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© 1964 by Free Press of Glencoe

A División of Macmillan Publishing Co., Inc.

Traducción de Eloy Fuente Herrero.

© 1982 EDITORA NACIONAL


Madrid (España)
I.S.B.N.: 8 4 - 2 7 6 - 0 5 9 9 - 4
Depósito Legal: M - 40037 - 1982
Impreso en UNIGRAF S.A. Fuen labrad a Madrid.

CULTURA Y SOCIEDAD
T eo ría y m étodo
Serie dirigida por José Vida! Beneyto
AARON V. CICOUREL

EL METODO
Y
MEDIDA EN SOCIOLOGIA

Traducción
de Eloy Fuente H errero

EDITORA NACIONAL
T o rr e g a lln d o , 10 - M a d rid -16
A Merryl
PROLOGO A LA EDICION ESPAÑOLA
Agradezco a la Editora Nacional la oportunidad que me da de
escribir este prólogo a la edición española del libro y aprovecha-
ré esta invitación para exponer prim eram ente algunos temas que
se planteaban en el m om ento de escribir el libro. Queremos se­
ñalar también la importancia que siguen teniendo los datos de
la etnometodología, la lingüística y la filosofía del lenguaje, que
han llegado a form ar parte del nuevo m ovim iento llamado de la
«ciencia cognoscitiva». Por tanto, siguen siendo válidos hoy m u-
chos aspectos teóricos de este libro, no obstante haber pasado
tanto tiempo desde que se publicó por vez primera.
En gran parte, es reacción a la enseñanza de metodología
que recibí siendo estudiante. Al seguir los cursos habituales de
metodología, como el m étodo de escalas, el análisis demográfi­
co, la investigación mediante encuestas y la proyección de ex-
perimentos, me sorprendía lo que me parecía ser una falta de
medios analíticos para estudiar el marco de la vida cotidiana.
Naturalmente, había estudios de observación participante según
la teoría de la interacción simbólica, pero que no relacionaban
el sentido de la acción social con la conducta lingüística, para-
lingüística y no verbal de los participantes en la interacción
social. Me sorprendía, además, que m is cursos de estadística y
matemáticas pareciesen inadecuados para estudiar los temas fun-
dam entales de la teoría sociológica. Se articulaban mal la teoría,
la metodología y las observaciones necesarias para comprender
y verificar los conceptos teóricos.
Al principio, traté de formular las cuestiones teóricas, para
exponer después los actuales recursos metódicos, con objeto de
indicar posibles modificaciones de la teoría y del método. Pero
a¡ term inar el libro, me convencieron de que no debía publicarlo
en su form a original: era objetable que se presentase primero la
teoría y después la metodología. Me dijeron que sería impropio
comenzar un libro sobre métodos con un capítulo sobre la teo­
ría. Lo que me parecía que faltaba era el reconocimiento de que
toda orientación teórica y problema sustancial exige su propia
perspectiva metodológica. Según a qué universidad acudiese, el
estudiante atendería a unos u otros temas teóricos y seguiría unos
u otros m étodos. A pesar de haberse hecho muchos planes nue­
vos de estudios durante los últimos veinte años, los estudiantes
tienen que enfrentarse con gran variedad de teorías y métodos.
Siguen separando la teoría y el método en su propia investigación
y pocas veces entran a examinar el fundamento y la inconsisten­
cia relativos de diferentes perspectivas teóricas y metodológicas.
Sirvieron también de motivo a este libro varias cuestiones
teóricas que se han asociado al término de «etnometodología*,
no empleado entonces, pero que ha llegado a atribuirse a gran
parte de este libro. lx>s etnometodólogos trataban de revisar las
cuestiones teóricas fundamentales en sociología utilizando escri­
tos fenomenológicos como los de Edm und HusserI, Maurice Mar-
leau-Ponty, Aron Gurwitch y Alfred Schütz. Se creía que ¡as. gran­
des teorías sociológicas no comprendían hasta qué punto el
mundo fenoménico reflexivo del actor obra como mediador for­
zoso entre lo que se llama a menudo estructura social en sentido
macroscópico y las teorías del actor sobre las actividades reales
de la vida cotidiana. Expuesto brevemente, el argumento era que
no podem os comprender en realidad lo que se llama macroes-
tructuras sociales si no tomamos en serio la idea de Max Weber
de la acción social como algo relacionado con tas circunstancias
del marco natural en evolución. Las estructuras sociales que ¡Ja­
mamos sistema de clasificación (stratlficatiori) social o formas
de organización política han de ser recreadas relacionándolas con
el modo com o los actores arreglan sus asuntos en las circunstan­
cias cotidianas. Así, el mundo fenoménico de actor es de un inte•
rés primordialt que me llevó a ciertos terrenos juera de la socio­
logía para hallar los necesarios elementos del lenguaje y del
sentido que acercasen a la teoría y al. método.
Me ocupo de la medida porque trataba de abordar la manera
como las unidades de análisis de cualquier proyecto de investiga­
ción han de concordar con el-lenguaje y el razonamiento que se
utilizan en los asuntos cotidianos. En la investigación sociológica,
és procedimiento típico obtener diversos tipos de información de
los sujetos, descubriéndola mediante una entrevista o una encues­
ta, o computando cierto resultado com plejo o ejemplo de con­
ducta. Nos empeñamos en utilizar métodos que crean unidades de
análisis ajustadas a los modelos estadísticos o matemáticos. Me
interesaba sugerir que buscásemos una matemática adecuada a
los particulares tipos de unidades teóricas reales que emplean las
personas en la vida cotidiana al describir y atribuir causalidad a
sus asuntos cotidianos. Descubriendo las unidades que utilizan
las personas al hablarse o hablar de otros en las organizaciones
sociales cotidianas, estaríamos en mejor posición para compren­
der qué modelos podrían ser adecuados para analizar y represen­
tar la estructura social.
Por ello, expongo diversos métodos bien conocidos por los
sociólogos, tratando de señalar en cada caso cómo deben, pueden
o deben jormar parte de ellos las actividades reates del actor.
El argumento general, repetimos, es que quizá no podamos com ­
prender cuál será un método apropiado para examinar o verijicar
una teoría sin una explicación de cómo piensan, sienten y actúan
fas personas al ocuparse de sus asuntos en la vida cotidiana.. Los
capítulos dedicados a la investigación sobre el terreno, a la en­
trevista y a la investigación mediante encuestas siguen siendo
una exposición válida de la sociología presente. El capítulo sobre
la demograjía quizá no sea tan bueno como podría serlo hoy y
el peor de todos quizá sea el dedicado a los m étodos históricos.
E n obras posteriores se han abordado muchos de estos temas.
Al escribir este libro habla comenzado también varios estu­
dios empíricos, finalm ente publicados, para probar los conceptos
vertidos. Seguí otros estudios sustanciales de acuerdo con varios
métodos.
Era un nuevo aspecto incluir el lenguaje al estudiar la estruc­
tura social. Pocas veces había sido objeto de investigación socio­
lógica y, en la época en que lo escribí, los sociólogos no creían
que el lenguaje debiera ser un elemento esencial en el estudio de
la estructura social. Desde luego, los antropólogos y, por ser más
precisos, los lingüistas antropológicos conocían m uy bien que el
lenguaje, el pensamiento y la cultura están relacionados estrecha­
mente, pero los sociólogos se las arreglaban en cierto modo para
tratar el lenguaje como un recurso meramente pasivo, como me­
dio de representar una información cuyo sentido se entendía como
un aspecto natural de la estructura social.
La atención de este libro al lenguaje ha tenido como conse­
cuencia im portante la aparición de nuevas orientaciones de la
investigación sobre la enseñanza y el proceso de socialización.
Vem os ahora que muchos investigadores atienden activamente a
la relación entre el lenguaje y la estructura social al estudiar los
marcos de enseñanza y la interacción entre madre e hijo. Este
tipo de estudios requiere que los estudiantes de Sociología apren*
dan conceptos y métodos de investigación lingüísticos que pue­
dan emplearse en la investigación sobre el terreno.
Los capítulos sobre la entrevista y la investigación mediante
encuestas, que hoy siguen siendo parte integrante de la investí-
gación sociológica, han sido actualizados en algunas publicacio­
nes recientes del autor. En las páginas siguientes, abordaré bre*
vemente, para el lector español, aspectos de la dirección que ha
tomado este trabajo.
Una cuestión esencial en el empleo de encuestas y entrevistas
es la necesidad de identificar los conocimientos que posee el s u ­
jeto en eí m om ento de ser entrevistado o de sometérsele a un
c u e s t i o n a r i o de encuesta. L a entrevista no es tan difícil en este
sentido como la encuesta, pero hay dificultad en ambos casos,
porque la misma pregunta ofrece al sujeto un marco que puede
s e r l e bastante nuevo y, en el caso de las preguntas cerradas, re­
sultarle dudoso su sentido. Con otras palabras, la entrevista y la
e n c u e s t a tratan de reducir el marco dé la pregunta y, en e l caso
de la encuesta, el marco de la respuesta, de manera que se ob-
téñga del sujeto üna serie bastante reducida de respuestas. L a
finalidad es lim itar la pregunta de tal manera que se prevean, e
incluso señalen en el caso de las encuestas, todas las respuestas
que puedan darse. E t investigador trata de agregar las respuestas
y, a m enos que se lim iten las opciones, este proceso de agrega­
ción puede resultar m uy engorroso en el caso de las preguntas
abiertas.
Las entrevistas y las encuestas imponen limitaciones al tra­
tamiento de la información, por obligar al entrevistado a atender
a una pregunta particular y a un conjunto particular de resul­
tados u opciones posibles. El investigador confía en estas lim ita­
ciones para lograr la agregación de respuestas que sus conclusio­
nes precisan. La entrevista y la encuesta suponen un sistema de
pregunta y respuesta que es parte del modo como se realizan los
actos lingüísticos en la vida cotidiana.
Estos sistemas de pregunta y respuesta tienen muchos aspec­
tos formales que no puedo abordar en este prólogo. Hemos de
tener presente su carácter para crear una metodología adecuada
de la entrevista y de la investigación mediante encuestas. Se su­
pone que el entrevistado comprenderá los aspectos fonológico,
sintáctico, semántico y pragmático de cada frase empleada y po­
seerá, además, cierto dominio impreciso de conocimientos sobre
el mundo real para poder contestar a las preguntas sustanciales.
Si las preguntas que se hacen al entrevistado comprenden una
información con la que no está familiarizado, a m enudo es algo
imposible de saber para el investigador, por causa de las respues­
tas cerradas que se ofrecen. Por tanto, hemos de tener alguna
manera de apreciar la validez de los conocimientos que suponen
las preguntas, independientemente de que se las haga con res­
puestas cerradas. Hay otras limitaciones para el sujeto, entre
las que se cuentan las limitaciones al tratamiento de la informa­
ción, como la necesidad de tratar varias fuentes de información,
a la vez que ha de recurrir a la memoria para complacer al inves­
tigador. Ahora bien, una dificultad de las encuestas es que los
conocimientos y la clase social del entrevistado no se atienden
como limitaciones pertinentes a la manera como se comprenden
las preguntas y se dan tas respuestas.
Lo que sucede es que, habitualmente, conocemos la clase so­
cial del sujeto como parte de la encuesta y, después, buscamos
correlaciones entre una medida de clase y las respuestas a dife­
rentes series de preguntas. Pocas veces proyectam os las pregun­
tas, si es que lo hacemos alguna vez, con objeto de predecir y
conocer los razonamientos que se hacen por las experiencias de
clase social. Necesitaríamos encuestas cuasi-experimentales en
que se pidiese a los entrevistados que m anifestasen sus ideas so­
bre sus respuestas a las preguntas cerradas. Tales respuestas nos
capacitarían para reconstruir los conocimientos y el modo de ra­
zonar del entrevistado.
E l que distintos entrevistados puedan atribuir diverso conte­
nido a la misma pregunta complica las estructuras de conoci­
m iento que inferimos de las respuestas. Al emplear un sistema
de clasificación total y abstracto o una serie de reglas de cifrado
para clasificar las respuestas, com prom etem os nuestra interpre­
tación de cómo entendió las preguntas el entrevistado y de la
clase de intenciones que podemos atribuir a las respuestas. Los
puntos del cuestionario no son meramente textos individuales
c o m p l e t o s , sino que se hacen base para inferir macroestructuras
que se asemejan a aquéllas de que informan los investigadores
sobre la comprensión textual. Los entrevistados buscan una com­
prensión más general de las diferentes preguntas que se les hacen,
a pesar de las tentativas del investigador de desordenar la presen­
tación de preguntas relacionadas por las hipótesis del proyecto.
Asi, tenem os al entrevistado buscando un modelo que satisfaga
sus propias ideas sobre la finalidad de la entrevista o de la en­
cuesta. Por ello, se convierte en participante activo, tratando de
desarrollar sus propias hipótesis sobre lo que está sucediendo,
las intenciones que tiene el investigador, tratando de adivinar
qué pueda haber detrás de las preguntas. Naturalmente, muchos
entrevistados pueden optar por contestar a las preguntas m uy
rápidamente, para que la entrevista sea lo más corta posible, no
recurriendo a su memoria sino en mínima parte. Quiero decir
que, en las circunstancias normales de la investigación mediante
encuestas, no se presta atención al tratamiento de la información
por parte del entrevistado, a su comprensión de lo que se le pre­
gunta.
Necesitamos, por tanto, una teoría del razonamiento y del
análisis textual como proceso de comprensión, si hemos de en­
tender la manera como las entrevistas y las encuestas descubren
y reconstruyen el conocimiento que de la estructura social tiene
el actor. Sin una teoría de la comprensión, no tendremos manera
de saber cóm o interactúan los conocimientos del entrevistado con
las preguntas de la encuesta o de la entrevista. Hoy se investiga
mucho sobre los procesos y tas estructuras de comprensión del
razonamiento y de los textos. Los modelos que se emplean pueden
ayudam os a comprender en qué medida la utilización de los da­
tos de encuestas y entrevistas pueden aclarar la teoría sociológica.
Creo que, a menos de tener un medio de aclarar el proceso de
comprensión implicado en la interpretación de las preguntas, no
podremos relacionar las ideas del investigador y del actor sobre
la estructura social.
Los sociólogos son sensibles a los muchos problemas de la
aplicación, cifrado y organización de los cuestionarios para su
análisis, pero suelen ser insensibles a los problemas de trata­
miento de la información con que se tropieza en estas tareas.
Muchas encuestas se hacen en la m ism a cultura de que es nativo
también el investigador. La vida en una sociedad occidental sig­
nifica una socialización paulatina de los posibles entrevistados,
de modo que suelen ser bastante flexibles ante las exigencias de
las encuestas, en especial, cuando las circunstancias de la vida
cotidiana los obligan a someterse a sem ejante actividad al tener
que tratar con diversas instancias burocráticas. Por eso, sabemos
m uy poco del proceso de comprensión de las encuestas sobre el
terreno y dentro de los centros de investigación, donde se pro­
yectan las preguntas y se analizan los datos.
Al realizar encuestas en otras culturas, con frecuencia se in­
corpora a nativos instruidos en la m ism a metodología, y que tá­
citamente pueden salvar las diferencias culturales. El conoci­
miento cultural necesario para que el investigador extraño com­
prenda la entrevista y las preguntas no es cuestión empírica.
En la interacción cotidiana, los m iem bros de un grupo que
hablan corrientemente de los sucesos políticos, económicos y so­
ciales son sensibles a las limitaciones que im ponen los intercam­
bios con los de otro y conocen también lo limitado del saber de
los miembros del grupo. La gente suele cortar sus observaciones
por lo que crean a una persona capaz de comprender, lo que se
ha demostrado incluso en la investigación infantil, sabiéndose
que las madres y los niños mayores utilizan una clave lingüística
diferente para hablar con el niño menor, con objeto de facilitar
la comprensión. A menudo se olvida la idea de emplear distintos
registros lingüísticos en la entrevista y en la encuesta, porque
redactamos preguntas normalizadas, aferrándonos a ellas aunque
los entrevistados no vayan a ser capaces de entenderlas.
Recientemente, unos cuantos sociólogos han comenzado a
estudiar esta cuestión, variando la redacción de las preguntas
para ver si se produce variación en las respuestas. Algunos de
estos estudios fuin tratado también de m ostrar cómo pueden in­
fluir sobre las respuestas las diferencias en el empleo de pregun­
tas cerradas y abiertas. Por ejemplo, puede demostrarse que, si
se pregunta algo a los entrevistados de lo que no sepan nada,
m uchos contestarán a la pregunta si el cuestionario no incluye
explícitamente la categoría «Ño sé». Sin embargo, muchos entre­
vistados están dispuestos a adm itir su ignorancia. Otros harán una
«conjetura culta, pero errónea» sobre el tema, a pesar de carecer
de información. Con otras palabras, muchos de estos sujetos no
tienen las actitudes por las cuales se les pregunta. No tienen los
conocimientos que se ajusten a las preguntas que se les hacen.
l¿a utilización de preguntas de cuestionario abiertas y cerra­
das supone que los entrevistados poseen los conocimientos perti­
nentes. Se supone, además, que las respuestas reflejan actos, o
actitudes, o creencias, que se manifiestan en el marco de la vida
cotidiana en que los entrevistados suelen interactuar con otros.
Tenem os que estudiar independientemente la comprensión del
contenido de la pregunta respecto de las limitaciones del marco
y del conocimiento del entrevistado* L o cual quiere decir que he­
mos de saber algo de la relación entre lo que se pregunta y lo que
se dice al entrevistado sobre la encuesta y la manera como la
gente habla de los mismos temas en la vida cotidiana.
Los aspectos técnicos de las encuestas ocultan a menudo el
grado en que la metodología puede satisfacer la relación entre la
teoría y el mundo cotidiano que se representa. Necesitamos datos
de los marcos de la vida cotidiana que puedan ser comparables
con los tipos de preguntas de cuestionario que hacemos a los
entrevistados en un marco artificial. A menos de tener cierta idea
de cóm o son comparables los marcos cotidianos con lo que nos
dicen las personas en los marcos artificiales, será difícil que com­
prendamos en qué medida las encuestas y las entrevistas puedan
aclarar nuestro conocimiento de la estructura social.
Al utilizar preguntas cerradas, esperamos que los entrevista­
dos puedan reconocer como evidente la clase de objetos que se
enuncia en cada punto, expectativa derivada de la supuesta prue­
ba anterior de cada pregunta del cuestionario, antes de aplicarlo
en su redacción definitiva. Pocas veces nos hacemos cuestión de
la posibilidad de que los conceptos o clases de conceptos expues­
tos al entrevistado pueden no estar claramente definidos en su
mente. E n ambos casos, el carácter cerrado de la encuesta ga­
rantiza una respuesta «adecuada*, en tanto el entrevistado esté
dispuesto a tomar una de las opciones que se le presentan. Se
supone que las diferencias de ideas del investigador y del con­
sultado sobre un concepto o clase quedan salvadas por la peque­
ña prueba anterior al cuestionario definitivo.
Permítaseme concluir este prólogo a la edición española seña­
lando que, al hacer investigación por encuestas buscamos, por
ejemplo, una serie de verificaciones complejas de la producción
de datos y del análisis subsiguiente, examinando las pautas que
resultan, debidas a la redacción de las preguntas de diversa ma­
nera, a través de diferentes grupos y en m om entos diferentes.
Otra fuente de verificación en las encuestas puede verse en los
enormes adelantos habidos en la teoría de la muestra y en la ca­
pacidad del investigador para escoger diferentes consultados. Lo
más difícil es seleccionar una muestra de la conducta. En el caso
de la conducta electoral, hallamos una c o r r ^ ^ . dencia bastante
estrecha con lo que dice la gente en respuesta a una pregunta de
cuestionario y la manera como vota en realidad. Pero otros te­
mas no resultan tan bien y, otros, nada bien en absoluto. De
manera que siempre hemos de enfrentarnos con esta cuestión
de la validez, porque no tenemos claridad sobre la conducta que
indifican los cuestionarios. Las personas no son m uy precisas
al describir su propia conducta cuando se les pide que contesten
a preguntas directas.
La dificultad fundam ental está en la falta de teorías consis­
tentes. En su lugar, solemos confiar en que se descubran pautas
en las respuestas, que nos orienten hacia explicaciones teóricas
a posteriori. Pocas veces la teoría orienta explícitamente la inves­
tigación sociológica. Esperamos que los datos de las investiga­
ciones decidan qué conceptos teóricos parecerían apropiados.
Seguramente, los demóscopos refinados encontrarán objeta­
bles muchos de estos comentarios. Querrán hacer la pregunta
siguiente: ¿Cómo sabremos cuándo podremos dejar de utilizar
más comprobaciones para examinar la cuestión de la validez?
Podría hacerse la m ism a pregunta sobre los posibles remedios
basados en mis sugerencias sobre la utilización de teorías del
razonamiento y del análisis textual: ¿Cómo sabremos cuándo de­
jar de utilizarlas? No hay respuesta clara a estas preguntas, pero
debemos observar que, en realidad, todos los métodos de recogi­
da de datos que siguen los sociólogos padecen los m ism os pro­
blemas con que tropiezan las encuestas. A menos de tener teorías
c o n s i s t e n t e s , no podremos decidir en qué medida un método
particular y los datos que produzca nos dirán algo que merezca
la pena conocer.
Todos estamos obligados a enfrentam os con el m ism o proble­
ma del sentido o de la interpretación, independientemente de que
utilicem os encuestas, textos, estadísticas demográficas, entrevis­
tas extensivas, observación participante o cintas sonoras o visua­
les. El tema de la interpretación pocas veces es objeto de las
encuestas y, mucho menos, de cualquier otro tipo de investigación
sociológica. Precisamente, el tema de la interpretación es el pro­
blema de la comprensión.
He argumentado en todo este prólogo que la encuesta y la
entrevista carecen de fundam entos teóricos que concuerden con
la r e c i e n t e evolución de las teorías del uso lingüístico y de la
comprensión. El seguir dependiendo de encuestas y entrevistas
exige que demos a estos métodos un firm e fundamento teórico,
a fin de evitar el anquilosamiento de los actuales métodos de
investigación esenciales a la sociología. El análisis del razona­
m iento y el análisis textual son parte integrante de toda investi­
gación sociológica, de la cual la encuesta y la entrevista no son
más que un capítulo. Relacionando la investigación sobre el
razonamiento y los textos con las encuestas y las entrevistas,
podrem os llegar a hacer verificaciones realistas de la teoría so­
ciológica, siguiendo unos métodos concordantes con el mithdo
citidiano de aquéllos a quienes estudiamos.

Aaron V. C ico u rel


Universidad de California - San Diego
Departam ento de Sociología
M arro-abril 1982
EL METODO
Y
LA MEDIDA EN SOCIOLOGIA
PROLOGO

En estas páginas he tratado de anotar algunas ideas y pro­


blemas que me han servido de orientación y dificultad en mis
estudios, como profesor de un curso de introducción a la m eto­
dología y en mis investigaciones; sistematizando un material
conocido, aunque en gran parte inédito, por los estudiantes de
metodología y los investigadores que se ocupan de la medición
del proceso social. El problema típico de la medida en sociolo­
gía, por una parte, son teorías implícitas con vagas propiedades
y operaciones relacionadas de manera desconocida con unos pro­
cedimientos de medida, cuyas propiedades cuantitativas explíci­
tas, por otra parte, delimitan precisamente dichas operaciones.
Este libro tiene un tono programático, por no ofrecer ' solu­
ción", en el sentido de m ostrar con exactitud cómo podem os ela­
borar mejores medidas. Mi contestación a los lectores que no
gustan de declaraciones programáticas es que una solución prác­
tica exige ciertas aclaraciones teóricas y me tame todo lógicas, acla­
raciones no completamente programáticas, que están vinculadas
explícitamente a métodos concretos de investigación sociológica.
He tratado de precisar qué problemas debe abordar la sociología,
si los investigadores han de conseguir una interacción más im ­
portante entre la teoría, el método y los datos. En vez de buscar
técnicas de medida “m ejores* y más *rigurosas", seria más fecun­
do elim inar muchas tentativas sociológicas de medida, buscando
una explicación de las teorías y conceptos que aclarasen si la
sociología presente ofrece o puede producir propiedades numéri­
cas, y cuáles. La aclaración de la teoría sociológica en relación
con las correspondientes propiedades, relaciones y operaciones
aritm éticas tiene que ir unida a la aclaración del lenguaje socio­
lógico que utilizan los investigadores y al lenguaje y el sentido
vulgar que emplean el actor del sociólogo y el “vulgo”. Las pre­
sentes categorías de los datos se ordenan o cuantifican indepen­
dientem ente de sus vínculos explícitos con la teoría, mientras
que, al m ism o tiem po, nuestros métodos se basan en los sentidos
y procedim ientos vulgares para conseguir conexiones a posteriori
entre la teoría y los datos.
Comencé a interesarme por escribir este libro en la universi­
dad de California - Los Angeles, estudiando con W. S. Robinson.
Sus lecciones sobre metodología han sido fundamentales para
las ideas que expongo en estos capítulos. Fueron de particular
estím ulo sus lecciones sobre la validez y la fidelidad, por la ar­
gumentación general de que el investigador sociológico tiene
que basarse en los “conceptos populares” de su materia, en las
clasificaciones del especialista o del cifrador y en sus propias
interpretaciones personales de los hechos y datos para poder
mdar sentido” a los resultados y lograr algún tipo de sistematiza­
ción, Su observación conexa de que en sociología pocas veces
podrem os lograr un máximo de validez y fidelidad con las actua­
les técnicas de investigación estimularon m i interés por buscar
vínculos más explícitos entre la teoría y la medida.
Dos años de colaboración con Harold Garfinkel m e introdu­
jeron en la obra de Alfred Schutz, haciéndome comprender mejor
el papel de la teoría en el método y la medida sociológicos. Esta
colaboración resultó estimable para comprender cómo las teo­
rías sociológicas formales se relacionan ambiguamente con el
lenguaje y el pensamiento vulgares del sujeto y del investigador.
En estas páginas quedará de manifiesto cuánto debo a la obra
de Schutz y a la exposición de Garfinkel. Pero empecé este libro
después de m i asociación con Garfinkel y quizá me aparte bas­
tante de sus propias ideas sobre los mismos temas o semejantes.
No he recibido el favor de sus críticas, pero he tratado de acotar
sus ideas, expuestas en obras publicadas e inéditas, dentro de los
¡Imites de no habérseme permitido citarlas directamente.
Me han sido útiles las discusiones con mis antiguos colegas
de la universidad del Noroeste y quiero dar las gracias particular­
mente a Donald T. Campbell, Scott Greer, M itchell Harwitz,
Herbert Hochberg (actualmente en la Universidad de Indiana),
John Kitsuse y Norton Long. En la Universidad de California-
Riverside me han sido útiles las discusiones con Egon Bittner,
Thomas Morrison, Stanley Stew art y Howard Tucker. Durante los
veranos en la Universidad de California-Berkeley he aprendido
m ucho en conversación con John Gumperz, David Kíatza, Sheldon
Messinger, William Petersen, June Rum ery y Harvey Sacks.
Muchas personas han leído varios borradores de parte o todo
el original, habiéndose incorporado sus valiosas sugerencias a la
redacción final. Quiero reconocer particularmente la ayuda de
Howard S. Becker, Gerald Berreman, John -Gumperz, Mitchell
Harwitz, David Harrah, Peter McHugh, Williám Petersen, Stanley
Stewart, Arthur Stinchcombe, Howard Tucker y Robin M. W il­
liams, Jr. La arrolladora, aunque siempre constructiva y estim a­
ble crítica de William Petersen ha sido de especial importancia
para revisar los capítulos I y IX , habiendo estimulado, además,
una revisión general del original. Han sido especialmente valio­
sas las sugerencias editoriales de la señora Aliñe Pick Kessler,
antes de la “Free Press", habiendo hecho muchas contribuciones
importantes al estilo y a la claridad. La señora Donna Lippert
ha ofrecido una asistencia mecano gráfica oportuna y generosa.
Quiero dar las gracias a la Fundación ' Dora and Randolph Hay-
nes" por su beca del verano de 1961, que me perm itió redactar
los primeros capítulos del original. Quiero dar las gracias tam ­
bién a diversos editores y autores por él perm iso para citar sus
obras.

A. V. C.

Buenos Aires, enero 1964.


Al ocuparnos de los fundam entos de la investigación socioló­
gica, debemos examinar y revisar continuamente sus primeros
principios. Con este libro, espero confirmarla examinando críti­
camente los fundam entos del m étodo y de la medida en sociolo­
gía, particularmente, en el plano del proceso social. Comparto la
idea de R. M. Maclver en Social Causation de que «la estructura
social es, en su mayor parte, creada». El tipo social de nexo
causal, *a diferencia del nexo físico..., no existe independiente­
mente de los objetivos y motivos de los seres sociales», requirien­
do una metodología que se ajuste a la peculiaridad de los hechos
sociales l. Me interesan, por tanto, los problemas del método y la
medida que se plantean cuando los sociólogos estudian lo que
Max Weber llama «conducta significativa» o «acción social» 2.

1 R. M . M acI v e r : Social Causation (Ginn), Boston, 1942, págs. 20-21.


1 Max W eber : The Theory of Social and Economic Organization, trad. por
A. M. Henderson y Talcott Parsons (Oxford University Press), Nueva York, 1947,
pág. 88. Véanse dos excelentes exposiciones de la obra de Weber y de su im-
ortancia para la teoría y el método en sociología: Peter W in c k : The Idea of a
g ocial Science (Routledge and Kegan Paul y Humanities Press), Londres y Nue­
va York, 1958, especialmente los capítulos II, IV y V; y John R e x : Key Problems
of Sociologicat Theory (Routledge and Kegan Paul), Londres, 1961, esp. caps. I,
V, VI, IX y X. Hay en este libro una ciara explicación sobre las diferencias
entre los fundamentos sustanciales de la teoría y de la investigación sociológi­
cas. Mi propia exposición de los capítulos siguientes basada en la teoría socio­
lógica apenas tratará de los temas teóricos sustanciales que plantea Rex, sino
Supongo, en prim er lugar, que las decisiones metódicas en
la investigación sociológica tienen siempre su correspondencia
teórica y sustancial; en segundo lugar, que los supuestos teóricos
del m étodo y la medida en sociología no pueden considerarse
independientem ente del lenguaje que emplean los sociólogos en
su pensam iento e investigación. Mi supuesto jundam ental es que
la aclaración del lenguaje sociológico es importante, porque la
estructura y el uso lingüísticos afectan a la manera como las per­
sonas interpretan y describen el mundo. Como los sociólogos
han creado sus propias terminologías teóricas y tratan frecuen­
tem ente con estos términos, a menudo diversos, por una parte,
del lenguaje y la sustancia de las teorías de otros y, por otra
parte, del lenguaje de las personas en la vida cotidiana, cuya con­
ducta les interesa explicar y predecir, es muy probable que que­
den confundidos la sintaxis y el sentido de estos lenguajes3. La
investigación y la medida en sociología requieren algo así como
una «teoría de la aplicación» y una teoría de l o datos para po­
der distinguir, por una parte, entre la presencia y los procedi­
m ientos del observador y, por otra, el material que titula «datos*.
La confusión del lenguaje sociológico sobre teorías sociológicas
y los hechos sociales y el lenguaje que utilizan los sujetos en es­
tudio es un problema fundamental en la investigación sobre el
terreno y en otros métodos de investigación, como el análisis de
contenido y los experimentos de laboratorio. En este libro se
presta mucha atención al papel del lenguaje, especialmente del
lenguaje cotidiano y de las formas paralingüisticas de comuni­
cación en la investigación sociológica.
Se atiende también a discutir los sistemas matemáticos y de
medida que se emplean al presente en la investigación socioló­
gica. No quiero decir que los hechos socio-culturales no puedan
medirse con las fórmulas matemáticas existentes, sino que los
hechos fundam entales de la acción social deben aclararse antes
de im poner postulados de medida con los que puedan no estar
en correspondencia. Y para discutirlos, m e he servido a menudo

que se ocupará sobre todo de la «teoría Fundamental», en la que supongo se


basarán todas las diversas teorías sustanciales que él explica.
* El lenguaje cotidiano y la sintaxis y el sentido que se asocian a los vocabu­
larios vulgares son fundamentales en la comunicación habitual de la vida coti­
diana. El supuesto decisivo es aue las personas que emplean este lenguaje, por
definición, creen saber de qué habla cada uno. Se dan más precisiones en los
capítulos 2 y 9.
de una ficción: unas condiciones de medida difícilm ente asequi­
bles en nuestro presente estado de conocimientos.
Por último, se determ inan en esbozo los elementos de la ac­
ción social supuestos en muchas de las decisiones metódicas que
toman los sociólogos durante su investigación.

BREVE RESUMEN

En el capítulo primero se aborda con cierto detalle el proble­


ma de la medida. Se exponen las dificultades para establecer cla­
ses de equivalencias en la teoría y la investigación sociológicas,
prestándose atención a algunos problemas peculiares que implica
la medición de los hechos socio-culturales. La tesis esencial del
capítulo es que las medidas presentes no son válidas porque re­
presentan imponer procedimientos numéricos externos, tanto al
mundo social observable, descrito em píricam ente por los soció­
logos, como a las conceptualizaciones basadas en dichas descrip­
ciones■. Llevada al extremo, esta idea parecería señalar que, por
no tener intrínsecamente propiedades numéricas los conceptos en
que se basan las teorías sociológicas, no podemos saber qué pro­
piedades numéricas buscar en los datos correlativos, cualesquiera
sean.
Examinando los capítulos del II al V III, se verá que no tomo
esta postura extrema. Los capítulos sobre la observación parti­
cipante, la entrevista, los cuestionarios cerrados, el m étodo de­
mográfico, el análisis de contenido, la investigación experim ental
y la lingüística no proponen que los sociólogos detengan toda
investigación y medida hasta haberse aclarado las categorías fun­
damentales de la vida cotidiana y haberse ordenado axiomática­
m ente sus propiedades numéricas. E stos capítulos sobre los di­
versos métodos de investigación, en cambio, tratan de aclarar las
clases de equivalencias sociológicas en el plano de la teoría fun­
damental y sustantiva, no de hallar «m ejores» medidas. En este
empeño, concuerda con las actuales tentativas de reforzar los
fundam entos metodológicos de la investigación sociológica. Las
dos orientaciones que han aparecido obrarán así:
1. La teoría y la investigación actuales tratan de aclarar los
fundam entos teóricos y de medida de la disciplina considerando
a cada proyecto de investigación y exposición teórica como em ­
presa sustantiva y, a la vez, como tentativa de explicar la teoría
y la m e d id a 4.
2. Se han creado minimodelos para terrenos particulares de
interés (como la investigación de pequeños grupos) que puedan
ser axioma tizados. Y con estos proyectos a pequeña escala tra­
tam os de saber si un terreno delimitado puede recibir tratamien­
to num érico sin quedar totalmente falseados.
N inguno de estos programas puede eludir una determinación
im plícita del modelo de actor que se supone al formular y reali­
zar la investigación. El segundo programa exige ocuparse explí­
citam ente de qué constituye una medida precisa en sociología,
en oposición a la medida arbitraria6. Si los sociólogos adoptan
el prim er enfoque, la medida será vaga y difícilmente precisa,
porque la m ayor parte del esfuerzo se dedicará a aclarar el len­
guaje y la expresión cotidianos, el lenguaje sociológico sobre la
vida cotidiana y un metalen guaje sobre los conceptos que tratan
del lenguaje sociológico sobre la vida cotidiana.
El capítulo IX expone algunos elementos de la acción social
y tni idea de qué es lo que debe incluirse inicialmente en el m o­
delo que del actor tiene el sociólogo, esto es, antes de determinar
los problemas sustanciales en estudio. Este capítulo final — que
a lg u n o s lectores pueden preferir leer primero, porque gran parte
de su contenido está supuesto en todo el libro— quiere ser, pues,
una explicación introductoria de los tipos de material teórico
cfundam ental» supuestos en las decisiones metodológicas.

« V. el interesante articulo de James F. S hort, Jr.; Fred L. S trootbeck y Des*


mond S. C artw rigkt : «A Strateey for Utüizing Research Dilemmas», Sociological
Inquiry, 32 (Spring 1962), 185-202.
’ Puede verse una importante tentativa de tratar la conducta de pequeños
grupos con modelos formales en: J. B e r g e r , B. P. Cohén, J. L. S n e l l y M. Z el-
ditch, Jr.: Tvpes of Formalization in Small Group Research (Houghton Mifflin),
Bostón, 1962. Desgraciadamente, no se aborda adecuadamente en este libro la
cuestión de si los modelos creados falsean las propiedades fundamentales o
sustanciales en estudio.
» Se llama medida precisa la correspondencia exacta entre los elementos sus­
tantivos y las relaciones en estudio y los elementos y relaciones dispuestos en
el sistema de medida. La medida arbitraria es una correspondencia discrecional
o impuesta entre los elementos, las relaciones y las operaciones.
Al insistir en que los sociólogos no prestan atención suficiente
a estudiar las variables «subjetivas», especialmente las que con­
tribuyen al carácter contingente de la vida cotidiana, espero sub­
rayar la importancia de elaborar modelos de acción social que
determinen los m otivos típicos, los valores y los tipos de acción
dentro del contexto de un medio de objetos con propiedades vul­
gares, como las creadas por Weber. Esta explicación ofrece un
modelo del actor que no reduce la acción social a variables sico­
lógicas y supone que tas clases de equivalencias, al menos en el
plano conceptual, pueden determinarse dejando pendiente el
problema de la medida. Se supone que es posible establecer cla­
ses de equivalencias en el plano conceptual que se correspondan
con correlatos de un medio observado.
He eludido la cuestión de si la sociología es una «ciencia» y
su materia puede someterse definitivam ente a cierta especie de
cuantificación, suponiendo implícitamente que éstos son objetivos
razonables. Mis motivos son los siguientes: como no tenem os
ahora sistemas teóricos que puedan axiomatizarse significativa­
m ente de modo que originen propiedades numéricas en correspon­
dencia, por ejemplo, con los números enteros o reales (y que,
presumiblemente, sean isomorfas a ellas), difícilm ente podrem os
m edir con rigor tos hechos sociales. Diré que el interés actual de
ta sociología por el título de «ciencia» y su insistencia en los «da­
tos cuantitativos» oscurece la predicción y la explicación no
triviales, por hacerse arbitraria la medida. Aunque el físico tiene
también problemas enrevesados de medida, puede indicar expe­
rimentos repetibles que conducen a una verificación no trivial
de importantes predicciones. Los conceptos teóricos de la s o c io ­
logía son todavía ambiguos y están disociados de su medida en
situaciones de investigación. La medida actual en la investigación
sociológica puede ser de valor para ofrecer un conocimiento in­
tuitivo sobre la estructura de la teoría y los conjuntos adecuados
de relaciones entre los elementos de la teoría, pero tas medidas,
y las teorías con tas cuates se suponen relacionadas, siguen sien­
do ambiguas, por no relacionarse con lo que Nagel llama «reglas
explícitas de correspondencia* 7. En vez de emplear tanto tiem po
7 Emest Nagel: The Structure of Science (Harcourt, Brace), Nueva York, 1961,
esp. cap. VI: «The Cognitive Status of Theories».
y dinero en estudios que sólo consiguen una medida arbitraria,
deberíam os emplear más tiem po en aclarar nuestras teorías y
buscar correlatos en el mundo observable. El enfoque que suge­
rim os no evitará la investigación empírica; evitará los datos que
se estim an valiosos sólo porque podemos meterlos dentro de un
conjunto de categorías que constituirán una «escala* u ofrecerán
una prueba de significación.
Las discusiones sobre si la sociología es una «ciencia», o si sus
teorías y datos pueden someterse a cuantificación, serán prema­
turas si no podemos convenir en qué es teoría y en si nuestras
teorías pueden enunciarse de manera que originen propiedades
num éricas con correlatos en el mundo observable.
LA MEDIDA Y LAS MATEMATICAS
Las técnicas de investigación y las escalas de medida de cual­
quier ciencia pueden considerarse como problema de la sociolo­
gía del conocimiento. En cualquier momento, el conocim iento
depende del particular estado de los métodos empleados y el
conocimiento futuro dependerá del desarrollo de los m étodos
actuales. Es im portante preguntarnos si las pretensiones de cono­
cimiento se basan en métodos que se corresponden con las teo­
rías y los datos recogidos o si las técnicas de investigación y
escalas de medida en que se basan estas pretensiones tienen
poco más que una relación de m etáfora o sinécdoque con dichos
datos y teorías K Si nuestro interés empírico por el problem a del
1 Los términos de metáfora y sinécdoque y el empleo que hacemos de ellos
han sido sugeridos por Harold Garfinkel. Con empleo de sinécdoque quiere de­
cirse la práctica de los sociólogos de admitir que las afirmaciones teóricas y
empíricas representen un conjunto amplio, sin precisar cómo encaja la parte
en el resto de la teoría o en el resto de los datos. En este contexto, significa
que se utilizan frecuentemente teorías de la medida de manera que «representen»
una demostración apropiada de la correspondencia entre los elementos de la teo­
ría supuesta y los elementos empíricos originados por el sistema de medida, cuan­
do en realidad no se ha cumplido tal correspondencia. Así ocurre especialmente
cuando se analizan los datos sin precisar cómo contribuye la teoría a la inter­
pretación que se sigue, concentrándose en el método del análisis y suponiendo
que el resto, en cierto modo, va de suyo, sin que el investigador tenga que
tomarse más molestias. En el caso del empleo metafórico, los sociólogos utilizan
sistemas matemáticos como análogos a cierta doctrina teórica o se emplea una
teoría de la medida que más bien tiene cierto «parecido» con los díalos recogidos
que una correspondencia demostrable entre sus elementos, relaciones y las ope-
orden social depende de tales métodos, y si estos métodos no se
em plean con exactitud, resultará decisivo estudiar las técnicas
de investigación y las escalas de medida para comprender qué
se considerará «conocimiento» en una época determ inada. Véanse
las cuestiones siguientes:
1. Los métodos de investigación sociológica que tratan de
m edir las propiedades de la acción social, ¿qué supuestos teó­
ricos implican?
2. Los supuestos teóricos, ¿originan propiedades de medida
adecuadas a los datos que arrojan determinados procedimientos
m etódicos?
3. ¿Cuáles son las condiciones necesarias para establecer
una medición precisa y rigurosa en el estudio del proceso social?
Son tres cuestiones que señalan el tema fundamental de este
libro: la relación de la metodología y de la medida con la teoría.
Toda exposición sobre las consecuencias teóricas de los procedi­
m ientos metódicos y de medida en sociología exige una digresión
sobre los conceptos actuales de la medida, digresión necesaria,
porque los sociólogos utilizan una forma mucho más general de
medida que los naturalistas, y a menudo más atenuada. Por ello,
el estudio de la medición en sociología exige cierta perspectiva
técnica en que situar la práctica sociológica.

P E R S P E C T IV A TECN ICA

Comencemos con unas cuantas observaciones sobre los sis­


te m a s axiom áticos1. Conviene distinguir entre los cifrados (un-
Ínterpreted) y los descifrados (interpreted). Es cifrado un sistema
axiomático formalizado, abstracto, que sólo comprenda términos
lógicos, como «o», «y*, «no», y símbolos seleccionados arbitra­
r i a m e n t e , como $, %, J. Estos sistemas son útiles porque ad-
ráciones que permiten. Lo importante en este caso es que los sociólogos, en su
in v e s tig a c ió n ,yuxtaponen a menudo las afirmaciones teóricas a las empíricas,
esperando que el lector se encargue de demostrar una correspondencia sólo
señalada por el investigador, quien no precisa con exactitud cuáles son los
elementos, relaciones y operaciones relacionados.
* Véase Hebert H ochberg: «Axiomatic Systems, Pormalization, and Scientifie
Theories»; y May Brodbecx: «Models, Meaning, and Theoiy», en L. Gross (ed.):
Symposium ort Sociological Theory (Row, Petersan), Ev&nstan, 1959.
» H o c h b e r g , ídem, pág. 424.
miten deducciones y pruebas en operaciones claras, guardando
de los errores que acom pañan con frecuencia al empleo de tér­
minos descriptivos (descifrados, significativos)4. Los sistem as
matemáticos, cuando son cifrados, se componen de meros sím­
bolos, verdades lógicas o tautologías. Así, pues, el sistema axiomá­
tico formalizado no se refiere necesariam ente al m undo real.
Un sistema axiomático descifrado com prende térm inos des­
criptivos, además de lógicos. La sustitución de los símbolos y
verdades lógicas de un sistem a axiomático cifrado, abstracto, por
términos descriptivos y enunciados em píricos conduce a un sis­
tema descifrado5. Los axiomas o postulados de un sistem a axio­
mático cifrado pueden convertirse en las leyes científicas de un
sistema descifrado. Por tanto, los sistemas axiomáticos descifra­
dos exigen que se dem uestre una correspondencia entre los ele­
mentos, relaciones y operaciones de los siste me m atem ático y
sustantivo en cuestión. Las consecuencias exigen que se deter­
minen las propiedades de medida de las teorías. Así, el ejem plo
de Zetterberg de un sistem a axiomático con propiedades ordina­
les significa que, en la teoría del suicidio de Durkheim, las pro­
piedades sustantivas se lim itan a las ordinales del sistema de
m edida6. Dado que estas limitaciones pueden reducir mucho la
escala de medida, plantean tam bién la cuestión de si sem ejante
escala es adecuada para m edir los procesos sociales, como se
proponía la teoría de Durkheim.
Teorías implícitas y explícitas.—No todas las teorías son de
carácter axiomático. Una teoría com puesta por un conjunto de
leyes y definiciones que se relacionan deductivamente es un sis­
tema axiom ático7. No todos los sistemas axiomáticos son teorías.
Provisionalmente al menos, convendrá distinguir entre estas dos
clases de teorías. El prim er tipo, la teoría implícita, puede defi­
nirse en general como un conjunto de definiciones y de enuncia­
dos descriptivos de form a no axiomática y que, por tanto, no
deben tomarse como un conjunto de leyes relacionadas. Lo cual
no quiere decir que tales teorías no puedan com prender leyes o
que no existan relaciones entre sus definiciones y enunciados
descriptivos. De hecho, diversas teorías im plícitas pueden tener
4 H ochberg: op. cit., págs. 424-425.
* Brodbbck: op. cit., págs. 376-378
* Hans Zetterberg: On Theory and Verification in Sociology (Tressler Press),
Hueva York, 1954.
1 Hochberg: op. cit., págs. 376-378.
«cierta» ambigüedad, cuyo grado sólo podrá precisar quienquiera
las haya creado o utilizado. Llamamos ambigüedad a la falta de
sistem atización en la estructura conceptual, y según criterios ex­
te rn o s. La «complejidad» de muchas teorías implícitas en socio­
logía estrib a en la utilización de diversas clases de tipologías,
paradigm as y recursos semejantes. Las teorías sociológicas son
principalm ente implícitas, con algunos islotes de sistematización
y m edida. Teoría explícita es un sistema axiomático descifrado,
como lo definimos antes \ En sociología, realmente, no existen
teorías explícitas, aunque se ha intentado «sim ularlas»9.
Resumiendo, observamos que los sistemas matemáticos son
per se sistemas axiomáticos (abstractos, formalizados) cifrados
que com prenden símbolos y signos cifrados y enunciados tauto­
lógicos, m ientras que algunos sistemas teóricos comprenden sis­
temas axiomáticos empíricos o teorías explícitas. Cuando los
axiom as de un sistema matemático tienen la misma estructura
que las leyes de una teoría explícita: 1) pudiendo convertirse los
axiom as del sistema matemático en leyes de la teoría explícita;
2) habiendo una correspondencia exacta entre los términos de los
dos sistem as y sus enunciados; y 3) manteniéndose las conexio­
nes lógicas entre los axiomas y las leyes, respectivamente* ambos
sistem as son isomorfos. La cuestión pertinente es cómo suponen
tales isomorfismos los sociólogos que construyen o emplean «mo­
delos matemáticos» y «modelos de medida» con teorías implí­
citas y qué consecuencias se siguen para la teoría y el método.
¿Podem os derivar de teorías implícitas proposiciones reducibles
a m edición rigurosa? ¿H a de haber teorías axiomáticas para que
haya medida? No tengo respuestas claras, pero las tocaré segui­
damente.
La medida.—Mucho de l o que se ha escrito en sicología y so­
ciología sobre la medida está sacado de la obra del físico Norman
C a m p b e l l . Recientes libros de Torgerson y Churchman y Ra-
toosh 10 dan excelente información de diversas exposiciones sobre
la medida y sus fundamentos matemáticos. Gran parte del tra­
* Las expresiones de teorías «explícitas» e «implícitas» han sido sugeridas por
H ochberg en comunicación personal.
* V. Herbert S im ó n : «A Formal Theory on Interaction in Social Groups»,
American Socioloeicai Review, 17 ( a b r il 1952), 202-211; y Joseph B e r c e r , B e m a r d P.
C ohén, J- Laurie Sneia y Morris Z e id itc h , Jr.: Types of Formalization in SmalU
Group Research (Hougnton Mifflin), Boston, 1962.
« Warren T o r g e r s o n : Theory and Method of Scating (Wiley), Nueva York,
1958; C. West Churchman y P. Raidos»: Measuremcnt (Wüey), Nueva York, 1959.
bajo sobre la medida en sociología se ha hecho en los terrenos
llamados corrientem ente sicología social y demografía, habién­
dose concentrado en la creación o empleo de sistemas m atem á­
ticos para describir la interacción de pequeños grupos, m edir
actitudes y analizar datos demográficos.
Campbell define la medida como la atribución de números
(numbers) o, más en general, de cifras (numeráis) para representar
p ropiedades11. Nagel la llama «la correlación de números con
cosas que no son números» ,2. Stevens señala que, hablando en
general, «es la atribución de cifras a objetos o hechos siguiendo
unas reglas. Y el que puedan atribuirse cifras según norm as
diferentes ocasiona distintos tipos de escalas y distintos tipos
de medidas# u. Para Coombs, «en las ciencias físicas, la medida
significa habitualm ente atribución de núm eros a observaciones
(hecho que se llama "program a”) y el análisis de los datos con­
siste en m anejar dichos números u operar con ellos. Frecuente­
mente, ha intentado hacer lo mismo el sociólogo que toma la
física por modelo. La tesis es... que el sociólogo que sigue tal
procedimiento, a veces, violentará sus datos» M.
Según Torgerson:
La m edición atañ e a las prop ied ad es de los o b jetos, no a los m is­
m os objetos. Así, en n u estro uso del térm ino, no es m en su rab le un
palo, aunque sí podrían serlo su longitud, peso, diámetro y dureza,.
M edir una prop ied ad im plica, pues, a trib u ir núm eros a sistem as
p a ra rep resen tarla. Y, p a ra ello, h a de p revalecer un isom orfism o,
es decir, una relación exacta, e n tre ciertas ca ra c terístic a s del sistem a
num érico im plicado y las relaciones e n tre d iversas can tid ad es (ejem ­
p los) de la propiedad p o r m edir.
La esencia de este p ro ced im ien to es la atrib u ció n de n úm eros
de tal m an era que se refleje esta co rrespondencia exacta e n tre dichas
características de los n ú m ero s y las co rresp o n d ien tes relaciones e n tre
las cantidades 15.

Las cifras pueden ser sencillamente un conjunto ordenado de


elementos en correspondencia exacta con el sistem a numérico.
El número y la cifra no siempre son intercam biables, como se
11 Norman C a m p b e ll: What is Science? (Dover), Nueva York, 1952, p á g . 110.
11 Em est N agel: «Measurement», Erkenntnis, 2 (1931), 313-333.
** S . S. S tevens : «Mathematics, Measurement, and Psychophysics», en S . S .
S tevens (ed.): Handbook of Experimental Psychology (Wiíey), Nueva York, 1951.
pág. 1.
14 Clyde Coombs: «Theory and Methods of Social Measurement», en L. F e s t in g e r
yD. K atz (eds.): Research Methods in the Behavioral Sciences (Dryden), Nueva
York. 1953, pág. 472.
u T o rg b rso n : op. cit., p á g s . 14-15.
supone en las citas de Campbell y Stevens. Reese observa que
«las cifras, por las que se entiende sencillamente un grupo de
signos o símbolos convencionales en un trozo de papel, tienen
u n orden convencional» Muchos autores no aclaran esta dis­
tinción entre cifras y números al tratar de la medida. Sobre esto.
Reese cita a Campbell:
Al hablar de la atribución de cifras, convendrá volver a subrayar
que son cifras lo que se atribuye, no números. Como dice Campbell,
«sería difícil evitar la impresión de que intervienen la idea de núme­
ro y las reglas de la aritm ética. Desde luego, están estrecham ente
relacionadas con la medida; pero si no reconocemos que no son
esenciales, no entenderemos esta relación» l7.

E sta distinción es im portante a fin de aclarar el sentido de


a trib u ir cifras a objetos sin especificar qué sistema algebraico
de operar con números es aplicable. Es posible crear un sistema
m atem ático que utilice cifras para representar un sistema teórico
su stan tiv o , pero no especifique si las operaciones m atemáticas
d esarro llad as o implícitas en el sistema se refieren a algún sis­
tem a numérico particular. El sistema matemático puede reali­
zarse sin especificar un sistema numérico, dejando sin aclarar
la cuestión de los postulados de medida. Puede idearse un mode­
lo m atem ático formal, un sistema descifrado, que no diga nada
sobre cómo deben medirse los hechos observables que en él se
producen. Muchas utilizaciones formales de los temas m ate­
m áticos tienen poco que ver con la ciencia social empírica. A me­
nos que puedan hacerse deducciones útiles con consecuencias
em píricas, esos inventos se quedan en ejercicios intelectuales de
dudosa importancia.
C hurchm an ha expuesto el problem a general de la m edida:
La atribución cualitativa de objetos a clases y la atribución de
núm eros a objetos son dos recursos a disposición del m edidor para
producir información generalmente aplicable. Pero, ¿qué recurso
es m ejor? La sorprendente consecuencia de esta propuesta es que
la m edida es una actividad decisoria y, en cuanto tal, debe estim arse
según criterios de decisión.
En este sentido, esto es, tomada la medición como actividad
decisoria destinada a alcanzar un objetivo, no tenemos todavía una
teoría de la medida. No sabemos por qué hacemos lo que hacemos.
<• T. W. R e e s e : «Application of the Theory of Phydcal Me&suranent to the
M e a s u r e m e n t of Psychological Magnitudes with Experimental Examples», Psychot.
Ni siqu iera sabem os p o r q u é m edim os, en absoluto. E s costoso
lograr m edidas. ¿M erece la pena este esfuerzo? ,8.

Coombs ha planteado un problem a más grave. Véanse las si­


guientes observaciones:

El m étodo de análisis define, pues, cuál es la inform ación, pu-


diendo dotarla o n o de c ie rta s p ropiedades. Un m étodo «consistente»
de análisis concede p ro p ied ad es a los datos que perm iten u tilizar
su inform ación, p o r ejem plo, p a ra id e a r una escala unidim ensional.
Como es obvio u n a vez m ás, no puede inferirse que tal escala sea
tina característica de la co n d u cta en cuestión si es consecuencia
necesaria del m éto d o de análisis.
P o r eso, resu lta conveniente e stu d ia r m étodos de recoger datos
sobre la cantidad y tipo de in form ación que comprende cad a m éto­
do sobre la conducta en cuestión, a diferencia de la impuesta. De
m odo sem ejante, a n tes de sa c a r in form ación de los datos, es preci­
so e stu d ia r las c a ra c te rístic a s o propiedades que im ponen a dicha
inform ación los diversos m étodos de analizarlos 19.

Estos párrafos de Coombs, junto con el siguiente de Torger-


son, sobre la medida en ciencias sociales, ofrece una paradoja.
Hablando de los diferentes tipos de medida, Torgerson observa:

O tra m anera com o estas c a ra c terístic a s podrían a d q u irir sentido


h asta cierto p u n to es, sim plem ente, p o r definición discrecional. La
podríam os llam ar medida arbitraria (by fiat). O rdin ariam en te, es­
trib a en suponer relaciones e n tre las observaciones y el concepto
de interés. E ntran en esta categoría los índices e indicadores u tili­
zados ta n a m enudo en las ciencias sociales y conduclistas. E s pro­
bable que se dé esta su erte de m edida cuandoquiera nos en c o n tre ­
mos con un concepto precientífico o vulgar (common-sense) que
parezca im p o rtan te p o r m otivos ap rio rísticos, p ero que no sepam os
cómo m ed ir directam ente. P o r consiguiente, m edirem os o tra varia­
ble cualquiera o un p ro m ed io p o n derado de o tra s variab les que
supongam os relacionadas. Com o ejem plos, podríam os c ita r la m e­
dida de la posición socioeconómica; o de la emoción, utilizando la
resp u esta dérm ica sicogalvánica; o de la capacidad de aprendizaje,
m ediante el núm ero de p ru e b a s y e rro re s que cu esta al su je to ad­
q u irir un criterio p a rtic u la r de a p re n d iz a je " .

Esta explicación de Torgerson sanciona la misma práctica


contra la que nos advierte Coombs. Sin embargo, en la o b ra de
éste se halla implícito el supuesto de que son apropiadas ciertas
formas de métodos de escalas. Este supuesto implica alguna de-
" C. W e s t C uurchman : « W h y M e a s u r e ? » , e n C hurchman y R atoosh, op. cit., pá­
gina 84.
" Coombs: op. cit., págs. 471-472.
* Torgerson: op. cit., págs. 21-22, subrayado en el original.
finición de la medida antes citada. Coombs supone implícita­
m en te que los hechos sociológicos son reducibles a medida por
los axiom as aritméticos o alguna derivación suya. Dicho supuesto
p u e d e ^enunciarse así: que los hechos de interés para el sociólogo

tienen m atem áticam ente las mismas propiedades que las físicas
y, en consecuencia, que los hechos sociales son reducibles a los
m ism os tipos de teorías de medida, con tal de que pueda encon­
trarse la «justa» combinación o derivación de los axiomas arit­
m éticos, además de datos «adecuados» que se ajusten al modelo
u tilizad o . Coombs ha desmenuzado mucho este problema:

C asi todo el m undo estará d ispuesto a decir que cualquier con­


ju n to determ in ad o de datos contiene algún e rro r, pero precisam ente
q u é es lo que hay que calificar de e rro r depende en g ran parte del
n ivel de m ed id a .q u e se crea ad m iten los datos.
E l sociólogo se e n fren ta con su problem a al escoger entre poner
su s datos en un orden sencillo o preguntarse si sus d a to s responden
a un orden sencillo. Seleccionando un sistem a b astan te consistente,
el sociólogo podrá lo g rar co n stru ir siem pre una escala unidim ensional
de m edida, corrientem ente, una escala de intervalo, obligando, pues,
a q u e p a rte de los d ato s se califique de e rro r. Al no pretender un
siste m a consistente, el sociólogo p erm itirá que los d atos determ inen
si e s adecuada una sencilla solución unidim ensional. E s obvio que,
en consecuencia. Ja unidim ensionalidad, obtenida p o r un m étodo de
an álisis que la garantiza, no puede m o strarse como característica
de la conducta en cuestión. Lo cual no es sino un caso especial del
principio m ás general, de no p o d e r sostenerse ninguna propiedad
de los datos, a m enos que el m étodo de recogerlos y analizarlos
a d m ita que se p resenten propiedades alternativas. El p ro b le m a del
sociólogo, dicho toscam ente, es si sabe lo que quie»c o si quiere
s a b e r 2l.

E stos comentarios de Torgerson y Coombs señalan el dilema


del sociólogo: 1) si sus conceptos teóricos no son tan precisos que
le digan qué sistemas de medida son adecuados para sus datos,
podrá engañarse con métodos que impongan relaciones incohe­
rentes a interpretaciones equivocadas sobre sus datos y su teo­
ría; y 2) si las mismas medidas empleadas son inadecuadas por
como han sido hechas, produciéndose una medición más arbitra­
ria que precisa (literal).
Son muchos los ejemplos de tal medición. Casi todas las esca­
las, como denotan los comentarios de Torgerson, están expuestas
a la medida arbitraria, por ejemplo, la medida de las actitudes
en los estudios electorales, de medios de difusión y de prejuicios,
entre otros.

LA MEDIDA EN SOCIOLOGIA

¿Cuáles son los fundamentos apropiados para la medida en


sociología? Las obras antes citadas indican que, en el estado p re­
sente de nuestros conocimientos, no puede lograrse en sociología
una medición rigurosa (en el sentido literal que predom ina con
el empleo de sistemas teóricos explícitos) para las propiedades
del proceso social. Medir con exactitud el proceso social exige
prim eram ente que se estudie el problem a del sentido en la vida
cotidiana. La indagación sociológica comienza refiriéndose al
mundo del sentido común de la vida cotidiana. Los sentidos que
se comunican con el empleo de las ordinarias categorías lingüís­
ticas cotidianas y las comunes experiencias culturales no lin­
güísticas informan todo acto social, interfiriendo (de m anera que
puede señalarse conceptualmente y observarse em píricam ente)
la correspondencia necesaria para una medición exacta. La me­
dición precisa de los actos sociales (lo cual quiere decir que las
estructuras conceptuales arrojen propiedades num éricas que se
correspondan con las medidas existentes o que puedan crearse)
exige el empleo de sentidos lingüísticos y no lingüísticos que no
pueden darse por supuestos, sino que deben considerarse como
objetos de estudio. Con otras palabras, m edir supone una red
lim itada de sentidos com partidos, es decir, una teoría de la cul­
tura. Sólo el físico define su terreno de observación, pero en la
ciencia social el tema del razonamiento comienza habitualm ente
por los sentidos culturales preseleccionados y predescifrados del
sujeto. Como el observador y el sujeto com parten los sentidos
culturales entretejidos en el sistem a lingüístico que ambos em ­
plean para comunicarse, los sentidos cotidianos com partidos y
el particular lenguaje que emplea el sociólogo constituyen un
elemento fundamental para la m edida de los actos sociales. Las
«reglas» que se siguen para a trib u ir significación a los objetos
y hechos y sus propiedades deben ser las m ism as, es decir, los
sistemas lingüísticos deben hallarse en cierto tipo de correspon­
dencia. Pero en el razonamiento sociológico, las «reglas» raras
veces son explícitas, aunque existe interés por una definición
exacta y criterios operativos. Las «reglas» que ordenan el uso del
lenguaje y los sentidos que transm iten los gestos y expresiones
lingüísticos y no lingüísticos no están claras y siguen siendo un
problem a casi inabordado por la investigación empírica. Y si las
«reglas» que ordenan el uso del lenguaje para describir objetos
y hechos en la vida cotidiana y en el razonamiento sociológico no
están claras, tampoco reflejará claridad la atribución de cifras
o núm eros a las propiedades de objetos y hechos conforme a
cierto conjunto de reglas relativamente coherente.
En los escritos de Paul Lazarsfeld podemos ver un recono­
cim iento implícito de la falta de medida precisa en sociología,
cuando observa que es un problema im portante identificar las
propiedades pertinentes, y se manifiesta en el lenguaje que usamos
p ara denotar propiedades per se n. Las propiedades de los ob­
jetos y de los hechos sociales se llaman a veces «aspectos» o
«atributos», en vez de «variables». Lazarsfeld señala la laxitud
de la m edida en sociología, al decir que la «atribución de pro­
piedades se llama indistintam ente descripción, clasificación y
m edida» Y prosigue estableciendo cuatro operaciones para
crear «variables» en la medida de objetos sociales complejos:
«una imagen inicial del concepto, fijar las dimensiones, selec­
cionar los indicadores observables y com binar los indicadores
en índices» *.
La noción de «imagen» se refiere a la creación de una idea
o de un cuadro vago por el investigador sobre cierto conjunto
de regularidades que trata de explicar o comprender. O puede
ser la percepción de varios tipos de fenómenos, y el analista cree
que tienen características fundamentales comunes. Después, las
tentativas de definir o delimitar el concepto pasan de la imagen
a la fijación de sus «elementos», «aspectos» o «dimensiones», o
de algo semejante. Según Lazarsfeld, «se m uestra que el con­
cepto está compuesto por una combinación compleja de fenóme­
nos, más que por uno sencillo y directam ente observable»

» p a ú l F - L a z a r s f e ld : « E v id e n c e a n d I n f e r e n c e i n S o c ia l R e s e a r c h » , e n D . L e r n e r
( e d ) ' Evidence and Inference ( T h e F r e e P r e s s o f G le n c o e ) , N u e v a Y o r k , 1959,
p á g . *108.
*» lbld' A
Idem, pág. 109.
• IbUL
Y considera que, p ara convertir el concepto en algún tipo de
operación o medida, es esencial descomponerlo en un núm ero
«razonable» de dimensiones.
Después de decidir qué dimensiones tom ará el concepto, el
investigador tendrá que hallar indicadores apropiados. Lazarsfeld
no nos da reglas para seleccionar indicadores. La falta de reglas
claras refleja el inadecuado estado de la teoría sociológica. Y la
reducción necesaria p ara convertir los enunciados teóricos abs­
tractos en conceptos con dimensiones determinables quizá sea
la misión más difícil con que se enfrentan los sociólogos orienta­
dos a la investigación. Para ilustrar esta dificultad, Lazarsfeld
m uestra conceptos que se suponen obvios para el lector y poco
necesitados de clarificación conceptual en cuanto a un cuerpo
más general de teoría (por ejemplo, en teoría de la gestión, la
eficacia del equipo de producción) y dem uestra íob m uchos sen­
tidos que pueden tener. Lo esencial que aprendemos de la expo­
sición por Lazarsfeld de los indicadores y de su selección es que
al «descomponer» el concepto en una variedad de «sentidos», el
investigador queda obligado a aclarar sus ideas teóricas.
Tratando de la creación de índices, Lazarsfeld ha de suponer
una vez más que nuestro conocimiento de los conceptos teóricos
que queremos medir es lo bastante preciso para capacitarnos a
hablar con fundamento sobre la relación de probabilidad de cada
indicador con «lo que realm ente queremos saber». Y para term i­
n ar sus explicaciones sobre la im portancia de la teoría para la
combinación de indicadores, nos dice: «Por expresarlo de otra
manera, necesitamos gran cantidad de pruebas si querem os sa­
ber lo que un hom bre puede hacer realm ente o qué postura
toma» sobre un a su n to 36. La exposición pasa después a cómo
podemos reunir muchos indicadores en un índice y cómo se rela­
cionan aquéllos entre sí. Esta explicación está más orientada al
mecanismo de com binar los indicadores que a la im portancia de
la teoría para determ inar su combinación e interrelaciones. La­
zarsfeld se interesa p o r derivar ideas m atem áticas de las interre-.
laciones de los indicadores p ara poder hablar de la «capacidad
de un indicador, en com paración con otro, de contribuir a la
medida específica que queram os hacer* 17.
Siguiendo con la perm utabilidad de los índices, Lazarsfeld
M P a u l F . L a z a r s f e ld : op. cit., p á g . 112.
0 Idem, p á g . 113.
descubre un básico recurso de procedimiento que habrá de tra­
ta r a lo largo de todo el libro: cómo las respuestas a los puntos
del cuestionario, más bien que la teoría explícita, son las que
nos dan la base para decidir la im portancia de los indicadores.
No podem os desconocer que la mayor parte de la obra y de las
ideas de Lazarsfeld sobre la medida en sociología procede de su
interés y de su trabajo en metodología de las encuestas — en
p articu lar, porque tales métodos toman como evidentes el len­
guaje y el sentido— si queremos entender cómo los problemas
de m edida en sociología se han unido y confundido con los pro­
ced im ien to s tradicionales de las ciencias naturales.
LoS procedimientos generales que sugiere Lazarsfeld se adap­
tan particularm ente bien a las condiciones de la investigación
sobre el terreno, cuando el estudioso no puede determ inar con
c la rid a d y precisión qué variables son apropiadas para convertir
sus conceptos en una serie de actividades operativas que arro­
jan datos en apoyo o rechazo de sus conjeturas. Al pasar de la
im agen inicial por la creación de índices, se hacen inferencias y
deducciones implícitas y explícitas basadas en parte en los tipos
generales de datos a los que se ve dirigido el investigador por
dicha imagen y, más im portante, en cómo se manejan los datos
con las diversas clasificaciones y tabulaciones cruzadas, que lle­
van después a continuas inferencias sobre la infraestructura de
la imagen inicial. Estas últimas inferencias ofrecen al investiga­
dor so b re el terreno una forma de imagen más amplia o estruc­
tura teórica, así como el sentido de sus datos, es decir, su perti­
nencia a la imagen teórica utilizada. Como observa Lazarsfeld,
«en la investigación sociológica, las clasificaciones se utilizan
principalm ente para establecer relaciones entre cierto número de
variables. Por ello, la cuestión crucial es si estas relaciones, la
conclusión empírica que buscamos, quedan muy afectadas cam­
biando un índice razonable por otro» a. Lo que no está claro es
si la imagen teórica dicta las relaciones iniciales y el imponer
cierta forma de medida concreta las variables en cuestión o si la
clasificación de las respuestas por ciertas reglas discrecionales
de cifrado (coding) o lagunas «naturales» de los resultados pro­
duce el sentido cuantitativo de la «variable» e informa también
la imagen inicial. Suponemos que nuestras «variables» deben
determinarse mediante conversiones teóricas de nuestros concep­
tos, de modo que su ám bito de pertinencia, el orden de los valores
y las propiedades numéricas que deben asum ir sean derivables
de la teoría. Excepto en los casos en que los datos son producidos
(y en ocasiones adoptan propiedades num éricas naturales) por
instancias sociales para sus propios fines contables, casi toda
la investigación sociológica que exige contacto con sujetos im ­
plica siempre teorías implícitas que están muy lejos de una ve­
rificación a priori de hipótesis. N uestras clasificaciones de los
datos, a menudo arbitrarias, llegan a ser la base para establecer
cierta forma de cuantificación. Como la clasificación es a poste-
riori, la validez de nuestra m edida es relativa a la clasificación
arbitraria, haciendo im probable en ese m om ento la repetición y
el conocimiento riguroso. Así, pues, los problem as más graves
de la medida surgen cuando nos ocupamos de las «variables»
cualitativas.
Las referencias a éstas suponen que «hay una línea directa
de continuidad lógica desde la clasificación cualitativa hasta las
formas más rigurosas de medida, pasando por los recursos in ter­
medios de las proporciones sistemáticas, escalas ordinales, cla­
sificaciones multidimensionales, tipologías y simples índices cuan­
titativos» Lo cual supone a su vez, en prim er lugar, que las
arbitrarias y diversas clasificaciones empleadas por el sociólogo
son aproximaciones operativas a conceptos engañosos, cuyas p ro ­
piedades no pueden descubrirse fácilmente por inspección direc­
ta, en nuestro actual estado de desarrollo; en segundo lugar, que
los materiales titulados «datos», y a los que se atribuye una m e­
dida dicotómica o más refinada, se corresponden con los con­
ceptos en estudio. Además, la investigación sociológica que tra ta
de ordenar los m ateriales m ediante investigación sobre el terre­
no debe suponer que la medida arbitraria producida por las re­
glas metódicas que se siguen actualm ente son clasificaciones
singulares para cada proyecto de investigación y que su ju stifi­
cación ha de encontrarse, en últim o térm ino, en los conceptos
teóricos utilizados para explicar los datos. Finalmente, está el
supuesto, o creencia implícita, de que tales conceptos tienen la

* Paul L azarspeld y Alien H. B artok: «Qualitative Measurement in the Social


Sciences», en D. L erner y H. D. L a ssw ell (eds.): The Policy Sciences: Recent
Developments in Scope and Method (Stanford University Press), Stanford, 1951,
pág. 155.
m ism a estru ctu ra que los de las ciencias naturales y pueden arro ­
ja r propiedades numéricas en tan ajustada correspondencia con
los sistem as de medida.
Si encaram os la opción de utilizar medidas según el modelo
de las ciencias naturales o de simple descripción, debemos estar
in fo r m a d o s en ambos casos sobre la sucesión de los pasos que
nos llevarán a unos procedimientos «aceptables». E n cuidadosa
retrospectiva de los supuestos implicados en los procedimientos
de c la s ific a c ió n e impuestos a nuestros conceptos, podremos apre­
ciar m ejor hasta qué punto se interfieren o se complementan
n u e s tr o s esfuerzos por lograr una medida, una elaboración teó­
rica y unos datos sustantivos generales e invariables. E l no poder
d e m o s tr a r una correspondencia precisa o justificada entre las
m edidas existentes y nuestros conceptos teóricos y sustantivos,
sino tener que establecer esta relación arbitrariam ente, quiere
decir que no podemos tom ar por supuestos lo s procedimientos
de investigación ni, por tanto, las conclusiones basadas en ellos.
Suponiendo que los hechos y conceptos fundamentales de la
sociología sí se corresponden con los sistemas matemáticos y
de m e d id a existentes, Lazarsfeld y Barton pasan al básico pro­
blema de clasificar cierto conjunto de experiencias u objetos
identificables dentro de cierta categoría. Por ejemplo:
¿Cómo nos ponem os a fo rm ar tales categorías, en p rim e r lugar?
¿ P o r qué escoger cierto s elem entos de la situación, y no otros? ¿P or
q u é com binarlos precisam ente en estas categorías?
S e puede arg ü ir acertad am en te que no podem os re d a c ta r un
co n ju n to de instrucciones m anuales p a ra categorizar los fenóm enos
sociales: tales instrucciones no serían m ás que un pro g ram a gene­
r a l p a ra d e sa rro lla r la teoría social. No podem os escrib ir un m anual
so b re «cómo fo rm ar fecundos conceptos teóricos» de la m ism a m a­
n e ra que escribim os m anuales sobre cómo seleccionar m u estras o
re d a c ta r cuestionarios *.

Así, pues, idealmente, la categorización de los fenómenos so­


ciales exige el desarrollo de la teoría social general, pero, como
dan a entender Lazarsfeld y Barton, eso no puede hacerse hoy
en sociología. Estos autores señalan un conjunto de procedimien­
tos más prácticos, que comienza con las cuestiones siguientes,
bien delim itadas, que atienden a la descripción de lo que ocurre
en situaciones determ inadas, por ejemplo: «¿Qué es lo que ha­
cen los jóvenes cuando están pensando en elegir carrera? ¿Qué
tipo de reacciones tienen los jóvenes ante el paro? ¿Cuáles son
los cauces de información sobre los asuntos públicos en un m u­
nicipio estadounidense?» 3I. La solución práctica requiere, pues,
que el investigador se haga preguntas generales sobre determ ina­
dos temas esenciales, preguntas que puedan convertirse operati­
vamente en una forma de pensar, tanto vulgar como de pertinen­
cia teórica. La falta de una teoría social desarrollada obliga a
todos los investigadores en sociología a em plear conceptos vul­
gares que reflejan los conocimientos comunes a ios sociólogos
y a los miembros «medios» de la comunidad o sociedad. Supo­
niendo desde el principio que el sociólogo y sus sujetos consti­
tuyen una cultura común que cada uno entiende más o menos
de la misma manera, los sentidos «obvios» de las preguntas ope-
rativizadas del cuestionario en que se basan los indicadores in­
corporarán propiedades sólo vagamente definidas en la teoría
social, pero cuya im portancia para el proyecto de investigación
se da po r supuesta.
Así, en la exposición de Lazarsfeld y Barton sobre la medida
cualitativa hay implícita una teoría del orden social y una cul­
tura común al sociólogo y al sujeto. Por ejemplo, consideran
necesarios cuatro requisitos para «un buen sistem a de clasificar
las respuestas libres». Dichos autores dan a entender que estos
requisitos —«articulación», «corrección lógica», «adaptación a la
estructura de la situación» y «adaptación al marco de referen­
cias del entrevistado»— implican fáciles norm as de procedim ien­
to que son evidentes33. Las muchas decisiones que hay que to­
m ar suponen una correspondencia im plícita entre:
1) Los indicadores por los que el hom bre sencillo identifica
objetos significativos y los que utiliza el sociólogo p ara identifi­
car objetos y hechos significativos.
2) El punto de vista del actor: las categorías lingüísticas y
de sentido que utiliza para describir y clasificar observaciones
y experiencias; y el punto de vista del observador: las catego­
rías lingüísticas y de sentido que utiliza para describir y clasifi­
car observaciones, respuestas y docum entos sobre el escenario
social.
* Paul L azarsfeu» y Alien H. B a r to n : op. cit., pág. 156.
® Idem, págs. 156-157.
3) Las reglas norm ativas que dirigen la percepción y la in­
terp retación que de su medio tiene el actor y las norm as metódi­
cas y teóricas que dirigen la percepción y la interpretación del
o b servador sobre el mismo medio de objetos.
Los procedim ientos prácticos descritos por Lazarsfeld y Bar-
ton se basan en unas diferencias culturales y subculturales que
ellos suponen fácilmente determinables y manejables. La cita si­
guiente revela la necesidad de confiar en una definición vulgar
del m undo, que com parte el observador con el actor:
S upongam os que q uerem os clasificar las razones por las que com ­
p ra n las m u jeres cierta clase de cosm élicos. Las m ujeres harán
m uchísim os com entarios so b re sus razones, que serán difíciles de
a g ru p a r tom ándolas p o r lo que parecen. Pero im aginem os a una
m u je r com prando y utilizando cosm éticos: tom a consejo de las
p erso n as que conoce, de la publicidad y de los artículos de los me­
d io s de difusión; adem ás, tiene sus propias experiencias; tiene sus
m o tiv o s y sus necesidades: utiliza cosm éticos con el fin de adqui­
r ir diversos valores de apariencia que im presionen a o tro s —y po­
d ría m o s av eriguar a quién— y, quizá, p a ra im presionarse a sí m ism a.
Los cosm éticos tienen diversas cualidades técnicas que se relacionan
con estos resu ltad o s apetecidos. Quizá se preocupe tam bién por los
p osib les m alos efectos sobre la salud o el aspecto. Además, hay
dificu ltad es p a ra aplicar los cosm éticos. Y por últim o, está el gasto.
T odos los com entarios de las m ujeres podrían relacionarse con el
esq u em a siguiente: «cauces de inform ación», «valores de apariencia
deseados», «aceptación prevista», «m alas consecuencias», «cualidades
técnicas», «dificultades de aplicación» y «coste». La razón por la
q u e en cajarán los co m entarios es que el esquem a de clasificación
c a sa con la realidad de lo que sucede al co m p rar y u tilizar cosmé­
ticos. De eso que sucede es de lo que h a derivado sus com entarios
la m ism a en trev istad a. La clasificación, p o r decirlo así, vuelve a
p o n e r los com entarios en su s itio 33.

Los autores resuelven fácilmente los problemas de clasifica­


ción descritos utilizando los sentidos vulgares (common-sense
m e a n i n g s ) que intentan clasificar. El investigador se basa en su
conocimiento vulgar de cómo responderán las personas, supo­
niendo que sus respuestas reales se corresponderán con las ex­
pectativas basadas en él. Esta correspondencia supuesta le pro­
porciona un modelo implícito del actor. El observador comienza
con procedimientos vulgares tácitos para definir el problema y
se basa después en medidas operativas de categorías vulgares
formalizadas para obtener sus indicadores (consulta a los suje­
tos y clasificación de sus «respuestas» y «comentarios») con el
fin de tra ta r las respuestas «obvias» del sujeto, es decir, aparen­
temente evidentes y fáciles de entender, como reflejo exacto de
su percepción e interpretación de su medio. Después, sigue supo­
niendo que cada sujeto responde al mismo medio y a los mismos
estímulos y, en este supuesto, comienza a com binar y ordenar los
indicadores en cuadros y medidas sumarias.
La particular intuición y sensibilidad del investigador al mun­
do a su alrededor le procura las claves fundam entales para el
éxito al redactar sus preguntas y los posibles tipos de respuestas.
Las «reglas» que dirigen esa intuición y sensibilidad no son tema
dudoso para el investigador y no están comprendidas en claros
trazados de procedimientos metódicos, como los cuatro que ofre­
cen Lazarsfeld y Barton p ara establecer un «buen» sistem a de
clasificación. N uestra carencia de perfección metódica significa
que los procedimientos de decisión para cateto rizar los fenóme­
nos sociales se encierran en supuestos vulgares implícitos sobre
el actor, las personas concretas y las propias ideas del observa­
dor sobre la vida cotidiana. Estos procedim ientos parecen intui­
tivamente «justos» o «razonables», por basarse en la vida cotidia­
na. Frecuentemente, el investigador comienza su clasificación sólo
con dicotomías generales, en las que espera «encajen» sus datos
y, si éstos parecen justificar sus categorías, sigue construyendo
sobre ellas. Finalmente, puede em plear procedim ientos de cla­
sificación que se ajusten al paso citado por Lazarsfeld y Barton
(de las escalas de relación y de orden a las medidas de intervalo
o de razón). Aunque hay ciertas «reglas» para trazar cada nivel
de clasificación, nuestro presente conocimiento raras veces nos
permite enlazar la categoría y la cosa según derivaciones teórica
y sustantivamente justificadas; en su lugar, el em parejam iento
de categoría y observación se basa a menudo en lo que se consi­
dera «reglas obvias» que cualquier cifrador (coder) u observa­
dor «inteligente» puede cifrar (encode) y descifrar (decode) con
«facilidad». Cada nivel de clasificación llega a ser una medida
más perfecta para transform ar los sentidos vulgares y las no­
ciones teóricas implícitas en «prueba» aceptable. La aplicación
sucesiva de las operaciones clasificatorias arro ja «datos» que
toman la forma de escalas de medida convencionales.
El estado presente del método sociológico hace difícil adhe­
rirse a las anteriores observaciones de Coombs sobre la ordena­
ción de los datos en sistem as de medida sencillos o consistentes,
porque la correspondencia entre la escala de medida y los obje­
tos o hechos observados e interpretados se impone sin poder
p reguntam os —ni, mucho menos, determ inar— si es apropiada.
Una vez im puesta, la textura de medida «convierte» o «transfor­
ma» las respuestas vulgares en «datos». La lógica de las opera­
ciones de m edida asegura la transform ación necesaria para pro­
ducir el resultado deseado. Las preguntas cerradas que se hacen
a los entrevistados se proyectan para descubrir sentidos vulga­
res por medio del sujeto y, además, para procurarse una base
autom ática que produzca respuestas ajustadas a categorías biva­
lentes o polivalentes. La forma de la pregunta es parte integrante
de los procedimientos de clasificación que se siguen. Tenemos,
por tanto, una formalización de las preguntas y respuestas me­
diante procedimientos de cifrado «obvios» o «razonables» y, así,
nos las arreglamos, a través de progresivas operaciones clasifi-
catorias, para tener un pie en el mundo vulgar de la vida coti­
diana y, el otro, en procedimientos de medida cuasi-aceptables
(en sentido práctico). Las realidades de la medida en sociología
tienen dificultades prácticas al presente y esperanzas en el futu­
ro. E sta cita de Lazarsfeld y Barton ilustra las dificultades:
S e ría posible sistem atizar el procedim iento p a ra clasificar según
conceptos sociológicos, de m anera que: 1) pueda adiestrarse a los
investigadores, en período razonablem ente breve, a realizar u na cla­
sificación con un a lto grado de acuerdo; 2) los procedim ientos de
investigación puedan com unicarse a o tro s; y 3) las investigaciones
pu ed an rep etirse y am pliarse. En una situación determ inada, el
estu d io so que utilice procedim ientos sistem áticos puede ser incapaz
de co m p etir con e) a rtis ta sobre el terren o con buenas dotes innatas
y g ran experiencia; a la larga, sin em bargo, la acum ulación y per­
feccionam iento de los conocim ientos de estu dio deben llevarnos m ás
lejos que el arte y la intuición M.
Lazarsfeld y Barton reconocen la dificultad de comunicar los
indicadores en que se basan las decisiones del clasificador. Con
palabras de los autores, quizá estemos operando ahora con el
«artista de dotes innatas y gran experiencia» y es de esperar que
avancemos hacia el sociólogo «objetivo», que idealmente «redu­
cirá un concepto complejo a indicadores tan claros e inequívocos
que el procedimiento de clasificación se h ará casi mecánico; con
las mismas instrucciones, cualquier observador podrá repetir
las observaciones y juicios de cualquier otro» a. Para más ilus-
* Paul Lazarsfblo y Alien H. Babton: op. cit., pág. 166.
■ IbliL
treción, los autores hacen una analogía con la estim ación de los
caballos de tiro:

El lecto r que no esté fam iliarizado con la valoración de los caba­


llos de tiro sab rá q u e d ifícilm ente puede hacerse con instrucciones
que cu alq u iera pueda seguir p a ra llegar a la m ism a estim ación; sus
reglas sólo funcionan cuando h ay un cu erp o com ún de conocim ien­
tos en cu an to a lo que significan los diversos térm inos y lo que son
cara cterístic a s buenas y m alas. No o b stan te , la adopción de e sta
segm entación lleva a un acu erd o sobre uno o dos puntos e n tre
evaluadores expertos que u tilicen la escala com pleta de cien p u n ­
tos

Hay que basarse en un «cuerpo común de conocimientos»


para sistem atizar la correspondencia entre los indicadores de
fundamento empírico y las categorías derivadas teóricam ente.
Las pruebas del cuestionario (pretests) ofrecen pistas al investi­
gador en la fijación de categorías para clasificar las preguntas
cerradas y las respuestas que se suponen basadas en sentidos
«obvios» compartidos. Los autores observan que el detallar más
los indicadores de un terreno determ inado puede producir más
exactitud y menos apoyo en «un cuerpo común de saber tácito».
Pero añaden: «No obstante, si pocas veces hay grave desacuerdo
sobre un indicador, podemos dejarlo sin más definición. En cier­
to momento, tenemos que d ejar de definir nuestros térm inos,
para contar con el común entendim iento del lenguaje» 31. La
medida en sociología —o, más apropiadam ente, la observación,
la clasificación y la titulación— se funda en el «cuerpo com ún
de conocimientos» y en el «común entendim iento del lenguaje» de
la vida cotidiana. Por tanto, los sociólogos deben actuar «des­
de dentro» de la sociedad, empleando su lenguaje nativo (sintaxis
y vocabulario) y sus muchos sentidos culturales indefinidos. Ad­
quirir el punto de vista «de dentro» significa aprender o asum ir
la cultura común nativa. Pero entre los sociólogos se da una
fuerte tendencia a tom ar por supuestos el lenguaje y la cultura
comunes, en particular, cuando estudian su propia sociedad.
Las dificultades que esto ocasiona se oscurecen, pero no se eli­
m inan, cuando se impone arbitrariam ente un sistem a de m edida
a los «datos», a los que se incorporan los usos lingüísticos, las
norm as gramaticales im plícitas y explícitas y los sentidos cui-

* Paul Lazarsfeld y Alien H. Barton: op. cit., pág. 167.


* IbUL
turales, cuya correspondencia con las propiedades de medida es
desconocida. Como casi toda la medida sociológica, particular*
m ente en el estudio de la acción social, es arbitraria, no podemos
perm itirnos desconocer los tres medios —el lenguaje, los sentidos
culturales y las propiedades de los sistemas de medida— por los
que form ulam os categorías derivadas teóricam ente o categorías
ad hoc y las enlazamos con las propiedades observables de obje­
tos y hechos. Así, pues, todo serio interés por la medición socio­
lógica exige estudiar los elementos independientes y relacionados
del lenguaje, los sentidos culturales y los postulados de medida.
Cada uno de estos tres medios obra como una «rejilla» para
definir ciertas formas de «datos» y perm itir que la atraviesen
hacia el observador3*. Cada «rejilla» se convierte en un «filtro»
de lo que llegamos a percibir e interpretar como referente, su
significación y su categoría lógica como dato. Cada «rejilla» o
medio conform a o influye nuestra percepción e interpretación de
nuestras experiencias científicas y vulgares39. Comenzamos con
la noción de medida como «rejilla» o «filtro». El problema de
establecer clases de equivalencias, necesarias para la medida, no
puede entenderse como independiente de los problemas del len­
guaje y de los sentidos culturales. La equivalencia lógica, como
condición crítica de la medida, tiene sus propias formas lingüís­
ticas, pero está relacionada también con el lenguaje y los senti­
dos de la vida cotidiana y, por consiguiente, de la investigación
sociológica. Si hemos de entender por qué la teoría implícita y
el método se transform an en la calidad de medida formal, tene­
m os que estudiar la relación entre el lenguaje común y el de la
equivalencia lógica.

e l l e n g u a je db la m edida

Las medidas actuales tienen sus fundamentos en la lógica


formal, la teoría de conjuntos y sus derivaciones. En las refe­
“ La noción del lenguaje como «rejilla» está sacada de la obra de Kenneth L.
Pike. V. sus libros The Intonation oj American Engtish (University of Michigan
Press), Ann Arbor, 1945; y Langitage in Relation to a Unijied Theory o1 the
Structure o1 Human Behavior (Summer Institute of Linguistics), Glendale,
1955.
* E! lector reconocerá que mi empleo de Ja noción de «rejilla» es otra
forma de enunciar la hipótesis Sapir-Whorf. Se verán más comentarios y con­
secuencias al final del capitulo y a través de todo el libro.
rencias antes citadas puede verse una idea de los axiomas y de
las definiciones utilizadas para establecer escalas de medida.
Ahora aludiré sólo a unas cuantas propiedades elem entales de los
sistemas de medida para ilustrar cómo nuestra descripción y
estudio de los hechos sociales están influidos por el lenguaje de
la medida.
El paso de los valores veritativos a los núm eros reales (de
las escalas nominales a las escalas de razón) constituye la base
de la medida, tal como se la conoce tradicionalm ente. Utilizando
una operación binaria se m uestra cómo podemos hacer conexio­
nes de m anera que, además de p o q, tom adas independiente­
mente, puede constituirse tam bién la reunión de p-y-q, junto
con otros conectivos diversos. Puede m ostrarse que nociones
como espacio-propiedad o espacio-atributo son simples enuncia­
dos o proposiciones com puestas, form adas de proposiciones ele­
mentales y conectivos binarios o de orden superior. Así, dos atri­
butos X e Y pueden relacionarse con la existencia o carencia de
ciertas propiedades o dicotomías, como altos o bajos ingresos o
m ucha o poca religiosidad. Esta dicotomía, desde luego, puede
generalizarse, como se indicó antes, en un tipo de clasificación
de muchas propiedades en correspondencia con la lógica p-va-
lente y los atributos m ultidim ensionales. Lo cual equivale a es­
tablecer una correspondencia entre las leyes del cálculo propo-
sicional y los hechos socio-culturales.
Dos nociones de este sistema lógico son especialm ente deci­
sivas en cuanto a la introducción de la medida en sociología. La
primera atañe a la proposición compuesta, porque la proposición
misma puede ser «verdadera», independientem ente del valor ve-
ritativo de sus partes constitutivas. Por ejem plo, la creación de
una clase de objetos, denominándola, según cierto atributo, «re­
publicanismo» o «punto de vista demócrata» y la clasificación de
objetos o personas dentro de tal categoría, aun sabiendo que no
son homogéneos, que no son idénticos en cuanto a lo «republi­
cano», es decir, en cuanto a lo mucho que «creen» o tienen «fe»
en los «principios» o «política» del partido republicano. La se­
gunda noción, obviamente, es una extensión de la prim era. Nos
proporciona la noción de equivalencia lógica o, simplemente,
equivalencia * La fijación de clases de equivalencias cosifica el
* La equivalencia lógica supone que son válidas las leyes siguientes de la
lógica: la ley reflexiva (A equivale a A); la ley simétrica (A equivale a B sig-
m edio de objetos en estudio, suponiendo que su delimitación y,
p o r consiguiente, sus elementos son conocidos, pero el estable­
cim iento de clases de equivalencias nos perm ite también orde­
n ar los hechos por contar, describir, clasificar o medir. Nuestro
lenguaje cotidiano está lleno de supuestas clases de equivalen­
cias. Por ejemplo, cuando hablamos de personas como tipos so­
ciales, empleamos a menudo términos como «tonto» o «interesan­
te», «divertido» o «aburrido», «hipocondríaco» o «íntegro», etc.
La utilización de estos términos da a entender que la clase de
objetos llamada «personas» puede dividirse en un conjunto de
clases de equivalencias según ciertos criterios o «reglas». Los
procedim ientos de Lazarsfeld y B arton suponen que tiene sen­
tido form ular una correspondencia entre las categorías sociales
utilizadas por los sujetos y las relaciones lógicas que se emplean
al establecer las clases de equivalencias necesarias para clasifi­
car y m edir. Recordemos el supuesto de Lazarsfeld y Barton de
una «continuidad lógica desde la clasificación cuantitativa hasta
las form as más rigurosas de medición*. Las propiedades de la
interacción social cotidiana, según Lazarsfeld y Barton, se corres­
ponden con las leyes supuestas en la lógica y en la teoría de con­
juntos. Por ejemplo:
1. Si queremos establecer leyes que se correspondan con el
modo en que los actores manejan sus asuntos cotidianos (es de­
cir, las «reglas» y valores por los que orientan su conducta, los
procesos que se cumplen al asum ir el papel del otro y de definir
Ja situación), hemos de dem ostrar que las tres propiedades que
definen la equivalencia lógica (reflexividad, sim etría y transítivi-
dad) son aplicables a las relaciones sociales cotidianas sin tergi­
versar su sentido teórico y sustancial.
2. N uestras teorías deben generar las propiedades lógicas
que se suponen válidas p ara las clases de equivalencias lógicas.
Las categorías que em pleam os p ara clasificar las propiedades em­
píricas de nuestros actores im aginarios son valores lim itados (en
cuanto a los determ inistas finitos de todo o nada) que pueden
oifica que B equivale a A); y la lev transitiva (A equivale a B y B equivale
a C significa que A equivale a C). Se dice que dos conjuntos finitos (M y N)
son equivalentes «si sus elementos pueden ser relacionados de tal manera que
a cada elemento de M corresponda un elemento, y sólo uno, de N, y a la
inversa»: Joseph Breuer: ¡ntroduction to the Theory of Sets, trad. por H. F.
Fehr (Prentice-Hall), Englewood Cliffs, N. J., 1958, pág. 13.
asumir. Las propiedades lógicas que se suponen aplicables y se
imponen a los conceptos y datos definen los límites del «valor
veritativo» o significación de una propiedad determ inada im puta­
ble al actor.
3. Las tres leyes necesarias para la equivalencia determ inan
las condiciones con las que nos es lícito calcular. Enuncian las
condiciones con las cuales puede suponerse la equivalencia de
objetos y hechos en las estructuras sociales y con las cuales, por
tanto, pueden ponerse en correspondencia con los núm eros natu­
rales de m anera que se haga posible una operación de cálculo.
4. Pero estos tres supuestos de equivalencia no tienen en
cuenta el carácter tem poral de los objetos y hechos socio-cultura­
les. ¿Es A igual a A invariablemente con el c? de la escena
social, del medio social y al cam biar la definición de la situa­
ción? El tiempo que mide el reloj depende del tiempo vivido, en
el sentido de que las horas hi y h2 pueden ser definidas de modo
diferente por los actores de la escena social, aun cuando un obser­
vador exterior pueda calificar de idénticas las dos situaciones
con respecto a cierto conjunto de variables estructurales y lo­
cativas.
5. Las definiciones, los cálculos, la medida de la natalidad,
de la mortalidad, de la nupcialidad, divorcio y delincuencia de un
tipo particular suponen los tres supuestos lógicos necesarios
para las clases de equivalencias; y estas relaciones lógicas están
supuestas en el registro oficial de un conjunto de acciones so­
ciales clasificadas dentro de una categoría socio-jurídica. La im­
portancia sociológica de estas categorías debe decidirse por m oti­
vos teóricos y metódicos; su calidad de datos no es autom ática.
Sin embargo, está claro que, independientem ente del sociólogo
y de sus teorías y métodos, existen condiciones por las cuales las
categorías socio-jurídicas de la vida cotidiana adm iten relacio­
nes de equivalencia y operaciones exactas de cálculo. Estas con­
diciones suponen cierto conocim iento o cierto fundarse en una
cultura común com partida.
6. Pero los objetos y hechos que cuentan las categorías so­
cio-jurídicas son proposiciones com puestas, en el sentido de que
no todos los elementos en su form a agradada son idénticos, esto
es, tienen el mismo valor veritativo, y ello es particularm ente
cierto respecto de los matrim onios, divorcios y delitos. Es cierto
que podem os tra ta r cada matrimonio, divorcio y algunos delitos
com o equivalentes en condiciones limitadas, aunque muchos du­
d arían de la utilidad teórica y sustancial de ciertas combinacio­
nes o agrupaciones. Los sociólogos reconocen claramente que es
inadecuada una lógica bivalente. Comienzan por preguntarse si
son diferentes las edades de las parejas o de los delincuentes, si
hay diferencias de religión, ocupación, instrucción, etc. Estas
cuestiones adicionales cualifican la inicial relación de equivalen­
cia que se impone al tratar como idéntico cada divorcio o ma­
trim onio o delito para fines de cálculo en las actividades socio-
jurídicas. Pero sin más ideas explícitas, teóricas y sustantivas
que orienten nuestros actos, el lenguaje de la medida nos obliga
a em plear clases de equivalencias que pueden cosificar o tergi­
versar arbitrariam ente nuestras ideas y datos.

7. Suponiendo que la percepción y la interpretación por el


actor de cierto conjunto de hechos o medio de objetos varía con
las condiciones típicas y peculiares del contacto social; y asu­
m iendo el papel del otro durante la interacción, no podemos
suponer autom áticam ente la existencia en nuestra teoría y datos
de clases de equivalencias que cumplan con las leyes reflexiva,
sim étrica y transitiva. La noción de asunción de papel, como
función de lo que el actor lleva al escenario social, y como cierta
serie de contingencias que se despliegan durante la acción social,
exige que distingamos entre clases de equivalencias de calidad
estática (por ejemplo, los estudios de cuestionario que revelan
datos sobre la etnia, la ocupación, los ingresos, etc.) y los nuevos
procesos (por ejemplo, las ideas y los actos producidos durante
la misma acción social, y que se verifican conforme a condicio­
nes en desarrollo de la escena social). La adhesión pública a las
ideas vulgares, a los valores o a las ideologías puede ocurrir du­
rante toda la acción, pero estas adhesiones pueden no reflejar los
pensamientos particulares del actor y pueden no reflejarse en
las respuestas que pueden darse mediante un cuestionario cerra­
do. Un procedimiento corriente es correlacionar las variables
estructurales y locativas con atributos de proceso social. Por
ejemplo, la edad, el sexo» la residencia, los ingresos o la instruc­
ción, por una parte, con las actitudes ante los grupos étnicos o
las preferencias políticas, por o tra. Es el lenguaje de la medida
(en su sentido genérico) el que impone las necesarias clases de
equivalencias, no los conceptos teóricos.
8. Una consecuencia peligrosa de la medida arbitraria es que
las escalas de medida suponen relaciones lógicas que pueden no
corresponderse con nuestras teorías implícitas. Idealmente, nos
gustaría que nuestras teorías originasen propiedades numéricas
en correspondencia con las escalas de medida y sus postulados.
Nuestras teorías implícitas no generan propiedades num éricas,
excepto después de haberse transform ado en explícitas: después
de que el lenguaje de la medida les haya impuesto cierta escala
de medida o conjunto de relaciones lógicas o cierto conjunto de
categorías arbitrarias o semiteóricas.
9. Otra consecuencia de los actuales procedim ientos de cla­
sificación y de la selección y combinación de indicadores puede
verse en el perfeccionamiento progresivo de las categorías de
clasificación e indicadores, de m anera que los datos se tran sfo r­
man progresivamente o se les da una apariencia cuantitativa.
Cada operación se calcula para transform ar los datos en un con­
junto comparado de clases de equivalencias que, en el lenguaje
de las encuestas, puedan ser «parcializadas», ciertas variables
puedan «eliminarse», y sem ejantes. Este vocabulario quiere tran s­
m itir la noción de medida rigurosa, aunque, por lo general, el
investigador es plenamente consciente de su carácter arbitrario.
No obstante, sigue habiendo el peligro de que el vocabulario
reemplace la búsqueda de explicaciones teóricas para una clasi­
ficación que suponga reflexividad, sim etría, transitividad y las
demás propiedades fundam entales para los sistemas de medida.
Toda decisión metódica supone cierto equivalente teórico, aun­
que nuestro presente estado de conocim ientos pueda no ser ade­
cuado para determ inar con precisión cuál sea la correspondencia.

MEDICION DE LOS HECHOS SOCIALES


FRENTE A LA ACCION SOCIAL

Los sociólogos están acostum brados a distinguir entre es­


tru ctu ra y proceso, estructura social y acción social, norm as
institucionalizadas y definiciones variables de la situación, y
sem ejan te s. Atributos como la edad, el sexo, la natalidad, la
m ortalidad, los ingresos, la instrucción, el tamaño de la locali­
dad, la dispersión geográfica de la industria o de la agricultura
o de la población, el volumen de la inmigración y emigración,
y así sucesivamente, son considerados típicamente como «ob­
vios» y se los mide fácilmente, aunque problem as de carácter
técnico puedan arro jar grados diversos de error. El antropólogo
estudia tam bién a menudo el parentesco de la misma manera,
particularm ente, en su sentido formal, a través del diagrama de
organización social; se supone que es «obvio» y de fácil análisis.
Ciertos tipos de valores «dominantes» y normas o «temas» o
sistem as de creencias se consideran también típicos y bastante
estables, de m anera que no se ve dudosa su clasificación en re­
lación con las condiciones de la acción social. La determinación
em pírica del parentesco y de los valores y normas dominantes
depende con frecuencia de las preguntas hechas en términos es­
táticos, que no hacen dudosa la profesión ni el cumplimiento de
las norm as y de los valores.
Surgen graves problemas de medida cuando el interés del
sociólogo por las variables que se miden más fácilmente se aso­
cia al interés por m ostrar la relación entre las variables estruc­
turales o locativas y los atributos culturales (a los que es difícil
destinar y asignar números). Hay dificultades cuando trata de
em plear las escalas de medida utilizadas en los estudios de dis­
tribución y cambio de la natalidad y la m ortalidad, la edad cro­
nológica, los ingresos, etc., para estudiar los grupos de referencia,
asunción de papel, actitudes y valores mantenidos por el actor,
la definición por éste de la situación, su ideología política, los
valores e ideología de una colectividad, los atributos conductivos
y verbales de conformidad, las actitudes ante el tamaño de la
familia, las ideas sobre la migración o la localidad de residencia
y sem ejantes. La obra de Lazarsfeld supone que lo cierto para
variables más fácilmente cuantificables es cierto también res­
pecto de los atributos cualitativos o culturales. Hay poca duda
de que tiene razón, y sus indicaciones son parte esencial de la
investigación sociológica si insistimos en las escalas tradicionales
para m edir las propiedades de los objetos o hechos, tanto cuali­
tativos como cuantitativos.
También se plantean problemas de medida cuando el soció­
logo decide atribuir a ciertas condiciones reales la calidad de
atributos culturales. Por ejemplo, podemos q u erer considerar la
edad como un atributo im putado po r uno o más actores a otro,
cuando estas imputaciones se basan en el aspecto físico, en gestos
verbales y no verbales y en definiciones culturales de la juven­
tud. Podemos considerar de la misma m anera los ingresos: como
atributo im putado a otros o proyectado como aspiración perso­
nal. Y lo mismo puede decirse de la instrucción, el sexo (im pu­
taciones de virilidad o de homosexualidad), la inteligencia, la
raza, el color, la sensación de densidad de población, la localidad
de residencia, la ilegitimidad, el incesto, etc.
La medida de los hechos sociales supone a menudo que obran
ciertos atributos conductivos, de valor o ideológicos. Así, supo­
nemos que el cruce de las am istades (la pertenencia a grupos p ri­
marios) con el hábito de voto de los individuos m ostrará la in­
fluencia de aquélla sobre éste. Podemos correlacionar tam bién
los ingresos con el voto, la religión con el voto, los ingresos con
la fecundidad, la edad con la religión, cierta m edida de clase con
las ideologías, los valores o aspiraciones expresos, o con indica­
dores de acción social regularizada cuyo carácter no sea dudoso.
El supuesto de que los hechos sociales pueden correlacionarse
con la acción social es tan razonable como necesario en una varie­
dad de condiciones de investigación. Cualquier otra suposición
evitaría toda forma de estudio sistemático. Por otra parte, para
ciertos fines podría convenir descartar este supuesto, atribuyen­
do calidad dudosa a las variables o condiciones reales, o estruc­
turales, o locativas. Podemos ver un ejem plo en el artículo de
Bennett Berger: «How Long is a G eneration?»41, que considera
la edad cronológica como atributo cultural, creando un nuevo
conjunto de problemas. Un motivo im portante para descartar el
supuesto a priori de que la acción social regularizada o invaria­
ble determ ina las variables reales, o estructurales, o locativas es
que, cuanto más compleja y variada sea una sociedad o sistem a
de relaciones sociales, tanto más pluralistas serán sus valores o
ideologías o normas, y tanto menos probable será que tales va­
riables obren de m anera determ inista. Ello es particularm ente
im portante si los sistemas aceptables de m edida suponen una
base axiomática determ inista.

* British Journal of Sociology, XI (marzo 1960), 10-23.,


Si suponemos que las condiciones reales pueden calificarse
de acción social regularizada (empíricamente investigable) con
propiedades invariables o propiedades biológicas invariables, y
si podem os considerar las variables estructurales o locativas como
consecuencia de esta acción social regular (empíricamente inves­
tigable) —consecuencias, por tanto, cuya probabilidad es muy
elevada—, no podremos dejar de atender a las condiciones teó­
ricas, m etódicas y empíricas en las cuales suponemos que ha de
atrib uirse, o calidad determ inista (que incluiría la probabilista),
o calidad nueva a las variables reales, estructurales, locativas y
culturales. Puede ser apropiado preguntarnos si hay una clase
m ás am plia de medidas que no tenga su base en las operaciones
lógicas y de teoría de conjuntos, pero en los que estos últimos
tipos de condiciones determ inistas sean un subconjunto de algún
concepto más general de la medida.
Los sistem as lógicos y las matemáticas superiores que tratan
de las estructuras finitas suponen la ley de contradicción y la
ley del tercio excluso, o lo que Weyl llama concisamente la
regla finita La base de la medida en ciencias naturales descan­
sa en estructuras m atem áticas que suponen coherencia en los
axiomas (que no se darán al mismo tiempo a y no-a) e integridad
(completeness: que, o habrá a, o habrá no*a), pero en estas
estructuras, dice Weyl, integridad no significa simplemente que
se establezcan «normas procesales de prueba que pueda demos­
trarse lleven a resolver todo problema pertinente» w. Por el con­
trario, ha de descubrirse el procedimiento deductivo, basándonos
en la interpretación: no está hecho. Pero, ¿qué ocurre con los
sistemas matemáticos que no están compuestos por los símbolos
de un juego que se realiza según normas fijas?
En su obra sobre «intuicionismo» frente a «formalismo*,
Brouwer descubría la posibilidad de sistemas matemáticos alter­
nativos o de teorías más generales, entre las cuales el enfoque
axiomático podría no ser más que uno entre muchos sistem as44.
Véase esta explicación de Weyl:

® H e r m á n W e y l : Philosophv of Mathematíes and Natural Science (Princeton


Unlversity Press), Princeton, N. J., 1949, pág. 15.
** Idem, pág. 24.
* Idem, págs. 50-54 y 65. V. además el capítulo de Wetl: «The Ghost of
Modality», en M. Farber (ed.): Philosophicaí Essays in Memory of Edntund
Husserl (Harvard Unlversity Press), Cambridge, 1940, págs. 27&¿Q3.
La lógica clásica de p roposiciones, com o la fo rm alizad a p o r
G. Frege y, después, p o r R ussell y W hitehead en Principia M athe-
m aíica, se basa en el su p u esto d e q ue u n a proposición hace una
p reg u n ta a cierto ám b ito de la realidad, cuyos hechos re sp o n d en
con un sí o no claros, según la proposición sea v e rd ad e ra o falsa.
H asta la época de Principia M athem atica, todos creían, o al m enos
esperaban, que las proposiciones m atem áticas fuesen de este ca rá c ­
ter, sin d e ja r espacio a im precisio n es com o las q u e se m a n ifie sta n
en las expresiones m odales «posible», «quizá», y s e m e ja n te s 45.
El supuesto fu n d am en tal de la e s tric ta altern ativ a de v erd ad e ro
o falso, c a racterística de la lógica clásica, no da lu g ar a sa lv a r el
abism o con «quizá» o «posiblem ente». S in em bargo, en n u e stra vida
cotidiana, la m ayor p arte de las afirm aciones q ue tienen un signi­
ficado vital p a ra n o so tro s y p a ra n u estro s com unicantes no son de
este c a rá c te r riguroso. Un co lo r d e te rm in a d o puede se r m ás o m enos
gris, en vez de p u ro negro o p u ro blanco. Podem os ver dem asiad o
a rb itra rio o incluso im posible fija r lím ites exactos en u n co n tin u o .
Los ejem plos con m u ch o m ás im p o rta n te s los tenem os en las a fir­
m aciones sobre el fu tu ro . U na p re g u n ta de esta especie, com o: « ¿ E s­
tallará u n a gu erra a g ran e scala en E u ro p a el a f '> nue viene?», no
apunta a verificación p o r re a lid a d alguna y, no ü b su u ite, se la dis­
cute y estim a ju sta ah o ra, m ás bien en aspectos com o los de posible,
probable o inevitable que en los de v e rd a d ero o f a ls o 46.

Al desafiar la ley del tercio excluso, Brouwer ofrece la base


para superar el sistema m atem ático com pletam ente formalizado,
permitiendo, sin embargo, la creación de modelos que correspon­
dan a las imprecisiones de la vida cotidiana. Weyl expone la
posibilidad de emplear diferentes sistemas m atem áticos según
la estructura -—en este paso— del m undo físico. Y cita el ejem ­
plo de la física cuántica:
Volvemos a e n c o n tra r en la co n stitu ció n sim bólica de u n a disci­
plina, ah ora la física cuán tica, cierta p a rte de la cual puede d ecirse
precisam ente que es su lógica. C ada te rre n o del conocim iento, cu an ­
do se concreta en te o ría fo rm al, p arece e n c e rrar su lógica in trín ­
seca, que es p a rte del sistem a sim bólico form alizado, y e sta lógica,
hablando en general, d ife rirá en te rre n o s d ife re n te s 47.
Si la h isto ria se h ace alguna vez m a d u ra p a ra la fase de la cons­
trucción sim bólica teórica, no s o rp re n d e rá que, en form a sim bólica,
rep resen te un p ap el em inente, en u n a in trín seca «lógica de la
historia», esta posibilidad in h e re n te a n u e stra m ism a existencia, en
la que in sistí en el epíg rafe I I , y cuya p ro fu n d id ad resonaba en la
ultim a cita de H eidegger: «Die M óglichkeit ais E xisten tial is t die
ursprüngliche und letzte p o sitiv e ontologische B estim m ung des
Daseins», traducido: «La p o sibilidad, com o u n existencial, es la
ú ltim a d eterm inación o n tológica positiva y la m á s o rig in aria d e
la existencia.» Pero el ejem p lo d e la física cuántica debe a d v e rtirn o s

48 «The Ghost of Modality», loe. cit., pág. 278.


* Idem, pág. 287, subrayado en el original.
* Idem, pág. 299.
c o n tra to d a ten tativ a de p red ecir a priori cóm o será la lógica sim­
b ó lica de la h isto ria..., si es que llega a h a b e rla alguna vez.
Podem os esp erar tam bién que cam bie to d a la situación pasando
d e l a lógica de proposiciones a u n a v erd adera lógica de com unica­
ciones. Las proposiciones, o son im personales, o im plican solam ente
un yo del cual irrad ian ; las com unicaciones se desenvuelven entre un
yo y un tú existenciales. Las prom esas, las preguntas, las órdenes...,
h a b rá n de tra ta rs e en esta ló g ic a 48.

Mi breve exposición de las modalidades y del problem a gene­


ral de considerar como determ inistas o indeterm inistas las va­
riables reales, estructurales, locativas y culturales quiere llamar
la atención del sociólogo sobre las posibles virtudes de las moda­
lidades como base para la medida cuando nuestras teorías no
son m ás que implícitas y la conducta social es contingente a la
acción. Por otra parte, no podemos evitar los peligros de impo­
ner sistem as de medida determ inistas a conceptos teóricos im­
plícitos. Considerar como cuantitativas las variables porque los
datos se expresen en forma numérica, o por parecer m ás «científi­
co », no nos da solución a los problemas de la medida, sino que
los elude en gracia a la medida arbitraria. Esta no debe servir
para excusarnos de examinar y revisar la estructura de nues­
tras teorías, de modo que nuestras observaciones, descripciones
y m edida de las propiedades de los objetos y hechos sociales ten­
gan exacta correspondencia con lo que creemos ser la estructura
de la realidad social.

CONCLUSIONES

Comenzaba este capítulo entendiendo la medida como un p ro­


blema de la sociología del conocimiento. Hay varias maneras de
exp resa r esta idea de la medida. Los sentidos culturales y lin­
güísticos pueden considerarse en sociología del conocimiento
como problemas que establecen las condiciones de la medida
exacta en sociología. Todavía son medios relativamente descono­
cidos, con los que logra cierta correspondencia entre cierto con­
* Idem, pág. 303. Cfr. un tipo de aplicación de la lógica modal al estudio de
las propiedades formales de las normas, en A. R. Anderson y O. K. Moorb:
«The Formal Analysis of Normative Concepts», American Soctologicai Review,
22 <febrero 1957), 9-17.
junto de realidades, un conjunto de categorías de m edida y de
conceptos teóricos. En el capítulo V III harem os una exposición
más detallada de los sentidos culturales y lingüísticos, conside­
rados como otro conjunto de m étodos sociológicos. Ahora lim i­
taré, mi explicación a la significación posible de la hipótesis
Sapir-Whorf para la consideración de la m edida como problem a
en sociología del conocimiento. He aquí una cita:
La idea esencial de la h ipótesis S apir-W horf es que el lenguaje
funciona, no sim plem ente com o u n re c u rso p a ra in fo rm a r ae la
experiencia, sino tam bién, y de m odo m ás im p o rta n te, com o m edio
de d efin ir la experiencia p a ra sus h ab lan tes. S ap ir (1931, 578) dice,
p o r ejem plo:
«El lenguaje no es m era m e n te un in ventario m á s o m enos
sistem ático de las diversas ex periencias que p arecen im p o r­
tantes al individuo, com o con ta n ta frecuencia se supone
ingenuam ente, sino que es tam b ién u na organización sim bó­
lica creativa, independiente, que no sólo se refiere a u n a
experiencia en g ra n p a rte a d q u irid a sin su contribución, sino
que en realidad nos define la experiencia, p o r c au sa de su
integ rid ad form al y p o rq u e no sotros proyectam os incons­
cientem ente en el te rre n o de la experiencia sus expectativas
im plícitas. En este sentido, el lenguaje es m uy sem ejan te a
un sistem a m atem ático , que in fo rm a tam bién de la experien­
cia, en el sentido m ás v e rd ad ero de la palab ra, sólo en su s
com ienzos m ás prim itiv o s; pero, co nform e pasa el tiem po, se
perfecciona en sistem a co n cep tu al independiente, que prevé
toda posible experiencia co n fo rm e a c ie rta s lim itaciones fo r­
m ales aceptadas... [E l sen tid o ] no ta n to se descu b re en la
experiencia, com o se im pone a ella, p o r causa del tirán ico
dom inio que ejerce la fo rm a ling ü ística sobre n u estro en ten ­
d im iento del m undo».

W horf d esarro lla la m ism a tesis, diciendo (1952, 5):


«Que el sistem a lingüístico (con o tra s p alab ras, la g ra m á tic a )
de cada lengua no es un m ero m edio d e reproducción p a ra
ex p resar las ideas, sino que es p o r su p a rte co n fo rm ad o r de
las ideas, p ro g ram a y guía de la activ id ad m ental del indivi­
duo, de su análisis de las im p resiones, de la síntesis que se
hace de sus existencias m en tales... D esm enuzam os la n a tu ra ­
leza siguiendo las líneas estab lecid as p o r n u e stra lengua m a­
terna. Las categorías y tipos q ue aislam o s del m undo de los
fenóm enos no los en co n tram o s en él p o rq u e se planten de
cara a todo observ ad o r; al c o n tra rio , el m undo se p re se n ta
en un flujo p ro teifo rm e de im p resio n es que han de ser o rg a­
nizadas p o r n u e stra m ente, y ello significa, en g ran p a rte , p o r
los sistem as lingüísticos d e n u e s tra m ente».
E sta s frases, si son ciertas, h acen evidente que el lenguaje re p re ­
se n ta u n g ra n e im p o rta n te p apel en la to ta lid a d de la c u ltu ra . L ejos
de se r sim plem ente una técnica de com unicación, es en sí un medio
p a ra dirigir las percepciones de los hablantes, sum inistrándoles los
m o d o s hab ituales de an a liz a r la experiencia en categorías signifi­
ca tiv a s w.

La hipótesis Sapir-Whorf sugiere que consideremos el lengua­


je de la medida como derivación de nuestra idea del mundo
físico y del carácter de los sistemas lógicos y matemáticos. Por
tanto, la ciencia y el método científico como medios de conside­
r a r y adquirir conocimiento sobre el mundo en torno propor­
cionan, a quienes aceptan sus principios, una gramática que no
es m ero instrum ento reproductor para explicar en qué consiste
el m undo, sino que también conforma nuestras ideas sobre cómo
es el m undo, a menudo con exclusión de otras maneras de con­
siderarlo. Así, pues, el lenguaje, y los sentidos culturales que
indica, tergiversa y oblitera, obra como un filtro o rejilla de lo
que pasará por conocimiento en una época determinada. De modo
sem ejante, los sentidos culturales sobre la inm ortalidad, la cau­
sación, los hechos físicos, los hechos sociales, los hechos bioló­
gicos, la belleza, la fealdad, el dolor, el placer, y semejantes,
tienen su propia gramática, que puede ser expresada o influida
p o r el lenguaje.
En una tesis doctoral reciente, de W arren O. H agstrom ",
podemos ver una manera más concreta de señalar cómo la cien­
cia puede llegar a ser un problema en sociología del conocimien­
to e influir lo que pase por medida. Si compartimos el interés de
H agstrom por cómo la ciencia dirige el pensamiento de quienes
se ocupan en ella, por la manera como los colegas influyen sobre
las decisiones, por ejemplo, sobre qué problemas parecerán dig­
nos de estudio, qué técnicas deben adoptarse, cómo m edir los
hechos y entenderlos, cómo enunciar y publicar los resultados
y qué teorías y resultados serán aceptables, el conocimiento cien­
tífico constituirá una gramática, entre otras, para explicar y
considerar el mundo. Pero ello significa también que, cuando de­
cidimos actuar dentro de la comunidad científica, el tipo de
opción que se tome estará limitado por los tipos de regulaciones
que describe Hagstrom. Los sociólogos que trabajan dentro de
m H a rry H o ije r (ed.): Language in Culture (University of Chicago Press).
Chicago, 1954, págs. 93-94. V. también B. J. W h o r f ; Language, Thought ana
Reality (ed. por J. B. Carrol!, Wiley y Technology Press), Nueva York, 1956.
» «Social Control in Modem Science», tesis doctoral en Filosofía, inédita,
Departamento de Sociología, Universidad de Califomia-Berkeley, 1963.
la comunidad científica, o al menos los que se identifican con
sus fines y métodos de regulación, podrán considerar com o in­
aceptable una comunidad alternativa de estudiosos y tra ta rá n de
proscribirlo o de desacreditar sus obras. Este es un peligro de la
ciencia, que han explicado muchos autores (H agstrom , entre
otros): la regulación de las actividades y del pensam iento cien­
tíficos puede establecer limites a ciertas clases de teorías, méto­
dos y descubrimientos, por causa de los métodos prevalentes de
regulación y por la im perfecta organización de la ciencia como
sistema libre y de propia rectificación del pensamiento.
La medida en sociología está afectada directam ente por la
ciencia y la tecnología m oderna a través de o tra serie m ás de
actividades. Repárese en esto: la estructura de la sociedad mo­
derna refleja la racionalización de la vida cotidiana por medio
de sus instituciones burocráticas. Los idealizados fines de efica­
cia y racionalidad se corresponden con la idea físico-matemático-
lógica del mundo; los sistemas de archivo y autom atización de
la burocracia m oderna compendian estos fines. No es casual, por
tanto, que las medidas em pleadas por los sociólogos tengan su
utilización más intensa al aplicarse a los datos producidos por la
burocracia moderna. Las mism as condiciones para ordenar e in­
form ar de los datos sobre las actividades societarias de gran
escala les han incorporado los supuestos que aseguran un resul­
tado cuantitativo, independientem ente de la estructura de los
actos sociales originariam ente observados e interpretados. Las
condiciones sociales de nuestra época proporcionan una serie
de definiciones a los burócratas —dictadas fundam entalm ente
por consideraciones de eficacia y practicism o— para organizar
las experiencias de sus cotidianas actividades laborales.
Esas definiciones pueden verse en los tradicionales sistem as
de medida que comienzan por la simple existencia o inexistencia
y el paso a los núm eros reales y escalas de razón. Por ello, lo
que veneran los sociólogos como «datos» es, en su m ayor parte,
resultado de actividades organizadas burocráticam ente, por ejem ­
plo, la oficina del censo, la oficina de estadísticas demográficas o
los organismos correccionales, de previsión e industriales. Las m u­
chísimas percepciones e intepretaciones que entran reunidas en ta­
les datos se pierden invariablem ente p ara el lector o usuario de
tales documentos. Los rasgos cuantitativos tienen que ser acepta­
dos porque sí. El que aun los datos de hecho estén sujetos a per­
cepciones e interpretaciones que pueden variar según el historial
del actor, la ocasión de su recogida, las normas explícitas o implí­
citas empleadas para decidir la significación de los objetos o he­
chos categorizados y el lenguaje enunciado y los sentidos tácitos
que fueron pertinentes para el observador particular significa
que éstas son variables que considerar al apreciar la pertinencia
e im portancia de tales datos. Aunque el personal de los organis­
mos utilice estos «datos» como reales, por ejemplo, cuando los
catedráticos o directores de instituto examinan las calificaciones
de un alumno, estimando su rendimiento general para recomen­
darlo a una universidad o Facultad, el interés significativo del
sociólogo no es meramente qué correlaciones o interrelaciones
generales existen entre los datos «objetivos», sino cómo este
personal burocrático los interpreta y actúa de acuerdo con ellos.
Es el conjunto de reglas utilizadas para interpretar tal informa­
ción lo que dem ostrará la significación de estos datos para origi­
nar una acción ajustada. Cualesquiera correlaciones efectivas
pueden ser artificios impuestos por los procedimientos de cuan-
tificación. El que las actividades organizadas burocráticam ente
empleen invariablemente un sistema de clasificación y ordena­
ción que proceda de la lógica bivalente o va lente significa que
hemos im puesto ya un sistema de medida, independientemente
de lo que tales datos pudieran «significar* si no se hiciesen tales
imposiciones. En el escueto lenguaje de Coombs, estamos cogi­
dos en el «dilema» del sociólogo que impone un sistema consis­
tente de medida, aunque no está seguro de su justificación. El
investigador, dándose cuenta o no, se ha escondido tras la fa­
chada de un conjunto de condiciones —la organización burocrá­
tica— que aseguran que se producirán datos cuantitativos. Al
dar por supuestos tales datos y venerarlos por sí mismos, el
so c ió lo g o subvierte sus teorías en gracia al «rigor» que se supone
deriva autom áticam ente del respeto a ellos por encima de todo.
Este es un curioso problema de la sociología del conocimiento.
Los mismos rasgos de una sociedad secularizada, la racionali­
zación de la vida cotidiana, se han hecho objeto de estudio para
el sociólogo, pero se han convertido también en su prisión. Está
en la peculiar posición de estudiar las condiciones de la vida co­
tidiana, pero sus datos son resultado de esas condiciones.
Además del sentido lingüístico y cultural, los mismos siste*
rpag de medida o las regulaciones que ejerce la organización de
la ciencia moderna, hay otro problem a que m uchos sociólogos
descartarían sin más. Pienso en si la m ism a sociología del cono­
cimiento se rige por norm as científicas de procedim iento o si la
debemos considerar com o una especie m ás de ideología. Pode­
mos considerar el dogma religioso y la ciencia, tanto ideologías
como cuerpos de conocimiento, cada uno de ellos con sus propios
supuestos teóricos, métodos y reglas para adm itir proposiciones51.
Por ello, los problemas de la medida pueden considerarse desde
la perspectiva de la sociología del conocim iento: el m undo de lo
observable no «está ahí» simplemente, para describirlo y m edirlo
con las medidas de la ciencia m oderna, sino que la evolución
de los hechos históricos y de las ideologías de una época determ i­
nada pueden influir lo que «está ahí» y cómo se han de entender,
estim ar, explicar y m edir estos hechos y obje^ "
Nos queda por atender a los problem as del lenguaje cotidia­
no, el sentido cultural y el lenguaje de la medida en la realiza­
ción de la investigación sociológica; en particular, la corres­
pondencia entre cierto conjunto de realidades y las categorías
teóricas de medida. Al exam inar diversos métodos, eludiré el
problema de si representan ideologías particulares o doctrinas
científicas o no científicas. Consideraré cada m étodo como p rác­
tico para alcanzar cierta form a de conocimiento sobre el m undo
social.
11 V. en Félix K aufmann: Methodology of the Social Sciences (Oxford
University Press), Nueva York, 1941, una explicación sobre el cuerpo de ciencia.
TEORIA Y METODO
EN LA INVESTIGACION SOBRE EL TERRENO
Los investigadores de ciencias sociales se enfrentan con un
problem a metódico singular: las m ism as condiciones de su in­
vestigación constituyen una im portante variable com pleja de lo
que pasa por datos de sus investigaciones. La investigación sobre
el terreno, que para nuestros fines com prende la observación
participante y la entrevista, es un método en el cual las activi­
dades del investigador representan un papel esencial en los datos
obtenidos. En este capítulo examinaremos algunas obras sobre
esta investigación y revisaremos los problem as de la teoría y el
método. Al tratar de los autores, supondré que es asequible cier­
ta forma ideal de investigación sobre el terreno. Lo cual equi­
valdrá casi a proponer un argum ento ficticio, a algo así como
inventarme el maniqueo, no con la intención de criticar los fallos
de los autores, sino m eram ente de utilizar un recurso expositivo
para recom endar ciertos ideales algo difíciles de alcanzar en la
investigación sociológica. Espero señalar el tipo de teoría funda­
mental que pueda ser útil p ara el observador y al mismo tiempo
pueda verificarse en la investigación sobre el terreno. Quisiera
llám ar también la atención sobre algunos problem as m etódicos
con que tropezamos para cum plir los cánones de la indagación
científica en el estudio sobre el terreno y revisar ciertas solucio­
nes propuestas. Este capítulo atenderá a la observación partici­
pante. El capítulo 111 se centrará en la entrevista.
Los antropólogos que utilizan las técnicas de la investigación
sobre el terreno han acumulado una vasta obra sobre diferen­
tes culturas. A pesar de la larga historia de la investigación so­
b re el terreno y los cursos desarrollados sobre su técnica, se
h a hecho poco por sistem atizar las distintas investigaciones.
La diferencia entre trab ajar en la propia sociedad y en otra
extraña ofrece un punto básico de partida sobre las condiciones
en que adquieren sentido las percepciones e interpretaciones del
observador.
El sociólogo que limita su trabajo a su propia sociedad está
explotando constantem ente su fondo personal de experiencias como
base de conocimiento. Al componer las entrevistas estructuradas, se
basa en su conocimiento de los sentidos, adquirido por su partici­
pación en el orden social que estudia. Puede estar seguro de lograr
un m ínim o de comunicación sólo porque emplea el mismo lenguaje
y sistem a sim bólico que sus informadores. Los que han trabajado
con técnicas estructuradas en sociedades y lenguajes no occidentales
atestiguarán la dificultad con cjue tropiezan para adaptar sus sen­
tidos a los corrientes de fa sociedad estudiada, hecho que ilustra el
grado en que el sociólogo es un observador particular en casi todo
su trabajo *.

La m anera como se hace el contacto inicial es también dife­


rente según se trabaje en la propia sociedad o en otra. Los co­
m entarios de Benjamin Paul ilustran este problema:
N o hay regla alguna para encontrar la buena manera de intro­
ducirse en una nueva comunidad. Depende de la complejidad de
ésta y de la información que el investigador pueda conseguir de an­
temano. Frecuentemente, puede contar con una cadena de presen­
taciones, que lo conducirán, al menos, a las puertas de su grupo.
C uando llegue a un centro campesino o a una factoría cerca de su
destino, es probable que haya conocido nombres de las personas
que se relacionan con los nativos. En esta periferia, puede recoger
inform aciones que servirán para orientarlo. El principiante ansioso
de lograr completa aceptación por los nativos elude a veces a los
mandatarios regionales, por miedo a que lo reciban peor. Pero de
poco le servirá ser bien recibido por los nativos a cambio de tener
dificultades con las autoridades que se ocupan de seguir los movi­
m ientos de los extranjeros.
Al realizar investigaciones en una comunidad moderna o en una
organización industrial, se ha visto oportuno, y a veces esencial,

1 Arthur J. V io t c b : «Partidpant Observation and the Collection and Interpre*


latirá of Data», American Journal of Sociology, LX (enero 1955), 355.
estab lecer los co n tacto s iniciales con las perso n as que e stá n en
cabeza. Puede tra ta rs e de h o m b res con un p u esto en la je ra rq u ía
o de p ersonas resp etad as en posiciones inform ales. Su apoyo al
proyecto puede se r decisivo y pueden se rv ir p a ra relacio n ar conve­
nientem ente. E ste p ro ced im ien to es aplicable tam b ién a la com u­
nidad n o occidental 2.

Paul hace observar la im portancia de convencer, a los que


se va a observar, de que el investigador no los perjudicará. Los
que han de ser observados pueden ser miem bros de alguna tribu
distante o directivos de una organización industrial. El investi­
gador tiene que evitar tam bién desairar a alguna figura, posible­
mente im portante, por no haberle pedido ayuda. Como advierte
Paul, ello puede hacer que las partes ofendidas propalen rum o­
res, causando muchas dificultades al investigador.
Los investigadores sobre el terreno coinciden e** la necesidad
de prescribirse un papel dentro del grupo por estudiar. Paul
dice: «A veces, el trabajador sobre el terreno define su propio
papel; a veces, se lo definen la situación y la actitud de ios nati­
vos. Su estrategia es la de un jugador: no puede predecir exac­
tamente qué jugadas h ará la o tra parte, pero las prevé lo m ejor
posible, haciendo sus movimientos en consecuencia» 3. El proble­
ma de definir un papel o diferentes papeles dentro de un grupo
y entre grupos plantea la cuestión general de qué es lo que
hacen los observadores participantes y los tipos de papeles que
representan durante su investigación. Schwartz y Schwartz dan
la definición siguiente:
P ara nuestros fines, definim os la observación p a rtic ip a n te com o
el proceso en que se m an tien e la p resen cia del observ ad o r en u na
situación social, con o b jeto de investigación científica. El o b se rv ad o r
está en una relación fren te a fren te con los observados, recogiendo
datos al p articip ar con ellos d en tro del m arco de su vida n a tu ra l.
Por tan to , el o b serv ad o r es p a rte del contexto que se o b serv a y,
tanto lo m odifica com o es influ id o p o r é l 4.

Consecuencia inmediata de participar en la vida del grupo es


que, inevitablemente, se pide al investigador que ayude a tom ar
decisiones políticas que alterarán las actividades del grupo. Aun­
2 Benjamín D. Paul: «Interview Techniques and Field Relationships», en
A. L. FCrocber y otros: Anthropology Today (University of Chicago Press),
Chicago, 1953, págs. 430-431.
1 Idem. pág. 431.
4 Morris S. Schwartz y Charlotte Greeh Schwartz: «Problema in Participant
Observation», American Journal of Socioíogy, LX (enero 1955), 344.
que m uchos investigadores advierten al principiante que no lle­
gue a ser «demasiado activo» dentro del grupo de estudio, las
circunstancias reales del marco de investigación podrán no per­
m itir m ucha elección al observador. Muchas veces, lo m ejor que
puede hacer es registrar cuidadosamente los detalles de los cam­
bios en que ha influido y tratar de comprender sus consecuen­
cias p a ra los objetivos de la investigación. Como se ha dicho
antes, muchos investigadores pueden comprometerse tanto en su
participación que se hacen «nativos*5.
T oda exposición de la investigación sobre el terreno cita el
p ro b le m a de cómo los nativos llegan a caracterizar al investiga­
dor. La im portancia de esto, como es obvio, se debe a que los
tipos de actividades a que se expondrá el observador variarán
con sus relaciones dentro del grupo estudiado. La mayoría de los
a u to re s subrayan el «ser aceptado* por los nativos:

P ronto me encontré con que la gente estaba creándose sus pro­


p ia s explicaciones sobre m í: yo iba a e scrib ir un libro sobre Cor-
nerville. E sta p odrá p arecer u na explicación dem asiado vaga y, sin
em bargo, bastó. Vi que mi aceptación en el distrito dependía m ucho
m á s de las relaciones personales que tra b é que de cualesquiera
explicaciones que yo pudiese dar. E scrib ir un libro sobre C om erville
e r a bueno o m alo según la opinión personal que de m í tuviese la
gente. Si no había nad a que o b jetarm e, m i proyecto estaba bien;
si yo no e ra bueno, ninguna explicación del m undo podría conven­
cerlos de q ue el lib ro e ra una buena id e a 6.

El subrayar que el observador participante sea aceptado como


«persona» puede verse en muchas fuentes:

Se acepta a alguien com o o b s e n ’ador participante, m ds por la


clase de persona que resulta, a la vista de sus relaciones sobre el
terreno, que por lo que represente para ellos la investigación. Sus
relaciones quieren e s ta r seguros de que el investigador es un
«buen chico» y p o d e r confiar en que no «les ju g a rá una m ala
pasada» con lo que averigüe. H abitualm ente, no quieren saber todos
los m otivos y explicaciones del e s tu d io 7.

Schwartz y Schwartz expresan opiniones semejantes para ga­

1 Se encontrará una explicación informativa sobre la participación total con*


sultando: W. F. Whyte: Street Comer Society ílíniversity of Chicago Press),
Chicago, 1955, especialmente, el apéndice metodológico.
* Idem, pág. 300.
* John P. Dean: «Participan t Observation and Interviewing», en John T. Dott
(ed.): Introduction to Social Research (The Tackpole Co.), Harrisburg, Pensilva-
nia' 1954, pág. 233, subrayado en el original.
nar la máxima relación con los sujetos que estudian. Una de las
dificultades para seguir este consejo está en la falta de norm as
procesales más detalladas para alcanzar el fin de «ser aceptado».
Al principiante le sum inistrarán inform ación más instructiva las
decisiones que haya de tom ar día a día sobre el terreno, en
cuanto a quién parece ser lina «buena persona» para abordar, o
a cómo debe conducirse en una variedad de situaciones nuevas
que surgen continuam ente. El problem a es el de cuidar su pre­
sencia y acción ante los demás. Las soluciones que ofrecen estos
autores son explicaciones de cómo conducirse sobre el terreno
en su papel ante los demás. Así lo ilu strarán los com entarios
siguientes: «La variable del continuo de la actividad de papel es
el grado en que el observador p articipa en la situación de inves­
tigación, extendiéndose la escala desde la participación "pasiva"
hasta la participación "activa”» 8. Schw artz y Schw artz caracte­
rizan al observador participante «pasivo» com o sem ejante a quien
observase detrás de una pantalla simple. La idea es interactuar
con los nativos lo menos posible, en el supuesto de que tal con­
ducta se inmiscuirá menos en las actividades del grupo, facilitan­
do una observación más natural de los hechos. El observador
participante «activo», en realidad, se «une» al grupo que estudia
hasta el punto de sentir que lo aceptan como uno de ellos. Lo
cual significa con frecuencia p articip ar en lo que Schw artz y
Schwartz llaman el «nivel simplemente humano» y el «nivel de
papel proyectado», esto es, como nativo y como científico. Y dan
un ejemplo en que se quebró este sistema de doble papel: «Vi­
mos que, sin ser consciente de ello, en el m om ento, el observador
solía retirarse cuando se retiraba a un paciente. De modo seme­
jante, cuando el desánimo dom inaba en la sala, el investigador
descubría que él también trab ajab a p eo r» 9.
Gold ha expuesto más form alm ente la cuestión de los diferen­
tes tipos de papeles que podrían asum irse: «Buford Junker ha
señalado cuatro papeles posibles teóricam ente para los sociólo­
gos que hacen trabajo sobre el terreno, yendo desde el perfecto
participante en un extrem o hasta el perfecto observador en el
otro. Entre estos dos, m ás cerca de aquél, está el participante
como observador; y más cerca de éste, el observador como p a r­

* Schwartz y Schwartz: op. cit., pág. 347.


* Idem, pág. 350.
tic ip a n te » ,0. Estos cuatro tipos de papeles se definen como
sigue:
L a v erd ad era identidad y fines del perfecto p articip an te en la
investigación so b re el te rre n o son desconocidos p a ra aquéllos a
qu ien es observa. Ip te ra c tú a con ellos del m odo m ás n atu ral posible
en cu alesq u iera de sus ám b ito s v itales que le interesan y le son
aseq u ib les com o situaciones en las que puede re p rese n tar bien, o
a p re n d e r a rep resen tar, los necesarios papeles cotidianos. P o r ejem ­
plo, p u ed e tr a b a ja r en una fábrica p a ra estu d iar el juego en tre los
g ru p o s inform ales. Después de o b ten er aceptación, al m enos como
p rin cip ian te, p o d rá p erm itírsele que participe, no sólo en las acti­
vid ad es y actitu d es laborales, sino tam b ién en la vida íntim a de los
o b re ro s fuera de la fábrica.
L a sim ulación de papel es un tem a básico en estas actividades.
Im p o rta poco si el perfecto p artic ip a n te en u na situación fabril
p ro c e d e de la clase baja-alta y tiene, quizá, cierta experiencia fabril
o si p rocede de la clase m edia-alta y es b astante extraño al tra b ajo
fa b ril y a las no rm as de los o breros. Lo que im p o rta de veras es
que sepa e s ta r sim ulando ser un com pañero. Q uiero decir que el
v alo r esencial, en cuanto se refiere al resultado de la investigación,
está m ás en la orientación del perfecto p a rtic ip an te que en la super­
ficial conducta de su papel al com enzar su estudio “ .

Sirve de ilustración el trabajo de Whyte, porque describe va­


rios casos en que se distinguía radicalmente, por su procedencia
social de clase media, del grupo que estudiaba. Uno se quitaba
el som brero cuando sólo había hombres; los demás se ocupaban
de las norm as para prestar dinero a los miembros de la pandi­
lla. En am bas situaciones y en otras muchas le ayudó la simula­
ción de papel y un informador importantísimo. Gold describe los
otros tres papeles:
Aun fundam entalm ente sem ejante al papel del perfecto observa­
dor, el papel del p articip an te como observador difiere significativa­
m e n t e , por cu an to el investigador y el info rm ador son conscientes
de q u e su relación es de estudio. E sta conciencia m utua suele redu­
cir los problem as de la sim ulación de papel; sin em bargo, hay en
este papel m uchas oportunidades p a ra aislar los errores y proble­
m as que suelen ab ru m a r al p articip an te perfecto.
Q uizá se utilice con m ás frecuencia este papel en los estudios
com u n itario s, en los que el o b servador va trab an d o relaciones con
sus info rm an tes, y en los que puede em p lear m ás tiem po y energía
particip an d o que observando. A veces, observa inform alm ente, por
ejem plo, al a sistir a reuniones...
E l papel del observador com o p articip an te se utiliza en los estu­
dios q u e im plican en trev istas de u n a visita. R elativam ente, exige

<* Raymond L. Gold: «Roles in Sociological Field Observa tions*, Social Forces,
36 im ano 1958), 217.
“ Idem, pá*. 219.
m ás observación fo rm al que inform al o p articip ació n de cu alq u ier
tipo. Adem ás, a c a rre a m enos riesgos de «convertirse en nativo» que
el p apel del p a rtic ip a n te p erfecto o del p a rtic ip a n te com o observ a­
dor. Sin em bargo, p o r ser tan breve y, quizá, superficial el co n tacto
del o b serv ad or com o p a rtic ip a n te con su in fo rm ad o r, es m ás p ro ­
bable que lo en tien d a m al o que sea m al entendido que en los o tro s
dos casos...
El p apel del o b se rv a d o r p erfecto lo ap a rta p o r com pleto de la
interacción social con los in fo rm ad o res, al tra ta r de o b se rv a r a las
perso n as de m an era que les haga inn ecesario tenerlo en cu enta,
por no sab er que las está o b servando ni que, en cierto sen tido, le
sirven de in fo rm ad o ras. De los cu atro s papeles de in v estig ad o r so­
bre el terreno, sólo éste es casi nunca el dom inante. Se lo utiliza a
veces com o uno de los papeles su b o rd in ad os que se em p lean p a ra
re p re se n ta r los d o m in an tes 12.

Los diversos papeles descritos pueden relacionarse con la im­


portancia de conocer el carácter de las experiencias de grupo.
La participación más intensiva tiene la ventaja de exponer más
al observador, tanto a la rutina como a las actividades inhabi­
tuales del grupo. Se supone que, cuanto más intensiva sea la
participación, más «ricos» serán los datos, por una parte, y tanto
mayor será, por otra, el peligro de «convertirse en nativo» y,
como consecuencia de asum ir la m anera del grupo de percibir
e interpretar el medio, de cegarse a muchas cosas de im portan­
cia científica. Me parece que la solución que resulta es la del
apartam iento, esto es, la de hacerse muy consciente de los pape­
les que se representan y procurarse ocasiones de «retirarse» para
hacer revisiones periódicas de lo que ha ocurrido y de cómo va
la investigación. En este punto, el lector será consciente ya de
las dificultades para establecer una serie de precisas norm as
procesales para acometer la investigación sobre el terreno. La
descripción analítica de los papeles formales ofrece una guía al
investigador y un conjunto de categorías para estim ar su trabajo.
Los papeles reales que escoja tendrán que variar, naturalm ente,
con el marco de la investigación. Los investigadores que queden
demasiado apartados de las actividades cotidianas del grupo no
podrán disponer de ciertos tipos de inform ación. La participa­
ción intensiva puede dificultar mucho la verificación de hipóte­
sis, pero puede convenir para descubrir lo nativo del grupo, los
significados que emplea el grupo cuando hay extraños. Así, pues,
la participación y la entrevista sobre el terreno pueden ser difí­
ciles, independientem ente de si se trabaja en la propia sociedad
o en o tra extraña. Este problema plantea otros muchos. Uno de
los m ás difíciles, y con el que term inarem os nuestra revisión de
autores, es el de la deducción y demostración en la investigación
sobre el terreno.
Recoger información y com probar pistas e indicios durante
la observación participante intensiva es un trabajo largo y difí­
cil. Las actividades del grupo pueden no perm itir que se regis­
tren los hechos hasta haber pasado mucho tiempo entre la
observación y la anotación. Si la verdadera identidad del inves­
tigador no es conocida para el grupo, puede encontrar necesa­
rio cultivar otra ocupación aceptable o iniciar otras actividades
con el fin de recoger información. Está claro que en tales con­
diciones es muy difícil verificar hipótesis, pues muchas de las
actividades observadas sólo pueden conocerse durante la obser­
vación. El investigador necesitará una textura teórica más bien
extensa y un proyecto detallado para verificar hipótesis. Sin
em bargo, aun durante la participación intensiva, es posible tra ­
bar conversación con los sujetos sobre tem as pertinentes a esta
verificación. El mayor problema que vencer es el del lapso entre
la observación y la anotación. Son instructivos los siguientes
com entarios de Schwartz y Schwartz:
Lo que o cu rre en el lapso e n tre el hecho y su reg istro final es
de sum a im portancia. En observación retrospectiva, el investigador
recrea, o tra ta de recrear, el te rre n o en su im aginación, en todas
sus dim ensiones, en un plano perceptivo y sensorial. Asume el papel
de las dem ás personas de la situación, in tentando evocar los senti­
m ientos, ideas y actos que ex p erim en taro n en el m om ento de ocu­
r r i r el hecho... Lo que ocu rre es una especie de reelaboración de la
p resen tació n del fenóm eno al a n o tarse inicialm ente... E n esta reela-
boración, los datos previos pueden m an ten erse inalterados; pueden
agregarse o variar; pueden a p arecer im p o rtantes aspectos del he­
cho que a n tes se h ab ían om itido; y pueden ap arecer conexiones
e n tre las p a rte s del hecho y e n tre este hecho y otro s que no se ha­
yan reconocido con an terio rid ad 1J.

La observación retrospectiva hace imposible la verificación


previa de hipótesis. Pero, ¿qué requisito fundamental no se men­
ciona en la cita de arriba, por el cual la observación retrospectiva
parece necesaria en la investigación sobre el terreno? Los autores
no suponen que hay una teoría que los instruye sobre los obje­
tos que deben observarse y las condiciones que rodean la obser­
vación en diferentes instantes. Sin previos supuestos explícitos
sobre el carácter de todos los grupos y el cuidadoso registro de
los hechos presenciados, hay peligro de que no se reconozcan
los cambios provocados por la retrospección al adaptarse al
punto de vista del grupo. Vidich desmenuza este problem a:

El p artic ip a n te que estu d ia el cam bio com o ob serv ad o r tiene que


m antener, p o r ello, una p ersp ectiv a ex tern a e independiente del
cam bio. El a p a rta m ie n to (n o n in vo lvem ent) co n tribuye a e v ita r la
alteració n de las e s tru c tu ra s de la m em oria, perm itien d o que el
o b servador vea los cam bios cum ulativos.
El o b serv ad o r p a rtic ip a n te p u ed e re c u rrir a sus n o tas p a ra re fre s­
c a r la m em oria, pero si su p ersp e c tiv a ha cam biado con el tiem p o
>uede d esaten d er o d e s c a rta r las p rim era s n o tas e im p resiones a
Íavor de las p o steriores. De hecho, las n o tas tom adas en dos p e río ­
dos diferen tes de un p ro y ecto p u ed en ser uno , \ V s m edios m á s
im p o rtan tes p a ra e stu d ia r el cam bio. En su lugar, lo qu e o c u rrirá
prob ab lem en te es que el estu d io so so b re el te rre n o b o rre el cam bio,
tra ta n d o sus datos com o si todo hubiese o cu rrid o al m ism o tiem po.
La consecuencia es una d escripción desde un a sola perspectiva, co ­
rrien tem en te, la que se tiene ju s to a n tes de d e ja r el terren o , au n q u e
m odificada p o r la re le c tu ra de las n o ta s w.

La asociación del apartam iento al estudio del cambio y, p re­


sumiblemente, la verificación de hipótesis nos devuelve al dilema
de la «riqueza» que revela la participación intensiva o la «obje­
tividad» que logra el apartam iento. Una posible solución podría
ser participar intensivamente durante la prim era parte de la
investigación y proyectar los detalles necesarios para la verifica­
ción de hipótesis y utilizar después los hechos posteriores, que
suponemos en parte repetición de hechos pasados, como base
para la verificación. La cuestión decisiva es si el observador po­
drá independizarse para las observaciones posteriores y si su
intervención (involvement) evitará que haga las observaciones
necesarias para la verificación de hipótesis. Si el papel del obser­
vador está estructurado adecuadam ente, podrá realizar entrevis­
tas formales en fecha posterior. Las condiciones de la investiga­
ción que surgen sobre el terreno no siem pre adm iten tales
soluciones propuestas. H ará falta algún tipo de solución seme­
jante, si hemos de lograr el nivel de formalización que requiere
la verificación de hipótesis. H ow ard S. Becker ha abordado algu­
nos de estos problemas tratando de clarificar la necesaria for-
malización:
Los sociólogos em plean h ab itu alm en te este m étodo [la observa­
c ió n p a rtic ip a n te ] cuando les in teresa co m prender en especial una
o rganización p a rtic u la r o problem a sustantivo, en vez de m o stra r
relaciones e n tre variables a b stractam en te definidas. T ra ta n de d a r
s e n tid o teórico a su investigación, pero suponiendo que no saben
b a s ta n te a priori sobre la organización p ara identificar los proble­
m a s e h ipótesis pertinentes, y que deben descubrirlos d u ran te la
investigación. Aunque puede utilizarse la observación p articip a n te
p a r a verificar hipótesis a priori..., eso no es lo corriente. Mi exposi­
c ió n se refiere al tipo de estudio de observación p a rticip an te que
tr a ta de d e scu b rir hipótesis, así com o de verificarlas u .

Becker distingue cuatro fases de la observación participan­


te: 1) la selección de problemas, conceptos e índices y su defini­
ción; 2) cierta estimación de la frecuencia y distribución de los
fenómenos; 3) la articulación de los datos singulares en un mo­
delo de la organización, y 4) los problemas de deducción y de­
m ostración.
En la prim era fase, se toman decisiones sobre los problemas,
los conceptos y los indicadores. Becker distingue tres criterios
para exam inar pruebas. El primero es la «información fidedig­
na»: examina si el inform ador podría tener motivos para mentir,
ocultar información o desfigurar su papel en el hecho o su acti­
tud ante él y si lo presenció verdaderamente o basa su descrip­
ción en otros cauces de información. En resumen, es im portante
la perspectiva del autor. El segundo criterio se llama de la
«declaración voluntaria o solicitada»: analiza la espontaneidad
de las respuestas, si se han dado para satisfacer los intereses
del observador y hasta qué punto la presencia o las preguntas
de éste han influido sobre las consideraciones del consultado.
El tercer criterio, «la ecuación observador - inform ador - grupo*
tiene en cuenta el papel del observador en el grupo —si hace
su investigación de incógnito o como participante intensivo—
y de qué manera esto podrá influir en lo que vea y oiga como
observador.
En la segunda fase, el investigador decide la frecuencia y dis­
tribución de los datos relativos a los problemas, conceptos e in­
dicadores. Se determ ina qué es lo que constituirá prueba. El
u Howard S. Becser: «Problema of Inference and Proof in ParticJpant Obser-
vation», American Sociological Review, 23 (diciembre 1958), 652-653.
investigador trata de explicar lo típico de sus observac
frecuencia e im portancia en el grupo. En esta fase se
hacer informes cuantitativos de la organización.
La tercera fase integra los diversos datos en un moc
neralizado de los hechos. Becker apunta que, en esta f. el
observador busca el modelo que m ejor se ajuste a los datos ob­
tenidos 16.
En la cuarta fase, el observador revisa y reform a el modelo,
en caso necesario, de acuerdo con sus datos. Es entonces cuando
debe decidir cómo expondrá sus conclusiones. Según observa
Becker, el problema de exponer los datos después de la investi­
gación sobre el terreno ha sido dificultoso durante m ucho tiem­
po para los sociólogos. Y propone la solución siguiente: expón­
gase un historial sencillo (natural history) de las conclusiones,
que perm ita al lector seguir las pruebas conforme se presenta­
ron a la atención del observador durante la investigación, y a
medida que el problema investigado se conceptualizaba y re-
conceptual izaba. E sta idea del «historial sencillo» no significa
que se exponga cada dato, sino los tipos generales de datos ob­
tenidos en cada fase de la investigación. Se incluirán las excep­
ciones im portantes en los datos y su correspondencia con los
conceptos teóricos utilizados. Lo decisivo de las indicaciones de
Becker está en que perm iten al lector exam inar los detalles del
análisis, ofreciéndole la oportunidad de ver los fundam entos de
cada conclusión17.
Hay tres temas principales, interrelacionados, que debo sub­
rayar para term inar este epígrafe. El prim ero es la im portancia
de relacionar directam ente los problem as de la investigación so­
bre el terreno con la exposición de los datos. Este procedim iento
permite discernir al lector qué problem as tuvo al recoger qué in­
formación y cómo influyeron sobre las conclusiones relativas a
los datos particulares. El segundo tem a es la evidente falta de
comentarios de los autores sobre la investigación, en cuanto a la
im portancia de explicitar los supuestos teóricos antes de iniciar
la investigación y el hecho de que durante su mismo curso se
prueban, tanto los conceptos teóricos básicos, como el proceso
social y las teorías sustantivas que nos interesa explicar y p re­
decir. El tercero se sigue del segundo, por cnanto se refiere al
" Howard S. Becker: op. cit., pág. 657.
n Idem, pág. 660.
problem a de cuáles son las condiciones para la verificación de
hipótesis en la investigación sobre el terreno. Tratarem os de
estos tres temas en los restantes epígrafes de este capítulo.

LOS PROBLEMAS METODICOS Y LOS DATOS «OBJETIVOS»

Los problem as con que^ se tropieza al observar, interpretar,


reg istrar y decidir la im portancia de los datos para una teoría
pertinente surgen en la investigación sobre el terreno porque el
o b s e r v a d o r es parte del campo de acción. Un problema metódico
difícil que surge se debe a la diferencia entre la realidad que
describe el físico y la que describe el sociólogo. Schutz explica
esta diferencia en el pasaje siguiente:
E ste estad o de cosas se debe a la esencial diferencia de estru c­
tu r a de los ob jeto s ideales o elaboraciones m entales constituidos
p o r las ciencias sociales y los constituidos por las ciencias n a tu ­
rales. Incum be al n a tu ra lista , y sólo a él, precisar su cam po de
observ ació n en conform idad con las n o rm as procesales de su cien­
cia, d eterm inando los hechos, datos y sucesos que son pertinentes
a sus problem as o finalidad científica del m om ento. Ni estos hechos
y sucesos están preseleccionados, ni el cam po de observaciones está
p redescifrado. El m undo de la naturaleza, que exam ina el n a tu ra ­
lista, no «significa» nada p a ra sus m oléculas, átom os ni electrones.
Sin em bargo, el cam po de observaciones del sociólogo, especial­
m en te la realidad social, tiene un sentido específico y una estruc­
tu ra de pertin en cias para los hom bres que viven, actúan y piensan
en él. M ediante un conjunto de ideas vulgares, han preseleccionado
y predescifrad o este m undo, que sienten como la realidad de su
vida cotidiana. Son estos o b jeto s ideales suyos los que determ inan
su cond u cta, m otivándola. Los objetos ideales elaborados por el
sociólogo a fin de c a p ta r la realidad social han de basarse en los
o b j e t o s ideales elaborados p o r el sentido com ún de los hom bres que
v i v e n su vida cotid ian a en su m undo s o c ia l18.

Si el observador no forma parte del campo de acción, sino


que es meramente un científico «desinteresado», su interés cog­
noscitivo requiere entonces, como indica Schutz, que sustituya
su situación biográfica personal por una situación científica i#.
El sociólogo tiene que captar el sentido de los actos del actor al
mismo tiempo que retiene una actitud desinteresada ante el ac­
19 Alfred S c h u t z : «Concept and Theory Fonnatíon in th e Social Sciences»,
Journal of Philosophy, U (abril 1954), 266-267.
» Idem, pág. ZTO.
tor y el escenario. No hay una tram a de motivos que rija esta
relación con el actor o actores del escenario que observa. Lo
cual subraya la idea de Schutz de que el sociólogo debe atender
a las estructuras de sentido que emplean los actores del escena­
rio que quiere observar y describir, al mismo tiem po que con­
vierte tales estructuras de sentido en ideas coherentes con sus
intereses teóricos. El naturalista no encara este problem a. Ahora
bien, hemos expuesto la situación ideal de un experim ento o
situación de observación proyectada cuidadosam ente, que no re­
quiere la participación del observador en el cam po de acción.
¿Cómo afecta esta complicada situación al observador que sí
forma parte del campo de acción?
Antes de poder abordar esta cuestión, hemos de citar o tra
más fundamental: «Examinar los principios generales por los
que el hombre organiza en la vida cotidiana sus experiencias y,
especialmente, las del m undo social»*.
El observador, como parte del campo de acción, lleva consigo
un conjunto de pertinencias o estructuras de significado que
orientan su interpretación de cualquier medio de objetos situa­
do en su campo visual. En tales condiciones se encuentra con los
siguientes problemas:

1) Tiene que interpretar los actos de sus sujetos (o sus infor­


maciones sobre sus actos) en conform idad con las estru ctu ras
de pertinencias de la vida cotidiana. Su modelo del actor, las
pautas típicas de acción de que dota a su actor, han de coordi­
narse con los hechos observados (o los que le cuenta el actor) 21.

2) Ha de m antenerse en una perspectiva teórica que tenga


en cuenta las estructuras de pertinencias del actor, teniendo al
mismo tiempo un conjunto distinto de pertinencias que le per­
m itan interactuar con el actor. Lo cual quiere decir que el ob­
servador tiene un conjunto de motivos que le perm iten llevar una
serie de tratos personales.

■ Alfred Schutz: op. cit., pág. 267. Más detalles, en Alfred S chutz: «The Pro-
blem of Rationality in the Social World», Economica, 10 (1943), 130-149; «On
Múltiple Realities», Phüosophy and Phenomenological Research, 5 (1945), 533-575;
«Common-Sense and Scientific Interpretation of Human Action», ibíd., 14 (1953),
Í-38; y Harold G a r f i n k e l : «The Rational Properties of Scientific and Common
Sense Activities», Behavioral Science, 5 (enero 1960), 72-83.
3) Pero, como dice Schutz del observador: «No puede aso­
ciarse nunca en una pauta de interacción con uno de los actores
del escenario, sin abandonar, al menos temporalmente, su acti­
tud científica. El observador participante, o investigador sobre
el terreno, establece contacto con el grupo estudiado como un
hom bre entre sus semejantes; únicamente su sistema de perti­
nencias, que le sirve como esquema de su selección e interpre­
tación, está determinado por la actitud científica, abandonada
tem poralm ente para recuperarla después» s .
Así, pues, nuestro observador, como parte del campo de ac­
ción: a) debe tener cierto modelo del actor, que comprenda las
estru cturas de sentido del actor como parte de su teoría del
orden social; b) debe em plear un conjunto de normas procesa­
le s 0 coherente con las elaboraciones teóricas de su modelo;
c) debe utilizar su conocimiento de las experiencias de la vida
cotidiana del actor y de las suyas propias (que presumiblemente
le han dado la base de su modelo) para entrar en los necesarios
tratos personales para recoger sus datos, y d) tiene que abando­
nar tem poralm ente su empleo de justificaciones científicas, man­
teniendo, sin embargo, la actitud científica al describir las accio­
nes del actor (o las que éste describe).
A h o r a bien, ¿cómo se mantiene el observador en estas dos
p e r s p e c t iv a s diferentes? Según Schutz, el observador debe tener
cierta comprensión de las ideas vulgares de la vida cotidiana por
las que el actor interpreta su medio. El estudioso sobre el terre­
no no puede empezar a describir ningún hecho social sin expli­
car su teoría científica, es decir, su teoría de los objetos, su
modelo del actor o el tipo supuesto de orden social. De otra
manera, tendríam os un difícil problema teórico y metódico: el
de s a b e r si la descripción por el observador de un escenario de
acción se basa en las ideas vulgares que utiliza al participar en
é l o en alguna teoría que emplee conceptos científicos. Harold
G a r fin k e l lo llama el problema de «ver la sociedad desde den*
t r o . 24.
D Schutz: «Common-Sense and Scicntific Interpretation...», op. cit., pág. 31.
D V. una exposición de las reglas de procedimiento en Félix Kaufmann: Meího-
dology of the Social Sciences (Oxford University Press), Nueva York, 1941.
» Está tratado en una relación presentada al IV Congreso International de
S o c i o l o g í a , de Milán, en 1959, titulada «Common Sen se Knowledge of Social
S tru ctu res» . El lector podrá ver otra explicación en el artículo de Karl M a n n h e i m :
■On the Interpretation of Weltanschauung», Essays on the Sociology o f Know-
ltdge (Routledge and Kegan Paul), Londres, 1952.
A menos que el observador aborde este problem a, no podrá
dar garantía científica de sus conclusiones. Por el contrario,
podrán recibir la crítica de que no son nada distintas forzosa­
mente a las de un actor profano de la sociedad. El tener en
cuenta el punto de vista del actor o, como dice Malinowski, des­
cribir la cultura según la ven sus miembros, no significa que
deban emplearse los m étodos de prueba del actor. La dificultad
metódica estará clara; al explicar su teoría del actor, dice
Schutz, el observador ofrece la base metódica para establecer las
reglas de prueba, de conocimiento y de dem ostración correcta.
Establece la base para la correspondencia entre su teoría del
actor y los hechos que observa y describe. Por adoptar la alter­
nativa de los métodos de prueba del actor, no resolverá el pro­
blema, a menos que pueda explicar las propiedades de tales m é­
todos. Pero, ¿cómo decide sobre éstas?
Aceptando la proposición de que la prim era misión del soció­
logo es ^descubrir las reglas por las cuales el actor m aneja sus
asuntos cotidianos, el lector podrá hacer la pregunta siguiente:
¿quiere decir esto que no podemos hacer investigación socioló­
gica hasta haber cumplido esta misión? La respuesta es un sí con
reservas. El que los investigadores estén haciendo investigación
todos los días no es prueba suficiente para creer que cum plir
con una serie de operaciones lógicas y em píricas sea una inves­
tigación significativa. Ha de examinarse qué reglas de procedi­
miento se emplean. La observación participante, la entrevista
estructurada y no estructurada y los estudios de cuestionario
suponen corrientem ente una com unidad entre el actor y el ob­
servador que requiere el empleo de ideas vulgares. Aunque pue­
da no reconocerse la existencia de tales norm as o ideas, no obs­
tante, son variables al ejecutar el proyecto de investigación.
Concluyamos:

1. Aunque el investigador no conozca las reglas vulgares de


interpretación que se empleen en la vida cotidiana, podrá reali­
zar su proyecto particular y contribuir a la teoría general y a la
metodología en sociología siendo consciente de su existencia y
tratando de estudiar sus propiedades y su influencia.

2. Los investigadores, al examinar la base para entrar en


una situación de investigación, los actos necesarios, los tipos de
ideas que se originan en los sujetos al preguntárseles sobre sus
actividades y las reglas de procedimiento que emplean como ob­
servadores, pueden estudiar al mismo tiempo un problema deter­
m inado, arrojando un poco de luz sobre el carácter de las ideas
vulgares.

3. E l aclarar los detalles no enunciados de las preguntas no


estructuradas, los cuestionarios cerrados y las conversaciones
espontáneas que producen informaciones llamadas «datos» por
el observador llega a ser una base para com prender los elementos
de las ideas vulgares.

4. P ara el investigador, no es nuevo el conocimiento de los


pasos que se dan para conseguir datos, pero en la investigación
sociológica, la información de tales pasos se logra, corriente­
mente, mucho después de haberse cumplido una de las más im­
p o rtantes series de hechos, a saber, las relaciones sociales nece­
sarias p ara establecer cierta especie de comunidad entre el actor
y el observador.
Los antropólogos han señalado desde hace mucho la impor­
tancia de esto. Las exposiciones de estudios antropológicos sobre
el terreno revelan muy poco de las experiencias iniciales del
investigador y de los procedimientos utilizados para decidir el
sentido de un hecho determinado. Examinando más detallada­
mente tales actividades, podríamos ver que el investigador, aun
al estudiar una cultura completamente extraña, se basa estricta­
mente en sus experiencias en su propia cultura para decidir el
sentido de los hechos que presencia. Pero pocos narran los deta­
lles de cómo entraron en la situación de investigación y, muchos
menos, de cómo llevan su trabajo y lo terminan. Uno de los
estudios recientes más informativos es una monografía de Dal-
to n 25. Su apéndice metodológico, aunque deficiente en los ricos
detalles en que, está claro, se basa, es uno de los más revelado­
res, porque considera los tipos de relaciones sociales que serían
comparables a aquéllas en las que podría e n tra r un antropólogo
y a las experiencias sobre el terreno de ciertos sociólogos y
politólogos. El examinar las dificultades que descubren los in­
vestigadores aj obtener sus datos m ostrará que se pasan por

» MetviUe Damm: Men Who hianage (Wiley), Nueva York, 1959.


alto los problemas que acabamos de plantear, o se les presta
poca atención. El caso es que, en vez de reconocer tales condi­
ciones como difíciles, los investigadores hacen los com entarios
habituales sobre la realización de observaciones «objetivas» y
el carácter del problema «científico» abordado. Sólo en ocasio­
nes encontram os referencias a los procedim ientos empleados
para obtener los datos.
Lo que han hecho los sociólogos con todos los tipos de inves­
tigación, comprendida la observación participante, es otorgar tal
prim a a la objetividad, que las condiciones del estado presente
de la investigación en ciencias sociales no se examinan por su
potencial teórico y metódico, sino como medio para obtener da­
tos sustantivos. La preocupación por los datos sustantivos ha
ocultado que tales resultados sólo son tan buenos como la
teoría fundamental y los métodos empleados para «hallarlos»
e interpretarlos. La situación real de investigación, especialm en­
te en el caso de la observación participante y m étodos sem ejantes,
constituye una fuente im portante de datos, pues está precisa­
mente tan sujeta a la predicción y explicación como los resulta­
dos sustantivos que se buscan. Así, pues, sí hemos de estudiar
un organismo adm inistrativo utilizando la observación partici­
pante junto con la entrevista extensiva estructurada y no estruc­
turada, el abordar a los sujetos en sus actividades cotidianas,
desarrollar las necesarias relaciones sociales con aquéllos a los
que se va a entrevistar y estim ar la im portancia de las fuentes
oficiales y extraoficiales de datos son caracteres difíciles de la
situación de investigación, cuyo estudio puede contribuir, tanto
a nuestro conocimiento de la metodología, como de las propie­
dades teóricas de la organización social. La consideración de los
problemas reales que encuentran los investigadores en sus acti­
vidades proporciona la base adecuada para tra ta r de cómo la
situación de investigación puede llegar a ser, tanto una fuente
de datos, como un dato en sí de la m etodología com parada.

CONSIDERACIONES TEORICAS Y PRACTICAS

El apéndice metodológico de Dalton expone gran variedad


de problemas im portantes y ofrece un punto de p artid a general
para ab arcar afirmaciones anteriores de carácter semejante. Un
problem a que plantea es el de establecer la situación de investi­
gación. Dalton no cree en dirigirse formalm ente a las autorida­
des superiores de toda organización por estudiar, a causa de la
posibilidad de que la organización fije límites a la investigación.
Las com plejidades de este problema son muchas. Los argumen­
tos sobre cómo obtener m ejor acceso a la situación de investiga­
ción pueden exponerse de la manera siguiente:

1. Si se utilizan los cauces formales (supongamos de princi­


pio que el investigador no tiene ninguna influencia especial con
partes externas o internas), existe la posibilidad de que se res­
trin ja el estudio del investigador o de que pueda negársele en
absoluto la posibilidad de estudiar.

2. El empleo de cauces extraoficiales tiene la clara ventaja


de p erm itir examinar zonas en las que podrían poner límites las
autoridades. Los contactos oficiales pueden ser estimables (in­
cluso Dalton dijo que le resultaron convenientes) para descubrir
pistas y señales que de otra manera podrían quedar ocultas.

3. La utilización de cauces formales perm ite que el lector


siga los pasos que se han dado para conseguir en trar en la si­
tuación de investigación, pero lo mismo ocurre con el acceso
extraoficial si el informe se redacta bien. Esta m ateria es, en
realidad, de ética. La cuestión es: la investigación, ¿debe ser
pública, tanto para la comunidad científica de los investigado­
res (supuesto que se preserve el anonimato de los sujetos), como
para la com unidad societaria de la que se obtienen los datos?
La ciencia, como conjunto de norm as procesales para adm itir y
elim inar proposiciones de un cuerpo de conocim iento26, no in­
terviene en tanto el investigador siga las reglas aceptadas por
su comunidad científica. Parece claro, por tanto, que el problema
ético del investigador respecto de su situación particular proce­
de de su pertenencia a la comunidad profana.

4. Las restricciones formales que pudieran fijar las autori­


dades a las actividades del investigador podrán ser superadas por
un proyecto que las tenga en cuenta, identificándolas como varia­
bles que han de tratarse como com plem entarias o restrictivas
de las sustanciales.
5. Al estudiar los cauces extraoficiales, el investigador quizá
tenga que contar con un número restringido de sujetos, a los
que sólo podrá consultar sobre m aterias lim itadas, o de modo
tan inform al que impida la recogida de los datos sistem áticos
que perm itirían la verificación de hipótesis. Esta lim itación ha
llevado a una cantidad bastante grande de «estudios-modelo»
(pilot studies) en el estudio de las organizaciones com plejas
por investigadores partidarios de la observación participante.
Los datos que han aportado son im presionistas. Para muchos
sociólogos, las expresiones «datos impresionistas» y «observa­
ción participante» han llegado a ser sinónimas. Dalton utiliza
en realidad una combinación de procedim ientos de observación
participante consiguiendo un puesto oficial en la organización,
que le perm itió iniciarse. Después se sirvió de ese puesto como
base para realizar sus investigaciones extraoficiales.
6. Recurriendo a los datos de fuentes extraoficiales, el ob­
servador participante trata de vencer las restricciones que po­
drían fijar a sus actividades las autoridades superiores.
¿Qué vamos a sacar de estas consideraciones? Convendrá
sistem atizar los procedimientos. El investigador debe poner de
manifiesto, desde el principio, qué procedim ientos ha utilizado.
Debe establecer a priori las condiciones (por ejemplo, el núm ero
necesario de sujetos, las preguntas que harán falta p ara descu­
b rir informaciones particulares, etc.) para decidir el carácter
real de sus conclusiones. Los com entarios de Dalton y los de
otros indican algunas de las complejidades que encierra la ob­
tención de datos por cauces extraoficiales. Al explicar las difi­
cultades de los contactos extraoficiales, el observador participan­
te puede contribuir a la form ulación de cuestiones más generales
de la teoría y el método. Teóricamente, su obra nos d irá en qué
papeles podremos conseguir inform ación extraoficial de sujetos
desconfiados. Por ejemplo, la información de cómo entendía al
sujeto como base para iniciar la acción social, cómo respondió
el sujeto, la influencia del sexo, la edad, la raza, las diferencias
socio-económicas y así sucesivamente. Los sociólogos han reco­
nocido desde hace mucho la im portancia de estos factores, pero
hemos de considerar que contribuyan posiblemente, no sólo a la
teoría, sino también al método. El esmerado y rico informe de
D alton sobre sus investigaciones y el material sumamente infor­
mativo que ofrece no se expone de tal manera que el lector pueda
estim ar la influencia de las operaciones que hizo para obtener
sus datos, sus suposiciones sobre cuándo tuvo la confianza del
sujeto, cuándo tuvo que beber un trago para poner cómodo al
sujeto, qué clase de preguntas o conversaciones produjeron qué
respuestas, cómo decidió que ciertas respuestas habían de acep­
tarse como «datos» y, otras, como equívocas y cuántos sujetos
tomó como base para una generalización, y basada en qué tipos
de respuestas, etc. Es sumamente difícil obtener y registrar con
precisión el m aterial sobre el contexto de la interacción entre el
investigador y su sujeto, pero supondría también una fuente im­
portante de datos para docum entar los procesos sociales que
Dalton menciona como im portantes para ir escalando puestos,
las luchas por el poder, las relaciones entre el cuerpo asesor y el
ejecutivo, etc. Así, pues, todos los sociólogos que hacen observa­
ción participante y entrevistas tropiezan con dificultades para con­
seguir y m antener acceso a los sujetos y para descubrir pistas y
factores extraoficiales. Sin embargo, estos factores extraoficiales
constituyen con frecuencia la base de los datos, pero no se infor­
ma de ellos como tales, a pesar de ser semejantes al tipo de
m aterial de que informan los investigadores para documentar
sus explicaciones sobre el funcionamiento de las organizaciones
complejas.
Los esfuerzos de Dalton en su apéndice por señalar algunos
de estos problemas son una im portante contribución metodoló­
gica, precisam ente porque ofrece lo que otros estudios ocultan
con frecuencia —deliberadamente o no— al inform ar de sus
conclusiones. Sin base sistemática para describir sus observa­
ciones a medida que las hace y las interpreta, el investigador
encara el problema de comunicar las «realidades» objetivamente.
Así, no puede resolver el problema que tratam os antes, de
«ver la sociedad desde dentro». Desde el punto de vista meto­
dológico, sus conclusiones sólo pueden compararse con las del
periodista o las del hombre sencillo. Para que existan datos
comparados, los métodos para obtenerlos tienen que ser cono­
cidos y comparables. Son estos métodos los que el mismo Dalton
aborda seguidamente.
Señala que hizo pocas entrevistas, por el problem a de expli­
car a los sujetos a qué iba y por q u é 27. Sí indica, sin embargo,
diversos procedimientos que utilizó para com probar los comen­
tarios del inform ador y si am bos em plearon los mismos modos
gramaticales o de lenguaje. Además, escribe: «Al reconstruir las
entrevistas, anoté los énfasis, las expresiones faciales, los signos
de preocupación y alivio y otros gestos —sabiendo que podrían
llevar a error— como posibles claves de cosas más fundam en­
tales»28. Dalton no dice al lector precisam ente cómo afectaron
a sus relaciones con los sujetos, entrando en la interpretación
de lo que observó, factores como los modismos gram aticales y
de lenguaje, las expresiones faciales, los signos de preocupación,
y semejantes. Es im probable que nadie pueda recordar siem pre,
ni aun conocer enteram ente, tal información. Podemos ver un
ejemplo en el breve inform e siguiente de uíi problem a difícil,
tanto en los procedimientos de Dalton, como en su explicación
de las conclusiones:
E l tem a de la m aso n ería e ra ta n vidrioso en Milo q ue incluso
algunos íntim os reh u sab an e c h a r una m ano p a ra estab lecer u n a
p ertenencia form al y el n ú m ero de católicos que se h ab ían hecho
m asones. Lo que p arecía cosa fácil de hacer provocaba tem ores y
m e enajen ab a a algunos de m is conocidos con los que h a b ía co n tad o
equivocadam ente, y a quienes veía entonces que m erecían m ás
estudio. E sas personas em p ezaro n a ev itarm e y me hicieron te m e r
p o r el éxito de la investigación. D espués supe que tem ían ay u d arm e
y tam bién tem ían no h acerlo, p o r si algunos de m is íntim os los
p erju d icab an . (¿Qué debe h acer el in v estig ad o r cuando p e rtu rb a
u n a situación que él q u e rría tra n q u ila ? ) Como los m asones e sta b a n
distribuidos e n tre m u ch as logias, p a ra co n firm a r la perten en cia,
finalm ente, tuve que p re s e n ta r listas de fu n cionarios dudosos a
diecisiete íntim os e n tre los m a s o n e s 25.

La investigación sobre el terreno podría ser todavía más útil


para otros que hacen observación participante si los problem as
del acceso, la interpretación y sem ejantes pudieran insertarse en
el lugar de la exposición en el texto. Por una parte, muchas refe­
rencias a los contactos con los sujetos a m enudo emplean térm i­
nos expresados en idioma vernáculo, y que no se explican al
lector, e informan de m aterial sin estar claro cómo in terp retó
el investigador los com entarios del sujeto. Por o tra, muchos
” D a l t o n : op. cit., p á g . 277.
* IbltL
» Idem, págs. 279-280.
investigadores explican que sus sujetos «creen» o «quieren de­
cir» algo, sin documentarlo. Esta especie de descripción «a dis­
tancia» dificulta la comparación entre los datos de diferentes
investigadores.
Volviendo a nuestro tema, hemos de apuntar una vez más
que D alton incluye m aterial correspondiente a sus esfuerzos y
éxitos en establecer contactos con diversos sujetos en las orga­
nizaciones estudiadas. Los comentarios, aunque reveladores, es­
tán dem asiado abreviados para indicar qué datos se obtuvieron
con qué tipos de contactos y no están integrados en la verdadera
inform ación. Los siguientes comentarios de Dalton señalan una
im p o rtante aproximación al ideal de la observación participante:

H ab itu a lm en te esperando conversaciones reservadas, tra ta b a en


lo posible de coger a la gente en situaciones poco m ás o m enos
c o m p ro m etid as y saber de antem ano cuándo iba a h ab er reuniones
im p o rta n te s y qué relación podrían tener con los aspectos extra­
o ficiales de diversos asuntos. Las experiencias con inform adores
qu e se a p a rta b a n m e hicieron tr a ta r de conseguir algún tipo de
co m en tario s o gestos de ciertas personas a n tes de que se enfriasen
su s sen tim ien to s o tom asen precauciones. Al «entrevistar», seguía
c o rrie n te m en te un p ro g ram a m ental. Pero om itía o ad a p tab a las
p re g u n ta s que había p rep arad o cuando la ch a rla con el consultado
d e scu b ría hechos, al parecer, m ás im p o rtan tes. Después, o en o tra
reun ió n , cuando había hecho todas las preg untas proyectadas p a ra
u n a p a rte d eterm in ad a de la investigación, y estab a seguro de la
p erso n a, hacía preg u n tas m ás fu ertes sobre diversos tem as y recibía
re sp u e sta s p ro m eted o ras

Al indicar con precisión en qué puntos se hacía preguntas


a los consultados, sus respuestas, cómo se traían a
e s p e c íf ic a s
colación los sucesos, aí parecer, más importantes, y cómo todo
ello afectaba a la percepción de los hechos por el observador y
a su in te r p r e ta c ió n , el investigador se acerca a algo semejante a
un marco experimental. Las exigencias de la observación parti­
cipante está claro que son mucho mayores que las que se plan­
tean en otras formas de investigación, supuesto que el investi­
gador esté interesado por satisfacer, o más bien aproximarse, a
la s reglas ideales del procedimiento c ie n t íf ic o . Quizá sea dema­
siado esperar que se satisfagan tales procedimientos ideales,
pero los procedimientos reales deben explicarse con claridad, de
manera que los fundamentos para sacar una conclusión sobre
una serie de hechos puedan ser conocidos por otros investiga­
dores, ofrezcan una base p ara estudios com parados, puedan re­
petirse y puedan m ejorarse los métodos.
Deben hacerse unas cuantas consideraciones sobre las cir­
cunstancias prácticas que sea probable encontrar en la investi­
gación sobre el terreno, pero tales «instrucciones» deben in­
corporarse a una textura que subraye los rasgos básicos de la
interacción social, de hecho, ciertas propiedades fundam entales
del orden social.
La entrada en la organización o grupo por estudiar exige que
se estime la actitud del observador ante los sujetos, los medios
de acceso y cómo éste afectará a sus relaciones con ellos. ¿Cómo
se presenta uno ante los demás? E sta es una cuestión funda­
mental. ¿Cómo establece el observador su contacto inicial con
las personas que le proporcionan acceso, con los sujetos por
estudiar y, en resumen, con toda persona que se haga objeto de
su estudio? Goffman, entre otros, considera que esta cuestión
es decisiva para toda interacción social:
Cuando un individuo llega a p resen cia de o tro s, corrien tem en te,
tra ta n de o b ten er in form ación sobre él o de p o n er en juego la que
ya tienen. Se in teresarán p o r su posición socio-económ ica general,
su concepto de sí m ism o, su a c titu d ante ellos, su com petencia, su
fidelidad...
D ejem os a h o ra a estos o tro s p a ra to m a r el p u nto de vista del
individuo que se p resen ta an te ellos. Puede q u e re r que piensen m uy
bien de él o que crean que él p ien sa m uy bien de ellos o p e rc ib ir
qué es lo que siente en realid ad h acia ellos, o no o b te n e r una im ­
presión definida; puede q u e re r conseguir a rm o n ía suficiente, de
m odo que se m antenga la interacció n , o d e fra u d a r, d e sem b araza rse
de ellos, equivocar, confu n d ir, h o stiliz a r o in su lta rlo s 31.

La teoría de Goffman se ocupa de cómo se las arreglan en la


vida cotidiana las personas en cuanto a su presencia ante los
demás. Su monografía y artículos sobre el tema ofrecen una
textura para describir un am plio conjunto de actividades socia­
les que ocurren cuando las personas entran en acción social. La
cita siguiente señala un posible enfoque de muchos de los pro­
blemas ya tratados, presentando una base m ás analítica para los
procedimientos de la investigación sobre el terreno:

B Erving Goffman: The Presentation of S elf in Everyday Lile (Doubleday


and CO.), Garden City, N. Y., 1959, págs. 1*3.
P arece que toda interacción social se basa en una dialéctica fun­
d a m e n ta l. Cuando un individuo llega a p resencia de otros, q u errá
d e s c u b rir las realidades de la situación. Si tuviese ya e sta inform a­
ció n , p odría conocer y hacerse cargo de lo que fuese a suceder y
p o d ría d a r a los dem ás p resentes tan to de lo que les es debido com o
fu e se conform e a su pro p io in terés ilu strad o ... R aras veces se tiene
u n a inform ación com pleta de este orden; a fa lta de ella, el individuo
s u e l e em p lear su stitu tiv o s —claves, pruebas, indicios, gestos expre­
siv o s, sím bolos de posición, etc.— com o recursos de predicción. E n
resu m en , com o la realid ad p o r la cual se in teresa el individuo no
p u e d e a d v e rtirse en el m om ento, en su lu g ar hay que fiarse de las
ap arien cias. Y parad ó jicam en te, cu an to m ás se interese el individuo
p o r la realid ad que no pueda enten d er, ta n to m ás te n d rá que con­
c e n tr a r su aten ció n so b re las ap ariencias u .

En escritos anteriores, Schutz señalaba lo mismo que Goff-


man, pero abordando el aspecto analítico de los rasgos constitu­
tivos de la vida cotidiana. Schutz indica explícitamente que, en
cuanto observadores científicos, hemos de idear un modelo del
actor, de sus motivos típicos, sus acciones típicas, gustos y dis­
gustos típicos, etc., como condición básica para observar e in-
te rp re ta r su conducta en conformidad con las normas procesales
y teóricas de nuestra disciplina:
E n las páginas siguientes, afirm am os que las ciencias sociales
tien en que tr a ta r de la conducta hum ana y de su in terpretación
v u lg ar en la realidad social, im plicando el análisis de todo el sis­
te m a de proyectos y m otivos, de p ertinencias e ideas de que hem os
tra ta d o en los epígrafes anteriores. Tal análisis se refiere forzosa­
m en te al p u n to de vista subjetivo, en especial, a la in terpretación
de la acción y a su m arco, según el actor. Como este postulado de
la in terp retació n sub jetiv a es, según hem os visto, un principio ge­
n e r a l p a ra elab o rar los tipos de acción en la experiencia vulgar,
te n d rá que a d o p ta r tam bién este principio toda ciencia social que
a s p ire a co m p ren d er la «realidad social*33.

Los escritos de Schutz y Goffman ilustran un objetivo funda­


mental en sociología: la búsqueda de los principios fundamen­
tales de la interacción social. Así, pues, el investigador no carece
de un modelo del actor que lo guíe en sus observaciones. De
hecho, puede contribuir al conocimiento en dos capítulos si
trata como dudosos los principios fundamentales de la interac­
ción social: prim ero, proporciona una prueba a la teoría funda­
mental; segundo, trata tales proposiciones como c da tos», utili­
* E rvin; Goffman: op. cit., pág. 249.
» Alfred Schutz: «Common-Sense and Scien tifie Interpretation...», op. cit.,
pá<. 27.
zando tales «principios» como base para tra b a r relación social
con los «nativos» y al ordenar sus contactos iniciales y desen­
volver sus papeles e interacción.
Si es correcto suponer que en la vida cotidiana las personas
ordenan su medio, asignan sentidos o pertinencias a los objetos
y basan sus actos sociales en las justificaciones vulgares, no po­
dremos acometer investigación sobre el terreno ni em plear nin­
gún otro método de investigación en ciencias sociales sin tom ar
en consideración el principio de interpretación subjetiva. Al en­
tra r en conversación con los sujetos durante el estudio, hacién­
doles preguntas estructuradas o no estructuradas en una situa­
ción de entrevista o utilizando un cuestionario, el observador
científico debe tener en cuenta las ideas vulgares que emplea el
actor en la vida cotidiana, si ha de com prender el sentido que
atribuirá el actor a sus preguntas, independientem ente de la
forma en que se le expongan. Desconocerlo es hacer dudosas o
vacuas, tanto las preguntas (o conversaciones) como las respues­
tas recibidas. El investigador, sin especificar su teoría de los
objetos —su modelo del actor—, no podrá d ar más garantía a
sus proposiciones que cualquier profano interesado por los mis­
mos hechos o que tenga m eram ente una «opinión» de ellos.
Resumiendo, el observador científico necesita una teoría que
le ofrezca un modelo del actor, orientado a un medio de objetos
con caracteres vulgares. El observador tiene que distinguir entre
las justificaciones científicas que utiliza para ordenar su teoría
y conclusiones y las justificaciones vulgares que im puta a los
actores estudiados. Ambas clases de ideas ■—vulgares y científi­
cas— son elaboraciones del científico, pues, como señala Schutz:

Comienza p o r e la b o ra r p au tas típicas de acción en co rre sp o n ­


dencia con los hechos observados. D espués, clasifica d e n tro de e sta s
p au tas típicas de acción un tipo p ersonal, p a rtic u la rm en te, un m o­
delo del acto r al que im ag in a d o tad o de conciencia. Sin em bargo,
es u n a conciencia lim itad a, que no co m prende sino todos los ele­
m entos p ertin en tes a la ejecución de las p au tas de acción e stu d ia d a s
y p ertin en tes, por tan to , al p ro b lem a del científico. A dscribe, p o r
tan to , a su conciencia ficticia un co n ju n to de m otivos finales típicos,
en correspondencia con los o b jetivos d e las p a u ta s de acción o b se r­
vadas y los m otivos causales típicos en los que se basan los finales.
Ambos tipos de m otivos se supone q u e son invariables en el e sp íritu
del actor-m odelo im aginario.
Sin embargo, estos m odelos de actores no son hombres que vivan
en su situación biográfica en el m undo social de la vida cotidiana.
Estrictam ente hablando, no tienen biografía ni historia: y la sitúa-
ción en que están colocados no es u n a situación definida p o r ellos,
sino p o r su cread o r, el sociólogo. Es él quien ha creado estos mu­
ñecos u hom únculos con o b je to de m an ejarlos p a ra sus fines. El
científico les im p u ta una m era conciencia aparente, ideada de tal
m a n e ra que sus supuestos conocim ientos hábiles (com prendido el
co n ju n to de m otivos invariables que se le atribuyen) h ará subjeti­
vam en te com prensibles los actos que se originen en ella, supuesto
que estos actos sean ejecu tad o s p o r actores reales en el m undo
social. Pero este m uñeco y su conciencia artificial no están sujetos
a la s condiciones ontológicas de los hom bres. E l hom únculo no ha
nacido, ni crece, ni m orirá. No tiene esperanzas ni tem ores; no
conoce la inquietud com o m otivo p rin cip al de todos sus actos. No
es lib re, en el sen tid o de que su o b ra r pueda violar los lím ites que
le h a fijado su cread o r, el sociólogo. E n consecuencia, no puede
te n e r m ás conflictos de in tereses y m otivos sino los que le atrib u y a
el sociólogo. No puede equivocarse, si no es ése su destino. No pue­
de escoger, excepto en tre las altern ativ as que le haya presentado
el so ció lo g o 34.

Las observaciones de Schutz señalan que la lógica empleada


p o r el físico es la misma que emplea el sociólogo al decidir qué
es conocimiento, aunque puedan diferir las reglas de procedi­
m iento. Lo diferente, desde luego, se ha citado antes, pero me­
rece la pena repetirlo:
...l a e stru c tu ra de los o b jeto s ideales o elaboraciones m entales
co n stitu id o s p o r las ciencias sociales y los constituidos por las cien­
cias natu rales. Incum be al n a tu ra lista , y sólo a él, precisar su cam­
po de observación, en conform idad con las n orm as procesales de
su ciencia, d eterm inando los hechos, d ato s y sucesos que son perti­
nen tes a sus problem as o finalidad científica del m om ento. Ni estos
hechos y sucesos e stán preseleccionados, ni el cam po de observacio­
nes e stá predescifrado. El m undo de la naturaleza, que exam ina el
n a tu ra lista , no «significa» n ad a para sus m oléculas, átom os ni elec­
trones. Sin em bargo, el cam po de observaciones del sociólogo, es­
pecialm ente la realidad social, tiene un sentido específico y una
e s tru c tu ra de p ertinencias p a ra los hom bres que viven, actú an y
p iensan en él. M ediante un conjunto de ideas vulgares, han prese-
leccionado y p redescifrado este m undo, que sienten com o la realidad
de su vida cotidiana. Son estos objetos ideales suyos los que deter­
m inan su conducta, m otivándola. Los objetos ideales elaborados
p o r el sociólogo a fin de c a p ta r la realidad social han de basarse
en ios objetos ideales elaborados por el pensam iento vulgar de los
h o m b res que viven su vida cotidiana en su m undo so cial35.

Debe de haber quedado claro por qué insiste Schutz en que


la prim era misión de las ciencias sociales es estudiar los princi-

H S chutz: «Common-Sense and Scientifie Interpretation...», op. cit., pági­


nas 31-32,
* Schutz: «Concept and Theory Formatlon...», op. cit., págs. 266-267.
píos fundamentales por los que el hom bre organiza sus expe*
riencias en la vida cotidiana. El investigador sobre el terreno no
tiene elección en cuanto a si debe tener un modelo del actor,
implícito o explícito, para ordenar sus observaciones y decidir
su significado. Sabemos algo sobre los tipos de modelos dispo­
nibles, y conocemos también algunos de los rasgos fundam entales
que ha de tener en cuenta cualquier modelo. No es éste el lugar
de perseguir la noción de ideas vulgares o las condiciones que
rodean su empleo, Jrero serán pertinentes algunos com entarios
sobre la «aplicación» de estos conceptos.
Parte im portante del trabajo sobre el terreno tiene que ver
con los problemas de identificar, obtener y m antener los contac­
tos que ha de lograr el investigador. Por ejemplo, dada su elec­
ción de papel o papeles diferentes que asume, ante diferentes
sujetos o adscribe a ellos, ¿qué tipo de relacionen debe culti­
var? ¿Qué tipos de personas debe abordar? ¿Cómo debe estable­
cer los contactos? ¿Cómo debe m antenerlos? ¿Cómo afectan a
los datos que obtiene? ¿Cómo pueden evitar ciertos datos algunas
relaciones particulares? Estas son sólo una parte de las cuestio­
nes que debe sopesar el investigador. Para ilustrarlo, puede resul­
tar instructivo contrastar los comentarios de un experto investiga­
dor sobre el terreno, que escribe sobre los problem as metódicos
de la observación participante, y las afirmaciones de alguien que
se ocupa de describir los rasgos fundamentales de la vida co­
tidiana.
D ean36 ofrece una im portante exposición de varios tipos de
informadores que considera más convenientes que la persona
«media», distinguiendo entre los que son más sensibles a la
comprensión del problema y los que se considera «más dispues­
tos a revelar». Están en el prim er grupo:

— El extraño, que ve las co sas a la luz de o tra cu ltu ra, clase


social, com unidad, etc.
— El «novato», so rp ren d id o p o r lo que sucede, observ a las cosas
que se d an p o r supuestas, y que p asa p o r alto el aclim atado, y que
puede no ten er todavía intereses que p ro te g e r en el sistem a.
— El advenedizo, la p e rso n a que se h alla en transición de u n
papel o posición a o tro , siendo ru d a s y sensibles la s tensiones de
esta nueva experiencia.
— El «natural», es decir, 1a infrecuente persona objetiva, refle­

" John P. Dean: «Partidpant Observation and Interviewing», op. cit,, pági­
nas 225-252.
xiva. Puede ser señalada a veces p o r o tra s personas inteligentes y
reflexivas 57.

El segundo grupo se caracteriza así:


— El informador ingenuo, que no sabe de lo que habla: a) o
ing en u o p a ra lo que rep resen ta el investigador sobre el terreno;
b) o ingenuo hacia su p ro p io grupo.
— El frustrado (rebelde o descontento), en especial, el que es
co n scien te de que rep rim e sus im pulsos e instintos.
— Los desplazados, a p artad o s del poder, p ero que «están en el
ajo» y critican a «los que mandan», ansiosos p o r revelar las cosas
n eg ativ as de los que «están en candelero».
— El veterano, o «perro viejo», «institución del lugar», que ya
no c o rre peligro o está tan aceptado que puede co n tar sin riesgo lo
que dicen o hacen los dem ás.
— El «necesitado », que se a g a rra al en trev istad o r p o r su atención
y apoyo. Y h a b la rá en ta n to el e n trev istad o r com prenda esta ne­
cesidad.
— El subordinado, que tiene que ad ap tarse a superiores. En ge­
n e ra l, se h a hecho ideas p a ra a m o rtig u ar el efecto de la autoridad
y p u ed e ser hostil y e s ta r dispuesto a «desahogarse»38.

Estas citas de Dean manifiestan una mezcolanza de ideas


vulgares sobre los tipos sociales que utilizan las personas en la
vida cotidiana y las categorías del observador para tratar con los
tipos sociales, que pueden ser o no las mismas que las utilizadas
por los actores estudiados. Volvamos ahora a lo que dice Goff-
man sobre las personas que se enteran de «secretos de equipo»
y pudieran desacreditar o perjudicar los logros que un grupo
desea conseguir. Y dice que las personas en posesión de tales
informaciones ocupan «papeles discordantes»:
P rim eram en te, está el papel del «delator». Se tra ta de alguien
que, ante los in térp retes, ap aren ta s e r m iem bro de su com pañía,
se le perm ite e n tra r en los cam erinos y a d q u irir inform ación des­
tructiva y después, ab iertam en te o en secreto, traiciona el espec­
tácu lo al público...
E n segundo lugar, e stá el papel del «gancho». Es alguien que
o b ra como si fuese un m iem bro o rd in ario del público, p ero en rea­
lidad está confabulado con los in térp retes...
C onsiderem os ahora a o tro im p o sto r en tre el público, pero esta
vez a uno que utiliza su secreto fingim iento en el in terés del pú­
blico, no de los in térp retes. E ste tipo puede se r ilu strad o p o r la
p erso n a em pleada p a ra exam inar la calidad que m antienen los
in té rp re te s, a fin de a se g u ra r que las apariencias cuidadas en ciertos
resp ecto s no esta rá n dem asiado lejos de la realidad... [G offm an
em p lea el térm in o de «detective» p a ra este papel discordante.)
0 John P. Dean: op. cit., pág. 235.
* Idem, pág. 236.
H ay o tro individuo pecu liar e n tre el público. Es el q ue ocupa
un lu g ar m odesto, inadvertido, e n tre el público y deja el lugar cuan*
do lo hacen los dem ás, p e ro p a ra ir a ver a su jefe, un co m petidor
de la com pañía cuya in te rp re ta ció n acaba de presen ciar, e infor­
m arlo de lo que ha visto. Es el profesional del ir de co m pras: el
ho m b re de A lm acenes Pérez en G alerías R odríguez y el hom bre de
G alerías Rodríguez en A lm acenes Pérez; es el espía de m odas y el
e x tra n je ro en las exhibiciones aéreas...
O tro papel d iscordante es el del que se llam a a m enudo co rre­
veidile o m ediador. El correveidile se en tera de los secretos de
cada p arte, dando a cada una la falsa im p resió n de ser m ás leal
a ella que a la o tr a * .

Si bien estos dos conjuntos de tipos sociales descritos por


Dean y Goffman no se corresponden exactamente, señalan la
idéntica preocupación del observador participante interesado
por lograr «buenos» contactos sobre el terreno y del sociólogo
interesado por estudiar las pautas básicas de la interacción
social. El observador participante que se interesa por estudiar
las relaciones étnicas en una comunidad, los conflictos jerár­
quicos en las plantas industriales, la socialización de la Medicina,
etcétera, no sólo tiene que tener claro el modelo de actor que
utilizar en su investigación, sino que debe estar tam bién sobre-
aviso de la posibilidad de estudiar los conceptos teóricos funda­
mentales cuando está metido en el mecanismo de su investiga­
ción, pues ambas cosas son decisivas para observar e in terp retar
el terreno que estudia. Conocer los tipos sociales prevalentes en
diversos tipos de grupos, saber cómo identificarlos, en trar en
relación con ellos y ganar su apoyo, facilita al investigador el
lim itar las posibilidades de su proyecto, en resumen, tra ta r
de escenificar y verificar las hipótesis pertinentes. El trabajo de
Dean ofrece algunas indicaciones excelentes para identificar, ob­
tener y m antener contactos. Los escritos de Goffman presentan
una riqueza de m aterial que pueden utilizar los investigadores
sobre el terreno para com prender los detalles descriptivos de
cómo las personas se presentan ante los demás y m anejan su
apariencia en la vida co tidiana40.
Por último, quisiera tra ta r en este epígrafe cómo term inar
la investigación. Las relaciones interpersonales creadas durante
" Erving Goffman: The Presentation of Self in Everyday Life, op. cit., pági­
nas 145-149.
* El lector observará que es especialmente pertinente el libro de H. G.
Barnett: Innovation (McGraw-Hill), Nueva York, 1953. Su interés por los tipos
culturales que más probablemente produzcan cambio cultural exige que emplee
los tipos de actores tratados por Dean y Goffman.
la investigación no term inan fácilmente al abandonar el terreno.
El investigador tiene que tom ar sus propias decisiones sobre el
tipo de «contratos sociales» —por em plear la expresión de Dur­
kheim — que quiera honrar. Así ocurre, en especial, porque tales
«contratos» comprenderán condiciones no enunciadas, o extra-
contractuales. Está el problema de si la información que dará
el investigador afectará a los sujetos en manera adversa. Está,
adem ás, el problema de dejar intacto el marco de la investiga­
ción, de modo que otros sociólogos puedan volver. Las obliga­
ciones que incumben al investigador en estas m aterias —su­
poniendo que se las considere tales— están lejos de haberse
sistem atizado41. Si se ha hecho todo el esfuerzo posible para
g arantizar una información completa al lector sobre los detalles
de trab ar, m antener y despedirse de las relaciones sociales du­
ran te la investigación sobre el terreno, el investigador tendrá
m ucha m ateria para decidir cuándo term inar el estudio. Los
investigadores han señalado que muchos estudios sobre el terre*
no originan relaciones que continúan indefinidamente. Los natu­
rales inconvenientes son la posibilidad de desacreditar por com­
pleto el valor de la investigación por «convertirse en nativo» o por
la negativa de parte del observador aun a inform ar de sus datos,
pasando por formas de retener información, por causar perjui­
cios, posiblemente, a los sujetos. Muchos estudiosos han descu­
bierto que las mismas exigencias de la investigación impiden
utilizar ciertos datos. La conclusión obvia, pero que no sirve de
mucho, es tener toda la claridad posible al tomar las decisiones
necesarias. Las diversas descripciones de comenzar, proseguir y
term inar la investigación sobre el terreno se ocultan habítual-
mente dentro de la textura del estudio particular que hace un
observador y no se explican claramente, o son tan abstractas que
se indican pocos procedimientos, si es que se indican.

LA INVESTIGACION SOBRE EL TERRENO


Y LA VERIFICACION DE HIPOTESIS

En este epígrafe, atenderé a las ventajas e inconvenientes re­


lativos de la observación participante como método de investi­
* Recomendamos al lector que consulte la informativa explicación sobre es­
tos temas en W. F, Wbttb: Street Comer Society, op. cit.
gación sociológica. Mi interés es su utilidad en relación con otros
métodos.
Un artículo de Becker y Geer y el comentario de Trow que le
sigue tratan de las virtudes relativas de la observación partici­
pante y de la en trev ista42. Idealm ente, en la investigación sobre
el terreno ambos procedim ientos deben ser com plem entarios. La
participación intensiva lim ita la normalización que perm ite la
entrevista, pero la participación ofrece una visión más cercana
del proceso social. Sin ciertos tipos de preguntas y pruebas sis­
tem áticas durante la observación participante, este método ten­
dría un valor limitado para la verificación de hipótesis. La im por­
tancia de la teoría sistem ática es obvia si el investigador ha dé
dirigir sus actividades como observador participante. De otra
m anera, este método equivaldrá a un «estudio-modelo» continuo.
El actual empleo de la observación participante y de la entre­
vista en la investigación sobre el terreno significa fundam ental­
m ente una información a posteriori. Puede verse una excepción
reciente en un estudio en que se form ulan hipótesis explícitas
para la verificación en la investigación sobre el terreno. Es el
estudio de un grupo de sicólogos y antropólogos sobre las prác­
ticas de la crianza de niños en diferentes culturas 4\ Los trabajos
antes citados señalan una conciencia creciente de la necesidad
de que los sociólogos mejoren las técnicas de investigación, de
modo que puedan verificarse las hipótesis. El obstáculo principal
sigue siendo la falta de una teoría precisa o, al menos, la dispo­
sición del investigador a hacer explícitos sus supuestos sobre la
teoría.
Una idea es que no estamos m ejorando nuestra teoría y mé­
todos de investigación con los estudios de observación partici­
pante, sino que estamos añadiendo simplemente gran núm ero de
observaciones descriptivas, de valor y validez dudosos, al cuerpo
de conocimientos en ciencias sociales. Desde luego, podría seña­
larse que nada hay de malo en este conocim iento descriptivo o
impresionista, y que toda ciencia joven ha hecho algo sem ejante.
Pero este argumento no tiene sentido, a menos de poder demos­

41 Howard S . B ecker y Qíanche G e e r: «Participant, Observation and Interview-


ing: A Comparison», Human Organization, 16, núm. 3 (Fall 1957), 28-32; Martin
Trow: «Comment cm Participant Observation and Interviewíng: A Comparison».
ibid., págs. 33-35.
* V. Beatrice B. Whiting (ed.): S ix Cultures (Wiley), Nueva York, 1947.
tra rse q u e no tenemos teorías suficientemente precisas para
d e term in a r de antemano las hipótesis de nuestra investigación
y, adem ás, que es imposible que los investigadores en la obser­
vación participante y en la entrevista empleen métodos sistemá­
ticos de obtener información (esto es, preguntas normalizadas
que se ajusten a la situación, permitiendo discernir al mismo
tiem po alguna pauta). Ahora bien, tal demostración no se ha
hecho. Al contrario, los trabajos antes citados señalan que se
ha progresado bastante hacia la conciencia de las dificultades
prácticas y metódicas de la observación participante y de la
entrevista, pero se ha hecho muy poco en cuanto a determ inar
la teoría que podría convertirse en procedimientos operativos
que seguir de antem ano para obtener los datos.
En el caso de la entrevista, se ha hecho muchísimo trabajo
llam ando la atención del investigador sobre las tram pas y los
rem edios al utilizar este método. Pero a pesar de las mejoras de
las técnicas de investigación, poco se ha hecho para integrar la
teoría sociológica y la metodología. Las sutilezas que exponen
los metodólogos al entrevistador principiante pueden interpre­
tarse com o propiedades que se hallan en la interacción cotidiana
entre los miembros de una sociedad. Así, los principios de la
«buena y mala entrevista» pueden interpretarse como rasgos
fundam entales de la interacción social que el sociólogo, presu­
miblemente, trata de estudiar. Todo investigador ha de tener, al
menos implícitamente, cierto dominio de los rasgos teóricos fun­
dam entales de la interacción, si ha de observarlos e interpretarlos
para los demás. Las dificultades con que se tropieza p ara obtener
datos m ediante la observación participante y la entrevista no son
diferentes, aunque desprovistas de sus implicaciones de estudio,
a las que encontrarían los profanos en su vida cotidiana si se
los colocase en una situación comparable. Mudarse a otro barrio,
empezar un nuevo trabajo, solicitar un nuevo empleo, empezar
a estudiar, reunirse en grupos de costum bres y lenguaje diferen­
tes a los nuestros, tra ta r de amistarse con alguien para obtener
cierta información, intentar vender a un cliente cierta mercancía,
pescar a una chica: cualquier proceso social parecido o diferente
tendrá los mismos caracteres que encontrarem os en la investi­
gación sobre el terreno. Los problemas de que tratan los trabajos
antes citados nos ofrecen dos grupos de información: una serie
de proposiciones sobre la interacción social como proceso social
y una serie de reglas p ara buscar datos en las diversas condicio­
nes de la investigación sobre el terreno.
En la medida en que un investigador pueda observar y regis­
trar sus datos siendo consciente de las dificultades apuntadas,
podrá determ inar los motivos de sus inferencias. Resumiendo:
1. El investigador sobre el terreno debe form ular tan explí­
citam ente como sea posible lo que tra ta de conseguir con su
investigación, examinar ciertas proposiciones teóricas generales,
verificar hipótesis determ inadas, trazar el mapa de una tierra
antes desconocida para la futura investigación y verificación de
hipótesis, y semejantes.
2. Debe conseguirse también, en lo posible, todo conoci­
miento de la situación de investigación, independientem ente del
que pueda obtenerse en el verdadero trabajo sobre el terreno. Lo
cual significa estudiar las obras pertinentes, acudir a las fuentes
que pudieran tener información sobre el problem a p or estudiar,
buscar información en el terreno en que se h ará la investigación,
y así sucesivamente.
3. En la medida en que lo perm ita el problema por estudiar
o examinar, el investigador debe descubrir qué tipo de inform a­
ción le hará falta para alcanzar sus objetivos. Puede ir, desde
form ular las preguntas precisas que hacer a los consultados, a
señalar simplemente la falta de conocimiento previo de lo que
se preguntará, o incluso de cómo se establecerá el contacto.
4. La idea de Becker del «historial sencillo» puede ser muy
conveniente, aparte de lo que se conozca. El tom ar nota cuida­
dosa de cada fase de la investigación revelará diferencias o con­
cordancias de procedimientos entre: 1) proyecto explícito o»im­
plícito; 2) teoría y metodología, y 3) cambio de ideas al paso del
tiempo. A menos de poderse determ inar lo desconocido en un
ámbito determinado, será difícil ver qué es lo que llegamos a
conocer y cómo. Sólo explicando lo que conocen, lo que suponen
y aquello por lo cual se interesan, los investigadores sobre el
terreno y otros podrán apreciar sus ensayos de verificación de
hipótesis.
5. Se podrá tratar formalmente cada paso del «sencillo
historial» si el problema está enunciado con la precisión sufi-
ciente. Abraham Wald: Sequential A nalysis", ofrece una puía
form al para verificar hipótesis m ientras se realiza la investiga-
ción y cuando las hipótesis se verifican, reform ulan y revisan
continuam ente. Cada paso debe arro jar datos que puedan reía-
cionarse con otros datos posteriores, a fin de m ejorar la teoría
y la metodología, aclarar el problema sustantivo y, como han
dicho Becker y Vidich, contribuir a nuestro conocimiento del
cam bio en el proceso social.
6. Aunque el investigador puede haber comenzado con un
magro proyecto y vagas nociones sobre el problema, determinan­
do detalladam ente sus procedimientos metódicos, además de sus
lim itaciones, podrá conseguir verificar algunas hipótesis muy
precisas si lo perm iten las condiciones del marco. Provisto del
sencillo historial del estudio, el estudioso puede sacar ventaja
del conocimiento de Tos errores del investigador y puede repetir
todo o parte del trabajo.
Hemos descrito brevemente una serie ideal de «instrucciones»
p ara la investigación sobre el terreno. He aquí algunas realidades:
1. El investigador tiene una idea del problema e incluso de
lo que espera hallar. Lo cual puede significar que haga implíci­
tam ente su investigación de tal m anera que halle precisamente
la inform ación que apoye sus ideas iniciales, por muy vagas que
pueda haberlas concebido. Una cosa es publicar tales ideas, di­
gamos, en forma prelim inar y, otra, mantenerlas en privado
hasta que se redacte el estudio. Precisar por adelantado el pro­
yecto exige que se ofrezcan interpretaciones alternativas, pero
m a n te n e r e s ta información en privado faculta al investigador a
decir que «ya lo sabía» o «así es como lo pensé al principio».
2. Así, pues, muchos observadores participantes entran en
la situación sobre el terreno con ciertas nociones vagas en la
cabeza sobre datos anteriores de diversos estudios que se han
hecho y puede utilizarlos como base para entender mal la infor­
mación obtenida. Así se dice a menudo en las obras citadas. Con
frecuencia, se considera como una virtud de la observación par­
ticipante que el investigador puede m odificar continuamente
ideas y resultados anteriores, que se cree a m enudo menos ciertos
m (Wüey), Nueva York, 1947,
que observaciones posteriores, a la luz de experiencias subsi­
guientes. Como ha dicho Becker, la im portancia de registrar el
«sencillo historial» y de exponer los datos y las deducciones está
en ofrecer al investigador una base para estudiar sus cam bios de
ideas, de datos, métodos y deducciones al paso del tiempo.

3. La mayoría de los investigadores sobre el terreno exponen


sus conclusiones de manera que realcen m ejor los temas princi­
pales de su estudio. Lo cual quiere decir, frecuentem ente, desco­
nocer los cambios de perspectiva de los sujetos y del investigador.
El hecho de que ser más aceptado por el grupo puede dar acceso
a información más detallada o antes inasequible puede im pedir
también que el observador anote actividades o juicios com pro­
metidos. Se omiten juicios que pueden haberse anotado antes. Se
exponen las conclusiones como si los problem as de acceso, man­
tener contacto y term inarlo no influyesen sobre la obtención e
interpretación de datos. El informe, como dice Vidich, tiene un
carácter «atemporal».

4. Publicada la información, los lectores e investigadores la


estim an como conocimiento «definitivo» sobre el grupo estudia­
do. En vez de reconocer el carácter dudoso de tales resultados,
intentando, por tanto, perfeccionar los principios fundam entales
o extender nuestros conocimientos para facilitar el estudio com­
parado, resulta corriente que cada nuevo investigador busque su
propio marco singular. Se supone que este procedim iento garan­
tiza la contribución relativa del investigador y tiende a reforzar
la idea de que cada grupo es singular, que cada uno requiere
métodos singulares, interpretaciones teóricas singulares y un
observador singular. Y todo ello, a pesar de las regularidades
que atribuyen a la observación participante los mismos investi­
gadores al tratar de diversos conceptos.

5. Ha habido tendencia a subrayar los datos sustanciales, no


a desarrollar la teoría fundam ental. «teoría general» se com­
pone a menudo de unas cuantas proposiciones generales difíciles
de convertir en reglas de procedimiento y se las tra ta como
«constantes», por cuanto no se hacen dudosas en la investigación
sobre el terreno, sino que, simplemente, han de ser «aplicadas»
para explicar las conclusiones del estudio.
El creciente número de obras sobre la observación partici­
pante, la entrevista y el trabajo sobre el terreno en general ha
servido p ara sistem atizar nuestros conocimientos sobre estos
m étodos de investigación. La información expuesta ofrece una
serie de instrucciones sobre «qué buscar» y «cómo hacerlo» en
la investigación sobre el terreno. He tocado la entrevista sólo
tangencialm ente, reservando comentarios más detallados para el
capítulo siguiente. Se han escrito muchas cosas im portantes
sobre la m anera de establecer contacto con el grupo que estudiar,
de identificar a los sujetos pertinentes, trab ar relaciones sociales!
com prom eterse demasiado con los sujetos, registrar datos, com­
probar las conclusiones, etc. Lo que he subrayado es que los
elem entos o conceptos fundamentales de la ciencia social atra­
viesan esta rica información de la investigación sobre el terreno.
En vez de entrar en el marco de la investigación con un proyecto
y un esquema teóricos explícitos, el investigador frecuentemente
desarrolla su teoría durante el estudio o después de haber reco­
gido los datos, m ientras escribe las conclusiones. He tratado de
m o stra r que se sabe mucho de los problemas de la investigación
sobre el terreno y puede encontrarse en escritos sobre la teoría
fundam ental. Si no se precisan los tipos de supuestos que impli­
can sus interpretaciones de lo observado, el investigador no
tendrá motivo para ensalzar el carácter real de sus conclusiones,
excepto p o r razones de sentido común. El investigador que diga,
por una parte, que sigue procedimientos científicos, pero, por
otra, que no hay teoría con la cual poder trabajar sobre el terre­
no, descubre que no quiere explicar el fundamento de sus obser­
vaciones e interpretaciones. Sin tales precisiones, el lector no
podrá distinguir entre la descripción científica de una serie de
hechos y la que podría obtener consultando a cualquier miembro
profano del grupo estudiado. El que las ideas vulgares de la vida
cotidiana sean básicas para todo estudio del orden social exige
que se dé atención explícita a este problema. Por últim o, la inves­
tigación sobre el terreno ofrece un marco excelente, tanto para
utilizar y verificar la teoría fundamental, como para estudiar la
m anera en que tal teoría entra en nuestro conocimiento de ám­
bitos sustantivos.
LA ENTREVISTA
Los estudiosos de la investigación sociológica reconocen que
todo encuentro social es potencialm ente una situación de en tre­
vista y que puede revelar o estim ular un amplio orden de res­
puestas. Hay una variedad de estrategias en uso actualm ente
para orientar al entrevistador sobre el tema. Mi interés no es el
de catalogar todas estas estrategias, sino exponer los supuestos
teóricos que implican en cuanto grupo y ofrecer algunas breves
observaciones sobre dos recientes obras im portantes. Exponer
los supuestos teóricos en que se basan las estrategias de entre-
vita obliga a m ostrar cómo éstas se corresponden con aquéllos.
Las diversas formas de la entrevista pueden exponerse b ajo
tres epígrafes, por la medida en que: 1) puedan acercarse a la
verificación de hipótesis; 2) su buen uso suponga un conocim iento
de los elementos variables e invariables de la teoría sociológica
fundam ental y sustancial, y 3) su empleo constituya pruebas
cumulativas de la teoría fundam ental. Por teoría fundam ental,
entiendo las propiedades de los escenarios sin las cuales no po­
dría haber comunicación, y que son invariables para con los ras­
gos sustantivos del marco o de los actores particulares.
Preguntarse cómo influye la situación de entrevista sobre los
datos, a consecuencia de los difíciles encuentros sociales que
han de tener los entrevistadores y los entrevistados, es buscar
la pertinencia del conocimiento vulgar a la interacción social
g eneral. Los observadores que se preocupan de hacer de la entre­
vista u n medio más preciso y fiel de la investigación sociológica
p e rsig u en a menudo cierto número de objetivos incompatibles.
Por ejem p lo , preguntas y respuestas normalizadas, pero pruebas
c e n tra d a s y descentradas; «buen informe», pero el entrevistador
y el entrevistado se aíslan del efecto social de la entrevista; evi­
ta r ideas y preceptos de papel im pertinentes a los datos, pero
necesario s para term inar la entrevista; suponer que la ideología
del e n tre v ista d o r no afectará nunca a las respuestas del sujeto,
etcéte ra . No se logrará hacer de la entrevista un medio más fiel
y válido sin considerar la teoría fundamental, porque ésta es un
rasgo incluido en toda entrevista y supuesto, por tanto, en su
m ism a realización. Hay tres libros conocidos que tratan de hacer
de la entrevista un medio más fiel y válido: The Focused Inter­
view, Interview ing in Social Research, y The Dynamics of In -
t e r v i e w i n g Describen las artes de la entrevista y pueden leerse
por sus informes del proceso social básico, aunque su interés
p rim ario está en perfeccionar la entrevista como medio de inves­
tigación sociológica. Las tentativas de perfeccionarla suponen
que esta form a de recoger datos puede conseguir una verificación
precisa de hipótesis. Su interés fundamental es describir y supe­
ra r las dificultades de este medio particular. No siem pre prestan
atención a los supuestos teóricos que exige su empleo, ni a cómo
sus m ism os procedimientos constituyen una verificación de la
teoría fundamental.
H y m a n y otros comienzan su libro sobre l a entrevista con un
capítulo dedicado a los errores del entrevistador. Citan muchos
estudios que atestiguan los errores cometidos en entrevistas por
investigadores expertos. La prueba parece convincente. Entién­
dase el error, no sólo como prueba de poca fidelidad, sino tam ­
* R K. Merton, M. Fiske v P. K em dall: The Focused Interview (p ie Free Press
York. 1956; H . Hyman y otros: Interviewing in Social Research
* r.ip'nc-oe). N u e v a
niniversitv of Chicago Press), Chicago, 1954; R. L. Kahn y C. F. Cannell: The
fryruimics of Interviewing (Wiley), Nueva York, 1957.
bién de relaciones interpersonales «normales»; de la m anera
como las personas se interpretan m utuam ente en cuanto objetos
sociales durante la interacción social. El que cualquier grupo de
entrevistadores no proporcione resultados idénticos o coheren­
tes debe considerarse como prueba de la indeterm inación locativa
de la interacción social que hemos expuesto en los capítulos I
y II. Estos «errores» pueden interpretarse como casos en que
los factores locativos han alterado los criterios o norm as ideales
que iban a dirigir formalm ente el intercam bio. Puede conseguirse
un alto grado de fidelidad estadística sin que se expliquen las
condiciones en que se obtuvieron los resultados, el conjunto de
procedimientos que arrojaron particulares respuestas y relacio­
nes sociales. Dicho de o tra m anera, no obstante este problem a
del e rro r del entrevistador, unos entrevistado*/^-'. algo» diferen­
tes, con enfoques diferentes, provocaron respuestas sem ejantes
en sujetos diferentes. La cuestión, pues, es determ inar qué era in­
variable o, más precisamente, cómo se comunicaron significados
invariables a pesar de tales variaciones.
Al afirm ar Goode y H att que la entrevista es un «proceso de
interacción social» 2 y al apuntar Hyman y otros que los datos
obtenidos en la entrevista «se derivan de una situación interper­
sonal», se nos recuerda una vez más que el proceso social funda­
mental es parte forzosa de toda entrevista. Estos y otros autores
subrayan la im portancia del entendim iento o sensibilidad del
entrevistador, su «comprensión» de representar cierto papel, de
desarrollar relaciones, etc. El entrevistador, mediante su in tu i­
ción, tiene que crear una comunidad con el entrevistado que le
facilite provocar respuestas francas a las preguntas del estudio.
El entrevistador ha de tener la capacidad de estim ar ánimos y
sentimientos, como el miedo, la suspicacia y la sinceridad, p ara
no «perder» al sujeto. El entrevistador tiene una doble respon­
sabilidad: ha de sim ular una participación espontánea, m ientras
que estim a las opiniones del sujeto sobre la entrevista, el obser­
vador y su relación. E ntretanto, el consultado hace algo idéntico
o parecido, pero quizá no tenga tanto interés en m antener la
interacción y, p or tanto, está en posición más ventajosa. Una
solución que se sugiere a menudo a esta difícil tarea es «proyec­
tar» los actos del entrevistador; darle una guía de la entrevista
* W. J. Goodb y P. K. Hatt: Methods in Social Research (McGraw-Hill), Nueva
York, 1952, pág. 186.
o u n program a normalizado que le diga cómo prever los ánimos,
el m iedo, la hostilidad, etc. Esta idea supone que, en cierto sen­
tido, la «naturalidad» siempre está fabricada y que, por tanto,
co rre el peligro de ser descubierta. Los «programas» se proyectan
p a ra enfrentarse a contingencias, pero queda al entrevistador
determ inar la interpretación de estas situaciones difíciles. La
«naturalidad» del medio del sujeto queda afectada por las condi­
ciones de la entrevista formal. Las interpretaciones del momento
que ha de hacer el entrevistador m ientras trata de comunicar al
m is m o tiempo una relación positiva, «amistosa», «sincera», lo
com prom eten desde el principio. El sujeto tiene que tomarse
tiem po para «probar» la «sinceridad» del entrevistador, su «ama­
bilidad», su im portancia, y semejantes, m ientras que el observa­
d or tiene que m ostrar inmediatamente un interés sin reservas
por el consultado. Esta interacción puede asemejarse a la que
se da entre un vendedor de automóviles y un posible com prador,
o entre el vendedor puerta a puerta y el ama de casa, porque no
es recíproca. La posición social del entrevistador y del entrevis­
tado será de calidad variable, por cuanto el sujeto puede consi­
d erar o no que desea seguir en la situación de entrevista, m ientras
que el observador tiene que evitar comunicar toda sensación de
desigualdad de posición durante la entrevista. Excepto, quizá, en
c u a n to a la obtención de los datos demográficos, la entrevista
es com pleja y difícil, porque exige exponer, establecer y m antener
papeles apropiados y, posiblemente, en conflicto. El orden de
relaciones posibles es amplio, en efecto: podemos encontrar
de todo, desde la relación entre dos «extraños», hasta la de dos
posibles «amantes».
Dedicaremos el resto del capítulo a comentar detalladamente
los libros de Hyman y otros y Kahn y Cannell como ejemplos de
datos sobre la interacción social fundamental en la vida cotidiana
y de los problemas de utilizar la entrevista como medio de inves­
tigación. Esta exposición de la entrevista como m étodo y objeto,
a la vez, de estudio social partiendo de la orientación teórica de
este libro tratará de m ostrar cómo el conocimiento de sentido
común y el lenguaje y el significado cotidianos entran en el pro­
ceso de asunción de papeles de la entrevista; cómo han de utili­
zarse las interpretaciones de sentido común en cuanto conocí*
m iento técnico por el entrevistador para decidir de qué m anera
ha de interpretarse la información obtenida del consultado.
Se producen errores en la entrevista porque las preguntas del
investigador y las reales pueden entenderse mal y pueden ser
equívocas, respectivamente. La preocupación p or la fidelidad
subraya el medio como invariable para el investigador y, los datos,
como invariables para el entendim iento e interpretación que
hace el entrevistado del entrevistador. Hyman y otros señalan un
problema más general: «Obtengan resultados diferentes o no los
entrevistadores, está tam bién el problem a de si alguno o todos
ellos obtendrán resultados exactos, resultados que se acerquen
a cierto valor veritativo» 3. En su explicación de los enfoques de
la entrevista y de las estrategias que se emplean para evitar un
bajo grado de fidelidad y validez, Hyman y otros dicen:
Al crear un procedimiento-modelo de entrevista, tenemos que
sopesar en cierto modo las ganancias de la norm alización que redu­
ce la variabilidad entre entrevistadores y las pérdidas posibles de
validez por la inflexibilidad de los procedim ientos, debida a la
variedad de circunstancias, las limitaciones que se im ponen a la com­
prensión del entrevistador y la perdida de inform alidad. Podríam os
ordenar los diversos enfoques según la libertad que se perm ite al
entrevistador. Atendiendo al lugar que se ocupe en este orden, ob­
servaremos que se ha maximizado, quizá, el elemento de la validez
mediante el ejercicio de gran libertad en la entrevista, o que se
ha maximizado el elemento de fidelidad norm alizando el procedi­
miento. Podremos observar tam bién si se han creado o no pro­
cedimientos alternativos para tra ta r cualquier elemento que se haya
olvidado 4.

El problema está claro. Cuanto más trate el entrevistador de


m antener una relación con el sujeto que crea dará respuestas
válidas, tanto más éxito creerá que ha tenido la entrevista. Cuan­
to más normalizadas estén las relaciones de los entrevistadores
con el sujeto, tanto más fieles serán, presum iblem ente, los datos.
Hyman y otros proponen la solución habitual: incorporar com­
probaciones sistem áticas al proyecto de estudio, a fin de evitar
que el entrevistador cargue con los problemas de la fidelidad y
la validez. Esto se resolvería m ediante proyectos de investigación
que previesen situaciones de «hondo significado» y «relación di­
fícil*. Podríamos im aginar que los problem as de m anejar las
* Interviewing in Social Research, op. cit,, pág. 20.
4 Idem, pág. 30.
relaciones de papeles, las ocasiones de intimidad en las pregun­
tas, etc., se resolverían normalizando los gestos, las expresiones
tonales y el espaciado físico de los entrevistadores en todas las
e n tr e v is ta s . Estos problemas suponen que se puede adiestrar a
los entrevistadores a que se presenten en maneras normalizadas.
Pero esto no garantiza que siempre vayan a producirse las res­
puestas necesarias de entrevistador y entrevistado. La solución
general al problema de la fidelidad y validez que exponen Hyman
y otros tom a la forma siguiente:
Las exigencias de ser reservados, de ocultar el fin de la investi­
gación, de retratar la riqueza de una estructura compleja de acti­
tudes, no deben confiarse vl las habilidades del entrevistador. Otras
necesidades pueden satisfacerse dentro del procedimiento norma­
lizado atacándolas sistemáticamente. Se pueden adoptar rutinaria­
m ente preguntas proyectivas y enfoques fingidos, resolviéndose el
problem a de que la falta de simulación no conduzca a recibir infor­
maciones. Todo entrevistador puede utilizar sistem áticam ente pre­
guntas abiertas o series complejas de preguntas de encuesta, te­
niendo la seguridad de que no se sacrificarán ni la validez ni la
fidelidad 3.

H y m a n y otros están en un claro dilema: abogan por una solu­


ción complicada y sistemática para los problemas de la fidelidad
y la validez, presuponiendo a la vez una teoría del actor que hace
difícil conseguir una verificación precisa de hipótesis. Aunque
no señ a la n nunca explícitamente la teoría en que se basan, aparece
e n ciertas observaciones generales y en sus citas. Esta solución
no sirve para una clase de casos que podríamos considerar como
«idénticos» para fines estadísticos, pero sí mantiene la fidelidad
y validez de cada entrevista tomada separadamente. Dan a enten­
der que la teoría supuesta podría formularse y aplicarse directa­
mente al excelente m aterial y a los procedimientos que han
recogido y expuesto. Lo decisivo para la solución está en su
capítulo sobre «Definición de la Situación de Entrevista» y el
apéndice que lo acompaña. Es im portante porque: 1) contiene
alusiones a una teoría implícita del actor y de los tratos inter-
p e r s o n a l e s , y 2 ) ofrece algunas inspiradas críticas de estudios
sobre expertos entrevistadores y sus sesgos habituales, sesgos
que pocas veces quedan claros en los informes de investigación.
E l lector observará la semejanza entre la interacción entrevis*
tador-sujeto y la interacción entre el metodólogo y los entrevista­
dores profesionales que exponen Hyman y otro s y la interacción
social general que explicamos en el capítulo II de este libro.
Hyman y otros comienzan con la pregunta que quizá sea la
más im portante de todas: ¿qué teoría o modelo, im plícito o
explícito, se emplea o supone sobre la situación de entrevista?
Apuntan acertadam ente que esta teoría o modelo form a la base
de lo que puede distinguirse como error. Si el modelo dirige
nuestra atención solam ente a ciertas cosas, muchos errores po­
drán quedar sin descubrir y otros se llam arán «datos», única­
mente porque el modelo no los tenga en cuenta como tales. En
la misma medida en que la teoría o modelo no queden claros,
sin explicar, quedarán sin descubrir muchos errores, quedarán
datos inútiles o desconocidos; tanto porque puedan no hallarse
los errores, como por no reconocerse su significación una vez
hallados. Los autores se preguntan dónde debemos conseguir tal
modelo. Examinan unos cuantos modelos implícitos, señalando
algunas de sus dificultades fundam entales, como la de no tener
base empírica o concordancia lógica. Después, adoptan lo que
equivale a un m étodo de considerar las entrevistas. El m étodo
propuesto es el enfoque fenomenológico que explica M acLeodó.
¿Cuál es el valor de este «enfoque fenomenológico», según
Hyman y otros? En su explicación prelim inar que llega hasta la
cita de la «indagación fenomenológica» en la entrevista, co­
mentan:
No se han citado los factores cognoscitivos del entrevistador
que se derivan de otras fuentes, como su creencia en los verdaderos
sentimientos del consultado, porque tales conceptos son menos
im portantes en los cuerpos de teoría influyentes. La teoría preva-
lente y los conceptos de la entrevista tienen que quedar en suspenso,
ai menos tem poralm ente, m ientras acudim os a exam inar la situación
en su complejidad. Lundberg observa justam ente al trata r del mé­
todo de entrevista que «no nos es posible e n tra r en una considera­
ción detallada de la intrincada interestim ulación y respuesta que
son la estructura y sustancia de la entrevista. La realidad es que
hay muy pocos datos científicos sobre el tema, aunque la investiga­
ción sobre este terreno se halla en los mismos fundam entos de la
sociología». Un concepto sólido de la entrevista, que a su vez orien­
taría en los sentidos adecuados la fu tura investigación sobre los
efectos del entrevistador, se lograría m ejor a través del estudio
empírico. Entonces podríam os com probar si la entrevista concuerda
realm ente con nuestro previo concepto de ella y amplia nuestras
ideas, en caso necesario, p ara ajustarse a la realidad
* R. B. M acL eod: «The Phenomenological Approach to Social Psychology»,
Psych. Review, LIV (1947). 193-210.
1 Interviewtng in Social Research, op. cit., pág. 36.
E sta cita se acerca a la idea de Schutz de que la prim era mi­
sión del sociólogo es estudiar las categorías vulgares del pensa­
m iento en la vida cotidiana. La entrevista bien entendida, por
com pleja que pueda ser, ha de tener sus raíces en las categorías
del pensam iento vulgar, pues sin conocer tales raíces el en tre­
vistador no podría establecer la necesaria comunidad para reali­
zar su investigación. Lo cual significa reconocer y comprender
cómo la interacción entrevistador-entrevistado implica la super­
posición de m undos sociales. Según Schutz, están supuestas las
pertinencias necesarias para la sincronización del significado. Los
conocim ientos del entrevistado y del entrevistador y su definición
de la situación determ inarán su reacción mutua a las preguntas.
Las pertinencias no relacionadas con la sustancia de la entrevista
per se determ inarán también la cuantía de sesgo o erro r «extra-
é n tr e v ista » . Es una consecuencia forzosa de no tratarse m utua­
mente sólo como objetos de consideración racional; su simpatía
o antipatía recíproca, su presencia física, la distancia social, fí­
sica y de papeles, originan sesgos y errores naturalmente, porque
son básicos en la^ estructura de la conducta cotidiana. Si el obje­
tivo de la entrevista es conseguir cierto grado de «naturalidad»,
no podrá conseguirse la fidelidad por los mismos procedimientos
cón todos los sujetos, sino sólo con cada sujeto aparte. La exi­
gencia de validez altera las entrevistas normalizadas y los datos
obtenidos no son uniformes, en el sentido del experimento ideal
en que se da a cada sujeto el mismo estímulo o se lo expone al
mismo estím ulo igual y simultáneamente. Hacen falta estudios
em píricos de «éxito» y «fracaso» en la interacción social, si hemos
de estim ar cómo la comunicación del mismo program a por el
en tr ev ista d o r a diferentes sujetos puede alterar el carácter n o r­
malizado de las preguntas.
Nuestra argumentación (que empieza en la página 114) parece
señalar que todo caso es un hecho singular. Un estudio bien
proyectado debe perm itirnos superar algunos de los inevitables
factores locativos que penetran todo hecho social y predecir la
forma de las propiedades invariables, pero también algunas va­
riables locativas. Quizá no podamos hacer predicciones exactas;
podrá ser difícil o imposible precisar los resultados exactos, dado
nuestro presente conocimiento del proceso social. Por lo que
sabemos del proceso social en este momento, es difícil hablar
sobre una medición precisa porque, en realidad, no conocemos
bastante bien la estructura de la acción social p ara predecir o
señalar con precisión cómo serán las medidas. Toda investiga­
ción sociológica comprende un número desconocido de decisio­
nes implícitas que no se reflejan en los procedim ientos de medida
utilizados. El proceso de abstracción que se requiere para definir
un conjunto de propiedades, independientem ente del sistem a de
medida, impone autom áticam ente cierto grado de cosificación.
El efecto de ésta, sin embargo, puede lim itarse sabiendo que
ocurre y pudiendo ver cómo transform a los datos. En este caso,
la cosificación sería consecuencia directa de im poner propieda­
des de medida a datos arrojados por significados de sentido
común a los que se da categoría de «evidentes».
Cada entrevista constituye un hecho singular, en el sentido
de que no volverá a haber condiciones idénticas para a rro ja r las
propiedades que llamamos datos. En sentido estadístico, la sin­
gularidad de tales hechos evita que llamemos a una serie de da­
tos medidas idénticas de la misma propiedad de diferentes ob­
jetos. La singularidad de la entrevista u observación p articu lar
significa que el mismo proceso de medida impone la compara-
bilidad que permite a cada frecuencia de una casilla determ inada
ser tratada como idéntica y, por consiguiente, estar sujeta a la
manipulación estadística. El proceso de medida impone la cosi­
ficación como condición necesaria para sacar la inform ación
que requiere el análisis com parado o estadístico.
La falta de denominadores comunes o normalizados para
medir los hechos sociales sobre el terreno se debe a nuestra
incapacidad de determ inar la estructura de los significados de
sentido común en la vida cotidiana, incorporándolos a un modelo
que ofrezca, además, su observación y transform ación en datos
de im portancia teórica. Superar la singularidad de las entrevistas
en la investigación sobre él terreno exige buscar propiedades
invariables a las que no afecte negativamente el carácter no
comparable de las decisiones del m omento sobre la atribución de
sentido a las observaciones y sobre la obtención de datos. El m o­
delo para decidir lo que se observará y lo que signifique _para
nosotros la observación dentro del marco de nuestra teoría ten­
drá que considerar cierta parte del m undo de la vida cotidiana
como un sistema de estructuras invariables de pertinencia. Los
estudios sobre los procedim ientos de entrevista y las «reglas»
vulgares de la vida cotidiana lo son esencialmente sobre los
m ism os fenómenos: el mismo modelo explicará los datos de
am bos tipos de estudio.

DOS ENFOGUES DB LA ENTREVISTA

En ningún volumen podremos encontrar una explicación so­


bre caracteres que se consideren universal mente como «necesa­
rios» de la entrevista. No hay un conjunto uniforme de proposi­
ciones que pueda aprobar cualquiera. No obstante, el examen
de los textos sobre los métodos muestra cierto acuerdo sobre
una am plia serie de factores que se consideran asociados a la
«buena* entrevista. La exposición siguiente se limita a la obra
de H ym an y otros antes citada. No pretendemos ser exhaustivos.
El p u nto de partida es una serie de problemas sobre la entrevista,
que sacamos de Hyman y otros.

EL ENTREVISTADOR Y EL ENTREVISTADO,
AISLADOS DEL EFECTO SOCIAL DE LA ENTREVISTA

Los autores describen las reacciones de entrevistadores ex­


pertos ante sus entrevistados, para m ostrar los negativos senti­
m ientos que puede haber, aunque hagan todo esfuerzo por m ani­
festar interés y sentimientos positivos. Nada se dice sobre qué
creían los entrevistados que parecieron a los entrevistadores, pero
nos cuentan que una entrevistada vio con buenos ojos al entre­
vistador y le dijo que, a lo m ejor, le «gustaría». Los autores
co n clu y en en un caso que el entrevistado no era consciente de
la hostilidad profunda que por él sentía el entrevistador y que la
entrevista no quedó afectada por este sentimiento negativo. En
otros casos, los entrevistadores señalan que hubo pensamientos
íntimos muy hostiles o negativos, pero que no se revelaron nun­
ca a los consultados. Es obvio que el entrevistado puede revelar
también lo que le parezca necesario, pero se reserva lo que cree
pueda ser considerado como hostil o bien desfavorable. El en tre­
vistador puede llevar ventaja, por tener probablem ente m ás ex­
periencia en este tipo de intercam bio y por haber aprendido quizá
a dom inar los estallidos emocionales, teniendo más que perder
si no lo hace. Los entrevistadores y los entrevistados pueden
tener un grado diverso de despego, tanto pública como privada­
mente. Goffman, en The Presentation of Setf in Everyday Life 9,
llama a este fenómeno «gestión de la impresión». Esta noción
de separación de los diálogos público y privado está contenida
en los escritos de Schutz y puede encontrarse en otras obras, de
ciencia social o no. Tanto los entrevistadores como los entrevis­
tados han debido tener experiencia en m antenerse apartados del
efecto social de la entrevista, porque así se espera a menudo en
muchas formas de interacción de la vida cotidiana. Así lo ilu stra­
rá la cita siguiente de Hyman y otros sobre Ir dice un e n tre­
vistador con experiencia:

Claro que sonreí, nada m ás... No creo que se me notase mi reac­


ción. Eso me fastidia, tener que estar tan simpático todo^el rato...
Yo no soy un frívolo. Tengo mis ideas propias, y muy fifmes. Tengo
que hacer un esfuerzo para estar fuera (de la entrevista). Me he
entrenado. Cuando dicen su opinión, sea cual sea, hago como que
me parece bien. No se puede ser un necio..., eso es im p o sib le...10.

En la vida cotidiana, la gente se enfrenta continuam ente a


situaciones semejantes, si no idénticas, a la descrita arriba. Según
los temas, en un intercam bio casual entre dos personas o entre
un entrevistador y un entrevistado, la preocupación por descu­
brirse puede variar enorm em ente. Es difícil saber si el consul­
tado no estará haciendo el mismo juego que el entrevistador:
reservarse ideas y sentim ientos, tanto sobre el otro como sobre
los temas. La rápida explicación siguiente entre uno de los en tre­
vistados y uno de los autores, sobre la entrevista de inspección,
m uestra un uso sorprendente de interpretaciones de sentido
común:

Comenzó la sesión con algunos com entarios negativos al en tre­


vistador sobre las encuestas de opinión pública. Al preguntársele
después por qué quería ser entrevistado, dijo: «Yo no quería que
me entrevistasen. N aturalm ente, si ella se va, yo le abro la puerta.»
* G o ffm a n : The Presentation of Self in Everyday Ufe (Doubleday), Nueva
York, 1959.
P ero anadió: «No es que viese nada malo en la entrevista.» Esta
indudable nota de sim patía por la entrevistadora es la única indi-
cación de respuesta positiva a ella como persona.
Su cinismo, hostilidad y completo despego puede verse m ejor
en el resumen que hace de su experiencia. Dice: «Eso de la entre­
vista es una... Digo, que es querer conseguir información bajo
cu erd a para una panda de tenderos. Los congresistas, al fin y al
cabo, votan siem pre por el que quieren.»

Y sobre el efecto de la experiencia:


Lo indica m ejor su respuesta a la pregunta que se le hizo siete
días después, sobre si recordaba la entrevista bastante bien. Repli-
có: «Casi la había olvidado», comentando: «No sé..., me entró por
un oído y me salió por otro..., una conversación como otras. No
quiero estrujarm e el cerebro para recordarla.» Al preguntársele qué
le impresionó más de ser entrevistado, contestó: «No hubo nada
qu e me impresionase. Vino a una hora que estábamos muy ocupados
y tuve que contestar, interrum piendo a los clientes, a preguntas
que tendría que haber estado pensando seis meses.»

Y en cuanto al efecto de la entrevistadora:


En contestación a la pregunta de si la entrevistadora le produjo
una impresión inicialmente favorable o desfavorable, dice: «Ni fa­
vorable ni desfavorable», observando: «No me excitó. He visto
señoras más guapas» n.

Los autores, refiriéndose a esta inspección, dicen que, al pa­


recer, la entrevistadora no influyó sobre el entrevistado de ma­
nera que sesgase sus respuestas y añaden que, si la hostilidad
del entrevistado se considerase como sesgo, estaría difundido y
lo habría habido con cualquier otro investigador. Queda todavía
la cuestión de la validez. Los autores dan a entender que las
contestaciones del entrevistado podrían estimarse todavía por
la falta de sesgo del entrevistador, pero sigue sin examinarse la
cuestión de si las respuestas habrían sido diferentes a un entre­
vistador varón, con el que el entrevistado podría haberse sentido
más cómodo, o con una entrevistadora, que podría interesar al
entrevistado por «otros» motivos. La excelente documentación
recogida por Hyman y otros no sólo muestra la importancia de
las decisiones de sentido común durante la entrevista, sino tam ­
bién que se podrían distribuir una serie de entrevistas de modo
sem ejante a la variedad de los intercambios interpersonales que
se producen en la vida cotidiana. Por ejemplo:
1. ¿Se han revelado los actores, a sabiendas o inadvertida-
mente, sentimientos privados?

2. Las ideas y los sentim ientos públicos y privados, ¿se ocul­


taron? Y, en este caso, ¿los descubrió uno o el otro?

3. El entrevistado o el entrevistador, ¿tienen algún recurso


cuando uno u otro cree que no están diciendo la «verdad» y que
la otra parte no es «sincera»? (Así lo ilustra, quizá, el último
caso citado por Hyman y otros arriba, cuando observan que el
entrevistado, «en contestación a la pregunta explícita de si la
entrevistadora parecía satisfecha con sus respuestas, dijo: "Sí,
tenía que estarlo"».)

4. Si se establecen relaciones amistosas que perm itan, tanto


al sujeto como al observador, «sentirse cómodos» durante el
interrogatorio, ¿afecta ello a la form a, sustancia y extensión de
las respuestas?

5. ¿Se establecen relaciones hostiles que obliguen al entre­


vistador a term inar la entrevista tan pronto como pueda y a no
hacer algunas preguntas, o no con demasiada profundidad? ¿Pue­
de decirse lo mismo sobre el entrevistado?

6. ¿Es posible que el entrevistado y el entrevistador no sean


amistosos de manera íntim a o espontánea ni hostiles, sino que
consideren las preguntas como una rutina, nada más y nada me­
nos, en tanto los temas parezcan «razonables»^ Los calificativos
que dan el entrevistador y el entrevistado, como «razonable»,
«cómodo», «frío», «interesado», «veraz», etc., son expresiones de
sentido común, por cuanto ni están definidas explícitamente, ni
pueden clasificarse con facilidad como rasgos unidimensionales
o cosas observables.
Para conseguir más validez, el entrevistador podría dominar*
se y regular sus modos y su presencia, si ha de cam biar papeles
en cada fase de la entrevista o en cada nueva entrevista. Obsér*
vese lo que ello significaría. Cada sujeto podría entender la
entrevista (o parte de ella) como nueva situación, y ello exigiría,
presumiblemente, un nuevo papel. Según la habilidad del en tre­
vistador, tales procedim ientos podrían dom inar la m ayor p arte
de las entrevistas. No obstante, sería difícil com parar, a menos
que el entrevistador ofreciese los mismos estímulos y la misma
definición de la situación a toda la m uestra de sujetos entrevis­
tados. Las reglas de prueba que emplea el entrevistado son tan
im portantes como las que emplea el entrevistador para deter­
m in ar lo que se dirá seguidamente, cómo se dirá, cuánta informa­
ción se dará y de qué m anera se presentará. La «fenomenología
de la entrevista* sugerida por Hyman y otros es un paso exce­
lente hacia la comprensión del carácter de la entrevista, pero
debe incluir una teoría que aborde las reglas de prueba del
su jeto y del entrevistador dentro del m ismo esquema conceptual.

LA «BUENA RELACION* Y LA EXPRESION DE OPINIONES

Hyman y otros consideran que el caso descrito se aparta de los


conceptos tradicionales sobre lo que es una «buena» entrevista
y la m anera como se introduce y se transm ite el sesgo. Y ello, a
pesar de la gran experiencia de los entrevistadores. Al tratar del
problem a de la relación, presentan una situación en que todo
parece casi ideal:
El afecto fue decididam ente recíproco. Ambas p a rte s dijeron que
les g u staría conocerse m ejor. La en trev istadora dijo de la entrevis­
ta d a que «era tan am able y agradable que no tuvo ningún im pulso
en ab so lu to a negarse a c h a rla r con u n a extraña». Y com entaba
tam bién sobre la en trev istad a: «Aunque no es in teresante intelec­
tualm ente, su am abalilidad y optim ism o innatos son muy a tra cti­
vos.» La en trev istad a, al h a b la r de su reacción inicial y de sus
m otivos p a ra ser en trev istad a, dijo: «Pues porque vino a m i p u erta
y parecía una buena p ersona y tenía que hacerm e algunas pregun­
tas» u .

Otras citas revelan que se ha establecido bien una relación


positiva, pero no hasta el punto de que parezca sesgar la entre­
vista. Después, los autores exponen la siguiente, que quizá indi­
que cierto sesgo:
Según las consideraciones de la en trev istadora, no hubo sesgo:
«Ella m e p reguntó qué opin ab a yo so b re el envío de alim entos a
Rusia. Yo no dije m i opinión.» Pero, aunque la entrevistada dijo:
«Ella no trató de que yo cam biase de opinión», dijo tam bién: «A ve­
ces, yo le pregunté qué opinaba ella, y creo que teníam os la m ism a
forma de pensar.» Inform ó tam bién de que la entrevistadora estaba
de acuerdo con sus opiniones, como lo indica su frase: «Pues por
su m anera de hablar. Claro, que tam bién puede que no estuviese de
acuerdo, pero no lo soltó» a .

Los autores indican que este caso parece tener todas las vir­
tudes tradicionales de la «entrevista correcta*. Lo cual significa
para ellos:
... no haber disparidad m arcada de grupo, relación excelente, sin
hostilidad ni grandes diferencias ideológicas, considerable interac­
ción social, disposición de la entrevistada a asum ir seriam ente su
papel y las exigencias de la encuesta, pero no especial inseguridad
en sus opiniones, comunicación explícita de las tendencias de sesgo
y actuación comprensiva de la entrevistadora. [Pero, en conclusión,
apuntan:] ¿Qué es, entonces, lo que hay de malo? ¡Todo fue dem a­
siado bien! La identificación con la entrevistada fue dem asiada;
hubo demasiada relación y la entrevistada parece haber tenido un
sesgo en el sentido de la com patibilidad de ideas con la entrevis­
tadora w.

Los autores informan, además, de que el sesgo por exagerada


identificación ocurre porque hemos solido poner mucho énfasis
tradicionalm ente sobre el problem a de la «relación», confundién­
dola con el «amor». Es probable que los entrevistadores hayan
exagerado el valor de la relación y quizá deban poner un poco
más de énfasis sobre un despego «comercial», o algo sem ejante.
Aunque, ciertamente, podamos estar de acuerdo en este punto
im portante, puede o cu rrir que, en algunas situaciones, el en tre­
vistado, sencillamente, no conteste a un entrevistador muy des­
pegado. Pero no tenemos idea de cómo sería la distribución de
tipos de entrevistados si fuésemos a hacer la pregunta de cuántos
piden «amor*, cuántos «exigen despego», cuántos prefieren «hos­
tilidad»... Hyman y otros concluyen este epígrafe con una idea
interesante y, en mi opinión, acertada, diciendo:
El tercer caso de una entrevista y la docum entación relativa de
los entrevistadores vuelve a señalar cierta modificación de la idea
corriente. Es obvio que se requiere cierto grado de sociabilidad de
parte del entrevistador. Es obvio que se exige cierto grado de rela­
ción. Pero tiene que aclararse algo sobre las dimensiones y tipos de
relación y de form as convenientes de sociabilidad. La sociabilidad
u interviewing in Social Research, op. cit., pág. 47. Subrayado en el original.
" Idem, págs. 47*48.
q u e se atribuye a la campechanfa puede aum entar la familiaridad
del entrevistado con el entrevistador hasta el punto de ser m ás
probable el sesgo u.

A unque no lo citan, dan a entender que tanto los entrevista-


dores com o los entrevistados pueden considerarse como tipos
sociales y que se tratan m utuam ente como tales. Así, aunque
ciertos sujetos y algunos observadores pueden ocultar las impu­
taciones que hacen a los demás, no siempre pueden dom inar sus
actos ni aplazar la pertinencia de las imputaciones por mor del
breve encuentro. Vemos que ocurren continuas imputaciones
locativas, estrategias y semejantes, con influencia sobre cómo los
actores se tratan m utuam ente y cuidan su presencia. Ahora bien,
éstas son precisamente las condiciones que vemos en la vida
cotidiana. Sin embargo, los sociólogos, en realidad, no las han
estudiado todavía empíricamente. Todas las fuentes que puede
u tilizar un sociólogo sobre estos temas son varias novelas, obras
de teatro , de crítica literaria y algún trabajo como los de Goff­
man. Todos los datos, comprendidos los expuestos p o r Hyman
y otros, subrayan el carácter difícil y variable de la entrevista y
de los intercam bios sociales cotidianos.
Repitiendo, pues, la com parabilidad no es posible en el sen­
tido del clásico experimento de exponer a las mismas condiciones
a la m ism a m uestra de sujetos de manera idéntiqa con perfectas
verificaciones. Pero con una teoría del proceso social, sabiendo
qué esperar y registrando lo sucedido verdaderamente, al menos
podrem os dom inar más la situación. Lo que hace falta es una
teoría más elaborada y precisa que indique los tipos sociales
g en er a le s que se encuentran en la sociedad, las clases típicas de
imputaciones que se hacen y los tipos de «reglas» interpretativas
que se emplean para cuidar la presencia de uno ante los demás.

las p r e s c r ip c io n e s de pa pel
Y LAS IDEAS SOBRE EL PAPEL DEL ENTREVISTADOR,
BM RELACION CON LOS EFECTOS DEL ENTREVISTADOR

Los problemas para cum plir con las prescripciones del papel
impuestas por el mismo estudio no son fáciles de resolver. Hyman
y otros señalan, por ejemplo, que muchas veces no es difícil en­
trar en cierta pauta de entrevista casi autom áticam ente; se ha
puesto demasiado énfasis sobre «los procesos "naturales" en que
actuará el entrevistador, presum iblem ente, provocando sesgo» ,é.
El sesgo «natural» procede, desde luego, de la dificultad de evitar
el modo de los típicos encuentros y relaciones directas que expe­
rim entam os en la vida cotidiana. En esto se hace interesante el
problema, y susceptible, a la vez, de procedim ientos más analí­
ticos. En el capítulo II distinguimos entre las justificaciones
científicas y vulgares de la acción, viendo que en la vida cotidiana
es imposible m antener ambos ideales, especialmente, el empleo
de las justificaciones científicas. Los com entarios siguientes de
los autores se basan en una docum entación excelente sobre los
problemas de las prescripciones de papel y los sesgos, m ostrando
los que encontró uno de sus entrevistadores expertos al escuchar
la grabación de una entrevista term inada, e i\u¿-.a el problem a
de utilizar justificaciones científicas. Se le pidió que se pusiese
en el papel del otro entrevistador y anotase las respuestas en el
cuestionario utilizado. Sobre la base de este tipo de m aterial,
Hyman y otros observan:

Sin embargo, no siem pre es fácil m antener el papel prescrito.


Las entrevistas intensivas indican que, a veces, se ve un conflicto
entre el requisito establecido por el organizador y lo que el en tre­
vistado cree ser una desviación legítima para resolver ciertos p ro ­
blemas. El sesgo se produce entonces, no p o r ignorancia, sino por
decidir el entrevistador que debe incum plir la regla. Así, X, el m ism o
entrevistador de quien dijim os antes que aceptaba el papel prescri­
to, observa sobre una falta oculta al realizar una entrevista a una
persona extraña:
«Me sentí autorizado a parafrasear, con la más estricta fidelidad
al sentido. Me doy cuenta de que eso no puede defenderse, y no
trataré de hacerlo. Sin em bargo, creo que al actuar como lo hice
me porté conscientemente como un entrevistador en una encuesta
de opinión pública» ,7.

La cita siguiente desmenuza el problem a de cómo se mezclan


las justificaciones científicas con las ideas vulgares del entrevis­
tador:

Los estudios de casos no sólo revelan la im portancia del papel


prescrito al entrevistador por el organizador para inhibir las n atu ­
rales tendencias al sesgo, sino que revelan tam bién la im portancia
de las presiones de la situación p ara rom per el papel norm al, con
el acsko consiguiente. Y lo que indicam os es que, com o ese papel
ni* ha m ío, se impune ni e n tre v ista d o r ciertos tipos de conducta
st*-*nunit*. io n io «echa!' m ía mano», corno m edio de en fren tarse con
c\ problem a.
Además, revelan lo im p o rtan cia de las definiciones idiosincráticas
d e l papel del e n tre v ista d o r p a ra pro v o car el sesgo. Aunque el papel
es prescrito por el organizador y se m antiene habitualm ente por
d iv e rsa s m edidas de cum plim iento, o p o r la m era aceptación del
e n tre v ista d o r, debido a su conocim iento de las exigencias del orga­
n iz a d o r, bien puede h a b e r conflicto con o tra s definiciones del papel
d e diverso origen. Por ejem plo, el en trev istad o r puede tener ideas
s o b re lo que o tro s en trev istad o res, o su inspector inm ediato, o
e n tre v ista d o s p articu lares, consideren com o una conducta co rrecta
d e la entrevista. Aunque no tenem os p ruebas de estas influencias
sociales d irectas sobre la definición del papel, sí las tenem os, y
m u ch as, de que la definición puede provenir a m enudo de ciertas
creencias que tiene el e n tre v ista d o r sobre el ca rá cter de las acti­
tu d e s, el c a rá c te r de la conducta del en trevistado o la calidad de
lo s procedim ientos de encuesta, aunque tam bién existe la posibi­
lid a d de que puedan d a r satisfacción a las diversas n ec esid ad e s1*.

Los autores ofrecen más documentación que lo prueba cla­


ram e n te, m ostrando en cada caso cuánto espacio queda al entre­
vistador, quien, como una persona en la vida cotidiana, puede
em p lear cualesquiera pensamientos e ideas sin probar que se le
o cu rran . Este m aterial es sorprendente por la manera como de­
m uestra la lógica de las proposiciones teóricas de Schutz sobre
la necesidad de com prender la estructura de comunicación de la
vida cotidiana. M uestra también que quizá pudiésemos precisar
con exactitud los actos, pensamientos, expresiones y semejantes
del entrevistador y del entrevistado o de cualesquiera dos acto­
res. A dem ás de la conducta no especificada por papeles y posi­
ciones formales, los determ inantes locativos de un mundo social
con sentidos en cambio constante estructuran continuamente
el difícil carácter de la interacción. Las normas de la investiga­
ción exigen que el entrevistador actúe de manera algo semejante
a una com putadora con todas las apariencias de una persona,
pero, p o r lo que sabemos, en la vida cotidiana encontramos im­
posible presentam os o tom ar la presentación de otros (indepen­
dientemente de su forma) de modo que se ajuste a las normas
estrictas de la investigación científica. Por citar a Hyman y otros:

Lo que e stá claro es que los distin to s papeles que se fijan los
en trev istad o res respecto a la consulta, el tra b a r relación, el an o ­
ta r, etc., explicarán en p a rte las diferencias de los resu ltad o s que
obtengan. También está claro que podría haber una investigación
fecunda sobre la idea general que tiene de su trabajo el entrevista­
d or para determ inar la variabilidad de las definiciones que dan. El
entrevistador tiene que conducirse de una variedad de m aneras
durante una entrevista y, aunque el papel pueda estar prescrito en
ciertos aspectos, muy bien puede haber otros para los que no haya
dado instrucciones el organizador y, otros, en que las instrucciones
sean ambiguas. Cuando no hay una definición general norm alizada
en prim er lugar, nada más natural que los entrevistadores varíen w.

Sin embargo, los autores proponen después que se fijen me­


jores instrucciones o entrenam ientos para perfeccionar la entre­
vista y las definiciones norm alizadas o para ofrecerse definiciones
más explícitas. Los entrevistadores conocerían entonces con más
precisión los sutiles detalles y la variabilidad que puede adoptar
la interacción cotidiana; con otras palabras, obtener un conoci­
miento de la asunción de papel como proceso social.
Ahora bien, este punto de vista de los autores debería exten­
derse. Por ejemplo, la entrevista puede ser una manera de estudiar
el proceso social, especialmente en situaciones de laboratorio.
Además, todo terreno de estudio siem pre debe com prender rasgos
que perm itan verificar la teoría fundam ental sobre el proceso
social al mismo tiempo que la realización de la investigación
sustancial. Es dudoso que se pueda entrenar al entrevistador a
utilizar con exactitud los principios del proceso social en la
entrevista, pues ello significaría program arlo como a una com pu­
tadora. Este program a incluiría idealmente todo nuestro conoci­
miento sobre el proceso social y prevería tam bién todos los actos
posibles en cada contexto locativo en que no sean explícitas las
prescripciones de papel. Pero, en últim o término, toda tentativa
en este sentido tendría que transform ar al entrevistador en encar­
nación viviente de una com putadora; con o tras palabras, exigiría
una racionalización total del actor. Sin embargo, querem os un
entrevistador que sea totalm ente flexible en cuanto al ánimo,
afectos, apariencia, etc., en la presentación de sí mismo como
entrevistador; y obteniendo a la vez la información norm alizada
que se necesita con un program a norm alizado de m anera que se
tengan en cuenta todos los rasgos difíciles, locativos e idiosin-
créticos. Si el entrevistador fuese com o un robot con equipo de
grabación y reproducción, estaría asegurada la normalización y
se aseguraría el investigador de que se exponen estímulos norma-
lizados al sujeto, pero no adm itiría flexibilidad alguna en la pre­
sentación personal.
Es obvio que unos conceptos teóricos más precisos y un co­
n o cim ien to detallado sobre el proceso social fundam ental nos
facilitaría entender cómo altera el entrevistador los datos reco­
gidos en la entrevista y cómo podría arreglárselas con los efectos
del entrevistado. Pero el entrevistador no puede elim inar total­
m ente su propia presentación personal, por mucho que cualquier
equipo le facilite arreglárselas ante los demás. El entrevistador
tan co m p eten te que pueda trabar una relación «idéntica», m an­
ten er una distancia social y un despego «idénticos», un interés
«idéntico» por el sujeto, etc., para cum plir con los supuestos de
norm alización que autoricen al investigador a em plear exacta­
m ente los procedimientos de medida, únicamente puede ser un
tipo im aginario, un modelo de entrevistador ideal.
Los expertos entrevistadores descritos por Hyman y otros
reflejan este problema básico del científico que interactúa ínti­
m am ente con sus datos en un contexto locativo. Hyman y otros
reconocen continuam ente que «el entrevistador, como miembro
de la sociedad, tiene dentro de sí cierta estructura de expectati­
vas de papeles» * La cuestión es tener una teoría que facilite al
investigador decidir cuánto de lo que «está dentro» puede elimi­
narse durante una entrevista y cuánto de esta «eliminación» afec­
ta a los datos obtenidos. Los autores saben que se ha puesto
d em asiado énfasis en el hacer preguntas y anotar respuestas y
que el entrevistador pasa por alto «los muchos juicios que
hizo»21. Pero, ¿cómo evitamos estos juicios sesgados? ¿Pueden
tra n sfo rm a rse en justificaciones científicas de la acción? Se
supone que un entrenam iento m ejor y unos programas más deta­
llados y normalizados pueden «rectificar» estos sesgos. Por tan­
to, cuando Hyman y otros dicen que buscan una «fecunda teoría
sobre los mecanismos en que se basa el sesgo, las barreras del
sesgo y los correlatos del sesgo», están buscando modos sistemá­
ticos de instruir a los entrevistadores para no emplear justifica­
ciones de sentido común de la acción. Los autores se preocupan
también por la falta de relación, «apartamiento», apatía, egocen­
trismo, hostilidad violenta, cinismo o despego general por parte
de los entrevistados en cuanto a la entrevista, aunque el despego
» Jníerviewing in Social Research, op. cif.. págs. 63-64.
* Idem, p*g. 66. Subrayado en el original.
a menudo reduzca o suprim a cierta forma de sesgo y, en cuanto
tal, se lo considere «bueno». Pero, por otra parte, se lo considera
también como «no bueno» desde el punto de vista de «apoyo
público a largo plazo a las instituciones de la entrevista, la inves­
tigación mediante encuestas y la decisión dem ocrática, o desde
el punto de vista de la seriedad de las ideas m anifestadas. No es
bueno según los sistemas de valores de las personas» B. Hacen
falta buenas relaciones personales para que haya positivas rela­
ciones públicas continuas y para defender la conservación de
una democracia viable.
La consecuencia es que, en la vida cotidiana, las personas
deben ser ciudadanos «racionales», «responsables» e «interesa­
dos», como nuestro entrevistador, no deben rendirse a los alti­
bajos de las maneras vulgares esenciales del relacionarse m utua­
mente (mecanismos a los que se debe el sesgav -...Por tanto, los
rasgos habituales de la vida cotidiana son problemas, por cons­
titu ir obstáculos a la «buena entrevista». Este tipo de form ula­
ción va a exigir que tanto el entrevistador como el entrevistado
eviten los mecanismos que originan sesgo en los intercam bios
sociales cotidianos. Pero, si la orientación «natural» o «normal»
del entrevistado y del entrevistador a su medio se basa en estos
«mecanismos a los que se debe el sesgo», el entrevistador «ideal»
tergiversaría las respuestas recibidas. Supongo que el despego
científico sobre el terreno en la ciencia social es relativo a la
definición de la situación im puesta por los actores. El estudio
de tales dificultades nos dice algo sobre la estructura de la vida
cotidiana y de los problemas de la indagación científica. El des­
pego que puede lograrse reside en la capacidad de saber qué
sucede cuando se hace investigación sobre el terreno. Quizá no
podamos normalizar cada pregunta y cada serie de respuestas,
pero podemos conocer los sesgos que no perjudican a la en tre­
vista y son inevitables y podemos em plear sesgos que faciliten
el flujo de información y comunicación en tanto seamos cons­
cientes de su uso y efectos, teniendo así cierto dominio sobre
ellos al saber cómo rectificarlos posteriorm ente.
La siguiente ilustración de Hyman y otros expone docum en­
tación sobre el «sesgo cognoscitivo» (nociones sobre el carácter
de las actitudes) de los entrevistadores:
Así, entre los entrevistadores que preferían preguntas precifra­
d as, el 25 por 100 dieron como motivo: «Los entrevistados no son
b astan te expresivos, no dan contestaciones coherentes, no pueden
ju stific ar sus opiniones.» Entre los que preferían preguntas de res­
p u esta libre, el 35 por 100 pretendían que «eso se acerca más a lo
que piensa la gente en realidad y descubre las ideas verdaderas de
la gente»; y el 18 por 100 daban la razón, muy parecida, de que «el
entrevistado se siente más libre y tiene m ás oportunidad de expre­
sarse»

E stos entrevistadores experimentados nos están diciendo que


las opiniones de los consultados tienen caracteres de sentido
común. Es como decir que el entrevistador pocas veces encuentra
a un entrevistado que esté siempre interesado, que sea siempre
claro y lógico con el cuestionario y sus respuestas y que, si las
preguntas no son abiertas, no es probable que revelen las «ideas
verdaderas» del sujeto. Los entrevistadores descritos por Hyman
y otros tom an muchas cosas por supuestas, abandonan las reglas
c ie n tífic a s , sustituyéndolas por estereotipos, emplean las pres­
cripciones y las expectativas de papel cotidianas, tratan de «edu­
car» al inform ador, creen que hacen como si estuviesen charlando
con el entrevistado y acometen otro cúmulo de actividades vul­
gares. Su interés por los sujetos, su simpatía por ellos, su enojo
por la ignorancia del entrevistado o su falta de interés por los
temas: todo ello dem uestra la pertinencia de las justificaciones
vulgares a la m anera como hacen su trabajo los entrevistadores
e x p er im en ta d o s. Por tanto, tod o desacuerdo con Hyman y o tr o s
no es por sus excelentes datos ni por muchas de sus interpreta­
ciones generales, sino por sus remedios para «corregir» la situa­
ción. Tales «correcciones» presuponen una teoría que precise las
ca teg o ría s del actor para interpretar su medio y las categorías
del científico para estim ar el mismo escenario social. Cuando el
en tr ev ista d o r entra en una actividad que exige em p lea r justifi­
caciones, tanto vulgares como científicas, se produce una incom­
patibilidad básica, que no puede resolverse sin alterar las reglas
científicas de procedimiento. Hyman y otros carecen de una teoría
que reconozca esta discrepancia básica. Si no hay una teoría que
explique que el entendimiento del mundo por el actor es vago,
am biguo y retrospectivo-prospectivo, se toman como «errores» o
como «inadecuadas» las expresiones de los entrevistados y entre­
vistadores que tengan estos rasgos. Hyman y otros lo prueban una
y otra vez al llam ar al entrevistador o al entrevistado «antide­
mocrático», «sesgado», «apático», etc. Nunca consideran este p ro ­
blema como una dificultad inevitable de la investigación sobre
el terreno.

OTRO ENFOQUE DE LA ENTREVISTA

Volviendo a Dynamics of Interviewing, de Kahn y Cannell,


vemos un enfoque de la entrevista diferente al de Hyman y otros
y un interés más explícito por la teoría fundam ental. Su enfoque
se basa en las teorías cognoscitivas de la sicología, que, aun
siendo semejante a la postura «fenom en o ló g u ^ }ue pretenden
Hyman y otros, va a ofrecer una visión clínica del actor. Por
tanto, aunque su postura sea compatible con la de Hyman y otros,
difiere su m anera de caracterizar la entrevista. Em plean una
dicotomía útil entre las fuerzas racionales y las emotivas p a ra
explicar el móvil de la conducta. Se ofrece un breve apunte p ara
caracterizar una situación en que la conducta de un sujeto hipo­
tético se ajusta al modelo racional. Oponiéndose a la utilización
de un modelo racional para explicar la conducta hum ana, dicen:
Esta inadecuación es esencial al concepto del hom bre racional, y
se descubre más claram ente en las tentativas de los que em plean
este concepto de explicar la conducta «irracional», conducta que
parece contradecirse con los objetivos m anifiestos y expresos del
individuo. Tal conducta se explicaba por deberse a una inform ación
inadecuada, por equivocarse ocasionalmente el individuo sobre los
actos que convendrían a su propio interés. El proceso por el cual
un hombre decide com prar esto o aquello es un sim ple cribar y
sopesar alternativas económicas sobre una base racional y, si su
opción es económicamente «incorrecta», se debe sólo a que sus da­
tos son erróneos. En tal explicación, se desconocen en gran m edida
la complejidad de las pautas de motivos y los conflictos entre los
diversos objetivos de una persona. Pero, lo que quizá sea más im ­
portante, en este esquem a conceptual del hom bre racional se om i­
ten los factores emotivos, los deseos y los im pulsos no reconocidos
y los influjos interpersonales24.

Kahn y Cannell no emplean la definición de lia situación como


compuesta por normas vulgares de conducta para explicar el
vhhUU’* ÍUOMVíUM iló Id I d lOíhlUvM, vH \r^ i.lo
m o v e r s e por el sentido cultural que se atribuye a los objetus y
hechos durante la interacción, depende de las actitudes, motivos,
irnpulsoS> deseo y percepción sicológica del rtiedio. No hay una
clnrn rxpl»e;u»rin sobre el papel de los factores socio-culturales.
I cxpUrntlvas fundamentales están localizadas den-
(f.* *K’ )*» !**'• wmu.llilml ilel m lor. Mi Idea es distinta, al creer que
(as v¿u explicativas están localizadas en el escenario social
del nclor.
La diferencia entre las orientaciones de Hyman y otros, Kahn
y Cannell y la nuestra está en el modo como imaginamos a nues­
tros respectivos actores. Ni Hyman y otros ni Kahn y Cannell
hacen de las «reglas* o «normas» de la vida cotidiana el rasgo
decisivo. Nuestro enfoque atribuye calidad «causal» a tales «re­
glas». Lo cual quiere decir operativam ente que la manipulación
del medio por el investigador altera la definición de la situación
p o r el actor. Hyman y otros y Kahn y Cannell atribuyen calidad
causal a conceptos como las actitudes y las fuerzas emotivas,
m ientras que tratan las «normas» y los significados culturales
como elem entos evidentes de la interacción social.
La documentación que presentan Hyman y otros es rica por
los sutiles detalles que se descubren en las inspecciones de entre­
vistadores expertos. Han empleado una variante del método fe-
n o m e n o ló g ic o de manera laxa, pero efectiva, para averiguar el
funcionam iento interno de la entrevista. N o comienzan con una
estr u c tu r a teórica, sino que han empleado un procedimiento
e m p ír ic o directo para deducir el carácter del proceso social.
Kahn y Cannell, en vez de tra ta r de descubrir los elementos de
una teoría de la entrevista, comienzan por una teoría de la con­
ducta, intentando m ostrar cómo la entrevista es un mero caso
esp ec ia l descubierto por la teoría.
Las obras de Hyman y otros y Kahn y Cannell son ejemplos
e x c e le n te s de dos enfoques complementarios de la entrevista y
la investigación sobre el terreno. Podemos basarnos en su trabajo
para m ostrar la importancia —más precisamente, el carácter
n ecesa rio — de las justificaciones vulgares de la acción para com­
prender el proceso social fundamental y considerar, por tanto,
la entrevista como una variante de la interacción de la vida coti­
diana. Lo cual exige que aclaremos prim eram ente la teoría im­
plícita en Hyman y otros y la postura teórica, más explícita, de
Kttliu y Cnnncll. Nuestros objetivos fundam entales siguen sien­
do: 1) m ostrar los supuestos teóricos esenciales a los m étodos de
investigación, y 2) señalar cómo el interés metodológico verifica
y refuerza la teoría social fundam ental.

LA ENTREVISTA, COMO TEORIA DE LA INTERACCION

El m aterial que presentan Hyman y otros no está organizado


de form a fácilmente reducible a sistematización o clarificación
teórica. Las citas antes expuestas revelan, sin embargo, el carác­
ter general de su postura teórica. Se refieren 'i nnoyar escritos,
fundamentalmente de sicólogos sociales como ícheiser, Asch,
Krech y Crutchfield y Frenkel-Brunswik, para m ostrar que las
generales nociones teóricas de la sicología social pueden explicar
lo que han visto en sus entrevistadores expertos. Por ejem plo,
arrojaron luz sobre cómo los individuos suelen buscar percep­
ciones organizadas y significativas, que persisten a pesar de las
contradicciones observables. Las referencias teóricas no se pre­
sentan como hipótesis que verificar, sino como explicaciones de
problemas descubiertos al inspeccionar el trab ajo de entrevis­
tadores expertos. He aquí algunas proposiciones que citan de
otros autores:

1. Así, pues, Icheiser ha subrayado lo frecuente de la creencia, la


«tendencia a sobreestim ar la unidad de la personalidad», al explicar
los equívocos entre las* personas. Señala tam bién que el funciona­
m iento de tal creencia podría influir en la conducta, no sólo del p er­
ceptor, sino tam bién de la otra persona, en nuestro caso, el en tre­
vistado. Señala que existe la «tendencia de o tras personas, consciente
o inconsciente, a prever y adaptar su conducta, en cierto grado, a
las expectativas e imágenes que tenemos presentes sobre sus per­
sonalidades».
2. Muchos sicólogos han subrayado la universal tendencia de
los hombres a organizar y hacer significativas sus percepciones.
Por ejemplo, B artlett hablaba de un «esfuerzo en pos del sentido»
y Asch m ostraba experim entalm ente qué fundam ental es crearse
una impresión organizada, unificada, de los dem ás con sólo infor­
maciones fragm entarias,
3. Los sicólogos podrán entender el proceso de expectativa de
papel como ilustración de la ley, m ás fundam ental, de que la per­
cepción de una parte está determ inada por las propiedades del
conjunto. Así, Krech y Crutchfield, aplicando este principio a la
percepción de los individuos, afirma: «Cuando un individuo es
aprehendido como miembro de un grupo, la percepción de cada
una de las características del individuo que se corresponden con
las del grupo queda afectada por su pertenencia a ese grupo.» Los
sociólogos dan fe del carácter fundam ental de tales expectativas al
considerar que las regularidades de la conducta se corresponden
con la pertenencia al grupo y, las expectativas de la conducta de
personas en posiciones o grupos determinados, como parte de la
realidad social, casi como condición para que haya sociedad El
entrevistador, como m iem bro de la sociedad, tiene dentro de si
cierta estructura de expectativas de p a p e l23.

Estas explicaciones de Hyman y otros y las obras que citan


sobre el carácter del proceso social fundamental en la entrevista
pueden interpretarse como una serie de proposiciones sobre la
m anera de encarar el entrevistador y el entrevistado los mismos
rasgos con que se enfrentan todas las personas en la interacción
social. Estas proposiciones sostienen la idea de que la entrevista
com prenderá siempre las estructuras de sentido variable que
influyen toda interacción social, aun cuando una parte (el entre-
vistador) o la otro (el entrevistado) haya sido instruida (o se haya
adiestrado él mismo) para cuidar su presencia ante otros, de
m anera que evite los sesgos y los efectos perjudiciales m ostrados
tan llam ativam ente por Hyman y otros. Así, pues, por mucho
que se subrayen la instrucción y los programas de normalización,
Hyman y otros nos m uestran convincentemente la existencia de
estructuras de sentido asentadas en diferentes adhesiones y defi-
niciones culturales, locativas e idiosincráticas. La habituación a
estas estructuras de sentido haría estériles los procedimientos
de entrevista, privándolos de las mismas características que les
hacen form ar parte y ser fuente fundamental de datos sobre la
interacción social y la comunicación en la vida cotidiana.
Kahn y Cannell, utilizando un conjunto diferente de variables,
llegan a una conclusión semejante:
1. La conducta hum ana se orienta a objetivos.
2. Como la necesidad o deseo de un individuo se vincula a un
objetivo determ inado que considera como medio de satisfacerlo, se
originan en él fuerzas determ inadas para avanzar hacía ese objetivo.
3. Esta combinación de la necesidad del individuo con elobje­
tivo advertido es lo que llam aremos m otivo.
4. La conducta no ocurre hasta que el individuo ve un ram inn
hacia el objetivo cuya consecución es móvil para ¿1.
5. Hay con frecuencia más de un camino m anifiesto al individuo,
que representa para é! cierto grado de consecución del objetivo.
6. Varios caminos transitables para el individuo pueden diferir
por la medida en que satisfagan sus objetivos.
7. El camino que escoja el individuo entre los diversos posibles
dependerá de la cuantía o grado de consecución del objetivo que
cada uno parezca ofrecer (véase arriba el principio ó) y de las difi­
cultades o barreras que vea el individuo en un camino determ inado.
8. Las percepciones son individuales; esto es, la gente ve las
cosas de m anera distinta y lo que vea una persona dependerá en
parte de sí misma, de su personalidad y de su experiencia.
9. Las diferencias individuales de percepción pueden entenderse
en gran parte por el terreno sicológico del individuo y, en especial,
p or sus necesidades y objetivos.
10. Cuando percibim os un objeto o situación, tenemos que rela­
cionarlo en cierto modo con cosas de las que ya tengamos expe­
riencia. Cada nueva situación debe entenderse según nuestra ex­
periencia, aunque de esta m anera no captem os su plena com plejidad
y sentido. El proceso de percepción im plica la modificación y tergi­
versación sistem ática de una situación de m aneras que nos la hagan
más comprensible y más coincidente con n uestra experiencia y
expectativas.
11. Cuando el campo sicológico de una persona es tal que actúan
sobre él móviles de sentido contrario, experim enta sensaciones de
tensión, que son desagradables y originan un móvil específico para
resolver la indecisión y aliviar la ten sió n 26.

El pasaje siguiente detalla la im portancia de estos once p rin ­


cipios para la entrevista:
Si la entrevista es un modo de interacción, ¿qué se hace de la
noción, convenientemente sencilla, de que la entrevista ideal es algo
que del alma del entrevistado salta al cuaderno del entrevistador
sin encontrar por el camino influencias contam inantes? ¿Y en qué
se queda la noción derivada de que todo vestigio de la influencia
del entrevistador en la entrevista constituye sesgo y tiene que evi­
tarse a toda costa? La respuesta a estas preguntas es que rep re­
sentan un concepto de la entrevista y de los papeles del entrevista­
dor y del entrevistado que el análisis interactivo que acabam os de
hacer rechaza. Este concepto pone el m ayor énfasis sobre la función
negativa del entrevistador, la de no influir sobre lo que diga el en­
trevistado. Lo que proponem os subrayar en el papel del entrevis­
tador es la im portancia de regular y dirigir el proceso de interacción
entre él y su consultado de tal m anera que se alcancen los objetivos
básicos ae la en trev ista27.

M ientras que Hyman y otros nos dan prueba adm irable del bá­
sico dilema de la entrevista, fidelidad o validez, K ahn y Cannell
reconocen el carácter esencial de esta diferencia. Reconocer este
dilema significa m ostrar el «éxito» de la entrevista, a pesar de
sus conocidas limitaciones y desviaciones. Las ideas teóricas y las
* K a rk y C a n n e ll, op. cit., p á g s . 34-38.
0 Idem , p ó f . 59.
in s t r u c c io n e s prácticas para establecer una «buena» relación con
el entrevistado, conservándola de m anera que se mantengan las
c o m u n ic a c io n e s y se obtengan tipos particulares de información
y, p o r últim o, dejando intacto el escenario para perm itir la posi­
bilidad de volver, subrayan los requisitos fundam entales para
lograr com prender el carácter de las relaciones sociales estables
y, p o r tanto, del orden ^social estable. Los departam entos de
personal de las organizaciones complejas; profesionales, como
los abogados, los médicos, los asistentes sociales y los sicólogos;
instituciones, como la policía, los exámenes y la beneficencia; y,
por últim o, investigadores como los de mercado y por encuestas
y los decanos y catedráticos universitarios utilizan el procedi­
m iento d e entrevista, m ostrando que ha llegado a ser algo habi­
tual en la vida cotidiana. El estudio de la entrevista per se por
el sociólogo significa otro medio de comprender el orden social
y la organización social. La documentación expuesta en Hyman y
otros y Kahn y Cannell, especialmente las entrevistas literales
de este últim o volumen, muestran las diferencias entre los en­
tr e v ista d o r e s profesionales y no profesionales al buscar informa­
ción de los entrevistados. Estas diferencias hacen resaltar la
im p o sib ilid a d de que el entrevistador prepare sus preguntas, su
papel propio y sus relaciones generales con el entrevistado. Los
p r o b le m a s «naturales» o inevitables que se resumen en las si­
guientes frases son esenciales a la entrevista y a los intercambios
de la vida cotidiana:
1, El carácter de las respuestas depende en general de la
co n fia n za que se obtenga al principio de la relación, de las d ife­
rencias de posición social, de la form a de entender e interpretar
las preguntas y las respuestas, de la dirección que ejerza el entre­
v ista d o r, y así sucesivamente. La validez del program a llega a
ser una condición variable dentro y entre entrevistas.
2, Comprobar la coherencia y profundidad de las contesta­
ciones puede hacer que el entrevistado se sienta incómodo y
m u estre pautas de evitación. Supuesto que la «comprobación»,
o ex a m en de las respuestas, es mínima o se evita al ver que per­
judica a la entrevista, la conversación puede atravesar fases con­
tradictorias sin que ninguna de ambas partes sea consciente de
ello, o pudiendo estar adaptándose una parte a la otra para
m a n ten er una relación «cortés».
3. Tanto el entrevistado como c\ entrevistador» invariable­
mente, se reservarán significados; habrá mucho que quedará sin
decir, aunque el entrevistador pueda perseguir claram ente un
tema. El abordar temas directam ente sobre los que hay reservas
puede ser embarazoso para el entrevistado y para el entrevistador,
aun cuando éste domine más el curso de la entrevista.

4. La entrevista representa una interacción, en la cual que­


dan sentidos dudosos, aunque, con pleno conocimiento de am bas
partes, se pretenda aclarar sentidos, intenciones y posibles accio­
nes del entrevistado. Los objetivos del investigador están sub­
ordinados con frecuencia a las exigencias de la cortesía.

5. La obtención de sentidos y conocimientos, aunque sean


de carácter técnico, se basa continuam ente eíi ios recursos vul­
gares para interpretar el medio. Es posible que el entrevistador
no pueda com probar sus propias respuestas con detalle persi­
guiendo la verificación de una hipótesis durante la entrevista; se
verá obligado a hacer juicios precipitados, a generalizar las de­
ducciones, a revelar sus ideas, pasar inform ación por alto, y se­
mejantes, pudiendo sólo m ostrar a posteriori cómo lo hizo, o
incluso por qué. El entrevistador no puede eludir las dificultades
de las interpretaciones y actos de la vida cotidiana. Las «reglas»
vulgares comprometen una verificación precisa de hipótesis, pero
son condiciones necesarias para obtener la inform ación deseada.

LA ENTREVISTA Y LA MEDIDA

Si la entrevista arroja inform ación carente de fidelidad y vali­


dez, al ser modificada por las reglas vulgares de interpretación, a
pesar del empeño por in stru ir a los entrevistados p ara que se
com porten de m anera «agradable» e imiten las «adecuadas» rela­
ciones sociales, la medida que se imponga tendrá que reflejar las
diferencias de imputaciones que contribuyen a form ar el carácter
de los datos obtenidos. Si tratam os cada entrevista como una
serie de datos que no se ajustan a las norm as científicas de reali­
zación, podremos entender a cada entrevistador como un gene­
ra d o r de una serie de hechos vulgares, que ha modificado muchos
rasgos racionales de una investigación científica desinteresada.
La entrevista, como una serie de actos para verificar hipótesis
precisas sobre m aterias sustanciales, violenta los recursos tradi­
cionales de medida, porque la técnica de medición nos obliga a
suponer entrevistas «idénticas», con preguntas y respuestas «idén­
ticas». Cada entrevista (independientemente de si tiene preguntas
norm alizadas o no estructuradas, exige un cifrado que suponga
id en tidad o clases de equivalencias entre actos muy diferentes,
p r e g u n ta s y respuestas sin cifrar. Cada serie de expresiones es
un o b jeto temporal y no se las puede hacer equivaler a otra
serie de expresiones en respuesta a la misma pregunta, a menos
de poderse m ostrar o suponer que a cada hecho acompañaron
[as m ism as o semejantes condiciones.
¿Qué condiciones perm itirán elaborar clases de equivalen­
cias? Resolver esta cuestión exigirá exponer las condiciones de la
entrevista «ideal», además de ciertos conocimientos teóricos que
faciliten la utilización de medidas convencionales.
Consideremos los requisitos necesarios del entrevistador
«ideal» para cum plir con las exigencias técnicas del estudio. La
entrevista extensiva es un trabajo duro. El carácter del entrevis­
tado, como objeto de estudio, no puede darse por supuesto. Cada
uno de sus actos y gestos puede tener cierto «sentido» en la si­
tuación de entrevista y debe cuidarse cada acto del entrevistador.
El intento de dism inuir el sesgo mediante procedimientos de ins­
trucción supone que nuestro conocimiento del proceso social
fundam ental es suficientemente detallado para que se pueda pre­
p arar con exactitud el program a de la entrevista. Ahora bien, el
p rep arar al entrevistador con respecto al m anejo de los tratos
interpersonales requiere más conocimiento del que poseemos.
Es imposible prever todas las contingencias, y mucho menos es­
perar que el entrevistador se enfrente con ellas adecuadamente
en cada ocasión. Lo m ejor que podemos esperar es un program a
basado en tal teoría extensiva del proceso social que el entrevis­
tador pueda conocer y prever el mayor número de contingencias.
Utilizar un magnetófono para grabar las entrevistas facilitaría la
formación de un historial preciso de las exigencias que se plan­
tean en ella. El adiestramiento extensivo puede producir entre­
vistadores competentes, pero siempre es imposible descubrir la
cooperación y confianza del entrevistado. La impresión que de*
bemos evitar es la de que pueden eliminarse todos los factores
conducentes a error. El sesgo en la entrevista, al convertirse en
una serie de variables, ofrece datos para verificar una teoría m ás
general de la interacción social. Véanse las siguientes sugeren­
cias:

1. Supongamos que se graba la entrevista. Se da al entrevis­


tador un cuaderno para tom ar notas de sus ideas sobre el tem a,
durante la entrevista, si cree que la respuesta (cada vez) es «ade­
cuada» o «inadecuada», si el sujeto lo entiende y si se cree
obligado a «rectificar» o «ayudar» al entrevistado.

2. Cada pregunta hecha en la entrevista se supone proyecta­


da para verificar hipótesis precisas. Se predicen respuestas en
cuanto a cada tipo de entrevistado que el investigador suponga
se encontrará. Las respuestas predichas deben ser lo bastante
precisas para perm itir dem ostrar la correspondencia exacta con
las contestaciones del entrevistado, además de la m anera como
pueden variar las respuestas reales sin que se las pueda d ejar
de considerar «aceptables».

3. La validez de cada respuesta supone una calidad variable,


según las interferencias registradas por el equipo y el entrevis­
tador, e identificadas por el investigador. La perspectiva del en­
trevistado tiene que inferirse de sus respuestas, pero tiene que
corresponderse también con las expectativas teóricas del inves­
tigador sobre cómo responderán tipos sociales particulares a
diferentes preguntas.

4. Para no pasar por alto las diferencias de entendim iento


e interpretación de las preguntas por el consultado, las prim eras
preguntas deben ser caracterizaciones generales del interés pro­
puesto del investigador. E sto perm ite que la definición de la
situación por el entrevistado ocurra antes de com prom eterse
con sentidos específicos a través de puntos fijos que pueda no
conocer. Lo cual garantiza que el sujeto no tom e opciones o de-
cisiones sobre preguntas o tem as que no entienda perfectam ente,
sólo por satisfacer al entrevistador y term inar «bien» la en tre­
vista.
5. Satisfecho por que el entrevistado conozca lo que se le
pregunta, el entrevistador puede seguir haciéndole preguntas
que, ta n to limiten el abanico de posibilidades, como perm itan la
elección más precisa que se espera haga el sujeto. El procedi­
m iento de presentarle las posibilidades alternativas una por una,
p a ra no revelar cuántas existen, funciona bastante bien y dis­
m in u y e la posibilidad de que el entrevistado conteste a ojo.

6. La grabación de la entrevista liberaría al entrevistador


de to m a r notas sobre todos los caracteres externos del intercam­
bio. Se le puede dar también un form ulario con los cambios de
las prescripciones y proscripciones de papel, de la relación, despe­
go, etc., que siga el programa, permitiéndole llevar un «sencillo
historial* de los sesgos y errores que se introducen en todas las
entrevistas.

7. El «sencillo historial» posibilitado por la utilización de


m agnetófonos se acerca al análisis de secuencia del material
porque el investigador puede decidir cómo han afectado a la fi­
nalid ad y a los resultados de la entrevista, tanto los influjos
externos como los problemas esenciales de la teoría y de la for­
mulación.

8. Cada punto, y las respuestas asociadas, deben relacionar­


se directam ente con el conjunto de variables que puedan mer­
m ar la identidad de los datos que hayan de ser tabulados para
analizarlos. Se puede examinar con más precisión la estructura
tem p o ral de los significados y facilitar la verificación exacta de
hipótesis.

. E sta breve descripción indica que los proyectos experimen­


tales podrían desmenuzar con más precisión los problemas gene­
rales de la entrevista, facilitando la eliminación de los sesgos y
errores evitables, ofreciendo a la vez un marco para m edir su
influjo, ya que son rasgos fijos de la entrevista. Por ejemplo,
podrían seguirse estos procedimientos: el entrevistador y el
sujeto están frente a frente, separados por un doble espejo, te­
n i e n d o cada uno un micrófono de mesa conectado a distintos
m agnetófonos. El experimentador observa la entrevista y dirige
el intercam bio desde una tercera sala. Unos micrófonos en el te­
cho de cada habitación establecen la comunicación general entre
el sujeto y el entrevistador. Se dice al entrevistador y al con­
sultado que, después de cada pregunta y cada respuesta, se os­
curecerán las luces p ara dar tiempo a «pensar» sobre la pregunta
o la respuesta. Durante el «período de reflexióyi», el experim en­
tador puede desconectar un micrófono de techo y conectar el
equipo de mesa, lo cual le perm ite preguntar independientem en­
te al entrevistador o al entrevistado sus ideas sobre la pregunta
o respuesta.
Este procedim iento experimental corta cada punto del pro­
grama, de modo que el experim entador puede distinguir cada
paso en el «sencillo historial» de la entrevista. Lo cual le perm ite
estim ar el período inicial de «trabar conocimiento», su efecto so­
bre la m anera cómo el entrevistador hace las preguntas y el en­
trevistado las contesta, lo que equivale a un recurso operativo
para tratar la entrevista como objeto tem poral sometido a in ter­
pretaciones y redefinición m om ento por m omento.
El procedimiento experim ental com plem entaría la situación
de estudio sobre el terreno, capacitando al investigador p ara pre­
ver con más precisión los sesgos y errores. Revelaría qué in ter­
ferencias son evitables y cuáles «necesarias» para que el in ter­
cambio continúe. En resumen, señalaría el m odo como cada
participante estereotipa al otro y la relación de este proceso con
el entendimiento e interpretación de las preguntas y respuestas.
Separar los conocimientos del actor y las estructuras de sig­
nificado que surgen durante la interacción capacita al investiga­
dor a distinguir entre el papel de investigación del entrevistador
y sus ideas y pensamientos particulares; entre el papel del su­
jeto en la entrevista y sus observaciones no declaradas; en tre la
utilización por el investigador de categorías vulgares para in ter­
p retar la escena experimental y su utilización de una textura
teórica explícita para cifrar sus observaciones. Aunque algunos
de los elementos de los que obran en la entrevista pueden sepa­
rarse adecuadamente y estudiarse experim entalm ente, seguire­
mos basándonos en los conocimientos vulgares y en el lenguaje
cotidiano p ara realizar nuestros estudios sobre el terreno.
LOS CUESTIONARIOS CERRADOS
Ciertos abogados de la entrevista señalan a menudo que el
cuestionario con categorías cerradas de respuesta impide la po­
sibilidad de obtener deficiones imprevistas de la situación que
revelen las ideas y sentimientos particulares del sujeto. Aunque
las alternativas fijas pueden ser adecuadas y necesarias para ob­
tener datos reales, la búsqueda de información sobre el proceso
social por este medio puede obligar al sujeto a dar respuestas
precisas a hechos y temas sobre los que puede tener un conoci­
miento vago, o ninguno en absoluto. Las alternativas fijas pueden
evitar que se tenga información significativa sobre el proceso
social si el contexto interactivo está lim itado por las preguntas
hechas. En este capítulo tratarem os de lo siguiente:

1. Las preguntas cerradas, ¿son «rejillas» por las que se


falsea nuestra comprensión del proceso social? ¿Qué tipos de
información evitará este m étodo que conozcamos?
2. ¿Qué habremos de conocer sobre el lenguaje, los senti­
dos culturales y la estructura de la acción social para redactar
un buen cuestionario con respuestas fijas?

3. ¿Qué papel tiene la teoría para cifrar y m edir las res­


p u e sta s cerradas? N uestra misión será preguntarnos cómo logra
soluciones a los problemas de la investigación sustancial la en­
cu esta con preguntas cerradas, a pesar de la falta de conoci­
m ientos sobre los temas teóricos fundamentales que se suponen
en to d a investigación sobre el terreno.

EL PROCESO SOCIAL Y LOS CUESTIONARIOS CERRADOS

H ay muchas fuentes que m uestran un consenso considerable


sobre cóm o se emprende la realización de una encuesta emplean­
do cuestionarios cerrados. Los detalles técnicos no difieren mu­
cho ni las descripciones formales de lo que debe hacerse. Es
m ás probable que difieran las diversas maneras extraoficiales
como se realizan verdaderam ente las encuestas. Pocas veces te­
nem os inform ación sobre los problemas del momento de este
tipo de investigación, porque las prácticas extraoficiales se «ocul­
tan» en los archivos de los investigadores o en informes inéditos,
p or no perm itir el espacio la publicación de estos procedimien­
tos. No es práctico componer una lista de desviaciones de los
procedim ientos ideales y, probablemente, m erm aría la exposi­
ción y I°s resultados sustantivos. Sin embargo, un informe gene­
ral que om ita los detalles de cómo se hace una encuesta oculta
las sutiles deducciones y decisiones que se requieren en cada fase
de la investigación. Hyman examina convincentemente los males
de la reducción de datos y el problema general de las encuestas
a gran escala:
O cu rre que el an alista de encuestas ordena a sus colaboradores
que actúen com o inform adores, dándole un refinado extracto de los
d a to s con la com unicación de observaciones concretas singulares,
p ero estratégicas. Y ello ha conducido a la creación de m aneras de
in fo rm a r el entrevistador en que la situación hum ana d en tro de la
cual se recogieron los datos se describe sistem áticam ente p a ra el
a n alista; a clasificaciones del en trev istad o por el entrevistador, o a
m aq u eta s de segunda m ano del entrev istado, pero que, no obstante,
son estim aciones del entrev istad o b asad as en la observación directa
de alguien: y a la «señalización» del cifrador, o anotación de res­
p u estas p articu lares a la atención del analista, que tra n sm ite n el
c a rá c te r de u n a resp u esta o rd en ad a d e n tro de c ie rta clasificación
m is ab stra c ta .
Asi, ocurre que el analista compensa el inevitable carácter frag­
m e n ta rio de la m asa de d ato s tra ta d o s m ed ian te una clasificación
com plem entaria y proced im ien to s analíticos que tra n sm ite n los
rasgos estructurales o generales de los fenóm enos. La frag m en tació n
se in tro d u c e al c ifra r e n tre v ista s totales, p o r clasificación tipológica
o m u ltid im en sio n a l de los en trev istad o s y p o r elaboración de índi­
ces, o reunión de dato s de u n a serie de resp u e sta s relacio n ad as en
una descripción m ás g eneral de los en trev istad o s.
Se es consciente de que la n o rm alización del estudio en la inves­
tigación p o r encuestas a g ra n escala, aunque con trib u y a a la eficacia
y a la necesaria g aran tía de co m p arab ilid ad e n tre los in v estigadores
sobre el terreno, puede im p o n er al m ism o tiem po c ie rta artificio-
sid ad al fenóm eno estud iad o , en p a rtic u la r, cuando el a n a lista aco­
m ete una serie de previos p ro ced im ientos de proyecto para asegu­
rarse de que el m étodo norm alizado se adaptará, no o b sta n te, al
m arco natural de referencia de la m ayor parte de los su je to s en
estudio. Esto ha llevado a proced im ien tos com o el estudio-m odelo,
o de reconocim iento, an tes de una indagación im p o rta n te, la reali­
zación de una p ru e b a del cu estio n ario , la indagación de an teced en tes
com unitarios y la indagación cuasi-etnotógica en conjunción con una
encuesta, a fin de fo rm u la r la investigación con térm inos m á s sig­
nificativos p a ra los en trev istad o s *.

Estas consideraciones de Hyman ofrecen indicación explíci­


ta de las dificultades de realizar una amplia encuesta con un
amplio equipo, incorporando a la vez distintos terrenos que lle­
ven a variaciones de los datos. La necesidad de «maquetas», de
«señalización», etc., indica cómo se ha confundido la encuesta n
veces por supuestos imprecisos, ideas teóricas, indicios, y seme­
jantes, de los entrevistadores, inspectores, cifradores, observado­
res, analistas de datos y el investigador principal. Pero, ¿podem os
suponer que los entrevistadores, los «exploradores» etnológicos,
los cifradores, los analistas de datos y el director de la investi­
gación sociológica emplean todos el mismo m arco teórico de
referencias, interpretando idénticam ente cada hecho, cada en tre­
vistado, etc., esto es, utilizando las mismas estructuras de sig­
nificado en contextos diferentes con las m ism as norm as de
interpretación?
La explicación de Hyman sobre las actividades prelim inares
de una encuesta m uestra que un estudio esm erado cuenta con
las ventajas de la observación participante, las entrevistas no
estructuradas con amplios objetivos de reconocimiento, la prue­
ba (pretesting) mediante entrevistas estructuradas, rápidos in­
formes de la interacción entrevistador-entrevistado, y así su­
cesivamente. Los informes sobre el terreno dan a conocer al
1 Herbert H yman: Survey Design and Analysis (The Free Press of Glencoe),
Nueva York, 19S5, págs. 27-28. Subrayado en el original.
Invostipnclor ,as interferencias que pueden entrar en el estudio
definitivo y explican, además, las dificultades que han influido
la real recogida de datos. El m aterial prelim inar no sólo ofrece
la base p ara estructurar el program a definitivo, sino que informa
tam bién los resultados tabulados, de m anera muy semejante a
como la observación participante y las entrevistas abiertas con­
ducen a interpretaciones y revisiones posteriores. Hay aquí una
diferencia importante. En la observación participante y, en me­
n or grado, en la situación de entrevista no estructurada, los
observadores pasan más tiempo familiarizándose con los sujetos
en estudio. Se puede dedicar más tiempo a las sutilezas de sen­
tido que emplean los sujetos. El investigador por encuestas utiliza
estos contactos sobre el terreno como base para crear preguntas
cerradas, pero su sentido requiere la información de fondo re­
cogida en condiciones menos rigurosas. El rigor de la encuesta
se pierde considerablemente cuando se basa en «conocimientos
generales» no declarados sobre el grupo estudiado, en particular,
sobre cómo los sujetos perciben e interpretan el sentido en sus
actividades cotidianas. Mi respuesta a la pregunta del final del
últim o párrafo es negativa, porque supongo que el investigador
considera evidentes las diversas estructuras de sentido y que
m eram en te se las ha de tomar como «dadas» y ser utilizadas
instrum entalm ente como antecedentes al hacer sus incursiones
prelim inares. El análisis real de los datos tabulados depende,
por ello, de la teoría implícita y del conocimiento sustantivo ob­
tenido en circunstancias considerablemente menos rigurosas que
el m anifiesto en los elegantes cuadros presentados. La informa­
ción previa da «significado» a los datos de encuesta porque com­
prende los sentidos vulgares que empleó el investigador para
red ac tar las preguntas, que utilizaron los entrevistadores para
decidir su adecuación durante la entrevista y que perm itieron a
los sujetos interpretar su sentido, respectivamente. El significa­
do de las preguntas con respuestas cerradas, como las perfora­
ciones de la tarjeta IBM, depende de las normas interpretativas
que form an una teoría no sujeta al mismo tipo de programa. En
consecuencia, el investigador que emplea preguntas cerradas no
puede eludir los mismos problemas que encaran el observador
participante y el entrevistador: tiene que crear un modelo que
incorpore el lenguaje y los sentidos culturales esenciales: 1) a
la perspectiva del actor en la vida cotidiana; 2) a la perspectiva
del entrevistador, y 3) a las «reglas» para convertir estos sen ti*
dos en teoría fundam ental y sustantiva.
Ahora bien, ¿cómo se cumplen así los objetivos del estudio,
por ejemplo, el intento de m antener intacto el «marco n atural
de referencias de los sujetos»? ¿Cómo se trata el problem a del
sentido? Las preguntas norm alizadas con respuestas fijas ofre­
cen una solución al problema del sentido, sencillamente, evitán­
dolo. Una solución fam iliar tom a como evidentes los sentidos
culturales en la investigación sociológica relacionando las carac­
terísticas de diferentes tipos de respuesta con actitudes «inter­
nas» del actor. Esto ofrece una solución empírica al problem a
del sentido; se dice que las regularidades em píricas se corres­
ponden con cierta serie de hipotéticos estados «internos» y esta
manera de razonar llega a ser una justificación neta para em plear
preguntas norm alm ente cerradas. Si las respuestas están sufi­
cientemente agrupadas, si se «fragmentan», se «bifurcan», etc., y
hay pocos «no sé» o «no contesta», se dice que ha habido cierta
correspondencia entre las respuestas reales y los estados «inter­
nos» (léase, estructuras de actitudes, tipos de personalidad, im ­
pulsos, motivos o estados de ansiedad). El postular estados
internos que deban corresponderse con respuestas «m anifiestas»
u observables permite una interpretación forzada en dos senti­
dos; si los agrupamientos predichos no se «manifiestan», po d ría­
mos volver a empezar de nuevo realineando los hipotéticos es­
tados internos conceptuales con los agrupam ientos em píricos.
Para ello sirven diversos recursos estadísticos o metodológicos,
como la tabulación cruzada exhaustiva y la supresión de los
cuadros.
A veces, es difícil saber qué es prim ero, una textura teórica
que precisó hipotéticos estados internos con pautas externas, o
si han sido regularidades em píricas de datos m anifiestos las que
han conducido a la noción de estados internos. Pero, indepen­
dientemente del sentido inicial de este razonam iento, puede ha­
cerse plausible. Hyman, por ejem plo, defiende la utilización de
encuestas para establecer los motivos de la acción social, indi­
cando qué debe hacer la encuesta ideal y los tipos de reglas que
existen para saber el investigador y el lector cuándo está «equi­
vocado» y cuándo tiene «razón». El procedim iento obvio consiste
en establecer de antem ano, tanto la estructura conceptual de los
estados internos, como las agrupaciones m anifiestas que deben
ap arecer entonces en la encuesta, de m anera que la correspon­
dencia sea patente y clara.
P u e d e darse un firm e argumento para eliminar gran parte del
sesgo del entrevistador introduciendo cuestionarios cerrados. Las
p r e g u n t a s normalizadas con un número limitado de opciones que
s e o f r e c e n por sí dan apariencia de objetividad, prestándose a
s u c o n v e r s i ó n en representaciones numéricas. Pero, ¿cuáles son
las c o n d i c i o n e s ideales?:

|, Cada modelo de respuesta del sujeto tendría que poder


p re d e c irs e con fundamentos teóricos explícitos antes de que e l
m edio pueda verificar hipótesis. Cada pregunta tendría que for­
m u l a r s e d e acuerdo con intereses teóricos precisos, señalando lo
que haría falta para aceptar o rechazar las hipótesis asociadas.

2. La entrevista prelim inar con preguntas abiertas y prue­


bas del cuestionario constituiría un ensayo que contribuiría a
m odificar, tanto la teoría como los procedimientos operativos,
p o r las preguntas y respuestas obtenidas y sus reglas de ci­
frado.
3. H abrían de conocerse con bastante detalle los elementos
del p r o c e s o social para que el investigador p u d i e s e utilizar las
r e s p u e s t a s a l cuestionario como un «metro» de una c o m p l i c a d a
i n t e r a c c i ó n s o c i a l y unas estructuras de sentido que las provo­
caron.
4. La pregunta y la respuesta tendrían que reflejar las cla­
ses de tipicidad que emplea el actor para arreglárselas en su
m u n d o cotidiano, tendrían que asentarse en el lenguaje cotidiano
con el que está familiarizado y producir contestaciones no altera­
das por las peculiaridades de expresiones ocasionales, estructu­
ras particulares de pertinencias, intención de acuerdo con las
p articu lares circunstancias biográficas del entrevistado, a menos
que tales propiedades sean condiciones variables del proyecto.

5. Las diversas divisiones horarias que constituyen la distri­


bución final de las respuestas del entrevistado tienen que co­
rresponderse con cierta serie de intervalos idénticos de las ex­
periencias de los actores. Más precisamente, los diversos tipos
de entrevistados (determ inados de antem ano por sus modelos
de respuesta en cuadros a escala), entendidos como clases de
equivalencias (cada tipo constituye una clase), arro jarán diver­
sas respuestas a cada pregunta. E sta idea supone m aneras idén­
ticas de responder a los medios de objetos que proyecta el
cuestionario. Es de suponer que los cuestionarios crean una
serie de idénticos medios posibles.

6. Cada tipo de entrevistado tendría que entender idéntica­


mente el sentido de las preguntas im portantes, atribuyendo en
cierto modo este sentido de acuerdo con cierta cultura común o
«normas» com partidas por todos, pero en que las d istintas res­
puestas señalasen hipotéticos estados internos diferentes (y, por
consiguiente, una percepción e interpretación diferentes de los
mismos estímulos) que pueden existir en la misma cu ltu ra co­
mún. Dicho de otra m anera, en estos medios idénticos se comu­
nican sentidos invariables a diferentes clases de equivalencias
de entrevistados, pero en estos medios idénticos la distinta atri­
bución de significado está determ inada por los hipotéticos esta­
dos internos del actor.

7. La teoría del observador tendría que com prender una


subteoría de las estructuras de sentido y «reglas» para su empleo
y tendría que m ostrar cómo interpretarán probablem ente las
preguntas tipos diferentes de actores (con distintos estados in­
ternos hipotéticos). Esto supone una estructura invariable de
lenguaje que enlace la percepción del medio con los estados
internos y se corresponda exactamente con las estru ctu ras de
sentido utilizadas por el actor para interpretar las form as simbó­
licas que constituyen el cuestionario. El contenido del m ensaje
es invariable para el intérprete. La prueba de este supuesto con­
siste a menudo en dem ostrar al lector que los entrevistados no
han tenido inconveniente para llenar el cuestionario. Para adop­
ta r esta argumentación, el observador habría de m ostrar que los
tipos diferentes de entrevistados constituyen clases de equivalen­
cias con respecto a sus contestaciones a las preguntas. Así no se
resuelve totalm ente el problema» pero se ofrece una prueba ope­
rativa al supuesto de que el contenido de cada pregunta es inva­
riable para el entrevistado.
8. Las preguntas cerradas sum inistran al entrevistado claves
muy estructuradas sobre su finalidad y las respuestas que se
esperan. El carácter «forzado» de las respuestas lim ita rigurosa­
m ente la posibilidad de que sean dudosas la percepción y la
Interpretación de los puntos por el actor.

9. El conocimiento analítico y detallado del sentido vulgar


que se utiliza en la vida cotidiana es fundamental para la redac­
ción de cuestionarios cerrados, pero este conocimiento no garan­
tiza que el contenido de las preguntas sea invariable para el
intérprete. Los textos sobre métodos no hacen sino decir llana­
m ente, o instar, a que la redacción de las preguntas sea «com­
prensible» para los entrevistados y se adapten a su uso cultural
o subcultural. Pero estos textos y manuales dicen poco sobre la
estru ctu ra de tal uso y lenguaje cotidiano. El vocabulario em­
pleado para descubrir las interpretaciones que de diferentes es­
tím ulos hace el entrevistado tiene que distinguirse del vocabula­
rio empleado por el sociólogo para describir las respuestas de
los actores. Hacen falta reglas para traducir de uno a otro, y
viceversa. Con el fin de predecir las pautas, hará falta cierto
conocim iento sobre cómo se enlazan los hipotéticos «estados
internos» del entrevistado con la manera como descifra el sen­
tido de la pregunta (su contenido) y cómo decide la apropiada
respuesta fija. Pero el vocabulario de»! actor, con sus estructu­
ras de sentido vulgar, constituye, en cierto sentido importante,
un ám bito de sentido independiente de los hipotéticos «estados
internos» del actor. Así ocurriría si el contenido del mensaje fuese
invariable para el intérprete.

La alusión a hipotéticos «estados internos» ensombrece la


im portancia de la diferencia de socialización de los sujetos den­
tro de una general cultura común y la influencia que tiene sobre
la conducta de los sujetos la desconocida variabilidad subcultural
dentro de la cultura común, variabilidad que se incrementa con­
siderando, además de esta subcultura, los factores locativos que
influyen sobre la interpretación de los hechos. Ahora bien, el
contenido del mensaje no es invariable para el actor, para los
sentidos variables de la cultura y subculturas comunes y para
las definiciones variables de las situaciones, a menos que se dé
una correspondencia exacta entre el sentido y la proposición.
Estas variaciones pueden considerarse como «externas» al actor;
al menos, pueden ser estudiadas independientem ente de las con­
jeturas sobre los hipotéticos «estados internos» no observables
de los individuos. Adertiás, puesto que en todo caso los «estados
internos» han de relacionarse con variaciones externas, ¿por
qué hablar de ellos en absoluto? ¿Por qué aludir a elaboraciones
hipotéticas con el fin de explicar algo que, se puede decir, co­
mienza y term ina en el m undo observable de la vida cotidiana?
Una respuesta que se da con frecuencia es que las contestacio­
nes a preguntas cerradas pueden relacionarse con los hipotéticos
«estados internos» de m anera que, operativam ente, no su rja el
problem a de la falta de correspondencia entre el sentido y la
proposición. Sin embargo, un supuesto implícito esencial en el
empleo de cuestionarios es que el contenido y el sentido adver­
tidos de la proposición presentada es invariable para el entrevis­
tado y pueden ser ordenados independientem ente de hipotéticos
«estados internos». Por tanto, las variaciones del contenido m a­
nifiesto no se deberían a problem as semánticos, sino a clases de
«estados internos». El investigador m aneja las respuestas m ani­
fiestas refiriéndose a una teoría de las actitudes (disposiciones
a actuar) para explicar las regularidades halladas en el contenido
manifiesto. La consecuencia neta es desconocer la im portancia
de la interacción social en el modelo del investigador. Sem ejante
idea nos obliga a reducir la conducta social a hipotéticas norm as
y actitudes «interiorizadas». Una teoría que perm ita al observa­
dor decidir el sentido de una proposición sin referirse a «estados
internos» evitará una reducción innecesaria. Las diferencias de
percepción e interpretación pueden depender de un conjunto de
variables localizadas en el medio de objetos del actor, y que han
de ser predichas y explicadas por cambios del escenario social.
M anipular los elementos del escenario social origina correspon­
dientes cambios en las distintas percepciones e interpretaciones
del actor. Este lleva a la situación sus conocim ientos y su pro­
gresiva estimación de las «normas» apropiadas que exige el des­
arrollo de un escenario cam biante2. Sus esperanzas, temores,
gustos y disgustos no reciben una posición preem inente en la
explicación de las propiedades generales de la acción social, sino
que se los considera como significativos para determ inar el con­
1 Vid. en W. V. Quine: Word and Object (Technology Press y Wiley), Nueva
York, 1960, págs. 24, una explicación sobre el «espectáculo ambulante».
tenido sustancial de los actos concretos. Se subrayan las condi­
ciones variables e invariables de la definición y redefinición por
el actor de un medio de objetos durante la interacción social.
La correspondencia entre el mundo hipotético que se infiere de
los pu n to s del cuestionario y la conducta real del actor queda
como u n problema empírico por resolver. Los puntos del cues­
tionario que tratan de m edir valores, actitudes, norm as y seme­
jantes suelen desconocer el carácter nuevo, innovador e incierto
de la vida cotidiana, imponiéndole una «rejilla» determ inista con
su e stru ctu ra cerrada.
Recapitulando, el sentido del conjunto de proposiciones que
constituye un cuestionario supone una calidad variable para cual­
quier m uestra de sujetos, a menos que el investigador adopte
una teoría del significado y de la asunción de papel que^se co­
rresponda con el uso mecánico o determinista de cuestionarios
cerrados. He sostenido que los puntos de un cuestionario cerrado
no reflejan el cambio de la estructura de la acción social en la
vida cotidiana. La noción dt que la acción social está determina­
da por actitudes estables fundamentales evita la utilización de
conceptos que indican cambio. En su lugar, las «reglas» o nor­
mas interpretativas, los sentidos culturales y las exigencias loca­
tivas se consideran como estables o triviales, atribuyéndoles la
calidad de «evidentes» o residuales. En los cuestionarios se defi­
nen los escenarios sociales con términos hipotéticos suponiendo
que, tanto el sentido de las proposiciones, como las distintas res­
puestas, son invariables para las interpretaciones locativas de las
«reglas» y los conocimientos del actor. Para que el investigador
com prenda cómo el cuestionario cerrado se corresponde con la
teoría implícita de la acción social que sugerimos en este libro,
habrán de proyectarse para analizar la entrevista lo s mismos
procedimientos esbozados en la conclusión del capítulo III. Ten­
dríam os que m ostrar las variaciones, generalmente ocultas, que
quedan reservadas al entrevistado cuando interpreta cada punto
y toma en realidad sus opciones al cumplirse el programa. Por
otra parte, queda la siguiente postura teórica:

E s p aten te... que el concepto de a c titu d im plica coherencia o


previsibilidad de las respuestas. Una a c titu d está determ inada, o
interviene, o predice, o queda de m anifiesto p o r u n a variedad de
resp u estas a cierto c o n ju n to preciso de o b jeto s o situaciones socia­
les. C am pbell (1950, pág. 31) h a com pendiado claram en te e sta idea
al exponer u n a definición o p e ra tiv a de la a c titu d : *Es actitu d social
de un individuo un sín d ro m e [ d u ra d ero ] de coherencia de respuesta
con respecto a [un c o n ju n to de] o b je to s sociales.»
E sta definición no p riv a a las a c titu d e s de sus propiedades afec«
tivas y cognoscitivas, que pueden s e r p ro p iedades o c o rre lato s de
las resp u estas que a b a rc a la a c titu d . Sin em bargo, la atención se
c e n tra sobre la c a ra c terístic a de la a c titu d q u e es básica p a ra to d a
m edición: la covariación de re sp u e sta s. E n cada m éto d o de m edida,
la covariación e n tre re sp u e sta s se relacio n a con la variación de u n a
v ariable fundam ental. La a c titu d la te n te se define p o r las co rre la ­
ciones e n tre respuestas.
E l co n ju n to de o b je to s sociales que co n stitu y e la clase de refe­
ren cias de u na a c titu d d istin g u e la a c titu d de o tra s variables sico­
lógicas, com o el hábito, el tem p eram en to , el im pulso o la inteligen­
cia. Es de im p o rtan cia secu n d aria que llam em os a c titu d , o rasgo, o
h áb ito a la variable. La definición o p e ra tiv a se h a rá siem p re p o r
clases referen tes de e s tím u lo s 3.

Así, pues, si el investigador busca un medír* He fácil aplica­


ción que le garantice resultados cuantificables, su modelo del
actor se basará en la citada teoría de las actitudes. Los puntos
del cuestionario se hacen divisiones horarias «congeladas* de
situaciones definidas hipotéticam ente. El cuestionario cerrado
ofrece proposiciones (estím ulos) norm alizados desde el punto de
vista del investigador, pero da por supuestas todas las im por­
tantes cuestiones que plantean el lenguaje y el sentido, tra ta
como evidentes las «reglas» o norm as y elimina el problem a de
las definiciones locativas por un concepto estático de la asun­
ción de papel. Las respuestas de cuestionario son como las
perforaciones de una tarjeta IBM; los significados y reglas p ara
su creación e interpretación no se hallan en ellas per se ni en
agregados de ellas, sino m ás bien en sus diferencias de percep­
ciones e interpretaciones que provocaron la decisión del investi­
gador al componerlas y la percepción e interpretación del escena­
rio por el entrevistado al contestarlas.

COMENTARIOS DE USUARIOS Y CRITICOS


DE LAS ENCUESTAS

Un vistazo a algunas críticas contra las encuestas señalará


algunos de sus inconvenientes. Hyxnan indica las innum erables
1 Bert F. Green: «Attitude Measurement», en Gardner L i n d z e y (ed.): Hand-
book of Social Psychology (Addison-Wesley), Reading, Mass., 1954, vol. I, pági­
na 336. Subrayado en el original.
fuentes d e presiones, sesgos y obstáculos que pueden ocurrir por
la form a organizativa de la encuesta, por quién la patrocina y la
costea y e l problema de los temas controvertidos \
El libro de Hyman sobre los proyectos de encuesta puede
in te rp re ta rs e como una catalogación de las interferencias con
que tropiezan los investigadores. Trata de m ostrar que, a pesar
de c o n c o rd a r con muchas críticas a la investigación mediante
e n cu e stas, el método es útil y contribuye m ucho a nuestro cono­
cim iento de Ja conducta humana. Podría argumentarse que más
bien es la fe del investigador en el método lo que asegura su
u tilizació n continua que la demostración de su capacidad para
predecir y explicar la conducta hum ana con la información que
recoge. De hecho, Hyman arguye convincentemente en este sen­
tido, al h ab lar del «entrevistador tramposo», de la falta de co­
m unicación, de Ja oposición del personal, de las presiones ex­
ternas p a ra que se subrayen particulares elementos del estudio,
del desacuerdo o acuerdo total entre el personal investigador y
el general complejo organizativo dentro del cual se proyecta5,
se efectúa y termina la investigación; y sus argumentos y sus
pruebas hacen difícil defender la utilización de encuestas am­
plias y costosas para verificar hipótesis o examinar la teoría
fu n d am en tal. Su utilización más eficaz podría ser para procurar­
se sencillo material descriptivo de tipo poco comprometido entre
una m u e stra amplia de individuos para algún fin práctico.
E n todos los escritos a favor y en contra de los métodos de
encuesta y cuestionario hay frecuentes alusiones a la posibilidad
de que los datos sean consecuencia de ideas vagas o laxas de lo s
e n t r e v i s t a d o s . ¿Por qué n o suponer que las ideas del actor sobre
los o b j e t o s sociales son indefinidas, pero se entienden como con­
c r e t a s hasta que empezamos a examinarlas con preguntas pre­
cisas que lo ponen en evidencia en m aterias que da por supuestas,
y a las que pocas veces dedica mucho tiempo? Los métodos de
i n v e s t i g a c i ó n mediante encuestas no atribuyen calidad variable
a la ignorancia, ni mucho menos la reconocen como factor deci­
sivo en la estructura de la acción social4.
Krech critica las encuestas sobre la base de que son superfi-
« Survey Desien and Anatysis, op. cit., págs. 29-59.
* Vid C- W. H art : «Some Factors Affectmg the Organization and ProsecutJon
of Giveñ Research Projects»,,American Sociological Review, 12 (1947), 514-519.
• Vid. Louis Schneider: «The Category of Ignorance ln Sociological Theory»,
American Sociological Review, 27 (agosto 1963), 402-508.
cíales y pocas veces hacen preguntas de significación teórica y
no buscan la «naturaleza fundam ental de las "cosas", con todas
esas entrevistas, que los redactores de las preguntas y los
cifradores se supone miden, ponderan, calculan y exponen»7.
«Los investigadores por encuestas dan por supuesta la naturaleza
fundamental de las “cosas".» Ello se debe a menudo a los m ecanis­
mos necesarios para efectuar una encuesta, grande o pequeña.
La selección de un problema hace escoger las preguntas p erti­
nentes que «descubrirán» los conceptos básicos. Ciertas entre­
vistas prelim inares llevan a cierto núm ero de indicios y «sensa­
ciones» sobre el carácter de los «datos» y de los entrevistados.
Esta documentación se utiliza después, además de lo que han
experimentado y recordado los investigadores, como base para
form ular preguntas de tipo abierto o cerrado. Estas preguntas
están «probadas» (pretested). Aunque se hagan cambios sobre la
base de los resultados, no siem pre conducen a m odificar el plan­
teamiento originario del problema. Las preguntas se afilan y las
que no pueden «bifurcarse» adecuadam ente (según los criterios
implícitos del entrevistador) quedan excluidas. La form ulación
de preguntas precifradas exige precisión teórica» pero la preci­
sión de una encuesta no se produce habitualm ente hasta haberse
obtenido los resultados y haberse enfrentado el investigador con
la misión de decidir qué significan las tabulaciones cruzadas.
La encuesta es, por tanto, una em presa en desarrollo progresivo,
que toma una precisión cada vez m ayor después de haberse
incorporado los supuestos determ inantes a la form ulación inicial,
esto es, después de haberse hecho el cifrado y los cuadros.
Al adoptar conceptos que representan factores «internos» al
actor, la encuesta ofrece un recurso conveniente para obtener
documentación en apoyo de la teoría de las actitudes como mó­
viles o indicativas de la acción, basándonos en las regularidades
empíricas cuyos procedimientos de recogida aseguran que los
datos se «portarán bien», m anejándolos adecuadam ente. Los pro­
cedimientos efectivos para red actar las preguntas son peculiares
de cada encuesta, a menos que las estrategias y las reglas de
cifrado estén en correspondencia con las propiedades de los
conceptos fundamentales.

’ D. Krech: «Public Opinión and Psychological Theory», International Journal


Opin. Attitude Research, 2 (1943), 85-88.
H ym an observa la existencia de pautas, factores o princi­
pios de investigación establecidos por investigadores y grupos
com o la Oficina de Presupuestos, la Comisión Normativa de la
Asociación Estadounidense de Opinión Pública, y semejantes.
Tales criterios, basados en las experiencias colectivas de los in­
vestigadores, subrayan la determinación y evitación de las fuen­
tes posibles de error y la necesidad de seguir procedimientos
prácticos que garanticen la comparabilidad. No obstante, se
om ite la parte más difícil de la investigación mediante encues­
tas. Me refiero al conocimiento teórico necesario incluso para
to m ar decisiones rutinarias y a los compromisos teóricos que
se im ponen a los datos con un sistema arbitrario de medida.
Las encuestas que examina Hyman no tienen informes de las
decisiones del momento que hubo de tom ar el analista durante
su realización. Hace un esfuerzo im portante por norm alizar los
procedim ientos que implica una encuesta, comprendidos los erro­
res habituales, y a menudo inadvertidos, y los problemas que
pueden surgir, y surgen. El estudiante interesado por la repeti­
ción y por la verificación precisa de hipótesis no encontrará una
exposición de las condiciones o normas tácitas que dirigen la
investigación sociológica, y que omite el libro de Hyman. Los
datos y las situaciones hipotéticas de que trata Hyman están
cifrados ya y se han abstraído de las normas y condiciones reales
en que se han basado. Así, pues, algunas de las cuestiones esen­
ciales que se han om itido sobre el proceso de investigación son:
¿cómo decide el observador diferenciar respuestas en categorías
diversas? ¿Cómo decide atribuir símbolos o números a ciertos
objetos, m ientras que considera sin importancia otras respues­
tas? Los capítulos I y II descubren la decisiva im portancia del
conocimiento vulgar para tom ar tales decisiones.
Hyman observa que la encuesta no tiene ninguno de los ras­
gos fijos de los experimentos u observaciones de cotejo (con*
írolled).

Se caracteriza por una medida efectuada sobre el terreno en


sólo un instante, y habitualmente no nos da prueba del orden tem­
poral de las variables. Por consiguiente, en casos particulares ha de
salvaguardarse con p ro ced im ien to s especiales que se pueda in fe rir
causalidad de la relación em pírica*.

Hyman prosigue con la aguda observación de que el entrevis­


tado «crea o recrea hechos simbólicam ente, situando, pues, las
variables a lo largo del tiempo, en vez de ju sto en el m om ento de
la medida. Como Vernon dijo una vez: "Las palabras son actos
en m iniatura" y, por tanto, el m om ento de la medida puede
condensar un lapso enorm e»9. E sta alusión a la condensación del
tiempo parece semejante a la noción del tiem po experim entado
que describimos antes. El uso de Hyman difiere, sin embargo,
de mis comentarios anteriores. La solución de Hyman al proble­
ma temporal de relacionar variables es:
M eram ente sobre la base de la p u ra inspección, el a n alista puede
in fe rir el o rd en tem p o ral. Por ejem plo, no hay d ificu ltad m an ifiesta
p a ra in te rp re ta r una conclusión de en cuesta o u na relación e n tre
la duración del m atrim o n io y la felicidad conyugal. Aquélla, por
definición, precede a é sta. Aun cu ando este orden, p o r definición, no
esté abso lu tam en te claro, el a n a lista puede a c e rta r a m enudo, lo
m ism o que cualquier o tro h o m b re razonable. C onsidérese la re la ­
ción en tre el nivel de in stru cció n y la preferencia p o r d istin to s
p ro g ram as de radio; es casi seg u ro q ue la instrucción precede a
los gustos. C onsidérese el d a to de que las personas con bajo nivel
de ingresos es m enos p ro b ab le que pertenezcan a organizaciones
form ales que las p e rso n a s de nivel su p erio r. A unque unos cu an to s
individuos puedan h a b e r p erd id o dinero después de in g resar en
organizaciones, podem os su p o n er m uy en general q ue la posición
económ ica actu al se ha ad q u irid o an tes de las afiliaciones. P ueden
hacerse suposiciones sem ejan tes en estudios que, p o r ejem plo, re la ­
cionen rasgos de p erso n alid ad algo p e rm a n en te s a los éxitos en la
enseñanza o en el tra b a jo ,0.

Esta explicación de Hyman indica varias cosas. Una es que


no ha distinguido claramente entre el tiempo real y el tiem po
como constitutivo de experiencia. El «lapso enorme» antes citado
parece referirse al tiempo real, no a la idea que del tiem po tiene
el actor. Aunque el actor utilice el tiem po real para orientar sus
actos, su experiencia con los objetos y hechos no es isom orfa al
tiempo real. Los datos de encuesta son relaciones o correlacio­
nes invariablemente a posteriori, y el analista tiene que em plear
mucho tiempo para decidir qué «significa» todo ello. Invoca
cierta teoría sobre la cual decide la secuencia tem poral de las
* Survey Desipt and Anaíysis, op. cit., pág. 193.
' Idem, pág. 194.
• IbUL
variables, lo cual a su vez estructura la interpretación Que se
d ará a las relaciones. La experiencia que tiene del tiempo el actor
está determ inada a posteriori por los procedimientos del obser­
vador. Según la regla de observación, el investigador debe tener
una p o stu ra teórica que lo capacite para m ostrar cómo pueden
precisarse estas correlaciones antes de recoger y cifrar los datos.
Si todos los hechos de la vida cotidiana y la orientación del
acto r hacia ellos tienen su particular estructura tem poral, su
cuantificación comprenderá abstracciones tácitas que se deriven
im plícitam ente de una teoría del proceso social o se establezcan
a posteriori correlacionando respuestas de actitudes con cierto
núm ero de las características demográficas incluidas en el cues­
tionario. Las teorías sociológicas suponen que la posición de
«clase» de una persona, su religión, sus creencias «políticas» y
sus actividades «asociativas» influyen su conducta cotidiana.
Pero cierta pregunta o serie de preguntas que se pretende midan
«operativamente» tales conceptos y las respuestas de las perso­
nas a estas preguntas no deben tom arse siempre como exacta­
mente representativas del efecto de estas «variables» o condicio­
nes sobre los conceptos practicados y aplicados cotidianamente
por el acto r sobre el mundo en que vive, al que se adapta y
transform a. Nos hemos acostum brado a caracterizar partes de
la vida o propiedades de las personas como si fuesen variables
unidimensionales que pudiesen trasladarse a continuos extensi-
bles o reducibles (para fines de medida), según lo bien que se
■bifurquen* las respuestas de un cuestionario. Pero la cuestión
es si estas variables «estructurales» (por ejemplo, la ocupación,
los ingresos o la instrucción) influyen sobre la conducta cotidiana
del actor, y hasta qué punto. Con otras palabras, estos cortes
tem porales organizativos, arbitrarios o «naturales» (p o r ejemplo,
enseñanza prim aria, media y superior), ¿se correlaciónan signi­
ficativamente con variables de actitudes u otras? Bennett Ber-
g e r 11 se ocupa de esta cuestión al recomendar que la edad se
defina como variable cultural, no estructural. Ello alteraría la
determinación puram ente cuantitativa de la edad, de m anera que
la estructura de sus propiedades se considere como dudosa, re-
q u i r i é n d o s e más conceptualización explícita y estudio empírico.

11 «How Lbng Is a Generation?*, British Journal of Sociology, XI (marzo 1960),


10-23.
Estos datos estructurales se reúnen y describen habitualm en­
te empleando sentidos vulgares. Al suponer que las variables es­
tructurales o de actitud son cuantificables autom áticam ente,
obligamos a los conceptos a tom ar la apariencia de precisión, de
manera que puedan dividirse en dicotom ías, tricotom ías, series
ordinales, intervalos y distancias m étricas. Pero el concepto no
es per se cuantitativo; sólo llega a serlo cuando lo situam os
dentro de cierta textura teórica que origine explícitam ente dico­
tomías significativas, tricotom ías, relaciones ordinales e interva­
los que se suponen iguales y distancias con rasgos métricos. La
noción de «variable» puede significar una colección no aditiva
de elementos que caracterizan cierto rasgo del m undo del actor,
definido culturalm ente. La «variable» no constituiría un continuo
unitario, diferenciable, ni aun una dicotom ía, ior¿usam ente, a
menos que la teoría lo exija y lo justifique específicamente. Toda
comprensión de las operaciones de cifrado, en cuanto relaciona­
das con la estructuración de los cuestionarios y de los progra­
m as de entrevista, debe tener en cuenta lo que ofrece el conoci­
miento vulgar del mundo que com partim os con el entrevistado,
nuestra teoría sociológica y lo im puesto por los recursos de
medida.
El sistema bivalente o polivalente (dicotom ía, tricotom ía, et­
cétera) supone que los elementos que diferencian las categorías
y las decisiones que llevan a colocar las respuestas cifradas den­
tro de una casilla o tipo, en vez de a otros, son identificables,
inequívocos e independientes.
El cifrado según una lógica bivalente o polivalente, o alguna
de sus derivaciones lógicas (por ejem plo, la teoría de conjuntos
o el sistema de números reales), supone autom áticam ente una
base axiomática de la estructura del proceso social. Sin embargo,
comenzamos habitualmente nuestras encuestas im poniendo cier­
ta forma de modalidad arb itraria, como «grandísimo», «regular»
y «algo grande», o divisiones quíntuples, como «muy de acuerdo»,
«moderadamente de acuerdo», «neutral», «m oderadam ente en des­
acuerdo» y «muy en desacuerdo». Si la experiencia del m undo del
actor se corresponde con cortes generales de probabilidad, mien­
tras que el investigador ha im puesto un m arco de m edida que
supone una base axiomática, pero elude la estru ctu ra lógica
de tales experiencias de probabilidad, no podrem os verificar con
p recisió n las hipótesis. La solución que se adopte no podrá re­
com endarse sino arbitrariam ente.
Los sociólogos que ponen la cuantificación de los datos por
d elante de la verificación precisa de hipótesis recomiendan los
cuestionarios cerrados porque este método garantiza resultados
cuantificados. Las arbitrarias reglas de cifrado y mecanismos de
escalas transform an la estructura de la acción social en elemen­
tos cuantificables porque tales procedimientos mezclan arbitra­
riam en te el conocimiento vulgar y los juicios de probabilidad
con operaciones lógicas o estadísticas. Una vez impuestas, estas
reglas de cifrado y escalas obran como filtro, ocultando la ma­
nera como el conocimiento vulgar implícito del investigador pe­
n e tra en el proceso de decisión, identificado como «reglas de
procedim iento científico», transform ando a la vez las respuestas
del actor.
Si alguna vez ha de servir cierta form a de cuestionarios ce­
rrad o s como útil definición operativa de conceptos sociológicos,
te n d rá n que redactarse de tal manera que se refleje en ellos la
e s tru c tu ra de la experiencia y conducta cotidianas. Tenemos que
poder dem ostrar una correspondencia entre la estructura de la
acción social (los sentidos culturales, su atribución en contextos
locativos y el proceso de asunción de papel) y los puntos que se
pretendan como definiciones operativas suyas. A menos que se
logre esta correspondencia, nuestros datos reflejarán la inade­
cuación de los métodos y no originarán proposiciones teórica­
m ente plausibles.
EL METODO DEMOGRAFICO
Los informes descriptivos sobre el número de nacim ientos,
fallecimientos y traslados de las personas de un lugar geográfi­
co a otro, según la edad, el sexo, etc., han sido útiles a los soció­
logos para estudiar la organización social y la estructura com­
parada de las sociedades. H abitualm ente, se considera a estos
datos como hechos sociales básicos que valen por sí mismos. En
este capítulo comentaremos la calidad lógica y teórica de los
procesos fundamentales de la población (por ejemplo, los re­
cuentos descriptivos de la natalidad, la m ortalidad y las m igra­
ciones, por edad, sexo, etc.), particularm ente, cuando están re­
lacionados con procesos sociales que originan o explican las
diferencias de fecundidad, migración, movilidad, ilegitimidad,
y semejantes. La distribución de estos procesos y m ovimientos
vitales por la edad y el sexo (y otras categorías) puede conside­
rarse como un medio para explicar las propiedades de estru ctu ­
ras sociales, como las parejas (por ejemplo, los padres de una
familia nuclear), las colectividades (por ejemplo, fum adores y
no fumadores, usuarios y no usuarios de anticonceptivos y fa­
milias de ingresos elevados y bajos), las organizaciones (las fam i­
lias consideradas como unidades o los hospitales), los m unici­
pios, regiones, Estados o provincias, naciones, etc. El dem ógrafo
puede dirigir su atención sobre cierta distribución o serie de
d istribuciones de recuentos para deducir qué fuerzas biológicas
y sociales pueden haberlas originado. Se intenta hacer predic­
ciones proyectando las conclusiones de algún conjunto determi­
nado de datos. Unos cuantos demógrafos buscan m ás conoci­
m ientos teóricos 1como medio para m ejorar nuestras predicciones
dem ográficas y, otros, que también abogan por estas mejoras,
m ás probablem ente, son sociólogos que se interesan por utilizar
los datos demográficos para verificar teorías sociológicas. Dos
nociones corrientes, implícitas a menudo en el estudio de la
p o b lació n , son que la demografía es una disciplina independien­
te y que los datos de hecho son esencialmente significativos. La
expresión «método demográfico* sugiere estas nociones. Muchos
dem ógrafos y ecólogos negarán probablemente la pertinencia y
la validez del proceso social para comprender la estructura so­
cial. Estos investigadores pueden evitar el estudio del proceso
social negando simplemente su pertinencia. Podemos calificarlos
como «arqueólogos voluntarios* de la sociedad contemporánea,
porque niegan la im portancia de las decisiones culturales que
contribuyen a la estructura ecológica de la organización social.
P or o tra parte, los arqueólogos ansian obtener datos sobre las
decisiones culturales. Un reciente artículo de O. D, Duncan y
L. S c h n o re 2 contiene una expresión de esta idea acultural. Argu­
yen que la perspectiva ecológica (que, para ellos, comprendería
el an álisis de población) es la que mejor conviene al estudio de
la organización social, tal como ellos lo entienden. La diferen­
cia fundam ental entre la perspectiva de Duncan y Schnore de
la organización social y la de los sociólogos «conductistas» y
«culturales» está en que niegan la pertinencia de las ideologías,
valores y norm as culturalm ente definidos y compartidos en el
grupo. Así, al decir que «las comunidades de diferente base eco­
nóm ica es de esperar que m uestren diferentes tasas de creci­

i Lqs demógrafos sociológicos, como Vanee, han pedido más teoría, mientras
aue otros, como Gutman, aseguran que existen teorías adecuadas para organi-
i o s c o n o c i m i e n t o s p r e s e n t e s . Vid. Kupert B. V a n c e : « I s Theory for Demogra-
en J- J. S p e n g l e r y O. D. D u n c a n (eds.): Population Theory and Policy
Í T h e Free Press of Glencoe), Nueva York, 1956, págs. 88-94; y Robert G u t m a n :
■In D e f e n s e of Population Theory*, American Sociological Review, 25 (junio
1960) 325*333.
* Ó D. Duncan y L. Schnore: «Cultural, Behavioral, and Ecological Perspec­
tiv a ín the Study of Social Organization», American Journal of Sociology, 65
rtpntierobre 1959), 132-146. V., además, «Comment», por Peter H. Rossi; y
■Rejoinder», por Duncan y Schhore, ibid., págs. 146-149 y 149-153, respectiva­
mente.
miento y, por consiguiente, diferentes oportunidades de movili­
dad social», los autores negarán la pertinencia de las decisiones
políticas tomadas p o r los individuos en un contexto de grupo,
la im portancia de los com prom isos ideológicos y de valores del
individuo y com partidos en el grupo, las exigencias políticas, y
semejantes. Duncan y Schnore creen que las perspectivas con-
ductista y cultural están corrom pidas por lo que les parece un
«compromiso» absoluto con «elementos subjetivos», móviles indi­
viduales y «rasgos culturales». Suponen erróneam ente que todos
los sociólogos «conductistas» y «culturales» se adhieren al reduc-
cionismo psicológico de H om ans3 y que sólo el ecólogo se interesa
por comprender la conducta de agregados. Por último, Duncan
y Schnore aceptan el hecho de que el enfoque «ecológico adm ite
supuestos de continuidad cultural y difusión i . xlelos cu ltu ra­
les», pero negarán la im portancia de los sentidos culturales...,
comprendidos los que tiene el actor sobre su medio y la m anera
como tales sentidos influyen sobre sus actos, particularm ente,
al determ inar dónde construirá ciudades, cómo las construirá,
etcétera, aunque tales sentidos se distribuyan de m anera dife­
rente y se definan y vuelvan a definir continuam ente a través del
tiempo en distintas culturas y en sectores diferentes de las socie­
dades pluralistas. La necesidad de diversas form as y contenidos
de la comunicación hum ana p ara la aparición, conservación y
alteración de las estructuras sociales carece de im portancia para
el demógrafo-ecólogo. En este capítulo no harem os más comen­
tarios ni citas de demógrafos y ecólogos como Duncan y Schnore.
Las críticas de abajo sobre los demógrafos sociológicos suponen
acuerdo con su interés por reconocer e integrar las variables
conductivas y culturales con las demográficas y ecológicas; mí
intención es buscar una consideración y exposición más explíci­
ta del proceso social en los estudios demográficos de la estruc­
tura social que suponen nociones de la acción social.
Un texto reciente de W illiam P etersen 4 m uestra con claridad
la tesis de que las teorías sociológicas sobre el proceso social
están supuestas al explicar los diferentes recuentos descriptivos
que contienen los datos demográficos. Las citas siguientes quie­

1 George C. H omans: «Social Behavior as Exchange», American Journal of


Sociology, 63 (mayo 1958), 597-606; y Social Behavior (Harcourt, Brace and World),
Nueva York, 1961.
4 WUliam Pbtersbn: Population (Macmillaa), Nueva York, 1961.
ren señ alar la im portancia de la teoría para un sociólogo que
utilice d ato s demográficos. Los comentarios subsiguientes pre­
tenden subrayar y extender la pertinencia de tales proposiciones
teóricas. Las proposiciones sobre la población, relacionadas con
los p r o c e s o s sociales fundamentales tal como los hemos enten­
dido en capítulos anteriores, deben conducir a pruebas más pre­
cisas am pliando nuestro conocimiento de las fuerzas sociales
y c u l t u r a l e s que originan e influyen la distribución d e la pobla­
ción. El siguiente ejemplo ilustra la conexión entre el tamaño
de la fam ilia y las ideas culturales:
E l cam bio de «moda» en el tam añ o de la fam ilia, com o cualquier
o tro cam bio de estilo, se ha difundido en p arte, sim plem ente, por
c o n t a g i o . Pero se ha debido tam bién a las aspiraciones m ás profun­
d as de la cJase m edia estadounidense. Con cierta exageración, puede
d e c irse que E stados U nidos es el país de la m ovilidad ascendente.
Las p a u ta s de conducta del estadounidense típico, en la m edida en
que t a l persona exista, probablem ente pueden definirse m ejor por
las esp eran zas y e l e c t a ti vas provocadas p o r la «prom esa am eri­
cana* de u na vida m ás feliz. En el pasado, los padres de clase
m edia consideraban que era su deb er ofrecer el máximo de ventajas
a un nú m ero muy pequeño de hijos; y este valor fue, ciertam ente,
un m otivo im p o rtan te p a ra la difusión de la pequeña fam ilia. Hoy,
sin em bargo, la sentencia de los sicólogos de que el hijo único será
m ás probablem ente un neurótico se ha difundido a través de las
re v ista s fem eninas h a sta llegar a se r un tópico de clase m edia. Que
sea cie rto o no, es a p a rte ; esta teoría, aunque espuria, ha sido tan
a c e p t a d a en general que influye sobre las actitudes y la conducta
a c t u a l e s , com o ha señalado el estudio de Indianápolis. Si e s que
u n o va a ten er hijos, deben ser al menos dos, por su bien; y prefe­
r i b l e m e n t e , tres. El que esta nueva tendencia del tam año de la
fam ilia se haya basado en una rein terp retació n del deb er de los pa­
dres, en vez de en la ten tativ a de rechazarlo, significa m á s proba­
bilid ad de p e rm a n e n c ia 5.

Pe t e r s e n h a subrayado cierto número d e factores, algunos d e


los c u a l e s implican procesos sociales bastante complejos que la
i n v e s t i g a c i ó n n o h a documentado todavía, pero parecen bastante
p l a u s i b l e s . El sentido general es que existen ideas culturalm ente
definidas que orientan la acción social d e las personas. Si la
nueva tendencia del tam año de la familia tiene probabilidad de
p e r m a n e n c i a , las manipulaciones estadísticas posibles con los
nuevos datos demográficos son de utilidad limitada para verifi­
car las hipótesis de Petersen, a menos que tengamos datos inde­
pendientes sobre familias particulares en cuanto al carácter de
las definiciones culturales de «vida feliz», «aspiraciones más
profundas», «número óptim o de hijos», y sem ejantes. Lograr tal
conocimiento exige que com prendam os la estructura tem poral
de estos conceptos culturales, las condiciones que motivan los
modos prescritos de conducta y las variaciones que probablem en­
te ocurran. En resumen, hace falta este tipo de información para
examinar la medida en que las nociones citadas por Petersen
puedan ser útiles para la investigación em pírica fundam ental y
las predicciones a largo y corto plazo. Pero la idea de Petersen
y, particularm ente, los supuestos generales implícitos de muchos
demógrafos dan a entender que el tamaño de la familia es con­
secuencia de la racionalización de la sociedad, en el sentido de
Weber, esto es, «la transform ación de un mundo ingobernable
e ininteligible en una organización que podamos entender y, por
tanto, dominar y en cuyo mareo se haga posible la predicción» 6.
Este supuesto de racionalidad requiere clarificación teórica y
empírica. Su posición actual en los estudios de población no
siempre está clara. Trataré de ello en el resto de este capítulo,
haciéndolo la noción esencial en torno a la cual hablaré de los
supuestos teóricos de la demografía.
El conocimiento sobrp las propiedades de sentido común que
se suponen en los conceptos sociológicos empleados por Peter­
sen aum entaría la precisión analítica del observador sobre la
vida y el tamaño de la familia y las ideas que sobre éstas tienen
los actores. La cita siguiente m uestra más argum entos teóricos
sobre la noción del tamaño de la familia:

La pequeña fam ilia del pasad o reciente e stab a m etida, p o r de­


cirlo así, en el pequeño a p a rta m e n to , que hacía de un nuevo hijo
una em presa costosa y m olesta. En el período de la posguerra, debe
reco rd arse, m uchas fam ilias de clase m edia se trasla d a ro n a las
afueras, que com binan las am en id ad es u rb an a s con u n estilo de
vida que invita, casi exige, niños. Apenas nadie alquila u na casa
en las afueras; y la p ro p ied ad de la vivienda, que au m entó en una
m itad de 1940 a 1950, se h a asociado siem pre a la fam ilia num ero sa
o m ediana. Puede ten er m enos sen tid o que an tes h a b lar de la p ér­
dida de función de la fam ilia, pues en el m arco de los a lred ed o res
u rbanos el h o g ar se e stá con v irtien d o m anifiestam ente en un c e n tro
de vida fam iliar significativa. Si la m u je r tra b a ja , com o lo hace a
m enudo, no es n o rm alm en te p a ra seg u ir una c a rre ra independiente
de su papel de esposa y m ad re, sin o p a ra co m p lem en tar el sueldo
o salario de su m arido. Si el h o m b re está fu era h ab itu alm en te, tra ­

4 Alfred Schutz: «The Problem of Rationality la the Social World», Econó­


mica, X (mayo 1943), 136.
b a ja n d o d u ra n te el día, p asa la noche y los fines de sem ana con su
fa m ilia - El furor del «hágalo usted mismo*, que se ha difundido
p o r todos los b arrio s estadounidenses de las afueras, es u na m anera
de lla m a r «diversión» a la continua extensión y decoración de los
h o g a re s. H ace tiem po que los p ad res ya no educan directam ente a
s u s h ijo s, pero se preocupan m ucho de en co n trar una «buena escue­
la* o tra ta n de crearla m ediante asociaciones de p adres y m aestros.
C uando se acum ulan detalles de e sta especie, el resultado es un
m e d io en que una p a re ja sin hijos se siente desp lazad a7.

A unque algunos sociólogos puedan dudar de algunas ideas


d eterm inadas de Petersen, pocos dudarán de la im portancia gene­
ral del tipo de variables sociológicas que ha subrayado. La forma
de todo lo que ha dicho está de acuerdo con la teoría y la inves­
tig ació n actuales en sociología. Sin embargo, la manera como
estos factores influyen realmente en el tamaño de la familia, a
ju z g ar p o r la revisión que ha hecho Petersen, no ha sido estu­
diada extensam ente por los demógrafos y los sociólogos intere­
sados p o r los problemas de la población. Las observaciones de
P etersen , en contraste con m uchos demógrafos, señalan la im­
p o rtan cia de estu d iar las bases sociales de la fecundidad y del
ta m añ o de la familia y de los factores de pauta cultural en otras
distribuciones demográficas y de la población. La siguiente cita
e stu d ia este énfasis y sirve de base para considerar la noción de
W eber de la racionalización de la sociedad:
E l m arco institucional que tiene ahora la fam ilia de tre s hijos
in d ica —si las condiciones económ icas y sociales generales siguen
s i e n d o m ás o m enos las m ism as— que una fecundidad relativam ente
e l e v a d a es p rob ab le que sea un elem ento b astante estable de la
vida estadounidense. Lo cual no quiere decir, naturalm ente, que lo
vaya a ser. Q uiere decir que las posibles decisiones de u na p are ja
s o b re si tener hijos no sólo están determ in adas p o r su deseo «egoís­
ta» d e «com odidades», sino tam bién p o r «orgullo de padres». Ahora
q u e la lim itación de la natalidad es casi universal, es la relación
e n t r e estas determ inaciones lo que decide principalm ente el tam año
de la fam ilia... y la exactitu d de las proyecciones de población*.

Estos comentarios de Petersen indican que los factores cultu­


rales del deseo «egoísta* de «comodidades» y el «orgullo de pa­
dres» son, «si las condiciones económicas y sociales generales
siguen siendo más o menos las mismas», las variables sociológi­
cas fundamentales que requieren estudio. Una interpretación

» P e t e r s e n : op. cit., págs. 297-298.


» Idem. pág. 298.
posible de las observaciones de Petersen es considerar el tam año
de la familia como consecuencia de una serie de decisiones difí­
ciles sobre tener hijos, decisiones que se tom an por justificacio­
nes vulgares. La m anera como tales decisiones se toman es vaga,
sumamente locativa y subculturalm ente variable. Pero el demó­
grafo alude frecuentem ente al proceso abstracto de racionaliza­
ción de la sociedad suponiendo que el acto r posee una perspectiva
orientada a tom ar decisiones dirigida por una racionalidad cada
vez mayor. Desde el punto de vista del actor, su mundo es inte­
ligible y gobernable, y el conocim iento de este punto de vista
ofrece al sociólogo una base para predecir la futura conducta
del actor con respecto al tam año de la familia y a la fecundidad.
Sin embargo, Petersen no considera como decisiones racionales
el deseo de «comodidades» y el «orgullo de padres», aunque se
refiere explícitamente a la racionalización de la sociedad.
La consecuencia de esta exposición es señalar la atribución
de racionalidad al actor, que implica el concepto de la racionali­
zación de la sociedad. Se quiere decir que la racionalización pro­
gresiva de la sociedad, m anifestada por instituciones y form as
de pensar cada vez más burocratizadas, influye sobre el actor en
la vida cotidiana de m anera muy sem ejante a como el científico
es influido por las subsiguientes reglas del procedim iento cien­
tífico. Este argum ento tiene sentido hasta cierto punto. Pero,
¿cómo sabremos cuándo serán aplicables al plan fam iliar los
rasgos racionales o las reglas de sentido común de la conducta?
Esta puede ser una distinción sutil para la mayor parte de los
demógrafos, pero es esencial para su argum entación. Aun adm i­
tiendo el supuesto implícito de que todas las familias, al menos
en Estados Unidos y en las partes occidentalizadas del m undo, en
general, se harán semejantes y em plearán estrategias identifica-
bles para su plan familiar, la teoría esbozada arriba no explica
la diferencia entre los procedim ientos «racionales», por una
parte, y los «vulgares», o «tradicionales», por otra. Por consi­
guiente, los casos «accidentales» de nacim ientos de que inform a
el reciente estudio de Freedm an, W helpton y C am pbell9 fácil­
mente podrían ser considerados como triviales, a menos que se
aclare la teoría. Estos casos accidentales llegaron a ser un 25

' Famdy Planning, Sterüity, and Population Growíh (McGraw-HiU), Nueva


York, 19».
p o r 100 de las familias que usan anticonceptivos 10. El mismo
cu ad ro descubre un 24 por 100 de «otros embarazos involuntarios*
después de com entar el uso de anticonceptivos. Son demasiados,
dígase lo que se quiera. Pero no se los considera im portantes. Los
casos accidentales no son considerados como rasgo integrante
del plan familiar. Los autores subrayan el elevado número de
em b arazo s «voluntarios» entre las universitarias. El énfasis so­
bre la «racionalidad* del plan fam iliar entre las instruidas oculta
que la m itad de su m uestra tuvo hijos involuntariamente después
de h aber empezado a usar anticonceptivos. Al no dudar de la
«racionalidad» de las actitudes del actor y de las características
an teced en tes, los autores pasan po r alto la influencia de los ras­
gos «irracionales» de sus datos en todos los niveles de instruidas.
Pero este problema no puede eludirse, pues sin una noción ex­
plícita de la racionalidad, los datos serán oscuros. Tal como
están las cosas, tendremos que estim ar una noción ambigua de
la racionalidad. Petersen, por ejemplo, señala:
H ay que buscar, pues, las causas, no tan to en las condiciones de
v ida de las ciudades, com o en ias ideas y aspiraciones asociadas a
la población u rb an a. La m ay o r racionalidad (en el sentido que da
M ax W eber a esta palab ra) de la vida ciudadana ha inducido, pre­
sum iblem ente, a u na p roporción cada vez m ayor de la población a
so p e sa r las v entajas y los inconvenientes que se derivarán de cada
h ijo p a ra a ju s ta r en consecuencia el tam año de la familia. D urante
los años trein ta, todo dem ógrafo pensaba de acuerdo con este re­
t r a t o estilizado del «hom bre racional», creyendo que continuaría la
tendencia descendente de la fecundidad. Una vez que se generalizase
el a d a p ta r el tam añ o de la fam ilia según las pérdidas de dinero y
de com odidades que provocase el ten er hijos, m uchas p arejas, y
quizá al final la m ayoría, no ten d rían ninguno en absoluto.
Sin em bargo, en el decenio de la posguerra hubo una recupera­
ción to talm en te inesperada de la natalidad. Y, en general, sucedió de
m an era m ás m arcad a en tre las clases sociales que an teriorm ente
h abían arro ja d o la m ayor dism inución.
E ste baby boom reflejab a en gran p a rte los nuevos hábitos fam i­
liares de las jóvenes. En 1950, su edad m edia de m atrim onio era
de veinte años, año y m edio m ás jóvenes que en 1940 >*.

Antes aludíamos a varias formas de racionalidad. El deseo


«egoísta» de «comodidades* frente a «orgullo de padres» se en­
tienden como alternativas a las que llega por opción deliberada,
pero no se sobreentiende racionalidad estricta en el proceso de

» Family Planninq, Steririív, and Popuíatlon Growth, pág. 119.


» Pbiersbn: op. ctL, pág. 240.
elección, lo cual indica que la racionalidad de la decisión es rela­
tiva a la finalidad que pretende alcanzar. Por ejemplo, el «bien
de la sociedad», el hijo previsto, las «comodidades» presentes de
ía pareja, las aspiraciones futuras, etc. Podemos entender las
consideraciones de Petersen relacionando específicamente las pro­
posiciones teóricas sobre la m anera de sentido común de tom ar
decisiones con las ideas del actor sobre las «comodidades» y el
«orgullo» con respecto al nivel de vida y a los hijos.
Según nuestra argum entación, las ideas del demógrafo y del
sociólogo sobre la población deben com prender la noción de que
el pensamiento «racional», deliberado, consciente, sobre el tam a­
ño de la familia está lim itado por m uchos rasgos de sentido
común de la vida cotidiana, que incluyen cosas señaladas por
Petersen, como las condiciones com unitaria^ por las que una
pareja sin hijos se siente «desplazada» o la idea de la esposa de
que cuatro hijos «estaría bien». Queda sin aclarar la noción
de una discusión «racional» entre un m arido «bien educado»
con una m ujer «bien educada» como determ inante im portante
del tamaño de la familia. La racionalidad de las técnicas para
lim itar el tamaño de la familia no significa que se conduzcan
conforme a la racionalidad esencial a la utilización de técnicas
anticonceptivas, incluso las parejas de nivel m ás elevado de
instrucción y más acom odadas económicamente, es decir, las
familias que, permaneciendo constantes los demás factores, pue­
dan ser más «racionales». Compárese con la explicación de No­
tes tein:
1. El alto grado de la n a ta lid a d de los c u a re n ta ha p o sp u esto
definitivam ente la fecha en que pu ed an preverse en térm in o s rea­
listas poblaciones m áxim as. E stá m ucho m enos claro que el auge
de la natalidad haya añ ad id o m ucho m ás a la población que lo que
podría haberse ts p e ra d o a fines de siglo...
2. E n este tip o de p oblación (E sta d o s U nidos y E u ro p a Occi­
dental), en que existe g ran m edida de regulación racional de la
fecundidad, es p ro b ab le que los in crem entos anuales de la población
se distrib u yan de m a n e ra irre g u la r a tra v é s del tiem po, p o rq u e la
n atalid ad es sensible a los cam bios de la atm ó sfe ra política, social
y económ ica. E stos cam bios p ro d u cen irreg u la rid ad es en la d is tri­
bución p o r edades, que a rro ja n com plicados p ro b lem as de a ju ste
socio-económico u .

“ Frank W. Notestein: «The Population of the World in the Year 2000», en


J. J. Spengler y O. D. Duncan (eds.): Demographic Analysis (The Free Press of
Glencoe), Nueva York, 1956, pág. 37.
N otestein parece atribuir regulación racional a la fecundidad,
pero dice después que la «natalidad es sensible a los cambios de
la atm ósfera política, social y económica». Presumiblemente, son
las fam ilias individuales, o más precisamente, los actores indi­
viduales quienes son sensibles a la situación política, social y
económ ica. El demógrafo, aun de inclinación sociológica, gusta
de señalar que se interesa por la conducta de agregados. Sin
em bargo, las explicaciones de Petersen y Notestein significan
que la distribución de la natalidad, la mortalidad, la migración
y sem ejantes requieren alusiones explícitas e implícitas a las
fuerzas sociales y a las decisiones de los actores, que no son de
fácil medición. La simple clasificación requiere justificación teó­
rica. Notestein, por ejemplo, alude a las fuerzas sociales y a las
decisiones de los actores al describir las «regiones con creci­
m iento de transición» y las «regiones de elevado potencial de
crecimiento» ,J. En cuanto a aquéllas, dice que «han comenzado
ya procesos de modernización que reducen la fecundidad y la
m ortalidad» y que «siguen siendo im portantes la fam ilia agraria
y las actitudes ante la natalidad que la acompañan, pero están
siendo modificadas por la penetración de una comunidad de
m entalidad crecientemente urbana y secular» H. En cuanto a esta
noción de elevado potencial de crecimiento, observa que «la tasa
de natalidad es muy elevada y bastante resistente al cambio para
garantizar un rápido y sostenido crecimiento de la población
cada vez que sea posible conseguir algo menos que una m orta­
lidad extrem adam ente elevada» 15. Además, «si hubiese gran can­
tidad de capitales que fuesen utilizados para el desarrollo, estas
regiones podrían sostener una población mucho mayor que al
presente, ofreciéndole un nivel de vida mucho más alto que el
actual... Por otra parte, el desarrollo disminuiría la t^sa de mor­
talidad mucho antes de que comenzasen los procesos de reorien­
tación social, más lentos, que dan impulso a la tasa de nata­
lidad» w.
Este tipo de explicaciones de Notestein y otros demógrafos
suponen muchas variables complejas que requieren clarificación
teórica antes de poder lograrse una medida precisa. La distri­

“ Frank W. Notestein: op. cií., pág*. 3843.


" Idem, pág. 38.
u Idem, pág. 39,
bución de la natalidad, de la m ortalidad y de la migración puede
cruzarse por la edad, el sexo, la ocupación, nacionalidad, raza,
estado civil, ingresos, etc., pero, no obstante, se citan como
variables explicativas procesos sociales complejos difíciles de me­
dir y a menudo menospreciados, a los que el demógrafo alude
implícita o explícitamente. Las generalizaciones producidas su­
ponen procesos sociales más fundam entales, de los que sabe­
mos muy poco. Por ejem plo, Notestein observa:

Los p roblem as m ás difíciles so n los que se e n c u e n tra n en los


terren o s de las ciencias sociales y de la técnica social (social enginee-
ring). Son los procesos relacionados del cam bio social, económ ico
y político, que se hacen esenciales e n los p ro b lem as del crecim iento
de la población. E stos p ro b lem as del cam bio deben e s ta r en el
cen tro de las disciplinas sociales. D esgraciadam ente, las ciencias
sociales, com prendida la d em ografía, tien en poco que a p o rta r. S a­
bem os m uy poco sobre los p rocesos del cam bio y n o nos esfo rzam o s
m ucho por aprender. S in em b arg o , es del conocim iento m ás ad e­
cuado de los procesos del cam bio en los te rre n o s dem ográfico, so­
ciológico, económ ico y político del que p o d rán depender las p ro b a ­
bilidades de continuos ad elan to s e n el b ien e star san itario y m a te ria l
de m edia raza h u m an a 17.

Los demógrafos no consultan seriam ente las teorías del p ro ­


ceso social fundamental: cómo perciben e interpretan las perso­
nas su medio, de m anera que las definiciones culturales alteran
continuam ente los significados que se atribuyen a las m aterias
incluso más precisas e inequívocas. Cambia el significado que
se deriva incluso del «buen» conocimiento médico y científico
y de las más «obvias» condiciones sociales, económicas y políti­
cas que convencerán a las personas de tener o no tener más
hijos; de comer o no com er ciertos alim entos y vivir más; de
aprender a reconocer ciertos «signos» para buscar más pronto
asistencia médica; dv notar las situaciones políticas para actu ar
en consecuencia; de reconocer las condiciones económicas p ara
no em igrar a otra zona; de adquirir conocimiento sobre las ocu­
paciones que necesitan más personal, para hacer el cam bio ne­
cesario; y así sucesivamente. Al buscar una serie racional de
condiciones en sus datos, el demógrafo, aun reconociendo que
las pautas culturales conform an la racionalización progresiva de
la sociedad, atribuye continuam ente racionalidad a su actor, aun
afirm ando al mismo tiempo la im portancia de factores sociales,
económ icos y políticos muy dudosos. Es obvio que hace falta
a cla ra r en qué medida la racionalización de la sociedad, la urba­
nización y las formas seculares de pensar son transformaciones
de racionalidad estricta en sentido científico. Lo cual origina
m o stra r cómo alteran la racionalidad estricta definiciones cul­
turales y pautas de acción basadas en conceptos de sentido co­
m ún del parentesco, las relaciones prim arias, las creencias reli­
giosas, la salud, la «buena vida», etc. Al aludir continuamente
a estos factores culturales complejos, el demógrafo parece creer
que ha llegado tan lejos como debía y que no le hace falta más
examen, porque las variables culturales no se someten a la misma
cuantificación que la natalidad, la m ortalidad y la migración. El
dem ógrafo elude estudiar más las variables que llama culturales
porque son difíciles de estudiar y comprometen su interés por
los datos «firmes». Está también la tendencia a confundir la
política y el «buen» plan con la imposición y ejercicio de un
orden social. Ello es evidente en el interés del demógrafo por
el óptimo de población y por los «problemas de población». Las
«realidades» demográficas se consideran más objetivas porque
su representación empírica es más fácil que los datos sobre el
proceso social cotidiano. No queremos negar la influencia de los
factores biológicos y físicos, sino reconocer que los conceptos
cu ltu rale s cuyas propiedades de medida desconocemos son un
rasgo necesario de las distribuciones que trata de explicar y
predecir el demógrafo. Se supone, negándolo a menudo, que estas
definiciones culturales y normas de conducta en el plano de la
interacción social pueden comprenderse con procedimientos y
definiciones racionales que m ostrarán cómo se corresponden con
las distribuciones demográficas. Los sociólogos se interesan por
estudiar cómo destruye o altera las estructuras tradicionales de
la vida cotidiana la racionalización de la sociedad. Los demógra­
fos suponen que los efectos de la racionalización son conocidos
y que puede lograrse racionalmente el equilibrio «óptimo» de
la población. Tanto el sociólogo como el demógrafo presuponen
que nociones como la racionalidad y la racionalización son con­
ceptualm ente claras y mensurables.
La noción de que el tamaño de la familia depende de la racio­
nalización de la vida cotidiana ha llevado a demógrafos como
Notestein a suponer que algo así como un hom bre «racional»
estabilizará gradualmente su propia conducta» estabilizando la
distribución de la población en los países occidentales y occiden-
talizados. Petersen ha subrayado la influencia de nociones más
vulgares, como las «comodidades» y el «orgullo de padres»; estas
dos nociones se proponen como variables culturales. No obs­
tante, la teoría que considere cualquier cosa, cualquiera que sea,
como «racional» en cuanto al plan fam iliar tiene que dar calidad
de variable a la noción de racionalidad. Ello no significa que en
la vida cotidiana no exista la opción racional. Schutz declara
explícitamente que la «racionalidad» existe m anifiestam ente en
la vida cotidiana, y fundam entalm ente consiste en el interés por
la «claridad y distinción» cuando son consecuentes con el interés
práctico y las circunstancias del actor:
Ello no quiere d ecir que no exista la opción racional en la esfera
de la vida cotidiana. De hecho, sería suficiente in te rp re ta r los té r­
m inos de claridad y distinción en un sentido m odificado y re strin ­
gido, a sab er, com o la clarid ad y distinción adecuadas a las exigen­
cias del in terés p ráctico del a c to r... Lo que quiero su b ra y a r es que
el ideal de la racionalidad no es ni puede se r un rasgo p ecu liar del
p ensam iento cotidiano ni pu ed e ser, por tan to , un principio m etó ­
dico de la in te rp re ta ció n de los con juntos hum anos en la vida co­
tid ian a 18.

Garfinkel, en un artículo basado en la obra de Schutz, obser­


va que el investigador no puede considerar que las justificacio­
nes científicas se corresponden con las norm as de interpretación
por el actor de los hechos de la vida cotidiana, sino sólo como
ideales que orientan sus propias actividades como sociólogo 19.
Garfinkel enumera las diversas propiedades racionales de la con­
ducta y las condiciones en que ocurre una conducta racional de
diferentes tipos en los sistemas sociales. El siguiente sum ario
de sus consideraciones más elaboradas señala brevem ente algu­
nas circunstancias diversas en las cuales podríam os decir que el
actor actúa «racionalmente»: a) la categorización y com paración
por el actor de las experiencias y objetos; b) la utilización por
el actor de medios que sirvieron en situaciones anteriores para
conseguir soluciones a las presentes; c) el análisis de diversas
alternativas p o r el actor y las consecuencias que podrían deri­
varse de acciones diferentes; d) el interés del acto r por las ex­

“ Alfred Schutz: «The Problem of Rationality in the Social World», op. cit.,
págs. 142-141
" Harold Garfinkel: «The Rational Proper ties of Scien tifie and Common Sen se
Activities», Behavioral Science, 5 (enero 1960), pág. 76.
pectativas que podrían derivarse de la catalogación que él u otros
hacen de los hechos; e) la tentativa del actor de establecer ciertas
reglas que lo capaciten para predecir situaciones futuras y redu­
cir los elementos de sorpresa, y f) que el acto r se perm ita cierta
posibilidad de elección teniendo diversos motivos para tom ar
alguna *.
La sustancia de los comentarios de Garfinkel es que el soció­
logo debe establecer un modelo del actor que le perm ita decidir,
tanto las propiedades teóricas, como las empíricas de las ju sti­
ficaciones de la acción. Arguye que las justificaciones estricta­
m ente científicas no pueden obedecerse en la vida cotidiana,
porque crearían condiciones anómicas o absurdas en la interac­
ción del actor con los dem ás21. El problema al estudiar los datos
demográficos, como en sociología en general, es elaborar un
m odelo que distinga las justificaciones del investigador como
observador científico, el sentido vulgar que emplean las organi­
zaciones y el persohal para interpretar y clasificar los hechos en
categorías y las norm as interpretativas del actor para entender
su medio. El problema de la racionalidad en el análisis de la
población está también en la siguiente exposición sobre el urba­
nismo y la urbanización.
Petersen observa las dificultades para distinguir entre urba­
nismo y urbanización. Señala que «el urbanismo, la cultura de
las ciudades, es la forma de vida de sus habitantes; la urbaniza­
ción es el proceso de formación de ciudades o la condición de
ser una ciudad. La correlación entre ambos, que se pudo suponer
una vez, ahora tiene que ser tema de investigación em pírica»21.
El urbanism o se contrapone a cierto tipo ideal, como el de la
«sociedad tradicional» («folk society»), según Redfield. Como
s e ñ a l a Petersen, Redfield, entre otros, ha caracterizado la socie­
dad tradicional como pequeña, consuetudinaria, espontánea, per­
sonal y orientada al parentesco, por citar unas cuantas caracte­
rísticas, m ientras que Wirth (basándose en Simmel), llama al
urbanism o impersonal, competitivo, de dominio formal, super­
* Harold G a r f i n k e l : op. cit., págs. 73-75. El lector se dará cuenta de que estas
caracterizaciones de la acción vulgar «racional» dan a entender cierta especie de
cálculo, pero es curioso que falte su forma real. Se pone el énfasis sobre lo «ra­
zonable», lo «explícito» y lo «eficaz». Aunque estos caracteres son recompensados
en la vida cotidiana, no tienen la precisión esencial a los cánones de la investí-
sación científica ideal ni a los requisitos para programar una computadora.
* Idem, pág. 82.
* PEmtSBN*. op. cit., pág. 180. Subrayado en el orlglnaL
ficial, transitorio y caracterizado por relaciones secundarias, por
mencionar los rasgos generales. Citemos de nuevo a Petersen:

E n el análisis de la población, el elem ento m ás in te re sa n te de la


p olaridad es quizá el expuesto d etallad am en te p o r W eber en su
c o n traste en tre lo tra d ic io n a lista y lo racional. Con p alab ras suyas,
el tradicionalism o es «la creencia en la c o stu m b re cotidiana com o
norm a inviolable de conducta». «La dom inación q u e se apoya en
este fundam ento, es decir, en la devoción p o r lo que real, su p u e sta
o p resum iblem ente ha existido siem pre», es lo que él llam a «auto­
rid ad tradicionalista». E l m odelo racional, p o r o tra p a rte , d en o ta
«la consecución m etódica de una fin alid ad practica y d efinitivam ente
d ad a a través de un cálculo cad a vez m ás preciso de los m edios
adecuados», o, en el p lan o a b stra c to , el «creciente dom inio teórico
sobre la realidad p o r m edio de conceptos cada vez m ás preciso s y
abstractos». El secto r racio n al de la cu ltu ra, en resum en, com p ren d e
todo ám b ito de la vida social en q u e se bu sq u e conscientem ente p o r
m edios no m ísticos un fin realizable. E n la definición de la
cu ltu ra p o r Tylor, la fe, el a rte , la m oral, la c ó stu u ib re y los h á b ito s
son prin cip alm en te no racionales, en el sen tid o de W eber; pues
tienen funciones, pero n o finalidades: no son a d ap tacio n es im agi­
nadas conscientem ente p a ra sa tisfa c e r necesidades definidas. Con
frecuencia, tam b ién son, en p a rte , no racionales incluso el «cono­
cim iento» y las «capacidades», que pueden to m arse com o los ele­
m entos racionales de e sta definición de la c u ltu r a 23.

Petersen señala acertadam ente los rasgos «no racionales» de


la cultura definidos por Tylor. Pero es posible una confusión,
debida a la caracterización que hace Petersen de los sectores
racionales de la cultura como «todo ám bito de la vida social en
que se persiga conscientemente por medios no místicos un fin
realizable». Las observaciones de Schutz y Garfinkel sobre las
propiedades de la racionalidad son más precisas, dando a enten­
der que en la obra de W eber quedan muchas cosas sin determ i­
nar. No puede esperarse, desde luego, que Petersen ofrezca un
extenso análisis de la racionalidad en un libro sobre la población.
Considerar la acción racional y «no racional», o tradicional, como
simple dicotomía no es adecuado, porque algunos fenómenos que
se incluirían en estas dos alternativas no están suficientem ente
abarcados por ninguna de ellas. Esto es evidente en la alusión
de Petersen al «conocimiento» y a las «capacidades» como, «en
parte, no racionales». Se ve m ejor la dificultad de em plear los
tipos ideales de Weber al observar Petersen que «la evolución
de las civilizaciones adelantadas a p a rtir de las sociedades prim i­
tivas ha consistido en gran m anera en la extensión del ámbito
de la acción racional» 2\
No quiero decir que las civilizaciones «adelantadas» no incor­
poren o no puedan incorporar más acción racional, sino que la
fa lta de toda precisión conceptual y empírica sobre lo que quiere
decirse exactam ente con racionalidad y tradicionalismo en dife­
rentes planos de análisis y sectores de la sociedad hace difícil
m o stra r en qué difieren las civilizaciones «adelantadas» o en qué
aspectos son las mismas que las sociedades «primitivas». Las
frases siguientes de Petersen atribuyen importancia decisiva a
un concepto de la racionalidad que parece darle sustancia y es­
tru c tu ra invariables: «En el Occidente moderno en particular, la
opción calculada entre actos alternativos sobre la base de sus
probables consecuencias es una pauta de conducta habitual. En
la técnica y en el comercio, dos amplios terrenos vitales cuyo
elem ento racional es fuerte en muchas culturas, el hombre occi­
dental ha alcanzado el último extremo: el método científico y la
c o n ta b ilid a d . Y, lo que es más im portante en este contexto, esta
idea se ha difundido de estas instituciones a otras, como a la
n a ta lid a d , que en otras culturas están reguladas típicamente por
norm as tradicionalistas» a.
Llam ar «racional* a una cultura en que esté presente la téc­
nica científica plantea la cuestión de por qué no aprovechan auto­
m áticam ente la técnica y actúan «racionalmente» las personas
de todos los niveles de instrucción que conocen su eficacia y
existencia. Más im portante, la anterior documentación ilustrativa
de los demógrafos sociológicos no es clara sobre cómo «se difunde
de esas instituciones a otras, como la natalidad...», la idea racio­
nal del m étodo científico y de la contabilidad, influyendo a los
padres a ser «racionales» en su utilización de los anticonceptivos,
en su análisis de cuántos hijos deben tener, su potencial futu­
ro, etc. La presente crítica exagera algo el énfasis sobre una
«racion alid ad * indefinida, si recordamos la anterior cita de Pe-
tersen, según la cual existe el deseo de «comodidades» y «orgullo
de padres» y la explicación de Notestein sobre la im portancia de
la «atmósfera» social, económica y política para el tam año de la
familia. No digo que haya contradicción, ni que Petersen y No­
testein estén equivocados, sino que sus im portantes comentarios
* P e t e r s e n : op. cit., pág. 182.
0 ídem, págs. 182-183.
reflejan un conjunto de supuestos teóricos no aclarados, y que
deben precisarse. Lo que queremos saber —como también, segu­
ram ente, Petersen y Notestein— son los obstáculos y la influencia
del aumento de la racionalidad sobre el pensam iento tradicional,
o vulgar y los actos de la vida cotidiana. El deseo de «comodi­
dades» y de «orgullo de padres», adem ás de la «atm ósfera social,
económica y política», como contingencias de la vida cotidiana
no son condiciones, sin embargo, que el actor satisfaga con ju s­
tificaciones científicas. Pero el pequeño grupo de sociólogos al
que pertenecen Petersen y Notestein utiliza datos demográficos
que reconocen la pertinencia de las justificaciones del actor y las
variables culturales.
La mayor parte de las ideas dem ográficas sobre el hom bre han
subrayado su creciente tecnología racional. Y aunque la raciona­
lidad se vincula al creciente urbanism o, industrialización, conta­
bilidad racional, gestión burocratizada de las organizaciones y
a la tecnología dirigida por el m étodo científico, pocos dem ógra­
fos reconocerían la pertinencia de los estudios sobre las organi­
zaciones complejas, según los cuales la estructura y las ideologías
«informales» o extraoficiales son muy decisivas para com prender
cómo se tom an las decisiones. Los demógrafos y los ecólogos
pocas veces se interesan por m ostrar em píricam ente cuál es la
diferencia ideológica entre la vida tradicional (folk) o rural y
la vida urbana y la influencia de la ideología sobre las decisiones
cotidianas del actor. Los sociólogos señalan la im portancia de la
familia, de los grupos prim arios y de los medios de difusión para
las decisiones cotidianas. No hay estudios, sin em bargo, que con­
trapongan la decisión «primitiva» y la urban a en la vida cotidiana
y pocas veces son comparables las m onografías existentes. Pocos
estudios han superado el análisis ideal-típico polarizado. La idea
de que las justificaciones tradicional y científica de la acción se
superponen y de que son im portantes las contingencias locativas
por tipo de actor requiere un estudio empírico. Aunque en demo­
grafía falta interés por la teoría explícita, la existencia de datos
demográficos, aparte de sus inconvenientes, ha tenido mucha
influencia sobre los estudios sociológicos. El problema se ha
equivocado, porque tanto los sociólogos generales, como los
orientados a la demografía han hecho pocos esfuerzos p o r am­
pliar y operativizar la abreviada exposición de W eber sobre la
autoridad tradicional y por form ular una precisión más detallada
de la racionalidad. Estos conceptos han retenido su cualidad
ideal-típica, habiéndose limitado su aplicación a formulaciones
ab strac ta s sobre la industrialización, el urbanismo, la migración,
el tam año de la familia y semejantes. La existencia de datos de­
m ográficos no ha servido más que para impedir la clarificación
conceptual. El uso de tipos ideales polarizados y de correlaciones
ecológicas * oscurece el análisis de los elementos clasificados
den tro de ellos, lim itando el orden posible de combinación de
esos elem entos e impidiendo, por tanto, detallar las propiedades
de esos tipos para m ostrar su interacción y combinación. Sin una
teoría que nos explique o nos oriente, las polaridades, como
racional-irracional y tradicional-urbano, se sostienen arbitraria­
m ente y no se ofrece la posibilidad de «combinaciones» según
la teoría de conjuntos. El gran número de nacimientos acciden­
tales que m uestran los estudios sobre el tamaño de la familia
puede interpretarse que revela la persistente intervención o «su­
pervivencia» de definiciones culturales tradicionales sobre el
plan familiar. Estos datos revelan diferencias en cuanto a la
existencia de medios sanitarios, programas asistenciales y cono­
cim ientos sobre cuándo procurarse asistencia. Los estudios sobre
las «actitudes» de los padres ante el tamaño de la familia supo­
nen con frecuencia que prevalece la «racionalidad», lo cual es­
tru c tu ra los tipos de preguntas que se hacen. Estos estudios no
miden los procesos sociales dentro de los cuales se toman las
decisiones «racionales» o vulgares. En vez de cruzar el tamaño
de la familia por los ingresos, la instrucción, la ocupación, la
religión y semejantes, quizá fuese más significativo preguntarnos
cómo entienden la vida familiar, en general, las familias habitua­
das a la instrucción y a los procedimientos científicos, a diferen­
cia de las no habituadas. Y en especial, si prestan consideración
cuidadosa al número de hijos deseados o a su espaciado; si hacen
estimaciones de sus ingresos futuros, y con qué cuidado; con qué
preocupación utilizan sus métodos y recursos anticonceptivos;
en resumen, qué tipo de justificaciones se emplean al decidir
sobre el tamaño de la familia, la migración o los cambios de
trabajo.

” Cfr. W. S. R o s in s o n : «Ecological Córrelaíiona and the Behavior of Indi­


viduáis», American Sociological Review, 15 (Junio 195(0, 351-357.
En este epígrafe final, quisiera m ostrar la utilidad de las téc­
nicas demográficas, describiendo una en particular, la tabla de
m ortalidad, y tratando de señalar cómo pueden clarificarse los
supuestos teóricos que encierra su utilización, de modo que pue­
da aplicarse m ejor en la investigación sociológica. Comencemos
con la descripción que hace George W. Barclay de la tabla de
mortalidad:
La tabla de m o rtalid ad es el h isto ria l de un gru p o o co n ju n to
(cohort) hipotético de personas, conform e dism inuye g ra d u alm en te
p o r los fallecim ientos. E l h isto ria l com ienza con el nacim ien to de
cada m iem bro y p rosigue h asta q u e todos h an m u erto . El co n ju n to
pierde una p roporción p re d e te rm in ad a a cad a edad, re p rese n tan d o ,
p o r tanto, una situ ació n im aginada a rtificialm en te. Lo cual se hace
p o r m edio de unos cu an to s su p u esto s sim plificadores, que se pueden
exponer com o sigue:
a) El con ju n to está «cerrado» fren te a la em igración y a la inm i­
gración. Por consiguiente, no hay m ás cam bios de m iem b ro s que
p o r las pérdid as deb id as a fallecim iento.
b) Las personas m ueren a cad a edad según un p ro g ra m a fijad o
de antem ano, y que no varía.
c) El conju n to proviene de c ie rta c an tid a d fija de n acim ientos
(que se establece siem p re en u n nú m ero redondo, com o 1.000, 10.000
o 100.000) llam ada la «raíz» de la ta b la de m o rtalid ad . E ste asp ecto
norm alizado facilita la co m p aració n en tre diferen tes ta b las de m o r­
talidad. Además, la p roporción de su pervivientes desde el nacim ien to
h a sta cualquier edad d eterm in ad a queda c la ra de un vistazo a la
m ism a tab la: p o r ejem plo, si de un co n ju n to inicial de 10.000 so b re­
viven 5.420 m iem bros a la edad d e trein ta y cinco años, significa
que han alcanzado e sta edad ex actam en te el 54,2 p o r 100.
d ) A cada edad (exceptuando los p rim e ro s años de vida), los
fallecim ientos se d istrib u y en p o r igual e n tre un cum pleaños y el
siguiente. Es decir, que la m ita d de los fallecim ientos esp erad o s de
los nueve a los diez años o c u rren cuando en todos los casos se h a
alcanzado la ed ad de nueve años y m edio. (Un poco después verem os
la significación de éste supuesto .)
N orm alm ente, el co n ju n to tien e m iem bros de sólo un sexo. Se
p uede e la b o ra r una ta b la de m o rta lid a d de am bos sexos ju n to s,
pero la diferencia de la m o rta lid a d m asculina y fem enina en la
m ayor p a rte de las ed ad es es su ficiente p a ra ju s tific a r q ue se las
considere a p a r te 21.

9 G. W. Barclay: Techniqu.es a f Population Analysis (Wiley), Nueva York,


1956, págs. 93-94.
Se verá que la tabla de m ortalidad puede entenderse como
modelo p ara caracterizar elementos del orden social. Las normas
que orientan la conducta en este orden pueden enunciarse con
bastante precisión. El modelo, o población ideal, puede utilizarse
de modo que se deriven estimaciones probabilistas de períodos
futuros, dadas ciertas condiciones precisables. Este modelo se ha
aplicado a una variedad de problemas M. La tabla de mortalidad
quiere m ostrar una serie ideal de condiciones en las que se pro­
duce una distribución determinada. El rasgo esencial del modelo
invierte los supuestos sobre cómo se las arregla la gente para
«sobrevivir» a cada fase sucesiva en cierta organización, m atri­
monio, edad cronológica y semejantes. Como todos los modelos,
exagera ciertas condiciones en el sentido de un experimento
ideal. El cotejo se hace m ostrando prim eram ente cómo se logra
una distribución determ inada paso a paso a través del tiempo, su­
puestas unas condiciones particulares. Esto permite predecir
estados futuros según supuestos precisables facilitando al inves­
tigador com parar su distribución «proyectada» con la efectuada
«naturalmente». Mostrándose lo que ocurriría, a diferencia de lo
que ocurrirá si se mantienen ciertas condiciones, es posible iden­
tificar algunas fuentes de las que contribuyen a las variaciones,
digamos, en la mortalidad. Pero, si hemos de utilizar la tabla de
m ortalidad como modelo de predicciones más precisas, hace
falta una información teórica más detallada. Tenemos que hacer
nuevas distribuciones que reduzcan el marco de posibilidades de
modo que podamos examinar los casos reales para verificar la
validez del modelo ideal. Entonces podríamos hacer que las
condiciones imaginadas artificialmente y que arrojaron la dis­
tribución proyectada se correspondiesen más exactamente con
la teoría fundam ental y sustantiva.
Los demógrafos prefieren trabajar con datos de los que saben
a menudo que tienen inconvenientes, pero con los que se sienten
«cómodos». Frecuentemente, eso es consecuencia de su fácil
acceso a la información reunida por los organismos locales, esta­
tales, nacionales e internacionales, y agrupada ya en forma cuan-
a Vid. M. Kjumer y otros: «Application of Life Table Methodology to the
Study of Mental Hospital Population», reimpreso de Psychiatric Research Re-
ports, núm. 5 (American Psychiatric Association), Washington. D. C., junio 19S6.
M Kjumer y otros: >A Method for Determination of Probabilities of Stay,
Release, and Death, for Patients Admitted to a Hospital for the Mentaltv Den-
cient: The Experience of Pacific State Hospital During the Period 1948-1952»,
Am. I. Mental Deficiency, 62, 1957.
titativa o cuantificable. Esos datos provienen de fuentes sobre
las cuales pocas veces los demógrafos tienen autoridad y su
carácter de agrupados evita inconvenientes y asim ilar nueva in­
formación que perm itiría más alternativas teóricas. Hace falta
estudiar cuidadosamente las condiciones que rodean a la elabo­
ración de una distribución determ inada, si ha de estim arse efec­
tivamente el valor de ios datos. Los inconvenientes de estos estu­
dios se deben a la tergiversación de los historiales por las ideas
vulgares del personal que tiene que registrar los datos brutos de
acuerdo con cierta serie de reglas. Cada alteración sucesiva sigue
influyendo la distribución final. Sin estudiar estas influencias, el
demógrafo tiene que aventurar determinaciones secundarias de
las fuentes de error e imponer ciertas reservas al análisis y ex­
posición de sus datos.
Con estas consideraciones sobre la tabla de m ortalidad, ape­
nas bosquejada, queremos subrayar la im portancia de precisar
explícitamente los supuestos teóricos antes de utilizar los datos
demográficos. Estos datos adolecen de limitaciones organizati­
vas, lo cual ha llevado a una teorización muy abstracta, y que
no se ajusta a los datos sino con posterioridad. Ahora bien, la
teoría es difícil de convertir operativam ente, excepto para obte­
ner medidas generales que adm itan una variedad de interpreta­
ciones. Estas interpretaciones suponen habitualm ente procesos
sociales fundamentales. A menos que el demógrafo busque m ar­
cos teóricos más elaborados que señalen explícitam ente supuestos
sobre el proceso social, pocas veces sabrá si tendrá tam bién otros
datos que confirmen o desacrediten sus hipótesis.
La falta de precisión teórica de la mayoría de las explicaciones
demográficas de los recuentos descriptivos ha llevado a una falta
de interés, e incluso a la eliminación del proceso social. Las ex­
posiciones que hacen los demógrafos sobre toda una economía
o sociedad, sobre las áreas m etropolitanas, las regiones geográ­
ficas, las poblaciones rurales y urbanas, etc., dan a entender que
tales caracterizaciones generales, no sólo son las más «im portan­
tes», sino también que, en cierto modo, son independientes de
los procesos sociales que pueden haber contribuido a originarlas.
La tendencia es a cosificar la estructura social. La consecuencia
es que la estadística vital, el m aterial del censo y los datos sobre
la migración deben o pueden tratarse como independientes de
los procesos sociales fundam entales. Pero al menos unos cuantos
dem ógrafos hablan explícitamente de diferencias de «actitudes»
ante la fecundidad, la influencia de la «atmósfera* social, eco­
nóm ica y política, de los llamados factores «atracción-repulsión»
en la migración, la influencia de la «tensión profesional» sobre
la m ortalidad y de la resistencia de los «factores culturales» a las
innovaciones técnicas. Estos son sociólogos orientados a la de­
m ografía y se encuentran en minoría entre los demógrafos. Los
dem ógrafos suponen a menudo influjos culturales, pero estas
variables culturales no se vinculan explícitamente, o no se las
considera pertinentes a las «realidades» demográficas; quiere
decirse, una vez más, que son las «realidades verdaderas» las
m ás im portantes. Comprender por qué y cómo se las arreglan
las personas en su vida cotidiana, qué es lo que origina eso que
se llama «realidades demográficas», exige estim ar cuáles son las
norm as que orientan los significados cotidianos de sentido co­
mún. Analizar los datos demográficos exige conocer cómo se
com binan estos significados con los procedimientos de docu­
m entación para producir las regularidades que titulamos «estruc­
turas sociales». Un ejemplo extremado de mi argumentación, que
no niega muchas utilizaciones im portantes de la estadística vital,
sería considerar la edad y el sexo como posiciones «conseguidas»
que requieren se especifiquen aquellas condiciones en que se
tra ta a las personas como «varones» o «jóvenes» u «homosexua­
les» por las imputaciones de los demás, cómo se entienden a sí
mismas y cuidan su presencia mutua. El demógrafo puede tom ar
justam ente la edad y el sexo (y la raza, identificada por las ofi­
cinas del empadronamiento, los hospitales y los censos) como
datos, pero puede haber ocasiones en que el sociólogo quiera
saber en qué condiciones las personas se creen, o creen a otros,
«demasiado viejos» para emigrar, o para empezar en un nuevo
empleo, para volver a ser «madre», etc. A mi parecer, la medición
de estas características para fines sociológicos no puede tom ar
la forma que ofrecen la información de estadísticas vitales ni las
oficinas del censo. Las representaciones cuantitativas suminis­
tradas por los organismos que producen estas distribuciones no
se corresponden necesariamente con los criterios del sociólogo
para lograr una medida precisa.
El método demográfico se compone de técnicas p ara conver­
tir una información precifrada en datos que tengan apariencia
de rigor, cuantificación y verificación precisa de hipótesis. Aun­
que las distribuciones de la natalidad, la m ortalidad, la nupcia­
lidad, las migraciones, y sem ejantes fuesen representación casi
perfecta de hechos reales, la utilización sociológica de los datos
demográficos seguiría estando lim itada a su interpretación por
sus propias teorías del proceso y de la estructura y a reducir el
marco de posibilidades de m anera que puedan verificarse hipó­
tesis más elaboradas y de derivación teórica con datos indepen­
dientes, recogidos por los métodos del investigador. Las m ism as
distribuciones adquieren pertinencia dentro del contexto de los
términos cotidianos y organizativos en que se recogieron y el
sociólogo ha de estar preparado a menudo para estudiar estas
condiciones cotidianas y organizativas. La utilización sociológica
de tales datos puede depender de derivaciones teóricas indepen­
dientes y de otros datos basados en un examen más com pleto de
las decisiones que intervinieron en la elaboración inicial de la
información oficial. Unos datos independientes, basados en con­
ceptos de im portancia sociológica, buscarían los elem entos del
proceso social que están supuestos en las distintas distribuciones
de la natalidad, la m ortalidad, la nupcialidad, el divorcio, la
migración, etc. Técnicas como la tabla de m ortalidad son contri­
buciones estimables p ara obligar al investigador a explicitar sus
supuestos y a sobrepasar las lim itaciones de los datos dem ográ­
ficos precisados.
EL MATERIAL HISTORICO
Y EL ANALISIS DE CONTENIDO
El m aterial histórico y el análisis de contenido no son m éto­
dos de investigación sobre el terreno, como la recogida de datos
mediante la participación real, la entrevista, los cuestionarios,
los censos, etc. Estos métodos se refieren habitualm ente a m ate­
riales producidos en el pasado, y que en muchos aspectos son
registros singulares y manifestaciones de conducta que el soció­
logo trata de reconstruir o analizar a través de cierto conjunto
de categorías interpretativas. Este se basará presum iblem ente en
una teoría que tenga la finalidad de explicar y reconstruir el
m a terial1. Incluyendo en el mismo capítulo la utilización de m a­
teriales históricos y del análisis de contenido, quiero subrayar
que los m ateriales sometidos a análisis histórico o de contenido
deben ser ordenados por cierta teoría sociológica, incluso en los
casos en que el investigador es de suponer esté reconstruyendo
la teoría de la sociedad de otro.

1 En este capítulo seguimos muy de cerca a Louls Gottschalk, Clyde Kluckhohn


y Robert Annell: The use of Personal Dacuments in History. Anthropology and
Sociology (Social Science Research Council), Nueva York, 1947; Bernard B e r e l -
SON: Contení Analysis in Communicative Research (The Free Press of Glencoe),
Nueva York, 1952; Dorian Cartwricht: «Analysis of Qualitative Material», en
L. F e s t i n g e r y D. K a t z : Research Methods in the Behavioral Sciences (Holt,
Rinehart and Winston), Nueva York, 1953, páas. 421-470; e Ithiel De S o l a P o o l
(edj: Trends in Contení Analysis (Unlversity o f Illinois Press), Urbana, 111., 1959.
Los m ateriales históricos y el análisis de contenido son útiles
al sociólogo para señalar hipótesis, verificarlas con posterioridad
bajo diversas limitaciones y para ayudarle a establecer una pers­
pectiva general en que situar las fuentes contemporáneas de
datos. Sería difícil, si no imposible, una verificación precisa de
hipótesis en el m omento presente, porque nuestros conceptos y
fuentes de datos son demasiado confusos. El perfeccionamiento
de la teoría origina técnicas más precisas para descomponer estos
m ateriales en unidades más precisas de análisis. Los materiales
no científicos contemporáneos e históricos encierran sesgos y el
investigador generalmente no tiene acceso al marco en que se
produjeron; no siempre están sujetos a análisis y cotejo los sig­
nificados pretendidos por el productor de un documento y las
c ir c u n sta n c ia s culturales que rodearon su recogida. Es d ifícil
separar la reconstrucción o recreación de las imputaciones e
in n o v a c io n e s que impone la propia perspectiva del investigador.
Merece citarse aquí la siguiente afirmación de Gottschalk: «Tiene
que e sta r seguro [el historiador] de que su relación procede ver­
daderam ente del pasado y de que su imaginación se dirige a la
recreación, y no a la creación» 2. Y prosigue:

E s una p ero g ru llad a decir que el h isto riad o r que conozca m ejor
]a vida contem p o rán ea com prenderá m ejor la vida pasada, pues las
generaciones p resentes sólo pueden entender a las pasadas en tér­
m in o s (parecidos o no) de su pro p ia experiencia... P or lo general,
pu ed en h acer las m ejores analogías y co n trastes los historiadores
q u e tengan m ás para escoger, es decir, la m ayor experiencia, sabidu­
ría y conocim iento. No hay p erogrullada que nos diga cóm o a d q u irir
m u ch a experiencia, sabiduría y conocim iento ni cóm o tran sfe rir
e s ta s cualidades a la com prensión del p a sa d o 1.

Es la capacidad imaginativa del historiador para entrar en


este juego conceptual comparado, respaldada por la argumen­
tación lógica y la cuidadosa utilización de documentos, lo que
explica significativamente el pasado. La medida en que el pasado
pueda explicarse puede variar según los máteriales disponibles
y la información complementaria, por ejemplo, una lengua y
sin ta x is particulares que incluyan estructuras de sentido tácitas
y requ ieran com prender la vida cotidiana de las personas y épo­
cas particulares.
1 Louis G o t t s c h a l k : «The Historian and the Historical Document», en Gorrr-
souix, KLUdHMN y Amcell, op. cit., pág. 9. Subrayado en el original.
* Ibid.
Según Gottschalk, hay una serie de reglas generales desarro­
lladas y utilizadas por los historiadores para decidir la autenti­
cidad y el tipo o fuente de los datos. El historiador se centra a
menudo sobre un período particular de interés para él tratando
de abstraer los rasgos generales y específicos de ese lapso, aten­
diendo a los elementos sustantivos de una sociedad, grupos o
personas de ella.
El problema para el análisis de contenido es em plear una
teoría que sea lo bastante precisa para capacitar al investigador
a determ inar de antem ano qué buscará en cierto conjunto de
materiales, cómo habrá de identificar y extractar el m aterial,
cómo tendrá que sistem atizarlo y, por último, cómo deberá deci­
dirse su significación. La m edida en el análisis de contenido, como
en el análisis de los documentos históricos, exige que el investi­
gador (o cifrador) utilice cierto esquema a priori de m anera
normalizada. El observador, como lo hace en la investigación
sobre el terreno, toma el papel de instrum ento de medida. Atri­
buye significación al m aterial de tal m anera que se descubra y se
recuente adecuadamente el contenido equivalente. En el resto
de este capí tulo examinaremos las consecuencias de estos proce­
dimientos para el valor de los documentos históricos y el análisis
de contenido.

LOS DOCUMENTOS HISTORICOS

Gottschalk, hablando del problem a tem poral de la fidelidad'


en la manifestación de opiniones, editoriales, ensayos, discursos,
octavillas y cartas al director, dice:

De hecho, hay una escu ela de h isto riad o res p a ra quienes los valo­
res y las ideas cam bian con los p eríodos históricos, lo que es u n
principio justificab le de estética, m o ralidad y política en u n a época
lo puede se r m enos en o tra y que las form as de pen sar son relativ as
a las condiciones co n tem p o rán eas que surgen de la a tm ó sfe ra h istó ­
rica y cu ltural de una zona y época d eterm in ad as. E sta idea, que
niega la validez d e p rin cip io s ab so lu to s en h isto ria , se llam a a
veces relacionism o histórico, o historicism o. In siste en la relación
d e las ideas con las circ u n sta n c ias h istó ric as (com prendidas o tra s
ideas); m antiene que las id eas son ú n icam ente «función re fle ja d e
la s condiciones sociológicas de que surgieron». E ste tipo de reía»
c io n ism o histórico es estrech am en te afín a la sociología del cono­
c i m i e n t o (Soziologie des W issens). Va de Hegel y M arx a Meinecke
y M annheim , p asando p o r W eber y T ro e lts c h 4.

E n no ta de pie de página al pasaje citado, el au to r observa


que T roeltsch y Mannheim insisten en que su «tipo de histori-
cism o no incluye el relativismo histórico, al que distinguen del
r e l a c i o n i s m o , y que rechazan por negar todo concepto de con­
servación y totalidad. Defienden Ja búsqueda de absolutos...».
G o tts c h a lk está en contra de la noción de que el conocimiento
histórico es siempre relativo a las condiciones de la época y
lugar en que ocurrieron Jos hechos, pero estaría de acuerdo en
que, si hemos de com prender los escritos de épocas pasadas,
hem os de entender la época suficientemente bien para determi­
n a r si existe o no una relación significativa entre la obra y su
tiem po. Así, pues:
... Aun siendo cierto, indudablem ente, que en gran p a rte reflejan
la a tm ó sfe ra cu ltu ral de su época (Zeitgeist, «clima de opinion»,
m ilteu . -), el h isto ria d o r que no conozca ya bien esas épocas p articu ­
l a r e s no p o d rá decir en qué m edida han sido influidos los docu­
m en to s, o h an chocado, o han ejercid o u n a influencia sobre esa
a t m ó s f e r a cultural. Por ello, ha de estud iarse el Zeitgeist p ara enten­
d e r p lenam ente todo docum ento personal; y, sin em bargo, tam bién
es c ie rto que ios docum entos de un período capacitarán al historia­
d o r p a ra e stim a r m ejo r su atm ósfera c u ltu r a l5,

Así, pues, presumiblemente, el investigador necesita una teo­


ría que trate de establecer qué relaciones invariables existen a
través del tiempo, además de los rasgos particulares y variables
de épocas determinadas. El problema del sentido vuelve a ser
e se n c ia l. Gottschalk es claramente consciente de este problema
y reconoce la necesidad de determ inar los significados denota­
tivos y connotativos en vigor en la época en que se produjo un
d o c u m e n t o , «pues el sentido de las palabras cambia a menudo,

d e generación en generación». Así, «la misión del historiador no


es sólo com prender lo que significan formalmente las palabras
del documento, sino también qué quiere decir su testim onio»4.
El historiador y el sociólogo que hace análisis de contenido se
e n fre n ta n con el mismo problema del sentido. Las decisiones
« lo u ís G ottschaií: op. cit., págs. 25-26.
» Idem, pág- 27.
• Idem , p*«- » -
sobre la importancia de un m aterial determ inado para el análisis
han de ser aconsejadas por algún criterio. G ottschalk lo subraya,
indicando qué difícil es lograr acuerdo sobre las «causas funda­
mentales» de un hecho histórico 7. Lo mismo puede decirse del
análisis de contenido, por cuanto el núm ero de variables inde-
pendientes es virtualm ente infinito, según las categorías em plea­
das y las «regularidades» que se derivan.
La teoría del investigador tiene que buscar invariantes, reco­
nociendo y estudiando a la vez las condiciones tem porales que
influyen sobre el proceso social y la estru ctu ra social.
Gottschalk reconoce el problem a de la sociología del conoci­
miento en la exposición siguiente:
R ecapitulando, hay al m enos tre s m an eras en que el p resen te
determ in a cóm o in te rp re ta rá el h isto ria d o r el pasado. La p rim e ra
se deriva de la ineludible tend en cia a co m p ren d er la conducta de
o tro s a la luz de las p ro p ia s p a u ta s de conducta; com o consecuen­
cia, se pro d u cen analogías sicológicas e n tre los procesos m en tales
del h isto ria d o r y los de las p erso n alid ad es h istó ricas que e stu d ia.
La segunda se debe a que la a tm ó sfe ra intelectu al co n tem p o rán ea
es un facto r decisivo en la elección de tem as p a ra investigación dei
h isto ria d o r..., p o r no c ita r la selección y disposición de sus d ato s.
La tercera viene de u tiliz a r el h isto ria d o r, com o si fuesen un lab o ­
rato rio , los hechos actu ales: de los episodios y evoluciones de su
p ro p ia actualidad, el h isto ria d o r saca analogías históricas con los
episodios y evoluciones del pasado. Así, la h isto ria se co n vierte en
el «pasado viviente», la m em oria del hom bre viviente, significativa,
p ero que tiene poca re a lid a d o b jetiv a, excepto en ta n to pueda con­
firm arse m ediante an álisis crítico de un testim onio perviviente *.

AI utilizar documentos históricos o m ateriales contem porá­


neos para sacar información o que trata como datos, el investi­
gador se basa en su conocimiento vulgar cotidiano de la vida
en torno suyo, así como en su conocimiento general de diversos
temas relacionados con el que estudia. Para un historiador, la
teoría es a veces una serie de generalizaciones sobre cierto pe­
ríodo, m ientras que para el sociólogo que hace análisis de con­
tenido incluye presum iblem ente un marco analítico con propie­
dades invariables que se corresponden con los hechos em píricos.
El investigador tiene que relacionar las categorías con cierta
teoría sobre el proceso social y la estru ctu ra social, m ostrando
cómo llegó a crear las categorías y las reglas por las cuales el
m aterial se sistematizó en categorías.

EL ANALISIS DE MATERIALES CUALITATIVOS

G ran parte de la investigación sociológica requiere análisis de


m ateriales cualitativos. La noción de «contenido de comunica­
ción» (la frase empleada por Berelson) 9 es obvio que puede refe­
rirse a cualquier conjunto de estructuras simbólicas a las que
pueda atribuirse sentido conforme a cierta serie de reglas. Así,
cuando el sociólogo utiliza los documentos oficiales, por ejemplo,
de un manicomio, una prisión o juzgados, se produce cierta
form a de análisis de contenido de la comunicación. Todo inves­
tigador que haya trabajado con documentos oficiales ha experi­
m entado los problemas de entender informaciones incompletas, a
m enudo abstractas y sumamente condensadas, de hechos com­
plejos. Invariablem ente, las organizaciones crean diversas mane­
ras de com unicar material oficial y extraoficial que no está
registrado, pero no obstante se lo trata como información fun­
dam ental al escribir y leer las informaciones reales. Los docu­
mentos oficiales se escriben a menudo para que el lector vea a
la organización en el m ejor de sus aspectos. Por ello, tanto las
co n sig n a s propagandísticas que emplean los rusos, como los
«temas» de algunas novelas u obras de teatro, la «estructura de
p erso n a lid a d » del escritor que revelan ciertos pasajes de un libro
o los registros oficiales de clientes o empleados de organizaciones
complejas, reflejan algo «comprensible», pero hemos de recordar
que el carácter manifiesto y particular de las estructuras de
sentido comunicadas pueden variar con la manera como se
reu n ieron los materiales, el público (audience) previsto por el
escritor, el diverso público al que pueden dirigirse los m ateriales
en consideración y el lenguaje utilizado y las definiciones cul­
turales y subculturales que se emplean.
El análisis de contenido es estimable para sugerir hipótesis y
desarrollar una comprensión más amplia de las sutilezas y mati-
ces de la expresión simbólica. ¿Cuáles son sus métodos? Berelson
observa que:

... El análisis de con ten id o se lim ita o rd in a riam en te al contenido


m anifiesto de la com unicación y n o rm a lm en te no se hace de m odo
d irecto según las intenciones la te n te s que el contenido pueda ex*
p re s a r ni p o r las re sp u estas la te n te s que pueda describir. E stric ta ­
m en te hablando, el análisis de co n ten ido atien d e a «lo que se dice»,
y no a «por qué el conten id o es así» (por ejem plo, los «m otivos»),
ni a «cómo reacciona la gente» (p o r ejem plo, «recursos» o «res­
puestas») ,0.

La definición de Berelson subraya la im portancia del conte­


nido de comunicación, que es independiente de los motivos o
razones del escritor para escribir, el público al que se dirige, los
efectos deseados o las interpretaciones reales de cierto público.
Berelson señala tres motivos de ello:
1) la escasa validez del análisis, p o rq u e puede h aber poca segu­
rid ad , o ninguna en absoluto, de que las intenciones y resp u estas
a trib u id a s ocurriesen realm ente, a falta de d atos directo s so b re
ellas; 2) la escasa fidelidad de ta l an álisis, po rq u e es im p ro b ab le
que diferentes c ifrad o res a trib u y a n m a terial a las m ism as categ o rías
de intención y re sp u e sta con el suficiente acu erd o y 3) la posible
circu larid ad que im plica estab lecer relaciones en tre intención y
efecto, p o r u na p a rte , y el contenido, p o r o tra , cuando éste se a n a ­
liza en térm inos alusivos a aquéllos 11.

Cartwright se opone a la limitación del análisis de contenido


al contenido «manifiesto» y «comunicativo» por Berelson, pre­
firiendo sustituir el térm ino «comunicativo» por «lingüístico» y
suprim ir la reducción al contenido m anifiesto u. Excepto en estas
objeciones, está de acuerdo con Berelson.
Otro requisito del análisis de contenido, según Berelson, es
que las categorías analíticas sean suficientem ente precisas p ara
perm itir que diferentes cifradores obtengan los mismos resulta­
dos al examinar el mismo cuerpo de m aterial. Lo cual quiere
decir que las categorías han de ser precisables por un cuerpo
de teoría y por una serie de reglas de cifrado que sean invariables
para la interpretación de ellas por el usuario.
Berelson habla después de la necesidad de un análisis «siste­
mático» que estudie «todo el contenido pertinente..., según todas
“ Bernard Berelson: op. cit., pág. 16.
" íbíd.
las categorías pertinentes al problema» 13. Sin embargo, observa
después que un segundo significado de «sistemático» alude a la
preocupación por asegurarse todo el m aterial pertinente a la
verificación de una hipótesis. Pero sólo cierto contenido perti­
nente será im portante para ciertas categorías pertinentes a la
verificación de una hipótesis. El segundo significado de «siste­
mático*, dice Berelson, pretende «eliminar un análisis parcial o
sesgado que seleccione únicamente aquellos elementos del con­
tenido que se adapten a las tesis del analista» w. Si la teoría dice
explícitam ente qué elementos son pertinentes, será precisable el
m aterial que refute las hipótesis del investigador.
Por último, Berelson indica que ciertas categorías analíticas
deben aparecer en el análisis de contenido de tal manera que
p erm itan afirmaciones de relativo énfasis, como en cuanto al
grado de existencia o falta de un punto. Este requisito establece
el interés por cierta form a de análisis cuantitativo, aunque sólo
signifique anotar una frecuencia con «más» o «a menudo» ,5.
Berelson relaciona después varios supuestos del análisis de
contenido. El prim ero atiende a la supuesta correspondencia
entre la intención del mensaje (independiente de la intención
latente de sus creadores) y el contenido y entre el contenido del
m aterial y su efecto sobre cierto público. El carácter de las in­
tenciones originarias se considera solamente por el contenido
m anifiesto del mensaje. Los presuntos efectos del contenido
sobre cierto público se toman también del contenido manifiesto.
El peligro, por parafrasear a Coombs, es que puedan idearse
categorías para asegurarse de que el análisis de contenido pro­
ducirá m aterial «a favor» 16. Es dicífil dem ostrar que el método
del análisis no asegure los resultados imponiendo categorías sus­
tantivas sin más justificación —teórica o empírica— que la me­
todológica. Está claro que hace falta una teoría precisa con me­
didas independientes de sus conceptos básicos para eludir este
peligro. El supuesto implícito de Berelson, no totalmente preci­
sado, es que el contenido del mensaje en cierto modo comunica
significados que pueden im putarse, tanto al emisor como al re­

» B e r e l s o n , op. cit., pág. 17.


MIdem, pág. 17.
“ Ibíd.
m c i y d e Coombs: «Theory and Methods of Social Measurement», en L. F e s t in -
c e s v D. K*iz (eds.): Research Methods in the Behaviorat Sciences (Dryden),
Hueva York, 1953, pág. 471.
ceptor, muy independientemente de la inform ación sobre las
actividades cifradoras y descifradoras de estos actores. No nos
sorprende el siguiente supuesto de Berelson de que es «signifi­
cativo el estudio del contenido manifiesto». Y prosigue: «Este
supuesto exige que se acepte el contenido como un "lugar común
de encuentro" para el com unicador, el público y el analista. Esto
es, el analista de contenido supone que los "sentidos" que a trib u ­
ye al contenido, clasificándolos en ciertas categorías, se corres­
ponden con los "sentidos" pretendidos por el com unicador o
entendidos por el público. Con otras palabras, se supone que
hay un universo común de razonam iento entre las partes p erti­
nentes, de manera que el contenido m anifiesto puede tom arse
como unidad válida de estudio» I7. Berelson reconoce la idea de
que diferentes «predisposiciones sicológicas del lector» pueden
confundir el sentido de un m ensaje, pero arguye que pueden
concebirse diferentes «planos» de comunicación de tal m anera
que un continuo sirva de modelo. Ciertas comunicaciones son
claramente comprensibles para cualquiera y otras comunicacio­
nes son susceptibles de tantas interpretaciones como diverso sea
el público Defiende la utilización de «materiales de com unica­
ción relativamente denotativos, y que no trate de m ateriales rela­
tivamente connotativos» w.
He aquí un curioso supuesto: cree en una cultura común,
inequívocamente convertible a form as simbólicas escritas. Los
sentidos de esta forma se supone que están en correspondencia
exacta con las intenciones e ideas del escritor y del público. No
discutimos la existencia de una cultura com ún entre el com uni­
cador, el público y el analista. Pero, ¿cuáles son las propiedades
del concepto de cultura común en que se basa el análisis de
contenido? ¿Qué tipo de discrepancias se considera existen entre
las intenciones de los comunicadores y sus manifestaciones, las
expectativas y percepciones del público y, p o r últim o, las expec­
tativas y percepciones del analista? Este no es un problem a pecu­
liar del análisis de contenido. Todo investigador sobre el terreno
se enfrenta con la misión de decidir cómo debe atribuirse senti­
do a los hechos. Pero, en el análisis de contenido, el proyecto no
puede comenzar sin cierta determ inación previa de los problem as

17 B e r e l s o m : op. cU., pág. 19.


“ Ibid.
• Idem, pág. 20.
largüísticos y de las definiciones culturales presupuestas en cada
análisis. Como el análisis de contenido trata exclusivamente del
sentido de comunicaciones verbales, es obvio que las categorías
utilizadas suponen reglas que definan los ám bitos de sentido a
los que deban atribuirse los elementos de la comunicación. El
supuesto de que es posible una descripción cuantitativa del con­
tenido de comunicación por la frecuencia de ciertas característi­
cas definidas exige que las categorías empleadas estén en cierta
correspondencia precisable con las características y que existan
clases de equivalencias entre éstas, permitiéndose así que haya
recuento. Pero Berelson no explica los supuestos teóricos y los
procedim ientos metodológicos para producir clases de equiva­
lencias. El que un investigador encuentre «sesgo» que pueda
«contarse» en cierto» periódicos, revistas y novelas no quiere
decir que los autores de tal «sesgo» y el público lo adviertan e
interpreten como tal. Si el análisis del contenido m anifiesto reve­
lase la intención y percepción del comuriicador y del público, el
analista de contenido asum iría la función de «informar» a los
sociólogos y a los profanos sobre el «sentido verdadero» de tales
medios.
El artículo de Cartwright ofrece una idea más crítica del aná­
lisis de contenido, aunque trata de m ostrar su utilidad si puede
satisfacer algunos de los siguientes procedimientos, que requiere
explícitamente:

H ay dos tipos básicos de cuestiones que se plantean en la m ayo­


ría de los estudios descriptivos: 1) ¿Cómo v arían los m ateriales sim ­
bólicos a trav és del tiem po? y 2) ¿cómo d ifieíen en tre sí los m ate­
ria le s producidos p o r d istin tas fuentes?... AI establecer tendencias
al paso del tiem po y al co m p arar clases diferentes de m ateriales,
es esencial que se utilicen el m ism o sistem a de categorías, las m is­
m a s definiciones o perativas de éstas y las m ism as unidades de
re g istro y de enum eración p a ra cu an tificar los m ateriales que se
co m p aran 20.

Cartw right reconoce que muchos análisis de contenido son


de poca importancia, porque se preocupan de «contar» y ofrecer
datos numéricos «objetivos». Pero, para él, no es dudosa la cues­
tión de cómo puede variar al paso del tiempo el sentido cultural
de los m ateriales simbólicos, por escritor, lector y analista.
Lo que falta, pues, en Berelson y Cartw right es toda referen­
cia explícita a las reglas norm ativas que orientan las in terp reta­
ciones del comunicador, del público y del analista sobre el sen­
tido de las comunicaciones m utuas. Es difícil form ular cuáles
son las reglas que orientan la interacción en la com unicación
directa, aun cuando el investigador esté dispuesto a señalar las
justificaciones de la acción que suponga su teoría, adem ás de
las medidas independientes de sentido. Cada expresión verbal
está sujeta a una interpretación diferente por algún público pre-
cisable (comprendido el investigador) y, por ello, no puede en­
tenderse aparte de las norm as que dirigen el análisis del m aterial
y las reglas que se im putan al público al cual se dirige.
La reciente conferencia sobre el análisis de contenido p atro ­
cinada por la Comisión de Lingüística y Sicología del Consejo
de Investigaciones Sociológicas21 ofrece algunas ideas y datos
excelentes sobre la im portancia del lenguaje y del significado
para el análisis de m aterial cualitativo y hace mucho p o r resolver
algunas de las dificultades citadas. Se han discutido especial­
mente las dificultades del análisis cuantitativo de contenido, el
problema de si los sentidos pretendidos del orador o escritor
difieren del uso ordinario de las palabras y de su interpretación
por el analista, en especial, al cifrar, además de los contextos
locativo y conductivo de la comunicación
Hay un comentario crítico de Mahl sobre el «modelo repre­
sentativo» (como el que utilizan muchos sociólogos, sicólogos y
politólogos, y suele verse en obras como la de Berelson, en que
se da por supuesta la validez nominal del contenido m anifiesto)
y una exposición del «modelo instrum ental»:

La expresión «m odelo representativo» fue em pleada p o r el a u to r


[M ahl] p a ra d escrib ir el enfoque según el cual los estad o s conduc­
tivos de un o ra d o r están rep resen tad o s n ecesariam ente de m odo
d irecto en el contenido sim bólico de los m ensajes que em ite: p o r
c ita r el ejem plo que utiliza Osgood en el capítulo a n te rio r, cuando
una p ersona dice que e stá a su sta d a o habla de cosas esp a n to sas, se
tom a com o que está a su sta d a . En realidad, se supone tam b ién lo
inverso: que cuando e stá asu stad a, las p ala b ras de cu a lq u ier m en ­
sa je que em ita a lu d irá n fo rzo sa m en te al «miedo», a «cosas esp an ­
tosas» o «experiencias espantosas». P o r ta n to , este p u n to d e v ista
supone la validez n om inal del contenido léxico m an ifiesto de u n

" De que informa Pool: Trends in Contení Anaiysis, loe. cit.


n AJexander L. George: «Quantitative and Qualitative Approacbes to Content
Anaiysis», ibíd., págs. 7-32.
m e n sa je . Sin em bargo, tra s este sim ple valor nom inal hay una
in feren cia m ás fundam ental y p en etran te del punto de vista rcpre-
se n ta tiv ista : el supuesto im plícito de que existe una relación iso-
m o rfa entre los estados conductivos y las propiedades cuantitativas
del contenido léxico. Así se m uestra en la frecuencia con que los
e n fo q u es del contenido m anifiesto suponen, p o r ejem plo, que cuan­
t a s m ás unidades de contenido haya en una m u estra de lenguaie
s o b re una em oción, tan to m ayor será la intensidad de esta emoción
e n el o ra d o r al tiem po en que em itió el contenido. En esta suposi­
ció n de isom orfism o se b asan tam bién las interpretaciones del aná­
lisis de contingencias, p a ra las cuales estas contingencias en los
m e n sa je s reflejan d irectam en te asociaciones conductivas

Los partidarios del punto de vista representativista suponen


que la relación entre los estados conductivos y los mensajes pue­
de determ inarse analizando la semántica de las expresiones es­
critas u orales. «Por ello, reducen su análisis a los contenidos
de los mensajes, definiendo el contenido la semántica tradicio*
nal». E n este aspecto, difieren de los partidarios del punto de
vista instrum ental, quienes «suponen que las prácticas del len­
guaje sólo pueden determ inarse investigando esas mismas prác­
ticas, incluyendo en el análisis los contextos locativos o no léxicos
de los mensajes» *.
Lo esencial de las observaciones de Mahl puede verse en su
distinción entre la «semántica tradicional» y los «contextos no
léxicos de los mensajes». Saporta y Sebeok plantean una cuestión
s e m e j a n t e al hablar de palabras que tienen la misma «distribu­
ción», pero sentidos diferentes:
La d istrib u ció n de una form a lingüística significa la sum a de
to d o s sus am bientes... Así, «si A y B tienen am bientes idénticos,
excepto prin cip alm en te en las frases que com prenden a am bos, de­
cim os que son sinónim os: oftalm ólogo y o culista...» En resum en,
¿cóm o sabem os que asiento y silla son de significado m ás sem ejante
q u e asiento y p u erta ? Un problem a epistem ológico que debe exami­
n a r s e f i n a l m e n t e e s la posibilidad de cierto m étodo no distributivo
de h a lla r la diferencia de sentido; en caso contrario, el argum ento
se h ace circular, pues la única p ru eb a de diferencia de significado
re su lta ser la diferencia d istributiva. Tiene que hacerse factible un
m éto d o independiente p a ra d eterm in ar diferencias de sentido antes
de que se haga verificable cualquier afirm ación sobre correlatos
d is trib u tiv o s 23.

® G e o r g e F. M a h l: «Exploring Emotional States by Content Analysis», ibid.,


p á g s . 8 9 -9 0 .
Idem. pág. 105.
n g o l S aporta y Thomas A. S ebbok: «Línguistic and Content Analysis», ibid.,
n¿as. 135-137. Dentro de esta cita de S a t o t a y S ebbok hay otra cita de Z. S.
H a m Íi s : «Distributional Stnicture», Word, 10 (1954), 146-162.
El «problema epistemológico», o problem a de m étodos no
distributivos para llegar al sentido, recibe más atención en el
resumen que hace Pool de la conferencia, al decir: «La mayor
parte de los métodos de análisis de contenido utilizan al cifrador
como juez sobre qué form as léxicas transm iten qué sentidos de
interés. Se han basado en el sentido común de un cifrador, quien,
desde luego, era u n usuario del lenguaje en que se hacía el
análisis. Su sentido común lo capacita para reconocer, por ejem ­
plo, que las expresiones "un hom bre de c o raje”, "un valiente" y
“un tío con agallas” significan lo m ism o»26. El problem a de los
significados equivalentes no puede resolverse m ediante un aná­
lisis lingüístico per se ni con las definiciones del diccionario
sobre las propiedades sem ánticas m anifiestas de las expresiones.
Y si hemos de confiar en jueces hum anos, tendríam os que saber
todo lo posible, parafraseando a Pool, sobre cómo cifra y desci­
fra los mensajes la «com putadora humana». Pero reconocer la
im portancia del sentido vulgar —como lo hacen explícitam ente
Pool e, implícitamente, todos los libros sobre el análisis de con­
tenido— no quiere decir que se reconozca o se insista en el
estudio de cómo las personas atribuyen sentido a su medio y
establecen clases de equivalencias basadas en definiciones de
diccionario y en el uso del lenguaje cotidiano, los gestos, las
apariencias, las cualidades tonales de la voz y semejantes. En
su lugar, se supone a menudo que tal sentido es evidente, que los
hablantes nativos de una lengua son más o menos intercam bia­
bles, que es suficiente estudiar el contenido m anifiesto o que los
jueces son intercam biables. La investigación sociológica sigue
sin reconocer demasiado el problem a de la estru ctu ra del cono­
cimiento vulgar.

CONCLUSION

Nuestra breve exposición del empleo sociológico de los m ate­


riales históricos y del análisis de contenido ha tratado de mos­
tra r la im portancia de las estructuras de sentido tácito para
com prender documentos como los diarios, periódicos, entrevis-
* Ithiel Db Sola Pool: «Trends ln Coatent Analysis Today: A Summary»,
tbíd., pág. 226.
tas, informaciones oficiales y novelas. Los métodos actuales sue­
len im poner sentido a los m ateriales al seleccionar y sacar lo
que parece im portante. Es como decir que se atribuye sentido ai
contenido por el mecanismo del método que, presumiblemente,
pretende «descubrirlo». Resumiremos este capítulo con las si­
guientes consideraciones:

1. El investigador no puede estim ar las condiciones que lie-


varón a la producción del documento sin tener cierta teoría que
explique el sentido vulgar empleado por el actor y por la estruc­
tu ra social dentro de la cual se produjo el material.

2. Ei análisis de contenido del m aterial supone que ciertos


«temas» son invariables para el contenido connotativo de la
comunicación. Tales «temas» son parte de la teoría del investi­
gador, que es independiente de la perspectiva del actor.

3. Es difícil establecer la distribución modelo de los dife­


rentes tipos posibles de expresiones que contienen los documen­
tos. El investigador está obligado a suponer que la m uestra que
utiliza es representativa. El contexto de situación puede faltar
por completo, como ocurre con los documentos públicos, o puede
describirse desde el punto de vista de un solo participante u
observador.

4. La interpretación de cualquier documento, novela o infor­


me periodístico está sujeta continuamente a la posibilidad de
revisión a la luz de nuevas informaciones, o por «haberlo pen­
sado mejor». Es difícil cum plir con las condiciones que reducen
las posibilidades de revisión y de verificación de hipótesis exi­
giendo que los datos contengan rasgos particulares dictados por
la teoría, porque en la selección de datos obran factores desco­
nocidos y el carácter del contenido informativo se decide pos­
teriorm ente.

5. Los materiales pueden contener expresiones idiomáticas,


jergas o connotaciones de grupo que el investigador debe tra ta r
a menudo de determ inar sin conocimiento previo de los objetivos
del escritor o de su m anera de interpretar el mundo.
6. El investigador se enfrenta a m enudo con docurru
los que se ha atribuido ya sentidos norm alizados y que
veces podrá investigar independientem ente. Tales sentido
quieren un modelo del actor que tenga en cuenta las m m
como se da expresión a los sentidos culturales a través de sím ­
bolos escritos.

7. El cifrador de docum entos y de m ateriales de los medios


de difusión, según los autores, tiene que ser una «persona sen­
sible» que pueda detectar los m atices del m aterial simbólico.
Pero, idealmente, el cifrador debe funcionar tam bién como un
autóm ata que cifra diversas respuestas, frases, expresiones y
comentarios conforme a una serie de norm as preestablecidas que
proporcionan una correspondencia precisa entre cierta form a
expresa y el objeto al que alude.

8. Hace falta una teoría de los signos para el análisis de


contenido y para el historiador. Eso está muy reconocido en
cuanto al historiador que ha de descifrar una simbolización an ­
tigua y medieval. En cuanto al sociólogo, pocas veces constituye
preocupación, al suponer con dem asiada frecuencia que el len­
guaje de los m ateriales que somete a análisis de contenido con­
tiene estructuras de sentido «obvio», que simplemente requieren
un «recuento» bajo un conjunto de categorías a priori o ex post
jacto.

9. El sociólogo no puede perm itirse confiar en su propia com ­


prensión vulgar al hacer el análisis de contenido de las com uni­
caciones. Sí lo hiciese, le resultaría im posible distinguir entre lo
que puede entender por causa de su m arco teórico y lo que puede
entender como miembro de la m ism a sociedad (o incluso del
mismo público) al que se presentó la comunicación.

10. Un artículo periodístico, docum ento público, noticia ra ­


diofónica o anuncio televisivo puede escribirse bajo la dirección
editorial de muchas personas con una variedad de intenciones
distintas. La m anera como el público percibe e interpreta estas
comunicaciones puede variar con el público y las ideas norm ati­
vas de los comunicadores sobre su m edio en el momento de la
comunicación; y con los diferentes tipos sociales de actores, que
p u eden estar en diferentes órdenes estructurales y locativos de
la sociedad, y cuya actitud ante la comunicación puede depender
de su identidad social y de sus posiciones y papeles oficiales y
extraoficiales.

11. Las intenciones con que se produce la comunicación pue­


den ser independientes de las interpretaciones que de aquéllas
hace el sociólogo, e independientes de los actores expuestos a
ésta (y que pueden desconocerlas, confundirlas, tergiversarlas,
etcétera).

12. Las categorías para clasificar «capítulos» o elementos


de la comunicación, presumiblemente derivadas de la teoría del
sociólogo, han de concordar, no sólo con este concepto teórico
del contenido, sino también con la percepción del actor. El aná­
lisis de contenido, sin embargo, puede o p tar o no por estudiar
los que produjeron la comunicación. Los objetivos del emisor
p u ed en ser pertinentes o no al estudio, según por lo que se
interese.

13. El que se hagan y se hayan hecho análisis de contenido


denota la frecuente esperanza de que en la comunicación existan
regularidades o pautas significativas, pero no podemos suponer
la significación de un análisis de contenido únicamente en virtud
de su categorización y cuidadoso recuento de los puntos clasifi­
cados bajo estas categorías, a menos de saber cómo decide el
investigador cuáles son sus categorías y cómo las ha de utilizar,
con referencia a los supuestos teóricos intrínsecos al método de
análisis.
LOS PROYECTOS EXPERIMENTALES
EN SOCIOLOGIA
En este capítulo considerarem os la im portancia de los p ro ­
yectos experimentales para realizar en marcos no reales, con
objeto de verificar la teoría sociológica La finalidad es reco­
mendar una investigación experim ental sobre el problem a del
sentido cultural como condición necesaria para una sociología
experimental que pueda exam inar teorías sobre la asunción de
papel y la organización social.
Frecuentemente, se critica a los experimentos de sociología y
sicología social por ser demasiado «artificiales». Estas críticas
no estiman la creación de una situación experimental p ara poder
manejar las condiciones en que sea posible predecir cierto resul­
tado o resultados determinables. Hay confusión, frecuentem ente,
cuando se considera el experimento como una tentativa de repro­
ducir situaciones de la «vida re a l» 2.
1 Vid. Donald T. C ampbell: «Factors Relevant to the Validity of Experiments
in Social Settings», Psychologicat Bulletin, 54 (julio. 1957), 297-312; y «Quasi-Expe-
rimental Desígns for Use in Natural Social Settings», original inédito. Estos
artículos de C ampbell son útiles en cuanto a los experimentos en marco natural
y de laboratorio. Su trabajo ofrece una información general sobre los problemas
a l realizar experimentos en un marco social natural. Vid., además, J . B ergf.r ,
B. P. Cohén, J. L. S hell y M. Z elditch, Jr.: Types of Formalization in Small
Group Research (Houghton Mifflin), Boston, 1962.
1 Vid. la exposición de Festinger: «Laboratory Experiments», en L. Festincer
y D. Katz (eds.): Research Methods in the Behavioral Sciences (Dryden), Nueva
York, 1953, págs. 136-172.
C reer que en sociología no son posibles los experimentos de
la b o ra to rio se debe a la idea de que nuestras variables son oscu­
ras y de que no podemos precisar cómo han de m anejarse (ex­
cepto en los ejercicios teóricos y empíricos que no nos com­
p ro m eten con procedimientos operativos precisos). La falta de
soluciones al problema del sentido en sociología y sicología so­
cial evita que pasemos, de las proposiciones abstractas que lla­
m am os teoría, a los procedimientos operativos que permiten
un m anejo cotejado de variables im portantes. La investigación
sobre el terreno pocas veces hace más precisa la teoría, porque
sus técnicas se basan invariablemente en observaciones confusas
difíciles de medir o en datos «agrupados» que suponen signifi­
cados nunca conceptualizados, ni estudiados independientemente
de los objetivos sustantivos por los que se recogieron originaria­
mente. E l lenguaje, los gestos y el sentido utilizados para idear
las preguntas e interpretar las respuestas informan al investiga­
d or im plícitam ente sobre las correspondencias entre el concepto,
los procedim ientos operativos y las observaciones. Las observa­
ciones relatadas son a menudo ideas abstractas basadas en ideas
vulgares implícitas, utilizadas para decidir el significado y perti­
nencia de las percepciones del investigador3. La experiencia del
investigador sobre un hecho (objeto o cuestión) y las circunstan­
cias que la rodean no son forzosamente idénticas con la experien­
cia del sujeto o de otro investigador sobre el mismo objeto
social. El mismo objeto puede em itir una serie de propiedades,
idénticas en todas las ocasiones, pero pueden ser experimentadas
de modo diferente por el investigador y el sujeto. Lo cual pone
en duda el sentido del objeto como estímulo idéntico para dife­
rentes sujetos, especialmente si el investigador supone que él y
sus sujetos perciben el objeto de manera idéntica.
Dos experimentos de sicólogos sociales han revelado la in­
fluencia de las reglas normativas de conducta, en condiciones
experim entales, sobre la percepción e interpretación de los obje­
tos físicos. En su experimento, Asch se sirvió de siete ayudantes
por cada sujeto experimental para m ostrar que las percepciones
declaradas de los miembros del grupo influyen de m anera impor­
tante sobre el sujeto experim ental4. El trabajo de Sherif con el

r v id Alfred S c h u t t : ■Concept and Theory Formation in the Social Sciences»,


Tit* Journal of Philosophy, LI (abril 1954), 266-267.
« E. Asea: «Effects of Group Pressure upon the Modification and Distortíon
efecto autocinético m ostró que los juicios de los sujetos experi­
mentales pueden ser influidos por los juicios de participantes
pagados \ Estos no son m ás que dos de los muchos experimen­
tados proyectados para m ostrar que los rasgos norm ativos de
las estructuras sociales influyen y regulan las percepciones, in­
terpretaciones y conducta de los sujetos. Estos experimentos de
sicólogos sociales ofrecen datos muy im portantes en apoyo del
concepto sociológico de las estructuras norm ativas como inde­
pendientes de la constitución sicológica de los actores indivi­
duales.
Si el significado de los objetos físicos puede ser alterado
drásticamente por las reglas norm ativas que dirigen la acción
social, los objetos sociales (por ejem plo, los objetivos, la au to ri­
dad, la risa o el enfado) presentan el nuevo problem a de que, al
estimularlos experim entalm ente (o al estudiarlos sobre el terre­
no), el investigador tiene que distinguir entre sus propias percep­
ciones e interpretaciones y las de sus sujetos sobre los mismos
objetos sociales. Establecer consenso entre el investigador y los
sujetos sobre las propiedades de un objeto social singular es
condición necesaria para crear clases de equivalencias con fines
de medida. La presentación de objetos sociales (p. ej., puntos de
cuestionario o relaciones de autoridad en condiciones experi­
mentales) del investigador a los sujetos exige suponer que se
refieren a las mismas observaciones sensoriales, al mismo campo
visual y experiencia del hecho social. Otro supuesto es que una
descripción por el investigador de una conducta observada será
idéntica u «obvia» a cualquier otro observador. Además, se su­
pone que los sujetos experim entan invariablem ente los mismos
estados que im putan las descripciones del investigador. La rela­
ción entre el signo y el objeto social no es exacta. Las instruc­
ciones verbales pueden parecer norm alizadas (especialmente, si
se presentan en grabación electrónica), pero su carácter y sentido
«obvios» no pueden darse por supuestos. Las ideas del observa­
dor y del sujeto para in terp retar el «mismo» medio de objetos
requieren más clarificación conceptual y em pírica si han de
verificarse experim entalm ente las teorías sociológicas.

of Judgements», en H. G u etzio w (ed.): Groups, Leadership and Men (C a rn e jn c


Press), Pitsburgo, 1951, págs. 177-190.
5 M. Sherip: «An Experimental Approach to the Study of Attitudes», Socio-
metry, I (1937), 90-98.
De las ambigüedades esenciales a la gestión por el actor de
sus asuntos diarios en la vida cotidiana no se sigue que el soció­
logo deba m edir también de forma ambigua y no estructurada
las m aneras del actor de estar en el mundo.
E studios como los citados de Asch y Sherif son precisos en
cuanto a lo que se maneja en el experimento; y las respuestas son
directam ente comprensibles sin recursos elaborados de medida.
La finalidad del experimento de Asch estaba clara y no exigía
in tro d u cir estructuras de sentido derivadas específicamente de
u na textura teórica ni la creación de procesos sociales artificiales
y estru ctu ras sociales no fácilmente comunicables. El estudio de
Sherif trataba de sum inistrar un estímulo ambiguo, para permi­
tir la posibilidad de que un sujeto influyese sobre los juicios de
otro. Pero la misión del experimentador se confunde cuando
llega a crear un sentimiento de «rechazo» entre los sujetos, de
percepción de «aceptación» o de «amabilidad», de grupos «privi­
legiados» y «postergados», o «jerarquías» y semejantes. La per­
cepción de los objetos sociales supone estructuras de sentido
más ambiguas que la percepción de objetos físicos6. Habitual­
mente, los investigadores confían en su conocimiento vulgar
sobre las dimensiones de la percepción social. Pero si una noción
de esta especie, por ejemplo, la «amabilidad», se entiende como
una especie de continuo, con grados altos y bajos de expresión
medidos en una escala de cierto tipo, o incorporada al estudio, o
im puesta posteriorm ente a un conjunto de respuestas, el sistema
de medida transform a los conceptos vulgares de esta noción en
el producto mensurable deseado. No se trata de obtener medidas
operativas; ni se pretende negar la importancia o pertinencia de
los experimentos de Asch, Sherif, Festinger, Kelley, Thibaut y
otros. «Variables» como la «cohesión», el «rechazo» o la «ama­
bilidad» no son significativas automáticamente por haberlas he­
cho operativam ente mensurables cierto conjunto de preguntas u
opciones sociométricas. La medida operativa de tales conceptos
• F p. K ilp a tr ic k y W. H. I tte l s o n : «The Size-Distance Invariance Hypothesis».
p5ychoiogicat Review, 60 (1953), 22.V232; A. Ambs , Jr.: An In terpretiv e Manual
for the Demonstrations in the Psychological Research Center, Princeton Vniver-
sityí The Sature of Our Perceptions, Prehensión, and Behavior (Princeton Uni-
versity Press), Princeton. 1955; Egon B ru n s w ic k : Perception and the Representa­
r e besign of Psychological Experiments (Unhrersity o f California Press),
Berkeley, 1956.
no tiene en cuenta explícitam ente los sentidos vulgares tácitos
en que se emplean. El tipo más obvio de m edida en los experi­
mentos sociales es la explicación precisa por el observador, en
sencillos términos descriptivos, de las diferencias predichas. Ti­
tular «datos» a las «consecuencias» de una serie de descripciones
generales esenciales a los procedim ientos de cifrado y a las ins­
trucciones de un experim ento no constituye, ni un estudio rigu­
roso, ni aun siquiera un experim ento elegante.
Cada variable sociológica está situada en una perspectiva tem ­
poral particular. Variables locativas o estructurales como la
ocupación, la edad y el sexo contienen condensaciones inexpresas
de sentidos culturales pertinentes. Las variables que determ inan
la percepción social com prenden am biguas «reglas» culturales
de interpretación y no pueden tom arse como evidentes.
Si nos falta la suficiente precisión teórica para saber cómo
idear y comunicar sencillas instrucciones a sujetos experim en­
tales que creen estructuras sociales, nuestro conocimiento de los
procesos sociales básicos será dem asiado lim itado para proyectar
las acciones de los sujetos de m anera que arrojen una diferencia
claramente observable en cierto tipo de sentido social. Un expe­
rimento que trate de crear diferencias de «cohesión» o de «jerar­
quías de posición social» supone que conocemos los elem entos
interactivos por los que se origina, m antiene, altera o suprim e
la «cohesión» y la «posición social». La m anera como se entienda
la «cohesión» y la «jerarquía» ofrecerá las claves operativas
para su creación y alteración experim entales. Conceptos como
los de «cohesión» y «posición social» suponen un conjunto de
definiciones que se pueden producir y convertir operativam ente
mediante instrucciones precisas que transm itan estructuras de
sentido fácilmente com prensible para los sujetos. Está claro que
las variables no son locativas o estructurales per se y el investi­
gador no puede suponer que lo sean y que, en consecuencia, tienen
un sentido evidente 7. Los sicólogos sociales han realizado experi
mentos de laboratorio con variables culturales (entendidas er.
términos sicológicos), m ientras que muchos sociólogos y antro-
pólogos han solido preferir la investigación sobre el terreno.
1 Puede verse un ensavo que muestra la relación y la importancia de las
variables culturales para la investigación mediante encuestas y su aplicación a
los problemas de interés sustancial para los sociólogos: Bennett M. B ercer:
«How Long is a Generation?», The British Journal of Sociology, XI (marzo
1960), 10-23.
h ab itu alm en te en las situaciones cotidianas, ofrecen estabilidad
e in tro du cen cambio para el actor y otros en la acción concertada.
Tipificar los objetos y hechos perm ite al actor atribuir sentido a
situ a cio n es diferentes; hace comprensibles el cambio y las apa­
riencias am biguas y capacita al actor para m antener un medio
estable fre n te a hechos equívocos, molestos o absurdos.
El a c to r de Thibaut responde a un medio que el experimen­
ta d o r ha hecho dudoso para originar consecuencias diferentes. Si
tuviésemos que repetir el experimento, ¿cómo sabríamos que in­
troducim os el mismo grado de «frialdad antipática», «calor»,
«am abilidad» o «estímulo»? Una respuesta sería, si obtenemos
las m ism as conclusiones o semejantes. No niego la importancia
ni la pertinencia de la investigación de Thibaut, sino que pido
una explicación clara de los rasgos que manejó, presumiblemente
con éxito, pero que quedan desconocidos para el lector y para
cualquiera que desee repetir el experimento. El estudio de Thi­
baut y o tro s semejantes son útiles, sin embargo, porque el éxito
que consiguen subraya la im portancia de ser explícitos sobre
nuestro concepto de la estructura de la acción social y las ope­
raciones que introducimos. Según podemos concluir, el experi­
m ento m uestra que los actos del experim entador comunicaron '
sentidos advertidos e interpretados por los sujetos de manera,
al parecer, semejante, como pretendía el investigador, y que
dichos sentidos fueron compartidos también por los observado­
res que estim aron la interacción y cifraron los cuestionarios.
Esto puede entenderse como una demostración experimental de
una cultura común, que es manipulable y puede ser observada
en cuanto tal, pero en la que no siempre podemos estar seguros
de qué elementos son los que originan los resultados. Se dan
procedimientos operativos, pero no son obvios ni verdaderam ente
v e r i f i c a b l e s por el lector. Ni siquiera sería adecuada una película
de todo el experimento, aunque serviría para ilustrar los resul­
tados. Sin una serie de reglas de procedimiento por las que
decidir si hay «cohesión», y cuándo se manifiestan tipos particu­
lares de conducta, queda claro que tendremos que basam os en
nuestro conocimiento vulgar para determ inar el sentido, incluso
de 1a película.
Los mismos comentarios pueden hacerse en cuanto al expe­
rimento de Harold H. Kelley sobre las jerarquías de posición I0.
En éste, las instrucciones dadas a los sujetos dan a entender for­
malmente la creación de diferencias de posición y los resultados
indican que el autor pudo producir diferencias que pueden esti­
marse como interesantes y significativas. Pero es difícil saber
con precisión cómo se produjeron e interpretaron los resultados
y, mucho más, por qué no serían igualmente aplicables unas ins­
trucciones alternativas. ¿Es evidente que dando a las personas
ciertas instrucciones que sitúen claram ente su lugar en cierta
jerarquía creada se com prenderán siem pre estas instrucciones?
Lo im portante es que quedan sin form ular conceptualm ente los
supuestos de Kelley sobre el proceso social fundam ental. Ha
supuesto una cultura común utilizada im plícitam ente. La sitúa-
ción experimental puede estar estructurada de m anera que, con
cotejos experimentales, puedan elim inarse ciertas diferencias de
posición, pero está claro que los sujetos responderán al experi­
mento según estén acostum brados a responder en la vida coti­
diana. Pero si no sabemos algo sobre cómo llevan los sujetos su
vida cotidiana (en cuanto individuos y en cuanto actores genéri­
cos), quizá no podamos saber qué los mueve a responder en el
experimento.
Con la exposición anterior hemos querido anim ar a utilizar
experimentos para estudiar los procesos sociales fundam entales
de la vida cotidiana que originan estructuras sociales. E studiar
experimentalmente los procesos sociales fundam entales es un
requisito necesario para los tipos de estudio como los realizados
por Thibaut, Kelley y otros. En el epígrafe final de este capítulo
trataré de indicar brevemente cómo serían tales experim entos, de
describir dos ejemplos y de señalar más experim entos que con­
vendría hacer. Supongo que la cultura, entendida como un sis­
tema de acción, puede ser estudiada experim entalm ente y acla­
rarse y medirse sus elementos teóricos fundam entales.

EL PROCESO SOCIAL FUNDAMENTAL


Y EL PROBLEMA DEL ORDEN SOCIAL

En tesis doctoral que tra ta de verificar experim ental mente la


invariabilidad de lo que Schutz llama rasgos estables de la acción
“ «Communicatión in Experimentally Created Hiervrehies», en Caktwright y
Zander, op. cií., págs. 443-461.
social, H arold Garfinkel presentó a estudiantes la Preparación
de M edicina una grabación ficticia de una entrevista real entre
un «entrevistador de admisión a Medicina» y un «solicitante de
ingreso en la Facultad» u.
El «solicitante» fue «programado» como «patán» y se proyec­
tó que su s respuestas violasen lo que el experim entador considera­
ba com o una conducta relativamente adecuada. Un apéndice del
estudio, con la entrevista grabada, ofrece a l lector una expli­
cación literal de las propiedades violadas y de cóm o se «progra­
mó» e sta ineptitud general. Todos los sujetos experimentales
crey ero n que el «solicitante» no tendría éxito y que se había
c o n d u c i d o inadecuadamente. Después, a cada cosa que decía el
sujeto en descalificación del «solicitante», el experimentador lo
c o n tra d ecía , revelando información que no se había dado ante­
rio rm e n te y que podía favorecer al sujeto. Después de poner a
los e stu d ia n te s frente a esta b a rrera de contradicciones, se los
invitaba a escuchar por segunda vez la grabación. Aunque la
m ayoría de ellos consiguieron «reinterpretar» al «solicitante»,
c o n s i d e r a n d o que tendría «éxito» (habiéndoseles dicho que lo
recibirían «a banderas desplegadas»), Garfinkel informa que la
c o n f u s i ó n predicha y pretendida (es decir, el fracaso de la acción
social estable) no salió tan bien como se esperaba, aunque hubo
un m arcado aum ento de la «ansiedad medida» entre la prim era
e n t r e v i s t a y la segunda. Los estudiantes pudieron transform ar al
« s o l i c i t a n t e » , de patán sin probabilidades, en aspirante afortu­
nado. Según podemos entender, estos resultados manifiestan que
l a s i t u a c i ó n experimental era «realista» y se ajustaba a los re­
su ltad o s esperados- Mérito im portante de este experimento es
que simulaba condiciones realistas. Otra ventaja im portante está
en la utilización de procedimientos experimentales que pueden
repetirse fácilmente. Los inconvenientes son la dificultad de pro­
ducir o determ inar el carácter «convincente» de la entrevista
sim ulada del solicitante y las dificultades de m edir la ansiedad.
El haberse realizado el estudio sin solución explícita a estos dos

ii Harold G a r f i n k h .: The Perception of the Other: A Study in Social Order,


tesis d o c to r a l. Universidad «Harvard», 1952. Se informa brevemente de este ex­
p e r i m e n t o en la versión corregida de una relación leída en la reunión anual de
la A sociación Estadounidense de Sociología, de Washington, en 1957, titulada:
«A C o n c e p t i o n of and Experimenta with Trust” as a Condition of Stable Con-
certed ActioD».
problemas supone la existencia de una solución tácita al p ro ­
blema del sentido.
Buscando indicadores más precisos de confusión y, por consi­
guiente, la existencia de norm as sociales (como m edida directa
del orden estable), Garfinkel recurrió a estudiar los juegos, p o r­
que adm iten identificar las expectativas de la situación de algu­
nos jugadores (actores). El juego com prende una serie clara de
reglas dentro de las cuales pueden obrar las expectativas habitua­
les del juego. Garfinkel razonaba que pudiendo fijarse en las
«reglas básicas» y «expectativas constitutivas» de un juego com o
el ajedrez, podría com prender m ejor las variaciones de las ex­
pectativas y de las estrategias generales que podrían obrar inde­
pendientemente, aunque tam bién ser lim itadas por esas reglas
básicas. Lo cual le perm itiría m ostrar las sem ejanzas y las dife­
rencias entre los juegos y las situaciones de la vida real. Q uería
exam inar experimentalmente las situaciones reales utilizando el
juego como enfoque.
Tanto en su prim er experimento con el estudiante de Prepa­
ración de Medicina, como en los posteriores con juegos, p articu ­
larmente, el de «ceros y cruces» *, Garfinkel se interesaba por
someter a verificación experim ental las nociones de Schutz sobre
la fenomenología constitutiva de la vida cotidiana. Tales dem os­
traciones m anifestarían que existen propiedades invariables del
orden social y que pueden m anejarse experim entalm ente. Si­
guiendo en el marco teórico de Schutz, es im portante producir
un experimento que revele la existencia de un conjunto invaria­
ble de «normas constitutivas» o «propiedades» que los usuarios
o actores «entiendan normales» para el particular «orden cons­
titutivo» del cual forman parte. Así, se pone el énfasis sobre las
propiedades de normas o «reglas» invariables, no sobre su con­
tenido real.
Lo general en los trabajos de Schutz y Garfinkel es la indica­
ción de que, al quebrantarse o violarse las propiedades de las
norm as constitutivas, habrá confusión, caos o una brusca deten­
ción de la acción social. Lo teórica y em píricam ente im portante
es que todos los hechos, independientem ente del «juego», tienen
su «signo (accent) constitutivo». La obra de Garfinkel m uestra

* En el original, «ticktacktoe», llamado también •naughts and crosses». Como


el tres en raya, pero marcando ceros un jugador y, el otro, cruces. (T.)
que tales experimentos son posibles, que abordan los procesos
s o c i a l e s fundamentales de las estructuras sociales y que descu­
b ren posibles fundamentos de una sociología experimental.
G arfinkel emplea el juego de ceros y cruces para ilustrar las
« reglas constitutivas». Se invita a un sujeto a jugar una partida
con el experim entador, se le hace salir'y, entonces, el experimen­
ta d o r b o rra la marca que ha hecho, trasladándola a otro punto,
y hace inm ediatam ente la suya, con toda naturalidad. Los sujetos
se m u estran algo confusos y aturdidos, de m anera que no pueden
ju g a r la partida en estas condiciones, a menos que sigan dos
orientaciones generales. En prim er lugar, por ejemplo, el sujeto
puede aparentar que la jugada indebida es en realidad correcta,
o puede aparentar que se está jugando a un juego «diferente»,
d ejan d o de hacer comentarios por el momento, aunque a menu­
do pensando para sí que quizá haya «buenas razones para todo
esto». Ocurre cierto tipo de actividad «normalizadora». O, en se­
gundo lugar, si el sujeto trata verdaderamente de seguir el juego
com o si fuese un ceros y cruces «regular», puede reaccionar con
m olestia y confusión. P or tanto, si el actor trata de adaptarse
al «signo constitutivo», no quedará forzosamente confuso, cre­
yendo que la situación es absurda y caótica. Pero si intenta per­
m anecer bajo el «signo constitutivo» originario, encontrará di­
fícil entender como «normal» lo que sucede.
La diferencia entre los experimentos de Thibaut, Kelley y
otros citados y los que ha hecho Garfinkel está en las cuestiones
teóricas abordadas, en el tipo de los elementos teóricos funda­
m entales precisados y en la manera en que se creó la atmósfera
e x p e r i m e n t a l . Thibaut y Kelley suponen que cierto orden particu­
lar de hechos es «normal» y tratan de descubrir experimental­
m ente si el orden que ellos entienden como «normal» es el
«acertado». Suponen que, en estimación de los sujetos experimen­
tales, su caracterización del escenario está dictada por las ins­
trucciones y, además, que las variaciones experimentales se en­
tenderán como variaciones de un orden ya constituido por sus
instrucciones y estructuración inicial. Y los resultados que obtie­
nen revelan un éxito considerable. Sin embargo, no podemos
estar seguros sobre el cómo y porqué de su éxito. Creen en un
m undo que, tanto el sujeto como el experimentador, dan por
supuesto, pero quedan oscuros los procesos sociales fundamen­
tales implícitos. No se aborda explícitamente la cuestión de lo
que entienden en común los sujetos y el experim entador como
invariable sobre el escenario social. Se basan en su propio cono­
cimiento vulgar de las «reglas» del juego para entender el expe­
rimento, para producir los resultados experimentales y p ara
analizar los datos.
Garfinkel se hace una pregunta más fundam ental. Su trab ajo
puede ser considerado un estudio cómo es que m anera pueden
concebir en absoluto, y m ucho menos cum plir su finalidad, los ex­
perimentos corrientes en psicología social y sociología. No se p re­
gunta: ¿cómo creamos y variam os experim entalm ente la cohe­
sión y la jerarquía de posiciones?, sino: ¿cómo cream os o
suponemos el conocimiento teórico y em pírico que hace falta
para producir tales estructuras?, ¿cuáles son los rasgos funda­
mentales de la acción social?, ¿cómo han de identificarse y
mantenerse sus propiedades estables?, ¿ c u á k r ^ n los procedi­
mientos operativos que deben utilizarse, tanto para m ostrar su
existencia como para perm itir su manejo experim ental? La
estrategia de Garfinkel es com enzar por una situación conside­
rada como «normal», p ara tra ta r de crear después sistem ática­
mente «desorden», confusión o caos. Los procedim ientos que
arrojen caos indicarán a la inversa los elem entos de un orden
estable.
Abordando una variedad de procedim ientos que utilizan los
sociólogos en su investigación cotidiana, he tratado de m o strar
la pertinencia de una postura teórica particular. Comenzamos
por preguntarnos si las expresiones lingüísticas, su sentido cul­
tural implícito y las definiciones vulgares tácitas de la situación
que introducim os en las instrucciones experimentales, en los
programas de entrevista y en los cuestionarios son com prensi­
bles para todos los sujetos de nuestra m uestra. ¿Consideran to­
dos los sujetos el m ismo «signo constitutivo»? Y si así ocurre,
¿cómo es posible en absoluto?
Hemos supuesto que el actor ha de considerar cierto orden
constitutivo de los hechos y ha de respetar cierto «signo consti­
tutivo», si ha de m antener cierta relación con su medio y sus
semejantes. Por eso, el investigador por encuestas no puede elu­
dir el problema de la «relación*. Pues el entrevistado puede
optar por no respetar el «orden constitutivo» definido por el
cuestionario, a menos que el entrevistador le proporcione cierta
base. El investigador por encuestas puede creer que el entrevis­
tado e sta rá contento por contribuir a un «estudio científico en
beneficio de la Humanidad», pero eso no es algo que podamos
d a r p o r supuesto. Aun si así fuese, ello no garantizaría la re/a*
ción, ni el m utuo entendimiento de los sentidos. Y esto es cierto
en especial cuando, para muchos entrevistados, el interrogatorio
es en realidad una intrusión en su intimidad, la invasión de un
orden que puede ser sagrado para el sujeto. La manera como
redactam os los cuestionarios y creamos las situaciones experi­
m entales que se consideran «válidas», «significativas», etc., es ya
un p rim e r orden de cosas que ha de estudiar el sociólogo. Hacen
falta dem ostraciones experimentales y sobre el terreno de las
propiedades del orden social.
Si el su jeto no acepta o entiende las variaciones experimen­
tales com o pretende el experimentador, no obstante, puede supo­
nerse que rige un orden fundamental común para ambos. Este
orden común existe antes del experimento, se «suspende» o
«abandona» temporalmente durante el experimento y se vuelve
a adoptar, term inado el experimento. Si el orden experimental
es un sim ulacro del orden común, aquél sólo podrá entenderse
con referencia a las propiedades de éste. El orden constitutivo o
co n ju n to de reglas ofrece al actor la base para atribuir estructu­
ras de sentido de modo que pueda entender lo que ha sucedido o
e stá sucediendo. Por ello, las instrucciones del experimentador
definen el orden. Experim entar con las propiedades de las «re­
glas» llega a ser misión necesaria para una sociología experi­
mental.
T erm inaré este capítulo con algunas breves consideraciones
sobre unas cuantas de estas propiedades y sus posibilidades ex­
perim entales:

1. El sentido tácito que se supone durante la interacción.—


Podríam os indagar sobre las consecuencias de no m antener sen­
tidos en reserva durante la interacción social. Lo cual querrá de­
cir hacer que los sujetos expresen qué opinan sobre otros, sobre
la situación y los hechos y cualesquiera otros estímulos, en gene­
ral a través de cualquier serie experimental de hechos. Se deja­
rían en suspenso todas las suposiciones sobre el carácter de
evidentes de propiedades y «signos», como las reglas de la eti­
queta, las relaciones de autoridad y semejantes. Se podrían
simular las relaciones entre vendedores y clientes y entre em-
pleadores y empleados, las interacciones entre estudiantes y pro­
fesores y los intercambios entre oficiales y reclutas. Será difícil
lograr imponer la noción de dejar en suspenso experim entalm en­
te los sentidos particulares, pero ello m ostrará cómo son invaria­
bles estos sentidos particulares en condiciones experimentales.
Preguntándonos qué clases de tipos sociales, en qué situaciones
simuladas tratarán de im poner el uso de sentidos particulares, y
con qué consecuencias, obtendrem os un cuadro conciso de la
im portancia de los sentidos tácitos y de las imputaciones reser­
vadas para m antener estable el orden social y producir cambio.
Otra m anera de examinar estos sentidos sería la de hacer que
el actor no aceptase la noción de que sus actos serán com pren­
didos por otros miembros del grupo. En consecuencia, cada paso
que dé exigirá las explicaciones más elaboradas en cuanto a su
intención, motivo, finalidad, etc. Además, d e s j d e cada afir­
mación tendrá que preguntarse si los demás lo han com prendido
o no. Garfinkel señala que, si los demás se niegan a reconocer los
comentarios del sujeto sin pedirle continuam ente más explica­
ciones, surgirá la misma ru p tu ra (confusión) de la acción estable
concertada l2. Ello podría producirse si las observaciones de los
demás sobre cada expresión se acom pañasen, por ejem plo, de
una petición de definiciones operativas. Las tentativas experi­
mentales de «programar» estas propiedades ofrecerán la base
p ara manifestar, tanto sus rasgos esenciales como los vulgares.

2. Otra propiedad susceptible de estudio experimental es la


de las «normas» que rigen la adecuada distancia física durante
la interacción social. Garfinkel propone que un «gancho» aborde
al sujeto experimental de m anera que la distancia física que los
separe sea, en realidad, inexistente, haciéndole todo el rato pre­
guntas habituales o «triviales» y llevando una conversación «nor­
mal». La distancia física es una característica de toda interacción
social. Es una propiedad de todos los intercam bios personales,
aunque sus variaciones puedan tener una am plia serie de conse­
cuencias en momentos diferentes, o en personas diferentes, en
diversas relaciones de posición y en situaciones distintas. El
variar experimentalmente la distancia física m anifestaría cómo
esta propiedad estructura las norm as o «reglas» que se entienden
“ Garfinkel: «Common Sense Knowledge of Social Structures», relación leída
en el IV Congreso Internacional de Sociología, de Milán, en 1959.
com o obligatorias para las personas durante la interacción. Esta
p ro p ied ad informa la definición de la situación por el actor.
3. Otra propiedad que inform a la definición de la situación
p o r el actor puede verse en la noción de Goffman de «distancia
de papel» li, que se refiere a la separación entre la propia iden­
tificac ió n del actor y el papel social que asume durante la in­
te ra c c ió n social. Suponiendo que esta propiedad sea una variable
de todos los encuentros sociales, será de esperar que las varia­
cio n es de la distancia de papel producidas experimentalmente
a lte ra rá n las normas o «reglas» que rigen los intercam bios so­
ciales. El otro papel deducido comprenderá la estimación por el
a cto r de la distancia de papel del otro y de la manera cómo
d e b e rá conform arse en consecuencia su propio papel subsiguien­
te. Las significaciones verbales y no verbales que comunican
distancia de papel ofrecen las estructuras de sentido para dedu­
c ir el grado y tipo de distancia de papel que pretende el otro.
Se dan por supuestas una m ultitud dé propiedades percibidas
e interpretadas a la manera vulgar, a menos que sus elementos
parezcan falseados a los participantes, que entonces distinguirán
¡o «inhabitual» de lo «habitual». Cierta conducta se considera
«apropiada», por ejemplo, para las personas de una edad crono­
lógica determ inada, para las personas que deseen ser considera­
das como varones o hembras, para los que quieran manifestar
«interés», «preocupación», «felicidad», «desdicha», «frialdad» y
sem ejantes. Muchas de estas propiedades tienen un conjunto
indefinible de elementos, que sólo se revelan negativamente cuan­
do se los somete a falseamientos extremados, por ejemplo, del
vestido, de los gestos o del lenguaje. Las artes de la interacción
cotidiana informan la definición de la situación por el actor y la
a c t i v i d a d de asunción de papel que éste ejecuta. Por ello, hay
«reglas» y propiedades que obran estructurando lo que el soció­
logo llama ordinariam ente «normas». Estas «reglas» y propieda­
des son invariables para el tipo y sustancia real de las «normas*
que rigen la acción social en situaciones particulares. El estudio
de estas «reglas» y propiedades ofrece un fundamento experi­
mental para medir las estructuras básicas de sentido en todos
los hechos sociológicos.

u Erving Goffman: Social Encounters (Bobbs-Merrill), Indianápolis, 1961.


EL LENGUAJE Y EL SENTIDO
La comunicación hum ana es tan com pleja que, en gran parte,
ha de reducirse a conducta autom ática, a reglas im plícitas, a
menudo, sin conocimiento consciente y con poco o ningún es­
fuerzo. En el libro The First Five M in u tes1 aparece una de las
narraciones más atractivas de cómo entran el lenguaje y el sen­
tido en las situaciones que debe analizar el sociólogo. £1 análisis
que hacen los autores de la conducta lingüística y paralingüís-
tica durante los cinco prim eros m inutos de una entrevista psi­
quiátrica sirve de modelo excelente para un análisis sociológico
de la entrevista o hechos sem ejantes (por ejem plo, el diálogo en
los marcos naturales sobre el terreno), tanto para fines su stan ­
tivos, como para estudiar las propiedades invariables de la con­
ducta social. The First Five M inutes plantea cuestiones im por­
tantes, como:

¿Qué dice cad a p a rtic ip a n te ? ¿P or qué lo dice? ¿Cómo lo dice?


¿Qué efecto p ro d u ce al o tro p a rtic ip a n te ? ¿C uándo y cóm o se in­
troduce nuevo m a te ria l en el cu ad ro , y quién lo Hace? ¿Q ué se
com unica sin sab erlo ? ¿Cóm o cam b ia la o rien tació n d e c a d a p a rti­
cipante, conform e sigue el tra to , y p o r qué, y cóm o lo sab em o s, y

1 Robert E. P t t t e n g b r . Charles F. H o c x e t t y John J. D a n b iy : The First Five


Minutes (Paul Martineau), Itaca, Nueva York, 1960.
có m o lo sabe el o tro p a rtic ip a n te y, si lo sabe, en v irtu d de qué
p r u e b a ? 2.

El conocim iento sobre las pautas de énfasis y cómo deben


re g is tra rse durante una entrevista nos puede decir algo sobre
u n rasg o fundam ental de todos los procesos sociales, así como
so b re el sentido cultural propuesto por el hablante con respecto
a cierta cuestión sustantiva.
Un tem a continuo a través de todo el libro ha sido el aserto
im plícito y explícito de que la medida en sociología en el plano
del proceso social no puede ser rigurosa sin resolver los proble­
m as del sentido cultural. Comprender el problema del sentido
exige una teoría del lenguaje y de la cultura. En este capítulo
esbozarem os algunos elementos del lenguaje y la importancia
que tienen para una teoría del sentido o cultura. La exposición
será breve, selectiva, proyectada para introducir a los sociólogos
en algunos temas y en las obras generales. En este bosquejo de
Lamb puede verse un enunciado general y diáfano de la postura
que m antienen hoy muchos lingüistas:
Llam am os e stratificativ a la clasificación que exponem os, porque
uno d e sus caracteres principales es el de reconocer u n a serie de
e s t r a t o s o capas e stru ctu rales en el lenguaje. El lenguaje, por su
n a tu r a le z a , relaciona sonidos (o grafías, es decir, signos, por ejem ­
plo, so b re papel) con significados, relación m uy com pleja que re­
su lta ser analizable según una serie d e clasificaciones en form a de
clave (code), cada una de las cuales enlaza dos estrato s próximos.
El e stra to e stru c tu ra l superior, el sem ém ico, tiene unidades directa­
m en te relacionadas con el significado. E stos sem em as pueden en­
ten d erse com o cifrables (encodable) en unidades del e stra to inm e­
d ia ta m e n te inferior, que, a su vez, pueden cifrarse tam bién, y así
sucesivam ente, hasta te rm in a r con unidades directam ente relacio­
nadas con el h abla o la escritu ra (es decir, con fonem as o grafem as),
que, p o r últim o, pueden se r dichos o escritos según el caso. La clave
q u e relaciona cada p a r de estrato s próxim os es un conjunto de
reglas estratificativas, cuya form a explicam os abajo.
La razón de esta gran com plejidad de la e stru c tu ra lingüística
es que los sonidos y los significados, p o r su naturaleza, se tipifican
independientem ente; tan to los sonidos com o los significados tienen
su propio conjunto de relaciones estru ctu rales. Los sistem as foné-
micos tienen que ad a p ta rse al habla y a los órganos auditivos, mien­
tra s que los sistem as sem ém icos tienen que ad ap tarse a las pautas
de pensam iento. Además, el proceso de cam bio lingüístico afecta a
estos dos e stra to s de m an era diferente. En consecuencia, serla im­
posible una estrech a correspondencia e n tre am bos. Lo m ism o es
cierto respecto de los lenguajes escrito s, p orque los sistem as de
e sc ritu ra se basan en los lenguajes hablados, de m odo que suelen
ten er estrech a co rresp o n d en cia con los sistem as foném icos, p ero
no con los sem ém ico s3.

Una idea básica y general en la lingüística es que debe inten­


tarse determ inar «las propiedades fundam entales de las gram á­
ticas logradas. El último resultado de estas investigaciones debe
ser una teoría de la estructura lingüística en que los mecanis­
mos descriptivos utilizados en gramáticas particulares se expon­
gan y estudien en abstracto, sin referencia precisa a lenguajes
particulares» \ Chomsky se interesa por un mecanismo que se­
pare la forma gramatical de las secuencias agram aticales de un
lenguaje. Con tal mecanismo, según Chomsky, la gram ática del
lenguaje debe generar únicam ente las secuencias gram aticales;
y el criterio de la adecuación de la gramática es la aceptación,
por un hablante nativo, de las frases que genera \
Entre ciertos lingüistas, se da la tendencia a preocuparse por
los rasgos formales del lenguaje y, únicam ente sobre la base dé
estos rasgos formales, por idear operaciones que asum an las
propiedades de un sistem a cerrado. Es com prensible, porque
pueden lograrse fácilmente propiedades de medida para siste­
mas cerrados, pudiendo despreciarse el desagradable problem a
empírico de qué es «aceptable» para un hablante nativo. Choms­
ky concluye:
A p e sa r de la im p o rtan cia y del in terés innegable de la Sem ántica
y de los estudios esta d ístic o s del lenguaje, parece que no tienen
directa pertin en cia al p ro b lem a de d e te rm in a r o c a ra c teriz a r el
co njunto de expresiones gram aticales. Creo que estam o s obligados
a concluir que la g ra m á tic a es au tó n o m a e independiente del signi­
ficado y que los m odelos p ro b a b ilistas no ofrecen com prensión
p a rtic u la r de algunos p ro b lem as fu n dam entales de la e s tru c tu ra
s in tá c tic a 6.

Es im portante observar aquí la postura de Chomsky porque,


aun rechazando la noción de que la gram ática pueda ser pro­
gramada enteram ente por medio de una m áquina o modelos
probabilistas, rechaza tam bién que la estructura sintáctica de-
1 Sidney M. Lamb: Outline ofSira tifica tio nal Grammar (Associated Students
of the University of California Bookstore), Berkeley, 1962, pág. 3. Subrayado en
el original.
4 Noam Chomsky: Syntactic Structures (Mouton and Co.), La Haya, 1957,
p en d a del sentido. «La gramática no nos dice cómo sintetizar una
expresión especial; no nos dice cómo analizar una expresión
d eterm inada... Cada gram ática es, sencillamente, una descrip­
ción de cierto conjunto de expresiones, en particular, las que
ella genera» \ No obstante, es de esperar que las frases genera­
das por una gramática sean aceptables para un hablante nativo,
p o r tanto, la gramática tiene que generar frases aceptables, pero
puede haber frases agramaticales que sean «comprensibles» para
el hablante nativo, o algunos hablantes nativos, o un conjunto de
ellos que constituyan una subcultura, etc. Las formulaciones de
Chomsky y Lamb buscan, dondequiera sea posible, las ventajas
del sistem a matemático cerrado. Prestan poca atención al pro­
blem a deí antropólogo y del sociólogo de enlazar el sonido y las
p au tas de pensamiento con el sentido cultural y con el lenguaje
según se habla y escribe.
Muchos lingüistas se interesan solamente por la correspon­
dencia entre pautas de sonidos, sistemas fonémicos, estructura
lingüística, análisis lingüístico y el objetivo general de la des*
cripción gramatical *, Su interés fundamental es describir el
lenguaje en sus propios términos, sin reducirlo a, digamos, la fi­
siología del habla, la acústica del sonido o los elementos neuroló*
gicos que intervienen. El problema^ del sociólogo (y más obvia­
mente, el problem a del antropólogo, pues ha reconocido siempre
el valor del lenguaje) es m anifestar de un modo u otro la impor­
tancia del sentido cultural, así como del gesto, de la entonación
y del énfasis para la manera como se percibe e interpreta, se
escoge y se transm ite el lenguaje durante la acción social. Por
tanto, la existencia de frases gramaticalmente correctas en una
lengua y su empleo en la investigación sociológica no garantiza
q u e los sujetos entrevistados perciban e in te r p r e te n las, pregun^
tas de la misma m anera que el entrevistador. La adecuación de
uña teoría del lenguaje se basa en la comprensión y uso del
hablante nativo; sin embargo, aunque las «reglas» que rigen la
«gramaticidad» puedan ser claras y coherentes, algunos «hablan­
tes nativos* (por ejemplo, los entrevistadores) pueden no ser
c o m p re n d id o s por otros «hablantes nativos» (p o r ejemplo, los

7 Noam Chomsky: op. cit., pág. 48. Vid. la clara exposición de Hilary Putnuii:
«Some Issues in the ITieonj of Grammar», en Proceeding of Symposia in Applied
Mathematíes, XII (1961), Strucíure of Ltmguage and tís Mathematical Aspects,
25-42.
■ vid. L m r op. cit., págs. 44.
entrevistados). El sociólogo puede pedir consejo a un lingüista
que juzgue la gramaticidad de su cuestionario, pero siem pre le
quedarán sin resolver problem as de sentido, a menos que consi­
dere tam bién las diferencias dialectales, de expresiones idiomáti-
cas, énfasis, entonación y gesto. Las «reglas estratificativas» cita­
das por Lamb suponen un conjunto de sentidos culturales, si
considera que todos los estratos diferentes que describe están
dentro del terreno de interés para el lingüista. Ahora bien, estos
supuestos significados necesarios p ara la expresión lingüística
«aceptable» siguen siendo dudosos, tanto en el estudio del len­
guaje, como de la conducta so cia l9. He aquí un claro enunciado
del problema general:
La clave de c a ra c tere s em p lead a p o r el oyente no agota la in fo r­
m ación que recibe de los sonidos del m ensaje. E n la fo rm a del
sonido tiene indicios p a ra id e n tific a r al em isor. C orrelacionando la
clave del hab lan te con su p ro p ia clave de carac tere s, el oyente puede
d edu cir el origen, el nivel de in stru cció n y el m edio social del em i­
sor. Las propiedades n a tu ra le s del sonido p erm iten la identificación
del sexo, la edad y el tipo sico-fisiológico del em isor y, p o r últim o,
la identificación de un conocido 10.

En observación de Jakobson y Halle, el lingüista que estudia


una lengua desconocida comienza como criptoanalista hasta que
puede descubrir poco a poco la clave, pareciéndose cada vez más
a un descifrador (decoder) nativo. El sociólogo, por ejem plo, al
entrevistar, no puede perm itirse tra ta r su propia lengua desde la
perspectiva de un hablante nativo, sino que .tiene que tom ar la
postura de un criptoanalista cuando aborda una lengua extraña.
La estrategia del lingüista es com binar el lenguaje «acciden­
tal» y «no accidental» n (como el habla cotidiana con la poesía
* Vid. la importante obra de Ludwig W it t g e n s t f in . Philosophical Investí-
f 'hilosophical
ations, trad. por G. E. M. Anscombe (Blackwell),
Papen (ed. t>or J. O. Urmson y G, J.
Oxford, 1953; J. L. A u s t i n :
Warnock, Oxford University
Press), Londres, 1961, especialmente el capítulo 3: «Other Minds», y el capítulo 6:
«A Plea f o r Excuses»; y Stanley C a v e l l : « M u s t We Mean Wnat W e Say?»,
Inquiry, 1 (Autumn 1958) 172-212.
” Román J akobson y Morris H alle: Fundamentáis of Language (Mouton and
Co.), La H a y a , 1956, pág. 11. Vid. también B a sil B er n stein : «Some Sociological
Determinants of Perception», British J. Sociology, 9 (1958); «A Public Language:
Some Sociological Implications of a Linguistic Form>, British J. Sociology, 10
(1959); «Language and Social Class*, British J. Sociology, 11 (1960); «Linguistic
Codes. Hesitation Phenomena and Intelligence», Language and Speech, 5 (enero-
marzo 1962); y «Social Class, Linguistic Codes and Grammatical Elements»,
Language and Speech, 5 (octubre-diciembre 1962).
, r C. F. Vobgeun: «Causal and Noncausal Uttcrances within Unified Structure»,
en Thomas A. Sebbok (ed.): Style in Language (The Technology Press y Wiley),
Nueva York, 1960, págs. 57-68.
y las m atem áticas), estableciendo una disciplina formal que los
un ifiq ue estructuralm ente antes de examinar los elementos se­
m ánticos del lenguaje. Pero esta estrategia, como observa Voe-
gelin, elude el problema de la selección lingüística y lo diferente
que puede ser en las expresiones accidentales y en las no acci­
dentales. De modo semejante, Chomsky critica a Lounsbury por
to m ar en su valor literal las respuestas de los informadores,
suponiendo que indican autom áticam ente «sentido», que lo que
se dice es precisamente lo que se quiere decir. El argumento de
Chomsky es que, al escribir Lounsbury: «En el análisis lingüís­
tico, definimos operativam ente el contraste entre form as por las
diferencias de las respuestas significativas», entiende el sentido
dem asiado en general —como toda respuesta al lenguaje—, espe­
cialm ente cuando pueden emplearse mecanismos lingüísticos que
no dependan de la definición de la situación por el su je to ,2.
Una cuestión im portante es cómo el análisis semántico puede
perm itirse tra ta r como evidentes las maneras (las «reglas») se­
gún las cuales los sujetos atribuyen sentido a los hechos. El
an tro p ó lo g o sobre el terreno supone, como el lingüista estructu-
ralista, que com parte y comprende los sentidos vulgares preten­
didos p or sus sujetos..., incluso en las sociedades iletradas. Mu­
chos de estos supuestos incluyen sentidos que expresan estados
de ánimo, como «molestia», «contento» y «amabilidad», trans­
mitidos por la entonación de la voz, la distancia física y el empleo
general de sentidos culturales vulgares derivados de la sociedad
m aterna del observador.
Las siguientes consideraciones de Chomsky proponen una es­
trategia im portante para medir los hechos sociales:
Más en general, parece que la noción de «com prender una frase»
tiene que se r analizada p arcialm ente en térm inos gram aticales. P ara
co m p ren d er una frase, es necesario (aunque, desde luego, no sufi­
ciente) re c o n stru ir su representación en cada plano, com prendido
el plano tran sfo rm ativ o , en el cual las frases m edulares en que se
basa una frase d eterm in ad a pueden entenderse, en cierto sentido,
com o los «elem entos de contenido elem ental» con los que se cons­
truye d icha frase. Con o tra s p alab ras, u n a consecuencia del estudio
form al de la e stru c tu ra g ram atical es ilu m in ar una tra m a sintáctica
en que pu ed a apoyarse el análisis sem ántico. Convendrá que la
explicación del sen tid o se re fie ra a esta tra m a sintáctica funda­
m ental, au n q u e las sistem áticas consideraciones sem ánticas no pa~

u C h o m sk y : op. cit., págs. 97-100. Cfr. Floyd G. Lounsbury: «A Semantic Analysis


o f th e P a w n e e K in s h ip Usag e* , Language. 32 ( e n e r o - m a r z o 1956), 154-194.
rezcan c o n trib u ir a d e te rm in a rla p rim e ra m en te. Sin em bargo, la
noción de «sentido e stru c tu ra l» , en oposición a la de «sentido léxi­
co», p arece b a sta n te sospechosa y es dudoso que los m ecanism os
g ram aticales del lenguaje se utilicen con la suficiente consecuencia
p a ra que se les p u ed a a trib u ir d ire c ta m e n te sentido. No o b sta n te ,
sí vem os m uchas correlacio n es im p o rtan te s, de m odo p erfec tam en te
n atu ral, en tre la e s tru c tu ra sin tá c tic a y el sentido; o, p o r decirlo
de o tra m anera, vem os que los m ecanism os g ram aticales se em plean
m uy sistem áticam en te. E sta s correlacio nes p o d ría n fo rm a r p a rte
de la m a te ria en u n a teo ría m ás general del lenguaje que se ocupase
de las conexiones e n tre la sin tax is y la sem án tica 13.

La estrategia que propone Chomsky ha obtenido mucho favor


entre los lingüistas. Así, Saporta critica «las tentativas de iden­
tificar la gramaticidad, como la empleamos aquí, o con la vul­
garidad, por una parte, o con la literalidad del sentido, por otra.
Según la idea propuesta por Chomsky, y que adoptam os, tales
identificaciones parecen injustificadas. Por ejemplo: "La m iseria
quiere compañía", aunque al menos tan vulgar, es menos gram a­
tical que la sinónima: "Las personas que son m iserables quieren
compañía”, debido a las diferentes clases de nom bres que re­
presentan "m iseria” y "personas". De modo sem ejante, parecen
carecer de im portancia las nociones semánticas, pues tanto las
expresiones gramaticales como las agram aticales pueden ser igual­
mente absurdas» M. Instando a que se distingan y m idan inde­
pendientemente la gram aticidad, las nociones estadísticas y las
nociones semánticas, Saporta observa su elevada correlación,
pero no se interesa por lo decisivo que sea lo que conocemos en
un terreno (los sentidos com partidos por los m iem bros de la
misma cultura) para com prender otro terreno (como la gram a­
ticidad). El ejemplo que pone es interesante, porque «la m iseria
quiere compañía», como versión abreviada de «las personas que
son miserables quieren compañía», supone un conjunto tácito
bastante elaborado de sentido cultural en cualquier form a de
esta expresión. El sentido de una expresión no es totalm ente in­
dependiente de su gram aticidad, a pesar de las ten tativ as/ de
crear reglas sobre los grados de gram aticidad, por confiar el
lingüista en los sentidos culturales vrlgares del hablante nativo.
El uso implícito por el lingüista del conocim iento vulgar al
construir frases gram aticalm ente «correctas», cuyo significado

u Chomsky: op. cit., p á g s . 107-108.


M Sol S aporta: «The Application of Lingüistica to the Study of Poetic Lan-
guage», e n S bbbok: Style in Language, op. a t., pág. 92. Subrayado e n ei original.
cree que se comprenderá intuitivam ente, supone que él y el «ha­
b lan te nativo» comparten un ancho campo de sentidos vulgares
im plícitos.
Lo embarazoso de mi argumentación para los sociólogos está
en suponer que el lingüista debe consultar al antropólogo y al
sociólogo sobre la estructura y dinamismo del sentido cultural.
D esgraciadam ente, el sociólogo (y el antropólogo) se basa a me­
nudo en el mismo conocimiento vulgar tácito que ha adquirido
com o cualquier otro miembro de la sociedad. El meollo del pro­
blem a, tanto para el lingüista como para el sociólogo, puede
verse en la distinción entre las pautas de pensamiento y el sen­
tido, según se aprende en una cultura determinada, y las unida­
des de los lenguajes hablados y escritos (siguiendo la formula­
ción de Lamb) que pueden ser estratificadas. El sociólogo (y el
antropólogo) o el lingüista no pueden descartar el problema
epistemológico planteado por la hipótesis Sapir-Whorf (como
ocurre a veces), independientemente de la coherencia interna que
pueda encontrarse en la estructura del lenguaje y en las insti­
tuciones sociales, como el parentesco, por ejemplo. La experien­
cia de los hechos y de los objetos de su medio que tiene el actor,
sus pautas de pensamiento y los sentidos con que se enlazan se
com unican por medio del lenguaje accidental y no accidental y
a través de unidades habladas y escritas. La poca corresponden­
cia entre estos dos sistemas paralelos, el accidental y el no acci­
dental, hace tanto más im portantes sus interrelaciones, por cuan­
to al p asar de una a la otra forma de razonamiento y en la
comunicación en general, siempre tenemos un pie, por decirlo
así, en el mundo vulgar de la vida cotidiana a. Las condiciones o
«reglas» que nos facilitan pasar de lo accidental a lo no acciden­
tal suponen que conocemos la estructura de ambos y, en particu­
lar, los detalles de cómo llegan a enlazarse.

H Vid. Alfred Scrutz: «Symbol, Reality, and Sodety», en Lyman Bryson,


Louis F i n k e l s t e i n , Hudson Goacumd y R. M. MacIver (edsj: Symbote and Society
(Harper), Nueva York, esp. págs. 147-189. Las ideas de Schutx sobre el significa­
do se exponen en el capitulo siguiente.
El empleo del lenguaje como medio de investigación socioló­
gica tiene que distinguir entre los elementos institutivo e inno-
v ativ o 16. «Saussure llama al elemento institutivo lengua y, al
elemento innovativo, habla; por definición, estos dos ju n to s ago­
tan el lenguaje» 17. Esta distinción señala la im portancia de saber
algo sobre los signos que una persona recibe de otros m iem bros
de la misma comunidad lingüística, y que contribuyen a su com­
petencia como oyente en la conversación cotidiana. La lengua,
como sistema, puede estudiarse en cuanto a sus rasgos estruc­
turales y a su potencialidad de razonam iento. Es un depósito
regido por reglas que pueden estar muy form alizadas. «Los ha­
blantes nativos (excluidos los estudiosos) iguoVc.n la histo ria de
su propia lengua, lo cual quiere decir que esta historia no es
pertinente al sistema, según lo conocen...» u. Ahora bien, la len­
gua es la base del habla, pero el habla es tam bién la base del
cambio del lenguaje, por su uso real en la vida cotidiana. Por
tanto, la lengua representa, tanto los conocim ientos oficiales (si
hay documentos escritos), como los tradicionales que tienen los
miembros de la sociedad en que se da la comunicación. El ha­
bla es el uso innovativo del lenguaje por medio del cual se crean
día tras día nuevas definiciones de la situación. El sociólogo no
puede evitar esta distinción al form ular un proyecto de investi­
gación, al hacer preguntas y analizar respuestas.
El que las expresiones conpprendan palabras con cierta orde­
nación y con perfiles tonales implica que los actos de definición
de la situación y de asunción de papel de un conjunto de acto­
res en la comunicación verbal puedan ser conceptualizados a
grandes rasgos y puedan ser sometidos a previa verificación
empírica. Diversos actos lingüísticos pueden ser clasificados sin­
tácticamente en «expresiones locativas» y «expresiones de res-

11 Esta distinción se debe a Ferdinand db S aussure : Cours de Linguistique


Générale (ed. por Charles Bally y ALbert Sechehaye, Payot), París, 4.* ed.. 1949.
El empleo que hago de estas nociones de Saussure lo he sacado de Ruíon S.
W e l l s : «De Saussure's System of Linguistics», en Martin Joos (ed.): Readings
in Linguistics (American Council of Leamed Sodeties), Washington, 1957, pági­
n a s 1-18.
toe. cit.,
n W e lls , p á g . 9. S u b r a y a d o e n e l o r i g in a l.
11 Idem, pág. 9.
puesta» ,9. Las expresiones de respuesta se basan habitualmente
en una respuesta a otras expresiones. «En contraste con las ex­
p re sio n e s de respuesta, una expresión locativa es la generalmente
em pleada para iniciar un razonamiento o conversación: "¿Cómo
está usted?", "Le voy a decir una cosa", "¿Tiene usted libros?"» ®.
Ziff pasa a describir algunas de las «condiciones» en que las
expresiones «locativas» y «respondientes» estructuran las situa­
ciones de la acción social. No es éste el lugar para ensayar un
a n álisis detallado de todos los recursos y conceptos que los lin­
güistas y semánticos pueden ofrecen a los sociólogos. Sólo quiero
in d ic a r posibles estrategias que puede seguir la medida en socio
logia y la im portancia de los estudios lingüísticos para fom entar
su desarrollo. Los medios y conceptos del lingüista y del semán­
tico ofrecen posibles procedimientos operativos para desmenuzar
el sentido cultural y la estructura de la acción social21.
En las observaciones de W ittgenstein sobre el sentido, puede
verse otro punto de vista relacionado: que el sentido de una
p alab ra debe comprenderse por su uso, en que sentido es uso a .
El análisis de Ziff equilibra esta discusión; está de acuerdo con
las consideraciones de Chomsky antes citadas. Ziff subraya la
im portancia, tanto de las estructuras sintácticas, como de las
condiciones locativas que alteran el sentido. La inclusión del
énfasis sintáctico es un argumento im portante contra la idea de
que el sentido es una ficción locativa porque el uso cambia con­
tinuam ente.

e l s e n t id o y la m edida

Aunque los métodos de los lingüistas estructuralistas facili­


tan las estrategias de medida para el problema general del sen­
tido, ha habido algunas tentativas especiales de medirlo directa-
» Paul Ziff: Semantic Analysis (Comell University Press), Itaca, Nueva York,
págs. 79-80.
» Idem, pág. 80.
11 El lector podrá ver ejemplos precisos en N. C h o m s k y , M. H a l l e y Fred
L u k o f f : «On Accent a n d Juncture m English», en M . H a l l e y otros (eds.):
por Román Jakobsort ÍMouton and Co.), L a H a y a , 1956, págs. 65-80. Ademas,
N C h o m s k y : Syniactic Struc tures, op. cit., cap. 7 : «Some Transformations in
E n g l i s h » ; Roger Brown y Albert G i l m a n : «The Pronouns of Power and Soll-
danty», en S ebhik: Style m Language, op. cit., págs. 253-276.
a L . W i t t g e n s t o i n : Phitosophiau Investigattons, op. cit.
mente, que merecen com entario. Vienen a propósito los siguientes
párrafos de Lounsbury:
1) Los rasgos sem án tico s pueden reconocerse de m ás de una
m anera en el lenguaje. Algunos pueden reconocerse claram en te, con
identidades foném icas in d ep en d ien tes, m ie n tras que o tro s pu ed en
se r reconocidos en cu b ierto s, m ezclados con otro s rasgos sem án tico s
en diversas iden tid ad es foném icas, c o m p a rtid a s c o n ju n ta y sim ul­
táneam ente.
2) E n un solo rasgo sem án tico se m ezclan a veces los dos m odos
de reconocim iento lingüístico: algunos rasgos aparecen, p o r decirlo
así, en algunos p u n to s p a ra h a lla r id en tid ad in d ep endiente en la
e stru c tu ra seg m en taria de u n lenguaje, pero desap arecen en o tro s
puntos, siendo id en tificab les sólo com o posible c o n tra ste e n tre va­
rios segm entos ya irred u cib les.
3) H ay dos m odos posibles de tr a ta r esta s categorías «desapa­
recidas» en la d escrip ció n lingüística: a) puede dárseles calidad
m orfém ica, forzando <juizá la segm entación tan lejos com o se la
pueda llevar y re c u rrie n d o después a com posiciones de im posible
segm entación; o b) pu ed e d árseles especial calidad su b m o rfém ica,
com o «com ponentes».
4) La descripción de la e s tru c tu ra com positiva de las fo rm a s
c o n tra sta n te s es p a r te im p o rta n te del análisis ' lingüístico, tengan
o no co rrelato los c o n tra ste s en la e stru c tu ra seg m en taria de las
form as 2J.

Lounsbury se interesa por la «semántica de referencia, más


que por las distribuciones lingüísticas; los componentes han de
ser rasgos semánticos, más bien que rasgos distributivos» 2\
Lounsbury m uestra la im portancia de relacionar el conocim iento
sobre la etnografía de un grupo, en su caso, el uso de térm inos
de parentesco y su puesto en las estructuras sociales generales,
con la comprensión del sentido de las clasificaciones del paren­
tesco en la sociedad, form ulando hipótesis sobre la conducta
social que puedan docum entarse por la observación. El análisis
de los términos de parentesco eíté. inform ado por cierto conoci­
miento de los hábitos cotidianos. La estructura m anifiesta de
los términos puede corresponder a actos conductivos, m ientras
que las «reglas» abstractas y los sentidos tácitos pueden inform ar
el uso que se les dé.
La idea de aplicar el análisis compositivo a las form as cultu­
rales (en oposición a las form as lingüísticas) es la base del inte-
a Floyd G. Lounsbury: «A Semantic Analysis of the Pawnee Kinship Usage»,
op. cit., págs. 161-162.
Mídem, pég. 162.
rés de W ard Goodenough por «crear una ciencia empírica del
sentido» a :

E l aspecto del sentido que hay que confederar es la significación,


a diferen cia de la connotación. E n el cu rso de esta exposición, que­
d a r á claro qué se q uiere d ecir con estos térm inos. B aste decir ahora
q u e el significatum de una fo rm a lingüística está com puesto de
aquellos elem entos contextúales a b stra íd o s con los que está en
p e rfe c ta asociación, sin los que no puede d arse propiam ente. Sus
connótala son los elem entos conceptuales con los que está asociado
frecu en tem en te, pero m enos perfectam en te. Los significata son re­
q u isito s, m ien tras que los connotata son probabilidades y posibili­
dades. Sólo aquéllos tienen v alo r definitivo® .

Los intereses de Goodenough son directam ente pertinentes a


problem as im portantes de los sociólogos que se ocupan de la
a c c ió n social como la define Weber. La siguiente descripción
m u e s t r a cómo puede estudiarse el sentido cultural en situaciones
v u lg a r e s » al menos en prim era aproximación a lo que se practica
e impone:

Supongam os ah o ra que el lenguaje en estudio es un lenguaje


e sc rito y que la notación em pleada p o r los letrados en él es en
p a rte , pero no p erfectam ente, foném ica. H ay algunos fonem as que
se escriben con m ás de un sím bolo y, otros, que se escriben con el
m ism o sím bolo, p o r ejem plo, los idénticos fonem as del inglés see
y sea y los diferentes fonem as del inglés read en las expresiones ■,
w ilt read y have read. Supongam os, adem ás, que la labor del lin­
g ü ista no sólo es d eterm in ar cuáles son los fonem as del lenguaje,
sin o m o s tra r cóm o se relacionan con los sím bolos em pleados con­
vencionalm ente p a ra escribirlo. Para ello, h ab rá de hacer que un
h a b la n te letrado le lea un texto escrito en el alfabeto convencional.
T en d rá que re g istra r ese texto, al ser leído, en notación fonética y
d e riv a r los fonem as de la m an era prescrita. T endrá que hacer des­
p ués una transcripción foném ica del texto, co m pararla con el texto
esc rito convencionalm ente y co m p arar am bos con el texto regis­
t r a d o fonéticam ente a fin de d a r una explicación precisa de cuáles
son los elem entos fonológicos del lenguaje representados p o r los
sím bolos convencionales.
La situación que acabam os de describ ir es análoga a aquélla con
la q u e se en fren ta el analista sem ántico. M irando a en c o n tra r las
unidades conceptuales con las q u e se form an los significados de
las expresiones lingüísticas, tiene ya dados los sím bolos convencio­
nales del lenguaje que rep resen tan m ás o m enos esas unidades (o
com binaciones de ellas). H a de e n c o n tra r un in form ador que sepa
cóm o u tilizar esos sím bolos. El p rocedim iento es a n o ta r qué sím bo­
los lingüísticos u sa el in fo rm ad o r, en q ué contextos y d escribir al
* W ard G o acM iV G a: « C o m p o n e n ti a] A n a ly s U and th e S tu d y o f M e a n in g » .
Isntruace, 32 (enero-mano 1956). 19S216.
* Idem, ptg. 195.
m ism o tiem po esto s contextos m ed iante u na notación q ue haga
ta n ta s distinciones com o sean posibles y o p o rtu n as. Tal notación
es análoga a la n o tació n fo n ética del lin g ü is ta 17.

La obra de Goodenough extiende los m étodos aplicados al


estudio de las estructuras sintácticas al estudio del sentido, ofre­
ciendo bases potencialmente m ensurables a teorías de la organi­
zación social que supongan congruencia en tre las relaciones de
papel y las categorías cotidianas significadas por los térm inos
de parentesco, am istad, religión, etc. La m atem ática supuesta
se asienta en la base de los axiomas de la teoría de conjuntos.
Es probable que haya una estrecha correspondencia, especial­
mente en las sociedades pequeñas, entre la organización social
descrita normativamente —esto es, sus rasgos institucionaliza­
dos— y los rasgos parejos de los axiomas de la teoría de con­
juntos. Así, pues, estos rasgos «formalizados» de la organización
social se corresponden con la lengua de Saussure. Pero, como in­
dica Goodenough en la prim era página de su artículo, no se
interesa por el habla, aunque al recogerse inform ación de perso­
nas, se pueden incluir elementos, tanto de la lengua como del
habla. Goodenough otorga un papel poco im portante en su obra
a los rasgos connotativos del significado. Tradicionalm entc, el
antropólogo describe los sistem as de parentesco en sus aspectos
formales, no en su carácter de practicados e impuestos. Con lo
cual no se niega una descripción de éste en la etnografía en su
conjunto, pero el método de obtener inform ación de un inform a­
dor im portante es en sí, a m enudo, un obstáculo para saber qué
se practica e impone y, más, para conocer los rasgos innovativos
de la organización social y del lenguaje. Goodenough señala,
desde luego, que hay otras dimensiones del sentido que él no toca
en su artículo. No queremos criticarlo por lo que no ha hecho,
sino argüir que estas otras dimensiones, especialm ente las de la
interacción social, como la apariencia, el gesto (que él cita) y las
relaciones de posición que se m anifiestan en la interacción (que
también cita) no son susceptibles de medida, como se entiende
al presente, por los mismos supuestos m atem áticos. Además, que
los presentes recursos m etódicos lingüísticos y semánticos p ara
m edir el sentido habrán de reflejar el carácter problem ático del
habla. £1 trabajo de Goodenough es sugestivo com o guía p ara
d e sc u b rir la «lógica natural» del sentido vulgar, aun no siendo
aplicables los procedimientos de medida.
Antes de term inar este epígrafe, es im portante observar otro
m étodo de m edir el sentido, que supone, turnándola como evi­
dente, la relación entre la organización social y la lengua. Ade­
m ás, este método elimina los determ inantes innovativos o locati­
vos de la organización social y del lenguaje:

E l sentido de «sentido», del cual querem os establecer un índice,


es sicológico: ese proceso o estad o de la conducta de un organism o
u su a rio de signos que se supone es consecuencia necesaria de la
recepción de signos-estím ulo y antecedente necesario p ara la p ro ­
ducción de signos-respuesta. D entro del m arco general de la teoría
del aprendizaje, hem os identificado este estado cognoscitivo, el
sentido, con un proceso represen tativ o de m ediación, tra ta n d o de
p re c isa r el estím ulo objetivo y las condiciones de resp u esta en que
ta l proceso se desenvuelve a .

E l recurso real de medida, el «diferencial semántico», es se­


a las técnicas de escalas de actitudes, y se describe así:
m e ja n te

El diferencial sem ántico es esencialm ente una com binación de


asociación dirigida y procedim ientos de escalas. Damos al su jeto un
concepto que diferen ciar y un co njunto de escalas adjetivadas bipo­
lares con las que hacerlo, siendo su única m isión indicar, p a ra cada
p u n to (em p arejam ien to de un concepto con una escala), el sentido
de su asociación y su intensidad en una escala de siete grados. El
q u id del m étodo e stá, n aturalm ente, en escoger la m u estra de tér­
m inos polares descriptivos i9.

El proceso de mediación de Osgood es una idea hipotética.


Según ha observado Roger Brown: «Podría ser enteram ente ex­
terno, sin invalidar las consecuencias conductivas. La teoría no
puede juzgarse por las pruebas de respuestas implícitas frag­
m entarias, sino por la m anera como logre predecir la conducta
m anifiesta (junto con el resto de la teoría del aprendizaje de
O s g o o d ) . He visto que, al presente, no puede darse a este éxito
nada que se acerque a una estimación final... Por último, los
significados conductivos se encuentran hom bro con hom bro con
los significados figurativos dentro del organismo: ni se revelan
en la acción ni son susceptibles de introspección» M.
i* C. E^Oscocx). G. J. S ua y P. H. T annenbaum: The Measurement of Meaning
fUniversity of Illinois Press), Urbana, 111., 19S7, pág. 9. Subrayado en el original.
» ¡dem, pág. 20.
* Roger Brown: Words and Things (The Free Press of Glencoe), Nueva York,
1958, pá*. 102-
La exposición del método y la medida ha subrayado la im por­
tancia de las condiciones invariables que constituyen la estruc­
tura de los actos vulgares. La explicación por W ittgenstein de la
semejanza entre el lenguaje y el juego m uestra que el aprendi­
zaje de un conjunto de reglas abstractas nos capacita para actu ar
adecuadamente, a pesar de las contingencias que se producen en
la partida Gran parte de la obra de W ittgenstein trata de las
«reglas» que rigen la vida cotidiana y su examen de ellas subraya
la insistencia de Schutz en que la prim era misión de la sociología
debe ser estudiar las categorías empleadas por el vulgo. Por
ejemplo: «Mirando el ejem plo de SI, podemos tener un atisbo
de la gran medida en que esta noción general aol sentido de una
palabra rodea el funcionam iento del lenguaje con una niebla
que hace imposible la visión clara, pues dispersa esta niebla para
estudiar los fenómenos del lenguaje en sus tipos prim itivos de
aplicación, con los que podemos tener una visión clara de la
finalidad y del funcionam iento de las palabras» 32. W ittgenstein
prosigue con una exposición de los «lenguajes-juego», ofreciendo
más base teórica para la noción de actos y «reglas» vulgares. Es
de particular im portancia lo que dice sobre los «límites»:
Porque, ¿cuáles son los lím ites del concepto de juego? ¿C uándo
consideram os tod av ía algo com o un juego y cuándo deja de serlo?
¿Podem os indicar el lím ite? No. Podem os trazarlo; pues h a sta a h o ra
no se ha trazado ninguno. (Lo cual, sin em bargo, nunca nos ha
sido un inconveniente cu an d o utilizábam os la p a la b ra «juego».)
«Pero, entonces, el uso de esta p alab ra no está regulado, el 'ju e g o '
que jugam os con ella no e stá regulado*... No e stá c irc u n sc rito p o r
reglas p o r todas p a rte s ; p e ro tam poco hay n in g u n a regla p a ra lo
alto que se eche la p elo ta en el tenis, ni con qué fuerza y, sin em ­
bargo, el tenis es un juego y tiene reglas tam b ién ... P or rep e tirlo ,
podem os tra z a r u n lím ite,.., con una finalidad especial. ¿Q uiere
decir eso que se h ace utilizab le el concepto? fDe ninguna m a n era!
(Excepto p a ra esa finalidad e sp e c ia l)33.

W ittgenstein sigue observando que el concepto de «juego*


tiene márgenes borrosos y que lo que se necesita a m enudo son
cuadros o nociones vagos. Es pertinente la idea de Schutz de
“ W it t g e n s t e in : Philosophical Investigations, op. cit., págs. 15-50.
a Idem, pág. 4.
“ Idem, pág. 33. Subrayado en el origina].
que el razonamiento en la vida cotidiana está señalado por su
c a r á c te r de dado por supuesto y, a menudo, ambiguo. Wittgen-
s t e in expresa con agudeza la necesidad de poner entre comillas
la p a la b ra «regla» cuando la utilizamos para describir activida­
des de sentido común:

E n filosofía, com param os a m enudo el em pleo de p alab ras con


ju e g o s y cálculos que tienen reglas fijas, pero no podem os decir que
a lg u ien que em plea el lenguaje está jugando a ese juego. Pero, si
decim os que n u estro s lenguajes sólo se aproxim an a esos cálculos,
n o s ponem os al m ism o b o rd e de la confusión. Porque, entonces,
p o d ría p arecer que estam os hablando de un lenguaje ideal. Como
si n u e stra lógica fuese, p o r decirlo así, una lógica del vacío..., cuan­
d o la lógica no tra ta del lenguaje —ni del pensam iento— en el
se n tid o en que la ciencia n a tu ra l tra ta del fenóm eno n atu ral, y lo
m á s que se puede decir es que construim os lenguajes ideales. Ahora
b ien , esta p alab ra, «ideal», puede in d u cir a engaño, porque suena
c o m o si estos lenguajes fuesen m ejores, m ás perfectos, que nuestro
le n g u a je cotidiano; y com o si el lógico, por últim o, se dedicase a
m o s tra r a la gente cóm o debe se r u n a frase correcta...
¿Y no se da tam bién el caso de que cream os las reglas m ien tras
ju g a m o s? Incluso hay o tro en que las alteram os cuando estam os
ju g an d o .
He dicho que la aplicación de una p alab ra no siem pre está lim i­
ta d a p o r reglas. Pero, ¿qué es 1° Que hace que un juego parezca
siem p re lim itad o p o r reglas, unas reglas que nunca perm iten desli­
z a rse una duda, tapando todos los resquicios? ¿No podem os im agi­
n a r una regla que determ in e la aplicación de una regla y una duda
q u e la su p rim a, y así sucesivam ente?
A hora bien, eso no quiere decir que dudem os porque nos sea
posible im aginar la duda. Yo puedo im aginar fácilm ente a uno que
d u d e siem pre an tes de a b rir la p u e rta de su casa por tem o r a que
se ab ra un averno tras ella y que tom e sus precauciones antes de
a tra v e sa rla (y que a veces pueda ten er razón), pero eso no me hace
d u d a r en el m ism o caso.
Una regla existe com o u n a señal. ¿No me deja la señal ninguna
d u d a sobre el cam ino que debo to m ar? ¿M uestra qué dirección debo
seg u ir después de pasarla, p o r la c a rre te ra o el sendero o a cam po
trav iesa? Pero, cuando se dice qué cam ino debo seguir, ¿en la direc­
ción del dedo (p. ej.) o en la c o n traria? Y si hay, no una señal sola,
sino una cadena de ellas, o de m arcas en tierra, ¿hab rá sólo una
m a n e ra de in te rp re ta rlas? Así, que puedo decir; la señal, después
de todo, no deja lu g ar a la duda. O m ás bien; a veces, d e ja lugar
a d u d a y, a veces, no. Y, sin em bargo, esto no es ya una proposición
filosófica, sino e m p íric a 54.

L o s comentarios de W ittgenstein sobre la filosofía —que tra­


ta de aclarar nuestro empleo de las palabras, por ejemplo, o de
a c l a r a r el «estado de l a m atem ática que nos perturba»— son im­
portantes para la sociología, por cuanto parece decir que el len­
guaje no está en perfecta correspondencia ni con la lógica formal,
ni con el sentido de la vida cotidiana. El lenguaje y el «juego»
tienen reglas, pero estas reglas qp son precisas, en el sentido de
agotar una serie de posibilidadeá o de determ inar una serie de
resultados posibles. Según dice, nos enredam os en nuestras pro­
pias reglas. Pero eso quiere decir que tenem os «reglas», no reglas,
porque queremos saber cómo este enredo y las condiciones que
rodean tales actividades originan tanto datos como b arreras a la
medición precisa. Los rasgos dudosos de la vida cotidiana no
pueden ser explicados por la lógica form al ni p o r ningún sistem a
isomorfo a sus axiomas. El lenguaje que adoptam os p ara descri­
bir las realidades de la vida corre siem pre el riesgo de enredarse
con lo que queremos decir. La lógica de las actividades cotidia­
nas en que se enclava el objeto social en estudio tiene que rela­
cionarse con la lógica de la teoría del observador de m anera
que los dos sistemas sean distintos y, sin embargo, relacionados.
W ittgenstein nos dice que nunca pueden ser perfectas las trans­
formaciones que relacionan un sistem a con otro y el lenguaje
que describe cada sistema aparte y am bos sistem as juntos. Puede
haber una consonancia general, pero no una correspondencia
perfecta.
Pasando a un terreno más concreto, entre los diversos carac­
teres de las «reglas» que rigen el lenguaje, observam os uno, el
estudio de la formación de modismos, que m uestra la im perfec­
ción de la estructura sintáctica y del sentido, y que es realm ente
esencial para toda com prensión de la acción social. «Un modis­
mo es una forma gram atical —m orfem a singular o form a com­
puesta—, cuyo significado no es deducible de su estructura»
Como observa Hockett, continuam ente se introducen m odism os
en todas las lenguas en varias clases de condiciones p ara su su­
pervivencia. El que los m odism os no sean deducibles de su es­
tructura es una clara lim itación a la integridad con que puede
describirse una lengua, aunque en algunas se favorezcan ciertas
pautas Para nuestro interés, es decisivo lo siguiente:

“ C h a r l e s F. H o c k e it: «Idiom Forma ti o n » , e n M. H a l l e y o t r o s ( e d s . ) : For


Román Jakobson, op. cit., p á g . 222.
* Idem, pág. 222. V. también H ockett: A Course in Modem Linguistics (Mac-
millan), Nueva York, 1958, caps. 17-19.
E s notable que un h ab lan te pueda d ecir algo que nunca h a dicho
n i oído a oyentes p a ra quienes esa expresión tam bién es nueva y
se r com prendido totalm ente, sin em bargo, sin que nadie ‘a cons­
cie n te de la novedad. De hecho, sucede a diario. La m a n e r. como se
p ro d u c e es m uy sencilla: la nueva expresión es una form a ocasional,
fo rm a d a con m aterial conocido, según p au tas conocidas...
S in em bargo, la m era o currencia de una form a ocasional por
p rim e ra vez no constituye en sí la creación de un nuevo m odism o.
H ace falta o tro elem ento: algo m ás o m enos inhabitual, o en la
e s tru c tu ra de la nueva fo rm a ocasional producida, o en las circuns­
tan cias, o en am b as cosas, que haga a esa form a m em orable. Con­
fo rm e pasam os p o r la vida, nos vemos co nstantem ente en circunstan­
cias que no son exactam ente nada p arecid as a nuestras experiencias.
C uando reaccionam os m ediante el lenguaje a tales circunstancias
p arcialm en te nuevas, podem os em itir una frase o una expresión que
sea com prensible sólo porque quienes la oyen se enfrentan tam bién
con esas nuevas circunstancias. A lternativam ente, un individuo pue­
de reaccio n ar a circu n stan cias hab itu ales con un dicho que sea algo
in h a b itu a l, siendo com prendido tam bién por el contexto. Dada una
no v ed ad sem ejante, o de expresión o de circunstancias o de am bas
cosas, el hecho introduce un significado especial en la form a lin­
g ü ística que se em plea, y ésta se convierte en m odism o...
P o r tanto, el contexto total, lingüístico y no lingüístico, en que
u n a form a ocasional ad q u iere calidad de m odism o es su contexto
d efin ito rio J7.

La formación de modismos y el «nombrar» no son nuevos


para ningún investigador sobre el terreno, pero no puede pasarse
p or alto que, para comprenderlos, hace falta conocer, tanto los
rasgos lingüísticos como no lingüísticos que pueden ayudarle a
explicar y predecir los hechos sociales. Su significado y su forma
lingüística, que pueden abordarse o acometerse directam ente con
las técnicas ya citadas, son fundamentales para toda compren­
sión de la intepretación por el actor de un medio de objetos.
El que se empleen sentidos no representados en los datos
m a n i f i e s t o s , por ejemplo, en los cuestionarios de entrevista, no
q u i e r e decir que hayamos d e proponer ideas hipotéticas para
e x p l i c a r su papel en la acción social. Lo que hace falta es con-
c e p t u a l i z a r explícitamente cómo los actores deducen estos sen­
tidos, obrando en consecuencia en el escenario social.
Al elaborar un modelo del actor suponemos que existen co­
r r e s p o n d e n c i a s imperfectas entre la lengua y el habla, los carac­
teres institutivo e innovativo del lenguaje; entre la organización
s o c i a l normativa idealizada o formal, y la organización social
que se practica e impone; entre la estructura lingüística y el
sentido; entre el objeto percibido, el sentido que se le atribuye,
los actos por los que se consigue la perm anencia del objeto y su
descripción física; entre las reglas del juego y las «reglas» de la
vida cotidiana y, por últim o, entre el escenario social, como lo
perciben e interpretan sus m iem bros en algún instante como un
m undo dado por supuesto y conocido de m anera incuestionable
y el mundo que puede hacerse dudoso durante la interacción
por causa de contingencias potenciales y reales.
El investigador sociológico tiene que ju n ta r a su metodología
la teoría y los métodos necesarios para analizar la «etnografía
del habla», si la investigación sobre el terreno y las técnicas ex­
perimentales han de reflejar la vida co tid ia n a 38. Trabajos recien­
tes han m ostrado que el análisis del lenguaje, de los gestos y de
la presencia física pueden ser im portantes medios de investiga­
ción para estudiar la solidaridad social, la distancia social, la
distancia de papel, las relaciones de autoridad y la organización
social general39.

* Vid. Dell H. H ymes: «The Ethnography of Speaking», en Anthropology and


Human Behavior (Anthropological Society of Washington, D. C.), 1962.
" V., además de los trabajos citados anteriormente: Ch. F erguson y J. J.
Gumperz (eds.): Linguistic Diversity in South Asia (Research Center in Anthro­
pology, Folklore and Linguistics), Bloomington, Indiana, 1960; J. J. G umperz:
«Speech Variation and the Study of Indian Civilization», American Anthropologist,
63 (octubre 1961), 976-988; y Gregory P. Stone: «Appearance and the Self», en
A. M. Rose (ed.): Human Behavior and Social Processes (Houghton Mifflin).
Boston, 1962, págs. 86-118.
LOS SUPUESTOS TEORICOS
La preocupación por los supuestos teóricos del m étodo y la
medida en los prim eros capítulos de este libro quizá haya plan­
teado cierto número de cuestiones al lector sobre qué es preci­
samente lo que he supuesto en cuanto a la teoría sociológica.
En este capítulo tratarem os de algunos temas teóricos sin ten­
tativa alguna de darles fundam ento crítico. Aun creyendo esencial
exponer la base de los supuestos teóricos sobre la m edición de
los hechos socio-culturarles, no tratam os de presentar los funda­
mentos de la teoría sociológica. Supongo una fam iliaridad gene­
ral con las dos tradiciones principales de teoría —la idea clásica,
que comprende a Comte, Spencer, Marx, Weber y Durkheim, y la
idea de sicología social en la tradición de Baldwin, Freud,
Cooley, Mead y Thomas— que siguen originando investigación
y teorización sociológicas. Supongo, además —como se indica en
el excelente artículo de Dennis W rong1—, que cualesquiera ideas
sobre el método y la m edida suponen cierto tipo de actor; en
consecuencia, ofreceré algunos detalles sobre el tipo de acto r que
suponen mis ideas. Puesto que mi interés fundam ental es p o r
el método y la medida en el plano del proceso social, o de lo
que Max W eber llamaba «acción social», creo que el grueso de
1 Dennia Wrong: «The Oversodallzed Conceptlon of Man In Modera Sociology»,
American Sodological RévUw, 26 (abril 1961). 183-193.
este capítulo debe atender a la estructura de la acción social y,
en p articu lar, a las «reglas» que rigen la conducta social.

EL PRO B LEM A

E l problem a del orden, como lo planteó Hobbes — o , para el


s o c i ó l o g o , el problem a del orden s o c i a l —, sigue siendo una pre­
o c u p a c i ó n común para los teóricos c l á s i c o s de la sociedad y para
los que adoptan la idea de sicología social. Aunque el sociólogo
clásico entiende la sociedad como una organización unitaria (que
puede ser dividida por instituciones, por ejemplo, la religión y el
parentesco) y que las sociedades están relacionadas por sus « f a ­
ses» de desarrollo, los que adoptan el punto de vista socio-sicoló-
gico están preocupados también por el problema del orden en
relación con la iniciación, conservación, alteración y ruptura de
las relaciones sociales cara a cara. Los sociólogos han solido
centrarse en uno u otro plano de análisis, tanto por razones con­
ceptuales como empíricas. Aunque ambos planos de análisis son
necesarios, poco se ha hecho por m ostrar su relación. Una ma­
nera de dem ostrar su relación es describir los problemas de
medida que se plantean cuando las dificultades de investigación
y de teoría exigen ambos planos de análisis.
H o b b e s , considerando que en la situación humana cada hom­
bre es enemigo de cualquier otro, en que la vida es «solitaria,
pobre, desagradable, brutal y breve»2, pudo entender la relación
entre hom bre y hombre en la sociedad a través de la creación y
creencia en el contrato social. Es un punto de partida im portante
el contrato social para considerar, tanto las ideas clásica como
sico'sociológica del orden social, porque representa las condicio-
nes formales que deben cumplirse si ha de evitarse el estado de
guerra y m antenerse el orden y la seguridad. Precisando los
tipos de acción social que predom inan en estado de guerra —la
falta de contrato social y de autoridad soberana—, Hobbes supo­
ne implícitamente cierta forma de acción social que ha de pre­
dominar, tanto con la guerra como con el contrato social. Pero
i Thomas Hobbes: Leviathxm (ed. e introducción par Michael Oakeshott, Black-
weU), Oxford. 1960, pág». B243.
la forma de acción social que ha de predom inar bajo e\ contrato
social, los necesarios elem entos norm ativos para su conserva­
ción efectiva, depende de que se cum plan condiciones explícitas
y tácitas. Las condiciones explícitas se explican a menudo p o r
las leyes de una sociedad. Com prender las condiciones tácitas
exige resolver el problem a del sentido, porque estas condiciones
implícitas suponen la percepción e interpretación por el hom bre
de normas de conducta com partidas con sus sem ejantes, pero
que se siguen e imponen de m anera diferente. La distinta in ter­
pretación y percepción de las norm as de conducta (su carácter
de practicadas e im puestas) exige una teoría explícita de la ac­
ción social; en que la acción social, como la define Max W eber,
está compuesta por «toda conducta hum ana en tanto el individuo
actuante le atribuya un sentido subjetivo... [y] tenga en cuenta
la conducta de los demás, orientándose así su rum bo» 3. Aunque
Weber no precisó su definición de la acción social, su obra se
basa quizá en este concepto.
Los teóricos clásicos se oponían a la reducción de la vida so­
cial a leyes o explicaciones sicológicas de la conducta hum ana.
Aunque en sus prim eros escritos trató del problem a de la enaje­
nación, Marx rechazó francam ente la reducción de las estructu­
ras jurídicas, políticas y sociales a conceptos sicológicos sobre
la naturaleza h u m an a4. La argum entación de Marx es que la
sociedad no puede explicarse refiriéndose a los singulares m oti­
vos personales del hom bre, a sus esperanzas, temores y necesi­
dades, sino que estos factores son consecuencia de la vida en
sociedad. Para Marx, son las condiciones sociales, económ icas
y políticas de la vida lo que determ ina las características per­
sonales del hom bre en la actividad de grupo. Las características
y la conducta del hom bre pueden estudiarse y explicarse exa­
minando la vida del grupo. Los problem as de la sociedad no
pueden reducirse a los de la «naturaleza hum ana». Freud subrayó
también la im portancia de las norm as para com prender la con­
ducta social general y, en particular, el dom inio (control) social,
en sus escritos sobre la interiorización de las norm as sociales.

1 Max Weber: The Theory of Social and Economic Organization, trad. por
A. M. Henderson y Talcott Parsons (Oxford University Press), Nueva York, 1947,
pág. 88.
* Vid. K. R. Popper: The Open Society and Its Enemies (Routledge and Kegan
Paul), Londres, 1957, vol. II, págs. 88-99; y Sidney Hook: Towards the Understand-
ittg o f Kart Marx (John Day Co.), Nueva York, 1933, págs. 90-101 y 147-186.
La e v o l u c i ó n del pensamiento de Freud, del énfasis sobre la s
condiciones biológicas a las sicológicas y a las sociales y cultu­
rales, subraya el problema del sentido en el estudio de la acción
s o c ia l5.
D u r k h e i m subrayaba la noción de que la sociedad y la vida
social no pueden explicarse por la constitución sicológica del
individuo; sino que la sociología tiene su propio plano adecuado
d e a b s t r a c c i ó n , que no puede ser reducido al de la sicología in­
dividual y h a de estudiarse según los datos de su propio plano.
P or tanto, las regularidades que se hallan en la «tasa social de
suicidio» suponen la existencia de tendencias colectivas que son
« e x t e r i o r e s » al individuo y no pueden explicarse con referencia
a la psicología individual. La conducta de cada individuo, sus
s e n t i m i e n t o s públicos y privados, sus esperanzas y temores son
influidos por las formas de la vida colectiva, que trascienden del
individuo y que pueden estudiarse y comprenderse sin referencia
a la c o n c i e n c ia particular de personas concretas. Todas las for­
m as de vida colectiva (por ejemplo, la religión, el Derecho, la
m oral, las instituciones políticas, las costumbres y las prácticas
de e n s e ñ a n z a ) tienen su realidad independiente de la conciencia
individual de las personas que cumplen los preceptos que el
grupo prescribe y proscribe y, en consecuencia, pueden ser estu­
diadas independientemente. Pero, como observa Durkheim, no
toda conciencia social (en oposición a la conciencia individual)
logra exteriorización y materialización. Hay mucha —la mayor
parte_ difusa y «en libertad». Y nos advierte que no debemos
tom ar el signo por la cosa significada. En nota de pie de página
hace esta im portante observación:
No esperam os que después de esta explicación se nos reproche
q u erer su stitu ir en sociología lo in te rio r p o r lo exterior. Comenzamos
con lo ex terio r porque es únicam ente lo dado de m odo directo, pero
sólo p a ra alcanzar lo interio r. E ste p rocedim iento es, sin duda,
com plicado: pero no hay o tro , a m enos de co rrer el riesgo de que
n u estra investigación sea aplicable a n u e stra s ideas personales sobre
el o rd en de los hechos en estudio, en vez de a su m ism o orden r e a l6.

Así, pues, aunque gran parte de la vida colectiva no esté fi­


» y id sigmund Freud: The Ego and the Id, trad. por Joan Riviere (Hogart
Press), Londres. 1950; y Civilization and Its Discontents (Doubleday Anchor),
^ Uf^nriler'buwo®iM: Suicide, trad. por John A Spauldlng y George Slmpson
(The Free oí Glencoe), Nueva York, 1951, pág. 315.
jada o formulada claramente, digamos, b ajo la form a de norm as
escritas o leyes, el estudio de sus preceptos tiene que considerar­
los como externos a «cada individuo medio, tom ado singularm en­
te». Aunque podamos obtener inform ación de individuos sobre el
funcionamiento «interior» de la conciencia social y nos intere­
semos por las fuerzas sociales que dan y regulan el sentido de
este funcionamiento «interior», lo de interés fundam ental para
el sociólogo es la m anera como obram os bajo la presión de la
colectividad.
Durkheim trata de la parte de la vida colectiva no fijada o
form ulada claramente en reglas escritas y leyes refiriéndose a la
solidaridad orgánica y contractual. Observa que las relaciones
contractuales se multiplican a medida que se divide el trab ajo 7.
Critica a Spencer por no ver que al m ism o tiem po se desarrollan
relaciones no contractuales. Durkheim señala que tenem os una
solidaridad precaria cuando las relaciones socio-jurídicas se ba­
san únicamente en los términos acordados de los contratos. Más
precisamente:
Nos fuerza a to m a r obligaciones q u e no hem os Contraído, en el
sentido exacto de esta p a la b ra , pues no las hem os co n sid erad o de
antem ano. Desde luego, el acto inicial siem p re es co n tra ctu a l, p ero
hay consecuencias a veces in m ed iatas q u e exceden los lim ites del
con trato . Cooperam os porque q u erem o s, pero n u e stra co operación
vo luntaria nos crea deberes q u e no deseábam os 8.
Además de las condiciones tácitas de las relaciones contrac­
tuales, hay costum bres —reglas no sancionadas por ningún códi­
go, pero que, no obstante, nos obligan— que reflejan la experien­
cia tradicional y pueden ser independientes de las relaciones
co ntractuales9.
En su obra conceptual y empírica sobre el suicidio, D urkheim
se refiere continuamente al influjo del estado civil, la religión, la
edad, nacionalidad, raza, estación, etc., utilizando claras tabula­
ciones cruzadas para m ostrar de qué m anera ha derivado los
datos en conceptos explicativos como los de «ideas y prácticas
colectivas», «tendencia al suicidio», «viudedad», «soltería», «sen­
timientos colectivos», la «integración de la sociedad religiosa»,
1 Emile Durkheim: The División of Labor in Society, trad. por George Simpson
(The Free Press of Glencoc), Nueva York, 1947, pág. 206.
* Idem, pág. 214.
’ V. una exposición detallada sobre la importancia de las condiciones tácitas
en los contratos sociales, en Talcott Paksons: The Structure of Social Action
(The Free Presa of Glencoe), Nueva York, 1949, cap. V III.
la «integración de la sociedad civil», la «integración de la socie­
dad política» y semejantes. Parsons observa que Durkheim uti­
lizó inicialm ente dos conjuntos de hechos sociales en su obra
em pírica: los códigos de Derecho y las estadísticas de suicidio;
p ero que los hechos sociales quedaron relegados después a lo
que Parsons llama «categoría residual» y el esquema conceptual
de D urkheim se convirtió en el de una tram a cognoscitiva que
s u b r a y a b a el «conocimiento por el actor de la situación de su
acción» 10. Parsons afirm a que Durkheim confundía planos de
a b s t r a c c i ó n al no discernir entre l a «sociedad», los «individuos»
y las propiedades nuevas que se forman cuando los elementos se
integran en un conjunto. Pero Parsons deja claro que, también
p ara Durkheim, «Ja sociedad no puede existir en principio, ex­
cepto como consecuencia sintética de la asociación de indivi­
duos» 1!.
Mi interés por los cambios de postura conceptual y metodo­
lógica de Durkheim, según los describe Parsons, es decisivo por
su énfasis sobre la acción social para estudiar e l problema del
orden social. Parsons señala que el sentido de la coacción cambia
para Durkheim e indica un cambio de su perspectiva conceptual
y metodológica. El problema del dominio (control) social se
identifica con la coacción como la autoridad moral de un sistema
de norm as. La estructura social se convierte en un sistema co­
mún de reglas normativas que dependen también de normas o
v a l o r e s morales comunes. La exterioridad de la coacción en sen­
tido cognoscitivo se transform a en la noción de normas que son
« i n t e r n a s » al actor. Este, según Durkheim, llega a «identificarse»
después con esas normas en e! mismo sentido, observa Parsons,
como con la noción de Freud de la «introyección» de normas en
la f o r m a c i ó n del superyó 12.
La obra de Parsons es im portante porque manifiesta una con­
vergencia en el estudio de la acción social en Durkheim y Weber,
por ejemplo, la relación entre la legitimidad de los acuerdos y
los elementos no contractuales del contrato. Otra conexión im­
portante puede verse, según Parsons, en la interpretación por
Durkheim y Weber de la coacción como autoridad m o ra lu. El

* T a lc o tt P arsons: op. d t., pág. 366.


" ídem , págs. 367-368.
B Idem , pág». 385-389.
• Idem , pág*. 660-662.
interés principal de Parsons es estudiar la aparición de una teo­
ría de la acción social en las obras de Marshall, Pareto, D urkheim
y Weber y desarrollar una teoría general de la acción. Y hace una
consideración final de la obra de Weber, por creer Parsons que
fue el que más se acercó a form ular una teoría explícita de la
acción, pero con ciertas lim itaciones:

Su teorización siste m á tic a explícita tendía a desviarse en u n


sentido d istin to al del a c tu a l in te ré s principal, el de una clasificación
sistem ática de los tipos ideales e stru c tu ra le s de la relación social.
Pero, a p e sa r de estas lim itaciones m etódicas, h a sido posible des­
c u b rir p o r análisis u n e sq u e m a preciso de la e s tru c tu ra de u n a
d o ctrin a general de la acción que aparece en los pu n to s m ás e s tra ­
tégicos de la o b ra de W eber y, au n q u e él no reconoció c la ra m e n te
su c a rá c ter lógico, este esquem a e ra abso lu tam en te esencial a las
conclusiones p ro pias de W eber, ta n to e m p ír ic a com o te ó r ic a s l4.

La «teorización de W eber en un sentido diferente» a la p re­


ocupación por una teoría general de la acción es im portante p ara
comprender el problema de la m edida en sociología y para acla­
ra r la teoría subsiguiente sobre la estructura de la acción social.
La relación de los tipos sociales ideales con la acción social es
lo im portante para medir el proceso social y la estructura social.
Parsons no se interesaba, desde luego, por los problem as m eto­
dológicos de medir la acción social y, por ello, no esperaríam os
que se interesase por la relación entre las categorías sociales del
observador y del actor, las categorías de medida y la acción
social.
Para term inar este epígrafe, quisiera subrayar mi interés p o r
enlazar la medida de la acción social con las deducciones sobre
la estructura social. El estudio de la estructura social recogiendo
hechos sociales como los nacim ientos, fallecimientos, la edad, el
estado civil y el divorcio no plantea un problema grave de me­
dida. Por tanto, los demógrafos interesados p or m ostrar la dis­
minución o aumento de la población pueden hacerlo sin graves
problemas de medida. Cuando los sociólogos llegan a interesarse
por explicar e interpretar las tendencias de la fecundidad den­
tro de una cultura y entre culturas, el examen de los hechos
sociales per se puede ofrecer datos útiles para aclarar y señalar
el camino hacia los tipos de acción social esenciales a un tipo
particular de sociedad, p o r ejem plo, el estudio de las diferencias
d e f e c u n d i d a d de familias dentro ríe lo que Durkheim llama la
« s o c i e d a d civil». Los problemas de medida para estudiar realida­
d e s s o c i a l e s en relación con l a acción social son difíciles, sin em­
bargo, y a menudo no pueden resolverse en nuestro estado pre­
s e n t e de conocimientos. Los sociólogos que han dedicado grandes
e s f u e r z o s a estudiar empíricamente la acción social han sido
l l a m a d o s habitualm ente «sicólogos sociales» por los teóricos
que siguen la tradición clásica. El estudio y medición de la acción
s o c i a l im plica conceptos como los de actitudes, asunción de pa­
pel y norm as. Los sociólogos que siguen a los teóricos clásicos,
aun a c e p t a n d o a veces la «sicología social sociológica» como
p a rte integrante de la sociología, considerarán en conjunto el
e s t u d i o del proceso social según las actitudes, la asunción de
papel y l a s normas como una reducción de la sociología a la
p s i c o l o g í a ,5. El sociólogo que base su obra en el teórico clásico
considerará probablemente el estudio de la acción social como
aceptable en la medida en que se ponga el énfasis sobre los fac­
tores norm ativos y no normativos 16, particularm ente, sobre cómo
las c o n d i c i o n e s no normativas obran como coacción para los mo­
tivos del actor compartidos con el grupo, sobre cómo afectan a

iJ Un sociólogo, Paul Lazarsfeld, ha dedicado la mayor parte de su trabajo


a e s t u d i a r las actitudes en la conducta y, particularmente, a los problemas metó­
dicos Que se encuentran en su medida. En artículo inédito («Some Historical
Notes on the Study of Action», 1957), arguye explícitamente que, según puede
verse en la obra no traducida de Weber, reduce el estudio de las colectividades
la a c c i ó n de los individuos, considerando que, en realidad, el estudio de la
a c c i ó n s o c i a l concreta es misión del sicólogo. Analizando cuidadosamente las
obras em píreas no traducidas de Weber, Lazarsfeld prueba que tratú de man­
tener apartados su interés por la «sicología empírica» y su obra sociológica.
La cuestión decisiva es si el concepto de acción social, tanto conceptual como
e m p í r i c a m e n t e , requiere forzosamente el empleo de conceptos sicológicos como
las a c t i t u d e s (que se equiparan a los impulsos, necesidades, hábitos, etc.).
» vid. en David L o c k w o o o : «Some Remarks on "The Social System”», British
Journal of Sociology, 7 (junio 1956), 136, una buena exposición sobre la diferen­
cia y la importancia de los factores normativos y no normativos en el estudio
del o r d e n social. Lockwood emplea e l término de «sustrato» para aludir a las
c o n d i c i o n e s n o normativas que pueden influir la acción social, poniendo el
eiemplo de la teoría de Marx sobre la clasificación (stratification) social, basada,
seeún en *'a diferenciación de los concurrentes grupos de intereses econó­
micos dé l a sociedad sobre la base de l a producción» (pág. 138), y en que se
llama condiciones no normativas a l a «organización real de la producción y a las
c o n s i g u i e n t e s fuerzas, intereses, conflictos y agrupaciones» (págs. 137-138). La
e x p l i c a c i ó n d e Lockwood sobre Parsons (de que «toda situación social está inte­
grada por un orden normativo, que e s el principal interés de Parsons, y por un
o r d e n real, o sustrato. Ambos son “datos” para los individuos; ambos forman
narte del mundo social externo y coactivo* [pág. 139)) quizá merecería la apro­
bación de la mayor parte de los sociólogos, pero no está claro que la obra de
Parsons excluya las condiciones no normativas de la acción social, particular­
mente, en cuanto llegan a formar parte del medio de acción del actor.
sus conocimientos y entran en su asunción de papel en las situ a­
ciones de la vida cotidiana y en sus proyectos vitales. Aunque las
formas de propiedad y del dominio de los medios productivos
puedan considerarse como factores no norm ativos per se, asu ­
men significación norm ativa, por cuanto la conducta del acto r
los tiene en cuenta como condiciones p a ra entendérselas (bien
o m al) con su medio, y por cuanto su aparición, transform acio­
nes y estabilidad constituyen p arte del complejo socio-cultural
total. La coacción y el conflicto social entre el orden no norm ati­
vo y los valores y norm as predom inantes del orden social son
empíricamente pertinentes en todos los planos de análisis. Me
ha interesado el problem a de m edir la acción social en cuanto
incluye las condiciones, tanto del orden real como del social y
los métodos de investigación que han solido emf.1:"" los sociólo­
gos para estudiar la acción social.
En el resto del capítulo, esbozaremos brevem ente los elemen­
tos de la acción social que, es de suponer, tratan de describir
y m edir los métodos antes expuestos. Entendem os que la defini­
ción de Weber de la acción social significa que el sentido cultural
(como propiedades com partidas por el grupo) orienta, rige y
modifica las relaciones sociales y los intercam bios personales
durante la interacción directa y las comunicaciones secundarias.
Se supone que conceptos como el de asunción de papel pueden
estudiarse y explicarse sin referencia a cierto continuo hipotéti­
co fundam ental de actitudes individuales (com o lo define la si­
cología), Suponemos que la com prensión de la estru ctu ra de la
acción social empieza y term ina con la conceptualización y ob­
servación de un escenario de acción definido culluralm ente. Por
ello, el estudio de la acción social no puede reducirse a los m ó­
viles o actitudes sicológicas de los individuos que constituyen
cierto grupo o colectividad, sino que la acción social ha de ex­
plicarse por las normas, valores o ideologías que son vinculantes
para los miembros de un grupo y que rebasan a todo actor par­
ticular tomado como ser sicológico. El estudio de la sociedad
en el plano de la acción social y el estudio com parado de las
estructuras sociales como colectividades tom an como punto de
partida las condiciones reales y norm ativas. Estos dos planos de
análisis están enlazados, aunque a m enudo no explícitam ente,
por ejem plo, en el estudio sociológico del aum ento y dism inu­
ción de la población, en relación con la acción social, que conduce
a un aum ento d e la fecundidad basado en factores regulados
norm ativam ente, como la ilegitimidad, las creencias religiosas
sob re e l número conveniente de varones en una familia, el des­
c o n o c i m i e n t o de métodos anticonceptivos, etc. Entre otros ejem­
plos, podrían estar el estudio comparado de la industrialización
y de cóm o las expectativas culturales y las ideologías influyen la
aplicación de la racionalidad en las organizaciones industriales
en el plano de la decisión empresarial. Podemos ver otro ejemplo
en la explicación por Bendix de la creencia de Marx en la razón.
B e n d i x señala que Marx no «explicó por qué ciertos "ideólogos
burgueses se han elevado al plano de com prender la evolución
histórica" en conformidad con los principios del socialismo cien­
tífico, aun chocando con su interés de clase burgués» n. En el
plano de la acción social, el conflicto de clase se convierte en el
estudio de las diferencias de percepción del medio y de cómo
aparecen, logran estabilidad, se alteran o desaparecen las creen­
cias o las ideologías culturales.

ELEMENTOS DE LA ACCION SOCIAL

T rataré ahora de algunos elementos de la acción social su­


puestos en mis consideraciones anteriores sobre el método y la
medida. Aludiré en adelante, a menos que haga otra precisión,
a la teoría sociológica y al método y la medida en sociología en
sentido general, pero en realidad me propongo utilizarlos en
cuanto se refieren al estudio de la acción social. Evitaré, por
ello, aludir continuamente a la teoría, al método y a la medida
«en el plano de la acción social», pero entendiendo que el lector
lo supondrá cada vez.
Un objetivo fundamental de la sociología es la búsqueda y
medida de propiedades invariables de la acción social dentro del
contexto de un orden social variable. Uno de los prim eros en
subrayar la im portancia de los contactos directos, especialmente
en las relaciones sociales íntimas entre personas de «grupos pri-
« Reinhard Bendix: Social Science and the Distrust of Reason (University of
California Publícations in Sociology and Social Institutlons). Berkeléy v Loa
Angeles, vo!. I, núm. 1, 1951, pág. 18.
marios», fue Charles H orton Cooley18. Haciendo hincapié en el
carácter social de la persona, Cooley insistía tam bién en la im­
portancia de las contingencias que surgen en la interacción so­
cial directa. Siguiendo la tradición de la obra de Cooley, George
H erbert Mead prestó mucha atención a cómo el individuo puede
prever la perspectiva del otro durante la comunicación. Observó
explícitamente que la comunicación implica la transm isión de
sentido w. La am plia exposición de Mead sobre la asunción de
papel atestigua la necesidad de incluir y estudiar la m utua modi­
ficación de la acción inherente a la asunción del papel del otro.
El concepto de asunción de papel supone la noción de sentido o
sentido «subjetivo» como la emplean Weber y Mead. En la inves­
tigación sociológica contem poránea se da la tendencia a aceptar
como datos la im portancia y las propiedades del significado en
la asunción de papel, en vez de perfeccionar su conceptualización
en la obra de W eber y Mead. Lo cual, tanto como de éstos, es
cierto de Parsons. Y tam bién es cierto respecto de la noción de la
«persona-espejo» de Cooley y de la «definición de la situación»
de Thomas. Todas estas nociones suponen que los significados,
su creación, transm isión y com prensión, según cierto conjunto
de norm as, son cosas que pueden aceptarse como evidentes. Así,
para Mead, el significado surge de las series de interacción so­
cial en que se encuentra el actor y es parte del escenario de la
acción bajo la form a de respuestas y gestos físicos y verbales
(y no verbales) ®. Aunque está claro que durante la interacción
se comunica sentido continuam ente, sus propiedades no han sido
objeto de estudio sociológico. Sin em bargo, está claro que Mead
presupone un orden de hechos regido por reglas de conducta
(«las reglas del juego») que constituyen la noción de la «actitud
generalizada» del g ru p o 21. De un modo u otro, siem pre se citan
las «reglas del juego» para explicar la m anera como los actores
estiman recíprocam ente su conducta y como se efectúa la asun­
ción de papel. Así, aunque todos los sociólogos concordarán pro­
bablemente en que el acto r se orienta por reglas de conducta,
u C. H. C ooley: Human Nature and Social Order and Social Organization (The
Free Press of Glencoe), Nueva York, 1956.
“ G. H. M ead: The Philosophy o f the Present (Open Court), Chicago, 1932,
páes. 83-84.
" G. H. M ead : Mind, Sélf and Society (University of Chicago Press), Chicago,
1934, pág. 78.
a G . H . M ead : The Philosophy o f the Act (University of Chicago Press), Chica­
go, 1938, pág. 192.
pocas veces señalarán la estructura de tales «reglas» ni cómo
in fo rm an al actor sobre el carácter de su medio. Dicho de otra
m anera, ¿cómo consigue el actor interpretar su medio de ma*
ñera socialm ente aceptable? Cada vez que nos referimos a to­
m ar el papel del otro, a la «definición de la situación» por el
actor, al «otro generalizado», al «ser reflexivo», etc., presupone­
m os una solución al problema del sentido u.
Talcott Parsons, que ha escrito extensamente sobre la concep-
tualización de la acción social, en sus prim eras obras llama ele­
m entos de la acción social al actor, las normas, los fines y los
medios. Después, precisa estos elementos describiendo al actor
como sistem a de acción per se (llamado el sistema de personali­
dad); el sistema social, como una red de relaciones interactivas
entre actores; las variables típicas, como rasgos estructurales
invariables de la experiencia y de las pautas culturales del actor
(la noción de cultura se ha transform ado después en sistema de
acció n )23. Parsons se refiere explícitamente al papel de las ex­
pectativas en la interacción del yo y del otro, al carácter contin­
gente de escoger acciones alternativas, a la «estabilidad del senti­
do» observada por el yo y el otro y al papel de la cultura en
ofrecer un sistema simbólico común o «modos de orientación» M.
Aunque el empleo de conceptos por Parsons como los de «ex­
pectativas», «estabilidad del sentido» y «modos de orientación»
pretende tratar del problem a del sentido subjetivo, estos con­
ceptos incluyen cierta variedad de reglas interpretativas para atri­
buir sentido a hechos y objetos. Lo que falta es un modelo del

D Puede verse una tentativa muy citada de ampliar la obra de Mead, en


Ralph H. T u r n e r : «Role-Taking, Role-Standpoint, and Reference-Group Behavior»,
American Journal of Sociólogy, LXI (enero 1956), 316-328. La formulación de
Turner trata de descomponer el proceso de asunción de papel de modo que sea
más conducente a procedimientos operativos; pero no atribuye calidad de va­
riable al sentido subjetivo. Turner opta por dejar sin explicar la manera cómo
el a c t o r llega a atribuir sentido a su medio, prefiriendo tratar de la manera
cómo el papel deducido del otro establece las condiciones de ejecución del papel
propio. Supone, por tanto, la existencia real de un medio de objetos, de un oraen
social, que ya está sumamente estructurado, y en el que opta por «basarse*
para particulares fines conceptuales y operativos. Pero éste es un orden social
con propiedades no precisadas. Cómo llega el actor a deducir el papel del otro
es decisivo, porque este papel del otro facilita la ejecución del papel propio.
« Talcott Parsons y Edward A. Shils (eds.): Toward a General Theory of
Action (Harvard University Press), Cambridge, 1951. Talcott Parsons: The Social
System (The Free Press of Glencoe), Nueva York, 195Í. La noción de la cultura
como sistema de acción está tratada en: Parsons: «Introduction, Culture and
the Social System*, en T. Parsons, E. Shils, K. D. Naecble y J. R. Pirre (eds.):
Theories of Society (The Free Press of Glencoe), Nueva York, vol. II, 1961.
* V. Toward a General Theory of Action, op. cit., págs. 15-16.
actor que nos perm ita distinguir entre las posibles reglas in ter­
pretativas que emplean el actor y el investigador para decidir la
im portancia o sentido de los gestos y verbalizaciones (o falta de
gestos y verbalizaciones) del otro. El investigador no puede su­
poner que él y el actor gozan de la misma com unidad de estruc­
turas de sentido subjetivo para atrib u ir significación cultural a
un hecho u otro. Pero, ¿qué es lo que capacita al investigador
para rebasar esta com unidad de sentido y a trib u ir significación
científica a las reglas interpretativas em pleadas por el actor? 25.
El prim er paso es form ular un modelo general que perm íta al
investigador reconocer las posibles diferencias entre cómo a tri­
buye sentido el científico a los hechos y objetos que estudia y
cómo cumple los mismos objetivos el actor estudiado. El paso
siguiente exige cierta explicación de las «reglas» que orientan la
percepción e interpretación del medio por el actor. Será p erti­
nente algún comentario sobre la noción de norm as.
Tomando la norm a como una «instrucción para la acción»,
podremos suponer que cierto conjunto de «reglas» o «modelos»
constituyen los elementos que identificar. El actor decide en
cierto modo lo que se espera o es adecuado percibiendo e in ter­
pretando el escenario social que se hace objeto de su interés.
Mi exposición no se ocupa de la atribución de sentido a hechos
u objetos determinados en situaciones particulares, sino más bien
de las propiedades generales o invariables de las que pueda de­
cirse que caracterizan las «reglas» o «modelos» por ios que se
atribuye sentido a hechos u objetos. Hace falta una explicación
más detallada de las norm as («reglas» o «modelos»), porque un
papel, o el proceso de asunción de papel, está com puesto de
normas.

LAS NORMAS Y EL SENTIDO SUBJETIVO

Muchos sociólogos siguen la tradición creada por Sum ner en


B Alfred Schutz y Haiold Garfinket describen la noción de una comunidad
que el investigador debe sobrepasar en cierto modo, si ha de hacer algo más
que emplear los mismos conceptos y reglas que el actor. Tomando la obra de
Schutz como punto de partida, Garrinkel dice que este problema es el de «ver
la sociedad desde dentro», en: «Common Sense Knowledge of Social Structures»,
relación leída en el IV Congreso Internacional de Sociología, de Milán, en 1959.
su o b ra F olkw ays“ Una explicación reciente de esta postura se
en cu entra en el libro de Robert Bierstedt The Social O rder71.
Según B ierstedt, las normas se refieren a form as de «hacer»,
en o p o s i c i ó n a las formas de «pensar». Por ello, el orden social
llega a equivaler a la existencia de normas. Las normas, para
B i e r s t e d t , son reglas o modelos a los que se espera que nos ajus­

tem os. Dirigen nuestra conducta en la sociedad, habitualmente


se dan p ° r supuestas y pocas veces somos conscientes de ellas,
excepto cuando son violadas21. El énfasis que pone Bierstedt (y
todos los sociólogos) sobre las propiedades de esperadas o «apro­
piadas» de las normas en situaciones determinadas plantea la
s ig u ie n te cuestión: ¿cómo podemos decir que el orden social
está c o n s t i t u i d o por normas que se refieren a lo que se espera
o es apropiado? Si orden social significa un orden normativo
c o m p u e s t o por modelos com partidos, ¿no se quiere decir que la
estabilidad del orden está en la existencia e imposición de cier­
tas propiedades cuya violación conducirá a perturbaciones tem­
porales o permanentes, desorganización y caos?
Las norm as se caracterizan como conjuntos distintos de re­
glas (m odos populares [ folkw ays], costumbres y leyes atravesados
por las norm as com unitarias —obligatorias para toda la socie­
dad__y las norm as asociativas, aplicables sólo a ciertos grupos),
que se espera respeten las personas de una sociedad determinada.
Aun reconociendo el carácter constitutivo de las normas para el
orden social, Bierstedt afirma explícitamente que incumbe al
s ic ó lo g o determ inar su carácter motivado. Sin embargo, hay
dos clases de cultura, la «ideal» y la «real»; en aquélla, las per­
sonas se ajustan en el mismo grado, mientras que en ésta hay
muchos grados de adaptación real Podemos resumir como
sigue la idea de las normas que declaran los seguidores de
Sum ner (por ejemplo, Bierstedt):

1 Aunque las diferencias de percepción, interpretación y


móvil para obedecer a las normas determinan la medida y ma­
nera c o m o son obligatorias para las personas en una sociedad
d e t e r m i n a d a , el estudio y conceptualización de tales propiedades

es terreno del sicólogo»


» william Graham Sumnek: Folkways (Ginn and Co.), Boston, 1906.
a o bjehstedt: The Social Order (McGraw-Hill), Nueva York, 1957.
» Idem, P j g . 175.
» Idem, P 0* - 199.
2. Entendidos como tres conjuntos separados, los modos
populares, las costum bres y las leyes se cree que «están ahí» de
cierta m anera inequívoca y explícita. Sin em bargo, hay m uchos
grupos en la sociedad con norm as que difieren o chocan. La
adaptación «ideal» y los grados de adaptación «real» parece que
pueden conceptualizarse y estudiarse sin ocuparnos de las dife­
rencias de percepción, interpretación y móvil para acom odarse.
Otra idea de las norm as, que encontram os en el libro de
Robin Williams, American Society w, comienza por caracterizar la
cultura como la base p ara una red elaborada de «reglas» que
orientan al actor en situaciones diversas. W illiams señala que en
la vida cotidiana las personas pocas veces saben lo que determ ina
su conducta o lo que se derivará de ella y habitualm ente sólo se
enteran de lo que «ha sucedido» después de haber ocurrido cier­
ta serie de hechos, perm aneciendo inconscientes de las «causas»
y «consecuencias» 31.
Las norm as culturales (que com prenden los objetivos y los
medios para alcanzarlos aprobados por la cultura) son aprendi­
dos y compartidos. Van desde los tipos «técnico o cognoscitivo»
hasta las normas «morales», pasando por los tipos «convenciona­
les» (la moda y la etiqueta), los modelos «estéticos». Según esta
interpretación, todas las norm as tienen cierta cualidad prescrip-
tiva o proscriptlva en sí. Williams expone cuatro «dimensiones
principales» de las norm as: su distribución (conocimiento de
ellas, su aceptación o acuerdo y su aplicación a todos o a per­
sonas particulares); imposición («externamente», por castigo o
recompensa, por instancia ejecutiva o grupo, o com unidad, por
la firmeza y origen de la autoridad ejecutiva, o por «interioriza­
ción»); transmisión (aprendida en las relaciones prim arias o
secundarias, pudicndo estas relaciones reforzar lo aprendido)
y adaptación (grado de adaptación o desviación, la m edida de
desviación o inadaptación a e lla s)32.
Williams observa que las propiedades reales de las norm as se
deducen del testimonio de personas o, indirectam ente, por sus
descripciones de la conducta aprobada o desaprobada en las si-

* R. M. W i l l i a m s : American Society (Knopf). Nueva York, ed. C O IT ., 1960.


» Idem, págs. 23-25.
n Esta clasificación se basa en la prim era edición de American Society, de
Williams, y en un artículo que incorpora y amplía la formulación original.
Cfr. Richard T. Morris: «A Tipology of Norms», American Sociotogical Review,
7 (octubre 1956), 610-613. Vid. Williams, op. cit., págs. 26-27.
tu aciones y por observación de su conducta espontánea en la
vida cotidiana. Los modos a posteriori de cerciorarse de la exis­
tencia y carácter de las norm as, es decir, de preguntar a las
p erso nas u observar sus actos, exigen una tram a teórica que
p ueda te n er en cuenta, tanto la perspectiva del actor, como la del
observador. Lo que puede llegar a ser un problem a difícil, si
re c o rd a m o s que el actor, según Williams, habitualm ente no sabe
lo que h a pasado hasta después, o cuando ha ocurrido el hecho.
E sta dificultad se complica al observar que el sentido de la nor­
m a p u e d e variar con el tiempo, el lugar, las necesidades emotivas,
los intercam bios de grupo y personales y una m ultitud de presio­
nes e intereses locativos". Lo que «esté ahí» como norm a sólo
p u ed e saberse a posteriori y su misma «existencia» puede alte­
ra rse de acuerdo con las diversas limitaciones citadas. En resu­
m en, la influencia de la norm a que «está ahí» depende de la
definición de la situación por el actor. .Williams expresa clara­
m ente el carácter dudoso de las norm as en su explicación sobre
«la variación institucional y la evasión de las pautas normativas».
Indica explícitam ente el papel causal de las condiciones no nor­
m ativas y de las diferencias individuales en la percepción e in­
terpretación de las norm as M, aseverando además que el sociólo­
go debe tra ta r las diferencias de percepción e interpretación
como «realidades dadas» y dejar la misión de explicarlas al si­
cólogo y al sicólogo social. Resumamos a Williams:

1. Las norm as son proscriptivas y prescriptivas y se las


descubre a posteriori cuando las fuentes de datos son el actor
o el observador.
2. Toda norma está sujeta a un número desconocido de con­
tingencias, como la definición de la situación por el actor, el
tiempo, el lugar, las «presiones locativas* y semejantes.

3. El actor puede no conocer conscientemente las norm as


—que pueden estar «interiorizadas»— que intervienen en algún
e s c e n a rio social, pero que, no obstante, son «instrucciones de
acción*.

" WnXiAMs: American Society, op. cit., pág. 34.


" Idem, pág. 377 y, especialmente, nota 4.
4. Hay variación norm ativa por causa de factores no norm a­
tivos y de las diferencias individuales de percepción e in terp re­
tación. Estas contingencias o diferencias no son variables so­
ciológicas, pero han de ser explicadas p o r la teoría sicológica
y socio-sicológica de la percepción.
El concepto de las norm as que expresan B ierstedt y W illiams
plantea un problema im portante y decisivo: ¿cómo pueden ex­
plicarse las normas o pueden im putarse a un medio de objetos,
a menos que hagamos de sus diferencias de percepción e in ter­
pretación por el acto y de su definición general de la situación
las propiedades fundam entales del concepto? T ratar de investi­
gar las norm as consultando a los actores u observando la interac­
ción social supone una realidad social de propiedades estables y
uniformes. Los tipos de respuestas pueden facultarnos a deducir
la existencia y propiedades sustantivas de las norm as, pero estos
tipos no nos dicen cómo percibe el acto r el papel del o tro con­
formando su propio papel en consecuencia. No explican las
diferencias de percepción e interpretación de las norm as ni su
carácter de practicadas e im puestas en la vida cotidiana. Los
conceptos ideales del sociólogo sobre la existencia, estru ctu ra y
alteraciones de las norm as se abstraen de las diferencias de
percepción del actor, de su interpretación y de los móviles para
obedecerlas a través del tiempo. Es difícil im aginar una expo­
sición de las normas independientem ente de los procedim ientos
de abstracción de los procesos sociales reales. Las norm as socia­
les como conjuntos ideales separados son abstracciones que
hace el sociólogo y que docum enta el conocim iento vulgar que
tiene de ella. Pero si el concepto de W illiams de las norm as es
significativo, se deberá otorgar sem ejante calidad problem ática a
los papeles sociales (en cuanto norm as). Si la asunción de papel
requiere que el actor entienda el papel del otro como condición
para conformar su propio papel en la interacción subsiguiente,
las diferencias de percepción, interpretación y móvil p ara ajus­
tarse a papeles definidos norm ativam ente durante la interacción
serán variables para decidir de qué e?tá com puesto el medio del
actor y cómo este medio estru ctu ra la acción social.
Las «reglas* jurídicas formales, las «reglas» de etiqueta y las
que rigen las actividades laborales ponen lím ites a la estru ctu ra
de la acción social, pero son las condiciones inform ales y tácitas
del contrato, por repetir la noción de D urkheim , lo que constitu­
ye el c arác te r obligatorio de tales «reglas». Por tanto, son las
«reglas» tácitas lo que inform a al actor sobre cuál es el afecto
« ap ro p iad o » o «esperado» por p a rte de los demás y de sí mismo
(p o r ejemplo» la entonación de voz necesaria para transm itir «en­
fado» «placer», etc., los gestos que deben acom pañar a ocasiones
p a rtic u la re s, y así sucesivamente). Los conceptos «típicos» y, a
m en u d o , tácitos sobre lo apropiado y esperado proporcionan al
actor u n modelo implícito para estim ar y participar en la conduc­
ta n o rm a tiv a (practicada e impuesta). Cuestión empírica que ape­
nas h a tocado la sociología es cómo trata el actor las discrepan­
cias e n tre las reglas estatuidas form alm ente o escritas, sus
ex p ectativ as de lo que es apropiado o esperado y el carácter
de practicadas e im puestas, tanto de las reglas estatuidas como de
las tácitas. De esta cuestión depende la precisa identificación de
las u n id a d e s fundam entales del análisis social y la determ ina­
ción de sus propiedades de medida.

U H M ODELO v i a b l e p a r a l a s n o rm a s

Las diferencias de percepción y el conocimiento por el actor


de las reglas de conducta pueden ser de interés para el sociólogo,
sin b asarn o s en los estados neurofisiológicos o sicológicos. Los
pensam ientos del actor que sean consecuencia de su peculiar
c o n s t i t u c i ó n sicológica sólo interesan al sociólogo en tanto pue­
dan explicarse con referencia a una cultura común; aunque no
carecen de im portancia para el sociólogo, les atribuye calidad
residual. El modelo viable que expondré lo hemos adoptado de
las nociones de la teoría del juego. La noción del juego que ex­
plica Garfinkel la han utilizado muchos sociólogos de orienta­
ción teórica y empírica porque supone un punto de partida
c o n v e n i e n t e para comprender las «normas» como las describen
habitualm ente los sociólogos y produce un modelo que evita las
discrepancias de los conceptos corrientes a.
* Me basaré fundamentalmente en la relación de Harold Garfinkel: «A Con-
ception of and Experiment with "Trust" as a Condition of Stable Concerted
Ar?¡on> leída, corregida y ampliada en la reunión anual de la Asociación Esta­
dounidense de Sociología, de Washington, en 1957. Puede verse otra idea atrac­
tiva con muchos caracteres semejantes, en los interesantes artículos de O. K.
Garfinkel opta por tra b a ja r con los juegos com o ilu stració n
de situaciones estables porque perm iten al investigador d e sc rib ir
una sucesión de hechos sociales en que cada jugador tiene cierto
tipo o esquema de conocim ientos sobre lo que hacen y p re te n ­
den él y los demás jugadores. Las reglas básicas del juego indi­
can qué considerarán «normal» los jugadores que tra te n de cum ­
plirlas *. Las reglas básicas se definen por tres propiedades, que
se llaman «expectativas constitutivas»: 1) las «expectativas cons­
titutivas» trazan una serie de lím ites dentro de los cuales cad a
jugador tiene que tom ar sus decisiones independientem ente de
gustos y disgustos personales y de planes y consecuencias p a ra
sí mismo y para los demás. Las opciones son independientes del
número de jugadores, de las form as de las jugadas y del te rre n o
del juego; 2) cada jugador supone una norm a de recip ro cid ad
con respecto a las alternativas que son obligatorias p ara to d o s
y 3) los jugadores suponen que lo que esperan de los dem ás se
entiende e interpreta de la m ism a manera 37.
Garfinkel observa que las «expectativas constitutivas» pu ed en
atribuirse a un conjunto particular de hechos posibles y no a
otros, pudiéndose decir que ofrecen el «signo c o n stitu tiv o » de
este conjunto particular de hechos. El conjunto relacionado de
hechos posibles al que se atribuyen las «expectativas c o n stitu ti­
vas» recibe el título de «orden constitutivo de los hechos del
juego» M. Así, pues, para Garfinkel, el juego se define p o r sus re­
glas, a las que se adscriben «expectativas constitutivas». Y o b ser­
va que es posible crear un juego nuevo elim inando el «signo
constitutivo» de un conjunto de hechos posibles, atrib u y én d o lo
a otro conjunto. Además de estas reglas básicas, hay o tro s dos
tipos de reglas que son caracteres decisivos de cualquier juego.
M o o r e y A . R. A n d e r s o n : «Some Puzzling Aspects of Social Interaction», The
Review of Metaphysics, XV (marzo 1962), 409-433; «The Structure of Pcrsonality»,
ibíd., XVI (diciembre 1962), 212-236; y «The Formal Analysis of Normative Con-
cepts», American Sociological Review, 22 (febrero 1957), 9-17.
M G a r f i n k e l ; «A Conception of and Experiment with “T rust”...», op. cit.,
pág. 5. El lector observará que la formulación de Garfinkel, en cuanto se me
alcanza, no admite explícitamente la posibilidad de un conflicto sostenido en el
tiempo, porque en realidad no aborda el conflicto sustancial per se, sino los
rasgos estables de las situaciones cotidianas y de juego, que han de regir aun
habiendo un conflicto sustancial entre los participantes. Por tanto, se supone
ue existe cierto orden fundam ental o conjunto de reglas, que adm iten el con-
§ icto sustancial y la armonía. No elimina el conflicto sustancial (por ejem plo,
discusiones y desacuerdo continuos), sino que, simplemente, no es tema del tra ­
bajo.
” Idem, págs. 5-6.
" Idem, pág. 6. Subrayado en el original.
G a r f i ñ é las llama las «reglas del juego preferido» y las «con­
d iciones impuestas por el juego».
L as «reglas del juego preferido» se distinguen de las reglas
b ásicas por ser de cumplimiento discrecional p ara el jugador,
que define el «procedimiento correcto» dentro de los límites de
las reglas básicas, pero las «reglas preferentes» suelen obrar in­
d ep en d ien tem en te de aquéllas. Esta independencia procede de
d iv e rs o s tipos de juego tradicional, de procedimientos «eficaces»,
de preferencia estética, y semejantes, que son libres para el juga­
d o r 39. Las condiciones impuestas por el juego sirven para expli­
c a r finalm ente cómo se va a seguir, y se corresponden con cada
c o n ju n to de reglas básicas. Las decisiones de los jugadores están
lim itadas siempre por ellas, y son independientes de la victoria
o d e rro ta . Describen las características generales del juego, pero
son invariables para cada situación particular del juego, porque
sie m p re entran en cada decisión. Garfinkel ve un buen ejemplo
de las condiciones impuestas po r el juego en el ajedrez, en que
las reglas básicas ofrecen una situación de perfecta información
en to d o momento. Un juego diferente, con diferentes reglas bá­
sicas, puede ofrecer tales condiciones. Así, en el póker, la situa­
ción es muy distinta y las condiciones impuestas por el juego
son tales que cada decisión incluye un grado diverso de inse­
guridad.
E ste análisis nos facilita distinguir las condiciones variables
de juego y precisar qué reglas están «sobre la mesa» en cada si­
tuación particular. La noción de reglas básicas como conjunto de
propiedades invariables permite al observador describir las pau­
tas que sirvan para definir el juego correcto o «normal». Estas
reglas pueden determ inarse antes del juego real y facilitan mane­
ja r el escenario para predecir las consecuencias para los jugado­
res que no las cumplan. Ahora bien, las condiciones y reglas del
juego, ¿nos ofrecen un modelo adecuado para caracterizar y
e stu d iar las «reglas» de conducta de la vida cotidiana? Como
respuesta previa a esta pregunta, convendrá precisar qué es lo
que consideramos como las ventajas de emplear el modelo del
juego para com prender las norm as y la asunción de papel.

1. El modelo del juego capacita al investigador para hablar


convincentemente sobre los distintos tipos de «reglas» que res­
peta el actor en su m edio percibido.

2. Comprender las condiciones y reglas del juego perm ite


precisar a priori lo que será «extraño» o «inhabitual» y, en con­
secuencia, lo que podremos llam ar «esperado» y «apropiado».

3. Saber algo sobre las propiedades de las reglas constituti­


vas perm itirá a los sociólogos precisar las propiedades que con­
tribuyen a la estabilidad de la acción social.

4. La capacidad de precisar o identificar las reglas constitu­


tivas y las reglas preferentes facilitará al investigador utilizarlas
en experimentos p ara descubrir el carácter 117 as consecuencias
de tipos determinados de interacción social.

5. La noción de «signo constitutivo» capacita al investigador


para entender cómo varía a través del tiempo el escenario social
o la definición de la situación.

6. El modelo del juego nos proporciona una base para pre­


cisar cómo entiende el actor el papel del otro, según qué «reglas»,
y cómo conforma su propio papel en consecuencia. Ello exige
cierto análisis del problem a del sentido cultural en la vida coti­
diana y de cómo se atribuye locativam ente a los objetos, las rea­
lidades y los hechos a través del tiempo.
Garfinkel observa que, extendiendo la noción de propiedades
constitutivas a la vida cotidiana, las actuales preocupaciones por
la calidad moral de las norm as, su calidad jurídica o el uso con­
suetudinario no serán los problem as decisivos que deberá abor­
dar inicialmente el sociólogo, sino que deberá preocuparse fun­
damentalmente por cómo las «normas» definen lo que G arfinkel
llama los hechos «que se entienden norm ales». Entonces, el so­
ciólogo podrá hablar de «medios organizados normalmente» y de
«medios desorganizados socialmente» dentro de la misma textu­
ra, es decir, sin juzgarla (negativam ente) dentro de un contexto
moral. La proposición de Garfinkel de que los hechos percibidos
tienen una estructura constitutiva requiere una explicación m ás
detallada.
El concepto m edular que em plea Garfinkel para considerar
las b ases de la acción social en la vida cotidiana es el de la
fia n za »■ Es cuestión fundam ental al respecto: ¿cómo perciben
e in te r p re ta n su vida cotidiana los miembros de un grupo o so­
cied ad ? ¿De qué m anera llegan a ser considerados los objetos,
los h e c h o s y las realidades como «normales», que «tienen sen­
tido» o que son «comprensibles»? La noción de «confianza» ex­
plica la obediencia de las personas a un «orden constitutivo de
los hechos». Sin embargo, este orden, ni se percibe explícitamente,
ni se conoce uniformem ente por una población determinada. La
a m b ig ü e d a d de las «reglas», además de las diferencias de per­
cepción, ^ interpretación y de móvil para obedecerlas señalan
que el a c to r tiene que «confiar» en su medio ante la inseguridad,
pero señala tam bién una base del cambio social. Puede haber o
no m ás inform ación que aclare o no el escenario social. La no­
ción de «confianza» significa que el acto ha de «aceptar» y basar­
se en definiciones de la situación que son posiblemente dudosas
y p ara las que no existen reglas explícitas. Si el «signo constitu­
tivo» resp eta d o por los actores puede precisarse conceptualmente
y d e fin irse operativam ente en condiciones experimentales, ten­
drem os una base para describir lo que podría «entenderse nor­
mal». Un modelo de norm as y de asunción de papel tendría que
dividir lo «que se entiende normal* en un conjunto de elementos
que constituyesen condiciones variables por las que el actor
in te rp re ta su medio.
La noción de hechos que se entienden normales dirige la aten­
ción del investigador a: 1) la tipicidad de los hechos cotidianos
y su probabilidad; 2) el modo como se comparan con los hechos
del p a sa d o , indicándose cómo podrían estimarse los hechos fu­
turos; 3) la atribución por el actor de significación causal a los
hechos; 4) la m anera como los hechos encajan en las relaciones
típicas de medios y fines de un actor o sociedad y 5) el modo
co m o los hechos se estiman necesarios para el orden natural o
moral de un actor o sociedad ®. La manera como el actor percibe
su medio tiene su raíz en un m undo definido culturalmente. Las
n orm as o reglas de conducta practicadas e impuestas variarán
por tipicidad, comparabilidad, probabilidad, significación causal,
e s q u e m a de medios y fines y el carácter del orden natured o mo­
r a l La asunción de papel dependerá de las mismas variables. El
proceso de asunción de papel obliga al actor a decidir, durante
la interacción, el carácter del papel del otro en condiciones de
inseguridad. Es difícil encontrar un juego con reglas p ara todas
las posibilidades que puedan o tengan que surgir. D urante la
interacción social, los actores acuerdan seguir, a menudo tácita­
mente, cierto conjunto de reglas explícitas o im plícitas. Además,
está el problem a de que el ritm o de las jugadas, su duración y
semejantes no son m aterias sobre las que el jugador tenga un
dominio completo. Sin embargo, todos estos problem as de los
juegos resultan rasgos, como m uestra Garfinkel, que el sociólogo
debe clasificar dentro de una «definición de la situación» m ás
precisa. Propone que la noción de «signo constitutivo» puede ser
un rasgo integrante de todas las clases de hechos, desde el juego
hasta la ciencia y desde la vida cotidiana h asta el sueño.
Las diferencias entre el juego y la vida cotidiana señalan las
dificultades que puede esperar encontrar el sociólogo al tra ta r
de m edir los estados conductivos que reflejan norm as y de estu ­
diar el proceso de la asunción de papel. Una diferencia decisiva
está en que en el juego el ritm o supone un contexto delim itado
en que ha de decidirse el éxito y el fracaso, pues la partida hecha
es lo que Garfinkel llama un «episodio encapsulado»4I. Por tanto,
el resultado del juego no depende en absoluto del desarrollo de
las situaciones posteriores «externas» a las condiciones de la p a r­
tida. En los asuntos de la vida cotidiana no se puede decidir p ara
un período indefinido. O hay que volver a decidir una y o tra vez.
Otra cosa es que induce a error hablar de «reglas» y «normas»
de la misma m anera que hablam os sobre las reglas básicas y
preferentes de un juego. El térm ino «regla», cuando se usa en
la vida cotidiana, no tiene la misma precisión y sentido que en
el juego. Porque los hechos de la vida cotidiana no tienen las
condiciones de límites absolutos que vemos en el juego. Cuando
en el juego se viola una regla básica, term ina la p artid a o se
perturba su «normalidad» lo suficiente para que el jugador que­
de confuso, debiendo recurrir a cierta especie de «norm aliza­
ción» tí. Sin embargo, en la vida cotidiana es difícil en co n trar
41 Garfinkel: op. cit., págs. 27-28.
* Idem, pág. 23. Garfinkel expone conclusiones de estudios sobre el juego de
ceros y cruces que apoyan esta postura. Los resultados más llamativos son los
ue se obtuvieron con niños de cinco a once años, que quedan confundidos cuan-
So se viola una regla, básica. Los adultos suelen cambiar de orientación, consi­
derando que la violación es «divertida», o que se trata de un juego «diferente»,
o desconfiando de la persona del experimentador.
v io lacio n es de las «reglas» o «normas» que provoquen una ines­
ta b ilid a d claramente mensurable del orden social. Las llamadas
«reglas» de la vida cotidiana se violan continuamente, a menudo
sistem áticam ente, comprendidas las costumbres, sin que poda­
mos m o stra r una amenaza precisa e inmediata, o incluso a corto
plazo, a la estabilidad del orden social. Solemos decir que si
estas transgresiones continúan sistemáticamente a través del
tiem po con gran núm ero de participantes, el ord en social «se
d e rru m b a rá » ; este argumento, sin embargo, no precisa «por
cu án to tiempo», ni «cuántos participantes», ni «cómo será esa
in estab ilid ad » . Además, no tenemos manera de conocer qué
nuevas form as de orden social aparecerán. La solución de Gar­
finkel a este problema es concentrarse en las propiedades de los
hechos que se entienden normales y del orden constitutivo de
tales hechos, no en las «reglas o normas» per se. Las «reglas» o
«norm as» sociales no tienen los límites de las reglas básicas de
un juego; su estructura temporal es básicamente diferente.
E sta diferencia de estructura temporal puede explicarse por
las propiedades invariables de las reglas de un juego, en oposi­
ción a las de la vida cotidiana. Las reglas básicas de un juego
son calculables, por tener límites suficientes para perm itir deci­
siones inequívocas sobre cuándo ha ocurrido algo «extraño»,
«inhabitual» o enteramente «irregular». En la vida cotidiana se
«quebrantan» las leyes, siguiéndose varios procedimientos elabo­
rados para aclarar lo que llega a ser invariablemente un proble­
ma ambiguo. Ello es cierto de nuestra determinación de las
violaciones de las norm as jurídicas; la policía, los testigos, el
jurado, el juez, el defensor y el fiscal, la víctima y el acusado
pueden tener apreciaciones muy fundadas que, en conjunto y al
mismo tiempo, sean contradictorias, superpuestas y vagas. La
situación se complica cuando nos enfrentamos con apreciaciones
de m aterias no jurídicas e imprecisas: la estimación del carácter
de otro, del estado de ánimo, del atractivo físico, de los objetos
artísticos, del cónyuge y semejantes. Quisiera considerar las
«reglas» de la vida cotidiana como esencialmente «incalculables»,
en el sentido de la medición ordinaria, por la discrepancia entre
su descripción ideal y su carácter de practicadas e impuestas.
Esta «incalculabilidad» no ha de verse meramente en los juicios
del actor, sino también en el modelo que de él tiene el observa­
dor. Lo cual no quiere decir que sea imposible un modelo preciso
de los juicios del actor, sino que las m edidas ordinarias que en­
contramos, por ejemplo, en la lógica bivalente, en las escalas
ordinales y en la teoría m atem ática del juez no describen adecua­
damente las decisiones cotidianas. Para desarrollar este tem a, he­
mos de examinar con más detalle el proceso de asunción de
papel. Hemos de decidir cómo entiende el actor el papel del otro
y las propiedades que constituyen la estru ctu ra tem poral de las
decisiones cotidianas.

LA ASUNCION DE PAPEL Y EL SENTIDO

Decir que los límites de las decisiones cotidianas son «incalcu­


lables» es una caracterización equívoca de la estru ctu ra de las
decisiones cotidianas. Afirmo que las m edidas existentes no tie*
nen en cuenta los rasgos dudosos de estas decisiones. Para que
los tengan en cuenta, habrá que extender las medidas existentes
para que incluyan la medición de los juicios som etidos a las
contingencias de las definiciones variables de la situación atrib u i­
das al escenario social por el actor. Las dificultades inherentes
a este problema conceptual pueden ilustrarse exponiendo el libro
de Thomas C. Schelling, The Strategy o f Conflict en que se
tra ta de m ostrar explícitam ente la influencia de lo que se llam a
conducta «irracional» sobre las opciones en los juegos de estra­
tegia. Lo que Schelling llam a «irracional» —un sistem a de valores
incoherente, un cálculo erróneo, poca com unicación e influencias
casuales o fortuitas— es un suceso corriente en la vida cotidiana
y, con nuestros presentes conocimientos,, no está sujeto a m edi­
ción precisa con los mecanism os ordinarios. Pero la explicación
de Schelling no es lo suficientem ente detallada p ara tra ta r de
los matices del proceso de asunción de papel ni de cómo el acto r
define la situación y conform a su propio papel. La noción del
juego de estrategia, en que cada jugador basa su opción en lo
que espera haga el otro, es básica para la asunción de papel,
pero no está claro cómo llega a definirse el escenario y se llega
a configurar el propio papel en la interacción subsiguiente. Aun-
° Thomas C. Schelling: The Strategy o f Confllct (Harvard Univer&ity Press),
Cambridge, 1961.
que la exposición de Schelling subraya el carácter «incalculable»
de los ju icio s o decisiones cotidianos, empleándose las medidas
o rd in arias, su obra da por supuestos exactamente aquellos ras­
gos del sistem a social de los cuales el sociólogo ha de dudar. Por
ejem plo, al proponer que el experimentador junte a jugadores
«cooperantes» y «no cooperantes» y oriente a los jugadores hacia
«sistem as coherentes o incoherentes de valores», supone que las
norm as y l ° s valores son claros y fácilmente precisables, y que
el p r o c e s o d e asunción de papel no está afectado gravemente por
sus diferencias de percepción, interpretación y motivos de obe­
diencia.
Pero, ¿cuáles son las dificultades patentes? ¿Qué elementos
de la asunción de papel exigen una explicación más precisa s i
han de aclararse los problemas de medida? W ard Edwards ilus­
tra los rasgos difíciles de la asunción de papel en situaciones ex­
perim entales en que el experimentador y el sujeto com partan
p re s u m ib le m e n te el mismo lenguaje, empleando términos que
se supongan claros e inequívocos. Observa:
M uchas de las instrucciones em pleadas m ás corrientem ente en
los ex p erim en to s sicológicos son, en el m ejo r de los casos, am biguas
y, en el peor de los casos, in tern am en te contradictorias. P or ejem ­
plo, co nsiderem os una prueba de rapidez m ental. Sus instrucciones
dicen: «C onteste ta n ta s preguntas com o pueda. Tiene diez m inutos
p a ra e sta p a rte de la prueba.» ¿Qué se espera haga el sujeto? ¿Debe
c e r c i o r a r s e de que cada contestación es correcta, reduciendo los
e r r o r e s , pero ocupándose de pocas preguntas, relativam ente? ¿Debe
c o n t e s t a r ta n ta s preguntas com o sea posible, tratan d o de adivinar
las contestacio n es que no s e p a ? ¿O ten d rá que a d o p ta r alguna com­
b i n a c i ó n de estas tácticas, y qué com binación? Las instrucciones no
lo dicen. De hecho, las instrucciones le hacen cum plir una im posi­
bilid ad : dicen que debe co n testar a un m áxim o de preguntas ha­
ciendo un m ínim o de errores. Son instrucciones incoherentes. Una
co m p u ta d o ra rechazaría, p o r no ten er solución, un problem a que
se le p re se n ta se con tales instrucciones. Las personas, que son m ás
tr a t a b l e s y m enos lógicas, cum plen estas tareas todos los días.
única m an era de hacerlo es p ro cu rarse cierta especie de instruccio­
nes p ro p ia s que su stitu y an a esas im p o sib les44.

E d w a r d s señala, además, que surgen los mismos problemas

en otras situaciones experimentales en que se incluye el tiempo,


el n ú m e r o de respuestas correctas y el número de respuestas in­
correctas. Y apunta que las instrucciones incoherentes o ambi-
m u/ariT"Edwards: -Costs and Payoffs are Instructiona», Psychological Review,
68 (Ju ü ol96l), 275-276.
guas es «más probable que se den cuando se define como ideal
una ejecución perfecta (por ejem plo, todas las preguntas deben
contestarse acertadam ente), pero sin dar la inform ación que
facilite al sujeto estim ar la relativa inconveniencia de diversos
tipos de desviaciones de la perfección»45. Para evitar la incohe­
rencia y ambigüedad de las instrucciones a los sujetos, Edw ards
propone que el experim entador explique al sujeto la táctica óp­
tima, aunque los experim entos han dem ostrado que los sujetos
pocas veces siguen esa táctica cuando se les revela. Y supone
que la eliminación de contradicciones internas reducirá el erro r
experimental, haciendo más fácil de in terp retar el experim ento.
La parte más interesante del artículo de Edw ards está en sus
observaciones sobre el papel de los criterios estim ativos que si­
guen el experim entador y el sujeto. Plantea la cuestión de los
efectos de las diferencias de criterio entre e- erim entador y
los sujetos, señalando el obvio problem a de decidir la im por­
tancia o sentido de los resultados experim entales. Observa que
«el dinero quizá sea la dimensión estim ativa más utilizada y en­
tendida en general en nuestra cultura; casi todos los sujetos
entenderán la afirmación: "Su propósito en este experim ento es
volver a casa habiendo ganado tanto dinero como pued a"» 46. El
artículo de Edwards señala inequívocam ente el problem a de
definir la situación de modo que el experim entador conozca las
propiedades del medio de objetos que tanto él como los actores
en estudio han de percibir e in terp retar de la m ism a m anera y
ante las cuales se espera que m uestren un móvil com plem entario
de obediencia. Se debe inform ar a los sujetos sobre los criterios
estimativos que se espera sigan. AI explicar un experim ento o
redactar un cuestionario p ara m edir la asunción de papel, el
investigador debe tener cierta form a de conceptualizar el medio
del actor y su móvil cultural para percibirlo e interpretarlo. Pero
la argumentación de Edw ards supone que el sentido del criterio
estimativo, en su caso el dinero, está bastante claro y regulari­
zado para que la investigación del experim entador no se vea
confundida por las variables culturales que son consideraciones
necesarias en los experimentos sicológicos. Pero si esto es cierto
en cuanto a los experimentos sicológicos, ¿no será cierto tam bién
respecto de los experim entos y encuestas sociológicos? ¿Cómo
* Ward Edwards: op. cit., pág. Z76.
* Idem, pág. 281.
que la exj íé significan nuestros datos sustantivos si no
de los<v ® problema de los criterios estimativos plantea-
Comprender la manera como el actor entiende
o rd ¿ 8 - £
SSl upone que se ha resuelto el problema de cómo
su medio. Pero el carácter de esta comprensión
es un problem a que pocas veces han elaborado
*or ejemplo, ¿cómo decide el sujeto el sentido
un cuestionario?) Tal investigación exigiría que
el sociólogo oneciese de otra m anera una solución al problema
p la n te a d o p o r Edw ards; a saber, determinando cómo atribuye el
a c to r sen tid o s culturales en la asunción de papel y señalando las
p ro p ie d a d e s variables e invariables de estos sentidos culturales.

BL SENTIDO Y LA COMUNICACION

Para nuestros fines, supondremos que el sentido se refiere a


la in terp reta ció n de cierto signo de acuerdo con cierta p a u ta 47.
Siguiendo a Alfred Schutz, las cosas que los signos representan
han de decidirse con referencia a cuatro tipos de órdenes®.
S chutz divide las «reglas» o «pautas» indicadas por Kecskemeti
en distintos tipos de órdenes o maneras en que los signos pueden
ser analizados por el observador. Esto constituye un modelo por
el cual el observador puede ordenar el sentido que los sujetos
atribuyen a los hechos. En la vida cotidiana, arguye Schutz, ten­
demos continuam ente a sustituir un orden por otro, pero a me­
nudo nos centrarem os en un orden, haciendo a los demás discre­
cionales o contingentes. Lo interesante es que el signo o símbolo
im p o rtan te de algo para algún actor o grupo puede carecer de
toda im portancia para otro actor o g ru p o 49. Los tipos diferentes
de órdenes por los que se interpretan los objetos, realidades y
hechos pueden caracterizarse por cuatro formas básicas de rela­
ciones «representativas* (es decir, de relacionar los signos con
(7 paUl K e c s k e m e t i : Meaning, Communication, and Valué (University of Chicago
P recc) C h i c a g o , 1 9 5 2 , p á g s . 7 -9 .
«■ Alfred Schutz: «Symbol, Reality, and Society», en L. Bryson, L. Finxelstbik,
H Hoagland y R. M. MacIvex (eds.): Symbots and Society (Harper), Nueva York,
lace que contiene una detallada exposición de cómo ocurren ios emparejamien­
t o entre los signos y lo signado.
• Idem, P**- 150.
las cosas a las que se refieren) que emplea el acto r p ara rebasar
el mundo a su alcance. E stas cuatro formas son señales, indica­
ciones, signos y símbolos. Las tres prim eras rebasan el m undo
al alcance del actor, pero son relaciones «representativas» que
se encuentran en el m undo de la vida cotidiana. La cu arta rebasa
el mundo al alcance del actor proporcionándole tam bién la base
para rebasar el m undo de la vida cotidiana. E stas cuatro form as
de relaciones «representativas» nos ofrecen un modelo para
com prender la comunicación entre las personas. Dicho de otra
manera, estas relaciones entre el signo y lo signado son ingre­
dientes necesarios de la asunción de papel, pues nos dicen cómo
llefia el actor a atribuir sentido a los objetos y hechos de su
medio.
El actor experimenta el m undo a su alcance como p arte de
su peculiar situación biográfica, y ello «implica rebasar el aquí
y ahora al que pertenece» *. Por eso, el actor aborda la situación
de asum ir un papel con un fondo de precedentes o ignorancia 5l,
anterior a sus abstracciones de los objetos y hechos inm ediatos
de su campo visual. Schutz observa que una m anera como encon­
tram os nuestra senda por la vida, especialmente en ocasiones en
que volvemos a cierta parte de ella después de haber estado
ausentes, es marcar ciertos objetos. La m arca, por ejem plo, la
anotación al margen de un libro, o el breve com entario en una
agenda, sirven de recuerdo subjetivo para el intérprete cuando
algún objeto vuelve a su alcance (o vuelve él al alcance del objeto
o hecho). Esa marca rebasa el m undo sensible del aquí y ahora
del actor, representando una selección arb itraria de ciertos obje­
tos para recordar algo al actor. La señal del libro se em pareja
con su sentido alusivo: «observación im portante del autor».
Otra forma de em parejar por representación que sirve al
actor para rebasar el m undo a su alcance la llam a Schutz indi­
cación. Schutz observa que lo que llam a indicaciones ab arca lo
clasificado frecuentemente bajo la expresión «signos naturales»
La indicación, como la m arca, no supone intersubjetividad, y se
describe como sigue:

" Alfred Satura, op. cit.. pág. 156.


" V. el excelente artículo de Louis S c h n e i d e r : «The Role of the Category of
Ignoran ce in Sociological Theory: An Explora tory Statement», American Sociolo-
gtcal Review, 21 (agosto 1962), 492-508.
“ Schutz, op. cit., pág. 159.
E l m iem bro indicad o r de la p a re ja n o sólo «atestigua» al indica­
do , n o sólo lo señala, sino que im plica el supuesto de que el otro
m ie m b ro existe, ha existido o existirá. Ademas, el m iem bro indicador
n o se percibe com o u n «ser», esto es, m eram en te en el esquem a
p recep tiv o , sino que «recuerda» o «pone en juego* rep resentativa­
m e n te al indicado. Sin em bargo, es im p o rtan te que queda oscuro el
c a r á c te r p a rtic u la r de la conexión con el móvil, o i hay com prensión
c la r a y suficiente del c a rá c ter de la conexión e n tre los dos elem entos,
n o ten em o s cjue ver con la relación alusiva de la indicación, sino
co n la deductiva de la dem ostración. La lim itación que im pone esta
ú ltim a frase elim ina, p o r ello, la posibilidad de decir que la huella
de u n tigre (reconocida com o tal) es indicación o «signo» de su
p re se n c ia en la localidad. Pero el halo de la luna indica que va a
llo v e r y el hum o indica fu eg o ...* 53.

Para Schutz, un signo designa «objetos, realidades o hechos


del m undo exterior, cuya aprehensión representa para el intér­
prete las cogitaciones de un sem ejante»54. Los objetos, realidades
y hechos interpretados como signos, dice Schutz, tienen que refe­
rirse directa o indirectam ente a la existencia física de otro actor.
El caso m ás sencillo es el de las relaciones directas, pero están
com prendidos también las distancias de tiempo o espacio; no
obstante, eso no quiere decir que haga falta una percepción real,
pues el actor puede recordar o im aginar el objeto, realidad o
hecho. Además, la interpretación de un objeto, realidad o he­
cho com o signo de las cogitaciones de alguien no quiere decir
forzosam ente que el comunicador destine las cogitaciones a la
interpretación de otra parte o de que ese intérprete sea escogido
como receptor de las cogitaciones. Por último, los dos actores
implicados no tienen que ser conocidos. Estará claro, sin em bar­
go, como observa Schutz, que la comunicación o asunción de
papel entre personas exige que com partan un sistema semejante
de pertinencias. «Para lograrse, todo proceso comunicativo tiene
que im plicar, por ello, un conjunto de abstracciones o tipifica­
ciones comunes* a. La base para las abstracciones o tipificaciones
comunes la ofrecen el vocabulario y la estructura sintáctica del
lenguaje cotidiano. Desgraciadamente, los textos de sociología
omiten el lenguaje y el sentido y las teorías de la asunción de
papel los tratan como evidentes. Queda sin aclarar la manera
como el actor de la vida cotidiana y el sociólogo que lo observa
llegan a abstracciones o tipificaciones comunes.
» SchUTX: op. cit., pégs. 158-159. Subrayado en el original.
* Idem, pág. 1«.
» Idem, P¿«. 170.
La últim a forma representativa que expone Schutz son los
símbolos. Define la relación simbólica:
... Com o una relació n re p re se n ta tiv a e n tre cosas q ue p erten ecen ,
al m enos, a dos ám b ito s lim itad o s de sentido, de m an era q ue el
sím bolo re p re se n ta tiv o es un elem ento de la realid ad su p re m a de
la vida cotidiana, (D ecim os «al m enos, dos» p o rq u e hay m u c h a s
com binaciones, com o lo religioso, el a rte , etc., que no podem os e s­
tu d ia r en este a r tíc u lo ) 36.

H asta aquí, los m iem bros representativo y representado de


la pareja de toda relación entre signo y signado, así como el
intérprete, pertenecen a la realidad de la vida cotidiana, m ientras
que la representación simbólica rebasa su lim itado ám bito de
sentido. En las form as simbólicas superiores, sólo el m iem bro
representativo se refiere a la vida cotidi>r>?. m ientras que el
miembro representado tiene su realidad en otro ám bito de sen­
tido, como el mundo de la ciencia, la fantasía y sem ejantes.
Los cuatro tipos de parejas que explica Schutz y las m arcas,
indicaciones, signos y símbolos que expone implican ciertos ras­
gos fundamentales de la vida cotidiana a los que ha prestado
mucha atención. Toda exposición de los elem entos analíticos de
la interacción social en general y de la asunción de papel en
particular requiere referencia explícita a la situación social to tal
en que ocurre la asunción de papel. Los siguientes elem entos de
la situación social pertinentes a la asunción de papel, aunque no
son exhaustivos, se presentan como esenciales al esquem a de
Schutz:

1. Reciprocidad de las perspectivas.—La conexión en tre el


signo y lo signado supone que: 1) en la vida cotidiana, el acto r
da por supuesto que él y los dem ás actores tendrán la m ism a
experiencia si se intercam bian los lugares y 2) el acto r supone
«que las diferencias originales en nuestros sistemas particulares
de pertinencias pueden despreciarse para el fin del m om ento y
que él y yo, que “nosotros", interpretam os los objetos, realidades
y hechos actual o potencialm ente comunes de m anera "realm ente
idéntica", es decir, suficiente p ara todos los fines posibles»57.
Nuestros mundos coinciden. «Los dos flujos del tiem po interior,
el suyo y el mío, se sincronizan con el hecho del tiem po exte-
pior» »f perm itiendo a nuestros actores una base para comunicar­
se m u tu a m e n te . La reciprocidad de perspectivas nos dice que la
fid e lid a d de la asunción de papel supone experiencias comunes
que h acen a tal actividad contingente a las interpretaciones, du*
ra n te la interacción, que dan a los objetos, hechos y realidades
los actores interesados.

2. L ° s conocimientos del actor.—Schutz observa que la ma­


yor p a rte del conocimiento del actor se deriva socialmente de los
d e m á s . El conocimiento está distribuido socialmente y los cono*
c i m i e n t o s de un actor difieren de los de otros w. Los actores de
la vida cotidiana, a fin de comunicarse sobre m aterias aprobadas
s o c i a l m e n t e y dadas por supuestas, tienen que hacer ciertas su­
p o s i c i o n e s sobre qué conoce su vecino y cómo conocen ambos el
« m i s m o » h ech o 60. Los conocimientos del actor llegan a ser, pues,
u na v a r i a b l e de su entendim iento del papel del otro y de cómo
lleva su propio papel.

3. La tipificación.—El conocimiento socialmente distribuido


que se da por supuesto en la comunicación cotidiana se inter­
c a m b i a en un contexto en que el actor tipifica, tanto su conducta
c o m o la del o tro 61. E n el intercam bio de conocimiento social­
m e n t e aprobado y distribuido se suponen papeles sociales y
expectativas típicas. «El conocimiento socialmente aprobado está
com puesto... de un conjunto de instrucciones que sirven a cada
m iembro del grupo para definir su situación de manera típica
en la r e a l i d a d de la vida cotidiana» “ . El lector observará, como
lo hace Schutz, que estas consideraciones se rem ontan explícita o
Implícitamente a los escritos de Simmel y Durkheim que se
o c u p a n de la conciencia individual y colectiva; de Cooley en su
n o c i ó n de la «persona-espejo» y de G. H. Mead en sus conceptos
del «otro generalizado», el «yo» y el «mí» Sin embargo, lo que
falta en sus escritos es la atención precisa y la calidad de variable

* Schutz: op. cit., págs. 164-165.


* Vid. Schniider: «Tne Role of the Category of Ignoran ce in Sociological
Theory*- op- cit.
m Sofurz: «Common-Sense and Scientific Interpretaron of Human Actlon»,
phüosophy ond Phenomenotogical Research, 14 (septiembre 1953), pág. 10.
•* Ibíd., págs. 1M4.
a Scáviz: «Symbol, Reality, and Society», ov. cit., pág. 194.
« Cfr Schutz: «Common-Sense and Scientific Interpreta tkm of Human Ac-
tíon*. op. cit., págs. 13-14.
que Schutz atribuye al m undo de la vida cotidiana como base
para nuestro entendim iento de los objetos, realidades y hechos,
m ostrando los tipos de em parejam ientos que enlazan los signos
con lo que signan y que las marcas, las indicaciones y los signos
son las referencias «representativas» que estru ctu ran este enten­
dimiento. Los símbolos, como form as superiores de referencias
representativas, tienen sus raíces en esta realidad de la vida
cotidiana, pero estructuran tam bién nuestro entendim iento de
los objetos, realidades y hechos que rebasan nuestra experiencia
de la vida cotidiana. Las realidades que trascienden de la vida
cotidiana, como la ciencia, el arte, la fantasía y la poesía, no pue­
den entenderse sin referencia a la vida diaria. Schutz observa que
el mundo de la vida cotidiana, como conjunto de estru ctu ras de
sentido subjetivo aprobadas socialm ente y dadas por supuestas,
se corresponden con la noción de Thom as de la definición de la
situación. El problema del sentido subjetivo requiere, pues, que
la comunicación cum plida en el proceso de asunción de papel
reciba calidad de variable según las m aneras como los actores
puedan intercam biarse y se intercam bien relaciones de signo y
referente. Precisemos:

1. Supóngase que «definición de la situación» quiera decir


lo mismo que «signo constitutivo». El signo constitutivo de un
conjunto particular de hechos proporciona el «sentido de reali­
dad» que Schutz atribuye a la teoría de W illiam Jam es de muchos
subuniversos entendidos como realidades diferentes.

2. El problema del sentido en tra en el cuadro inm ediata­


mente, pues:
... A fin de lib e ra r a esta im p o rta n te idea de su m arco sicológico,
en vez de m uchos su b u n iv erso s de la realid ad , p refe rim o s h a b la r
de ám bitos fin ito s de sen tid o , en c a d a uno de los cuales podem os
pon er el signo de realid ad . D ecim os á m b ito s de sentido, y n o de
subuniversos, p o rq u e es el sen tid o de n u e stra s experiencias, y no la
e stru c tu ra ontológica de los o b je to s, lo que con stitu y e r e a lid a d 64.

Un conjunto determ inado de experiencias se llam a ám bito


finito de sentido cuando m uestra un «estilo cognoscitivo especí­
fico». Un mundo social o una realidad particular, en cuanto ám­
•* Alfred Saiurz: «On Múltiple Realities», Philosophy and Phenomenolagical
Research, V (junio 1945), 551. Subrayado en el original.
bito fin ito de sentido, como la noción de «orden constitutivo de
los hechos», capacita al observador para precisar las propiedades
del m ed io de objetos a las que responde el actor.

3. E l estilo cognoscitivo, u orden constitutivo de los hechos,


o signo de realidad, en cuanto conceptualizado por el observador,
es un m odelo para decidir cómo interpreta el actor sus experien­
cias d u ran te la interacción social. Dicho de otra m anera, el mo­
delo ofrece una base para decidir, desde el punto de vista del
actor, la «extrañeza», los rasgos «habituales» o «normales» de
su cam po visual y pensamientos particulares, es decir, la base
p ara entender el otro papel.

4. Schutz dice que pasar de un ámbito finito de sentido a


cjtro es u n «choque». Por ejemplo:
H ay tan innum erables tipos de d istin tas experiencias trau m áticas
c o m o ám bitos finitos de sentido en los que puedo p oner el signo de
r e a l i d a d . Algunos ejem plos: el choque de dorm irse, com o salto al
m u n d o de los sueños; la tran sfo rm ació n in te rio r que sufrim os cuan­
do se levanta el telón del teatro , com o paso al m undo de la rep re­
sen tació n ; n u estro cam bio radical de ac titu d cuando, a n te un cuadro,
p e rm itim o s que n uestro cam po visual se lim ite a lo que está d entro
del m arco, com o paso al m undo pictórico; n u estra perplejidad, que
5e re la ja en risa, cuando al escuchar un chiste estam os dispuestos
p o r breve plazo a acep tar el m undo ficticio de la chanza com o u n a
r e a l i d a d , en relación con la cual el m undo de n u estra vida cotidiana
to m a un c a rá c ter de necedad; coger el niflo su juguete, com o tra n ­
sició n al m undo del juego; etc.**.

Estos distintos ámbitos finitos de sentido —el m undo de los


sueños, el arte, la fantasía, la experiencia religiosa, diversos tipos
de enferm edad mental, la ciencia, etc.— tienen su peculiar estilo
cognoscitivo.

5. Cada estilo cognoscitivo, como las reglas del juego o el


orden constitutivo de los hechos está orientado por un conjunto
bilidad de experiencias, su base para decidir qué es lo que se
entiende normal, inhabitual, y semejantes, y ofrece algo así como
un conjunto de límites. Schutz supone que el térm ino «finito»
quiere transm itir la imposibilidad de pensar en una fórm ula de
transform ación que capacitase al actor a relacionar u n ám bito
con otro.
6. Según Schutz, «el paso de uno a otro sólo puede darse
con un "salto", como lo llama K ierkegaard, que se m anifiesta
en la experiencia subjetiva como un choque» Ello equivale a
una modificación radical de nuestra disposición m ental o aten­
ción a los objetos y hechos en torno.
7. El estilo cognoscitivo de todo ám bito finito de sentido u
orden constitutivo de los hechos está orientado por un conjunto
de «reglas» que ofrecen al actor la base p ara decidir la disposi­
ción mental o actitud apropiadas y necesarias, el tipo de espon­
taneidad precisa, una perspectiva tem poral particular, u n a form a
particular de experim entarse y el tipo del m undo intersu b jetiv o
de comunicación e interacción social en m archa. Para Schutz, la
noción de realidades m últiples es una base para p ro d u cir una
tipología de ám bitos finitos de sentido o distintos m undos so­
ciales.

FUNDAMENTO FILOSOFICO

Mi interpretación de los escritos de Schutz y Garfinkel sobre


el carácter de las «reglas» que rigen la conducta de la vida coti­
diana y sobre las propiedades de tales «reglas» (o, al m enos, de
algunas de ellas), recoge varios conceptos tom ados de la filosofía
de Edmund Husserl. El problem a del sentido es esencial en la
obra de Husserl y convendrá citar brevem ente el m ovim iento
fenomenológico para inform ar al lector sobre el origen y m otivos
para escribir este lib ro 67. En los escritos de H usserl, aparece u n a
variante de la hipótesis Sapir-W horf al decir que el lenguaje es
constitutivo de experiencia y que todo entendim iento de cóm o
se comunican las personas exige com prender el lenguaje utiliza­
do, pero una comprensión por la cual el analista sólo podrá reba-
“ S chutz : op. cit., p á g . 554.
n V. un «celente libro básico: Herbert S p t e g e l b e r g : The Phenomenologicat
Movemení. A Historical Introduction (Nijhoff), La Haya, 1960, 2 vols. Se verá
otra excelente revisión general en: Richard S c m m itt : « I n Seaich of Phenome-
nology», The Review of Metaphysics, XV (marzo 1962). 450-479.
s a r el problem a de las realidades múltiples en la medida en que
tra te com o objeto de investigación el mundo cotidiano del actor
(así com o su propio mundo cotidiano y científico). Al mismo
tiem po, como observamos en el últim o capítulo, «sentido cultu­
ral» no es sinónimo de «expresión lingüística», sino que exige
e stu d ia r las categorías vulgares de la experiencia y su correspon­
dencia lingüística.
U na noción im portante es la de intencionalidad, ideada por
H u sserI, y que explica Aron Gurwitsch M:

C onocer un o b jeto q uiere d ecir que, en la presente experiencia,


conocem os ese o b jeto com o el m ism o q ue conocim os en la expe­
rie n c ia pasad a y com o el m ism o que podem os e sp e ra r conoeer en
u n a experiencia fu tu ra ; com o el m ism o que, hablando en general,
podem os conocer en u n núm ero indefinido de actos rep resen ta­
tivos

E l fenómeno de la permanencia del objeto se refiere, por ello,


a los distintos actos perceptivos que exacto r toma como idénti­
cos. E l sentido de un gesto o conjunto de actos para el actor no
puede decidirse por una descripción exacta del objeto como lo
percibe un observador «objetivo» que utilice métodos indepen­
dientes o su propio juicio. La intencionalidad alude a la corres­
pon d en cia entre la experiencia y conciencia de un objeto y los
actos en que ese objeto está incorporado. Esa correspondencia,
sin embargo, no es exacta y los mismos estímulos que se utilizan
p ara producir una experiencia y conciencia de cierto objeto en
un sujeto no producen forzosamente la misma experiencia y con­
ciencia en otro sujeto. Por ello, la distribución de las respuestas
a estímulos idénticos no revela necesariamente el carácter de la
perm anencia del objeto. No obstante, puede lograrse la perma­
nencia, atribuidos los mismos sentidos, cuando se ofrecen dife­
r e n t e s estímulos a diferentes sujetos. Las condiciones en que se
da la permanencia del objeto son decisivas, porque nunca puede
lograrse una medición exacta, particularm ente, mediante simples
procedim ientos operativos ligados al supuesto de que idénticos
estím ulos o actos producen la misma experiencia y conciencia de
los objetos en los sujetos. Lo cual quiere decir que la relación

m «On the Intentionality of Consciousness», en Marvin Fakber (ed.): Phito-


tovhicaJ Bssays in Memory o f Edmund HusserI (Harvard University Press),
Cambridge r 1940, págs. 6543.
• Idem, Pág. tfTSubrayado en el oiiginaL
entre el lenguaje y el sentido exige una referencia a las contingen­
cias externas a las disposiciones form ales o estructurales.
Los procedimientos operativos para m edir el sentido han de
tener en cuenta que la conciencia y experiencia de un objeto por
parte del actor no sólo están determ inadas por el objeto físico
tal como se expone o indica, sino tam bién por las im putaciones
que le atribuye. La noción de intencionalidad y sentido puede
aclararse con referencia al concepto de «horizonte»70. Los si­
guientes comentarios de Kuhn explican la noción de H usserl de
«horizonte interno» en relación con la intencionalidad:
El m arco de u n cu ad ro , a u n q u e no fo rm a p a rte de él, sirv e p a ra
co n stitu ir su to talid ad . De m odo sem ejan te, el ho rizo n te d e te rm in a
lo que enm arca. El e s ta r e n m a rc a d o el o b je to p o r u n h o rizo n te es
im p o rtan te p a ra su m an ifestació n . Su fo rm a de se r es esen cialm en te
un «ser dentro». P o r tan to , el hor i z ont e , , noci ón o rie n ta tiv a ,
nos facilita d e sc u b rir cóm o el m edio m atiza el sen tid o del o b je to ...
«Horizonte» no es m ás q u e o tro n o m b re p a ra la to ta lid a d d e las
organizadas po ten cialid ad es seriales e n c e rrad a s en el o b je to com o
nóema, esto es, com o el o b je to p reten d id o de un a c to «intencional».
El «rayo de la conciencia» ilu m in a u na pequeña esfera c e n tra l, el
su stra to sensorial d ad o d ire c ta m e n te a n u e stra percep ció n visual,
auditiva, olfativa o táctil. E n to m o d e este foco hay u n h a lo de
percepciones poten ciales <iue d ifu m in an el sentido del c e n tro focal.
El núcleo y el h o rizo n te ju n to s com ponen lo percib id o o, h a b lan d o
m ás en general, el « o b jeto en m e n te » 71.

Al «horizonte interno» corresponde un «horizonte externo», lo


cual quiere decir que el objeto no está aislado, sino que está
relacionado con otros objetos y con los sentidos que se les a tri­
buyen y con sentidos más am plios atribuidos a los m ism os y
relacionados objetos. «Además, tanto el horizonte externo como
el interno están estrechísim am ente entrelazados con el horizonte
temporal. La percepción presente del objeto ante mí es el eslabón
de una cadena de percepciones sucesivas, cada una de las cuales
tuvo o tendrá presencia propia. E n consecuencia, la aprehensión
de la cosa señala dos direcciones: al pasado inm ediato y rem oto,
por una parte, y al futuro inm ediato y distante, por o tra. Los
caracteres temporales de la “corriente de conciencia", la rem e­
moración del pasado, así como la expectativa de las cosas veni­
deras, informan la aprehensión p resen te» 72. Por ello,elactor
* Helmut Kuhn: «The Phenomenological Concept of "Horízon”», enM.Farber,
loe. cit., págs. 106-123.
n Idem, págs. 107-108 y 112. Subrayado en el original.
a Idem, pág. 113. V. también la excelente aplicación de los conceptos de
llega a cada acto social y puede pensarlo según una trama de
expectativas dentro de la cual sitúa los elementos típicos de los
objetos experimentados.

CONCLUSION

A lo largo de todo el libro, he supuesto que la m ateria propia


de la sociología es el carácter de la vida colectiva —sus institu­
ciones sociales, como el parentesco y la organización burocrática,
su disposición ecológica, tanto la distribución zonal de las con­
diciones de vida (residencia y trabajo), como la distancia física,
que determ ina en parte la formación de relaciones prim arias o
secundarias y los valores y normas generales que son explícitos—,
cuyos límites creemos determ inan o enm arcan la conducta social
y la vida en general. Pero también es difícil definir gran parte
de la vida colectiva, porque su tradición es esencialmente oral
y porque aun la escrita, declarada formalmente, está sometida a
las diferencias de percepción e interpretación de actores diver­
s a m e n te distribuidos dentro de la estructura social. Así, lo escri­
to sobre política, ideología, valores, normas e incluso conocimien­
to científico de los hechos y objetos naturales no describe qué
es lo que determ ina la conducta del actor, por causa de los ras­
gos dudosos del escenario de acción social. L a tradición oral que
caracteriza los valores y normas institucionales y las ideologías
puede considerarse como afirmaciones políticas que, a veces, se
entienden explícitas, pero que a menudo son implícitas y tácitas,
aunque puedan explicitarlas la conversación o la acción concreta,
por tanto, las mismas preguntas de cuestionario sobre ideologías,
norm as y valores implícitos pueden concretar algunas propieda­
des relativam ente amorfas. He atendido a los rasgos tácitos de
la acción social, tanto los estables como los dudosos, porque son
l o s más difíciles de m edir con los recursos metódicos que tiene
el sociólogo. Los caracteres formales y declarados de la vida
cotidiana (aun tras suponer que las instituciones sociales y la

Husserl a la crítica literaria: H. D. HiRSCfl: «Objective Interpretation*, PMLA


^Publications of the Modem Language Assoclatian), LXXV (septiembre 1960),
ordenación ecológica delim itan las form as de la vida colectiva)
y, en especial, las condiciones tácitas de la vida* cotidiana, al
depender su estabilidad de la percepción e interpretación del
actor, son lo bastante indeterm inados para plantear graves dudas
sobre las medidas actuales. He dicho tam bién que quizá nunca
puedan medirse con mucha precisión ciertas form as de la vida
cotidiana, por causa de los elem entos innovativos de la acción
social.
Nuestro actor es u n tipo ideal, en el sentido de Max W eber.
Nos ocupamos de idear un actor y sus tipos, a los que imagina*-
mos dotados de conciencia7í. Ahora bien, esta conciencia se limi­
ta precisamente a aquellos rasgos teóricos que esperam os sean
pertinentes a los procedim ientos operativos y a la confirm ación
por observación. A esta conciencia ficticia, atribuye el observador
motivos culturales típicos para realizar una acción fu tu ra y m oti­
vos culturales típicos im putados a otros para com prender su
acción. Además, ideamos lo que Schutz llam a «tipos de acción»
(es decir, pautas típicas de conducta), que im putam os a otros
anónimos que no conocemos. Estos tipos de acción incluyen
motivos invariables que, presum iblem ente, dirigen la acción de
los demás. Schutz continúa:
Sin em bargo, esto s m odelos del a c to r no son p e rso n a s q ue vivan
en su situación bio g ráfica en el m undo social de la vida co tidiana.
H ablando estrictam en te, no tien en ni b iografía ni h isto ria y la situ a ­
ción en que están colocados no está d efinida p o r ellos, sino p o r su
creador, el sociólogo. Y ha cread o estos m uñecos y h o m únculos con
el fin de m an ejarlo s p a ra sus fines. El científico les im p u ta una
conciencia m eram en te especiosa, ideada de tal m an era q u e sus
conocim ientos su p u esto s (com prendidos los a trib u id o s m otivos in­
variables) hagan su b je tiv a m e n te com prensibles los actos orig in ad o s
en ellos, supuesto q u e esos actos sean ejecu tad o s p o r acto res reales
del m undo social. A hora bien, el m uñeco y su conciencia a rtific ia l
no están som etidos a las condiciones ontológicas de las personas.
El hom únculo no nace, ni crece, ni m uere. No tiene e sp eran z as y
tem ores; no conoce la in q u ietu d com o m otivo p rin cip al de todos
sus actos. No es libre, en el sen tid o de q ue su acción p u eda violar
los lím ites establecidos p o r su cread o r, el sociólogo. P o r ello, no
uede te n er m ás conflictos de in tereses y m otivos sino los q u e le
E aya atrib u id o el sociólogo. No puede equivocarse, si no es ése su
destino. No puede escoger sino e n tre las a lte rn a tiv a s q ue le p re se n ta
el sociólogo74.

71 Mi exposición sigue fielmente a la de Alfred Schutz: «Common-Sense «nri


Scientific Interpretation of Hum an Action», op. cit., págs. 1-38.
14 Idem, pág. 12.
E ste modelo del actor esbozado por Schutz facilita al so­
ciólogo explicitar el horizonte interno de la acción social («sub­
jetiva») que define Weber. La explicación de típicos motivos,
papeles, indicios, permanencias, sentidos tácitos, etc., perm ite
m a n e ja rlo s en condiciones experimentales o cuasi-experimentales.
p o r eso, el observador sociológico que no conceptualiza los
elem en to s de los actos vulgares de la vida cotidiana utiliza un
m o d elo implícito del actor, enturbiado por el hecho de que sus
observaciones e inferencias interactúan de manera desconocida
con su propia situación biográfica en el mundo social. Las mis*
m as condiciones de la obtención de datos exigen que utilice tí­
picos motivos, indicios, papeles, etc., y los sentidos típicos que
les atribuye, pero las estructuras de estos actos vulgares son
nociones que el sociólogo observador da por supuestas, toma
como evidentes. Ahora bien, éstas son precisamente las nociones
que el sociólogo tiene que analizar y estudiar empíricamente, si
quiere una medida rigurosa. Las distribuciones que traza relegan
esas nociones a la calidad de dadas por supuestas o a cierto con­
tinuo latente. Por ello, las observaciones que van a constituir la
distribución de, digamos, tipos de ciudades, de respuestas a pre­
g untas de cuestionario o de categorías de prestigio profesional
son sólo la m itad del cuadro. La distribución sólo representa el
horizonte «externo» para el que se han proyectado los procedi­
m ientos operativos. Sin embargo, el «sentido» de la distribución
se basa en el conocimiento vulgar, que comprende la tipificación
del m undo por el observador, fundada en su propia situación
biográfica y su formalización de la tipificación del actor, que
está estrecham ente entrelazada con su respuesta. Ambos con­
juntos de tipificaciones tienen que ser objeto de la investigación
sociológica.
El horizonte interno de las expresiones idiomáticas, los mo­
tivos de acción, el lenguaje institutivo e innovativo y semejantes
quedan sin aclarar en las distribuciones del sociólogo. Las obser­
vaciones que se cifran en dicotomías, tablas cuádruples, escalas
ordinales, correlaciones de orden cero y distribuciones en general
revelan sólo la mitad del asunto; la «mitad del fondo» se ha dado
por supuesta, se ha relegado a «continuo latente», pero informa
]b descripción y las inferencias del observador sobre la «mitad
superior», representada por los mecanismos de medida «rigu­
rosa». Es la (alta de conceptualización explícita y observación
de la «mitad del fondo* lo que hace metafórica, y no precisa, la
medida en sociología. La dificultad ha de hallarse en la falta de
adecuada conceptualización y en el empleo de axiomas de m edida
que no se corresponden con la estructura de la acción social.
Las medidas habituales pueden tener una correspondencia
moderada con los rasgos institucionales de la vida cotidiana (a
pesar del carácter potencialm ente problem ático de las diferencias
de percepción e interpretación, que son una propiedad fija de
las estructuras institucionales). Pero em plear los m odelos de
medida habituales, con sus supuestos axiomáticos determ inistas
de las propiedades formales de instituciones como el parentesco
y las estructuras jurídicas y em presariales, no quiere decir que
la estructura de la acción social deba estudiarse por el m ism o
modelo. Las fórmulas de la vida cotidiana están com puestas de
una serie de analogías constantem ente enm ascaradas, alterad as
y creadas durante la interacción. Queda pendiente el estudio em ­
pírico del sentido cultural, con sus propiedades invariables e
innovativas. Frecuentemente, nuestros métodos obedecen a los
supuestos de las medidas que nos gustaría em plear y a cuya
aplicación nos vemos conducidos sin preguntarnos si son posibles
otras medidas alternativas, e incluso si las hace necesarias la
estructura de los hechos en estudio. Después de atravesar un
conjunto elaborado de decisiones metodológicas (que contienen
cada vez muchos supuestos tácitos), suponemos que las tablas
cuádruples o las medidas cuantitativas, en cierto modo, valen
por sí mismas, independientem ente de los procedim ientos por
los que se hiciesen. La expresión cuantitativa de los resultados
cosifica necesariamente los hechos en estudio, pero nuestras in­
terpretaciones —aun tras las habituales excusas y advertencias
formales sobre su generalidad y precisión— se tom an como con­
clusiones positivas que se finge creer válidas y repetibles. Así se
viene a hacer de la investigación sociológica algo concluso, en vez
de una búsqueda de conocim iento sobre una época d e te rm in a d a 73.

71 Vid. Félix Kaufuann: Methodoiogy of íhe Social Sciences (Humanities


Press), Nueva York, 1958.
INDICES
A — teoría del 114. .
— las variables del - en el m undo
cotidiano, 160.
Acción social, 149, 154, 249.
American Society, 263.
— elem entos, 258-
— elem entos no co n tractu ales, 250. análisis de contenido, 191.
— e stru c tu ra , 162. — la m edida en el 193.
— estu d io de la -, 256. — m étodos, 197.
-----y hechos sociales, 57. anotación o registro, 78.
— p au tas de 95. apartam iento, 77.
— sistem a de 214. aplicación, teoría de la, 26.
actitud, 154. «atributos», 55.
acto r autocinético, efecto, 211.
— conocim iento del m u n d o y sen­ axiom áticos, sistem as, 34.
tido en el 82, 141, 169, 215, 280.
— constitución sicológica del -, 266.
— estados internos del -, 149, 254. B
— la experiencia del tiem po en
el 160.
— el - en el m edio ex p erim en tal, «bifurcación*, 157, 160.
216. burocracia, 65, 171, 181.
— m odelo del 48, 84, 94, 155, 178.
— p u n to de vista y p ercep ció n
del 85, 153.
— racionalidad del -, 85, 153. C
— las reglas y el 267.
— el signo constitutivo y el 269. cam bio, 154.
— el - en situación de asunción cam bios cum ula ti vos, 79.
de papel, 277. categoría, 49.
categorías socio-jurídicas, 55. cultura, 85.
categorización sociológica, 46, 49. — «racional», 180.
ciencia
culturales
— la m edida y la -, 64.
— atributos -, 58
científicas, justificaciones, 177. — definiciones -, 168.
cifrado, 50, 138, 146, 161, 203, 22S. — estudio de los sentidos 289.
— reglas, 44. — norm as 263.
clasificación
— categorías, 57.
— problem as, 43. D
— tijX) de propiedades m últiples,
datos, 45, 49, 51, 57, 65, 86, 117, 213,
clave, 228. análisis de -, 146.
«cohesión», 213. — clasificación, 45, 49.
c o m p a r a b i j i d a d , 117, 122, 124. — en la entrevista, 156.
com unicación — exposición, 81.
— cauces formales y extraoficia­ — frecuencia y distribución, 80.
les, 88. — «impresionistas», 89.
— com plejidades, 225. — - y modelo, 81.
—- m ateriales de - connota ti vos y — - objetivos, 66,
denotativos, 199. — problem as metódicos, 82.
— el sentido y la -, 27(5. — reales, interpretación de los %
conciencia social, 253. 65.
conducta, 94, 126, 131, 134, 153, 162. — recogida, 89.
confianza, las reglas y la, 270. — reducción de los -, 146.
conocimiento, 96. — variación, 78.
— «definitivo», 105. dem ografía
— sociología del 33, 67. — datos cuantitativos, en 185,
255.
contenido — las «realidades» en la >, 186.
— de comunicación, 196. demográfico, el método, 163.
— m anifiesto, 153, 197. diferencial semántico, 240.
contradicción, ley de, 60.
contratos sociales, 100.
— condiciones tácitas, 250. E
conversaciones espontáneas, 86.
correlaciones, 160. encuestas, 148.
cosificación, 117, 185. — actividades prelim inares, 147.
cuadros, 149. — com entarios críticos, 155.
cualitativos, análisis de m ateriales — a gran escala, 147.
196. — organización, 156.
cuantificación, 45, 160. — práctica, 146.
cuerpo de conocimiento, 51, 88. — teoría, cifrado y cuantificación,
cuestionario, 95, 286. 158.
— cerrado, 86, 154, 162. —■utilización, 156.
— el escenario social y el 154. énfasis, pautas de , 228.
— estudios de -, 85. entrevista, 102, 110.
— operati vizado, 47. — alternativas, 140, 145.
— puntos del -, 155.
— teoría del -, 154,158. — características
#n m de la «buena»
— la com unicación en la 227. estudios-modelo, 89, 147.
— definiciones id io sin cráticas, 126. evitación, 136.
— despego en la -, 119, 123. experiencia, 162.
— efecto social, 119. expresiones locativas y de respues­
— enfoque fenom enológico, 115, ta, 235.
122 .
— enfoque cognoscitivo, 131.
— dos enfoques, 113.
— los erro res, 113, 130. F
— e stru c tu ra d a , 72, 85.
— extensiva, 87.
— fenom enología d e la, 122. familia, tam año de la.
— form as, 109. — las ideas culturales y el 168.
— grabación de la 138. — la racionalidad y el •, 176, 182.
— los hechos y las reg las vulgares fidelidad, 111. 113, 135.
en la 137. finita, regla, 60.
— la - com o in teracción, 116, 135.
— no e stru c tu ra d a , 148. First Five M inutes, The, 227.
— la intuición en la 111. Folkways, 262.
— la observación en la -, 92.
— prescripciones d e p ap el, 125.
— problem as, 112.
— program a, 112, 136. G
— la relación en la 123, 136.
— reserva, 137.
— la «sinceridad» en la 112. gram ática, 63.
— teo ría de la :, 115. — el lenguaje y la 229, 233.
— la - com o teo ría d e la in te ra c ­
ción, 133.
entrevistado, 154, 137.
en trev istad o r, 111, 137. H
— com prensión del *, 111.
— e rro res del -, 110. habla y lengua, 235, 239, 244.
— flexibilidad, 127. hechos, tipicidad de los, 270.
— el - «ideal», 129, 138. hechos sociales, m edidas de los, 59.
— el - com o in fo rm ad o r, 146.
— sus reacciones, 118. — y acción social, 57.
— sesgo del 120, 122, 129, 135, hipótesis Sapir-W horf, 63.
738, 150. historial sencillo, 81, 103, 140.
— el - «tram poso», 156. historicism o, 193.
enunciado del p roblem a, 103. históricos, m ateriales, 189.
epistem ológico, el problem a, 203,234. horizonte interno y externo, 285.
equivalencia lógica, 52. hostilidad y relación, 123.
equivalencia, clases de, 52, 138.
escenario social, 153.
espacio-atributo, 53.
espacio-propiedad, 53. I
estadísticos, recursos, 149.
•estad o s internos», 149, 254.
e stru c tu ra y proceso, 57. imagen, 42.
e stru c tu ra s finitas, 60. im putaciones, 124, 137.
e stru c tu ra s sociales, 186. índices e indicadores, 43, 48, 50, 57,
147.
— las normas y las -, 254. inform ación, 103.
— «oculta», 146. L
— previa al cuestionario, 148.
— r e c o g i d a d e -, 78.
laboratorio, experim entos de, 210.
inform adores, tipos de 97. lapso, 78.
inform e, 105. lengua y habla, 235, 239, 244.
inspección, 159. lenguaje, 63.
integridad, 60.
i n t e r a c c i ó n social, 54, 84, 90, 93, 111, — la com prensión y el 51.
— cotidiano, 150.
126, 222. — el - y el estudio del sentido, 235.
— principios básicos, 94. — el - de la m edida, 52.
interiorización, 153. — papel del -, 26.
interpretación, 91, 95. — reglas del 243.
— el sentido y el 201, 225, 235.
— reglas de -, 154. — teo ría del 230.
— - y de revisión, 204. lingüística, la com unicación y la, 229.
intuición del investigador, 39. lingüístico, sistem a, 63.
intuicionism o y formalismo, 60. locativos.
investigación. — facto res 116, 126, 152.
— proyecto, 103. — v ariables <aa, 116.
— teoría y método en la 69, lógica bivalente, 66, 161.
investigación sobre el terreno, 44, 71.
— le entrevista en fa -, 102.
~ «instrucciones» y realidades en M
la 104,
— los objetivos, 103. marco experimental, 92.
— obras sobre la -, 72. matem áticas.
— sentidos atribuidos a los he»
chos en la 199. — la medidas y las 31.
— teoría y método, 69, 210. medida, 36.
— térm ino de la -, 99. — arbitaria, 39, 45, 56.
investigación sociológica, 45. — La - y la ciencia, 29.
— concepto, 62.
— clasificación, 42. — definición, 37.
— condiciones, 71. — la entrevista y la 137.
— la entrevista en la 71. —■fundamentos, 41.
— la m edida y la -, 29. — el lenguaje de la 52, 56, 64.
Investigador. — las m atem áticas y la 31.
— precisa o exacta, 42, 116.
— aceptación del 27. — el problema general de la -, 3S,
— el problem a ético, 88. 62.
— sensibilidad al mundo, 49. — procedimientos «aceptables»
isomorfos, sistem as, 36. de 46.
— el sentido y la 41, 236.
— en sicología y sociología, 37,
41, 51, 65.
J — la técnica y la 65.
medios y fines, esquema de, 270.
metodología com parada, 87.
juego, 219. migración, 139.
_ definición, 241, 266. — factores de atracción-repulsión,
_ modelo del 268. 186.
m odalidades, 62. o b se rv a d o r.
m odelo rep resen tativ o , 201. — a c titu d del -, 93.
m odelos sistem áticos, 36. — el - com o p a rte del ca m p o d e
m odism os, 91, 244. acción, 22.
m odos p opulares, 262. — papel del • com o p a rtic ip a n ­
m ortalid ad . te, 76.
— las ta b la s de - co m o m o d elo o rd e n social.
del o rd e n social, 183. — el pro b lem a, 217, 250.
m óviles y m otivos, 134. — p roceso social y -, 277.
— la ta b la de m o rta lid a d y el -,
183.
o rg an ización social, d e m o g ra fía y ,
166.
N

nacim ientos «accidentales», 172.


P
— los m étodos d em o g ráfico s y
los -, 171. p a d re s, «c-n^ullo» de, 170.
natalidad. p ap el, 89/'
— los problem as d e m ed id a e n —• asunción d e -, 56, 78, 127.
las tasas de 58, 235. — com o proceso social, 127.
— el proceso social y la 174. — el sentido y la 273.
«nativos», 74, 77. — co tidiano, 76.
norm alización, /1J, 117, 127, 134, 147. — definición del 73, 126.
norm as, 261. — d isc o rd an te, 98.
dim ensiones principales, 263. — d ista n c ia d e 224.
— el - en la entrev ista, 121.
— m odelo viable, 266. — exp ectativ a de -, 128, 133.
— propiedades, 219, 224. — el - en la investigación so b re
— reglas y -, 271. el terren o , 76.
— el sentido subjetivo y las -, 261. — del o b serv ad o r, 80.
núm eros y cifras, 37, 42. — p re sc rito , 125.
objetividad, 87. — sim ulación de -, 76.
objetos, conducta y percep ció n de, p aren tesco , 234.
objetos físicos, sentido de los, 211. — los térm in o s de 237.
observación, 49, 78. — valores del -, 58.
— descriptiva, 101. p articip ació n , 77.
— «objetiva», 87. — activ a y pasiva, 75.
— intensiva, 77, 101.
— to tal, 74.
p ercepciones individuales, 133.
O p ersona-espejo, 280.
p ersp ectiv as, re cip ro cid ad d e las,
observación p articip an te, 73, 148. p e rtin en cias, 83, 117.
— fases, 80. plan fam iliar, el, 171.
— problem as m etódicos, 97. p reg u n tas.
— retrospectiva, 78. — cerrad as, 50, 145.
observaciones científicas, el s e n tid o — n o e stru c tu ra d a s, 86.
vulgar e n las 117. — no rm alizad as, 102.
observaciones co tejad as, 158. Principia Mathematica, 61.
p ro c ed im ie n to s, sistem atización de, relaciones «representativas», 276,
89. 277.
pro ceso y e stru c tu ra , 57. relaciones sociales, 86, 136.
p ro c eso social, 111, 127. respuestas.
— el - y el cuestio n ario cerrado, — en el análisis de contenido, 197.
146. — cerrad as, o fijas, 150.
— dem o g rafía y 167. — clasificación, 44, 47.
— y o rd e n social, 217. — «com probación» de las -, 136.
— y sicólogos sociales, 256. — c o v an ación, 155.
p ro g ra m a , 37. — al cuestionario, 44, 155.
p ro p ied a d e s de las n o rm as y r e ­
glas, 219, 224.
pro y ecto s experim entales e n socio*
logia, 207. S
p ru e b a, SO.
— re g la s de -, 85, 122. semántica, 237.
p ru e b a del cuestionario, 51, 147, 150, — lenguaje y -, 230.
— el sentido y la -, 202.
sem ém icos, sistem as, 229.
sentido, 43, 63 ,72, 95, 137.
— de los actos, 82.
— la asunción de papel y el -, 273.
— atrib u ción de -, 95, 117, 151.
racionalid ad del ac to r, 176. — ciencia em pírica del *, 238.
racionalización, 65. — > com ún, 82, 203.
— la com unicación y el 276.
— la dem o g rafía y la -, 176. — - cu ltu ral, 62, 154.
— de la vida cotidiana, 176. — e stru c tu ra l y léxico, 233.
realidad, 82 . — e stru c tu ra s de 83, EAC.
reduccionism o sicológico, 153. — estudio del -, 235.
reglas. — el lenguaje y el 41, 236.
— b ásicas, 267. — obvio, 47.
— decisiones y 283. — el p roblem a del 149.
— estratificativ as, 228. — sentido del -, 240.
— e s tru c tu ra social y 254. — en situaciones vulgares, 41, 48,
— fun d a m e n to filosófico, 238.
— «incalculables» ,272. — la te o ría sociológica y el 241.
— del lenguaje, 42, 243. — - vulgar, 41, 48.
— n o rm as v 271. sicología.
— obvias, 49. — cognoscitiva, 94.
— en sociología, 42. — la m edida en 37.
— de la vida cotidiana, 272. — la vida social y la -, 252, 256.
rejilla, o filtro , 52, 64, 154. signo constitutivo, las n orm as y
relación. el 219.
— y «am or», 123. signos e indicaciones, 277.
— «identidad» de la *, 128. situación de investigación, 87, 94, 103.
— el pro b lem a, 221. — cauces de acceso, 28.
— en el proceso de expresión de
expresión de opiniones, 122. Social Order, The, 262.
— sim bólica, 278. sociedades prim itivas y
relaciones interpersonales, 97, 99, das, 179.
,
111 222, sociología.
— com o ciencia, 29. v ariab ilid ad e n tre e n tre v ista d o re s,
— del conocim iento, 67. 113, 127.
— la m edida en 37, 41. v ariables, 42, 132.
— proyectos experim entales en -, — cu a lita tiv as, 45.
207. — c u ltu ra les, 160, 176, 213.
suicidio, ta sa social de, 252. — en d em ografía, 176.
su p u esto s teóricos, 81, 247. — e stru c tu ra le s, 56, 160.
— e x p erim en tales, 212.
—- locativas ,56.
T — noción, 161.
— sociológicas, m ed id a d e las *,
212 .
tabulación cruzada, 44, 149, 157. — re la c io n a r -, 159.
técnica. — su b jetiv as, 29.
— la m ed id a y la -, 65.
verificación de h ip ó te sis, 45, 77, 89,
técnica social, 175. 101, 137, 139, 161.
teoría, 101, 105, 124. v id a co tid ia n a, 49, 94, 126, 132, 137,
teo ría sociológica, el sen tid o y la, 173.
241.
teorías. — racionalización de la 176.
— axiom áticas, 35. — la s reglas d e la -, 271.
— básicas, o generales, 105. — las situ ac io n es d e la -, 93.
— im plícitas y ex p lícitas, 35. vid a social, leyes sicológicas y, 251.
tercio excluso, ley del, 60. vulgar.
tiem po real, 55, 159. — concepto -, 39, 47.
tipificación, 280, 288. — co n o cim ien to -, 48.
tip o s sociales, 98. — decisiones -es en la e n tre v is­
ta, 120.
—- deficinición - del m u n d o , 48.
U — ideas -es, 84, 95, 106, 125, 185.
— in te rp re ta c ió n -, 94, 112, 119,
urb an ism o y urbanización, 178. 137.
— ju stific a c io n e s -es, 95, 125, 128.
171.
— n o rm a s -es, 131.
V — el p en sa m ie n to - en la e n tre v is­
ta , 116.
validez, 113, 120, 135, 139. — reg las -es, 117, 137.
valores «dom inantes», 48. — se n tid o -. 48, 117, 152, 161.
A C

Ames, A., 212. Campbell, Donald, 209.


Anderson, A. R., 62, 267. Campbell, N orm an, 36, 37,38,154, 171.
Asch, S. E., 133, 210, 212. Cannell, C. F., 110.
Austin , J. L., 231. Cartwright, D., 28, 191, 200, 201, 215.
C avell, Stanley, 231.
Cohén, B. P., 28, 36, 209.
C om te , Auguste, 249.
B C ooley , C . H., 249, 259, 280.
C oombs , C ly d e , 37, 39, 40, 198.
C ru tc h fielo , R. S., 133.
B aldwin, J. M., 249.
B arclay, George W., 183.
B arnett, H. G., 99.
B artlett, 133. CH
B arton, Alien H., 46, 54.
B ecker , H ow ard S.. 79, 101, 103, 105.
B e n d ix , Reinhard, 258.
Cbomsky, N oam , 229, 232, 236.
B frelso n , B em ard, 191, 196. Churchuan, C. W est, 36, 38.
B erger, Bcnnett, 59, 160, 213.
B rrgrr, J., 36, 209.
B f r s s t e in , Basil, 231.
B i p r s t e d t , R obert, 262, 265.
D
Breuer, J„ 28, 54.
B roobcck, May, 34, 35. Dalton, M elville, 86.
B rouwer, 60, 61. Dean, Jo h n P., 74, 97.
B rown, Roger, 236, 240. Duncan, O. D., 166.
Brunswick, Egon* 212. D urkheim , É m ile, 35, 249, 252, 280.
Htm an, H erb ert, 110, 147, 149, 155.
H u ib s, Dell H., 245.
Edwards, W ard, 274.

I
F
I cHEISER, G., 133.
F arber, M., 60. I tteuon , W. H., 212.
F erguson, C. H., 245.
F estinger , L., 37, 209, 212.
F reedman, M., 171.
F rege, G., 61. J
F renxel-B runsw xi. E., 133.
F reu d , S i g m u n d , 249, 251, 252.
J axobson, R om án, 231.
J ames, WiUiarn, 281.

G
K
G arfinkel, H arold, 22, 33, 83, 84, i 77,
218, 261, 266, 283.
G eer, B lanche, 101. Kahn, R. L., 110.
G eorgb, A. L.r 201. K atz, D., 37.
Goffman, E rving, 93, 98, 119, 224. Kaufman, Félix, 67, 88, 289.
G o l d , R a y m o n d L ., 7 6 . K ecskemeti, Paul, 276.
Goode, W. J., 111. K elley, H aro ld H., 212, 217.
Goodenough, W ard, 238. K ierxegaard, 283.
G o t t s c h a l k , Louis, 191,192. K ilpatrick, F. P., 212.
G r e e n , B c rt F., 155. K ramer, M., 184.
G uuperz, J. J., 245. K rech, D., 133, 156.
G urwistch, Aron, 10, 284. K uhn, H elm ut, 285.
G u tm an , R., 166.

L
H
L amb , S. M., 229, 234.
L a zarsfeld , Paul, 42, 54, 58, 256.
H agstrom, W arren O., 64. L ockwood , David, 256.
H alle, M orris, 231, 236. Lounsbury, Floyd G., 232, 237.
H art, C. W., 156. Lundberg, G. A., 115.
H att, P. K., 111.
H egel, Georg W ilhelm F riedrich, 194.
H eidegger, M artin, 61.
H irsch, H. D., 286. M
H qbbes, T hom as, 250.
H ochberg, H e rb e rt, 34, 35.
H ockett , C harles F., 227, 243. M acIver, R. M., 25.
H ouer, H a rry , 64. MacLboo, R. B., 115.
H omans , G eorge C., 167. Mahl, George P., 201.
H ook, Sidney, 251. M alin ow sh , B., 85.
M a n n h e im , K arl, 194.
M a r s h a l l , Alfred, 255.
M a r x , K arl, 194, 249, 251, 258.
S a p i r , E., 63.
M ead , G. H ., 249, 259, 280.
S a p o r t a , S o l , 202, 233.
M e i n e c k e , J. A., 194.
S a u s s u r r e , F erd in an d de, 235, 239.
M e r l e a u -P o n t y , M ., 10.
S c h e l l i n g , Thom as C., 273.
M e r t o n , R. K v 110.
S c h m it t , R.f 2 8 3 .
Moorb, O. K., 62, 267.
S c h n e id e r , L o u is , 156, 2 77, 280.
Morris, R. T., 263.
S c h n o r e , L ., 166.
S c h u t z , Alfred, 10, 2 2 , 82, 94, 1 1 6 , 1 69,
177, 2 1 0 , 2 1 7 , 2 3 4 , 2 4 1 , 2 6 1 , 2 7 6 , 287.
N S c h w a r t z , C h arlo tte G reen, 73, 7 8 .
S c h w a r t z , M orris S ., 73, 7 8 .
S ebeok , T hom as A., 2 0 2 .
N acel, E m est, 29, 37. S h e r i f , M., 2 1 0 , 2 1 2 .
N otestein, F ra n k W., 173. S h o r t , Jam es F., Jr., 28.
S im m e l , G., 1 7 8 , 2 8 0 .
S im ó n , H e rb ert, 3 6 .
S n e l l , J. L .; '2T, 3 6 , 209.
O S p e n c e r , H erb ert, 249, 253.
S p i e g e l b e r g , H e rb ert, 283.
S t e v e n s , S . S ., 3 7 , 3 8 .
Osgood, C. E., 240. S t o n e , G. P., 245.
S t r o d t b e c k , F . L ., 2 8 .
S umner, W illiam G rah am , 2 6 1 , 2 6 2 .
P
P areto, Vilfredo, 255. T
P a r s o n s , Talcott, 253, 259, 260.
P a u l , Benjamín, 72. T hibaut, Jo h n , 212, 214.
P e t e r s e n , W i l l i a m , 167. T h o m a s , W. I., 249, 259, 281.
P ike, K. L., 52. T o r g e r s o n , W arren, 36, 37, 39, 40.
P it t e n g e r , R. E ., 227. T r o e l s c h , E m s t, 194.
P ool, Ithiel De Sola, 191, 201, 203. T row, M artin, 101.
Popper, K. R., 251. T urner, R. H., 260.
T ylg r , E d w a rd B en n ett, 179.

Q
V
quine , W. V., 151
V a n c e , R u p e rt B ., 166.
V e r n o n , 159.
V idich, A rth u r J.,
72, 79, 105.
R Vobgbun, C. F., 231, 232.

Ratoosr, P., 36.


R obert, 178.
R e d fie ld ,
Reesb, T. W., 38. w
Rex, Jo h n , 25.
Robinson, W. S., 182. W ald , A braham , 104.
R u ss s ll, Bertrand, 61. Wbbeh, M ax, 10, 25, 29, 169, 170, 179,
181, 194, 238, 249, 251, 254, 255, W ittecb n stein , Ludwig, 231,236,241.
259, 287. W rong, Dermis, 249.
W ells, R u lo n S., 235.
W etl, H e rm á n , 60.
Whelpton, P. K., 171.
Whitehead, A lfred N orth, 61.
W hiting , B eatrice B,, 101.
W horp, B. J., 63, 64.
W ottb, W. F., 74, 76, 100. Zander, A., 215.
W illiam s, R obín M., 263. Zelditcb, M., Jr., 28, 36, 209.
W imch, P e te r, 25. Zbttbrberg, H ans, 35.
W ihth, Louis, 178. Z iff, Paul, 236.
Prólogo a la edición b spa ñ o l a ................................... 7
Pr ó l o g o ................................................................................. 21
I ntroducción ........................................................................ 25
I. La medida y las matemáticas ....................................... 31
II. T e o ría y m éto d o en la investigación sobre el tb-
r r e n o ...................................................................................... 69
ÍII, La entrevista ...................................................................... 107
IV. Los cuestionarios c er r a d o s ........... ............................. 143
V. El m éto d o d e m o g r á f i c o ............................................... 163
VI. E l material histórico y el análisis de contenido ... 189
VII. Los proyectos experimentales en so ciología .......... 207
VIII. E l lenguajb y el s e n t id o .............................................. 225
IX . Los supuestos teó r ic o s ................................................... 247
I n d ic e s .................................................................................... 291
— De m aterias............................................................. 293
— O nom ástico............................................................. 301
— General............................................................... . ... 305