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Como se establece en el texto a analizar “La sociedad de consumo es, en un mismo movimiento,

una sociedad de solicitud y una sociedad de represión, una sociedad pacificada y una sociedad de
violencia. “ Es por ello que se puede afirmar que estos fenómenos sencillamente atestiguan que
este equilibrio es precario, que este orden está hecho de contradicciones. El verdadero problema
de la violencia está en otra parte. Es el de la violencia real, incontrolable, que secretan la profusión
y la seguridad, una vez que han alcanzado cierto umbral.

Esta violencia se caracteriza por el hecho de que no tiene fin ni objeto. Ahora bien, esa violencia
probablemente sólo quiera decir que algo desborda ampliamente los objetivos conscientes de
satisfacción y de bienestar mediante los cuales esta sociedad se justifica , a través de los cuales se
reinscribe en las normas de racionalidad consciente.

El problema más general en que se inscribe la cuestión de esta violencia «sin objeto», aún

esporádica en algunos países, pero virtualmente endémica en todos los países desarrollados e

hiperdesarrollados, es el de las contradicciones fundamentales de la abundancia , es decir al

problema de las múltiples formas de la ANOMIA o de ANOMALÍA, según nos refiramos a la

racionalidad de las instituciones o a la evidencia vivida de la normalidad, formas que van desde

la destructividad a la tendencia contagiosa depresiva , pasando por las conductas colectivas de

evasión . Todos estos aspectos característicos de la affluent society o de la permissive society

plantean, cada uno a su manera, el problema de un desequilibrio fundamental.

«No es fácil adaptarse a la abundancia» dicen Galbraith y los «estrategas del deseo».

Los moralistas estarían encantados de poder reducir este problema de sociedad a un

problema de «mentalidad». Para ellos, lo esencial ya se ha logrado, la abundancia real ya es un

hecho, basta pasar de la mentalidad de la carestía a la mentalidad de la abundancia. Y deplo-

ran que ese paso sea tan difícil y se escandalizan al ver surgir resistencias a la profusión. Sin

embargo, si sólo admitieran, por lo menos un instante, la hipótesis según la cual la abundancia

en sí misma no es más que un sistema de imposiciones de un nuevo tipo, comprenderían de

inmediato que, a esta nueva obligación social sólo puede responder un nuevo tipo de

reivindicación liberadora. SiSi la abundancia es una obligación, esta vio-lencia se hace


comprensible por sí misma, se impone lógicamente.
Por lo tanto, no es el pasado, la tradición ni algún otro estigma del pecado original lo que nos hace
frágiles ante la felicidad, desarticulados en la abundancia misma y, de vez en cuan-do, nos provoca
levantarnos contra ella. Así queda aclarado ese problema fundamental de la violencia que surge
en una sociedad de abundancia .

Es el modo adverso de la ambivalencia que resurge en el seno mismo de la equivalencia, la


equivalencia que implica creer que el hombre alcanza su placidez y la de su entorno en la
satisfacción. Es, contra el imperativo de productividad/consumismo, la aparición de la
destructividad para la cual no puede haber estructuras de recep-ción burocráticas, puesto que, en
ese caso, éstas entrarían en un pro-ceso

de satisfacción planificada y, por lo tanto, en un sistema de insti-tuciones positivas32. Veremos,

sin embargo, que, así como existen modelos de consumo, la sociedad sugiere o instaura

«modelos de vio-lencia» a través de los cuales procura drenar, controlar y massmediati-zar esas

fuerzas que irrumpen, se crea como un callejón sin salida en el que la sociedad de abundancia,
productora de satis-facciones sinfín, agota sus recursos en producir también el antí-doto contra la
angustia nacida de esa satisfacción. Un presu-puesto cada vez más abultado pasa a consolar de su
satisfacción angustiosa a quienes reciben los milagros de la abundancia. Este proceso puede
asimilarse al del déficit económico debido a los factores de deterioro de la calidad de vida que
provoca el crecimiento , aunque sin duda lo supera ampliamente.

. Y hasta «el malestar en la cultura» se ofrece como un producto más

de consumo, se resocializa como mercancía cultural y objeto de delectación colectiva, lo cual no

hace sino remitir más profundamente a la angustia, puesto que ese metaconsumo cultural

equivale a una censura nueva y realimenta el proceso.

Estos dos mecanismos actúan enérgicamente, sin que por ello lo-gren desarmar el proceso

crítico de inversión, de conversión subversiva de la abundancia en violencia.

Pero hay que comprender que esta violencia, que ya no es

propiamente histórica, que ya no es sagrada, ritual ni ideológica y que tampoco es acto puro e

individual, está estructuralmente vinculada con la abundancia.

Por otro lado, podemos decir que solidarios de esos fenómenos de una violencia inédita son
los fenómenos modernos de no violencia.
Los otros llevan la pasividad secreta, orquesta-da de esta sociedad hasta una práctica de
dimisión y de asocialidad totales, con lo cual hacen que la sociedad, siguiendo su propia
lógica,se niegue a sí misma.
«Queremos tener tiempo para vivir y para amar Alguien que tiene valores verdaderos y
criterios verdaderos, libertad antes que autoridad, creación antes que
producción,cooperación y no competencia...Sencillamente alguien amable y abierto que
evita perjudicar a los demás, cuenta con lo esen-cial.» «Por regla general, es hacer lo que
uno cree que está bien cuan-do y donde sea, sin preocuparse por ser aprobado o
desaprobado, con la única condición expresa de que eso que uno haga no lastime ni per-
judique a nadie. .».
Se podría hablar de los hippies, uno puede evocar el «tribalis-mo» de McLuhan, esa
resurrección en la escala planetaria, bajo el signo de los medios masivos, del modo
oral, táctil,musical, de comu-nicación propio de las culturas arcaicas, anterior a la era
visual y tipo-gráfica del Libro. Predican la abolición de la competencia, del sistema de
defensa y de las funciones del yo, con lo cual no hacen más que tra-ducir en términos
más o menos místicos lo que Riesman describía ya como «otherdirectedness», evolución
objetiva de una estructura perso-nal del carácter hacia un «ambiente» grupal en el que
todo viene de los otros y se difunde hacia los otros. El modo de transparencia afectiva
candida característico de los hippies no puede sino hacernos evocar el imperativo de
sinceridad, de apertura, de «calor» que es el del peer group.
En resumidas cuen-tas, el «ser humano», acorralado por la sociedad productivista y la ob-
sesión del standing,celebra en los hippies su resurrección sentimental, donde
persisten, detrás de la aparente anomia total, todas las caracte-rísticas estructurales
dominantes de la sociedad modal.
Así,nuestra sociedad actual puede definirse por la oposición formal de una cultura
dominante, la del consumo de-senfrenado,ritual y conforme, una cultura violenta y
competitiva y una subcultura laxista,eufórica y dimiten-te, la de los hippies/pueblo. Pero
todo nos lleva a creer que, así como la violencia se resorbe de inmediato en «modelos de
violencia», tam-bién la contradicción se resuelve aquí en coexistencia funcional.
De otra parte, Hoy existe un problema mundial de la fatiga como hay un problema mundial
del hambre. Este «nuevo mal del siglo» debe ana-lizarse en conjunto con los demás
fenómenos anómicos cuyo recrude-cimiento marca nuestra época, cuando todo debería
contribuir a re-solverlos. No tiene nada que ver con la fatiga muscular ni energética.
Pueden proponerse di-versas interpretaciones en el plano psicosociológico. En lugar de
igua-lar las oportunidades y disminuir la competencia social , el proceso de consumo hace
que la competencia en todas sus formas se vuelva más violenta, más aguda. También
podemos admitir, junto con Chombart de Lauwe, que esta sociedad, en lugar de
emparejar, como pretende hacerlo,«las as-piraciones, las necesidades y las
satisfacciones», crea distorsiones cada vez más marcadas, tanto en los individuos como
en las categorías so-ciales, siempre en pugna con el imperativo de competencia y de
movi-lidad social ascendente y con el imperativo hoy intensamente interio-rizado de
maximizar el propio goce.
. La distorsión social de las desi-gualdades se agrega a la distorsión interna entre
necesidades y aspira-ciones para hacer una sociedad cada vez menos con ciliada, más
desin-tegrada, en estado de «malestar» También en este caso debemos recurrir al
principio de ambivalencia. Fatiga, depresión,neurosis siempre pueden convertirse en
violencia abierta y recíprocamente. La fatiga del ciudadano de la sociedad post-industrial
no dista mucho de la huelga larvada, el trabajo a reglamento, el slowing down de los obre-
ros de las fábricas o del «aburrimiento» escolar. Todas éstas son for-mas de resistencia
pasiva «encarnadas», en el sentido en que decimos «uña encarnada», que se desarrolla
en la carne hacia el interior. El obrero, el burócrata fatigado, es aquel a quien le han
quitado toda res-ponsabilidad en su trabajo.
La verdadera pasividad está en la confor-midad alegre al sistema, en el ejecutivo
«dinámico», de mirada vivaz y hombros anchos, perfectamente adaptado a su actividad
continua. Precisamente por ser una actividad , puede convertirse súbitamente en rebelión
abierta,como lo de-mostró el mes de mayo en todas partes.
Dicho esto, para comprender el sentido de la fatiga nos falta aún, más allá de las
interpretaciones psicosociológicas, ubicarla en la es-tructura general de los estados
depresivos
En primer lugar, habría que analizar el consumo como proce-so global de
«conversión», es decir, de transferencia «simbóli-ca» de una falta a toda una cadena de
significantes/objetos in-vestidos sucesivamente como objetos parciales.
La depresión aflora, significativamente,cuando cesan las presio-nes laborales y cuando
comienza el tiempo de la satisfacción .
También es notable que en «el tiempo del ocio» se desarrolle, detrás de la demanda hoy
institucional, ritual, de tiempo libre, una deman-da creciente de trabajo, de actividad, una
necesidad compulsiva de «hacer», de «actuar», una demanda tal que de inmediato ha
hecho ver en ella a nuestros piadosos moralistas la prueba de que el trabajo era una
«vocación natural» del ser humano. Antes bien, habría que creer que lo que se expresa
en esta demanda no económica de trabajo es toda la agresividad insatisfecha en la
satisfacción y el ocio. Pero esa agresividad no podría resolverse por esta vía puesto
que, surgida del fondo de la ambivalencia del deseo, se reformula así en demanda, en
«necesidad» de trabajo y vuelve a integrarse pues en el ciclo de las ne-cesidades
que, como sabemos, no ofrece una salida para el deseo.
Como la violencia puede utilizarse, en el plano doméstico, para exaltar la
seguridad,también la fatiga y la neurosis pueden convertirse en un rasgo cultural de
distinción