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ABUELITA

MIGUEL BASULTO CONDE

Me encanta verla, tan activa como una hormiguita

en ese su reino que es la cocina;

ya destapa la olla de la sopa,

ya prueba, le falta tomate y algo de cebolla;

los frijoles, bailando entre vapores

olorosos a hojas de epazote;

el guiso, en su punto exacto de sabroso

en un platón espera apetitoso.

No permite que nadie se le acerque

y en la cocina, ¡ah! se han de respetar sus leyes;

y en este domingo en que se reúne toda la familia

no hay quien pare ni un minuto a la abuelita;

y es un ir y venir de la cocina al comedor:

ya pone los platos, la cuchara, el cuchillo, el tenedor;

ya apresura a todos a sentarse a la mesa

y ella, junto al abuelo, a lo último se sienta,

y comienza el intercambio de experiencias

que cruzan veloces por la mesa.

Yo la miro, ya no habla, sólo contempla la escena,

sin embargo, presiento que mi abuela ya se siente satisfecha

Y ahora algo flota en esa estancia:

es algo de recuerdos, de unión y de añoranzas;

son lazos que nos atan, es sangre que nos tiñe,

amor que nos delata, orgullo que nos viste.

Y ahí están, mi abuela con mi abuelo;

se miran y pienso que piensan sus secretos,

sus tantas cosas compartidas,

sus triunfos y fracasos; su amor y su dolor... su vida.

Es esta casa de mi abuelita

un altar levantado a toda la familia;

si ustedes vieran las paredes bordadas de retratos:

la abuela del abuelo, adusta, colgada de su brazo;

mis padres en su boda, mamá toda de blanco;

la tía cuando niña junto al viejo piano;

y allá, entre esas fotos, más preciada que un tesoro,

sonriendo toda la familia en las bodas de oro.


¡Ay, abuelita!, hay tantas cosas en tu casa,

antiguas para algunos, nuevas para mi alma

que al verlas dan luces a mi historia

y comprendo tantas penas y tantas glorias,

y también por qué te veo algo de reina, algo de diosa;

y por qué tu vida tiene un perfume de rosas;

y por qué a tu paso los saludos se alfombran;

y por qué aquel comentario: "Ahí va toda una señora".

Abuelita, hace muchos años también fuiste niña

y estoy bien seguro que niña bonita;

y cuando muchacha se te acercó el abuelo

ya pienso en tus sueños levantando el vuelo;

y a partir de entonces para ti fue primero

complacer en todo a tu buen compañero;

me los imagino caminando juntos el camino

mientras a su paso iban despertando rosas y lirios;

y aquí estás ahora contemplando a tus hijos

aunque en tu mirada hay tantos puntos suspensivos:

recuerdos que se atropellan, verbos que no conjugas,

suspiros que se adormecen, lágrimas que te enjugas.

Sonríe, abuela; sonríe, abuelo;

hoy simplemente detengamos el tiempo

y miren, aquí en esta casa está su mundo,

pues ustedes y aquellas rosas y aquellos lirios,

todos ... ¡ todos estamos juntos!

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