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DILEMA PARA PSICOANALISTAS:

LAS CONSULTAS POR ABUSO SEXUAL DE NIÑOS EN


LAS INSTITUCIONES DE SALUD

ALICIA HAYDEÉ GANDUGLIA*

Soy psicóloga clínica de niños. Al finalizar la residencia en psicopatología en un


hospital de niños continué mi tarea en el área de Interconsulta dentro del ámbito
de un consultorio pediátrico. Allí recibí las primeras consultas sobre sospechas
de Abuso Sexual Infantil, tema al que me referiré en estas páginas desde el punto
de vista de las dificultades, tanto clínicas como institucionales, que presenta su
abordaje.

Si la relación psicoanálisis/hospital no deja de renovar sus desafíos y recibir


distintas respuestas desde los profesionales de la salud, en ese mismo contexto la
problemática de la violencia familiar evidencia en forma casi transparente la
"reacción" del psicoanálisis como institución (versus el psicoanálisis como
discurso), así como las condiciones de reproducción de las instituciones médicas
en este momento en nuestro país.

Dentro del campo de lo que se conoce como violencia doméstica, el Abuso Sexual
Infantil lleva tanto al profesional como a la institución a situaciones altamente
dilemáticas que suelen resolverse en expulsiones: del problema, de los pacientes,
de los profesionales interesados.

Violencia Familiar y Abuso Sexual

Paradójicamente, la mayoría de los psicoanalistas, con dis-tintos estilos, no


reconocen especificidad ni pertinencia al fenó-meno del abuso sexual de niños,
salvo para criticar, diría yo, con bastante ligereza, los supuestos fundamentos
teórico-ideológi-cos que pretenden dar entidad al problema. Las instituciones de
salud, por su parte, suelen incluir este tipo de consultas en los "casos sociales"
que quedan al margen de su dispositivo. Me parece interesante recordar que
fueron pediatras los primeros en estudiar y describir lo que hoy se conoce como
síndrome de maltrato infantil, categoría bajo la cual se ordena todo tipo de falta
de protección y cuidados, sean activos o pasivos, de que son objeto los niños,
produciendo agudos impactos tanto en su constitución subjetiva como en su
desarrollo madurativo. Así, mi experiencia me llevó a detectar una cierta
"complicidad" entre la clínica psicoanalítica y la institución médica respecto de
este tema, punto sobre el que me extenderé más adelante ¹.
El psiquiatra Ronald Summit describió hace diez años la reacción social al tema
del Abuso Sexual Infantil en términos tan precisos que vale la pena recordarlo:
"El abuso sexual de niños es un tema intensamente controvertido y
profundamente divisor (divisive). Separa a los niños de los padres, a las madres
de los padres, y a las familias de sus amigos, vecinos y parientes. Divide a los
trabajadores sociales contra los psiquiatras, a los terapeutas contra los
investigadores, contra los abogados, contra los jueces, contra los jurados, y a

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cada protagonista contra la sociedad misma. Cualquier alianza, tradicional o
potencial es amenazante y toda desconfianza naciente se exagera, cada pregunta
se con-vierte en una disputa y cada respuesta en un insulto...".

Intentaré transmitir a través de estas reflexiones:

- Los obstáculos que desde el psicoanálisis y las institu-ciones de salud (para


tomar sólo dos factores) encuentra la investigación y la clínica del abuso sexual
de niños.

DILEMA PARA PSICOANALISTAS:


CONSULTAS POR ABUSO SEXUAL DE NIÑOS

- Las conclusiones, siempre provisorias, a las que fui arribando desde mi primer
acercamiento al tema.

- La propuesta de algunas hipótesis de articulación entre ambos tipos de


obstáculos.

Al final de un artículo sobre Abuso Sexual Infantil (Abuso de la inocencia) que


merecería las reflexiones de Alan Sokal (y no precisamente por la aplicación
infundada de metáforas matemáticas), una psicoanalista se preguntaba: "El
abuso sexual ¿qué es? ¿Es una psicosis colectiva que forcluye² la castración?
¿Una enfermedad? ¿Un ideal educativo de los Estados Unidos en un particular
momento histórico? ¿La represión de la incertidumbre provocada por la falta de
una correspondencia entre femenino y masculino? ¿La renegación de la diferencia
sexual? Es justamente en su extremo más biologicista donde la conceptualización
de la creencia colapsa: en el abuso sexual donde la inocencia es simplemente
dogma".

Al mejor estilo que a menudo toma en nuestro país la reproducción institucional


del psicoanálisis, la autora del artículo retoma la crítica lacaniana de los '50 y
sostiene una "americanización" del inconsciente, creyendo encontrar una relación
entre la "batalla contra la paidofilia y la paulatina separación del psicoanálisis
norteamericano de la política",. La actitud que muchos analistas argentinos
tienen hacia el psicoanálisis americano considerado como un todo "sólo la
especifica adecuadamente el vocablo «prejuicio»" y se basa en gran medida en la
desinformación (J. C. VOLNOVICH-R. RODULFO).

Si me pareció útil hacer algunos comentarios sobre el mencionado artículo es


porque la posición de su autora, sea bajo la forma de la pregunta o la duda, sea
bajo la forma de tesis enérgicamente sustentadas, refleja el pensamiento de gran
parte de los analistas de nuestro país en relación con el tema.

Por otra parte, aquellos que se han acercado al problema de los efectos de la
violencia en la constitución subjetiva, con el intento de formular nuevas
preguntas y dar nuevas respuestas, suelen dejar fuera la problemática del abuso
sexual como si ésta no implicara una violentación. LÉVI-STRAUSS sostenía que
la interdicción del incesto concernía tanto al acto como a la manera de hablar de

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él. Y yo agregaría: también a la manera de no hablar de él. Resulta ilustrativo en
este aspecto el no por eso poco interesante texto periodístico de Beatriz JANIN
Los "pedazos muertos" del niño violentado.

Es así como en el referido artículo (Abuso de la inocencia), y en un deslumbrante


movimiento del psicoanálisis contra sí mismo (y contra la idea específica de "niño"
que parece surgir de los textos freudianos), la autora sostiene que quien cree en
el abuso niega la sexualidad infantil ya que aquél no es más que una
manifestación de ésta; que "abusar" es en realidad hablar de abuso; que la
verdadera "perversión" radica en trabajar en las evaluaciones con muñecos
sexuados en un momento en que el niño reniega de la diferencia sexual; que lo
"traumático" reside en someter a estos niños a un tratamiento obligado y
pedagógico; que atender el discurso del niño a través del relato de las
experiencias abusivas oculta un goce perverso, etc., etc. Y todo en aras de volver
regresivamente al FREUD prefreudiano de la primera teoría de la histeria y a la
idea complementaria de un "niño inocente".

Ahora bien, sería tema para una fecunda discusión dilucidar en qué consiste la
no inocencia de un niño. Porque, más allá de las manifestaciones específicas de
la sexualidad infantil, ni la estructura ni el contenido de las "mentiras infantiles"
se pueden homologar a las de un adulto. No sólo porque, como se lo ha señalado
más de una vez, el adulto, por su posición en elintercambio social, tiene muchas
más razones y tuvo mucho más tiempo para aprender a mentir, sino además
porque sabemos que la mentira o el engaño, así como el chiste, aparecen sólo en
cierto momento de la constitución subjetiva de un niño y en una especial relación
con el otro, para señalar sólo la puerta de entrada de una discusión posible.

En mi experiencia, la clínica con niños abusados enfrenta al psicoanálisis con la


necesidad fecunda de reabrir o retomar algunos puntos centrales de la teoría,
como las condiciones y efectos del trauma real; la diferencia entre perversión y
rasgos, en relación con este problema específico; el lugar de la función paterna en
la interdicción del incesto en nuestra sociedad; la constitución de las fantasías
infantiles y su relaciones con los actings sexuales que observamos en estos niños,
renovando una y otra vez la pregunta acerca de qué es un niño para el
psicoanálisis, en lugar de ubicarlo rápidamente y de entrada en el lugar de sujeto
del lenguaje y de la ley, con todo derecho. Hay derechos que aplastan.

El niño supuestamente no inocente no es ningún invento freudiano. Veamos lo


que afirmaba BOURDIN (forense), en 1892: "Los niños son capaces de codicia, de
odio, de venganza, de enemistad, especialmente de celos y, por decirlo sin rodeos,
de casi todas las pasiones que trastornan el corazón de un adulto. Se puede, en
consecuencia, buscar la fuente de sus mentiras en el laberinto de sus pasiones; y
es muy probable que se encuentre ahí... Extraje la conclusión absoluta de que el
niño se complace en mentir y que sabe cómo hacerlo hábilmente en provecho de
sus malos instintos y malas pasiones".

En 1897 MOTET (también forense), uniendo las tesis de BOURDIN a las


experiencias de CHARCOT con las histéricas, da un paso que sella hasta
nuestros días un mito fundamental en relación con el tema del Abuso Sexual
Infantil: afirma que las invenciones de los niños y las mentiras de las histéricas
tienen mucho en común.

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En mi opinión, lo fundamental a tener en cuenta en la problemática con la que
nos enfrenta la sospecha de abuso sexual de un niño no pasa por el eje
inocencia/no inocencia (tema que retomaré), sino por el reconocimiento de lo
propio de la sexualidad infantil que, desde FREUD, ya nadie podría negar. Esta
sexualidad que es violentamente interferida por el trauma real de la sexualidad
del adulto.

VIOLENCIA FAMILIAR Y ABUSO SEXUAL

Es decir, resulta de la mayor significación poder describir (como lo detallan


minuciosamente la mayoría de los estudios americanos sobre el tema) las
expresiones típicas y esperables de la sexualidad de los niños; la función que
cumplen en ella las "teorías sexuales infantiles" y la posición que el niño tiene en
relación al complejo de castración según el momento lógico de su constitución
subjetiva.
Correlativamente, los interrogantes que nos abre quien pasa al acto incestuoso (el
"abusador", que no siempre es un paidofilico) se vinculan con el estatuto que
otorga a un niño, dada su aparente imposibilidad de inscribirlo en un linaje, es
decir, como hijo. En otro sentido la ausencia de una sintomatización que lo lleve
a la consulta estaría revelando un goce que no ha llegado a articularse
fálicamente (sin razón de estructura). Ambas situaciones confluyen en una
simbolización fallida del sistema de parentesco y en la constitución de su propio
espacio de infancia (quizá sea ésta una de las razones por las que tan
frecuentemente encontramos que los "abusadores" han sido a su vez abusados en
su niñez) ³.

FREUD sostenía que las aberraciones sexuales han existido desde siempre. La
cuestión es qué hace con ellas la sociedad actual. Es ésta, en mi opinión, una
pregunta pertinente para reemplazar la de quienes sospechan en el fenómeno del
Abuso Sexual Infantil un "invento mediático". Los analistas, alejados de las
estadísticas por la teoría que manejan, las demandan justamente en un problema
de difícil resolución, ya que es casi imposible la traducción numérica de un
fenómeno acerca del cual ellos mismos no concuerdan en cuanto a su definición.

Por otro lado, frente a una sospecha de abuso sexual, ¿qué le debería preocupar a
un psicoanalista? ¿Si forma parte de una gran cantidad o de un pequeño
número? La clínica es del caso. La epidemiología debería interesar
fundamentalmente a las políticas de salud.

David FINKELHOR, sociólogo, lo expresaba así (1980): "En realidad, la verdadera


disputa es más bien de orden político: ¿Es éste un problema social digno de una
movilización masiva, debido a sus serias y dañinas consecuencias? Me parece
que aunque fueran solamente unos pocos niños los que fueran dañados por estas
experiencias, la movilización valdría la pena. Así que la verdadera pregunta que
debe ser contestada no es si los niños son dañados o no, sino cómo es que son
dañados, en qué casos, y cómo puede ser esto evitado".

Volveré también sobre el tema de las estadísticas.

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A continuación intentaré comunicar algunas conclusiones producto de mi
"encuentro" con niños y familiares de niños abusados sexualmente. Surgen de
sólo cuatro años de experiencia con el tema (de ahí su carácter provisorio) y de
consultas que implicaron distintos tipos de intervenciones (evaluación,
tratamiento, observación de grupos terapéuticos de niños y familiares,
supervisiones, interconsultas, audiencias en juzgados).

Como lo manifesté antes, el ámbito originario fue el de un hospital de niños [4].

"Cualquiera que sea tocado por la realidad del abuso sexual de niños entrará a
un mundo nuevo del que no hay regreso. Viejos consuelos como la justicia, la
belleza, la decencia, la autoestima, el poder, la autonomía y la libertad tomarán
allí un nuevo significado. Aun aquellos que enfrenten el cambio exitosamente se
sentirán aislados y alejados de sus amigos y colegas" (SUMMIT, 1986).

Lucrecia tenía 4 años cuando su madre consultó porque la niña se negaba a ver a
su padre los fines de semana (matrimonio divorciado) y también a ir al Jardín.
Ante la preocupación de su mamá, Lucrecia le contó lo que ocurría y llegaron
entonces al hospital en busca de orientación.

En la primera entrevista con la niña, a solas, ante una pregunta abierta, relató:

[4] Este capítulo se basa fundamentalmente en mi participación en tres Jornadas.


Las Primeras Jornadas de Psicopatología de Guardia, organizadas por el Hospital
de Niños "Ricardo Gutiérrez" en noviembre de 1995; el encuentro teórico-clínico
del 27 y 28 de octubre del mismo año, organizado por el Ateneo Psicoanalítico
como "El psicoanálisis y la subjetividad en nuestros días", y finalmente las
Primeras Jornadas de Capacitación sobre Abuso Sexual del 8 y 9 de septiembre
de 1997, organizadas por la Fundación Familia del Nuevo Siglo y la Sociedad
Argentina de Ginecología Infanto-Juvenil.

L.: "Y no voy más al cole porque mi papá me sigue, me quiere robar, yo me quiero
quedar con mi mamá, y por eso venimos acá, al hospital, todos los días...

T.: ¿Te quiere robar?

L.: Me quiere hacer daño, chuparme la cola, dejarme ciega...

T.: ¿Qué cola?

L.: La de adelante... cuando estaba solo, en la casa de mi papá, con Viviana, mi


prima que tiene 13 años... eso pasaba...

T.: Entonces, la cola de adelante...

L.: No, la de atrás también, me la comía, me la mordía... y me quiso hacer pis en


la cara, yo apretaba mucho los ojos para no quedarme ciega... También con los
dedos me manoseaba las dos colas...

T.: ¿Te acordás de qué color es el pis de tu papá?

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L.: Sí, blanco... A Viviana no le hacía nada porque me parece que ella quería
ahorcarlo... cuando se le subía a cococho él no podía respirar... ella le apretaba el
cuello... ¿Sabés que yo siempre sueño que mi papá es un Sol?...

T.: Ah ¿sí?

L.: Me gustaría llamarlo «papá» a Tito (nueva pareja de la mamá) pero entonces va
a empezar a meterme los dedos y a querer dejarme ciega...".

1) Entre el abuso y la sexualidad infantil: El incesto.

Considero que los fenómenos que, dentro del marco doctrinario de la violencia
familiar, caben bajo la denominación de Abuso Sexual Infantil deben pensarse
como vínculos que implican siempre interacciones incestuosas. Para decirlo de
otra forma: el problema del abuso sexual de niños es el problema del pasaje al
acto incestuoso (transgresión de la interdicción del incesto).

Varias definiciones de autores dedicados al tema encierran este sentido. Así,


SCHECTER y ROBERGE (1976) lo definen como "la participación de niños y
personas jóvenes inmaduras en actividades que, por un lado, no comprenden
completamente, por lo que no pueden dar su consentimiento informado, y por el
otro violan los tabúes sociales de la cultura y están fuera de la ley".

KEMPE Y KEMPE (1984) ampliaron el concepto legal de incesto para incluir


relaciones interfamiliares donde existe dependencia, una relación de autoridad y
en donde no es posible el consentimiento. En estos vínculos se incluyen
padrastros, madrastras, medios hermanos, otros parientes y amigos que no
conviven permanentemente con la familia. Se refieren a la actividad como el uso
sexual de un niño por un adulto, para su gratificación sexual.
Para Leonard SHENGOLD (1989), psicoanalista americano, el abuso sexual es la
experiencia traumática de sobreestimulación reiterada o crónica, alternada con
privación emocional, provocada por otro individuo. Considera que estas
experiencias influyen de manera categórica sobre las fantasías básicas
constituyentes del niño, afectando su desarrollo en todas las áreas.

Diana GOLDBERG (1995) sostiene que el abuso de niños siempre es incestuoso


porque en cualquier convivencia el niño proyecta la triangulación edípica,
fundante de su psiquismo, y no así la consanguinidad.

También desde el punto de vista antropológico y dada la precoz inserción del niño
abusado en el intercambio sexual, es que deberíamos referirlo siempre al incesto.
Por lo tanto, hablar de "abuso" implica muchas veces minimizar la gravedad de la
conducta transgresora.

2) Entre el efecto de rotular y el intento de desidentificar: el atravesamiento del


motivo de consulta (por medio de las intervenciones propias de las entrevistas
preliminares).

La minimización del motivo de consulta de entrada, como maniobra para impedir


o no reforzar la identificación al padecimiento o al lugar de víctima, lo que

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restaría responsabilidad subjetiva, no hace sino contribuir a la negación del
conflicto.

La abuela de dos niñas abusadas por su padre (de 6 y 8 años) desata una crisis
familiar con su denuncia. Consulta al respecto a una psicóloga que le aconseja
"poner todo en el freezer" y dejar que su hija, si quiere, actúe. La madre de las
niñas no admitía el abuso y sostenía que el padre, por ser tal, podía "manosear" a
sus hijas como quisiera. Ambos padres son médicos.

3) Entre la denuncia y el alegato: el trabajo hacia la demanda [5].

Cuando la consulta toma la forma de un pedido de evaluación del posible abuso


con vistas a la elaboración de un informe[5] Ver nota 2, (o en otros casos una
revisación ginecológica), el rechazo de este pedido, por sí solo, no produce un
reposicionamiento subjetivo de quien consulta (en relación con una posible
posición vindicativa o querellante) y menos aún protege al niño de un riesgo. Es
necesario trabajar sobre el pedido tanto para evaluar el riesgo como para verificar
el surgimiento de algún tipo de demanda.

"En el Servicio me dijeron que podían empezar a ver a ni hijo para ayudarlo a él,
pero que no era su función hacer ningún informe. Les dije que no me estaban
dando una salida para protegerlo de su padre. Me contestaron que tampoco
iniciarían ningún tratamiento si el padre no asistía, y él nunca quiso hacerlo ...".

4) Entre la madre cómplice y la victimizada: la madre coimplicada en el abuso


de su hijo.

Los prejuicios respecto de la falta de credibilidad en los relatos de los niños, o la


suposición de fantasías y fabulaciones, se desplazan rápidamente a la idea de la
complicidad de las madres; pero la experiencia muestra que es sólo con ella o con
quien cumpla su función (de sostén y protección del niño) que existe alguna
posibilidad de hacer un recorrido transgeneracional del tipo de vínculo de pareja
que impidió detectar el abuso.

"Se lo cuento a Ud. porque no puedo hacerlo con la asistente social de tribunales,
ni en el grupo de autoayuda: lo que me derrumbó cuando escuché a mi hija
contar lo que le hacía el padre fue saber que nunca más podría estar con ese
hombre, a quien jamás había renunciado a pesar de la separación". "¿Cómo
pueden sospechar entonces que miento? ¿Cómo se me ocurriría inventar
justamente eso? Yo sé que descuidé a los chicos, pero él siempre desaparecía
cuando eran bebés y yo caía en depresión" (madre de una niña abusada, de 3
años).

"Vos criás una florcita y de golpe cae el rayo... que es como un tumor que se va
agrandando... Y sabés que vas a vivir toda la vida con él" (madre de una niña de 6
años abusada por un familiar).

5) Entre el niño inocente y el goce del niño: el niño presa del fantasma del adulto.

El punto de vista según el cual hay algo en el niño abusado, en su posición, que
lo hace vulnerable al hecho (lo que continuaría la idea de FREUD respecto de la

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disposición psicosexual y el autoerotismo), es paralela a la que sostiene que el
tratamiento de un niño abusado no puede concluir sin algún grado de asunción
de responsabilidad sobre su goce (en una extrapolación de lo que ocurre en el
tratamiento de un adulto). Dejando de lado la adolescencia, que abre a nuevos
problemas teórico-clínicos, la posición descripta sería, en mi opinión, una nueva
versión de la seducción iniciada por el niño.

Por el contrario, lo que la práctica muestra es que el niño abusado sexualmente


(que sí puede ser un niño afectivamente deprivado) comienza a mostrar con
posterioridad al abuso las marcas de una satisfacción pulsional que, en franca
interferencia con su propia sexualidad, busca repetir, activa o pasivamente, la
mayoría de las veces en forma compulsiva, un modo de satisfacción propio del
adulto. La tarea del analista será la de reconducirlo hacia el establecimiento de
los diques necesarios para su desarrollo normal.
Julieta, de 7 años, abusada por la pareja de su madre, obliga constantemente a
sus compañeras de colegio a jugar a la "mancha-beso" y a la "mancha-tocada".

6) Entre lo general y lo particular. los efectos de estructura.


Cuando se hace referencia a la culpabilidad, la vergüenza, la desconfianza, los
intentos de suicidio, la sobreadaptación, etc., por parte de niños y adolescentes
abusados, situaciones que encontramos comúnmente, no se está dejando de lado
la particularidad de la experiencia vivida, sino sólo constatando reacciones que
inevitablemente se presentarán como consecuencia de la transgresión del incesto.

Alejandro, de 7 años, abusado por su padre desde los 5, le pedía insistentemente


a la madre que solicitara al juez adoptar su apellido (el de la madre). Argumenta:
"A vos te llaman con tu nombre, pero a mí en la escuela me llaman con el de él".

7) Entre la incredulidad y la angustia: la presencia de un profesional que legitime


la consulta.

Cuando alguien acude para ser orientado sobre el supuesto abuso sexual de un
niño, esto configura, según mi experiencia, una situación que participa tanto del
riesgo como de la urgencia. Quiero subrayar con esto que no se puede considerar
como cualquier otro motivo de consulta que se resuelva, por ejemplo, en una
derivación a Admisión del Servicio de Psicopatología. Las razones son diversas:
Cuando un niño finalmente puede hablar, o ser escuchado en relación con la
conducta abusiva de un adulto, sale de una situación de riesgo para entrar en
otra posiblemente más peligrosa: amenazas, estallido de conflicto familiar,
fantasías de abandono, etc. Tal situación debería poder ser evaluada por el
profesional al que se dirige el adulto, sea pediatra, asistente social o psicólogo.

- El adulto consulta en situación de urgencia subjetiva ante el quiebre de una


negación que le impedía ver y escuchar, y al buscar al profesional le impedirá
creer, pensar y actuar. Por el contrario, quien presta su escucha especializada
sanciona la posibilidad de la existencia misma del hecho abusivo y acompaña al
adulto desde la duda hasta la pregunta, pasando por la angustia, debiendo
también evaluar su capacidad de protección del niño.

- Esta primera consulta (haya ocurrido el abuso o no) no debería quedar cerrada,
para quien la hace, con una respuesta en torno a las posibles consecuencias

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psíquicas, lesiones físicas o recomendaciones legales. Se impone, por el contrario,
transmitir la complejidad de la problemática considerando la sospecha de abuso
como el emergente de una situación familiar o personal igualmente compleja y
que demanda una intervención más prolongada.

Después de tres meses de la primera consulta la madre de una niña de 2 años y


medio, abusada por su padre, me comentaba: "Todavía me duermo deseando que
todo esto sea un sueño y a la mañana me entere que en realidad no ocurrió
nada...".

En otra entrevista decía: "Cuando miro para atrás en el tiempo es como si un


coche me hubiera pasado a un milímetro de distancia y me hubiera salvado... yo
dormía con este hombre".

HOOPER (1992) cita el relato de la madre de una adolescente abusada por su


pareja: "Yo quería que averiguaran (se refiere a los profesionales de una agencia
de servicio social), no podía contarles pero quería que me dijeran: "Esto ha
ocurrido". Yo no podía, me sentía como si estuviera traicionándolos, a él y a ella,
y no podía abrir la boca. Quería que ellos me dijeran que sabían lo que había
pasado, pero obviamente no lo hicieron".

Carol-Ann HOOPER señala algo fácil de comprobar en la práctica: las tácticas de


puesta a prueba y la ambivalencia que pueden operar en ambos lados de la
relación de búsqueda de ayuda reflejan las fuerzas contradictorias que rodean la
violencia familiar:
- por un lado, la privacidad acordada y la unidad esperada de la vida familiar;
- por el otro, la necesidad de la acción pública para impedir la violencia.

Estas fuerzas contradictorias actúan tanto en las madres o los padres no


abusivos como en los mismos profesionales.

Los sentimientos que genera en las mujeres la averiguación del abuso de sus
hijos (sentimientos de shock, confusión, vergüenza, autoculpabilidad,
aislamiento) también contribuyen a inhibir la búsqueda de ayuda y a generar una
impresión de "inmencionabilidad".

En 1988 CAMPBELL describía un fenómeno que tampoco debe ser descuidado


cuando se recibe una consulta de este tipo: si la misma mujer se convencía del
abuso, podía quedar envuelta en una "batalla por la creencia" para convencer a
otros, similar en algunos aspectos a aquella con la que a menudo se enfrentan los
profesionales.

HOOPER resume en cuatro formas principales las respuestas negativas de lo que


ella llama fuentes informales de ayuda, negativas en tanto refuerzan el estigma y
el aislamiento. Éstas son: censura, incredulidad, indiferencia, rechazo.

En síntesis, el enfrentamiento con el abuso sexual de un niño implica


mecanismos de negación, y hasta renegación, duelos, estados confusionales, etc.,
dentro de un proceso de descubrimiento y un contexto de respuestas en el que se
va generando la decisión de pedir ayuda informal y formal, lo que no hace más
que aumentar la importancia del primer contacto con el profesional.

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8) Entre el abuso y el incesto: el psicoanalista.

Finalmente, si lo que los pediatras conocen como Abuso Sexual Infantil no es


más que la denominación médico-social de actos incestuosos; si se manifiesta en
ellos la claudicación de la función paterna y la intrusión en el espacio de infancia
de un hijo cuyo valor agalmático ha devenido objeto de goce entrampado en el
fantasma del adulto, nada más pertinente que esta problemática para la reflexión
e intervención de los psicoanalistas. Aunque en algunos casos esto sólo signifique
ejercer una "vigilancia epistemológica" que se resuelva en un resguardo de la
subjetividad.

Ahora bien, ¿cómo responden las instituciones de salud al aumento del número
de consultas sobre abuso sexual de niños?

En una conferencia dada en abril de 1997, el psiquiatra australiano W. F.


GLASER consideró al Abuso Sexual Infantil como un azote que ha provocado más
sufrimiento e infelicidad que cualquiera de las grandes plagas de la historia,
incluyendo la peste bubónica, la tuberculosis y la sífilis. Según sus estadísticas (y
volvemos a ellas), esta plaga (nombre que escandaliza a los representantes del
backlash respecto del abuso infantil) afecta a la cuarta parte de las niñas y a 1 de
cada 8 niños de una sociedad. Dadas sus devastadoras consecuencias tanto a
nivel psicopatológico como físico, alienta a concentrar en ella los mayores
recursos de una comunidad.

El doctor David KERNS, pediatra californiano dedicado al tema, durante su


estadía en Buenos Aires (septiembre de 1997) señaló la importancia de recurrir a
metodologías más rigurosas para completar los hasta ahora fragmentarios
estudios epidemiológicos de prevalencia e incidencia, y poder comprender la
verdadera magnitud del problema. Pero siempre teniendo como objetivo obtener
mayor cantidad y variedad de recursos para enfrentarlo.

Comentaba D. KERNS: "Hemos atravesado una secuencia en la cual el abuso


sexual sale del armario, de alguna manera; hay una explosión de reconocimiento
que escandaliza al sistema para luego bajar y llegar al momento actual en el que
se observa una disminución modesta en cuanto al reconocimiento". Y se
preguntaba: "¿Se deberá a que no hicimos las cosas tan mal?".

La realidad de las instituciones de salud en nuestro país exhibe un armario bien


cerrado. Tanto los hospitales, sean públicos o privados, generales o psiquiátricos,
de pacientes agudos o de crónicos, de niños como de adultos, como los centros de
salud, tanto de Capital Federal como de provincia de Buenos Aires, evaden la
problemática (excepciones hay, pero no dejan de confirmar la regla).

Los argumentos son de lo más variados. ¿Puede un hospital dejar de atender


tuberculosis por ser hoy una patología social en la Argentina? ¿Puede dejar de
atender el maltrato infantil por autodefinirse "hospital de alta tecnología", al que
no le corresponden los "casos sociales"?

El subdiagnóstico, la derivación encubierta, la minimización de la consulta, las


listas de espera, el "lavado" de informes, la inducción de fugas de pacientes

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internados, las interferencias en las comunicaciones que los profesionales deben
hacer a los juzgados, etc., son algunas de las muchas formas que los directivos y
jefes de unidades hospitalarias suelen imponer a los profesionales interesados en
el tema. Tales maniobras toman siempre el estilo de la amenaza velada del
sumario o el traslado.

En sus jornadas anuales de 1996 un grupo de residentes de Salud Mental


describía la situación de la siguiente manera: "Aislamiento, fractura institucional
y no saber sobre la historia son algunos de los nombres que adoptan las
circunstancias en las que trabajamos y que se ven agudizadas en el trabajo con el
maltrato infantil. Esta problemática genera un alto número de consultas y
grandes dificultades para su abordaje; nos habla de una ruptura en el entramado
social, con familias fragmentadas que no pueden sostener a sus miembros más
frágiles, los niños. Allí aparece el hospital como referencia, que al estar también
inmerso en la crisis social, parece no dar respuestas, repitiendo la exclusión.
Acorde con las nuevas políticas de salud, el hospital responde a los ideales de
pragmatismo y eficiencia... Actualmente nos encontramos con una situación de
malestar y paralización generalizada... Desde la política institucional se
obstaculiza el trabajo en estos casos; una de las formas es a través de las
reiteradas disoluciones de los Comités de Maltrato, con la justificación de que no
están capacitados para dar respuestas adecuadas. Utilizando como estrategia la
descalificación de los profesionales queda encubierto que para la ideología
imperante estos pacientes no representan interés científico alguno, a la vez que
entorpecen el giro-cama por el tiempo que requieren para su atención. Se
produce así una fractura en la transmisión de un saber sobre esta materia que
imposibilita la acumulación de experiencias y la construcción de una historia de
trabajo".

De modo que la problemática del Abuso Sexual Infantil en nuestro país, salvo
proyectos nacientes de algunas ONG, revela la "vulnerabilidad psicosocial" de la
categoría "niño" a nivel de la sociedad en general, así como la "selectividad" con la
que las instituciones de salud se orientan hacia la "mujer", construyendo
"estereotipos" de ambos.

A continuación propongo un primer ordenamiento o intento de categorización de


la serie infinita de argumentaciones que, esta vez sí, tienden a "inocentar" el
problema, neologismo que no elijo precisamente por su musicalidad sino por su
articulación con aquella idea del sospechoso niño inocente del abuso.

Casi no hay literatura sobre abuso sexual de niños que en algún punto no
mencione las "suposiciones" o "creencias" sobre el mismo. Para tomar un ejemplo
a mano: sólo en las primeras páginas del artículo de Summit sobre el Síndrome
de acomodación al Abuso Sexual Infantil (1983) encontramos, por lo menos una
vez, la referencia a términos como "prejuicio", "mitos", "creencias", "negación",
"suposiciones" y "mitologías".

Dicha situación muestra, en mi opinión, que el fenómeno del Abuso Sexual


Infantil no puede ser abordado sin una toma de posición previa. No debe
encontrarnos desarmados. Pero este precoz posicionamiento dificulta el análisis
de las numerosas variables intervinientes que determinan su complejidad.

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Voy a distinguir tales presuposiciones en tres categorías: mitos, prejuicios y
complicidades. Diré qué entiendo por cada una de ellas y finalmente las ilustraré
con un ejemplo.

Tomo a los mitos en el sentido que éstos tenían para las sociedades no
occidentales: como respuestas a las preguntas últimas de una cultura, es decir,
como un intento de explicar lo inexplicable. Ahí están los enigmas referentes a la
vida y a la muerte, la sexualidad, la paternidad, etc. Un mito tomado desde este
punto de vista sólo puede ser sustituido por otro y no por un argumento racional.

Considero prejuicios a aquellas afirmaciones basadas en la ignorancia o en la


desinformación respecto del tema del abuso de niños, ignorancia que, si bien
resiste a la empiria, puede superarse por el conocimiento.

Por último, las complicidades están presentes en proposiciones o actitudes más o


menos conscientes, basadas en la conveniencia personal o en los intereses de
grupo, que adhieren a las pautas más conservadoras de la institución en relación
al tema. De la complicidad sólo se sale por la toma de conciencia y el camino de
la ética profesional.

Siendo el Abuso Sexual Infantil a la vez una temática psicosocial y un delito, los
mitos, prejuicios y complicidades se transforman en obstáculos a las
intervenciones específicas bajo las formas más diversas: como argumentos
seudoteóricos, como judicialización de estrategias clínicas, como la
burocratización de los Comités de Maltrato que se transforman en comités para el
control del fantasma de la mala praxis.

De modo que estos tres tipos de formaciones discursivas se suelen organizar, con
distinto grado de complejidad, en representaciones sociales, tomada esta noción
en su sentido más amplio, esto es, representaciones que se manifiestan en el
discurso de la institución. Uno de los imaginarios más comunes de las
instituciones de salud es el de la madre cómplice o vengativa que pretende usar
la consulta hospitalaria a modo de escenario para descalificar a un padre
rencoroso porque se lo "impotentiza" en su función. El niño es visto en el centro
del escenario tironeado por la fuerza inductora de la madre y la supuestamente
liberadora del padre.

Consideraré algunas situaciones particulares, a modo de ejemplo:

1) La complicidad de no denunciar.
Cuando un profesional ha concluido con fundamento suficiente que un niño ha
sido puesto en riesgo por quienes deberían haberse encargado de su cuidado,
según nuestros códigos, debe dirigirse al asesor de Menores solicitando que se lo
proteja para, entre otras cosas, poder efectivizar las intervenciones terapéuticas.
Éste y no otro es el objetivo esencial de la "denuncia".

Como el abuso sexual de niños es, además, un delito sancionado penalmente,


muchos profesionales se oponen a la denuncia por considerarla una medida
"punitiva", totalmente inconducente para la rehabilitación del abusador.
Paradójicamente, suelen ser los mismos profesionales quienes advierten, desde el
sentido común, que nadie puede erigirse en juez como para enviar a alguien a

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prisión. Es evidente, entonces, que quien no denuncia con este argumento está
en la posición de juez que decide no enviar a prisión, acción que, por otra parte,
no está entre las posibilidades de ningún profesional de la salud.

La confusión entre el contexto terapéutico y el de la sanción está aquí en juego, y


viene sostenida desde, por lo menos, dos frentes:
a) La reticencia de la institución para apelar a la justicia, que deja al profesional
sin poder recurrir a una "terceridad" que enmarque su tarea. Ante los fantasmas
de los juicios, las instituciones de salud se quejan de la falta de "apoyo legal". ¿Y
la Constitución Nacional, la Ley de Protección contra la Violencia Familiar y el
Código Penal, más los Códigos de ética de cada profesión? Amparadas en el
prejuicio de la "instancia privada", las instituciones parecen olvidar que nadie
puede cometer un ilícito cuando hace lo que está obligado a hacer. Por el
contrario, el refugio en la instancia privada, que deja el recurso judicial en manos
de la propia familia, hace que la institución de salud entre en colisión con el
secreto familiar, paralizando la eficacia terapéutica en la gran mayoría de estos
casos.

b) El otro frente que en mi opinión sostiene la confusión entre el contexto


terapéutico y el de sanción proviene del entrecruzamiento de las distintas
concepciones de "legalidad" que manejan los psicoanalistas. ¿Se trata del sujeto
del derecho, del sujeto de la ley, del sujeto de la legalidad...? Quien denuncia será
ubicado o bien en la posición de amo al servicio del Estado o bien en la de padre
legislador que pretende hacer suplencia de la fallida interdicción del incesto.
Nada más alejado de la posición del analista.

Más allá de estos dilemas que merecen un debate profundo, considero que
cuando un niño habla y demanda un corte en una situación abusiva, quien está
en condiciones de escucharlo debe llevar su voz hasta los tribunales de Familia
para que la ley (que es la que asume la representación de la sociedad) efectivice a
su manera ese corte. Los enunciados fuera de un dispositivo carecen de valor, de
ahí que las demandas adquieren un significado especial sólo cuando pasan por el
dispositivo judicial. Por otra parte, la denuncia anula toda posible significación de
complicidad por parte de la institución con la patología familiar. Reynaldo
PERRONE, en un texto conocido hace poco en Buenos Aires, sostiene que, ante
las crisis provocadas por los abusos incestuosos, las intervenciones terapéuticas
requieren las siguientes condiciones:

"- La terapia no puede tener lugar en un contexto «al margen de la ley», la


denuncia a la instancia judicial es, entonces, un requisito preliminar, aunque no
suficiente;

"- es preciso tener la certeza de que la víctima se halla protegida en la realidad:


constatar que los abusos sexuales han cesado efectivamente y que la víctima está
a cubierto de toda presión por parte del abusador o su familia;

"- independientemente de que la intervención se sitúe en el marco de una


prescripción terapéutica judicial o que responda a un pedido voluntario de la
familia, se corre el riesgo de que ésta confunda al terapeuta con la instancia
judicial, y que tenga dudas sobre el destino de las informaciones que le ofrece al
terapeuta.

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"En ese caso es importante informar a la familia acerca de las diferencias y
complementariedades entre el sistema judicial y el terapéutico. En el tratamiento
del incesto, el hecho de aplicar la ley, aunque no se baste en sí mismo, es
ineludible" (lo destacado en letra cursiva es mío).
Sin duda se abren nuevas dificultades cuando se hace lugar a la justicia en estos
casos (todos sabemos los costos de sostener el lugar del niño en los tribunales),
pero en mi experiencia el riesgo que se genera cuando la justicia se elude es
mucho mayor para el niño. Entre otras cosas porque cuando el profesional pone
entre paréntesis el hecho de que el abuso sexual es un delito, el abusador, por el
contrario, lo tiene siempre muy presente y actúa en consecuencia (amenazando
con juicios por tenencia, secuestro o simple presión económica).

2) El mito de la familia tipo.

Los médicos, bien entrenados para tomar decisiones sobre nuestros cuerpos,
padecen una seria inhibición frente a los vínculos parentales de riesgo.

En las prácticas institucionales de nuestra cultura está instalada la idea de


familia como grupo de personas unidas por lazos biológicos, es decir, de base
"natural".

El pediatra parece estar preparado para aliarse sólo con padres de buenas
intenciones hacia su hijo (su paciente).

Los psicólogos y también los psicoanalistas, mejor entrenados que los médicos
para comprender que ser padre se define por un lugar y una función y no por un
lazo biológico, parecen olvidarlo cuando se trata de la sospecha de vínculos
incestuosos. El paradigma biologicista suele resurgir así de sus cenizas y,
olvidando que un padre abusivo está en posición de madre que pretende
reintegrar su producto, vuelven a apelar al discurso del sentido común: "El padre
es el padre y... la familia es la familia...".

Con sólo un paso se llega a otro mitema cuya difusión corre pareja con los
peligros que encierra para una intervención eficaz: "Lo más importante es la
preservación del vínculo". Sobre la base de este argumento se duplica la
vulnerabilidad de un niño en riesgo.

Danya GLASER y S. FROSH (1988), en un libro de reciente traducción,


comentan: " ... El ethos de la privacidad y la posesividad que rodea a la familia
contiene las semillas de la explotación sexual e incluye también la promesa de
tendencias más aceptables, como protección y cuidado. Puede ser un punto muy
delicado decidir cuál de las tendencias triunfará en la mayoría de las familias: la
frecuencia con que éstas se desintegran, y en las cuales las mujeres y los hijos
son tanto física como sexualmente abusados, sugiere que el elemento destructivo
en la vida familiar puede ser muy poderoso. El tema aquí, sin embargo, es no
lanzarse a atacar de lleno a las familias sino únicamente señalar que una teoría
fundamentada sobre el concepto de disfunción familiar no sólo guarda su
validación adecuada sino que también puede omitir factores más amplios que
hacen que el abuso sexual sea posible en todas las familias, por más «normales»
que sean".

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3) Los prejuicios teóricos.

En ningún otro campo como en el del abuso sexual de niños, los profesionales
adscriptos a una de las dos líneas teóricas que dominan la clínica en nuestro país
(el psicoanálisis en primer lugar y la teoría sistémica en el segundo) revelan tan
claramente sus prejuicios, ideologizando sus posiciones [6].

En lo que al psicoanálisis se refiere, se ve a través de su pretensión de


"omnicomprensividad": nada hay que el psicoanálisis no pueda explicar. En
relación al abuso sexual es suficiente con el Edipo, los fantasmas y la perversión.
Si el abuso existe, nada justifica su investigación, ya que es un tema
regresivamente prefreudiano.

Así como hay también un punto de vista sistémico para todo, y nada hay que no
se pueda explicar por una disfunción

[6] Quizás aparezca como una reducción simplista la referencia a sólo dos teorías
en la clínica psicopatológica de nuestro país. Pero si bien existen también
representantes del neoconductismo, de la gestalt, del cognitivismo, de las terapias
biológicas, del existencialismo, etc., ninguna ha llegado a tener el lugar
hegemónico que en nuestra tradición han tenido en primer lugar el psicoanálisis
y luego la teoría sistémica. Es justo agregar que, en ambos casos, la producción
teórica dentro de estos ámbitos se ha diversificado de forma tan fecunda que
debería hablarse con más propiedad de "los psicoanálisis" y "las sistémicas", ya
que son muchas las líneas que orientan las respectivas prácticas terapéuticas.

DILEMA PARA PSICOANALISTAS:


CONSULTAS POR ABUSO SEXUAL DE NIÑOS

familiar en la que niños y adultos son llevados a compartir el mismo nivel de


implicación para tratar de evitar, por sobre todo, que el abuso sexual se convierta
en una nueva caza de brujas, cabe preguntarse si la noción de "responsabilidad
interactiva", en el caso del Abuso Sexual Infantil, no introduce aún más al niño
en el centro de vínculos perturbados antes que preservarlo de ellos.

Estos argumentos se muestran en toda su claridad en el recurso a la sospecha de


falso alegato en el contexto de disputas por tenencia o régimen de visitas.

Terapeutas neocelandeses escribían al respecto (1995): "La publicidad sobre los


falsos alegatos y los falsos recuerdos puede despertar dudas en la comunidad
sobre todas las develaciones. Los psicoterapeutas, por ejemplo, son retratados
como persuadiendo a sus pacientes de haber sido abusados y como elicitando
develamientos altamente sospechosos... Pero el principal problema que debemos
enfrentar no son los falsos alegatos sino las enormes dificultades para que las
víctimas hablen, sean creídas y obtengan la asistencia que necesitan".

La sospecha, de entrada, y con poco fundamento de que se trata de un falso


alegato sólo porque los padres se están divorciando, invierte el proceso de
evaluación del riesgo descuidando la protección del niño, ya que el foco se desliza
preferentemente sobre los adultos.

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Es en este contexto de los prejuicios teóricos donde psicoanálisis e instituciones
de salud suelen aliarse frecuentemente en argumentaciones que confluyen en
negar entidad al fenómeno del abuso.

A poco de poner punto final a este escrito, abro dos preguntas:

1) ¿Qué punto de los mecanismos de reproducción de una institución de salud


roza la problemática del Abuso Sexual Infantil como para que la lleve a expulsar
estas consultas?

2) ¿Podría tal expulsión interpretarse como una repetición, a nivel institucional,


de lo que el grupo familiar tiende a eludir mediante el secreto?

En su escrito Los mitos familiares en la emergencia de los conflictos


institucionales, Ida Butelman sugiere las siguientes hipótesis:

1) Que todo conflicto institucional forma parte de la estructura de una


organización.

2) Que tal conflicto revela una carencia institucional y abriría el camino hacia el
reconocimiento de las necesidades reales de la institución.

3) Que el dinamismo del conflicto provendría de un núcleo mítico cuyas raíces


estarían en la constelación familiar. Es decir que en la base de un conflicto
institucional existiría siempre una configuración originaria, inconsciente,
dinámica, que frecuentemente remite a los mitos del grupo familiar que los
integrantes de la institución proyectan en ella. Se configura así una red
fantasmática que los vincula.

Finalmente, y más allá de toda reflexión crítica, escuchar a un niño abusado,


observar sus dibujos, ser testigo de sus juegos y sensor de sus emociones es lo
único que puede dar una dimensión real de su padecimiento. Es también, en este
sentido, que «cualquiera que sea tocado por la realidad del abuso sexual de un
niño entrará a un mundo del que no hay regreso...".

BIBLIOGRAFIA

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16
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17
ZAFFARONI, Eugenio Raúl: consultoría en "Clínica de la vulnerabilidad",
Jornadas de Psicólogos Forenses de la República Argentina, 1996.

¹ Para aquellos lectores alejados del campo "psi" tal vez sea pertinen-te aclarar que mientras el
psicólogo es el profesional formado en las ciencias de la conducta, el psiquiatra es un médico
especializado en psicopatología (conductas perturbadas). Por su parte, el psicoanálisis constituye
una teoría (basada en la determinación inconsciente del comportamiento humano) que implica un
método de investigación y una terapéutica. Cuando el psicólogo clínico y el psiquiatra aplican el
método psicoanalítico en el tratamiento de sus pacientes, la tarea de ambos se superpone. De ahí
las confusiones frecuentes.

² El término "forclusión" es introducido por J. LACAN en la teoría psicoanalítica para designar el


mecanismo que estaría en la base de la psicosis. Traducido también como "repudio" o
"preclusión", constituye, junto con otros, un grupo de vocablos con resonancias jurídicas
presentes en la obra de este autor: "demanda", "Ley", "teoría de la representación", "denegación",
"la verdad como estructura de ficción", etc. Muchos de ellos tienen una raíz común en el campo de
la lógica o de la antropología.

Lo cierto es que, como lo destaca Kozicki (1993), "la legalidad atraviesa la teoría psicoanalítica... y
la intersección del derecho y el psicoanálisis constituye el eje de una inédita investigación", cuyo
puntapié inicial lo dio Pierre LEGENDRE en El amor del censor. A través del concepto de "función
dogmática" (o jurídica), LEGENDRE, psicoanalista y hombre de derecho, intenta mostrar "el
anudamiento de lo biológico, lo social y el inconsciente".

En relación con el término "demanda", en la medida en que LACAN lo establece buscando una
diferencia entre "necesidad" y "deseo", es de muy difícil definición si no se lo articula con esas
nociones, lo que excedería estas Notas. Mínimamente se puede afirmar que la demanda implica la
formulación verbal de elementos relacionados con el deseo y dirigidos a un otro, de quien, en
última instancia, se espera su amor (dejo de lado su articulación con la pulsión).

³ Que me refiera sólo a los casos de abuso sexual de niños por parte de ofensores masculinos se
debe únicamente a que hasta ahora son la mayoría. No obstante, los profesionales dedicados al
tema ven aumentar el número de consultas en las que tanto madres como tías o abuelas fueron
las protagonistas de conductas abusivas.

* Licenciada en Psicología, especializada en Psicología Infanto-Juvenil. Ex becaria adscripta al


Servicio de Psicopatología del Hospital de Niños "Ricardo Gutiérrez". Ex colaboradora del
Programa de Maltrato Infantil del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

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