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DIANOÉTICAS

Aristóteles sostiene que la felicidad sólo se


puede encontrar en la virtud, que significa
“excelencia”, la perfección de una función
propia de algo o alguien. Ahora debemos
preguntarnos en qué consiste la función propia
del hombre como tal para poder determinar en
qué estriba su virtud:

El vivir parece común también a las plantas, y


se busca lo propio (del hombre). Hay que dejar
de lado, por tanto, la vida de nutrición y
crecimiento. Vendría después la sensitiva, pero
parece que también esta es común al caballo,
al buey y a todos los animales. Queda, por
último, cierta vida activa propia del ente que
tiene razón, y éste, por una parte obedece a la razón; por otra parte, la posee y
la piensa.

Aristóteles dice que, en primer lugar, para que haya valor moral en una
persona, sus actos tiene que ser resultados de una elección (es decir, tienen
que ser libres), porque un acto realizado de otra manera -por ejemplo, el
movimiento involuntario de un miembro- no puede calificarse de moralmente
bueno ni malo. Sólo se alaba o censura las acciones voluntarias.

En segundo lugar se trata de un hábito, porque, en efecto, no basta con que


una persona, en un caso dado, haya elegido lo debido para que le
consideremos virtuosa, es decir, una buena acción pos sí sola no revela un
individuo virtuoso, sino sólo en cuanto en esa acción se manifiesta
un carácter virtuoso. La virtud es cuestión de practica, de ejercicio, por esa
razón Aristóteles dice que es un “hábito”, esto es, cierta manera de obrar
constante, que se ha hecho costumbre en nosotros.