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MEMORIAS DE PUERTO MALO

La obra poética de Eugenio Montejo entraña las otras voces de sus heterónimos

Armando Coll

Artes/Espectáculos - Tal Cual - 23 de julio de 2008

La primera vez que vi a Eugenio Montejo, acababa de publicar El cuaderno de Blas Coll. Nos invitó a
Rafael Arráiz Lucca y a mí, a tomar unas cervezas al final de la tarde, en aquella taberna que ya es nostalgia y de
pocos, llamada El gato pescador.
Hará de eso no menos de 25 años. Rafael y yo, dos muchachones en los primeros 20, ante el poeta cuyo
prestigio era entonces murmuración. Recuerdo el gracejo de esa tarde, estaba joven aún y tal vez un poco más
hablador de lo que fue en sus últimos años, en los que se mostraba breve, aforístico, al toparlo una mañana, si
era el caso, bajo la sombra enjuta de algún árbol acosado por el concreto, olvidado y triste entre el bramar
urbano; una especie boscosa aislada en una acera, a la que sólo él rendía tributo al llamarla por su nombre.
Pocas palabras, aunque generosas, que nunca escamoteó su saber, lo expresaban fiel a la doctrina que
encarnara en el primero de sus heterónimos, Blas Coll.
Bromeó aquella tarde de nuestro primer encuentro al decir que había engendrado un pariente mío;
más tarde aclaró, elegí tu apellido –el que coincidencialmente ostenta este cronista– Coll, por ser monosilábico,
al igual que Blas.
Blas Coll, fue un lingüista utópico, tal vez isleño que vino a recalar en Puerto Malo, otra toponimia del
gran continente literario que gravita sobre Hispanoamérica. Y murió en el intento de reducir nuestra habla a la
máxima concisión: el monosílabo.

DEL SONIDO A LA IDEA


El gato pescador, cercano a La Plaza Venezuela, era propiedad de un húngaro amable y discreto, con un
español escaso más no por eso menos expresivo. Al anochecer de aquella primera tarde, lo recuerdo
cinematográficamente, entraron unos jóvenes sólo para preguntar la hora. El réloj, les dijo el húngaro, a los
despistados muchachos que no se habían fijado que con sólo levantar la vista tenían el reloj luminoso de la
Torre La Previsora. El réloj, insistió el dueño de El gato pescador. Réloj, repitió Eugenio, es que así deberíamos
decirlo y no reloj.
Suena mejor como palabra grave, que aguda, más eufónica; el sonido, el canto de los pájaros, que
siempre persiguió el poeta que nunca se deshizo del látigo de su don. Siempre atento al sonido, el sonido como
significación en sí mismo.
"Decía –Blas Coll– que mejor llegaría a expresarse el que se guiara por el lenguaje de los pájaros, y
fuese del sonido a la idea, y no de la idea al sonido siguiendo los recovecos tramposos de la lógica".

EL TIPÓGRAFO DE PUERTO MALO


No sé si fue casual que un buen día nombraran a Eugenio Montejo agregado cultural en Portugal. Su
parentesco con Pessoa salta a la vista, a los sentidos que buscaba conmover con ese rudimento que es nuestra
lengua castellana. En El cuaderno de Blas Coll (Fundarte, 1979) anota, trasmutado heterónimo: "Nuestra
lengua, como todas las de origen románico, ha consolidado su estructura durante el ascenso del cristianismo;
ha sido creada no sólo sobre las ruinas de la cultura grecolatina, de la que se aprovecha, sino que su
movimiento parece establecerse para impedir en ella todo lo que posibilitó el idioma de Ovidio, de Catulo, de
Anacreonte. No es, por tanto, una lengua de goce, sino de penitencia: le falta concisión al hablante, al
`pecador’, se le castiga con ella; carece de declinaciones porque desdeña el politeísmo..." Aquí parece Montejo,
trasmutado Blas Coll, coincidir con aquel Jorge Luis Borges que se lamenta: "...esa lengua que hablamos hoy
despedazada".
Días atrás, Alberto Barrera Tyszka, precisaba: "...la heteronimia, la creación ficcional de otros escritores
y de sus obras. Es algo que va más allá de un simple juego de seudónimos. No se trata de un escritor que usa
otro nombre, sino de un escritor que se trabuca en otro escritor. A Montejo le gustaba hablar de! un `lab erinto
de espejos’, de un ejercicio de `escritura oblicua’".
Al igual que Pessoa, Eugenio se asomaba al abismo con la ayuda de esos desdoblamientos, esos
compañeros para el viaje vertical de Altazor –el poeta mítico en que se desdobló Vicente Huidobro.

COLÍGRAFOS Y COLIGRAMAS
Varias fueron las sombras que visitaban a Eugenio Montejo en la habitación de la escritura; sus
heterónimos: Blas Coll, Eduardo Polo, Sergio Sandoval, Tomás Linden. Pero, de ellos, Coll dejó escuela, parca y
efímera, como tal vez habría deseado; una escuela a su pesar.
De sus discípulos, Lino Cervantes, quiso ejecutar en rigor las doctrinas colígrafas. Y así se dio a la tarea
de crear pirámides invertidas en las que una imagen en castellano convencional se decanta en voces cada vez
más breves hasta la máxima concisión sonora, en la que el significado se trastoca hasta negarse: "Mendigo la
piedad de la piedra que cuida sus sapos/Mendigod cuídape suapos/ Godmen casupos/Gódapos/Gopos/Gos".
Y así hasta el extremo del canto del pájaro que la brisa borra y trae y borra otra vez.
En el apartamento sobre una transversal de Los Palos Grandes, calle muy visitada por el estruendo
atonal de las cornetas en el cotidiano atasco de tráfico, Montejo meditaba con la lengua, en un afán de hacerla,
¿de materializarla? Y así, finalmente, olvidarla: "Alguna vez escribiré con piedras,/midiendo cada una de mis
frases/por su peso, volumen, movimiento./Estoy cansado de palabras". Y cansado volvía a ellas, las palabras,
con el ansia, la misma, quizás, del Borges que escribiera: "Y todo el Nilo en la palabra Nilo".
Así como recuerdo con precisión mi primer encuentro con él, no olvido el último, casual, de vecinos. Era
de noche, iba en compañía de su esposa y nos topamos en la esquina de nuestras coincidencias. Fue breve,
como siempre, pero magnánimo como siempre. Se despidió aquella noche de domingo y vi la pareja bajar por
la 4ta Avenida.
Se fue, Eugenio Montejo, con su siglo a cuestas; así se fue diciendo adiós el siglo veinte en su canto: "Mi
siglo con sus guerras, sus posguerras/y su tambor de Hitler allá lejos, /entre sangre y abismo. /Prosigo entre las
piedras de los viejos suburbios/por un trago, por un poco de jazz..."

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