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La transición politica a nivel de la teoria política.

Tenemos que reconocer que “la transición” no es un tema privativo de la


política. Ha sido tratado desde la economía (al tratar de estudiar los cambios que
implican el tránsito de un estadio de desarrollo económico en otro, de uno
atrasado a otro desarrollado). Y por la sociología, al descubrir los nuevos
patrones de conducta que los grupos asumen cuando se tienen que adaptar a
nuevas circunstancias socioculturales. Pero más allá de la teoría, es en los
procesos políticos donde el tema de la transición ha cobrado mayor relevancia 1.
Recientemente muchos países del mundo vivieron transiciones política toda vez
que pasaron de regímenes autoritarios y totalitarios hacia formas democráticas de
vida. El caso de los países del Este o de la ya extinta Unión Soviética
experimentaron las vicisitudes de los cambios políticos. También en América
Latina la transición de la dictadura a la democracia de países del Cono Sur son
ejemplares de estos casos. Dos hechos caracterizan y, en teoría, homogeneizan
estas vivencias. En primer lugar, es que en todos los casos la democracia como
forma de participación política fue afirmada. Y, en segundo lugar, el papel activo
de la sociedad civil para lograr la transición en forma pacífica y civilizada tuvo una
amplia acogida. “Democracia” y “sociedad civil” son variables importantes a la
hora de hablar de cambios políticos en épocas recientes. En cierta forma se inició
lo que lo que Huntington ha dado por llamar “la tercera ola democrática” y
parecía que la intuición de Darendorf de que la democracia se estabiliza como
forma de asumir el poder en el mundo, se concretaba finalmente.

Sin embargo, y a pesar de la opinión de estos dos investigadores, no hay


una sola y única forma de democracia. Hay “democracias” (en plural), unas
mejores que otras como ya en el siglo XIX percibiera tan atinadamente
Tocqueville. Y esta percepción nos será útil para analizar el caso de la transición
política venezolana, toda vez que aquí se constata que nuestra transición política
fue de una forma democrática a otra forma democrática; de una forma deficiente
de democracia pasamos a una democracia ineficiente e insuficiente. En
Venezuela pensamos, y seguimos pensando, que los problemas de la
1
Las teorías política sobre la transición de un orden político institucional son de vieja data en el estudio de
la ciencia política. Platón y Aristóteles no sólo abordaron estos temas con su característica genialidad sino
que también sobre las situaciones que las producían, naturales o humanas, y en qué momento. Dicha
tradición fue recogida en Occidente desde Polibio hasta Tocqueville. No obstante y a pesar de su
fecundidad teórica, el elitismo político del siglo XX iba a ser algunas objeciones a esta tendencia, al
exponernos con cierta rudeza que si bien era cierto que la forma de participación de los ciudadanos en la
política (régimen político) podría cambiar, la toma de decisiones políticas inexorablemente estaría siempre
en manos de unos cuantos funcionarios elegidos, que presupusieron, eran los “mejores”.
democracia se podrían resolver con “más y mejor democracia”. Lo que
buscábamos era una “democracia de calidad” y terminamos por afirmar una
“democracia de cantidad”, de mayoría amparada bajo el mando de un líder que
habla en nombre del pueblo y toma las decisiones inconsultamente. La ironía era
que el “más” terminó por asfixiar al “mejor” rompiendo el equilibrio necesario del
sistema político que se traduce en el declive del equilibrio de poderes.

Es innegable que en la transición política venezolana ha habido cambios


sustanciales a nivel del régimen político. Temas como la “democracia
participativa”, “el cuarto poder moral”, “la República Bolivariana”, el “Estado de
justicia”, “la participación de grupos rezagados (indígena, femenina y militaren)
en la política” fueron temas incluidos en la nueva agenda política. Estos cambios
se inscriben en lo que Ronald Inglehard (1991) denomina los valores
postmateriales, que se traducen en un deseo de participación del ciudadano en
la toma de decisiones (como expansión de la autoexpresión) y en una postura
ética que aspiran que asuma el gobierno. Esto con el objetivo de tener una mejor
calidad de vida. Estos tipos de valores son importantes porque se asumen que
han escaseados (valores escasos) y, por lo tanto, son prioritario. Pero tenemos
que reconocer que Venezuela sigue siendo un país subdesarrollado, y las
sustanciales transformaciones que se exigen se enmarcan en lo que todavía
siguen siendo los valores materiales. Estos son los que exigen mayor seguridad
económica y física, y sólo los pueden garantizar el buen funcionamiento del
sistema político.

Para lograr la consolidación de los valores materiales, cuyo norte es una


mejora en la calidad de vida de los venezolanos, tenía que transformarse no
simplemente el régimen político sino también y más sustancialmente el sistema
político. Para aclarar más esta afirmación, aquí distinguiremos más claramente
entre “régimen político” y “sistema político”, categorías política que en la actual
ciencia política se ha venido confundiendo y trabajando indistintamente.
Asumimos que el régimen político está estrechamente vinculado con los valores
políticos (cultura política) que una nación exige para la distribución normativa del
poder político entre los ciudadanos (o el ciudadano) como depositario(s) de la
soberanía, cuyo fin es la configuración doctrinal que asumirá el complejo
institucional político llamado Estado. Mientras que el sistema político, cuyo
cerebro es el gobierno como poder ejecutivo que toma decisiones política, se
refiere al conjunto de instituciones, grupos y procesos que en interdependencia
recíproca tiene como objetivo básico la formulación y ejecución de las políticas
públicas con el objeto de se hagan tangibles de manera eficiente en el complejo
problemático de la realidad social.

Entre el régimen político y el sistema político hay una íntima relación que en
muchos casos se presta a confusiones. Es el régimen el que asegura las
condiciones ambientales donde puedan desarrollar sus funciones los complejos
institucionales del sistema. Es que el primero tiene un mayor nivel de abstracción
teórica, toda vez que allí se debaten ideas, se plantean ideologías y se configuran
doctrinas políticas para configurar la forma del Estado. Mientras que en el
segundo, con un menor nivel de abstracción teórica, busca en todo momento
desplegarse en la práctica para aportar lo que conocemos como gobernancia y
gobernabilidad. Tres elementos unen a estos dos niveles: 1)La forma institucional
que del gobierno (parlamentaria o ejecutiva); 2)La forma que asume la
distribución del poder nacional (central o federal) y 3)Los mecanismos de
elección por los cuales se seleccionan a los funcionarios públicos (por
cooptación, por elección o por designación). El sistema electoral sirve como
vehículo de intermediación entre el régimen y el sistema, mientras que
Constitución nacional los normaliza y sincroniza.

Un punto en el cual hacemos cierto énfasis es al que se refiere a los debates


entre ideología y oposición. Es en nivel del régimen político donde tienen lugar
las luchas dentro del espacio político-ideológico. La oposición ideológica, en este
caso, es de ideas (izquierdas, de derechas o de centros) y valores (materiales y
post-materiales) conducentes a la “vida buena”. Mientras que a nivel del sistema
político las oposiciones son institucionales (parlamentarias, gubernamentales,
partidistas, etc.) y se discuten acciones estratégicas de gobierno (como planes
económicos, políticos o sociales) que tienen que ser puestas en marcha o si
ameritan una necesaria reorientación. Es aquí donde la oposición
(intergubernamental o extragubernamental) no debe dejar que “el gobierno mal
gobierne” citando la célebre frase de Gianfranco Pasquino (1998).

La transición política en Venezuela en la práctica: Del decisionismo


tecnoliberal al decisionismo populista.

Etimológicamente “democracia” significa “poder del pueblo” y esta


caracterizada fundamentalmente por la posibilidad de que el gobierno disponga
de la suficiente capacidad y de los mecanismos necesarios para dar respuestas
efectivas a las demandas ejecutadas por los ciudadanos que son considerados
políticamente iguales. Podría resulta idealista pensar que dicha concepción
normativa pudiese ser contrasta con la práctica política venezolana. Sabemos
que nuestra democracia se ha ido transformando rápidamente en un sistema
frágil y en constante inestabilidad que nos ha llevado a una profunda crisis de
gobernabilidad y representación que afecta negativamente a nuestro accionar
estatal.

Como ya hemos visto, esta crisis estructural de nuestro régimen político se


produjo en dos momentos sucesivos. En un primer momento, por las fallas del
viejo esquema de democracia representativa de tipo elitista-populista. Este
modelo limitaba la capacidad del ciudadano para participar activamente en la
formación de sus preferencias políticas, lo que socialmente se traducía en que no
se llegara a representar los intereses sociales. En cambio, lo que imperaba era el
interés electoral por parte de los representantes como mecanismo esencial hacia
la toma del poder. En este esquema de distribución del poder, los partidos
políticos eran los protagonistas esenciales y dentro de su seno salían las “elites”
que controlaban el sistema político. En un segundo momento y debido al colapso
de este modelo, se establece dentro de la misma democracia representativa una
variable más autoritaria y personalista que ha sido denominada “cesarismo
democrático”, y que nosotros denominamos “decisionismo patrimonialista de
inclusión popular”. Este se caracteriza esencialmente por la presencia de un
sólido aparato estatal controlado absolutamente por la figura y carisma de un líder
que logra persuadir retóricamente a las masas desposeídas, hablando en su
nombre y canalizando sus frustraciones, para ejercer gran autonomía frente a
todas las fuerzas sociales organizadas. Es patrimonialista en el sentido de que
los funcionarios públicos se convierte en un séquito del líder y no rinden cuentan
ante las autoridades, ni las leyes coactadas, sino ante el líder carismático, quien
decide entre el bien y el mal. De allí la ineficiencia administrativa burocráticas y la
falta de control gubernamental dentro del mismo gobierno a todos sus niveles. A
ello corresponde el modelo decisionista que actualmente se ejecuta en
Venezuela.

Es necesario señalar que el tránsito de una democracia representativa de


tipo elitista a otra cesarista o decisionista, como sucede en Venezuela, tiene su
origen en lo que Gramsci ha denominado “crisis hegemónica de la clase
dirigente”. De acuerdo con este autor, en circunstancias antagónicas surge un
descontento por parte de los grupos sociales en la credibilidad y respaldo de los
partidos políticos tradicionales, por lo que se establece un deterioro del liderazgo
político y un colapso institucional que conlleva a la búsqueda de nuevas
alternativas. Entre esta está la vía cesarista o bonapartidista, que destaca un
continuo peligro hacia una forma de gobierno de tipo dictatorial.

Cabe destacar que el cesarismo se alimenta -tal como lo señala Marcos


Kaplan- por el aumento del poder del Estado. Es decir, una marcada
centralización en el poder Ejecutivo, un extenso y complejo aparato
gubernamental, la burocratización de la sociedad civil y su sometimiento al poder
militar-policial-administrativo; quedando de esta manera subordinadas y
desintegradas las instituciones políticas representativas (colapso del pluralismo
político). La legitimación del régimen cesarista, tal como sucedió en Venezuela,
triunfó por medio de apelaciones directas a la población: Reformas
constitucionales y reestructuraciones institucionales, referendos y plesbicitos,
entre otros.

La irrupción del decisionismo político patrimonialista de inclusión


popular.
Cuando dirigimos nuestra atención a los males de la República tenemos la
esperanza ciceroniana y maquiaveliana de salir de una grave crisis que amenaza
con barrer nuestras instituciones, nuestros valores y nuestras tradiciones. En
Venezuela se encuentran a la orden del día: La ambición desenfrenada de los
jefes de la política, la corrupción de las costumbres, la manipulación de la
participación política que lleva a la apatía ciudadana; la manipulación de los
comicios electorales; la venalidad de los Tribunales de Justicia, la perdida de
dignidad de las más altas magistraturas; los desordenes y la turbulencia que
plagan nuestras calles y sitios de reuniones públicos; el rechazo permanente de
los hombres honestos a favor de los más atrevidos y demagogos; las leyes que
se vacían de valor sustancial; la licencia, el libertinaje y la inseguridad de la vida
envuelven la inercia moral de la nación. Y por otra parte, dentro de las posibles
soluciones que se avizoran, jamás se habla de la vuelta a la vida ciudadana en
nombre de la prosperidad del pueblo y a favor del Estado, sino de la voluntad y
deseo de los “lideres políticos” de satisfacer “populistamente” los caprichos del
populacho, logrando solamente llevar la desilusión y el absentismo de la vida
política (fatiga cívica). Esta situación hace que se desacredite nuestra forma
política de participación pública predominante, la democracia. O en otras
palabras, en este ambiente, en esta “nueva república con viejos vicios” el debate
político ha perdido sentido y la gente carece de acceso a una verdadera forma
de participación política. Esto pone en tela de juicio a nuestra frágil “cosa
pública”.
Los intentos para salir de esta situación han sido bastantes infructuosos.
Esto se debe a que la lógica de un Estado millonario en petróleo termina por
dominar cualquier tipo reforma gubernamental o social, bien sea, de derecha
(liberal) o de izquierda (socialdemócrata o socialista). Cuando en 1999 llegó a la
Presidencia Hugo Chávez, las élites venezolanas y los sectores más bajos tenían
la esperanza que dicha quiebra republicana podría llegar a su fin. Y con tal
intención entregaron irresponsablemente todo el poder político del Estado a un
solo hombre que no tenía ningún tipo de experiencia gubernamental. Este líder
carismático implementa una serie de reformas estatales, vía reforma
constitucional, que no sólo reedita una nueva situación política en el país que los
sectores democráticos pensaron que se había quedado sepultada en el museo de
la historia decimonónica venezolana: La concentración caudillezca del poder.
En un artículo entregado por la Universidad de Los Andes (Mérida-
Venezuela) llamada Comisión Universidad Constituyente” a la Asamblea Nacional
Constituyente, (1999), y amparados bajo la teoría política del neoistitucionalismo,
dirigimos una advertencia exhaustiva sobre los nuevos cambios gubernamentales
y constitucionales que se querían llevar a la práctica en ese momento. Para ese
entonces pensábamos que los cambios institucionales propuestos en la teoría
podrían producir consecuencias inesperadas y negativas para todo el sistema
político. Ningún cambio institucional podría ser controlado en un cien por ciento, y
que esas consecuencias no esperadas nos podrían poder al borde de un sistema
político tipo Fujimori en Perú. El cambio que se producía en ese momento lo
describimos como “cambio por conmoción radical” donde se endurecería la
democracia y se desestabilizaría nuestros sistemas políticos y sociales:

….si la constituyente se le escapa de las manos al Presidente y se involucra allí la misma


clase gobernante corrompida de siempre, Chávez Fría podría tomar la opción de cambiar el
modelo de transformación institucional. Iría de un tipo de modelo de cambio institucional por
conmoción estructural a un tipo de cambio intencionado institucional conmoción radical, al
estilo Fujimori en Perú. Es, a pesar de que no quiebre completamente el hilo constitucional,
endurecería la democracia y desestabilizaría aún más nuestro sistema político (Andara
1999, 39).

El cambio por conmoción radical 2se impuso no sólo desde el momento que
se eligieron a los constituyentistas (90%) y se excluyeron a los antiguos miembros
de las clases dirigentes, con lo cual se profundizó con el control indirecto (al no
ser aprobado el directo vía referéndum) que el Presidente tuvo sobre la Asamblea
Constituyente. En la mañana se discutía en la plenaria, y en la tarde el Presidente
aprobada o reprobaba los cambios sugeridos o pedía celeridad en los
procedimientos.
Como bien señalaba la teoría neoinstitucionalista, los cambios propuestos
no son controlables en un cien por ciento y pueden traer consecuencias
inesperadas no sólo para el sistema sino también para aquellos que proponen el
cambio. Esto fue exactamente lo que ocurrió en los primeros tres años del nuevo
gobierno bolivariano. Las transformaciones a nivel de la nueva Carta Magna en
realidad no reflejaban la situación política y social vivida en el país. Durante esos
tres primeros años, tanto para el gobierno como para la oposición, prácticamente
las leyes no existían, y cada quien actuaba según su convicción y de acuerdo con
la magnitud de la coyuntura política del momento-. De allí que el enfrentamiento
entre un gobierno y una oposición política inexperta trajera consecuencias tan
nefastas tanto para el Estado como para la sociedad civil en Venezuela. En las
primeras de cambio salio perdiendo el gobierno, luego perdería aún mas la
oposición, en un juego a “suma menos cero” donde todos perdieron y el país
quedó arruinado.

La crisis del republicanismo cívico en Venezuela.


El objetivo de esta sección es hacer una evaluación crítica de las relaciones
conflictivas que se han establecido entre el Estado y la Sociedad Civil en
Venezuela enlos últimos años., sin la suficiente experiencia política ambas partes
se confrontaron en una lucha alógica -en términos paretianos- de poder, donde
2
Mach y Olsen describen este tipo de cambio de la siguiente manera: 1) Como un clásico procedimiento
revolucionario. 2) Los cambios desestabilizan los arreglos políticos y obligan a una revisión permanente
del sistema existente. 3) Su efectividad depende de la ineficacia de la historia y de la disposición de los
recursos. 2) Los efectos de la reforma son transitorios. 4) Los equilibrios logrados dependen de los
recursos e intereses. 5) El nuevo sistema político se hace sumamente inestable. 6) Los cambios formales de
las estructuras se resisten o se corrompen lo que hace que los cambios formales terminen en la frustración
(March y Olsen 1997, 125-126). Todos estos elementos los tiene la autodenominada la reforma
institucional de la autodenominada “revolución bolivariana”.
no pueden haber ganadores sino solos perdedores. Tanto el Estado como la
Sociedad Civil demostraron su falta de madurez pública ya que ambas forman
parte de una misma cultura política y tienden a cometer los mismos errores.
Argumentamos que debido al mismo vaciado institucional de poder que el Estado
generó se produjo una “crisis republicana” y que por la falta de organización,
coherencia y vigilancia democrática de los componentes estructurales de la
sociedad civil se ha producido una “crisis de civilidad”. Ambas crisis no son sino
partes estructurales del mismo sistema que ha puesto en tela de juicio a un
subsistema de defensa de la democracia liberal que hemos denominado
“democracia cívica”. Los acontecimientos que han sucedido en el país serán
utilizados para verificar empíricamente esta tesis, como a continuación veremos.

Una reflexión desde Maquiavelo: Vicisitudes de un Gobernante Nuevo


que funda una Nueva República.

En el plano de la ciencia política es bien conocido que en pleno


Renacimiento Nicolás Maquiavelo reflexionó (en un diálogo con los antiguos)
agudamente sobre los inconvenientes que tiene un gobernante para obtener y
permanecer en el poder. Se tenía que reconocer que esto era una labor de suma
dificultad inclusive para los hombres que habrían tenido alguna experiencia
política –como Cesar Borgia-, que aunque conociendo el intrincado mundo de la
política se dejaban arrastrar por los caprichos de la mala fortuna perdiendo el
poder. La lógica de Maquiavelo se imaginaba un mayor grado de dificultad y
complejidad para aquellos gobernantes que sin tener ningún tipo de experiencia
política tenían la titánica labor de crear una nueva República. La ironía era que
un Príncipe nuevo, sin experiencia de gobierno, tenía que crear nuevas
instituciones y una nueva civilidad capaz de superar a las instituciones corruptas
y “ciudadanos” corrompidos. En el camino de tal creación, el novel gobernante
desataría energías ocultas de tal magnitud que si no tenía una buena guía de
gobierno sería arrastrado –como el aprendiz de brujo- por las fuerzas que
invocaba. En palabras del Secretario, el Príncipe tenía que enfrentarse a los
ahora arrebatadores caprichos de la impetuosa fortuna, que en todo momento iba
a poner trabas al proceso de reconstrucción republicana. Todo parecía advertir
que el gobernante novato tenía una fracaso asegurado en sus manos.

Pero la genialidad de Maquiavelo radicaba en descubrir la solución factible


para tan complicado enigma. Por dos vías pensó el florentino que dicho problema
debía tener solución, aunque reconocía que uno menos factible que el otro. O
que la caprichosa fortuna fuese sometida por los designios de la providencia
divina como lo había demostrado el caso bíblico de Moises y los judios en el
éxodo. O que, en otro caso, que esos fatídicos designios fuesen sometidos por la
actividad racional del gobernante, que Maquiavelo llamó “virtud”. Lo que el
Secretario descubrió, basándose en su vivencia, es que la primera solución no
era la recomendable; primero, porque nadie controla los designios de Dios y,
segundo, porque esta era la vía errada que había tomado Jerónimo Savonarola y
el único resultado que tuvo en la práctica florentina fue la muerte violenta. No
había más solución: La virtud tenía que tratar de someter a la fortuna (aunque sea
en un cincuenta por ciento de las posibilidades). El novel gobernante tenía que
ser, so pena del fracaso, un hombre virtuoso, y esto no implica necesariamente
ser un hombre bueno, aunque en todo momento debiera aparentarlo. Maquiavelo
pensaba que con sus experiencias y sus meditaciones vertidas en su impactante
opúsculo “Principatibus” (1513) podría indicar al novel gobernante el camino para
lograr la tan ansiada “virtud política”, diferente a la “virtud religiosa”, que podría a
largo plazo crear las bases para la nueva República.
Si los Medicis hicieron caso omiso a las ideas de Maquiavelo, los modernos
no podemos darnos ese “lujo”. La actualidad de Maquiavelo es indiscutible sobre
todo en momentos que, como en el caso venezolano, un nuevo gobernante sin
experiencia política toma el poder e instaura una nueva República. Este novel
gobernante si no adquiere las virtudes políticas terminará siendo barrido por las
fuerzas que el mismo ha convocado. Pero ¿cómo adquirir esas virtudes políticas?
Podríamos pensar que por la fuerza (simbolizada por el león) o por el tan afanado
monopolio de la coacción de Weber. Más que el sabio alemán, Maquiavelo se dio
cuenta que a pesar de que la fuerza es un factor indispensable no es una
condición suficiente, hace falta la “astucia”. Simbolizada por la zorra, la astucia no
sólo implica incumplir con lo pautado, matar o traicionar, medios siempre
reprobables hasta para el mismo florentino que lo dejaba simplemente como
último y desesperado recurso. La astucia, la inteligencia del gobernante,
implicaba algo más importante y sustancial: “saber adaptarse a los nuevos
tiempos y circunstancias”. Un gobernante que no sepa adaptarse a los nuevos
tiempos se deja arrastrar por la fortuna y pierde el poder. En cierta forma esta es
la lección más importante que nos legó para la ciencia del poder el “abogado del
diablo” (Strauss).
Siempre se ha dicho que los grandes revolucionarios que no saben o no
pueden adaptarse a las consecuencias inesperadas de los cambios que proponen
– y que siempre surgen -, pueden ser arrastrados por dichas eventualidades. La
recomendación de Maquiavelo, en tales circunstancias, era que el novel
gobernante tenía que concretar sus ideales fundadores (idealismo) dentro del
mundo real de la política que, por demás, era cambiante y poco seguro. En una
palabra, el gobernante realista debía saber adaptarse a los cambios inesperados
de la política y del tiempo con el objeto de estabilizar su posición y lograr el
saneamiento y la consolidación de la nueva la República.
Maquiavelo lo dijo muy bien; “el gobernante debe saber adaptarse a los
nuevos tiempos” y allí radica buena parte de su virtud política. Cosa muy contraria
a lo que se propone hoy en día a Venezuela en una onda antimaquiaveliana, que
“el novel gobernante trata de arrastrar a toda una República a su propio tiempo y
circunstancia”. Esta situación en vez de crear una nueva y mejor República, lo
que hace es acentuar los vicios de las Repúblicas anteriores, y en vez de lograr
la consolidación nacional, la debilita. Por su puesto que a este gobernante el
último recurso que le queda es el uso de la violencia (verbal, en un principio) para
someter a toda una nación a sus designios. El “león está trabajando y la zorra
está durmiendo”, tal proposición deber ser negada por Maquiavelo que no por
ironía descubrió en el guerrero-militar, más que en el líder religioso y carismático,
el prototipo de gobernante moderno capaz de lograr la reconstrucción nacional.
No lejos de estas reflexiones “desde Maquiavelo”, y como ya hemos visto, la
corriente del neoinstitucionalismo ha descrito perfectamente, y en el lenguaje
técnico de los modernos, que todo cambio institucional trae consecuencias
inesperada y no controladas ni siquiera por los mismos protagonistas. En una
frase recogida por esta misma corriente teórica “los cambios institucionales que
se buscan no son controlados en un cien por ciento” (March y Olsen). Las fuerzas
que se escapan pueden arrastrar consigo a sus principales propulsores teóricos
sino fundan en el realismo sus propuestas idealistas. En una labor refundadora
de la República, la ética de la responsabilidad (la consecución responsable de los
fines) debe imperar sobre la “ética de la convicción” (la excusa de los medios). Si
los fines justifican lo medios, lo más importante es que los fines se logren
responsablemente, pero basándose en todo momento en la realidad y no en el
simple sueño o en una utopía idealista.
La democracia cívica como un sistema de autoprotecciòn de la
democracia liberal y la sociedad civil.

Sostengo que Maquiavelo hace una profunda reflexión sobre el futuro poder
ejecutivo (gobierno) que se comenzará a desarrollar en el siglo XVI, y que no
podemos obligar irresponsablemente a su teoría a reflexionar sobre una
“sociedad civil moderna” que se comienza a formarse en el siglo XVII atadas a
otras coyunturas totalmente distintas a la de una Italia renacentista. Tal vez en
esta acción sea más loable apelar a autores liberales (Locke, Fergunson, Smith o
Hegel) que diseñaron un amplio estudio sobre la sociedad burguesa organizada
que hoy algunos autores siguen llamando “sociedad civil”. Si bien Maquiavelo no
desarrolló este trabajo, a pesar de su desprecio a la aristocracia y a su fuerte
republicanismo cívico, autores que siguieron la línea maquiaveliana (Weber,
Pareto o Gramsci) nos puedan aportar mayores ingredientes teóricos para el
análisis del caso venezolano.
En este caso nuestro estudio nos lleva a sostener que dos fuerzas
sociopolíticas –la sociedad civil y el gobierno- se han enfrentado y ambas han
demostrado falta de madurez política, lo cual ha agravado la crisis que vive
nuestro país. Nuestra sociedad civil -al igual que el Príncipe novato de
Maquiavelo- ha invocado fuerzas sociales que ella misma no ha sabido controlar,
ha marcado objetivos que no ha sabido cumplir y ha desconocido aquellas
instituciones que de una u otra forma son las defensoras naturales de sus
intereses sociales. La razón de esta tesis es que sostenemos que nuestra
“sociedad civil” en el plano de la actividad política ha pasado de una histórica
“apatía política” a una activa y reciente “oposición política”, sin haberse
preocupado realmente de ejercer, sobre todo en nuestro periodo de democracia
representativa-elitista, una función política activa que radicaba en la vigilancia del
funcionamiento eficiente de nuestras instituciones políticas democráticas. Fue
esta sociedad civil apática, dependiente en lo económico de la renta petrolera del
Estado y en lo político de partidos burocratizados, la que ha dejado que un
sistema político de corte decisionista-cesarista se instalara en el gobierno. Sólo
cuando constataron que sus intereses estaban siendo atacados directamente por
un gobierno concentracionista saltaron súbitamente a la oposición, pero con
escasa experiencia política previa como para hacerlo más eficientemente, de allí
su potencial fracaso. Lo único que ha evitado un mayor fracaso, y la posterior
pérdida de esperanzas de esta sociedad, es que la actuación del gobierno ha
sido aún peor. Apelando a la teoría de la elección racional (racional choice)
podríamos sostener que el gobierno y la sociedad civil en Venezuela han sido
encerradas en una especie de “dilema del prisionero democrático”; es decir,
ambos sectores de la sociedad no antepusieron sus intereses colectivos (en
nuestro caso nacionales) a los individuales, y adoptaron decisiones inconsultas
(cierre del diálogo) que si bien para ambas partes resultaban a todas luces
“racionales”, por el contrario y como consecuencia terminaron sufriendo las
mayores de las penas sociales: el enfrentamiento violento, la ineficiencia
institucional y el posterior repudio colectivo nacional e internacional.
Siguiendo con nuestra línea maquiaveliana, Wilfredo Pareto llegó a
sostener que buena parte de nuestras acciones humanas y sociales no
responden a parámetros exactamente racionales (relación eficiente medios-fines)
sino pasionales, y que sólo nosotros a posteriori nos encargamos de darles una
apariencia o explicación racional (derivaciones). Continuando con esta misma
línea, Max Weber fue más radical al sostener tajantemente que la política, y sobre
todo el liderazgo político, es una cuestión de pasiones (toma de decisiones
basadas en juicios de valores) y no de razones. Si Pareto y Weber tenían razón,
tanto buena parte de las acciones sociales (donde se involucra la sociedad civil)
como buena parte de las acciones del gobierno, no responden necesariamente a
patrones racionales, y esto ha sido evidenciado lamentablemente en el caso
venezolano. En este caso dos concepciones o ideas de democracias fueron
enfrentadas y ambas sufrieron las peores consecuencias. Pero poco de este
enfrentamiento estuvo sujeto a razones sino a pasiones. En cierta forma,
Tocqueville nos puede dar la clave.

En sus impresionantes análisis de “La Democracia en América”, Alexis de


Tocqueville llegó a predecir que el futuro político del mundo iba a ser
democrático. No obstante reconoció magistralmente que se estaban conformando
dos formas de concebir la democracia moderna; una, al estilo francés, basada en
la muchedumbre revolucionaria que luchaba contra los privilegios aristocráticos
subsistente; y otra, basada en una pujante sociedad civil al estilo estadounidenes.
Si bien la primera privilegiaba “la igualdad” como principio rector, la segunda
privilegiaba la “libertad”. Nos salta a la mente que con estas hipótesis
tocquevilleanas, ampliamente corroboradas en el siglo XX, Hannah Arendt
compuso sus principales argumentaciones para señalar en un análisis
comparados “sobre las revoluciones”, que la francesa fue una revolución social
motivada por los deseos de igualdad para satisfacer necesidades sociales (la
cuestión social) y que culminó en el terror político toda vez que el Estado fue
incapaz de satisfacerlas debidamente. Mientras que la estadounidense no desvió
sus objetivos políticos para satisfacer problemas sociales, y de allí que se pudo
mantener un sistema relativamente eficiente de “libertades”.

En el caso de la democracia venezolana, estos dos principios “igualdad” y


“libertad” fueron confrontados en una lucha suma cero que termino siendo
“alógica”, siguiendo las sugerencias de Pareto. En nuestra transición política, el
sistema de gobierno chavista ha sido ampliamente descrito por la oposición
política y social como neocesarista, neobonapartidista, neopopulista, carismático
y demagógico. Estos adjetivos estaban apoyados en el enlace estructural de los
tres puntos de apoyos que había tejido el liderazgo de Chávez: “Líder+
pueblo+ejército”, que hoy vemos fracturarse. No obstante, el gobierno se ha
descrito asimismo como “revolucionario” y comprometido con los sectores
sociales más desposeídos. Ha fomentado una “revolución igualitarista” que se ha
basado en la redistribución indiscriminada de los recursos del Estado para
solventar los problemas de la “gran barriga” de los sectores sociales marginados.
Pero tenemos que aclarar que una cosa es solventar las necesidades urgentes de
estas clases y otra muy distinta es poner a estas clases desposeídas a manejar
los instrumentos técnicos del Estado. Desde Aristóteles hemos aprendido que le
hacen mucho mal al funcionamiento de la política, los hombres que llegan a ella
cargados de necesidades materiales porque se tienden a potencializarse las
actividades de la corrupción.

Es contra esta tendencia que ha reaccionado la sociedad civil venezolana, y


para ello se ha apoyado fuertemente en la idea de “libertad”, que irónicamente va
a ser negada a posteriori, con lo cual va a contradecir su esencia. Pero antes de
profundizar en esta idea hay que hacer un breve comentario de lo que hoy en día
es la sociedad civil.

A pesar de las líneas maestras del liberalismo y el marxismo, tenemos que


comenzar a dejar atrás el viejo cliché negativo de identificar a la sociedad civil
simple y llanamente con una clase social determinada como “la burguesa”
(liberalismo) y que esta aliada inexorablemente con los mecanismos del aparato
de dominación del Estado (marxismo) en contra de las clases bajas. La sociedad
civil es el poder social organizado que dentro de una sociedad pluralista esta
integrada por sectores, grupos y clases sociales que defienden sus intereses de
forma colectiva y racional. Simplemente ya no es una clase egoísta que basa todo
su contenido en la acumulación de capital (burguesía), sino que ha vuelto a ser lo
que era en sus orígenes; una sociedad organizada y urbana que lucha política y
deliberativamente (Habermas) contra cualquier forma de depotismo, de allí su
reciente protagonismo político mundial. Esta forma de asociación civil se
desarrolla libremente dentro de una sociedad abierta y pluralista, y tiene una
participación política activa dentro de una estructura democrática cívica. Para
nosotros la democracia cívica es una forma activa de participación política
colectiva donde los ciudadanos ponen límites racionales a las acciones
despóticas de los gobiernos o a su mal funcionamiento técnico. Es una
democracia crítica, abierta y combativa, que puede subsistir con otras formas
hegemónicas y legítimas de democracias como bien lo pueden ser la cesarista, la
elitista o la pluralista. No es una democracia electoral (basada en el poder del
voto), ni de ciudadanía pasiva; es una “democracia de presión”, policlasista y
multisectorialista, que dirige su ataque crítico al mal funcionamiento de las
estructuras técnicas-burocráticas del Estado, y no a otras clases sociales en
particular (evita la lucha de clases).

Alguna vez Antonio Gramsci sostuvo que el Estado era la sumatoria de la


sociedad política (técnica y burocrática o “gobierno de los funcionarios”) con la
sociedad civil (autogobierno) que producía una cierta “hegemonía acorazada con
coacción”. En nuestra concepción de democracia cívica este “acorazamiento
hegemónico” tiende a fracturarse, y la sociedad civil aún a pesar del poder
coactivo que posee la sociedad política, se revela (bien sea de forma dialógica o
con actividades de calle), y dirige críticas a su mal funcionamiento técnico-
burocrático de la sociedad política, de allí que revele una profunda crísis de
legitimidad sobre el sistema político.

La democracia cívica es una democracia de oposición, cuyo objetivo no es


llegar al ejercicio del poder, sino de vigilar de que los mecanismos institucionales
y técnicos del Estado funcionen correctamente, asegurando así la existencia de
una verdadera democracia abierta, plural y libre (democracia liberal). Si bien su
objetivo básico es evitar el incremento del poder despótico del Estado, con el
objeto de incentivar su poder infraestructual (Mann), podemos establecer una
pequeña diferencia, ya que es la sociedad civil la que va a penetrar al Estado (y
no al contrario) con el objeto de reducir su autonomía de poder y proponer cambio
en el mal funcionamiento técnico (poder civil intraestatal).
Mucho de los elementos que hemos descritos teóricamente de la sociedad
civil y de la democracia cívica fueron activados recientemente en el caso
venezolano. Sin una dilatada experiencia política combativa, la sociedad civil
venezolana se opuso firmemente al mal funcionamiento técnico-burocrático de un
gobierno igualitarista y cesarista (decisionista). Amparándose en la defensa de un
principio de “libertades básicas liberales” (de pensamiento, expresión, culto, de
educación y de propiedad privada) crearon una coalición multiclasista (clases
medias y altas), sectorialista (CTV, FEDECAMARAS) y de grupos (partidos
políticos, iglesia y medios de comunicación) que a la larga lograron tres objetivos
básicos: 1)Vulnerar el poder autónomo-despótico del Estado, 2)Poner en tela de
juicio a un liderazgo mesiánico y con una fuerte discursividad agresiva e
intimidatoria y 3) Luchar por el manejo meritocrático de las instituciones
productivas del Estados (PDV SA).

A pesar de estos luchas, la sociedad civil venezolana no ha tenido un éxito


definitivo, ni mucho menos ha logrado activar una democracia abierta, libre y
pluralista. La sumatoria de los éxitos parciales necesariamente no se traduce en
éxitos totales, ni mucho menos duradero. Estos logros pueden ser pasajeros, lo
que significa que la sociedad civil en vez de penetrar eficientemente el poder
autónomo del Estado venezolano (éxito), lo que hizo fue debilitarse y perder
capacidad de presión y oposición. Con ello debilitó significativamente cualquier
tipo de democracia cívica. Pero antes de observar el desempeño que en la
práctica ha desarrollado la labor opositora de la sociedad civil en Venezuela bajo
el actual gobierno decisionista y carismático, es necesario que puntualicemos
algunos puntos que hasta ahora hemos desarrollado y que nos van a servir como
pautas para el análisis:

1)Un nuevo Presidente sin experiencia política previa inaugura una nueva
República sin percatarse de que una serie de elementos no podrían ser
controlados racionalmente en un cien por ciento, con lo que aumenta la
capacidad de generar situaciones “no lógicas” (alógicas) en el plano político..
Ante estos avatares se vio obligado a incrementar la autonomía de poder del
Estado apelando para ello a un discurso agresivo y demagógico. En otras
palabras, en el caso Venezolano el poder despótico se incrementó por encima del
poder infraestructural. El Estado se hizo cada vez más despóticamente fuerte e
infraestructuralmente débil.

2) La reacción de la sociedad civil venezolana ante el aumento de la


autonomía de poder del Estado (poder despótico tendiente al igualitarismo) hizo
que se activara un mecanismo de defensa de la democracia liberal, que hemos
denominado “democracia cívica”. Esta sociedad civil, sin una dilatada experiencia
política de lucha activa contra las fallas técnicas del Estado, se conformó como
una asociación de defensa de intereses liberales entre clases, grupos y sectores
organizados, que escindió críticamente la sociedad política de la sociedad civil,
tradicionalmente unidas por la redistribución populista de la renta petrolera.

3) Con la activación de la “democracia cívica”, la sociedad civil venezolana


penetró efectivamente el poder autónomo del Estado (incremento del poder civil
infraestatal) pero no de forma eficiente (racional) ya que desbordó los objetivos
reivindicacionistas que se habían señalado originalmente, rompiendo
radicalmente con cualquier posibilidad de diálogo racional e incrementando más
las situaciones alógica en el plano político

4)El incremento de las situaciones “alógicas” tanto por parte del gobierno
como de la sociedad civil (ruptura del diálogo, incremento del discurso violento
por ambas partes, acciones frecuentes de calles, desconocimiento de una
profunda crisis nacional incrementadas por huelgas generales multisectoriales y
una lucha massmediática por captar la acción del público) llevaron a un
incremento de la irracionalidad que culminó en un enfrentamiento violento
localizable en un 70 por ciento en la Ciudad de Caracas (una zona de alta
volatilidad social y con un alto nivel de concentración del poder nacional).

5) Ambas partes se involucraron en una especie de “dilema del prisionero


democrático” donde cada una creía tomar la decisiones más racionales (para ella)
sin consultar con la otra, lo que llevo directamente a que las dos sufrieran las
peores consecuencias. Tanto el Estado como la sociedad civil salieron debilitadas
(en una “lucha suma extraña”) en un “juego político” donde no hubo ganadores,
ya que todos perdieron.

6) Corresponde a las diferentes ciencias sociales (a la sociología política en


el caso de la sociedad civil y a la ciencia política en el caso del Estado), y no
directamente a los políticos de profesión, dar una explicación “racional” (darle
“significado” en términos weberianos) a estos hechos. Así como al poder judicial
señalar y castigar a los culpables tanto de los que excedieron con el uso ilegal de
la fuerza (en lo social) como aquellos que no activaron eficientemente los
mecanismos de coerción y seguridad (por parte del Estado).
Crisis del republicanismo cívico en Venezuela: Una lucha alógica entre
la sociedad civil y el Estado.

Que difícil se hace dominar los juicios de valores y las apreciasiones


emotivas cuando ocurren hechos impactantes en los cuales, de una u otra forma,
hemos sido participantes pasivos y observadores directo. Aquel viejo sueño
platónico y antisofístico de que debe privilegiarse la epistemé por encima de la
doxa, no implica que ésta última tenga que ser eliminada. Por el contrario, para
encontrar una explicación causal de ciertos hechos objetivos, en nuestras
ciencias ideográficas, tenemos que tejerlos con los hilos de la doxa respetando
en todo momento los presupuestos objetivos de la epistemé. Fue Weber quien de
forma magistral se dio cuenta de esta observación, toda vez que propuso que
nuestros juicios de valores en el proceso científico debían sernos útiles para
seleccionar (lo que implica una decisión subjetiva) aquellos acontecimientos que
de una u otra forma consideraremos vitales para nuestras investigaciones. En
nuestro análisis sobre el caso venezolano del enfrentamiento entre el Estado y la
sociedad civil, estas apreciaciones epistemológicas son de gran importancia si
realmente queremos hacer una apreciación crítica y llenar de significados
racionales (punto 5) de lo que sucede en el país.

Los trágicos hechos ocurridos el 11 de abril no marcan ni el comienzo ni el


fin de una cerrada medición de fuerzas entre el gobierno y la sociedad civil. Esta
fecha lo que deja de manifiesto abiertamente es la profunda crisis republicana y
cívica que vive nuestro país. Queda señalada abiertamente la fragilidad
institucional de nuestro sistema político y nuestro régimen político. La crisis
técnica que vive el Estado venezolano quedo evidenciada toda vez que un
profundo “vacío de poder” y una falta de “ética de la responsabilidad” recorrió por
todo lo ancho de nuestras instituciones políticas representativas nacionales:
Ejecutivas, Parlamentarias y Judiciales. Crisis que repercutió sobre nuestros
poderes regionales y locales. Por parte de nuestra sociedad civil se pudo apreciar
una profunda “crisis de civilidad” ya que cerrando toda propuesta para el diálogo
(racional) se dejaron arrastrar por las pasiones desenfrenadas cayendo en
enfrentamientos callejeros. Tanto nuestra “crisis republicana” como nuestra “crisis
de civilidad” son, como el Dios Jano bifronte, las dos caras de una misma
moneda, de nuestra cultura política tanto cívica como pública. Vamos a apreciar
más esta afirmación.
De la misma forma como el gobierno central, populista y demagógico, se
cerró al diálogo (confrontándolos directamente) con los factores estructurales de
la sociedad civil, ésta asumió una oposición sin treguas y sin diálogo, tanto que si
“el gobierno decía negro, la sociedad civil decía blanco” y viceversa. Desde este
punto de vista no se pudo entablar una buena oposición societal, ni el gobierno
fue capaz de aprovechar la existencia de una “buena” oposición política para
rectificar el rumbo de su gestión pública. Todo diálogo establecido entre el
gobierno y la oposición civil y política se ha entablado como un “diálogo entre
sordos”. Las exigencias de la oposición eran obviadas por el gobierno, y de la
misma forma los “logros” del gobierno eran obviados por la oposición (crisis del
poder infraestructual del Estado venezolano).

Dentro de las “acciones alógica” que hemos establecido se pueden destacar


que ha sido el mismo gobierno el que ha unificado a la sociedad civil en su contra
al hacer un ataque sistemático entre sus diferentes componentes; clases sociales,
sectores y grupos. Con respecto a las clases sociales su tendencia es privilegiar
a los “marginados y excluidos del sistema” en detrimento de las clases medias y
altas, con la entrega indiscriminada y populistas de los recursos del Estado a las
clases más necesitadas (Banco del pueblo, de la mujer y del ejercito, créditos
fáciles, plan bolívar 2000 y posteriormente las diferentes “misiones”) sin construir
realmente una estructura eficiente de empleo apoyada en la capacitación para el
trabajo. Con respecto a los sectores económicos, el gobierno se ha dado a la
tarea de romper todo equilibrio liberal que mantiene en pie los sistemas
económicos modernos al fracturar las relaciones tripartitas entre el gobierno
(Chávez), el capital (FEDECAMARAS) y el trabajo (CTV). Fractura que quedo
evidencia con la aplicación inconsulta de las “leyes habilitantes” (que atacaba la
propiedad privada) y en las elecciones de la CTV.

Con respecto a los grupos políticos y sociales, las acciones del gobierno se
han dirigido en tres direcciones importantes; 1) La eliminación por descalificación
de toda oposición política partidistas a través del descrédito de los partidos
tradicionales, lo cual ha contribuido peligrosamente con una tendencia hacia la
atomización (siguiendo a Sartori) de nuestro sistema de partidos. 2) Los ataques
descalificatorios contra la Iglesia (anticlericalismo) han vulnerado nuestro
sistema de creencias a la vez que han afectado algunos niveles financieros de la
educación católica en pro de una educación bolivariana. 3) El ataque público a
los Medios de Comunicación, como exigencia de una “información verás” que
contrasta abiertamente con la “crisis de veracidad” que manifiesta el gobierno
ante graves problemas como el de la corrupción nacional o en casos de política
exterior con los casos Montesinos, la guerrilla colombiana o el financiamiento
inconsulto de petróleo a Cuba, Paraguay y, posiblemente, a Bolivia. Por todo esto
hechos no sería tan aventurado opinar (doxa) que ha sido el gobierno el que ha
unificado a nuestra “sociedad civil” pero no como una clases social sino como una
asociación heterogénea opuesta al incremento del poder despótico del Estado.

Pero la relación orgánica de esta sociedad civil se “consolidó” el día martes


5 de marzo del 2002 cuando se firmó públicamente el “acuerdo programático”
entre la CTV, FEDECAMARAS (y la Iglesia católica como observadora), unas
famosas “Bases para un Acuerdo Democrático”. Tres ideas básicas se
expresaban en dicho documento:1) Emergencia nacional, 2) Necesidad de
cambio con trabajo conjunto y 3) Respeto a la constitución y la democracia. Con
respecto al primer punto, se asumía que el gobierno había entrado en una “crisis
de gobernabilidad” al no poder solucionar eficientemente los más urgentes
problemas sociales. Con respecto al segundo, el trabajo conjunto (acuerdo social)
implicaba una relación entre sectores, grupos y clases sociales para evitar
enfrentamiento o lucha entre clases –de allí su reacción contra la pobreza-. Con
respecto al tercer punto, lo que los sucesos del 11 y 12 de abril dejarán de
manifiesto es ese supuesto “respeto” a la constitución y la democracia. En este
mismo documento también quedaba bastante clara la intensión de activar la
democracia cívica como apoyo de la sociedad civil contra el mal funcionamiento
técnico del Estado: “Asismismo sostenemos que la creciente articulación de la
sociedad civil en varias formas de asociación abiertas al bien común y vigilantes
del desempeño de las instancias estatales son la mejor garantía para controlar y
exigir a los gobiernos el rescate de los objetivos y la eficiencia del Estado”.

No es este el lugar para hacer un análisis exhaustivo de todo este


documento, no obstante debemos hacer varias críticas importantes. En primer
lugar, el acuerdo era una propuesta a futuro (mediano y largo plazo) y quedaron
muchos miembros de la sociedad organizada de hecho excluidos (a pesar de que
se mencionan expresamente); los partidos políticos, las academias, las fuerzas
armadas, las juntas vecinales, gobernadores y representantes de los poderes
locales. Con relación a esto, y en segundo lugar, el pacto era más “corporativo”
que “social”, los ciudadanos se transformaron en consumidores y productores,
escasamente o nulamente se habla de ciudadanos políticamente activos. En
tercer lugar, los objetivos del pacto son vagos, de la misma forma que se
defienden a los medios de comunicación se señalan rumbos económicos que
debería seguir el país apoyado simplemente por la iniciativa de intervención
estatal. Todas estas fallas estructurales harían que se pusiera en tela de juicio
una la cohesión eficiente de la sociedad civil, y en los momentos de apuros y
contradicciones, como sucedieron a partir del 11 de abril, sus elementos
integrantes se desarticularon profundizando nuestra “crisis de civilidad”.

El escepticismo de David Hume lo llevaba a poner el duda la veracidad


científica de la de la causalidad. Es decir, la pregunta clásica de Hume, y luego la
de Popper que rechaza la inducción, es ¿qué relación necesaria se establece
entre un hecho individual X y un acontecimiento colectivo Y? Nosotros no
podemos establecer que los errores manifiestos en el “acuerdo programático” (del
5 de marzo) llevaron o condujeron a los acontecimientos violentos del 11 de abril.
Lo que si podemos establecer es que estos dos hechos manifestaron la falta de
coherencia entre los diferentes factores que conformaron una sociedad civil
combativa, y pusieron en duda la posibilidad de lograr reivindicaciones duraderas
con la activación de la democracia cívica.

En los diferentes medios de información se ha señalado que los sucesos del


11 de abril se establecieron para dar un “golpe de Estado” por parte de la
sociedad civil. Pero como no ha sido la racionalidad la que ha privado en estas
circunstancias, lo que se puede señalar al respecto es que no hubo uno sino dos
golpes: uno contra el Estado (dado por la sociedad política) y otro contra la
sociedad civil (dado por los líderes sociales y sectoriales). Esto es lo que
objetivamente hemos llamado “crisis del republicanismo cívico” propiamente
dicho, veamos.

El VACIADO DEL PODER. En primer lugar, desde Hobbes hemos aprendido


que el Estado se hizo para defender al pueblo (seguridad) y no lo contrario. En el
momento en que el gobierno manda al pueblo para defender Palacio (Miraflores)
contra la sociedad civil, no evita el enfrentamiento social y se deslegitima. Las
fallas garrafales del poder coactivo por parte del Estado hacen que pierda el
monopolio de la violencia legítima. El poder coactivo no tiene que salir a matar
sino a imponer el orden y la disciplina. Por otra parte, el poder Legislativo,
observando el avance de los hechos (una huelga general indefinida y acciones de
calle) fue incapaz de reunirse en una sesión extraordinaria (lo contrario hubiese
equivalido a reconocer el éxito de la huelga, posición contraria al Ejecutivo). Los
diferentes diputados del gobierno estaban muy ocupados “defendiendo
Miraflores”, mientras que los diputados de la oposición se encontraban dirigiendo
discursos antigubernamentales en la calle. Los curules de la Asamblea Nacional
Venezolana (lugar natural que fue creado por la sociedad civil para penetrar
(input) el poder despótico del ejecutivo (output) se encontraban vacíos. Si a este
“vaciado de poder institucional” le suma “el vaciado del poder coactivo” que viene
por parte de todas nuestras fuerzas públicas de seguridad, tenemos las razones
para argumentar porque el Presidente renuncia (o lo renuncia); sin tener
realmente una visión constitucionalista y democrática, el Presidente vio
derrumbarse sus tres ejes de apoyo fundamentales: Ejercito-pueblo y Liderazgo.
EL “LLENADO” DEL PODER. La decisión de Carmona Estanga de llenar el
vacio de poder se puede considerar un error fundamental que puso en jaque a
toda la sociedad civil y a la democracia cívica. Haciendo caso omiso a lo firmado
el 5 de marzo asumió el poder presidencial en forma dictatorial; sin consenso, sin
legitimidad, sin democracia, y lo más grave aún, sin Constitución y sin sociedad
civil. Se apoyó firmemente en las arenas movedizas de unos sectores militares
que hasta hace unas horas le juraban lealtad al Presidente Chávez. En un
deprimente acto de autoproclamación presidencial, sin Constitución y sin Biblia
(por lo menos), se instauraban los nuevos lineamientos del nuevo régimen que
podemos calificar como “cesarismo corporativista”. La disolución de todos lo
poderes públicos (que estaban disueltos por sí solos) se tiene que sumar a su
desconocimiento de los otros factores estructurales de la sociedad civil (como
había ocurrido el 5 de marzo). En cierta forma el error más garrafal fue haber
confundido a la democracia constitucional con el chavismo. Las “consideraciones”
leídas en ese acto, fueron lo que nosotros llamamos popularmente “un pase de
factura al chavismo”. Mientras que los “decretos” fueron la espada de Damocles
que Carmona Estanga erigió contra su propio gobierno y contra la sociedad civil.
Si Chávez derrocó al Gobierno, Carmona Estanga derrocó a la Sociedad Civil
(¿ironías del poder?).
LA RESURRECCION DEL PODER: Desde Maquiavelo hasta Weber hemos
aprendido que en todo análisis del poder se cuela algún elemento explicativo
mágico o religioso. Irónicamente la vuelta de Chávez (un líder carimático) al
poder representa unos de esos momentos “extraños”: ¡fácil se fue, fácil volvió¡ El
Presidente asumió su retiro del poder como un “acto de purificación del alma” (de
allí la participación de élite de la Iglesia en estos momentos –lo que deja de
manifiesto la fractura profunda de la sociedad civil) y como un “acto de
renacimiento divino” después de haber reflexionado en la “infinita paz” del cielo
militar de Fuerte Tiuna. Hasta fue resucitado por el nuevo “espíritu santo” llamado
el cabo Rodríguez que desmintió massmediáticamente (ese poder omnipresente e
invisible de los medios) su supuesta renuncia. Lo más increíble aún de esta
narración divina, es que en el Palacio de Miraflores sus discípulos de la casa
militar y sus apóstoles del gabinete ejecutivo lo esperaban con los brazos abiertos
para compartir un café y las nuevas visiones del líder resucitado. Hasta Dios-
dado lo esperaba en persona para ungirlo del poder presidencial; y allí está “…
sentado a la derecha de Dios-dado (Cabello), y ha venido ha juzgar a los vivos y
a los muertos… prometiendo amor, paz y diálogo” entre todos los venezolanos y
latinoamericanos amparados en la inmensa riqueza de un Estado petromillonario
y una sociedad pobre llena de esperanza.
Más allá de estas irónicas palabras, lo que podemos constatar para
concluir, es que si bien la sociedad civil quedó debilitada y desacreditada
democráticamente por el mal desempeños de sus principales líderes, de esto no
se deduce que el gobierno del Presidente Chávez fuese el ganador automático.
La debilidad de su poder quedo evidencia con la fractura del factor militar, la
perdida relativa de su liderazgo mesiánico y la falta de apoyo de una buena parte
del pueblo. Si a esto le agregamos que la sociedad civil no lo apoya
observaremos una fractura evidente en su ya cuestionada legitimidad.
Alógicamente hablando el actual gobierno de Chávez ha basado su consolidación
gubernamental sobre la base de fracasos y enfrentamientos sociales y
multisectoriales, y no de éxitos técnicos racionales (crisis de eficiencia y
racionalidad del Estado). Apelando a Maquiavelo podemos afirmar que el Príncipe
nuevo (Chávez) no puede depender de la caprichosa fortuna (que ha hecho
tambalear a la sociedad civil) sino a su virtud, y la única virtud que ha demostrado
el Presidente, es la misma que Maquiavelo le adjudicaba a la Iglesia: ha sido muy
fuerte para mantener dividido a los venezolanos pero muy débil para buscar su
unidad en un verdadero proyecto nacional.