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REFLEXIÓN

1.– NO ESTÁ EL DISCIPULO SOBRE EL MAESTRO. Discípulo es el que siempre está aprendiendo
y nunca quiere dejar de aprender. Los inmediatos seguidores de Jesús no se llamaron “Maestros” sino
“Discípulos”. Tenían claro que el Maestro era Jesús. Un Maestro especial, que no sólo enseñaba con
sus palabras sino con su vida. Lo que decía era sólo glosa de lo que vivía. Le gustaba enseñar echando
siempre la vida por delante. Por eso hablaba con autoridad. En esta sociedad en que vivimos, la Iglesia
tiene más necesidad de “testigos” que de “maestros”. Se acabó aquel tiempo en que se decía
“Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que sabrán responder”. Los verdaderos doctores de la Iglesia
son los mártires y los santos. Son aquellos que tanto han seguido al Maestro que han rubricado con
sangre o con el testimonio de su vida, la fe que profesaban. En nuestro tiempo ya no es suficiente
“hablar de Dios” sino “hablar desde Dios”. El maestro es una persona que enseña lo aprendido en
libros. El testigo habla de lo que “ha visto” “ha descubierto” “ha experimentado “en el misterioso mundo
de Dios. No es un profesional de lo religioso, sino un “viajero” que cuenta “lo que Dios ha hecho en
esa persona. Como nos cuenta María, la madre de Jesús. “El poderoso ha hecho obras grandes en
mí”. ( Lc. 1,49). ¿Se puede ser profesor de teología sin rezar? ¿Se puede predicar sin haber rezado
antes esa palabra?

2.– CADA ARBOL SE CONOCE POR SUS FRUTOS. Jesús se sintió defraudado por una hermosa
higuera que sólo tenía hojas, pero ningún fruto. Era todo un símbolo del pueblo judío que tenía una
hermosa apariencia de vida religiosa: oraba, ayunaba, hacía limosna… pero su corazón estaba lejos
de Dios. Jesús se pasó un buen tiempo de su vida pública en “desenmascarar” aquella doctrina. “Los
verdaderos adoradores darán culto al Padre en espíritu y en verdad” ( Jn. 4, 23). Es impresionante el
reproche del Espíritu a la Iglesia de Sardes:” Alardeas de estar vivo, pero en realidad estás muerto”.
(Apo. 3, 1). Para el evangelista Juan, uno no se muere por enfermedad, vejez, o falta de oxígeno. Se
muere por falta de amor. “El que no ama está muerto”. (Iª Juan 3,14) Según San Juan Dios es amor.
Por eso es imposible encontrar a un cristiano sin amor, como es imposible encontrar a un ser vivo “sin
pulso”. El amor es el verdadero A.D.N de un cristiano. Lo decía muy bien San Agustín a los que asistían
a Misa:” Todos habéis llegado aquí al Templo y habéis hecho la señal de la cruz; todos habéis
escuchado la palabra de Dios; todos habéis respondido “amén” y todos habéis cantado “aleluya”. Peo
debéis saber que nadie puede ser cristiano sin amor”. Sólo aquellas personas que “han dado frutos de
amor” pueden estar a la derecha del Señor en el día del Juicio. (Mt. 25)

3.– DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA. Jesús distingue bien el “agua de pozo”
y el “agua de manantial”. La Samaritana iba todos los días a llenar el cubo en el pozo de Jacob. Esa
agua estancada no le podía llenar ni satisfacer. Por eso el cántaro se le quedaba vacío. Jesús le habla
de otra agua, no de pozo, sino de manantial. Un manantial que está dentro de su corazón y salta hasta
la vida eterna. El agua de manantial brota espontaneo de la abundancia de agua que tiene la tierra por
dentro. El cristiano debe dar “agua de manantial” y no de pozo. El cristiano tiene al Espíritu de Jesús
que le llena y le desborda el corazón. El cristiano “va de sobrado” por la vida. Le sobra amor, paz,
alegría, ilusión esperanza, ganas de vivir… y lo va derrochando por donde pasa. No da de lo que le
falta, sino de lo que le sobra. Lo decía muy bien San Bernardo: “El alma humana puede llenarse de
muchas cosas, pero ·rebosar sólo en Dios”.
HOYO VIGA
CIEGO HIGOS
ZARZA ESPINOS
CORAZÓN
DISCÍPULO
FRUTO ÁRBOL