sus con­
fesiones sacrilegas y su conversión moralmente im­
posible. »
<Pero este método no á todos satisfizo ni fué en
gusto; y así, algunos eclesiásticos celosos, y aún
hasta doctos, lo condenaban, por desconocer la ne­
cesidad, pues jamás se las hubieron con ninguno de
aquellos extraordinarios pecadores.
«De aquí, que el tal método se denunciase como
sospechoso al obispo de Tréguier, que lo era á la
sazón M. Grangier, bien conocido por su celo y
exactitud, y se le hiciesen vivas y repetidas instan­
cias para que lo condenase. Pero él, antes de emitir
juicio, quiso informarse bien; y habiendo mandado
reducir á veintitrés proposiciones el método en
cuestión, lo remitió á París, para que lo examinase
una asamblea de obispos, doctores de la Sorbona,
directores, misioneros y teólogos; todos y cada uno
de capacidad reconocida y experiencia consumada.
Con rara unanimidad, el método fué aprobado por
la asamblea; cada uno dió por escrito su opinión, y
todos rogaron á M. Bail, doctor de la Sorbona y
penitenciario de Nuestra Señora de París, levanta­
se acta del resultado de la reunión. L o que, en efec­
to, hizo, y se halló tan seguro para la práctica el
método del Padre Maunoir, que, reduciéndolo á sie­
te principales preguntas, lo insertó en su libro: D e
T R iP L ic i E X A M IN E , para que sirviese de regla á los
confesores, que lo fueran de esta suerte de peni­
tentes». (i) .
¿Cuáles eran estas «siete preguntas principales?»
Trataremos de indicarlas más adelante, siquiera no
sea sino en sustancia y someramente. Por ahora
nos basta dejar consignado, que el método del Pa­
dre Maunoir disgustó á no pocos eclesiásticos celo­
sos y aún hasta sabios. Pero, afortunadamente, el
estupor no es una razón; lo que importa no olvidar
en el trascurso de este tratado.
Siquiera á riesgo de escandalizar á algunos mo­
jigatos, expondremos seguidamente una especie de
catálogo compendiado y general, de las categorías
de las personas que están más expuestas á callar
sus pecados, y á quienes es preciso preguntar más
discreta y cuidadosamente. Admitimos, sin embar­
go, en cuanto á los detalles, todas las excepciones
que se quieran, notando, al mismo tiempo, que se­
gún veríe la edad y condición de los penitentes,
convendrá variar también el modo y forma de ha­
cerles las preguntas.
Desde luego, ¿os niños y los adolescentes de am­
bos sexos son muy propensos á disimular sus gra­
ves culpas contra la pureza, como afirma en nume­
rosos lugares Timón David. E l P. Van Kerkhove lo
supone también evidentemente, puesto que quiere
que los jóvenes hagan una confesión general cuan­
do lleguen á la edad de adultos.— A d resarciendas,
dice, ju ventutis ignorantias et pluvism os defec-
tus (2). En la cual juventud puede ser comprendi­
do el tiempo de la primera Comunión. E n fin, San
( 1 ) E l Perfecto M isionero, 6 Vida del R . P . Ju liá n M aunoir, por el
R. P. Boschet.— Seguoda edic. pág. 186.
(2) M anuali M issionis, autore P. Vaa Kcrkhove, S. J ., pág. 48.
Alfonso M. de Ligorio quiere que, en materia de
impureza, se pregunte discretamente á los niños y
se insista en ello, aunque, por otra parte, hubiesen
negado haber cometido esta clase de pecados.
Este es uno de los ardides más ingeniosos que
debe tenerse presente; porque muchas veces se ob­
tienen con él los más felices resultados no sólo tra­
tándose de niños, sí que también tratándose de
otros que pasaron la niñez y aún la mocedad. Hé
aquí las palabras del Santo doctor: «Tanto á los
niños, como á los jóvenes de ambos sexos, es me­
nester preguntar sobre si han cometido alguna
obscenidad. Pero en estas preguntas sea muy cauto
el confesor.» Obsérvese de paso, cómo San Alfonso,
recomendando la cautela y discreción, no prohibe
en modo alguno se hagan las necesarias preguntas.
Pero más adelante hemos de volver sobre esta im­
portante distinción.
Continúa el Santo: «El confesor comience por
preguntar con rodeos y términos generales, prime­
ro, si han dicho palabras malas; después, si han te­
nido juegos y divertimientos con otros niños y ni­
ñas; y si estos juegos los hubieron á escondidas y
tocándose los unos á los otros. Seguidamente, pre­
gúnteles si han hecho cosas feas.» - Procede tam­
bién muchas veces, puesto que aún ¿os niños niegan,
hacerles algunas preguntas sugestivas que les pre­
cisen á afirmar algo, diciéndoles, por ejemplo: Y
bien: ^Cuántas veces has hecho ó cometido esas co­
sas? ¿Cinco veces? ¿Diez veces? (i)
( l) Sao AlphoDSQS Ligorins,—Praxis Confessarii, núm. 90. cQuo-
raodo se gerere debeat coofessarius cam pueris, adolescentibus pue­
llis,— Interroget ao aliquod turpe peccatum patraTerint. Sed in hac ma­
teria confessarius sit valde cautus in interrogando. Incipiat interrogare
Con esto sucederá, por ventura, que, después de
haber negado todo, el niño, interrogado de esta
suerte, confesará ciertas graves culpas que siempre
había callado.
El método de San Alfonso consiste en portarse,
después de una formal negación del niño, como si
hubiese afirmado, no tratando ya de averiguar s i
ha cometido e¿pecado^ sino cuántas veces lo ha co­
metido; añadiendo inmediatamente un número algo
exagerado. De esta manera, el penitente hallará el
camino abierto para concretar el verdadero número,
restringiendo el apuntado por el confesor. Así, esta
inocente astucia habrá salvado su alma. No en vano
y sin una razón quiere San Buenaventura que se
recurra á semejantes ardides en las interrogaciones:
<quasi astute interrogete según frase atribuida á
San Agustín.
Después de los niños y de los adolescentes (en
cuyo número van comprendidos todos los que no
han cumplido quince años), debemos señalar á las
m ujeres como más propensas á la vergüenza. Y la
razón filosófica de esto es, sin duda, que, en ellas,
el pudor natural está, por lo general, más desarro­
llado. Esta es, por lo menos, la opinión más uni­
versal entre los autores más acreditados. En otra
parte hemos citado ya, respecto á esta cuestión, los
autorizados testimonios de San Francisco Javier, de
San Francisco de .Sales y de San Alfonso M. de L i­
gorio. Sólo San Leonardo de Porto-Mauricio parece

de loDge, et verbis generalibns: et prius. an dixerint mala verba? aQ jo»


cati fueriot cnm aliis pneris aut paeliis? E t si jocos illos clam exercue»
rint? Deinde iaterroget an commiseriot res turpes? Multoties, etiamsi
pu eri negent, prodest uti cum eis interrogationibus sngestivis, verbi gra-
tia; E t nunc die mihi, quoties haec fecisti?.....Qainqnies? Decies?.......
sostener que los hombres callan sus pecados tanto,
por lo menos, como las mujeres. Recuérdense sus
palabras:
«Aún yo — dice— me figuraba en un principio
que esto de dejarse vencer de la vergüenza, era
achaque propio de sólo las mujeres y niños; pero la
experiencia me ha hecho entender lo contrario; pues
en muchas misiones he observado que era mayor
el número de los hombres que callaban maliciosa­
mente sus pecados que no el de las mujeres.> (i)
Como se ve, San Leonardo, con estas palabras,
lejos de negar que las mujeres son propensas á ca­
llar sus pecados, asienta evidentemente lo contra­
rio, siquiera nos extrañe y llame la atención el que
establezca en esta materia algo más que una espe­
cie de semejanza ó igualdad entre los dos sexos.
Entre las mujeres que disimulan, San Alfonso
nos indica una clase particular, que, por lo general,
inspira menos sospecha: tales son las ¡beatas ó de~
votas! Sí, lo habéis leído bien; las beatas ó devotas,
de las cuales no es, ciertamente, mi intento hablar
mal. Pero hé aquí lo que el santo doctor nos dice
textualmente: «no será fuera de propósito aconse­
ja r la sinceridad á las jóvenes que hacen profesión
de una vida devota. ¡Cuántas de esas no se han ha­
llado cargadas de sacrilegios, por algún pecado que
han callado! > (2)— Ciertamente, no se puede ha­
blar con más claridad. En otra parte, en su tratado
D e la verdadera esposa de Jesu cristo, el piadoso

( 1) Sao Leonardo de P.-M .—Instraccida sobre la Confesión.


(2) San Alph. L igotiu s.— ffom 'f A fiost, Apeadix iv. M ónita ad Con^
fts s a rio i, nduQ. iii.— Non abs re erit st idem efficitar cam puellis, quae
devoUoQcm proñtentur: qaot cex istis reperiontar sacrilegiis gravatae ob
Aliqaod peccatam, qnod retícaeranti»
autor afirma, que ni aún las religiosas están exen­
tas de esta grande miseria; y el R . P. Meynard, del
Orden de Predicadores, cita un caso que demuestra
que la tentación del falso rubor es para ellas, «la
tentación más frecuente y perniciosa», (i) Aquí de
las distinciones y de los temperamentos de discre­
ción, con que el lector deberá recibir esta opinión.
Por nuestra parte, no exponemos, sino á beneficio
de inventario, esta tan grave doctrina de San A l­
fonso M. de Ligorio. Cada uno la observe y estu­
die, y después la juzgue.
Hablando de mujeres casadas, quiere el propio
santo que, entre otras preguntas, se les haga la si­
guiente: S i viros debito m atrim oniali defraudave-
rin t. Y añade:
«Casi siempre es menester interrogar sobre este
punto á las casadas, porque, frecuentemente, por
este sólo motivo se condenan muchas de ellas, y
son, al mismo tiempo, causa y ocasión de que se
condenen también sus maridos; porque éstos, ha­
llándose con que se les niega aquello á que tienen
derecho, se entregan desenfrenadamente á toda
suerte de excesos y maldades.» (2) Evidentemente,
esta pregunta ha de hacerse con precaución y pru-

(1) R. P. Andrés María Meynard.— Respuestas canónicas y prácticas


sobre e l gobierno y principales deberes de las religiosas con votos sim ples,
segunda parte, pág. 206. «Segtin testimonio de San Alfonso M. de Ligo>
rio, la tentación más frecuente y perniciosa, que,'de ordinario, acomete
y trabaja á las religiosas, es la de callar sus pecados por vergüenza«
(Dir. Spir. art. xi).
(2) S. Alph. Ligorius.— P ra x is Confessarii, núm. 3 5 .—loterrogentur
Qxores si viros debito matrimoniali defraudaverint? Plerumque de hoc
interrogentur uxores quia multoties propter hoc solum damnantur et ia
causa suot, cur etiam viri damneatur, qui cum observent sibi denegar!
quod debetur, ad mille scelera effreoati décidant».
dencia-, y el santo quiere que, de ordinario, ut p lu -
rim um , se omita para con las casadas que viven
una vida arreglada y devota.
Otros, que también callan á menudo sus peca­
dos, y que, por tanto, deben ser interrogados, son
los ignorantes, rttdesy de ambos sexos. En este gru­
po ó categoría se comprende, principalmente, á los
hombres, puesto que de la Iglesia se alejan más y
ó las instrucciones y prácticas religiosas asisten me­
nos que las mujeres. ¡No pocos se contentan con oir
una ó dos misas al año, y cumplir, si es que cum­
plen, con el precepto pascual en la cuaresma! A sí se
comprende la observación de San Leonardo. Por lo
demás, es inútil que insistamos sobre este hecho de
que los ignoranteSy si no son interrogados, callan
sus faltas; porque lo hemos ya demostrado hasta la
evidencia.
Los hombres reputados por piadosos^ experimen­
tan también, alguna que otra vez, la tentación de
callar ciertos pecados, que, precisamente por la re­
putación de que gozan, les ocasionan mayor ver­
güenza. Buena prueba de ello, entre otras muchas
que pudiéramos aducir, es el ejemplo que hemos
extractado ó entresacado de la vida de San Vicente
de Paúl.
Ahora se nos objetará, tal vez, que en estas ca­
tegorías que acabamos de indicar, se comprende
casi todo el mundo; pero, si bien se observa, se
echará de ver que no es ese nuestro pensamiento,
ni el de los santos á quienes seguimos y cuyos dis­
cípulos queremos ser hasta el fin. Por otra parte,
nadie puede exigirnos en buena razón, después que
hemos probado de una manera concluyente y gene­
ral, que es grande el número de las víctimas del fal­
so rubor, terminemos, al descender á lo particular,
con una conclusión opuesta á nuestra probanza y
demostración. Si, como nos lo aseguran los Íiom-
bres más competentes y autorizados, son muchos
los pecadores que callan sus pecados en confesión,
claro está, que este número deberá repartirse entre
las varias clases de la sociedad. E s por demás cierto,
que en toda edad y condición se está, más ó me­
nos, expuesto al falso rubor; sin embargo, los, san­
tos han hecho mención especial de estas tres clases
de personas de que hemos hablado.
«Los penitentes— dice todavía San Alfonso M. de
Ligorio— de quienes se puede tener fundada sos­
pecha de que, por vergüenza, han callado pecados
en confesión, son los ignorantes^ las m ujeres y los
niños^ á los cuales el confesor preguntará si, respec­
to á su vida pasada, tienen algo que les remuerda
la conciencia, animándolos á que lo digan todo. Por
estas interrogaciones suélense librar de enormes
sacrilegios muchas almas.> (i)
Pero, ¿cómo se ha de preguntar? Ante todo, con
la mayor bondad. «Acordaos, dice á este propósito
á los confesores San Francisco de Sales, que los
pobres penitentes os llaman padre al principio de
su confesión; y , en efecto, debéis tener para con
ellos entrañas y corazón de padre, acogiéndolos
con amabilidad, sufriendo pacientemente su rudeza,

( l) S. Alph, Liguori.— P ra x is Ccmfessarii.— Mónita ad Confess, ná»


mero 178 . — cPoenitentes, de qnibosjasta potest esse snspicio quod prop­
ter erubesceotiam aliqna peccata tacneri (at sunt rudes, molieres et
pueri), interroget ntrum anteactae vitae scrupulum allquem habeant, eos
animando ad dicendum omnia. Per has interrogationes solent liberari
piares animae á sacrUegüs.»
ignorancia, imbecilidad, tardanza ó pesadez de in­
teligencia y todas sus otras imperfecciones; no os
canséis jamás de ayudarlos y socorrerlos, mientras
tengáis alguna esperanza de conseguir su enmien-
da.> (1)
Quiere también este amable santo, que siempre
se trate con delicadeza y miramientos á los peniten­
tes, «sin reprenderlos en manera alguna» aunque
embrollen y enmarañen con impertinentes historias
la confesión de sus pecados.
Y añade:
«Si, tal vez, llegáis á descubrir que sienten difi­
cultad ó reparo en acusarse por sí mismos de estos
pecados vergonzosos, comenzad por preguntarles
acerca de las cosas más ligeras.....; y les habréis de
animar y fortalecer, para cada vez avanzar más y
más, valiéndoos de estas ó parecidas palabras: «¡Qué
afortunado sois en poder confesaros bien! Creed­
me, Dios os concede en ello una gracia extraordi­
naria. Bien veo, que el Espíritu Santo os toca el co­
razón, para que hagáis una buena y completa con­
fesión; no hay que descorazonarse, pues, hijo mío, y
decid con franqueza y valor todos vuestros peca­
dos, sin que nada por ello os apesadumbre ni pre­
ocupe: que en premio de vuestra humildad y valor,
pronto experimentaréis una muy grande satisfac­
ción y contento de haberos confesado bien; y en­
tonces, á buen seguro que no os arrepentiréis de
haber descargado tan por completo de vuestra con­
ciencia todo el peso que la oprimía. ¡Oh! ¡Cuán
grande será el consuelo que experimentaréis en la

(1) Sao Francisco de Sales.— Advertencias á los Confesores.


hora de vuestra muerte, por haber hecho esta her­
mosa confesión! ¡Bendiga Dios vuestro corazón, que
tan dispuesto está para confesarse bien....! Así, dulce
y amigablemente, prepararéis sus almas para una
buena y perfecta confesión.» ( i j
Todos los santos recomiendan esta bondad. San
Alfonso quiere que «el confesor sea un padre lleno
de caridad.»— «Y, desde luego, debe manifestar esta
caridad paternal, recibiendo con amabilidad á todos
sus penitentes, sean pobres, ignorantes ó pecado­
res.— A semejanza é imitación del Divino Maestro,
ha de mostrar tanta más bondad y dulzura, cuanto
estén más cargadas de pecados las almas que se le
acercaren. Anímelas é inspíreles aliento y valor con
estas ó parecidas palabras:
— Vamos, hijo mío, no hay que desfallecer; cobra
buen ánimo y di sin temor tus pecados.....Dímelos
todos y no tengas vergüenza de ellos.....Poco im­
porta que no hayas examinado, en todos sus ínti­
mos repliegues, tu conciencia; basta que respondas
á las preguntas que te haga.
En el decurso de la confesión ha de usarse tam­
bién de mucha bondad y caridad. Guárdese, por
tanto, el confesor de manifestar impaciencia, tedio
ó asombro de los pecados que del penitente oyere,
por enormes y numerosos que sean; á menos que
eche de ver en el penitente una imprudencia y des­
enfado tal, que no se sonroje de nada.....Es igual­
mente conveniente, como dicen los doctores, que,
por lo general, se abstenga el confesor de hacer
corrección alguna durante la confesión, por temor

(i) Idem. Cap. i, párrafo 7, pág. 290.


á que el penitente se acobarde y calle sus peca­
dos.» (i)
Convendría también abstenerse de suspirar, y
aún de llorar^ sobre todo, cuando se confiesa á ni­
ños. Una persona piadosa me solía decir, que en su
primera juventud se atemorizaba de ver llorar á un
santo sacerdote, que la oía en confesión.
A más de la bondad, es necesaria, en este santo
tribunal, la más exquisita prudencia. San Leonardo
dice que esta virtud <es, en cierto modo, como el
alma de las sagradas funciones del sacerdote.» Y
nótese, que el santo está muy lejos de entender la
prudencia como harto frecuentemente se entiende
en nuestros días, en el sentido de una excesiva re­
serva, que siempre iría en detrimento de la integri­
dad del sacramento. Es verdad, que reprocha viva­
mente á los confesores que se ponen á preguntar
cosas de mera curiosidad, inútiles, ociosas y vanas-,
á los que gustan de averiguar vidas ajenas, sonsa­
cando lo que pasa en las familias y aún en todo el
lugar; á los que, con ciertas devotas, pierden su
tiempo, sea manifestándoles una ternuraexcesiva,
sea manteniendo con ellas pláticas, que nada tienen
que ver con la confesión, con virtiendo de esta ma­
nera el confesonario en sala de visitas ó gabinete
de conversación.» Es verdad todo esto; pero añade
en seguida:
«Es más te.merario é incurre más en nota de im­
prudente el confesor que no abre con su bondad el
corazón del penitente, á fin de facilitarle la confe­
sión de sus más vergonzosos pecados. Un santo sa­
cerdote solía decirme, que con una sola interroga-

(l) S. Alph. Ligorins.— Praxi#, nüm. 3 y 4 -


dòn había ganado para Dios más ahnas que pelos
tenía en la cabeza. Hé aquí io que hacía:
Cuando se le venía algún nuevo penitente, de
quien sospechaba por el conjunto de su confesión ó
por alguna otra señal, que tenía en el fondo de su
corazón algún pecado oculto que no había confe­
sado, le decía:
— Hijo mío, ¿no has ocultado ó disim ulado jamás
algún pecado en confesión, por ejemplo cuando
eras joven? Si algo de eso te ha sucedido no ten­
gas miedo de confesarlo; yo te ayudaré y te conso­
laré.....Con estas palabras sacaba de las pobres al •
mas alguna serpiente infernal que ocultaba tras sí
una porción de confesiones nulas ó sacrilegas. En
esto se verificaban aquellas palabras del Espíritu
Santo: Obstetricante manu cyus, eductus est coluber
tortuosus. (Job. xxvi, 13.)
¡Qué excelente práctica! Recurrid á ella también
vosotros siempre que os pareciere prudente, segu­
ros de que lograréis un gran provecho para las al­
mas.» (i)
Pero ninguno aventaja á San Alfonso M. de L i­
gorio en ser prudente y discreto, sin menoscabo de
la integridad. Por tanto, oigamos una vez más á
este maestro por excelencia, á este verdadero doc­
tor de la confesión.
<Que el confesor— dice— sea muy prudente en
preguntar sobre el sexto precepto del decálogo,
principalmente á las jóvenes y niños, para que no
aprendan lo que aún ignoran ó, por lo menos, para
no excitar su curiosidad. Por otra parte, deberá in-

(l) San Leonardo de Porto-Maoricio.— Conferencia m oral á lo s sactr»


dotes.— Obras Edit. 1869. Tomo iii, págs. 148 y 149.
vestigar si los penitentes han cometido en esta ma­
teria algún pecado que después, por vergüenza, lo
hayan callado; porque con ciertas personas, tales
como los ignotantes, los pastores y los jóvenes de
ambos sexos, es preciso volver á la carga varias
veces, para ver de arrancarles, á fuerza de ardides
y circunloquios, la confesión de algún pecado que lo
tenían callado. Sobre todo, es indispensable esfor­
zarse por infundirles confíanza é inspirarles valor,
diciéndoles que no hayan miedo de nada; que se
les otorgará la absolución de todos sus pecados; y
que, si por su parte manifiestan con sinceridad to­
das las interioridades de su conciencia, experimen­
tarán una muy grande paz y consolación. Tómense
estos cuidados principalmente con los moribundos.
Y no estará de más hacer lo propio con las jóvenes
que hacen profesión de vida devota. ¡Cuántas de es­
tas están metidas en sacrilegios por algún pecado
que no han confesado!
»Pero, sobre todo, ha de echarse mano de estas
piadosas astucias tratándose de niños y de jóvenes
que no son muy dadas á la iglesia. Pregúnteseles
al principio si han tenido malos pensamientos, si
han proferido ú oído palabras deshonestas, y, se­
guidamente, si entre sí han jugado juegos de
manos, y si para ello se escondían. Su respuesta,
cuando sea afirmativa, será un indicio de la mala
índole de los tales juegos. Hé aquí la célebre regla
que para estos casos da Santo Tomás:
■%Frecuenter^ quae p ra e confusione poenitens ta-
ceret., interrogatus reveíate etc.— Y seguidamente
añade: In interrogationibus fa cien dis attendendum
ut non fia t explicita interrogatio n isi de illis^ quae
ómnibus manifesta sunt; de ómnibus autem ita debet
d ¿onginquo (nótese esta palabra), fie r i interrogatio,
ut st commisity dicati s i non commisit^ non addis-
cat.*— (In IV Sent. disi, xix, qu. 2.)
E l mismo santo es también quien advierte á los
confesores no desciendan demasiado á circunstan­
cias particulares.— N e descendat nim is ad particu ­
lares circunstancias. Nótese esta palabra nim is, de­
masiado, la cual significa que, regularmente ha­
blando, no se han de omitir las preguntas necesa­
rias para conocer la naturaleza del pecado con su
especie y número, (i)
Por larga que parezca esta cita, no la hemos que­
rido acortar, porque entendemos es de la mayor
importancia para determinar y fijar las leyes gene­
rales de la prudencia, sin perjuicio ni menoscabo
del sacramento ni de las almas.
Por lo demás, hé aquí otra opinión, siquiera me­
nos autorizada, más moderna que la precedente. Ha
bla Timón David.
<En suma— dice— todos los autores están con­
testes y de acuerdo en dos puntos:
I L a obligacibu de procurar por parte del con­
fesor la integridad de la confesión.
2.° L a prudencia en llenar cumplidamente esta
obligación.
Los antiguos doctores, en general, insisten más
sobre lo de la obligación; los modernos sobre lo de
la suma prudencia con que es necesario proceder.
Y o tengo para mí, que la perfección, en esta mate­
ria, consiste en reunir en una sola tesis lo que unos
y otros han dicho respecto á entrambos puntos. De
( l) Saa AlfoQso M. de L ig o rio .— ffom o A post Apendix ix . M ónita ad
Confessarios, n. iti.— Fácilmente se podrá hallar el texto latino que, casi
palabra por palabra, hemos reproducido.
otro modo, demasiado preocupado de la integridad,
se expondría uno á peligros sin cuento ó, preocu­
pado excesivamente de estos peligros, descuidaría
la integridad..... E l autor que haya tenido ocasión
de observar los abusos de las preguntas impruden­
tes, impresionado de estos mismos abusos, sosten­
drá con demasiado ardor la causa de la prudencia,
hasta el extremo, tal vez, de hacer entender que á
ella debe ser sacrificada la integridad del Sacra­
mento; mientras otro, que sepa por experiencia son
muchos los confesores que descuidan esta integri­
dad, más por pereza que por razones de prudencia,
insistirá hasta el exceso en la necesidad de la misma
«Si ahora, después de estos tan graves autores^
me decidiera yo á dar mi opinión, limitándome al
medio en que viven nuestros clérigos (en Marsella),
afirmaría, como ciertos, estos hechos:
1.® L a inmensa mayoría de nuestros penitentes
(niños y jóvenes de ambos sexos) conocen todos los
pecados propios de su edad, y muchas veces, aún los
de la edad siguiente. Con ellos, es más necesaria la
integridad que la prudencia, salvas algunas ex­
cepciones que fácilmente pueden conocerse en la
práctica.
2.® Muchos disimulan sus pecados con mayor
ó menor malicia, es decir, por vergüenza: más g e ­
neralmente por modestia natural y por ignorancia
de los términos y expresiones: y más generalmente
todavía, y esto es lo más común, por un cierto es­
píritu de mentira, deliberado y habitual, como se
puede ver, observando su vida ordinaria y de cada
día. Con todos estos penitentes, es necesario que el
confesor, él mismo, haga la confesión, lo cual no
obsta para que use de la debida prudencia.
3. Entre los mozos ya de cierta edad, sobre todo
entre hombres, es más raro el disimulo en la confesión.
De estos, unos se confiesan voluntariamente, otros,
niños ó jóvenes, van á confesarse á instancias de
sus padres ó maestros, ó por la fuerza de los usos
y costumbres de antiguo establecidos en la familia,
principalmente en ciertas solemnidades, como por
ejemplo, la Pascua. Los doctores se han ocupado
hasta por demás en los hombres, y ni aun siquie­
ra lo bastante en los niños. Los primeros pueden
confesarse solos; pero los segundos deben ser con­
fesados; y el confesor, teniendo antecedentemente
por firme y seguro que estos niños, según su res­
pectiva condición, han podido cometer todo género
de pecados, sobre todo contra naturaleza, les inte­
rrogará con suma prudencia, que adquirirá con la
experiencia, y con gran temor de Dios, sospechán­
dolo todo, para hacer que digan todo poco á poco
y gradualmente. Cada uno se cuide de no dar de­
masiada importancia á la tesis de los teólogos que
recomiendan por encima de todo la prudencia, es
decir, de no dejar que el pecado cunda y se propa­
gue, por ahorrarse las molestias que traen consigo
esta suerte de penitentes. Pero á lo que se me al­
canza, entiendo que muchos confesores se dan me­
jor maña en evitarse estas molestias, que, efectiva­
mente, siempre son grandes, que en retraer del mal
y alejar del pecado á sus penitentes.
»Suponer ignorancia invencible en los peniten­
tes, es siempre más fácil y cómodo que combatirla
y vencerla. Pero ¿y si esta ignorancia no fuese in­
vencible.....? Siempre es mejor para el penitente co­
nocer sus propios deberes, aún cuando no los haya
de cumplir, porque así queda siempre la posibili­
dad y, por ende, la esperanza de verle arrepentido;
mientras la ignorancia estorbaría para siempre ja ­
más su conversión. Esta última sabia reflexión es
de M. Garriere, (i)
En esta cita hay observaciones muy sensatas. L o
que respecto á los niños y jóvenes dice el autor,
tiene su aplicación, principalmente, en las grandes
ciudades. Sin embargo, ¡ay! en lo malhadados tiem­
pos que corremos, no sólo en las grandes ciudades,
sí que también en las más modestas villas y en las
más remotas aldeas ha hecho la ciencia del mal
tantos y tan espantosos progresos, que con harta
razón se puede exclamar que, respecto á esta mate­
ria, y a no hay niños.
Observemos de paso cuán dificil y espinosa es la
confesión de la juventud. Demanda una habilidad y

(1) Timón David.— Corso de Diaconales.— Aotografía. 1879.— 80,


págs. 128-130 . Por nuestra parle, no aceptamos sin reservas la sabia re­
flexión de Carriere. Y , en efecto, tomada á la letra, entendemos se acer­
ca un poco á ia segunda proposición de B io, condenada por Alejan­
dro vil. Tametsi dttur ignorantia invencibilis ju r it naiurae (lapsae) hace,
in síatu naturae lapsae, non excusat a peccato. Ciertamente no es este el
sentido en qne expone U suya el estimable aator, pero, por lo menos, su
reflexión es contraria á ia doctrina de San Ligorio, cuyos humildes dis*
cípulos somos. E l santo doctor, contra el sentir de alguno que otro
teólogo rigorista, enseña que hay casos, en los que es menester dejar al
penitente en su buena fe, como cuando se prevee que la corrección no
ha de aprovechar gran cosa. (Teólog. Mor. Trat. vi, niím. 6 10 , 6 17 ),
Por tanto, será más exacto y más ajustado í la verdad decir que, respec*
to á los preceptos de la ley natural, cuando no se trate de conclusiones
muy remotas, la ignorancia invencible es rarísima; por lo que, no se la
debe suponer fácilmente en el penitente. Por otra parte, adn cuando esta
ignorancia exista, es doctrtna común entre los moralistas, que el confe­
sor está obligado á instruir al penitente, no sólo cuando éste le haya in­
terrogado, sino también siempre qne hubiere esperanza de enmienda
6 temor de escándalo ó de da&o, (Praxis Conf. núm, 3).
un conocimiento de las almas, que sólo la práctica
puede dar. Por tanto, es un error, y error peligro­
sísimo, confiar este ministerio tan delicado (iba á
decir, el más delicado de todos) á sacerdotes jóve­
nes é inexpertos, al día siguiente, como quien dice,
de su ordenación. Siendo, como son, novicios ¿cómo
podrán interrogar con la destreza que demanda el
caso? Y si no interrogan ¿qué será de las confesio­
nes que escuchen? ¡La doctrina asentada por los
más expertos doctores nos da mucho que pensar
sobre esta gravísima materia!
Pero volviendo á la cuestión de la prudencia, pa­
rece que toda ella puede resumirse en estas pocas
reglas ó fórmulas:
— E l confesor debe procurar, ante todo, con tan­
to cuidado, como habilidad, la integridad del S a ­
cramento, sin perjuicio, no obstante, de la gran
discreción y suprema reserva, tan conveniente á su
carácter.
— H aga las preguntas, tan frecuentemente nece­
sarias, en materia de impureza; procediendo siem­
pre, fuera del caso de una espontánea declaración,
con circunspección y poco á poco.
— No descienda jamás, en esta materia, á averi­
guar detalles in/imos, que no mudan la especie del
pecado; porque, en sentir de los más probos y au­
torizados autores, no es necesario. (San Alfonso M.
de Ligorio, Theol. Morale Lib. vi, n. 468.) Y aún
menos se permita hacer preguntas que resulten
arriesgadas ó peligrosas.
— En la duda siempre es mejor quedarse atrás
que avanzar demasiado.
— Cuanto más ignorantes ó más tímidos, ó me­
nos independientes ó menos libres, sean los peni­
tentes, tanto mayor debe ser el temor de que falte
algo á la integridad del Sacramento.
— De varios y diversos modos ha de ejercerse la
prudencia en el confesonario; esto es, teniendo siem­
pre en cuenta y haciéndose cargo de la edad, pre­
sunta inocencia y grado de educación de los peni­
tentes.— De la propia manera que no ha de formar­
se antecedentemente ningún juicio absoluto, respec­
to al penitente, sea éste quien quiera, así también es
necesario estar preparado á todo y no asombrarse
de nada.
A l escribir estas líneas, no se nos oculta que, á
pesar del cuidado que hemos puesto en redactarlas,
serán incompletas y, tal vez, incomprensibles, si
falta el espíritu de Dios. Negocio es éste que re­
quiere mucho pulso, mucha prudencia, mucho tacto y
mucha experiencia; y aún todas estas cualidades no
bastan siempre. Aquí viene, como anillo al dedo, lo
que decía un santo. <Esta prudencia se obtiene de
Dios, no sólo con el estudio, sino principalmente
con lágrimas y oración.» (i)
Sí, seamos hombres que busquen siempre su fuer­
za y capacidad en las regiones sobrenaturales de
la gracia; imploremos sin cesar las luces de lo
alto, y no nos cansemos de repetir con el Salmista:
Bomtaíeniy et disciplinamy et scientiam doce me.
(Ps. cxviii, 66).
Esta triple petición responde perfectamente á las
necesidades de los ministros del sacramento de la
penitencia. Todavía una vez más pidamos al Señor
ponga gu arda á nuestra lengua y puerta de opor-

( 1) San Leonardo de P. M.— Confereacia moral á los Sacerdotes.


(Edic. 1868, tomo III, pág. 148),
tunidad á nuestros labios^ para que hablemos como
conviene, según las circunstancias de tiempo y de
persona, (i) Por lo demás, siempre que en el des­
empeño de este ministerio de la confesión, no se
busque sino Dios y la salvación de las almas, cada
uno hallará medios de hacer mucho bien, evitando
todo peligro para sí y para los demás. Y débese
esperar esto con tanta más razón, cuanto que Jesu­
cristo, que instituyó el sacramento de la penitencia,
tiene reservadas gracias especialísimas para los que
la practican dignamente.

( l) Pone, Domine, ctistodiam ori meo, et ostiam circanstantae labiis


nfeis. (Ps. czi, 3).
C A P IT U LO V

R e s u m e n dei M é t o d o

¿Eq qué se coaoce ua buea coufesor?— Cualidades ionatas y cualidades


adquiridas.— Peligroso género de ingenuidad: ¡no han pecado en
Adam!—Consejos de un maestro consumado, el P. Segneri.— Una
cosa es la teoría y otra la práctica.— Dos especies de penitentes:
embrolladores y maliciosos.— Con los primeros guardad un término
medio.— Principio y consecuencias.— Con vuestro interrogatorio
se obtendrá más que con su examen.— En cuanto al número, pro*
ceded gradualmente.— Con los pecadores vergonzoso^ Pode p a rie-
ten.—Interrogar con prudencia y destreza.— Respuestas: sí 6 no.-»
Exagerar la cifra.— Evitar toda señal de asombro <5 de impacien­
cia.—/O p a r ir 6 m orir! —Error intolerable: despacharlos.— E a oca­
siones de mucha concurrencia es mejor curar un pequeBo número.—
Caso particularísimo y grave solución, por San Alfonso M. de L i­
gorio.— Form arse un interrogatorio práctico. — Método del Padre
Mach.— Ultima é importantísima advertencia de un venerable mi­
sionero.

Siendo, como es, necesaria la interrogación en


muchas confesiones, que, sin este medio, serían de­
fectuosas y malas, es evidente que el mérito de un
confesor podrá deducirse, frecuentemente, de la ma­
yor ó menor habilidad con que pregunta á los pe­
nitentes. En efecto, formamos juicio de un médico
en razón de la seguridad de sus diagnósticos y de
la destreza con que maneja sus instrumentos. Así
juzgamos bueno á un médico, cuando descubre y
cura achaques y males que» á otro, pasarían inad­
vertidos.
Ante todo, ha menester el confesor estar en po­
sesión de ese buen sentido y exquisito tacto, que
sólo la naturaleza puede otorgar, pero que la gra­
cia de Dios y la experiencia pueden fortificar y au­
mentar. Igualmente, ha menester ciencia teológica»
así como una cierta educación práctica, de la que
repetidas veces hemos hablado y de la que, más
adelante tornaremos á hablar. Puede decirse, en ge­
neral, que, cuanto más experimentado y rico en
instrucción sea un confesor, tanto menos exigirá
ciertas explicaciones que pudieran resultar penosas.
Con una p a la b ra discreta y precisa sabrá recoger
importantes y embarazosas confesiones; mientras»
con otro, sería necesario entrar en largas expli­
caciones de enojosos pormenores, y, tal vez, ni aún
así se orillaría del todo el riesgo de no ser com­
prendido.
Nada hay más arriesgado y peligroso en el mi­
nisterio de la confesión que esos hombres, simples é
ingenuos, cuyo menor defecto es, no obstante, es­
tar infatuados de sí mismos. Si, por lo menos, no
fuesen osados á colocar su mediocridad por encima
de la consumada sabiduría de los santos y de los
doctores, podría esperarse su enmienda, siquiera
por un instante se les consintiera pensar que, ju nto
con ellos, las dos terceras partes de la humanidad
(y principalmente sus beatas) no han pecado en
Adán.... Pero estos tales siguen incorregibles, has­
ta el día en que su ineptitud, si y a no su impru­
dencia, se manifiesta ostensiblemente, produciendo
escándalos.
Aquí se nos viene á las mientes el caso de un
pobre sacerdote, piadoso y bueno por lo demás, y
casi hasta instruido, que se dejó coger en las ase­
chanzas más groseras, por haber ignorado hasta
en su edad senil lo que un tratado de teología pas­
toral hubiera debido enseñarle en el seminario. El
infeliz fué llevado á los tribunales, deshonrado en
su sacerdocio y en su ancianidad y fustigado san­
grientamente por la mala prensa de toda una pro­
vincia. Para colmo de desventuras, las apariencias
todas le condenaban; por lo que fué arrojado en
una cárcel, como un malhechor vulgar. Y sin em­
bargo, este desventurado no era un culpable, sino
simplemente uno de esos ingenuos, de quienes
venimos hablando. No debiera haber semejantes
sacerdotes, puesto que no son comprendidos en es­
tos malhadados tiempos que corremos, en que la
malicia es universal y el peligro está apostado en
todas partes.
Bien se nos alcanza que, por fin y acabamiento
de esta tan importante cuestión sobre la interroga­
ción, el lector deseará oir á algún prác/üo perfecto, á
algún maestro indiscutible y de la mayor excepción,
que le indique brevemente y con toda seguridad el
método que ha de seguir. Pues bien; nos sentimos
felices al poder ofrecerle esta preciosa lección, to­
mada del P. Segneri, cuya doctrina tenía tanta au­
toridad á los ojos de S . Alfonso. Difícil sería hallar
más verdad y mayor número de ingeniosas indus­
trias ó ardides condensadas en menos palabras. E s
un trozo clásico en toda su sencillez.
E l capítulo I I de su Confesor instruido se inti­
tula ó tiene por epígrafe: D e l modo con que ha de
portarse e l confesor con sus penitentes. Comienza,
muy justamente, previniendo una objeción que se
nos pudiera hacer. «Hablando con propiedad, no
pertenece al oficio de confesor interrogar á los pe-
ninentes, sino escucharlos, (i) L a razón es, porque
en este tribunal, á diferencia de los demás, es ab-
suelto quien confiesa su delito, y condenado quien
lo calla. De aquí resulta que nadie está más intere­
sado que ei culpable en que se sepa la verdad. Por
tanto, en lugar de salir á cazarla con las redes de
mil interrogaciones, basta que el conferor espere
pacientemente á que ella misma, de por sí, se le ofrez­
ca. Esta es la teoría, y, ciertamente, ésta debiera
ser también la práctica, pero no sucede así. L a ig­
norancia de los penitentes, unida á su poco cuidado
en examinarse, arrepentirse y formar firme propó­
sito de enmienda, impone frecuentemente al confe­
sor la enojosa obligación de preguntarles, de la que
debiera estar exento. Por tanto, si queréis que el
juicio ó proceso se instruya con rectitud, os conven­
drá, más de una vez, suplir la parte del reo, que,
como hemos dicho, está obligado, en este tribunal,
á ser también acusador, imitando en esto la pacien­
cia del S. Job, que decía: Causam quam nesciebam
diltgentissim e investigabam. (Job, xxix, 16) (2).
E l autor distingue dos suertes de penitentes, que
tienen particular necesidad de ser preguntados,
conviene á saber: los que no descubren la verdad,
por ignorancia, y los que la callan, por malicia. En
otra parte hemos citado ya este pasaje, como, sin

( l) Soto.— I d dis. i 8 qn. 2 . art. 4.


(*) Segneri apoya su doctrina en la autoridad de los mejores teólo­
gos, que se nos permitirá citar después de él; Soto l. C .— Card. De Lu­
go, dt Poen. di». 22 se ct 2, n. 19.— Suárez, dis. 32, sect. 3, n. 7.— Hen-
rig . I. 6. c. 16, n. 4.— Layman, I. 5 tit. 6. c. 13 , n. 10 . Coninc, disp. 8
dub. 17 . n. 1 3 1 ,— Narvarr. in Sum. c, 5. n. 2.
duda, recordará el lector. Después continúa en los
siguientes términos:
< Hablemos de los primeros. H ay muchos que por
tener la conciencia, no precisamente mala, sino en­
marañada é intrincada, jam ás se resuelven á exa­
minarse con atención y cuidado; y pórtanse en
ello como los que, teniendo una mujer quisqui­
llosa y camorrista, no hallan hora ni aciertan
senda para volver á casa. E n ellos resulta perfec­
tamente cierto aquello de: M elius est habitare in
deserto, quam cum m uliere rix o sa . (Prov. xxi, 19).
»Con este género de penitentes, os convendrá
adoptar un término medio: ni faltar á vuestro de­
ber, por negligencia, ni sobrepujarlo, por excesiva
minuciosidad. Lo primero sería agravar vuestra
conciencia; lo segundo, fatigar ia de vuestro peni­
tente; y así, haciéndole molesto el sacramento, le
haríais juntamente odioso, (i). Mas, si respecto á
esto queréis apoyaros en un principio firme y sólido,
considerad que Cristo N. Señor no ha obligado á
los fieles á la confesión de todos los pecados cometi­
dos, sino de aquellos de que hubieren memoria, des­
pués de atento y diligente examen. De aquí, que
cuando se ha satisfecho á esta obligación, el peni­
tente no es tenido á más, y mucho menos el confe­
sor. (2)
De este principio derivan dos observaciones úti­
lísimas en la práctica. Primera: cuando tuviéreis á
vuestros pies alguna persona, que sabéis es cuidado­
sa, así en examinar su conciencia como en decir sus
pecados, no os inquietéis más ni toméis otra mo-
(1) De Logo, de Pom.y disp. l6 , sect. 14 , n. 5c.—Henrig, i 36, c. 36,
n. 5.
(2) Ant. Péree, I. c. n. 590.
lestta; sino que, concluido que hubiere su confesión,
en lugar de fatigarla, preguntándole más estrecha­
mente, aprovechad el tiempo en darle documentos
útiles y consejos saludables. Segunda: cuando, por
el contrario, se os acercara alguna persona negli­
gente, no estáis obligado á llevar vuestro cuidado
en examinarla, más allá de lo que ella misma, si se
examinase con atención y esmero. Por tanto, no se­
rá de necesidad dirigirle ciertas preguntas, que ella
misma no se dirigiría, cuando tratare de sondear
las interioridades de su conciencia, según su capa­
cidad natural, (i)
>De todo esto se sigue, que no debéis alarmaros
cuando hayáis de confesar gente ruda y poco pre­
parada. Pero ¿queréis despacharlos pronto y en paz?
Pues sometedlos á una averiguación adecuada y
conforme á su condición, y ábuen seguro, que con­
seguiréis por este medio, así en cuanto á lo sustan­
cial de las culpas que han cometido, como en cuan­
to al número, naturaleza y circunstancias de las
mismas, bastante más con vuestra interrogación,
que con el más atento examen, por su parte. S i des­
pués os hubiéreis con alguno, cuya conciencia se
hallase tan enmarañada y confusa, que, á pesar de
todas vuestras diligencias y cuidados, no pudieseis
desembrollarla ni esclarecerla, en grado á que el
penitente fuese obligado á llegar por sí mismo, no
cabe dudar, que habéis de mandarle á que se dis­
ponga mejor, para satisfacer á la integridad del S a ­
cramento. (2) Pero escuchad mi consejo: aún enton­
ces tratad de interrogarle. S i y a no conseguís otra
( 1) A ot. Pére*, de Poen., disp. 3, c. 4.
(2) De L ego , I. c. n. 593*—Vasq., de Poent., qnaest, 3, n. 3, dub. 7,
OTimero 5.
cosa, vuestras preguntas y consideraciones podrán
servir de atractivo y cebo á más de uno, para que
llegada que sea la ocasión, os vuelvan á buscar.
>Lo que resulta más difícil y menos hacedero, es
obtener de los penitentes el número de sus peca­
dos. L a masa general de los hombres bebe la ini­
quidad como agua, sin parar mientes en el número
de vasos que quedan apurados y vacíos.
Pero si, desgraciadamente, fuere imposible hacer
cosa de provecho, no os afanéis inútilmente. Cuan­
do no os quede arbitrio para saber el número cier­
to, ó por lo menos, el probable, preguntad en gor­
do (grosamente)^ citando un recio número de años,
acerca del tiempo que duró el mal hábito y de la
frecuencia con que se volvía á cometerlo cada mes
ó cada semana. Pero en las confesiones largas, no
procede, por lo- menos ordinariamente, exigir un
número preciso de esta frecuencia, respecto de cier­
tos actos internos, como de odio ó de impureza,
porque no se podría concretar sin grave riesgo de
error, ó por defecto, ó por exceso; sino que bastará
preguntar acerca del tiempo, por estas ó parecidas
palabras: ¿Cuánto tiempo se ha vivido en este estado
de discordia? ¿Por cuánto tiempo se han frecuentado
aquellas pecaminosas visitas? (i) Y no se diga que
esta es cosa nueva y peregrina, porque es manifiesto
que aún en los cálculos acerca de objetos num eri’-
eos, no siempre se procede por vía de números, sino
por vía de medida. A sí ¿qué propietario exigirá, en
tiempo de cosecha, á su administrador, por diligen­
te que se le suponga, el número de granos que se

(1) Vaq. I. c., qnaes. 9 1, a. i, dob. 1, n. 3 ..—Ant. Pérez, 1. c. d, 104.


— De Lugo, 1. c. disp. 10, sect. 14 , d . 585.
ha recolectado? Se mide á fanegas toda la cosecha
y nadie piensa en hallar otra cuenta.» (i)
El P. Segneri ha trazado aquí, de mano maestra,
las cuestiones relacionadas, especialmente con las
conciencias confusas y embrolladas, que no saben
darse á conocer. Seguidamente, pasa á tratar de un
mal harto más deplorabUy como dice él mismo, y
que se llama el fa lso ru bor y cuyas desgraciadas
víctimas callan de intento y voluntad sus pecados.
< En cuanto á estas personas— continúa el emi­
nente maestro— no se puede encarecer bastante cuán
provechosas sean las industrias de un buen confe­
sor. Y ahora, viniendo á la práctica, es preciso que
con arte y maña os valgáis en ésto del medio de
que se valió el profeta Ezequiel, para descubrir las
ocultas abominaciones del lugar santo.» E l profe­
ta miró, y apercibió un agujero en la pared Ecce
foram en unum.— «Horada la pared, le dijo el S e ­
ñor: Fodeparietem , fodeparietem.-%— «Y horadado
que hubo la pared, apareció una puerta: A p p a ru it
ostium unum .*— « Y el profeta entró cómodamente
por ella, y vió con asombro abominationes pesst-
mas.> (Ezech. viii, 7, 9.)
«El pequeño agujero, son los pecadillos de me­
nor cuantía, confesados espontáneamente por el pe­
nitente. Y es preciso que el confesor, con suma di­
ligencia agrande esta pequeña abertura que se le
ofrece en aquella alma, y haga de ella una puerta
bastante capaz, que le permita entrar á descubrir
cuanto de abominable se esconde dentro. Pero ésto
no está bastante claro. Descompuesta la metáfora,
hé aquí mi pensamiento:

(i) I I Confessore instruilo, cap. ii.— Opere del P, Paolo Segneri.


Algunos jóvenes vienen á confesarse y se acu­
san de haber hecho el amor en la iglesia (d i avere
amoreggiaio), de haber proferido palabras libres y
de haber dirigido miradas deshonestas; pero no di­
cen más y callan lo restante. Pues bien; después de
haber oído todo, es menester proceder, con las me­
jores palabras y maneras posibles, á deducir, de las
palabras y miradas libres, los malos pensamientos;
de los malos pensamientos y consentimientos, los
pecados de acción, cometidos consigo sólo ó con
otros, incoados ó consumados. Pero en todo ésto,
¡cuánto pulso, advertencia y cuidado es menester
para no errar! Por una parte, es fuerza exprimir
toda la podredumbre de estas llagas ocultas y es­
condidas; por otra, es preciso cuidarse mucho de
no infestar la parte sana, enseñando el mal á quien
lo ignoraba. Sin embargo, no temáis. L a luz del
Señor, á la que en estas circunstancias habéis de
recurrir, en una con la experiencia, que con el ejer­
cicio acrece cada día, os enseñará á navegar entre
estos dos peligrosos escollos, sin que encalléis; os
enseñará á comenzar de lejos vuestro interroga­
torio, y á moveros diestramente en vuestras difí­
ciles evoluciones; os enseñará á usar en vuestras
preguntas, de ciertos términos generaies^ que algu­
nos os comprenderán luego, otros más tarde, se­
gún que sean más ó menos prácticos y avezados en
la culpa; os enseñará á no daros por entendido de
las negaciones con que se os conteste, sino á acep­
tarlas como explícitas confesiones del hecho en cues­
tión. Acaece, en efecto, que un joven que, en un
principio, niega absolutamente haber cometido pe­
cados de polución, si se le pregunta inmediatamente:
¿Cuántas veces lo habéis cometido? ¿Cuántos años
ha que caéis en ese pecado? ¿Nunca os habéis con­
fesado de él, no es eso.....? confiesa la verdad, y se
deja extraer de las entrañas el veneno, que no
quería arrojar espontáneamente.
cEste de la confesión, es un tribunal en el que,
como ya lo hemos dicho, para nada sirve que el cul­
pable se declare inocente. Por eso, las preguntas
que se llaman sugestivas (insinuaciones) no se re­
chazan, ni se niegan, como sean hechas con tacto y
discreción : D iligens inquisitor e i subtilis investíga-
escribe San Agustín, sa p ien terei qu asi astute
interroget á poenitente quod fo rsita n ignorai, v e l
p ra e verecundia velit occultare. (De vera et falsa
Poenitentia). Así, nunca se encarecerá demasiado la
conveniencia de formular las preguntas en manera
que el penitente no tenga, si es posible, sino res­
ponder con un simple: S i, P a d re, ó no. P a d re.
<De cuánto consuelo no fué á la Samaritana
poder decir: H e topado un hombre que me ha dicho
todo cuanto hice. Q ui m ih i d ix it omnia queacum
que feci. Si hubiese tenido que confesar de propia
boca todas sus vergonzosas acciones, sabe Dios si
jamás las hubiera confesado; pero viéndose descu­
bierta de tan delicada manera por Jesucristo, le fué
facilísimo hacer su confesión, sin tomarse más
molestia que responder sencillamente: P r o p h e t a
ES TU.— «Tú eres profeta» esto es, has dicho la
verdad.
«En esta clase de confesiones difíciles y trabajo­
sas, no es conveniente antes de terminar, mani>
festar á las almas que hacéis caso de sus pecados;
antes bien, decidles que habéis oído otros muchos
mayores, y que no son ellas las primeras, ni en co­
meter tales cosas, ni en confesarlas. Cuando les pre­
guntéis por el número, enunciadles uno bastante
mayor que el probable, á fin de que, para deciros
la verdad, tengan más bien que disminuir mucho,
que aumentar, siquiera no sea sino poco. ¡Y que
Dio^ os guarde, en este intermedio, de dar señales
de asombro, de suspirar, de agitaros ó de apremiar
demasiado al pobre penitente! E l simple movimiento
de una hoja puede turbar el desembarazo de estas
siervas tímidas, tan difíciles al parto. Por el contra­
rio, decidles á cada momento palabras de aliento y
de valor, considerando que, aunque las pobres han
llegado usqtu adpartunty sufren y gimen todavía; y
tales vienen muchas veces las cosas, que non est vir-^
tus p arien d i, falta valor para parir. Recordadles la
fiesta que se hace en el cielo por la conversión de
un pecador; decidles que todo contentos volverán á
su casa, bendiciendo mil veces este día feliz, en que
han aliviado de un tan grande peso sus conciencias.
Añadidles que, por lo demás, no hay otro medio;
puesto que se ha concebido el mal, no hay modo ni
arbitrio de evitar uno de estos extremos: ó parir ó
morir: O partorircy ó m ori.y
No estará de más en estos casos, aconsejar una
breve plegaria á la Virgen Santísima, que les con­
seguirá la deseada gracia.
Hay en estas líneas del P. Segneri, tanta justi­
cia de observación, tal seguridad de análisis y tal
ternura de corazón, que sólo el más puro espíritu
apostólico ha podido inspirarlas, ¡jamás se las me­
ditará demasiado! Tantas son las profundas verda­
des, y tantas las industrias prácticas que contienen.
Conellas nos arma igualmente contra esa perniciosa
candidez de la inexperiencia, que, de antemano, ve
todo de color de rosa, esa no menos perniciosa in­
diferencia, que acepta como «moneda corriente» lo
que le dice el penitente, por descuidado y superfi­
cial que haya sido su examen. Por lo demás el lec­
tor sabrá adaptar de por sí á los usos más delica­
dos de nuestros días ciertas expresiones ó imáge­
nes atrevidas, de que, en otras circunstancias, hu­
biera podido echar mano el autor. Tengamos, al
igual de él, un ardiente amor á las almas, y nada
nos parecerá demasiado para salvarlas del abismo
de corrupción, en que se hunden cada vez más, y
de donde apenas pueden salir.
Recojamos todavía, antes de finalizar este capítulo,
algunos otros de sus sabios y útiles consejos. «Para
terminar, dice Segneri, os advierto que el error
más intolerable en que podéis incurrir, tratándose
de esta materia, es despachar alguno, sin una po­
derosa razón, y so pretexto de que teniendo que
renovar las confesiones de muchos años, ha menes­
ter hacer para ello un largo examen. De ordinario,
estos que por vergüenza callan sus pecados, son, ó
gentes sin instrucción ó jóvenes ligeros y faltos de
experiencia. Por lo regular, la vida de todos estos
es uniforme, y su conciencia no está complicada ni
confusa por larga serie de negocios, ni múUiples
ni difíciles. Y dado que hubieren de renovar muchas
confesiones, no es empresa difícil á un confesor pa­
ciente y práctico, examinarlos, en poco tiempo, me­
jo r y más provechosamente, que ellos, de por sí,
hubieran podido examinarse en un mes entero.
Sin contar con que estos á quienes se manda hacer
un nuevo examen, rara vez vuelven, como es proba­
do y lo acredita la experiencia. Son como los cier­
vos, que, heridos por los plomos de! cazador, se
hacen más recelos y fugitivos.
Pero aquí nos sale al paso una grave dificultad.
¿Cómo deberá portarse el confesor, cuando, en un
concurso extraordinario de gente, se juntan estas
dos cosas: en él, en el confesor, grave apremio de
tiempo, y en el penitente, urgente necesidad de ser
interrogado?— En primer lugar, el número mayor
de los que asedian, por decirlo así, vuestro tribunal,
no debo perturbar, ni poco ni mucho, el buen or­
den del juicio que estáis instruyendo en él. En es­
tas ocasiones debería tener el confesor aquel cora­
zón fuerte, que, según los deseos de Salomón, se
parece á las arenas d el m ary las cuales permanecen
inmóviles, á pesar de las agitaciones más ó menos
violentas de las ola%. ¿Qué importa sean muchos
los penitentes que esperan? Mejor es sanar unos
pocos que, medicinar á muchos y no curar á nin­
guno.
<Pero, porque puede suceder, en ciertos y deter­
minados casos, que la aglomeración sea tal, que no
os permita emplear con cada penitente todo el tiem­
po que fuera razón, debéis averiguar, si el peniten­
te ha menester acercarse entonces á la comunión,
ó si puede diferirla. Si puede diferirla, hacedle com­
prender, con toda la bondad posible, que sus cuen­
tas demandan más tiempo para ser ajustadas con
seguridad y satisfactoriamente. Invitadle, por tanto,
á que vuelva, cuando le pareciere y viniere en gana
de aprovecharse de vuestros buenos oficios. Si no pue­
de diferirla sin escándalo, ó, por lo menos, sin admi­
ración, como puede suceder á una joven á quien ob­
servan sus padres ó domésticos-, en este caso (cuando
no hayáis podido obtener del penitente una muy
perfecta contrición) pedidle la confesión del mayor
número de pecados graves, que la premura del
tiempo consienta, y después, absolverle francamente;
pero con la condición de que en la siguiente confe­
sión descubra los que le quedan por confesar, (i)
Como se ve, este es un remedio extremo; pero ne­
cesario. De él deben valerse los párrocos, cuando,
llevando el Viático con solemnidad y acompaña­
miento de pueblo á algún enfermo, se hallan de im­
proviso en la necesidad de hacerle renovar muchas
confesiones sacrilegas; pero que no pueden ser re­
novadas, ó por temor de fatigar al enfermo y agra­
var el estado de su salud, ó por no exponerle á un
grave peligro de infamia y deshonor. (2)
Este último punto de doctrina está confirmado
por San Alfonso M. de Ligorio, quien la estima
probable.
Hé aquí sus palabras:
Probabilítery excusat R oncaglia (Cap. 3, qu. i,
R. 2) á confessione m aterialiter integra^ s i haec sit
valde p ro lix a cum g r a v i nota poenitentiSy dunt u r-
geat necessitas communicandiy vet celebrandi, et non
suppetat iempus.
Pero el santo doctor tiene buen cuidado de aña­
dir luego, que este es un caso excepcional, y que,
ni lo largo ó prolijo de una confesión, ni las sos­
pechas de la culpabilidad del penitente que de ello
resultar pudieran, son, en manera alguna, razón
suficiente para eximir de la integridad. Caeterum
minitne quidem est excusandum is de quo, ob p r o lix i-
taten confessionis^ fa c ile a lii suspicarentur ipsum

( 1) C o d í d c . — de Poen, disp. 7, dob. 9, n. 7 7 .—M egala i. 5. last. c.


9.— R o d rif.—in Sumniam, c. 26.—Zaznbram.— de peen.^ c. 4, dob. 6,
núm. 6.
(2) P. Segneri.— I I Conftísort instruUo, cap. 2.— Opere, loe. cit. pá­
gina 15 0 et 1 5 L
muUis esse culpis gravatum . ( i j Muy cómodo se­
ría poder atrincherarse detrás de este pretexto:
¡que tienen muchas cosas que decir! Por lo demás,
por imposible que nos sea pagar del todo nuestras
deudas, Dios está siempre dispuesto á perdonárnos­
las; pero antes quiere que todo el que pueda y sea de
ello capaz, rinda sus cuentas en el tribunal de la pe­
nitencia. [Después de todo, era lo menos que podía
exigirnos!
Teníamos pensado terminar este capítulo con un
modelo de interrogatorio que repetidas veces se
nos ha pedido, pero el lector comprenderá que un
trabajo así ofrece particulares dificultades. E l mejor
será el que cada uno se forme de por sí, con suje­
ción estricta á las circunstancias de personas y de
lugar. Evidentemente, no se pregunta de la misma
manera á un niño, que á un rancio pecador; ni á una
joven, que á una mujer casada. Además, así en cada
región como en cada parroquia, hay expresiones
peculiares, «consagradas» por el uso, que importa
mucho conocer, si uno quiere comprender y ser
comprendido. Las tales expresiones deben apren­
derse de confesores viejos y experimentados. Sin em­
bargo, cualquiera que sea la diferencia que separe
entre sí el tecnicismo de ias diferentes regiones y
parroquias, es bueno siempre pasar revista, con un
cierto y determinado orden y según los principios
enunciados, á los mandamientos de la ley de D ios
y á los de la Santa Madre Iglesia, sin olvidarse
de las obligaciones del propio estado.
Con el exclusivo fin de ser en algo útiles á nues­
tros hermanos en el sacerdocio, esperamos publicar

(l) S. AIp.— 7 %«/. M oral., lib. vi, atím. 485.


aparte un breve interrogatorio general, que de muy
buen grado remitiremos á todo el que nos lo pida,
como sea sacerdote. Un documento de este género
no es bueno ni conveniente caiga en manos de
cualquiera.
San Alfonso M. de Ligorio (i) y San Leonar­
do de Porto-Mauricio (2) nos ofrecen modelos que
pueden consultarse con fruto. Después de estos, los
moralistas modernos han publicado largas listas de
interrogatorios, en los cuales, sin que falte nada,
tal vez sobra demasiado. Conocemos un teólogo de
mérito indiscutible, siquiera esté (el teólogo) un po­
co más fuerte en teoría que en práctica, de quien
se decía maliciosamente que para despachar una
confesión general según su método, serían menes­
ter por lo menos <ocho días.> Decididamente, de­
masiado tiempo es éste para los pobres misione­
ros, y aún también para la mayor parte de los cu­
ras adscritos á una parroquia cualquiera. E s preciso
trabajar de prisa y haciendo buena labor. Este es
el problema; y, á lo que se nos alcanza, no lo halla­
mos del todo insoluble.
En efecto, el Padre Mach ha trazado á grandes
rasgos un método, tan fácil como expedito y rá­
pido, para hacer una confesión general. Supone el
caso, por cierto bastante frecuente, en el que hay
que improvisar casi todo.— «Para proceder sin tar­
danza, ni lentitud, dice, en esta confesión general,
el confesor infórmese de la edad, estado, oficio y
fases principales de la vida del penitente. Vea cuán­
tos años hace que calla tal pecado; cuándo empezó y
(1) Alph. M. de Ligorio.— Praxis Conf., N. i8 — 30.
(2) S. Leonardo de P.-M.— entre e l Confesor y e l penitente.
Edic. 1868. Tom. I I I pág. 2 37 — 3 7 1.
cuánto duró aquel mal hábito; si dura todavía; con
qué frecuencia se confesaba; cuántas veces peca aho­
ra y cuántas antes, al día, al mes, al año, etc.; si
era á solas ó también con otros.— ¿Con qué clase de
personas? ¿Cuántas casadas, solteras, etc.? ;Si sólo fué
una tentativa ó consumó también el acto? ¿Si hubo
prole? ¿Qué se hizo de ella? ¿Cómo se repararon los
daños, etc? No es necesario inquirir escrupulosa­
mente los pensamientos, deseos, morosidad en re­
sistir, porque es imposible averiguar esto, y ya se
ve, por otra parte, que esta alma era una selva
abierta á todas las fieras.
>De la misma manera irá examinando y pre­
guntando sobre los demás mandamientos, omitien­
do lo que esté controvertido ó sea leve solamen­
te, por no ser materia necesaria del Sacramento, ni
aún en las confesiones ordinarias. Pues ven ialia
quibus á g ra fia D ei non excludim ur et in quae / r e -
cuentius labimury quamquam recte et u tiliter in
conffessione dicantury taceri tamen citra culpam^
multisque a liis rem sdiis e x p ia ri possunt. (Conc.
Trid. sess. 14 , c. 5.)
»Aunque convenga hacerlo, no obstante, tam­
poco hay obligación de distinguir los pecados co­
metidos desde la última confesión, de los ya confe­
sados en otras ocasiones. Lo que importa es que
el penitente los deteste y aborrezca todos bien, se
enmiende y haga penitencia de ellos. De esta suer­
te, un diestro confesor, sin perder la presencia de
espíritu, puede obtener en poco tiempo una buena
confesión general. Y aunque vaya hecha á grandes
rasgos y pinceladas, no obstante, así adquiere más
exacto conocimiento de los vicios y costumbres del
penitente, que adquiriría con ias repeticiones Ínter-
minables de muchos, á quienes parece no se confie­
san bien, si no hacen una descripción minuciosa y
detallada de cada pecado.
»Obtenido que haya lo principal, recomiende al
penitente vuelva cuando quiera si le ocurre algún
nuevo pecado. Sobre todo, exhórtele á que se con­
fiese á menudo, dele una penitencia fácil de cumplir,
por ejemplo varias partes del rosario, aunque no
haya de rezarlas sino en casa con la familia; y,
si se quiere, impóngasele sobre esto alguna otra
práctica de piedad; pero esto último sólo de de­
voción.» (i)
Séanos permitido añadir á estos excelentes con­
sejos una observación del venerable misionero que
nos inspiró la idea de este trabajo.
«Después de las treinta mil confesiones genera­
les que llevo oídas— nos decía— he hallado que la
que más difícilmente se obtiene es la de que se han
callado las propias culpas en confesión. Y , sin em­
bargo, ésta es la más importante. De ordinario, es
inútil hacer directamente la pregunta: sería des­
mentida inmediatamente. E s preciso, por tanto, pro­
ceder con destreza. Hé aquí el modo. Cuando con
los métodos de insinuacióny respecto á la naturaleza
de los pecados, y con el de la exageracibny respecto
á su númerOy hayáis arrancado confesiones penosas,
pero categóricas, añadid, al fin, estas sencillas fra­
ses: ,¡N o es verdady hijo mioy que ja m á s os han p re ­
guntado asi?..... Y antes de ahora ^habéis ja m á s
descubierto de esta suerte vuestros pecados? ^'No os
atreviaisy y temíais p o r ello ir a l injierno?.....
Un s i que obtengáis, habrá salvado aquella alma.

( i) P. Mach.— Tesoro del sacerdote. Parte 2.*


D e antemano sabíais ya cuáles eran sus costumbres
respecto á la frecuencia de los Sacramentos, y de
ahí podréis deducir la profundidad del abismo en
<jue había caído. Por tanto, no insistáis más, por te­
mor á que de nuevo se abra el abismo y devore á la
víctima. Load y dad gracias al Señor, y asegurad,
por medio de buenas palabras y santas razones, la
buena obra que acabáis de realizar, y por la cual los
ángeles recibirán contento y alegría en el cíelo.
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LO S P R E S E R V A T IV O S
ó SEA

LO S C O N FESO R ES FO R A ST ER O S fl INSTRUÍDO S
Y
LO S P EN ITE N T ES PR EPA R A D O S Y AYUDADOS

cPeccaret sacerdos, si non esset íacilis


ad praebendam licentiam alteri coañteadi...
ande ilU, qni snnt nimis solicíti ut couscien-
tias subditorum per confesionen sciant, mul-
tis damnationis laquem injiciuut et per COQ-
sequens sibi ipsis.»
(S. Thomas.— Summ. Theolog. Suppl,
qu. VIH, art. 4, ad 6).

Hé aquí uno de los más grandes frutos


que se sacan de las Misiones, reparar tantas
confesiones mal hechas; porque en la Mi­
sión, sabiendo los penitentes que aquellos
confesores son forasteros, que no los cono­
cen, 7 que, dentro de breves días, partirán
del lugar, tal vez para no volverlos á ver
jamás; y, al mismo tiempo, hallándose ate­
rrados de sus sermones, vomitan fácilmente
el veneno de tantos pecados callados.
(S. Alfonso M. de Ligorio.— Carta á un
Obispo).

En sus exhortaciones (el Superior) trate


á menudo este argumento, que es suma­
mente útil, y recuérdeselo á los confesores
y predicadores, puesto que miles y miles de
almab se pierden miserablemente por no te­
ner el valor de descubrir sus internas llagas.
(P. Baltasar Alvarez.— Vida del Venera­
ble F r. Luis de la Puente, cap. 33).
-----

■■■
C A P ÍT U L O 1

Los confesores forasteros y desconocidos

cPrÍDcipiis o b s t a » , — L a higiene es la mejor medicÍaa.->Los preserratí-


T o s del falso rabor. — E l s n e ñ o de r a n c h o s . — l D d i c a c i o n e s que deben

retenerse.—Respuesta á los apóstoles del rigorismo.—Facilidad de


dirigirse á nn forastero.— Apóstol errante: lo qne lleva consigo.—
Ilusión casi universal 7 gran candidez.— E l decreto del Concilio de
Trento para las religiosas claustrales.— Alcance 7 extensión que da al
mismo el Papa Benedicto X IV .— León X III 7 el nuevo decreto.— Si
después se ha observado bien.— Caso reciente.— En Roma, antes se
toleran los abasos de libertad, que loe de rigor— Aplicación á las
parroquias rurales y á las de los pueblos pequeños.— Avisos del Pa*
dre Leyeune.—Graves palabras de S. Alfonso.— Pecado mortal, se­
gún Santo Tomás.— Abuso para la primera Comunión: fanestas c o n *
secuencias.— E l extraordinario, que viene á ser ordinario.— si fuese
superior?—Cuestión del clero regalar.-~¡Invasiónl.....— |Ya pasó su
tiempol— Respuesta.— No se trata sino de almas.

Es más fácil prevenir el mal que curarlo. E sta es


una verdad tan cierta y averiguada, que todos los
terapeutas antiguos y modernos se esfuerzan por
ser sus apóstoles y vulgarizadores. En otros tiem­
pos, se repetía á este propósito aquel antiguo y
clásico adagio de la escuela:
Principiis obsta: sero medicina paratur,
Cum mala per longas invaluere moras;
y en nuestros días se dice con menor solemnidad,
pero no con menos razón, que la higiene es la me-
jo r medicina. Y , en efecto, nada hay más cierto.
Por esto el Estado interviene sabiamente con sus
leyes tutelares á protejer la salud y la vida de los
ciudadanos por medio de medidas higiénicas y pre-
servativas.
Pero ¿cuándo tendremos nosotros la pública or­
ganización de una seria higiene p a ra ¿as almas,
ajustada en un todo á los principios cristianos? Har­
to cierto es que las corrientes y tendencias gene­
rales de nada están más lejos que de ser propicias
y favorables á la tutela de la religión y de la mo­
ral; y no sólo esto, sino que nos daríamos por bien
contentos con que el vicio y la impiedad no halla­
sen en ellas amparo y decidida protección. Cierto,
que aún pudiera componerse un libro bien útil y
provechoso sobre los medios prácticos de prevenir
y evitar los pecados; y quiera el cielo suscitar al­
guien más hábil y elocuente que nosotros, y po­
nerle en condiciones de llenar cumplidamente este
objeto.
Parece todavía que nos quedan por indicar aquí
algunos remedios para este mal particular que tanto
nos ha ocupado, y que se llama el fa¿so rubor. ¡En
la confesión— dicen los santos— se callan tantos
pecados y, por otra parte, es tan difícil arrancar á los
penitentes ciertas penosas confesiones! A falta, pues,
de otro medio más radical, que pudiese suprimir las
culpas y pecados, ¿no será posible disminuir conside­
rablemente el número de confesiones incompletas y
mal hechas, removiendo con ciertas medidas preven­
tivas las causas ordinarias que las producen? Si se
quiere, daremos á estas medidas, trazas ó industrias
el nombre de preservativos del falso rubor. Trate­
mos, pues, de buscarlos.
Quien dice fa lso rubory supone en la persona el
temor, más ó m«ios mal fundado, á algún reproche
ó disminución de estima y aprecio. Si valiese con­
fesar los propios pecados á una muralla insensible
é inerte, se habría realizado e l sueño de muchos p e-
cadores, y habíamos dado con la solución del pro­
blema que nos ocupa. ¡Ya no serían posibles las re­
ticencias, y, por consiguiente, desaparecerían los
sacrilegios! Pero esta solución á lo Lutero es opues­
ta á la institución de Jesucristo y á la doctrina de
la Iglesia. Para a¿ar ó desatar las almas, para p e r­
donar ó retener los pecados, el sacerdote debe ne­
cesariamente oír á los penitentes. Con tal que ten­
ga buen oído, de muy buen grado se le perdonará
sea defectuoso de ojos. Y antes es cosa averiguada
que muchas veces los confesores ciegos son los más
buscados. Monseñor Segur trae, entre otros menos
célebres, un ejemplo muy interesante.
Aquí se nos ofrece una indicación que no debe
perderse de vista. ¡Ay, Dios mío! siendo el rubor
una debilidad que se experimenta ante la pena de
una confesión, el remedio debería consistir simple­
mente en disminuir esta dificultad, ayudando al pe­
nitente á vencerla. T al vez los rigoristas nos acusa­
rán aquí de querer falsear la noción de la penitencia
cristiana, que los antiguos Padres denominaban un
bautismo laborioso, laboriosum baptisma. (i) Pero
dad de mano á vuestros temores y deponer vuestra
ansiedad, ¡oh, apóstoles de la santa austeridad! No
obstante, y á pesar de todas las facilidades de que
se la rodee, la confesión siempre será un arduo y
penoso deber, y la contrición que se requiere y

( l) Cf. Conc. Trident. Sess. xiv, cap. ii.


busca en ella, siempre consistirá en la detestación
íntima y cordial del pecado, esto es, como la misma
palabra lo indica, en un verdadero despedazamiento
del corazón. Contritio, (i) Pero ¡por amor de Dios!
ofrezcamos á las almas todos los medios posibles para
salvarse; abrámosles las puertas cuanto nos sea po­
sible; tengamos un poco de compasión para sus de­
bilidades, no olvidando nunca que esas mismas mise­
rias serán acaso mañana las nuestras. En todo caso,
entendemos que somos ministros de la infinita mi­
sericordia de D io s, no para restringirla y estrechar­
la, sino para ejercitarla.
Entre los preservativos^ colocamos en primer lu­
g ar la facilidad de cambiar de confesor, que todos
los sacerdotes deben espontáneamente ofrecer á sus
penitentes. Con sólo este medio impedirán segura­
mente una multitud de sacrilegios. Y , en efecto,
es innegable que se experimenta mayor encogi­
miento y dificultad en hacer una confesión penosa á
un conocido, de cuya estimación se disfruta y con
quien, tal vez, se mantienen cuotidianas relaciones,
que á un misionero forastero, que aparece por al­
gunos días, para marcharse luego en busca de otras
almas igualmente desconocidas y cargadas, induda­
blemente, de idénticas dificultades. ¡Venerables pas­
tores, que á cargo de vuestra conciencia tenéis el
cuidado de alguna feligresía! S i verdaderamente que­
réis hacer una grande y saludable obra de bien, lla­
mad á menudo á vuestra parroquia á algún sacer­
dote desconocido, y no sólo dejadle toda la liber­
tad de acción, sino aún absteneos también de con-

( l) D. Thom. Snmm. Theolog. Cf. Snpplem. l.* qu. art. ad. 2.


fesar por aquellos días á vuestros feligreses! Enten­
dedlo bien; cuando este apóstol marche, llevará
consigo los pecados de vuestro pueblo, después de
haber curado muchas inveteradas llagas, que, por
ventura, vosotros no las hubierais descubierto.
Pero, diréis vosotros: yo no inspiro encogimien­
to y dificultad á nadie: yo soy bueno con las al­
mas.....y ellas tienen plena confianza en mí...... Esta
es una ilusión muy general, ó, para mejor decir, un
error casi universal. Solamente los sacerdotes que
están verdaderamente animados de un espíritu so­
brenatural, caen en la cuenta de que, en confesión,
se les callan ciertas cosas, y por ello se inquietan, y
con mucha razón. Algunos llevan su candidez ó im­
prudencia hasta decir que en su parroquia, por años
y más años, no se comete un sólo pecado mortal,
por lo menos entre personas de cierta y determi­
nada categoría.... ! ¡Pobres curas! ¡os engañan y os
engañáis á vosotros mismos.....! ¡Ah! bien se echa
de ver que no conocéis gran cosa la humanidad, en
general, y á la humanidad fem enina, en particular.
E l día en que esa vuestra devota os diga que ella
jamás ha tenido con otro tanta confianza como con
vos, ese mismo día irá á buscar otro confesor, para
acusarse á sus pies de no haberos dicho la verdad.
Y si no, haced de modo que á la contigua parro­
quia venga un Misionero, y un día ú otro, ella irá
á consultarse con él, sin que vosotros sepáis de ello
nada. S i es preciso se disfrazará y elegirá una hora
á propósito, de la tarde ó de la noche; pero no de­
jará se le escape la ocasión: ésto le proporcionaría
un gravísimo disgusto.....(i)

(l) Abate Mallois.—Industrias del celo sacerdotal.


Hemos conocido un venerable Misionero que afir­
maba, después de cuarenta años de fatigas y corre­
rías apostólicas, haber hallado «en todas partes»
víctimas del falso rubor, excepto en una sóla pa­
rroquia, que no solía nombrar. Por lo demás, los
testimonios que hemos aducido en la primera parte
de esta obra ¿no son acaso bastante convincentes
para confirmar y poner fuera de toda duda esta ase­
veración?
Se habla mucho de espíritu de fe, pero por gran­
de que se le quiera suponer en una población, no
destruirá jamás la menguada condición de la huma­
na naturaleza, siempre propensa é inclinada al disi­
mulo. Y esto que aquí decimos es tanta verdad,
que la Iglesia, por medio del Concilio de Trento^
supone aún en las propias religiosas claustrales, es
decir, en las almas más llenas de espíritu de Dios,
la necesidad de un confesor extraordinario. E l texto
de este Decreto es bien conocido, (i) Hé aquí, ade­
más, algunos extractos de la famosa Constitución
P asto ra lis curae de Benedicto X IV (26 de Agosto
1748), que esclareció y amplió más y más esta tan
importante cuestión acerca de los Confesores de las
comunidades.
«Nuestro cargo pastoral nos impone, entre otros
deberes, el de buscar, con solícito cuidado y amor,
remedio á las aflicciones y angustias de los peque-

(1) CoDc. Trident. Sess. X X V , cap. lo . «Praeter ordiaariam autem


coafcssarinm, alius extraordinarias ab Episcopo aut aliis superioribus bis
ant ter in anno offeralur, qui omnium confessiones audire debeat.» L a
Congregacián del Concilio publicó más tarde, el año 158 5, la siguiente
cláusula explicatoria: tin arbitrio tamen cujasque monialis est, ut con­
fessarlo extraordinario velit confiteri.» L a obligación para todas las reli­
giosas es sólo de presentarse.
ños: debemos acudir en su ayuda, á fin de que pue­
dan conservar y recuperar la paz de la conciencia,
sin la cual no podrían servir á Dios con alegría y
dilatación de corazón. Ahora bien; estas aflicciones
y angustias atormentan algunas veces el alma de
las religiosas, encerradas en los claustros. Por tanto,
si en efecto sucede que un falso rubor les impide
descubrir sus faltas al confesor del monasterio, co­
rren riesgo de caer en el abismo de su eterna con­
denación.
>Por eso queremos, por la presente Constitución,
acudir con el remedio á sus necesidades espirituales,
no ciertamente abrogando la ley general que esta­
blece la unidad de Confesor en los Monasterios, sino
previniendo con saludables medidas los inconvenien­
tes que resultarían de la observancia rig-urosa de
la ley.
>Ya el príncipe de las Escuelas y Doctor de la
Iglesia, Santo Tomás de Aquino, había dado á los
superiores el sabio consejo de que permitieran fá­
cilmente á sus inferiores confesar sus pecados á otro,
que su confesor ordinario, (i) Después el Santo
Concilio de Trento obligó estrechamente á los Obis­
pos á que concediesen á las religiosas un confesor
extraordinario, dos ó tres veces al año; y el único
motivo de la decisión del Concilio es este hecho in ­
contestable: que algunas religiosas no siempre se
resuelven á descubrir su alma al confesor ordi­
nario.
>Fuera de ésto, el Decreto del Santo Concilio ha
sido expuesto y formulado con admirable sabiduría.
Según él, los superiores no están obligados sino á

(l) D. Thomas.~>-Samma Theolog. Snpplem., qn. viii, art. 4,


ofrecer á sus súbditos un confesor extraordinario,
que deba oir las confesiones que se le hagan; pero
las inferiores ó súbditas, religiosas novicias, jóve­
nes educandas que residen en el Monasterio, y las
otras personas seglares, que para más ó menos
tiempo y bajo cualquier título viven en la misma
casa, no están obligadas á confesarse con aquel sa­
cerdote; su deber no es sino presentarse á él, limi­
tándose, si quieren, á no más que pedirle algún sa­
ludable consejo. Precaución verdaderamente llena
de sabiduría, porque, si sólo algunas religiosas acu­
dieran al confesor extraordinario, mientras se abs­
tuvieran de ésto, las otras pudieran nacer peligro­
sas é infundadas sospechas, llegándose, por ventura,
á entender por ésto que las primeras, compelidas por
alguna grave razón, habían acudido al confesor
extraordinario, del cual sus compañeras no tenían
necesidad. >
Aquí se ha de admirar la prudencia del Pontífice
y la caridad de la Iglesia. Esta tierna madre sabe
prever todas las necesidades de sus hijos, usando
de la más grande delicadeza para con ellos. Cosa es
de suma importancia cubrir todas las confesiones ex­
traordinarias con un pretexto cualquiera, por ejem­
plo, con el de devoción; de lo contrarío, ninguno se
resolvería á practicarlas, por temor á que los otros
piensen que de ellas ha tenido necesidad.
Quiere Benedicto X IV que, aún fuera de los claus­
tros, se apliquen estas medidas, tomadas por el Con­
cilio. Por eso continúa:
«A fin de dar cumplimiento á estas prudentes dis­
posiciones, exhortamos á nuestros venerables Herma­
nos, los Obispos, á que hagan extensivo el benefi­
cio del confesor extraordinario á todas las Comuni-
dades de mujeres, de las cuales no intentaba ocu­
parse el Concilio, es decir, á las religiosas no claus­
trales y á las mujeres ó jóvenes de cualquiera con­
dición, que vivan en común y sujetas á la dirección
de un único confesor. Y , en efecto, es necesario pre­
venir, do puedan acaecery los abusos que se tratan
de prevenir en los claustros. Ahora bien; es cosa
bien notoria y clara que estos abusos pueden darse
también en todas las otras Comunidades de muje­
res y jóvenes, (i)
El santo Padre León X III ha confirmado tam­
bién recientemente, ampliándolas más todavía, es­
tas particulares facilidades concedidas á las comuni­
dades de mujeres.
<Sin derogar en nada— dice— el decreto de 13
de Diciembre de 1890, en lo que concierne á los
confesores ordinarios y extraordinarios de las Co­
munidades, las prescripciones del santo Concilio de
Trento (Sesión xxv, capítulo 10 : de ¿os R egulares)
y las de Benedicto X IV , de santa memoria, en la
Constitución Pastora¿is curae. Su Santidad amones­
ta á los Prelados y Superiores no nieguen á sus súbdi­
tos el confesor extraordinario cuantas veces le hayan
menester, para proveer á las necesidades de su con­
ciencia, sin que los susodichos superiores traten de
averiguar en manera alguna los motivos de esta peti­
ción ó demanda, ni muestren por ello disgusto. Y ,
á fin de que una disposición tan sabia y puesta en
razón no deje de dar los apetecidos resultados, ex­
horta á los Ordinarios á que en los lugares de su
diócesis, donde hubiere comunidades de mujeres,
designen sacerdotes idóneos y provistos de las nece-

(1) Beaedictus X IV . Coostitatio «Pastoralis carae>.


sarias facultades, á quienes las religiosas puedan re­
currir fácilmente para confesarse.» (i)
Y o no sé si en todas partes se observan coma
es debido todas estas disposiciones; pero cabe pre­
guntar ¿no Iiay ya Superiores de Convento, de Co­
legio, de Asilo, etc., etc., que descuidan de proporcio­
nar á sus súbditos, para el indicado fin, todas las fa­
cilidades necesarias?... ¿No queda ya ninguno de esos
directores espirituales, que sólo ellos se creen bien
recibidos, poseyendo la plena y absoluta confianza de
sus penitentes, hasta el punto de oponerse, más ó
menos directamente, á la acción de los confesores
extraordinarios?.... (¡Es tan fácil hacer oposición sin
darlo á entender!)
E l P. Mach cita un sorprendente ejemplo de esta
especie de ilusión.
«Padre— le decía uno— no tienen confianza, sino
en mí.... se turbarán siempre que tengan que con­
fesar con algún otro.....harán mal su confesión!....,
Haec mihi dicebat quidam monialium confessarius
jam vitae functus; et quae totam in eo fiduciam re-
posuerat (ut ajebat), acu cruorem gingibulis eliciens
et quasi imo pectore extractum ore expuens, sese
jejuniis etiam eclesiasticis eximebat; quin imo, Sa-
cram Hostiam ore educens, quis scit quot et quam
nefanda commiscrati E t quinquies in hebdómada
coelesti pane reficiens, omnia heu! per tredecim
annos bono illi confessarlo reticuerat! (2)
¡Dios mío, cuán fuera de lugar están en un sacer­
dote estas pasioncillas! Podrán acaso algunas veces

( 1 ) Decreto de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares,


Diciembre 1890.
(2) P. Mach.—Tesoro del Sacerdote. 2.^ parte.
cubrirse con una cierta máscara de abnegación y
celo apostólico-, pero es lo cierto que, después de
todo, hacen las delicias de Satanás, arrastrando al­
mas al infierno. En Roma, acerca de estas cuestio­
nes de la libre elección de confesor, hay una tole­
rancia y amplitud de criterio capaz de asombrar á
cualquiera. Pero en Roma se tienen las luces del
Espíritu de Dios y saben aprovecharse de la ex­
periencia de los santos. Parece evidente que la Igle­
sia está más dispuesta á tolerar ¿os abusos de liber­
tad que los abusos de rigor^ y, por cierto, con mu­
cha razón, porque los inconvenientes serían mucho
más graves en este último caso, (i)
Esto que con tanto acierto y sabiduría se ha es­
tablecido para ias comunidades de religiosas, ó mu­
jeres en particular, ¿no sería acaso conveniente es­
tablecerlo también, con las debidas precauciones,
para las parroquias rurales y de pequeños lugares,
donde los párrocos conocen á todos sus parroquia­
nos ó feligreses? No se olvide el grave consejo que
el P. Leyeune da á los curas.
«Si tenéis celo— dice— por la salud de vuestros
feligreses, les procuraréis, de vez en cuando, conife-
fesores extraordinarios, como el Concilio de Trento
manda se haga para con las religiosas, porque es
cierto y se sabe por experiencia que muchos parro­
quianos, cuando han cometido algún pecado ver­
gonzoso, no lo confiesan jam ás á los sacerdotes de
su parroquia, por parecerles que después siempre

( l) Pneden leerse en et comentario del P. Pío de Langogne al de­


creto del 7 de Diciembre de 1890, algunos interesantes ejemplos de la
maternal condescencia de la Iglesia y de sn gran respeto á la libertad de
las confesiones en las zom vxÁ ^^^i.-^O uvtrturt dt conseience, pág. 65
y siguiente.
los han de mirar preocupados con aquel pensa­
miento. (i)
San Alfonso M. de Ligorio apunta con frecuen­
cia este mismo pensamiento. En su M ónita ad Pa~
rochoSy donde reasume los más prácticos consejos
para los sacerdotes que tienen cura de almas, lee­
mos estas frases, que harta materia ofrecen á la re­
flexión:
«Cum in regione notabiles audiantur perturba-
tiones, quibus parochus consulere nequit, tenetur ille
conari ut Missio advocetur, nisi aliud reperiatur ex-
pediens, quo illis propiciatur. E t semper expediens
erit interdiu confessarios externos arcessere pro
animabus erubescentibus, praesertim si in suum
oppidum non solet concionator quadragesimalis ad-
venire. Ule autem parochus, qui Missiones respuit
non mediocrem suae probitatis suspicionem inge-
rit». (2)
Dejando á un lado la cuestión de las Misiones,
que con la presente está tan íntimamente unida y
sobre la cual volveremos pronto, es cosa que está
fuera de duda, que un párroco, un capellán, un rector
que se esfuerza por tener lejos de su grey á los sa­
cerdotes forasteros, no puede tener tranquila la con­
ciencia. Y aquí podemos apoyarnos de nuevo en un
texto de Santo Tomás de Aquino, al que más arriba
hace alusión el Papa Benedicto X IV .
«Pecaría el sacerdote— dice el angélico Doctor—
que no se mostrara fácil en conceder á sus peniten­
tes licencia para confesarse con otro, porque hay

( i) Padre Leyeune, Avis anx jeune Curis,


( j) S. AlfoDso M. de Ligorio. Theolog. Morai. Appendix. iv. Moni«
ta ad Parochos.
muchos que son talmente débiles y flacos, que prefe­
rirían morir sin confesión, á confesarse con tal ó cual
sacerdote. Por esto, los superiores que son demasiado
solícitos enconocer mediante la confesión la concien­
cia de sus subordinados, arrojan á muchos en los la­
zos de la condenación, y, por ende, se arrojan tam­
bién ellos.» (i)
Esta última conclusión parecerá excesivamente
rigurosa; pero no es sino perfectamente justa, res­
pecto á los que sistemáticamente procuran tener á
muy buena distancia de su grey á los confesores fo­
rasteros. Después de haber reconocido la gran de­
bilidad de la naturaleza humana, respecto á hacer
ciertas penosas acusaciones; después de haber oído
las revelaciones de los más santos personajes, que
declaran bien altamente que los penitentes están
muy expuestos al falso rubor con sus confesores or­
dinarios, ¿cómo podrán excusarse la responsabilidad
de los sacrilegios que se cometen, por observar ellos
una conducta tan abiertamente opuesta al espíritu
de la Iglesia y á las formales enseñanzas de sus
más graves Doctores?
E l caso es, sin duda, grave y nos guardaremos
muy bien de hacer la aplicación á esta ó aquella
persona, que siempre pudiera aducir circunstancias
atenuantes en pro de sí; pero nadie podrá negarnos
que ello es como lo acabamos de manifestar, y más
frecuente y común de lo que algunos creen. Y sino

(i) D. Thomas. In iv Sent. Disls. xvii. Qu. 3, art. 3 Qu. 5, Sol. 4


ad 6. <Peccaret sacerdcs, si non tis et facilis fraeieruüim lieentiam
alteri conñtendi, quia multi sunt adeo infirmi quod potius sine confessio*
ne morerentur quam tali sacerdoti conñterentur. Unde lili qui sunt nimit
•olliciti ul conscientias subditorum per confessioues sciant, mnltis dam-
oationis laqueum injicittnt et per consequens sibi ipsit.»
¿á qué estos tan dolorosos lamentos de los hombres
de Dios? ¿A qué estas tan apremiantes reclamacio­
nes de los Romanos Pontífices? (i)
Entre otros muchos ejemplos que pudiéramos
citar, conocemos una gran diócesis (y pluguiera al
cielo fuese la sola) en la cual los sacerdotes de la
parroquia se han reservado casi absolutamente á sí
propios el confesar á todos los niños de la primera
Comunión; y ésto, aún cuando haya un predicador
forastero, que haya venido para darles ejercicios
espirituales en preparación para la misma. Y adu­
cen por pretexto que los niños los conocen mejor y
de más largo tiempo que á otro alguno, cuando
precisamente esta razón debería conducirles á una
conclusión diametralmente opuesta. «¿Que estos ni­
ños os conocen y que vosotros los conocéis?^ ¡Pues
por eso mismo sentirán mayor dificultad en confe­
sar sus culpas.....! «¿Que han sido instruidos y edu­
cados por vosotros, desde su infancia.... ?> Pues por
eso, no se atreverán ó tendrán demasiado miedo
para confesar una culpa grave^ un pecado vergon­
zoso, á vosotros, que los habéis conocido inocentes
y puros.....! ¡Tal vez, temerán ser rechazados ó se
les retrase la comunión, si confiesan tal pecado ó
culpa! Verdaderamente, que este «sistema» es de­
testable, y merecería ser condenado por una voz
más autorizada que la nuestra.
¿No será ésta acaso una de las causas principales
porque muchos niños hacen mal su primera confe-

( 1 ) El Decreto del 17 de Diciembre 1890. Sobre e l declarar la pro ­


p ia conciencia, toca este p o sto en su ftxposicidn de los motÍTOs. «Sape-
rioram arbitriam eo nsqne devenit, nt snbditis aliqttem extraordiDarínm
coofetsarinm deaegaveriot, etlam ia casa qao, at propriae cooscientiae
coQsalereot, eo ralde indigebant»
sión? A sí lo entiende, por lo menos el P. Cros, y
no nos duelen prendas para declarar de nuestra parte
que en esta materia participamos de su opinión, (i)
Siendo sacrilega la primera Comunión, es muy de
temer sean también sacrilegas las siguientes: Para
ir á la mano á este tan funesto mal y salir de este
infeliz estado, el joven debería declarar todo; y , sin
embargo, las más de las veces le falta valor, no se
atreve. Por eso, tan luego como llegue á la edad
de la independencia, renunciará á la frecuencia de
los sacramentos. Estamos íntimamente persuadidos,
como lo hemos dicho ya, que muchos hombres no
continúan frecuentando los sacramentos, porque en
un principio los han practicado mal. Por lo demás,
.esta es una confesión que el autor de estas líneas
la ha oído frecuentemente, aún fuera del santo tri­
bunal de la penitencia. De donde aparece, que en
lugar de pasar el tiempo en lamentarse de la mul­
titud de las decepciones que se sufren, sería bastan­
te mejor aprovecharlo en buscar medios eficaces de
impedirlas.
Entre estos medios, uno de los más principales
sería, sin duda alguna, el multiplicar los confesores
extraordinarios, según lo reclama el espíritu de la
Iglesia, Y no es necesario añadir que, cuanto más
desconocidos sean éstos, tanto mejor se conseguirá
el pretendido objeto. Con harta frecuencia ocurre
en ciertas comunidades, que el extraordinario llega
á ser ordinario; y, lo que todavía es peor, éste, tal
vez, es un superior, que mantiene cuotidianas, ó
por lo menos frecuentes relaciones con sus peni-

(1) P. L . Cros, S. J . E l confesor de la ¡ofancia 7 de la javeotnd, ter«


cera edic. pág. 7 1.
tentes. ¿Cómo se quiere y pretende que estas po­
bres almas depongan á su gusto y con entera tran­
quilidad el peso que acaso les turba la conciencia?
Además, vosotros sois dueños de su situación, por
lo que imaginarán (erróneamente, sin duda) que una
confesión puede comprometerlos; y así les cerráis
en una con los labios, el corazón. Acaece también,
que los párrocos de las iglesias contiguas se ayu­
dan recíprocamente en ocasiones de una festividad
ó ceremonia local. Cosa es ésta muy buena; pero se
engañaría groseramente quien en esto viese un re­
medio suficiente para el falso rubor. No se olvide
jamás, que en las aldeas y pequeños lugares los
sacerdotes del país son perfectamente conocidos.
«Por esto— dice San Alfonso— la vergüenza co­
bra más imperio y fuerza sobre las almas para ha­
cer callar los pecados en confesión. D a pena consi­
derar cuantas almas logra por este camino el de­
monio, especialmente en materia de pecados des­
honestos». (i) Son necesarios, de cuando en cuando,
hombres nuevos y completamente desconocidos.
Que sean seculares ó regulares, poco importa, con
tal que tengan la necesaria experiencia.
Esta sería la ocasión más oportuna para ventilar
ampliamente un punto, acaso el más delicado de
todos: pero que nosotros nos limitaremos tan sólo á
tratarlo rápida y someramente. No faltan en nues­
tros días hombres de Iglesia, dignos, por otra parte,
de toda estima y aprecio, que por varios motivos
quisieran se anexionasen las órdenes religiosas al
clero secular. Pero, si bien se mira, esta especie de
(i) Instrucción sobre las Misiones, obras de Sas Alfonso M. de L i­
gorio, Edic. Pareat. Vol. xvi, pág. 2 37.— Véase el texto aducido eo la
página 36.
de «secularización» no sería sino la máscara de una
efectiva «destrucción».
H a pasado ya— dicen los adversarios de las ór­
denes religiosas— el tiempo de los religiosos, y no
son ya á propósito para nuestro siglo; por eso son
rechazados de todas partes y apenas tolerados en
alguna que otra. Por tanto, ¿no sería más útil y
ventajoso sacar otro mejor partido de estos talentos
escondidos, proveyendo en ellos los numerosos
puestos vacantes de nuestras parroquias?»
L os que hablan así tratan de pasar, sin embargo,
plaza de benévolos é indulgentes para con los reli­
giosos. Perq hay otros, que lo son menos, y que,
apenas ven inaugurarse la más modesta capilla de
religiosos en un pueblo, gritan descompuestamente
todo alarmados; «¡La invasión del Capuchino y del
Jesuíta, del sayal y de la capucha!» A hacerles caso,
desde aquel momento todo está comprometido, todo
se ha perdido: la Parroquia queda postergada; y si
continúa este estado de cosas, pronto quedará tam­
bién anonadada.....!!! jeremiadas de este jaez han
llegado á oídos de más de un Obispo.....¡Felices de
vosotros, mis buenos Padres, si no se os procura
«la dulzura de una expulsión en regla, que os con­
duzca al destierro ó á lejanas y apartadas Misiones,
para las cuales se os hace lajusticia de reconocer en
vosotros aptitudes ¡Ay! Estoque aquí de­
cimos es historia, pura historia, y no cabe ponerlo en
duda. Convenid, por tanto, en que, respecto á vos­
otros, se portan aún con generosa magnanimidad y
con magnánima generosidad!
¡Invasiòni ¡Invasión!— A decir verdad, un tal
injustificado reproche siempre parecería ridículo, si
no fuese, desde luego, odioso. Ésto trae á las mien­
tes la famosa fábula del lobo, que se lamentaba y
hacía extravagantes extremos por la invasión del
pobre é inofensivo cordero. Pero no; ahora echamos
de ver que nos equivocamos: ¡la invasión existe! No
hay sino lanzar una mirada en torno de nosotros
mismos, y, por todas partes, no descubriremos otra
cosa sino la invasión, siempre creciente, de la indi­
ferencia y de la impiedad, cada día más pujante y
amenazadora.....L as Iglesias están desiertas, los Sa­
cramentos abandonados, la sagrada mesa sin co­
mensales, la juventud desenfrenada y rota en sus
costumbres y revolcándose en la disolución; los
hombres han renunciado en masa á ia práctica y
cumplimiento de sus más esenciales deberes, y las
mujeres han comenzado ya á seguir este ejemplo....
Ahora bien; hé ahí auxiliares celosos, hombres de
Dios, que los Soberanos Pontífices os mandan para
ayudaros en esa lucha contra la invasión del mal, y
vosotros ¿los habéis de temer? ¿los habéis de recha­
zar como si fuesen vuestros enemigos?..... No, no;
vosotros ni podéis, ni debéis, ni queréis hacer eso:
¡sería ir en contra del interés que os inpira la sal­
vación de las almas! Y con tanta más razón, cuanto
que (y cosa es ésta que se ha demostrado hasta la
saciedad) los párrocos que llaman en su ayuda á
los religiosos; los que les confían lealmente una par­
te de su trabajo, harto excesivo, que les carga y fa­
tiga, consiguen luego ver resucitada la antigua fe,
y acudir las muchedumbres, como ovejas á su apris­
co, á la Iglesia de Dios. A este propósito, pudiéra­
mos citar multitud de ejemplos. También en esto,
como en todo, ia unión hace la fu erza , mientras que
la división, fruto del egoísmo, no produce sino de~
bilidad y ru in a.
En oposición al precedente reproche, otros di­
cen: <¿Para qué sirven los religiosos?..... ¡H a p a ­
sado y a su tiempo!..... ¡Estarían mejor en las filas
del clero secular!.....>
¿Para qué sirven los religiosos?.....Aparte de que
profesan los consejos evangélicos, cuya institución
es recomendable, porque es divina; aparte de que
siguen una regla dictada por hombres suscitados
por Dios y llenos del Espíritu Santo; aparte de que
sus varios institutos fueron ya aprobados por la
Sede Apostólica y loados y enaltecidos y ensalza­
dos por los Papas de los últimos tiempos y señala­
damente por Pío IX y León X III, estos religiosos
de las diferentes órdenes, que han prestado en lo
pasado tan relevantes servicios á la Iglesia, pueden,
y aún, si se quiere, deben prestar todavía otros no
menos importantes en lo presente y en lo porvenir.
Los religiosos, formando en el ejército sacerdo­
tal como un cuerpo móvil de vanguardia, tienen la
inmensa ventaja de no estar fijos y permanentes en
un lugar determinado, y de poder ser conducidos
allí donde el peligro sea mayor y más urgente la
necesidad. Van, vienen, escriben, enseñan, predican
y recorren las parroquias, sin detenerse mucho tiem­
po en ninguna de ellas.....Ministros de Jesucristo y
dignos pastores de la Iglesia, dejad ¡por Dios! sin
desconfianzas ni recelos, que estos religiosos reco­
rran vuestras poblaciones, las cuales, después de
haberlos visto y oído; después de haberles descu­
bierto sus llagas ocultas y sus secretas miserias,
volverán más alegres y regocijadas á confiarse nue­
vamente y de mejor grado á vuestra pastoral soli­
citud. Dejad pasar á esos apóstoles desconocidos,
cualquiera que sea su nombre y su divisa, que ellos
marcharán luego, llevándose consigo á sus desier­
tos las iniquidades y, tal vez, los sacrilegios de
vuestros pueblos. Por lo menos, á su contacto se
aliviarán y consolarán las almas, y vuestro minis­
terio se rodeará de más respeto y mayor prestigio,
y dará así, para bien de todos, bajo las miradas de
Dios, que todo lo fecundan, sazonados y abundan­
tes frutos.
Que nadie entienda que las precedentes líneas
son una simple é interesada peroración p ro domo
sua. E l humilde autor de estas páginas, después de
haber pertenecido al clero secular, se hizo religioso,
y de nada ni de nadie se recata para declararlo así.
Por esta causa ha pasado diez años en el destierro,
y dispuesto está á volver á él. No; él nada quiere
para sí ni para sus hermanos..... Lo único que de­
sea y que, con todo el ardor de su corazón, anhela,
es la salvación de las almas; lo que reclama es la
santa libertad de los hijos de Dios; lo que pide con
instancia y calurosamente es que, por una misera­
ble cuestión de amor propio y de rivalidad, no se
exponga á tantos y tantos cristianos, redimidos con
la sangre de Jesucristo, á caer en los lazos de Sata­
nás y á hundirse en los abismos del infierno.
Evidentemente, esta sería una conducta digna
de reprobación, y, por consiguiente, un crimen de
lesa justicia y caridad. <M ultis dam nationis la'-
queum in jiciu n í et p e r consequens sib i ipsis'*^
Santo Tomás. Por tanto, ésta es una cuestión im­
portante y trascendentalísima, que á todos nos afec­
ta por igual.
«

CAPITU LO II

Las Misiones

Preservativo y remedio el más eñcaz.— Ejercicios espirituales 6 breves


Misiones.—Juzgad el árbol por sus frutos.— Carta de Saa Alfonso M.
de Ligorio sobre la importancia de las Misiones.— Modo en que se
daban tiempos atrás.— Sermones de Cuaresma, <5 parroquiales, y ser­
mones de Misi(5n.— Reparar tantas confesiones mal hechas: hé aqní
uno de los grandes bienes de la Misián.— ¿Se usa este medio?— Ven­
tajas y frutos, según el P. Mach.— Periodicidad y fundaci(5ni un ejem­
plo.— Lamentos y apelación del venerable Padre Eudes.— E l ada­
gio: F tu » f ûrafûrej.— Consejos prácticos del abate Mullois.— Prepa­
ración.— Facilidad de confesarse á los Misioneros.—E l predicador
csea hombre de experiencia», lo cual no significa no sea joven.— Las
visitas: modo de hacerlas.—Es fxugo de pajas, no perseveraran.—
Refutación.— «¡Qué bien predica el párroco después de la Misión!»

Entre los múltiples medios de prevenir el falso


rubor, hay uno que compendia y resume todos y
que, por tanto, es el más seguro y eficaz de ellos.
¿Cuál es este medio? L as M isiones, puesto que en
ellas parece que Dios apura los esfuerzos de su gra­
cia para tocar y convertir los pobres pecadores,
agobiados bajo el peso de sus culpas y pecados.
Además, en las Misiones se ofrecen abundantemen­
te las más grandes facilidades á todos los que de
ellas quieren aprovecharse.
Sermones extraordinarios, confesores forasteros,
buenos ejemplos, piadosas ocupaciones y santos
aleccionamientos; nada falta en ellas. Añádase á
esto la fuerza de las grandes verdades, de las cua­
les unas son preparación para las otras, y la conti­
nuación de su predicación por espacio de algunas
semanas; todo lo cual hace sean estos ejercicios
como un asalto general, dado simultáneamente, por
todos lados y con toda suerte de armas al cora­
zón humano, del cual se enseñorean y acaban por
triunfar.
Las Misiones, más que una visita rápida y pasa­
jera, son un tratamiento completo y metódico, des­
tinado á preservar el alma ó á curarla. Y , en efec­
to, en esto sucede lo que, por lo geneneral, en todo,
que e l preservativo es también remedio.
Por tanto, perdónesenos que en este capítulo, no
siempre distingamos, sino que, más bien, confunda­
mos estas dos análogas nociones. Cosa es clara, que
lo que puede prevenir ó impedir el sacrilegio podrá
también curarlo, pero preferimos estorbar á que el
mal se produzca, á tener después que remediarlo.
Por lo demás, nada parecerá más justo á quien re­
flexione un poco.
No nos detendremos á hablar de los E jercicios
espirituales en particular. L o que digamos de las
M isiones ge puede aplicar, en las debidas propor­
ciones, á los Ejercicios espirituales, dados á un gru­
po más ó menos considerable de personas; porque,
en realidad, los Ejercicios no son sino unas peque­
ñas M isiones. En ellos se predican las mismas ver­
dades, se ponen en juego los propios medios y se
obtienen idénticos resultados. Siquiera se den en
condiciones más reducidas y limitadas, los ejercicios
no son por eso menos fructíferos y saludables; por­
que, si bien es verdad que hay en ellos menos apa­
rato exterior, hay, sin embargo, más silencio y re­
cogimiento interior; y, si bien falta al predicador
el entusiasmo que inspiran las grandes concurren­
cias, puede, en cambio, dirigir con más precisión
sus golpes y hacer más certeros blancos en un au­
ditorio reducido y homogéneo.
No hay, pues, por qué nos esforcemos en hacer
el elogio de los Ejercicios espirituales; sabido es
que, bajo sus diversas formas, lo tienen invadido
todo, desde los conventos y casas de religión hasta
las oficinas y talleres cristianos. Pero esto no es
obstáculo ni empece para que, desde estas páginas,
enviemos nuestro más entusiasta aplauso á esos tan
fecundos ensayos de E jercicios E spiritu ales d p u er­
ta cerrada, que con tanto fruto y bien para las al­
mas, se vienen dando á los obreros y gente del
pueblo. En algunos puntos se han visto ya, y espe­
ramos ver también en lo sucesivo, centenares y mi­
les de trabajadores, tales como horteras, mineros,
agricultores, etc., acudir al templo á recogerse ante
las miradas de Dios, á quien, tal vez desde su in ■
fancia, habían olvidado, y salir de estos nuevos Ce­
náculos todo transformados por la gracia divina, y
aún hasta inflamados en celo apostólico. Este es un
hermoso espectáculo que, tanto como consuela,
alienta y esperanza.
Sí, estas pequeñas M isiones hacen mucho bien.
¿Qué deberemos decir, por consiguiente, de las Mi­
siones propiamente tales? Todos los más graves au­
tores, así antiguos como modernos, están contestes
en este punto; tanto, que, ante las calurosas y en­
tusiastas expresiones con que de ellos hablan, se
siente uno tentado á tacharlos de exagerados. Y
si, según la máxima del divino Maestro, hemos de
ju z g a r e¿ árbol p o r sus fru to s, fuerza es convenir
en que esta suerte de obras sobrepujan y exceden
á todas las demás (aunque de estas últimas puedan
algunas parecer más brillantes) en dar de sí resul­
tados prácticos en frutos de salud y de perfeción.
Bien conocida es la C arta de San A lfon so M .
de L ig o rio á un obispo sobre la im portancia de las
M isiones, Es, acaso, la obra maestra del ardiente y
luminoso celo del ilustre Doctor. Pues bien; véase
con qué vehemencia y calor se expresa, desde un
principio, sobre esta materia.
«En ninguna parte del mundo se puede implan­
tar la fe ni reformar las costumbres, sino por me­
dio de las Misiones. Y en todas esas comarcas, don­
de ni los azotes de Dios, tales como los temblores
de tierra, las guerras, sequías y pestes; ni las leyes
más rigurosas, dictadas contra homicidas, ladrones,
adúlteros y blasfemos, no han conseguido conver­
tir los pueblos, las Misiones han hecho maravillas.
Por eso, convencido de que sólo por las Misiones
consiguen su salvación las almas, el sabio dominico
P. Contensón ha escrito, con tanta razón como g a ­
llardía: «Gracias á las Misiones y á los Misioneros,
la predestinación logra su efecto, que no es otro
sino la marcha ó andamiento de la criatura racio­
nal á la vida eterna.— P e r solas M issiones im ple-
tur praedestinatio, quae est transm issio creaturae
rationalis in vitam aeternam. >
>Hé aquí por qué, cuando se trata de dar una
Misión en algún pueblo ó lugar, se echa de ver
bien ostensiblemente los esfuerzos que hace, por
medio de los suyos, el infierno, por estorbarla é im­
pedirla; porque nunca falta alguno de esos hombres
depravados, que, temiendo sean descubiertos y des­
baratados con la misión sus planes y malas artes,
no dejan piedra por mover, á fin de hacerla fraca­
sar. ¡Pluguiese á Dios no hubiese párrocos que, fun­
dándose en fútiles razones y livianos pretextos, ha­
gan oposición y sean obstáculo á que vayan Misio­
neros á su parroquia, por temor á que se pongan
de manifiesto sus negligencias y poco celo! En un
caso así, el obispo debe intervenir y tomar cartas
en el asunto-, y, sin esperar á que el párroco ó la
parroquia se los demanden, debe mandar Misione­
ros á donde entienda son necesarios, y principal­
mente á aquellos lugares de cuyo párroco se sabe
que no tiene celo, y mira con malos ojos á la Mi­
sión.> (i)
Estas palabras del santo, un tanto severas, son,
á no dudarlo, de una más difícil aplicación en nues­
tros días. Cierto que no hay párroco alguno que
estorbe las Misiones; ¿pero es igualmente cierto que
no hay párrocos que las miran con indiferencia y
se preocupan poco de ellas? E l santo doctor supone
también la existencia de Misioneros que, sin otro
llamamiento que el del obispo diocesano, andan de
ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. A sí lo ha­
cían, efectivamente, San Vicente de Paúl, San Fran ­
cisco de Sales, San Leonardo de Porto-Mauricio, el
Padre Segneri y aún el propio San Alfonso M. de
Ligorio con sus primeros compañeros. Y aún hoy,
¿no sería éste, por ventura, el g ra n medio de obte­
ner abundantes frutos de salud, y de recolectar, de
período en período, copiosas cosechas de almas?
Pero no es raro, por desgracia, que un párroco que
(1) San Alfonso M. de Ligorio.— Carta á un obispo sobre la im por-
tajtíia de las Afisianes. Obras completas, Edic. de P. Pladys, 1888,
tomo IV, págs. 6 y 7.
desea dar una Misión en su parroquia, tropiece con
insuperables dificultades de adm inistración ó de
otro género, sin hablar de la eterna y malhadada
cuestión de dinero.
No obstante esto, sabemos que en algunas dió­
cesis está dispuesto y ordenado se tengan Misiones
por un espacio de tiempo determinado en los Esta­
tutos. Esta medida ha dado excelentes resultados.
Sin embargo, convendría todavía que los obreros^
cuya elección debe dejarse siempre á los párrocos,
estuviesen bien impuestos y fiandados bajo el doble
punto de vista de la predicación y de la confesión;
porque sabido es que el género misionero es un g é ­
nero especial y vaciado en peculiar turquesa. San
Alfonso M. de Ligorio lo dice muy donosamente,,
siquiera á riesgo de herir ciertas susceptibilidades.
Pretende aún el santo que las Misiones son necesa­
rias, principalmente por estas dos razones: la salu­
dable instrucción del pueblo y la sinceridad de las
confesiones. Pero dejémosle hablar.
<Desde luego, en cuanto á sermones, es hecho
cierto que no hay en toda la cristiandad parroquia
alguna donde no se predique la Cuaresma.....(?)
Pero también es cierto que es mucho mayor el fru­
to que se saca y el bien que se hace á las almas con
los sermones de Misión, que con los de cuaresma;
porque, ordinariamente, los predicadores de la Cua­
resma, aunque tengan por auditorio un pueblo llano
y sin instrucción, no predican sino sermones de alto
vuelo, dichos en levantado estilo y recargados de
harta erudición; y, por ende, no se adaptan ni tra­
tan de allanarse á la escasa capacidad y limitada
inteligencia del pobre pueblo que les escucha. Sus
sermones, perfectamente preparados, y, por decirlo
así, anclados á perpetuidad en su memoria, son
siempre los mismos, cuidadosamente contorneados,
redonditos, rociados aquí y allá de alusiones pere­
grinas, y salpimentados con textos y latines, que
no hay más que pedir; y todo ésto sin tener para
nada en cuenta la condición y categoría del público
que les oye, si es ignorante ó entendido, sin letras
ó instruido.... Lo sabemos por experiencia; cuando
á esos pobres lugareños se les pregunta qué frutos
han sacado del sermón á que han asistido, respon­
den: «No hemos alcanzado á comprender cosa,
porque el Padre Predicador, harto leído y estilado,
ha estado constantemente hablando latín y nosotros
no sabemos latín. > Decididamente, no es exacto
que estos predicadores hablan siempre y constante­
mente en latín; pero su estirada guisa y culto modo
de decir las cosas, tan remotos y alejados del estilo
y modos del pueblo, les hace el propio efecto que si
hablaran latín.... ¡La gran desgracia de los pueblos
y de las gentes de campo es que no hay quien á
ellos vaya á distribuirles buenamente el pan de la
divina palabra; y de esto habrán de dar, en su día,
recia y apretada cuenta á Dios los obispos que des­
cuidaron procurar á sus pueblos el importante be­
neficio de la Misión!.....
Pero, dirá tal vez alguno, ¿es que en esos luga­
res no hay párrocos que predican todos los domin­
gos? Sin duda que los hay; pero fuerza es convenir
en que no todos saben rep a rtir e¿ p an espiritual á
los ignorantes en la forma y modo que á todos los
pastores de almas prescribe y manda el Concilio de
Trento, por estas palabras: U t plebes sibis commis^
sas p ro earum capacitate pascant salutaribus v e r-
bisy docendo necesaria a d salutem, annunciandoque
cum brevitate et fa cilita te sermonis vitia , quae eas
declinarey et virtutes quas sectari oporteat, (Concìl.
Trident.— Sess. v de R eform , cap. 2.)
Por eso sucede con frecuencia que el párroco pre­
dica sin gran provecho para las almas; y todo, ya
lo hemos dicho, ó porque no sabe predicar, ó por­
que sus sermones son demasiado elevados ó dema­
siado largos, ó quizá porque el pùlpito le sirve de
tribuna, ora para abogar por sus intereses, ora para
lamentarse y quejarse de sus feligreses. Hé aquí por
qué los feligreses, y principalmente los hombres,
tienen horror á la predicación y se excusan de acu­
dir á la misa mayor, por temor á los sermones del
cura. Por otra parte, es bien conocido el proverbio,
citado por el mismo Jesucristo: nemo propheta accep-
tus est in p a tria sua. Y , en fin, es hecho cierto, que
oir siempre la misma voz acaba por engendrar in­
diferencia.»
¡Qué de profundas y sólidas verdades, aunque,
tal vez, un tanto duras y penosas!..... Tanto para
asentarlas como para aceptarlas, hemos necesitado
nada menos que de la incontestable autoridad del
santo doctor. Pero escuchemos, sin detenernos más,
la contraprueba.
<En las Misiones— dice— la cosa marcha muy de
otra manera. Los predicadores son sacerdotes ente­
ramente dedicados á este ministerio; y sus sermo­
nes, bien trabajados y proporcionados al objeto, se
ajustan perfectamente á todas las inteligencias, así
de sabios como de ignorantes. Los Misioneros, así
en los sermones como en las pláticas é instniccio-
nes, distribuyen siempre la palabra de Dios; por
eso, hasta los más torpes y negados, salen de ellas
impuestos convenientemente en el conocimiento de
los Misterios de la fe, de los preceptos del decá­
logo, de la manera de recibir con fruto los santos
Sacramentos, de los medios para perseverar en la
gracia divina, y , al mismo tiempo, se sienten llenos
de fervor para corresponder al amor de Dios y en­
tregarse con más cuidado y asiduidad al negocio
importante de su salvación.
>Y si á las Misiones acude tanta gente, es por­
que, sobre oirse en ellas voces nuevas, los Misio­
neros hablan con llaneza y exponen las verdades
eternas con lisura y claridad. Además, las verdades
eternas más del caso para herir y conmover el co­
razón, tales como ¿a im portancia de ¿a sa/vación, la
m alicia d el pecado, la muerte, e l ju ic io , e l in jíern o y
la g lo ria , se predican sucesivamente, uniéndolas en­
tre sí con trabazón tan lógica y natural, que el más
rancio y empedernido pecador se asombrara más
de su contumacia y de su resistencia á la gracia,
que de su conversión. Por eso, ¡cuántos pecadores,
una vez de oída la Misión, dan de mano á sus ma­
las costumbres, rompen con funestas amistades, evi­
tan peligrosas ocasiones y reparan injusticias y des­
hacen agravios que los habían á cargo de su con­
ciencia! ¡Cuántos estirpan, hasta en su más honda y
oculta raíz, los odios y rencores, y perdonan genero­
samente de todo corazón á todos sus enemigos!.....
¡Cuántos, en.fin, que había largos años que no se
confesaban ó se confesaban mal, alcanzan de Dios
el inapreciable beneficio de hacer durante la Misión
una buena confesión!..... ¡Ah! ¡la s buenas confesio­
nes! Hé aquí otro de los grandes bienes que produ­
cen las Misiones! (i)
(i) San Alfonso M. de Ligorio.— Carta á un obispo sobre la impor­
tancia de las Aíisi'tttes.
El lector nos perdonará alarguemos todavía estas
citas: son tales, que ni se pueden pasar por alto, ni
consienten ser resumidas. No obstante, aunque á
nuestro pesar, trataremos de abreviarlas, cuanto
nos sea posible.
Muy al contrario de ciertos rigoristas, que pre­
tenden que los misioneros otorgan con sobrada fa­
cilidad la absolución á los recidivos, nuestro piadoso
autor mantiene y prueba «que las mejores confe­
siones se hacen en tiempo de Misiones > aún bajo el
importante punto de vista «del verdadero dolor y
firme propósito. » «¡Pluguiese á Dios, escribe, que to­
dos se confesasen, como en tiempo de Misión! ¡Qué
pocas almas se malograrían! Pero yo, á mi vez, pre­
gunto: ¿Sólo de la mayor ó menor duración ó per­
severancia en la prueba debe juzgarse de las dispo­
siciones del penitente? >
Seguidamente, aborda de frente la gran cuestión
que más hace á nuestro intento. «Siquiera de las
Misiones no se sacase otro provecho y ventaja que
la reparación de tantas sacrilegas confesiones, (triste
achaque de la falsa vergüenza, que cierra la boca á
hombres y mujeres, pero principalmente á éstas,
por ser más propensas al rubor y al sonrojo) esto
sólo bastaría para que las misiones fuesen miradas
como un bien y beneficio grandemente apetecible! En
los pequeños lugares es donde principalmente se en­
cuentra arraigada esta terrible miseria de las co­
muniones sacrilegas; porque en ellos son pocos los
confesores, y éstos viven entre sus penitentes, y uni­
dos á ellos, si no precisamente por lazos de paren­
tesco y amistad, por lo menos por relaciones fre­
cuentes y cuotidianas. Cuando esto sucede, hartos
son los que, p o r una falsa vergüenza, resisten a!
deber de declarar ciertas taitas á su confesor, y vi­
ven continuamente en estado de sacrilegio; y mu­
chos, dominados siempre por la falsa vergüenza,
han callado sus pecados en confesión, aún momen­
tos antes de recibir en su lecho de muerte los últi­
mos Sacramentos. Reparar tantas confesiones mal
hechas, hé aquí uno de los más grandes beneficios
de las Misiones. Porque, por una j)arte, sabiendo,
como saben, que los Misioneros son forasteros, de
quienes no son conocidos, y que en breve deben
partir de entre ellos, quizá para no volver á verlos
jamás; y por otra, sintiéndose movidos por los ser­
mones que han oído y por los remordimientos que
estos sermones en su consecuencia han levantado,
se deciden á vomitar definitivamente el veneno de
tantos pecados maliciosamente callados hasta en­
tonces.» fi)
¡Cuánta verdad, cuánta exactitud hay en estas
consideraciones! Llevan consigo el sello de la más
estricta justicia! Desde luego se nota que nacen de
un corazón lleno del mejor celo, y que no pueden
ser sino hijas de una experiencia consumada.
Y no se diga que ahora, en nuestros tiempos, no
existe ya este mal, que en otros existía, y que aún
las Misiones mismas son un medio harto clásico y
viejo para nue'-tras poblaciones de hoy, llenas de in ­
diferencia y frialdad. |No! L a M isión es todavía
una palabra bastante enérgica y poderosa para con­
mover fuerte y profundamente nuestras poblacio­
nes, aún las que parecen más indiferentes y peor
avenidas con la religión. Lo hemos visto y palpado

(>) San Alfonso M. de Ligorio.— Ibidem, pág. 14.


nosotros mismos en más de una ocasión; pero an­
tes de decir cosa alguna por nuestra cuenta y ries­
go, queremos ceder la palabra á un Misionero con­
temporáneo, de cuyo nombre nos hemos valido y á
cuya autoridad hemos apelado antes de ahora.
Habla, como es de suponer, de las Misiones bien
dadas.
€Llegamos finalmente, dice el P. Mach, al pri­
mero, al más importante y eficaz de todos los medios
extraordinarios que emplea comunmente Dios para
santificar al justo y convertir al pecador. El que
haya asistido á una Misión bien dada, y ejercido en
ella el sagrado ministerio de la confesión con en­
trañas de verdadero padre; el que juzgue de las co­
sas por los hechos, y no por la crítica mordaz de
algún envidioso explorador de esa tierra prometida,
no podrá menos de confesar que una Misión bien
dada es la regeneración de un pueblo y tal vez de
una comarca entera: es pasar del árido desierto de
la culpa á la verdadera tierra de promisión que ma­
na leche y miel para las almas que no oponen resis­
tencia á la gracia divina. Otras son gracias aisla­
das, medios más ó menos eficaces para hacer salu­
dable impresión en los ánimos; mas una Misión bien
dada puede llamarse el conjunto, el compendio y
colmo de todas las gracias.
«En otras ocasiones Dios proporciona á una al­
ma, ya inspiraciones secretas, ya buenos ejemplos;
bien la atrae con suavidad, bien la intimida con el
terror de la divina justicia; mas en la Misión no
parece sino que haciendo el último esfuerzo lo em­
plea y agota todo: luces que iluminan él entendi­
miento, mociones que despiertan é impelen la vo­
luntad; pláticas y sermones elocuentes, ceremonias
imponentes, ejemplos que conmueven y arrastran
al corazón más obstinado; de manera, que se puede
temer y casi desconfiar de la salvación de aquel
que resiste á la gracia de una Misión bien dada.
«Así es que he visto Misiones en que se conta­
ron quinientas, setecientas, novecientas y alguna
vez hasta miles de personas, que habiendo durante
muchos años dejado de cumplir con el precepto
pascual se reconciliaron sinceramente con Dios!...
¡Cuántos que desde la más tierna hasta una muy
avanzada edad hacían confesiones nulas, cailando
pecados a/confesor, &nlma.áos con la Misión, hicieron
confesión general y recobraron la paz del alma! ¿Y
qué diré de los muchos escándalos reparados, de los
libros, estampas y fotografías obscenas recogidas y
quemadas; de los divorcios y amancebamientos im­
pedidos, de la blasfemia reprimida ó desterrada y
de las crecidas restituciones hechas.... ?
« Y en vista de ésto ¿habrá quien mire con des­
dén la gracia de la Misión, tal vez porque vuelven
muchos á recaer en el pecado? E s verdad, que la Mi­
sión no hace al hombre impecable: esto tiene de co­
mún con el Sacramento de la Penitencia y la predi­
cación misma de Jesucristo; pero ¡cuántos no vuelven
más á caer! ¡Cuántos, aunque recaigan, lo hacen
con menos frecuencia y mayor dificultad que antes!
¡Y quiera el cielo que delante de Dios la causa prin­
cipal de estas recaídas no sea algún eclesiástico ó
pastor indolente, que nada hizo para impedirlas y
sí lo bastante para provocarlas!
«No extraño, pues, que afirmen San Alfonso M.
de Ligorio, San Francisco de Sales y otros santísi­
mos varones, que no puede morir tranquilo un Pá­
rroco que, pudiendo, no haya procurado una M i-
sìón á sus feligreses, y aún quisieran se renovase
todos los años en cada parroquia.» (i)
Nada más indicado y mejor que esta periodicidad
de las Misiones. Conocemos una pequeña parroquia,
enclavada en uno de los peores departamentos del
centro de Francia, que, gracias á este medio, se ha
conservado admirablemente. Uno de los primeros
Párrocos en quien fué provista, después de la revo­
lución, la vacante de esta parroquia, aficionado por
temperamento é inclinación á las faenas agrícolas,
dedicó sus momentos de ocio á desbrozar y traba­
ja r un terreno inculto, que con el dinero habido de
sus ahorros y economías había adquirido. Bien pron­
to, lo que un día fué campo baldío y suelo inculto se
trasformò, bajo la acción del trabajo, en hermosa y
fecunda tierra de labor, cuyos anuales rendimientos,
que llegan hasta á doscientos francos, deben servir,
según su intención, para sufragar los gastos de una
Misión, fundada por él y que se predica de cuatro á
cuatro años. No es ciertamente nuestro intento
imponer á nadie la obligación de empuñar la azada
ó manejar el arado para hacer bien; pero no po­
demos menos de loar y encarecer este ejemplo y de­
cir que este venerable sacerdote tuvo una feliz ins­
piración. ¿Y no es este el caso de repetir: D efunc-
tus adhuc loquiiur? Porque, evidentemente, esta su
obra habla, y habla con hechos, puesto que con­
vierte á unos y retiene á otros en los principios de
la fe y en las prácticas santas de la religión.
A este propósito hace San Alfonso una muy ati­
nada observación.

( l) P. Mach.— 7 Vfí>rí> del sacerdote, li. Trat. xv ii, pág. 8 17 .


Edic. Rosal, Barcelona.
<No es bueno ni conviene—dice— que la Misión
se repita demasiado en una misma localidad: sino
que es menester dejar pasar de una Misión á otra,
tres ó cuatro años.» Esto como mínimum., pues
en otras partes se extiende este tiempo intermedio
hasta «cuatro ó cinco años.» Luego añade esta otra
no menos importante observación:
«Nótese bien, que si durante la Misión que por
segunda vez se da en un pueblo, éste no manifiesta
exteriormente tanto fervor, como cuando se dió la
primera, no se entienda de aquí que aquélla es me­
nos fructuosa que lo fué ésta; porque es hecho
cierto, que cuando estos ejercicios se dan por pri­
mera vez, ó después de un largo lapso de tiempo,
el pueblo se rinde más vivamente impresionado, que
cuando los ha tenido tres ó cuatro años antes. Sin
embargo, la segunda Misión fué á menudo, si no más
notable por su aparato y ostentación, más fructuosa
y abundante en resultados positivos, porque los caí­
dos se levantaron, los extraviados se encaminaron
y los que hubieron perseverado se afirmaron más
en el bien y en la virtud, (i)
Cosa es que está fuera de toda duda, que las Mi­
siones, y señaladamente las que lo son de funda­
ción, tornando periódicamente á los pueblos, reali­
zan en ellos verdaderas maravillas. El venerable
P. Eudes (16 0 1-16 8 0 ), fundador que fué de la Con­
gregación que lleva su nombre, al hablar de Misio­
nes, solía exclamar todo entusiasmado:
«¡Oh, qué bien tan grande son las Misiones! ¡Oh,
y qué necesarias son! ¡Es un mal, y un mal gravísi-

(l) Bau Alfonso M, de Ligorio.— Obras completas. Edic. Pladys,


1888, tom. IV, pág. 4 13 .
mo, estorbarlas ó ponerlas obstáculos! ¡Oh, si supie­
sen todo el mal que han hecho todos esos que alguna
vez nos las han impedido!.....P a te r! dimitte üHsy nes-
cierunt quid fecerint!.....¿Qué hace en París esa turba
multa de doctores y bachilleres, mientras miles de
almas se pierden y condenan por no haber quien
les tienda una mano amiga para sacarlas de la per­
dición y librarlas del fuego eterno?.... Cierto que,
si me fuese dado, iría á París y entraría en la Sor­
bona y en los otros colegios, gritando con toda la
fuerza de mis pulmones: ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!.....
del infierno, que abrasa el universo entero!..... ¡Ve­
nid, señores Doctores; venid, señores Bachilleres;
venid, señores Abates y ayudadnos á apagarlo! (i)
Estas conmovedoras palabras hacen pensar en aque­
llas otras de San Francisco Javier, quien, en los
propios términos, hacía un caluroso llamamiento
para las Misiones de lejanas tierras.
¡Ay! es por demás cierto que en estos malhada­
dos tiempos que corremos, la Europa entera ha me­
nester de celosos operarios apostólicos, tanto ó más
que las Indias y la China. ¿No estamos, acaso, in­
vadidos por el paganismo práctico? Y la civiliza­
ción, esa tan decantada civilización, ¿no tiene tam­
bién sus salvajes? ¿No es verdad (y ésto lo decimos
sin ánimo de hacer agravio á nadie) que hay por
ahí una muchedumbre de sacerdotes, más ó menos
ociosos, que, con gran ventaja para las almas, pu­
dieran dedicarse á las Misiones? E s cierto, sin em­
bargo, que, para esto que aquí decimos, son menes­
ter, á más de un espíritu bien formado, cierto talen-

(i) Ven. P. Eudes.— Carta al P. Blonet,— Edic. Le Doré


pág. 390.
to y disposiciones natuturales. Decididamente, y á
pesar del famoso adagio: N ascuntur poetae^ fiu n t
oratoreSy no todo el que quiere llega á ser un Bo­
ssuet ó un Lacordaire, como tampoco un Brydaine
ó un Combalot.
Para que una Misión resulte y obtenga cumpli­
damente su objeto, debe ser bien dada. No pode­
mos entrar á determinar aquí todos los detalles de
una Misión, pues cada uno puede hallarlos perfec­
tamente concretados y definidos en obras especia­
les que hay sobre esta materia. Pero no podemos
ni queremos pasar por alto lo que el Abate Mullois
dice, resumiendo la cuestión, á este propósito. A ma­
yor abundamiento, la expone en forma tan donosa
y sagaz, que no queremos defraudar al lector el pla­
cer de oirle. Se dirige á los sacerdotes que tienen
cura de almas, y dice:
«Es absolutamente necesario, de tiempo en tiem­
po, una nueva voz, un conjunto ó serie de ejerci­
cios religiosos, algo desusado, en fin, que excite la
curiosidad, primero, y mueva las almas, después.
Este es el punto de partida de todo bien y cosa de
provecho en una parroquia. Si la palabra M isión
causa espanto y pone miedo en alguna comarca,
sustituidla con la de Ejercicios, Pero esta Misión
debe ser bien preparada. El párroco debe disponer
á sus feligreses y abrir el camino al Misionero. En
tal comarca convendrá, tal vez, hablar de ella desde
niucho tiempo antes; y en tal otra será mejor no
hacer ni mención: esto según la índole peculiar de
ios pueblos y de los lugares. En general, en las pa­
rroquias donde hay fe, procede anunciarla con anti­
cipación y ocuparse en sus preparativos. Desde en­
tonces entra uno en campaña; prepara los ánimos;
pide oraciones para el mejor éxito de la Misión á
las almas piadosas y á las comunidades, y se hace
una razonable provisión de libritos, medallas, es­
tampas, etc.; finalmente, manifiesta al pueblo el in­
terés que para uno tienen su bien y felicidad, di­
ciéndoles que huelga mucho de procurarles esta gra­
cia de la Misión, la cual va encaminada á procurar
la conversión de los unos, el mejoramiento de los
otros y la salvación de todos.
«Pero guardémonos de imitar á ciertos párrocos,
que, al anunciar Misión, dicen siemplemente:
Tendréis un confesor fo rastero ; y s i entre vos­
otros hubiere alguno que hubiere cometido pecados
graves ó callado en sus confesiones algunos otros,
que no ha osado declarar, hé aqui que se le ofrece
ahora una bellísim a ocasión.
¡Imprudencia! Después de esto, ¿quién se atreve­
rá á ir donde vuestro predicador? Se dirá como en
ciertos lugares: «¿Tú vas donde el misionero? luego
callado has, á lo que parece, pecados en confesión,
ó cometido graves faltas!.....> Recordamos haber
oído alguna vez á personas que nos decían: «Padre,
vengo á confesarme con usted; pero no es porque
yo tenga crímenes á cargo de mi conciencia.»
Para orillar este inconveniente y dejar en mayor
libertad á los fieles, los sacerdotes del lugar debe­
rían abstenerse de oir confesiones durante la Mi­
sión. San Alfonso lo recomienda, y, si no me enga­
ño, sus discípulos lo exigen expresamente antes de
aceptar ninguna Misión.
«Por eso los obispos— dice el Maestro— tienen
la obligación de hacer que la Misión dure en cada
localidad el tiempo necesario para que todos hayan
podido confesarse con los Misioneros. De otra suer­
te, cuando, respecto al número de habitantes, la
Misión es breve, muchas personas quedarán con la
conciencia inquieta y turbada por no haber podido
llegarse á los Padres.....; pues es llano que si el peni­
tente no puede, sin una buena confesión, salir de
sus dudas y dificultades, sus inquietudes con la Mi­
sión no harán sino aumentarse para su desasosiego
y mayor trabajo. De la misma suerte, si el que, de
largo tiempo atrás, viene haciendo confesiones sa­
crilegas no puede llegarse á los Misioneros, suce­
derá que, forzado á ir con un sacerdote de la lo­
calidad, continuará confesándose sacrilegamente.
Cuando la Misión no dura lo bastante para que to­
dos puedan llegarse á los Misioneros, causa más daño
que bien á muchas almas, que, por su ignorancia,
vivieron en buena fe hasta el dia en que, ilumina­
das por los sermones oidos en la Misión, respecto
á su verdadero estado, y no teniendo por el mo­
mento suficiente valor para exponer su conciencia
á ningún sacerdote de la localidad, caen, primero,
en la mala fe, después, incurren voluntariamente en
sacrilegios, y acaban por condenarse.> (i)
El Abate Mullois reanuda sus observaciones. «Lue­
go debe procederse á la elección de predicador, ó por
lo menos á informar y explicar bien al superior la
condición moral de la comarca. Comunmente, para
esto de dar una Misión, se requiere un hombre ex­
perimentado y conocedor del corazón humano; lo
cual no quiere decir que no sea joven. Hay, en efec­
to, dos suertes de gentes inexpertas: los que nada
han observado jamás, y los que, habiendo visto
(*) San A lfo n so M .d e Ligorio.— Carta á un obispo sobre la impor­
tancia de las iViJítfwJ.— Obras compì., Edic. Pladys, 1888, Tomo iv,
P®g- * 5 .
siempre mal las cosas, gritan: N o se puede hacer
nada. Elegido que sea el predicador, déjesele en
una cierta hoguera y libertad de acción; sobre todo,
hágase porque no se descorazone ni desanime al
principio.
«Hay algunos párrocos que, por un resto de
amor propio, que Ies queda oculto en algún rincón
del alma, no se apesadumbrarían mucho de que un
fo ra stero no saliera adelante con su empeño, allí
donde ellos han fracasado. Después de todo, este
sería un ruin consuelo y una menguada satis­
facción. Importa mucho, que la Misión obtenga
siempre su objeto; es necesario desearlo eficazmen­
te; y á esta mira y fin deben encaminarse todos los
medios de que se disponga. E s bueno también enal­
tecer las prendas y cuaHdades morales del predi-
dicador que se haya elegido; pero sin hablar ni ha­
cer mención de sus cualidades físicas, ni más ni me­
nos que si no le conocierais. Un buen párroco, á
quien se había anunciado un predicador cansado y
flaco, decía á sus feligreses: «Vais á oír á un santo
hombre que os predicará religión y penitencia, tan­
to con su palabra como con el continente y aspecto
general de su persona, que lleva en sí la huella de
la mortificación cristiana. > Pero hé aquí que, por di­
ficultades de última hora, le envían un predicador
grueso y bien metido en carnes, A vista de salud
tan exuberante el párroco se alarma, y, en un mo­
mento de despecho, se la manifiesta, junto con las
causas que la motivan, al Misionero. Afortunada­
mente, éste estaba bien avezado á sacar partido de
este género de dificultades y embarazos.
En efecto, nuestro Misionero sube al pùlpito, y di­
cho se está, que su aparición en él produjo, en un
principio, sonrisas traviesas y una cierta hilaridad
general. Pero él, lejos de desconcertarse, exclama:
«Mis queridos hermanos, se os había anunciado un
Misionero, que debía predicaros los rigores y aspe­
rezas de la penitencia^ tanto de palabra como con
el aspecto y continente de su persona. Pues bien,
yo, á mi vez, vengo aparejado á predicaros, tanto
de palabra como con el aspecto y continente de
mi persona, no las asperezas, sino los regocijos y
bienandanzas de la penitencia, y espero que no os
diréis llamados á engaño ni tomaréis pesadumbre
por este trueque ó cambio.» La cosa resultó, y se
obtuvo todo el fruto que se esperaba.....
«Durante la Misión, el párroco debe alentar de
cuando en cuando á sus feligreses; pero sin repro­
ches ni asperezas. Sobre todo, no suba al pùlpito
inmediatamente después del Misionero, con ánimo
de desenvolver mejor y explicar más por menudo
€l sermón de éste, y en general, no permita que es­
tos sermones pasen de media hora.
«Un buen medio para conseguir lo que se inten-
tenta, son las «Visitas». Es bueno que el párroco
aproveche el tiempo de la Misión para visitar á sus
feligreses. En una con el Misionero sale á la calie,
bien provisto de libritos de Misión, de estampas,
niedallas y demás objetos religiosos; pero provisto,
principalmente, de mucha caridad y paciencia. Sus
visitas primeras sean á las autoridades: el Alcalde,
Síndico, el Secretario; después, á los bienechores,
y finalmente, á las Escuelas. Hé aquí un medio casi
infalible para sacar airosa una Misión. Una vez en la
Escuela, el predicador revisa los cuadernos de los ni-
*^ps, hace algunas preguntas, regala algunas estam­
pólas y les cuenta alguna historieta; con esto deja en­
tusiasmado y contento aquel pequeño mundo de an­
gelitos. Estos cuentan en casa cuanto les ha acaecido
en la escuela, y no acaban de manifestar por ello su
contento y alegría; y así sus sentimientos ganan el
corazón de sus padres. ¿Cómo hablar mal ni murmu­
rar de aquel á quien sus hijos aman? Después se va
de casa en casa; en cada una de ellas se pregunta
con mucho interés por la salud de sus habitantes;
se habla de sus ocupaciones, de sus hijos; y á pro­
pósito de estos se les felicita, haciendo primero un
breve elogio de ellos; por último se les pregunta si
acuden al sermón. A lo mejor os contestarán con
un no, acompañado de mil escusas y pretestos in­
sustanciales ó malignos; pero no os desconcertéis
por eso: respondedles á todo con alguna buena razón,
diciéndoles la verdad con la sonrisa en los labios.
Otras veces, y esto es más natural, seréis mal reci­
bidos. Pero no os déis en ello por ofendidos, así
son nuestras granjerias, nuestros beneficios, nues­
tros logros y ganancias. En estos casos no os ol­
vidéis de que nuestra Misión es salvar las almas.
Por otra parte, la • religión nada pierde en ello.
Aquel pobre hombre que no se mostró muy bien
educado que se diga ¡estará tan mal, tan desconten­
to de sí mismo!.... Sus propios convecinos y camara­
das le reprocharán su conducta, y tal vez se creerá
en el deber de hacer algo para reparar su falta, y
al primer paso que dé, caerá bonitamente en el lazo.
Para transformarse en pecadores arrepentidos y
penitentes, nadie está más á punto que estos que
naturalmente son ásperos y desabridos. En general,
la visita produce el mejor efecto, porque hace que
acudan al sermón, cuando no por otra cosa, por
punto de galantería y atención al predicador.
En tanto, el sermón deposita en las almas la se-
niilla de las grandes verdades; y á cuenta de Dios
corre lo demás.
<Es cosa que deben conferir entre sí el párroco y
el Misionero, si en una primera Misión han de per­
seguir, como fin, atraer á la gente al confesona­
rio. H ay ciertos lugares ó comarcas, en las cuales
es preciso limitarse á reconciliarlos con la religión,
así de una manera lejana; más tarde se verá de ha­
cer lo demás.
<Escusado es añadir que en la Iglesia deberá ha­
ber pompa y fastuosidad, himnos y cánticos; sobre
todo haced cantar á los hombres; de cuando en
cuando alguna gran función, una solemne consa­
gración á la Santísima Virgen, la renovación de los
votos bautismales, la erección de una cruz. Mas, por
lo general, no hagáis gritar nada al pueblo: esto
sería por demás fu ego de p ajas.* Y además os ex­
pondríais á un fiasco vulgar.
Con su acostumbrado brío, pone de relieve el au­
tor la inconveniencia de las invitaciones á comidas
de alguna consideración, que tal vez el párroco se
creerá en el deber de dar durante la Misión. Esto
hace que las Misiones sean más costosas y, por
consiguiente, menos frecuentes, cuando es cierto
que casi á un mismo tiempo deberían darse en to­
das las parroquias de una misma comarca, á fin de
que el bien que se haga en una, no sea destruido
por los parroquianos de la vecina. En nuestros días,
todo el mundo tiene necesidad de este ministerio
extraordinario. No estamos ya en tiempos en que
eran firmes y valederos pretestos como este: «No
P ersivera, y cuando parta el Misionero, se lleva­
rá consigo toda la religión del lugar.....» Esto no
es verdad, porque siempre queda un fondo de fe
que antes no existía, y lo pasado queda destruido.
Y después ¿se pretenderá, acaso, haga un hombre
en un mes, lo que nosotros no hemos podido hacer
en quince ó veinte años, y lo que quizá no conse­
guiremos en cincuenta? ¿Tendremos la peregrina
pretensión de que, en un momento dado, se hagan
santos todos nuestros feligreses?
Lo propio decimos de este otro escrúpulo, ó me­
jor, prejuicio ó preocupación. «Después de la Mi­
sión, dicen muchos, no se oyen de buen grado los
sermones del cura>.— Esto no es verdad-, es preci­
samente todo lo contrario, porque después de la
Misión las almas están más abiertas á las cosas de
Dios, y su atención á ellas es mayor.
¡«Oh, decía una mujer, qué bien predica nuestro
cura, después de la Misión!» Y , en efecto, el párroco
no puede menos de sacar ventajas y ganar mucho
de este contacto con un predicador forastero. Aban­
donado á sí propio, habría concluido por caer en la
rutina, círculo por demás angosto y reducido, de
donde jamás hubiera salido; pero el trato y las pa­
labras dei Misionero llevan á su corazón un poco
de nueva savia y de variedad. Por esto, todo pá­
rroco celoso, debe esforzarse por procurar á sus fe­
ligreses el inapreciable beneficio de una Misión. Hé
aquí un medio de curar en las almas su fría indife­
rencia y grosero materialismo.
Añadamos algunas palabras, (aunque y a las he­
mos consignado más arriba) sobre las ventajas de
la Misión para prevenir y reparar las confesiones
incompletas. Q>n esto la cosa quedará perfecta y
digna de la mejor escuela.
Réstanos también por indicar, de paso, el modo
de conservar el precioso fruto de los santos ejerci­
cios. El medio más indicado y mejor es fu n d a r,
donde se pueda, obras de perseverancia, que el cle­
ro parroquial habrá de sostener con toda la fuerza
de su celo y con todos los prestigios de su autori­
dad. Estas obras pueden ser, por ejemplo, una re­
unión de madres cristianas, una congregación de
jóvenes, un patronato, etc., etc. En los tiempos que
corremos, es preciso agru par en torno de la cruz
de Jesucristo todo lo que ha quedado fiel á la reli­
gión y á la verdad, á fin de evitar una derrota
completa y de reconquistar el terreno que llevamos
perdido (i).
E l Misionero que haya obtenido un éxito feliz en
una parroquia, podrá todavía hacer mucho bien en
ella, si de allí á algún tiempo torna á visitarla. Su
palabra reavivará el sagrado fuego, alentará á los
fuertes y excitará á los inconstantes. Tal vez, en el
Santo Tribunal habrá de volver sobre algunas con­
fesiones que quedaron incompletas. L a confianza
que inspira abrirá los corazones, y á su paso por
la parroquia aliviará las conciencias.
( i) Las distintas congregaciones 6 asociaciones de s<51o hombres <5
de sólo mnjsres, destruyen el respeto humano y favorecen el recíproco
apostolado. Como obras generales, recomendamos: L a Asociación de la
Sagrada Fam ilia, E l Apostolado de la Oración y la Comunión Reparadora.
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El sermón de la confesión y los confesonarios

Método de Brydaine.— Volver sobre lo de la necesidad de vencer el fal­


so rnbor.— Insistir sobre ello en las comunidades 6 asilos de niñas y
de mujeres.— Recolección de flores, 6 ramillete que hay que hacer.__
Analizar y describir lo qne pasa en las almas.— Plan del sermón so­
bre la Confesión: confesión exacta y contrición sincera.— I.® Acusar
sus pecados mortales.— Acusarlos todos en una confesión gen eral: lo
que piensan los Santos.—Se la hace breve y fácil.— Proceder por vía
de medida: ejemplo.—Se responde á las dificultades__ 2.® Contrición
necesaria.— Debe ser grande (explicación), sobrenatural (motivos),
universal (casos de restitoción).— Relatar hechos.— ¿Cómo terminar?
— Efectos producidos por estos simples pensamientos.— Medio natu­
ral de corregir ei vicio y llegar al temor sobrenatural de Dios.— Los
confesonarios: en Roma, en Inglaterra.— San Francisco de Sales trata
esta cuestión.— Prescripciones del Ritual romano.

Para que una Misión produzca sus efectos, es


preciso que sea bien dada. Ahora bien; entre las ma­
terias que deben tratarse en ella, no hay una que
más importante sea, ni que más directamente tien­
da al objeto, que la de la buena confesión. Y la ra­
zón de ésto es bien sencilla; porque los fieles, una
vez movidos interiormente por la fuerza de las gran­
des verdades de salud que se les han predicado,
acaban por estar prontos y dispuestos á recibir, en
las condiciones requeridas, el sacramento de la Pe­
nitencia. El sermón sobre esta materia será, por
consiguiente, el P reservativo ó remedio más eficaz
é inmediato contra las malas confesiones, ora deri­
ven de falta de sinceridad, ora de defecto en el arre­
pentimiento ó contrición.
E l método del P. Bryndaine, príncipe de los Mi­
sioneros, tiende en su totalidad á obtener este pre­
cioso resultado:
<Sólo después de haber conmovido las concien­
cias— escribe su biógrafo— con la exposición de
estas saludables verdades, permitía á los pueblos
comenzar sus confesiones. Ellas son, solía decir, el
primer fruto que produce la palabra de Dios en una
Misión: casi todas nuestras predicaciones no tien­
den á otra cosa que á purificar las almas de sus im­
purezas y suciedades pasadas. Por tanto, nada debe
parecemos más importante que el procurar se ha­
gan buenas confesiones en todos los pueblos confia­
dos á nuestro cuidado. L a experiencia nos ha ense­
ñado, hasta por demás, á unos y á otros, que la ma­
yor parte de los cristianos se condenan por los
defectos esenciales de sus confesiones ordinarias. >
Este texto, que ya en otra parte lo tenemos cita­
do, ofrece harta materia á la reflexión, para que nos
parezca está fuera de lugar repetirlo aquí. Sin em­
bargo, nuestro Maestro predilecto, al que con tan
singular contento hemos tomado por guía y norte
en todas estas cuestiones de alta moral práctica,
San Alfonso M. de Ligorio, es todavía más explí­
cito, si ya no va más lejos. Citemos nuevamente sus
palabras.
<Es preciso que los Misioneros insistan con tenaz
perseverancia una y otra vez, sobre la necesidad de
vencer la fa ls a vergüenza, que es la causa, por de­
más frecuente, por la que se callan pecados en con­
fesión. Nadie que sea un poco práctico y experi­
mentado en dar Misiones, ignora cuántas almas se
van á poblar el infierno por esta maldita vergüen­
za. ¡Grave mal y grave daño, cuyo eficaz remedio
son las Santas Misiones! Por eso, es preciso procla­
marlas, no sólo útiles, sí que también verdadera­
mente necesarias, en todos los lugares donde los
confesores son pocos y, por lo general, amigos y
parientes de sus penitentes-, porque esta familiari­
dad y trato continuo entre sí, hace que la tiranía
de la falsa vergüenza sea mayor y más despótica
entre ellos. Es una lástima y causa grande compa­
sión ver cuántas almas logra el demonio por este
camino, especialmente tratándose de pecados des­
honestos, porque, para cometerlos, quita la ver­
güenza, y ia restituye, y la acrece, y la aumenta,
cuando se trata de confesarlos.»
Más adelante añade el santo Doctor:
«Yo bien sé que en todas las Misiones se predi­
ca todo un sermón, precisamente sobre este argu­
mento del falso rubor ó vergüenza; pero también
digo que, dada la importancia de esta materia, no
basta se le dedique un sólo sermón; primero, por­
que es muy probable que los que tengan más ne­
cesidad de él, no le oigan: y segundo, porque los que,
de largo tiempo atrás, vienen callando sus pecados
en confesión, han menester oir hablar del remedio,
no una vez, sino varias. Por consiguiente, es preciso
que el predicador vuelva y torne asaz de veces sobre
este argumento, á nuestro entender el más impor­
tante de los que pueden tratarse en una Misión, pues­
to que muchas personas, con todo y haber asistido
á ias Misiones, continúan ocultando sus pecados.»
«Es preciso insistir en este punto, principalmente
cuando se predica en ciertas y determinadas casas,
como Institutos, Asilos, etc., donde viven juntas jó ­
venes solteras y mujeres casadas-, porque por una
parte, como soti mayores los peligros y ocasiones
entre ellas, son también más numerosas las faltas;
y por otra, porque éstas desgraciadas no pueden
dirigirse á un confesor de su elección. Razones to­
das harto serias y poderosas, no sólo para predicar
á menudo contra el falso rubor, sí que también para
espantar las conciencias de los culpables con la na­
rración de ejemplos terribles de personas que se
han condenado por haber callado maliciosamente
pecados en confesión» (i).
Nada más claro y terminante que estas palabras
del Santo Doctor; por lo que nos hemos limitado á
consignarlas, y nada más: glosar con comentarios
esta hermosa doctrina, sería, sobre supèrfluo, arro­
gante y presuntuoso.
No hablamos aquí sino del sermón principal sobre
la buena confesión, cuya materia podrá cada uno, si
así lo juzga conveniente, repartirla en varios dis­
cursos, sin perjuicio de volver con frecuencia sobre
el argumento en general, ó sobre tal ó cual punto
en particular. Por tanto, ¿qué es lo que se deberá
decir en este Sermón? Aquí las cosas que deben
decirse no son de menos importancia que la forma
y modo en que deben exponerse. Hé aquí algunas
ideas ó industrias, cuidadosamente recogidas de en­
tre los mejores maestros. Pero por esta vez se nos
perdonará no citemos las fuentes de donde las toma­
mos. Siquiera las flores de nuestro ramillete no lle­
ven la etiqueta ó indicación de su origen, no por
eso dejarán de pertenecer á los mejores pensiles.
(l) San Alfoasc M. de Ligorio.— Im trticción sobre las M isiones.
Obras compì. Edic. Pladys, 1888, tomo iv, págs. 437 y 4 5 1.
E l lector, sacerdote y predicador hará su manojito á
su gusto y devoción; pero al poner por obra, aténga­
se siempre á las varias circunstancias que le rodean.
Comencemos con una preciosa observación de
San Francisco javier, que ella sola vale tanto como
un tratado completo de oratoria sagrada. <En los
sermones, dice, no tratéis de hacer gala de erudición
y buena memoria, acumulando textos y autoridades
de antiguos autores. Bastará que aduzcáis unos po­
cos, como sean bien elegidos y apropiados y perti­
nentes á la materia que tratáis. Emplead, más bien,
la mayor parte de vuestro discurso en analizar y
pintar al vivo {in graphice depingendo) el estado
deplarable y turbación interior de las almas peca­
doras.....con todos sus descabellados intentos, arti­
ficios falaces, ideas y esperanzas vanas, deseos enga­
ñosos y traidoras. Es preciso que el pecador reconoz­
ca en vuestro sermón todos estos diversos movi­
mientos que le agitan, y los vea reflejados como en
un espejo. Luego añadiréis las funestas consecuencias
que traen consigo estas intrigas y maquinaciones,
desbarataréis los capciosos sofismas inspirados por
el demonio, les ofreceréis los medios para escapar
de sus lazos y asechanzas, y, finalmente acumularéis,
sobre la cabeza de los contumaces y empedernidos
las amenazas más terribles. Si queréis tener á vues­
tros oyentes como suspendidos de vuestros labios,
haced de modo que se reconozcan á sí mismos en
vuestras palabras. E s hecho cierto, que nada atrae
más irresistiblemente la atención humana, que la re­
lación de lo que sucede en las intimidades solita­
rias de la conciencia, (i)
(l) Sao Francisco Javier.— Carta al P. Gaspar Farsee. Edic. latina,
BoQoniae, lib. iii, cap. vii, nilm. 42.
Es necesario hacer la aplicación de esos princi­
pios en el sermón sobre la confesión. Ahora bien;
¿qué es lo que acaece en el corazón del penitente?
No lo olvidéis jamás: una lucha tenaz se entabla
acerca de esta cuestión práctica: ^Me confesaré ó
no me confesaré? H e de acusarme de ta l pecado v e r­
gonzoso, que me fa tig a é inquieta desde m i infancia?
Sí, dice la conciencia, excitada y movida por la
gracia de Dios; no, responde la naturaleza, flaca y
corrompida. ^Cómo es posible que yo me atreva d
confesar ta l pecado? Y en tanto que estas inter­
nas inquietudes trabajan al penitente, el demonio
está allí para sugerirle toda suerte de sutilezas y
sofísticas objeciones, para exagerarle y subir de
punto las dificultades, ó por lo menos para inspi­
rarle, como la mejor solución, este cobarde y peli­
groso cálculo: ¡BuenOy me confesaré^ pero no ahora^
más tarde! ¡A la hora de la muerte me confesaré
de todo esto que me turba: entonces no habrá y a nin ­
gún inconveniente! Ahora bien; ¿qué debe hacer el
predicador? ¿Cuál es su ineludible deber en estas cir­
cunstancias? Todos sus recursos, todos sus conatos,
todos sus esfuerzos debe acumularlos en derredor de
la conciencia, para confirmarla en sus buenos deseos,
ayudarla y excitarla, á fin de sacarla victoriosa, des­
truyendo por su base todas las sugestiones, falsos
pretestos y engañosos subterfugios de Satanás. So­
bre todo, no olvidéis esto: la cosa de suyo parece
difícil y espinosa, pero á vosotros toca daros buena
maña para tornarla fácil y hacedera, desvanecien­
do las ilusiones de la fantasía, y allanando esas
montañas de dificultades, que en estos casos crecen
y se agigantan por momentos ante las miradas del
alma, atónita y espantada.
Elegid, para predicar este sermón, un día de mu­
cha concurrencia, la cual os la habréis proporcio­
nado, anunciando previamente que tal día predica­
réis sobre una materia ¿a más interesante de todas.
Llegado que sea el momento, dejad á un lado todo
circunloquio y frase culta: no os paséis el tiempo en
recitar latines é hilvanar sutilezas, sino decid con
naturaHdad cosas claras, llanas, fáciles y sencillas,
entremezcladas con algunas anécdotas, llenas de
gracia y brío. Estad seguros, que os escucharán
como si pronunciarais oráculos.
E s muy bueno que vuestro discurso ó sermón
esté unido á las grandes verdades de la religión,
poco más ó menos de esta manera-, pero desenvol­
viendo más amplia y largamente estos conceptos:
(Q ueréis escapar de los horribles ju icio s de D ios?
iQ ueréis evitaros los horribles tormentos d el in fier­
no? P u es bien; no hay sino un sólo y único medio,
conviene á saber, una buena confesiónl..... Esta es
la única tabla de salvación, después d el naufragio
en e l pecado..... Aquí, y según el auditorio, se pue­
den añadir algunas consideraciones bien sentidas y
correctamente expresadas, acerca de la institución
divina del sacramento de la Penitencia. Desgracia-
ciadamente, no faltan comarcas donde se ha difun­
dido la blasfema calumnia de que esto de la confe­
sión es una invención de los curas. Refutadla con
energía, y demostrad perentoriamente que los cu­
ras ni han podido ni han querido inventar la confe­
sión. Sin embargo, no os detengáis demasiado en
este punto dogmático, porque, para la inmensa ma­
yoría, la dificultad no viene de la inteligencia, sino
que nace del corazón. Por tanto, volvamos sobre la
cuestión práctica. He dicho que, después del pecado.
la btiena confesión es el único medio de salvación
que tenemos; y nótese bien la palabra buena, por­
que, á lo que afirman los santos, son muchas, mu­
chísimas las malas confesiones que se hacen en to­
das las partes del mundo. Santa Teresa, que no
podía saber de ésto, sino por revelación divina, ha
dejado escrito ¡que un gran número de cristianos se
condenan á causa de sus malas confesiones!.....E vi­
dentemente, no es vuestro ánimo hacer una mala
confesión, que sea causa de vuestra condenación,
sino una buena, que os reconcilie con Dios 'y salve
vuestra alma..... Y no dejéis para la hora de la
muerte el cumplimiento de este importante deber;
porque la muerte puede sorprenderos, y os sorpren­
derá, quizá, como á tantos otros, á la hora en que
menos la esperéis. Por otra parte, nada es más fácil
que una buena confesión, como se quiera hacerla de
verdad. Porque ¿qué es lo que para ello se requie­
re? Dos cosas; conviene á saber: L a acusación de
todos los propios pecados mortales á un sacerdote, y
L a contrición sincera de haberlos cometido. Pres­
tadme toda vuestra atención, porque este sermón
ha de serviros durante toda vuestra vida, y, si vos­
otros lo queréis, habrá de seros más útil y venta­
joso que cien otros sermones, para conseguir vues­
tra eterna salvación.
I A n t e todo, es preciso confesar todos los pro­
pios pecados mortales. Basta, en efecto, confesar los
pecados mortales que tengáis á cargo de vuestra
conciencia. En cuanto á los veniales, podéis confe­
saros de ellos, pero no tenéis obligación, porque no
son materia necesaria de confesión. Las grandes
aguas de la gracia los arrastran en su majestuoso
curso, como esos ríos que atraviesan valles y cam-
pinas arrastrando en el suyo hojas, aristas y pajas.
Pero ¿qué se requiere para que un pecado sea mor­
tal.....? Tres condiciones; pleno conocimiento y per~
fecta y deliberada voluntad por nuestra parte, y ma­
teria g ra ve en la falta ó pecado.....No se puede co­
meter pecado, sin conocimiento, ni sin voluntad, es
decir, sin saber, ni sin querer: la tentación no es
pecado, como no se consienta en ella: y ningún pe­
cado, aunque deliberado, es grave, si el objeto de
la tras^^resión es materia leve. Tanto es esto así,
que robar, pongo por caso, cinco ó diez céntimos no
constituye pecado mortal; porque para ésto, en ma­
teria de justicia^ se requiere ordinariamente, que lo
robado exceda el valor de cinco, de diez y aún de
veinte pesetas, según la fortuna del perjudicado ó ro­
bado. (i) No obstante ésto, se puede ofender á Dios
gravemente con una simple palabra, que suene á
blasfemia^ si en ello se pone toda la advertencia y
voluntad requeridas. En cuanto á los pecados con­
tra el sexto precepto del Decálogo, no hay parvidad
de materia, todo es aquí materia grave: pensamien­
tos, deseos, acciones de cualquiera especie que sean,
son pecados mortales, si se han cometido con pleno
conocimiento y perfecta y deliberada voluntad. Por
esto dicen los Santos, que de cien condenados, no­
venta y nueve lo son por pecados contra el sexto
niandamiento.....Pecados son éstos, que matan, no
sólo las almas, sí que también los cuerpos..... pues­
to que los envilecen, enervan y envejecen antes de
tiempo. Estos pecados son también los que más se
callan en confesión, y de los cuales se ocultan las

(l) Véanse las explicaciones de Lehmkahl (Tom. i , d . 9 31) para los


casos particalares, qne, evidentemeate, no se puedsn resolver ea público.
circunstancias y que dan malicia particular á la culpa,
ó que, mudando de especie, hacen de un pecado,
más ó menos leve en sí, un pecado mortal.....Por
ejemplo: uno se acusa de haber pegado á un hom­
bre; pero no dice que este hombre ha sido su padre;
otro se confiesa de que ha robado una suma consi­
derable; pero no declara que este robo lo ha perpe­
trado en la iglesia, lo cual hace que la falta sea un
sacrilegio. Semejantes confesiones son incompletas,
y, por tanto, nulas.
He dicho, en efecto, que es preciso confesar to­
dos los pecados mortales. Si durante vuestra vida
habéis callado alguna vez un sólo pecado, aún
cuando lo hayáis callado en vuestra más tierna in­
fancia, todas vuestras posteriores confesiones han
sido defectuosas y malas, y, por consiguiente, estáis
en el deber de renovarlas..... Nótese bien, que no
hablo del caso en que esta omisión obedezca á un
olvido de tal ó cual pecado, cosa que aún á los San­
tos mismos ha podido y puede suceder. S i por olvi­
do habéis dejado de acusaros de algún pecado, aun­
que sea mortal, no por eso es defectuosa ni mala
vuestra confesión; en un caso así, sólo estáis obli­
gado á subsanar ó reparar vuestro olvido, en la
primera ocasión que de nuevo os acerquéis al Santo
Tribunal de la Penitencia.
Pero no es lo mismo tratándose de los que, por
una falsa vergüenza, callan sus pecados en confe­
sión. ¡Ah! estos desgraciados ignoran, seguramente,
que esto les hace culpables del más horrendo cri­
men que puede cometerse; porque, después de ha­
berse confesado mal, van á recibir en comunión sa­
crilegamente el cuerpo y la sangre de nuestro Di­
vino Redentor, renovando así el pecado de Judas,
que acabó por desesperarse, suicidarse y precipi ­
tarse en el infierno!..... ¡Estos infelices se dicen á sí
mismos: cY a me ha absuelto el confesor!.... > Sí, es
verdad que el confesor os ha dado la absolución;
pero, al otorgárosla, ignoraba de vuestras disposi­
ciones y no sabía lo que habíais hecho. Por tanto,
habéis engañado al confesor; pero ¿habéis podido
engañar igualmente á Dios, que lo ve todo y lo
sabe todo? ¡Ciertamente que no!..... E l ministro de
Dios os ha dado la absolución, y, al mismo tiempo,
Dios, á quien no es posible engañar, lanzaba so­
bre vosotros sus más terribles maldiciones. jAy!
mis queridos hermanos, perdonadme; que si os ha­
blo de esta suerte, es porque sé que muchos, mu­
chísimos, harto demasiados, calían, como aseguran
los Santos, sus pecados mortales en confesión. A ca­
so á alguno de vosotros también ha acaecido esta
desgracia. ¡Oh! amigo querido, tú eras joven y tu­
viste miedo de darte á conocer; y, desde aquel mo­
mento, no has podido ni podrás haber paz con tu
conciencia; desde ahora eres una víctima de! demo­
nio, que, sin duda, te aconseja y persuade perma­
nezcas en ese estado hasta la hora de la muerte,
como si supieras ó estuviese en tu arbitrio saber
cuándo llegará esta hora suprema para tí. Cree-
me, y acepta y echa mano del único medio que pue­
de sacarte de ese estado y conducirte á la salvación:
este medio es una confesión general.
¡Oh! la confesión general de toda la vida, á par­
tir de vuestra primera infancia, desde los años que
caen al otro lado de vuestra Primera Comunión, es
un gran bien para todos, aún para los que no han
callado jamás pecado alguno en confesión. Puede que
en todo ese tiempo hayan adolecido sus confesiones
de alguna imperfección ó defecto, en punto á dolor y
contrición, y, con este medio, pueden repararse per­
fectamente. Por eso ha sido universalmente recomen­
dada por ios más grandes santos la confesión ge­
neral. San Bernardo solía iiamarla un segundo bau­
tismo^ que, como el primero, purifica el alma. San
Ignacio de Loyola, en vista de sus grandes venta­
jas, la aconsejaba aún á los que no la habían me­
nester, y San Francisco de Sales proclamaba <que
era cosa tan buena, que ningún hombre de honor
debía morir sin haberla realizado. >
A vuestra vez, no os olvidéis jamás de proclamar
altamente que la confesión general es buena para
todos, porque es una seguridad más, aún para los
que no han en su conciencia ni graves inquietudes
ni hondas perturbaciones. De otra suerte, todos
huirían de ella por temor á que alguien sospeche
han callado pecados graves en confesión. Allá, enei
confesonario, veréis después lo que habéis de hacer
en tal ó cual caso particular. Por lo demás, aquí ha­
blamos principalmente para en tiempo de Misiones y
de Ejercicios Espirituales; y , en estas circunstancias,
es bueno invitar al más crecido número posible
á que haga confesión general, si no precisamente de
toda la vida, por lo menos de una buena parte de
ella. H é aquí ei consejo que, á este propósito, da un
obrero prudente y experimentado, el P. Mach. «Pro­
curen todos (los confesores) que el penitente haga con­
fesión generaly á no ser que fuese escrupuloso ó ia
hubiese hecho ya en otras ocasiones. Casi puede darse
por perdida la Misión para aquellos que se conten­
ten con hacer en ella una confesión ordinaria.» (i)

(i) P. Mach.— Tesoro del Sacerdote. Ultima part«, pág. 832.


Pero volvamos á nuestro sermón.
«Alguien dirá, tal vez, que esto es imposible,
puesto que para hacer una confesión general de
todos los pecados de vuestra vida, os sería preciso
emplear en ella un buen número de días. ¡Error!.....
Nada hay que sea más fácil. El cura de A rs consi­
guió que sus penitentes hicieran sus confesiones de
toda una larga vida de setenta y aún de ochenta
años, en cinco minutos. Sin duda que él disponía de
medios y luces especiales; pero tened entendido que
un hombre de cien años, aún suponiendo que fuese
el más grande pecador del mundo, podría hacer su
confesión en diez ó quince minutos y, tal vez, en
menos tiempo, y todo de una sola vez. Por lo de­
más, si así io preferís, se os preguntará, y vosotros
no tendréis que hacer sino responder S í ó N o . Este
es un procedimiento simplicísimo, puesto que
el confesor conoce todo lo que vosotros habéis po­
dido cometer y aún bastante más. Pero guardaos de
engañarle.... El confesor, y notadlo bien de una
vez para siempre, mis queridos hermanos, el confe­
sor, en el santo Tribunal de la Penitencia, es el re­
presentante de Jesucristo, no ciertamente para ejer­
cer un ministerio de justicia y de rigor, sino un mi­
nisterio de misericordia y de bondad.
E s igualmente cierto que debéis declarar el nú­
mero exacto de vuestros pecados mortales; de suer­
te que, si estando ciertos de que tal ó cual pecado
lo habéis cometido seis veces, os acusáis de que lo
habéis cometido sólo cinco veces, cometéis un sacri-
puesto que en esta reducción ó disminución
habéis ocultado un pecado mortal. E s verdad que
muchas veces, después de haber hecho como con­
viene vuestro examen de conciencia, no podréis ha­
llar el número exacto de vuestras culpas; pero esto
se remedia fácilmente, procediendo, no ya por nú­
meros, sino por medida, es decir, contando, poco
más ó menos, las veces que al día, á la semana ó al
año, según las diferentes épocas de vuestra vida,
hayáis incurrido en cierto y determinado pecado;
diciendo, por ejemplo, que habéis blasfemado sesen­
ta ú ochenta veces al día, unas veces más, otras ve­
ces menos; que habéis proferido palabras indecen­
tes, treinta ó cuarenta veces al día, y así de lo de­
más. (Es bueno ex a g era r aquí la cifra, teniendo en
cuenta la condición y calidad de los oyentes, á fin
de inspirarles confianza). Y no os cause maravilla
este modo de contar, pues es el más exacto posible,
¿Quién de vosotros, teniendo que comprar ó vender
trigo ú otro cereal cualquiera, se pondría á contar
los granos? Ninguno; porque en estos casos no se
procede por vía de números, sino de medida. Así,
en vuestra transacción, os limitaríais á medir el tri­
go por hectolitros. Pues bien; si os parece mejor, lo
propio haremos también nosotros en la confesión.
No obstante esto, ya yo sé que todavía se os
ofrecen ulteriores dificultades. Las conozco perfec­
tamente, y os lo voy á demostrar.— A nte todo, os
causa una cierta repugnancia, no queréis ni os atre­
véis á hacer vuestra confesión á un cura..... ¡á un
hombre como vosotros! Pero tened entendido, que
este hombre conoce perfectamente todo lo que vos­
otros habéis podido hacer, y aún algo más. Tiene
consumada experiencia de todas las miserias hu­
manas, y ni vosotros, ni nadie, podrá decirle cosa
que le coja de nuevas ni le sorprenda. Y á mayor
abundamiento ¿no está acaso convencido de que
muchos infelices pecadores no se atreven á confesar,
de largos años, sus más graves pecados, por un no
sé qué de temor y de vergüenza? Y después de
todo, si habéis osado cometer el mal delante de
Dios, que está en todas partes, ¿por qué habréis de
amedrentaros para acusaros de él á su ministro?.....
E l sacerdote ocupa allí, en el confesonario, el lu­
gar de Nuestro Señor Jesucristo..... Podéis estar
bien seguros, que no pensará más, ni poco ni mu­
cho, en vuestro pecado, una vez que se lo hayáis con­
fesado..... Habéis dicho que el confesor es un hom­
bre como vosotros, y habéis dicho la verdad-, pero
precisamente por eso, porque es hombre como vos­
otros, comprenderá mejor todas vuestras miserias.
Por otra parte, el confesor, á más de ser hombre
como vosotros, es en el Tribunal de la Penitencia,
representante de Dios, para perdonaros y salvaros.
P ero , diréis, ¡puede que me rín a l No digáis eso.
Por graves que sean las culpas y pecados que se
los confeséis, será siempre compasivo con vosotros,
y os otorgará gustosísimo el perdón que con humil­
dad se lo pedís.— Hay más: cuanto más graves sean
ios pecados, cuanto más numeroso sean los delitos
de que os acuséis, una vez arrepentidos de ellos,
tanto en mejor concepto y mayor estima os tendrá
el confesor. No por otra razón San Francisco de S a ­
les mezclaba en uno sus lágrimas de alegría con
las lágrimas de contrición con que hacían sus con­
fesiones los grandes pecadores que acudían á él.
L a verdad que diga, no osaría yo afirmar cuál de
los dos es más feliz, si el penitente que aligera su
conciencia del peso que la oprimía, ó el confesor
que siente el consuelo de haberlo reconciliado con
Dios. Además, tened presente que Dios os deja
en la más ampHa libertad de confesaros con el con-
fesor que más os acomode y sea más de vuestro
gusto. Usad, por tanto, valerosamente de esta liber­
tad, que es la libertad de los hijos de Dios.
Pero en el mundo no falta quien diga: ¡los curas
revelan lo que oyen en confesión! ¡No! mil veces no;
eso jamás! Estad bien seguros, que en ningún caso,
absolutamente en ninguno, puede repetir el confe­
sor lo que ha oído en el sagrado de la confesión á
esta ó á la otra persona..... E l confesor está dis­
puesto siempre á dar su sangre y su vida, antes
que traicionar el severo é inviolable secreto que
le ha sido confiado.
Los hechos demuestran la verdad de esta ase­
veración.
(Cítese aquí algún ejemplo sensacional, y termí­
nese con una calurosa peroración, exhortándoles á
arrojarse confiadamente en brazos de la infinita mi­
sericordia de Dios, que siempre acoge con ternura
los corazones humildes y arrepentidos, según aquello
del salmista: cor contritum et kum iliatum D eus non
despides. (Ps. L . 19.)
No basta acusarse de todos los propios pecados
mortales, es preciso tener también contrición de
ellos, es decir, dolor sincero de haberlos come­
tido y propósito firme de no volver á cometerlos
más. Notadlo bien: no basta confesar todas las cul­
pas y pecados y rezar, como murmurando y sólo
con los labios, el acto de contrición, para recibir
del sacerdote la absolución; es preciso, además, que
os arrepintáis sinceramente de haber ofendido á
Dios, y que os resolváis, con firme resolución, á
nunca más cometer pecado mortal. Y si vuestras
confesiones, en lo pasado, no han tenido esta con­
trición, por este sólo defecto, son nulas y estáis en
el deber de volver sobre ellas y de renovarlas.—Pero
es necesario no exagerar, porque muy bien puede
haber sucedido, que en vuestras confesiones pasa­
das hayáis tenido este firme propósito y que á pe­
sar de vuestras buenas resoluciones y por efecto
de la flaqueza y debilidad humanas, hayáis incurri­
do nuevamente en los mismos pecados que antes.
Si esto os ha acaecido, vuestra confesión ha sido á
todas luces excelente. De otro modo, os sería pre­
ciso confesar de nuevo vuestros pecados y haber de
ello un firme propósito de enmienda.
L a contrición es aún más necesaria que la con­
fesión misma; porque en casos de imposibilidad,
puede recuperarse la gracia de Dios, por medio de
una contrición perfecta, aún sin confesarse, como
se tenga ánimo y deseo de hacerla. Pero jamás per­
dona Dios al que no se arrepiente..... Y no puede
ser de otra manera; porque, si el pecador es contu­
maz, y se obstina en su pecado, y no quiere abando­
narlo, es imposible que Nuestro Señor se lo perdone.
L a Iglesia católica enseña que la contrición debe
ser supereminente y soberana, en el sentido de que
estemos dispuestos á sufrir todos los males, antes
que cometer un sólo pecado mortal. Sin embargo,
no es prudente os pongáis á torturar la fantasía,
imaginándoos toda suerte de suposiciones inútiles
y descabelladas, llevadas á efecto en medio de cir­
cunstancias extraordinarias, como los sufrimientos
de un doloroso y prolongado martirio, para el cual,
dicho sea de paso, no os faltaría seguramente la
gracia de Dios. Tampoco debéis inquietaros, ni ha­
cer escrúpulo, porque entendáis os sentiríais más
afectados por la pérdida de vuestro padre ó madre,
<íue por haber ofendido á Dios. Después de todo,
esto es muy natural. Vosotros lloraríais la muerte
de vuestros padres y aún ia de cualquiera de vues­
tros allegados ó parientes, y, no obstante, no llo­
ráis vuestros pecados. ¿Y sabéis por qué? Porque el
que sentís por vuestros deudos y parientes, es un
dolor natural, sensible, dolor de la carne y de la san­
gre, que Dios no os lo exige; sino que se contenta
y da por satisfecho con el dolor espiritual del cora­
zón, y con la detestación del pecado por parte de
la voluntad.....!
Igualmente es preciso, que vuestra contrición sea
sobrenatural..... El condenado á muerte que llora
ante la infamia del suplicio, tiene un dolor natural,
que de suyo es bueno; pero no suficiente pára apla­
car la justicia de Dios.— ¡Ah! pensad que por vues­
tros pecados habéis merecido el infierno, y que ha­
béis perdido el paraíso junto con los derechos que
teníais á una bienaventuranza eterna.....! ¿Que­
rréis acaso ir á aquella horrible casa del dolor, del
llanto y de la desesperación? ¿No preferiréis hacer
vuestra entrada en aquel otro paraíso de delicias,
donde Dios se da en premio á los que le am an ....?
Y si esto no basta, mirad á }esucristo pendiente de
la Cruz. ¡El os ha amado más que vuestro padre
y vuestra madre.....! ¿Y no tendréis vosotros una
lágrima en vuestros ojos y un gemido en vues­
tro corazón, para aquel Divino Maestro que, mo­
mentos antes de expirar por vosotros, os pidió
vuestro arrepentimiento y vuestra alma, diciendo:
Sitio : Tengo sed de vuestra salvación? ¿No le di­
réis, á vuestra vez, con el buen ladrón: ¡Padre, te­
ned piedad de mí! ¡Tened piedad de un pobre peca­
dor, que os ha ofendido, vos que sois el más tierno
de los padres y el mejor de los amigos!!! Invocad,
por tanto, llamad en vuestra ayuda á María Santí­
sima, á quien no en vano llama la Iglesia: Refugio
de ¿os pecadores.
L a contrición debe ser también universa¿y es de­
cir, debe extenderse á todos vuestros pecados,
sin exceptuar ninguno, detestándolos de todo cora­
zón y proponiéndoos no cometerlos más.— T al vez,
pudierais tener alguna reparación que hacer, sobre
todo, si hubiereis cometido alguna estafa ó hecho
algún agravio ó notable injusticia á vuestro próji­
mo. En este caso, es cosa llana y fuera de toda con­
troversia, que no basta confesarse del pecado y aún
arrepentirse de él, sino que es necesario restitu ir.....
tan luego como se pueda.
(¿Preferirías acaso poner en grave peligro y riesgo
de una eterna condenación vuestra alma, por un
mezquino interés de 20 ó 30 pesetas, ó por cual­
quier otra cosa mal adquirida, cuando es indudable
que todo tendremos que abandonarlo á la hora de
nuestra muerte? Sin embargo, cuando no pliede res­
tituirse todo de una vez, es permitido hacerlo en va­
rias, y sin darse á conocer, ni exponerse á peligro
de perder la fama.....Aún más; cuando uno se halla
en la disyuntiva ó alternativa de ó quedarse en la
calle ó restituir, no hay ley que le obligue á esto
último, hasta que cambie el estado actual de sus
cosas y mejoren sus negocios.....E x p iic a d todas es~
tas cosas á vuestro confesory que é l a rreg ia rá ¿as
de vuestra conciencia d el m ejor modo posible., de
suerte que quedéis en p az y en g ra cia de D ios.
Nunca estará de más esta última explicación, por
SI hubiese alguien que, teniendo algo de ésto á car-
§^0 de su conciencia, estuviese resuelto á no confe­
sarse más, ó á confesarse con culpables omisiones,
por entender era obligado á la restitución, aún á
riesgo de quedarse en la miseria. Unas pocas pala­
bras bien dichas, respecto á ésto, le iluminarán la
inteligencia y, por ventura, le decidirán á purificar
su conciencia.
Cuidad de referir en este sermón algunos terro­
ríficos ejemplos de almas que se han condenado por
haber callado pecados en confesión. San Alfonso
M. de Ligorio y San Leonardo de Porto-Mauricio
traen algunos. Según las circunstancias é índole y
condición del auditorio, desenvolveréis más ó me­
nos difusamente los pensamientos contenidos en el
precedente plan; pero procurando ser siempre, ante
todo y sobre todo, claros, llanos é incisivos. L as
frecuentes alusiones que habéis de hacer al estado
interior del f>ecador, serán como dardos que hieran
y ahonden en llaga viva. Y no os parezca inopor­
tuno, volver una y otra vez sobre el mismo tema ó
argumento; porque de nada menos se trata aquí que
de la sálvación de estas pobres almas. Inspirarles
confianza y alentadlas cuanto os sea posible, repi­
tiéndoles que vosotros las ayudaréis é interrogaréis
en todo; de suerte que no tendrán que hacer otra
cosa que responder á vuestras preguntas con un s í
ó con un no. Concluid vuestro sermón con algunas
tiernas y conmovedoras frases, que recuerden la in­
finita misericordia de Dios, cuya grandeza es tal,
que de ella nunca podremos formarnos una idea
demasiado exacta. Tampoco os olvidéis de invocar
al Sagrado Corazón de Jesús en esta interesante pe­
roración, porque E l dará á vuestras palabras luz, que
ilumine las inteligencias, y fuerza que conmueva y
convierta los corazones más rebeldes y obstinados.
Bien se nos alcanza que, al leer estos tan simples
y triviales pensamientos, más de un joven sacerdote
se sentirá tentado á dudar de su eficacia.....; pero
que los ponga en práctica como conviene, esto es,
con el orden, cuidado y valentía que de suyo piden,
y siquiera no eche mano de frases de relumbrón ni
se valga del inútil cataclismo de palabras hueras,
los resultados que obtenga le convencerán, como
nos ha convencido á nosotros nuestra propia expe­
riencia. En este punto, también nosotros hemos
sido incrédulos, y sólo la evidencia de ¿os hechos
ha podido convencernos.
El venerable religioso que nos ha inspirado el
pensamiento del presente trabajo, contaba que en
una ocasión fué invitado á dar una Misión en una
ciudad, en donde residían muchos funcionarios pú­
blicos, tales como jueces, militares y otros pérsona-
jes de cuenta. Varios de los más elocuentes y repu­
tados predicadores habían pasado por allí, pero sin
obtener más que un éxito harto mediano: todo se
había reducido á cinco ó seis hombres que se ha­
bían confesado, y aún éstos en calidad de Nicodc'-
musy puesto que se valieron de todos los medios
imaginables para acercarse furtivamente y á hurta­
dillas á la Comunión. Nuestro misionero, en vista
de aquel triste y deplorable estado de cosas, mani­
festó á un sacerdote del lugar su íntima convicción
de que semejante indiferencia, abstención y aleja-
niiento, no podía ser, á su entender, sino efecto del
fa¿so ruboTy y que, por tanto, urgía irle á la mano
con el remedio. <No lo entendéis bien, no habéis
dado con la verdadera causa, replicó vivamente y
un tanto ofendido el bendito sacerdote; ha largos
anos que conozco este pueblo, y puedo aseguraros
que aquí nadie calla pecados en confesión.»
Por el momento nada podía responderse á ésto;
pero el Misionero, tomando rápidamente su parti­
do, invitó á su interlocutor á un paseo por la ciu­
dad. Seguidamente, ambos á dos se metieron por
aquellas calles, y á cuantos á su paso hallaron, ro­
garon se viniesen al sermón aquella noche, pues
que había de tratarse en él una materia interesan­
tísima. Llegada que fué la hora, la Iglesia se llenó
de hombres. E l Misionero hizo su sermón sobre la
confesión, y, al terminar, añadió con una ligera
sonrisa en los labios:
<He traído conmigo dos grandes sacos de con­
fites, y me holgaría mucho de poder distribuirlos
todos entre los que vengan á confeserse: por cada
pecadillo que se me confiese, regalaré un bombon-
cillo; pero cuando se me acusen de algún pecado
gordo, tiraré del segundo saco, que es más grande,
y sacaré de él un bombón gordo.....»
Excusado es decir que esta inocente treta alegró
los semblantes y tranquilizó á todos. Sin embargo,
después del sermón, el cura que había acompañado
por la mañana al Misionero, no pudo contenerse sin
manifestar que había sido llamado á engaño, y que
en su vida había sufrido una más grande y dolo-
rosa decepción.....Se había anunciado un gran ser­
món y, no obstante, el Misionero se había limitado
á dar una simple lección de catecismo. Apenas se
había conseguido quedase por entonces nadie á
confesarse. <Verdaderamente—exclamaba nuestro
buen cura— que no valía la pena de invitar al pú­
blico, para una tan ruin y menguada cosa.>
Pero, en realidad, ¿qué sucedió? Sucedió que la
mañana siguiente la Iglesia estaba colmada de
gente, principalmente de hombres, que deseaban ha­
cer su confesión general. ¡Queremos— decían— que
el Misionero nos dé bombones gordos.....! E l resul­
tado fué, que se hicieron «mil trescientas» confe­
siones generales de hombres^ y se trasformò el pue­
blo. El buen sacerdote, que se había visto precisa­
do á ayudar al Misionero en oir confesiones, para
ver de acabar con aquel extraordinario concurso
de penitentes, exclamaba todo alborozado y conso­
lado, que aquella circunstancia providencial le en­
señaba que, efectivamente, son muchos los que ca­
llan sus pecados en confesión. Lo había dudado al­
guna vez; pero no se atrevía á preguntar acerca de
ciertos y determinados pecados; mas al fin se con­
venció, como quien toca la realidad con las manos,
de que, respecto á ciertas materias, muchos no se
confiesan nunca, si no les pregunta el confesor.....
Resultado ó conclusión que no debe olvidarse: una
simple lección de catecismo sobre la confesión, pro­
dujo más y mejores frutos, que muchos elocuentes
y gallardos sermones, predicados por eminentes y
campanudos oradores.
En punto á sincera contrición y firme propósito,
queda por hacer una muy importante observación,
y este parece el lugar más indicado y mejor para
desenvolverla cual conviene. Será útil y provechosa,
aunque casi exclusivamente para el confesionario,
porque es evidente, que, fuera de los casos en que se
tenga un auditorio «especial» de hombres, es gran­
de imprudencia hablar de ello largamente en el
pulpito. En otro caso, bastará hacer una ligera alu­
sión. Hé aquí de lo que se trata. Dicen los grandes
Maestros que á menudo es difícil excitar «directa-
niente» entre ciertos hombres apasionados, parti­
cularmente jóvenes, una contrición sobrenatural
suficiente, sobre todo en punto á pecados de des­
honestidad é impureza.
Todos los confesores un tanto experimentados
saben perfectamente que ésta es una de las más
grandes miserias de la humanidad, y la puerta más
ancha del infierno. Y lo peor es, que apenas se ob­
tiene, después de una confesión de suyo tan difícil,
una ligera enmienda; por lo que, con harta razón y
fundamento, puede uno dudar de la firmeza de sus
propósitos. Ahora bien; ¿qué hacer en estos casos,
por desgracia demasiado frecuentes? Es preciso, á
toda costa, antes de absolverlos, hacer que brote
de sus almas de cieno la centella del temor de Dios,
que es rigurosamente necesaria. Pero ¿qué hacer, si
ni aún el pensamiento de los temerosos juicios de
Dios hace mella en ellos? Entonces, no queda otro
arbitrio que el de amedrentarlos, poniéndoles de
manifiesto las consecuencias naturales del pecado.
Por este medio, se conseguirá tal vez conmover un
tanto su corazón, y así, aprovechando hábilmen­
te esta coyuntura, se podrá acaso inspirarles senti-
timientos de un orden más elevado.
Por tanto, representad vivamente al joven liber­
tino, que por un infame placer que sólo dura algu­
nos instantes, mata á la vez su alma y su cuerpo.
Decidle, y si es posible con palabras de fuego, que
la ciencia médica ha demostrado que miles y miles
de jóvenes son agostados y marchitos por este vi­
cio en la flor de su edad, envilecidos, deshonrados,
envejecidos antes de tiempo y precipitados prema­
turamente en la tumba, que ellos mismos se han
abierto bajo sus f^antas!.... Decidle que si no se da
prisa en corregirse de sus viciosas costumbres, no
tardará en en ser él también víctima de la muerte,
Ó más bien de su propio pecado, como sea verdad
que el pecado aguijonea á la muerte, mensajera de
las eternas justicias, para que llegue con la mayor
premura, ^Stimulusmortispecatunf» (I Cor. X V , 56).
Pues qué ¿no sabe que la muerte está con el brazo
alzado para herirle?.... Apelad á su propia expe­
riencia. ¿Acaso no siente ya los primeros y funestos
asaltos del mal?.....¿Acaso no ha experimentado ya
ciertos extraños dolores de espalda y pecho?... ¡Pues
que mire bien lo que se hace; que señales son éstas,
no sólo de que la muerte le va á los alcances, sino
de que le ha tocado ya con su terrible guadaña!,.,.
¡Querer acabar de esta manera, es buscar la ver­
güenza con todas sus ignominias, en esta vida, y
el infierno con todos sus tormentos, en la otra!.....
|Ah! es llegada ya la hora de dar de mano para
siempre al pecado y á sus ocasiones, y de pelear
contra sus tentaciones con las armas de la oración
y de la frecuencia de los Sacramentos!.,.. Tan luego
como le veáis conmovido, insinuadle los motivos
sobrenaturales, que serán entonces mejor aceptados
y habréis conseguido el deseado objeto.
El venerable Misionero, de quien repetidas veces
hemos hablado, asegura que con este procedimien­
to curaba él, desde la primera vez el cincuenta por
ciento de los jóvenes, cuyas confesiones generales
oía, imponiéndoles la condición de que se confe­
sasen todas las semanas. Los otros cincuenta dis-
mmuían desde luego considerablemente el número
de sus culpas, y concluían por corregirse poco á
poco^/romo perseverasen frecuentando los Sacra-
nientos.
Estos resultados son á todas luces magníficos; y
Siquiera no se obtuvieran siempre los mismos, no
por eso dejaría de ser este método un precioso
recurso en bien de casos casi desesperados. Ade­
más, este método tiene en su pro y favor la san­
ción de los Santos. Escuchemos lo que el Após­
tol de las Indias, San Francisco Javier, escribía al
P. Barzée.
«Tai vez se os presentarán al santo Tribunal,
hombres encadenados con vergonzosos amores, ó
cargados de bienes mal adquiridos.....de quienes no
podréis conseguir renuncien á estos amores y vi­
ciosas aficiones, ó al fruto de sus rapiñas, ni por el
amor y el respeto á Dios, que del todo los han per­
dido, ni por el temor á la muerte y al infierno, que
los deja indiferentes. Entonces, ya no queda sino
un medio para aterrarlos: la amenaza con los males
de esta vida, que son los únicos que ellos temen.
Por tanto, anunciad á esta clase de gente, que si no
se dan prisa en aplacar la ira de Dios, serán aplas­
tados bajo el peso de todos los males: reveses de
fortuna, naufragios, pleitos, procesos..... enferm e-
dades incurables^ acompañadas del deshonor y de
la vergüenza en uno con la más profunda miseria;
cosas todas que alcanzarán inevitablemente aún á
sus hijos y posteridad. Pues qué ¿no han visto ellos
mismos llover todos estos males sobre tal ó cual
sujeto, á quien harto conocían, y que, tal vez, no
habían á cargo de su conciencia cosas tan enormes?
Es que de Dios nadie se mofa impunemente, y sus
castigos son tanto más ciertos y terribles, cuanto
más tardan en llegar y su paciencia ha sido más
larga. A sí conmovidos y espantados con la pers­
pectiva de tamañas desgracias, estos hombres se
harán fácilmente accesibles á un primer sentimiento
de temor de Dios, el cual, después de su funesta
ceguera, será para ellos el principio de la sabidu­
ría. > (i)
El P. Segneri indica también en primer lugar,
entre otras muchas consideraciones de que pudiera
echarse mano para corregir el hábito ó costumbre
de cometer pecados de impureza, ésta de que ve­
nimos hablando.
«Contra la fornicación se ha de considerar: que
si todo el que peca es enemigo de su alma, según
aquello de Q ui fa ciu n t peccatum hostes sunt ani~
mcu suae>, (Job. xiii, lo) bien puede decirse que el
fornicador, el hombre dado á pecados de impureza,
es también enemigo de su cuerpo; porque con lo
que cree procurarle placer, en realidad lo asesina,
sujetándolo á tantas enfermedades asquerosas y
abominables, como son las con que Dios castiga sin
cesar este vicio. Omne peccatum, quodcumque fece-
^it homo, extra corpu^ est; q u i autem fo rn ica tu r,
in Corpus suum peccat. (i. Cor. vii, i8 ) (2)
Entendemos que estas citas, que fácilmente pu­
diéramos multiplicar, bastarán para autorizar y
recomendar este procedimiento, que tan maravillo­
samente conduce al pecador, de lo natural á lo so­
bre natural. Por otra parte, ¿no es este procedi­
miento la aplicación del principio de aquel célebre
director de almas, que indicaba como eficasísimo
medio de persuación: «entrar por la puerta de los
otros para hacerles salir por la nuestra?
Antes de terminar este artículo, digamos algo
acerca de los confesonarios. L a cuestión está bien
(1) San Fraacisco Javier.— Carta al P . Gaspar BarMÍe.'E.áic. Lat.
olonia, tomo ii, Ub. iii, epist. vii, n. 33 .
(2) P. Pablo Segneri.— E l Confesor instrtUdo, cap. xii. Obras, tomo 11,
parte II, p4g. ,^ 2.
lejos de ser indiferente, ni ociosa, tratándose de
los preservativos contra el falso rubor; antes por
el contrario, es de suma importancia é interés. E s
bien sabido, que el R itim l Rom ano tiene sabiamen­
te determinado: <Que los confesonarios se coloquen
en la Iglesia, en lugar visible, descubierto y cómodo.
E l sacerdote debe estar allí separado del penitente
mediante una rejilla ó plancha agujereada.» (i).
Los mejores autores, como de H erd t (Pars 6 ,
núm. 12 , II) y Craisson (núm 3 9 10 ), observan á
propósito de esta última prescripción <que conven­
dría que el confesor estuviese completamente se­
parado del penitente.» A más de las razones de
prudencia que hay para ello, entendemos que esto
proporcionaría una inmensa ventaja, porque el que
se confesara no descubriría al sacerdote, ni éste
vería á aquél, lo cual inspiraría al penitente mayor
confianza y alientos para declarar sin encogimien­
to sus pecados vergonzosos.
A sí nos aproximaríamos, en lo posible, á ese
ideal del confesor ciego, que algunos, por no decir
muchos, holgaran tanto de hallar. Y ¿por qué no he­
mos de tomar todas las medidas capaces de favo­
recer la libertad de las almas, de la cual depende
muchas veces su mejoramiento y salvación? Tanto
con más razón debemos valernos de estos medios,
cuanto con ellos obraríamos más en conformidad
con el espíritu de la Iglesia.
Y en efecto, en Roma los confesonarios son,
por lo común, grandes y bien hechos. L a rejilla
de nuestros confesonarios es en ellos una plancha
de metal, sembrada de menudos agujeros, que no

( 1) Rituale Koax— Ordo m inisír. Sacram. Poeoitentiae.


permiten que el confesor descubra al penitente.
Por razón de la disposición interior y exterior del
local, no hay riesgo de que las personas que rodean
el santo Tribunal, oigan á los que se confiesan. L o
cual, si bien se observa, es un punto de mucha im­
portancia, porque es cosa bien averiguada, que na­
da torna más difícil una confesión, que el temor
de ser escuchado por otro que no sea el confesor; y
esto acaece con frecuencia, cuando los confesona­
rios son estrechos, de construcción ligera y están
mal acomodados. Pero lo peor son esas reiilías poco
espesas y tupidas, p>or cuyos vanos ó huecos se po­
dría pasar sin mucha dificultad la mano. Como se
ve, esto, sobre ser un abuso, constituye un peligro;
y cuando no fuera otra cosa, siempre sería perju­
dicial á la sinceridad.
En Inglaterra hemos visto unos confesonarios,
que, bajo todos los aspectos, nos han parecido los
mejores: son á un mismo tiempo cómodos para el
confesor, que puede estar en ellos muy á su sabor,
y ventajosos para el penitente, que ni puede ser
visto por el confesor, ni oído por los que rodean
el confesonario. Ordinariamente, están formados de
dos pequeñas estancias ó compartimentos, separa­
dos entre sí por un muro que, por lo común, es el
de la sacristía. En el muro hay una ventana, pro­
vista de una reja metálica bastante espesa, que
deja oir todo, sin que sea posible ver nada. E l pe­
nitente, entrando en el compartimento que le per­
tenece, cierra detrás de sí la puerta, de modo que
los que están fuera no pueden oir nada absoluta­
mente. Por lo general, también el confesor entra
^ su estancia ó compartimento por una puerta que
dá á la sacristía, y así no ve ni aún á los que están
esperando para confesarse. ¿No es esta una cosa
muy bien concebida y práctica?
El buen San Francisco de Sales, cuya autoridad
nos es tan preciosa y estimada, trazó para el Mo­
nasterio de Puits-d‘ Orbe un modelo ó tipo de con­
fesonarios, que se parece mucho á estos de sistema
inglés. «Sería necesario, dice, que hubiese aquí un
confesonario en cualquier lugar visible, detrás del
coro, ó en el coro mismo, y que el tal confesonario
se construyese de modo que el confesor no viese las
señoras que se confiesan con él, ni éstas á él, por
varias razones.....Como también parece más útil y
conveniente, que el confesonario se acomode de
suerte, que, para confesarse, las señoras se coloquen
por la parte de fuera del coro y el confesor esté
por la de dentro; cosa que puede hacerse muy bien,
y se hace, en efecto, en los monasterios bien orde­
nados.» (i)
Bien se me alcanza, que aquí se trata de una dis­
posición peculiar á las religiosas, y que no se puede
imponer á los demás. Pero parece que lo que es
«necesario» y «más útil y conveniente» para estas
«señoras» del claustro, no parecerá inútil para tan­
tos otros penitentes de ambos sexos; y esto tam­
bién «por varias razones.» (2).

(1) S. Francisco de Sales.— Orden establecido en el monasterio de Puits


d'orbe. Edic. Biaise, 18 2 1. Opns: pág. 424.
(2) E l propio S. Francisco de Sales, queriendo reconaendar elnaevo
orden de la Visitación al Card. Bellarmino, aduce nna consideracido
que viene perfectamente á nuestro propósito.— La tercera especie de de­
beres (que cumplen las de la Visitación) escribe, se refiere no solamen*
te á las viudas que tienen seria y verdadera intención de renunciar al
siglo, sino también á las mujeres casadas, que deseosas de entablar nna
nueva vida en Jesucristo y hacer una confesión genera!, después de alga*
Por lo menos, obsérvense exactamente las reglas
del Ritualy procurando acudir lo más largamente
que sea posible á la libertad, ó si se quiere á la de­
bilidad humana. Sedes patentiy conspicuo et apto
¿oco posita, crate p erfo ra ta inter poenitentem et sa -
cerdotem sit instructa. Un velo oscuro, colocado
detrás de la rejilla, es ya un progreso, que se va
introduciendo y que nunca será demasiadamente
recomendado. Permítasenos transcribir aquí aún
este otro texto litúrgico, que lo hallamos en el mis­
mo lugar del R itu a l.
Poenitens peccata sua exinde confiteatur, a d j u -
V A N i E quotiescumque opus fu e r it sacerdote, q u i con-'
fitentem non reprehendet, n is i fin ita confessione;
ñeque interpellabit, n is i opus fu e r it a liqu id me-
ltí4s intelligere: proinde fiduciam eip ra eb eat et hu-
mclmter suggérât^ ut omnia peccata sua rite et in­
tegre confiteatur; r e m o t a s t u l t a i l l a q u o r u m d a m
V ERECU N D IA , qua praepediti, suadente diabolo, pecca-
ta confiteri non audent. (i)
Como se ve, la Iglesia no niega el mal, antes
nos días de ejercicios espirituales, tienen necesidad de retirarse í algiin
lug-ar apartado de las inquietudes y cuidados del siglo.
Es hecho cierto, que d o se pueden ponderar dignamente los abun*
dantes frutos que produce esta santa hospitalidad. Porque con este me­
dio no si5lo se provee á la quietud de estas personas, sí que también se
remedia ¡a vergüetaa que tienen de darse á conocer, vergUenta bastante
común en las personas de su sexo: así se ponen á salvo el honor y el pu­
dor. Para este fin se les manda ir á una pequeña ventana, provista de una
celosía de hierro, hecha de intento para la confesión de las Hermanas;
y donde estas forasteras pueden confesarse sin ver, ni ser vistas de na­
die; y después de haber recibido allí las saludables advertencias é ins­
trucciones que les convienen, se retiran á meditarlas en compañía de al­
cuna de las Hermanas.»— (Carta al Card. Bellarmino. Edic. Perche y
Tralin, 1873. Tom. 5, pág. 639 y 640.)
(1) Rituale Rom. Ordo ministrandi Saeramentum Poenitentiae.
bien, lo denuncia á los sacerdotes y trata de indi­
carles los preservativos y remedios, demostrando
de esta suerte su alta sabiduría y maternal solicitud.
Estas sabias prescripciones son útiles para todos,
pero particularmente para los niños de siete á doce
años. E s preciso hacerles fácil la confesión y habi­
tuarles á recurrir á ella frecuentemente. Conocemos
ciertos sacerdotes, llenos de verdadero celo, que se
imponen la obligación de ir, de ocho á ocho días, y
á una hora determinada, á ofrecer los servicios de
su ministerio á las escuelas libres, en las que ha ha­
bido necesidad de poner un confesonario en toda
regla. Los niños, preparados por sus maestros, se
presentan bien pronto en número considerable. E s
preciso favorecer su libertad, sin ejercer presión.—
L a regularidad de la confesión engendra pureza de
conciencia y, con frecuencia, pone de manifiesto
generosas vocaciones.
Instrucción y formación de confesores

Buenos y malos confesores, segiin San Alfonso.— Presuncidn de la ju­


ventud.—Ars Escoger uno entre diez mil.— Fuerza viva y
activa.—Aquí nadie es infalible: acójase, por tanto, seganda vez al
penilente.— Un confesor discreto y advertido vale por ciento.— Agre­
gar en el Seminarlo esta lección práctica.— «Que el superior trate á
menudo esta materia»: P . Baltasar Alvarez.—Sacerdotes jóvenes: lo
que saben y lo que ignoran.— Método anticuado.— Hacerse cargo dís
los cambios ó mutaciones.— Hombres probados por la tempestad.—
Los salvadores adolecen dé falta..... de formación.— Nenio dai quoa
noH haóet*.— Curso de Teología Pastoral.— Entre los Jesuítas.— ciYo
he cumplido con mi deber!» ¿Qué significa ésto?— |Si supierais, si
quisisraísl—Después de 35 años.—Alemania y el cDespertar de an
pueblo».— En una facultad teológica de Alemania.— Las Diacona­
les.— San Alfonso explica la necesidad de ser claros.— Aparalo y so­
lemnidad; |UD poco más de claridadi— Peligroso dilema.— Gracias del
momento.— Lo que es preciso tratar.— Esperanzas y
votos por este modesto libro!

Grande verdaderamente será la recompensa que,


á cambio de sus trabajos, recibirán los buenos con­
fesores en la eternidad. Desde luego, los que se de­
dican á procurar la salvación de ias almas, tienen
segura la suya, como lo testifica brillante y copio­
samente el apóstol Santiago por estas palabras:
Quien hace que se convierta e¿pecador de su ex­
travio, salvará de la muerte su alm a (es decir, se-
gún el texto griego, el alma del que hubiere con­
vertido) y cubrirá ¿a muchedumbre de sus p r o p i o s
pecados. (Epist. de Santiago, cap. 5, v. 20). Sin
embargo, triste y apesadumbrada llora la Iglesia
la muerte y perdición de tantos hijos suyos como van
al infierno, á causa de la poca habilidad, abandono
ó impiedad de los malos confesores. Y , en efecto,
de su buena ó mala dirección depende principal­
mente la ruina y salvación de los pueblos. Téngan­
se buenos confesores— decía San Pío V — que de ahi
vendrá la, reform a completa de todos los cristianos.
E s cosa cierta, que si todos los confesores tuviesen
la ciencia y bondad, que de suyo pide un tan alto
ministerio, ni el mundo estuviera tan metido en el
fango de los pecados, ni el infierno tan henchido de
almas de Bautizados.» (i)
A sí comienza el Prefacio de aquel libro de oro,
que su venerable autor, San Alfonso M. de L ig o ­
rio, llama P r a x is Confesarii, P rá ctica d el Confe­
sor. Y , en efecto, todo tiende en él á la práctica.
(i) S. Alfonso M. de L igotio .— IntreducHo ad P ra x im Confessarii:
cMagoa atiqae erit merces, qua ia a e te rD ita te compeosabuntur boni coa-
fessarli, et de sua prasdestinatione ita secnri suot ii, qui se ad aaimarum
salutem occupant, ut Jacobus apostolus (Ep. cap. V, v. 20) perspicue
hoc testetur his verbis: *Q ui convertí feeeritpeceatorem ah errore vtae
suae, salvabit anintam ejus (nempe ejus qui convertí feeerit et, ut loquitur
textus graecus, animam suam) a morte, et operiet multitudinem peccato-
rum .* Sed luget atque laraentatnr Ecclesia videns tot ñllos snos, propter
malorum confessariorum sive imperitiam, sive iocuriam, sive Impieta*
tern, ad gehennam destinari, etenlm eo Iltorum bono aut malo regimine
potissima populi pernlcles aut salus peodet. Haheantur idonei confessa-
r i i (dixit s . Pius V); ecce omnium christianorum omnímoda reforutaHo,
Non est enim dubitandam quin si omnes confessarii ea poUerent scientia
et morum bonltate, quas tantum ministerlum exigit, nec mundus ita
peccatorum coeno deturpatus esset, nec infernus tot Baptieatorum ani*
mabu* repleretur.»
y ¿a ciencia de que hace mérito, no es tanto esa
ciencia especulativa como esa otra que se adquiere
con la experiencia y mediante una formación seria
y concienzuda. E l santo Doctor afirma que los pue­
blos todos se salvarían como hubiese en ellos bue-
nos confesores. ¿Quién será osado á contradecirle?
jSé muy bien que, al salir del seminario, cada uno
se cree capaz de resolver todos los casos posibles,
de conducir todas las conciencias humanas y de di­
rigir todas las almas en todos caminos y direccio­
nes!.... «¿Pues qué,— dicen— no hemos leído la teo­
logía de Bouvier y las tan renombradas obras de
Gury, de Scavini y Lehmkuhl?.....¿No hemos estu­
diado por el largo espacio de cuatro años, bajo la
dirección y guía de doctos y eruditos maestros, que
nos han hecho recorrer victoriosamente todo el
vasto círculo de las ciencias eclesiásticas?....
Todo esto está perfectamente, pero no es lo bas­
tante para formar un buen confesor. Entender lo
contrario, sería dar inequívoca prueba de presun­
ción juvenil, por no calificarlo más duramente. De
otra suerte, ¿cómo explicar las graves palabras que
con tanta frecuencia repiten los antiguos Padres, ha­
blando de este ministerio? E l arte de las artes, ars
artium lo denominaban ellos con San Gregorio el
Grande, ¿y pensaremos nosotros hacer de él un arte
fácily que pueda aprenderse en la primera etapa de
la vida, entre los divertimientos de la juventud, y
con no más sino hojear algunos libros? Entonces,
¿qué se ha de entender por estas palabras, que en
ese su estilo tan lleno de sentido y de finura ha de­
jado escritas San Francisco de Sales?
<Elegid uno (un confesor) entre mil, dice Avila,
y yo digo que entre diez m il; porque son menos
de lo que se cree los que se hallan capaces de este
oficio. Quien lo ejerza debe estar lleno de caridad^
de ciencia y de prudencia; y si le falta cualquiera de
estos tres requisitos, hay peligro en comunicar con
él. Pero yo os digo de nuevo: pedídselo á Dios, y,
cuando lo hayáis obtenido, bendecid á su divina
Majestad, estad firmes y no busquéis y a otros, sino
caminad con simplicidad, humildad y confianza, se­
guros de que haréis un feliz viaje.» (i)
Si fuere lícito añadir á ésto un testimonio per­
sonal, el autor de estas líneas confesaría humilde­
mente, que después de haber estudiado por espacio
de seis años la Teología, y aún después de haberla
enseñado, ha tenido mucho que aprender en la es­
cuela de un gran Práctico, Este mucho no era cier­
tamente lo esencial para creer y enseñar; pero era
lo más ú til para salvar las almas.
Los confesores instruidos y prácticamente forma­
dos, son siempre el mejor, el supremo preservativo
contra el falso rubor, por cuanto son una fuerza
viva y activa, que lucha sin cesar contra ese terri­
ble mal, poniendo en movimiento todas las indus­
trias y ardides que más arriba hemos apuntado. No
queremos decir con esto que cualquiera es bastante
poderoso para destruir radicalmente un vicio que
es como innato á nuestra corrompida naturaleza.
Hágase lo que se quiera, habrá siempre malas con­
fesiones, y cuando os parezca haber penetrado has­
ta el fondo de los más íntimos repliegues de alguna
conciencia, acaso os habréis engañado una vez más.
Para convencerse de ésto, basta recordar esos es­
pantosos ejemplos que refieren los Santos, en los

(l) Introducción á la Vida devota.— l,* parte, cap. iv.


cuales se mencionan desgraciados pecadores, que
ocultaron sus secretos crímenes, á pesar de sus mu­
chas confesiones generales, que parecían sinceras,
pues las hicieron á la hora de la muerte, momentos
antes de recibir los últimos Sacramentos. Los más
hábiles y experimentados Misioneros han visto bur­
lados sus más ingeniosos ardides por la voluntad y
tesón de una alma obstinada, que volvía en seguida
acosada por los remordimientos y tocada por la
gracia, á revelarles el pecado omitido y el sacrilegio
cometido. Sirva esto de aviso para provenirse con­
tra una peligrosa ilusión, y para que nadie rechace
al pecador que pide hacer una nueva confesión ge­
neral. Puede que no sea sino un escrúpulo de neó­
fito el deseo de hacer la tal confesión; pero mírese
bien que, tal vez, puede ser un caso de verdadera
necesidad.
Siquiera los confesores, aún los más experimen­
tados y mejor informados, no sean infalibles, no
por eso es menos incontestable que con sus ardi­
des, habilidad é industria, han obtenido ciertas pe­
nosas confesiones que se habían ocultado á otros.
Un confesor discreto, advertido é instruido, vale
por ciento, que no lo sean; de la propia manera que,
para guiar y conducir á los demás, vale más un sólo
hombre que vea con sus dos ojos, que cien ciegos.
¡Sí! ante todo y sobre todo, el joven sacerdote
debería estar advertido y en autos de esta gran
llaga de la humanidad, de este fecundo manantial
de sacrilegios, que se llama la fa lsa vergüenza. Si
alguien, á los veinticinco años, se sienta en el con­
fesonario, sin antes haber descubierto este misterio
de iniquidad, que tanto más se ignora cuanto se es
más inocente, nada descubrirá por espacio de largos
años. Más tarde, comenzará quizás á sospechar que
se le callan ciertas cosas; pero no estando suficien­
temente impuesto é instruido en esta materia, no
se preocupará gran cosa. A mayor abundamiento,
no faltará tampoco, si es menester, alguna voz ami­
g a y complaciente, que trate de calmar sus inquie­
tudes y recelos sacerdotales. Y esta voz ¡ay! será
quizás la de algún respetable hermano, envejecido
en las mismas ilusiones y dispuesto á rechazar, en
la postrer jornada de su carrera, aún hasta la posi­
bilidad de que esté engañado. ¡Debilidad por demás
humana, para que sea difícil su explicación; pero
debilidad funesta que precipita innumerables almas
en el infierno.....!
Convendría que este importantísimo aviso ó ad­
vertencia se hiciera á los jóvenes en el Seminario.
A nuestro entender, los señores Directores y Pro­
fesores de la juventud clerical tienen el derecho y
el deber de juntar esta instrucción á todas y cada
una de sus doctas lecciones. Porque ¿podrán negar,
acaso, el principio mismo del mal, el hecho que he­
mos denunciado y establecido? Imposible; porque
los Santos más competentes, los Doctores de la
Iglesia más próximos á nuestros días y los más cé­
lebres Misioneros de todos los tiempos, lo afirman
unánimemente y de consuno, y es perfectamente
absurdo suponer que Santos, Doctores y Misione­
ros hayan podido vivir engañados en punto y cues­
tión tan trascendental. ¿Acaso se atreverán á colo­
car su testimonio y experiencia personal por en­
cima del testimonio y experiencia de estos grandes
hombres? Imposible también. Estamos íntimamente
convencidos de que los venerables sacerdotes, á
quienes los primeros prelados de la Iglesia han con­
fiado la educación de su clero, son demasiado sa­
bios y prudentes para incurrir en tamaña arrogan­
cia y temeridad. Pero, por lo menos, ¿podrán des­
cuidarse de dar esta instrucción, estimándola inútil
y supèrflua? Tampoco; porque, evidentemente, esto
iría en gran detrimento de las almas, para quienes
están encargados de formar instruidos é idóneos
sacerdotes.
Por lo demás, sería mi deseo, que al descubrir en
los jóvenes e¿ m al se lo descubriesen, exponiéndo­
les los testimonios auténticos de los grandes Maes­
tros: nada más ni menos. Toda otra autoridad pu­
diera ser sospechosa á la juventud, dócil sin duda;
pero también dotada de una cierta clarividencia. Por
eso, sólo la autoridad de los grandes Maestros les
convencerá, porque, como es sabido, sobre ser irre­
sistible es incontestable.
Tal vez, se nos tildará de querer proponer la
cosa como una novedad. Nada más lejos de nues­
tro propósito, pues que la entendemos añeja y per­
tinente á la mejor escuela. Sin embargo, es ave­
riguado que la tesis: se callan pecados en confesión.,
ni es admitida ni enseñada tan amplia y general­
mente como fuera razón. Y esto (lo decimos con
pena) nos apesadumbra y entristece. Si nos fuese
dado expresar aquí uno de nuestros más vivos de­
seos, pediríamos que Prelados y Superiores se im­
pusiesen como un deber el recordarla á sus subordi­
nados, que ejercen el santo Ministerio.
El P. Baltasar Alvarez, á quien cupo el honor de
dirigir la conciencia de Santa Teresa y cuya auto­
ridad, en punto á cuestiones de dirección espiritual,
es tan reconocida y grave, hablando de los deberes
del Superior en un orden apostólico, se expresa
así: «El Superior ha de tratar de tal suerte á sus
súbditos, que se le abran y manifiesten con con­
suelo y confianza. E s preciso les haga entender
que de ningún otro modo pueden procurarle ma­
yor placer y contento, que recurriendo á él y ma­
nifestándole el corazón, téngalo todo lo flaco y dé­
bil que se quiera, y que con esto no han de perder
nada de la estima y aprecio en que les tiene; porque
no es justo ni está puesto en razón, que una confi­
dencia que le abre las puertas del cielo á un súb­
dito y le pone en mejores y más estrechas rela­
ciones con Dios Nuestro Señor, no haga lo mismo
y aún más largamente, en el corazón de su minis­
tro. El Superior toque este tema y haga frecuentes
alusiones á este argumento, en sus exhortaciones,
que es de harta utilidad, y no descuide de recor­
dárselo á menudo á predicadores y confesores, pues
es bien sabido que m iles y m iles de alm as se p ie r­
den miserablemente por falta de valor para descubrir
sus llagas interiores.» (i) H ay en estas últimas pa­
labras, las solas que directamente vienen á nuestro
intento, algo así como un eco del grito de angus­
tia, que tantas veces repitiera la Virgen de Avila.
E l lector lo habrá notado ya, y nosotros no insisti­
mos más.
Y puestos ya á exponer nuestros humildes D eside­
rata en punto á la educación del clero, se nos permi­
tirá desenvolver aquí uno bien notable, que sacer­
dotes de excelente espíritu nos la han manifestado
muchas veces. Los jóvenes diáconos salen del S e ­
minario con un caudal de conocimientos teológicos

( i) P. Baltasar Alvarez.— Vida, por el Veaerable P. F r , Lais de la


Pwente, cap. xxiii, pág. 2 5 8 ,— E d ic.d e París, 1873.
bastante abundante; pero sin haberse procurado
aquellos conocimientos é iadustrias prácticas, que
harían de ellos, sobre pastores mucho más útiles, ver­
daderos salvadores de almas. Tendrán, si queréis,
conocimiento científico de principios exactísimos
sobre todas las materias (lo que no es poco,) pero
no saben aplicarlos; conocerán bien su tratado de
moral; pero ignoran casi absolutamente la huma­
nidad. ¿Se replicará á esto diciendo que cada uno
debe formarse con su experiencia personal y como
si dijéramos por su cuenta y riesgo?..... ¡Y esto sin
guía y entre los peligros del mundo!..... De seguir
este sistema de educación, anunciamos con dolor
estas tristísimas verdades, á saber: los unos no lle­
garán jamás á formarse; los otros errarán el ca­
mino, y todos andarán fatigados y perdidos por
sendas difíciles y peligrosas.
Pero, aún mirada la cuestión bajo el punto de
vista simplemente teológico, ¿no son, á menudo,
esos jóvenes de una formación defectuosa y defi­
ciente? ¡Combatimos todavía con armas clásicas y
anticuadas y contra fantasmas de los siglos xvi y
X V II, cuando, en realidad, estamos en las postrime­
rías del siglo X IX , y en presencia de enemigos en­
carnizados, que, en su lucha antirreligiosa, han cam­
biado y mejorado todo: campo de operaciones, tác­
tica de combate y material de guerra!..... Cierto
que la verdad es inmutable; pero ¿los medios de en­
señarla y defenderla no deben acomodarse á todas
estas múltiples y varias circunstancias?
«Y o no sé si se han tenido suficientemente en
cuenta este cambio y mutación— escribe un autor
moderno —pero es lo cierto, que yo siempre veo
el mismo método de enseñanza, los mismos libros
y los mismos procedimientos..... ¡Oh! que se estu­
die mucho y muchas c»sas: la sagrada Escritura,
la Teología, la Filosofía, los Santos Padres y to­
dos los autores eclesiásticos, muy enhorabuena;
jamás ha sido la ciencia más útil y provechosa al
sacerdote. Pero para ser claro, preciso, concluyente,
ha menester el sacerdote algo más que una ciencia
á medias; de lo contrario, pronto se verá desar­
mado y vencido.
«El sacerdote— dice San [uan Crisòstomo— debe
unir en sí mismo á mucha ciencia mucha exf>erien“
eia: le es preciso conocer las cosas de la vida hu­
mana, al igual de los que viven en el mundo, y al
mismo tiempo estar más exento y libre de ellas que
los solitarios que se refugian en los montes. Y en
efecto, obligado como está á vivir y comunicar con­
tinuamente con hombres casados, padres de familia
y señores de muchos criados y servidores, y que
disponen de grandes riquezas, y que tratan los ne­
gocios públicos, y que ocupan puestos de mando en
la república, el sacerdote debe observar una con­
ducta varia. Esto no quiere decir que deba ser en­
gañador, adulador ó amigo de disimular, sino que,
por el contrario, lleno de franqueza y libertad, sepa
mostrar una útil condescendencia, cuando la situa­
ción de las cosas lo demanda.» (S. Juan Crisòsto­
mo, oper, tom. i, pág. 425).— Y en otro lugar,
juntando la acción á la palabra, escribe:
«Yo soy el padre común de todos y debo pen­
sar, no sólo en los que se mantienen de pie, sí que
también en los que han caído y son por tierra; no
sólo en los que navegan con viento próspero, sí que
también en los que han sido derribados por la tem­
pestad.» (Idem. Oper. Tom. iii, pág. 482).— ¡Y de
hombres derribados por la tempestad ¡ay! llena está
nuestra infortunada Patria!» (i)
No sólo en Francia, en todas partes abundan
hombres abatidos y derribados por la tempestad;
pero lo peor es que en esta horrenda catástrofe de
las almas, parece que faltan salvadores. Pero no, yo
me engaño; son numerosos los buenos sacerdotes,
y quizás nunca demostraron tanta devoción y pie­
dad; pero muchos, harto demasiados, se hacen ilu­
siones sobre el desastre, ó, por lo menos, no saben
ni conjurarlo, ni repararlo! Las ideas contenidas en
el presente libro parecerán á muchos una novedad;
y, sin embargo, no se hace en él sino poner de ma­
nifiesto cosas experimentales, que se han practicado
de muy antiguo; las industrias y ardides que en­
cierra excitarán, tal vez, el asombro y la admira­
ción, cuando es evidente que todas están tomadas
de las fuentes más puras y más autorizadas.
Repitamos una vez más; hemos menester una
educación secerdotal más completa y más en armo­
nía con las necesidades actuales del pueblo cris­
tiano. No se me oculta, que aquí viene como anillo
al dedo el conocido proverbio: Nem o dat quod non
habei. No puede dar experiencia quien no la tenga
adquirida. Los eclesiásticos distinguidos, que á su
cargo tienen la formación de nuestra juventud cle­
rical, se mantienen, ordinariamente, y á causa y
razón de sus funciones, en las altas esferas especu­
lativas, y no se podrá reducirlos á que bajen á
tratar cosas prácticas y de experiencia, porque, al
fin y á la postre, les son completamente desconoci-

( l ) M. Mullois.—Industrias del celo Sacerdotal. Tom. i, cap. 1, pá­


gina 5.
das. Algunos jamás han estado adscritos al minis­
terio, y puede que nunca hayan oído otras confe­
siones que las del Seminario.
Nos han referido á este propósito, que un joven
sacerdote, dotado de excelente ingenio, había in­
gresado en una Congregación, dedicada casi exclu­
sivamente á la dirección de los Seminarios, á fin de
no tener que confesar jamás persona alguna del
sexo débil.....Se nos permitirá observar que este
Director habrá de ser más tarde un maestro «harto
medianillo>, para enseñar á los demás el arte «prác­
tico» de confesar mujeres. Por eso, quisiéramos que,
para presidir esta educación particular, se escogiese
un sacerdote experimentado, un práctico hábil, en
una palabra, un «especialista» ó, si se prefiere la
frase, uu hombre del arte. El abate Mullois expone
el mismo deseo, bien gallardamente por cierto, con
esa gracia y donaire de estilo que le son peculiares,
«Nos parece que^ junto á los otros cursos de la
carrera eclesiástica, debería establecerse uno nuevo,
como se practica ya en varias diócesis, y al que de
muy buen grado llamaríamos: Curso de Teología
P asto ra l. Habría de hacerse este curso bajo la di­
rección de un hombre avezado en la vida del santo
ministerio; rico en ciencia, pero más rico todavía
en buen sentido; gran conocedor de la humanidad
en general y de la humanidad de nuestros días en
particular. Este hombre enseñaría al joven ecle­
siástico cómo debe usar de su ciencia; lo que es el
pueblo, en medio del cual ha de vivir y operar, y
cómo debe portarse con las diferentes clases de la
sociedad: niños, obreros, jóvenes, ricos, pobres, cre­
yentes é incrédulos, etc.....Y esto es tanto más ne­
cesario, cuanto más espíritu de aspereza, y aún diré
implacabilidad, como la lógica, haya dejado en el
alma del joven el manejo y trato prolongado de los
rigores teológicos.— Y después, ¿para qué toda la
ciencia del mundo, si no halla oídos que la escu­
chen, ni corazones que la acepten? Se me ha ense­
ñado— decía un joven— á hacer bellísimos sermo­
nes-, pero cuánto mejor hubiera sido enseñarme
también el modo de atraerme gente para que me
los escuchase! Se me ha enseñado á confesar, y sé
cuándo debo dar la absolución y cuándo denegarla;
pero ¡cuán bueno no hubiera sido me hubiesen en­
señado también el modo de hacer venir á las gentes
á mi Tribunal! Estoy casi en la misma situación
que aquel buen sacerdote, que escribía á un amigo
suyo:
«Voy á restituirme ahora á tal punto; mi cargo
principal es el de confesar, pero hasta el presente,
nadie se ha presentado.»
«Este es el método que se practica entre los je ­
suítas.» (No se nos reproche porque citamos este
trozo. Siquiera el testimonio parezca un tanto adu­
lador, siempre se hallará en él un hermoso ejemplo
que imitar y un acabado ideal que seguir).— «Cuan­
do un grupo de jóvenes Jesuítas están para disper­
sarse á modo de enjambre por el campo de las Mi­
siones, se hace venir á un viejo Misionero, que haya
pasado por todas las pruebas, luchado contra todas
las dificultades y practicado todas las industrias del
arte, el cual ha tenido para él sucesos prósperos y
adversos, victorias señaladas y, quizás, derrotas do-
lorosas; pero ésto, dicho sea de paso, no hace á nues­
tro intento. Este Misionero, paternalmente y con
simplicidad, pasa revista al estado de las poblacio­
nes con las que han de habérselas; examina las re­
laciones que han de mantener con el cura, con las
almas piadosas y con las impías. Les indica los obs­
táculos que pueden surgir, la manera de removerlos
y superarlos; la marcha que han de seguir para
atraer, iluminar y tocar los corazones. No olvida ni
aún la manera de conducirse con el ama ó criada del
cura, á la cual califica de una buena pieza^ porque,
ante todo, puede acortaros la ración y estrecharos
á hacer una más áspera penitencia que la que vos­
otros mismos prediquéis: cosa que se ha visto ya
antes de ahora. Además, dada su condición de mu­
je r , hablará y se despotricará á su gusto y sabor
en la carnicería, en la panadería, en la especería,
etc. De donde se echa de ver que esta buena pieza
puede hacer mucho bien ó mucho mal á una Misión.
«Después de ésto, el Jesuíta parte armado de to­
das las armas. Todo lo sabe, todo lo ha previsto,
todo lo lleva dispuesto. Los obstáculos no han de
desconcertale. Si en algún sermón se alza algún tu­
multo y comienzan á darle ruido, posee una receta
especial para este caso; si recibe alguna carta inju­
riosa, sabe ya cómo debe conducirse; si alguien se
le presenta con fieros y gallardías de hombre des­
preocupado ó impropio conoce el modo de atrapar­
lo, ó, por lo menos, de avecinárselo á sí en la manera
de vecindad que le acomode y contente. Cierto, que
no siempre sale adelante con sus intentos; esto sería
demasiado hermoso; Dios no lo quiere: pero rara
vez pasa por lugar ó pueblo que no deje rastros y
señales de su paso.
>¡0h! lo que hoy nos falta á todos, seglares y
sacerdotes, es la ciencia de nuestro pueblo, la cien­
cia del fondo de su carácter y la ciencia de las dife­
rentes modificaciones que sufre. Todo se ha estu­
diado, todo se conoce, menos á este nuestro querido
pueblo. Se han estudiado los Griegos y los Rom a­
nos; se han estudiado los Hebreos y el Bajo Imperio;
se han hecho estudios profundos sobre el antiguo y
misterioso Oriente, como ahora se dice; estudios
sobre Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, India,
China. En todas partes se grita: ¡Inglaterra tiene
esta llaga, Alemania esta otra, Italia esta otra!.....
jDios mío! Dejemos á un lado las llagas de los otros
pueblos y ocupémonos de las que trabajan y co­
rroen á nuestra querida patria. Estudiémoslas á
fondo; estudiemos el lado malo; pero estudiemos
también el lado bueno de nuestro pueblo, para tor­
narlo mejor y más feliz.... No puedo llevar en pa­
ciencia ese aire de compasión y esa otra frase iró­
nica que algunos se permiten hablando de nuestro
pueblo: <¡Son tan groseros!.... ¡tan incrédulos!.....
¡tan materiales!.....Por lo demás, yo he cumplido con
m i deber: ¡tanto peor para ellos!.....> ¡Oh! esa pala­
bra no está tomada del Evangelio; Jesucristo ni aún
de sus verdugos habló así. ¡H e cumplido con m i de-
befl ¿Qué significa eso? E l deber ¡es tan frío!, tan frío
y glacial como la tierra. En los días que corremos
es menester no calcular tanto; hoy hemos de hacer
algo más. Que se formen jóvenes sacerdotes para
la^ciencia y para la palabra, muy enhorabuena; pero
que se formen también para la acción. El mundo
nos dice:
«Vosotros sois sacerdotes. Pues bien, vosotros
tenéis la Patria en vuestras manos, porque hasta
en los más remotos villorrios tenéis siempre un
hombre instruido. Si supierais, s i quisierais, po­
dríais aplastarnos.> ¡Ea! pues, de hoy más, sa­
bemos y queremos, no ya para aplastar á nadie,
Dios nos libre, sino para intentar y acometer la
salvación de todos.> (i)
Aunque estas elocuentes palabras hayan sido es­
critas ha más de treinta y cinco años, (la edición es
de 1857) han conservado su carácter de palpitante
actualidad. ¡Ay! es preciso asentar como conclusión
que no hemos sabido ni querer ni poder^ porque,
desde esa época, es fuerza confesar que, bajo el
punto de vista religioso, no hemos adelantado muy
poco si ya no hemos retrocedido. E s verdad que to­
davía somos «más de cuarenta mil sacerdotes», y que
«hasta en los más remotos y apartados villorrios
tenemos siempre un hombre instruido»-, pero ¿quién
osará afirmar que tenemos la Patria en nuestras
manos? ¿Y de quién es la culpa si se nos escapa?
No nos incumbe ciertamente, ni es de nuestra com­
petencia acusar á nadie-, por otra parte, si se qui­
sieran establecer equitativamente las responsabili­
dades, hartas habría, así para los muertos como
para los vivos; y tales pudieran venir las cuentas,
que cada uno se viese forzado á cargar con su par­
te, más ó menos considerable.
Por lo demás, estamos muy lejos de pensar que
ya nada tenemos que esperar, y que todo se ha
perdido. ¡No y mil veces no! Aún ahora bastaría
qu erer.... Después de todo, la Alemania católica,
como lo ha demostrado bien luminosamente el
abate A. Kanengieser, en su excelente libro E l des­
p erta r de un pueblo^ había caído más abajo que nos­
otros, y, sin embargo, se ha levantado en el do­
ble punto de vista social y religioso. Entendemos

(i) Abate Mullois.— Industrias dtl celo sacerdotal. Tomo i, cap. i,


págs. 7 .15 .
que también nosotros obtendríamos estos mismos re­
sultados, si se hiciera algo más por la educación prác­
tica del clero. Este parece ser uno de nuestros gran­
des déficits. Nadie olvide que ha podido decirse con
harta verosimilitud, si no con toda verdad, que el
pueblo es proporcionalmente á imagen y semejanza
de su clero. Para precisar más nuestras ideas, re­
curramos á la fórmula de San Pío V: H abeantur
idonei confessarii: ecce omnium chrisiianorum om -
nimoda reform atio. Sí, los confesores hábiles y dis-
^cretos serán siempre el mejor elemento de regene­
ración y reforma para nuestra bien amada Patria,
que, dígase lo que se quiera, ha sido, es y será
siempre cristiana. Pero es preciso instruir á estos
confesores, es preciso formarlos. De otro modo, ¿qué
podrán hacer estos médicos espirituales, si desco­
nocen las enfermedades de las almas y no se les en­
seña á descubrir sus síntomas ni á determinar sus-
remedios.^ Marcharán al azar y obrarán á ciegas:
nunca sanarán á nadie, y las gentes huirán de ellos
y de su ministerio. Y nadie lo dude, esto, en medio
de todo, es perfectamente lógico.
Tiempos atrás, el autor de estas páginas asistió
en Alemania, en calidad de estudiante, á los cursos
de un Seminnrio, que era al mismo tiempo Facultad
católica de Teología.
Los estudios de Sagrada Escritura, Teología y
Derecho Canónico, se hacían lo rnismo que en otras
partes, salvo una pequeña diferencia. Pero lo que
había allí de notable, lo que verdaderamente llama­
ba la atención, era un curso completo de P astoral,
dado regular y admirablemente «por un venerable
sacerdote, si rico en ciencia, más rico todavía en
experiencia.»
Este hombre, encanecido en las lides y fatigas
del ministerio, nos comunicaba á nosotros, jóvenes
de veinte á treinta años, los resultados de su expe­
riencia, donde más largamente se contenía. En sus
conferencias trataba á menudo de las Obras, de la
manera de fundarlas y de sostenerlas. Hablaba con
gran simplicidad y sencillez, pero ¡con qué gusto y
atención se le escuchaba! Nos conducía d la vida
realy como solía decir, haciéndonos conocer la hu­
manidad, sus grandezas y también sus debilidades.
A esto añadía los medios para penetrar en el fondo
de los corazones y establecer en ellos la gracia y el
reinado de Dios, por medio de los Sacramentos dig­
namente recibidos. Como se comprende, insistía
principalmente sobre la confesión. En fin, él mismo
presidía también á las Diaconales.
Son, en efecto, las D iaconales un elemento esen­
cial para la perfecta educación del confesor. Dènse
estas lecciones con todas las precauciones que la
prudencia aconseja, ajustándose á ésta ó á la otra
forma; pero dènse siempre de un modo serio y prác­
tico, y á buen seguro, que producirá los más feli­
ces resultados. Cierto, que fuera mejor no haber de
tratar argumentos tan enojosos y escurridizos, ó
por lo menos, poder llenar cumplidamente este ne­
cesario deber, sirviéndose de vocablos y dicciones
un tanto oscuros y velados. Pero así no se conse­
guiría su objeto, porque el nuevo sacerdote no que­
daría suficientemente impuesto en torno á ciertos ca­
sos, que ¡ay! sería los que más á menudo se le ofre­
cieran. En esto más que en otra cosa cualquiera,
una ciencia á medias, más había de servirle de em­
barazo, que de utilidad; mientras, si su inteligencia
está suficientemente iluminada, con una sola palabra
comprenderá ciertas reservas y reticencias; y así,
no sólo facilitará á otros muchas penosas confesio­
nes, sino que se evitará á sí mismo muchos riesgos
y peligros graves.
E s bien sabido, que S. Alfonso M. de Ligorio
tiene muy bien explicada la necesidad de ser explí­
citos en esta materia, así como tiene indicados los
medios para prevenirse contra la tentación. El pa­
saje á que aludimos, y que á continuación vamos
á transcribir, se cita mucho; pero jamás se le re­
cordará demasiado. Dice así:
«Nunc aegre materiam illam tractandam agredi-
mur cujus vel solum nomen mentes hominum infi-
cit.... Utinam brevius aut obscurius explicare me
potuissem! Sed cum haec sit frequentior atque
abundantior confessionum materia, et propter quam
major animarum numerus ad infernum dilabitur
imo non dubito asserere ob hoc unum impudicitiae
vitium, aut saltem non sine eo, omnes damnari qui-
cumque damnantur. Hinc opus mihi fuit ad instruc-
tionem eorum, qui moralem scientiam cupiunt ad-
discere, ut clare (licet quo castissime fieri potuit),
me explicarem et plurima particularia discuterem.—
Oro tamen studiosos, qui ad munus audiendarum
confessionum se parant, ut hunc Tractatum de S e x ­
to Praecepto, quemadmodum et alium de Debito
conjugali non legant, nisi cum fuerint ad excipien-
das confessiones jam proximi; legantque ob hunc
unice finem, omnem prorsus curiositatem abjicien-
tes atque eo tempore saepius mentem ad Deum
elevent, et Virgini Inmaculatae sese commendant,
ne, dum animas Deo student acquirere, ipsi suarum
detrimentum patiantur.> (i)
(l) SaD Alfonso M. de Ligorio, Theol. Mor. Lib. iii, ndm. 4 13.
En la mayor parte de los Seminarios de Francia,
se explican las Diaconales á los estudiantes de
tercero ó cuarto año, que hubieren ya recibido Or­
denes sagrados. Algunas veces, se dan estas leccio­
nes en medio de una verdadera solemnidad. Todos,
profesores y estudiantes, visten de sobrepelliz, y
cada uno tiene en su mano derecha un blandón ó
cirio encendido. Bien lejos estamos de censurar esta
costumbre, practicada desde luego, con las mejores
intenciones, y que puede producir sus buenos resul­
tados. Pero cabe preguntar si en ello no pierde algo
la formación práctica de los jóvenes. L a s lecciones
explicadas en estas condiciones, tienen que ser, na­
turalmente, un poco restringidas y demasiado su­
perficiales. A más de que, tratándose de jóvenes
impresionables, puede, fácilmente, perderse en aten­
ción y presencia de espíritu, lo que se gane en ex­
terioridad con la mise en scene. Mientras los cirios
se consumen, su llama vacilante apenas si basta á
desvanecer toda la oscuridad.... Algunos nos han
asegurado haber salido confusos y como aturdidos
de las tales clases ó reuniones, sin haber entendido
nada de cuanto hubieran debido aprender. L a ver­
dad que digamos, la culpa más era de ellos mismos,
que de los inofensivos cirios que tenían en las ma­
nos. Sin embargo, un poco más de claridad á nadie
hubiera hecho daño. Parécenos que bastaría rezar
una nueva plegaria al principio de cada sesión ó
clase, y abordar simplemente y sin exagerados en­
carecimientos el argumento ó materia, consagrando
á su desenvolvimiento todo el tiempo que sea ne-
nesario. A sí se hace en la Facultad de S .....
Para superar felizmente todos los inevitables pe­
ligros, nada mejor que afrontarlos franca y resuel­
tamente-, así como para resolver definitivamente
una cuestión escabrosa, nada hay mejor que des­
envolverla á fondo. Desde que se echa mano de las
semiobscuridades y medias palabras, todo queda
comprometido. Tanto, que los sacerdotes que, du­
rante el período de su formación, no hayan adqui­
rido un suficiente caudal de conocimientos en esta
materia, bien pronto se hallarán frente á un dilema
embarazoso, ó, más bien, entre dos escollos igual­
mente peligrosos.
Si ignoran ó desconocen esta materia, y conti­
núan voluntariamente en su ignorancia, sea por de­
licadeza, sea por escrúpulo, su ministerio será á me­
nudo, por esta causa, penoso y estéril. O no com­
prenderán á su penitentes, ó, lo que es peor, les
propondrán cuestiones y dirigirán preguntas, so­
bre indiscretas, peligrosas-, tampoco sabrán obtener
la integridad de la confesión, ni proponer las co­
rrecciones y enmiendas necesarias. Por consiguien­
te, no podrán ni convertir ni salvar. En el caso (y
esto será más ordinario) en que este defecto de
ciencia quieran suplirlo por sí mismos, estos jóve­
nes sacerdotes, abandonados á su propia iniciativa,
estarán expuestos, bajo el plausible pretexto de ins­
truirse, á satisfacer una curiosidad malsana. Se sen­
tirán tentados á leer obras de medicina ó tratados
especiales de fisiología descriptiva, sin que nadie
pueda irles á la mano; y sabido es que, en nuestros
días de propaganda corruptora, obras de este jaez
doquiera nos salen al paso, ofreciéndosenos á mo-
dicísimos precios. Y , una vez aquí, ¿quién detendrá
su afán? ¿quién puede proporcionar una garantía
contra ciertos inminentes peligros y desgraciadísi­
mos desvarios? ¡Ay! que no son vanos ni infunda­
dos estos temores, puesto que los más graves au­
tores se lamentan amargamente de que se hayan
realizado, (i)
En el Seminario y cuando se está en vísperas de
recibir el Sacerdocio, se tienen particulares gracias
del momento, que más tarde no se han, por lo me­
nos, en igual grado; sin contar que un maestro
hábil, prestigioso y de autoridad puede decir clara
y castamente lo que en los libros jamás se podrá
expresar. E s preciso, pues, aprovecharse de estas
favorables circunstancias, sin descuidar, por otra
parte, todas las precauciones que sean útiles.
Pero, ¿de qué se ha de tratar en este curso de
Diaconales? Ante todo, es necesario exponer con
claridad y precisión algunas nociones generales
bien definidas y concretas, que ciertas almas cán­
didas y bonachonas puede que las ignoren. Segui­
damente, será preciso entrar en detalles más con­
cretos todavía, en punto á la edad y condición. Esto
servirá para prevenir graves ilusiones y evitar gro­
seras imprudencias en el interrogatorio. Entonces
ya no se dirigirán á un niño ó niña de diez años,
preguntas que sólo á jóvenes de veinte pueden con­
venir; ni se interrogará á una joven, que vive lejos
del mundo, como se interrogaría á una mujer ca­
sada, que se hubiere confesado de ciertas faltas
graves.
Prevemos ya y damos por presentadas todas las
objeciones y repugnancias que se nos pueden ha-

(l) Cf. P. Gury. Theolog. Mor., Tract, de Poeait., núm. 6 l6 . «Do-


lendam sane est, inter jaaiorum sacerdotnm macas versar! opera qaae-
dam, medico certe quam theologo dlgniora, in quibas non tam exhí«
bentur species, quam describitar modus qoo paellae et uxoratae in sextnm
Decalogi Praeceptam delioqaere valent..... >
cer aquí. L a respuesta la resumimos en esta pala­
bra: ¡N ecesitasl L a necesidad es la que nos apre­
mia á tratar estas enojosas materias, y á tratarlas
con la claridad necesaria para conseguir el objeto
más sublime de todos: la salvación de las almas.
M. Timón-David ha expuesto muy bien estas razo­
nes en el prefacio á su Curso de Diaconales, que
hemos leído autografiado y que es verdaderamente
de un mérito real. E s una obra luminosa, clara,
sencilla y práctica, escrita principalmente para con­
fesores de niños y jóvenes. Por lo demás, resulta
forzosamente incompleta por la intención misma del
autor, que no trataba de lormar sino sacerdotes
consagrados á la educación de la juventud.
A menudo— dice— se critica la abundancia de
obras sobre esta triste materia, sin tener en cuenta
que, por la misma razón, se deberían criticar tam­
bién las obras de medicina, que son infinitamente
más numerosas. E l día que las enfermedades.... no
existan, ese día serán evidentemente inútiles y pe­
ligrosas las obras que tratan de ellas. Pero mien­
tras haya enfermedades, será menester hacer diag­
nósticos, describir síntomas y proporcionar reme­
dios. Pues bien; esto mismo puede decirse y enten­
derse del alma debilitada y manchada por el pecado
original. E l desconocimiento de la naturaleza del
mal, de sus actos, de sus causas, no suprimirá el
padecimiento ni hará se busquen sus remedios. Pero
¡ay! la experiencia demuestra con harta evidencia
cuán quiméricos son estos temores. Y si no, ¿qué
joven, en nuestros días, conserva su inocencia? Si
todavía queda alguno, no lo busquéis, sino en las
casas donde se da cristiana educación; por eso, es­
tos jóvenes, después de cuatro ó cinco años de es­
tudios religiosos, pueden abordar el de estas mate­
rias con bastante más temor de Dios, y, por consi­
guiente, con mayor seguridad que los jóvenes es­
tudiantes de medicina, por demás dispuestos, á sus
veinte años, satisfacer una perniciosa curiosidad en
unos estudios, no obstante, indispensables. Decidi­
damente, no se cura una llega retirando de ella
con horror la vista.
>Es inútil insistir más sobre un hecho evidente,
del cual sólo la mala fe puede escandalizarse. Poco
tiempo bastará á la juventud clerical para superar
victoriosamente estas repugnancias de tan fácil ex­
plicación; pero que están fuera de su punto y lu­
g ar cuando se trata de remediar la humana debili­
dad. Y esto debe decirse y entenderse muy en par­
ticular del sacerdote, acostumbrado como está á ver
siempre al lado de las debilidades de esta pobre
humanidad las misericordias de Dios. L o sobrena­
tural de sus funciones, la rectitud y pureza de sus
intenciones y la gracia inmensa del sagrado Orden
de que está investido, le pondrán infaliblemente á
cubierto de toda suerte de peligros. Estos no con­
sisten, en efecto, en la confesión, que, si así fuese,
Dios no la hubiese establecido, sino en las habi­
tuales disposiciones de su alma. El sacerdote santo
no hallará en ella ninguna mala ocasión, mientras
que el voluptuoso hallará su perdición en todas
partes, aún en el medio ambiente más puro y
santo.> (i)
Si estas palabras, tan llenas de buen sentido,
hubiesen menester una confirmación gloriosa é in­
contestable, la hallaríamos en estas precisas y ter-

(l) Timón-DaTtd. Curso de Diaconales. Autografia, págs. 4 y $.


minantes del divino Maestro: D e corde exeunt co-
gitaciones malae.....(Matth. xv. 19).
Antes de concluir, queremos consignar aquí una
esperanza, la cual consiste en que esta nuestra mo­
desta obra no será inútil para la formación de bue­
nos sacerdotes y buenos confesores, á quienes va
dedicada. Este sería el más grande honor para ella,
y el más dulce consueló y la mejor recompensa para
su humilde autor.
No es pretensión de este libro figurar ante la
posteridad en primera línea en el edificio de re­
constitución religiosa y social, que el siglo x x pa­
rece prepararnos-, se dará por harto bien pagada, si
llega á ser una pequeña piedra de fundación en los
cimientos de esa grandiosa obra. Las buenas y sin­
ceras confesiones serán una base sólida y segura, sin
la cual las más bellas y nobles virtudes cristianas no
podrán subsistir y mucho menos llegar á la plenitud
de su desarrollo y sazón. Siquiera se salvaran las
apariencias, e l gusano roedor las atacaría y destrui­
ría en su raíz.
Este m al secreto, que nace de la fa ls a vergüenza,
existe indudablemente: lo hemos oído afirmar á las
autoridades menos sospechosas y más respetables.
Los efectos que produce son, si se quiere, varios y
en proporciones diversas; pero los estragos son
siempre desastrosos. Ahora bien; ¿dónde se halla el
remedio más eficaz? En la interrogación de los con­
fesores.— ¿Cuáles son los mejores preservativos?
Hemos intentado indicarlos, ajustándonos en todo
y exclusivamente á los Grandes Maestros y expo­
niendo fielmente sus autorizados testimonios. Se
nos podrá reprochar quizás haberlos citado en de­
masía y en harto largos párrafos; pero sin gran
esfuerzo se nos dispensará esta falta, si se paran
mientes en que nuestra tesis, sólo aduciendo auto­
ridades podía demostrarse; por tanto, le era abso­
lutamente necesario este apoyo.
A decir verdad, este tratado podía haberse inti­
tulado más modestamente, llamándolo: Cadena, tí­
tulo muy usado en otros tiempos; y le hubiese cua­
drado perfectamente, componiéndose, como se com­
pone, de textos enlazados ó encadenados. No obs­
tante ésto, confía el Autor, en que el benévolo lec­
tor fijará su atención, más que en las imperfecciones
del trabajo y en el desmañado modo de presen­
tarlo, en el valor de los materiales, de suyo tan
ricos, importantes y preciosos. L a cadena es de
hierro y, por tanto, poco ó nada vale; pero las
jo y a s en ella engastadas son tomadas de los mejo­
res estuches.
¡Que el Corazón Sacratísimo de Jesús derrame
sobre este modesto libro sus más copiosas bendi­
ciones! H aga de él un instrumento de reparación,
respecto á los ultrajes cometidos en lo pasado, y
un apóstol de su futuro reinado en las almas para
lo porvenir.

A dven iat Regnum tuum.

F IN
ÍNDICE

P ¿gs.

Un joven sacerdote y un viejo Misionero.—Medio de


salvar muchos pecadores. —Objeciones y réplicas.—El jo­
ven sacerdote es convencido por el viejo Misionero.—In­
dustrias complementarias.—Idea y objeto de esta obra,
que es, sobre todo, práctica.—Su gran utilidad.—Divi­
sión: mal, remedio y preservativos de la falsa vergüenza.. 1

Lzóro 1.— El mal ó la falsa vergüenza

C a p ít u l o i .— L o s G randes Santos M odernos, Si-


X V I y X V II.

L a existencia del falso rubor afirmada por los Padres


de la Iglesia.—Unánimes testimonios de los más Gran­
des Santos Modernos.—¡Es un grito de espanto!—Elec­
ción de autoridades lae más convincentes.—San Fran­
cisco Javier indica el mal y su remedio.—Necesidad de
las confesiones generales, reconocida por San Carlos Bo­
rromeo.—San Felipe Neri: prácticA y tradiciones.—San
Vicente de Paúl y la fundación de los Padres de la Mi­
sión.—Reflexión de Abelly.—La confesión del buen la­
drón, ó sea, la cuestión de la integridad.......................... 13
C a p ítu lo II.—L o s G randes Santos M odernos, Si­
glos y X V III.
X V II

E l ideal del confesor está en los Santos.—San Fran­


cisco de Sales y la Advertencia á los Confesores; su celo
en prevenir el falso rubor y en remediarlo, según testi­
monio de Santa Juana Francisca de Chantal.—San Leo-
nardo de Porto-Mauricio descubre la inmenFa gravedad
del mal, después de haber descoDOCìdo toda su exten­
sión.—San Alfonso M. de Ligorio confirma con su gran­
de autoridad el hecho, é indica los remedios.—Historia
de una ilusión.—Torrentes de luz.—Multitud de testi­
monios .................................................................................... 27
C a p í t u l o iii.—L os M isioneros c éleb res, Siglos x v ii
y X V III

Á propósito de un pasaje de Bossuet: ¿acaso en otros


tiempos 86 precisaba á hacer malas confesiones?—Prefe­
rimos á los sermones los testimonios de los Grandes Mi­
sioneros.—Un aviso de suma importancia, y harto explí­
cito, del Padre Lejeune á los párrocos noveles.—El Pa­
dre Segneri eu sus histrucciones del confesor y del peni­
tente. —Refiere el consejo de Santa Teresa á uu sacer­
dote: «Predicad á menudo contra las jnalas confesio-
nes.> —Comparación tomada de la caza de los elefantes.
—Modo de obrar en las Misiones y terrible confesión del
célebre Brydaine................................................................... 43
C a p í t u l o i v . —M isioneros y Santos Person ajes, S i­
g lo X IX .

¿La nueva era de la pretendida libertad ha destrui­


do el virus de la falsa vergüenza?—Renacimiento reli­
gioso en. Francia à principios del siglo x ix .—E l Carde­
nal G-iraud proclama la necesidad de las Misiones.—Con*
fesión del P. M. Bussy.—Numerosas confesiones sacrile­
gas descubiertas sobrenaturalmente y reparadas por el
venerable Cura Párroco de Ars.—Un Misionero belga.—
E l Padre Mach, apóstol de cinco reinos y de más de mil
Ítarroquiae, presenta cifras espantosas de víctimas de
a falsa vergüenza.—Conclusión: atajar tamaño desas­
tre.—Visión de San José genito Labre............................ 65

Lzéro //.— El remedio, ó sea la interrogación


prudente y hábil.

C a p ít u l o i.— Confesión gen eraL


¿Cuál es el remedio?—La confesión general.—No hay
por qué angustiarse ni hacer escrúpulos: basta fijar bien
la atención.—Mal médico y pobre confesor.—Práctica de
los grandes Maestros opuesta á la de los novicios y prin-
cipiantes. —San Francisco de Sales en la Vida devota.—
Preguntas ordinarias que han de hacsrse á los rudos,
Budes, según San Alfonso M. de Ligorio.—San Leonardo
de Porto-Mauricio distingue muy bien: la confesión gene­
ral es nociva ¿ algunos raros escrupulosos; es útil & nn
gran número; necesaria ¿ muchos.—E s menester hacerla
fácil.—Lo que debe permitirse.-—Modo de proceder.—
Circunstancias las más favorables según el Padre Mach.
—Cuestión del número de pecados. —Atracción antes que
repulsión................................................................................ 73
C a p ít u l o ii .— S o b r e la o b lig a c ió n d e p re g u n ta r.

Aplicación del remedio, ó, en otros términos, ¿cuál es


eil específico contra el falso rubor?—Es necesario pregun­
tar.—Esta es obligación del confesor.—Prueba f=acada
de la unanimidad de la eecuela teológica. - E l Maestro de
las Sentencias, Pedro Lombardo, ó sea el maestro de los
maestros. - Profundo pensamiento de Santo Tomás de
Aquino.—El seráfico doctor San Boenaventura. —Lumi­
nosa distinción de Suárez.—E l Cardenal Lugo añade sa­
bias razones.—Autoridad de San Alfonso, cuyos escritos,
según la, Santa Sede, nada contienen digno de censura.
Nil censura digvum.—La obligación es per se graiñs.-lm -
portante explicación de Lehmkul y de G ury.................... 91
C a p ít u l o n i. —P re g u n ta s que d eb en h a c e rse .

¿Por qué las preguntas hacen fácil una confesión pe­


nosa?—Hecho incontestable.—Preguntar acerca de los
pe^.ados que se callan en confesión.—Teoría del rubor.—
Tal vez es una cosa «w/«/wa.—Ejemplos: una niña, un
hombre de honor, las devotas.--Preguntas que deben ha­
cerse al final de la confesión.—Los pecados que más fre­
cuentemente se callan son los d« impureza.—Razones y
testimonios. Respuesta de San Leonardo á los que sos­
tienen no debe iutcrroírarse sobre este punto. - Gersón.—
Los tres grandes pecados que se está más expuesto á ca­
llar: incestus, sodomía bestialitas.—'Pré.cticA de los San­
tos.—Una página del Padre Máximo B u ssy................ . 107
C a p ít u l o iv .— A q u ié n e s y cóm o se h a de p re g u n ta r.

Cuestión práctica que debe resolverse, siguiendo á


nuestros maestros, los hombres de Dios.—Contradiccio­
nes que habrá que sufrir: ejemplo del venerable Pa­
dre Julián Maunoir.—Los niños y los adolescentes ca­
llan.—Método de San Alfonso M. de Ligorio para cam*
biar en afirmaciones sus negaciones.—Las mujeres más
propensas al falso rubor: opinión general. —Muchaa bea­
tas ó devotas cargadas de sacrilegios, según San Alfon­
so.—Una palabra más del mismo doctor acerca de las re­
ligiosas.—Preguntas á las mujeres casadas.—Los igno­
rantes, rudes. disimulan.—¿Cómo se ha de preguntar?
Con mucha bondad prudencia y habilidad.—Diversos ar­
dides.—Observación de Timón David.—Buena fe del pe­
nitente.—Dificultades de la confesión dé los niños.—Fór­
mulas ó reglas de prudencia................................................ 125
C a p ít u l o v .— R e s u m e n d e l M é to d o .

¿En qué se conoce un buen confesor?—Cualidades in­


natas y cualidades adquiridas.—Peligroso género de tti-
genuidad: ¡no han pecado en Adán! - Consejos de un
maestro consumado, el P. Segneri.—Una cosa es la teo­
ría y otra la práctica.—Dos especies d« penitentes: em­
brolladores y maliciosos.—Con los primeros guardad un
término medio.—Principio y consecuencias.—Con vues­
tro interrogatorio se obtendrá más que con su examen.—
En cuanto al número, proceded gradualmente —Con los
pecadores vergonzosos Fode paHetem.—Interrogar con
prudencia y destreza.—Respuestas: sí ó no.—Exagerar
ía cifra.—Evitar toda señal de asombro ó de impacien­
cia.—¡O parir ó wonV.'—Error intolerable: despacharlos.
—En ocasiones de mucha concurrencia es mejor curar
uu pequeño numero.—Caso particularísimo y grave solu­
ción, por San Alfonso M. de Ligorio.—Foí^marse un in­
terrogatorio práctico.—Método del P. Mach.—Ultima ó
importantísima advertencia de un venerable misionero. 147

Lzóro I I L — Los preservativos ó sea los con­


fesores forasteros é instruidos y los pe­
nitentes preparados y ayudados.

C a p ít u l o i .— L o s c o n fe so re s fo ra s te ro s y d esco ­
n o c id o s .

Principiis obsta. - L a higiene es la mejor medicina.—


Los preservativos del falso rubor. —E l sueño de muchos.
—Indicaciones que deben retenerse.—Respuesta á los
apóstoles del rigorismo.—Facilidad de dirigirse á un fo­
rastero.—Apóstol errante: lo que lleva consigo. Ilusión
casi universal y gran candidez.—El decreto del Concilio
de Trento para las religiosas claustrales.—Alcance y ex­
tensión que da al mismo el Papa Benedicto X IV .—León
X n i j el nuevo decreto.—Si después se ha observado
bien.—Caso reciente.—En Roma, antes se toleran los
abusos de libertad, que los de rigor.—Aplicación ¿ las
parroquias rurales y ¿ las de los pueblos pequeños. —Avi­
sos del Padre Lejeune.—Graves palabras de San Alfon­
so.—Pecado mortal, según Santo Tomás. - Abuso para la
primera Comunión: funestas consecuencias.—E l extra­
ordinario, que viene á ser ordinario.—¿Y si fuese supe­
rior?—Cuestión del clero regular.—¡Invasiónl....—¡Ya
pasó su tiempo!—Respuesta.—No se trata sino de almas. 17 1
C a p í t u l o i i .— L a s M i s i o n e s .

Preservativo y remedio el más eficaz.—Ejercicios es­


pirituales ó breves Misiones.—Juzgad el árbol por sus
frutos.—Carta de San Alfonso M. de Ligorio sobre la im­
portancia de las Misiones.—Modo en que se daban tiem­
pos atrás. —Sermones de Cuaresma ó parroquiales, y ser­
mones de Misión.—Reparar tantas confesiones mal he­
chas: hé aquí uno de los más grandes bienes de la Mi­
sión.—¿Se uaa este medio?—Ventajas y frutos, según el
P. Mach.—Periodicidad y fundación; un ejemplo.—L a­
mentos y apelación del venerable Padre Eudes. E l ada­
gio: Fiunt oratores.—Consejos prácticos del abate Mu­
llois,—Preparación.—Facilidad de confesarse á los Mi­
sioneros.—El predicador «sea hombre de experiencia>,
lo cual no significa no sea joven. —Las visitas: modo de
hacerlas.-Es fuego de pajas, no perseverarán.-Refuta­
ción.—e¡Qaó bien predica el párroco después de la Mi*
sión!>...................................................................................... 191

C a p ít u l o iii .— E l s e r m ó n d e la c o n fe s ió n y lo s
c o n fe s o n a rio s .

Método de Brydaine.—Volver sobre la necesidad de


vencer el falso rubor. —Insistir sobre ello en las comuni­
dades ó asilos de niñas y de mujeres.—Recolección de
üo^s, ó ramillete que hay que hacer.—Analizar y des­
cribirlo que pasa en las almas.—Plan del sermón sobre la
confesión: confesión exacta y contrición sincera.—1.® Acu­
sar sus pecados mortales.—Acusarlos todos en una confe-
^ lo que piensan los santos. —Se la hace breve
y fácil.—Proceder por vía de wieátíía; ejemplo.—Se res-
^ nde á las dificultades.—2.® Contrición necesaria.—
^ebe ser grande (explicación), sobrenatural (motivos),
universal (casos de restifcaoión).—Relatar hechos.—¿Có­
mo terminar? -Efectos producidos por «stos simples pen­
samientos.—Medio natural de corregir el vicio j llegar
al temor sobrenatural de Dios.'-Los confesonarios: en
Roma, en Inglaterra. —San Francisco de Sale^ trata esta
cuestión.—Prescripciones del Ritual Romano.................. 217
Ca p ít u l o iv .— I n s tr u c c ió n y fo rm a c ió n d e c o n fe ­
so re s.

Buenos y malos confesores, según San Alfonso.—Pre­


sunción de la juventud.—Ars artium.—Kscoger uno en­
tre diez mil.—Fuerza viva y activa.—Aquí nadie es in­
falible: acójase, por tanto, segunda vez al penitente.—
TJn confesor discreto y advertido vale por ciento.—Agre­
gar en el Seminario esta lección práctica.—«Que el Su­
perior trate á menudo esta materia»; P. Baltasar Alva­
rez.—Sacerdotes jóvenes: lo que saben y lo que ignoran.
—Método anticuado —Hacerse cargo de los cambios ó
mutaciones.—Hombres probados por la tempestad. - Los
salvadores adolecen de falta.... de formación.—Nemo dat
quod non habet.—Curso de Teología Pastoral.—Entre los
Jesuítas. «¡Yo he cumplido con mi deber!» ¿Qué signi­
fica ésto? —¡Si supierais, si quisierais!—Después de 35
años.—Alemania y el <Despertar de un pueblo*.- En
una facultad teológica de Alem ania.»Las Diaconales. -
San Alfonso explica la necesidad de ser claros.—Apara*
to y solemnidad: un poco más de claridad. -Peligroso di­
lema. —Gracias del momento.—Lo que es preciso tratar.
—Necesitas.—Esperanzas y votos por este modesto libro. 249
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FE D E ERRATAS

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47 3 B o u r i i a l u i iu i - B o u rd a lo u e V
7> T e x to 2. L . 4 c o n fitc u !) c o n f ite n s ■■ #
78 33 a c o g e ría s a c o g e rla
1 34 c o n s o la rla s c o n s o la rla k
79 1 ilu stra rla s ilu stra rla
94 N o ta ( i) 6 c o n ; f n o ‘4curc c o g n o sc e re
9Ü • 17 Y en p a r tic u la r E n c a m b io
lo o ^3 P rim e ra E n p rim e r lu g a r
I0 8 »5 e s ta e s tá *
126 38 a p lic a rlo a p lic a rle
12S 29 p l t iv i s m o s p lu rim o s
«43 N o ta ( i ) 5 ¡la c e haec .1
156 20 q u ü a c iu m q u e q u a e ()u m q u e ■ 'j
»57 34 c ía y c o n tra esa
«73 38 deponer deponed
182 N o t a (1 ) C u ris C u ris
221 «7 tra id o ra s tra id o re s
223 16 h o rrib les te rr ib le s ,
»33 II e llo e llo s
24 J 37 h a b ía n b a b iu i
260 34 d iri d iré d e
262 24 im p ro p io im p ío
»64 9 n o hem os hem os
264 a8 K a n e n g ie s e r K a n n e n g ie s e r i' ' ■
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