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LA DOCENCIA Y SU ROL POLÍTICO: DESDE

LA POSICIÓN DE TRABAJADORES HASTA


SU PODER TRANSFORMADOR

AUTORA: ISPIZÚA DÉBORA


En el presente ensayo se pretenden desarrollar dos puntos centrales en el
momento de comprender la profesión docente y que a menudo, por el común de
la sociedad, son olvidados: la noción del docente como trabajador 1 por un lado, y
el posicionamiento político y rol transformador de la tarea docente por el otro.
En la cotidianeidad son muchos los que acusan a los docentes de no tener
vocación y de trabajar solo por dinero. Se ha señalado en más de una ocasión
que el trabajo en la docencia es diferente del trabajo en otras actividades y
muchos docentes incluso destacan el carácter vocacional que distinguiría a su
oficio. Sin embargo esta perspectiva ha sido muy cuestionada porque iría en
deterioro de un adecuado reconocimiento laboral y salarial de la profesión. El
mito de la predestinación fue reemplazado por una suerte de psicologismo que
considera que cada individuo esta orientado a ejercer una u otra actividad
ocupacional. Según la Unidad de Planeamiento Estratégico y Evaluación de la
Educación Argentina el 42% de los docentes manifestó ser hijo, hermano o
familiar de una enseñarte. Este cierto sociologismo puede tranquilamente
cumplir con la función explicativa del psicologismo. Esta situación ha configurado
el llamado fenómeno de endogamia docente, es decir, la reproducción de los
docentes en ciertas familias y círculos sociales o, lo q es lo mismo, otras formas
de considerar la ocupación docente no como una profesión elegida, sino como
resultado de una suerte de determinismo social. La vocación exige una entrega
total y tiende a ser el parámetro utilizado para evaluar socialmente a los
docentes, sin embargo todo indica que esta es una respuesta a una presión
social o un deber ser antes que una realidad afectiva. Es necesario afirmar aquí
que al igual que cualquier otro agente social, el docente hace lo que puede y
reviste esa acción de sentido vocacional, satisfaciendo de esta manera una
suerte de exigencia social que pesa más en ese oficio que en muchos otros.
Paulo Freire (2008) parece encontrar un punto medio a esta problemática
que consiste en la división entre el docente como trabajador y el docente que
ama su trabajo y expresa que aquellos que se aventuren en la profesión docente
deben comprender que la practica educativa es algo muy serio porque
participamos de la formación de personas y podemos perjudicar o beneficiar su
trayectoria de acuerdo a nuestro posicionamiento. Vale decir aquí, retomando al

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El trabajo es una acción social y por ende es política y se ponen en juego relaciones de lucha y de poder.

1
autor, que no se puede asumir la labor docente como tíos o tías, como aquellos
que cuidan a los niños sin recibir nada a cambio: sin dignificación laboral y sin
que importe porque lo hace. Es necesario poder luchar cada vez más
eficazmente en defensa de nuestros derechos conducidos por la importancia
social y política de nuestra labor. Expresa el pedagogo brasilero que cuanto mas
aceptamos ser tíos y tías, más la sociedad se sorprende de que hagamos huelga
y nos exige que seamos éticos; y, en consecuencia, si la sociedad no reconoce
la relevancia de nuestro trabajo, muchos menos nos brindará apoyo. Es urgente
aumentar las filas de lucha por una escuela pública, popular y democrática con
docentes con salarios dignos. Esta se vuelve una necesidad fundamental en
este contexto latinoamericano de profunda crisis económica y de políticas
neoliberales.
Esta dimensión política del trabajo docente no desconoce en lo más
mínimo la cualidad de sentir amor como característica indiscutible del docente, y
debe sentirlo no solo por la formación de los sujetos a quienes enseña sino
también por la propia labor. Se trata de un amor armado:

“un amor luchador de quien se afirma en el derecho o en el


deber de tener el derecho de luchar, de denunciar, de
anunciar. Es esta la forma de amar indispensable para el
educador progresista y que es preciso que todos nosotros
aprendamos y vivamos” (Freire, 2008: pág. 77)

Podría entonces decirse que la vocación es un concepto que merece ser


repensado, en tanto el vigente anula nuestro derecho de luchar por la profesión
al deslegitimarnos socialmente y desconocer por completo que el carácter
político de la práctica educativa que conlleva a la lucha encierra también el amor
a la profesión. La educación es política y debe poner al descubierto la falsa
neutralidad de sus críticos.
El otro punto que interesa aquí desarrollar es el rol transformador de
nuestra profesión. Para esto, se criticarán algunas características de la
educación tradicional y se pondrá de manifiesto lo que la educación y nuestro rol
deberían ser si queremos constituirnos como docentes críticos y emancipadores.
Freire (2015) resalta la importancia de comprender que la tarea del educador no

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es educar al pueblo, sino educarse con el; no se trata de leerle nuestro mundo
sino de favorecer el que ellos puedan leer el suyo para transformarlo. Cobra en
esta concepción una vital importancia la noción del lenguaje como una
expresión del ser en el mundo: todo hombre capaz del lenguaje debe ser tenido
en cuenta para el logro del consenso en la vida democrática. Los educadores
tomamos desde esta perspectiva un rol fundamental, ya que tenemos el poder
de posicionarnos frente a nuestros alumnos como guías en la construcción de
herramientas que posibiliten la concientización que permita a los oprimidos la
lucha por la liberación, apostando a un proyecto político democrático e
integrador que reivindique la igualdad y la libertad como valores supremos.
Cullen (2004) aporta algunas nociones con las que podemos repensar el rol
que el educador debería tener y expone como central la idea de sujeto moral
desde una relación constitutiva con el otro pero a partir de un contrato social2,
porque cada uno es libre y autónomo y por lo mismo igual. En este sentido, se
debe resignificar la escuela y el trabajo del aula insistiendo en la necesidad de
volver hacer el contrato tanto con la sociedad como entre maestros y alumnos.
Este modo de plantear las cosas pone a la escuela y al trabajo del aula bajo
principios de justicia política y los agentes institucionales que se conforman en
su interacción tienen así un marco normativo autónomo que permite contar con
una instancia critica, estrictamente ética, al definir las relaciones del saber con el
poder. No se puede plantear un programa de educación moral si no suponemos
el mutuo reconocimiento de los sujetos institucionales, como morales, de
contrayentes y dialogantes, libres e iguales, y además, capaces de narrar una
idea común que los incluye y les da identidad.
La construcción de la práctica docente en este sentido supone también una
atención especial a los diferentes puntos de partida de los estudiantes; es
necesario hacerse cargo de las diferencias: esto se relaciona con un problema
de justicia distributiva dentro del campo de la educación. Además se vincula a la
cuestión de las diferencias culturales o los modos concretos en que aparece la
identidad del otro. Cuando entendemos al otro desde la alteridad3 misma nos

2
Desde Rousseau podemos expresar que para vivir en sociedad, los seres humanos acuerdan un contrato social
implícito que les otorga ciertos derechos a cambio de abandonar la libertad de la que dispondrían en estado de
naturaleza. Siendo así, los derechos y los deberes de los individuos constituyen las cláusulas del contrato social,
en tanto que el Estado es la entidad creada para hacer cumplir el contrato.
3
Capacidad de ser otro distinto.

3
haremos responsables de él y, en algún sentido estaremos interpelados. No es
solo acordar reglas o procedimientos sino sabernos vulnerables en el sentido
estricto de dejar que una exterioridad nos interpele.
Ranciére (2003) expone que como docentes emancipadores es necesario
comprender que nuestra tarea se afirma en saber que todas las inteligencias 4
son iguales y que aquel que se crea inferior no lo será por ser ignorante sino por
despreciarse a sí mismo y por despreciar su propia voluntad de conocimiento.
En la relación entre docente y alumno todas las partes son iguales y este tipo de
enseñanza no puede formar parte de planes políticos porque solo un hombre
puede emancipar a otro hombre. Este es un claro posicionamiento ético y formal:
un gobierno no puede ofrecerle nada a quien se considera capaz de tomar por si
mismo lo que quiere y necesita y la base para el desarrollo de la inteligencia es
aquí, entonces, la voluntad de conocimiento. Esta es sin duda una crítica a la
educación tradicional donde los sabios ejercen de manera legítima su autoridad
sobre los ignorantes y se formulan prácticas concretas para impartir el
conocimiento de manera gradual, de modo que aquellos que no lo posean
puedan acortar a su tiempo la brecha que los separa de los instruidos. Ranciére
cuestiona al sistema educativo y observa cómo su iniciativa de promoción de la
igualdad y democratización del saber es en realidad un falso espíritu de
integración, en definitiva un claro ejemplo de control social: quien plantea la
igualdad como objetivo a alcanzar a partir de una situación no igualitaria, la
aplaza por siempre. La igualdad nunca viene después como un resultado
alcanzar sino que debe ubicársela antes. En este sentido, el autor, habla de una
sociedad-escuela para referirse a un gobierno formado por elite y un pueblo que
siempre queda mal posicionado en esta manera de repartir el poder. Instruir no
significa transmitir conocimiento adecuado de la mejor manera posible a alguien
que no lo posee, sino trabajar para que el sujeto no desconozca ni niegue su
propia voluntad de conocimiento, y su lugar de igualdad ante el maestro. En un
sentido similar, Freire plantea en Pedagogía del Oprimido (1968) la noción de
educación bancaria, que hace referencia a aquella en la que el educador
deposita contenidos en la mente del estudiante en lugar de observar la
educación como un proceso de comunicación y dialogo consiente. Para Freire el

4
El autor se refiere a la inteligencia como la capacidad de aprendizaje.

4
sujeto no esta solo en el mundo y se construye con otros. La educación escolar
bancaria impide sin embargo, que los hombres se expresen y, por ende, que los
oprimidos expongan su concepción del mundo. Se trata de que el educador
construya el quehacer cotidiano del aula a partir de la realidad de los educandos
y no de él mismo. Pero respetar al otro no significa limitar sus responsabilidades,
sino no negar su experiencia vivida, recogerla y a partir de ella empezar a
construir.
Para transformar el mundo hace falta comprenderlo y se comprende
viviendo y no solo existiendo. Nos liberamos en tanto nos percibimos como seres
humanos y nos servimos de la educación para lograr una conciencia
transformadora que no es solo el resultado de cambios de condiciones
materiales sino factor de ello. Hay que entender que el conocimiento no solo
consiste en un sujeto conociendo un objeto, sino que para conocerlo necesita de
los demás sujetos.
La tarea del educador es así un acto político de transformación social:
hablar a y con los educandos es una forma altamente positiva que el docente
democrático tiene que dar para contribuir a la formación de ciudadanos
responsables y críticos. Como educadoras y educadores entonces somos
políticos y hacemos política al hacer educación. Si soñamos con la democracia
debemos luchar día y noche por una escuela en la que hablemos a los
educandos y con los educandos, para que escuchándolos podamos ser oídos
por ellos. Se trata de la construcción de una educación dirigida a dotar de
palabra a todos los sujetos que siendo capaces de tenerla han sido privados de
ellas por una cuestión política y cultural. Esta educación posibilitará el paso a la
consciencia crítica y por ende a la liberación de los oprimidos constituyéndose
los docentes en críticos y transformadores de la sociedad, aprovechando el rol
político con este fin y no con el de la reproducción social y cultural del orden
social, económico y cultural imperante.
Para finalizar, es necesario destacar la necesidad de la construcción de
una docencia crítica y transformadora que no olvide su rol político y su carácter
de trabajador. En la práctica pedagógica, el docente es parte central de una de
las acciones colectivas más importantes que experimenta el individuo: la
socialización del conocimiento. Y es partir de esta experiencia propia del
,desenvolvimiento profesional del docente, que éste, se debe asumir como

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sujeto político, ya que allí se comienzan a establecer los primeros cimientos de
un espacio social democrático, que por una lógica socializante se extienden a
otros ámbitos institucionales de la vida social. La educación en sí misma no
contiene las fuerzas del cambio social, estas radican en quien educa y la manera
en cómo lo hace y por ende, el docente como sujeto político encierra en su
práctica grandes potencialidades de transformación. La docencia es un trabajo,
pero no como cualquier otro. En nuestras manos se deposita la responsabilidad
y la esperanza de que las nuevas generaciones puedan insertarse en el mundo
para tener una vida digna y es necesario luchar por la dignificación de la tarea
docente y su legitimación social; porque al fin y al cabo los derechos se
consiguen peleando y en conjunto con el pleno reconocimiento de los de los
docentes, viene el de los alumnos y sus familias:

“Cuanto más pienso en la práctica educativa y reconozco la responsabilidad que


ella nos exige, más me convenzo de nuestro deber de luchar para que ella sea
realmente respetada. Si no somos tratados con dignidad y decencia por la
administración privada o pública de la educación, es difícil que se concrete el
respeto que como maestros debemos a los educandos.” (Paulo Freire)